Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

lunes, 22 de octubre de 2012

Himno Homérico a Deméter - Homero



Hace ya un tiempito que ando con ganas de subir algún mito griego. Tenia en mente el concurso de belleza entre las diosas ya que me resulta muy gracioso (lo subiré otro día, prometido), pero hoy, buscando sobre la primavera, di con el mito de Deméter, la diosa de la agricultura, y su hija Perséfone. 
Ayer aquí fue el día de la madre. Y el mito de Deméter es, sin lugar a dudas, la historia de lucha de una madre... 
Hades, dios del inframundo, se llevó a Perséfone consigo, y su madre, desesperada y angustiada, salió en busca de su hija dejando sin cuidado los cultivos. La tierra comenzó a secarse y las plantas a morir. Entonces Zeus ordenó a Hades que libere a Perséfone pero ésta, antes de retornar a casa, comió unas semillas del bajo mundo y por ello deberá regresar. A raíz de ello, Perséfone vivirá con su madre en primavera y verano, y en el invierno bajará al inframundo con Hades (para los griegos las estaciones eran sólo tres). Y así, cuando Perséfone regresa con su madre, los campos reverdecen, prosperan los cultivos, y se anuncia la primavera…  
Pero quien mejor que Homero para contarles todo lo sucedido a Deméter… Los dejo con el “Himno a Deméter”, de Homero
:D


HIMNO HOMÉRICO A DEMÉTER 


(CORO)
Por tí Deméter augusta, la de hermosa cabellera
Entonamos este himno, y Perséfone tu hija
A la que Hades robó, con el permiso de Zeus,
Cuando en aquella ocasión, alejada de su madre
Mientras alegre jugaba con las hijas de Océano
Al par que cogía flores: azafrán, violetas, rosas
Y gladiolos y jacintos, y narcisos delicados
Que la tierra hizo brotar para halagar a los dioses.

Pero una brecha se abrió en la llanura de Nisa,
Y allí surgió el Soberano con sus yeguas inmortales
El que fuera hijo de Crono y que tiene tantos nombres,
Y aunque puso resistencia, de ella se apoderó,
Terribles fueron sus gritos que suplicaban a Zeus,
Más ninguno de los dioses ni de los hombres mortales
Ni siquiera los olivos se apiadaron de su voz.

Sólo la hija de Perses, la escuchó desde su cueva.
Hécate la hechicera, y el Sol que todo lo ve
Mientras aquella gritaba pidiendo ayuda a su padre,
Mas aquél se hallaba ausente, alejado de los dioses,
Recibiendo las ofrendas que los hombres le ofrecían.
Y así su tío paterno que recibe muchos nombres
Se la llevó por la fuerza, según voluntad de Zeus.
Mientras la Diosa se vio con los pies sobre la Tierra
Aún mantuvo la esperanza a pesar de los pesares
Pero al entrar bajo tierra, lanzó un grito de terror
Que resonó por los montes y los abismos del mar,
Cuando su madre lo oyó se encogió su corazón,
Se desgarro su vestido y se mesó los cabellos,
Y un negro velo de luto se puso sobre los hombros.
Como un ave de presa la buscó por todas partes
Y la Diosa venerable vagó errante nueve días
Y presa de su dolor ya no probó la ambrosía,
Que es el néctar de los Dioses, ni volvió a lavar su cuerpo

Más a la décima aurora con Hécate se encontró
Con una antorcha en la mano y así le dijo a la Diosa:

(HÉCATE)
“Soberana Deméter la de espléndidos dones
¿Quién de todos los Dioses o todos los mortales
Te ha quitado a Perséfone y ha afligido tu ánimo?
Yo pude escuchar su voz mas no vi quién la robó”

(CORO)
Y las dos marcharon juntas con teas encendidas
Y llegaron hasta el Sol y ella le preguntó:

(DEMÉTER)
“Sol que todo lo alumbras, ayúdame al menos tú,
Si alguna vez, de algún modo, fui grata a tu corazón.
La hija a la que parí, mi más querido tesoro,
Escuché su agudo grito, que resonó por el cielo
Como quien sufre una afrenta, mas no pude ver quién era.
Tú que todo lo contemplas en la Tierra y en el Mar
Díme si has visto a mi hija y quién me la ha arrebatado.”

(CORO)
Así habló la hija de Rea y el Sol así le indicó:

(SOL)
“Hija de Rea, de hermosa cabellera,
Soberana Deméter, en seguida lo sabrás
 Pues grande es el respeto que siento por tu persona
Y también la compasión por lo que te ha pasado.
Ningún otro es el culpable sino el mismísmo Zeus
Que con Hades hizo un pacto para entregarle a tu hija
Y que así fuera su esposa, y él se la ha llevado al mundo de las tinieblas.
A pesar de sus gritos, en su carro sombrío.
Así que tú, Diosa, procura 
Dejar tu llanto y no le guardes rencor…. 
Que no es un indigno yerno el soberano de tantos, 
Que es de tu misma semilla y
Sabes bien dónde vive,
Y qué lote le tocó cuando se hizo el reparto entre los tres hermanos…

(CORO)
Tras decir estas palabras se marchó el Sol en su carro.
Un dolor mucho más cruel se apoderó de la Diosa,
Y vagó entre los mortales alejada del Olimpo.
Así llegó cierto día hasta la tierra de Eleusis,
Donde gobierna Celeo, que es el rey de esta ciudad.
Y a la vera del camino se sentó junto a un olivo
Muy cerca de un pozo donde sacaban agua los hombres.

Y tomando la apariencia de una anciana venerable
Se la encontraron las hijas del soberano Celeo.
Y de este modo le hablaron las cuatro hijas del rey:

“Dinos anciana quién eres y desde dónde has venido,
Tan lejos de la ciudad o de alguna casa amiga”…

Así le hablaron las cuatro y ella así le respondió:

(DEMÉTER)
“Os saludo, hijas queridas, quienes quiera que seáis,
Dós es mi nombre de pila, el que mi madre me puso
Y yo he venido desde Creta, tras el ancho mar.
Después de que unos piratas me cogieran por la fuerza,
Pero al fin pude escaparme y aquí llegué vagabunda.
Qué los dioses os concedan buenos esposos e hijos,
Pero tened compasión de mí, que soy una anciana.
Y decidme si sabéis de una casa dispuesta
A darme techo y sustento a cambio de mis servicios.”

(CORO)
Así les habló la diosa y la más alta le dijo:

“Anciana venerable, bien sabes que nosotras
Debemos soportar, lo que quieren los dioses,
Puedo darte los nombres de algunos muy poderosos
Que a gusto te acogerían al ver tu aspecto de Diosa.
Pero aguárdate primero a que vayamos a casa
Y hablemos con nuestra madre para pedir su opinión”

Así dijo y sin más tregua regresaron las hermanas
con sus cántaros de vuelta. Y de acuerdo con su madre,
Volvieron junto a la Diosa, para invitarla a su casa.
Y allí mismo la encontraron donde la habían dejado.
Cuando la diosa llegó a la casa de Celeo,
Allí en el pórtico estaba una madre con un niño
Y al entrar en el umbral la Diosa se iluminó.
Cuando la vio Metanira de esta manera le habló.

(METANIRA)
“Yo te saludo, mujer, que tienes tan noble porte,
En tu mirada se ve que eres de sangre real,
¿Puedes criarme este niño que me ha llegado tardío?
Si tú consigues criarlo y que llegue a ser un mozo,
Serás la envidia de muchos que verán tu recompensa”.


(DEMÉTER)
“También te saludo yo como a ti te corresponde
Y ten por seguro que yo me encargaré de tu hijo
Que crecerá sano y fuerte y nada le faltará.”

(CORO)
Así criaba la Diosa al hijo de Metanira
Y crecía como un Dios de ambrosía amamantado
Y por la noche dormía entre tizones oculto.
Mas una vez Metanira descubrió lo que pasaba.
Cuando Deméter lo supo así le habló a Metanira:

(DEMÉTER)
“Hombres que sois ignorantes de lo bueno y de lo malo,
Tú por tu propia ignorancia, te has buscado la desgracia,
Pues iba a hacer a tu hijo inmortal como los dioses,
Mas ya no puede escapar a la muerte ni al destino.
Yo soy la diosa Deméter, la que ofrece las cosechas,
Y dispongo que en mi honor se me levante un gran templo
Y un altar dentro de él al pie de la ciudadela
Pues de ahora en adelante me rendiréis pleitesía.”

(CORO)
Y al decir estas palabras mudó de aspecto la diosa.
Se quitó la vejez y volvió a ser hermosa,
Una luz cegadora de su cuerpo salía.
Quedó muda Metanira sin acordarse del niño
Que lloraba en el suelo sin que nadie lo oyera.
Y las mujeres trataban de apaciguar a la diosa,
Durante toda al noche hasta despuntar el alba.
Por fin ordenó Celeo que construyeran un templo,
Y un altar en su interior como la diosa quería.
Y hasta que no lo acabaron ningún hombre descansó.
Allí la diosa Deméter, alejada de los dioses,
Permanecía muy triste, apenada por su hija.
Y aquel año provocó que fuera el más espantoso,
Que los hombres conocieran sobre la tierra fecunda.
Pues en ninguna región medraba semilla alguna,
Que Deméter se encargaba de mantenerlas ocultas.
En vano curvos arados se hincaban sobre la tierra.
Y toda la raza humana habría muerto de hambre.
Y no habría más ofrendas a los Dioses inmortales,
Si Zeus que todo lo ve no se hubiera dado cuenta.
Pero fue enviada Iris a convencer a Deméter,
La de hermosa cabellera, por orden del mismo Zeus,
Llegó hasta Eleusis la diosa y en su templo la encontró.
Con una túnica oscura y de este modo le habló:

(IRIS)
“Deméter escúchame, que es el mismísimo Zeus
El que te ordena volver con los dioses sempiternos.
Vuélvete pues con los tuyos y obedece sus mandatos.”

(CORO)
Así le habló suplicante mas no convenció a la Diosa.
Pasó un día y luego otro y la Diosa no cedió,
Por eso Zeus mandó a Hermes que fuera al Hades
Y que trajera a Perséfone a los brazos de su madre.
Al punto Hermes partió y se encontró al soberano
En sus oscuras moradas, junto su esposa muy triste.
El asesino de Argos de este modo así le habló:

(HERMES)
“Hades de oscuro cabello, soberano de los muertos,
El padre Zeus te ordena que dejes libre a Perséfone
Y que vuelva con su madre para que cese su odio,
Pues ya tiene planeado aniquilar a los hombres.
Y ha ocultado la semilla, para que no hagan ofrendas.
Y alejada del Olimpo alimenta su rencor.
Y sentada permanece junto a su templo de Eleusis.”

(CORO)
Así habló el Argicida y escuchó sus palabras
El señor de los muertos, que a Perséfone dijo:

(HADES)
“Debes volver con tu madre y que te vea contenta,
Yo seré un esposo digno, pues soy hermano de Zeus,
Y mientras estés conmigo serás reina soberana…”

(CORO)
Al escuchar sus palabras, Perséfone se alegró,
Pero antes de partir tomó un grano de granada,
Que es dulce como la miel y que Hades le ofreció
Porque sabía que así tendría que regresar.
Cuando Hermes la condujo hasta el templo de Deméter,
Se abrazaron madre e hija con una inmensa alegria,
Más negro presentimiento tuvo la diosa Deméter

(DEMÉTER)
“Escúchame hija querida, tan sólo díme una cosa.
¿No habrás probado bocado mientras estabas abajo?
Porque si aún no lo has hecho podrás vivir con nosotros,
Pero si algo comiste, tendrás que volver allí,
Pasarás los inviernos en la tierra profunda
Y al llegar el calor y la tierra esté verde,
Con nosotros vendrás a reunirte de nuevo.”

(PERSÉFONE)
“Quiero contártelo todo en verdad y sin engaños,
Cuando Hermes me salvó yo di un salto de alegría,
Pero entonces sin querer probé de aquella granada.”

(CORO)
Zeus al fin envió a Rea con un mensaje
Para traer a Deméter junto al resto de los dioses,
Y prometió concederle los honores que quisiera.
También vio con buenos ojos que la muchacha estuviera
Una parte entre tinieblas y dos partes con su madre.
A cambio Zeus le pedía que cesara en su rencor,
E hiciera crecer el fruto que da la vida a los hombres.
Al oír esto Deméter serenó su corazón,
E hizo brotar el fruto en los campos de labranza
Y la tierra antes estéril se convirtió en un jardín.
Desde entonces en Eleusis, en honor de la diosa
Se celebran los misterios que no se pueden contar.
¡Felices aquellos hombres que los hayan conocido!

domingo, 21 de octubre de 2012

El maravilloso mago de Oz - Cap XIII y XIV - Lyman Frank Baum

Viene de "El maravilloso mago de Oz - Cap XII - Lyman Frank Baum"



Capítulo XIII

El rescate


El León Cobarde sintióse muy complacido al saber que la Bruja Maligna se había derretido al entrar en contacto con el agua, y Dorothy abrió en seguida la puerta y lo dejó libre. Juntos marcharon hacia el castillo, donde lo primero que hizo la niña fue reunir a todos los Winkies y anunciarles que ya no eran esclavos. 

Fue inmensa la alegría de los liberados, pues la Bruja Maligna habíalos obligado a trabajar duramente durante muchísimos años, tratándolos siempre con extrema crueldad.

Ese día lo declararon feriado para entonces y el futuro, y siempre lo dedicaron a bailar y divertirse.

-¡Ah! -suspiró el León-. Sería feliz si estuvieran con nosotros el Espantapájaros y el Leñador.
-¿No crees que podríamos rescatarlos? -preguntó la niña.
-Podemos intentarlo -repuso el felino.

Llamaron entonces a los Winkies y les preguntaron si los ayudarían a rescatar a sus amigos, a lo cual respondieron todos que con mucho gusto harían cualquier cosa por Dorothy, ya que era su salvadora. La niña eligió a un grupo de Winkies que parecían más inteligentes que los otros y partieron en seguida. Viajaron todo ese día y parte del siguiente hasta llegar a la llanura rocosa donde yacía el Leñador completamente abollado y retorcido. Su hacha se hallaba cerca, pero la hoja habíase oxidado y el mango estaba roto. 


Los Winkies lo levantaron con gran cuidado y lo llevaron de regreso al castillo, mientras que Dorothy derramaba algunas lágrimas por su amigo y el León mostrábase profundamente afligido.

Cuando llegaron al castillo la niña preguntó a los Winkies: 

-¿Hay hojalateros entre ustedes?
-Claro que sí, y bastante hábiles -le contestaron.
-Entonces vayan a buscarlos -ordenó ella. Y cuando llegaron los hojalateros con todas sus herramientas, les preguntó-: ¿Pueden arreglar esas abolladuras del Leñador, darle nuevamente su forma y soldar las partes que tiene rotas? 

Los hojalateros examinaron a la víctima con gran atención y respondieron que creían poder arreglarlo para que quedara tan bueno como nuevo. Acto seguido se pusieron a trabajar en uno de los grandes salones del castillo y no cesaron de hacerlo durante cuatro días con sus noches, martillando, torciendo, moldeando, soldando y puliendo el cuerpo, los miembros y la cabeza del Leñador hasta que al fin le hubieron dado su antigua forma y sus coyunturas funcionaron como antes.


Claro que le quedaron algunos remiendos, pero los obreros hicieron un buen trabajo, y como el paciente no era vanidoso, no le molestaron en absoluto aquellos remiendos.  

Cuando al fin fue al cuarto de Dorothy y le dio las gracias por haberlo rescatado, sentíase tan contento que lloró de alegría, y la niña tuvo que enjugarle cada una de las lágrimas con su delantal para que no se oxidara de nuevo. Al mismo tiempo lloraba ella también por la felicidad de ver de nuevo a su amigo, pero estas lágrimas no tuvo necesidad de enjugarlas. En cuanto al León, se secó los ojos tan a menudo con la punta de la cola que se le humedeció por completo y tuvo que salir al patio y ponerla al sol hasta que se le hubo secado.

-Me sentiría feliz del todo si el Espantapájaros estuviera de nuevo con nosotros -dijo el Leñador cuando Dorothy le relató todo lo sucedido.
-Debemos tratar de encontrarlo -declaró ella.
Acto seguido llamó a los Winkies para que la ayudaran, y marcharon todo ese día y parte del siguiente hasta llegar al árbol en cuyas ramas habían arrojado los Monos Alados la ropa del Espantapájaros. 

Era un árbol muy alto y de tronco demasiado liso, de modo que nadie podía treparlo, pero el Leñador dijo en seguida: 

-Lo echaré abajo para que podamos recobrar las ropas.

Ahora bien, mientras los hojalateros habían estado remendando al Leñador, uno de los Winkies, que era orfebre, había hecho un mango de oro puro para el hacha a fin de reemplazar al que estaba roto. Otros pulieron la hoja hasta eliminar todo el óxido, de manera que ahora relucía como si fuera de plata. 

Sin perder tiempo, el Leñador empezó a golpear con su hacha, derribando en poco tiempo el árbol, y de entre sus ramas cayeron las ropas del Espantapájaros. Dorothy las recogió e hizo que los Winkies las llevaran de regreso al castillo, donde las rellenaron con paja limpia... y he aquí que apareció otra vez el Espantapájaros, tan bueno como nuevo, y dándoles profusas gracias por haberlo salvado. 


Ahora que estaban todos reunidos, Dorothy y sus amigos pasaron unos días maravillosos en el castillo, donde había todo lo necesario para que estuvieran cómodos. 

Pero llegó el momento en que la niña volvió a pensar en su tía Em y dijo:

-Tenemos que volver adonde está Oz y pedirle que cumpla su promesa.
-Sí -asintió el Leñador-. Al fin conseguiré mi corazón.
-Y yo mi cerebro -agregó alegremente el Espantapájaros.
-Y yo valor -dijo el León en tono meditativo.
-Y yo regresaré a Kansas -exclamó Dorothy, batiendo palmas-. ¡Vamos mañana a la Ciudad Esmeralda!

Así lo decidieron, y la mañana siguiente reunieron a los Winkies para despedirse. Todos lamentaron muchísimo que se fueran, y tanto se habían encariñado con el Leñador que le rogaron que se quedara con ellos para gobernar toda la tierra de Occidente. Al convencerse de que se iban realmente, regalaron a Toto y al León un collar de oro para cada uno. A Dorothy le dieron un hermoso brazalete tachonado de brillantes. Al Espantapájaros le obsequiaron un bastón con puño de oro para que no tropezara al caminar, y al Leñador le ofrecieron una aceitera de plata repujada, con adornos de oro y piedras preciosas.
Cada uno de los viajeros respondió a estos regalos con un bonito discurso de agradecimiento, y estrecharon la mano de todos con tal entusiasmo que les dolieron los dedos.

Dorothy abrió la alacena de la Bruja a fin de llenar su cesta con provisiones para el viaje, y allí vio el Gorro de Oro. Se lo probó por curiosidad, descubriendo que le sentaba perfectamente bien. Ignoraba el poder del Gorro, pero vio que era bonito, y decidió llevarlo puesto y guardar su sombrero en la cesta. 

Después, cuando ya estuvieron preparados para el viaje, partieron hacia la Ciudad Esmeralda, mientras que los Winkies se despedían de ellos con grandes demostraciones de afecto. 

Capítulo XIV

Los monos alados


Recordarán los lectores que no había camino, ni siquiera un senderillo, entre el castillo de la Bruja Maligna y la Ciudad Esmeralda. Cuando los cuatro viajeros iban en busca de la Bruja, ésta los vio llegar y mandó a los Monos Alados a capturarlos. Así, pues, resultaba mucho más difícil hallar el rumbo entre los campos salpicados de flores de lo que lo era viajando por el aire. Claro, sabían que debían marchar hacia el este, en dirección al sol naciente, y al partir lo hicieron de manera acertada. Pero al mediodía, cuando el sol brillaba directamente sobre sus cabezas, no pudieron saber dónde estaba el este y dónde el oeste, razón por la cual se extraviaron en aquellos campos. No obstante, siguieron marchando hasta que llegó la noche y salió la luna. Entonces se acostaron entre las perfumadas flores y durmieron profundamente hasta la mañana... todos ellos menos el Espantapájaros y el Leñador. 

La mañana siguiente amaneció nublado, pero partieron de todos modos, como si estuvieran seguros de su derrotero. 

-Si caminamos lo suficiente, alguna vez llegaremos a alguna parte -dijo Dorothy.

Pero pasaron los días sin que vieran ante ellos otra cosa que los campos cubiertos de flores. El Espantapájaros empezó a refunfuñar.

-Es seguro que nos hemos extraviado -dijo-, y a menos que encontremos el rumbo a tiempo para llegar a la Ciudad Esmeralda, jamás conseguiré mi cerebro.
-Ni yo mi corazón -declaró el Leñador-. Estoy impaciente por ver de nuevo a Oz, y la verdad es que este viaje se está haciendo muy largo.
-Por mi parte -gimió el León Cobarde-, no tengo valor para seguir caminando sin llegar a ninguna parte.

Al oír esto, Dorothy perdió el ánimo, se sentó en la hierba y miró a sus compañeros, los que también se sentaron a su alrededor. En cuanto a Toto, por primera vez en su vida estaba demasiado cansado para perseguir a una mariposa que pasó rozándole la cabeza. El pobre perrito sacó la lengua, se puso a jadear y miro a su amita como preguntándole qué podrían hacer.

-¿Y si llamáramos a los ratones? -dijo ella-. Probablemente conozcan el camino que lleva a la Ciudad Esmeralda.
-Seguro que sí-exclamó el Espantapájaros-. ¿Cómo no se nos ocurrió antes?

Dorothy hizo sonar el silbato que le había regalado la Reina de los Ratones, y en pocos minutos se oyó el ruido de muchísimas patitas, luego de lo cual vieron una multitud de ratones. Entre ellos estaba la Reina, quien preguntó con su vocecita aflautada: 

-¿En qué podemos servirles, amigos míos?
-Nos hemos perdido -le dijo Dorothy-. ¿Puedes decirnos dónde está la Ciudad Esmeralda?
-Claro que sí -fue la respuesta-. Pero está muy lejos; ustedes han viajado en dirección contraria todo el tiempo. -Entonces la Reina observó el Gorro de Oro que tenía puesto Dorothy y agregó-: ¿Por qué no empleas la magia del Gorro y llamas a los Monos Alados? Ellos los llevarán a la Ciudad de Oz en menos de una hora.
-Ignoraba que el Gorro fuera mágico -contestó Dorothy, muy sorprendida-. ¿Cómo es esa magia?
-Está escrita dentro del Gorro de Oro -le informó la Reina-. Pero si vas a llamar a los Monos Alados tendremos que huir, pues son muy traviesos y les divierte molestarnos.
-¿No me harán daño a mí? -preguntó la niña en tono preocupado.
-No. Deben obedecer a quien tiene puesto el Gorro. ¡Adiós!

Así diciendo, salió a escape, seguida por todos sus vasallos.

Al mirar el interior del Gorro, Dorothy vio algunas palabras escritas en el forro. Como supuso que serían la fórmula mágica, las leyó con gran atención y volvió a ponérselo.

-¡Epe, pepe, kake! -dijo, parada sobre su pie izquierdo.
-¿Qué dijiste? -preguntó el Espantapájaros, quien ignoraba lo que la niña estaba haciendo.
-¡Jilo, jolo, jalo! -continuó Dorothy, parada ahora sobre su pie derecho.
-¡Vaya! -exclamó el Leñador.
-¡Zizi, zuzi, zik! -agregó Dorothy, quien se hallaba al fin sobre sus dos pies.

Con esto terminó la fórmula mágica y en seguida oyeron un gran batir de alas al aparecer sobre ellos los Monos Alados. El Rey se inclinó profundamente ante la niña y le dijo: 

-¿Qué nos ordenas?
-Deseamos ir a la Ciudad Esmeralda y nos hemos extraviado -replicó Dorothy.
-Los llevaremos nosotros -manifestó el Rey.

No había acabado de hablar cuando ya dos de los monos tomaron a Dorothy en sus brazos y se alejaron volando con ella. Otros se apoderaron del Espantapájaros, del Leñador y del León, y uno más pequeño tomó a Toto y voló tras los otros, aunque el perro se esforzaba por morderlo.

El Espantapájaros y el Leñador se asustaron un poco al principio, porque recordaban lo mal que los habían tratado antes los Monos Alados; pero luego vieron que no pensaban hacerles daño, de modo que se tranquilizaron y empezaron a gozar del viaje y de la magnífica vista que se presentaba ante sus ojos asombrados. 

Dorothy se encontró viajando cómodamente entre dos de los Monos más grandes, uno de ellos el mismísimo Rey. Ambos habían formado una sillita con los dedos entrelazados y la llevaban con gran suavidad. 

-¿Porqué tienen que obedecer a la magia del Gorro de Oro? -preguntó ella.
-Es largo de contar -contestó el Rey, soltando una risita-. Pero como el viaje también será largo, ocuparé el tiempo en relatarte la historia si así lo deseas.
-La escucharé con mucho gusto.
-En otra época éramos un pueblo libre -comenzó el Rey-. Vivíamos felices en el bosque, saltando de rama en rama, comiendo nueces y frutas y haciendo lo que nos venía en gana sin tener que obedecer a ningún amo. Quizás algunos de nosotros éramos un poco traviesos y bajábamos para tirar de la cola a los animales sin alas, o perseguíamos a los pájaros y arrojábamos nueces a las personas que caminaban por el bosque. Pero vivíamos felices y contentos, y gozábamos de cada minuto de nuestros días. Esto ocurrió hace muchísimos años, mucho antes de que Oz llegara por entre las nubes para gobernar esta tierra.

"En aquel entonces vivía en el Norte una hermosa princesa que era también poderosa hechicera, pero usaba su magia para ayudar a la gente y jamás hizo daño a nadie que fuera bueno. Se llamaba Gayelette y vivía en un hermoso palacio construido con grandes bloques de rubí. Todos la amaban, pero su mayor pena era que no podía hallar a nadie a quien amar a su vez, ya que todos los hombres eran demasiado estúpidos y feos para casarse con una mujer tan hermosa y sabia. Empero, al fin halló a un joven muy apuesto y mucho más sabio que otros de su edad. Gayelette decidió que cuando se hiciera hombre lo convertiría en su esposo, de modo que lo llevó a su palacio de rubí y empleó todos sus poderes mágicos para hacerlo tan gallardo, bueno y amable como pudiera desearlo cualquier mujer. Cuando llegó a la madurez, Quelala, como se llamaba el joven, había llegado a ser el hombre más sabio de toda la tierra, mientras que su belleza era tan grande que Gayelette lo amaba con locura, por lo cual se apresuró a prepararlo todo para la boda. 


"Mi abuelo era por aquel entonces el Rey de los Monos Alados que vivían en el bosque próximo al palacio de Gayelette, y al viejo le gustaban más las bromas que darse un buen banquete. Un día, poco antes de la boda, mi abuelo estaba volando con su banda cuando vio a Quelala caminando por la orilla del río. El mozo vestía un lujoso traje de seda rosada y terciopelo púrpura, y a mi abuelo se le ocurrió ver cómo reaccionaba a sus bromas, así que bajó con su banda, se apoderó de Quelala, lo llevó consigo hasta el centro del río y allí lo dejó caer al agua.

"-Nada un poco, amigo -le gritó mi abuelo-, y fíjate si el agua te ha manchado las ropas.

"Quelala era demasiado prudente como para no nadar, y en nada le había afectado su buena fortuna. Se echó a reír al sacar la cabeza a la superficie y fue nadando hasta la costa. Pero cuando Gayelette fue corriendo hacia él, vio que el agua le había arruinado sus lujosos ropajes.

"La princesa se puso furiosa, y, por cierto, no ignoraba quién era el culpable, de modo que hizo presentarse ante ella a todos los Monos Alados y dijo al principio que se les deberían atar las alas y arrojarlos al río, tal como ellos lo habían hecho con Quelala.Pero mi abuelo rogó con gran humildad que los perdonara, pues sabía que los Monos se ahogarían en el río con las alas atadas. Por su parte, Quelala intercedió en favor de ellos, de modo que Gayelette les perdonó al fin, con la condición de que los Monos Aladosdeberían de allí en adelante obedecer por tres veces al poseedor del Gorro de Oro. Este Gorro se había confeccionado como regalo de bodas para Quelala, y se comentaba que había costado a la princesa un equivalente a la mitad de su reino. Claro que mi abuelo y todos sus súbditos accedieron sin vacilar, y es así como ocurre que somos tres veces esclavos del poseedor del Gorro de Oro, sea éste quien fuere. 

-¿Y qué fue de ellos? -preguntó Dorothy, que le había escuchado con profundo interés.
-Como Quelala fue el primer dueño del Gorro de Oro -contestó el Mono-, también fue el primero en imponernos sus deseos. Debido a que su esposa no podía soportarnos cerca, después que se hubieron casado, él nos llamó al bosque y nos ordenó que nos mantuviéramos siempre alejados de Gayelette, cosa que nos alegramos mucho de hacer, pues todos le temíamos.

"Esto fue todo lo que tuvimos que hacer hasta que el Gorro de Oro cayó en manos de la Maligna Bruja de Occidente, quien nos obligó a esclavizar a los Winkies y después a arrojar al mismísimo Oz de la tierra de Occidente. Ahora el Gorro es tuyo, y por tres veces tienes el derecho de imponernos tu voluntad. 

Al terminar el Mono su relato, Dorothy miró hacia abajo y vio los relucientes muros verdosos de la Ciudad Esmeralda. Aunque se maravilló por lo veloz del viaje, le alegró también que éste hubiera finalizado. Los extraños simios bajaron suavemente a los viajeros frente a la puerta de la ciudad, el Rey se inclinó ante Dorothy y luego se alejó volando a toda velocidad, seguido por todo su grupo.

-Ha sido un magnífico paseo -comentó la niña.
-Sí, y una forma muy rápida de salir de apuros -dijo el León-. Fue una suerte que te llevaras contigo ese Gorro maravilloso.

Continúa leyendo esta historia en "El maravilloso mago de Oz - Cap XV y XVI - Lyman Frank Baum"

Pellejo de Asno - Charles Perrault

El cuento "Pellejo de asno" no fue sólo recopilado por Charles Perrault, también pueden encontrarlo bajo los nombres "Piel de asno", "Bestia peluda" (Los hermanos Grimm) o "El abrigo de las mil pieles". Recordemos, siempre, que las versiones de Charles Perrault - de cualquier cuento de hadas - son muy anteriores a las de los hermanos Grimm.
Este fin de semana estuve haciendo un seminario sobre cuentos infantiles (como contarlos, simbología etc etc). Y pregunté por "Pellejo de asno" ya que el principio a cualquier adulto le da idea de "incesto". La escena se debatió bastante en la charla - les dejo la búsqueda de los símbolos a ustedes - y la conclusión es la misma de siempre: el problema no es la imagen que se hace el niño, sino la que se hace el adulto. Las imágenes son tan fuertes que uno, como adulto, siente cierto impulso a "censurar". De hecho, tengo dos versiones, la que les traigo, y la de los hermanos Grimm, y siempre me llamó la atención que en la versión de los hermanos Grimm de mi libro, la princesa no es la hija del rey, sino su sobrina. Alguien planteó esa pregunta - tenemos el mismo libro recopilatorio -. ¿Cuál fue la respuesta de la especialista? Que en el original en alemán, la princesa ES hija, tal como en el cuento de Perrault, pero el traductor se debió sentir tan horrorizado ante la idea, que NECESITÓ cambiar la imagen, y la "minimizó" cambiando "hija" por "sobrina". 
Entre ambas versiones también hay otras diferencias que tienen que ver con la trama, pero no hablaré de ello ahora.
Los dejo entonces, con la versión francesa.
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Pellejo de Asno

Érase un rey el más poderoso de la tierra, tan amable en la paz como terrible en la guerra. Sus vecinos le respetaban y temían y reinaba la mayor tranquilidad en sus Estados, cuya prosperidad nada dejaba que desear, pues con las virtudes de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. Su esposa era  tan cariñosa  y encantadora  y tantos atractivos  tenía su ingenio,  que si  el  rey era  dichoso como soberano, más lo era como marido. Tenían una hija, y como era muy virtuosa y linda, se consolaban de no haber tenido más hijos.

El palacio era muy vasto y magnífico. En todas partes había cortesanos y criados. Las cuadras estaban llenas de arrogantes caballos y de bonitas jacas cubiertas de hermosos caparazones de oro y bordados; y por cierto no eran los caballos los que atraían las miradas de los que visitaban aquel sitio, sino un señor asno, que en el  punto mejor y más vistoso de la cuadra erguía con arrogancia sus largas orejas.  Bien merecía la referencia,  pues tenía el privilegio de que lo que comía saliese transformado en relucientes escudos de oro, que eran recogidos todas las mañanas al desertar el asno.

Turbó la felicidad de los regios esposos una aguda enfermedad sufrida por la reina, que se fue agravando a pesar de haberse acudido a todos los auxilios de la ciencia y de haber llamado todos a los médicos. 

Comprendió la enferma que se aproximaba su última hora, y dijo al rey:
-Antes de morir quiero hacerte una súplica. Si cuando haya dejado de existir quieres volver casarte...
-¡Jamás! ¡Jamás! -exclamó el rey sollozando.
-Tal es tu propósito en este instante y me lo hace creer el amor que siempre te he inspirado; pero para que la seguridad sea mayor, quiero me jures que no has de volver a casarte a menos de hallar una mujer que me supere en belleza y en prudencia, la única a quien podrás hacer tu esposa.

Con los ojos llenos de lágrimas lo juró el príncipe, y poco después la reina exhaló en sus brazos el último suspiro, siendo grande la desesperación de su esposo. El  dolor trastornó algo su razón, y a los pocos meses dio en mandar comparecer a su presencia a todas las jóvenes de la corte, después a las de la ciudad y luego a las del campo, diciendo que se casaría con la que fuera más bella que la reina difunta; pero como ninguna podía compararse con ella, todas eran rechazadas. El rey acabó por dar evidentes muestras de locura, y cierto día declaró que la infanta, que realmente era más bella que su madre, sería su esposa.

Los cortesanos le hicieron presente que tal boda era imposible porque la infanta era hija suya, pero como es difícil hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que querían engañarle pues él no tenía hijas.

La pobre princesita,  al  saber  lo que ocurría,  fuese llorosa a encontrar  a su madrina,  que era  la más
poderosa de las hadas, la que exclamó al verla:

-Sé lo que te trae a mi casa. Como tu padre desgraciadamente ha perdido la razón, no conviene que le
contraríes abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa quieres un vestido de color de cielo, y no podrá dártelo.

Siguió la princesa el consejo de la Hada, y el rey llamó a todas las modistas y les dijo que las ahorcaría si no hacían un vestido de color de cielo. Impulsadas por el miedo pusieron manos a la obra, a los dos días tenía el vestido la infanta, que con lágrimas en los ojos se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho. Su madrina, que estaba en palacio, le dijo en voz baja:

-Pide un vestido más brillante que la luna, y no podrá dártelo.

Apenas hizo la demanda la princesa,  el rey mandó llamar al que estaba encargado de los bordados de
palacio y le dijo:

-Quiero dentro de cuatro días un vestido más brillante que la luna.
En el  plazo señalado la infanta tuvo el  vestido que eclipsaba el  brillo de la luna.  Al verlo la madrina murmuró al oído de su ahijada:

-Pide un vestido más brillante que el sol, y no podrá dártelo.
El rey mandó llamar a un rico diamantista y le dio la orden de hacer un vestido de brocado y piedras
preciosas,  amenazándole con mandarle cortar  la cabeza si  no lograba satisfacer  sus deseos.  Antes de terminar  la semana la infanta tuvo el  vestido, y al  verlo fue grande su desesperación porque era más brillante que el astro del día. Entonces le dijo su madrina:

-Mientras posea el asno que constantemente llena su bolsa de escudos de oro, podrá satisfacer todos tus deseos. Pídele el pellejo el asno, como en tan rara bestia consisten sus principales recursos, no te lo dará.

Hizo la infanta lo que la Hada le aconsejaba y el  rey mando sin vacilar matar el  asno, despellejarlo y
llevar  la  piel  a  la  joven,  que  quedose  abatida  pues  ya  no  sabía  qué  pedir.  Animola  su  madrina recordándola que nada hay que temer cuando se obra bien, y luego la dijo que sola y disfrazada huyese a algún lejano reino.

-Aquí tienes, -añadió-, una caja donde pondremos todos tus vestidos, tus adornos, tu espejo, los diamantes y los rubíes.  Te doy mi  varita,  y llevándola en la mano la caja te seguirá siempre oculta bajo tierra; cuando quieras abrirla, toca el suelo con la varita e inmediatamente aparecerá la caja. Para que nadie te conozca cúbrete con el pellejo del asno y nadie creerá que se oculte una hermosa princesa debajo de tan horroroso disfraz.

Siguió la princesa las indicaciones de su madrina y se alejó de los Estados de su padre. En cuanto el rey notó su ausencia envió mensajeros en su busca y todo lo revolvió, pero sin poder averiguar qué había sido de ella.  La infanta,  mientras  tanto,  continuaba su camino,  pidiendo limosna a cuantos encontraba y deteniéndose en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada; mas tan horroroso era su aspecto que no hubo quien quisiera tomarla a su servicio. Y siguió andando, andando, y fue lejos, muy lejos; y por último llegó a una alquería cuyo dueño necesitaba una porcallona para fregar,  barrer  y limpiar  la gamella de los cerdos. Relegada a un rincón de la cocina, burlábanse de ella los criados, que procuraban contrariarla y molestarla, siendo blanco de sus groseras burlas.

Los domingos podía descansar, pues en cuanto había terminado sus  quehaceres  más  indispensables, entraba en el tugurio que la habían destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas se ponía unas veces el vestido de luna otras el de sol o el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes. Se miraba ante el espejo y era mucha su alegría al verse joven, blanca, sonrosada y más bella que las demás mujeres. Estos momentos de júbilo le daban aliento para sufrir todas las contrariedades de los otros días y esperar el próximo domingo.

Olvidé decir que en la alquería donde había hallado colocación la infanta,  tenía su corral  un rey muy
poderoso, y que allí  se criaban las aves más raras  y los animales  más preciosos,  que ocupaban diez grandes patios. El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de la caza, donde descansaba con sus acompañantes tomando algún refresco. El príncipe era muy arrogante y bello, y al verle Pellejo de Asno desde lejos, conoció por los latidos de su pecho que debajo de sus harapos aún latía el corazón de una princesa. Sin poder evitarlo se decía:

-Sus maneras son nobles, hermoso el rostro, simpático su aspecto. ¡Dichosa la mujer que logre merecer su amor! Si él me hubiese regalado un vestido, sería para mí más rico que el de sol y el de luna.

Un día se detuvo el príncipe en la alquería, y recorriendo los patios para examinar las aves y los animales, llegó delante del mísero aposento donde vivía Pellejo de Asno, y por casualidad se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura. Como era domingo vio a la porcallona vestida de oro y diamantes, más hermosa que el sol. El príncipe contemplola deslumbrado sin poder contener los latidos de su corazón, y por más que le admirara  el  vestido más  le admiró su belleza.  El  blanco y sonrosado color de su tez,  los arrogantes perfiles de su cara y su espléndida juventud, unido todo a cierto aire de grandeza realzada por la modestia, que era espejo del alma, enloquecieron de amor al príncipe.

Tres veces levantó el  brazo para derribar  la puerta,  pero otras tantas le contuvo el  temor de hallarse
delante de una hada y retirose a su palacio pensativo. Suspiró desde entonces noche y día, huyó de todas las diversiones, incluso la de la caza, y perdió el apetito. Preguntó quién era aquella admirable belleza que vivía en el fondo de un corral, al extremo de un espantoso callejón, en el que la oscuridad era completa en pleno día, y se le contestó que se la llamaba Pellejo de asno, a causa de la piel que llevaba en el cuello; añadiendo que no había cómo mirarla para sentirse curado de amor, pues era más fea que la más horrible fiera.

Por más que le dijeron no quiso creerles, pues guardaba grabada en su corazón la imagen de la infanta. La reina, que no tenía otro hijo, lloraba sin cesar al verle languidecer. En vano le preguntó en qué consistía su enfermedad, pues el príncipe permaneció mudo, y lo único que pudo lograr fue le dijera que deseaba comer una empanada hecha por Pellejo de Asno. No supo la reina a quien se refería su hijo, y habiéndolo preguntado, le contestaron:

-¡Cielo santo! Pellejo de asno es, señora, un negro topo más asqueroso que el más sucio pinche de cocina.
-No importa, -exclamó la reina-; puesto que el príncipe quiere una empanada hecha por ella, es necesario darle gusto.

La madre amaba extraordinariamente a su hijo, y si le hubiese pedido la luna, hubiera procurado dársela.

Pellejo de Asno tomó harina, que había cernido para que fuese más fina, sal, manteca y huevos frescos, y se encerró en su habitación. Limpiose el rostro, las manos y los brazos; se puso un delantal de plata y dio comienzo a su tarea.  Se cuenta que,  mientras trabajaba,  se le cayó del dedo, fuese casualidad o no lo fuese, uno de sus anillos de gran precio, lo que parece indicar que sabía que el príncipe la había estado mirando por el agujero de la cerradura y que de ella estaba enamorado. Sea lo que fuere, el hijo del rey comió  con  mucho  apetito  la  empanada,  que  halló  exquisita,  y  por  poco  se  traga  el  anillo.

Afortunadamente se fijó en él admirole la esmeralda, que era preciosa, y en especial el estrecho aro de oro, que marcaba la forma del dedo de su dueña.  

Lleno de alegría  guardó la sortija,  de la que no volvió a separarse.  Pero su mal  fue en aumento,  y consultados  los  médicos  dijeron  que estaba  enfermo  de  amor.  Resolvieron  sus  padres  casarle,  y  el príncipe les contestó:

-Solo me casaré con la joven a cuyo dedo se ajuste este anillo.
Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el estado del príncipe era muy grave, no se atrevieron a contrariarle e inmediatamente anunciaron que se casaría con el príncipe la joven, aunque no fuese de sangre real, cuyo dedo entrara en el anillo. Todas se dispusieron a hacer la prueba, y hubo charlatanes que prometieron adelgazar los dedos, proponiéndose ganar algunos escudos, como aquellos que no teniendo ningún oficio ni sabiendo cómo vivir de su trabajo, se meten a curanderos para convertir en comida la lana que trasquilan al prójimo; joven hubo que rascó su dedo con un cuchillo; otra consintió en que cortaran carne del suyo para adelgazarlo y no faltó quien lo tuviera muchas horas comprimido ni tampoco quien lo sometiera al efecto de cierto líquido para que se lo dejara despellejado.

Diose principio a la prueba, comenzando por las princesas, a las que siguieron las duquesas, marquesas, condesas  y  baronesas,  siendo  el  anillo  demasiado  estrecho  para  cuantos  dedos  se  presentaron.

Comparecieron las  demás  jóvenes,  más  todos los ensayos resultaron inútiles.  Llegoles  el  turno a las criadas y fregonas, pero el anillo quedose sin colocación, y creyose que el príncipe moriría de pena, pues sólo faltaba Pellejo de Asno y a ninguna persona sensata podía ocurrírsele que la porcallona estuviese destinada a ser reina.

-¿Por qué no? -exclamó el príncipe.
Todos sonrieron, pero el príncipe añadió:
-Entra, Pellejo de Asno, hágase la prueba.
Introducida la fregona a presencia de la corte, sacó de debajo de la asquerosa piel una manecita de marfil ligeramente sonrosada; hicieron la prueba, y el anillo se ajustó a su dedo de tal manera que los cortesanos no acertaban a volver de su asombro. Dijéronla que debía presentarse ante el rey y la aconsejaron con la sonrisa de la mofa en los labios que se pusiera otro vestido menos sucio. Pellejo de Asno fue a cambiarse de vestido, y cuando volvió a comparecer ante la corte, las burlonas risas se trocaron en exclamaciones de admiración,  porque  nadie  recordaba  haber  visto  belleza  semejante,  realzada  por  unos  ojos  azules, rasgados y de mirada dulce, pero llena de majestad. Sus rubios cabellos recordaban los rayos del sol; su talle  la  esbeltez  de la  palmera;  sus diamantes  deslumbraban  y su traje  era  tan rico que no admitía comparación. Todos aplaudieron, en particular las señoras, y el rey estaba loco de contento al ver a la novia de su hijo; y si loco estaba el rey, no sabemos qué decir de la reina y, en particular, del enamorado príncipe.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda y el rey convidó a todos los monarcas vecinos,  quienes  abandonaron  sus  Estados,  montados  unos en grandes  elefantes,  otros  caballeros  en corceles con arneses de oro y plata, y algunos se embarcaron en naves que tenían velas de púrpura. Pero aunque todos los príncipes rivalizaron en lujo para evidenciar su poderío, ninguno igualó al padre de la joven desposada, que ya había recobrado la razón. Grande fue su sorpresa y mayor su alegría al encontrar a su hija, a quien abrazó llorando de júbilo; y tanto como su sorpresa fue el contento del príncipe al saber quién  era  su  novia.  En  aquel  instante  apareció  la  madrina, que  contó  todo  lo  ocurrido,  y  luego celebráronse las bodas y todos fueron dichosos.

Moraleja

A veces a rudas penas
el hombre se halla sujeto,
mas todas puede vencerlas
si de ello hay firme deseo.
Los sufrimientos abaten,
mas con voluntad de hierro
también logran dominarse
los más crueles sufrimientos;
y si acaso en este mundo
no encontramos el consuelo,
seamos firmes en la lucha,
nunca jamás desmayemos,
que lo que niegue la tierra
lo hallaremos en el cielo.

sábado, 20 de octubre de 2012

El maravilloso mago de Oz - Cap XII - Lyman Frank Baum

Viene de "El maravilloso mago de Oz - Cap XI - Lyman Frank Baum"


 Capítulo XII

En busca de la bruja maligna


El soldado de la barba verde los condujo por las calles de la Ciudad Esmeralda hasta que llegaron a la casita donde vivía el guardián de la puerta. Este funcionario les quitó los anteojos, los puso de nuevo en la gran caja y después les abrió la puerta de salida. 

-¿Qué camino nos llevará hasta la Maligna Bruja de Occidente? -preguntó Dorothy.
-No hay ningún camino -respondió el guardián-. Nadie desea ir a buscarla.
-¿Entonces cómo vamos a encontrarla? -inquirió la niña.
-No será difícil -repuso el hombre-, pues cuando ella sepa que están en el país de los Winkies, los hallará a ustedes y los hará sus esclavos.
-Quizá no, porque tenemos la intención de matarla -dijo el Espantapájaros.
-¡Ah!, eso es diferente -exclamó el guardián-. Hasta ahora no la ha matado nadie, por eso pensé que ella los esclavizaría como a todos los demás. Pero tengan cuidado; es malvada y feroz, y quizá no permita que la maten. Marchen hacia Occidente, donde se pone el sol, y es seguro que la hallarán.

Le dieron las gracias, se despidieron y echaron a andar hacia el oeste por los campos herbosos salpicados de florecillas. Dorothy aún tenía puesto el bonito vestido de seda verde que le dieran en el Palacio; pero ahora, para su gran sorpresa, descubrió que ya no  era verde, sino blanco. La cinta que rodeaba el cuello de Toto también había perdido su tono verdoso y era tan blanca como el vestido de la niña. 

Pronto dejaron muy atrás a la Ciudad Esmeralda, y a medida que avanzaban iban entrando en terrenos más quebrados y poco productivos, pues no había granjas ni casas en la región del oeste, y nadie trabajaba la tierra. 

El sol de la tarde les dio de lleno en la cara, ya que no había allí árboles que los protegieran con su sombra, y al llegar la noche, Dorothy, Toto y el León estaban muy cansados y se echaron a dormir sobre la hierba, mientras que el Espantapájaros y el Leñador montaban la guardia.

Ahora bien, la Maligna Bruja de Occidente poseía un solo ojo, mas era tan potente como un telescopio y podía ver en todas partes. Sucedió entonces que, mientras se hallaba sentada a la puerta de su castillo, lanzó una mirada a su alrededor y vio a Dorothy durmiendo en la hierba con sus amigos. Se hallaban muy lejos, pero a la Bruja Maligna le disgustó que estuvieran en su país. Por eso hizo sonar un silbato de plata que tenía colgado del cuello.

En seguida llegó corriendo desde todas direcciones una manada de lobos enormes, de largas patas, ojos feroces y dientes agudísimos. 

-Vayan donde están esas personas y háganlas pedazos -ordenó la Bruja.
-¿No vas a esclavizarlas? -preguntó el jefe de la manada.
-No -repuso ella-. Uno es de hojalata, otro de paja, una es una chica y el cuarto un león. Ninguno de ellos sirve para el trabajo, así que pueden hacerlos pedazos.
-Muy bien -dijo el lobo, y se alejó velozmente, seguido por los otros.

Fue una suerte que el Leñador y El Espantapájaros estuvieran despiertos, pues oyeron acercarse a los lobos.

-Esta pelea es para mí -dijo el Leñador-. Pónganse detrás de mí y yo los iré enfrentando a medida que lleguen.

Tomó su hacha, que había afilado muy bien, y cuando se le echó encima el jefe de la manada, el Leñador le cercenó la cabeza limpiamente, dejándolo muerto. No bien pudo levantar de nuevo el hacha llegó otro lobo, el que también cayó bajo el cortante filo del arma. Había cuarenta lobos, y cuarenta veces bajó el hacha para matar a uno, de modo que al fin quedaron todos muertos frente al Leñador. 

Entonces bajó su hacha y fue a sentarse junto al Espantapájaros, quien le dijo:

-Buena pelea, amigo.
Esperaron hasta que Dorothy despertó a la mañana siguiente. La niña se asustó mucho al ver el montón de peludos lobos, pero el Leñador le contó lo ocurrido y ella le dio las gracias por haberlos salvado. Luego la niña se sentó a desayunarse y después reanudaron su peregrinación.

Esa misma mañana salió la Bruja Maligna a la puerta de su castillo y miró con ese terrible ojo que tan lejos veía. Descubrió entonces a sus lobos muertos y a los forasteros que continuaban viajando por su país, lo cual la enfadó mucho más que antes. En seguida dio dos pitadas con su silbato de plata.

Al conjuro del sonido llegó volando una bandada de cuervos tan numerosa que oscurecieron el cielo. La Bruja Maligna dijo al rey de aquellas aves: 

-Vuelen en seguida hacia los forasteros, arránquenles los ojos y destrócenlos.

Los cuervos volaron velozmente hacia donde se hallaban Dorothy y sus amigos. Al verlos llegar, la niña sintió muchísimo miedo.

-Esto me toca a mí -dijo el Espantapájaros-. Acuéstense a mi lado y no sufrirán daño alguno. 

Todos se tendieron en el suelo, salvo el Espantapájaros, quien se quedó de pie con los brazos extendidos. Cuando lo vieron los cuervos, todos se asustaron -como les ocurre siempre que ven un espantapájaros -y no se atrevieron a acercarse más. Pero el rey les dijo:

-No es más que un hombre relleno de paja. Le arrancaré los ojos a picotazos.
Y voló directamente hacia el Espantapájaros, el que lo tomó de la cabeza y le retorció el cuello hasta matarlo. Entonces se le echó encima otro cuervo, y el Espantapájaros también lo mató. Eran cuarenta, y cuarenta veces retorció un cuello hasta que al fin quedaron todos muertos a su alrededor. Entonces dijo a sus compañeros que se levantaran y de nuevo emprendieron su viaje.

Cuando la Bruja Maligna volvió a asomarse y vio muertos a todos sus cuervos, le dio un ataque de furia e hizo sonar tres veces su silbato de plata. Al instante se oyó un silbido ensordecedor y por el aire se acercó un enjambre de abejas negras. 

-¡Vayan donde están los forasteros y mátenlos a aguijonazos! -ordenó la Bruja.

Las abejas se alejaron velozmente hasta llegar al sitio por donde marchaban Dorothy y sus amigos. Pero ya las habían visto y el Espantapájaros había decidido lo que debía hacerse.

-Sácame toda la paja y cubre con ella a la chica, al perro y al León -dijo al Leñador-. Así las abejas no podrán picarlos. 

Así lo hizo el Leñador, y mientras Dorothy se tendía al lado del León, sosteniendo a Toto entre sus brazos, la paja los cubrió por completo. 

Al llegar las abejas, no hallaron más que al Leñador, de modo que se lanzaron sobre él y rompieron sus aguijones contra la hojalata sin hacer el menor daño a su víctima, y como las abejas no pueden vivir sin su aguijón, así terminaron todas, yendo a caer diseminadas alrededor del Leñador en pequeños montones oscuros. 

Entonces se levantaron Dorothy y el León, y la niña ayudó al Leñador a rellenar de nuevo al Espantapájaros hasta dejarlo tan bien como siempre. Hecho esto, otra vez emprendieron su viaje.

Tanto se enfureció la Bruja Maligna al ver muertas a sus abejas que pateó el suelo, hizo rechinar los dientes y se arrancó el cabello. Después llamó a una docena de sus esclavos, que eran los Winkies, les dio unas lanzas muy agudas y les dijo que fueran a destruir a los forasteros.

Los Winkies no eran personas valientes, pero estaban obligados a obedecer, de modo que echaron a andar hasta que llegaron cerca de Dorothy. Entonces el León lanzó un tremendo rugido al tiempo que saltaba hacia ellos, y los pobres Winkies se asustaron tanto que se alejaron a todo correr.

Cuando llegaron al Castillo, la Bruja Maligna los golpeó con una correa y los mandó de regreso al trabajo, tras de lo cual se sentó a pensar en lo que podría hacer. No podía entender por qué fallaban todas sus tentativas de destruir a aquellos forasteros. Empero, era una Bruja tan poderosa como malvada, y pronto decidió lo que debía hacer. 

En un armario tenía un Gorro de Oro rodeado por un círculo de brillantes y rubíes, y este gorro era mágico. Quienquiera lo poseyera podría llamar tres veces a los Monos Alados, los que obedecerían las órdenes que se les dieran, mas nadie podía disponer de aquellos extraños seres más de tres veces. La Bruja Maligna había usado ya dos veces el encanto del Gorro: una cuando esclavizó a los Winkies y se erigió en gobernante de su país, cosa en que la ayudaron los Monos Alados. La segunda vez fue cuando luchó contra el mismísimo Oz y lo arrojó de la tierra de Occidente, cosa en la que también la ayudaron los simios. Sólo una vez más podía usar el poder del Gorro de Oro, razón por la cual no le agradaba hacerlo hasta que se hubieran agotado todos sus otros poderes. Pero ahora que había perdido a sus feroces lobos, a sus cuervos y a las abejas negras, y que el León Cobarde había espantado a sus esclavos, comprendió que sólo le quedaba un último recurso para eliminar a Dorothy y sus amigos. 

Así, pues, la Bruja Maligna sacó el Gorro de Oro del armario y se lo puso en la cabeza, hecho lo cual se paró sobre su pie izquierdo y dijo lentamente: 

-¡Epe, pepe, kake!

Después se paró sobre el pie derecho y agregó: 

-¡Jilo, jolo, jalo! 

Acto seguido se plantó bien sobre ambos pies y gritó a toda voz:

-¡Zizi, zuzi, zik!

Y el encanto mágico empezó a dar sus frutos, pues se oscureció el cielo y empezó a oírse un extraño zumbido. Era el batir de muchas alas al que siguieron charlas y risas, y el sol brilló de nuevo al aclararse el cielo, mostrando a la Bruja Maligna rodeada por una multitud de monos, todos ellos dotados de un par de enormes y poderosas alas. 

El más grande de todos, que parecía ser el jefe, voló cerca de la Bruja y le dijo: 

-Nos has llamado por tercera y última vez. ¿Qué nos ordenas?
-Vayan a buscar a los forasteros que han entrado en mi tierra y elimínenlos a todos salvo al León -ordenó la Bruja-. Tráiganme la bestia, porque quiero ponerle los arreos de un caballo y hacerla trabajar.
-Tu orden será obedecida -contestó el jefe.

Luego, sin dejar de parlotear y hacer ruido, los Monos Alados volaron hacia el sitio donde se hallaban Dorothy y sus amigos.

Algunos de los Monos asieron al Leñador y se lo llevaron por el aire hasta hallarse sobre una región salpicada de rocas muy agudas, y allí dejaron al pobre hombre de hojalata, el que cayó desde muy alto sobre las aguzadas piedras y quedó tan abollado y maltrecho que no pudo moverse ni gemir siquiera. 

Otros se apoderaron del Espantapájaros y con sus largos dedos le arrancaron toda la paja del cuerpo y la cabeza; con el sombrero, las botas y el traje hicieron un atadito que arrojaron sobre las ramas de un árbol muy alto Los otros simios arrojaron unas cuerdas muy fuertes sobre el León y le ataron con innumerables vueltas hasta que no le fue posible arañar ni morder a ninguno. Después lo alzaron por el aire y se lo llevaron volando al castillo de la Bruja, donde lo pusieron en un patio reducido al que rodeaba una alta cerca de hierro, de modo que no le sería posible escapar.

Mas a Dorothy no le hicieron el menor daño. Con Toto entre sus brazos, se quedó observando el triste destino de sus camaradas mientras pensaba que pronto le llegaría el turno a ella. El jefe de los Monos Alados se le acercó volando, con los largos brazos tendidos y una mueca terrible en su fea cara, pero entonces vio la marca del beso de la Bruja Buena en la frente de la niña y se detuvo de pronto, haciendo señas a los otros para que no la tocaran.

-No podemos hacer daño a esta niñita -les dijo-. Está protegida por el Poder del Bien, que es mucho más fuerte que el Poder del Mal. Lo único que podernos hacer es llevarla al castillo de la Bruja Maligna y dejarla allí. 

Con gran suavidad, levantaron a Dorothy y se la llevaron volando velozmente hasta llegar al castillo, donde la posaron sobre el escalón de entrada. 

-Te hemos obedecido hasta donde nos fue posible hacerlo -dijo el jefe a la Bruja-. El Leñador y el Espantapájaros han sido eliminados, y el León está atado en tu patio. No nos hemos atrevido a hacer daño a la niña ni al perrito que lleva en sus brazos. Ha cesado el poder que tenías sobre nosotros y no volverás a vernos. 

Acto seguido, sin dejar de reír y chacharear, los monos levantaron vuelo y se perdieron de vista en contados segundos.  

La Bruja Maligna se sintió tan sorprendida como preocupada al ver la marca en la frente de Dorothy, pues sabía muy bien que ni los Monos Alados ni ella misma podrían dañar en absoluto a la niña. Observó los pies de su prisionera, y al ver los zapatos de plata empezó a temblar de miedo, porque conocía perfectamente el mágico poder que tenían.

Al principio sintióse tentada de huir de Dorothy, mas al mirar los ojos de ésta vio reflejado en ellos la sencillez de su alma, comprendiendo que la pequeña desconocía el poder de aquel calzado mágico. De modo que rió para sus adentros y pensó: "Todavía puedo hacerla mi esclava, porque no sabe cómo usar su poder". 

En voz alta dijo a Dorothy con gran brusquedad:

-Ven conmigo y no dejes de hacer lo que te mande. Si no obedeces, terminaré contigo como terminé con el Leñador y el Espantapájaros.

La niña la siguió por muchas de las hermosas salas del castillo hasta llegar a la cocina, donde la Bruja le ordenó lavar las cacerolas y platos, limpiar el piso y mantener el fuego encendido.

Dorothy se puso a trabajar con toda humildad, dispuesta a cumplir en todo lo posible, porque se alegraba de que la Bruja Maligna hubiera decidido no matarla. Mientras la pequeña estaba ocupada en su trabajo, a la Bruja se le ocurrió ir al patio y poner los arneses al León Cobarde. Estaba segura de que la divertiría mucho hacerle tirar de su carruaje cuando saliera a pasear. Mas al abrir la puerta oyó tal rugido y vio al León saltar hacia ella con tal fiereza que tuvo miedo y volvió a salir corriendo, sin olvidarse de cerrar de nuevo.

-Si no puedo ponerte los arneses, al menos podré matarte de hambre -le dijo al León por entre los barrotes de la cerca-. No te daré nada de comer hasta que te haya domesticado.

Y de ahí en adelante no le llevó alimentos al felino prisionero, pero cada día que iba a preguntarle si estaba dispuesto a dejarse poner los arneses, el León respondía: 

-No. Si entras en este patio te morderé.

La razón de que el León no tuviera que obedecer a la Bruja era que todas las noches, mientras la malvada mujer estaba dormida, Dorothy le llevaba alimentos de la alacena. Después de comer, la fiera se tendía en su lecho de pajas, y Dorothy se acostaba a su lado, y conversaban de sus penurias al tiempo que intentaban idear algún plan para escapar. Mas no podían hallar el medio de salir del castillo, porque las puertas estaban guardadas por los Winkies y estos hombrecillos le temían demasiado a la Bruja como para desobedecerla.

La niña trabajaba mucho durante el día, y a menudo la amenazaba la Bruja con golpearla con el viejo paraguas que llevaba siempre en la mano; pero en realidad no se atrevía a castigarla debido a la marca que tenía Dorothy en la frente. La pequeña ignoraba esto y temía por sí misma y por Toto. En una oportunidad la Bruja golpeó a Toto con el paraguas y el valeroso perrito se defendió mordiéndola en la pierna. Claro que la malvada mujer no sangró por la herida; pues era tan mala que la sangre se le había secado hacía muchos años. 

La vida de Dorothy se fue tornando muy triste a medida que comprendía lo difícil que le sería regresar al lado de su tía Em. 

A veces lloraba durante horas enteras, con Toto tendido a sus pies y mirándola fijamente mientras gemía apenado para demostrar lo mucho que sufría por su amita. Al perrito no le importaba realmente si nunca volvían a Kansas o al País de Oz siempre que Dorothy estuviera con él, pero se daba cuenta de que la niña sentíase desdichada, lo cual lo apenaba muchísimo.

Ahora bien, la Bruja Maligna anhelaba profundamente ser la dueña de los zapatos de plata que calzaba siempre la niña. Sus abejas, sus cuervos y sus lobos yacían muertos, y ya había agotado todo el poder del Gorro de Oro. Si podía apoderarse de los zapatos de plata éstos le darían más poder que todo lo otro que había perdido. En todo momento vigilaba atentamente a Dorothy para ver si alguna vez se quitaba los zapatos y robárselos entonces. Mas la niña estaba tan orgullosa de su bonito calzado que se lo quitaba sólo de noche y cuando iba a tomar su baño. La Bruja le tenía demasiado miedo a la oscuridad para atreverse a entrar de noche en el cuarto de Dorothy a robar los zapatos, y su temor al agua era mayor que su miedo a la oscuridad, de modo que jamás se acercaba cuando la niña se estaba bañando. La verdad es que la vieja Bruja nunca tocaba el agua ni dejaba que el agua la tocara a ella. 

Pero la malvada mujer era muy astuta, y al fin ideó una treta para obtener lo que ansiaba. Colocó un trozo de hierro en medio del piso de la cocina y luego, por medio de sus artes mágicas, hizo el hierro invisible para los ojos humanos. Y ocurrió que cuando Dorothy cruzó la cocina, tropezó con el hierro invisible y cayó de bruces. No se hizo mucho daño, pero en la caída se le salió uno de los zapatos de plata, y antes de que pudiera recuperarlo, la Bruja logró tomarlo y ponerlo en su huesudo pie.

La mujer sintióse muy complacida por el éxito de su treta, pues mientras tuviera uno de los zapatos era dueña de la mitad de su poder y Dorothy nada podría hacer contra ella, aunque hubiera sabido cómo dañarla. 

Al ver que había perdido uno de sus bonitos zapatos, la niña se encolerizó mucho y dijo a la Bruja: 

-¡Devuélveme mi zapato!
-Nada de eso -fue la respuesta-. Ahora es mío y no tuyo.
-¡Eres una malvada! -exclamó Dorothy-. No tienes derecho a robarme el zapato.
-Lo retendré de todas maneras -repuso la Bruja, riéndose de ella-. Y algún día te quitaré también el otro.

Esto enfadó tanto a Dorothy que, tomando el cubo lleno de agua que tenía cerca, arrojó su contenido sobre la Bruja, mojándola de pies a cabeza. Al instante lanzó la mujer un agudo grito de terror, y luego, mientras Dorothy la miraba asombrada, empezó a encogerse.


-¡Mira lo que has hecho! -Chillaba-. En un momento me derretiré toda.
-Lo lamento de veras -murmuró Dorothy, muy asustada al ver que la Bruja se estaba derritiendo realmente ante sus ojos.
-¿No sabías que el agua sería mi fin? -preguntó la Bruja en tono lastimero.
-Claro que no. ¿Cómo podía saberlo?
-Bueno, en pocos minutos dejaré de existir y tú tendrás el castillo para ti. He sido muy mala, pero jamás creí que una niñita como tú seria capaz de derretirme y terminar con mis maldades. Ten cuidado... ¡aquí me voy! 

Así diciendo, cayó formando un montón de cenizas oscuras que poco a poco empezó a extenderse sobre las tablas del piso. Al ver que realmente no quedaba nada de ella, Dorothy llenó otro cubo de agua y lo arrojó sobre las cenizas, las que barrió luego hacia afuera. Hecho esto, recogió el zapato de plata, que era todo lo que quedaba de la vieja, lo limpió y secó bien y volvió a ponérselo. Después, al comprender que estaba en libertad de hacer lo que deseara, salió corriendo al patio para contar al León que la Maligna Bruja de Occidente había llegado a su fin y que ya no eran prisioneros en una tierra extraña.