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martes, 25 de diciembre de 2012

Cordero Asado - Roald Dahl

Del libro "Relatos de lo inesperado", comparto con ustedes este cuento de Roald Dahl  :D
¿Alguna vez te preguntaste qué es capaz de hacer una mujer despechada? ¿Qué sucede cuando el miedo al abandono, la sensación de injusticia y la bronca colman a una persona? En "Cordero Asado" Roald Dahl nos cuenta la historia de Mary Maloney, una mujer casada cuyo marido, inesperadamente, decide comunicarle va a dejarla.
No sé como describir a "Cordero asado". ¿Es un policial? ¿Un cuento de suspenso? ¿Un chiste de humor negro? Decídanlo ustedes... Como sea, espero que les guste :D



Cordero asado

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
 
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
 
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
 
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
 
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
 
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
 
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.
 
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
 
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
 
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
 
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
 
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
 
El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
 
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
 
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
 
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
 
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
 
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
 
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
 
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
 
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
 
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
 
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
 
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
 
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
 
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
 
Esta vez él no contestó.
 
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
 
Era una pierna de cordero.
Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
 
Se detuvo.
 
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
 
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
 
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
 
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
 
Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
 
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
 
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
 
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
 
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
 
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
 
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
 
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.
—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
 
El hombre echó una mirada a la tienda.
 
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
 
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
 
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
 
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
 
Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
 
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
 
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
 
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
 
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?
 
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
 
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
 
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto
la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
 
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
 
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
 
«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»
 
Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
 
—No —dijo ella.
 
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
 
—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.
 
Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
 
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
 
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
 
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
 
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
 
La búsqueda continuó.
 
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
 
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
 
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
 
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
 
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
 
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
 
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney...
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
 
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
 
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
 
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

viernes, 12 de octubre de 2012

Galloping Foxley - Roahl Dahl

El "bullying" se ha puesto de moda. Cada día hay más casos. Ya no se refiere a que en la escuela alguien le diga "gordo" o "cuatro ojos" a un compañero. Hablamos de violencia física además de palabras humillantes. Es un tema muy fuerte. Niñas que desfiguran la cara de otra por ser "linda". Adolescentes que someten a otros en los baños. Niños que se suicidan o que ingresan a un aula armados porque las emociones que bullen dentro son demasiado intensas para disiparlas...
"Galloping Foxley" es un cuento de Roald Dahl, publicado en 1979 en "Relatos de lo inesperado", y cuenta lo que le sucede a William, un hombre de 62 años con una rutina muy ordenada, cuando cree reconocer al ahora hombre mayor, que 50 años atrás fuera el abusador que le pegaba en la escuela. El bullying deja huellas difíciles de borrar. Sobre todo cuando se tapa con el silencio. Es un relato fuerte. Da impotencia, bronca, saber que estas cosas suceden. Que sucedieron siempre pero que van en ascenso y con grado de violencia creciente.
Para acompañarlo pensé en poner alguna de las imágenes de campaña contra el bullying pero me remueven muchas cosas dentro. Preferí elegir un paisaje apacible: una estación de ferrocarril... después de todo, es donde ocurre la historia...


 Galloping Foxley

Cinco días a la semana, durante treinta y seis años, he viajado en el tren de las ocho doce en dirección a la City. Nunca va demasiado lleno y me lleva hasta la estación de Cannon Street, a sólo once minutos y medio de mi oficina en Austin Friars. 

Siempre me ha gustado este sistema de transporte; cada fase de mi pequeño viaje es un placer para mí. Hay una regularidad que es agradable y confortante para una persona de costumbres, y, además, sirve para escapar un poco de la rutina del trabajo diario. 

Mi estación es pequeña, sólo hay unas veinte personas reunidas allí para tomar el tren de las ocho doce. Somos un grupo que casi nunca cambia y cuando en alguna ocasión un nuevo rostro aparece en la plataforma, causa murmullos de desaprobación como un nuevo pájaro en la jaula de los canarios.

Pero normalmente, cuando llego por la mañana con mis cuatro minutos de adelanto, ya están todos allí, constantes como yo, con sus sombreros, corbatas, paraguas y sus rostros peculiares, el periódico bajo el brazo, inmutables a través de los años, como los muebles de mi cuarto de estar. Me gusta.

Me gusta también mi asiento al lado de la ventana y leer el Times con el ruido del movimiento del tren. Esta parte de mi viaje dura treinta y dos minutos y parece relajar mi cerebro y mis viejos miembros, como un buen masaje. Créanme, no hay nada como la rutina y la regularidad para conservar la paz del espíritu. Yo he hecho este viaje matutino casi diez mil veces y disfruto más y más cada día. 

Me he convertido en una especie de reloj: en cualquier momento puedo decir si llevamos dos, tres o cuatro minutos de retraso, y nunca tengo que levantar la vista para saber en qué estación paramos.

El paseo desde Cannon Street hasta mi oficina no es corto ni largo, un simple paseo a lo largo de las calles llenas de gente que se dirige a sus lugares de trabajo con el mismo orden que yo. Me da una sensación de seguridad moverme entre esa gente digna y respetable que se aferra a sus empleos y no se dedica a vagabundear por el mundo. Su vida, como la mía, está regulada por un reloj perfecto, a menudo nuestros caminos se cruzan a la misma hora y lugar cada día.

Por ejemplo, cuando llego a la esquina de St. Swithin's Lañe siempre me encuentro de frente con una señora de mediana edad, con gafas plateadas, que lleva una carpeta negra en la mano, una contable de primera clase, diría yo, o posiblemente una ejecutiva de la industria textil. Al cruzar Threadneedle Street, nueve de cada diez veces me cruzo en el paso de peatones con un caballero que lleva una flor diferente en el ojal cada día. Viste pantalones negros, botines grises, y resulta claramente una persona puntual y meticulosa, probablemente un banquero o quizá un abogado como yo. Varias veces en los últimos veinticinco años, al cruzarnos en la calle, nuestros ojos se han encontrado en una mutua mirada de aprobación y respeto.

Por lo menos la mitad de las caras que se cruzan en mi camino me resultan familiares.  Son caras interesantes las de mi gente, sanas, diligentes, frescas, sin ese brillo en los ojos de los llamados inteligentes que quieren cambiar el mundo de arriba abajo con sus gobiernos laboristas, medicinas sociales y todas esas cosas. 

Con eso pueden comprobar que soy, en el verdadero sentido de la palabra, un hombre feliz. O ¿quizá sería mejor decir «era» un hombre feliz? Cuando escribí esta pequeña autobiografía que acaban de leer —con la intención de hacerla circular entre los empleados de mi oficina para exhortación y ejemplo— era completamente sincero conmigo mismo. Pero esto fue hace ya una semana y desde entonces algo muy peculiar ha ocurrido. 

La cosa empezó el martes pasado, la misma mañana que llevaba el borrador de mi ensayo en el bolsillo; esto me parecía tan casual e inesperado que sólo puedo creer que haya sido cosa de Dios. Dios había leído mi pequeño artículo sobre «El rutinario feliz» y se había dicho a sí mismo: ya es hora de que le dé una lección. Realmente yo creo que fue eso lo que pasó.

Como decía fue el martes pasado, el primer martes después de Pascua, una templada mañana de primavera. Yo estaba subiendo la plataforma de nuestra pequeña estación con el Times bajo el brazo y el ensayo en mi bolsillo, cuando me di cuenta de que algo raro pasaba. Sentía aquella curiosa oleada de protesta iniciarse entre mis compañeros de tren. 

Me paré y miré a mi alrededor.
El desconocido estaba en el centro de la plataforma, con los pies separados y los brazos cruzados, mirando en torno suyo como si el andén le perteneciera. Era un hombre grande y grueso y hasta de espaldas daba una poderosa sensación de arrogancia. 

Definitivamente, no era uno de los nuestros. Llevaba un bastón en vez de paraguas, los zapatos eran castaños en vez de negros, el sombrero gris, ladeado. Había en toda su persona un exceso de lustre. No quise observarle más. Pasé por su lado, mirando hacia otra parte, colaborando a hacer la atmósfera más fría de lo que en realidad ya estaba. 

Llegó el tren: imagínense mi horror cuando el intruso me siguió hasta mi propio compartimiento. Nadie lo había hecho desde hacía quince años. Mis colegas siempre han respetado la antigüedad. Uno de los placeres más singulares es estar solo en mi compartimiento, en una y hasta a veces dos y tres estaciones. Pero tenía a este extraño frente a mí, leyendo el Daily Mail y encendiendo una horrible pipa. 

Bajé mi Times y eché una mirada a su rostro. Supongo que tendría la misma edad que yo —de sesenta y dos a sesenta y tres años—, pero tenía esa apostura desagradable, elegante, bronceada, que se ve hoy en día en los anuncios de las camisas de hombres —el cazador de leones, el jugador de polo, el escalador del Everest, el explorador tropical y el competidor de carreras de yates, se concentraban en él—; cejas oscuras, ojos huidizos, y dientes extraordinariamente blancos que sostenían una pipa. Personalmente, desconfío de los hombres elegantes. Los placeres superficiales de esta vida les llegan demasiado fácilmente y parecen los únicos responsables de su propia belleza. No me importa que una mujer sea guapa, eso es diferente, pero un hombre: lo siento, pero me parece ofensivo. En fin, aquí estaba éste, sentado frente a mí en el compartimiento. Lo estaba mirando por
encima de mi periódico, cuando nuestras miradas se encontraron.

—¿Le importa que fume en pipa? —preguntó sosteniéndola con los dedos.
Eso fue todo lo que dijo, pero el sonido de su voz hizo un extraordinario efecto en mí, pues incluso di un respingo. Después tuve un estremecimiento y me quedé mirándole antes de poderle contestar: 

—En este vagón se puede fumar —dije yo—, así que puede hacer lo que le plazca.
—Pensé que debía preguntar.
Otra vez aquella voz tan familiar. Hablaba con dureza y cortaba las palabras como una ametralladora. ¿Dónde la había oído antes? ¿Y por qué cada palabra me traía algo de mis lejanos recuerdos? ¡Dios mío! Contrólate. ¿Qué tontería era ésa? 

El desconocido volvió a su periódico. Yo intenté hacer lo mismo, pero ya estaba desasosegado y no pude concentrarme. En lugar de esto le dirigía furtivas miradas por encima de mi periódico. Era en verdad una cara intolerable, vulgar, casi terriblemente bella, con una especie de resplandor en toda la piel. Pero ¿lo había visto o no lo había visto antes en mi vida? Empecé a pensar que sí lo conocía, porque ahora, cuando le miraba, sentía una especie de molestia que no pude explicar, algo que me recordaba el dolor y la violencia, quizá el miedo.

No hablamos más durante el viaje, pero ya se pueden imaginar que mi rutina se destruyó por completo. Mi día se había arruinado y más que eso, alguno de mis escribientes tuvo que soportar mis duras críticas, especialmente después de comer, cuando también mi digestión se puso en contra mía.

A la mañana siguiente, otra vez estaba allí, de pie frente a la plataforma, con su bastón y su pipa, su bufanda de seda y su cara desagradablemente bella. Pasé por delante de él y vi al señor Grummit, un corredor de Bolsa que había sido mi compañero durante veintiocho años. No puedo decir que haya tenido una conversación con él —somos un grupo bastante reservado en nuestra estación—, pero una crisis como ésta fue capaz de romper el hielo.

—Grummit —susurré—. ¿Quién es ese intruso?
—No sé —dijo Grummit.
—Es muy desagradable.
—Mucho.
—Espero que no venga siempre.
—¡Oh, Dios mío, no! —exclamó Grummit. Entonces llegó el tren.
Esta vez, afortunadamente, el hombre entró en otro departamento. Pero a la mañana siguiente le tenía frente a mí de nuevo.

—Bueno —dijo él, sentándose en el asiento de enfrente—, hace un día magnífico.

De nuevo sentí otra amarga sensación en mi memoria, esta vez más fuerte que nunca, más cerca de mi recuerdo, pero todavía sin saber de qué le conocía.

Luego llegó el viernes, el último día de la semana. Recuerdo que acababa de llover cuando me dirigí a la estación, pero era uno de esos aguaceros de abril que sólo duran cinco o seis minutos. Al llegar a la plataforma todos los paraguas estaban cerrados, el sol brillaba y había grandes nubes blancas en el cielo. Sin embargo, me sentía deprimido. El recorrido ya no tenía placer para mí. Sabía que el viajero estaría allí, y efectivamente allí estaba, como si el lugar le perteneciese, moviendo su bastón hacia adelante y hacia atrás en el aire.

¡El bastón, eso era! Me detuve como si hubieran disparado. 

«¡Es Foxley! —me dije interiormente—. ¡Galloping Foxley, moviendo su bastón!»
Me acerqué para mirarlo mejor. Nunca en mi vida he tenido una sorpresa más grande. Desde luego era Foxley. Bruce Foxley o Galloping Foxley, como solíamos llamarle. Lo había visto por última vez en el colegio, cuando no tenía más de doce o trece años. 

En aquel momento apareció el tren, y otra vez él entró en mi compartimiento. Puso el sombrero y el bastón en la red y se sentó, procediendo a encender su pipa. Me miró a través del humo con aquellos ojos pequeños y fríos, y dijo: 

—Un día caluroso, ¿verdad? Como de verano. Ya no había duda alguna con la voz.

No había cambiado en absoluto, aunque las cosas que me había acostumbrado a oírle decir eran muy diferentes. 

«Muy bien, Perkins —solía decir—, muy bien, idiota. Te voy a pegar otra vez, niño.»

¿Cuánto tiempo hacía de eso? Casi cincuenta años. Sin embargo, era extraordinario lo poco que habían cambiado sus facciones. La misma barbilla arrogante, las aletas de la nariz, aquellos ojos que miraban fijamente, quitándole a uno la tranquilidad; la misma costumbre de enfrentarse con uno empujándolo a un rincón; hasta el pelo era el de entonces, grueso y ligeramente ondulado, con un poco de brillantina como una ensalada bien aderezada. Solía tener una botella de loción para el pelo en el pupitre del estudio. Esa botella tenía el escudo de armas en la etiqueta y el nombre de una tienda de Bond Street; debajo de ello, con letras pequeñas se leía: «Por nombramiento. Peluqueros de Su Majestad el rey Eduardo VII.»

Recuerdo esto en particular porque me parecía gracioso que una tienda quisiera presumir de ser el peluquero de alguien prácticamente calvo, aunque ese alguien fuese un monarca.

Ahora estaba recostado en su asiento leyendo el periódico. Era una sensación curiosa sentarse al lado de ese hombre que cincuenta años atrás me había hecho tan desgraciado, como para hacerme pensar en el suicidio. No me había reconocido: no había peligro de ello, por mis bigotes. Me sentía seguro y a salvo para poderlo observar como quisiera. 

Rememorando, no hay duda de que sufrí mucho en manos de Bruce Foxley en el primer año de colegio y, cosa extraña, el causante de todo fue mi padre. Yo tenía doce años y medio cuando fui por primera vez a ese estupendo colegio público. Esto sería, veamos, en 1907. Mi padre, con su abrigo habitual y su bufanda de seda, me acompañó a la estación y recuerdo que estábamos de pie en la plataforma entre montones de maletas y baúles y miles de muchachos hablando unos con otros en voz alta, cuando de repente alguien que quería pasar le dio a mi padre un gran empujón y casi le pisó.

Mi padre, hombre cortés y digno, de baja estatura, se volvió con sorprendente velocidad y cogió al culpable por la muñeca. 

—¿No os enseñan mejores formas que éstas en la escuela, chico? —dijo.

El muchacho, que le pasaba a mi padre la cabeza, le miró fríamente y con arrogancia, pero no dijo nada.

—Me parece que una disculpa sería lo más adecuado —continuó mi padre.

Pero el chico no hizo más que quedársele mirando con una sonrisa arrogante en los labios y su barbilla cada vez más prominente.

—Me sorprende que seas un muchacho tan mal educado —dijo mi padre— y espero que seas la excepción del colegio; no me gustaría que mi hijo adquiriera esas costumbres. 

Al oír esto, el muchacho inclinó la cabeza ligeramente en mi dirección y un par de pequeños y fríos ojos me miraron fijamente. Yo no estaba asustado en aquel momento. No tenía ni idea del poder que ejercían los chicos mayores sobre los pequeños en los colegios privados y recuerdo que le miré con descaro, defendiendo a mi padre, a quien adoraba y respetaba.

Cuando mi padre quiso comenzar a hablar otra vez, el chico le volvió la espalda, cruzó la plataforma y desapareció. 

Bruce Foxley nunca olvidó este episodio; y lo realmente desafortunado fue que cuando llegamos al colegio me encontré en el mismo edificio que él. Peor que eso, estaba en su misma sala de estudios. El cursaba el último año, era el prefecto y por lo tanto tenía permitido oficialmente pegar a los que estaban a sus órdenes, por lo que yo me convertí en su esclavo personal y particular. Yo era su criado, le cocinaba y se lo hacía todo. Mi trabajo consistía en que él nunca tuviese que levantar un dedo a menos que fuera absolutamente necesario. En ninguna sociedad que yo conozca en el mundo, los criados son tratados como lo éramos nosotros por los prefectos del colegio. Cuando hacía frío, tenía que sentarme en el water (que estaba en un anexo sin calefacción) cada mañana después del desayuno, para calentarlo antes de que entrara Foxley.

Recuerdo que solía vagar por la habitación con su manera elegante y despreocupada. Si encontraba una silla en su camino le daba una patada; luego tenía yo que correr detrás de él para recogerla inmediatamente. Vestía camisas de seda y también llevaba un pañuelo de seda en la manga. Sus zapatos estaban confeccionados por alguien llamado Lobb (también tenían etiqueta real). Eran puntiagudos y tenía que cepillarlos durante cinco minutos cada día, para que brillasen.

Pero los peores recuerdos eran los del vestuario. Todavía me recuerdo a mí mismo, pálida sombra de un muchacho detrás de la puerta de aquel gran cuarto, con mi pijama, las zapatillas y un batín pardo de pelo de camello. Una sola bombilla eléctrica colgaba del techo y alrededor de las paredes las camisetas negras y amarillas de fútbol, con el olor a sudor llenando la habitación, y la voz tan temida que decía: 

—Bueno, ¿qué va a ser esta vez? ¿Seis con la bata puesta o cuatro sin ella? 

Nunca pude contestar a esa pregunta. Me quedaba mirando los sucios azulejos, muerto de miedo e incapaz de pensar en nada que no fuera ese muchacho más fuerte que iba a empezar a pegarme inmediatamente, con su largo y fino bastón: lenta, hábil y legalmente; recreándose hasta hacerme sangrar. Cinco horas antes había intentado, sin llegar a conseguirlo, encender el fuego del estudio. Me había gastado el dinero de la semana en una caja de fósforos especiales, había puesto un periódico tapando la boca de la chimenea para crear una corriente de aire, me había arrodillado junto al fuego y había soplado hasta hacerme cisco los pulmones: pero el carbón no quería arder.

—Si te retrasas en contestar, tendré que decidir por ti —decía la voz.
Yo quería contestar porque sabía cuál tenía que escoger, es lo primero que se aprende al llegar. Hay que tener siempre la bata puesta y aceptar los golpes extra, de lo contrario es casi seguro que te cortan. Hasta tres con la bata puesta, es mejor que uno sin ella.

—Quítate la bata, ve a la esquina y tócate los dedos de los pies. Te voy a dar cuatro.

Me la quitaba lentamente y la ponía en una percha, encima de los armarios de las botas. Luego iba frío y desnudo en mi pijama de algodón, temblando. A mi alrededor todo se volvía de repente brillante y lejano, como un cuadro mágico, grande, irreal, como flotando sobre las aguas. 

—Vamos. ¡Toca los dedos de los pies! ¡Más cerca, más cerca!
Luego iba hacia el otro extremo del vestuario y yo le observaba por entre mis piernas. Desaparecía por la puerta que daba a lo que nosotros llamábamos «el pasaje de las fuentes». Era un pasillo de piedra con fuentes para lavarse y al final estaba el cuarto de baño. Cuando Foxley desaparecía, yo sabía que iba a la otra parte del pasaje de la fuente; siempre lo hacía así. Bueno, en la distancia, pero haciendo eco en las fuentes y los grifos, oía el ruido de sus zapatos en el suelo de piedra cuando corría, y a través de mis piernas le veía atravesar el cuarto de estar y venir hacia mí, con el rostro inclinado hacia adelante y el bastón en el aire. En ese momento yo cerraba los ojos esperando el golpe y diciéndome a mí mismo que, pasara lo que pasara, no debía levantarme.

Cualquiera a quien hayan pegado de verdad, asegurará que el verdadero dolor no llega hasta ocho o diez segundos después del golpe. El golpe en sí es un simple bastonazo en la espalda, que te entumece por completo. Me han dicho que una herida de bala produce la misma sensación. Pero después, ¡Dios mío! parece como si alguien pusiese un atizador ardiendo en las des nudas nalgas y es completamente imposible ponerse la mano en el sitio dolorido.

Foxley lo sabía y retrocedía lentamente antes del siguiente golpe, para que yo pudiera sentir de lleno el golpe anterior. 

Al cuarto golpe, invariablemente, me levantaba sin poderlo remediar. Era la reacción automática de un cuerpo que ya no puede resistir más. 

—Te has levantado —decía Foxley—, éste no cuenta. Vamos. ¡Agáchate!

La vez siguiente tenía que agarrarme a los tobillos. Después me observaba al ir, muy erguido y tocándome la retaguardia, a ponerme la bata. Trataba de mantenerme de espaldas a él para que no pudiera ver mi cara. Cuando yo iba a salir, decía:

—¡Eh, tú, vuelve!
Yo ya estaba en el pasillo, pero me paraba y me volvía hacia la puerta, esperando.
—Ven aquí, vamos, vuelve. ¿No se te ha olvidado nada?
De lo único que me acordaba era del horrible dolor que sentía.
—Me sorprende que seas un chico tan mal educado —decía imitando la voz de mi padre—. ¿No te enseñan mejores modos en el colegio?
—Gracias —murmuraba yo—, gra... cías por pegarme.

Luego subía las escaleras que llevaban al dormitorio. Entonces todo iba mejor porque había pasado un rato y el dolor iba disminuyendo. Mis compañeros me trataban con simpatía, recordando las veces que les había pasado lo mismo.  

—A ver, Perkins, enséñame.
—¿Cuántos te ha dado?
—Cinco, ¿verdad? Lo hemos oído desde aquí.
—Vamos, chico, enséñanos las señales.
Me quitaban el pijama y dejaba que aquel grupo de expertos examinara mis heridas. 

—Están bastante separadas, ¿verdad? No son del estilo de Foxley.
—Esas dos están muy cerca, casi tocándose. Mira. ¡Estas son preciosas!
—Esta de aquí abajo es horrible.
—¿Se ha ido hasta el pasaje de la fuente para empezar a correr?
—Te ha dado uno más por haberte levantado, ¿verdad?
—¡Caramba! Ese Foxley la ha tomado contigo.
—Sangra un poco, yo creo que deberías lavártela.
Entonces se abría la puerta y allí estaba Foxley. Todos se dispersaban y pretendían estar lavándose los dientes o rezando sus oraciones, mientras yo quedaba en el centro de la habitación con los pantalones bajados. 

—¿Qué pasa aquí? —solía decir Foxley, dando una rápida mirada a toda la habitación—. ¡Tú, Perkins! Súbete los pantalones y métete en la cama. 

Y ése era el final de un día.

Durante la semana nunca tenía un momento para mí.

Si Foxley me veía coger una novela o abrir mi álbum de sellos en el estudio, me mandaba en seguida algo que hacer. Una de sus diversiones favoritas, especialmente cuando llovía, era:

—¡Oh, Perkins! ¿Verdad que quedaría muy bonito un ramo de lirios blancos y salvajes encima de mi mesa?

Los lirios salvajes crecían al lado de Orange Ponds. Orange Ponds estaba a tres kilómetros por la carretera y uno a campo traviesa. Me levantaba de mi silla, me ponía el impermeable y el sombrero de paja, cogía el paraguas y emprendía la marcha. El sombrero de paja se tenía que llevar puesto siempre que se saliera, pero se estropeaba por completo con la lluvia, por lo tanto el paraguas era necesario para proteger el sombrero. Por otra parte, no se puede sostener un paraguas con la cabeza, mientras se trepa de aquí para allá, buscando lirios. Para salvar mi sombrero tenía que ponerlo en tierra, bajo el paraguas, mientras buscaba las flores. De esta forma cogí muchos resfriados.

Pero el día más temido era el domingo. El domingo era el día en que limpiaba el estudio. Recuerdo perfectamente el terror de aquellas mañanas, la limpieza a fondo y luego esperar a que Foxley viniera a inspeccionar. 

—¿Has acabado? —preguntaba.
—Creo..., creo que sí.

Entonces iba al cajón de su mesa y sacaba un guante blanco, ajustándose bien los dedos. Yo me quedaba quieto, observándole y temblando, mientras él iba por la habitación, pasando su dedo enguantado por los marcos de los cuadros, por las esquinas, los estantes, los marcos de las ventanas, las pantallas de las lámparas. Yo no separaba la vista de ese dedo, que para mí era un instrumento de muerte. Casi siempre se las arreglaba para encontrar una brizna de polvo que yo había pasado por alto o ni siquiera había visto, y cuando esto ocurría Foxley se volvía lentamente sonriendo con aquella sonrisa que no era tal, y, levantando el blanco dedo para que pudiera ver por mí mismo el polvo que había recogido, decía: 

—Bien. Eres muy perezoso, ¿verdad?

 Yo no contestaba.
—Creí que lo había limpiado todo.
—Y ¿eres o no eres un chico perezoso?
—Sss... Sí.
—Pero a tu padre no le gustaría que crecieras así, ¿verdad? Tu padre es muy especial con respecto a la educación. 

No contestaba.
—Te he preguntado que si tu padre es muy especial con respecto a la educación.
—Quizá sí.
—Por lo tanto te haré un favor si te castigo, ¿verdad?
—No lo sé.
—¿Verdad que sí?
—Sss... Sí.
—Nos encontraremos después de las oraciones en el vestuario. 

El resto del día era una continua agonía esperando a que llegara la noche.

¡Dios mío! Con qué claridad venía todo a mi memoria ahora. El domingo era también el día de escribir cartas:

Queridos papá y mamá:
Muchas gracias por vuestra caria. Espero que los dos estéis bien, yo me encuentro perfectamente, excepto que estoy resfriado porque me cogió la lluvia, pero pronto estaré bien. Ayer jugamos contra Shrewsbury y les ganamos por 4-2. Yo miraba y Foxley, que como ya sabéis es el director de nuestra casa, metió uno de los goles. Muchas gracias por el pastel.
Cariñosamente,
WILLIAM

Generalmente iba al lavabo o al cuarto de baño a escribir la carta; cualquier lugar fuera del camino de Foxley era bueno, pero tenía que cronometrar el tiempo. El té era a las cuatro y media y las tostadas de Foxley tenían que estar preparadas. Todos los días tenía que hacerle tostadas a Foxley y como en los días de entre semana no se permitía fuego en el estudio, todos los chicos tenían que tostar el pan para sus prefectos en el pequeño hornillo de la biblioteca, buscando un hueco por donde colarse. En estas condiciones tenía que procurar que las tostadas de Foxley estuvieran: 1.°, crujientes; 2.°, sin quemar, y 3.°, calientes y listas a tiempo. La falta de alguno de estos requisitos era castigada con golpes. 

—Oye, tú, ¿qué es eso?
—Una tostada.
—¿Es ésa la idea que tú tienes de las tostadas?
—Pues...
—Eres demasiado perezoso para hacerlo bien, ¿verdad?
—Intento hacerlo.
—¿Sabes lo que se le hace a un caballo perezoso, Perkins?
—No.
—¿Eres un caballo?
—No.
—Bueno, de todas maneras eres un burro. ¡Ja, ja, ja...! Estás en la clasificación. Te veré luego.

¡Oh, qué angustia la de aquellos días! Quemar las tostadas de Foxley significaba una paliza, así como olvidar quitar el barro de sus botas de fútbol, no colgar su uniforme de deporte, enrollar su paraguas de diferente forma a como él lo hacía, cerrar la puerta del estudio de golpe cuando Foxley estaba trabajando, ponerle el agua del baño demasiado caliente, no limpiar bien los botones de su uniforme, no dejarle brillantes las suelas de los zapatos, dejar su estudio desordenado a cualquier hora. En realidad, desde el punto de vista de Foxley, yo era una permanente ofensa, digno de una paliza.

Miré por la ventana. ¡Dios mío, estábamos llegando! Debí haber estado soñando mucho tiempo, ni siquiera había abierto el Times; Foxley todavía estaba recostado frente a mí leyendo el Daily Mail y por entre el humo que emanaba de su pipa, pude ver la mitad de su cara que sobresalía del periódico, sus ojos pequeños y brillantes, la frente arrugada y su pelo ondulado.

Mirarle ahora después de tanto tiempo era una experiencia peculiar y sorprendente.
Sabía que ya no era peligroso, pero los viejos recuerdos todavía subsistían y no me sentía muy a gusto en su presencia. Era algo así como estar en una jaula con un tigre manso.  

«¿Qué tontería es ésta? —me dije a mí mismo—. No seas tan estúpido. Cielos, si quisieras podrías decirle lo que pensabas de él y no tendría derecho a tocarte ni un dedo.»

¡Era una idea fantástica! 

Sólo que... bueno, después de todo no valía la pena. Yo me sentía demasiado viejo para esto y en realidad ya no le odiaba. 

Entonces, ¿qué iba a hacer? No iba a quedarme mirando como un idiota.

En aquel momento se me ocurrió otra idea.

Lo que me gustaría hacer, me dije a mí mismo, sería inclinarme hacia él, darle unos golpecillos en la rodilla y decirle quién era. Luego observaría su cara. Después empezaría a hablar de nuestros antiguos días de colegio, hablando lo suficientemente alto para que la gente del vagón lo oyera. Le recordaría, como en broma, algunas de las cosas que me hacía y hasta quizá describiera las palizas en el vestuario, para que se sintiera molesto. No le vendría mal un poco de angustia y bochorno. A mí, en cambio, me vendría muy bien. 

De repente, levantó la vista y nos miramos los dos. Era ya la segunda vez que sucedía y vi un relámpago de irritación en sus ojos. 

Bien, me dije a mí mismo, adelante, pero sé agradable, sociable y educado. De esta forma serás más efectivo, más embarazoso para él. 

Le sonreí y le hice una ligera inclinación de cabeza. Luego, levantando la voz, dije: 

—Discúlpeme, me gustaría presentarme - Me incliné, mirándolo atentamente para no perderme su reacción —Me llamo Perkins, William Perkins, estuve en Repton en 1907.

Los que estaban en nuestro vagón se callaron y me di cuenta de que escuchaban y esperaban los próximos acontecimientos.

—Encantado de conocerle —dijo, bajando el periódico hasta su regazo—. Yo me llamo Fortescue, Jocelyn Fortescue. Eton, 1916.


martes, 28 de agosto de 2012

Apuestas - Roald Dahl

"Apuestas" es un cuento de Roald Dahl incluido en "Relatos de lo inesperado" (Tales of the unexpected, 1979). Uno - yo, al menos - suele asociar a Roald Dahl con literatura infantil - la mal llamada literatura infantil - sin embargo, Roald Dahl escribió historias para lectores de diversas edades. Este es uno de esos casos. 
Cuando tomamos una decisión y obramos sin pensarlo demasiado, llevados tal vez por el deseo, por la fantasía o la ambición, no siempre tenemos en cuenta las posibles consecuencias de nuestras acciones... y a veces al querer revertir lo hecho, planeamos y planeamos una posible solución; pero somos incapaces de contemplar todas las variables en este mundo incierto, y siempre se nos escapa algo. 
Los dejo con el señor Botibol, esta es su historia.



APUESTAS


En la mañana del tercer día el mar se calmó. Hasta los pasajeros más delicados —los que no habían salido desde que el barco partió—, abandonaron sus camarotes y fueron al puente, donde el camarero les dio sillas y puso en sus piernas confortables mantas. Allí se sentaron frente al pálido y tibio sol de enero. 

El mar había estado bastante movido los dos primeros días y esta repentina calma y sensación de confort habían creado una agradable atmósfera en el barco. Al llegar la noche, los pasajeros, después de dos horas de calma, empezaron a sentirse comunicativos y a las ocho de aquella noche el comedor estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire seguro y complaciente de auténticos marineros.

Hacia la mitad de la cena los pasajeros se dieron cuenta, por un ligero balanceo de sus cuerpos y sillas, de que el barco empezaba a moverse otra vez. Al principio fue muy suave, un ligero movimiento hacia un lado, luego hacia el otro, pero fue lo suficiente para causar un sutil e inmediato cambio de humor en la estancia. Algunos pasajeros levantaron la vista de su comida, dudando, esperando, casi oyendo el movimiento siguiente, sonriendo nerviosos y con una mirada de aprensión en los ojos. Algunos parecían despreocupados, otros estaban decididamente tranquilos, e incluso hacían chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que estaban asustados. El movimiento del barco se hizo de repente más y más violento y cinco o seis minutos después de que el primer movimiento se hiciera patente, el barco se tambaleaba de una parte a otra y los pasajeros se agarraban a sus sillas y a los tiradores como cuando un coche toma una curva.

Finalmente el balanceo se hizo muy fuerte y el señor William Botibol, que estaba sentado a la mesa del sobrecargo, vio su plato de rodaballo con salsa holandesa deslizarse lejos de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación mientras todos buscaban platos y vasos. La señora Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, dio un pequeño grito y se agarró al brazo del caballero.

—Va a ser una noche terrible —dijo el sobrecargo, mirando a la señora Renshaw—, me parece que nos espera una buena noche. 

Hubo un matiz raro en su modo de decirlo. Un camarero llegó corriendo y derramó agua en el mantel, entre los platos. La excitación creció. La mayoría de los pasajeros continuaron comiendo. Un pequeño número, que incluía a la señora Renshaw, se levantó y echó a andar con rapidez, dirigiéndose hacia la puerta.

—Bueno —dijo el sobrecargo—, ya estamos otra vez igual.
 
Echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en sus caras ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener, al ser reconocidos como buenos marineros. 

Cuando terminó la comida y se sirvió el café, el señor Botibol, que tenía una expresión grave y pensativa desde que había empezado el movimiento del barco, se levantó y puso su taza de café en el sitio donde la señora Renshaw había estado sentada, junto al sobrecargo.

Se sentó en su silla e inmediatamente se inclinó hacia él, susurrándole al oído: 

—Perdón, ¿me podría decir una cosa, por favor? El sobrecargo, hombre pelirrojo, pequeño y grueso, se inclinó para poder escucharle.
—¿Qué ocurre, señor Botibol?
—Lo que quiero saber es lo siguiente...

Al observarlo, el sobrecargo vio la inquietud que se reflejaba en el rostro del hombre. 

—¿Sabe usted si el capitán ha hecho ya la estimación del recorrido para las apuestas del día? Quiero decir, antes de que empezara la tempestad.

El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se echó hacia atrás, haciendo descansar su cuerpo.

—Creo que sí, bueno... sí —contestó.

No se molestó en decirlo en voz baja, aunque automáticamente bajó el tono de voz como siempre que se responde a un susurro.

—¿Cuándo cree usted que la ha hecho?
—Esta tarde. El siempre hace eso por la tarde.
—Pero ¿a qué hora?
—¡Oh, no lo sé! A las cuatro, supongo.
—Bueno, ahora dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán cuál será el número? ¿Se lo toma en serio?

El sobrecargo miró al inquieto rostro del señor Botibol y sonrió, adivinando lo que el hombre quería averiguar.

—Bueno, el capitán celebra una pequeña. conferencia con el oficial de navegación, en la que estudian el tiempo y muchas otras cosas, y luego hacen el parte.

El señor Botibol asintió con la cabeza, ponderando esta respuesta durante algunos momentos. Luego dijo:

—¿Cree que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo hoy?
—No tengo ni idea —replicó el sobrecargo. Miró los pequeños ojos del hombre, que tenían reflejos de excitación en el centro de sus pupilas.
—No tengo ni idea, no se lo puedo decir porque no lo sé.
—Si esto se pone peor, valdría la pena comprar algunos números bajos. ¿No cree?

El susurro fue más rápido e inquieto.

—Quizá sí —dijo el sobrecargo—. Dudo que el viejo apostara por una noche tempestuosa. Había mucha calma esta tarde, cuando ha hecho el parte. 

Los otros en la mesa habían dejado de hablar y escuchaban al sobrecargo mirándolo con esa mirada intensa y curiosa que se observa en las carreras de caballos, cuando se trata de escuchar a un entrenador hablando de su suerte: los ojos medio cerrados, las cejas levantadas, la cabeza hacia adelante y un poco inclinada a un lado. Esa mirada medio hipnotizada que se da a una persona que habla de cosas que no conoce bien. 

—Bien, supongamos que a usted se le permitiera comprar un número. ¿Cuál escogería hoy? —susurró el señor Botibol.
—Todavía no sé cuál es la clasificación —contestó pacientemente el sobrecargo—, no se anuncia hasta que empieza la apuesta después de la cena. De todas formas no soy un experto, soy sólo el sobrecargo. 

En este punto el señor Botibol se levantó.

—Perdónenme —dijo, y se marchó abriéndose camino entre las mesas.

Varias veces tuvo que cogerse al respaldo de una silla para no caerse, a causa de uno de los bandazos del barco.

—Al puente, por favor —dijo al ascensorista.

El viento le dio en pleno rostro cuando salió al puente. Se tambaleó y se agarró a la barandilla con ambas manos. Allí se quedó mirando al negro mar, las grandes olas que se curvaban ante el barco, llenándolo de espuma al chocar contra él. 

—Hace muy mal tiempo, ¿verdad, señor? —comentó el ascensorista cuando bajaban. 

El señor Botibol se estaba peinando con un pequeño peine rojo.

—¿Cree que hemos disminuido la velocidad a causa del tiempo? —preguntó.
—¡Oh, sí, señor! La velocidad ha disminuido considerablemente al empezar el temporal. Se debe reducir la velocidad cuando el tiempo es tan malo, porque los pasajeros caerían del barco.

Abajo, en el salón, la gente empezó a reunirse para la subasta. Se agruparon en diversas mesas, los hombres un poco incómodos, enfundados en sus trajes de etiqueta, bien afeitados y al lado de sus mujeres, cuidadosamente arregladas. El señor Botibol se sentó a una mesa, cerca del que dirigía las apuestas. Cruzó las piernas y los brazos y se sentó en el asiento con el aire despreocupado del hombre que ha decidido algo muy importante y no quiere tener miedo.

La apuesta, se dijo a sí mismo, sería aproximadamente de siete mil dólares, o al menos ésa había sido la cantidad de los dos días anteriores. Como el barco era inglés, esta cifra sería su equivalente en libras, pero le gustaba pensar en el dinero de su propio país, siete mil dólares era mucho dinero, mucho. Lo que haría sería cambiarlo en billetes de cien dólares, los llevaría en el bolsillo posterior de su chaqueta; no había problema.

Inmediatamente compraría un Lincoln descapotable, lo recogería y lo llevaría a casa con la ilusión de ver la cara de Ethel cuando saliera a la puerta y lo viera. Sería maravilloso ver la cara que pondría cuando él saliera de un Lincoln descapotable último modelo, color verde claro.

«¡Hola, Ethel, cariño! —diría, hablando, sin darle importancia a la cosa—, te he traído un pequeño regalo. Lo vi en el escaparate al pasar y pensé que tú siempre deseaste uno. ¿Te gusta el color, cariño?» Luego la miraría. 

El subastador estaba de pie detrás de la mesa. 

—¡Señoras y señores! —gritó—, el capitán ha calculado el recorrido del día, que terminará mañana al mediodía; en total son quinientas quince millas. Como de costumbre, tomaremos los diez números que anteceden y siguen a esta cifra, para establecer la escala; por lo tanto serán entre quinientas cinco y quinientas veinticinco; y naturalmente, para aquellos que piensen que el verdadero número está más lejos, habrá un «punto bajo» y un «punto alto» que se venderán por separado. Ahora sacaré los primeros del sombrero..., aquí están... ¿Quinientos doce? 

No se oyó nada. La gente estaba sentada en sus sillas observando al subastador; había una cierta tensión en el aire y al ir subiendo las apuestas, la tensión fue aumentando. Esto no era un juego: la prueba estaba en las miradas que dirigía un hombre a otro cuando éste subía la apuesta que el primero había hecho; sólo los labios sonreían, los ojos estaban brillantes y un poco fríos.

El número quinientos doce fue comprado por ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes alcanzaron cifras aproximadamente iguales. El barco se movía mucho y cada vez que daba un bandazo los paneles de madera crujían como si fueran a partirse. Los pasajeros se cogían a los brazos de las sillas, concentrándose al mismo tiempo en la subasta.

—Punto bajo —gritó el subastador—, el próximo número es el punto más bajo.

El señor Botibol tenía todos los músculos en tensión. Esperaría, decidió, hasta que los otros hubiesen acabado de apostar, luego se levantaría y haría la última apuesta. Se imaginaba que tendría por lo menos quinientos dólares en su cuenta bancaria, quizá seiscientos. Esto equivaldría a unas doscientas libras, más de doscientas. El próximo boleto no valdría más de esa cantidad.

—Como ya saben todos ustedes —estaba diciendo el subastador—, el punto bajo incluye cualquier número por debajo de quinientos cinco. Si ustedes creen que el barco va a hacer menos de quinientas millas en veinticuatro horas, o sea hasta mañana al mediodía, compren este número. ¿Qué apuestan?

Se subió hasta ciento treinta libras. Además del señor Botibol, había algunos que parecían haberse dado cuenta de que el tiempo era tormentoso. Ciento cincuenta... Ahí se paró. El subastador levantó el martillo. 

—Van ciento cincuenta...
—¡Sesenta! —dijo el señor Botibol. Todas las caras se volvieron para mirarle.
— ¡Setenta!
—¡Ochenta! —gritó el señor Botibol.
—¡Noventa!
—¡Doscientas! —dijo el señor Botibol, que no estaba dispuesto a ceder.

Hubo una pausa.

—¿Hay alguien que suba a más de doscientas libras?

«Quieto —se dijo a sí mismo—, no te muevas ni mires a nadie, eso da mala suerte. Contén la respiración. Nadie subirá la apuesta si contienes la respiración.»

—Van doscientas libras... 

El subastador era calvo y las gotas de sudor le resbalaban por su desnuda cabeza.

—¡Uno...!

El señor Botibol contuvo la respiración.

—¡Dos...! ¡Tres!

El hombre golpeó la mesa con el martillo. El señor Botibol firmó un cheque y se lo entregó al asistente del subastador, luego se sentó en una silla a esperar que todo terminara. No quería irse a la cama sin saber lo que se había recaudado. 

Cuando se hubo vendido el último número lo contaron todo y resultó que habían reunido unas mil cien libras, o sea, seis mil dólares. El noventa por ciento era para el ganador y el diez por ciento era para las instituciones de caridad de los marineros. El noventa por ciento de seis mil eran cinco mil cuatrocientas; bien, era suficiente. Compraría el Lincoln descapotable y aún le sobraría. Con estos gloriosos pensamientos se marchó a su camarote feliz y contento dispuesto a dormir toda la noche.

Cuando el señor Botibol se despertó a la mañana siguiente, se quedó unos minutos con los ojos cerrados, escuchando el sonido del temporal, esperando el movimiento del barco. No había señal alguna de temporal y el barco no se movía lo más mínimo. Saltó de la cama y miró por el ojo de buey. ¡Dios mío! El mar estaba como una balsa de aceite, el barco avanzaba rápidamente, tratando de ganar el tiempo perdido durante la noche. El señor Botibol se sentó lentamente en el borde de su litera. Un relámpago de temor empezó a recorrerle la piel y a encogerle el estómago. Ya no había esperanza, un número alto ganaría la apuesta. —¡Oh, Dios mío! —dijo en voz alta—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué diría Ethel, por ejemplo? Era sencillamente imposible explicarle que se había gastado la casi totalidad de lo ahorrado durante los dos últimos años en comprar un ticket para la subasta. Decirle eso equivalía a exigirle que no siguiera firmando cheques. ¿Y qué pasaría con los plazos del
televisor y de la Enciclopedia Británica? Ya le parecía estar viendo la ira y el reproche en los ojos de la mujer, el azul deviniendo gris y los ojos mismos achicándosele como siempre les ocurría cuando se colmaban de ira. 

—¡Oh, Dios mío!, ¿qué puedo hacer?

No cabía duda de que ya no tenía ninguna posibilidad, a menos que el maldito barco empezase a ir marcha atrás. Tendrían que volver y marchar a toda velocidad en sentido contrario, si no, no podía ganar. Bueno, quizá podría hablar con el capitán y ofrecerle el diez por ciento de los beneficios, o más si él accedía. 

El señor Botibol empezó a reírse, pero de repente se calló y sus ojos y su boca se abrieron en un gesto de sorpresa porque en aquel preciso momento le había llegado la idea. Dio un brinco de la cama, terriblemente excitado, fue hacia la ventanilla y miró hacia afuera. 

—Bien —pensó—. ¿Por qué no? 

El mar estaba en calma y no habría ningún problema en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien ya había hecho esto anteriormente, lo cual no impedía que lo repitiera. El barco tendría que parar y lanzar un bote y el bote tendría que retroceder quizá media milla para alcanzarlo.

Luego tendría que volver al barco y ser izado a bordo, esto llevaría por lo menos una hora. Una hora eran unas treinta millas y así haría disminuir la estimación del día anterior. Entonces entrarían en el punto bajo y ganaría. Lo único importante sería que alguien le viera caer; pero esto era fácil de arreglar. Tendría que llevar un traje ligero, algo fácil para poder nadar. Un traje deportivo, eso es. Se vestiría como si fuera a jugar al frontón, una camisa, unos pantalones cortos y zapatos de tenis. ¡Ah!, y dejar su reloj. 

¿Qué hora era? Las nueve y quince minutos. Cuanto más pronto mejor. Hazlo ahora y quítate ese peso de encima. Tienes que hacerlo pronto porque el tiempo límite es el mediodía.

El señor Botibol estaba asustado y excitado cuando subió al puente vestido con su traje deportivo. Su cuerpo pequeño se ensanchaba en las caderas y los hombros eran extremadamente estrechos. El conjunto tenía la forma de una pera. Las piernas blancas y delgadas, estaban cubiertas de pelos muy negros. 

Salió cautelosamente al puente y miró en derredor. Sólo había una persona a la vista, una mujer de mediana edad, un poco gruesa, que estaba apoyada en la barandilla mirando al mar. Llevaba puesto un abrigo de cordero persa con el cuello subido de tal forma que era imposible distinguir su cara.

La empezó a examinar concienzudamente desde lejos. Sí, se dijo a sí mismo, ésta, probablemente, servirá. Era casi seguro que daría la alarma en seguida. Pero espera un momento, tómate tiempo, William Botibol. ¿Recuerdas lo que pensabas hacer hace unos minutos en el camarote, cuando te estabas cambiando? ¿Lo recuerdas?  

El pensamiento de saltar del barco al océano, a mil millas del puerto más próximo, le había convertido en un hombre extremadamente cauto. No estaba en absoluto tranquilo, aunque era seguro que la mujer daría la alarma en cuanto él saltara. En su opinión había dos razones posibles por las cuales no lo haría. La primera: que fuese sorda o ciega. No era probable, pero por otra parte podía ser así y ¿por qué arriesgarse? Lo sabría hablando con ella unos instantes. Segundo, y esto demuestra lo suspicaz que puede llegar a ser un hombre cuando se trata de su propia conservación, se le ocurrió que la mujer podía ser la poseedora de uno de los números altos de la apuesta y por lo tanto tener una poderosa razón financiera para no querer hacer detener el barco. El señor Botibol recordaba que había gente que había matado a sus compañeros por mucho menos de seis dólares. Se leía todos los días en los periódicos. ¿Por qué arriesgarse entonces? Arréglalo bien y asegura tus actos. Averígualo con una pequeña conversación. Si además la mujer resultaba agradable y buena, ya estaba todo arreglado y podía saltar al agua tranquilo.  

El señor Botibol avanzó hacia la mujer y se puso a su lado, apoyándose en la barandilla.

—¡Hola! —dijo galantemente.
 
Ella se volvió y le correspondió con una sonrisa sorprendentemente maravillosa y angelical, aunque su cara no tenía en realidad nada especial.

—¡Hola! —le contestó.

Ya tienes la primera pregunta contestada, se dijo el señor Botibol, no es ciega ni sorda...

—Dígame —dijo, yendo directamente al grano—. ¿Qué le pareció la apuesta de anoche?
—¿Apuesta? —preguntó extrañada—. ¿Qué apuesta?
—Es una tontería. Hay una reunión después de cenar en el salón y allí se hacen apuestas sobre el recorrido del barco. Sólo quería saber lo que piensa de ello.

Ella movió negativamente la cabeza y sonrió agradablemente con una sonrisa que tenía algo de disculpa. 

—Soy muy perezosa —dijo—. Siempre me voy pronto a la cama y allí ceno. Me gusta mucho cenar en la cama. 

El señor Botibol le sonrió y dio la vuelta para marcharse.

—Ahora tengo que ir a hacer gimnasia, nunca perdono la gimnasia por la mañana. Ha sido un placer conocerla, un verdadero placer...

Se retiró unos diez pasos. La mujer le dejó marchar sin mirarle.

Todo estaba en orden. El mar estaba en calma, él se había vestido ligeramente para nadar, casi seguro que no había tiburones en esa parte del Atlántico, y también contaba con esa buena mujer para dar la alarma. Ahora era sólo cuestión de que el barco se retrasara lo suficiente a su favor. Era casi seguro que así ocurriría. De cualquier modo, él también ayudaría un poco. Podía poner algunas dificultades antes de subir al salvavidas, nadar un poco hacia atrás y alejarse subrepticiamente mientras trataban de ayudarle. Un minuto, un segundo ganado, eran preciosos para él. Se dirigió de nuevo hacia la barandilla, pero un nuevo temor le invadió. ¿Le atraparía la hélice? El sabía que les había ocurrido a algunas personas al caerse de grandes barcos. Pero no iba a caer, sino a saltar y esto era diferente, si saltaba a buena distancia, la hélice no le cogería. 

El señor Botibol avanzó lentamente hacia la barandilla a unos veinte metros de la mujer. Ella no le miraba en aquellos momentos. Mejor. No quería que le viera saltar. Si no lo veía nadie, podría decir luego que había resbalado y caído por accidente. Miró hacia abajo. 

Estaba bastante alto, ahora se daba cuenta de que podía herirse gravemente si no caía bien. ¿No había habido alguien que se había abierto el estómago de ese modo? Tenía que saltar de pie y entrar en el agua como un cuchillo. El agua parecía fría, profunda, gris. Sólo mirarla le daba escalofríos, pero había que hacerse el ánimo, ahora o nunca. 

«Sé un hombre, William Botibol, sé un hombre. Bien... ahora... vamos allá.»

Subió a la barandilla y se balanceó durante tres terribles segundos antes de saltar, al mismo tiempo que gritaba:

—¡Socorro!
—¡Socorro! ¡Socorro! —siguió gritando al caer.

Luego se hundió bajo el agua.

Al oír el primer grito de socorro la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un salto de sorpresa. Miró a su alrededor y vio al hombrecillo vestido con pantalones cortos y zapatillas de tenis, gritando al caer. Por un momento no supo qué decisión tomar: hacer sonar la campanilla, correr a dar la voz de alarma, o simplemente gritar. Retrocedió un paso de la barandilla y miró por el puente, quedándose unos instantes quieta, indecisa. Luego, casi de repente, se tranquilizó y se inclinó de nuevo sobre la barandilla mirando al mar.

Pronto apareció una cabeza entre la espuma y un brazo se movió una, dos veces, mientras una voz lejana gritaba algo difícil de entender. La mujer se quedó mirando aquel punto negro; pero pronto, muy pronto, fue quedando tan lejos, que ya no estaba segura de que estuviera allí.

Después de un ratito apareció otra mujer en el puente. Era muy flaca y angulosa y llevaba gafas. Vio a la primera mujer y se dirigió a ella, atravesando el puente con ese andar peculiar de las solteronas.

—¡Ah, estás aquí!
 
La mujer se volvió y vio a la otra, pero no dijo nada. 

—Te he estado buscando por todas partes —dijo la delgada.
—Es extraño —dijo la primera mujer—, hace un momento un hombre ha saltado del barco completamente vestido.
—¡Tonterías!
—¡Oh, sí! Ha dicho que quería hacer ejercicio y se ha sumergido sin siquiera quitarse el traje.
—Bueno, bajemos —dijo la mujer delgada. En su rostro había un gesto duro y hablaba menos amablemente que antes.
—No salgas sola al puente otra vez. Sabes muy bien que tienes que esperarme.
—Sí, Maggie —dijo la mujer gruesa, y sonrió otra vez con una sonrisa dulce y tierna.

Cogió la mano de la otra y se dejó llevar por el puente.

—¡Qué hombre tan amable! —dijo—. Me saludaba con la mano.
 

FIN