Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

lunes, 23 de julio de 2012

El Chiquiárbol - María Rosa Finchelman

"Cuenticosas de Chiquimundo" de la argentina María Rosa Finchelman - fallecida en el 2005 - fue otro libro de cuentos infantiles populares en los 80. El primer relato, "El chiquiárbol", siempre me pareció muy tierno, y es la historia de un arbolito, que en lugar de crecer en el bosque como sus amigos de la infancia, crece en maceta para ser bonsai. 
El cuento toca temas importantes que de alguna u otra manera a todos nos duelen, como diría un amigo, un poquito en el costado: la soledad, el verse diferente, la búsqueda de aceptación de los pares, la necesidad de sentirse amado... claro está, con final feliz... La opinión ajena, sobre todo cuando somos pequeños, y, más tarde las comparaciones que nosotros mismos hacemos con quienes nos rodean, muchas veces nos confunden y no nos dejan ver lo especial en cada uno de nosotros. ¡Bien, vamos por el cuento entonces!
:D


El Chiquiárbol

Estaba dormidito. Pero, sin embargo, quería estirarse cada vez más, mientras sentía por todo su cuerpo, un agradable calorcito

Eso le gustaba al arbolito que todavía no había nacido y que estaba, (como un nene en su mamá), dentro de la tierra que lo cuidaba y alimentaba. Le preparaba para que saliese al mundo y pudiese jugar con sus ramas, así como los nenes juegan con sus manos y sus pies.

Pasaron unos días y poco a poco, el arbolito fue creciendo cada vez más, hasta que, con su débil y tierno tallito, rompió el último grano de tierra que lo cubría y salió a ver la luz... el sol... y todo lo que lo rodeaba.

- ¡Ah!... ¡Qué lindo!... Esto me gusta mucho - dijo el arbolito -. ¡Por fin!... ¡Por fin!... - Y parecía que cantaba una canción muy, muy alegre.

Pero resulta que él no era el único que cantaba. Se escuchaban muchos cantos parecidos al suyo y, sospechando lo que pasaba, se puso a mirar a su alrededor.

- ¡Es verdad!... Apenas se ven, porque son tan chiquitos como yo, pero parece que hoy también nacieron otros árboles. ¡Qué lindo!... Cuántos amigos voy a tener! - Y les gritó:

- ¡Chiquiárboles!... ¡Chiquiárboles!... ¡Miren!... ¡Aquí estoy yo!... Soy un árbol igual que ustedes... ¿Quieren que seamos amigos, ya que vivimos tan cerca? 

- ¡Sí; claro! "Ya" somos amigos - le contestaron los otros.

Y siguió un tiempo en el vivieron muy contentos, contándose cómo sentían crecer su tallo, sus ramas y sus hojitas.

Claro que conversaban más cuando no estaba el viejito; el buen viejo que les llevaba el agua que necesitaban para vivir. En esos momentos estaban tan ocupados calmando su sed, que se olvidaban de hablar. Por el hombre no se preocupaban, pues él no entendía su idioma y ni siquiera se imaginaba que estaban hablando. 

Un día, nuestro arbolito se dio cuenta, con sorpresa, de que el señor que los cuidaba, lo había estado tratando a él de una forma diferente que a los demás. A veces le daba agua a todos y a él no. A los demás los dejaba crecer a su antojo, y en cambio a él le cortaba algunas ramas. Además, lo sacó de la tierra que le había dado la vida, lo colocó en una especie de maceta muy grande y lo pegó (vaya a saber como) a una piedra dura y muda, muy antipática.

Parece que por eso él fue quedando petiso, mientras que los otros árboles se hacían altos y graciosos.

Al arbolito, todas esas cosas no le gustaban nada pero no lo decía. En cambio, los árboles empingorotados sí decían algo. Y eran cosas muy feas para el chiquiárbol.

Cada vez que él hablaba, le contestaban:

- Vos Callate, que nadie les habla a los chicos.

A veces eran todavía más crueles. Le decían:

- No te metas, mocoso malhecho. Nosotros no hablamos con seres deformes como vos.

- Salí de aquí jorobado. No sé cómo el señor que nos cuida te tiene aquí todavía, entre nosotros que somos tan lindos. Con tu presencia arruinás este jardín, que nosotros adornamos con nuestras copas espigadas y elegantes.

¡Eran muy malos! ¡Y el arbolito sufría mucho con todo lo que decían!

Más todavía sufría cuando llegaba la primavera y miles y miles de pajaritos venían de muy lejos y entre risas y cantos, buscaban dónde hacer sus nidos. claro: se decidían siempre por los demás árboles, ninguna familia de pájaros eligió nunca al arbolito, pues él no tenía mucho lugar para que se le instalara un nido. ¡Y le hubiese gustado tanto tener un nido!... Los pájaros eran tan alegres... Tan cariñosos... ¡Y era tan lindo ver a las mamás empollar sus huevos!... ¡Era tan lindo ver de cerca cómo los pichincitos rompen desde dentro la cáscara del huevo que los guarda, para nacer!...

También lo entristecía mucho al arbolito no poder bailar como sus compañeros de lugar, cuando soplaba el viento, y ellos jugaban a hamacarse y a hacerles cosquillas con sus ramas a todos los que los rodeaban. ¡Se divertían tanto en esas ocasiones!... Pero él no podía mover sus ramas con el viento, pues eran cortitas y muy gruesas...

En estos momentos se quedaba tan quieto y mudo como la piedra a la que tenía pegado parte de su tronco, gordo y retorcido.

Lo que no podía entender, era por qué el viejito lo trataba en forma distinta que a los demás. No lo entendía... Pero con todo, a veces le parecía que lo quería más que a los otros. Por lo menos eso parecían decir sus ojos cuando se paraba a mirarlo, o cuando lo cuidaba, o le hacía esas cosas raras.


El arbolito se sentía cada vez más solo, más feo, más despreciado por los demás árboles. Ya ninguno le hablaba, y él tampoco se animaba a hablarles por miedo a que lo hicieran callar diciéndoles esas horribles cosas sobre su aspecto. Además, después de tantas primaveras en que ningún pájaro había hecho su nido en él, se había acostumbrado un poco a la soledad.

Un día vieron todos que se acercaba el viejito con unas personas que parecían ser muy importantes. 

- Deben venir a ver nuestra hermosura - dijo uno de los árboles más altos.

- Seguramente les hablaron de lo esbeltos que somos, y vienen a animarnos - dijo otro.

- Vendrán a ver cuántos pájaros nos eligieron para hacer sus nidos en nosotros... - dijo un tercero.

Y así siguieron las conversaciones, hasta que el grupo se fue acercando y los árboles - el petiso también - pudieron escuchar lo que decían esas personas tan importantes:

- Siempre tuve curiosidad de verlos - decía una señora muy aseñorada

- Hay que tener mucha paciencia, conocimientos y amor a los árboles para cultivarlos - decía un señor muy señorón.

- A mí me gustaría hacer lo mismo - decía una señorita muy aseñoritada.

Los árboles se estiraban para parecer más altos todavía y se miraban entre ellos con orgullo. El arbolito, en cambio, quería hacerse más chico para que nadie lo viera. Pero claro, no podía achicarse así como así.
A los árboles grandes les llamó la atención que el grupo de personas pasase delante de ellos sin mirarlos. Pero más grande fue la sorpresa cuando vieron que todos se paraban delante del arbolito al que siempre habían despreciado.

- Aquí está el árbol enano del que tanto les hablé - dijo el viejito.

- ¡Qué hermoso!

- ¡Qué adorable!

-¡Lo felicito! Este árbol enano es digno de que mucha gente lo vea. Como gobernador de esta provincia, lo invito a que lo agregue a la exposición de árboles enanos que recorrerá todo el país. Viajaré con usted de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, para que todos puedan admirar, no sólo a un árbol tan precioso, sino también el trabajo paciente y cariñoso de un hombre para con los árboles.

- Gracias, señor gobernador, gracias. Así lo haré.

Los árboles altos fueron los que, en ese momento, quedaron mudos como una piedra. Se dieron cuenta de los malos que habían sido con el arbolito. Se arrepintieron, le pidieron perdón, y desde ese mismo momento lo respetaron y quisieron como a cualquier otro habitante del lugar.

En cuanto al árbol enano, estaba loco de alegría. Ahora iba a ver mundo, a recorrer muchos y muy interesantes lugares, para después poder describírselos a sus amigos, los árboles que se quedarían ahí, esperándolo.

Pero sobre todo, estaba muy contento porque de ahora en adelante, iba a estar siempre con el viejito y conocería otros árboles y mucha gente que lo miraría con simpatía... con cariño...

Ya no se sentiría más solo.

Y gritó:

- ¡Jui, juí! ¡Viva!...

Claro que las personas no lo pudieron oír. Sólo un nenito se dio cuenta de lo que sentía y lo acarició con su manita, siendo este el comienzo de una nueva y hermosa vida para el arbolito.







domingo, 22 de julio de 2012

Viaje de Alfonsina Storni - Liniers

Entre Junio y Julio del 2012, Liniers, historietista argentino, representó "Viaje" de la poetisa argentina Alfonsina Storni, en su tira diaria "Macanudo". El homenaje se realizó con 9 tiras que publico a continuación. :D


VIAJE

Alfonsina Storni

Historieta: "Macanudo" de Siri Liniers


Hoy me mira la luna
blanca y desmesurada.

Es la misma de anoche,
la misma de mañana.

Pero es otra, que nunca
fue tan grande y tan pálida.

Tiemblo como las luces
tiemblan sobre las aguas.

Tiemblo como en los ojos
suelen temblar las lágrimas. 


Tiemblo como en las carnes
sabe temblar el alma.

¡Oh! la luna ha movido
sus dos labios de plata.

¡Oh! la luna me ha dicho
las tres viejas palabras:


«Muerte, amor y misterio...»

¡Oh, mis carnes se acaban! 

Sobre las carnes muertas
alma mía se enarca. 

Alma - gato nocturno -
sobre la luna salta.

Va por los cielos largos
triste y acurrucada.













Va por los cielos largos
sobre la luna blanca.

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVIII - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVII - Philip K. Dick"



CAPÍTULO XVIII


—Traiga aquí el resto de mis cosas —ordenó Pris a J. R. Isidore—En particular, quiero la TV, para ver el informe especial de Buster.
—Sí —agregó Irmgard Baty, con los ojos brillantes como los de un pájaro— Necesitamos la TV. Hace tiempo que esperamos ese anuncio y ahora falta poco.
—Mi aparato coge el canal del gobierno —dijo Isidore.

Desde un ángulo del living, sentado en un sillón como si pensara quedarse allí permanentemente, como si estuviese alojado en el sillón, Roy Baty observó con paciencia: 

—Queremos ver al Amigo Buster y a sus Amigos Amistosos, Iz. ¿O prefiere que lo llame J. R.? Y de todos modos, ¿comprende? Entonces, vaya a buscar la otra TV.

Isidore recorrió el pasillo solitario y resonante hasta las escaleras. Todavía no se había desvanecido en él la potente fragancia de la felicidad, la sensación de ser útil por primera vez en su oscura vida. Ahora, hay seres que dependen de mí, se dijo, encantado, mientras bajaba los polvorientos escalones. Y además, será bueno ver nuevamente al Amigo Buster en la TV, en lugar de escucharlo por la radio del camión de la tienda. Y hoy el Amigo Buster debe revelar su informe especial, cuidadosamente documentado. De modo que merced a Pris y a Roy y a Irmgard podré ver la presentación de una noticia que es probablemente la más importante en mucho tiempo. ¿Qué tal?

La vida, para J. R. Isidore, había cobrado definitivamente nuevo ímpetu. 

Entró en el antiguo apartamento de Pris, desconectó la TV y la antena. El silencio era penetrante, y sintió que sus brazos se debilitaban. En ausencia de Pris y de los Baty se desvanecía, se tornaba extrañamente parecido a la TV inerte que acababa de desconectar. Uno tiene que vivir con otras personas para vivir de verdad, pensó. Antes de que llegaran, podía vivir solo; ahora todo había cambiado, y no había posibilidad de retroceso. No se puede ir y volver entre la gente y la nogente. Con cierto temor, se dijo: dependo de ellos; gracias a Dios que se han quedado.

Se requerían dos viajes para subir todas las pertenencias de Pris. Alzando el aparato decidió llevarlo antes que las maletas y las demás ropas. Pocos minutos después estaba arriba. Con los dedos doloridos, depositó la TV sobre una mesa baja de su living. Pris y los Baty miraban impasibles.

—En este edificio se reciben bien las señales —dijo, jadeante, mientras enchufaba el cable y la antena—Cuando podía oír al Amigo Buster y...
—Encienda la TV y no hable más —dijo Roy Baty. Así lo hizo, y regresó a la puerta. 
—Un viaje más será suficiente —se demoraba; el calor de la presencia de ellos lo alimentaba.
—Está bien —respondió distraídamente Pris.

Isidore salió. Creo que se aprovechan de mí, en cierta forma, pensó. Pero no me importa. Es bueno tener amigos, a pesar de todo.

En el piso inferior, recogió las ropas de la chica, las metió en las maletas y volvió al pasillo y a las escaleras. De repente, un escalón más adelante vio que algo pequeño se movía entre el polvo. Dejó caer las maletas y extrajo un frasco de plástico que, como todo el mundo, llevaba, siempre para esto mismo. Era una araña. Con los dedos temblorosos, la empujó hacia el frasco y ajustó la tapa, perforada con una aguja. 

Arriba, en la puerta de su apartamento, se detuvo para recobrar el aliento.
—Sí, amigos. Este es el momento. Aquí el Amigo Buster, quien espera y confía que todos estéis ansiosos por compartir un descubrimiento que he realizado, y que he hecho verificar por un equipo de investigadores capacitados durante toda la semana pasada. Aquí está, amigos.
—He encontrado una araña —dijo John Isidore. Los tres androides lo miraron, desviando por un instante su atención de la pantalla de TV.
—A ver —dijo Pris, extendiendo la mano.
—Callad cuando habla Buster —dijo Roy Baty.
—Nunca he visto una araña —respondió Pris. Cogió el frasco y miró la criatura que había dentro—Tantas patas... ¿Para qué las necesita, J.R.?
—Así están hechas las arañas —dijo Isidore; su corazón latía fuertemente y respiraba con dificultad—Tienen ocho patas.
—¿Ocho? —preguntó. Irmgard Baty—¿Y no podría andar con cuatro? Córtale cuatro y veamos —impulsivamente abrió su bolso y sacó unas tijerillas de uñas, brillantes y afiladas, que entregó a Pris. 

J. R. Isidore experimentó un insondable terror. Pris llevó a la cocina el frasco y se sentó ante la mesa de J. R. Isidore. Quitó la tapa y dejó caer la araña.

—Probablemente no podrá correr tan rápido..., pero de todos modos aquí no tendría nada que cazar —dijo—Igual se morirá —se dispuso a usar las tijeras.
—Por favor —dijo Isidore.

Pris alzó la vista con curiosidad.

—¿Vale algo?
—No la mutile —dijo pesadamente, implorante, Isidore. Pris cortó una de las patas de la araña. En el living, Buster decía:
—Mirad esta ampliación de una parte del paisaje. Este es el cielo que veis habitualmente. Un momento; aquí está Earl Parameter, jefe de mi equipo de investigadores, que explicará un descubrimiento que asombrará al mundo. 

Pris cortó otra pata, conteniendo a la araña con el canto de la otra mano. Sonreía.

—Grandes ampliaciones de las imágenes de video —dijo en la TV otra voz—, sometidas a un riguroso análisis en el laboratorio, revelan que ese fondo gris de cielo y luna diurna, sobre el cual se mueve Mercer, no sólo pertenece a la Tierra sino que es artificial.
—Te lo estás perdiendo —dijo Irmgard, corriendo a la cocina en busca de Pris. Vio lo que ésta había empezado a hacer y agregó—: Puedes hacer eso más tarde. Lo que dicen es importantísimo; prueba que todo lo que creíamos...
—Silencio —dijo Roy Baty.
—... es verdad —concluyó Irmgard.
—La “luna” está pintada —decía la TV—; en las ampliaciones, como todos pueden ver, se distinguen las pinceladas. Y hay incluso pruebas de que las matas salvajes y el suelo triste y estéril son también trucadas —y quizá también las piedras que personas invisibles le arrojan a Mercer—Es muy posible en verdad que esas “piedras” sean de un plástico relativamente blando, para no causar verdaderas heridas.
—En otras palabras —interrumpió el Amigo Buster—, Wilbur Mercer no padece ningún sufrimiento.
El jefe del equipo de investigadores continuó:
—Finalmente, señor Buster, hemos logrado descubrir a un viejo especialista en efectos de Hollywood, un tal señor Wade Cortot, quien aseguró que la figura de Mercer bien podía ser la de un actor de segundo orden de un estudio de sonido. Cortot ha llegado a declarar que reconocía el estudio como uno perteneciente a un cineasta en pequeña escala con el que él tuvo tratos hace varias décadas.
—De modo que según Cortot —subrayó el Amigo Buster—, no hay prácticamente ninguna duda. 

Pris había amputado ya tres patas de la araña, que se deslizaba penosamente por la mesa de la cocina buscando en vano un camino hacia la libertad. 

—Con franqueza, creímos lo que decía Cortot —afirmó la voz seca y pedante— y pasamos bastante tiempo examinando filmes publicitarios donde aparecían los actores antiguamente empleados por la hoy desaparecida industria cinematográfica de Hollywood...
—¿Y qué se descubrió?
—Escucha esto —dijo Roy Baty.

Irmgard miraba fijamente la TV y Pris había interrumpido la mutilación de la araña.

—Después de estudiar miles y miles de fotos y películas, pudimos localizar a un hombre ahora muy anciano, llamado Al Jarry, que trabajó en papeles menores en numerosos filmes anteriores a la guerra. Enviamos un grupo de personas del laboratorio a casa de Jarry, en East Harmony, Indiana. Uno de ellos describirá ahora lo que encontró —silencio y luego una nueva voz, igualmente pedestre—La casa está en la Avenida Lark, de East Harmony, en un lugar de las afueras de la ciudad donde no habita nadie, excepto Al Jarry. Es una casa sucia y medio derruida. Jarry nos invitó cordialmente a entrar y, mientras estábamos en una sala húmeda, maloliente y llena de kippel, exploré por medios telepáticos la mente confusa, brumosa y también repleta de residuos de Al Jarry.

—Escuchad —urgió Roy Baty, sentado en el borde del sillón, como en disposición de saltar.
—Descubrí que en realidad —continuó el técnico—, el anciano había participado en una serie de filmaciones de quince minutos, en video, para un cliente a quien jamás conoció. Como habíamos previsto, las “rocas” eran de un plástico semejante a la goma. La “sangre” era ketchup y —el técnico rió—el único dolor del señor Jarry consistió en pasar un día entero sin beber whisky.
—Al Jarry —dijo el Amigo Buster, cuyo rostro había retornado a la pantalla— Muy bien, muy bien. Un anciano que ni siquiera en su juventud había hecho nada que él o nosotros pudiéramos respetar. Al Jarry fue pues el actor de un oscuro y repetitivo serial; no sabía entonces ni sabe ahora quién era su cliente. Los partidarios del Mercerismo han dicho muchas veces que Wilbur Mercer no es un ser humano, que en verdad es una entidad arquetípica superior, tal vez proveniente de otra estrella. Y bien, en cierto sentido, esto se ha revelado exacto. Wilbur Mercer no es humano, y en realidad no existe. El mundo en que se desarrolla su ascensión es un estudio barato y corriente de Hollywood, convertido en kippel hace muchos años. Entonces, ¿quién es el autor de este fraude contra todo el sistema solar? Pensad en esto, amigos.
—Tal vez no lo sabremos nunca —murmuró Irmgard.
—Tal vez no lo sabremos nunca —dijo el Amigo Buster. Y no podemos, tampoco, determinar cuál es el propósito de esta superchería. Sí, amigos, superchería: el Mercerismo es pura superchería.
—Era obvio, lo sabíamos —dijo Roy Baty—El Mercerismo apareció...
—Pero conviene pensar qué produce el Mercerismo —continuó el Amigo Buster—Según sus fíeles, la experiencia funde...
—Es la empatía de los humanos —dijo Irmgard.
—... a los hombres y mujeres de todo el sistema solar, en una sola entidad. Una entidad controlada por la supuesta voz telepática de “Mercer”. Basta pensar qué ocurriría si una especie de Hitler en potencia, ambicioso, con sentido político...
—El problema está en la empatía —insistió vigorosamente Irmgard. Con los puños apretados se dirigió a la cocina y enfrentó a Isidore—¿Acaso no es la forma de demostrar que los humanos pueden hacer una cosa que nosotros no podemos? Sin la experiencia de Mercer, sólo tenemos la palabra de los seres humanos. Sólo su palabra de que sienten esa empatía, esa cosa compartida, de grupo. ¿Cómo está la araña? —se inclinó sobre el hombro de Pris, que estaba terminando de cortar otra pata con sus tijeras.
—Ahora tiene cuatro —empujó al animal—No quiere moverse. Pero puede.

Roy Baty apareció en la puerta, respirando con fuerza, con expresión de triunfo.

—Es un hecho. Buster lo ha dicho claramente, y casi todos los seres humanos del sistema deben haberlo escuchado. El Mercerismo es una superchería. Toda la experiencia de la empatía es una superchería —miró con curiosidad a la araña.
—No quiere andar —dijo Irmgard.
—Yo haré que camine —Roy Baty sacó unas cerillas, encendió una y la sostuvo más y más cerca de la araña, hasta que por fin, débilmente, el insecto se apartó.
—Yo tenía razón —exclamó Irmgard—¿No dije que podía caminar con cuatro patas? —miró con interés a Isidore—¿Qué le ocurre? —le tocó el brazo—No ha perdido nada; le pagaremos lo que dice el catálogo de... ¿Cómo se llama? Sidney. ¿Por qué se ha puesto así? ¿Es por lo de Mercer? ¿Por lo que se ha descubierto? ¿Por esa investigación? Eh, contésteme —le golpeó el brazo insistentemente con un dedo.
—Está muy afectado —dijo Pris—, porque tiene una caja de empatía en la otra habitación. ¿La usa, J. R.?
—Por supuesto que la usa. Todos lo hacen o al menos lo hacían. Tal vez ahora empiecen a pensarlo mejor.
—No creo que esto acabe con el culto a Mercer —dijo Pris—Pero con seguridad, en este momento debe haber una cantidad de humanos que se sienten infelices —se dirigió a Isidore—Hemos esperado durante meses. Todos sabíamos lo que Buster estaba preparando —vaciló y agregó—: ¿Por qué no decirlo? Buster es uno de los nuestros.
—Un androide —explicó Irmgard—Nadie lo sabe. Quiero decir, los humanos.

Pris, con las tijeras, cortó otra pata más a la araña. Bruscamente, John Isidore la hizo a un lado, cogió a la criatura mutilada y la llevó al fregadero. Allí la ahogó, y mientras tanto se ahogaban también su mente y sus esperanzas, tan rápidamente como la araña.

—Está realmente perturbado —observó nerviosamente Irmgard—¿Por qué no dice algo, J. R.? También me perturba a mí que esté ahí, junto al fregadero, en silencio. No ha dicho una palabra desde que encendimos la TV.
—No es la TV —respondió Pris—Es la araña. ¿No es así, John R. Isidore? Ya se le pasará —le dijo a Irmgard, que había ido a apagar la TV. 

Roy Baty miraba a Isidore con tranquila diversión. —Ya terminó todo Iz. Quiero decir, para el Mercerismo —con las uñas recogió del fregadero el cadáver de la araña—Tal vez ésta era la última araña — dijo—La última araña viva de la Tierra —reflexionó—En ese caso, todo terminó también para las arañas.
—No... No me siento bien —dijo Isidore. Cogió una taza del armario de la cocina; la sostuvo sin saber exactamente cuánto tiempo. Y luego preguntó a Roy Baty: —El cielo, detrás de Mercer, ¿es pintado? ¿No es real?
—Ya ha visto las ampliaciones en la TV, las pinceladas...
—El Mercerismo no se ha terminado —dijo Isidore. A los androides les ocurría algo, algo terrible, pensó. Y la araña. Tal vez había sido realmente la última de la Tierra. La araña se había ido, Mercer se había ido... Isidore vio el polvo y la ruina extendiéndose por el apartamento. Oyó la llegada del kippel, del desorden final de todas las formas, de la ausencia triunfadora, mientras estaba allí, de pie, con la taza de cerámica vacía en la mano. Los armarios de la cocina crujieron y se partieron; el suelo cedió bajo sus pies. 

Se movió y tocó la pared. Su mano quebró la superficie. Trozos grises se desprendieron y cayeron, fragmentos de enlucido semejantes al polvo radiactivo del exterior. Se sentó junto a la mesa; las patas de la silla se torcieron como tubos huecos y podridos. Se puso de pie enseguida, dejó la taza y trató de componer la silla, de hacer que volviera a su forma anterior. Pero se desarmó entre sus manos: los tornillos que habían sujetado sus partes estaban sueltos. Vio sobre la mesa cómo a la taza le aparecía una grieta, cómo se extendía una fina red de líneas y caía un trozo y a la vista quedaba la materia interior, que no era vítrea. 

—¿Qué hace? —dijo la voz de Irmgard Baty, distante—¡Está rompiendo todo! ¡Basta, Isidore!
—No soy yo quien lo hace —respondió él. Avanzó con pasos inciertos hacia el living, para estar solo.

Se detuvo junto al diván y miró la pared, y las manchitas que habían dejado los bichos muertos, y pensó nuevamente en la araña muerta con sus tres patas. Todo aquí es viejo, pensó. Hace tiempo comenzó el derrumbe, y ya no se detendrá. Los restos de la araña se han apoderado de todo.

En el suelo hundido aparecían ahora partes de animales; la cabeza de un cuervo, unas manos momificadas que habían pertenecido a un mono. Muy cerca había un burro, inmóvil pero aparentemente vivo. Por lo menos no había empezado a deteriorarse. Se dirigió hacia él, sintiendo que débiles huesos, secos como ramitas caídas, se quebraban bajo sus pies. Pero antes de llegar al burro — una de las criaturas a la que más amaba— un brillante cuervo azul descendió y se posó en el hocico de la bestia. No lo hagas, dijo en voz alta, pero el cuervo picoteó rápidamente los ojos del burro. Otra vez, pensó: me está ocurriendo otra vez. Estaré aquí largo tiempo, como antes. Siempre es muy largo, porque aquí nada cambia nunca. Llega un momento en que ni siquiera la podredumbre avanza. 

Oyó el susurro de un viento seco, y los huesecillos amontonados se partieron. Hasta el viento los destruye, observó. En esta etapa. Inmediatamente antes de que el tiempo se acabe. Querría ser capaz de recordar cómo se sale de aquí, pensó. Miró hacia arriba y no vio nada de qué asirse. 

Mercer, dijo en voz alta. ¿Dónde estás? Este es el mundo-tumba, y estoy en él de nuevo, pero esta vez no estás tú aquí. 

Algo se movió junto a uno de sus pies. Se arrodilló para mirar, y vio por qué se movía tan lentamente. La araña mutilada avanzaba con gran dificultad con sus patas restantes. La alzó y la sostuvo en la palma de la mano. Los huesos se han invertido, pensó. La araña ha vuelto a vivir. Mercer debe estar cerca. 

El viento sopló con fuerza, destruyendo y arrastrando los huesos restantes, y sintió la presencia de Mercer. Ven, aquí. Trepa por mis pies, le dijo, o busca algún otro modo de acercarte, ¿quieres? Mercer, pensó. Y gritó: “ ¡Mercer!” 

Las hierbas salvajes avanzaban; penetraban como tirabuzones en las paredes, a su alrededor, y luego se convertían en sus propias semillas, que creían, se expandían y reventaban los corrompidos metales y trozos de concreto que antes habían sido las paredes. Pero una vez desvanecidas las paredes, la desolación continuaba; la desolación era lo único que quedaba. Aparte de la figura leve y borrosa de Mercer. El anciano lo miró entonces, con expresión plácida. 

—¿El cielo está pintado? —preguntó Isidore—¿Hay realmente pinceladas que se ven en las ampliaciones?
—Sí —respondió Mercer.
—No las veo.
—Estás demasiado cerca —dijo Mercer—Debes colocarte a más distancia, como hacen los androides. Ellos tienen mejor perspectiva.
—¿Y por eso dicen que eres un fraude?
—Yo soy un fraude —repuso Mercer—Son sinceros; su investigación es verídica. Desde su punto de vista, yo soy un viejo actor jubilado, llamado Al Jarry. Todo eso, todas esas revelaciones, son ciertas. Me han entrevistado en mi casa, como dicen. Y les dije todo lo que deseaban saber, es decir, todo.
—¿Y lo del whisky también? 

Mercer sonrió.
—Sí, es verdad. Hicieron un buen trabajo, y desde su punto de vista, la revelación del Amigo Buster ha sido convincente. Les costará comprender, eso sí, por qué nada ha cambiado; porque tú estás aquí, y yo también —Mercer señaló con un gesto amplio la cuesta empinada y desierta, el paisaje familiar—Ahora mismo, acabo de alzarte desde el mundo-tumba, y continuaré haciéndolo hasta que ya no te interese y desees marcharte. Pero tendrás que dejar de buscarme, porque yo nunca cesaré de buscarte. 
—No me gustó eso del whisky —dijo Isidore—No está bien.
—Tú eres una persona de elevada moral. Yo no lo soy. No juzgo a nadie, ni siquiera a mí mismo —Mercer alzó su mano, cerrada, con la palma hacia arriba—Y antes de que lo olvide, tengo aquí algo que es tuyo —abrió los dedos. En la palma estaba la araña, con sus patas restauradas.
—Gracias —dijo Isidore, cogiendo la araña. Y empezó a agregar algo...

Sonó la campanilla de alarma.
—Un cazador de bonificaciones en el edificio —rugió Roy Baty—Pronto, apagad todas las luces... Apartadlo de la caja de empatía; su puesto está en la puerta. Vamos, haced que se mueva.
 










sábado, 21 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVII - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVI - Philip K. Dick"

CAPÍTULO XVII


Más tarde, se concedieron un lujo. Rick pidió que les subieran el café. Permaneció largo rato en un gran canapé de hojas verdes, negras y doradas, sorbiendo el café y meditando en las próximas horas. Rachael, en el cuarto de baño, canturreaba, chillaba y chapoteaba debajo de la ducha caliente. 

—No has hecho un mal trato —dijo ella cuando cerró la ducha, y apareció desnuda, goteando, el pelo atado con una banda de goma, en la puerta del baño— Nosotros, los androides, no podemos controlar nuestras pasiones físicas, sensuales. Probablemente lo sabías y te has aprovechado de mí —pero no parecía en modo alguno enfadada sino, por el contrario, alegre y ciertamente tan humana como cualquier chica que Rick hubiese conocido—Realmente, ¿tienes que perseguir a esos andrillos esta noche?
—Sí —respondió Rick; yo a dos, tú a una. Como acabas de confirmar, hemos hecho un trato.

Envolviéndose en un gigantesco toallón, Rachael agregó:
—¿Te gusto?
—Sí.
—¿Volverías a acostarte con un androide?
—Si fuera una chica. Si fuera como tú.
—¿Sabes cuánto dura un robot humanoide como yo? He vivido dos años. ¿Cuántos calculas que me quedan?
—Un par de años, tal vez.
—Nunca han podido resolver ese problema, quiero decir, el reemplazo de las células. Perpetuo, o al menos de larga duración. Así es... 

Rachael empezó a secarse vigorosamente, sin expresión en el rostro.
—Lo siento —dijo Rick.
—Al diablo —exclamó Rachael—Siento haber hablado de eso. De cualquier modo, evita que los humanos se vayan a vivir con los androides.
—¿Es igual para los modelos Nexus-6?
—El problema es el metabolismo, no la unidad cerebral —anduvo unos pasos, recogió sus bragas, empezó a vestirse.

También Rick se vistió. Juntos, hablando apenas, subieron al terrado, donde el coche aéreo había sido aparcado por el encargado, humano, amable, vestido de blanco. Mientras se dirigían a los suburbios de San Francisco, Rachael observó:

—Es una hermosa noche.
—Sin duda, mi cabra estará dormida —dijo él—O tal vez las cabras sean nocturnas. Hay animales que nunca duermen. Las ovejas no lo hacen jamás, al menos yo no la he visto. Cuando las miras, te miran. Esperan que les des algo de comer.
—¿Cómo es tu mujer? 

Rick no respondió.
—¿Te has...?
—Si no fueras una androide —interrumpió Rick—, si pudiera casarme legalmente contigo, lo haría.
—También podríamos vivir en el pecado —repuso Rachael—Sólo que yo no estoy viva.
—Legalmente, no. Pero biológica y verdaderamente, sí. No eres un conjunto de circuitos transistorizados como un seudo-animal; eres una entidad orgánica —y dentro de dos años te habrás gastado y morirás, pensó. Porque no se ha podido resolver el problema de reemplazo de las células, como tú misma decías. Así que, de todos modos, no importa. Y se dijo: para mí, es el fin. Como cazador de bonificaciones. Después de los Baty, ninguno más. Después de esta noche, se acabó.
—Estás muy triste —dijo Rachael.

Rick extendió la mano y le acarició la mejilla.
—No podrás seguir cazando androides —dijo ella serenamente—No estés triste, por favor.

El la miró.
—Ningún cazador de bonificaciones ha podido actuar después de estar conmigo—continuó Rachael—Excepto uno, un hombre muy cínico: Phil Resch. Está loco, trabaja por su cuenta.
—¿Sí? —dijo Rick. De repente, sintió que todo su cuerpo se paralizaba.
—Pero este viaje no será una pérdida de tiempo, porque conocerás a un hombre espiritual y maravilloso.
—Roy Baty —dijo Rick—¿Los conoces a todos?
—Los conocía, cuando vivían. Ahora conozco a tres. Intentamos detenerte esta mañana, antes de que comenzaras con la lista de Dave Holden. Volví a intentarlo, justamente antes de que Polokov te atacara. Y después tuve que esperar.
—A que yo me derrumbara y te llamara.
—Luba Luft y yo fuimos muy, muy amigas durante casi dos años. ¿Qué te pareció? ¿Te gustaba?
—Sí.
—Pero la mataste.
—La mató Phil Resch.
—Ah, entonces Phil te acompañó de vuelta a la Opera. No lo sabíamos. Ese es el momento en que nos quedamos incomunicados. Sabíamos que estaba muerta, y pensábamos que tú la habías retirado.
—A juzgar por las notas de Dave —dijo Rick—, pienso que puedo retirar todavía a Roy Baty. Quizá no a Irmgard Baty — y ciertamente, tampoco a Pris Stratton. Ni siquiera ahora, sabiendo lo que sé — De modo que todo lo que sucedió en el hotel...
—La Rosen Association quería llegar a los cazadores de bonificaciones — explicó Rachael—, aquí y en la Unión Soviética. Y este método parecía funcionar..., por razones que yo no comprendo del todo. Nuestras limitaciones, supongo.
—Me pregunto si funcionará tan bien como dices.
—Contigo ha servido.
—Veremos.
—Yo ya lo sé —dijo Rachael—Esa expresión en tu rostro, esa tristeza. Eso es lo que busco.
—¿Cuántas veces has hecho esto?
—No recuerdo... Siete, ocho, no; creo que nueve —asintió—Sí, nueve.
—Es una idea antigua —observó Rick.
—¿Cómo? —dijo Rachael, asombrada. 

Rick echó los mandos adelante para que el coche descendiera.

—Al menos, es lo que siento. Además, te voy a matar —agregó—Y luego, solo, me ocuparé de Roy e Irmgard Baty y de Pris Stratton.
—¿Por eso aterrizas? —respondió, con aprensión—: Hay una multa. Yo soy una propiedad legal de la Rosen Association, y no un androide escapado de Marte. No soy como los otros.
—Sí. Pero si te mato a ti, podré matar a los demás.

Las manos de Rachael se hundieron frenéticamente en su bolso repleto de cosas y de kippel. Finalmente, abandonó el intento.

—Maldito bolso —dijo—Jamás puedo encontrar nada en él. ¿Me matarás de modo que no duela? Quiero decir, hazlo con cuidado. Sino peleo, se comprende. Te prometo no pelear. ¿De acuerdo?
—Ahora comprendo por qué Phil Resch dijo eso —repuso Rick—No era cinismo. Simplemente, sabía demasiado. Y después de pasar por esto, no puedo reprocharle nada. Cambió.
—Pero no como debía —Rachael parecía más compuesta, exteriormente, aunque su tensión interior era frenética. Pero el oscuro fuego había disminuido, la fuerza vital la abandonaba, como Rick había visto en tantos androides. La resignación clásica. La aceptación mecánica, intelectual, de algo que ningún organismo, después de dos billones de años de vivir y evolucionar, podía conciliar consigo mismo.
—No puedo soportar la forma en que ceden los androides —dijo con furia. 

El coche casi se precipitó al suelo. Tuvo que aferrar el timón para evitar un choque. Frenó y logró un aterrizaje brusco y de lado. Detuvo el motor y cogió el tubo láser. 

—En la base del cráneo, en el hueso occipital —dijo Rachael—Por favor —se dio vuelta para no ver el láser; quería que el rayo penetrara sin que ella lo advirtiera.

Rick apartó el arma.
—No puedo hacer lo que decía Phil Resch.
Volvió a poner el motor en marcha y se elevaron.
—Si lo vas a hacer, hazlo ahora —pidió Rachael—No me hagas esperar.
—No te mataré —Rick puso proa nuevamente a la parte baja de San Francisco—Tu coche quedó en el St. Francis, ¿verdad? Te llevaré allá, para que puedas regresar a Seattle —no tenía más que decir, y condujo en silencio.
—Gracias por no matarme —dijo Rachael.
—De cualquier modo, sólo te quedan dos años de vida. Y a mí cincuenta. Viviré veinticinco veces más que tú.
—De verdad, me desprecias —respondió Rachael—Por lo que hice — recuperaba la seguridad, y la letanía de su voz ganaba ritmo—Has obrado como los demás. Los otros cazadores de bonificaciones. Se ponían furiosos y hablaban de matarme, pero finalmente no podían. Como tú, ahora —encendió un cigarrillo y aspiró con deleite—Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Que yo tenía razón: no podrás retirar más androides. Ni a mí, ni a los Baty, ni a la Stratton. Así que vuelve con tu cabra y descansa un poco —repentinamente sacudió con violencia el abrigo—Oh, ¡una brasa del cigarrillo! Ya se apagó —se echó atrás en el asiento, relajada.

Rick no habló.
—Esa cabra —continuó Rachael—La quieres más que a mí. Y probablemente más que a tu esposa. Primero la cabra, después tu esposa, y finalmente... —se rió con alegría—¿Qué se puede hacer sino reír?
El no respondió. Siguieron su camino en silencio un rato y luego Rachael buscó y halló la radio, y la encendió. 

—Apaga —dijo Rick.
—¿Al Amigo Buster y sus Amigos Amistosos? ¿A Amanda Werner y a Oscar Scruggs? Es hora de escuchar el informe sensacional de Buster, que debe estar a punto de comenzar —se inclinó para ver su reloj a la luz de la radio—Falta poco. ¿Sabes? Hace dos días que está hablando de esto, preparando al público para... 

La radio dijo, en voz caricaturesca:
—... y sólo quiero decir una cosa, amigos; estoy aquí con el Amigo Buster, y hemos estado hablando y pasándolo la mar de bien, mientras esperamos cada segundo del reloj hasta que llegue una noticia que, según entiendo, es la más importante de... 

Rick apagó la radio. 

—Osear Scruggs —dijo—La voz del hombre inteligente. Instantáneamente, Rachael volvió a encenderla.
—Quiero escuchar. Y pienso escuchar: lo que anunciará el Amigo Buster en su show de esta noche es muy importante. 

La voz estúpida continuó balbuceando, y Rachael Rosen se instaló cómodamente. En la oscuridad, la brasa de su cigarrillo ardía como el trasero de una luciérnaga contenta. Era un claro indicio del éxito de Rachael Rosen: su victoria sobre él.
 

jueves, 19 de julio de 2012

La Cenicienta - Roald Dahl

Cuando era chica y estudiaba inglés en la "Cultura Inglesa" - como le decíamos al instituto de la Asociación Bahiense de Cultura Inglesa en Bahía Blanca - solía leer algunos cuentos de Roald Dahl en clases. 
La mayoría seguramente lo conoce, tal vez sin saberlo. Muchas de sus historias fueron llevadas al cine. Tal es el caso de "Charlie y la fabrica de chocolates", "Matilda" y "El fantástico Mr Fox". 
No hace mucho, me puse a buscar en internet la versión en castellano de alguno de sus relatos ya que el libro recopilatorio que tengo en español no "recopila" gran parte de los cuentos que recuerdo. Dicha búsqueda me llevó a "Cuentos en Verso para Niños Perversos". El título logró su objetivo: captar la atención de un potencial lector, o sea, yo :3
"Cuentos en verso para niños perversos" presenta los cuentos de hadas clásicos pero... a lo "Roald Dahl" :P
El que elegí para hoy, es la cenicienta. 

 La Cenicienta


"¡Si ya nos la sabemos de memoria!",
diréis. Y, sin embargo, de esta historia
tenéis una versión falsificada,
rosada, tonta, cursi, azucarada,
que alguien con la mollera un poco rancia
consideró mejor para la infancia...
El lío se organiza en el momento
en que las Hermanastras de este cuento
se marchan a Palacio y la pequeña
se queda en la bodega a partir leña.
Allí, entre los ratones llora y grita,
golpea la pared, se desgañita:
"¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas!
¡¡Os arrancaré el moño por granujas!!".
Y así hasta que por fin asoma el Hada
por el encierro en el que está su ahijada.
"¿Qué puedo hacer por ti, Ceny querida?
¿Por qué gritas así? ¿Tan mala vida
te dan esas lechuzas?". "¡Frita estoy
porque ellas van al baile y yo no voy!". 
La chica patalea furibunda:
"¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda!
¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche,
zapatos de charol, sortija, broche,
pendientes de coral, pantys de seda
y aromas de París para que pueda
enamorar al Príncipe en seguida
con mi belleza fina y distinguida!".
Y dicho y hecho, al punto Cenicienta,
en menos tiempo del que aquí se cuenta,
se personó en Palacio, en plena disco,
 dejando a sus rivales hechas cisco.

Con Ceny bailó el Príncipe, rocks, miles
tomándola en sus brazos varoniles
y ella se le abrazó con tal vigor
que allí perdió su Alteza su valor,
y mientras la miró no fue posible
que le dijera cosa inteligible.
Al dar las doce Ceny pensó: "Nena,
como no corras la hemos hecho buena", 
y el Príncipe gritó: "¡No me abandones!",
mientras se le agarraba a los riñones,
y ella tirando y él hecho un pelmazo
hasta que el traje se hizo mil pedazos.
La pobre se escapó medio en camisa,
pero perdió un zapato con la prisa.
el Príncipe, embobado, lo tomó
y ante la Corte entera declaró:
"¡La dueña del pie que entre en el zapato
será mi dulce esposa, o yo me mato!". 
Después, como era un poco despistado,
dejó en una bandeja el chanclo amado.
Una Hermanastra dijo: "¡Ésta es la mía!", 
y, en vista de que nadie la veía,
pescó el zapato, lo tiró al retrete
y lo escamoteó en un periquete.
En su lugar, disimuladamente,
dejó su zapatilla maloliente.
 
En cuanto salió el Sol, salió su Alteza
por la ciudad con toda ligereza
en busca de la dueña de la prenda.
De casa en casa fue, de tienda en tienda,
e hicieron cola muchas damiselas
sin resultado. Aquella vil chinela,
incómoda, pestífera y chotuna,
no le sentaba bien a dama alguna.
Así hasta que fue el turno de la casa
de Cenicienta... "¡Pasa, Alteza, pasa!", 
dijeron las perversas Hermanastras 
y, tras guiñar un ojo a la Madrastra,
se puso la de más cara de cerdo
su propia zapatilla en el pie izquierdo.
El Príncipe dio un grito, horrorizado,
pero ella gritó más: "¡Ha entrado! ¡Ha entrado!
¡Seré tu dulce esposa!". "¡Un cuerno frito!". 
"¡Has dado tu palabra. Principito,
precioso mío!". "¿Sí? -rugió su Alteza. 
-¡Ordeno que le corten la cabeza!".
Se la cortaron de un único tajo
y el Príncipe se dijo: "Buen trabajo.
Así no está tan fea". De inmediato
gritó la otra Hermanastra: "¡Mi zapato!
¡Dejad que me lo pruebe!". "¡Prueba esto!",
bramó su Alteza Real con muy mal gesto
y, echando mano de su real espada,
la descocorotó de una estocada;
cayó la cabezota en la moqueta,
dio un par de botes y se quedó
quieta...

En la cocina Cenicienta estaba
quitándoles las vainas a unas habas
cuando escuchó los botes, -pam, pam, pam-
del coco de su hermana en el zaguán,
así que se asomó desde la puerta
y preguntó: "¿Tan pronto y ya despierta?". 
El Príncipe dio un salto: "¡Otro melón!",
y a Ceny le dio un vuelco el corazón.
"¡Caray! -pensó-. ¡Qué bárbara es su alteza!
con ese yo me juego la cabeza...
¡Pero si está completamente loco!". 
Y cuando gritó el Príncipe: "¡Ese coco!
¡Cortádselo ahora mismo!", en la cocina
brilló la vara del Hada Madrina.
"¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta,
que tus deseos corren de mi cuenta!". 
"¡Hada Madrina, -suplicó la ahijada-, 
no quiero ya ni príncipes ni nada
que pueda parecérseles! Ya he sido
Princesa por un día. Ahora te pido
quizá algo más difícil e infrecuente:
un compañero honrado y buena gente.
¿Podrás encontrar uno para mí,
Madrina amada? Yo lo quiero así...".

Y en menos tiempo del que aquí se cuenta
se descubrió de pronto Cenicienta
a salvo de su Príncipe y casada
con un señor que hacía mermelada.
Y, como fueron ambos muy felices,
nos dieron con el tarro en las narices.


¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVI - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XV - Philip K. Dick"



CAPÍTULO XVI


En la enorme y suntuosa habitación del hotel, Rick leía las copias al carbón con los informes acerca de los androides Roy e Irmgard Baty. Esta vez disponía de fotos telescópicas, borrosas copias 3-D en color que apenas permitían ver los detalles. La mujer parecía atractiva; Roy Baty era otra cosa. Peor.

Había sido farmacéutico en Marte, leyó. O al menos había usado esa cobertura. Probablemente era en realidad un trabajador manual, un campesino, con aspiraciones de algo mejor. ¿Sueñan los androides?, se preguntó Rick. Era evidente: por eso de vez en cuando mataban a sus amos y venían a la Tierra. A vivir una vida mejor, sin servidumbre. Como Luba Luft, a cantar Don Giovanni y Le nozze en lugar de labrar un campo árido y sembrado de rocas, en un mundocolonia básicamente inhabitable. 

El informe agregaba:
“Roy Baty tiene un aire agresivo y decidido de autoridad ersatz. Dotado de preocupaciones místicas, este androide indujo al grupo a intentar la fuga, apoyando ideológicamente su propuesta con una presuntuosa ficción acerca del carácter sagrado de la supuesta Vida” de los androides. Además, robó diversos psicofármacos y experimentó con ellos; fue sorprendido y argumentó que esperaba obtener en los androides una experiencia de grupo similar a la del Mercerismo que, según declaró, seguía siendo imposible para ellos.” 

La descripción era patética. Un androide frío, duro, aspiraba a una experiencia que le resultaba inasequible a causa de un defecto deliberadamente incluido en su diseño. 

Sin embargo, Roy Baty no logró preocuparlo mucho. Según las notas de Dave, tenía cierta cualidad repulsiva. Baty había tratado de lograr la fusión. Como no pudo, organizó la matanza de varios seres humanos y la fuga a la Tierra. Y ahora, hoy mismo, había logrado como resultado que del grupo original de ocho sólo quedaran tres. Y éstos, los miembros principales del grupo ilegal, también estaban condenados. Si él fracasaba, alguien lo lograría. El tiempo y la marea, se dijo Rick. El ciclo de la vida y, al final, el último crepúsculo antes del silencio de la muerte. Un micro-universo completo. 

La puerta de la habitación se abrió violentamente.
— ¡Qué vuelo! —dijo Rachael Rosen, sin aliento. Vestía un largo abrigo sedoso y sostén y shorts de la misma tela. Traía su enorme bolso de piel, semejante al del cartero, y una bolsa de papel— Esta habitación es hermosa —miró su reloj— Menos de una hora; he venido deprisa —le dio la bolsa a Rick—He traído una botella. Bourbon. 
—El peor de los ocho está vivo. El que los organizó —le alcanzó el informe sobre Roy Baty; Rachael dejó la bolsa en el suelo y cogió el folio.
—¿Lo has localizado? —preguntó, después de leer.
—Tengo la dirección de un edificio en los suburbios. Es un lugar donde sólo puede haber algún especial deteriorado, un cabeza de chorlito, viviendo su versión de la vida.
—¿Y los demás?
—Son dos mujeres —le dio los informes, uno acerca de Irmgard Baty, y otro que se refería a un androide femenino llamado Pris Stratton.
—Oh —dijo Rachael al mirar el último. Arrojó lejos los folios, fue hasta la ventana y contempló el panorama de San Francisco—Pienso que ella podría derrotarte... O tal vez no, tal vez no te importe —estaba pálida y su voz temblaba.

De repente parecía curiosamente insegura.
—¿Qué quieres decir, exactamente? —recogió las copias y las estudió. Se preguntaba qué la habría turbado.
—Abramos el whisky —Rachael fue con la bolsa de papel al cuarto de baño y regresó con dos vasos. Su aire inseguro y preocupado no se disipaba. Rick advirtió la rápida lucha interior, sus veloces pensamientos: se veían en su ceño y en su expresión tensa—¿Puedes abrirlo? —pidió—Tú comprendes que vale una fortuna... No es sintético, es auténtico; de antes de la guerra.
Rick cogió la botella, la abrió y sirvió el bourbon.
—Dime qué te preocupa.
Rachael lo encaró con aire desafiante.
—Dime tú qué vamos a hacer en lugar de preocuparnos por esos tres Nexus-6 —se quitó el abrigo y lo llevó hasta el armario para colgarlo de una percha. Rick tuvo así la primera oportunidad de contemplarla detenidamente. 

Las proporciones de Rachael eran extrañas. La pesada mata de pelo negro parecía agrandar su cabeza; sus senos pequeños daban a su cuerpo un aspecto desgarbado y casi infantil. Los grandes ojos, las largas pestañas eran sin embargo de mujer adulta; allí terminaba la adolescencia. Rachael se paraba levemente sobre la punta de los pies, y sus brazos colgaban apenas doblados en la articulación: la actitud de un cazador alerta, quizás un Cro-Magnon. La raza de los cazadores esbeltos, pensó. Ni el menor exceso: vientre liso, trasero pequeño, senos aún más exiguos. El tipo céltico, anacrónico y atractivo. Debajo de sus shorts las piernas delgadas tenían un carácter neutro, asexuado, sin demasiadas curvas. Y sin embargo la impresión total era de belleza; eso sí, la de una muchacha, no la de una mujer. Excepto por la mirada aguda e inquieta. 

Bebió un sorbo. El sabor y el olor, fuertes, autoritarios, poderosos, se le habían tornado poco familiares, y tragó con dificultad. En contraste, Rachael apuró tranquilamente su bourbon.

Ahora, sentada en la cama, alisaba el cobertor, ausente. Su expresión era melancólica. Rick dejó su vaso en una mesilla y se sentó a su lado. La cama cedió bajo su peso, y Rachael cambió de posición.
—¿Qué es? —preguntó él. Se apoderó de su mano; estaba fría, levemente húmeda—¿Qué te ha turbado?
—Esa última Nexus-6 —respondió Rachael, con cierto esfuerzo—, es el mismo tipo que yo —cogió una hebra suelta del cobertor y empezó a formar una bolita—¿No leíste la descripción? Podría ser la mía. Tal vez vista y se peine de otra manera. Hasta puede que lleve una peluca. Pero cuando la veas comprenderás lo que te digo —se rió sardónicamente—Menos mal que la asociación explicó que soy una androide. De otro modo, te enfurecerías al ver a Pris Stratton. O creerías que soy yo.
—¿Y por qué eso te molesta tanto?
—Dios, estaré contigo cuando la retires.
—Tal vez no. Quizá no la encuentre.
—Conozco la psicología de los Nexus-6 —explicó Rachael—Por eso puedo ayudarte. Los últimos tres están juntos. Las dos mujeres rodean a ese androide trastornado que se hace llamar Roy Baty, y que prepara la defensa definitiva —sus labios se torcieron—Jesús —dijo.
—No te entristezcas —dijo él. Cogió su barbilla aguda, pequeña, ahuecando la palma de la mano, y alzó suavemente su cabeza hasta que estuvo a su altura. Se preguntaba cómo sería besar a una androide. Y se inclinó a besar los labios secos de Rachael. No hubo reacción; ella quedó impasible, como si no le importara. Y sin embargo él sentía que no era así. O tal vez fuera solamente lo que habría querido...
—Si lo hubiera sabido antes —dijo Rachael—, no habría venido. Me estás pidiendo demasiado. ¿Sabes lo que siento por esa androide? ¿Por Pris?
—Empatía —aventuró él.
—Algo parecido. Identificación. Dios mío, piensa en lo que podría ocurrir. En la confusión me retiras a mí, no a ella. Y Pris regresa a Seattle y vive mi vida. Nunca había sentido esto antes. Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie.

Rick no pudo evitar cierta diversión. Rachael parecía tan morosamente sentimental...

—Las hormigas no sienten lo mismo —dijo—, y son físicamente idénticas.
—Las hormigas no sienten. Eso es todo.
—Los gemelos idénticos humanos; ellos no...
—Pero se identifican mutuamente. He leído que tienen un lazo empático especial —Rachael se puso de pie y trajo la botella de bourbon; volvió a llenar su vaso y a beber con rapidez. Anduvo por la habitación con los hombros caídos durante un momento, tenía aún el ceño oscuro y fruncido. Luego, como si se hubiera deslizado allí por casualidad, se instaló nuevamente en la cama. Pero esta vez alzó las piernas y se estiró, apoyándose contra las grandes almohadas, suspirando—Olvida a los tres andrillos —dijo en voz fatigada—Estoy cansada, debe ser el viaje. Y todo lo que ha pasado hoy. Querría dormir —cerró los ojos— Tal vez, si me muero —murmuró—, volveré a nacer cuando la Rosen Association fabrique la próxima unidad de mi subserie —abrió los ojos y miró a Rick con ferocidad—, ¿Sabes realmente por qué he venido? ¿Por qué Eldon y los demás Rosen, los humanos, querían que estuviera contigo?
—Para observar —respondió él—Para saber exactamente qué impide al Nexus-6 aprobar el test de Voigt-Kampff.
—O diferenciarse de algún modo. Después elevaré un informe y la Rosen Association modificará los elementos DNS del baño de cigotas. Y entonces tendremos el modelo Nexus-7. Y cuando éste sea sorprendido, lo modificarán; y finalmente la empresa tendrá un tipo imposible de distinguir.
—¿Conoces el test del Arco Reflejo de Boneli?
—También piensan en los ganglios de la columna. Algún día el test de Boneli desaparecerá bajo el manto venerable del olvido —sonreía con inocencia, en contraste con sus palabras. 

Rick no podía discernir acerca del grado de seriedad de Rachael. El tema tenía suficiente importancia para hacer temblar al mundo, pero ella lo trataba alegremente. Tal vez, una característica androide: una carencia emocional, falta de sentimientos acerca del significado de lo que decía. Sólo definiciones huecas, formales, intelectuales, de cada término.

Además, Rachael había empezado el contraataque. Había pasado imperceptiblemente de quejarse de su condición a zaherir a Rick por la propia. 

—Vete al diablo —respondió él. Rachael se echó a reír.
—Estoy ebria. No puedo acompañarte. Si te vas —hizo un gesto de despedida— me quedaré a dormir, y luego me contarás qué ha ocurrido.
—No habrá ningún luego. Roy Baty me vencerá.
—No te puedo ayudar porque he bebido demasiado. De todos modos, ya conoces la verdad, la dura, irregular y resbalosa superficie de la realidad. Yo soy solamente una observadora y no intervendré para salvarte. No me importa que ganes tú o Roy Baty. Quiero estar yo misma a salvo —abrió mucho los ojos—Dios mío, siento empatía por mí misma. Y no quiero ir a ese derruido edificio suburbano —se estiró y cogió un botón de la camisa de Rick. Luego, con lentos y fáciles movimientos giratorios empezó a desabotonarle la camisa—No me atrevo. Los androides no sienten la menor lealtad recíproca, y esa maldita Pris Stratton me destruirá y ocupará mi lugar, ¿sabes? Quítate la chaqueta.
—¿Para qué?
—Para acostarte conmigo —respondió Rachael. 
—Me he comprado una cabra nubia negra —dijo—Debo retirar a esos tres andrillos para terminar mi tarea y volver a casa, con mi esposa —se puso de pie y dio la vuelta a la cama hasta la botella de bourbon. Se sirvió cuidadosamente un segundo vaso. Sus manos apenas temblaban, observó, probablemente por la fatiga; los dos estamos cansados, demasiado, para cazar a tres androides, dirigidos por el más temible. 

En ese instante comprendió que tenía un miedo manifiesto e invencible al androide principal. Todo dependía de Baty; todo había dependido de él desde el comienzo. Hasta ese momento solamente había encontrado y retirado a sus reemplazantes: faltaba el propio Baty. El miedo creció y lo rodeó por completo, ahora que le había permitido acercarse a su mente consciente.

—No puedo ir sin ti —dijo—Ni siquiera salir de aquí. Polokov vino a enfrentarme. Garland, en definitiva, también.
—¿Crees que Roy Baty vendrá? —Rachael dejó en la mesilla su vaso vacío, se incorporó, buscó algo en su espalda y desprendió su sostén. Se lo quitó. No lograba mantenerse erguida, y eso le hacía sonreír—En mi bolso tengo un objeto que nuestra fábrica automática de Marte produce como un... —hizo una mueca— dispositubo-dispositivo de seguridad de emergencia, cuando se hace la inspección de rutina de cada nuevo androide. Búscalo. Parece una ostra.

Rick empezó a buscar en el bolso. Como cualquier chica humana, Rachael tenía toda clase de objetos inconcebibles, y él revolvía interminablemente. Mientras tanto, ella se había sacudido las botas y corrido la cremallera de sus shorts. Ahora, se balanceaba sobre un pie, recogía con el otro la prenda caída y la arrojaba al otro extremo de la habitación. Luego caía sobre la cama, rodaba en busca de su vaso, al que accidentalmente derribó sobre la alfombra. 

—Maldición —dijo, y una vez más se puso de pie sin mucha estabilidad. En bragas, miraba a Rick, atareado con su bolso. Y con cuidadosa deliberación, abrió la cama, se metió dentro y se cubrió.
—¿Es esto? —Rick alzaba una esfera metálica con una palanquita.
—Eso provoca la catalepsia en los androides —dijo Rachael, con los ojos cerrados—Durante unos segundos. Suspende la respiración. También la tuya, pero los humanos pueden funcionar sin respirar ¿o transpirar? unos minutos. En cambio, el nervio vago de un androide...
—Ya sé. El sistema nervioso autónomo de un androide no puede abrir y cerrar el paso con tanta flexibilidad como el nuestro. Pero esto sólo puede servir para cinco o seis segundos.
—Bastante para salvarte la vida —murmuró Rachael, que se incorporó y se sentó en la cama—Si Roy Baty aparece, basta con apretar la palanquita. Y mientras él se queda helado, sin aire en la sangre, mientras sus células cerebrales se deterioran, lo matas con tu láser. 
—En tu bolso hay uno...
—Una imitación de juguete. Los androides no pueden usar un láser — Rachael bostezó, con los ojos nuevamente cerrados.

Rick se acercó a la cama.

Rachael se echó y se retorció hasta quedar boca abajo, con el rostro hundido en la blanca sábana bajera.

—Es una cama limpia, noble, virginal —dijo—Sólo una niña limpia, noble, virginal... —reflexionó—Los androides no pueden tener niños. ¿Es una pérdida grave?

Rick la desnudó del todo, dejando expuestas sus nalgas claras y frescas.
—¿Es una pérdida? —repitió ella—No puedo saberlo. ¿Cómo es tener un hijo? ¿Y cómo es nacer? Nosotros no nacemos, no crecemos. En lugar de morir de vejez o enfermedad nos vamos desgastando. Como hormigas, eso es lo que somos. No hablo de ti, sino de mí. Máquinas quitinosas, con reflejos, que no viven de verdad —movió la cabeza de lado y dijo en voz sonora—: ¡No estoy viva! No te vas a acostar con una mujer. No te decepciones, ¿quieres? ¿Alguna vez has hecho el amor con una androide?
—No —respondió él mientras se quitaba la camisa y la corbata.
—Me han dicho que es bueno si no piensas demasiado. Si lo piensas, no sale. Por razones... hm, fisiológicas. 

El la besó en el hombro desnudo.
—Gracias, Rick —dijo suavemente—Recuerda: ven y no pienses. No te pongas filosófico. Porque filosóficamente es aburrido. Para los dos.
—Más tarde iré a buscar a Roy Baty —dijo él—Y necesitaré que me acompañes. Sé que el láser que tienes en tu bolso es...
—¿Crees que retiraré a algún androide en tu lugar?
—Creo que, pese a lo que me has dicho, me ayudarás en todo lo que puedas. De otro modo no estarías ahora en esta cama.
—Me gustas —respondió Rachael—Si entrara en una habitación y viera un sillón tapizado con tu piel marcaría un punto muy alto en la escala de VoigtKampff.

Esta noche retiraré a una androide Nexus-6 que es exactamente igual a esta chica desnuda, pensó Rick mientras apagaba la luz. Dios mío, es lo que decía Phil Resch. Primero acuéstate con ella, luego mátala. 

—No puedo —dijo, retrocediendo.
—Yo quisiera —dijo Rachael. Le temblaba la voz.
—No es por ti. Es por Pris Stratton, y por lo que debo hacerle.
—No somos la misma. Y a mí no me importa Pris Stratton. Oye —Rachael giró y se incorporó: en la penumbra, Rick podía distinguir la figura elegante de pequeños senos—Ven, y yo me ocuparé de la Stratton, ¿quieres? No es posible estar tan cerca y que luego... 
—Gracias —replicó Rick. El agradecimiento, debido en parte al bourbon, sin duda, le hizo un nudo en la garganta. Dos, pensó. Sólo debo retirar a dos. A los Baty. ¿Lo haría Rachael? Evidentemente. Los androides pensaban y actuaban así. Y sin embargo, jamás había visto nada igual. 

—Ven a la cama. Pronto —ordenó Rachael. Rick se metió en la cama.
 

martes, 17 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XV - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XIV - Philip K. Dick"


 CAPÍTULO XV

Solemnemente procedieron a la votación. 

—Nos quedaremos aquí —afirmó Irmgard, resueltamente—En este apartamento, en este edificio.
—Yo voto porque matemos al señor Isidore y nos vayamos a otro lugar —dijo Roy Baty; su mujer, él mismo, y John Isidore, miraron tensos a Pris.
—Yo voto porque nos quedemos —dijo en voz baja—Creo que el valor de J. R. para nosotros supera el peligro de que sepa la verdad. Es evidente que no podemos vivir entre los humanos sin ser descubiertos. Eso fue lo que terminó con Polokov, con Garland, Luba, Anders. Con todos.
—Tal vez ellos hicieron lo mismo que nosotros —sugirió Roy Baty—: confiar en algún ser humano que les parecía diferente. O como has dicho tú, especial.
—No podemos saberlo —respondió Irmgard—Eso es sólo una conjetura. Yo creo que ellos andaban por ahí —hizo un gesto—, o cantaban en un escenario..., como Luba. Nosotros confiamos... Te diré en qué cosa confiamos y nos traiciona, Roy. En nuestra maldita inteligencia superior —miró a su marido; sus senos altos y pequeños subían y bajaban con rapidez—Somos tan inteligentes..., maldito sea, Roy. Tú estás cometiendo el mismo error...
—Creo que Irm tiene razón —dijo Pris.
—De modo que confiaremos nuestras vidas a un infradotado —Roy no terminó la frase, y luego cedió—Estoy cansado. Ha sido un largo viaje, Isidore — dijo sencillamente—Y no hemos estado mucho tiempo aquí, infortunadamente.
—Espero contribuir a que vuestra estancia en la Tierra sea agradable —dijo Isidore, feliz. Estaba seguro de poder... Además, le parecía algo espléndido, la culminación de toda su vida. Y de la nueva autoridad que había asumido ese mismo día en su trabajo, ante el videófono...

Apenas concluidas sus tareas de esa tarde, Rick Deckard voló al mercado de animales. Las tiendas de los grandes vendedores de animales, con sus enormes escaparates y sus fantásticos letreros, ocupaban varias manzanas. La novedosa y horrible depresión que había sufrido antes, temprano, no se había disipado aún. Pero ver los animales y tratar con los vendedores podía perforar esa depresión, crear en ella una falla que le permitiría asirla y exorcizarla. En otros tiempos, ver animales y enterarse de las costosas ventas le había sido de gran ayuda. Quizá también ocurriera ahora. 

—Sí, señor —dijo un joven vendedor elegantemente vestido, mientras Rick miraba los animales expuestos con una especie de manso asombro—¿Ha visto algo que le agrade? 
—Muchos me agradan —respondió Rick—Lo que me preocupa es el precio.
—Usted puede elegir la forma de compra —dijo el vendedor—Me indica qué quiere llevarse a casa y cómo quiere pagar. Yo le llevaré la propuesta al gerente de ventas y haré que la apruebe.
—Tengo tres mil en efectivo —al final de la jornada, el departamento le había pagado su bonificación—¿Cuánto vale esa familia de conejos?
—Señor, si usted puede hacer un pago inicial de tres mil, podría también ser propietario de algo bastante mejor que un par de conejos. ¿Qué le parece una cabra?
—Nunca me han gustado mucho las cabras.
—¿Puedo preguntarle si esto significa para usted, un nuevo punto de vista en materia de precios?
—Bueno, normalmente no poseo tres mil dólares —respondió Rick.
—Eso es lo que pensé, señor, cuando usted habló de conejos. Lo malo es que todo el mundo tiene un conejo. Y me gustaría que ascendiese usted a la clase de los poseedores de cabras, como considero justo. Con franqueza, usted me parece aun mucho más que un poseedor de cabras.
—¿Qué ventajas tiene una cabra? 

El vendedor de animales dijo:
 
—La ventaja específica de una cabra es que se le puede enseñar a embestir a cualquier persona que intente robarla.
—Salvo que le disparen un hipnodardo y los ladrones desciendan por la escalinata de un coche aéreo suspendido... 

El vendedor, impertérrito, continuó:
 
—La cabra es leal. Posee un alma libre que ninguna cárcel puede contener. Y hay además otra ventaja, que quizá no recuerde usted: con frecuencia, cuando se hace una inversión en un animal, se descubre cualquier mañana que ha comido algo radiactivo y ha muerto. A una cabra no le afectan los alimentos cuasicontaminados; puede comer eclécticamente, incluso cosas que matarían a una vaca o un caballo, y más específicamente, a un gato. Consideramos que, puesto que se trata de una inversión a largo plazo, una cabra, y en particular una hembra, ofrece ventajas incomparables a todo propietario de animales verdaderamente serio.
—¿Es una hembra? —Rick había visto una gran cabra negra en el centro de su jaula. Se dirigió hacia ella, seguido por el vendedor.
—Sí, es una hembra. Una cabra negra, nubia, muy grande, como puede ver. Es una verdadera competidora en el mercado de este año, señor. Y la tenemos en oferta a un precio muy atractivo y muy, muy bajo. 

Rick extrajo su arrugado ejemplar del Sidney y buscó el precio de lista de la cabra nubia negra. 

—¿Pagará usted en efectivo? —preguntó el vendedor—¿O entrega como parte de pago un animal usado?
—Efectivo —respondió Rick.  

El vendedor escribió un precio en un papel y se lo mostró casi furtivamente a Rick.

—Es demasiado —dijo Rick, escribiendo en el mismo papel una cifra más modesta.
—No podríamos vender una cabra por ese precio —protestó el vendedor mientras escribía otra cifra—Esta cabra no tiene todavía un año. Su expectativa de vida es muy elevada —le mostró la cantidad a Rick.
—Trato hecho.

Firmó el contrato y los documentos aplazados, entregó sus tres mil dólares — todas las bonificaciones que había ganado— como aporte inicial, y se encontró junto a su coche aéreo mientras los empleados de la tienda cargaban a bordo una gran cesta con la cabra.

Ahora soy dueño de un animal, se dijo. Un animal vivo, no eléctrico... Por segunda vez en mi vida.  Le estremecía el gasto, la deuda asumida. Pero tenía que hacerlo, se dijo. La experiencia con Phil Resch... Debo recuperar mi confianza, mi fe en mí mismo y en mi capacidad. De lo contrario, no podré conservar mi trabajo. 

Con manos temblorosas elevó su coche al cielo y se dirigió a su casa. Irán se enfadará, pensó. La responsabilidad la abrumará. Y como ella es la que está todo el día en casa, gran parte del mantenimiento quedará en sus manos. Nuevamente se sintió angustiado.

Cuando aterrizó en el terrado de su casa se quedó un momento en su asiento, tratando de componer mentalmente una justificación verosímil. Es por mi trabajo, pensó, por el prestigio. No podíamos seguir con esa oveja eléctrica: minaba mi moral. Quizá pueda decirle eso a Irán. Descendió con esfuerzo, jadeando, bajó la cesta del asiento trasero al suelo. La cabra se movió y los miró con ojos brillantes, pero no emitió sonido alguno. 

Rick fue a su apartamento, y siguió el familiar camino por los pasillos hasta su puerta.

—Hola —dijo Irán, atareada con la cena, desde la cocina—¿Por qué llegas tan tarde?
—Ven al terrado —le dijo—Quiero mostrarte una cosa.
—Has comprado un animal —Irán se quitó el delantal, alisó su cabello en un gesto maquinal y salió con él. Ambos caminaban con pasos largos y alegres— Deberías haberme llevado a comprarlo contigo —susurró—Tengo derecho a participar en la decisión... Es la compra más grande que nunca...
—Quería darte una sorpresa —respondió Rick.
—Has ganado alguna bonificación —dijo ella.
—Sí. He retirado tres andrillos —entraron en el ascensor y se acercaron un poco a Dios—Tenía necesidad de comprar esto —explicó—Hoy hubo algo que no marchó bien, me refiero al retiro de los andrillos. Y no podré continuar si no tengo un animal —el ascensor llegó al terrado y entonces guió a su mujer en la oscuridad de la noche hacia la pequeña dehesa. Encendió las luces que mantenían todos los ocupantes del edificio en comunidad, y silenciosamente señaló a la cabra mientras espiaba su reacción.
—Oh, Dios mío —dijo suavemente Irán. Avanzó hacia la cesta, miró el interior, y luego giró en torno, para ver la cabra desde todos los ángulos—¿Es real? —preguntó—¿No es falsa?
—Absolutamente real —respondió él—Si no me han engañado —pero eso no solía suceder. La multa por falsificación era enorme: dos veces y media el valor total del animal auténtico—No, no me han engañado.
—Es una cabra —dijo Irán—Una cabra nubia negra.
—Y es hembra —observó Rick—De modo que más adelante podremos cruzarla, tendremos leche y con ella haremos queso.
—¿No podemos sacarla? ¿Ponerla junto a la oveja?
—Tiene que estar atada, al menos por unos días.

Irán dijo, en voz baja y extraña:
 
—”Mi vida es amor y placer”. Es una canción vieja, muy vieja, de Josef Strauss. ¿Recuerdas? La primera vez que nos encontramos —le puso delicadamente una mano en el hombro, se apretó contra él y lo besó—Mucho amor y placer.
—Gracias —respondió Rick, abrazándola.
—Bajemos a agradecerle a Mercer. Luego volveremos y le pondremos un nombre. Tiene que tener un nombre. Y quizá puedas encontrar una soga para atarla.

Bill Barbour, el vecino, que estaba atendiendo y peinando a su yegua Judy, les dijo:

—Es hermosa esa cabra, Deckard. Buenas noches, señora Deckard. Felicitaciones. Quizá tenga cabritos... Y cambiaría mi potrillo por un par de cabritos...
—Gracias —contestó Rick. Siguió a Irán hacia el ascensor—¿Sirve esto para curar tu depresión? —preguntó—Cura la mía.
—Naturalmente. Ahora podemos reconocer que la oveja es falsa.
—No es indispensable —observó él, cautelosamente.
—Pero podemos —insistió Irán—Ahora no tenemos nada que ocultar. Lo que siempre hemos querido se ha hecho realidad. ¡Es un sueño! —una vez más se irguió en puntas de pie y lo besó; su respiración ansiosa le cosquilleaba en el cuello. Luego oprimió el botón del ascensor.

Rick sintió una especie de advertencia. Algo le hizo decir: 

—No bajemos todavía. Quedémonos con la cabra. Podemos sentarnos y mirarla, y quizá darle algo de comer. Me dieron un saco de avena para comenzar. Y deberíamos leer el manual de cuidado de las cabras; lo incluyeron sin cargo... Podríamos llamarla Euphemia...

El ascensor había llegado. Irán entró en él.
 
—Espera, Irán —dijo Rick.
—Sería inmoral no fundirse con Mercer en acto de gratitud —dijo Irán—Hoy cogí las asas de la caja y vencí un poco mi depresión. Un poco, no como ahora. Pero de cualquier modo recibí una pedrada, aquí —alzó la muñeca y mostró a Rick un pequeño moretón oscuro—Y recuerdo que pensé en cuánto mejor estamos cuando nos fundimos con Mercer. A pesar del dolor. Duele físicamente, pero estamos espiritualmente juntos. Sentí a todos los demás que, en todo el mundo, se fundían en ese momento —retuvo abierta la puerta del ascensor—Ven Rick. Será sólo un momento. Casi nunca te fundes. Y hoy querría que transmitieras a todos los demás el ánimo en que te encuentras. Es algo que les debes; sería inmoral que te lo guardaras para ti.

Tenía razón, por supuesto. De modo que entró en el ascensor, y ambos fueron a su piso. En el living, Irán encendió la caja de empatía con el rostro animado por una alegría creciente. Como una luna nueva. 

—Quiero que todos lo sepan —dijo—Una vez me ocurrió: me fundí y alguien acababa de adquirir un animal. Y otro día —sus rasgos se oscurecieron por un instante; el placer se había disipado—, sentí a una persona cuyo animal había muerto. Otros tenían alegrías que compartir... Yo no tenía ninguna, como sabes; pero eso reanimó a esa persona. Uno puede llegar hasta un suicida en potencia; lo que uno tiene, lo que uno siente, puede...
—Ellos recibirán nuestra alegría —replicó Rick—, pero nosotros cambiaremos lo que sentimos por lo que ellos sienten y la perderemos. 

La pantalla de la caja de empatía mostraba una corriente de vivos colores sin forma; conteniendo la respiración, Irán cogió con fuerza las asas. 

—No perderemos realmente lo que sentimos, si lo tenemos claramente en el espíritu. Nunca has sentido del todo la fusión, ¿verdad, Rick?
—Supongo que no —contestó. Pero por primera vez comprendía el bien que la gente como Irán recibía del Mercerismo. Probablemente, su experiencia con el cazador de bonificaciones Phil Resch había alterado alguna diminuta sinapsis de su cerebro, había cerrado una conexión neural y abierto otra; tal vez esto había iniciado una reacción en cadena—Irán —dijo enérgicamente, apartándola de la caja—Escucha; quiero hablarte de lo que me ha ocurrido hoy —la condujo hasta un diván y le indicó que se sentara—Conocí a otro cazador de bonificaciones. Uno que no conocía, y a quien aparentemente le gusta matar a los androides. Y por primera vez, después de estar con él, los empecé a ver de otra manera. Quiero decir que yo, antes, los veía como él. Me hice el test, una pregunta, y pude verificar que he empezado a empatizar con los androides. ¿Comprendes lo que eso significa? Tú misma lo dijiste esta mañana, “esos pobres andrillos”. Así que sabes de qué estoy hablando. Y por eso compré la cabra. Jamás lo había sentido antes. Podría ser una depresión como las tuyas. Ahora comprendo cómo sufres cuando estás deprimida. Yo pensaba que te gustaba sentirte así, y que siempre podías salir de la depresión, al menos con ayuda del órgano de ánimos. Pero cuando la depresión es muy profunda, no te importa. Sientes apatía, porque has perdido toda sensación de valor. Y no te importa sentirte mejor porque, si no tienes valor...
—¿Y tu trabajo? —la dureza del tono de Irán hizo parpadear a Rick—Tu trabajo. ¿De cuánto son las cuotas mensuales? 

Pensativo, Rick sacó el contrato que había firmado y se lo alcanzó.
 
—Tanto... Dios mío, el interés —dijo ella—, sólo el interés... Y lo hiciste porque estabas deprimido; no para darme una sorpresa, como me habías dicho — le devolvió el contrato—Está bien; no importa. De todos modos estoy contenta. Me encanta la cabra. Pero será una carga pesada —se había puesto triste.
—Podría pasar a otro despacho —dijo Rick—El departamento se ocupa de unas diez actividades diferentes. Puedo pedir que me transfieran a robos de animales.
—Pero el dinero de las bonificaciones... Lo necesitarnos; de lo contrario, se llevarán la cabra.
—Llevaré el contrato de treinta y seis meses a cuarenta y ocho —cogió un bolígrafo e hizo un rápido cálculo en el dorso del contrato—Así sólo tendremos cincuenta y dos con cincuenta dólares menos por mes. 

Sonó el videófono.
 
—Si no hubiéramos bajado —dijo Rick—, si nos hubiésemos quedado en el terrado, con la cabra, no habríamos recibido esta llamada.

Irán se dirigió al videófono.
 
—¿De qué tienes miedo? Todavía no vendrán a llevarse la cabra —cogió el receptor.
—Es el departamento. Diles que no he llegado —Rick se dirigió al dormitorio.
—Hola —dijo Irán.

Rick estaba pensando en los tres androides que debería estar persiguiendo en ese momento, en lugar de haber vuelto a casa. En la pantalla se había formado el rostro de Harry Bryant, de modo que era muy tarde para alejarse. Se acercó con los músculos de las piernas rígidos.

—Sí, está aquí —decía Irán—Nos hemos comprado una cabra. ¿Cuándo vendrá a verla, señor Bryant? —después de una pausa le entregó el receptor a Rick—Tiene algo urgente que decirte —luego retornó a la caja de empatía, se sentó ante ella y nuevamente aferró las asas gemelas. 

Inmediatamente se concentró. Rick, con el receptor en la mano, sintió el alejamiento mental de Irán, y su propia soledad.
 
—Hola —dijo.
—Tenemos la pista de dos de los androides —informó Harry Bryant. Llamaba desde su despacho; Rick podía ver el escritorio conocido, cubierto de documentos y papeles—Es evidente que sabían lo ocurrido. Abandonaron la dirección que Dave nos dio y ahora están en... Un momento —Bryant buscó y encontró la dirección, mientras Rick, automáticamente, cogía el bolígrafo y el contrato de la cabra.
—Edificio Conapt 3967”C” —dijo el inspector Bryant—Vaya allá tan pronto como pueda. Debemos suponer que conocían el retiro de Garland, Luft y Polokov. Por eso se han fugado ilegalmente.
—Ilegalmente —repitió Rick. Para salvar sus vidas.
—Irán me contó que se ha comprado una cabra. ¿Fue hoy mismo? ¿Después del trabajo?
—Mientras regresaba a casa.
—Iré a verla apenas haya retirado a los androides restantes. Ah, acabo de hablar con Dave. Le hablé de las dificultades que había tenido usted; le envía sus felicitaciones y le aconseja que sea más cuidadoso. Dice que los modelos Nexus-6 son más inteligentes de lo que había previsto... Apenas podía creer que usted hubiese despachado tres en un solo día.
—Tres son bastante por hoy. No puedo hacer más. Tengo que descansar.
—Mañana se habrán ido —señaló el inspector Bryant—Se marcharán de nuestra jurisdicción.
—No tan pronto...
—Vaya esta misma noche, antes de que se preparen —insistió Bryant—No esperarán que usted se mueva tan rápidamente.
—Me estarán esperando...
—¿Tiene miedo? ¿Por qué Polokov...
—No tengo miedo —respondió Rick.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Está bien. Iré —se dispuso a cortar la comunicación.
—Llámeme apenas tenga resultados. Estaré en mi despacho.
—Si los retiro, me compraré una oveja.
—Ya tiene una. Desde que lo conozco tiene una oveja.
—Es eléctrica —respondió Rick, y colgó. Esta vez será una verdadera, se dijo. Tengo que tener una, en compensación. 

Irán estaba agachada sobre la caja negra de empatía, extasiada. Rick permaneció a su lado un momento. Le apoyó una mano en el pecho, lo sintió subir y bajar, sintió la vida que palpitaba en Irán, pero ella no se dio cuenta. La fusión con Mercer era, como siempre le ocurría, completa.
 
En la pantalla, la figura de Mercer, anciano, con su manto, subía trabajosamente. De repente una piedra voló a su lado. Rick se dijo: Dios mío, mi situación es peor. Mercer no debe hacer nada ajeno a él; sufre, pero al menos no se le obliga a violar su propia identidad. Se inclinó, desprendió suavemente los dedos de Irán de las asas, la apartó y ocupó su lugar. Por primera vez en semanas. Era un impulso, no lo había planeado, simplemente había sucedido.
 

Estaba entre malezas desoladas. El aire olía a flores rústicas. Era el desierto, donde jamás llueve.

Había un hombre. En sus ojos doloridos brillaba una luz piadosa.
 

—Mercer —dijo Rick.
—Soy tu amigo —dijo el anciano—Pero debes continuar tu camino como si yo no existiera. ¿Puedes comprender? —abrió sus manos vacías.
—No —repuso Rick—No puedo comprender. Necesito ayuda.
—¿Y cómo podré salvarte si no puedo salvarme? —sonrió—¿Ves? No hay salvación.
—Entonces, para qué sirve todo? ¿Para qué estás tú?
—Para demostrarte que no estás solo —respondió Wilbur Mercer—Estoy aquí, contigo, y aquí estaré siempre. Ve y haz tu tarea, aunque sepas que está mal.
—¿Por qué? —preguntó Rick—¿Por qué debo hacerla? Dejaré mi trabajo, emigraré.
—A donde quiera que vayas, te obligarán a hacer el mal —dijo el anciano—Esa es la condición básica de la vida, soportar que violen tu identidad. En algún momento, toda criatura viviente debe hacerlo. Es la sombra última, el defecto de la creación, la maldición que se alimenta de toda vida, en todas las regiones del universo.
—¿Eso es todo lo que puedes decirme?


Una piedra silbó en el aire. Se inclinó, pero le golpeó el oído. Dejó escapar las asas y nuevamente se encontró en el living de su casa, junto a su esposa y a la caja de empatía. Le dolía la cabeza por el golpe; se tocó la cara y vio que le caían grandes gotas brillantes de sangre. Irán, con un pañuelo, las enjugó. 


—Creo que me alegro de que me hayas apartado. No puedo soportar las pedradas. Gracias por recibir el golpe en mi lugar.
—Me marcho —dijo Rick.
—¿Un trabajo? 
—Tres trabajos —cogió el pañuelo de Irán y se dirigió a la puerta. Se sentía aún mareado y con náuseas.
—Buena suerte —dijo Irán.
—No he recibido nada de esa caja. Mercer me habló pero no me ayudó. No sabe más que yo; es solamente un anciano que trepa por una cuesta hasta su muerte.
—?Y no es ésa la revelación?
—Yo la conocía de antemano —dijo Rick, y abrió la puerta—Hasta luego — salió y cerró; Conapt 3967”C”, dijo para sus adentros, leyendo la anotación en el dorso del contrato. Es en los suburbios... Una zona prácticamente desierta. Buen lugar para esconderse, excepto por el alumbrado nocturno. Seguiré las luces, pensó.


Un cazador fototrópico, como la mariposa de la calavera. Y después, nunca más. Haré otra cosa, me ganaré la vida de otra manera. Estos tres serán los últimos. Mercer tiene razón: debo acabar con ellos... Sólo que no sé si podré. Dos androides juntos no son un problema moral sino un problema práctico. Lo más probable es que no pueda retirarlos, aunque me lo proponga. Estoy demasiado fatigado y hoy han ocurrido muchas cosas. Quizá Mercer lo sabía; tal vez pueda preverlo todo. Pero yo sé a quién pedirle ayuda. A quien me la ha ofrecido antes, aunque yo la haya rehusado.


Llegó al terrado y un momento más tarde se encontraba en la cabina de su coche aéreo, a oscuras, marcando un número. 


—Rosen Association —dijo una recepcionista.
—Rachael Rosen.
—¿Cómo, señor?
—Quiero hablar con Rachael Rosen.
—¿La señorita Rosen espera...?
—Naturalmente —respondió. Esperó.
 

Unos minutos después el rostro pequeño y oscuro de Rachael Rosen aparecía en la pantalla.

—Hola, señor Deckard.
—¿Está ocupada ahora o podemos hablar? —preguntó—Así como me dijo usted más temprano —no parecía el mismo día. Una generación debía de haber nacido y declinado desde su conversación con ella. Y todo el peso, toda la fatiga, se habían concentrado en su cuerpo. Se sentía agotado. Quizá fuera a causa de la piedra. Con el pañuelo secó su oreja, que aún sangraba.


—Tiene un corte en la oreja —dijo Rachael—Qué vergüenza.
—¿Creía verdaderamente que no la llamaría, como me dijo?
—Le dije que sin mí, alguno de los Nexus-6 se le anticiparía. 
—Pues estaba equivocada.
—Sin embargo, me llama. ¿Quiere que vaya a San Francisco?
—Esta misma noche.
—Oh, es demasiado tarde. Iré mañana. Es un viaje de una hora.
—Me han ordenado que los ataque esta noche —hizo una pausa—De los ocho quedan tres.
—Tiene aspecto de haberlo pasado muy mal.
—Si no viene esta noche —dijo Rick—, iré solo y no podré retirarlos. Me acabo de comprar una cabra —agregó—Con las bonificaciones por los tres de hoy.
—Oh, los seres humanos —rió irónicamente Rachael—Las cabras huelen mal.
—Los chivos solamente. Lo leí en el manual de instrucciones.
—Está demasiado cansado —observó Rachael—Parece ofuscado. ¿No es una locura que ataque a otros tres Nexus-6 el mismo día? Nadie ha retirado seis androides en un día.
—Franklin Powers —respondió Rick—Hace más o menos un año, en Chicago. Y fueron siete.
—La variedad McMillan Y-4, obsoleta —recordó Rachael—Esto es otra cosa...No puedo, Rick. Ni siquiera he cenado.
—Te necesito —dijo él. Si no vienes, pensó, voy a morir. Lo sé.


Mercer lo sabía; ella también lo sabe. Y es perder el tiempo pedirle nada a un androide; nada hay que pueda ser conmovido en su interior. 

—Lo siento, Rick, pero esta noche no. Tiene que ser mañana.
—Venganza de androide.
—¿Por qué?
—Porque te sorprendí con el test de Voigt-Kampff.
—¿Crees eso, de verdad? —Rachael tenía los ojos muy abiertos.
—Adiós —dijo Rick, y se dispuso a colgar.
—Oye —dijo Rachael rápidamente—No estás usando tu cabeza.
—Piensas eso porque el modelo Nexus-6 es más inteligente que los seres humanos.
—No, de verdad no entiendo —suspiró Rachael—Estoy segura de que no quieres hacer ese trabajo esta noche, o tal vez nunca. ¿Quieres que te ayude a retirar a los tres restantes? ¿O que te convenza de no intentarlo?
—Ven. Ocuparé una habitación en un hotel.
—¿Por qué?
—Por algo que he oído decir hoy —respondió Rick, en voz grave—Acerca de las relaciones entre hombres humanos y mujeres androides. Ven ya mismo a San Francisco y olvidaré por el momento a los tres fugitivos. Haremos otra cosa. 


Ella lo miró y contestó bruscamente:
—Está bien. ¿Dónde te encuentro? 
—En el St. Francis. Es el único hotel decente que hay a mitad de camino, en la zona de la bahía.
—No hagas nada hasta que llegue.
—Sólo ver al Amigo Buster en la TV, en la habitación. Su artista invitada en los últimos tres días ha sido Amanda Werner. Me gusta, podría mirarla toda la vida. Sus senos sonríen —colgó y permaneció inmóvil un momento, con la mente en blanco. Por fin sintió frío, puso el coche en marcha y voló hacia la parte baja de San Francisco. Hacia el St. Francis.