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viernes, 26 de junio de 2015

Los tres cerditos - Roald Dahl - Cuentos en verso para niños perversos

Hoy traigo el último cuento que completa el libro "Cuentos en verso para niños perversos" de Roald Dahl. La historia es "Los tres cerditos". Ya leímos hace tiempo "¡La verdadera historia de los tres cerditos!", versión que nos relata lo sucedido desde el punto de vista del lobo. Hoy leamos esta cómica versión.




LOS TRES CERDITOS

El animal mejor que yo recuerdo
es, con mucho y sin duda alguna, el cerdo.
El cerdo es bestia lista, es bestia amable,
es bestia noble, hermosa y agradable.
Mas, como en toda regla hay excepción,
también hay algún cerdo tontorrón.
Dígame usted si no: ¿qué pensaría
si, paseando por el Bosque un día,
topara con un cerdo que trabaja
haciéndose una gran casa... de paja?
El Lobo, que esto vio, pensó: "Ese idiota
debe estar fatal de la pelota...
"¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".
"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".
Y por más que rezó la criatura
el lobo destruyó su arquitectura.
"¡Qué afortunado soy! -pensó el bribón-.
¡Veo la vida de color jamón!".
Porque de aquel cerdito, al fin y al cabo,
ni se salvó el hogar ni quedó el rabo.

El Lobo siguió dando su paseo,
pero un rato después gritó: "¿Qué veo?
¡Otro lechón adicto al bricolaje
haciéndose una casa... de ramaje!
¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".
"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".
Farfulló el Lobo: "¡Ya verás, lechón!",
y se lanzó a soplar como un tifón.
El cerdo gritó: "¡No hace tanto rato
que te has desayunado! Hagamos un trato...".
El Lobo dijo: "¡Harás lo que yo diga!".
Y pronto estuvo el cerdo en su barriga.
"No ha sido mal almuerzo el que hemos hecho,
pero aún no estoy del todo satisfecho
-se dijo el Lobo-. No me importaría
comerme otro cochino a mediodía".
De modo que, con paso subrepticio,
la fiera se acercó hasta otro edificio
en cuyo comedor otro marrano
trataba de ocultarse del villano.
La diferencia estaba en que el tercero,
de los tres era el menos majadero
y que, por si las moscas, el muy pillo
se había hecho la casa... ¡de ladrillo!
"¡Conmigo no podrás!", exclamó el cerdo.
"¡Tú debes de pensar que yo soy lerdo!
-le dijo el Lobo-. ¡No habrá quien impida
que tumbe de un soplido tu guarida!".
"Nunca podrá soplar lo suficiente
para arruinar mansión tan resistente",
le contestó el cochino con razón,
pues resistió la casa el ventarrón.
"Si no la puedo hacer volar soplando,
la volaré con pólvora... y andando",
dijo la bestia, y el lechón sagaz
que aquello oyó, chilló: "¡Serás capaz!"
y, lleno de zozobra y de congoja,
un número marcó: "¿Familia Roja?".
"¡Aló! ¿Quién llama? -le contestó ella-.
¡Guarrete! ¿Cómo estás? Yo aquí, tan bella
como acostumbro, ¿y tú?". "Caperu, escucha.
Ven aquí en cuanto salgas de la ducha".
"¿Qué pasa?", preguntó Caperucita.
"Que el Lobo quiere darme dinamita,
y como tú de Lobos sabes mucho,
quizá puedas dejarle sin cartuchos".
"¡Querido marranín, cerdito guapo!
Estaba proyectando irme de trapos,
así que, aunque me da cierta pereza,
iré en cuanto me seque la cabeza".

Poco después Caperu atravesaba
el Bosque de este cuento. El Lobo estaba
en medio del camino, con los dientes
brillando cual puñales relucientes,
los ojos como brasas encendidas,
todo él lleno de impulsos homicidas.
Pero Caperucita, -ahora de pie volvió
a sacarse el arma del corsé
y alcanzó al Lobo en punto tan vital
que la lesión le resultó fatal.
El cerdo, que observaba ojo avizor,
gritó: "¡Caperucita es la mejor!".

¡Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue
fiarte de la chica del corsé.
Porque Caperu luce últimamente
no sólo dos pellizas imponentes
de Lobo, sino un maletín de mano
hecho con la mejor... ¡piel de marrano!

domingo, 21 de junio de 2015

Caperucita Roja y el Lobo - Roald Dahl - Cuentos en verso para niños perversos

¡Ayer vi por primera vez en la librería el libro "Cuentos en verso para niños perversos"!, una genialidad de Roald Dahl, el autor de, entre otros libros, "Charlie y la fábrica de chocolate" que se encuentra completo en el blog (has click en el título del libro y te llevará a él). Se ve que lo están publicando nuevamente... 
En ese momento recordé que apenas me quedan dos cuentos para que esté subido completo en el blog, por ello, aquí va uno de los que faltaba: "Caperucita roja y el lobo", versión "Cuentos en verso para niños perversos" 
Y de yapa, les recuerdo que las versión original de Charles Perrault y la elegida por los Hermanos Grimm, se encuentran en los siguientes links del blog: "Caperucita Roja - Charles Perrault" y "Caperucita Roja - Los hermanos Grimm"



Caperucita Roja y el Lobo

Estando una mañana haciendo el bobo
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
"¿Puedo pasar, Señora?", preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: "¡Este me come de un bocado!".
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
"Sigo teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré que merendarme otra señora!".
Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
"¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!"
-que así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España-.
Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.
Llegó por fin Caperu a mediodía
y dijo: "¿Cómo estás, abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!".
"Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas". "¡Abuelita,
qué ojos tan grandes tienes!". "Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista", dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente
Caperucita dijo: "¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!".
El Lobo, estupefacto, dijo: "¡Un cuerno!
O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estás tomando el pelo...? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa".
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revólver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.

Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque... ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un tapado
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.


lunes, 8 de diciembre de 2014

Rizos de oro y los tres osos - Roald Dahl

Sigo medio desaparecida del blog... Cosas que pasan... Pero hoy recordé "Cuentos en verso para niños perversos" de Roald Dahl y quiero compartir otro de ellos con ustedes. Tiempo atrás leímos "La cenicienta", "Juan y las habichuelas mágicas" y "Blancanieves y los siente enanos". Las versiones de Roald Dahl de caracterizan por el humor y son disfrutables tanto por niños como por adultos.
Para hoy elegí "Rizos de oro y los tres osos" :D La elección me es interesante porque en el cuento original de Robert Southey, Ricitos de oro no es una niña, sino una anciana pero ya sabemos el cuentos con los años - y el cine y la televisión - se transformó. Dicho sea de paso, el original lo pueden leer en: "La historia de los tres osos" ya que hace tiempo lo publiqué en el blog. 





RIZOS DE ORO Y LOS TRES OSOS


¡Jamás debió ponerse en un estante
una bellaquería semejante!
¿Cómo una madre amante y responsable
puede dejar la historia detestable
de esta malvada niña entre las manos
de unos retoños cándidos y sanos?
Si de mí dependiera, Rizos de Oro
estaría entre rejas como un loro...
Imagínense ustedes qué gracioso
resulta hacer potaje para oso,
café y bollitos con su mermelada
y, con la mesa puesta y preparada,
que diga Papá Oso: "¡Mil cornejas!
¡La sopa está que quema las orejas!
Vamos a darnos un paseo juntos
hasta que este potaje esté en su punto.
Además, caminar un buen ratito
nos abrirá mejor el apetito".
Ninguna ama de casa se opondría
a propuesta de tal sabiduría
-y menos con el genio singular
de un oso cuando es hora de almorzar.

Pues bien, en cuanto dejan la mansión
se cuela Rizos de Oro en el salón
y, cual reptil sinuoso y repelente,
lo curiosea todo soezmente.
Al punto ve el potaje apetitoso
que puso en los tres platos Mamá Oso
y, en menos tiempo del que aquí se cuenta,
sobre ellos se abalanza violenta.
Imagínense, insisto, qué faena,
después de preparar cosa tan buena,
que acabe en el estómago incivil
de alguna delincuente juvenil.
¡Y no acaba ahí la cosa!, lo mejor
viene a continuación de lo anterior.
Como mujer de hogar que usted se siente,
ha ido con todo amor, pacientemente,
coleccionando muchos trastos viejos:
un angelote manco, dos espejos,
tres sillas y un armario estilo imperio
comprados en subasta y, lo más serio,
una silla de niño isabelina
que un día heredó usted de su madrina.
Es esa silla orgullo, prez y gloria
de su querida casa y no hay historia
que usted no cuente de ella y se derrita
cuando la enseña ufana a las visitas.
Pues, como iba diciendo, Rizos de Oro
sin el menor recato ni decoro
coloca su trasero gordinflón
sobre la silla histórica en cuestión
y, como no le importa tres pepinos
el mobiliario estilo isabelino,
se carga en un segundo malhadado
de su salón el mueble más preciado.
Cualquier niña diría: "¡Qué desgracia!
¡Merezco un buen castigo por mi audacia!".
Pero no Rizos de Oro que, al contrario,
exhibe su peor vocabulario:
"¡Maldito cachivache!" y otras cosas
que, de tan malsonantes y espantosas,
no puedo ni me atrevo a transcribir
ni creo que se deban imprimir.

Ustedes pensarán que aquí termina
su expedición fatal nuestra heroína...
Pues yo lo siento mucho, amigos míos,
pero no acaba aquí todo este lío.
La miserable quiere echar la siesta,
así que va a mirar dónde se acuesta.
Sube a los dormitorios de los osos,
compara qué edredón es más lanoso,
los prueba del derecho y del revés,
y se echa en el más blando de los tres.
Como sabéis, la gente de provecho
se suele descalzar cuando va al lecho,
pero con Rizos de Oro no hay enmienda
ni se le ocurre cosa que no ofenda.
Podéis imaginaros lo muy guarros
que estaban sus zapatos, cuánto barro
pestífero llevaban en las suelas.
Hasta algo que hizo un perro y, por que huela
tan sólo a tinta el libro, uno se calla...
Y, digo una vez más: ¿Es que no estalla
cualquiera a quien un monstruo dormilón
le ponga hecho una cuadra su edredón?
 
¿Os dais cuenta cabal de la cadena
de crímenes tramados por la nena?
-Crimen número uno: la acusada
comete allanamiento de morada.
-Crimen número dos: el personaje
se queda con tres platos de potaje.
-Crimen número tres: la muy cochina
destroza una sillita isabelina.
-Crimen número cuatro: la madama
se limpia los zapatos en la cama...
Un juez no dudaría ni un instante:
"¡Diez años de presidio a esa tunante!".
Pero en la historia, tal como se cuenta,
la miserable escapa tan contenta
mientras los niños gritan, encantados:
"¡Qué bien; Ricitos de Oro se ha salvado!".
Yo, en cambio, le daría otro final
a un cuento tan infame y criminal:
"¡Papá! -grita el Osito-, estoy furioso.
No tengo sopa". "¡Vaya! -dice el Oso-.
Pues sube al dormitorio: está en la cama,
metida en la barriga de una dama,
así que no tendrás más solución
que dar cuenta del caldo y del tazón".

domingo, 28 de julio de 2013

Blancanieves y los siete enanos - Roald Dahl

"Cuentos en verso para niños perversos" es un libro que no necesita más presentación en este blog: He subido "Juan y la habichuela mágica" y "La cenicienta". Pero siempre es bueno recordar un poquito de que se trata. En este libro, Roald Dahl nos invita a pensar los cuentos de hadas clásicos desde otro lugar, poniendo en juego otros elementos para contar la misma historia. El resultado es muy divertido.
Hoy me decidí por "Blancanieves y los siete enanos". Siempre estoy por compartir el relato de los hermanos Grimm... prometido para otro momento...



BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANOS
 

Cuando murió la madre de Blanquita
dijo su padre, el Rey: "Esto me irrita.
¡Qué cosa tan pesada y tan latosa!
Ahora tendré que dar con otra esposa..."
-es, por lo visto, un lío del demonio
para un Rey componer su matrimonio-.
Mandó anunciar en todos los periódicos:
"Se necesita Reina" y, muy metódico,
recortó las respuestas que en seguida
llegaron a millones... "La elegida
ha de mostrar con pruebas convincentes
que eclipsa a cualquier otra pretendiente".
Por fin fue preferida a las demás
la señorita Obdulia Carrasclás,
que trajo un artefacto extraordinario
comprado a algún exótico anticuario:
era un espejo mágico parlante
con marco de latón, limpio y brillante,
que contestaba a quien le planteara
cualquier cuestión con la verdad más clara.
Así, si, por ejemplo, alguien quería
saber qué iba a cenar en ese día,
el chisme le decía sin tardar:
"Lentejas o te quedas sin cenar".
El caso es que la Reina, que Dios guarde,
le preguntaba al trasto cada tarde:
"Dime Espejito, cuéntame una cosa:
de todas, ¿no soy yo la más hermosa?".
Y el cachivache siempre: "Mi Señora,
vos sois la más hermosa, encantadora
y bella de este reino. No hay rival
a quien no hayáis comido la moral".
 

La Reina repitió diez largos años
la estúpida pregunta y sin engaños
le contestó el Espejo, hasta que un día
Obdulia oyó al cacharro que decía:
"Segunda sois, Señora. Desde el jueves
es mucho más hermosa Blancanieves".
Su majestad se puso furibunda,
armó una impresionante barahúnda
y dijo: "¡Yo me cargo a esa muchacha!
¡La aplastaré como a una cucaracha!
¡La despellejaré, la haré guisar
y me la comeré para almorzar!".
Llamó a su Cazador al aposento
y le gritó: "¡Cretino, escucha atento!
Vas a llevarte al monte a la Princesa
diciéndole que vais a buscar fresas
y, cuando estéis allí, vas a matarla,
desollarla muy bien, descuartizarla
y, para terminar, traerme al instante
su corazón caliente y palpitante".
 

El Cazador llevó a la criatura,
mintiéndole vilmente, a la espesura
del Bosque. La Princesa, que se olió
la torta, dijo: "¡Espere! ¿Qué he hecho yo
para que usted me mate, señor mío?
-el brazo y el cuchillo de aquel tío
erizaban el pelo al más pintado-.
¡Déjeme, por favor, no sea pesado!".
El Cazador, que no era mala gente,
se derritió al mirar a la inocente.
"¡Aléjate corriendo de mi vista,
porque, si me lo pienso más, vas lista...!".
La chica ya no estaba -¡qué iba a estar!-
cuando el verdugo terminó de hablar.
Después fue el hombre a ver al carnicero,
pidió que le sacara un buen cordero,
compró media docena de costillas
amén del corazón y, a pies juntillas,
Obdulia tomó aquella casquería
por carne de Princesa. "¡Que mi tía
se muera si he faltado a vuestro encargo,
Señora...! Se hace tarde... Yo me largo...".
"Os creo, Cazador. Marchad tranquilo
-dijo la Reina-. ¡Y ese medio kilo
de chuletilla y ese corazón
los quiero bien tostados al carbón!",
y se los engulló, la muy salvaje,
con un par de vasitos de brebaje.
 

¿Qué hacía la Princesa, mientras tanto?
Pues auto-stop para curar su espanto.
Volvió a la capital en un boleo
y consiguió muy pronto un buen empleo
de ama de llaves en el domicilio
de siete divertidos hombrecillos.
Habían sido jockeys de carreras
y eran muy majos todos, si no fuera
por un vicio que en sábados y fiestas
les devoraba el coco: ¡las apuestas!
Así, si en los caballos no atinaban
un día, aquella noche no cenaban...
Hasta que una mañana dijo Blanca:
"Tengo una idea, chicos, que no es manca.
Dejad todo el asunto de mi cuenta,
que voy a resolveros vuestra renta,
pero hasta que yo vuelva de un paseo
no quiero que juguéis ni al veo-veo".
Se fue Blanquita aquella misma noche
de nuevo en auto-stop, -y en un buen cochehasta
Palacio y, siendo chica lista,
cruzó los aposentos sin ser vista;
el Rey estaba absorto haciendo cuentas
en el Despacho Real y la sangrienta
Obdulia se encontraba en la cocina
comiendo pan con miel y margarina.
La joven pudo, pues, llegar al fin
hasta el dichoso Espejo Parlanchín,
echárselo en un saco y, de puntillas,
volver sobre sus pasos dos mil millas
-que eso le parecieron, pobrecita-.
"¡Muchachos, aquí traigo una cosita
que todo lo adivina sin error!
¿Queréis probar?". "¡Sí, sí!", dijo el mayor:
"Mira, Espejito, no nos queda un chavo,
así que has de acertar en todo el clavo:
¿quién ganará mañana la tercera?".
"La yegua Rififí será primera",
le contestó el Espejo roncamente...
¡Imaginad la euforia consiguiente!
Blanquita fue aclamada, agasajada,
despachurrada a besos y estrujada.
Luego corrieron todos los Enanos
hasta el local de apuestas más cercano
y no les quedó un mal maravedí
que no fuera a parar a Rififí:
vendieron el Volkswagen, empeñaron
relojes y colchones, se entramparon
con una sucursal de la Gran Banca
para apostarlo todo a su potranca.
Después, en el hipódromo, se vio
que el Espejito no se equivocó,
y ya siempre los sábados y fiestas
ganaron los muchachos sus apuestas.
Blanquita tuvo parte en beneficios
por ser la emperatriz del artificio,
y, en cuanto corrió un poco el calendario,
se hicieron todos superbillonarios
-de donde se deduce que jugar
no es mala cosa... si se va a ganar-.
 

martes, 25 de diciembre de 2012

Cordero Asado - Roald Dahl

Del libro "Relatos de lo inesperado", comparto con ustedes este cuento de Roald Dahl  :D
¿Alguna vez te preguntaste qué es capaz de hacer una mujer despechada? ¿Qué sucede cuando el miedo al abandono, la sensación de injusticia y la bronca colman a una persona? En "Cordero Asado" Roald Dahl nos cuenta la historia de Mary Maloney, una mujer casada cuyo marido, inesperadamente, decide comunicarle va a dejarla.
No sé como describir a "Cordero asado". ¿Es un policial? ¿Un cuento de suspenso? ¿Un chiste de humor negro? Decídanlo ustedes... Como sea, espero que les guste :D



Cordero asado

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
 
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
 
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
 
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
 
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
 
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
 
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.
 
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
 
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
 
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
 
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
 
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
 
El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
 
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
 
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
 
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
 
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
 
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
 
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
 
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
 
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
 
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
 
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
 
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
 
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
 
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
 
Esta vez él no contestó.
 
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
 
Era una pierna de cordero.
Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
 
Se detuvo.
 
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
 
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
 
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
 
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
 
Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
 
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
 
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
 
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
 
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
 
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
 
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
 
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
 
El hombre echó una mirada a la tienda.
 
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
 
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
 
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
 
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
 
Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
 
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
 
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
 
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
 
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?
 
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
 
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
 
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto
la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
 
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
 
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
 
«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»
 
Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
 
—No —dijo ella.
 
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
 
—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.
 
Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
 
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
 
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
 
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
 
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
 
La búsqueda continuó.
 
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
 
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
 
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
 
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
 
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
 
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
 
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney...
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
 
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
 
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
 
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

viernes, 12 de octubre de 2012

Galloping Foxley - Roahl Dahl

El "bullying" se ha puesto de moda. Cada día hay más casos. Ya no se refiere a que en la escuela alguien le diga "gordo" o "cuatro ojos" a un compañero. Hablamos de violencia física además de palabras humillantes. Es un tema muy fuerte. Niñas que desfiguran la cara de otra por ser "linda". Adolescentes que someten a otros en los baños. Niños que se suicidan o que ingresan a un aula armados porque las emociones que bullen dentro son demasiado intensas para disiparlas...
"Galloping Foxley" es un cuento de Roald Dahl, publicado en 1979 en "Relatos de lo inesperado", y cuenta lo que le sucede a William, un hombre de 62 años con una rutina muy ordenada, cuando cree reconocer al ahora hombre mayor, que 50 años atrás fuera el abusador que le pegaba en la escuela. El bullying deja huellas difíciles de borrar. Sobre todo cuando se tapa con el silencio. Es un relato fuerte. Da impotencia, bronca, saber que estas cosas suceden. Que sucedieron siempre pero que van en ascenso y con grado de violencia creciente.
Para acompañarlo pensé en poner alguna de las imágenes de campaña contra el bullying pero me remueven muchas cosas dentro. Preferí elegir un paisaje apacible: una estación de ferrocarril... después de todo, es donde ocurre la historia...


 Galloping Foxley

Cinco días a la semana, durante treinta y seis años, he viajado en el tren de las ocho doce en dirección a la City. Nunca va demasiado lleno y me lleva hasta la estación de Cannon Street, a sólo once minutos y medio de mi oficina en Austin Friars. 

Siempre me ha gustado este sistema de transporte; cada fase de mi pequeño viaje es un placer para mí. Hay una regularidad que es agradable y confortante para una persona de costumbres, y, además, sirve para escapar un poco de la rutina del trabajo diario. 

Mi estación es pequeña, sólo hay unas veinte personas reunidas allí para tomar el tren de las ocho doce. Somos un grupo que casi nunca cambia y cuando en alguna ocasión un nuevo rostro aparece en la plataforma, causa murmullos de desaprobación como un nuevo pájaro en la jaula de los canarios.

Pero normalmente, cuando llego por la mañana con mis cuatro minutos de adelanto, ya están todos allí, constantes como yo, con sus sombreros, corbatas, paraguas y sus rostros peculiares, el periódico bajo el brazo, inmutables a través de los años, como los muebles de mi cuarto de estar. Me gusta.

Me gusta también mi asiento al lado de la ventana y leer el Times con el ruido del movimiento del tren. Esta parte de mi viaje dura treinta y dos minutos y parece relajar mi cerebro y mis viejos miembros, como un buen masaje. Créanme, no hay nada como la rutina y la regularidad para conservar la paz del espíritu. Yo he hecho este viaje matutino casi diez mil veces y disfruto más y más cada día. 

Me he convertido en una especie de reloj: en cualquier momento puedo decir si llevamos dos, tres o cuatro minutos de retraso, y nunca tengo que levantar la vista para saber en qué estación paramos.

El paseo desde Cannon Street hasta mi oficina no es corto ni largo, un simple paseo a lo largo de las calles llenas de gente que se dirige a sus lugares de trabajo con el mismo orden que yo. Me da una sensación de seguridad moverme entre esa gente digna y respetable que se aferra a sus empleos y no se dedica a vagabundear por el mundo. Su vida, como la mía, está regulada por un reloj perfecto, a menudo nuestros caminos se cruzan a la misma hora y lugar cada día.

Por ejemplo, cuando llego a la esquina de St. Swithin's Lañe siempre me encuentro de frente con una señora de mediana edad, con gafas plateadas, que lleva una carpeta negra en la mano, una contable de primera clase, diría yo, o posiblemente una ejecutiva de la industria textil. Al cruzar Threadneedle Street, nueve de cada diez veces me cruzo en el paso de peatones con un caballero que lleva una flor diferente en el ojal cada día. Viste pantalones negros, botines grises, y resulta claramente una persona puntual y meticulosa, probablemente un banquero o quizá un abogado como yo. Varias veces en los últimos veinticinco años, al cruzarnos en la calle, nuestros ojos se han encontrado en una mutua mirada de aprobación y respeto.

Por lo menos la mitad de las caras que se cruzan en mi camino me resultan familiares.  Son caras interesantes las de mi gente, sanas, diligentes, frescas, sin ese brillo en los ojos de los llamados inteligentes que quieren cambiar el mundo de arriba abajo con sus gobiernos laboristas, medicinas sociales y todas esas cosas. 

Con eso pueden comprobar que soy, en el verdadero sentido de la palabra, un hombre feliz. O ¿quizá sería mejor decir «era» un hombre feliz? Cuando escribí esta pequeña autobiografía que acaban de leer —con la intención de hacerla circular entre los empleados de mi oficina para exhortación y ejemplo— era completamente sincero conmigo mismo. Pero esto fue hace ya una semana y desde entonces algo muy peculiar ha ocurrido. 

La cosa empezó el martes pasado, la misma mañana que llevaba el borrador de mi ensayo en el bolsillo; esto me parecía tan casual e inesperado que sólo puedo creer que haya sido cosa de Dios. Dios había leído mi pequeño artículo sobre «El rutinario feliz» y se había dicho a sí mismo: ya es hora de que le dé una lección. Realmente yo creo que fue eso lo que pasó.

Como decía fue el martes pasado, el primer martes después de Pascua, una templada mañana de primavera. Yo estaba subiendo la plataforma de nuestra pequeña estación con el Times bajo el brazo y el ensayo en mi bolsillo, cuando me di cuenta de que algo raro pasaba. Sentía aquella curiosa oleada de protesta iniciarse entre mis compañeros de tren. 

Me paré y miré a mi alrededor.
El desconocido estaba en el centro de la plataforma, con los pies separados y los brazos cruzados, mirando en torno suyo como si el andén le perteneciera. Era un hombre grande y grueso y hasta de espaldas daba una poderosa sensación de arrogancia. 

Definitivamente, no era uno de los nuestros. Llevaba un bastón en vez de paraguas, los zapatos eran castaños en vez de negros, el sombrero gris, ladeado. Había en toda su persona un exceso de lustre. No quise observarle más. Pasé por su lado, mirando hacia otra parte, colaborando a hacer la atmósfera más fría de lo que en realidad ya estaba. 

Llegó el tren: imagínense mi horror cuando el intruso me siguió hasta mi propio compartimiento. Nadie lo había hecho desde hacía quince años. Mis colegas siempre han respetado la antigüedad. Uno de los placeres más singulares es estar solo en mi compartimiento, en una y hasta a veces dos y tres estaciones. Pero tenía a este extraño frente a mí, leyendo el Daily Mail y encendiendo una horrible pipa. 

Bajé mi Times y eché una mirada a su rostro. Supongo que tendría la misma edad que yo —de sesenta y dos a sesenta y tres años—, pero tenía esa apostura desagradable, elegante, bronceada, que se ve hoy en día en los anuncios de las camisas de hombres —el cazador de leones, el jugador de polo, el escalador del Everest, el explorador tropical y el competidor de carreras de yates, se concentraban en él—; cejas oscuras, ojos huidizos, y dientes extraordinariamente blancos que sostenían una pipa. Personalmente, desconfío de los hombres elegantes. Los placeres superficiales de esta vida les llegan demasiado fácilmente y parecen los únicos responsables de su propia belleza. No me importa que una mujer sea guapa, eso es diferente, pero un hombre: lo siento, pero me parece ofensivo. En fin, aquí estaba éste, sentado frente a mí en el compartimiento. Lo estaba mirando por
encima de mi periódico, cuando nuestras miradas se encontraron.

—¿Le importa que fume en pipa? —preguntó sosteniéndola con los dedos.
Eso fue todo lo que dijo, pero el sonido de su voz hizo un extraordinario efecto en mí, pues incluso di un respingo. Después tuve un estremecimiento y me quedé mirándole antes de poderle contestar: 

—En este vagón se puede fumar —dije yo—, así que puede hacer lo que le plazca.
—Pensé que debía preguntar.
Otra vez aquella voz tan familiar. Hablaba con dureza y cortaba las palabras como una ametralladora. ¿Dónde la había oído antes? ¿Y por qué cada palabra me traía algo de mis lejanos recuerdos? ¡Dios mío! Contrólate. ¿Qué tontería era ésa? 

El desconocido volvió a su periódico. Yo intenté hacer lo mismo, pero ya estaba desasosegado y no pude concentrarme. En lugar de esto le dirigía furtivas miradas por encima de mi periódico. Era en verdad una cara intolerable, vulgar, casi terriblemente bella, con una especie de resplandor en toda la piel. Pero ¿lo había visto o no lo había visto antes en mi vida? Empecé a pensar que sí lo conocía, porque ahora, cuando le miraba, sentía una especie de molestia que no pude explicar, algo que me recordaba el dolor y la violencia, quizá el miedo.

No hablamos más durante el viaje, pero ya se pueden imaginar que mi rutina se destruyó por completo. Mi día se había arruinado y más que eso, alguno de mis escribientes tuvo que soportar mis duras críticas, especialmente después de comer, cuando también mi digestión se puso en contra mía.

A la mañana siguiente, otra vez estaba allí, de pie frente a la plataforma, con su bastón y su pipa, su bufanda de seda y su cara desagradablemente bella. Pasé por delante de él y vi al señor Grummit, un corredor de Bolsa que había sido mi compañero durante veintiocho años. No puedo decir que haya tenido una conversación con él —somos un grupo bastante reservado en nuestra estación—, pero una crisis como ésta fue capaz de romper el hielo.

—Grummit —susurré—. ¿Quién es ese intruso?
—No sé —dijo Grummit.
—Es muy desagradable.
—Mucho.
—Espero que no venga siempre.
—¡Oh, Dios mío, no! —exclamó Grummit. Entonces llegó el tren.
Esta vez, afortunadamente, el hombre entró en otro departamento. Pero a la mañana siguiente le tenía frente a mí de nuevo.

—Bueno —dijo él, sentándose en el asiento de enfrente—, hace un día magnífico.

De nuevo sentí otra amarga sensación en mi memoria, esta vez más fuerte que nunca, más cerca de mi recuerdo, pero todavía sin saber de qué le conocía.

Luego llegó el viernes, el último día de la semana. Recuerdo que acababa de llover cuando me dirigí a la estación, pero era uno de esos aguaceros de abril que sólo duran cinco o seis minutos. Al llegar a la plataforma todos los paraguas estaban cerrados, el sol brillaba y había grandes nubes blancas en el cielo. Sin embargo, me sentía deprimido. El recorrido ya no tenía placer para mí. Sabía que el viajero estaría allí, y efectivamente allí estaba, como si el lugar le perteneciese, moviendo su bastón hacia adelante y hacia atrás en el aire.

¡El bastón, eso era! Me detuve como si hubieran disparado. 

«¡Es Foxley! —me dije interiormente—. ¡Galloping Foxley, moviendo su bastón!»
Me acerqué para mirarlo mejor. Nunca en mi vida he tenido una sorpresa más grande. Desde luego era Foxley. Bruce Foxley o Galloping Foxley, como solíamos llamarle. Lo había visto por última vez en el colegio, cuando no tenía más de doce o trece años. 

En aquel momento apareció el tren, y otra vez él entró en mi compartimiento. Puso el sombrero y el bastón en la red y se sentó, procediendo a encender su pipa. Me miró a través del humo con aquellos ojos pequeños y fríos, y dijo: 

—Un día caluroso, ¿verdad? Como de verano. Ya no había duda alguna con la voz.

No había cambiado en absoluto, aunque las cosas que me había acostumbrado a oírle decir eran muy diferentes. 

«Muy bien, Perkins —solía decir—, muy bien, idiota. Te voy a pegar otra vez, niño.»

¿Cuánto tiempo hacía de eso? Casi cincuenta años. Sin embargo, era extraordinario lo poco que habían cambiado sus facciones. La misma barbilla arrogante, las aletas de la nariz, aquellos ojos que miraban fijamente, quitándole a uno la tranquilidad; la misma costumbre de enfrentarse con uno empujándolo a un rincón; hasta el pelo era el de entonces, grueso y ligeramente ondulado, con un poco de brillantina como una ensalada bien aderezada. Solía tener una botella de loción para el pelo en el pupitre del estudio. Esa botella tenía el escudo de armas en la etiqueta y el nombre de una tienda de Bond Street; debajo de ello, con letras pequeñas se leía: «Por nombramiento. Peluqueros de Su Majestad el rey Eduardo VII.»

Recuerdo esto en particular porque me parecía gracioso que una tienda quisiera presumir de ser el peluquero de alguien prácticamente calvo, aunque ese alguien fuese un monarca.

Ahora estaba recostado en su asiento leyendo el periódico. Era una sensación curiosa sentarse al lado de ese hombre que cincuenta años atrás me había hecho tan desgraciado, como para hacerme pensar en el suicidio. No me había reconocido: no había peligro de ello, por mis bigotes. Me sentía seguro y a salvo para poderlo observar como quisiera. 

Rememorando, no hay duda de que sufrí mucho en manos de Bruce Foxley en el primer año de colegio y, cosa extraña, el causante de todo fue mi padre. Yo tenía doce años y medio cuando fui por primera vez a ese estupendo colegio público. Esto sería, veamos, en 1907. Mi padre, con su abrigo habitual y su bufanda de seda, me acompañó a la estación y recuerdo que estábamos de pie en la plataforma entre montones de maletas y baúles y miles de muchachos hablando unos con otros en voz alta, cuando de repente alguien que quería pasar le dio a mi padre un gran empujón y casi le pisó.

Mi padre, hombre cortés y digno, de baja estatura, se volvió con sorprendente velocidad y cogió al culpable por la muñeca. 

—¿No os enseñan mejores formas que éstas en la escuela, chico? —dijo.

El muchacho, que le pasaba a mi padre la cabeza, le miró fríamente y con arrogancia, pero no dijo nada.

—Me parece que una disculpa sería lo más adecuado —continuó mi padre.

Pero el chico no hizo más que quedársele mirando con una sonrisa arrogante en los labios y su barbilla cada vez más prominente.

—Me sorprende que seas un muchacho tan mal educado —dijo mi padre— y espero que seas la excepción del colegio; no me gustaría que mi hijo adquiriera esas costumbres. 

Al oír esto, el muchacho inclinó la cabeza ligeramente en mi dirección y un par de pequeños y fríos ojos me miraron fijamente. Yo no estaba asustado en aquel momento. No tenía ni idea del poder que ejercían los chicos mayores sobre los pequeños en los colegios privados y recuerdo que le miré con descaro, defendiendo a mi padre, a quien adoraba y respetaba.

Cuando mi padre quiso comenzar a hablar otra vez, el chico le volvió la espalda, cruzó la plataforma y desapareció. 

Bruce Foxley nunca olvidó este episodio; y lo realmente desafortunado fue que cuando llegamos al colegio me encontré en el mismo edificio que él. Peor que eso, estaba en su misma sala de estudios. El cursaba el último año, era el prefecto y por lo tanto tenía permitido oficialmente pegar a los que estaban a sus órdenes, por lo que yo me convertí en su esclavo personal y particular. Yo era su criado, le cocinaba y se lo hacía todo. Mi trabajo consistía en que él nunca tuviese que levantar un dedo a menos que fuera absolutamente necesario. En ninguna sociedad que yo conozca en el mundo, los criados son tratados como lo éramos nosotros por los prefectos del colegio. Cuando hacía frío, tenía que sentarme en el water (que estaba en un anexo sin calefacción) cada mañana después del desayuno, para calentarlo antes de que entrara Foxley.

Recuerdo que solía vagar por la habitación con su manera elegante y despreocupada. Si encontraba una silla en su camino le daba una patada; luego tenía yo que correr detrás de él para recogerla inmediatamente. Vestía camisas de seda y también llevaba un pañuelo de seda en la manga. Sus zapatos estaban confeccionados por alguien llamado Lobb (también tenían etiqueta real). Eran puntiagudos y tenía que cepillarlos durante cinco minutos cada día, para que brillasen.

Pero los peores recuerdos eran los del vestuario. Todavía me recuerdo a mí mismo, pálida sombra de un muchacho detrás de la puerta de aquel gran cuarto, con mi pijama, las zapatillas y un batín pardo de pelo de camello. Una sola bombilla eléctrica colgaba del techo y alrededor de las paredes las camisetas negras y amarillas de fútbol, con el olor a sudor llenando la habitación, y la voz tan temida que decía: 

—Bueno, ¿qué va a ser esta vez? ¿Seis con la bata puesta o cuatro sin ella? 

Nunca pude contestar a esa pregunta. Me quedaba mirando los sucios azulejos, muerto de miedo e incapaz de pensar en nada que no fuera ese muchacho más fuerte que iba a empezar a pegarme inmediatamente, con su largo y fino bastón: lenta, hábil y legalmente; recreándose hasta hacerme sangrar. Cinco horas antes había intentado, sin llegar a conseguirlo, encender el fuego del estudio. Me había gastado el dinero de la semana en una caja de fósforos especiales, había puesto un periódico tapando la boca de la chimenea para crear una corriente de aire, me había arrodillado junto al fuego y había soplado hasta hacerme cisco los pulmones: pero el carbón no quería arder.

—Si te retrasas en contestar, tendré que decidir por ti —decía la voz.
Yo quería contestar porque sabía cuál tenía que escoger, es lo primero que se aprende al llegar. Hay que tener siempre la bata puesta y aceptar los golpes extra, de lo contrario es casi seguro que te cortan. Hasta tres con la bata puesta, es mejor que uno sin ella.

—Quítate la bata, ve a la esquina y tócate los dedos de los pies. Te voy a dar cuatro.

Me la quitaba lentamente y la ponía en una percha, encima de los armarios de las botas. Luego iba frío y desnudo en mi pijama de algodón, temblando. A mi alrededor todo se volvía de repente brillante y lejano, como un cuadro mágico, grande, irreal, como flotando sobre las aguas. 

—Vamos. ¡Toca los dedos de los pies! ¡Más cerca, más cerca!
Luego iba hacia el otro extremo del vestuario y yo le observaba por entre mis piernas. Desaparecía por la puerta que daba a lo que nosotros llamábamos «el pasaje de las fuentes». Era un pasillo de piedra con fuentes para lavarse y al final estaba el cuarto de baño. Cuando Foxley desaparecía, yo sabía que iba a la otra parte del pasaje de la fuente; siempre lo hacía así. Bueno, en la distancia, pero haciendo eco en las fuentes y los grifos, oía el ruido de sus zapatos en el suelo de piedra cuando corría, y a través de mis piernas le veía atravesar el cuarto de estar y venir hacia mí, con el rostro inclinado hacia adelante y el bastón en el aire. En ese momento yo cerraba los ojos esperando el golpe y diciéndome a mí mismo que, pasara lo que pasara, no debía levantarme.

Cualquiera a quien hayan pegado de verdad, asegurará que el verdadero dolor no llega hasta ocho o diez segundos después del golpe. El golpe en sí es un simple bastonazo en la espalda, que te entumece por completo. Me han dicho que una herida de bala produce la misma sensación. Pero después, ¡Dios mío! parece como si alguien pusiese un atizador ardiendo en las des nudas nalgas y es completamente imposible ponerse la mano en el sitio dolorido.

Foxley lo sabía y retrocedía lentamente antes del siguiente golpe, para que yo pudiera sentir de lleno el golpe anterior. 

Al cuarto golpe, invariablemente, me levantaba sin poderlo remediar. Era la reacción automática de un cuerpo que ya no puede resistir más. 

—Te has levantado —decía Foxley—, éste no cuenta. Vamos. ¡Agáchate!

La vez siguiente tenía que agarrarme a los tobillos. Después me observaba al ir, muy erguido y tocándome la retaguardia, a ponerme la bata. Trataba de mantenerme de espaldas a él para que no pudiera ver mi cara. Cuando yo iba a salir, decía:

—¡Eh, tú, vuelve!
Yo ya estaba en el pasillo, pero me paraba y me volvía hacia la puerta, esperando.
—Ven aquí, vamos, vuelve. ¿No se te ha olvidado nada?
De lo único que me acordaba era del horrible dolor que sentía.
—Me sorprende que seas un chico tan mal educado —decía imitando la voz de mi padre—. ¿No te enseñan mejores modos en el colegio?
—Gracias —murmuraba yo—, gra... cías por pegarme.

Luego subía las escaleras que llevaban al dormitorio. Entonces todo iba mejor porque había pasado un rato y el dolor iba disminuyendo. Mis compañeros me trataban con simpatía, recordando las veces que les había pasado lo mismo.  

—A ver, Perkins, enséñame.
—¿Cuántos te ha dado?
—Cinco, ¿verdad? Lo hemos oído desde aquí.
—Vamos, chico, enséñanos las señales.
Me quitaban el pijama y dejaba que aquel grupo de expertos examinara mis heridas. 

—Están bastante separadas, ¿verdad? No son del estilo de Foxley.
—Esas dos están muy cerca, casi tocándose. Mira. ¡Estas son preciosas!
—Esta de aquí abajo es horrible.
—¿Se ha ido hasta el pasaje de la fuente para empezar a correr?
—Te ha dado uno más por haberte levantado, ¿verdad?
—¡Caramba! Ese Foxley la ha tomado contigo.
—Sangra un poco, yo creo que deberías lavártela.
Entonces se abría la puerta y allí estaba Foxley. Todos se dispersaban y pretendían estar lavándose los dientes o rezando sus oraciones, mientras yo quedaba en el centro de la habitación con los pantalones bajados. 

—¿Qué pasa aquí? —solía decir Foxley, dando una rápida mirada a toda la habitación—. ¡Tú, Perkins! Súbete los pantalones y métete en la cama. 

Y ése era el final de un día.

Durante la semana nunca tenía un momento para mí.

Si Foxley me veía coger una novela o abrir mi álbum de sellos en el estudio, me mandaba en seguida algo que hacer. Una de sus diversiones favoritas, especialmente cuando llovía, era:

—¡Oh, Perkins! ¿Verdad que quedaría muy bonito un ramo de lirios blancos y salvajes encima de mi mesa?

Los lirios salvajes crecían al lado de Orange Ponds. Orange Ponds estaba a tres kilómetros por la carretera y uno a campo traviesa. Me levantaba de mi silla, me ponía el impermeable y el sombrero de paja, cogía el paraguas y emprendía la marcha. El sombrero de paja se tenía que llevar puesto siempre que se saliera, pero se estropeaba por completo con la lluvia, por lo tanto el paraguas era necesario para proteger el sombrero. Por otra parte, no se puede sostener un paraguas con la cabeza, mientras se trepa de aquí para allá, buscando lirios. Para salvar mi sombrero tenía que ponerlo en tierra, bajo el paraguas, mientras buscaba las flores. De esta forma cogí muchos resfriados.

Pero el día más temido era el domingo. El domingo era el día en que limpiaba el estudio. Recuerdo perfectamente el terror de aquellas mañanas, la limpieza a fondo y luego esperar a que Foxley viniera a inspeccionar. 

—¿Has acabado? —preguntaba.
—Creo..., creo que sí.

Entonces iba al cajón de su mesa y sacaba un guante blanco, ajustándose bien los dedos. Yo me quedaba quieto, observándole y temblando, mientras él iba por la habitación, pasando su dedo enguantado por los marcos de los cuadros, por las esquinas, los estantes, los marcos de las ventanas, las pantallas de las lámparas. Yo no separaba la vista de ese dedo, que para mí era un instrumento de muerte. Casi siempre se las arreglaba para encontrar una brizna de polvo que yo había pasado por alto o ni siquiera había visto, y cuando esto ocurría Foxley se volvía lentamente sonriendo con aquella sonrisa que no era tal, y, levantando el blanco dedo para que pudiera ver por mí mismo el polvo que había recogido, decía: 

—Bien. Eres muy perezoso, ¿verdad?

 Yo no contestaba.
—Creí que lo había limpiado todo.
—Y ¿eres o no eres un chico perezoso?
—Sss... Sí.
—Pero a tu padre no le gustaría que crecieras así, ¿verdad? Tu padre es muy especial con respecto a la educación. 

No contestaba.
—Te he preguntado que si tu padre es muy especial con respecto a la educación.
—Quizá sí.
—Por lo tanto te haré un favor si te castigo, ¿verdad?
—No lo sé.
—¿Verdad que sí?
—Sss... Sí.
—Nos encontraremos después de las oraciones en el vestuario. 

El resto del día era una continua agonía esperando a que llegara la noche.

¡Dios mío! Con qué claridad venía todo a mi memoria ahora. El domingo era también el día de escribir cartas:

Queridos papá y mamá:
Muchas gracias por vuestra caria. Espero que los dos estéis bien, yo me encuentro perfectamente, excepto que estoy resfriado porque me cogió la lluvia, pero pronto estaré bien. Ayer jugamos contra Shrewsbury y les ganamos por 4-2. Yo miraba y Foxley, que como ya sabéis es el director de nuestra casa, metió uno de los goles. Muchas gracias por el pastel.
Cariñosamente,
WILLIAM

Generalmente iba al lavabo o al cuarto de baño a escribir la carta; cualquier lugar fuera del camino de Foxley era bueno, pero tenía que cronometrar el tiempo. El té era a las cuatro y media y las tostadas de Foxley tenían que estar preparadas. Todos los días tenía que hacerle tostadas a Foxley y como en los días de entre semana no se permitía fuego en el estudio, todos los chicos tenían que tostar el pan para sus prefectos en el pequeño hornillo de la biblioteca, buscando un hueco por donde colarse. En estas condiciones tenía que procurar que las tostadas de Foxley estuvieran: 1.°, crujientes; 2.°, sin quemar, y 3.°, calientes y listas a tiempo. La falta de alguno de estos requisitos era castigada con golpes. 

—Oye, tú, ¿qué es eso?
—Una tostada.
—¿Es ésa la idea que tú tienes de las tostadas?
—Pues...
—Eres demasiado perezoso para hacerlo bien, ¿verdad?
—Intento hacerlo.
—¿Sabes lo que se le hace a un caballo perezoso, Perkins?
—No.
—¿Eres un caballo?
—No.
—Bueno, de todas maneras eres un burro. ¡Ja, ja, ja...! Estás en la clasificación. Te veré luego.

¡Oh, qué angustia la de aquellos días! Quemar las tostadas de Foxley significaba una paliza, así como olvidar quitar el barro de sus botas de fútbol, no colgar su uniforme de deporte, enrollar su paraguas de diferente forma a como él lo hacía, cerrar la puerta del estudio de golpe cuando Foxley estaba trabajando, ponerle el agua del baño demasiado caliente, no limpiar bien los botones de su uniforme, no dejarle brillantes las suelas de los zapatos, dejar su estudio desordenado a cualquier hora. En realidad, desde el punto de vista de Foxley, yo era una permanente ofensa, digno de una paliza.

Miré por la ventana. ¡Dios mío, estábamos llegando! Debí haber estado soñando mucho tiempo, ni siquiera había abierto el Times; Foxley todavía estaba recostado frente a mí leyendo el Daily Mail y por entre el humo que emanaba de su pipa, pude ver la mitad de su cara que sobresalía del periódico, sus ojos pequeños y brillantes, la frente arrugada y su pelo ondulado.

Mirarle ahora después de tanto tiempo era una experiencia peculiar y sorprendente.
Sabía que ya no era peligroso, pero los viejos recuerdos todavía subsistían y no me sentía muy a gusto en su presencia. Era algo así como estar en una jaula con un tigre manso.  

«¿Qué tontería es ésta? —me dije a mí mismo—. No seas tan estúpido. Cielos, si quisieras podrías decirle lo que pensabas de él y no tendría derecho a tocarte ni un dedo.»

¡Era una idea fantástica! 

Sólo que... bueno, después de todo no valía la pena. Yo me sentía demasiado viejo para esto y en realidad ya no le odiaba. 

Entonces, ¿qué iba a hacer? No iba a quedarme mirando como un idiota.

En aquel momento se me ocurrió otra idea.

Lo que me gustaría hacer, me dije a mí mismo, sería inclinarme hacia él, darle unos golpecillos en la rodilla y decirle quién era. Luego observaría su cara. Después empezaría a hablar de nuestros antiguos días de colegio, hablando lo suficientemente alto para que la gente del vagón lo oyera. Le recordaría, como en broma, algunas de las cosas que me hacía y hasta quizá describiera las palizas en el vestuario, para que se sintiera molesto. No le vendría mal un poco de angustia y bochorno. A mí, en cambio, me vendría muy bien. 

De repente, levantó la vista y nos miramos los dos. Era ya la segunda vez que sucedía y vi un relámpago de irritación en sus ojos. 

Bien, me dije a mí mismo, adelante, pero sé agradable, sociable y educado. De esta forma serás más efectivo, más embarazoso para él. 

Le sonreí y le hice una ligera inclinación de cabeza. Luego, levantando la voz, dije: 

—Discúlpeme, me gustaría presentarme - Me incliné, mirándolo atentamente para no perderme su reacción —Me llamo Perkins, William Perkins, estuve en Repton en 1907.

Los que estaban en nuestro vagón se callaron y me di cuenta de que escuchaban y esperaban los próximos acontecimientos.

—Encantado de conocerle —dijo, bajando el periódico hasta su regazo—. Yo me llamo Fortescue, Jocelyn Fortescue. Eton, 1916.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. XXIX y XXX - FINAL - Roald Dahl

Viene de "Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. XXVII y XXVIII - Roald Dahl"


XXIX

Los otros niños se van a sus casas

—Debemos bajar a ver a nuestros amigos antes que nada —dijo el señor Wonka. Apretó un botón diferente el ascensor empezó a descender, y al cabo de un momento estaba sobrevolando las puertas de la fábrica.   


Mirando hacia abajo, Charlie podía ver ahora a los niños y a sus padres, de pie en un pequeño grupo junto a los portones.

—Sólo puedo ver a tres —dijo—. ¿Quién falta?
—Supongo que Mike Tevé —dijo el señor Wonka — Pero vendrá pronto. ¿Ven los camiones? —el señor Wonka señaló una fila de gigantescos camiones cubiertos aparcados a poca distancia de allí.
—Sí —dijo Charlie—. ¿Para qué son?
—¿No recuerdas lo que decía en los Billetes Dorados? Todos los niños se vuelven a sus casas con un provisión de golosinas para el resto de sus vidas. Hay un camión para cada uno cargado hasta el tope. ¡Aja, allá va vuestro amigo Augustus Gloop! ¿Le veis? ¡Está subiéndose al primer camión con su padre y su madre!
—¿Quiere decir que de verdad está bien? — preguntó Charlie asombrado—. ¿Aun después de haber pasado por ese horrible tubo? 
—Claro que está bien —dijo el señor Wonka.
—¡Ha cambiado! —dijo el abuelo Joe, mirando a través de la pared de cristal del ascensor—. ¡Era muy gordo! ¡Ahora está delgado como un hilo!
—Claro que ha cambiado —dijo riendo el señor Wonka—. Ha encogido dentro del tubo. ¿No lo recuerdan? ¡Miren! ¡Allá va Violet Beauregarde, la fanática del chicle! Parece que después de todo se las han arreglado para exprimirla. Me alegro mucho. ¡Y qué aspecto más saludable tiene! ¡Mucho mejor que antes!
—¡Pero tiene la cara de color púrpura! —gritó el abuelo Joe.
—Es verdad —dijo el señor Wonka—. Pero eso no tiene remedio.
—¡Dios mío! —gritó Charlie—. ¡Miren a la pobre Veruca Salt y al señor Y la señora Salt! ¡Están cubiertos de basura!
—¡Y aquí viene Mike Tevé! —dijo el abuelo Joe— ¡Santo Cielo! ¿Que le han hecho? ¡Mide tres metros de altura .y está tan delgado como un fideo!
—Le han estirado demasiado en la máquina de estirar chicle —dijo el señor Wonka—. Qué descuidados.
—Pero, ¡eso es horrible para él!—gritó Charlie.
—Tonterías —dijo el señor Wonka— Tiene mucha suerte. Todos los equipos de baloncesto del país intentarán contratarle. Pero ahora —añadió— ha llegado el momento de dejar a esos cuatro niños tontos. Tengo algo muy importante que decirte, mi querido Charlie —el señor Wonka apretó otro botón y el ascensor se elevó hacia el cielo. 

XXX

La fábrica de chocolate de Charlie

El gran ascensor de cristal sobrevolaba ahora la ciudad. Dentro de él se encontraban el señor Wonka, el abuelo Joe y el pequeño Charlie. 


—Cómo me gusta mi fábrica de chocolate — dijo el señor Wonka, mirando hacia abajo. Luego hizo una pausa, se volvió y miró a Charlie con una expresión muy seria—. ¿A ti también te gusta, Charlie —preguntó.
—¡Oh, sí! —gritó Charlie—. ¡Es el sitio más maravilloso del mundo!
—Me alegra oírte decir esto —dijo el señor Wonka, más serio que nunca. Siguió mirando a Charlie fijamente—. Sí —dijo—. Me alegra mucho oírte decir eso. Y ahora te diré por qué —el señor Wonka inclinó hacia un lado la cabeza, y de pronto las pequeñísimas arrugas de una sonrisa aparecieron alrededor de sus ojos, y dijo —: Verás, mi querido muchacho, he decidido regalarte la fábrica entera. En cuanto tengas edad suficiente para dirigirla, la fábrica será toda tuya.

Charlie se quedó mirando fijamente al señor Wonka. El abuelo Joe abrió la boca para hablar, pero no logró articular palabra. 

—Es verdad —dijo el señor Wonka, sonriendo ahora abiertamente—. Quiero regalarte, esta fábrica. Estás de acuerdo, ¿verdad?
—¿Regalársela? —logró decir por fin el abuelo Joe—. Debe usted estar bromeando.
—No estoy bromeando, señor. Hablo muy en serio.
—Pero... Pero ¿Por qué iba usted a darle la fábrica al pequeño Charlie?
—Escuche —dijo el señor Wonka—. Yo ya soy muy viejo. Soy mucho más viejo de lo que se figuran. No puedo vivir eternamente. No tengo hijos, no tengo familia alguna. De modo que, ¿quién va a dirigir esta fábrica cuando yo ya sea demasiado viejo para hacerlo? Alguien tiene que llevarla adelante, aunque sólo sea por los Oompa-Loompas. Claro que hay miles de hombres muy hábiles que darían cualquier cosa por la oportunidad de encargarse de todo esto, pero yo no quiero esa clase de personas. No quiero para nada una persona mayor. Una persona mayor no me haría caso; no querría aprender. Intentaría hacer las cosas a su manera y no a la mía. De modo que necesito un niño. Quiero un niño sensible y cariñoso, a quien yo pueda confiar mis más preciados secretos de la fabricación de golosinas, mientras aún esté vivo.
—¡De modo que por eso envió usted los Billetes Dorados!—gritó Charlie.
—¡Exactamente! —dijo el señor Wonka—. ¡Decidí invitar a cinco niños a la fábrica, y aquel que me gustase más al terminar el día sería el ganador!
—Pero, señor Wonka —tartamudeó el abuelo Joe—, ¿quiere usted decir realmente que regalará esta fábrica entera al pequeño Charlie? Después de todo...
—¡No hay tiempo para discusiones! —gritó el señor Wonka—. Debemos ir a buscar al resto de la familia inmediatamente, al padre y la madre de Charlie y todos los que vivan en su casa. ¡De ahora en adelante todos pueden vivir en la fábrica! ¡Pueden ayudar a dirigirla hasta que Charlie tenga edad suficiente para hacerlo solo! ¿Donde vives, Charlie?

Charlie miró a través del ascensor, de cristal las casas cubiertas de nieve que se extendían a sus pies.

—Está allí —dijo, señalando—. Es aquella casita al borde mismo de la ciudad, aquella casa pequeñita...
—¡Ya la veo! —gritó el señor Wonka, y apretó algunos botones, y el ascensor salió disparado en dirección a la casa de Charlie.
—Me temo que mi madre no podrá venir con nosotros —dijo Charlie tristemente.
—¿Por qué no?
—Porque no querrá dejar a la abuela Josephine y a la abuela Georgina y al abuelo George.
—Pero ellos también deben venir.
—No pueden —dijo Charlie—. Son muy viejos y no han salido de la cama en veinte años —Entonces nos llevaremos también la cama con ellos dentro —dijo el señor Wonka—. Hay sitio suficiente en este ascensor para una cama.
—No podrá sacar la cama de la casa —dijo el abuelo Joe—. No pasará por la puerta.
—¡No debéis desesperar! —dijo el señor Wonka—. ¡Nada es imposible! ¡Ya veréis!

El ascensor sobrevolaba ahora la pequeña casita de los Bucket.

—¿Qué va usted a hacer? —grito Charlie.
—Voy a entrar a buscarles —dijo el señor Wonka.
—¿Cómo? —preguntó el abuelo Joe.
—Por el tejado —dijo el señor Wonka, apretando otro botón.
—¡No! —gritó Charlie.
—¡Deténgase!—gritó el abuelo Joe.

¡CRASH! hizo el ascensor, entrando por el tejado de la casa en el dormitorio de los ancianos. Una lluvia de polvo de tejas y de trozos de madera y de cucarachas y arañas y ladrillos y cemento cayó sobre los tres ancianos que yacían en la cama, y todos ellos pensaron que había llegado el fin del mundo. La abuela Georgina se desmayó, a la abuela Josephine se le cayó la dentadura postiza, el abuelo George metió la cabeza debajo de la manta, y el señor y la señora Bucket entraron corriendo desde la otra habitación. 

—¡Salvadnos! —gritó la abuela Josephine.
—Cálmate, mi querida esposa —dijo el abuelo Joe, bajando del ascensor—. Somos nosotros.
—¡Mamá! —gritó Charlie, arrojándose a los brazos de la señora Bucket—. ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Escucha lo que ha ocurrido! Todos vamos a vivir en la fábrica del señor Wonka y vamos a ayudarle a dirigirla y me la ha regalado a mí toda entera y... y... y...
—¿De qué estás hablando? —dijo la señora Bucket.
—¡Mirad nuestra casa! —gritó el pobre señor Bucket—. ¡Está en ruinas!
—Mi querido señor —dijo el señor Wonka, adelantándose de un salto y estrechando calurosamente la mano del señor Bucket—. Me alegro tanto de conocerle. No debe preocuparse por su casa. De todos modos, de ahora en adelante ya no la necesitará usted.
—¿Quien es este loco? —gritó la abuela Josephine— Podría habernos matado a todos.
—Este —dijo el abuelo Joe— es el señor Willy Wonka en persona.

Al abuelo Joe y a Charlie les llevó bastante tiempo explicarle a todos exactamente lo que había sucedido a lo largo del día. Y aun entonces todos se negaron a volver a la fábrica en el ascensor.

—¡Prefiero morir  en mi cama –gritó la abuela Josephine.
—¡Yo también! —grité la abuela Georgina.
—¡Me niego a ir!—anuncio el abuelo George. 


De modo que el señor Wonka, el abuelo Joe y Charlie, sin hacer caso de sus gritos, simplemente  empujaron la cama dentro del ascensor. Tras ella empujaron al señor y la señora Bucket. Luego montaron ellos mismos.

El señor Wonka apretó un botón. Las puertas se cerraron. La abuela Georgina gritó. Y el ascensor se elevó del suelo y salió por el agujero del tejado en dirección al cielo.  
 
Charlie se subió a la cama e intentó calmar a los tres ancianos, que aún seguían petrificados de miedo: 
 
—Por favor, no tengáis miedo —les dijo—. Es muy seguro, ¡y vamos al sitio más maravilloso del mundo!
—Charlie tiene razón —dijo el abuelo Joe.
—¿Habrá algo para comer cuando lleguemos allí? —pregunto la abuela Josephine—. ¡Me muero de hambre! ¡La familia entera se muere de hambre!
—¿Algo para comer? —gritó Charlie, riendo—. ¡Oh, espera y verás!




FIN