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martes, 15 de noviembre de 2016

La tortuga gigante - Horacio Quiroga

Hoy traigo un cuento del libro "Cuentos de la Selva" de Horacio Quiroga. Hoy, la idea de un zoológico es muy cuestionada pero no era así años atrás. Pero no nos enfoquemos en ello sino en la historia y lo sutil tras ella.


LA TORTUGA GIGANTE 


HABÍA una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. El no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: 

-Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. 

Vivía solo en el bosque, y el mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. 

Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allí hay mates tan grandes como una lata de querosene. 

El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que el solo podría servir de alfombra para un cuarto. 

-Ahora -se dijo el hombre- voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. 

Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. 

A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. 

La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. 

El hombre la curaba todos los días y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo. 

Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. 

-Voy a morir -dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me de agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. 

Y al poco rato la fiebre subió aún más, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: 

-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora. 

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. 

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: 

-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. 

Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: 

-Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. 

La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se detenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco. 

Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. 

A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua! ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. 

Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: 

-Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte. 

Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. 

Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada. 

Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo que era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. 

Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad -posiblemente el ratoncito Pérez - encontró a los dos viajeros moribundos. 

- ¡Qué tortuga! -dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, que es? ¿Es leña? 
-No -le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre. 
-¿Y dónde vas con ese hombre? -añadió el curioso ratón. 
-Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires -respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía-. Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré... 
-¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allí es Buenos Aires. 

Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. 

Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. 

El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, como había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. 

Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen pasea por todo el Jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos. 

El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.

domingo, 30 de octubre de 2016

La del Once "Jota" - Elsa Bornemann

Hoy se festeja Halloween en algunos países. En el mío no es así aunque los últimos cuatro o cinco años se viene "metiendo" esta festividad de a poco. Es entendible desde el punto de vista comercial.
Halloween se asocia a las historias de terror, por ello elegí un cuento infantil de Elsa Bornemann del libro "Socorro"
(Por cierto, el jueguito de google es muy genial)



LA DEL ONCE "JOTA

Cuesta creer que una abuela no ame a sus nietos pero existió la viuda de R., mujer perversa, bruja siglo veinte que sólo se alegraba cuando hacía daño. La viuda de R. nunca había querido a ninguno de los tres hijos de su única hija. Y mucho menos los quiso cuando a los pobrecitos les tocó en desgracia ir a vivir con ella, después del accidente que los dejó huérfanos y sin ningún otro pariente en océanos a la redonda.

Durante los años que vivieron con ella, la viuda de R. trató a los chicos como si no lo hubieran sido. ¡Ah... si los había mortificado! Castigos y humillaciones a granel. Sobre todo, a Lilibeth —la más pequeña de los hermanos— acaso porque era tan dulce y bonita, idéntica a la mamá muerta, a quien la viuda de R. tampoco había querido —por su puesto— porque por algo era perversa, ¿no?

Luis y Leandro no lo habían pasado mejor con su abuela pero —al menos— sus caritas los habían salvado de padecer una que otra crueldad: no se parecían a la de Lilibeth y —por lo tanto— a la vieja no se le habían transformado en odiados retratos de carne y huesos.

El caso fue que tanto sufrimiento soportaron los tres hermanos por culpa de la abuela que —no bien crecieron y pudieron trabajar— alquilaron un departamento chiquito y allí se fueron a vivir juntos.

Pasaron algunos años más.

Luis y Leandro se casaron y así fue como Lilibeth se quedó sólita en aquel 11 "J", contrafrente, dos ambientes, teléfono, cocina y baño completos, más balconcito a pulmón de manzana.

Lili era vendedora en una tienda y —a partir del atardecer— estudiaba en una escuela nocturna. 

Un viernes a la medianoche —no bien acababa de caer rendida en su cama— se despertó sobresaltada. Una pesadilla que no lograba recordar, acaso.

Lo cierto fue que la muchacha empezó a sentir que algo le aspiraba las fuerzas, el aire, la vida. Esa sensación le duró alrededor de cinco minutos inacabables.

Cuando concluyó, Lilibeth oyó —fugazmente— la voz de la abuela. Y la voz aullaba desde lejos—.

—Liiilibeeeth... Pronto nos veremos... Liiilibeeeth... Liiiiiii... Liiiii... Ag.

La jovencita encendió el velador, la radio y abandonó el lecho, indudablemente, una ducha tibia y un tazón de leche iban a hacerle muy bien, después de esos momentos de angustia.

Y así fue.

Pero a la mañana siguiente— lo que ella había supuesto una pesadilla más comenzó a prolongarse, aunque ni la misma Lili pudiera sospecharlo todavía. Las voces de Luis y Leandro —a través del teléfono— le anunciaron:

—Esta madrugada falleció la abuela... Nos avisó el encargado de su edificio... sí... te entendemos... Nosotros tampoco, Lili... pero... claro... alguien tiene que hacerse cargo de... Quedáte tranquila, nena... Después te vamos a ver... Sí... Bien... Besos, querida.

Luis y Leandro visitaron el 11 "J" la noche del domingo. Lilibeth los aguardaba ansiosa.

Si bien ninguno de los tres podía sentir dolor por la muerte de la malvada abuela, una emoción rara —mezcla de pena e inquietud a la par— unía a los hermanos con la misma potencia del amor que se profesaban.

—Si estás de acuerdo, nena, Leandro y yo nos vamos a ocupar de vender los muebles y las demás cosas, ¿eh? Ah, pensamos que no te vendrían mal algunos artefactos. Esta semana te los vamos a traer. La abuela se había comprado tv-color, licuadora, heladera, lustradora y lavarropas ultra modernos, ¿qué te parece? 

Lilibeth los escuchaba como atontada. Y como atontada recibió —el sábado siguiente— los cinco aparatos domésticos que habían pertenecido a la viuda de R., que en paz descanse. Su herencia visible y tangible. (La otra, Lili acababa de recibirla también, aunque... ¿cómo podía darse cuenta?... ¿quién
hubiera sido capaz de darse cuenta?)

Más de dos meses transcurrieron en los almanaques hasta que la jovencita se decidió a usar esos artefactos que se promocionaban en múltiples propagandas, tan novedosos y sofisticados eran. Un día, superó la desagradable impresión que le causaban al recordarle a la desamorada abuela y —finalmente— empezó con la licuadora. Aquella mañana de domingo, tanto Lilibeth como su gato se hartaron de bananas con leche.

A partir de entonces comenzó a usar —también— la lustradora... enchufó la lujosa heladera con freezer... hizo instalar el televisor con control remoto y puso en marcha el enorme lavarropas. Este aparato era verdaderamente enorme: la chica tuvo que acumular varios kilos de ropa sucia para poder utilizarlo. ¿Para qué habría comprado la abuela semejante armatoste, solitaria como habitaba su casa?

A lo largo de algunos días, Lilibeth se fue acos tumbrando a manejar todos los electrodomésticos heredados, tal como si hubieran sido suyos desde siempre.

El que más le atraía el televisor color, claro. Apenas regresaba al departamento —después de su jornada de trabajo y estudio— lo encendía y miraba programas de trasnoche. Habitualmente, se quedaba dormida sin ver los finales. Era entonces el molesto zumbido de las horas sin transmisión el que hacía las veces de despertador a destiempo. En más de una ocasión, Lili se despertaba antes del amanecer a causa del "schschsch" que emitía el televisor, encendido al divino botón.

Una de esas veces —cerca de la madrugada de un sábado como otros— la jovencita tanteó el cubrecama —medio dormida— tratando de ubicar la cajita del control remoto que le permitía apagar la televisión sin tener que levantarse.

Al no encontrarlo, se despabiló a medias. La luz platinosa que proyectaba el aparato más su chirriante sonido terminaron por despertarla totalmente.

Entonces la vio y un estremecimiento le recorrió el cuerpo: la imagen del rostro de la abuela le sonreía —sin sus dientes— desde la pantalla. Aparecía y desaparecía en una serie de flashes que se apagaron —de pronto tal como el televisor, sin que Lilibeth hubiera —siquiera— rozado el control remoto. A partir de aquel sábado, el espanto se instaló en el 11 "J" como un huésped favorito.

La pobre chica no se animaba a contarle a nadie lo que le estaba ocurriendo.

—¿Me estaré volviendo loca? —se preguntaba, aterrorizada. Le costaba convencerse de que todos y cada uno de los sucesos que le tocaba padecer estaban formando parte de su realidad cotidiana.

Para aliviar un poquito su callado pánico, Lilibeth decidió anotar en un cuaderno esos hechos que solamente ella conocía, tal como se habían desarrollado desde un principio.

Y anotó —entonces— entre muchas otras cosas que...

"La lustradora no me obedece; es inútil que intente guiarla sobre los pisos en la dirección que deseo... (...) El aparato pone en acción "sus propios planes", moviéndose hacia donde se le antoja... (...) Antes de ayer, la licuadora se puso en marcha "por su cuenta", mientras que yo colocaba en el vaso unos trozos de zanahoria. Resultado: dos dedos heridos. (...) La heladera me depara horrendas sorpresas (...) Encuentro largos pelos canosos enrollados en los alimentos, aunque lo peor fue abrir el freezer y hallar una dentadura postiza. La arrojé por el incinerador... (...) La desdentada imagen de la abuela continúa apareciendo y desapareciendo —de pronto— en la pantalla del televisor durante las funciones de trasnoche... (...) Mi gato Zambri parece percibir todo (...) se desplaza por el departamento casi siempre erizado (...) Fija su mirada redondita aquí y allá, como si lograra ver algo que yo no. (...) El único artefacto que funciona normalmente es el lavarropas... (...) Voy a deshacerme de todos los demás malditos aparatos, a venderlos, a regalarlos mañana mismo... (...) Durante esta siesta dominguera, mientras me dispongo a lavar una montaña de ropa..."

(AQUÍ CONCLUYEN LAS ANOTACIONES DE LILIBETH. ABRUPTAMENTE, y UN TRAZO DE BOLÍGRAFO AZUL SALE COMO UNA SERPENTINA DESDE EL FINAL DE ESA "A" HASTA LLEGAR AL EXTREMO INFERIOR DE LA HOJA.)

Tras un día y medio sin noticias de Lili, los hermanos se preocuparon mucho y se dirigieron a su departamento.

Era el mediodía del martes siguiente a esa "siesta dominguera".

Apenas arribados, Luis y Leandro se sobresaltaron: algunas vecinas cuchicheaban en el corredor general, otra golpeaba a la puerta del 11 "J", mientras que el portero pasaba el trapo de piso una y otra vez.

—No sabemos qué está pasando adentro. La señorita no atiende el teléfono, no responde al timbre ni a los gritos de llamado... Desde ayer que... Agua jabonosa seguía fluyendo por debajo de la puerta hacia el corredor general, como un río casero.

Dieron parte a la policía. Forzaron la puerta, que estaba bien cerrada desde adentro y con su correspondiente traba. Luis y Leandro llamaron a Lili con desesperación. La buscaron con desespera ción. Y —con desesperación— comprobaron que la muchacha no estaba allí.

El televisor en funcionamiento —pero extrañamente sin transmisión a pesar de la hora— enervaba con su zumbido.

En la cocina, "la montaña" de ropa sucia junto al lavarropas, en marcha y con la tapa levantada.

Medio enroscado a la paleta del tambor giratorio y medio colgando hacia afuera, un camisón de Lilibeth; única prenda que encontraron allí, además de una pantufla casi deshecha en el fondo del tambor. El agua jabonosa seguía derramándose y empapando los pisos. 

Más tarde, Luis ubicó a Zambri, detrás de un cajón de soda y semioculto por una pila de diarios viejos. El animal estaba como petrificado y con la mirada fija en un invisible punto de horror del que nadie logró despegarlo todavía. (Se lo llevó Leandro.)

El gato, único testigo.

Pero los gatos no hablan. Y a la policía, las anotaciones del cuaderno de Lilibeth le parecieron las memorias de una loca que "vaya a saberse cómo se las ingenió para desaparecer sin dejar rastros"... "una loca suelta más"... "La loca del 11 Jota"... como la apodaron sus vecinos, cuando la revista para la que yo trabajo me envió a hacer esta nota.

sábado, 21 de mayo de 2016

La casa viva - Elsa Bornemann

Hace unos años compartí "Manos" un cuento del libro "Socorro" de Elsa Bornemann que me gustaba mucho cuando era chica. Hoy, otro cuento del mismo libro.






LA CASA VIVA


Al comenzar éste —su cuento— la familia Alcobre estaba cenando en el comedor de su confortable piso ciudadano.

Era una familia "tipo": padres y dos hijos. Juan —el padre— y Claudia —la madre— componían un matrimonio joven. En cuanto a los hijos, Marvin tenía catorce y Greta doce cuando sucedió la historia que los comprende como protagonistas.

Era diciembre o principios de enero, según lo indicaba un árbol de Navidad instalado en un rincón de la sala y a cuyo pie se encontraba un bello pesebre de cerámica, producto de las manos de Greta. Ella era una apasionada por esa artesanía.

Todos estaban alegres durante aquella comida, acababan de comprar una casa de vacaciones. Su conversación giraba —entonces— en torno de esa importante adquisición:

JUAN: —Está ubicada sobre la que va a ser la avenida costanera de "La Resolana" dentro de unos años. Más cerquita del agua, imposible; como ustedes querían.

CLAUDIA: —Es una casa preciosa y está puesta a nuevo. Todavía no me explico cómo tuvimos la suerte de conseguirla por la mitad de lo que —en realidad— vale.

GRETA: —Humm, ya me imagino... Seguro que papi empezó a pedir descuento y descuento, como hace cada vez que le toca comprar algo...

MARVIN: —...y terminó mareando a los de la inmobiliaria, que se olvidaron algunos ceros en la cifra de venta.

CLAUDIA: —Nada de eso. El precio que pagamos por la casa es — exactamente— el que la inmobiliaria fijó. Bien barato, sí, aunque cueste creerse.

JUAN: —Lo que pasa es que en esta época... la situación económica del país... Entonces, con tal de vender...

GRETA: —¿Cuándo viajamos a "La Resolana"? ¡No doy más de ganas de conocer nuestra casa del mar!

MARVIN: —El viernes, nena, ¿no lo oíste?

CLAUDIA: —No bien tu padre y yo salgamos del trabajo. Alrededor de las ocho los pasamos a buscar.

JUAN: —Mejor a las nueve. Quiero hacer revisar los frenos y cargar nafta.

GRETA: —Marvin y yo vamos a tener todo listo para el viaje.

MARVIN: —La torneta y tu cargamento de arcilla, sin dudas...

GRETA: —¿Y qué? Por lo menos, voy a aprovechar las vacaciones para hacer algo más que nada como uno que yo conozco.

El esperado viernes de la partida llegó al fin y los Alcobre salieron en su auto rumbo a "Villa La Resolana". Con la ansiedad que tenían por estrenar la casa nueva, los trescientos veinte kilómetros que los separaban de ese solitario paraje marítimo se les antojaron mil; sobre todo, a los chicos.

Arribaron al amanecer.

La casa de vacaciones era —verdaderamente— hermosa, tal como los padres habían dicho. Amplia, totalmente refaccionada, luminosa. Amueblada con exquisito gusto. Decorada con calidez. Parecía recién hecha. Sin embargo, su construcción databa de principios de siglo.

Greta eligió para sí una de las cuatro habitaciones de la planta alta, la única que se abría a un espacioso balcón-terraza con vista al mar.

—¡Qué viva! —opinó Marvin.

Ese fin de semana, los cuatro Alcobre lo dedicaron a acomodar todo lo que habían llevado y a darse unos saludables baños de mar en la playita que parecía una prolongación de la casa, tan cerca de ella se extendía. Tan cerca, que habría podido considerársela una playa privada.

Además, alejado como estaba el edificio de los otros de la zona, a los Alcobre se les figuraba que toda la “Villa La Resolana” formaba parte de su patrimonio. ¡Qué paraíso!

Los padres partieron de regreso a la ciudad el domingo a la noche. Aún les restaba una semana de trabajo para iniciar las vacaciones. Partieron con mil recomendaciones para los chicos, como era de prever.

Sobre todo, que no se apartaran demasiado de las orillas al ir a bañarse en el mar, que no salieran de la casa después de las nueve de la noche, que se arreglaran para las comidas y bebidas con la abundante provisión que les dejaban en la heladera y en el freezer —así no debían ir al centro del pueblo mientras permanecían solos, aunque no quedaba tan lejos de allí y —por cualquier cosa— los llamaran por teléfono.

—Es telediscado. Ya lo probé para telefonear a los abuelos y los tíos y funciona perfectamente —les comentó la madre—. Ah, y papi acaba de conectar el contestador automático que trajimos de su estudio para usarlo acá durante estos días. Así, nos quedamos tranquilos si nosotros necesitamos comunicarles algo con urgencia y ustedes están en la playa. Tienen que escucharlo todos los días, ¿eh?

—Ay, mamá, cuanto lío por cuatro días locos... —protestó Marvin.

—¿Algún otro consejito? —ironizó Greta.

Sin embargo, excitados por lo que encaraban como su primera aventura "de grandes", tomaron las recomendaciones de buen humor y prometieron a todo que sí. Antes de despedirse de los padres, los sorprendieron —gratamente— colocando al frente del edificio un cartel hecho en cerámica por Greta y primorosamente pintado por Marvin. Decía: "LA CASA VIVA".

Si bien los chicos explicaron que se les había ocurrido bautizarla de ese modo porque les parecía que formaban parte de ella desde siempre, que en ese paraíso particular se sentían tan cobijados y cómodos como en el departamento del centro, lejos estaban de suponer que habían acertado con el nombre justo.

Ya era cerca de la madrugada cuando Greta y Marvin decidieron ir a dormir. Habían estado jugando a los dados en la sala de la planta baja.

Mientras subían la escalera de madera que los conducía a sus habitaciones, Marvin resbaló. Si no hubiera sido porque Greta logró atajarlo —ya que se encontraba dos escalones más abajo— buen porrazo se hubiese dado al rodar desde allí arriba.

—¡Qué raro! —comentaban más tarde, al observar la vieja gorra marinera que había ocasionado el resbalón—. No es de papá. ¿Cómo no la vimos antes? ¿Quién la habrá dejado en ese peldaño?

La gorra era una de esas que formaban parte de los trajes marineros que solían usar los varones a principios de siglo. ¡Qué raro!

Más tarde, ya en su cuarto y en su cama, Greta sintió blandas pisadas que recorrían su balcón-terraza.

—Sugestionada. Eso es. Estoy totalmente sugestionada por el asunto de la gorra — pensó.

Encendió el velador y se levantó con decisión, haciéndose la valiente como cada vez que algo le producía temor. Prendió el farol de la terraza y —de un tirón de la correspondiente soguita— corrió los cortinados del ventanal. No había nadie allí. Salvo la mesa y las dos mecedoras de mimbre, nadie ni nada. Dejó la luz encendida —para calmarse— y volvió a su cama.

No vio entonces —por suerte— que una de las mecedoras empezaba a balancearse lentamente, como si alguien invisible la hubiera ocupado y mirara hacia adentro. La mecedora siguió balanceándose hasta el amanecer.

Greta aún dormía cuando unas huellas de pies descalzos —y no mucho más grandes que las suyas— fueron formándose en la arena, desde la parte inferior de la casa —justo debajo de su cuarto—y en dirección al mar. Las últimas se perdieron en las orillas y las olas se las tragaron de inmediato.

Durante la mañana del lunes, los hermanos disfrutaron del mar y de la playa. Marvin estaba entre tenido con su tabla de surf.

Greta tomaba sol sobre una loneta mientras que —de a ratos— leía una novela de amor, ultra romántica, de esas que si se pudieran retorcer como una toalla empapada, seguro que chorrearía almíbar. De pronto, el calor la venció y se quedó dormida. No habría pasado un cuarto de hora, cuando la despertó una caricia húmeda sobre una mejilla.

Sin abrir los ojos, protestó:

—Ufa, Marvin; no molestes.

La caricia recorría ahora su espalda, era un dedo índice marcando suavemente el contorno de su columna vertebral. Sintió un cosquilleo.

Ahí sí que abrió los ojos, enojada:

—¿Será posible que no puedas dejarme en paz?

¡Qué sorpresa! A Marvin podía contemplárselo en el mar, aún jugando con su tabla. Y debía de ser el reflejo del sol el que le hizo ver a Greta algo así como la delicadísima forma de una mano de muchacho, flotando un instante a su alrededor para —en seguida— desvanecerse en el aire en dirección al mar. La chica se inquietó.

—¡Marvin! —gritó entonces—. ¡Ya estoy achicharrada! ¡Vuelvo a la casa! ¡El sol me está haciendo ver visiones!

¿Dónde estaba Marvin? Un segundo antes, ahí, frente a ella.

—¡Marvin! ¡Marvin! —volvió a gritar, entonces, em pezando a asustarse—. —¡Maarviiin!

Su hermano salió del mar cinco minutos después, con la frente herida y sin la tabla. Greta lo vio corretear hacia ella, sujetándose la cabeza con ambas manos mientras le decía:

—No pasó nada grave. Un pequeño accidente. No sé cómo pero la tabla se me escapó, caí al agua y la maldita volvió contra mi frente con la fuerza de un millón de olas.

Más tarde —ya en la casa— Greta curaba la herida de Marvin.

—¿Te parece que vayamos a una farmacia?, ¿qué llamemos a mamá?

—No, nena, no es nada. En dos o tres días ni cicatriz me va a quedar. Lástima que perdí la tabla...

Ese lunes transcurrió sin que ningún otro episodio desagradable turbara la tranquilidad de los hermanos.

—Todo bien. Todo "al pelo" —le contaba Greta esa noche a sus padres, cuando ellos les telefonearon para saber cómo andaban.

Después de la charla telefónica, comieron y jugaron a las cartas hasta casi el amanecer.

Ambos dormían ya en sus cuartos en el momento en que algo empezó a agitarse por el aire en la habitación de Marvin. Producía un sonido como de hilos de seda que el viento zarandeaba.

El muchacho dormía profundamente. Y nunca se hubiera despertado debido a ese ruidito a no ser porque —de repente— esa especie de madeja de hilos se depositó sobre su cara y se apretó contra ella, comenzando a quitarle el aliento. Al principio, Marvin reaccionó instintivamente, dormido como
estaba. Sus manos intentaban —inútilmente— desprenderse de esa maraña que amenazaba ahogarlo. Recién cuando sintió su boca llena de pelos con sabor a sal, se despertó agitadísimo.

Luchó con fuerza para librarse de aquello que —a la luz del día que ya iluminaba a medias su cuarto— pudo ver que era una cabellera.

Una abundante, ondulada y rubia cabellera que lo abandonó cuando Marvin estaba a punto de destrozarla a manotazos. Como si volara despacio, se movió de aquí para allá por el cuarto y de pronto salió por la ventana entreabierta, en dirección al mar.

Marvin se sentó en su cama. Transpirado y con taquicardia, tardó en reaccionar. La cabeza le hervía, el cuerpo también.

—¡Tengo fiebre! ¡Qué pesadilla, demonios! —y recomponiéndose, fue hasta el botiquín del baño en busca de aspirinas.

—Si sigo así, le voy a hacer caso a Greta y vamos a ir hasta una farmacia para que me revisen la herida. ¿Se me habrá infectado? ¡Flor de pesadilla tuve! 

¡Deliraba!

Y todo ese martes permaneció en el lecho, atendido y mimado por su hermana, a la que no le contó ni una palabra de lo sucedido.

—Con lo miedosa que es, si le cuento mi sueño capaz que quiere volver a la ciudad.

Greta pasó las horas de enfermera improvisada junto a la cama de Marvin y muy entretenida con su modelado de figuritas de arcilla. Hizo varias, pero la que más le gustó fue un florerito con la forma de una bota.

Las pintó a todas y las puso a secar sobre la mesa de mimbre de su balcónterraza. En frente, el bello mar y el constante rugido de las olas. Entre ellas, un constante gemido, inaudible desde la playa.

Cuando los padres les telefonearon —cerca de la hora de cenar— el informe de los chicos fue el mismo que el del día anterior:

—Todo bien. Todo "al pelo".

El miércoles a la mañana —bien tempranito y después de comprobar que Marvin dormía plácidamente— Greta bajó a caminar por la playa. Volvió para la hora de desayunar; quería despertar a su hermano con una apetitosa bandeja repleta de tostadas y dulce de leche.

Cuando intentó abrir la puerta de entrada a la casa, sintió que alguien resistía del otro lado del picaporte. La puerta —entre que ella empujaba de un lado y alguien, del otro, impidiéndole el acceso— se mantenía apenas entreabierta.

—¡Vamos, Marvin, qué tontería! ¡Espero que abras de una buena vez! 

Nadie le contestó.

Greta espió entonces por el agujero de la cerra dura y pudo ver una tela de lana rayada, como la de las mallas antiguas aunque ella lo ignorara.

—¿Qué broma es esta, Marvin? ¡Que me abras de inmediato, te digo! ¡Dale, bobo!

Greta volvió a empujar. En esta oportunidad, ya nadie resistía del otro lado por lo que entró a la sala casi a los saltos, impulsada por su propia fuerza.

—Y —encima— te escondiste. Sí que estás en la edad del pavo, Marvin, ¿eh? Un leve chasquido —que provenía de uno de los ventanales corredizos— la hizo darse vuelta.

Greta se dirigió —entonces— al ventanal y separó con vigor ambos cortinados. A través de las persianas —como si éstas fueran de aire y no de madera—escapó hacia la playa el reflejo de un muchacho rubio y vestido con malla de otra época. Fue una visión fugaz. Greta soltó un chillido.

Marvin se apareció —de repente— en lo alto de la escalera, casi con la almohada pegada a la cara y protestando:

—¿No se puede dormir en esta casa? ¿Qué significa este escándalo?

Durante el desayuno —que tomaron en la cocina— Greta estuvo muy callada, pensativa. Después, le contó a su hermano el asunto de la puerta y de la silueta transparente. Marvin revisó el picaporte. Aseguró que estaba medio enmohecido y le echó unas gotas de lubricante. En cuanto a la silueta...

—Tanto leer esas novelas de amor inflama los sesos, nena... ¿No ves? Ya estás imaginando que se te apareció un enamorado invisible...

Tal como cuando había bautizado a la vivienda como "la casa viva", nuevamente había acertado en la denominación de los raros fenómenos que se estaban desarrollando allí. Pero tan sin sospecharlo...

El muchacho trató de convencer a su hermana de que allí no pasaba nada extraño, pero lo cierto, era que no podía dejar de pensar que sí aunque —como varón— le costaba reconocer sus propios miedos frente a Greta: "Pérdida de imagen, seguro". Y cuando ella le agradeció la cantidad de caracoles y piedritas con los que había encontrado llena la bota de cerámica, Marvin le mintió y admitió haber sido él quien había juntado esos regalitos.

Pero la verdad era que no.

¿Quién, entonces?

Después del almorzar y dormir una breve siesta, los hermanos decidieron bajar a la playa a juntar almejas.

—Cuando vengan papi y mami vamos a recibirlos con un festín.

Y allá fueron los dos, con baldes y palas y estuvieron recogiendo los bichos hasta el atardecer. Cuando regresaron a la casa, encontraron las paredes muy sudadas, como si fueran organismos vivos que habían soportado —estoicamente— los treinta y pico de grados de temperatura que había hecho esa tarde.

En el sofá de la sala, la presión sobre los almohadones indicaba que alguien había estado descansando allí. En los peldaños de la escalera, huellas que iban hacia la planta alta. Para los tres hechos los hermanos hallaron explicaciones más o menos lógicas. Ninguno de los dos quería confesar que empezaba a sentir verdadero miedo, mucho miedo.

Aquella fue una noche de luna llena. Todo el paisaje marino parecía detenido en la inmovilidad de una tarjeta postal.

Después de hablar por teléfono con sus padres, Greta y Marvin salieron a caminar un poco por su playita "particular"... Estaban alegres tras la conversación. ¿Un "poco" caminaron? ¡Poquísimo! Por que —ahora— ambos iban juntos y ambos pudieron oir cómo eran seguidos por unas pisadas, dos o tres metros a sus espaldas. Sin embargo, por allí no caminaba otra persona que los hermanos.

Las pisadas habían partido cerca de la casa y llegaban hasta casi las orillas, hasta el mismo lugar donde Greta y Marvin sintieron pavor y regresaron —a la carrera— de vuelta adentro.

Como la noche había sido tan serena, pudieron observar —a la mañana siguiente— las marcas en la arena de sus propias huellas más otras, ésas que los habían seguido y que —ahora, a la luz del sol— miraban cómo se perdían en el mar.

—Llamemos a mami. Quiero que ellos vengan antes, que adelanten el viaje... o nos vamos nosotros, Marvin —le rogaba Greta a su hermano—. Tengo miedo; estoy muerta de miedo.

—Los vamos a preocupar mucho. Y —además—¿qué les decimos? ¿que estamos asustados por un fantasma? Si el sábado a la madrugada ya van a llegar... Dale, nena, confianza en mí. No seré Super hombre pero conmigo no va a poder un vulgar fantasmita... Después de todo, estamos bien, ¿o no?

Semi convencida, Greta dijo que sí —durante el resto de ese día— se quedaron a comer en la playa, provistos como habían ido con una canasta de alimentos, sombrilla, reposeras, revistas, paletas y la infaltable novela de amor de Greta. Pasaron un día "bárbaro", como decían ellos. La inquietud de las horas pasadas parecía haber quedado definitivamente atrás.

Pero no.

Cuando regresaron a la casa —alrededor de las ocho de la noche— Marvin subió a darse un baño. Estaba convertido en una "milanesa humana", después del juego de enterrarse en la arena hasta el cuello.

Greta sacudía las lonas ——antes de entrar— cuando alcanzó a oír el piiiiip del contestador telefónico, anunciando que acabada de grabarse un llamado. Corrió hacia el aparato.

—Llamado de mami, seguro —pensó.

Puso en funcionamiento el rebobinador de la casete de grabación y se dispuso a escuchar el mensaje. Lo que escuchó le sacudió el corazón. Era la voz de un jovencito —sin dudas— que se expresaba medio como pegando cada palabra con la siguiente; tal como si hiciera un esfuerzo sobrehumano para hablar y que decía:

—EestoooyenamoraaadodeGreeta. AamoooaGreetaa. QuieeroqueedarmesooloconGreetaa.

Estas tres oraciones —estiradas como goma de mascar— eran repetidas hasta que concluía el tiempo de grabación con un largo suspiro entrecortado. La chica corrió escaleras arriba. Se oía la ducha y el canturreo de Marvin. Ya iba a llamarlo —angustiada— cuando vio que el teléfono del cuarto de su hermano estaba descolgado.

—Ajá. Conque fue él. Qué broma siniestra me hizo el condenado. Ya me las va a pagar.

Entró en el cuarto de Marvin —de puntillas, y colgó el auricular. 

—Ahora va a venir aquí a vestirse. Buen susto le voy a dar. Y Greta decidió ocultarse debajo de la cama. Ya llegaría Marvin, ya buscaría sus zapatillas... y entonces... —¡zápate!— ella le tomaría las manos. Creyendo —como él creería— que su hermana se encontraba en la planta baja...

¡Ja!

Va a ver, ése. Se le van a erizar los pelos...

Greta levantó —entonces— la colcha. Se arrodilló junto a la cama. Empezaba a acostarse sobre el parquet cuando vio —junto a las zapatillas de su hermano— aquellos pies descalzos, separados de todo cuerpo. Un par de pies de varón que salieron disparando de la habitación, como al impulso de los gritos de la jovencita.

Y el par de pies se encaminó hacia las escaleras y las descendió a todo lo que daban.

Greta continuaba gritando, aterrorizada.

El canturreo de Marvin se interrumpió. Enseguida, un ruido en el baño — de caño que cae— y un golpe contra el piso.

Greta chillaba; gritaba y seguía allí, acostada sobre el parquet, paralizada y gritando.

Pronto, estuvo Marvin a su lado. Venía rengueando. Le sangraba una rodilla.

—¡Casi me mato! ¿Qué te pasa? Al oír tus gritos corrí la cortina de la ducha y se me vino abajo, con caño y todo. Menos mal que resbalé contra el bidet.

Más tarde, Greta le contó lo ocurrido. Aún lloraba.

Marvin se vendaba la rodilla, mientras intentaba calmarla y defenderse de la acusación de haber grabado un mensaje. 

Del asunto de los pies, mejor no hablar. No sabía qué decir y el sólo imaginar el episodio le producía escalofríos.

Cuando trataron de escuchar nuevamente el mensaje, no lo ubicaron. Se había borrado.

—Te juro que yo lo oí —sollozaba Greta—. Y también vi esos pies debajo de tu cama.

—Está bien. Hoy vamos a dormir juntos, ¿eh?

Al rato, trasladaron la cama de Marvin al cuarto de Greta, que era más amplio. Cerraron cuidadosamente todos los ventanales —persianas bien bajas incluidas— y dejaron encendidas las luces de la casa.

A las cuatro de la madrugada del viernes, unos timbrazos insistentes. Los dos se despabilaron enseguida, sobresalta dos como habían pasado aquellas horas sin poder dormir en paz.

Los timbrazos continuaban.

Ahora —también— golpes dados contra la puerta principal y contra las persianas de la planta baja.

¿Quién sería?

Muertos de miedo, los hermanos decidieron bajar.

—¿Quien es? —preguntaron a dúo.

Las voces de sus padres casi les provocan un desmayo de felicidad. Se abalanzaron a la puerta. Quitaron todas las trabas y—finalmente— la abrieron. Al rato, los cuatro estaban instalados en la sala, tomando un reconfortante chocolate los chicos y unas copitas de cognac Juan y Claudia, nerviosos como habían viajado.

—Adelantamos el viaje porque durante todo el día de ayer, el teléfono de aquí daba ocupado. Pedimos reparación pero —igual— no pudimos tranquilizarnos. ¡Ay, Dios!, qué susto nos llevamos al encontrar la casa como clausurada, aunque se notaba que estaban encendidas las luces. ¿Qué les pasó?

¿Contarles todo?

Después de una ligera guiñada cómplice, Greta y Marvin resolvieron que no, aliviados como se sentían en compañía de sus padres y empezando a sospechar que lo aparentemente sucedido no era otra cosa que producto de su imaginación. También, había sido la primera vez de prueba de estar solos tanto tiempo. Y tan lejos.

Únicamente les dijeron que habían oído ruidos extraños... y que por las dudas... por si algún ladrón...

—¡Mañana salimos con los kajaks! —anunció el padre— Ahora, ¡a descansar todo el mundo!

Greta fue al baño. Iba a apagar la luz para regresar a su habitación cuando el rostro de un muchacho rubio —de abundante cabellera ondulada— se le apareció fugazmente en el espejo, por detrás del suyo. La visión duró una fracción de segundo. El tiempo justo como para que la niña lograra ahogar un grito y correr a su cama. Indudablemente, las alucinaciones no habían terminado. 

—Mañana le voy a contar todo a mami. Si guardo en secreto todas estas fantasías voy a acabar viendo extraterrestres —pensó. 

Pero —por esta vez— les pidió a sus padres que le permitieran descansar con ellos, como cuando era chiquita. Un rato después, los cuatro Alcobre dormían.

Primero fue un chasquido proveniente de la cocina y que nadie oyó.

Enseguida, otro, más fuerte que el anterior: algo se estaba resquebrajando. De inmediato, un ruido como de cristales que se parten contra el piso.

Entonces sí que los cuatro se despertaron.

Se apuraron en llegar a la cocina. Todos los azulejos de una de las paredes se estaban despegando como figuritas de papel, separándose varios centímetros del cemento antes de estrellarse contra las baldosas del suelo.

En pocos instantes, esa pared quedó casi desnuda.

Los chicos se asustaron mucho —por supuesto—pero el padre opinó que se trataba de un mal pegamento... y que la dilatación de los materiales... y que ya le iba a reclamar al arquitecto que se había encargado de las refacciones.

La madre puso en marcha el ventilador de techo, para refrescar el ambiente cálido de la cocina cerrada y los invitó a otra vuelta de chocolate, mientras le ofrecía un licorcito helado a su marido.

Una pausa amable antes de regresar a la cama, después de aquel disgusto.

Así —pues— los cuatro se sentaron en torno a la mesa redonda, instalada debajo del ventilador. Charlaban acerca de lo acontecido, sin darle mayor importancia.

Un crac, seguido de otro y de otro más, les hizo elevar las miradas hacia el techo. Varias grietas se comenzaban a dibujar allí, exactamente alrededor de la parte central del ventilador que giraba normalmente.

El último crac fue la alarma de que el artefacto amenazaba desprenderse.

—¡Levántense! ¡Salgan de acá, rápido! —gritó el padre, mientras él también abandonaba su puesto a la mesa.

Los cuatro consiguieron salir de la cocina con la celeridad necesaria como para salvarse de lo que podía haber sido una catástrofe: el ventilador de techo se desprendió —girando enloquecido— y —girando aún— se desplomó sobre la mesa. Instintivamente, la madre se llevó las manos al cuello. Los demás la imitaron y tragaron saliva.

—¡Indemnización! ¡Eso es! ¡Indemnización por daños y perjuicios, eso es lo que le voy a pedir al incompetente de ese arquitecto! ¿A quién hizo instalar las cosas? ¡Podríamos haber sido degollados! ¡Es como para denunciarlo a ese inútil! —así protestaba el padre, furibundo, una vez que el nuevo accidente había pasado sin otra consecuencia que el gran susto.

—¡Mañana a la tarde lo voy a ir a buscar a su estudio de "La Resolana" y si no está, sus empleados van a hacerse responsables! ¡Qué se cree ése! ¡Cualquiera de nosotros podría haber caído degollado!

—Calma, Juan. El estudio no abre hasta mañana a las seis de la tarde. Hasta entonces, calma, por favor, ¿eh?.

Claudia trataba de serenar a su marido. A la media hora, los cuatro se retiraron a dormir siquiera un rato. ¡Qué mañana radiante la de aquel viernes! Totalmente propicia como para tranquilizar los ánimos más alterados. ¿Y el mar? Con el oleaje ideal para salir a dar vueltas con los dos kajaks.

—¡Primero yo con papi! —exclamó Greta, mientras se apresuraba a calzarse el salvavidas.

—¡Qué viva!, ¿eh? se quejó Marvin.

El padre no los dejaba salir solos. La mamá, ni soñar con que iba a encerrar medio cuerpo en esa canoa tipo esquimal y a luchar contra las olas con la única asistencia de un remo.

Así fue como Greta y su padre se lanzaron al mar, cada uno en su correspondiente kajak. Marvin decidió nadar un rato. La madre se embadurnó con bronceador y se reclinó en una reposera, de cara al sol. De tanto en tanto, controlaba que sus tres de portistas anduvieran por allí, con una mirada atenta.

Ya bastante alejados de la costa pero no tanto como para que pudiera considerarse una imprudencia, Greta y su papá disfrutaban del paseo, sobre una zona sin oleaje. Iban en fila india, a veinticinco o treinta metros de separación uno del otro.

De repente, Greta vio unos brazos que salían del agua y que se aferraban a su kajak, como si quisieran ponerlo del revés.

—¡Papi! —gritó espantada.

Los brazos que subían del mar se esforzaron y —pronto— la cabeza y del torso de un muchacho estuvieron junto a los de la niña.

La cara, hinchada, amoratada, de labios violáceos. La cabeza, rubia, de pelo abundante y ondulado. ¡El mismo muchacho que le había parecido ver la noche anterior, reflejado en el espejo del baño!

—¡Papá! ¡Socorro! —volvió a exclamar Greta, una y otra vez, antes de que esos vigorosos brazos juveniles lograran dar vuelta su kajak.

Pronto empezó a sentir que se ahogaba, atrapada como estaba en la pequeña embarcación. Sintió que la besaban. Con desesperación. Y que aquellos brazos la arrastraban hacia las profundidades, rasguñándola en el brutal intento de llevársela consigo.

El padre se deshizo de su kajak y nadó hacia el lugar a donde había visto hundirse a su hija. Logró rescatarla, después de una pelea feroz con quien —en aquellos momentos de horror— le pareció un embravecido animal marino.

Cuando llegó a la costa —con su hija a la rastra— la reanimó. Greta ya abría los ojos y volvía a respirar por sus propios medios. Fue en esos instantes cuando el papá advirtió que su mujer no se encontraba en las inmediaciones.

La reposera, la revista, los anteojos de sol, tirados en la arena. De ella, ninguna otra señal. Volvió a la casa, cargando a Greta en brazos. Nadie estaba allí.
 
Angustiadísimo, tomó el teléfono y llamó a la policía, al servicio de guardavidas de la playa cercana, al puesto sanitario... 

No había concluido aún con sus desesperadas comunicaciones, cuando una ambulancia se detuvo en la puerta de "La casa viva".

De ella bajó Claudia, llorando desconsolada. De ella bajaron una camilla en la que yacía Marvin, inerte. Tres guardavidas y dos enfermeros explicaron:

—No; el chico se ahogó después del golpe. Se ahogó porque el golpe lo desmayó. También, tamaña tabla... El impacto fue terrible... Nosotros lo sacamos con la mayor rapidez posible, pero ya no había nada que hacer... Mire qué tabla sólida, aquí está...

—¡Esa es la tabla de surf de Marvin, la que perdió el otro día! —gritó la hermana, tan sin consuelo como sus padres.

Y los tres se abrazaron y lloraron juntos, hasta casi agotar las lágrimas. Por supuesto, al día siguiente de la tragedia, los Alcobre regresaron a la ciudad.

"La casa viva" fue puesta en venta —de inmediato— y por cuarta parte del precio de lo que —en realidad—valía. Querían deshacerse de ella lo antes posible.

Aún sigue en venta, y eso que transcurrieron cuatro años de aquel desdichado suceso.

Ni siquiera logró alquilarse.

Es probable que los rumores en torno de lo ocurrido a la familia Alcobre hayan circulado con rapidez... También... Seguramente, volverá a quedar abandonada —por Juan y Claudia en esta ocasión— tal como cuando ellos la descubrieron había sido abandonada por los Padilla, por los Caride y por los Ayerza. (Claro que los padres de Greta y Marvin ignoraban ese detalle... de lo contrario...).

Acaso pasen quince o veinte años hasta que el muchacho rubio de pelo ondulado y abundante vuelva a tener otra oportunidad.

¿Otra oportunidad de qué?

De enamorarse.

De que se enamoren de él.

A las inmobiliarias de "Villa La Resolana" les interesa su negocio y — además— a ellos no les consta de que ciertos hechos hayan sucedido tal como se rumorea. Opinan que se trata de desgraciadas casualidades y que la gente suele ser muy impresionable. Por eso, se cuidan mucho de divulgar lo que cuentan algunos de los más viejos lugareños: dicen que esa casa había sido construida —a principios de siglo— por la familia Padilla. A ella pertenecía Gastón, un simpático jovencito de doce o trece años, de pelo rubio, ondulado y abundante,— el mismo que había muerto ahogado ahí nomás —frente a la casa— pocos días después de que la habían estrenado.

Su abuela —la única moradora que quiso permanecer en la residencia hasta su propia muerte, que fue de puro viejita nomás— aseguraba que el fantasma del pobrecito de su nieto preferido vagaba por allí, almita en pena a la que ella no podía dejar sola.

Varios años después, los Caride y —más adelante— los Ayerza — familias que compraron la casa sucesivamente— dijeron —al abandonarla— que en ese sitio sucedían cosas muy raras. Algunos cuentan que tanto los Caride como los Ayerza habían estado a punto de perder una de sus hijas menores —ahogadas en el mar mientras pasaban allí sus vacaciones— y que los muchachos de ambas familias —hermanos o novios— sufrieron extraños accidentes, como si el ánima se hubiera sentido celosa de ellos.

Otros —los más imaginativos y soñadores— dicen que ningún fantasma puede descansar en paz si —mientras fue un ser vivo— nunca ha estado enamorado o —lo que es, acaso, más triste— si muere cuando aún nadie se ha enamorado de él.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Cómo el Grinch robó la Navidad - Dr Seuss

Se acerca Navidad y para leer conseguí "How the Grinch Stole Christmas". Lo conseguí en inglés por lo que, al igual que con "Horton escucha un Quién", la traducción es mía. 
Grinch podría traducirse como "el amargado", "el aguafiestas" pero como todos lo conocemos como Grinch, lo dejé tal cual.
Como verán, esta historia también ocurre en el mundo de los Quien, y por ende, en la Villa de los Quién. 
No subo los dibujos del libro porque no quiero violar derechos de autor. Como la traducción es mía, no creo hacerlo con el texto pero con las imágenes mejor no me meto...
Espero lo disfruten! 


Cómo el Grinch robó la Navidad


A cada Quien en la Villa de los Quién le gusta mucho la Navidad... ¡Pero al Grinch, quien vive al norte de la Villa de los Quién NO le gusta!

¡El Grinch odiaba Navidad! ¡Todo lo relacionado a la Navidad! Ahora, por favor, no preguntes por qué. Nadie sabe con certeza la razón. Podría ser que su cabeza no estuviera bien "atornillada". Podría ser, tal vez, que sus zapatos apretaran demasiado. Pero yo pienso que la razón más probable de todas podría haber sido que su corazón era dos veces demasiado pequeño.

Pero, cualquiera fuera la razón, su corazón o sus zapatos, se paró allí en Noche Buena, odiando a los Quienes, mirando fijamente hacia abajo desde su cueva con amargura, con el entrecejo fruncido hacia las cálidamente iluminadas ventanas del pueblo. Porque sabía que cada Quien en la Villa de los Quién estaba ocupado en ese momento en colgar una corona de muérdago. 

"¡Y están colgando sus medias!" gruñó con una mueca. "¡Mañana es Navidad! Ya casi está aquí". Luego, rezongó golpeteando sus amargados dedos nerviosamente. "DEBO encontrar una forma de evitar que la Navidad llegue"

Porque, mañana, el sabía... todos los Quien niñas y niños se despertarían muy de mañana. ¡Correrían hacia sus juguetes! y ¡Entonces! Oh, ¡El ruido! ¡Ruido! ¡Ruido! ¡Ruido! ¡Eso era lo que odiaba! ¡El RUIDO! ¡RUIDO! ¡RUIDO! ¡RUIDO!

Luego los Quienes, jóvenes y viejos, se sentarían ante un banquete. ¡Y festejarían! ¡Y festejarían! ¡Y FESTEJARÍAN!
¡FESTEJARÍAN!
         ¡FESTEJARÍAN!
                  ¡FESTEJARÍAN!  
Festejarían con Quien-budín, y la extraña bestia Quien-asada que era algo que el Grinch, como mínimo, no podía soportar.

¡Y ENTONCES, harían algo que a él le gustaría aún menos! Cada Quien en la Villa de los Quién, el alto y el bajo, se pararía uno bien cerca del otro, con campanillas de Navidad repiqueteando. Se tomarían de las manos. ¡Los Quienes comenzarían a cantar! 

¡Cantarían! ¡Y cantarían! 

¡Y CANTARÍAN! ¡CANTARÍAN! ¡CANTARÍAN! ¡CANTARÍAN!

Y cuanto más pensaba el Grinch en el Quien-canto de Navidad, más pensaba el Grinch "¡Debo terminar con todo esto! ¡Porque ya lo he soportado por cincuenta y tres años! ¡DEBO evitar que llegue Navidad! ... Pero ¿Cómo?"

Entonces tuvo una idea. ¡Una idea horrible! ¡EL GRINCH TUVO UNA MARAVILLOSA, HORRIBLE IDEA!

"Ya sé exactamente cómo hacerlo!" El Grinch rió con la garganta. Y confeccionó rápidamente un sombrero y un abrigo de Santita Claus. Y rió y cloqueó, "¡Qué gran truco amargado! Con este abrigo y este sombrero, me parezco a San Nico. Todo lo que necesito es un reno..."

El Grinch miró a su alrededor. Pero, como los renos eran escasos, no había ninguno para ser encontrado. ¿Detuvo aquello al viejo Grinch...? ¡No! El Grinch simplemente dijo "Si no puedo encontrar un reno, ¡fabricaré uno!" Por lo que llamó a su perro, Max. Luego tomó un hilo rojo y ató un gran cuerno sobre su cabeza. A continuación, cargó algunas bolsas y algunos viejos sacos vacíos en un trineo destartalado y lo amarró al viejo Max. 

Entonces el Grinch dijo "¡Adelante!" y el trineo comenzó a bajar hacia los hogares del pueblo en los cuales los Quienes dormían. Todas las ventanas estaban oscuras. La nieve calma llenaba el aire. Todos los Quienes soñaban dulces sueños sin preocupación.

Llegó a la primera casita de la cuadra. "Esta es la parada número uno", silbó el Claus amargado, y trepó al techo con bolsas vacías en su puño. Luego se deslizó por la chimenea. Un sitio una pizca estrecho. Pero, si Santa puede hacerlo, así puede el Grinch. Se atoró solamente una vez, por uno o dos momentos. Después se atoró la cabeza en la salida de la chimenea donde las pequeñas Quien-medias colgaban en fila. "¡Estas medias" sonrió "son lo primero en irse!"

Luego se deslizó y escabulló por toda la habitación con la sonrisa más desagradable de todas y se llevó cada uno de los presentes. Pistolas de juguetes, bicicletas, patines, tambores, tableros de damas, triciclos, pochoclo y ciruelas. Los metió en bolsas. Ágilmente, el Grinch metió todas las bolsas, una por una, en la chimenea.

Después, se escabulló hacia la heladera. ¡Tomó el banquete de los Quienes! ¡Tomó el Quien-budín!¡Tomó la bestia asada! Vació toda la heladera tan rápido como un rayo. ¡Incluso se llevó la última lata de Quien-cholate!

Metió toda la comida en la chimenea lleno de júbilo. "Y AHORA" gruñó el Grinch "Me ocuparé del árbol"

Y el Grinch tomó el árbol y comenzó a empujarlo cuando escuchó un ruidito como el "cuu" de una paloma. Se dio vuelta rápidamente y vio ¡un Quien diminuto! La pequeña Cindy-Lou Quien, que no tendría más de dos.

El Grinch había sido atrapado por la pequeñita hija de algún Quien que se había levantado de la cama por un vaso de agua fría. Miró al Grinch y dijo "Santita Claus, ¿Por qué?, ¿Por qué te llevas nuestro árbol de Navidad? ¿POR QUÉ?

Pero, sabes, aquel viejo Grinch era tan listo y tan astuto que pensó una mentira y la pensó muy rápido.

"Porque, mi querida nenita", el Santita Claus falso mintió, "Hay una luz en este árbol que no encenderá de un lado. Por eso, lo llevo a mi taller, mi querida. Allí lo arreglaré y luego lo traeré de regreso".

Y esta mentira engañó a la niña. Entonces, le acarició la cabeza, le consiguió la bebida y la envió a la cama. Cuando Cindy-Lou Quien fue a la cama con su vaso, él fue a la chimenea y metió el árbol.

Lo último que tomó fue el tronco para el fuego. Luego subió por la chimenea, el viejo mentiroso. En sus paredes no dejó nada más que ganchos y algunos cables. Y la única partícula de comida que dejó en la casa, fue una miga demasiado pequeña incluso para un ratón.

A continuación, hizo lo mismo en las otras casas de los Quienes y dejó migajas aún más pequeñas para los ratones de los Quienes.

Era un cuarto pasado el amanecer...
         Todos los Quienes estaban aún en la cama,
         Todos los Quienes aún dormían,
Cuando llenó su trineo, ¡lo llenó con sus regalos!¡Sus cintas! ¡Sus envoltorios! ¡Sus etiquetas!¡Y sus guirnaldas! ¡Sus adornos! ¡Sus ornamentas!

¡Trescientos pies hacia arriba! Viajó con su carga hacia la cima del monte Crumpit para deshacerse de ella.

"¡Bah-bah a los Quienes!" zumbaba amargamente. "Ahora están descubriendo que ninguna Navidad llegará. Se están despertando. Y sé justo qué harán. Se quedarán con la boca abierta un minuto o dos. Luego los Quienes de la Villa de los Quién llorarán Bu-ju." 

"Ese sonido", gruñó el Grinch, ", tengo que oírlo". Por eso hizo una pausa. Se colocó una mano en la oreja y escuchó el sonido que subía por la nieve. Comenzó bajo pero luego creció...

¡Pero aquel sonido no era triste! Porque aquel sonido sonaba feliz.¡No podía ser!.¡Pero ERA feliz! ¡Muy!

Miró fijamente la Villa de los Quién. Al Grinch se le saltaron los ojos y se sacudió. ¡Lo que vio fue una sorpresa chocante! ¡Cada Quien de la Villa de los Quién, el alto y el bajo, estaba cantando! ¡Sin que hubiera regalo alguno! NO HABÍA evitado que la Navidad llegara ¡HABÍA LLEGADO! De algún modo u otro, llegó de todas maneras.

Y el Grinch, con sus pies amargados congelados en la nieve, se quedó parado. Desconcertado, se rompía la cabeza: "¿Cómo podía ser? Llegó sin cintas. Llegó sin etiquetas. ¡Llegó sin paquetes, cajas o bolsas!" Y se rompió la cabeza tres horas, hasta que tanto pensar le dolió. Entonces, el Grinch pensó algo que no había pensado antes."Tal vez la Navidad", pensó, "no viene de una tienda. Tal vez la Navidad... a lo mejor... significa algo más".

¿Y que sucedió luego...? Bueno... en la Villa de los Quién dice que el pequeño corazón del Grinch aumentó tres veces su tamaño aquel día. Y en el minuto que su corazón no se sintió tan estrecho, silbó con su carga a través de la clara y brillante mañana, y devolvió los juguetes. Y la comida para el banquete. Y él... ¡ÉL MISMO!... El Grinch, trinchó una bestia asada.


domingo, 12 de julio de 2015

Horton escucha un Quién - Dr. Seuss

Hace tiempo que busco algún cuento de Dr. Seuss para subir. Me había decidido por "Horton hears a Who" pero lo cierto es que lo encontré sólo en inglés. 
Hoy justo justo estaban pasando por la tele la película basada en él (Horton y el mundo de los Quién), lo que me recordó que tiempo atrás lo había descargado en inglés y dado que no encontré ninguna traducción al español, hice la mía. Creo que no violo derechos, caso contrario, ya me reclamarán y lo sacaré del blog. Espero que no ya que fue un gran esfuerzo...
Dr. Seuss fue autor de muchos y maravillosos cuentos para niños, no tan conocidos en español, al menos en mi país. Creo que lo conocemos más por las películas basadas en ellos como "Cat in the hat", "Horton hears a Who", "The Grinch" y "The Lorax". Dr. Seuss nació en 1904 en Estados unidos de America y falleció en 1991. Publicó más de 60 libros.
Espero que disfruten esta traducción. No fue fácil....sobre todo porque usa una estructura que resulta un tanto confusa más que nada en los primeros párrafos. Sepan disculpar si contiene errores.



Horton escucha un Quién


El 15 de Mayo, en la jungla de Nool, al calor del día, al frescor de la piscina, Horton, el elefante, chapoteaba disfrutando de las grandes alegrías de la jungla... cuando escuchó un sonido pequeño. 

Entonces, Horton dejó de chapotear. Miró hacia el sonido. “Eso es extraño”, pensó Horton.

“No hay nadie alrededor”. ¡Luego lo escuchó de nuevo! Apenas un grito muy débil como si una persona pequeñita llamara por ayuda. “Te ayudaré,” dijo Horton. “Pero, ¿quién eres? ¿dónde?”. Miró y miró. No pudo ver nada salvo por una pequeña mota de polvo que pasaba volando a través del aire.

“¡A ver!” murmuró Horton. “Nunca he oído hablar de una pequeña mota de polvo capaz de gritar. ¿Sabes qué pienso? Bueno, pienso que debe haber alguien sobre la pequeña mota de polvo. Algún tipo de criatura de un tamaño muy pequeño, demasiado pequeño para poder ser visto con los ojos de elefante.… Y alguna pobre pequeñita gente que tiembla de miedo de que él la sople sobre la piscina. ¡No hay manera de conducir! Debo salvarlas. Porque, después de todo, una persona es una persona, no importa cuán pequeña sea.”

Entonces, amablemente, y usando el mayor cuidado, el elefante estiró su gran trompa por el aire y levantó la mota de polvo y la llevó y colocó, segura, sobre un suave trébol. 

“Humpf!” dijo una voz. Fue la canguro amargada. Y el canguro en su bolsa dijo “Humpf” también. “Esa mota es tan pequeña como la cabeza de un alfiler ¿Una persona sobre eso?... ¡Nunca la habría!”

“Creeme,” dijo Horton. “Te digo con sinceridad, mis orejas son bastante agudas y escuché bastante claramente. Sé que hay una persona ahi abajo. Y, lo que es más, apuesto que hay dos. Incluso tres. Incluso cuatro. Muy probable... ¡Una familia, por lo que sabemos! Una familia con niños que apenas comienzan a crecer. Así que, por favor,” dijo Horton, “como un favor a mí, trata de no molestarlos. Sólo dejalos ser.”

“¡Pienso que eres un tonto!”, rió la amargada canguro y el joven canguro en su bolsa dijo “¡Yo, también! Eres la mayor vergüenza de la jungla de Nool”. Y los canguros se zambulleron en la fresca piscina. 

“¡Qué terrible zambullida!” el elefante frunció el ceño. “No puedo dejar que mis personas pequeñitas se ahoguen!” Debo protegerlas. Soy más grande que ellas". Así, arrancó el trébol y se alejó a los empujones.

La noticia se expandió rápidamente través de las copas de los árboles de la jungla. "Él habla con una mota de polvo. ¡Está fuera de sí! Sólo véanlo caminar con esa mota en una flor." Y Horton caminó, preocupándose, casi una hora. "¿Debería dejar esta mota en el suelo?..." pensó Horton alarmado. Si lo hago, estas pequeñas personas podrían sufrir un gran daño. No puedo dejarla. ¡Y no lo haré! Después de todo, una persona es una persona no importa cuán pequeña sea".

Luego, Horton dejó de caminar. La voz de la mota estaba hablando. La voz era tan débil que apenas podía escucharla. "Habla, por favor", dijo Horton. Puso su oído cerca de la mota. "Mi amigo", dijo la voz, "eres un buen amigo. Nos has ayudado a todos los de esta mota sin fin. Has salvado nuestras casas, nuestros techos y nuestros pisos. Has salvado todas las iglesias y mercados"

“¿Quieres decir…” jadeó atónito Horton, “que tienen edificicios ahí, también?”
“Oh, si,” dijo un hilo de voz.
“Sin duda… lo sé,” llamó la voz, “Soy demasiado pequeño para ser visto pero soy el Mayor de un pueblo amistoso y limpio. Nuestros edificios, a tí te parecerían terriblemente pequeños pero, para nosotros, que no somos grandes, nos parecen de una altura maravillosa. Mi pueblo de llama La villa de los Quién, por lo que yo soy un Quién y nosotros somos, los Quiénes, estamos todos agradecidos y en deuda contigo.” Y Horton llamó nuevamente al Mayor del pueblo, “Están a salvo ahora. No se preocupen. No los dejaré en el suelo.”

Pero, en el momento que le habló al Mayor de la mota, tres grandes monos de la jungla se treparon al cuello de Horton. 

Los hermanos Wickersham vinieron gritando, “¡Qué podredumbre! Este elefante está hablando los Quién no son quién! No hay ningún Quién. Y no tienen un Mayor. Vamos a parar con toda esta tontería. ¡Ahora!”

Arrebataron el trébol de Horton. Se lo llevaron a una águila de cola negra llamada Vlad Vlad-i-Koff, una águila muy fuerte, de alas muy rápidas, y dijeron: "¿Tendría la amabilidad de deshacerse de esta cosa?"

Y, antes que el pobre elefante pudiera hablar, el águila voló con la flor en su pico.

Esa tarde y ya entrando en la noche, el águila de cola negra batió sus alas en raudo vuelo, mientras Horton que la persiguió gimiendo sobre rocas que hacían pedazos las uñas de sus pies y maltrataban sus huesos, rogó: "Por favor, no dañe a las pequeñas personas que tienen tanto derecho a vivir como las personas grandes" 

Pero adelante, mucho más adelante, de él, el águila siguió aleteando y gritó por sobre sus hombros: "Ya deja de gemir. Volaré la noche entera. Soy un ave. No me importa. Y esconderé esto mañana, donde nunca lo encuentres" 

Y a las 6:56 la mañana siguiente, lo hizo. Seguro fue en un lugar terrible. Dejó caer al pequeño trébol en algún lugar de un gran manto de tréboles de cien millas de ancho. "Encuentra ESO!" se burló el ave. "Pero creo que fracasarás"- Y se fue con un revoléo de su cola negra. 

“¡Lo encontraré!” lloró Horton. “Lo encuentro o reviento. Debo encontrar a mis amigos de la pequeña mota de polvo." Y levantó con cuidado trébol por trébol por trébol, y buscó en ellos, y llamó: "¿Están allí?" Pero trébol por trébol, por trébol, descubrió que aquel al que susurrara, no estaba allí. Y para el mediodía, el pobre Horton, más muerto que vivo, había recogido y buscado en nueve mil cinco tréboles. 

Luego, continuó a lo largo de la tarde, hora tras hora... hasta que por fin los encontró... En la tercer millionésima flor 

“¡Mis amigos!” gritó el elefante. “¡Díganme! Digan! ¿Están a salvo? ¿Tienen sonido? ¿Están enteros? ¿Están bien?"

Del fondo de la mota vino llegó la voz del Mayor: "Realmente tuvimos problemas. Mucho. Cuando el pájaro de cola negra nos soltó y caímos, aterrizamos tan duro que nuestros relojes se pararon. Nuestras teteras se partieron. Nuestras mecedoras se rompieron y las llantas de nuestras bicicletas explotaron cuando chocamos. ¡Así que, Horton, por favor!", rogó la voz del Mayor, "¿Podrías quedarte con nosotros mientras hacemos reparaciones?" "Por supuesto" respondió Horton. "Por supuesto me quedaré. Me quedaré pegado a ustedes en lo fino y en lo grueso"

“Humpf!” dijo una voz “Por casi dos días corriste salvaje e insistes en hablar con personas que nunca existieron. ¡Dejarse llevar así en nuestra pacífica jungla! Ya tuvimos suficiente de tus bramidos chapuceros. Estoy aquí para declarar" , espetó la canguro mayor, "que tu juego tonto y sin sentido se acabó". Y el joven canguro en su bolsa dijo "Yo, también".

"Con la ayuda de los hermanos Wickersham y una docena de tíos Wickersham y primos Wickersham y parientes Wickersham por ley, cuya ayuda he comprometido, serás atado con una cuerda. Y serás enjaulado. En cuanto a nuestra mota de polvo... ¡Ah! La herviremos una olla con aceite de beezle-nut caliente y humeante". (Nota: Receta inventada por Dr. Seuss que lleva frutas y gelatina)

"¿Hervirla?" jadeó Horton. "Oh, eso no puedes hacerlo. ¡Está llena de personas! ¡te lo probaré!" 

"¡Sr. Mayor! Sr. Mayor!” llamó Horton. “¡Sr. Mayor! Debe probar ahora que ustedes de verdad están allí. Llame a una gran reunión. Que asistan todos. Haga que todos los Quién griten. Haga que todos los Quién vociferen. Haga que todos los Quién chillen. Si no lo hace, todos los Quién acabarán en un estofado de beezle-nut. "

Y, abajo en la mota de polvo, el asustado Mayor llamó a una gran reunión en la plaza de la villa de los Quién. Y su gente gritó muy fuerte: "¡Estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí!".

El elefante sonrió: "Eso fue claro como una campana. Ustedes, canguros, seguramente lo escucharon bien"

"Todo lo que escuché", espetó el canguro grande, "fue la brisa y el débil sonido del viento a través de los árboles distantes. No escuché vocecitas. Y tú tampoco". Y el joven canguro en su bolsa dijo "Yo, tampoco".

“¡Atrapenlo!” gritaron. “Y enjaulen a este gran tonto! ¡Aten su estómago con diez millas de soga! Anuden tan fuerte que nunca pueda aflojarse si se sacude, Luego, arrojen esa tonta mota en el jugo de beezle-nut

Horton peleó con gran vigor y empuje pero los de la pandilla Wickersham eran demasiados para él. Lo vencieron. Lo atacaron con rudeza. Comenzaron a arrastrarlo a la jaula. Pero él se las arregló para llamar al Mayor: "No se rinda. Creo en todos ustedes. Una persona es una persona no importa cuán pequeña sea. Y ustedes, personas muy pequeñas, no habrán de morir si se hacen escuchar. Por eso, ¡vamos!, ¡ahora!, ¡INTÉNTENLO!"

El Mayor tomó un tambor y comenzó a golpearlo. Y en toda la villa de los Quién, aullaron haciendo barullo. Hicieron sonar latas. Batieron ollas, tachos de basura y viejas latas de arándanos. Soplaron en bazucas y dieron grandes toques en clarinetes, trombones y trompetas y flautas.

Grandes ráfagas de barullo sonaron alto por el aire y sacudieron todo el cielo. Y el Mayor llamó a través del huracanado jaleo: "Hey, Horton. ¿Cómo está esto? ¿Está llegando nuestro sonido?" 

Y Horton respondió: "Los escucho bien. Pero las orejas de los canguros no son tan fuertes como las mías. ¡No escuchan nada". ¿Está seguro de que todos sus muchachos están haciendo lo mejor que pueden? ¿Están TODOS haciendo ruido?. ¿Está seguro de que cada Quién allí en la villa está trabajando? Rápido, recorra su pueblo. ¿Hay alguien holgazaneando?"

El Mayor se apresuró a través del pueblo de este a oeste. Pero todos parecían estar dando lo mejor de sí. Cada quién parecía estar ladrando y aullando. Todos parecían pitar y chiflar.

Pero todo este alboroto y estruendo no era suficiente. TENÍA que encontrar alguien que lo ayude a hacer más. Corrió por los edificios. Buscó en cada piso. Y, justo cuando pensó no llegaría a ninguna parte, justo cuando estaba por darse por vencido en desesperanza, el Mayor atravesó violentamente una puerta y descubrió al holgazán. Bien escondido en los departamentos Fairfax (departamento 12-J) un holgazán muy pero muy pequeño llamado Jo-jo estaba de pie rebotando un Yo-Yo. ¡No emitía sonido! Ni un pitido. Ni un pío. Y el Mayor se apresuró adentro y tomó al joven tonto. Y trepó con el muchacho a la torre Eiffelberg. "Esta," gritó el Mayor", "es la hora más oscura de tu pueblo. El tiempo de que todos los Quién que tengan sangre roja vengan a la ayuda de este país", dijo, "Tenemos que hacer ruido en grandes cantidades. Así que, abre tu boca, muchacho. Porque cada voz cuenta". Así habló mientras trepaban. Cuando llegaron a la cima, el muchacho se aclaró la garganta y gritó: “Yopp!”

Y ese Yopp… Ese pequeño Yopp extra lo logró. Finalmente, por fin, se escucharon las voces de la mota en el trébol. Sonaron claras y limpias. "Y el elefante sonrió. "¿Ves lo que quiero decir?... Demostraron que SON personas, no importa cuán pequeñas sean. ¡Y el mundo entero fue salvado por el más pequeño de TODOS!” “¡Cuánta verdad! Sí, cuánta verdad,” dijo el canguro grande. “Y, desde ahora en adelante, ¿sabes qué planeo hacer?... ¡De ahora en más, voy a protegerlos contigo!” Y el joven canguro dentro de su bolsa dijo…“¡…YO, TAMBIÉN! Del sol en el verano. De la lluvia cuando sea otoño. Los protegeré. No importa cuán pequeños sean"".