Blog de Literatura - Fomentando la Lectura
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lunes, 7 de octubre de 2013

Las mujeres garza

Hoy les dos leyendas de Tierra del Fuego, ambas de los yaganes, con mujeres en forma de garza. Las encontrarán en el libro "Leyendas de tierra del fuego" de Arnoldo Canclini en el capítulo "Hombres y Familias".
Por falta de tiempo, la subo con "fotos", formato que no "mi piace", pero se lee bien :) 
Para ir cerrando con las leyendas, subiré en estos días alguna más y luego les contaré cual será la próxima lectura :D
¡¡Gracias a todos por sumarse a lectura leyendas patagónicas!!






sábado, 14 de septiembre de 2013

El Zorro


La leyenda de hoy la contaban los Yaganes o Kawéskar, aborígenes "canoeros" de tierra del fuego. La canoa era esencial para su estilo de vida. De hecho, pasaban más tiempo en ellas que sobre la tierra.
Copio textual del libro de Arnoldo Canclini: Los yaganes "vivían navegando y su cosmovisión partía del mar como mundo real. Por ejemplo, si nosotros decimos 'bahía' pensamos en una tierra que rodea una porción de agua. Para ellos, era al revés: era el agua que penetraba en la tierra. Por su parte, nunca se adentraban más allá de la costa, sino escasamente, para perseguir una pieza de caza o por alguna otra necesidad urgente."
Es de esperar, entonces, que sus historias y leyendas estén relacionadas con seres marinos. Sin embargo, también contaban cuentos sobre los animales terrestres.
Si hay una animal del cual se relatan leyendas y cuentos populares en Argentina es el zorro, y los Yaganes también tenían una historia sobre él...



El Zorro



Este animalito tenía fama de astuto, como también de egoísta. Lo demostró una vez que faltó agua en una gran zona. Zorro recorrió muchos lugares y al fin localizó una laguna, pero no se lo contó a nadie. Por el contrario, construyó alrededor una alta cerca para que los demás no pudieran pasar. Sólo permitía que algunas veces fueran ciertos parientes predilectos.

Como pasa siempre, llegó un momento en que la gente se enteró de la novedad. Le pidieron que compartiera algo de su tesoro, pero él sólo les contestó con palabras groseras. Tampoco reaccionó favorablemente cuando quisieron cambiarle el líquido por gran abundancia de carne muy sabrosa.

La gente pidió ayuda a Colibrí, que siempre los había salvado en los malos momentos, porque ha sido muy valiente y hábil, aunque es muy pequeño. Le contaron lo que pasaba y él fue a hablar con el Zorro, que contestó en tono sarcástico. Eso molestó mucho a colibrí, quien volvió, sin contestar nada, para preparar un plan adecuado a las circunstancias.

Al poco tiempo, rehizo el camino llevando su honda y recogiendo piedras filosas. Amenazó con ellas a Zorro, intimándolo a que diera agua a la gente sedienta. Él volvió a despreciarlo, pero no pudo hablar mucho porque un disparo certero lo mató.

Muy alegres, todos derribaron la cerca y corrieron al agua con mucha ansiedad, ya que estaban muriendo de sed. Pero comprobaron que casi no quedaba líquido porque algunas aves, que también habían estado padeciendo, habían bebido casi todo. Entonces llegó Lechuza, quien también necesitaba beber y quien comenzó a hacer bolitas de barro, tirándolas en distintas direcciones. Donde caían, surgía un chorrillo de agua clara, que era mejor aún que la de la laguna, y todos se salvaron de morir de sed.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Los vientos en lucha

Hoy con 50 km/h de viento constante y ráfagas de 70 km/h, estamos que "se vuela todo". Por eso pensé en traer una leyenda sobre el viento... Esta vez, una leyenda fueguina, más precisamente, una historia que contaban los onas. La tomé del mismo libro que les comenté cuando subí "El norte lucha con el sur". De hecho, es la leyenda que le sigue.


Los vientos en lucha

Ninguno de los vientos estaba tranquilo en su haruwen y por eso, con la ayuda de sus hermanos, siempre estaban luchando entre sí. Pero, por algunas cosas que pasaron, se apresuró el momento de enfrentarse y resolvieron organizar un torneo para definir la cuestión de la superioridad.

Los seres humanos se enteraron, porque estaban emparentados con los vientos, y se sentaron en círculo para contemplar el gran espectáculo. Les resultaba una ocasión grata, ya que, después de todo, ellos eran parte de su vida diaria y les estaban agradecidos por su ayuda para dejar sordos a los guanacos y entonces los podían cazar más fácilmente, ya que además dirigían más certeramente las flechas, que eran guiadas por las plumas cuidadosamente colocadas en su extremo final. Por eso, cuando los llamaban por su nombre, siempre agregaban "Haiyin, haiyin", que significa "Gusta, gusta". En consecuencia, eran nombres muy largos: Viento Este era Wintekhayin; Viento Sur era Orroknhayin; Viento Norte, Heuchuknhayin, y Viento Oeste, Kenenikhayin.

Lo que había pasado era que en una tibia mañana de verano, todos estaban descansando y dormitando. Viento Este era el único despierto y se la pasaba yendo de aquí para allá, soplando en forma discreta, como era su costumbre. Vio acercarse a Viento Norte, fastidiado de no poder reposar tranquilo por lo que tenía muy mala cara, pero como Este no quería meterse en problemas, se fue alejando despaciosamente hacia su casa. Pero Norte no tenía el ánimo tan pacífico y siguió buscando a alguien con quien pelear y lanzando maldiciones y groserías. Viento Oeste lo oyó y se molestó tanto que lo atacó. Pero Viento Norte se dio cuenta de que no le iría bien y dejó el campo libre. Entonces llegó el invierno y los tres se fueron a descansar, dejando que Viento Sur saliera a divertirse. 

Quedó un mal ambiente y decidieron una lucha abierta. Los espectadores se colocaron en una rueda porque aquello era un gran evento. Desde el primer momento, se vio que Viento Este era demasiado moderado, aunque fuera persistente. Los otros lo hicieron caer una y otra vez y él se cansó de tanta pelea inútil. Se echó encima una capa y se sentó entre los que observaban sin participar.

Por su parte, Viento Sur tenía mal carácter y por eso era el menos favorito. Su genio lo echó a perder, aunque era muy fuerte y violento, porque también lo derribaron repetidamente y entonces fue a sentarse con Este entre la gente.

Quedaban sólo Viento Norte y Viento Oeste, que se lanzaron con furia uno contra el otro. El primero era el más poderoso, pero también tenía un humor variable y se enojaba con facilidad, sobre todo porque Viento Oeste era incansable. Se golpearon fuertemente con los puños, sin que ninguno de los dos cediera. Viento Norte cayó a tierra y, aunque todavía estaba con posibilidades de seguir peleando, como sabía cuál iba a ser el final, decidió abandonar el campo al otro y así Viento Oeste quedó dueño de soplar donde quisiera. Ésa es la razón de que con frecuencia haya tantas rachas molestas.

sábado, 7 de septiembre de 2013

"Kóoch, el creador de la Patagonia" y "Los inventos de Elal"

Buenas noches a todos. Me he demorado con las entregas, ya sé. Aún estoy adaptándome a una nueva carga horaria (nuevo trabajo) y tratando de compatibilizar mis responsabilidades y hobbies (además de mi vida social y familiar) para tratar de hacer todo lo que me hace sentir una persona plena. Se complica... Tal vez esté menos presente en el blog en comparación a lo que los tengo acostumbrados... al menos hasta que le tome el ritmo a mi nueva vida. Pero hoy estoy, y traigo dos nuevas leyendas patagónicas.
Se trata de "Kóoch, el creador de la Patagonia" y "Los inventos de Elal", recopiladas por Arnoldo Canclini para el libro "Leyendas de la Patagonia". Ambas hablan sobre la creación del mundo (la Patagonia) tal como lo conocían los Tehuelches y las tomé de la página: http://www.alconet.com.ar/, un sitio de apariencia poco interesante pero con contenidos que valen la pena.
"Tehuelche" es en realidad la denominación que los Mapuches daban a varios pueblos del sur de la Patagonia, como los Aonikenk y los Shelk'nam . En mapuche significa "gente bravía" y así fueron llamados por ellos debido la fortaleza y resistencia con la cual se opusieron a la expansión del pueblo Mapuche. Los españoles los llamaron Patagones... y de allí el nombre Patagonia que recibe esta región.




KÓOCH, EL CREADOR DE LA PATAGONIA

Los tehuelches fueron un pueblo nómada que habitó en el sur de la Patagonia Argentina. Recorrían grandes extensiones de la árida estepa patagónica mientras se abocaban a la caza del guanaco y el ñandú. En 1871, el marino inglés Georges Muster convivió con ellos durante un año. El fruto de aquella singular experiencia es La vida entre los patagones, obra fundamental para el conocimiento de las costumbres y la interpretación de la vida por parte de los tehuelches. Como todos los pueblos primitivos, los tehuelches manifestaron un poderoso vuelo imaginativo. Que podrán advertir en su mito de la creación que a continuación le presentamos. En el comienzo estaba Kóoch y, luego el gran héroe Elal. Imaginemos como...

Según dicen los tehuelches, hace muchísimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol... solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas. Y en medio de ella vivía eterno, Kóoch.

Nadie sabe por qué, un día Kóoch, que siempre se había bastado a sí mismo, se sintió muy solo y se puso a llorar. Lloró tantas lágrimas, durante tanto tiempo, que contarlos sería imposible. Y con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Cuando Kóoch se dio cuenta de que el agua crecía y que estaba a punto de cubrirlo todo, dejó de llorar y suspiró. Y ese suspiro tan hondo fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar.

Algunos dicen que fue así, por los empujones del viento, que la niebla se disipó y apareció la luz, pero otros opinan que fue Kóoch el inventor de la claridad. Cuentan que, en medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el extraño mundo que lo rodeaba. Se alejó un poco a través del negro espacio y, como no podía ver con nitidez, levantó el brazo, y con su gesto hizo un enorme tajo en las tinieblas. Dicen también que el giro de su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol.

Xáleshen, como llaman los tehuelches al gran astro, se levantó sobre el mar e iluminó ese paisaje magnífico: la inmensa superficie ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerse bajo su tocado de espuma.

El sol formó las nubes, que de allí en más se pusieron a vagar, incansables, por el cielo, matizando el agua con su sombra, pintándola con grandes manchones oscuros. Y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente, y a veces en forma tan violenta que las hacía chocar entre sí. Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos.

Luego Kóoch se dedicó a su obra maestra. Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kóoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar: el sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos... la vida era dulce en la pacífica isla de Kóoch. Entonces el Creador, satisfecho, se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana y se marchó al horizonte, de donde nunca más volvió.

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad. Un día, uno de ellos, llamado Noshtex, raptó a la nube Teo y la encerró en su caverna.

Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra en una inmensa protesta... Después de tres días y tres noches, Xáleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y apareció entre las nubes. Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detrás de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kóoch las novedades, y Kóoch contestó;

-Te prometo que, quienquiera que haya raptado a Teo, será castigado. Si ella espera un hijo, ése será más poderoso que su padre.

A la mañana siguiente, apenas asomado, el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas, enseguida, se la contaron a Xóchem el viento, que corrió hacia la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oírla. Y el chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú al zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma. Después Xóchem sopló el mensaje en la puerta de las cavernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse.

Así escuchó Nóshtex las palabras de Kóoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. "Voy a matarlos", pensó, "voy a matarlos y a comérmelos a los dos". Golpeó salvajemente a Teo mientras dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caverna, la despedazó.

Pero alguien más, adentro de la cueva, había escuchado a Xóchem. Era Ter-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta. Dicen que fue ella la que salvó al bebé, la que, sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, la que escondió al niño debajo de la tierra antes de que el gigante pudiera reaccionar...

Sin embargo, el refugio era demasiado precario. Nóshtex cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorrito que apenas había visto, a ese hijo que en cuanto creciera iba a traicionarlo.

Entonces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales: ¿dónde esconder al bebé?, ¿cómo ponerlo a salvo del gigante?

Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto. Que el Kíus, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, más allá del mar, había creado Kóoch antes de recluirse en el horizonte, y que propuso enviar allí al niñito. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta.

Una madrugada, cuando el hijo de Teo y el gigante estuvo listo para partir, Terr-Werr lo llevó hasta las inmediaciones de una laguna y lo escondió entre los juncos. Desde allí llamó a Kíken, el chingolo, para que a su vez transmitiera el mensaje: todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron. Otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde. El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nóshtex se dirigió a grandes pasos hacia la laguna, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr lo distrajo con su canto. Por eso no llegó a tiempo para ver cómo el cisne se acercó al niño nadando majestuosamente y lo colocó sobre su lomo, ni cómo carreteó luego para levantar vuelo. Sólo alcanzó a distinguir en el cielo un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba decididamente hacia el oeste. Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kóoch hacia la tierra salvadora de la Patagonia.


LOS INVENTOS DE ELAL


Dicen los tehuelches que la Patagonia era sólo hielo y nieve cuando el cisne la cruzó, volando, por primera vez. Venía de más allá del mar, de la isla divina donde Kóoch había creado la vida y donde había nacido el pequeño Elal, a quien cargó sobre su blanco lomo hasta depositario sano y salvo en la cumbre del cerro Chaltén.

Dicen también que detrás del cisne volaron el resto de los pájaros, que los peces los siguieron por el agua y que los animales terrestres cruzaron el océano a bordo de unos y de otros. Así la nueva tierra se pobló de guanacos, de liebres y de zorros; los patos y los flamencos ocuparon las lagunas y surcaron por primera vez el desnudo cielo patagónico los chingolos, los chorlos y los cóndores.

Por eso Elal no estuvo solo en el Chaltén: los pájaros le trajeron alimentos y lo cobijaron entre sus plumas suaves. Durante tres días y tres noches, permaneció en la cumbre, contemplando el desierto helado que su estirpe de héroe transformaría para siempre.

Cuando Elal comenzó a bajar por la ladera de la montaña le salieron al encuentro Kokeske y Shíe, el Frío y la Nieve. Los dos hermanos que hasta entonces dominaban la Patagonia lo atacaron furiosos, ayudados por Máip, el viento asesino. Pero Elal ahuyentó a todos golpeando entre sí unas piedras que se agachó a recoger, y ése fue su primer invento: el fuego.

Cuentan que Elal siempre fue sabio, que desde muy chiquito supo cazar animales con el arco y la flecha que él mismo había inventado. Que ahuyentó al mar con sus flechazos para agrandar la tierra, que creó las estaciones, amansó las fieras y ordenó la vida. Y que un día, modelando estatuillas de barro, creó a los hombres y las mujeres, los tehuelches. A ellos, a sus chónek, les confió los secretos de la caza: les enseñó a diferenciar las huellas de los animales, a seguirles el rastro y a poner los señuelos, a fabricar las armas y a encender el fuego. Y también a coser abrigados quillangos, a preparar el cuero para los toldos hasta dejarlo liso e impermeable... y tantas, tantas otras cosas que sólo él sabía.

Cuentan que hasta la Luna y el Sol están donde están por obra de Elal, que los echó de la Tierra porque no querían darle a su hija por esposa. Y que el mar crece con la luna nueva porque la muchacha, abandonada por el héroe en el océano, quiere acercarse al cielo, desde donde su madre la llama. Y también que si no fuera porque una vez, hace muchísimo tiempo, cuando hombres y animales eran la misma cosa, Elal castigó a una pareja de lobos de mar, no existirían el deseo ni la muerte. Finalmente Elal, el sabio, el protector de los tehuelches, dio por terminados sus trabajos. Dicen que un día, poco antes del amanecer, reunió a los chónek para despedirse de ellos y darles las últimas instrucciones. Les anunció que se iba, pidió que no le rindieran honores pero sí que transmitieran sus enseñanzas a sus hijos, y éstos a los suyos, y aquéllos a los propios, para que nunca murieran los secretos tehuelches. Y cuando ya asomaba por el horizonte, Elal llamó al cisne, su viejo compañero. Se subió a su lomo y le indicó con un gesto el este ardiente. Entonces el cisne se alejó del acantilado, corrió un trecho y levantó vuelo por encima del mar.

Inclinándose sobre el ave que lo llevaba y acariciando su largo cuello, Elal le pidió que le avisara cuando estuviera cansado. Cuando el cisne se quejaba, Elal disparaba una flecha hacia abajo, y con cada flechazo surgía en el agua una isla donde era posible posarse a descansar.

Dicen que varias de esas islas se distinguen todavía desde la costa patagónica, y que en alguna de ellas, muy lejos, adonde ningún hombre vivo puede llegar, vive Elal. Sentado frente a hogueras que nunca se extinguen, escucha las historias que le cuentan los tehuelches que, resucitados, llegan cada tanto para quedarse con él, guiados por el magnánimo Wendeunk.



jueves, 22 de noviembre de 2012

El Norte lucha con el Sur - Leyenda fueguina

Hace un tiempito conseguí un libro titulado "Leyendas de tierra del fuego". Se trata de una recopilación hecha por Arnoldo Canclini de todos los mitos y leyendas que se contaban los onas y los yaganes. 
Los aborígenes fueguinos están actualmente extintos. La razón siempre fue motivo de discusión ¿fue culpa de la llegada del blanco y las enfermedades que trajeron? ¿Fue consecuencia de su modo de vivir? ¿De la pelea entre los distintos clanes? Tal vez una suma de factores. Pero lo cierto es que alguna vez fueron alrededor de 10.000 personas entre onas, yaganes, alcalufes etc.
Las diferencias entre ellos eran varias, desde físicas a estilos de vida (los invito a investigar un poco) pero también tenían puntos en común que se ven reflejados en los mitos y leyendas. 
Su vocabulario era muy extenso, utilizaban más de 35.000 palabras, y gustaban de conversar y contarse historias. Poseían una vida espiritual riquísima.
Los mitos y leyendas de los onas fueron originalmente recopilados por los salescianos y los de los yaganes por los anglicanos. Los de otras tribus se han simplemente perdido...
La leyenda que elegí, "El norte lucha con el sur", nos cuenta la pelea entre ambos puntos cardinales por una muchacha, Waukelnama, la hija de Kamuk (el norte). Me llamó la atención descubrir la personificación. La leyenda anterior a la que elegí es "La gran reunión del principio", y nos cuenta algo así como el inicio o el origen del mundo, y cómo se dividieron la tierra entre los puntos cardinales: Wintek, Kenenik, Kamuk y Kreikut (Este, Oeste, Norte y Sur respectivamente). Allí vemos no sólo la personificación de los puntos cardinales sino de la lluvia, la nieve, la luna etc. Por ejemplo, el Sol, que es del oeste, se casa con Luna que es del sur. Nieve resulta marido de Lluvia, esto une el Sur con el Norte. Curioso, ¿no?
Los dejo ahora con esta leyenda, espero que les guste :D



El Norte lucha con el Sur

Kreikut, el Sur, siempre sintió celos de Kamuk, el Norte, y quería ir a su haruwen. Pero Kamuk era muy poderoso y era voz corriente que muchos habían tratado de vencerlo, sin tener éxito. Taremkelas, el padre de Kreikut, quería convencerlo de que no lo hiciera, pero él insistía con que viajaría allá. Un día explicó la razón: Kamuk tenía una hija extraordinariamente hermosa que se llamaba Waukelnama, y se había enamorado de ella, aunque no lo decía a nadie. Uno de sus motivos era que se había enterado de que la bella tenía otro pretendiente. Se trataba de Sinu, el Sudeste, que muchas veces se había encaminado hacia el Norte acompañado por un grupo de gente fiel. Pero era un viaje muy penoso y se volvieron. Por eso, Sinu, había quedado recluido en su tierra, lejos de todos, aunque viviera con su padre Kiakka y se hubiera casado con Knaneka, que también era muy bonita, y era hermana de Oeste. Para complicar más las cosas, Kreikut - o sea el Sur - había planeado esa boda para sí y eso le enojaba aún más.

Le contaron las penurias de su vecino y entonces tuvo aún más deseos de conquistar a Waukelnama. Se sentía muy dichoso de que nadie hubiera logrado alcanzar la morada de la hermosa por las dificultades del camino, que quizá eran puestas allí por su celoso padre. Por eso, en aquellos tiempos, desalentó a Sinu y consiguió que éste abandonara sus intentos.

Kreikut reunió un buen grupo de gente muy valerosa y se lanzó a la aventura. Pronto se dieron cuenta de que Sinu no había exagerado, porque realmente era muy difícil ir del Sur al Norte. Se les acabó la comida y se les destrozaron las capas y los mocasines de cuero de guanaco. Al fin, tuvieron que volverse.

Tardaron mucho tiempo y eso les disgustó, porque habían avanzado muy poco. Pero eso mismo los animó a hacer un nuevo intento, ya que habían descansado todo lo necesario. Con gran decisión, lograron avanzar rápidamente, hasta que llegaron a una tierra muy agradable donde no se sentía el frío como en el Sur. Les sorprendía que allí el sol diera mucho más calor y disfrutaban quedándose bajo sus rayos. Y además, se saban cuenta de algo muy importante: ¡Ahora el Sur estaba en el Norte!

Mientras conversaban largamente sobre las peripecias del viaje, el Norte se enteró de lo que pasaba y mandó todo su poder contra los invasores: lluvias, granizo, nieblas y sobretodo viento. Después de un tiempo, sintió simpatía por gente tan luchadora y se acercó a saludarlos. Pero los del Sur no estaban dispuestos a una buena relación y aclamaron a Kreikut cuando los convocó a la lucha.

Los dos grupos avanzaron y, desde lejos, calcularon las fuerzas del otro, eligiendo cada uno un hombre con el cual se enfrentaría. Kreikut comenzó por mandar a los más débiles, para engañar a Kamuk, quedando él a la espera de lo que ocurriera. Como se podía suponer, al principio los norteños dominaban la pelea, porque eran mucho más ligeros. Entre los que debieron huir estaba Arcoiris; su oponente lo tomó por la cintura y se la dobló de tal manera que aunque salvó la vida, ha quedado encorvado para siempre. Poco a poco, todos los hombres de Kreikut fueron eliminados y él comenzó a preocuparse y a comprender que, antes que nada, aquello era asunto suyo.

Avanzó a paso firme, y aferrando a uno de los adversarios, lo dejó enseguida fuera de combate. Una victoria siguió a otra, hasta que se encontró cara a cara con el mismo Norte. Marcaron el campo en que lucharían, colocando en cada extremo un cuchillo en el suelo. Y aunque Kamuk era mejor luchador que Kreikut, éste recordó a la bella Waukelnama y sus fuerzas aumentaron hasta que logró mandar a su enemigo más allá de la señal. Todos los hombres de Sur se alegraron y bailaron con entusiasmo.

Pero la muchacha seguía bien vigilada en su choza de cueros de guanaco, que la ocultaban. Sur se dio cuenta de que aquello era una barrera infranqueable y forjó un plan. Con un gran esfuerzo, corrió hasta la morada y la levantó con todo lo que tenía dentro, inclusive a la joven. De inmediato, reunió a toda su gente y se apuró a retomar el camino al Sur. Se imaginaba que Norte no se quedaría quieto, ya fuera porque la venganza era una ley inexcusable para un fueguino. Anduvieron a toda la velocidad que les fue posible, hasta que llegaron a un río muy ancho, que no se podía vadear. Pero Kreikut usó los poderes de su hechicero y se encontraron del otro lado. Alentaba a sus hombres describiéndoles el furor de Kamuk. También organizó las fuerzas con que contaba, mandando vientos y lluvias, que se pusieron en el camino del Norte. Cuando Kreikut supo que Kamuk seguía avanzando, desató un temporal aún más terrible, pero Kamuk no se detuvo.

Por lo contrario, el Sur tuvo que descansar, pues todos sus hombres estaban agotados, y el Norte hizo otro tanto. Kamuk había llegado a las montañas y éstas se pusieron tan resbaladizas que era imposible avanzar. Cuando cayeron rodando, se encontraron en medio de la gente enemiga. Pero éstos también resbalaron y los dos grupos quedaron separados, porque algunos de los sureños habían llegado a la cima, pero los de Kreikut se encontraban muy lastimados y debilitados.

Aunque estaba seguro de que llegarían a su tierra, Kreikut mandó un mensajero a Taremkelas, su anciano padre, para que le hiciera saber todas las novedades. Le tenía que explicar que preparara todo para un gran combate con los del Norte y también para recibir a su nuera, la más bella de las fueguinas. Como Taremkelas era un hombre muy sabio, ya lo había previsto y los que habían quedado en el Sur se organizaron para resistir cualquier ataque.

Mientras tanto, Kreikut usaba todas sus artimañas para detener a la gente de Kamuk. Éstos estaban débiles por el agotamiento y buscaban afanosamente guanacos para cazar. Vieron algunos a la distancia, se acercaron lo necesario y los atacaron con sus flechas. Cuando los derribaron, corrieron hacia ellos y se llevaron un gran chasco, porque eran sólo bultos que habían armado los del Sur, que miraban desde lo alto de la montaña y se reían.

En esos momentos, llegó allí un temporal que había sido mandado por Taremkelas. Como en realidad Nieve residía en el Sur, era fácil tener su ayuda y Norte quedó muy confundido, porque aquello era peor que todo lo que había conocido. Además, los asustaban los fuertes chillidos de Lechuza, que no los dejaba dormir. Sus hombres se desanimaron y no quisieron seguir. De ese modo, vencidos por el clima del Sur, la gente de Kamuk comenzó a regresar hacia el Norte. Avergonzado y apenado por su hija. Kamuk tuvo que seguirlos. Hasta hoy, el Sur manda sus tormentas de nieve para castigar al Norte por no haber querido ceder a la amada Waukelnama sin pelea.

Formaron su hogar con mucha felicidad, porque ella amó a Kreikut desde el principio. Sin embargo, Norte no se quedó satisfecho y, de vez en cuando, como Lluvia vive con él, va a incomodar la vida de los que jamás ha perdonado.