Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

sábado, 29 de diciembre de 2012

Silly Symphonies - Los niños del agua (Water Babies)

Silly Symphonies o sinfonías tontas, fue una serie de más de 70 cortos animados producidos por Disney entre 1929 y 1939, todos ellos historias que suceden al ritmo de la música, sin diálogo alguno ¿Tendría Disney a "Fantasía" (1940) rondándole la cabeza cuando surgió "Silly Symphonies"? No conozco la respuesta a esta pregunta pero estimo que sí.
El episodio, "Water babies" (Los niños del agua), toma el mundo imaginado por Charles Kingsley en 1863. La novela infantil "Los niños del agua", tal vez no tan conocida entre los hispanohablantes, es un cuento de hadas clásico de la literatura británica. Lo leí siendo niña y quedé fascinada. El mundo creado por kingsley (y copio textual de la introducción de mi libro) es "una fábula fantástica, inspirada en la tesis de la evolución de las especies defendida por Charles Darwin". El año pasado se editó nuevamente en español, por lo que si lo ven por las librerías, los invito a leerlo.
Regresando al corto animado, en 1938, Silly Symphonies realizó "Merbabies", otro corto que se considera la secuela de "Water Babies".
Te invito a ver "Water Babies" de Silly Symphonies en el siguiente video:


Moby Dick - CXXIX, CXXX, CXXXI y CXXXII - Herman Melville

Viene de "Moby Dick - CXXIV, CXXV, CXXVI, CXXVII y CXXVIII - Herman Melville"




Capítulo CXXIX


LA CABINA

AHAB, saliendo a cubierta; PiP le da la mano para seguirle

—Muchacho, muchacho, te digo que ahora no debes seguir a Ahab. Se acerca la hora en que Ahab, aun sin querer asustarte para que te alejaras de él, no querría tenerte a su lado. Hay algo en ti, pobre muchacho, que noto que es demasiado curativo para mi enfermedad. Lo semejante cura a lo semejante; y para esta persecución, mi mal se convierte en mi más deseada salud. Quédate ahí abajo, donde te servirán como si fueras el capitán. Sí, muchacho, te sentarás en mi propia butaca atornillada; debes ser para ella otro tornillo.
—¡No, no, no! Capitán, no tiene el cuerpo entero: úseme, pobre de mí, como su pierna perdida; píseme encima, capitán, no pido más, para permanecer como parte de usted.
—¡Ah! ¡a pesar de un millón de villanos, esto me hace fanático de la inmarcesible fidelidad del hombre! ¡Y un negro, y loco! Pero me parece que lo de que lo semejante cura lo semejante se le aplica también a él; otra vez se vuelve cuerdo así.
—Me han dicho, capitán, que Stubb una vez abandonó al pobre pequeño Pip, cuyos huesos ahogados ahora blanquean, a pesar de toda la negrura de su piel viva. Pero yo no le abandonaré jamás, como Stubb a él. Capitán, tengo que ir con usted.
—Si me hablas así mucho más, el propósito de Ahab se vuelca en su interior. Te digo que no: no puede ser.
—¡Oh, buen amo, amo, amo!
—Si lloras así, te asesinaré. Ten cuidado, pues Ahab también está loco. Escucha, y oirás a menudo mi pie de marfil pisando en cubierta, y sabrás que sigo estando aquí. Y ahora te dejo. ¡La mano! ¡Adiós! Eres fiel, muchacho, como la circunferencia a su centro. Eso: Dios te bendiga para siempre, y, si a mano viene... Dios te salve para siempre, pase lo que pase.

AHAB se va: Pi a un paso adelante

—Aquí estaba en este momento: estoy en su aire... pero estoy solo. Ah, si siguiera estando aquí el pobre Pip, lo podría aguantar, pero ha desaparecido. ¡Pip, Pip! ¡Tin, tan, tin! ¿Quién ha visto a Pip? Debe estar allá arriba: probemos la puerta. ¿Cómo? No hay cierre, ni cerrojo, ni barra, y sin embargo, no hay modo de abrirla. Debe ser el hechizo, me dijo que me quedara aquí; sí, y me dijo que esta butaca atornillada era mía. Aquí, entonces, me sentaré, contra el yugo, en la misma mitad del barco, con toda la quilla y los tres palos por delante. Aquí dicen nuestros viejos marineros que, en sus negros navíos de setenta y cuatro cañones, los grandes almirantes se sientan a veces a la mesa, dominando
filas de capitanes y tenientes. ¡Ah! ¿qué es eso? ¡Charreteras, charreteras, todas las charreteras vienen a agolparse! Que den vueltas las botellas: me alegra verles; ¡llenen los vasos, señores míos! ¡Qué extraña sensación ahora, cuando un muchacho negro es anfitrión de hombres blancos con encaje de oro en las casacas! Señores míos, ¿han visto a un tal Píp? ¿Un muchachito negro, de cinco pies de alto, de aspecto vil y cobarde? Una vez saltó de una lancha ballenera, ¿le han visto? ¡No! Bueno, entonces, vuelvan a llenar los vasos, capitanes, y bebamos por la vergüenza de todos los cobardes. No doy nombres. ¡Chisst! Aquí encima, oigo marfil... ¡Oh, amo, amo! Me siento muy abatido cuando me anda por encima. Pero aquí me quedo, aunque esta popa choque con rocas, y se metan aquí, y las ostras vengan a estar conmigo.

Capítulo CXXX


EL SOMBRERO

Y ahora que, en el momento y el lugar adecuados, después de tan largo y amplio viaje preliminar, Ahab, tras inspeccionar todas las demás aguas de pesquería, parecía haber perseguido a su enemigo hasta un rincón del océano, para matarle allí con más seguridad; ahora que se encontraba cerca de la misma latitud y longitud donde le había sido infligida su herida atormentadora; ahora que había hablado con un barco que el mismo día anterior se había enfrentado de hecho con Moby Dick; y ahora que todos sus sucesivos encuentros con diversos barcos habían concordado, dentro de sus contrastes, en mostrar la demoníaca indiferencia con que la ballena blanca destrozaba a sus perseguidores, fueran atacados o atacantes; ahora fue cuando se entrevió algo en los ojos del viejo que las almas débiles apenas podían soportar. Como la estrella polar sin ocaso, que a lo largo de la vitalicia noche ártica de seis meses mantiene su penetrante mirada firme en el centro, así el propósito de Ahab ahora resplandecía fijamente sobre la constante medianoche de la tenebrosa tripulación. Dominaba sobre ellos de tal modo que todos sus presentimientos, dudas, sospechas y temores no deseaban sino esconderse debajo de sus almas, sin dejar brotar ni una sola brizna ni hoja.

En este intervalo agorero, además, se desvaneció todo humor, forzado o natural. Stubb ya no intentaba provocar sonrisas; Starbuck buck ya no intentaba contenerlas. Por igual, gozo y tristeza, esperanza y miedo parecían molidos en el más fino polvo, y por el momento, pulverizados en el pisoteado mortero del alma férrea de Ahab. Como máquinas, los marineros se movían mudos por la cubierta, siempre conscientes de que los ojos despóticos del viejo estaban sobre ellos.

Pero si le hubierais examinado profundamente en sus más secretas horas confidenciales, cuando él creía que no tenía encima más mirada que la suya, entonces habríais visto que así como los ojos de Ahab intimidaban a los tripulantes, la inescrutable mirada del Parsi intimidaba a la suya; o al menos, no se sabe cómo, a veces la trastornaba de algún modo extraño. Tal nueva extrañeza huidiza empezaba ahora a revestir al flaco Fedallah, tal incesante estremecimiento le sacudía, que los marineros le miraban dubitativamente, medio inciertos, al parecer, sobre si era una sustancia mortal, o más bien una sombra trémula que proyectaba en la cubierta el cuerpo de algún ser invisible. Y esa sombra siempre se cernía allí. Pues ni siquiera de noche se había sabido con certidumbre que Fedallah se adormeciera o se retirara de cubierta. Se quedaba quieto durante horas: pero nunca se sentaba o se recostaba; sus ojos mortecinos decían claramente: «Somos dos vigías que jamás descansamos».

Y tampoco, a ninguna hora, ni de día ni de noche, podían poner los pies en cubierta los marineros sin que Ahab les hubiera tomado la delantera. Plantado en su agujero de pivote, o recorriendo exactamente las tablas entre dos límites invariables: el palo mayor y el de mesana: o bien le veían de pie en el portillo de la cabina, con su pie vivo avanzando hacia la cubierta, como para entrar en ella; con el sombrero muy ladeado sobre los ojos, de modo que, por inmóvil que estuviera, por más que sumasen los días y las noches en que no se había colgado en su hamaca, sin embargo, oculto debajo de ese sombrero ladeado, jamás podían decir con certeza si, a pesar de todo eso, tenía los ojos realmente cerrados a veces, o si les examinaba atentamente; no le importaba estar así una hora seguida en el portillo, mientras la humedad de la noche, inadvertida, se concentraba, en sartas de rocío, sobre aquel capote y aquel sombrero esculpidos en piedra. La ropa que la noche mojaba, el sol del día siguiente se la secaba encima; y así, día tras día, noche tras noche, siguió sin retirarse más abajo las tablas de cubierta, mandando a buscar a la cabina cualquier cosa que necesitara.

Comía al mismo aire libre; esto es, sus dos únicas comidas, desayuno y almuerzo: la cena no la tocaba nunca; ni se cortaba la barba que crecía oscuramente, toda nudosa, como raíces de árboles desarraigados por el viento, que aún siguen creciendo ociosamente en la base desnuda, aunque han parecido en el verdor de arriba. Pero aunque toda su vida ahora se había vuelto una sola guardia en cubierta, y aunque la misteriosa guardia del Parsi era tan sin interrupción como la suya, sin embargo, esos dos parecían no hablar nunca uno con otro, a no ser que, a largos intervalos, alguna momentánea cuestión sin importancia lo hiciera necesario. Aunque un potente hechizo parecía unirles secretamente como gemelos, abiertamente, y para la intimada tripulación, parecían tan separados como los polos. Si durante el día, por casualidad, decían una sola palabra, de noche ambos eran mudos, en cuanto al más leve intercambio verbal. A veces, durante las más largas horas, sin un solo saludo, permanecían muy separados bajo la luz estelar; Ahab en su portillo, el Parsi junto al palo mayor; pero mirándose fijamente, como si Ahab viera en el Parsi su sombra proyectada hacia delante, y el Parsi viera en Ahab su sustancia abandonada. Y sin embargo, no se sabe cómo, Ahab —en su propia intimidad personal, según se revelaba imperiosamente a sus subordinados a cada día, a cada hora y a cada minuto y a cada instante—, Ahab parecía señor independiente, y el Parsi sólo su esclavo. También aquí, ambos parecían enyugados juntos, con un tirano invisible aguijándoles: la flaca sombra al lado de la sólida costilla. Pues, fuera el Parsi lo que fuera, el sólido Ahab era todo costilla y quilla. Al primer leve despuntar de la aurora, se oía a popa su férrea voz:

—¡Vigías a las cofas!

Y a lo largo de todo el día, hasta después del crepúsculo y la puesta del sol, se oía esa misma voz, a todas horas, al sonar la campana del timonel:

—¿Qué veis? ¡Atentos, atentos!

Pero cuando pasaron tres o cuatro días, después de encontrar a la nave Raquel en busca de los hijos, sin ver todavía ningún chorro, el viejo monomaníaco pareció desconfiar de la fidelidad de sus tripulantes, o al menos, de casi todos menos de los arponeros paganos, y pareció dudar, incluso, si Stubb y Flask no estarían dispuestos a pasar por alto lo que él deseaba ver. Pero si tenía realmente tales sospechas, se contenía sagazmente de expresarlas, por más que sus acciones pudieran parecer sugerirlas.

—Yo mismo seré el primero en ver la ballena —dijo—: ¡Eso! ¡Ahab se ganará el doblón!

Y con sus propias manos urdió un nido de bolinas formando cesto, y, enviando arriba a un marinero, con un aparejo de una sola polea para atarlo al calcés del palo mayor, recibió los dos extremos del cable pasado hacia abajo, y, amarrando uno a su cesto, preparó una cabilla para sujetar el otro extremo al pasamanos. Hecho esto, con ese extremo aún en la mano, y poniéndose junto a la cabilla, miró alrededor a sus tripulantes, pasando de uno en otro, deteniendo largamente la mirada en Daggoo, Queequeg y Tashtego, pero eludiendo a Fedallah, y luego puso sus firmes ojos confiados en el primer oficial y dijo:

—Toma el cable; lo pongo en tus manos, Starbuck.

Entonces, acomodando su persona en el cesto, les dio orden de izarle a su alcándara, siendo Starbuck quien sujetaba el extremo del cable, y quien quedó luego a su cuidado. Y así, con una mano aferrada al mastelero de sobrejuanete, Ahab extendió su mirada sobre millas y millas de mar, a proa, a popa, a un lado y a otro, en el amplio y extenso círculo dominado desde tan gran altura.

Cuando, al trabajar con las manos en algún lugar elevado y casi aislado entre el cordaje, sin probabilidades de ofrecer apoyo al pie, el marinero, en una travesía, es izado a tal sitio y sostenido allí por el cable, en esas circunstancias, el extremo sujeto a cubierta se pone a cargo estricto de algún marinero que lo vigile especialmente, dado que, en tal selva de caballería extendida, cuyas variadas relaciones diferentes no siempre se pueden distinguir por lo que se ve de ellas desde cubierta, y siendo así que los extremos de cubierta de esas jarcias se sacan a cada pocos minutos de sus cabillas, sería sólo una fatalidad natural que, en ausencia de un vigilante constante, el marinero izado fuera soltado y cayera volando al mar por algún descuido de los tripulantes. Así que las medidas de Ahab en este asunto no eran insólitas, y la única cosa que parecía extraña en ellas es que fuera Starbuck, casi el único hombre que alguna vez se había atrevido a oponérsele con algo que se aproximara en el más ligero grado a la decisión, y uno de aquellos, además, de cuya fidelidad en la vigilancia había parecido dudar algo; era extraño que fuera éste el mismo hombre a quien eligiera para cuidarle, entregando del todo su vida en manos de una persona por lo demás sin confianza.

Ahora, la primera vez que Ahab fue izado arriba, antes de llevar allí diez minutos, uno de esos salvajes halcones marinos de pico rojo que tan a menudo vuelan incómodamente en torno a los marineros en las cofas de los balleneros por aquellas latitudes; uno de esos pájaros, vino a rondarle y a chillarle en torno a la cabeza, en un laberinto de círculos inextricablemente rápidos. Luego se disparó a la altura, a mil pies por el aire; luego bajó en espiral, y volvió a girar en torbellino en torno a su cabeza.

Pero con la mirada fija en el sombrío horizonte lejano, Ahab no pareció advertir el salvaje pájaro, y, desde luego, nadie se habría fijado mucho en él, no siendo un caso nada raro, de no ser porque entonces el ojo menos atento parecía ver alguna suerte de intención astuta en casi todo lo que se veía.

—¡El sombrero, el sombrero, capitán! —gritó de repente el marinero siciliano que, de guardia en el palo de mesana, quedaba detrás mismo de Ahab, aunque a nivel un poco más abajo que él, y con un profundo abismo de aire separándoles.

Pero ya las alas oscuras estaban ante los ojos del viejo, y el largo pico ganchudo en la cabeza: con un chillido, el negro halcón salió disparado con su presa.

Un águila voló tres veces en torno a la cabeza de Tarquino, quitándole el sombrero para volver a ponérselo, por lo cual Tanaquil, su mujer, declaró que Tarquino sería rey de Roma. Pero el augurio sólo se consideró bueno por haberse vuelto a colocar el sombrero. El de Ahab no se recuperó jamás, y el salvaje halcón siguió volando con él, muy por delante de la proa, hasta que al fin desapareció, al mismo tiempo que, en el momento de esa desaparición, se distinguió confusamente un menudo punto negro que caía al mar desde gran altura.

Capítulo CXXXI


EL PEQUOD ENCUENTRA AL DELEITE

El afanoso Pequod siguió navegando; las olas y los días siguieron pasando agitados: el ataúd-salvavidas siguió meciéndose levemente; y se avistó otro barco, míseramente mal llamado el Deleite. Al acercarse, todos los ojos se fijaron en las anchas vigas, lo que se llama la cabria, que en algunos barcos balleneros cruzan la cubierta a una altura de ocho o diez pies, sirviendo para sostener las lanchas de reserva, o sin aparejos, o inutilizadas.

En la cabria del recién llegado se observaban las destrozadas y blancas cuadernas y unas pocas tablas astilladas de lo que había sido antaño una lancha ballenera, pero ahora se veía a través de esa ruina tan claramente como se ve a través del pesado esqueleto de un caballo, blanqueado y medio desquiciado.

—¿Habéis visto a la ballena blanca?
—¡Mira! —replicó el capitán de hundidas mejillas desde el coronamiento de popa, y con el altavoz señaló la ruina.
—¿La has matado?
—Todavía no se ha forjado el arpón que lo consiga —contestó el otro, mirando tristemente una hamaca envuelta que había en cubierta, y cuyos lados reunidos algunos silenciosos marineros estaban ocupados en juntar cosiendo.
—¡Que no se ha forjado! —y apuntando desde la horquilla con el hierro de Perth, Ahab lo blandió y exclamó—: ¡Mira tú, nantuqués; aquí en esta mano tengo su muerte! Templado en sangre y templado por el rayo está este filo, y juro darle triple temple en ese sitio caliente detrás de la aleta, donde la ballena blanca nota más su maldita vida.
—Entonces Dios te guarde, viejo... ya ves esto —señalando a la hamaca—: sepulto a uno de cinco hombres robustos, que ayer mismo estaban vivos, pero antes de la noche habían muerto. Sólo sepulto a éste: los demás estaban sepultados antes de morir; navegas sobre su tumba. —Luego, volviéndose a sus marineros—: ¿Estáis dispuestos? Entonces, poned la tabla en el pasamanos, y levantad el cadáver; así, entonces... ¡Oh, Dios! —avanzando hacia la hamaca con las manos levantadas—: Que la resurrección y la vida...
—¡Bracead a proa! ¡Caña a barlovento! — gritó Ahab como el trueno a sus marineros. Pero el Pequod, sobresaltado de repente, no fue lo bastante rápido como para escapar del ruido de la salpicadura que hizo el cadáver al caer en el agua; ni lo bastante rápido, en efecto, para que algunas de las burbujas volanderas dejaran de salpicar su casco con su espectral bautismo.

Al alejarse Ahab del abatido Deleite, se puso muy de manifiesto el extraño salvavidas que colgaba de la popa del Pequod.

—¡Eh, vosotros, mirad ahí, marineros! — gritó una voz augural en su estela—. ¡En vano, oh, desconocidos, huís de nuestra triste sepultura! ¡Nos volvéis la popa sólo para enseñarnos vuestro ataúd!

Capítulo CXXXI


LA SINFONÍA

Era un claro día, de azul acerado. Los firmamentos del aire y el mar apenas se podían separar en ese azur que todo lo invadía; sólo el aire pensativo era transparentemente puro y suave, con aspecto femenino, y el robusto y viril mar se hinchaba en oleadas lentas, largas y recias, como el pecho de Sansón en su sueño. Acá y allá, en lo alto, se deslizaban las alas níveas de pequeñas aves inmaculadas; ésos eran los amables pensamientos del aire femenino; pero acá y allá, en las profundidades, muy abajo, en el azul sin fondo, se agolpaban poderosos leviatanes, peces espada y tiburones; y ésos eran los recios, turbados y criminales pensamientos del mar masculino.

Pero aunque así contrastaran por dentro, el contraste era sólo en sombras y matices por fuera: los dos parecían uno; sólo el sexo, por así decir, le distinguía.

Arriba, como un majestuoso zar y rey, el sol parecía conceder este amable aire a su osado mar agitado, como esposa dada al esposo. Y en la línea ceñidora del horizonte, un movimiento suave y trémulo —que se ve sobre todo allí, en el ecuador— señalaba la fe tierna y palpitante, el sobresalto cariñoso con que la pobre esposa otorga su seno.

Atado en lo alto y retorcido, nudoso y cargado de arrugas, hurañamente firme y sin ceder, con los ojos ardiendo como carbones que siguen encendidos en las cenizas de la ruina, el inflexible Ahab permanecía en la claridad de la mañana, elevando el casco astillado de su frente hacia la frente de hermosa niña del cielo. ¡Ah, inmortal infancia, ah, inocencia del azur! ¡Invisibles criaturas aladas que alborotan a nuestro alrededor! ¡Dulce infancia de aire y cielo! ¡Qué olvidadas estabais de la congoja apretada de Ahab! Pero así he visto a las pequeñas Miriam y Marta, sílfides de ojos risueños, haciendo cabriolas despreocupadas en torno a su viejo progenitor, y jugando con el cerco de chamuscados rizos que han crecido en el borde del requemado cráter de su cerebro. Cruzando lentamente la cubierta desde el portillo, Ahab se asomó a la borda, y observó cómo su sombra en el agua se hundía cada vez más ante su mirada, cuanto más se esforzaba por penetrar su profundidad. Pero los deliciosos aromas del aire encantado parecieron al menos dispersar por fin aquella cosa cancerosa de su alma.

Ese aire alegre y feliz, ese cielo seductor, por fin le tocaron y le acariciaron; la tierra madrastra, tanto tiempo cruel y abrumadora, ahora le echaba sus brazos cariñosos en torno al terco cuello, y parecía sollozar de alegría por él, como por alguien a quien, por más empedernido y desviado que fuera, todavía tenía corazón para salvar y bendecir. Desde debajo de su sombrero ladeado, Ahab dejó caer una lágrima al mar, y todo el Pacífico no contenía tal riqueza como esa diminuta gota.

Starbuck vio al viejo; le vio cuánto se asomaba sobre la borda, y pareció escuchar en su propio corazón sincero el desmedido sollozo que escapaba del centro de la serenidad que le rodeaba. Con cuidado de no tocarle, ni de ser advertido por él, se le acercó, sin embargo, y se quedó a su lado.

Ahab se volvió.

—¡Starbuck!
—Capitán.
—¡Ah, Starbuck! El viento es suave, suave, y el cielo tiene un aspecto suave. En un día así, con una dulzura muy parecida a ésta, hería mi primera ballena: ¡un muchacho arponero de dieciocho años! Hace cuarenta años... ¡cuarenta, cuarenta! ¡Cuarenta años de continua pesca de ballenas! ¡Cuarenta años de privaciones, de peligros y de tormentas! ¡Cuarenta años en el mar despiadado! ¡Durante cuarenta años, Ahab ha desdeñado la tierra pacífica; durante cuarenta años, para guerrear con los horrores de lo profundo! Sí, y de esos cuarenta años, Starbuck, no he pasado ni tres en tierra firme. Cuando pienso en la vida que he llevado; en la desolación de soledad que ha sido; en el emparedado y amurallado aislamiento de un capitán, que deja muy poca entrada a cualquier simpatía de la tierra verde que le rodea... ¡Ah, fatiga, pesadez! ¡Esclavitud de costa de Guinea que es el mando solitario! Cuando pienso en todo esto; que antes sólo sospechaba a medias y no sabía tan penetrantemente; y en cómo, durante cuarenta años, me he alimentado de salazones —adecuado símbolo del seco alimento de mi alma—; mientras el más pobre habitante de tierra firme tiene a mano diariamente frutos frescos y parte el pan fresco del mundo, en vez de mis costras mohosas; lejos, a océanos enteros de distancia de esa joven esposa niña con quien me casé pasados mis cincuenta años, zarpando al día siguiente para el cabo de Hornos, y dejando un solo hueco en mi almohada matrimonial... (¿esposa? ¿esposa?: más bien viuda con el marido vivo); sí, he hecho viuda a esa pobre muchacha al casarme con ella, Starbuck; y luego la locura, el frenesí, la sangre hirviente con que en mil ataques en la lancha el viejo Ahab ha perseguido a su presa con furia espumeante (¿más demonio que hombre?); ¡sí, sí! ¡qué cuarenta años de loco! ¡loco, loco! ¡viejo loco, ha sido el viejo Ahab! ¿Por qué este empeño de la persecución? ¿por qué fatigar y paralizar el brazo en el remo y el arpón y la lanza? ¿Qué ha ganado o mejorado ahora con eso Ahab? Obsérvalo. ¡Ah, Starbuck!, ¿no es duro que, con esta fatigosa carga que llevo, me hayan arrebatado de debajo una pobre pierna? Aquí, échame a un lado este viejo pelo; me ciega tanto que parece que lloro. Un pelo tan canoso nunca ha crecido sino de alguna ceniza. Pero ¿parezco muy viejo, Starbuck, muy viejo? Me siento mortalmente débil, doblado, jorobado, como si fuera Adán, tambaleándose bajo los siglos apilados desde el Paraíso. ¡Dios, Dios, Dios!, ¡quiébrame el corazón, desfóndame el cerebro! ¡qué burla, qué burla! ¡amarga y mordaz burla del pelo gris!: ¿acaso he vivido bastantes alegrías como para llevarlo, y parezco y me siento tan intolerablemente viejo? ¡Acércate! quédate a mi lado, Starbuck; déjame mirar unos ojos humanos; es mejor que otear al mar o al cielo; mejor que otear hacia Dios. ¡Por la tierra verde; por el claro hogar! Este es el espejo mágico: en tus ojos veo a mi mujer y mi hijo. ¡No, no! ¡quédate a bordo, a bordo! ¡No bajes a la lancha cuando vaya yo; cuando el marcado Ahab persiga a Moby Dick. Ese peligro no ha de ser para ti! ¡No, no con el remoto hogar que veo en estos ojos!
—¡Ah, mi capitán, mi capitán! ¡Alma noble! ¡Viejo gran corazón, después de todo! ¡Por qué ha de perseguir nadie a ese osado pez! ¡Lejos conmigo! ¡Huyamos de estas aguas mortales! ¡Vamos a casa! También Starbuck tiene mujer e hijo; mujer e hijo de su juventud, compañeros de juego, como hermana y hermano; ¡así como los suyos, capitán, son la mujer e hijo de su tierra, afectuosa y paternal vejez! ¡Lejos, alejémonos! ¡Déjeme cambiar de rumbo al momento! ¡Con qué alegría, con qué regocijo, ah, mi capitán, correríamos para ver de nuevo a la vieja Nantucket! Creo, capitán, que en Nantucket hay algunos días suaves y azules como éste.
—Los hay, los hay. Yo los he visto... algunos días de verano por la mañana. Hacia esta hora... (sí, es su siesta de mediodía) el niño se despierta con hambre; se incorpora en la cama, y su madre le habla de mí, del viejo caníbal de mí; de cómo estoy lejos sobre las profundidades, pero volveré para hacerle bailar.
—¡Es mi Mary, mi propia Mary! ¡Me prometió llevar a mi niño, todas las mañanas, al cerro, para ver por primera vez la vela de su padre! ¡Sí, sí! ¡basta ya! ¡se acabó! ¡ponemos rumbo a Nantucket! Vamos, capitán, estudie la travesía, y vamos allá. ¡Vea, vea! ¡la cara del niño en la ventana! ¡la mano del niño en el cerro! Pero Ahab desvió la mirada; se estremeció como un frutal agostado y dejó caer al suelo su última manzana en cenizas.
—¿Qué es, qué cosa sin nombre, inescrutable, sobrenatural; qué amo y señor escondido y engañador, qué emperador cruel e inexorable me manda; para que, contra todos los amores y deseos naturales, siga así empujando, concentrándome, agolpándome, todo el tiempo; haciéndome estar implacablemente dispuesto a lo que no me atrevería en mi propio corazón natural? ¿Es Ahab, Ahab? ¿Soy yo, Dios, o quién es el que levanta este brazo? Pero si el gran sol no se mueve por sí mismo, y es sólo un recadero en el cielo, ni puede girar una sola estrella sino por algún poder invisible, ¿cómo entonces puede latir este pequeño corazón, cómo puede pensar pensamientos este pequeño cerebro, si no hace Dios ese latir, y hace ese pensar, y hace ese vivir, él, y no yo? Por los Cielos, Starbuck, nos dan vueltas en este mundo, como aquel cabestrante, y el Destino es el espeque. Y todo el tiempo, ¡mira! ese cielo sonriente, y ése mar insondado. ¡Mira esa albacora! ¿Adónde van los asesinos, hombre? ¿Quién va a condenar, si el mismo juez es arrastrado ante el juicio? Pero hay un viento suave, muy suave, y un cielo de suave aspecto; y el aire ahora huele como si soplase desde un lejano prado; han cortado heno en algún sitio al pie de las estribaciones de los Andes, Starbuck, y los segadores duermen entre la hierba recién cortada. ¿Duermen? Sí, por más que nos esforcemos, todos hemos de dormir al fin en el campo. ¿Dormir? Sí, ¡y nos pondremos herrumbrosos entre lo verde, como las guadañas que se tiraron el año pasado, y quedaron entre las ringleras a medio cortar, Starbuck!

Pero, blanqueando de desesperación con dolor de cadáver, el primer oficial se había retirado. Ahab cruzó la cubierta para mirar al otro lado, pero se sobresaltó ante dos ojos fijos que se reflejaban allí en el agua. Fedallah estaba asomado, inmóvil, al mismo pasamanos.




Continúa leyendo esta historia en "Moby Dick - CXXXIII y CXXXIV - Herman Melville" 

viernes, 28 de diciembre de 2012

Moby Dick - CXXIV, CXXV, CXXVI, CXXVII y CXXVIII - Herman Melville

Viene de "Moby Dick - CXVII, CXVIII, CXIX, CXX, CXXI, CXXII y CXXIII - Herman Melville"




Capítulo CXXIV


LA AGUJA

A la mañana siguiente, el mar, aún no sosegado, se agitaba en largas y lentas olas de poderosa mole, y, agolpándose en el gorgoteante rastro de Pequod, lo empujaba como las manos extendidas de un gigante. La fuerte brisa sin vacilación era tan abundante que el cielo y el aire parecían vastas velas panzudas: el mundo entero corría viento en popa. Velado en la plena luz matinal, el invisible sol se daba a conocer sólo por la difusa intensidad de su sitio, de donde las bayonetas de sus rayos salían en haces. Por encima de todo reinaban blasones como de coronados reyes y reinas babilónicos. El mar era un crisol de oro fundido, que saltaba en burbujas con luz y calor.

Observando largamente un silencio encantado, Ahab se mantenía aparte, y cada vez que el barco balanceante hacía bajar el bauprés, volvía a mirar los claros rayos del sol lanzados por delante; y cuando se agachaba profundamente por la popa, se volvía atrás, y veía el lugar del sol a retaguardia, y cómo los mismos rayos amarillos se fundían con su estela sin desvío.

—¡Ah, ah, barco mío! Se te podría tomar muy bien por el carro marino del sol. ¡Oh, oh, vosotras, todas las naciones ante mi proa, os llevo el sol! Enyugad aquellas olas: ¡hola! Conduzco el mar como un tiro de caballos.

Pero de repente se refrenó por algún pensamiento contrario, se apresuró al timón, preguntando roncamente qué rumbo llevaba el barco.

—Este-Sud-Este, capitán —dijo el asustado timonel.
—¡Mientes! —golpeándole con el puño cerrado—. ¿Rumbo al este a estas horas de la mañana y con el sol a popa?

Ante esto, todo el mundo quedó confundido, pues el fenómeno recién observado de Ahab se les había escapado inexplicablemente a todos los demás, aunque la causa debía ser la misma palpabilidad cegadora.

Metiendo la mitad de la cabeza en la bitácora, Ahab lanzó una ojeada a las brújulas; su brazo levantado cayó lentamente, y por un momento pareció casi tambalearse. Detrás de él, Starbuck miró y ¡ved! las dos brújulas señalaban este, mientras que el Pequod, sin duda, iba al oeste.

Pero antes que se pudiera extender entre la tripulación la primera alarma loca, el viejo exclamó, con rígida risa:

—¡Ya lo tengo! Ha ocurrido otras veces. Starbuck, los rayos de anoche, han invertido nuestras brújulas... eso es todo. Creo que otras veces habrás oído hablar de tal cosa.
—Sí, capitán, pero no me había ocurrido nunca —dijo sombríamente el pálido oficial. Aquí es preciso decir que accidentes como éste, en más de un caso, han ocurrido a barcos en violentas tempestades. La energía magnética que se despliega en la aguja de navegar es, como todos saben, esencialmente la misma que la electricidad observada en el cielo, por lo que no hay que asombrarse mucho de que pasen tales cosas. En casos en que el rayo ha caído efectivamente sobre el barco, destruyendo algunas de las vergas y jarcias, el efecto en la aguja ha sido a veces aún más pernicioso: toda su virtud magnética ha quedado aniquilada, de modo que el acero, antes magnetizado, ya no servía más que la aguja de zurcir de una vieja comadre. Pero en un caso y en otro, la aguja nunca vuelve, por sí misma, a recobrar la virtud original así estropeada o perdida; y si son afectadas
las brújulas de la bitácora, la misma suerte alcanza a todas las demás que pueda haber en el barco, aun la más profunda, inserta en la sobrequilla. Plantado deliberadamente ante la bitácora, y observando las agujas invertidas, el viejo, con la punta de la mano extendida, tomó entonces la posición exacta del sol, y se cercioró de que las agujas estaban exactamente invertidas, gritando sus órdenes para que se cambiara en consecuencia el rumbo del barco. Las vergas se pusieron a barlovento, y una vez más, el Pequod lanzó su impertérrita proa al viento opuesto, pues el que se supuso propicio no había hecho más que burlarse de él.

Mientras tanto, cualesquiera que fueran sus secretos pensamientos, Starbuck no decía nada, sino que daba tranquilamente las órdenes necesarias, mientras Stubb y Flask —que en pequeña medida parecían compartir sus sentimientos— asentían igualmente sin murmurar. En cuanto a los marineros, aunque algunos de ellos gruñían sordamente, su miedo a Ahab era mayor que su miedo al destino. Pero, como siempre, los arponeros paganos permanecieron casi totalmente sin impresionar, o si se impresionaron, fue sólo con un cierto magnetismo metido en sus corazones afines por el inflexible Ahab.

Durante algún tiempo, el viejo recorrió la cubierta en ensueños vacilantes. Pero al resbalar por casualidad con su talón de marfil, vio los aplastados tubos de cobre del cuadrante que el día antes había aplastado contra la cubierta.

—¡Tú, pobre y soberbio observador del cielo y piloto del sol! Ayer te destrocé, y hoy las brújulas querían haberme destrozado a mí. Eso, eso. Pero Ahab todavía es señor del plano imán. Starbuck, una lanza sin palo, una mandarria y la más pequeña de las agujas del velero. ¡Pronto!

Añadiéndose, quizá, al impulso que dictaba lo que iba a hacer, había ciertos motivos de prudencia cuyo objeto podría haber sido reanimar los ánimos de los tripulantes con un golpe de su sutil habilidad, en un asunto tan prodigioso como el de las brújulas invertidas. Además, el viejo sabía muy bien que seguir el rumbo con agujas invertidas, no era cosa, aunque toscamente practicable, que hubiera de ser admitida por marineros supersticiosos sin algunos estremecimientos y malos presagios.

—Muchachos —dijo, volviéndose firmemente hacia la tripulación, cuando el oficial le entregó las cosas que había perdido—: muchachos, el rayo ha cambiado las agujas del viejo Ahab; pero, con este trozo de acero, Ahab puede hacerse una que señalará tan segura como cualquiera.

Al decir esto, entre los marineros se cambiaron miradas avergonzadas de asombro servil, y con ojos fascinados aguardaron la magia que viniera a continuación. Pero Starbuck apartó la mirada.

Con un golpe de martillo, Ahab sacó de la lanza la punta de acero y luego, dándole al oficial la larga vara de hierro que quedaba, le mandó que la sostuviera derecha sin que tocara la cubierta. Entonces, con el martillo, tras de golpear repetidamente la parte superior de esa vara de hierro, colocó la aguja despuntada en su extremo, y la martilló varias veces, con menos fuerza, mientras el oficial seguía sosteniendo la vara como antes. Luego, realizando varios extraños movimientos con ello —no es seguro si eran indispensables a la magnetización de la aguja, o si estaban simplemente destinados a
aumentar la reverencia de los tripulantes— pidió hilo de lino, y, acercándose a la bitácora, sacó las dos agujas invertidas y suspendió horizontalmente la aguja de vela por la mitad sobre una de las rosas de los vientos. Al principio, el acero dio vueltas y vueltas, temblando y vibrando por los dos extremos, pero al fin se fijó en su sitio; entonces Ahab, que había observado atentamente el resultado, se echó atrás decididamente de la bitácora, y señalando a ella con su brazo extendido, exclamó:

—¡Mirad vosotros mismos si Ahab no es señor de la piedra imán! El sol está al este, y esta brújula lo jura.

Uno tras otro se asomaron, pues sólo sus propios ojos podían convencer a una ignorancia como la suya, y uno tras otro se marcharon. Entonces se vio a Ahab en todo su fatal orgullo, con sus fieros ojos de desprecio y triunfo.

Capítulo CXXV


LA CORREDERA Y EL CORDEL


En tanto tiempo como el predestinado Pequod llevaba navegando en este viaje, la corredera y el cordel se habían usado muy rara vez. Debido a una confianza tranquila en otros medios de determinar la situación de la nave, algunos barcos mercantes y muchos balleneros, especialmente en crucero, desdeñan por completo echar la corredera, aunque al mismo tiempo, y a menudo más por cubrir las formas que por otra cosa, anotan regularmente en la habitual pizarra el rumbo mantenido por el barco, así como la presunta media de avance en cada hora. Así había pasado con el Pequod. El carretel de madera, con la angular corredera, pendían, sin tocar desde hace mucho, debajo mismo del pasamanos de las batayolas de popa. Lluvias y salpicaduras los habían humedecido; el sol y el viento los habían torcido: todos los elementos se habían conjurado para pudrir una cosa que colgaba tan ociosa. Pero sin prestar atención a nada de esto, Ahab fue invadido por su humor, al mirar por casualidad el carretel, pocas horas después de la escena de la brújula, y recordó que ya no había cuadrante, y rememoró su frenético juramento sobre la corredera y el cordel. El barco navegaba a zambullidas; a popa, las olas se mecían amotinadas.

—¡Eh, a proa! ¡Echad la corredera! Vinieron dos marineros: el tahitiano de tez dorada y el de la isla de Man, con su pelo gris.
—Tomad el carretel, uno de vosotros; yo la echo.

Fueron al extremo de la popa, en el lado de sotavento, donde la cubierta, con la energía oblicua del viento, ahora casi se metía en el cremoso mar que huía de lado.

El de Man tomó el carretel, y sosteniéndolo en alto por los extremos salientes del mango del huso, en torno al cual se enrollaba el ovillo de cordel, se quedó así, con la corredera angular colgando, hasta que Ahab se adelantó hacia él.

Ahab se le puso delante, y ya desenrollaba ligeramente treinta o cuarenta vueltas para hacer un rollo preliminar en la mano y tirarlo por la borda, cuando el viejo de Man, que le observaba atentamente a él y al cordel, se atrevió a hablar.

—Capitán, no me fío de ello; este cordel parece muy pasado; el largo calor y la humedad lo han estropeado.
—Aguantará, señor mío. El largo calor y la humedad ¿acaso te han estropeado a ti? Pareces aguantar. O quizás es más verdad que la vida te aguanta a ti; no tú a ella.
—Yo aguanto el ovillo. Pero como quiera mi capitán. Con este pelo gris que tengo, no vale la pena discutir, sobre todo con un superior, que nunca se dará por vencido.
—¿Qué es eso? Aquí tenemos un catedrático remendado del Colegio de la Reina Naturaleza, de cimientos de granito; pero me parece que es demasiado sumiso. ¿Dónde has nacido?
—En la pequeña y rocosa isla de Man.
—¡Estupendo! Con eso has acertado en el blanco del mundo.
—Yo sólo sé, capitán, que he nacido allí.
—En la isla de Man, ¿eh? Bueno, de la otra manera, está bien. Aquí hay un hombre de Man; un hombre nacido en la antaño independiente Man, y ahora sin nada de Man; que es absorbido por... ¿por qué? ¡Arriba con el carrete! La pared cerrada y ciega, al fin choca con todas las cabezas que preguntan. ¡Arriba con él! Así.

Se echó la corredera. Los rollos sueltos se extendieron deprisa en un cordel arrastrado largamente a popa, y luego, al momento, el carretel empezó a girar. A su vez, levantada y bajada en sacudidas por las olas mecidas, la resistencia de la corredera a remolque hacía vacilar extrañamente al viejo del carretel.

—¡Sujeta fuerte!

¡Chac! El cordel, con el exceso de tensión, se extendió en largo festón: la corredera a remolque desapareció.

—Aplasto el cuadrante, el rayo invierte las agujas, y ahora el loco mar se lleva la corredera. Pero Ahab lo puede arreglar todo. Iza acá, tahitiano; tú, el de Man, enrolla. Y mirad que el carpintero haga otra corredera, y arregla tú el cordel. Ocúpate de eso.
—Ahí va ya; para él no ha pasado nada, pero para mí parece que se está saliendo el asador del eje del mundo. ¡Iza, iza, tahitiano! Esos cordeles corren enteros y en un momento: vuelven rotos y arrastrándose despacio. ¿Eh, Pip? Vienes a ayudar, ¿eh, Pip?
—¿Pip? ¿A quién llama usted Pip? Pip saltó de la lancha, Pip ha desaparecido. Vamos a ver ahora si todavía no le habéis pescado, pescador. Es duro de arrastrar; me parece que se ha agarrado.¡Sacúdele, tahitiano! Aquí no izamos cobardes a bordo. ¡Oh! Ahí está el brazo, saliendo a flor de agua. ¡Un hacha, un hacha! ¡Córtaselo...! Aquí no izamos cobardes a bordo. ¡Capitán Ahab, capitán!, ahí está Pip, tratando de subir otra vez a bordo. ¡Silencio, loco lunático! —gritó el de Man, agarrándole por el brazo—: ¡Fuera del alcázar!
—El mayor idiota siempre riñe al menor — murmuró Ahab, avanzando—: ¡Quita las manos de esa santidad! ¿Dónde decías que estaba Pip, muchacho?
—¡A popa, ahí, a popa, capitán! ¡Vea, vea!
—¿Y quién eres tú, muchacho? ¡No veo mi reflejo en las pupilas vacías de tus ojos! ¡Oh, Dios!, ¡que el hombre sea una cosa para que le pasen a través de las almas inmortales como por un cedazo! ¿Quién eres, muchacho?
—El campanero, capitán, el pregonero del barco: ¡tin, tan, tin! ¡Pip, Pip, Pip! Cien libras de tierra de recompensa por Pip: cinco pies de altura, aspecto cobarde: ¡se le conoce en seguida por eso! ¡Tin, tan, tin! ¿Quién ha visto a Pip el cobarde?
—No puede haber corazones por encima de la línea de las nieves. ¡Ah, helados cielos, inclinad aquí vuestra mirada! Vosotros engendrasteis a este desventurado niño, y le habéis abandonado, oh creativos libertinos. Aquí, muchacho; la cabina de Ahab será el hogar de Pip en lo sucesivo, mientras viva Ahab. Tú me tocas lo más hondo de las entrañas, muchacho; estás atado a mí por cuerdas tejidas con las fibras de mi corazón. Ven, vamos abajo.
—¿Qué es eso? Aquí hay piel de tiburón aterciopelada —observando atentamente la mano de Ahab, y tocándola—. ¡Ah, ya, si el pobre Pip hubiera tocado sólo una cosa tan cariñosa como ésta, quizá no se habría perdido nunca! Esto me parece, capitán, un guardamancebo: algo a que se pueden agarrar las almas débiles. Ah capitán, haga venir al viejo Perth y que remache juntas estas dos manos, la blanca y la negra, porque no la voy a soltar.
—¡Ah, muchacho, yo tampoco te soltaré, a no ser que con eso te vaya a arrastrar a peores horrores que los de aquí! Ven, entonces, a mi cabina. ¡Ved! los que creéis que en los dioses está toda la bondad, y en el hombre toda la maldad, ¡ved!, ved a los omniscientes dioses olvidados del hombre que sufre; y al hombre, aunque idiota y sin saber lo que hace, lleno de dulces cosas de cariño y gratitud. ¡Vamos! ¡Me siento más orgulloso llevándote de tu negra mano que si estrechara la de un emperador!
—Ahí van ahora dos chiflados —murmuró el viejo de Man—: uno chiflado de energía, el otro chiflado de debilidad. Pero aquí está el extremo del cordel podrido... todo goteante, además. ¿Arreglarlo, eh? Creo que sería mejor que pusiéramos otro cordel nuevo. Ya hablaré de eso con el señor Stubb.

Capítulo CXXVI

LA BOYA DE SALVAMENTO


Tomando ahora rumbo a sudeste, según el acero en vilo de Ahab, y con el avance solamente determinado por la corredera de Ahab, el Pequod continuaba su camino hacia el ecuador. En tan larga travesía, a través de aguas tan poco frecuentadas, sin señalar barcos, y antes de mucho tiempo, impelido por alisios constantes, sobre olas monótonamente benignas, todas estas cosas parecían las cosas extrañamente sosegadas que preludian a alguna escena amotinada y desesperada.

Al fin, cuando el barco se acercó al borde, por decirlo así, de la zona ecuatorial de pesca, y en la profunda oscuridad que precede al alba, navegando junto a un grupo de islotes rocosos, la guardia, mandada entonces por Flask— se sobresaltó con un grito tan plañideramente salvaje y sobrenatural —como los gemidos medio articulados de los fantasmas de todos los inocentes asesinados por Herodes— que, como un solo hombre, se sobresaltaron de sus ensueños, y quedaron, durante unos momentos, de pie, sentados o tendidos, todos escuchando en trance, como aquel esclavo romano de la escultura, mientras el loco grito seguía oyéndose. La parte cristiana o civilizada de los tripulantes
dijo que eran sirenas, y se estremecieron, pero los arponeros paganos permanecieron impertérritos. Sin embargo, el encanecido hombre de Man —el más viejo de todos los marineros—declaró que los locos ruidos estremecedores que se oían eran las voces de hombres recién ahogados en el mar.

Abajo, en su hamaca, Ahab no oyó nada de esto hasta el gris amanecer, cuando subió a cubierta; entonces se lo contó Flask, no sin acompañarlo de sombrías sugerencias. Él se rió con risa hueca, y explicó así el prodigio: esas islas rocosas que había pasado el barco eran refugio de grandes números de focas, y algunas focas jóvenes que habrían perdido a sus madres, o algunas madres que habrían perdido a sus cachorros, debían haberse acercado al barco, acompañándole, con gritos y gemidos de los suyos, que parecen humanos.

Pero esto no hizo sino afectarles aún más a algunos de ellos, porque la mayor parte de los marineros abrigan un sentimiento muy supersticioso sobre las focas, no sólo por sus peculiares ruidos cuando están en apuros, sino también por el aspecto humano de sus cabezas redondas y seminteligentes, al verse asomando a atisbar, en las aguas junto al barco. En ciertas circunstancias, en el mar, se han tomado más de una vez las focas por hombres.

Pero los presentimientos de los tripulantes estaban destinados a recibir una confirmación muy plausible con uno de ellos mismos, aquella mañana. Ese marinero, al salir el sol, se levantó de su hamaca para ir a su cofa en el trinquete, y ahora no es posible saber si fue porque todavía no se había despertado del todo de su sueño (pues los marineros a veces suben en estado de transición), pero, fuera como fuera, no llevaba mucho tiempo en su percha cuando se oyó un grito —un grito y una caída— y, al mirar a lo alto, vieron un fantasma que caía por el aire; y mirando abajo, un montoncito de burbujas acumuladas en el azul del mar.

La boya de salvamento —un largo y estrecho barrilete— fue lanzada desde la popa, donde colgaba siempre, obedeciendo a un hábil resorte: pero no hubo una mano que subiera a agarrarla, y el barrilete quedó tanto tiempo al sol que se encogió de tal modo que se llenó por todos los poros, hasta que el barrilete, claveteado y con aros de hierro, siguió al marinero al fondo, como para darle almohada, aunque bien dura en verdad.

Y así el primer hombre del Pequod que subió al palo a otear en busca de la ballena blanca, en la zona propia y peculiar de la ballena blanca, fue tragado por la profundidad. Pero quizá pocos pensaron en ello en ese momento. En efecto, no se sabe por qué, no se afligieron ante este suceso, al menos como cosa portentosa, pues lo consideraron no como presagio de un mal en el futuro, sino como cumplimiento de un mal ya presagiado. Declararon que ahora ya sabían el motivo de esos locos aullidos que habían oído la noche anterior. Pero una vez más, el viejo de Man dijo que no.

Había que reemplazar ahora la boya de salvamento perdida: se dieron instrucciones a Starbuck para que se ocupara de ello, pero como no se encontró un barril de suficiente ligereza, y, con la febril ansiedad de lo que parecía la crisis inminente del viaje, todos los marineros se impacientaban con cualquier trabajo que no estuviera en relación directa con su objetivo final, cualquiera que resultara ser, por todo ello, se iba a dejar la popa del barco desprovista de boya, cuando, con ciertos extraños signos e insinuaciones, Queequeg insinuó algo sobre su ataúd.

—¡Un ataúd por boya de salvamento! —gritó Starbuck, sobresaltado.
—Un poco extraño, yo diría —dijo Stubb.
—Servirá bastante bien —dijo Flask—, el carpintero puede arreglarlo fácilmente.
—Súbelo; no hay otra cosa que sirva —dijo Starbuck, después de una pausa melancólica—. Arréglalo, carpintero, no me mires así... el ataúd, quiero decir. ¿Me oyes? Arréglalo.
—¿Tengo que clavar la tapa, señor Starbuck? —moviendo la mano como un martillo.
—Sí.
—¿Y tengo que calafatear las junturas? — moviendo la mano como con un hierro de calafate.
—Sí.
—¿Y tengo que darle pez por encima? — moviendo la mano como con una olla de pez.
—¡Fuera! ¿Qué te ha entrado para ponerte así? ¡Haz una boya salvavidas con el ataúd, y basta! Señor Stubb, señor Flask; vengan a proa conmigo.
—Se marcha enfurecido. El conjunto, lo puede aguantar; pero las partes le hacen echarse
atrás. Ahora, no me gusta esto. Yo le hago una pierna al capitán Ahab, y la lleva como un caballero, pero le hago una caja a Queequeg, y no quiere meter la cabeza dentro. ¿Se van a perder todas mis molestias con este ataúd? Y ahora me mandan que lo convierta en una boya salvavidas. Es como volver un gabán viejo: poner la carne del otro lado, ahora. No me gusta esta tarea de remendón... no me gusta nada; es poco digna; no es mi sitio. Que los muchachos de los lañadores pongan lañas; nosotros estamos por encima de ellos. No me gusta poner manos sino en trabajos limpios, vírgenes, claros y rectos, matemáticos; algo que empieza como es debido por el principio, y está en la mitad cuando se llega a medio camino, y se acaba en la conclusión, no un trabajo de remendón, que se acaba por en medio, y empieza por, el final. Es un truco de vieja, dar trabajos de remendón. ¡Señor! qué cariño tienen todas las viejas a los lañadores. Conozco una vieja de sesenta y cinco años que se escapó una vez con un joven lañador calvo. Y ésa es la razón por la que nunca quería yo trabajar para las viejas viudas solitarias de tierra adentro, cuando tenía mi taller en el Vineyard, se les podría haber metido en sus viejas cabezas solitarias escaparse conmigo. Pero ¡ahí va! En el mar no hay más cofias que la espuma de las olas. Vamos a ver. Clavar la tapa, calafatear las junturas, darle pez por encima, ponerle los listones en las costillas, bien cerrados, y colgarlo con el resorte de disparo en la popa del barco. ¿Se han hecho nunca tales cosas con un ataúd? Pues algunos viejos carpinteros supersticiosos se dejarían colgar atados de las jarcias, antes que hacer este trabajo. Pero yo soy de abeto nudoso de Aroostook, yo no me agito. ¡Con un ataúd por baticola! ¡Navegando por ahí con una bandeja de cementerio! Pero no importa. Los que trabajamos la madera, hacemos camas de matrimonio y mesas de juego, igual que ataúdes y coches fúnebres. Trabajamos por la mesada, o por encargo o a destajo; y no es cosa nuestra preguntar el por qué y para qué de nuestro trabajo, a no ser que sea una cosa de remendón demasiado condenada, y entonces si podemos nos lo quitamos de encima. ¡Ejem! Ahora haré este trabajo con cariño. Pondré... vamos a ver... ¿cuántos hay en la tripulación del barco, en total? Pero se me ha olvidado. De cualquier modo, haré treinta cables salvavidas separados, con nudos de cabeza de turco, cada cual de tres pies de largo, cabalgando alrededor del ataúd. Entonces, si el casco se va a pique, habrá treinta tipos animados peleando por un solo ataúd, ¡un espectáculo que no se ve a menudo bajo el sol! ¡Vengan martillo, hierro de calafate, olla de pez y pasador! Vamos a ello.

Capítulo CXXVII


EN CUBIERTA


El ataúd, puesto sobre dos barriletes de cable, entre el banco de los tornillos y la escotilla abierta; el carpintero, calafateando las junturas, con la ristra de estopa retorcida saliendo lentamente de un gran rollo metido en el pecho de la blusa. AHAB sale lentamente por la porta de la cabina, y oye a Pip que le sigue.

—¡Atrás, muchacho! En seguida vuelvo contigo. ¡Allá va! Ni esta mano obedece a mi humor más dócilmente que ese muchacho. ¡La nave central de una iglesia! ¿Qué hay ahí?
—Boya de salvamento, capitán. Órdenes del señor Starbuck. ¡Eh, mire, capitán! Cuidado con la escotilla.
—Gracias, hombre. Tu ataúd está muy cerca de la fosa.
—¿Capitán? ¿La escotilla? ¡Ah, así es, capitán, así es!
—¿No eres tú el fabricante de piernas? Mira, ¿este muñón no procede de tu taller?
—Creo que sí, capitán: ¿aguanta bien el zuncho?
—Bastante bien. Pero ¿no eres también el enterrador?
—Sí, señor; yo arreglé esta cosa de aquí como ataúd para Queequeg, pero ahora me han puesto a convertirla en otra cosa.
—Entonces, dime: ¿no eres un redomado entremetido intruso, un monopolizador pícaro impío, para estar un día haciendo piernas y al otro día ataúdes para encerrarlas, y luego boyas salvavidas con esos mismos ataúdes? Tienes la misma falta de principios que los dioses, y eres un enredador para todo, igual que ellos.
—Pero yo no lo hago con intención, capitán. Lo hago por hacer.
—Como los dioses, también. Escucha, ¿no cantas siempre, cuando trabajas en un ataúd? Los titanes, según dicen, canturreaban melodías cuando hacían astillas los cráteres para convertirlos en volcanes, y el sepulturero de la función canta azada en mano. ¿No lo haces tú?
—¿Cantar, capitán? ¿Canto yo? Ah, en eso soy bastante mediano; pero el motivo por el que el sepulturero hacía música debe ser porque su azada no la tenía. Pero el mazo de calafate está lleno de música. Escúchelo.
—Sí, y eso es porque la tapa hace de caja de resonancia, y lo que convierte todas las cosas en caja de resonancia es esto... que no hay — nada debajo. Y sin embargo, un ataúd con un cuerpo dentro suena poco más o menos lo mismo, carpintero. ¿Alguna vez has ayudado a llevar un féretro, y has oído el ataúd chocando con la verja del cementerio, al entrar?
—A fe, capitán, yo...
—¿Fe? ¿Eso qué es?
—Bueno, pues eso de a fe, es sólo una especie de exclamación... eso es todo, capitán.
—Hum, hum; sigue.
—Iba a decir que...
—¿Eres un gusano de seda? ¿Tejes tu propio sudario sacándotelo de ti mismo? ¡Mírate el pecho! ¡Despáchate! Y haz desaparecer estos trastos...
—Se va a popa. Ha sido repentino, esta vez; pero en las latitudes cálidas, los chubascos vienen de repente. He oído decir que la isla de Albemarle, una de los Galápagos, está cortada por la mitad por el ecuador. Me parece que a ese viejo le corta una especie de ecuador, también, por la mitad. Siempre está en la línea... ferozmente cálido, os lo aseguro. Mira para acá... vamos, estopa; deprisa. Ya vamos otra vez. Este mazo de madera es el tapón, y yo soy el profesor de vasos musicales... ¡tac, tac!

AHAB, para sí mismo

—¡Qué espectáculo! ¡Qué ruido! ¡El encanecido pájaro carpintero golpeando en el árbol hueco! Los ciegos y los mudos pueden ser ahora bien envidiados. ¡Ved! esa cosa descansa en dos barriletes de cabo, llenos de cabos balleneros. Un tipo muy maligno, ese hombre. ¡Tac, tac! ¡Así es el tictac de los segundos del hombre! ¡Ah, qué inmateriales son todos los materiales! ¿Qué cosas reales hay, sino los pensamientos imponderables? Aquí está ahora el mismísimo símbolo temido de la muerte terrible, que, por puro azar, se convierte en el signo expresivo de la ayuda y la esperanza de la vida más en peligro. ¡Una boya salvavidas hecha de un ataúd! ¿Va aún más allá? ¿Podrá ocurrir que, en algún sentido espiritual, el ataúd sea, después de todo, el preservador de la inmortalidad? Pensaré sobre esto. Pero no. Tanto he avanzado por el lado oscuro de la tierra, que su otro lado, el claro y teórico, me parece sólo un crepúsculo incierto. ¿No acabarás nunca, carpintero, con ese ruido maldito? Me voy abajo; que no vea aquí esto cuando vuelva. Ahora, Pip, hablaremos de esto: de ti absorbo maravillosas filosofías. ¡Algunos desconocidos conductos de los mundos desconocidos deben vaciarse en ti!

Capítulo CXXVIII


EL PEQUOD ENCUENTRA AL RAQUEL


Al día siguiente se avistó un gran barco, el Raquel, que se dirigía derecho hacia el Pequod, con toda la arboladura densamente cuajada de marineros. Entonces, el Pequod marchaba a buena velocidad por el agua, pero al acercársele a contraviento el visitante con las alas extendidas, sus jactanciosas velas cayeron todas a la vez como vejigas vacías que estallan, y toda la vida huyó del casco herido.

—Malas noticias, trae malas noticias — murmuró el viejo de Man.

Pero antes que su capitán, altavoz en boca, se irguiera en la lancha, y antes que pudiera saludar esperanzado, se oyó la voz de Ahab.

—¿Habéis visto a la ballena blanca?
—Sí, ayer. ¿Habéis visto una lancha ballenera a la deriva?

Sofocando su alegría, Ahab contestó negativamente a esa pregunta inesperada, y habría querido ir a bordo del recién llegado, cuando se vio al propio capitán visitante, una vez detenido su barco, descender por su costado. Unas pocas remadas vigorosas, y el bichero pronto se enganchó en los cadenotes del Pequod, y él saltó a cubierta. Inmediatamente Ahab lo reconoció como uno de Nantucket, conocido suyo. Pero no se intercambiaron saludos formales.

—¿Dónde estaba? ¡No la han matado, no la han matado! —gritó Ahab, avanzando de cerca—. ¿Cómo fue?

Pareció ser que hacia media tarde del día anterior, mientras tres de las lanchas del recién llegado estaban ocupadas con una manada de ballenas, que les habían llevado a unas cuatro o cinco millas del barco, y cuando estaban en rápida persecución a barlovento, de repente emergieron del agua, a sotavento, la joroba y la cabeza blanca de Moby Dick, no muy lejos; con lo cual la cuarta lancha preparada —de reserva— se había arriado al momento en persecución. Tras navegar rápidamente a vela viento en popa, esa cuarta lancha —la más rápida de todas— parecía haber logrado hacer presa: al menos, por lo que podía decir de ello el marinero de la cofa. En lontananza vio a la lancha como un punto en disminución, y luego un vivo fulgor de agua blanca y con burbujas; y después de eso, nada más; por lo que se decidió que la ballena herida debía haberse escapado sin fin con sus perseguidores, como ocurre a menudo. Había algún temor, pero no alarma decidida, por entonces. Se pusieron en las jarcias las señales de llamada; sobrevino la oscuridad; y obligado a recoger sus tres lanchas muy a barlovento, antes de ir en busca de la cuarta, en la dirección exactamente opuesta, el barco no sólo se había visto obligado a dejar aquella lancha a su suerte hasta cerca de medianoche, sino, por el momento, a aumentar su distancia de ella. Pero cuando por fin estuvo a bordo y a salvo el resto de su tripulación, hizo fuerza de velas, ala sobre ala, en busca de la lancha en falta, encendiendo un fuego en sus marmitas de destilería a modo de faro, y mandando arriba a la mitad de sus hombres como vigías. Pero aun cuando navegó así una distancia suficiente como para alcanzar el lugar presunto de los ausentes, cuando les vieron por última vez, y aun cuando entonces se detuvo a arriar las lanchas de reserva para que remaran a su alrededor, y al no encontrar nada, siguió adelante, deteniéndose otra vez y volviendo a arriar las lanchas; y aunque había seguido haciéndolo así hasta el amanecer, sin embargo, no se había visto el menor rastro de la embarcación desaparecida.

Contada la historia, el capitán visitante pasó inmediatamente a revelar su objetivo al subir a bordo del Pequod. Deseaba que este barco se uniera al suyo en la búsqueda, recorriendo el mar a unas cuatro o cinco millas de distancia, en líneas paralelas, para dominar, por decirlo así, un horizonte doble.

—Ahora apostaré algo —susurró Stubb a Flask— a que alguno de esa lancha desaparecida se fue llevándose la mejor chaqueta de este capitán; o quizá su reloj: está condenadamente ansioso de recobrarlo. ¿Quién ha oído jamás hablar de dos piadosos balleneros emprendiendo un crucero en busca de una sola lancha, en plena temporada de pesca? Mire, Flask, vea sólo qué pálido está: pálido hasta las niñas de los ojos: mire... no era la chaqueta... debía ser el...
—¡Mi hijo, mi hijo está entre ellos! ¡Por Dios, se lo pido, se lo conjuro! — exclamó entonces el capitán visitante a Ahab, que hasta entonces había recibido gélidamente su petición—. Durante cuarenta y ocho horas, permítame alquilarle el barco... se lo pagaré de buena gana, y le pagaré bien... si no hay otro modo... sólo por cuarenta y ocho horas... sólo eso... tiene, tiene que hacerlo, y lo hará.
—¡Su hijo! —gritó Stubb—: ¡Ah, es su hijo lo que ha perdido! Retiro lo de la chaqueta y el reloj... ¿Qué dice Ahab? Tenemos que salvar a ese chico.
—Se ahogó con todos los demás, anoche — dijo el viejo marinero de Man, que estaba entre ellos—: lo oí, todos vosotros oísteis a sus espíritus. Ahora, como resultó al poco tiempo, lo que hacía más triste este incidente del Raquel era la circunstancia de que no sólo estaba uno de los hijos del capitán entre el número de los tripulantes de la lancha desaparecida, sino que entre las tripulaciones de las otras lanchas, al mismo tiempo, pero, por otro lado, separado del barco durante las sombrías visicitudes de la persecución, había estado otro hijo más, de modo que, durante algún tiempo, el desgraciado padre había quedado sumergido en el fondo de la más cruel perplejidad, que sólo le resolvió el que su primer oficial adoptara instintivamente la medida ordinaria de un ballenero en tales circunstancias, esto es, al encontrarse entre lanchas separadas en peligro, recoger siempre al mayor número. Pero el capitán, por alguna desconocida razón temperamental, había evitado decir todo esto, y hasta que no le obligó a ello la frialdad de Ahab, no aludió al hijo que todavía faltaba: un muchachito, sólo de doce años, cuyo padre, con la seria, pero inconsciente osadía de un cariño paternal de Nantucket, había tratado tan tempranamente de iniciarle en los peligros y prodigios de un oficio que de modo casi inmemorial era el destino de toda su raza. Y no es raro que ocurra que los capitanes de Nantucket envíen lejos de sí a un hijo de tan tierna edad, durante un viaje que se prolonga tres o cuatro años en un barco que no es el suyo, para que su primer conocimiento de la carrera de un ballenero no pierda fuerza por alguna ocasional muestra de la natural, pero inoportuna parcialidad de un padre, o por aprensión o miedo indebidos.

Mientras tanto, el recién llegado seguía implorando de Ahab su pobre don, y Ahab seguía como un yunque, recibiendo todos los golpes, pero sin el menor temblor por su parte.

—No me iré —dijo el visitante— hasta que me diga que sí. Haga conmigo como querría que yo hiciera con usted en caso semejante. Pues usted también tiene un hijo, capitán Ahab... aunque sólo sea un niño, y esté ahora en casa, a salvo en su nido... un hijo de su vejez, además... Sí, sí, se ablanda... corred, corred, marineros, y preparaos a poner brazas a barlovento.
—Alto —gritó Ahab—: no toquéis una filástica —y luego, con una voz que, prolongándose, modelaba cada palabra—: capitán Gardiner, no lo haré. Ahora mismo, pierdo tiempo. Adiós, adiós. Dios le proteja, hombre, y ojalá me perdone a mí, pero me tengo que ir. Señor Starbuck, mire el reloj de bitácora, y dentro de tres minutos a partir de este preciso instante, haga salir a todos los visitantes: luego vuelva a bracear a proa, y que el barco siga navegando como antes.

Volviéndose deprisa, con la cara apartada, bajó a su cabina, dejando al capitán visitante pasmado ante el absoluto y total rechazo de su ansiosa pretensión. Pero Gardiner, saliendo de su trance con un sobresalto, se apresuró en silencio a la borda; cayó, más que entró, en su lancha, y volvió a su barco.

Pronto los barcos separaron sus estelas, y mientras estuvo a la vista el barco visitante, se le vio dar guiñadas acá y allá, a cada punto oscuro, por pequeño que fuera, en el mar. Sus vergas giraban a un lado y a otro; a babor y a estribor, continuaba virando; unas veces encontraba olas de proa, y otras veces le empujaban por la popa, mientras que, durante todo el tiempo, sus mástiles y vergas estaban densamente poblados de marineros, como tres altos cerezos, cuando los muchachos van a coger cerezas entre las ramas.

Pero por su triste manera de detenerse y seguir, se veía claramente que esa nave tan llorosa de espuma seguía sin consuelo. Era Raquel, llorando por sus hijos, porque ya no están.


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