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domingo, 29 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XXII (FINAL) - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XXI - Philip K. Dick"



CAPÍTULO XXII

Capítulo Final


Dejó el receptor en su lugar, sin apartar la vista del punto donde había observado un movimiento, fuera del coche. Una cosa en el suelo, entre las piedras; un animal. Le latió con fuerza el corazón, demasiado cargado por el asombro. Yo sé qué es. Nunca he visto uno, pero lo sé por las viejas películas sobre la naturaleza que pasa la TV del gobierno.

Están extinguidos, se dijo. Buscó su arrugado Sidney, y pasó las páginas con dedos temblorosos.

SAPO (Bufonidae), todas las variedades... E

Extinguidos. El sapo era la criatura más preciosa para Wilbur Mercer, junto con el asno. Pero prefería el sapo.

Necesito una caja, se dijo. Giró; en el asiento trasero de coche aéreo no había nada. Saltó al exterior, fue a la baulera y la abrió. Había una caja de cartón que contenía una ampolla de combustible de repuesto; sacó la ampolla, puso dentro de la caja las hojas de una enredadera que encontró, y se acercó lentamente al sapo, sin separar de él la vista.

El sapo se combinaba perfectamente con la textura y el matiz del polvo omnipresente. Quizás había evolucionado, adaptándose al nuevo clima así como se había adaptado antes a todos los climas. Si no se hubiera movido no lo habría visto; sin embargo no estaba a más de dos metros de distancia. ¿Qué ocurre cuando se encuentra un animal al que se cree extinguido? Era muy raro. Algo así como una estrella de honor de las Naciones Unidas y dinero, una recompensa de millones de dólares. Y entre todas las posibilidades, hallar precisamente la criatura preferida por Mercer. Dios mío, pensó, no puede ser. 

Debe tratarse de un defecto cerebral mío, provocado por la exposición a la radiactividad. Soy un especial, pensó. Me ha ocurrido algo. Como al cabeza de chorlito Isidore con su araña. Lo que le pasó a él me pasa a mí. ¿Lo quiso así Mercer? Pero yo soy Mercer. Yo lo he querido así. He encontrado al sapo, porque veo a través de los ojos de Mercer.

Se puso en cuclillas al lado del sapo. Había apartado las piedrecillas con el trasero, cavándose un hoyo, de modo que sólo se veían el cráneo y los ojos a ras del suelo. Estaba como en trance, con su metabolismo disminuido al mínimo. Sus ojos no revelaban lo que hubiese visto. Rick pensó, horrorizado: se ha muerto, quizá de sed. Pero no; se había movido.

Depositó la caja en el suelo y con gran cuidado tocó unas piedrecillas cerca del animal, que aparentemente no se oponía. 

Por supuesto, ignoraba su existencia. Cuando lo alzó sintió su peculiar frialdad. El cuerpo parecía seco y arrugado; y tan frío como si hubiera vivido siempre en una gruta a muchas millas de profundidad, lejos del sol. Ahora el animal se retorcía; con sus débiles patas traseras intentaba liberarse instintivamente, y saltar. Era un sapo grande, adulto, inteligente. Capaz, a su modo, de sobrevivir en un mundo donde el hombre realmente no podía. Me pregunto dónde encuentra el agua para sus huevos... 

De modo que esto es lo que ve Mercer, pensó mientras cerraba cuidadosamente la caja, con muchas vueltas de cordel. La vida que nosotros ya no podemos distinguir, la vida cuidadosamente enterrada hasta los ojos en un mundo muerto. En cada ceniza del universo Mercer percibe seguramente la vida
escondida. Y después de haber visto a través de los ojos de Mercer, probablemente a mí también me ocurrirá.

Y ningún androide le cortará las patas a este sapo, como hicieron con la araña del cabeza de chorlito.

Depositó su caja en el asiento y se sentó ante los mandos. Es como volver a ser un muchacho. La carga que había sentido se había disipado; había desaparecido aquella fatiga opresora y monumental. Cuando Irán se entere... Cogió el videófono, pero se detuvo. 

Será una sorpresa. Y sólo llevará treinta o cuarenta minutos volver a casa. Encendió el motor, remontó y puso rumbo a San Francisco, mil kilómetros al sur.

Irán Deckard estaba ante el órgano de ánimos Penfield, con el índice de la mano derecha apoyado en el dial numerado. Pero no lo hacía girar. Se sentía demasiado angustiada. Su inquietud clausuraba el futuro y todas las posibilidades que contuviera. Y pensaba: si Rick estuviera aquí, me haría marcar el 3, y eso me infundiría el deseo de marcar algo importante, como júbilo incontenible, o quizás un 888: deseo de ver televisión sin reparar en el programa. Me pregunto qué programa habrá... Y adonde habrá ido Rick. Puede volver, y también es posible que no vuelva.

Oyó un golpe en la puerta.
 
Dejó a un lado el manual Penfield y se puso en pie de un salto, pensando: No necesito marcar nada: Ya tengo todo lo que quiero, si es Rick.

Corrió a la puerta y la abrió de par en par.

—Hola —dijo él. Tenía un tajo en la mejilla, la ropa gris y arrugada, hasta el pelo estaba saturado de polvo. Las manos, la cara..., había polvo por todas partes, excepto en los ojos, que brillaban como los de un chico. Parecía que hubiera estado jugando y que hubiera decidido volver a casa, que ya era hora... A descansar, bañarse y contar los maravillosos sucesos del día.
—Cuánto me alegro —dijo ella.
—He traído algo —sostuvo en alto la caja de cartón con ambas manos. Entró sin soltarla, como si hubiera en ella algo muy frágil o valioso. Quería tenerla perpetuamente en las manos. 
—Te prepararé una taza de café —dijo Irán. Apretó el botón de café de su cocina y en un instante tuvo una gran jarra. El se sentó sin separarse de su caja, y sin perder la mirada de asombrada alegría. Nunca, desde que lo conocía, le había visto esa expresión. Le había ocurrido algo desde su partida, la noche anterior. Y ahora había vuelto, y la caja había vuelto, y la caja había venido con él. En la caja estaba lo que le había ocurrido.
—Voy a dormir —anunció Rick—Todo el día. Hablé con Harry Bryant, me dijo que me tomara el día libre, y eso es exactamente lo que haré —con cuidado colocó la caja en la mesa y bebió el café, como ella quería. 

Irán estaba sentada frente a Rick.
 
—¿Qué hay en la caja? —preguntó.
—Un sapo.
—¿Puedo verlo?
 
El desató la caja y alzó la tapa.
 
—Oh —dijo Irán al ver el sapo; por alguna razón, se asustó—¿Muerde?
—Cógelo. No muerde; los sapos no tienen dientes —Rick alzó el sapo y se lo alcanzó.

Ella lo cogió, ocultando su aversión.
 
—Pensé que estaban extinguidos —dijo ella, mientras lo daba vuelta y miraba con curiosidad sus patas traseras: parecían casi inútiles—¿Los sapos saltan como las ranas? Quiero decir, ¿saltará de repente?
—Las patas de los sapos son débiles —respondió Rick—Esa es la principal diferencia entre un sapo y una rana. Eso y el agua. Las ranas viven cerca del agua, pero los sapos pueden sobrevivir en el desierto. Lo encontré en el desierto, cerca de la frontera de Oregon, donde no hay nada vivo —estiró la mano para coger el animal.

Pero Irán había descubierto algo: mientras lo sostenía, cabeza abajo, y tocaba su abdomen, abrió con la uña el diminuto panel de control. 

—Oh —dijo Rick, demudado—; ah, ya veo, tienes razón —miraba en silencio al seudo-animal. Lo cogió en su mano, y jugó con sus patas; y todavía en ese momento parecía no comprender. Luego lo puso cuidadosamente en su caja—Me pregunto cómo habrá llegado a esa desolada región de California... Alguien tiene que haberlo puesto allí, y no encuentro forma de explicarme por qué.
—Quizá no debí haberte dicho que era eléctrico —Irán le tocó el brazo. Se sentía culpable por el efecto, el cambio que había provocado en él.
—No —respondió Rick—Me alegro de saberlo. O mejor dicho, prefiero saberlo.
—¿Quieres usar el órgano de ánimos, para sentirte mejor? Siempre te ha servido, mucho más que a mí. 
—Estoy bien —sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar sus ideas, aún sorprendido—La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de chorlito, también debía ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña que ella sea.
—Parece que hubieras caminado cien millas —dijo Irán.
—Ha sido un día largo —respondió él.
—Ve a la cama y duerme.
—Ya ha terminado todo, ¿verdad? —Rick la miró con expresión de sorpresa.

Parecía esperar a que ella se lo dijese, como si lo supiera. Como si oírselo a sí mismo no significara nada. Sentía duda ante sus propias palabras. No se tornaban significativas mientras ella no las confirmara. 

—Ha terminado —dijo Irán.
—Dios, qué tarea maratónica —dijo Rick—Una vez empezada no había forma de concluir... Me llevaba adelante, hasta que finalmente retiré a los Baty, y no tuve nada que hacer. Y —vaciló, evidentemente asombrado por lo que había empezado a decir— esa parte fue la peor. Después de terminar, no me podía detener porque no quedaría nada si me detenía. Tenías razón tú, esta mañana, cuando dijiste que soy sólo un policía de manos groseras.
—Ahora no lo creo —respondió Irán—Sólo estoy feliz de que hayas vuelto a casa, a tu lugar —lo besó, y eso pareció gustarle a Rick. Su cara se iluminó, casi tanto como antes, antes de que ella le mostrara que el sapo era eléctrico.
—¿Crees que he hecho mal? Lo que hice hoy, ¿está mal?
—No.
—Mercer dijo que estaba mal, pero que igual debía hacerlo. Es extraño que a veces sea mejor hacer algo malo que bueno.
—Es la maldición que pesa sobre nosotros —respondió Irán—A eso se refiere Mercer.
—¿El polvo?
—Los asesinos que encontraron a Mercer cuando tenía dieciséis años y le dijeron que no podía invertir el tiempo ni traer de vuelta animales a la vida. Entonces, ahora, lo único que puede hacer es moverse al paso de la vida, e ir adonde ella va, a la muerte. Los asesinos arrojan las piedras. Son ellos quienes lo hacen, siempre lo persiguen... Así como a todos nosotros. ¿Fue una piedra la que te hirió la mejilla?
—Sí —respondió Rick débilmente.
—¿Te irás a la cama? ¿Quieres que te ponga el órgano de ánimos en 670?
—¿Qué es eso?
—Descanso reparador y merecido —dijo Irán. 

Rick se puso de pie, dolorido, con el rostro soñoliento y confuso, como si una sucesión de batallas se lo hubiera disputado durante muchos años. Poco a poco, avanzó en la ruta al dormitorio.

—Está bien —contestó—Descanso reparador y merecido —se tendió en la cama. Sus ropas y su pelo desprendieron polvo sobre las sábanas blancas. 

Mientras apretaba el botón que tornaba opacas las ventanas del dormitorio, Irán pensó que no sería necesario encender el órgano de ánimos. La luz grisásea del día desapareció.

Un instante después, Rick dormía. 

Irán se quedó a su lado un rato, hasta que tuvo la seguridad de que no despertaría ni se quedaría sentado, asustado, como le pasaba a veces por las noches. Luego regresó a la cocina y se sentó ante la mesa. 

El sapo eléctrico se movía en su caja. Irán se preguntó qué “comería”, y si necesitaba mantenimiento. Moscas artificiales, pensó. 

Abrió la guía telefónica y buscó en las páginas amarillas accesorios para animales eléctricos. Llamó, y cuando la vendedora atendió, dijo: 

—Quiero medio kilo de moscas artificiales que zumben y revoloteen.
—¿Para una tortuga eléctrica, señora?
—Para un sapo.
—Entonces, le sugiero nuestro surtido mixto de bichos reptantes y voladores, que incluye...
—Prefiero las moscas —respondió Irán—¿Puede enviarlas? No quiero salir: mi marido duerme y no quiero dejarlo solo. 

La vendedora agregó:
 
—Le recomendaría nuestra charca perpetua, salvo si se trata de un escuerzo, en cuyo caso tenemos un equipo completo de arena, piedrecillas multicolores y seudo-desechos orgánicos. Y si piensa usted alimentarlo regularmente, le sugiero que nuestro servicio de mantenimiento realice un ajuste periódico de la lengua. En un sapo, la lengua es vital.
—Muy bien —contestó Irán—Quiero que funcione perfectamente. A mi marido le encanta —dio su dirección y colgó. 

Y ya sintiéndose mejor, se sirvió por fin una taza de café negro y caliente. 


FIN

viernes, 27 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XXI - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XX - Philip K. Dick"


CAPÍTULO XXI

A la temprana luz de la mañana vio un suelo gris que parecía infinito, cubierto de escombros. Unos cantos rodados grandes como casas se habían detenido al chocar unos con otros. Rick pensó: es como un almacén de cargas cuando ya han retirado todas las mercaderías. Sólo quedan fragmentos de embalajes, de cajas que no significan nada en sí. Una vez había habido allí cosechas y rebaños. Era notable que los animales hubiesen pastado allí alguna vez. 

Era también notable elegir ese lugar para morir.

Descendió un poco y siguió volando casi a ras del suelo. ¿Qué diría de mí Dave Holden?, se preguntó. En cierto sentido, soy el mejor cazador de bonificaciones que ha existido nunca. Nadie ha retirado seis modelos Nexus-6 en menos de veinticuatro horas. Y probablemente nadie volverá a hacerlo. Debería llamar a Dave, pensó.

Una colina irregular se le acercó; elevó el coche a medida que el mundo se aproximaba. Estoy cansado, pensó. No debería continuar. Apagó el motor, planeó un momento, y luego aterrizó en una cuesta, brincando, desparramando piedras, hasta que el avance hacia arriba lo detuvo, rechinando.

Cogió el videófono del coche aéreo y llamó a la operadora de San Francisco.

—Con el Hospital Mount Zion —dijo. Apareció en la pantalla otra mujer.
—Hospital Mount Zion.
—¿Podría hablar con un paciente? Dave Holden. ¿Se encuentra suficientemente bien?
—Un momento, señor —la pantalla quedó en blanco. Pasó el tiempo. Rick cogió un poco de Rapé Dr. Johnson y se estremeció; la temperatura de la cabina, sin calefacción, había descendido—El doctor Costa dice que el señor Holden no puede recibir llamadas —dijo la operadora cuando reapareció.
—Es un asunto policial —repuso, colocando su carnet junto a la pantalla.
—Un segundo —la operadora se desvaneció nuevamente. Rick volvió a aspirar el Rapé Dr. Johnson; el mentol que le agregaban sabía mal a esta hora de la mañana. Bajó el cristal de la ventanilla y arrojó al suelo la pequeña caja de lata— No, señor —dijo la operadora—El doctor Costa piensa que el estado del señor Holden no permite que atienda llamadas, ni siquiera urgentes, por lo menos durante...
—Está bien —respondió Rick, y cortó la comunicación.
También el aire olía mal, y volvió a subir el cristal. Dave había quedado realmente fuera de combate. Me pregunto por qué no me mataron; quizá porque me moví con rapidez. Contra todos el mismo día. No podían esperarlo. Harry Bryant tenía razón.  

Hacía tanto frío ahora en la cabina, que abrió la puerta y descendió. Un viento nocivo e inesperado atravesó sus ropas, y empezó a caminar restregándose las manos.

Habría sido gratificante hablar con Dave. El aprobará lo que hice, sin duda. Y además comprenderá la otra parte, que ni siquiera Mercer debe comprender. Para Mercer todo es fácil, pensó, porque lo acepta todo. Nada es ajeno a él. Pero lo que yo he hecho, eso es ahora ajeno a mí. En verdad todo en mí es ajeno. Me he convertido en un ser ajeno.

Caminó por la cuesta. Cada paso le costaba más. Estaba demasiado fatigado para subir. Se detuvo a secar el sudor que caía sobre sus ojos y las lágrimas saladas, con todo el cuerpo dolorido. Enfadado consigo mismo escupió, con furia, desdén y odio a sí mismo, sobre el suelo yermo. Luego siguió trepando por aquella elevación solitaria y poco familiar, alejada de todo. Nada estaba vivo allí, aparte de él mismo.

El calor. Ahora hacía calor. Era evidente que había pasado el tiempo. Y sentía hambre. No había comido en sabe Dios cuánto tiempo. El hambre y el calor se combinaban en un sabor venenoso que recordaba a la derrota. Sí, eso es lo que ocurre, pensó: de alguna oscura manera, he sido derrotado. ¿Por haber matado a los androides? ¿Por Rachael, que había matado a la cabra? No sabía. Mientras avanzaba, un manto vago y casi alucinante nubló su mente. Sin saber cómo estaba en un punto situado a un paso de un precipicio ciertamente fatal, de una caída humillante y desesperada. Y tenía que proseguir, aun cuando nadie lo viera. No había nadie allí que registrara su degradación ni la de nadie; y el orgullo o el valor que pudiera finalmente exhibir también pasaría inadvertido. Las piedras muertas, las agonizantes hierbas envenenadas por el polvo no lo verían ni recordarían.

En ese momento la primera piedra —y no era de espuma de goma ni de plástico— lo golpeó en la región inguinal. Y el dolor, el conocimiento esencial de la soledad y la pena, llegó hasta él en su forma desnuda y verdadera. 

Se detuvo. Pero un impulso, un impulso invisible pero real, irresistible, lo indujo a continuar la ascención. A rodar hacia arriba, como las piedras, pensó. Hago lo que hacen las piedras, sin voluntad, sin que esto tenga el menor sentido. 

—Mercer —dijo, jadeando. Se detuvo. Podía distinguir al frente una figura borrosa, inerte—¿Wilbur Mercer? ¿Eres tú? —Dios mío, es mi sombra..., pensó.

Tengo que salir de aquí, descender esta cuesta. 

Trastabillando inició el retorno. En un momento cayó. Las nubes de polvo oscurecían el paisaje. Se alejó del polvo, corriendo, resbalando, tropezando en las piedras sueltas. Muy cerca estaba su coche aéreo. He vuelto, se dijo, he bajado de la colina. Abrió la puerta y entró en la cabina. ¿Quién habrá arrojado la piedra?, se preguntó. Nadie. Pero, ¿por qué me importa tanto? Ya lo he sufrido antes, durante la fusión, mientras utilizo mi caja de empatía, como hacen todos. Esto no es nuevo.
Y sin embargo, lo era. Tal vez, se dijo, porque lo he hecho solo.

Temblando, sacó de la guantera una lata nueva de rapé; quitó la banda protectora, la abrió y cogió una gran pulgada que aspiró mientras estaba mitad en la cabina y mitad fuera, con los pies en suelo árido y polvoriento. Es el último lugar adonde ir, pensó. No debí venir aquí... Ahora se sentía demasiado cansado para regresar.

Si tan sólo pudiera hablar con Dave, pensó, me sentiría mejor. Podría salir de aquí, irme a casa, dormir. Todavía tengo mi trabajo y mi oveja eléctrica. Habrá otros andrillos que retirar, mi carrera no está terminada, no he retirado el último androide. Tal vez se trate de eso; temo que no haya más... 

Miró el reloj. Las nueve y treinta.
Llamó por el videófono a la corte de justicia de la calle Lombard.
—Quiero hablar con el Inspector Bryant —le dijo a la señorita Wild, la operadora.
—El inspector Bryant no está en su despacho, señor Deckard. Salió en su coche, pero en este momento no se encuentra en él. No responde.
—¿No dijo adonde pensaba ir?
—Era algo relacionado con los androides que retiró usted anoche.
—Póngame con mi secretaria.

Poco después, la cara triangular y anaranjada de Ann Marsten aparecía en la pantalla.

—Oh, señor Deckard. El inspector Bryant ha estado tratando de comunicarse con usted... Creo que ha propuesto su nombre al señor Cutter, el jefe, para una mención especial, por haber retirado a esos seis...
—Ya sé lo que he hecho —repuso Rick.
—Pero eso nunca había pasado antes. Ah, además, señor Deckard: ha llamado su esposa. Quiere saber si se encuentra usted bien. ¿Está bien?

Rick no respondió.

—De todos modos —continuó la señorita Marsten—, debería usted llamarla. Dijo que estaría en casa, esperando noticias...
—¿Sabe usted lo que le ocurrió a mi cabra?
—No. Ni siquiera sabía que tenía una.
—Me la quitaron.
—¿Quién, señor Deckard? ¿Ladrones de animales? Acabamos de recibir la denuncia de una nueva pandilla, probablemente muy jóvenes, que opera en...
—Ladrones de vida. 
—No comprendo, señor Deckard —dijo la señorita Marsten, mirándolo con atención—Señor Deckard, tiene usted muy mal aspecto. Parece fatigado y... Dios, su mejilla está sangrando.

Rick se llevó una mano a la cara. Una piedra, seguramente. Le habían arrojado más de una.

—Se parece a Wilbur Mercer —dijo la señorita Marsten.
—Soy Wilbur Mercer —respondió Rick—Me he fundido permanentemente con él y no puedo salir de la fusión. Estoy esperando a que eso ocurra, aquí, en algún lugar de la frontera de Oregon.
—¿Quiere que le envíe a alguien? ¿Un coche del departamento?
—No —dijo—Ya no estoy en el departamento.
—Ayer ha trabajado demasiado, señor Deckard —dijo la señorita Marsten, en tono de reproche—Lo que necesita es dormir bien. Señor Deckard, usted es nuestro mejor cazador de bonificaciones, y el mejor que hemos tenido nunca. Yo le avisaré cuando llegue. Váyase a su casa y a la cama. Y llame a su esposa, señor Deckard: está muy preocupada. Era evidente. Y usted tampoco está bien.
—Es por la cabra —dijo Rick—No por los androides. Rachael estaba equivocada. No tuve ninguna dificultad en retirarlos. Y en especial también se equivocó cuando dijo que no podría fundirme nuevamente con Mercer. El único que estaba en lo cierto era Mercer.
—Vuelva a la zona de la bahía, señor Deckard; a donde haya gente. No hay nada viviente cerca de Oregon, ¿verdad? ¿Está solo?
—Es curioso —respondió Rick—He tenido la ilusión, completamente real, de que era Mercer, y de que me arrojaban piedras. Pero no del modo en que se siente ante la caja de empatía. Con la caja de empatía uno siente que está con Mercer. La diferencia es que yo no estaba con nadie; estaba solo.
—Ahora dicen que Mercer es un impostor.
—Mercer no es ningún impostor —contestó Rick—A menos que la realidad sea una impostura —la sierra, pensó, el polvo, las piedras, todas diferentes—Temo que no podré dejar de ser Mercer. Una vez que se comienza, ya es demasiado tarde para retroceder —¿tendré que subir nuevamente? Para siempre, como Mercer... Atrapado por la eternidad—Adiós —dijo.
—¿Llamará a su mujer? ¿Me lo promete?
—Sí. Gracias, Ann —colgó. Una cama, pensó. La última vez que estuve en una cama fue con Rachael. Infracción al estatuto. Cópula con androides; absolutamente ilegal, aquí y en los mundos-colonia. Ahora debe estar de vuelta en Seattle, con los demás Rosen, reales y humanoides. Querría poder hacerte lo que tú me has hecho; pero no se puede, porque a los androides no les importa. Si te hubiera matado anoche mi cabra estaría viva. Ese fue mi error. Sí, pensó; todo surgió de allí. De eso y de acostarme contigo... Una cosa que me dijiste era verdad. He cambiado. Pero no del modo que tú habías previsto. 

De otro modo peor.
Y sin embargo, no me importa. Ya no me importa. No, después de lo que me ha ocurrido, cerca de la cumbre de la colina. Me pregunto qué habría pasado si hubiera seguido subiendo. Porque allí es donde Mercer muere, y donde su triunfo se manifiesta, al final del gran ciclo sideral.
Pero si soy Mercer no puedo morir, ni siquiera en diez mil años. Mercer es inmortal.

Una vez más cogió el videófono, para llamar a Irán.
Y se quedó congelado.
 



jueves, 26 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XX - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XIX - Philip K. Dick"


CAPÍTULO XX


—Muy bien —dijo Harry Bryant cuando se enteró de las noticias—Vaya a descansar un rato. Enviaré un patrullero a recoger los cuerpos. Rick colgó.
—Los androides son estúpidos —dijo sin contemplaciones—Roy Baty no podía diferenciarme de usted; creyó que era usted quien estaba en la puerta. La policía vendrá a limpiar esto, ¿por qué no se queda en otro apartamento hasta que terminen? Supongo que no querrá quedarse aquí, ahora...
—Me iré de esta casa —dijo Isidore—Buscaré un lugar en el centro, donde haya más gente.
—Creo que hay un piso vacío en mi edificio —dijo Rick.
—No qui-qui-quiero vivir cerca de usted.
—Váyase —aconsejó Rick—No se quede aquí.

El especial titubeó, sin saber qué hacer. Una serie de expresiones mudas recorrió su rostro. Luego giró y se marchó. Dejó solo a Rick.

Qué trabajo horrible, se dijo Rick. Soy un flagelo, como las plagas, como el hambre. Adonde voy llevo la vieja maldición. Mercer lo dijo: estoy obligado a hacer el mal. Todo lo que he hecho, ha sido siempre malo. Desde el comienzo. Es hora de irse a casa. Quizá, cuando vea a Irán, podré olvidar.

Irán lo esperaba en el terrado de su casa. Lo miró con una extraña angustia; en todos los años que había pasado con ella jamás la había visto así.

—Ya se ha terminado todo —dijo, y la abrazó—Y he estado pensando: quizás Harry Bryant pueda transferirme a...
—Rick —dijo ella—Debo decirte algo. Lo siento. La cabra ha muerto.

Por alguna razón, eso no lo sorprendió. Simplemente le hizo sentirse peor, era una mera cantidad que se sumaba al peso que lo oprimía en todas partes.

—Creo que hay una cláusula de garantía —repuso Rick—Si el animal enferma antes de los noventa días, el vendedor...
—No se enfermó. Alguien vino —Irán carraspeó y continuó en tono grave—, la sacó de su cesta y la llevó hasta el borde del terrado.
—¿Y la empujó?
—Sí.
—¿Viste quién era?
—Con toda claridad —respondió Irán—Barbour estaba aquí todavía; bajó conmigo y llamamos a la policía, pero el animal estaba muerto y ella se había marchado enseguida. Era una muchacha de cara muy joven, pelo negro, ojos negros grandes, delgada. Tenía un abrigo largo de seda, un bolso grande, como de cartero. Y no hizo nada por ocultarse..., como si no le importara. 
—No, no le importaba —dijo Rick—A Rachael seguramente no le importaba que la vieras. Sin duda, quería que la vieras, para que yo supiera quién había sido —la besó—¿Y me has estado esperando aquí todo el tiempo?
—Sólo media hora. Fue hace media hora —Irán, con ternura, le devolvió el beso—Es horrible. Y tan inútil... 

Rick retornó a su coche aéreo, abrió la puerta y se instaló ante los mandos.

—No fue inútil —respondió—Ella tenía una razón; lo que le parecía una razón —una razón de androide, pensó.
—¿Adonde vas? ¿No quieres bajar y quedarte conmigo? La TV ha dado noticias tremendas; el Amigo Buster dijo que Mercer es un impostor. ¿Qué piensas, Rick? ¿Crees que pueda ser verdad?
—Todo es verdad —dijo Rick—Todo lo que las personas han pensado alguna vez —puso el motor en marcha.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió Rick, y pensó: voy a morir. Estas dos cosas también son ciertas. 

Cerró la puerta, dirigió a Irán un gesto cariñoso y se elevó en el cielo nocturno.

En otros tiempos habría visto las estrellas, pensó. Hace años. Pero ahora sólo está el polvo y nadie ve nunca una estrella, al menos desde la Tierra. Quizás allá donde voy se vean las estrellas, se dijo mientras el coche ganaba velocidad y altura, y se alejaba de San Francisco hacia la deshabitada desolación del norte. Hacia un lugar adonde no iría ninguna criatura viva mientras no sintiera que el fin había llegado. 

martes, 24 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XIX - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVIII - Philip K. Dick"



CAPÍTULO XIX

John Isidore bajó la vista y vio sus manos, aferradas a las asas gemelas de la caja de empatía. Mientras la miraba, absorto, las luces del living de su casa se apagaron. Vio que Pris corría a la cocina, para apagar la lámpara de la mesa. 

—Oye, J. R. —susurraba ásperamente Irmgard mientras le cogía por el hombro y le clavaba las uñas. Parecía no tener conciencia de lo que hacía. A la escasa luz que se filtraba del exterior, el rostro de Irmgard se veía distorsionado, con los ojos pequeños, huidizos, sin párpados—Tienes que ir a la puerta — susurró—, cuando golpee, si golpea. Y debes mostrarle tu identificación, y decirle que ésta es tu casa, y que aquí no hay nadie más. Y pedirle que te muestre una orden judicial.

Pris, de pie, del otro lado, con el cuerpo arqueado, murmuró:
—No lo dejes entrar, J. R. Haz cualquier cosa para que no entre. ¿Sabes lo que haría aquí un cazador de bonificaciones? ¿Comprendes lo que nos haría? 

Isidore se apartó de las dos androides y se dirigió a la puerta. Encontró sin dificultad, a oscuras, el picaporte, y se detuvo a escuchar. Podía sentir que el pasillo estaba como siempre: vacío, resonante, sin vida. 

—¿Oye algo? —preguntó Roy Baty, inclinándose. Isidore percibió el olor de su cuerpo; olor a miedo, un miedo que casi se materializaba en una niebla—Salga a mirar.

Isidore abrió la puerta y contempló el pasillo. El aire parecía limpio, a pesar del polvo. Todavía tenía en la mano la araña que Mercer le había dado. ¿Era realmente la misma que Pris había mutilado con las tijeras de uñas de Irmgard? Probablemente no, y nunca lo sabría. Pero estaba viva. Se movía dentro de su mano cerrada, sin picarle. Las mandíbulas de las arañas pequeñas no pueden atravesar la piel humana. 

Llegó al extremo del pasillo, descendió las escaleras y salió al exterior, a lo que había sido un sendero rodeado por un jardín. El jardín había muerto con la guerra, y el sendero estaba roto por todas partes. Pero Isidore conocía su superficie; sus pies la recorrían con agrado y la siguieron, junto al lado más largo del edificio, hasta el único punto verde de los alrededores. Era un metro cuadrado de hierbas cubiertas de polvo. Ahí depositó a la araña. Miró su ondulante camino una vez que hubo abandonado su mano. Pues bien, pensó, ya está. Y se incorporó. 

La luz de una linterna enfocó las hierbas. Las hojas y ramitas, que apenas lograban sobrevivir, parecían severas y amenazantes. Pudo ver a la araña, sobre una hoja de borde aserrado. 

—¿Qué estaba haciendo? —preguntó el hombre de la linterna. 
—Traje una araña —respondió, sin comprender cómo el hombre no la veía. A la luz amarillenta, la araña parecía de mayor tamaño—Para que pueda escapar.
—¿Y por qué no se la ha llevado a su apartamento? Debería guardarla en un frasco. Según el Sidney de enero, la mayoría de las arañas han aumentado un diez por ciento. Podría conseguir algo más de cien dólares.
—Si la llevara arriba, ella volvería a cortarla en pedazos —respondió Isidore—Una pata tras otra, para ver qué hace.
—Cosa de androides —dijo el hombre. Sacó de su chaqueta algo que abrió y mostró a Isidore.

En la penumbra, el cazador de bonificaciones parecía un hombre corriente, no peligroso. Cara redonda, lampiña, rasgos suaves, como de burócrata. Metódico pero informal. Y no tenía el aspecto de un semidiós, como Isidore esperaba. 

—Soy investigador del departamento de policía de San Francisco. Deckard. Rick Deckard —cerró su carnet y se lo metió en el bolsillo—¿Están arriba? ¿Los tres?
—La verdad es que yo los estaba cuidando —repuso Isidore—Hay dos mujeres. Son los últimos del grupo; el resto ha muerto. Subí la TV de Pris desde su apartamento al mío, para que pudieran ver al Amigo Buster. Buster demostró sin lugar a dudas que Mercer no existe —Isidore se sentía excitado: sabía una cosa muy importante que el cazador de bonificaciones ignoraba.
—Subamos —dijo Deckard. Tenía un tubo láser apuntado contra Isidore; lo desvió—Usted es un especial, ¿verdad? Un cabeza de chorlito...
—Pero tengo un trabajo. Me ocupo de conducir el camión de —con horror, descubrió que se le había olvidado el nombre— del hospital de animales... El Hospital de Animales Van Ness, de propiedad de... de... Hannibal Sloat.
—¿Quiere indicarme en qué apartamento están? Hay más de mil en el edificio. Puede ahorrarme una buena cantidad de tiempo —su voz revelaba fatiga.
—Si los mata no podrá volver a fundirse con Mercer —dijo Isidore.
—¿No me quiere decir? ¿O indicarme el piso? Dígame sólo en qué piso es. Yo buscaré el apartamento.
—No —respondió Isidore.
—Según la ley federal y del estado —empezó Deckard, pero inmediatamente interrumpió y abandonó el interrogatorio—Buenas noches —se alejó y entró en el edificio, precedido por el sendero difuso y amarillento que esparcía su linterna.

Una vez dentro, Rick Deckard la apagó. Recorrió el pasillo a la escasa luz de las lamparillas embutidas, meditando. El cabeza de chorlito sabe que son androides. Lo sabía antes de que yo se lo dijera. Pero no comprende. Y por otra parte, ¿quién comprende? ¿Acaso yo? Y antes, ¿comprendía? Uno de ellos es un duplicado de Rachael, pensó. Tal vez el especial vivía con ella... ¿Le gustaría? Tal vez fuera precisamente ella la que, según él, despedazaría a la araña. Podría volver a coger esa araña; nunca he encontrado un animal vivo. Debe ser una experiencia maravillosa inclinarse y ver una cosa viva que se escabulle. Quizás algún día me ocurra.

Había traído un aparato para escuchar. Lo encendió; era un detector giratorio con una pantalla de centelleo. No se veía nada en ella. En la planta baja no es, se dijo. Pero en sentido vertical el detector daba una pequeña señal. Arriba. Con el aparato y su cartera subió las escaleras hacia el primer piso. Una figura acechaba en las sombras.

—Si se mueve lo retiro —dijo Rick. El hombre, esperándolo. Sentía en los dedos la dureza del tubo láser, pero ya no podía alcanzarlo ni apuntar. Había sido cogido de sorpresa.
—No soy un androide —dijo la figura—Mi nombre es Mercer —dio un paso y entró en una zona iluminada—Estoy en este edificio a causa del señor Isidore. El especial de la araña; has hablado unas palabras con él afuera.
—¿Es verdad lo que dijo el cabeza de chorlito? —preguntó Rick—¿Quedaré fuera del Mercerismo si hago lo que debo hacer dentro de unos minutos?
—El señor Isidore habló por él y no por mí —dijo Mercer—Lo que piensas hacer debe ser hecho; ya te lo he dicho antes —alzó el brazo y señaló las escaleras, a espaldas de Rick—Vine a decirte que uno de ellos está detrás de ti, abajo, y no en el apartamento. Es el más peligroso de los tres, y el que debes retirar primero —la vieja voz cascada se tornó urgente—Rápido, Deckard. En los escalones.
Con el tubo láser en la mano, Rick giró y se agachó. Por las escaleras subía una mujer. La conocía. Bajó el tubo. 

—Rachael —dijo, asombrado. ¿Lo habría seguido hasta aquí, en su propio coche? ¿Por qué?—Vuelve a Seattle. Déjame tranquilo —dijo—Mercer dice que debo hacerlo —advirtió entonces que no era exactamente Rachael.
—Por todo lo que nos hemos dado el uno al otro —dijo la androide con los brazos extendidos, como para aferrarlo. 

La ropa no es la misma, pensó Rick. Pero los ojos son los mismos ojos. Y hay más, toda una legión, cada una con su nombre, pero todas son Rachael Rosen, el prototipo utilizado por la fábrica para proteger a las demás. Disparó su arma mientras ella, con ademán suplicante, se lanzaba contra él. El cuerpo se dispersó en añicos; Rick se cubrió la cara; luego miró y vio el tubo láser que ella traía, rebotando escalón por escalón. El ruido del tubo metálico resonó, se alejó, se tornó más lento. El más peligroso de los tres androides, había dicho Mercer. Buscó a Mercer, pero el anciano se había marchado. 

Quizá me persigan con copias de Rachael Rosen hasta matarme, pensó, o hasta que el modelo quede obsoleto, lo que ocurra primero. Pero ahora, los otros dos. Mercer me dijo que ella estaba en la escalera. Mercer me salvó. Se manifestó y me ayudó. Si Mercer no me hubiera avisado, ella me habría matado. Ahora puedo ocuparme del resto. Ella sabía que yo no podía atacarla; que para mí era imposible.

Y ahora todo ha terminado, en un instante. He hecho lo que no podía hacer. A los Baty los puedo atacar del modo corriente. Serán difíciles, pero no de esta manera. 

Estaba a solas en el pasillo, junto a la escalera. Mercer había terminado su obra y se había marchado. Rachael —o mejor dicho, Pris Stratton— yacía diseminada, de modo que estaba solo. Pero en alguna parte del edificio los Baty lo esperaban. Sabían lo que él había hecho. Probablemente estaban asustados. Esa había sido su defensa, la respuesta a su presencia en el edificio. Y sin la ayuda de Mercer, ellos habrían triunfado. Pero para ellos había llegado el invierno.

Hay que proceder velozmente, se dijo. Avanzó por el pasillo y de repente su detector registró la cercanía de la actividad cerebral. Había encontrado el apartamento. Ya no necesitaba el aparato; lo dejó en el suelo y golpeó la puerta. 

—¿Quién es? —preguntó una voz de hombre.
—Soy Isidore —respondió Rick—Yo los estoy cuidando, a usted y a las do-do-dos mu-mujeres.
—No abriremos —dijo una voz femenina.
—Quiero ver al Amigo Buster en la TV de Pris —continuó Rick—Ahora que Mercer no existe es muy importante ver su pro-programa. Yo me ocupo de conducir el camión del Hospital de Animales Van Ness, cuyo propietario es el señor Hannibal Sloat... Abran... Esta es mi casa —aguardó y la puerta se abrió. En la oscuridad vio dos formas indistintas.
—Debe hacernos el test —dijo la forma más pequeña, la mujer.
—Es demasiado tarde —repuso Rick. La figura más alta intentó cerrar la puerta y poner en marcha algún aparato electrónico—Voy a entrar —dijo Rick. Dejó que Roy Baty disparara primero, y eludió el rayo—Ahora han perdido sus derechos legales. Deberían haberme obligado a aplicar el test de Voigt-Kampff. Pero ya no tiene importancia —Roy Baty disparó de nuevo, erró y desapareció en el interior del apartamento, quizás en otra habitación, abandonando el equipo electrónico.
—¿Por qué Pris no lo mató? —preguntó la señora Baty.
—No hay ninguna Pris —respondió Rick—Sólo Rachael Rosen, una tras otra —vio el tubo láser en la mano de ella, en la penumbra: Roy Baty se lo había dado, tratando de atraerlo al interior mientras ella lo atacaba por la espalda—Lo siento, señora Baty —dijo Rick, y disparó.

En la otra habitación, Roy Baty lanzó un grito angustioso.
—Sí, la amaba usted —dijo Rick—Y yo amaba a Rachael, y el especial amaba a la otra Rachael —avanzó y disparó contra Roy Baty; su gran cuerpo estalló y se desmoronó como una pila mal asentada de pequeños objetos separados y quebradizos. Cayó sobre la mesa de la cocina y arrastró platos y tazas en su caída. 

Algunos circuitos reflejos hacían que partes del cuerpo caído se movieran, pero estaba muerto. Rick lo ignoró. No lo miró, ni tampoco al cuerpo de Irmgard Baty.

Era el último, pensó Rick. Seis en un día. Casi un récord. Ahora todo ha terminado, puedo irme a casa, puedo regresar a Irán y a la cabra. Y por una vez tendremos un poco de dinero.

Se sentó en el diván, y en medio del silencio apareció en la puerta el señor Isidore, el especial.

—Es mejor que no mire —dijo Rick.
—La vi en la escalera. A Pris —el especial lloraba.
—No se lo tome usted así —dijo Rick. Se puso de pie con esfuerzo, mareado—¿Dónde está el videófono?

El especial no contestó. Permanecía inmóvil. Rick buscó el videófono, lo encontró y llamó al despacho de Harry Bryant.


domingo, 22 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVIII - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVII - Philip K. Dick"



CAPÍTULO XVIII


—Traiga aquí el resto de mis cosas —ordenó Pris a J. R. Isidore—En particular, quiero la TV, para ver el informe especial de Buster.
—Sí —agregó Irmgard Baty, con los ojos brillantes como los de un pájaro— Necesitamos la TV. Hace tiempo que esperamos ese anuncio y ahora falta poco.
—Mi aparato coge el canal del gobierno —dijo Isidore.

Desde un ángulo del living, sentado en un sillón como si pensara quedarse allí permanentemente, como si estuviese alojado en el sillón, Roy Baty observó con paciencia: 

—Queremos ver al Amigo Buster y a sus Amigos Amistosos, Iz. ¿O prefiere que lo llame J. R.? Y de todos modos, ¿comprende? Entonces, vaya a buscar la otra TV.

Isidore recorrió el pasillo solitario y resonante hasta las escaleras. Todavía no se había desvanecido en él la potente fragancia de la felicidad, la sensación de ser útil por primera vez en su oscura vida. Ahora, hay seres que dependen de mí, se dijo, encantado, mientras bajaba los polvorientos escalones. Y además, será bueno ver nuevamente al Amigo Buster en la TV, en lugar de escucharlo por la radio del camión de la tienda. Y hoy el Amigo Buster debe revelar su informe especial, cuidadosamente documentado. De modo que merced a Pris y a Roy y a Irmgard podré ver la presentación de una noticia que es probablemente la más importante en mucho tiempo. ¿Qué tal?

La vida, para J. R. Isidore, había cobrado definitivamente nuevo ímpetu. 

Entró en el antiguo apartamento de Pris, desconectó la TV y la antena. El silencio era penetrante, y sintió que sus brazos se debilitaban. En ausencia de Pris y de los Baty se desvanecía, se tornaba extrañamente parecido a la TV inerte que acababa de desconectar. Uno tiene que vivir con otras personas para vivir de verdad, pensó. Antes de que llegaran, podía vivir solo; ahora todo había cambiado, y no había posibilidad de retroceso. No se puede ir y volver entre la gente y la nogente. Con cierto temor, se dijo: dependo de ellos; gracias a Dios que se han quedado.

Se requerían dos viajes para subir todas las pertenencias de Pris. Alzando el aparato decidió llevarlo antes que las maletas y las demás ropas. Pocos minutos después estaba arriba. Con los dedos doloridos, depositó la TV sobre una mesa baja de su living. Pris y los Baty miraban impasibles.

—En este edificio se reciben bien las señales —dijo, jadeante, mientras enchufaba el cable y la antena—Cuando podía oír al Amigo Buster y...
—Encienda la TV y no hable más —dijo Roy Baty. Así lo hizo, y regresó a la puerta. 
—Un viaje más será suficiente —se demoraba; el calor de la presencia de ellos lo alimentaba.
—Está bien —respondió distraídamente Pris.

Isidore salió. Creo que se aprovechan de mí, en cierta forma, pensó. Pero no me importa. Es bueno tener amigos, a pesar de todo.

En el piso inferior, recogió las ropas de la chica, las metió en las maletas y volvió al pasillo y a las escaleras. De repente, un escalón más adelante vio que algo pequeño se movía entre el polvo. Dejó caer las maletas y extrajo un frasco de plástico que, como todo el mundo, llevaba, siempre para esto mismo. Era una araña. Con los dedos temblorosos, la empujó hacia el frasco y ajustó la tapa, perforada con una aguja. 

Arriba, en la puerta de su apartamento, se detuvo para recobrar el aliento.
—Sí, amigos. Este es el momento. Aquí el Amigo Buster, quien espera y confía que todos estéis ansiosos por compartir un descubrimiento que he realizado, y que he hecho verificar por un equipo de investigadores capacitados durante toda la semana pasada. Aquí está, amigos.
—He encontrado una araña —dijo John Isidore. Los tres androides lo miraron, desviando por un instante su atención de la pantalla de TV.
—A ver —dijo Pris, extendiendo la mano.
—Callad cuando habla Buster —dijo Roy Baty.
—Nunca he visto una araña —respondió Pris. Cogió el frasco y miró la criatura que había dentro—Tantas patas... ¿Para qué las necesita, J.R.?
—Así están hechas las arañas —dijo Isidore; su corazón latía fuertemente y respiraba con dificultad—Tienen ocho patas.
—¿Ocho? —preguntó. Irmgard Baty—¿Y no podría andar con cuatro? Córtale cuatro y veamos —impulsivamente abrió su bolso y sacó unas tijerillas de uñas, brillantes y afiladas, que entregó a Pris. 

J. R. Isidore experimentó un insondable terror. Pris llevó a la cocina el frasco y se sentó ante la mesa de J. R. Isidore. Quitó la tapa y dejó caer la araña.

—Probablemente no podrá correr tan rápido..., pero de todos modos aquí no tendría nada que cazar —dijo—Igual se morirá —se dispuso a usar las tijeras.
—Por favor —dijo Isidore.

Pris alzó la vista con curiosidad.

—¿Vale algo?
—No la mutile —dijo pesadamente, implorante, Isidore. Pris cortó una de las patas de la araña. En el living, Buster decía:
—Mirad esta ampliación de una parte del paisaje. Este es el cielo que veis habitualmente. Un momento; aquí está Earl Parameter, jefe de mi equipo de investigadores, que explicará un descubrimiento que asombrará al mundo. 

Pris cortó otra pata, conteniendo a la araña con el canto de la otra mano. Sonreía.

—Grandes ampliaciones de las imágenes de video —dijo en la TV otra voz—, sometidas a un riguroso análisis en el laboratorio, revelan que ese fondo gris de cielo y luna diurna, sobre el cual se mueve Mercer, no sólo pertenece a la Tierra sino que es artificial.
—Te lo estás perdiendo —dijo Irmgard, corriendo a la cocina en busca de Pris. Vio lo que ésta había empezado a hacer y agregó—: Puedes hacer eso más tarde. Lo que dicen es importantísimo; prueba que todo lo que creíamos...
—Silencio —dijo Roy Baty.
—... es verdad —concluyó Irmgard.
—La “luna” está pintada —decía la TV—; en las ampliaciones, como todos pueden ver, se distinguen las pinceladas. Y hay incluso pruebas de que las matas salvajes y el suelo triste y estéril son también trucadas —y quizá también las piedras que personas invisibles le arrojan a Mercer—Es muy posible en verdad que esas “piedras” sean de un plástico relativamente blando, para no causar verdaderas heridas.
—En otras palabras —interrumpió el Amigo Buster—, Wilbur Mercer no padece ningún sufrimiento.
El jefe del equipo de investigadores continuó:
—Finalmente, señor Buster, hemos logrado descubrir a un viejo especialista en efectos de Hollywood, un tal señor Wade Cortot, quien aseguró que la figura de Mercer bien podía ser la de un actor de segundo orden de un estudio de sonido. Cortot ha llegado a declarar que reconocía el estudio como uno perteneciente a un cineasta en pequeña escala con el que él tuvo tratos hace varias décadas.
—De modo que según Cortot —subrayó el Amigo Buster—, no hay prácticamente ninguna duda. 

Pris había amputado ya tres patas de la araña, que se deslizaba penosamente por la mesa de la cocina buscando en vano un camino hacia la libertad. 

—Con franqueza, creímos lo que decía Cortot —afirmó la voz seca y pedante— y pasamos bastante tiempo examinando filmes publicitarios donde aparecían los actores antiguamente empleados por la hoy desaparecida industria cinematográfica de Hollywood...
—¿Y qué se descubrió?
—Escucha esto —dijo Roy Baty.

Irmgard miraba fijamente la TV y Pris había interrumpido la mutilación de la araña.

—Después de estudiar miles y miles de fotos y películas, pudimos localizar a un hombre ahora muy anciano, llamado Al Jarry, que trabajó en papeles menores en numerosos filmes anteriores a la guerra. Enviamos un grupo de personas del laboratorio a casa de Jarry, en East Harmony, Indiana. Uno de ellos describirá ahora lo que encontró —silencio y luego una nueva voz, igualmente pedestre—La casa está en la Avenida Lark, de East Harmony, en un lugar de las afueras de la ciudad donde no habita nadie, excepto Al Jarry. Es una casa sucia y medio derruida. Jarry nos invitó cordialmente a entrar y, mientras estábamos en una sala húmeda, maloliente y llena de kippel, exploré por medios telepáticos la mente confusa, brumosa y también repleta de residuos de Al Jarry.

—Escuchad —urgió Roy Baty, sentado en el borde del sillón, como en disposición de saltar.
—Descubrí que en realidad —continuó el técnico—, el anciano había participado en una serie de filmaciones de quince minutos, en video, para un cliente a quien jamás conoció. Como habíamos previsto, las “rocas” eran de un plástico semejante a la goma. La “sangre” era ketchup y —el técnico rió—el único dolor del señor Jarry consistió en pasar un día entero sin beber whisky.
—Al Jarry —dijo el Amigo Buster, cuyo rostro había retornado a la pantalla— Muy bien, muy bien. Un anciano que ni siquiera en su juventud había hecho nada que él o nosotros pudiéramos respetar. Al Jarry fue pues el actor de un oscuro y repetitivo serial; no sabía entonces ni sabe ahora quién era su cliente. Los partidarios del Mercerismo han dicho muchas veces que Wilbur Mercer no es un ser humano, que en verdad es una entidad arquetípica superior, tal vez proveniente de otra estrella. Y bien, en cierto sentido, esto se ha revelado exacto. Wilbur Mercer no es humano, y en realidad no existe. El mundo en que se desarrolla su ascensión es un estudio barato y corriente de Hollywood, convertido en kippel hace muchos años. Entonces, ¿quién es el autor de este fraude contra todo el sistema solar? Pensad en esto, amigos.
—Tal vez no lo sabremos nunca —murmuró Irmgard.
—Tal vez no lo sabremos nunca —dijo el Amigo Buster. Y no podemos, tampoco, determinar cuál es el propósito de esta superchería. Sí, amigos, superchería: el Mercerismo es pura superchería.
—Era obvio, lo sabíamos —dijo Roy Baty—El Mercerismo apareció...
—Pero conviene pensar qué produce el Mercerismo —continuó el Amigo Buster—Según sus fíeles, la experiencia funde...
—Es la empatía de los humanos —dijo Irmgard.
—... a los hombres y mujeres de todo el sistema solar, en una sola entidad. Una entidad controlada por la supuesta voz telepática de “Mercer”. Basta pensar qué ocurriría si una especie de Hitler en potencia, ambicioso, con sentido político...
—El problema está en la empatía —insistió vigorosamente Irmgard. Con los puños apretados se dirigió a la cocina y enfrentó a Isidore—¿Acaso no es la forma de demostrar que los humanos pueden hacer una cosa que nosotros no podemos? Sin la experiencia de Mercer, sólo tenemos la palabra de los seres humanos. Sólo su palabra de que sienten esa empatía, esa cosa compartida, de grupo. ¿Cómo está la araña? —se inclinó sobre el hombro de Pris, que estaba terminando de cortar otra pata con sus tijeras.
—Ahora tiene cuatro —empujó al animal—No quiere moverse. Pero puede.

Roy Baty apareció en la puerta, respirando con fuerza, con expresión de triunfo.

—Es un hecho. Buster lo ha dicho claramente, y casi todos los seres humanos del sistema deben haberlo escuchado. El Mercerismo es una superchería. Toda la experiencia de la empatía es una superchería —miró con curiosidad a la araña.
—No quiere andar —dijo Irmgard.
—Yo haré que camine —Roy Baty sacó unas cerillas, encendió una y la sostuvo más y más cerca de la araña, hasta que por fin, débilmente, el insecto se apartó.
—Yo tenía razón —exclamó Irmgard—¿No dije que podía caminar con cuatro patas? —miró con interés a Isidore—¿Qué le ocurre? —le tocó el brazo—No ha perdido nada; le pagaremos lo que dice el catálogo de... ¿Cómo se llama? Sidney. ¿Por qué se ha puesto así? ¿Es por lo de Mercer? ¿Por lo que se ha descubierto? ¿Por esa investigación? Eh, contésteme —le golpeó el brazo insistentemente con un dedo.
—Está muy afectado —dijo Pris—, porque tiene una caja de empatía en la otra habitación. ¿La usa, J. R.?
—Por supuesto que la usa. Todos lo hacen o al menos lo hacían. Tal vez ahora empiecen a pensarlo mejor.
—No creo que esto acabe con el culto a Mercer —dijo Pris—Pero con seguridad, en este momento debe haber una cantidad de humanos que se sienten infelices —se dirigió a Isidore—Hemos esperado durante meses. Todos sabíamos lo que Buster estaba preparando —vaciló y agregó—: ¿Por qué no decirlo? Buster es uno de los nuestros.
—Un androide —explicó Irmgard—Nadie lo sabe. Quiero decir, los humanos.

Pris, con las tijeras, cortó otra pata más a la araña. Bruscamente, John Isidore la hizo a un lado, cogió a la criatura mutilada y la llevó al fregadero. Allí la ahogó, y mientras tanto se ahogaban también su mente y sus esperanzas, tan rápidamente como la araña.

—Está realmente perturbado —observó nerviosamente Irmgard—¿Por qué no dice algo, J. R.? También me perturba a mí que esté ahí, junto al fregadero, en silencio. No ha dicho una palabra desde que encendimos la TV.
—No es la TV —respondió Pris—Es la araña. ¿No es así, John R. Isidore? Ya se le pasará —le dijo a Irmgard, que había ido a apagar la TV. 

Roy Baty miraba a Isidore con tranquila diversión. —Ya terminó todo Iz. Quiero decir, para el Mercerismo —con las uñas recogió del fregadero el cadáver de la araña—Tal vez ésta era la última araña — dijo—La última araña viva de la Tierra —reflexionó—En ese caso, todo terminó también para las arañas.
—No... No me siento bien —dijo Isidore. Cogió una taza del armario de la cocina; la sostuvo sin saber exactamente cuánto tiempo. Y luego preguntó a Roy Baty: —El cielo, detrás de Mercer, ¿es pintado? ¿No es real?
—Ya ha visto las ampliaciones en la TV, las pinceladas...
—El Mercerismo no se ha terminado —dijo Isidore. A los androides les ocurría algo, algo terrible, pensó. Y la araña. Tal vez había sido realmente la última de la Tierra. La araña se había ido, Mercer se había ido... Isidore vio el polvo y la ruina extendiéndose por el apartamento. Oyó la llegada del kippel, del desorden final de todas las formas, de la ausencia triunfadora, mientras estaba allí, de pie, con la taza de cerámica vacía en la mano. Los armarios de la cocina crujieron y se partieron; el suelo cedió bajo sus pies. 

Se movió y tocó la pared. Su mano quebró la superficie. Trozos grises se desprendieron y cayeron, fragmentos de enlucido semejantes al polvo radiactivo del exterior. Se sentó junto a la mesa; las patas de la silla se torcieron como tubos huecos y podridos. Se puso de pie enseguida, dejó la taza y trató de componer la silla, de hacer que volviera a su forma anterior. Pero se desarmó entre sus manos: los tornillos que habían sujetado sus partes estaban sueltos. Vio sobre la mesa cómo a la taza le aparecía una grieta, cómo se extendía una fina red de líneas y caía un trozo y a la vista quedaba la materia interior, que no era vítrea. 

—¿Qué hace? —dijo la voz de Irmgard Baty, distante—¡Está rompiendo todo! ¡Basta, Isidore!
—No soy yo quien lo hace —respondió él. Avanzó con pasos inciertos hacia el living, para estar solo.

Se detuvo junto al diván y miró la pared, y las manchitas que habían dejado los bichos muertos, y pensó nuevamente en la araña muerta con sus tres patas. Todo aquí es viejo, pensó. Hace tiempo comenzó el derrumbe, y ya no se detendrá. Los restos de la araña se han apoderado de todo.

En el suelo hundido aparecían ahora partes de animales; la cabeza de un cuervo, unas manos momificadas que habían pertenecido a un mono. Muy cerca había un burro, inmóvil pero aparentemente vivo. Por lo menos no había empezado a deteriorarse. Se dirigió hacia él, sintiendo que débiles huesos, secos como ramitas caídas, se quebraban bajo sus pies. Pero antes de llegar al burro — una de las criaturas a la que más amaba— un brillante cuervo azul descendió y se posó en el hocico de la bestia. No lo hagas, dijo en voz alta, pero el cuervo picoteó rápidamente los ojos del burro. Otra vez, pensó: me está ocurriendo otra vez. Estaré aquí largo tiempo, como antes. Siempre es muy largo, porque aquí nada cambia nunca. Llega un momento en que ni siquiera la podredumbre avanza. 

Oyó el susurro de un viento seco, y los huesecillos amontonados se partieron. Hasta el viento los destruye, observó. En esta etapa. Inmediatamente antes de que el tiempo se acabe. Querría ser capaz de recordar cómo se sale de aquí, pensó. Miró hacia arriba y no vio nada de qué asirse. 

Mercer, dijo en voz alta. ¿Dónde estás? Este es el mundo-tumba, y estoy en él de nuevo, pero esta vez no estás tú aquí. 

Algo se movió junto a uno de sus pies. Se arrodilló para mirar, y vio por qué se movía tan lentamente. La araña mutilada avanzaba con gran dificultad con sus patas restantes. La alzó y la sostuvo en la palma de la mano. Los huesos se han invertido, pensó. La araña ha vuelto a vivir. Mercer debe estar cerca. 

El viento sopló con fuerza, destruyendo y arrastrando los huesos restantes, y sintió la presencia de Mercer. Ven, aquí. Trepa por mis pies, le dijo, o busca algún otro modo de acercarte, ¿quieres? Mercer, pensó. Y gritó: “ ¡Mercer!” 

Las hierbas salvajes avanzaban; penetraban como tirabuzones en las paredes, a su alrededor, y luego se convertían en sus propias semillas, que creían, se expandían y reventaban los corrompidos metales y trozos de concreto que antes habían sido las paredes. Pero una vez desvanecidas las paredes, la desolación continuaba; la desolación era lo único que quedaba. Aparte de la figura leve y borrosa de Mercer. El anciano lo miró entonces, con expresión plácida. 

—¿El cielo está pintado? —preguntó Isidore—¿Hay realmente pinceladas que se ven en las ampliaciones?
—Sí —respondió Mercer.
—No las veo.
—Estás demasiado cerca —dijo Mercer—Debes colocarte a más distancia, como hacen los androides. Ellos tienen mejor perspectiva.
—¿Y por eso dicen que eres un fraude?
—Yo soy un fraude —repuso Mercer—Son sinceros; su investigación es verídica. Desde su punto de vista, yo soy un viejo actor jubilado, llamado Al Jarry. Todo eso, todas esas revelaciones, son ciertas. Me han entrevistado en mi casa, como dicen. Y les dije todo lo que deseaban saber, es decir, todo.
—¿Y lo del whisky también? 

Mercer sonrió.
—Sí, es verdad. Hicieron un buen trabajo, y desde su punto de vista, la revelación del Amigo Buster ha sido convincente. Les costará comprender, eso sí, por qué nada ha cambiado; porque tú estás aquí, y yo también —Mercer señaló con un gesto amplio la cuesta empinada y desierta, el paisaje familiar—Ahora mismo, acabo de alzarte desde el mundo-tumba, y continuaré haciéndolo hasta que ya no te interese y desees marcharte. Pero tendrás que dejar de buscarme, porque yo nunca cesaré de buscarte. 
—No me gustó eso del whisky —dijo Isidore—No está bien.
—Tú eres una persona de elevada moral. Yo no lo soy. No juzgo a nadie, ni siquiera a mí mismo —Mercer alzó su mano, cerrada, con la palma hacia arriba—Y antes de que lo olvide, tengo aquí algo que es tuyo —abrió los dedos. En la palma estaba la araña, con sus patas restauradas.
—Gracias —dijo Isidore, cogiendo la araña. Y empezó a agregar algo...

Sonó la campanilla de alarma.
—Un cazador de bonificaciones en el edificio —rugió Roy Baty—Pronto, apagad todas las luces... Apartadlo de la caja de empatía; su puesto está en la puerta. Vamos, haced que se mueva.
 










sábado, 21 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVII - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVI - Philip K. Dick"

CAPÍTULO XVII


Más tarde, se concedieron un lujo. Rick pidió que les subieran el café. Permaneció largo rato en un gran canapé de hojas verdes, negras y doradas, sorbiendo el café y meditando en las próximas horas. Rachael, en el cuarto de baño, canturreaba, chillaba y chapoteaba debajo de la ducha caliente. 

—No has hecho un mal trato —dijo ella cuando cerró la ducha, y apareció desnuda, goteando, el pelo atado con una banda de goma, en la puerta del baño— Nosotros, los androides, no podemos controlar nuestras pasiones físicas, sensuales. Probablemente lo sabías y te has aprovechado de mí —pero no parecía en modo alguno enfadada sino, por el contrario, alegre y ciertamente tan humana como cualquier chica que Rick hubiese conocido—Realmente, ¿tienes que perseguir a esos andrillos esta noche?
—Sí —respondió Rick; yo a dos, tú a una. Como acabas de confirmar, hemos hecho un trato.

Envolviéndose en un gigantesco toallón, Rachael agregó:
—¿Te gusto?
—Sí.
—¿Volverías a acostarte con un androide?
—Si fuera una chica. Si fuera como tú.
—¿Sabes cuánto dura un robot humanoide como yo? He vivido dos años. ¿Cuántos calculas que me quedan?
—Un par de años, tal vez.
—Nunca han podido resolver ese problema, quiero decir, el reemplazo de las células. Perpetuo, o al menos de larga duración. Así es... 

Rachael empezó a secarse vigorosamente, sin expresión en el rostro.
—Lo siento —dijo Rick.
—Al diablo —exclamó Rachael—Siento haber hablado de eso. De cualquier modo, evita que los humanos se vayan a vivir con los androides.
—¿Es igual para los modelos Nexus-6?
—El problema es el metabolismo, no la unidad cerebral —anduvo unos pasos, recogió sus bragas, empezó a vestirse.

También Rick se vistió. Juntos, hablando apenas, subieron al terrado, donde el coche aéreo había sido aparcado por el encargado, humano, amable, vestido de blanco. Mientras se dirigían a los suburbios de San Francisco, Rachael observó:

—Es una hermosa noche.
—Sin duda, mi cabra estará dormida —dijo él—O tal vez las cabras sean nocturnas. Hay animales que nunca duermen. Las ovejas no lo hacen jamás, al menos yo no la he visto. Cuando las miras, te miran. Esperan que les des algo de comer.
—¿Cómo es tu mujer? 

Rick no respondió.
—¿Te has...?
—Si no fueras una androide —interrumpió Rick—, si pudiera casarme legalmente contigo, lo haría.
—También podríamos vivir en el pecado —repuso Rachael—Sólo que yo no estoy viva.
—Legalmente, no. Pero biológica y verdaderamente, sí. No eres un conjunto de circuitos transistorizados como un seudo-animal; eres una entidad orgánica —y dentro de dos años te habrás gastado y morirás, pensó. Porque no se ha podido resolver el problema de reemplazo de las células, como tú misma decías. Así que, de todos modos, no importa. Y se dijo: para mí, es el fin. Como cazador de bonificaciones. Después de los Baty, ninguno más. Después de esta noche, se acabó.
—Estás muy triste —dijo Rachael.

Rick extendió la mano y le acarició la mejilla.
—No podrás seguir cazando androides —dijo ella serenamente—No estés triste, por favor.

El la miró.
—Ningún cazador de bonificaciones ha podido actuar después de estar conmigo—continuó Rachael—Excepto uno, un hombre muy cínico: Phil Resch. Está loco, trabaja por su cuenta.
—¿Sí? —dijo Rick. De repente, sintió que todo su cuerpo se paralizaba.
—Pero este viaje no será una pérdida de tiempo, porque conocerás a un hombre espiritual y maravilloso.
—Roy Baty —dijo Rick—¿Los conoces a todos?
—Los conocía, cuando vivían. Ahora conozco a tres. Intentamos detenerte esta mañana, antes de que comenzaras con la lista de Dave Holden. Volví a intentarlo, justamente antes de que Polokov te atacara. Y después tuve que esperar.
—A que yo me derrumbara y te llamara.
—Luba Luft y yo fuimos muy, muy amigas durante casi dos años. ¿Qué te pareció? ¿Te gustaba?
—Sí.
—Pero la mataste.
—La mató Phil Resch.
—Ah, entonces Phil te acompañó de vuelta a la Opera. No lo sabíamos. Ese es el momento en que nos quedamos incomunicados. Sabíamos que estaba muerta, y pensábamos que tú la habías retirado.
—A juzgar por las notas de Dave —dijo Rick—, pienso que puedo retirar todavía a Roy Baty. Quizá no a Irmgard Baty — y ciertamente, tampoco a Pris Stratton. Ni siquiera ahora, sabiendo lo que sé — De modo que todo lo que sucedió en el hotel...
—La Rosen Association quería llegar a los cazadores de bonificaciones — explicó Rachael—, aquí y en la Unión Soviética. Y este método parecía funcionar..., por razones que yo no comprendo del todo. Nuestras limitaciones, supongo.
—Me pregunto si funcionará tan bien como dices.
—Contigo ha servido.
—Veremos.
—Yo ya lo sé —dijo Rachael—Esa expresión en tu rostro, esa tristeza. Eso es lo que busco.
—¿Cuántas veces has hecho esto?
—No recuerdo... Siete, ocho, no; creo que nueve —asintió—Sí, nueve.
—Es una idea antigua —observó Rick.
—¿Cómo? —dijo Rachael, asombrada. 

Rick echó los mandos adelante para que el coche descendiera.

—Al menos, es lo que siento. Además, te voy a matar —agregó—Y luego, solo, me ocuparé de Roy e Irmgard Baty y de Pris Stratton.
—¿Por eso aterrizas? —respondió, con aprensión—: Hay una multa. Yo soy una propiedad legal de la Rosen Association, y no un androide escapado de Marte. No soy como los otros.
—Sí. Pero si te mato a ti, podré matar a los demás.

Las manos de Rachael se hundieron frenéticamente en su bolso repleto de cosas y de kippel. Finalmente, abandonó el intento.

—Maldito bolso —dijo—Jamás puedo encontrar nada en él. ¿Me matarás de modo que no duela? Quiero decir, hazlo con cuidado. Sino peleo, se comprende. Te prometo no pelear. ¿De acuerdo?
—Ahora comprendo por qué Phil Resch dijo eso —repuso Rick—No era cinismo. Simplemente, sabía demasiado. Y después de pasar por esto, no puedo reprocharle nada. Cambió.
—Pero no como debía —Rachael parecía más compuesta, exteriormente, aunque su tensión interior era frenética. Pero el oscuro fuego había disminuido, la fuerza vital la abandonaba, como Rick había visto en tantos androides. La resignación clásica. La aceptación mecánica, intelectual, de algo que ningún organismo, después de dos billones de años de vivir y evolucionar, podía conciliar consigo mismo.
—No puedo soportar la forma en que ceden los androides —dijo con furia. 

El coche casi se precipitó al suelo. Tuvo que aferrar el timón para evitar un choque. Frenó y logró un aterrizaje brusco y de lado. Detuvo el motor y cogió el tubo láser. 

—En la base del cráneo, en el hueso occipital —dijo Rachael—Por favor —se dio vuelta para no ver el láser; quería que el rayo penetrara sin que ella lo advirtiera.

Rick apartó el arma.
—No puedo hacer lo que decía Phil Resch.
Volvió a poner el motor en marcha y se elevaron.
—Si lo vas a hacer, hazlo ahora —pidió Rachael—No me hagas esperar.
—No te mataré —Rick puso proa nuevamente a la parte baja de San Francisco—Tu coche quedó en el St. Francis, ¿verdad? Te llevaré allá, para que puedas regresar a Seattle —no tenía más que decir, y condujo en silencio.
—Gracias por no matarme —dijo Rachael.
—De cualquier modo, sólo te quedan dos años de vida. Y a mí cincuenta. Viviré veinticinco veces más que tú.
—De verdad, me desprecias —respondió Rachael—Por lo que hice — recuperaba la seguridad, y la letanía de su voz ganaba ritmo—Has obrado como los demás. Los otros cazadores de bonificaciones. Se ponían furiosos y hablaban de matarme, pero finalmente no podían. Como tú, ahora —encendió un cigarrillo y aspiró con deleite—Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Que yo tenía razón: no podrás retirar más androides. Ni a mí, ni a los Baty, ni a la Stratton. Así que vuelve con tu cabra y descansa un poco —repentinamente sacudió con violencia el abrigo—Oh, ¡una brasa del cigarrillo! Ya se apagó —se echó atrás en el asiento, relajada.

Rick no habló.
—Esa cabra —continuó Rachael—La quieres más que a mí. Y probablemente más que a tu esposa. Primero la cabra, después tu esposa, y finalmente... —se rió con alegría—¿Qué se puede hacer sino reír?
El no respondió. Siguieron su camino en silencio un rato y luego Rachael buscó y halló la radio, y la encendió. 

—Apaga —dijo Rick.
—¿Al Amigo Buster y sus Amigos Amistosos? ¿A Amanda Werner y a Oscar Scruggs? Es hora de escuchar el informe sensacional de Buster, que debe estar a punto de comenzar —se inclinó para ver su reloj a la luz de la radio—Falta poco. ¿Sabes? Hace dos días que está hablando de esto, preparando al público para... 

La radio dijo, en voz caricaturesca:
—... y sólo quiero decir una cosa, amigos; estoy aquí con el Amigo Buster, y hemos estado hablando y pasándolo la mar de bien, mientras esperamos cada segundo del reloj hasta que llegue una noticia que, según entiendo, es la más importante de... 

Rick apagó la radio. 

—Osear Scruggs —dijo—La voz del hombre inteligente. Instantáneamente, Rachael volvió a encenderla.
—Quiero escuchar. Y pienso escuchar: lo que anunciará el Amigo Buster en su show de esta noche es muy importante. 

La voz estúpida continuó balbuceando, y Rachael Rosen se instaló cómodamente. En la oscuridad, la brasa de su cigarrillo ardía como el trasero de una luciérnaga contenta. Era un claro indicio del éxito de Rachael Rosen: su victoria sobre él.
 

jueves, 19 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XVI - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XV - Philip K. Dick"



CAPÍTULO XVI


En la enorme y suntuosa habitación del hotel, Rick leía las copias al carbón con los informes acerca de los androides Roy e Irmgard Baty. Esta vez disponía de fotos telescópicas, borrosas copias 3-D en color que apenas permitían ver los detalles. La mujer parecía atractiva; Roy Baty era otra cosa. Peor.

Había sido farmacéutico en Marte, leyó. O al menos había usado esa cobertura. Probablemente era en realidad un trabajador manual, un campesino, con aspiraciones de algo mejor. ¿Sueñan los androides?, se preguntó Rick. Era evidente: por eso de vez en cuando mataban a sus amos y venían a la Tierra. A vivir una vida mejor, sin servidumbre. Como Luba Luft, a cantar Don Giovanni y Le nozze en lugar de labrar un campo árido y sembrado de rocas, en un mundocolonia básicamente inhabitable. 

El informe agregaba:
“Roy Baty tiene un aire agresivo y decidido de autoridad ersatz. Dotado de preocupaciones místicas, este androide indujo al grupo a intentar la fuga, apoyando ideológicamente su propuesta con una presuntuosa ficción acerca del carácter sagrado de la supuesta Vida” de los androides. Además, robó diversos psicofármacos y experimentó con ellos; fue sorprendido y argumentó que esperaba obtener en los androides una experiencia de grupo similar a la del Mercerismo que, según declaró, seguía siendo imposible para ellos.” 

La descripción era patética. Un androide frío, duro, aspiraba a una experiencia que le resultaba inasequible a causa de un defecto deliberadamente incluido en su diseño. 

Sin embargo, Roy Baty no logró preocuparlo mucho. Según las notas de Dave, tenía cierta cualidad repulsiva. Baty había tratado de lograr la fusión. Como no pudo, organizó la matanza de varios seres humanos y la fuga a la Tierra. Y ahora, hoy mismo, había logrado como resultado que del grupo original de ocho sólo quedaran tres. Y éstos, los miembros principales del grupo ilegal, también estaban condenados. Si él fracasaba, alguien lo lograría. El tiempo y la marea, se dijo Rick. El ciclo de la vida y, al final, el último crepúsculo antes del silencio de la muerte. Un micro-universo completo. 

La puerta de la habitación se abrió violentamente.
— ¡Qué vuelo! —dijo Rachael Rosen, sin aliento. Vestía un largo abrigo sedoso y sostén y shorts de la misma tela. Traía su enorme bolso de piel, semejante al del cartero, y una bolsa de papel— Esta habitación es hermosa —miró su reloj— Menos de una hora; he venido deprisa —le dio la bolsa a Rick—He traído una botella. Bourbon. 
—El peor de los ocho está vivo. El que los organizó —le alcanzó el informe sobre Roy Baty; Rachael dejó la bolsa en el suelo y cogió el folio.
—¿Lo has localizado? —preguntó, después de leer.
—Tengo la dirección de un edificio en los suburbios. Es un lugar donde sólo puede haber algún especial deteriorado, un cabeza de chorlito, viviendo su versión de la vida.
—¿Y los demás?
—Son dos mujeres —le dio los informes, uno acerca de Irmgard Baty, y otro que se refería a un androide femenino llamado Pris Stratton.
—Oh —dijo Rachael al mirar el último. Arrojó lejos los folios, fue hasta la ventana y contempló el panorama de San Francisco—Pienso que ella podría derrotarte... O tal vez no, tal vez no te importe —estaba pálida y su voz temblaba.

De repente parecía curiosamente insegura.
—¿Qué quieres decir, exactamente? —recogió las copias y las estudió. Se preguntaba qué la habría turbado.
—Abramos el whisky —Rachael fue con la bolsa de papel al cuarto de baño y regresó con dos vasos. Su aire inseguro y preocupado no se disipaba. Rick advirtió la rápida lucha interior, sus veloces pensamientos: se veían en su ceño y en su expresión tensa—¿Puedes abrirlo? —pidió—Tú comprendes que vale una fortuna... No es sintético, es auténtico; de antes de la guerra.
Rick cogió la botella, la abrió y sirvió el bourbon.
—Dime qué te preocupa.
Rachael lo encaró con aire desafiante.
—Dime tú qué vamos a hacer en lugar de preocuparnos por esos tres Nexus-6 —se quitó el abrigo y lo llevó hasta el armario para colgarlo de una percha. Rick tuvo así la primera oportunidad de contemplarla detenidamente. 

Las proporciones de Rachael eran extrañas. La pesada mata de pelo negro parecía agrandar su cabeza; sus senos pequeños daban a su cuerpo un aspecto desgarbado y casi infantil. Los grandes ojos, las largas pestañas eran sin embargo de mujer adulta; allí terminaba la adolescencia. Rachael se paraba levemente sobre la punta de los pies, y sus brazos colgaban apenas doblados en la articulación: la actitud de un cazador alerta, quizás un Cro-Magnon. La raza de los cazadores esbeltos, pensó. Ni el menor exceso: vientre liso, trasero pequeño, senos aún más exiguos. El tipo céltico, anacrónico y atractivo. Debajo de sus shorts las piernas delgadas tenían un carácter neutro, asexuado, sin demasiadas curvas. Y sin embargo la impresión total era de belleza; eso sí, la de una muchacha, no la de una mujer. Excepto por la mirada aguda e inquieta. 

Bebió un sorbo. El sabor y el olor, fuertes, autoritarios, poderosos, se le habían tornado poco familiares, y tragó con dificultad. En contraste, Rachael apuró tranquilamente su bourbon.

Ahora, sentada en la cama, alisaba el cobertor, ausente. Su expresión era melancólica. Rick dejó su vaso en una mesilla y se sentó a su lado. La cama cedió bajo su peso, y Rachael cambió de posición.
—¿Qué es? —preguntó él. Se apoderó de su mano; estaba fría, levemente húmeda—¿Qué te ha turbado?
—Esa última Nexus-6 —respondió Rachael, con cierto esfuerzo—, es el mismo tipo que yo —cogió una hebra suelta del cobertor y empezó a formar una bolita—¿No leíste la descripción? Podría ser la mía. Tal vez vista y se peine de otra manera. Hasta puede que lleve una peluca. Pero cuando la veas comprenderás lo que te digo —se rió sardónicamente—Menos mal que la asociación explicó que soy una androide. De otro modo, te enfurecerías al ver a Pris Stratton. O creerías que soy yo.
—¿Y por qué eso te molesta tanto?
—Dios, estaré contigo cuando la retires.
—Tal vez no. Quizá no la encuentre.
—Conozco la psicología de los Nexus-6 —explicó Rachael—Por eso puedo ayudarte. Los últimos tres están juntos. Las dos mujeres rodean a ese androide trastornado que se hace llamar Roy Baty, y que prepara la defensa definitiva —sus labios se torcieron—Jesús —dijo.
—No te entristezcas —dijo él. Cogió su barbilla aguda, pequeña, ahuecando la palma de la mano, y alzó suavemente su cabeza hasta que estuvo a su altura. Se preguntaba cómo sería besar a una androide. Y se inclinó a besar los labios secos de Rachael. No hubo reacción; ella quedó impasible, como si no le importara. Y sin embargo él sentía que no era así. O tal vez fuera solamente lo que habría querido...
—Si lo hubiera sabido antes —dijo Rachael—, no habría venido. Me estás pidiendo demasiado. ¿Sabes lo que siento por esa androide? ¿Por Pris?
—Empatía —aventuró él.
—Algo parecido. Identificación. Dios mío, piensa en lo que podría ocurrir. En la confusión me retiras a mí, no a ella. Y Pris regresa a Seattle y vive mi vida. Nunca había sentido esto antes. Somos máquinas, estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente, personalmente. Soy sólo un modelo de serie.

Rick no pudo evitar cierta diversión. Rachael parecía tan morosamente sentimental...

—Las hormigas no sienten lo mismo —dijo—, y son físicamente idénticas.
—Las hormigas no sienten. Eso es todo.
—Los gemelos idénticos humanos; ellos no...
—Pero se identifican mutuamente. He leído que tienen un lazo empático especial —Rachael se puso de pie y trajo la botella de bourbon; volvió a llenar su vaso y a beber con rapidez. Anduvo por la habitación con los hombros caídos durante un momento, tenía aún el ceño oscuro y fruncido. Luego, como si se hubiera deslizado allí por casualidad, se instaló nuevamente en la cama. Pero esta vez alzó las piernas y se estiró, apoyándose contra las grandes almohadas, suspirando—Olvida a los tres andrillos —dijo en voz fatigada—Estoy cansada, debe ser el viaje. Y todo lo que ha pasado hoy. Querría dormir —cerró los ojos— Tal vez, si me muero —murmuró—, volveré a nacer cuando la Rosen Association fabrique la próxima unidad de mi subserie —abrió los ojos y miró a Rick con ferocidad—, ¿Sabes realmente por qué he venido? ¿Por qué Eldon y los demás Rosen, los humanos, querían que estuviera contigo?
—Para observar —respondió él—Para saber exactamente qué impide al Nexus-6 aprobar el test de Voigt-Kampff.
—O diferenciarse de algún modo. Después elevaré un informe y la Rosen Association modificará los elementos DNS del baño de cigotas. Y entonces tendremos el modelo Nexus-7. Y cuando éste sea sorprendido, lo modificarán; y finalmente la empresa tendrá un tipo imposible de distinguir.
—¿Conoces el test del Arco Reflejo de Boneli?
—También piensan en los ganglios de la columna. Algún día el test de Boneli desaparecerá bajo el manto venerable del olvido —sonreía con inocencia, en contraste con sus palabras. 

Rick no podía discernir acerca del grado de seriedad de Rachael. El tema tenía suficiente importancia para hacer temblar al mundo, pero ella lo trataba alegremente. Tal vez, una característica androide: una carencia emocional, falta de sentimientos acerca del significado de lo que decía. Sólo definiciones huecas, formales, intelectuales, de cada término.

Además, Rachael había empezado el contraataque. Había pasado imperceptiblemente de quejarse de su condición a zaherir a Rick por la propia. 

—Vete al diablo —respondió él. Rachael se echó a reír.
—Estoy ebria. No puedo acompañarte. Si te vas —hizo un gesto de despedida— me quedaré a dormir, y luego me contarás qué ha ocurrido.
—No habrá ningún luego. Roy Baty me vencerá.
—No te puedo ayudar porque he bebido demasiado. De todos modos, ya conoces la verdad, la dura, irregular y resbalosa superficie de la realidad. Yo soy solamente una observadora y no intervendré para salvarte. No me importa que ganes tú o Roy Baty. Quiero estar yo misma a salvo —abrió mucho los ojos—Dios mío, siento empatía por mí misma. Y no quiero ir a ese derruido edificio suburbano —se estiró y cogió un botón de la camisa de Rick. Luego, con lentos y fáciles movimientos giratorios empezó a desabotonarle la camisa—No me atrevo. Los androides no sienten la menor lealtad recíproca, y esa maldita Pris Stratton me destruirá y ocupará mi lugar, ¿sabes? Quítate la chaqueta.
—¿Para qué?
—Para acostarte conmigo —respondió Rachael. 
—Me he comprado una cabra nubia negra —dijo—Debo retirar a esos tres andrillos para terminar mi tarea y volver a casa, con mi esposa —se puso de pie y dio la vuelta a la cama hasta la botella de bourbon. Se sirvió cuidadosamente un segundo vaso. Sus manos apenas temblaban, observó, probablemente por la fatiga; los dos estamos cansados, demasiado, para cazar a tres androides, dirigidos por el más temible. 

En ese instante comprendió que tenía un miedo manifiesto e invencible al androide principal. Todo dependía de Baty; todo había dependido de él desde el comienzo. Hasta ese momento solamente había encontrado y retirado a sus reemplazantes: faltaba el propio Baty. El miedo creció y lo rodeó por completo, ahora que le había permitido acercarse a su mente consciente.

—No puedo ir sin ti —dijo—Ni siquiera salir de aquí. Polokov vino a enfrentarme. Garland, en definitiva, también.
—¿Crees que Roy Baty vendrá? —Rachael dejó en la mesilla su vaso vacío, se incorporó, buscó algo en su espalda y desprendió su sostén. Se lo quitó. No lograba mantenerse erguida, y eso le hacía sonreír—En mi bolso tengo un objeto que nuestra fábrica automática de Marte produce como un... —hizo una mueca— dispositubo-dispositivo de seguridad de emergencia, cuando se hace la inspección de rutina de cada nuevo androide. Búscalo. Parece una ostra.

Rick empezó a buscar en el bolso. Como cualquier chica humana, Rachael tenía toda clase de objetos inconcebibles, y él revolvía interminablemente. Mientras tanto, ella se había sacudido las botas y corrido la cremallera de sus shorts. Ahora, se balanceaba sobre un pie, recogía con el otro la prenda caída y la arrojaba al otro extremo de la habitación. Luego caía sobre la cama, rodaba en busca de su vaso, al que accidentalmente derribó sobre la alfombra. 

—Maldición —dijo, y una vez más se puso de pie sin mucha estabilidad. En bragas, miraba a Rick, atareado con su bolso. Y con cuidadosa deliberación, abrió la cama, se metió dentro y se cubrió.
—¿Es esto? —Rick alzaba una esfera metálica con una palanquita.
—Eso provoca la catalepsia en los androides —dijo Rachael, con los ojos cerrados—Durante unos segundos. Suspende la respiración. También la tuya, pero los humanos pueden funcionar sin respirar ¿o transpirar? unos minutos. En cambio, el nervio vago de un androide...
—Ya sé. El sistema nervioso autónomo de un androide no puede abrir y cerrar el paso con tanta flexibilidad como el nuestro. Pero esto sólo puede servir para cinco o seis segundos.
—Bastante para salvarte la vida —murmuró Rachael, que se incorporó y se sentó en la cama—Si Roy Baty aparece, basta con apretar la palanquita. Y mientras él se queda helado, sin aire en la sangre, mientras sus células cerebrales se deterioran, lo matas con tu láser. 
—En tu bolso hay uno...
—Una imitación de juguete. Los androides no pueden usar un láser — Rachael bostezó, con los ojos nuevamente cerrados.

Rick se acercó a la cama.

Rachael se echó y se retorció hasta quedar boca abajo, con el rostro hundido en la blanca sábana bajera.

—Es una cama limpia, noble, virginal —dijo—Sólo una niña limpia, noble, virginal... —reflexionó—Los androides no pueden tener niños. ¿Es una pérdida grave?

Rick la desnudó del todo, dejando expuestas sus nalgas claras y frescas.
—¿Es una pérdida? —repitió ella—No puedo saberlo. ¿Cómo es tener un hijo? ¿Y cómo es nacer? Nosotros no nacemos, no crecemos. En lugar de morir de vejez o enfermedad nos vamos desgastando. Como hormigas, eso es lo que somos. No hablo de ti, sino de mí. Máquinas quitinosas, con reflejos, que no viven de verdad —movió la cabeza de lado y dijo en voz sonora—: ¡No estoy viva! No te vas a acostar con una mujer. No te decepciones, ¿quieres? ¿Alguna vez has hecho el amor con una androide?
—No —respondió él mientras se quitaba la camisa y la corbata.
—Me han dicho que es bueno si no piensas demasiado. Si lo piensas, no sale. Por razones... hm, fisiológicas. 

El la besó en el hombro desnudo.
—Gracias, Rick —dijo suavemente—Recuerda: ven y no pienses. No te pongas filosófico. Porque filosóficamente es aburrido. Para los dos.
—Más tarde iré a buscar a Roy Baty —dijo él—Y necesitaré que me acompañes. Sé que el láser que tienes en tu bolso es...
—¿Crees que retiraré a algún androide en tu lugar?
—Creo que, pese a lo que me has dicho, me ayudarás en todo lo que puedas. De otro modo no estarías ahora en esta cama.
—Me gustas —respondió Rachael—Si entrara en una habitación y viera un sillón tapizado con tu piel marcaría un punto muy alto en la escala de VoigtKampff.

Esta noche retiraré a una androide Nexus-6 que es exactamente igual a esta chica desnuda, pensó Rick mientras apagaba la luz. Dios mío, es lo que decía Phil Resch. Primero acuéstate con ella, luego mátala. 

—No puedo —dijo, retrocediendo.
—Yo quisiera —dijo Rachael. Le temblaba la voz.
—No es por ti. Es por Pris Stratton, y por lo que debo hacerle.
—No somos la misma. Y a mí no me importa Pris Stratton. Oye —Rachael giró y se incorporó: en la penumbra, Rick podía distinguir la figura elegante de pequeños senos—Ven, y yo me ocuparé de la Stratton, ¿quieres? No es posible estar tan cerca y que luego... 
—Gracias —replicó Rick. El agradecimiento, debido en parte al bourbon, sin duda, le hizo un nudo en la garganta. Dos, pensó. Sólo debo retirar a dos. A los Baty. ¿Lo haría Rachael? Evidentemente. Los androides pensaban y actuaban así. Y sin embargo, jamás había visto nada igual. 

—Ven a la cama. Pronto —ordenó Rachael. Rick se metió en la cama.