Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

lunes, 25 de agosto de 2014

Anochecer - Isaac Asimov

Ya que días atrás publiqué ciencia ficción, ¿por qué no hacerlo nuevamente? Hoy traigo un cuento de otro grande del género: Isaac Asimov. Extrañamente, nunca subí nada de él así que hablaremos un poco al respecto.
Isaac Asimov nació en Rusia en 1920 pero vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos (de hecho, su familia fue a USA en 1923) y falleció en Nueva York 1992. Además de escritor, fue licenciado en química, trabajó de docente y en laboratorios. Su obra literaria es extensa pero si hay algo por lo cual todo el mundo lo conoce - hayan leído sus libros o no - es por las tres leyes de la robótica:
  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.
El cuento de hoy pertenece a "Anochecer y otros cuentos" y es el que le da título al libro :D. Asimov escribió "Anochecer" cuando tenía 21 años. Sobre el proceso creativo de este relato escribió en 1969: "No escribí esa historia de manera diferente a como había escrito las historias anteriores... o, para el caso, como escribí mis últimas historias. En cuanto a lo que concierne a la escritura, soy un completo y absoluto primitivo. No tengo entrenamiento formal y hasta el día de hoy no sé Cómo Escribir.". Y cuenta, además, que en una época en la cual se pagaba 1 centavo por palabra, para su sorpresa, por este cuento le pagaron 4 centavos por palabra, recibiendo, así, un cheque de 150 u$s, 30 dólares más de lo esperado. Por años se le dijo que era su mejor historia, algo que lo irritaba y que hizo que lo excluyera de todas sus colecciones de cuentos hasta publicar "Anochecer y otros cuentos", algo así como una reconciliación...más de 20 años después.
Bien, espero que les guste. Es un poco extenso para un único post pero va completo...




ANOCHECER

Si las estrellas aparecieran una noche en mil años, 
¿cómo creería y adoraría el hombre, y preservaría 
por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios? 
EMERSON


Aton 77, director de la Universidad de Saro, alargó el labio inferior con actitud desafiante y contempló furioso al joven periodista.

Theremon 762 no lo tomó en cuenta. En los primeros días, cuando su columna era sólo una loca idea que pululaba en la cabeza de un cachorro de reportero, había acabado por especializarse en entrevistas «imposibles». Le había costado magulladuras, ojos morados y huesos rotos; pero, en cambio, le había proporcionado buenas reservas de frialdad y discreción.

De modo que hizo caso omiso de cuanta gesticulación prodigara el otro y esperó pacientemente que cosas peores llegaran. Los astrónomos eran bichos raros y si lo que Aton había llevado a cabo en los últimos dos meses significaba algo, entonces se trataba del bicho más raro del montón.

Aton 77 encontró una voz apropiada y la hizo fluir con la rebuscada, cuidadosa y pedante fraseología (puntal de su fama, entre otras cosas) que nunca abandonaba.

—Señor —dijo—, manifiesta usted una flema insufrible viniéndome con tan impúdica proposición.

El fornido tele-fotógrafo del Observatorio, Beenay 25, se pasó la punta de la lengua por sus labios resecos e intervino.

—Ahora, señor, después de todo...

El director se volvió hacia él y arqueó una blanca ceja.

—No interfiera, Beenay. Ya he hecho bastante trayendo este hombre aquí; creo en sus buenas intenciones pero no toleraré la menor insubordinación.

Theremon decidió que había llegado la hora de abrir la boca.

—Director Aton, si me permitiera comenzar lo que quiero decirle, creo que...
—Pues yo no creo, joven —replicó Aton—, que nada de cuanto pueda decir servirá para mitigar lo que ha ido apareciendo en los dos últimos meses en su columna impresa. Ha llevado usted a cabo una tenaz campaña periodística contra los esfuerzos que yo y mis colegas hemos desplegado para preparar al mundo contra la amenaza que, desgraciadamente, se ha vuelto imposible impedir. Se ha cubierto usted de gloria dirigiendo ataques personales contra la investigación y el personal de este Observatorio con el solo objeto de cubrirnos de ridículo.

Cogió de una mesa un ejemplar del Chronicle de Saro y lo desplegó furiosamente ante Theremon.

—Hasta una persona de su muy conocida impudicia habría dudado antes de venirme con una propuesta que esa misma persona ha estado utilizando como material de gaceta en una columna de periódico.

Aton arrojó el periódico al suelo, se dirigió a la ventana y se quedó allí con las manos unidas en la espalda.
—Puede retirarse —dijo por encima de su hombro. Elevó la mirada y contempló la ubicación de Gamma, el más brillante de los seis soles del planeta. Amarillento, declinaba ya su curso sobre la línea del horizonte, y Aton sabía que nunca más volvería a verlo con ojos tranquilos.

Entonces se volvió.

—No, aguarde, venga aquí —gesticuló perentoriamente—. Le proporcionaré lo que desea. El periodista no había hecho, empero, el menor gesto que indicara su retirada, y ahora se aproximó lentamente al anciano. Aton señaló al exterior.
—De los seis soles, sólo Beta quedará en el cielo. ¿Puede verlo?

La pregunta era más bien innecesaria. Beta estaba casi en su cenit, con su rojiza luz derivando hacia el naranja, como los brillantes rayos del poniente Gamma. Beta estaba en el afelio. Era pequeño; menor incluso que otras veces en que lo viera Theremon; y por el momento era el indiscutido rey del firmamento de Lagash.

Alfa, el sol de Lagash propiamente dicho, alrededor del cual trazaba su órbita, estaba en los antípodas respecto de sus dos distantes congéneres. El rojo y enano Beta -compañero inmediato de Alfa- estaba solo, cruelmente solo...

La alzada cara de Aton brillaba con rojizo resplandor bajo los rayos solares.

—Dentro de cuatro horas —dijo—, la civilización, tal cual la conocemos, llegará a su fin. Y será así porque, como usted ve, Beta es el único sol en el cielo. —Sonrió con dureza—. ¡Escriba eso! No habrá nadie que pueda leerlo.
—¿Y si transcurren cuatro horas, y luego otras cuatro, y nada ocurre? —preguntó Theremon en voz baja.
—No se preocupe por esas menudencias. Lo que ha de ser, será.
—¡Garantícelo! Y, repito: ¿si nada ocurriera?

En una ráfaga de segundo llegó la voz de Beenay 25.

—Señor, creo que debe usted escucharle.
—Sométalo a votación, director Aton —dijo Theremon.

Hubo una ligera agitación entre los cinco miembros restantes de la plantilla del Observatorio, que hasta el momento habían mantenido una actitud neutral.

—Eso —dijo Aton engreído— no será necesario. —Sacó su reloj de bolsillo—. Desde que su gentil amigo Beenay comenzó a insistir urgentemente en que yo debía escucharle a usted,
han transcurrido cinco minutos. Prosiga.

—¡Perfecto! ¿Qué diferencia habría para su reputación si usted se dignara permitirme que yo fuera testigo presencial de lo que haya de suceder? Pues si su predicción es cierta, mi presencia no constituiría molestia alguna, ya que, en ese caso, mi columna jamás sería escrita. Y, por otro lado, si nada ocurre, como usted no esperará sino el ridículo o algo peor, tomaría una sabia medida si dejara previamente el ridículo a cargo de los amigos.
—Cuando dice amigos, ¿se refiere a personas como usted? —preguntó Aton.
—Por supuesto —replicó Theremon, tomando asiento y cruzando las piernas—. Mi columna acaso haya llegado a ser un tanto grosera, pero al menos posee la virtud de introducir una sana duda en la gente. Después de todo, no estamos en el siglo de los Apocalipsis. Como usted sabe, la gente ya no cree en el Libro de las Revelaciones y le fastidia mucho que los científicos vuelvan una y otra vez a machacarnos con que, a fin de cuentas, los Cultistas son los que tienen razón.
—Se equivoca usted, joven —se lanzó Aton—. Aunque los grandes planes que todavía subsisten han tenido su origen en el Culto, nuestros resultados están completamente expurgados de cualquier misticismo que derive de él. Los hechos son los hechos y la llamémosle mitología del Culto está respaldada por unos cuantos. Así lo hemos explicado al pueblo para desvelar de una vez el misterio. Le aseguro que el Culto tiene mayores motivos que ustedes para odiarnos.
—No siento ningún odio hacia usted. Simplemente, intento decirle que el público está hasta las narices. Irritado, ¿entiende?
—Pues que siga irritado —dijo Aton, ladeando la boca con burla.
—Como quiera, pero, ¿qué ocurrirá mañana?
—¡No habrá ningún mañana!
—En caso de que lo haya. Digamos que ese mañana se reduce a lo justo para ver lo que haya de ocurrir. Esa irritación puede convertirse en algo serio. Las cosas se han precipitado en los dos últimos meses. Los inversores afirman no creer que se aproxime el fin del mundo, pero por si las moscas se encierran en sus casas con su dinero. La opinión pública no cree en usted, fíjese, y sin embargo lleva trastornada su vida desde hace meses y aún lo estará otros tantos... hasta estar segura.

»De manera que usted puede darse cuenta de dónde está el meollo. Tan pronto acabe todo, lo interesante será saber qué ocurrirá con usted. Pues afirman que de ningún modo van a permitir que un cantamañanas, con perdón, cito textualmente, les altere la prosperidad nacional con profecías, máxime cuando la profecía incluye al planeta entero. El panorama es bastante negro, señor.

—Muy bien —dijo Aton mirando al columnista—, ¿y qué propone usted para remediar esas consecuencias?
—Algo muy sencillo —contestó el otro—: hacerme cargo de la publicidad del asunto.

Manejar las cosas de manera que sólo aflore el lado ridículo. Lo que va a ser un tanto difícil porque he contribuido personalmente, debo admitirlo, a indisponerlo ante esa turba de idiotas ofuscados, pero si consigo que la gente tan sólo se ría de usted, le aseguro que olvidará al cabo su ira. A cambio usted me concederá la historia en exclusiva.

—Señor, nosotros pensamos que el periodista está en lo cierto —intervino Beenay—.

Estos dos últimos meses hemos estado considerando las posibilidades de error en nuestra teoría y nuestros cálculos y, en efecto, existe al menos una posibilidad en alguna parte. Pues no debemos descartar esa posibilidad, así sea entre un millón, señor.

Hubo un murmullo de aprobación entre los hombres agrupados alrededor de la mesa, y la expresión de la cara de Aton se aproximó a la del que mastica algo amargo y no puede escupirlo.

—Permanezca aquí si ése es su deseo. Se cuidará, sin embargo, de no estorbarnos mientras cumplimos con nuestras obligaciones. Usted recordará en todo momento que yo estoy al cargo de todas las actividades aquí y, olvidándonos de las opiniones otrora expresadas por usted en su columna, esperaré mayor cooperación y sobre todo mayor respeto...

Sus manos se anudaron de nuevo en su espalda y una mueca de determinación se dibujó en sus facciones mientras hablaba. Hubiera continuado por más tiempo de no ser porque resonó entonces una nueva voz.

—¡Hola, hola, hola! —Era una voz de alto tono que surgía de entre las rollizas mejillas del sonriente recién llegado—. ¿Qué es esta atmósfera tan tétrica? Espero que los ánimos no hayan decaído del todo.
—¿Qué diantre está haciendo aquí, Sheerin? —preguntó displicente el sorprendido Aton —. Debería estar en el Refugio.

Sheerin sonrió y dejó caer su voluminoso cuerpo sobre una silla.

—¡Que reviente el Refugio! El lugar me aburre. Prefiero estar aquí, donde se mascan las grandes cosas. ¿Acaso supone usted que no tengo mi pizca de curiosidad? Quiero ver esas Estrellas de las que siempre han hablado los Cultistas. —Se frotó las manos y añadió en tono más sereno—: Hace frío fuera. El viento le congela la nariz a uno. A la distancia que está Beta no parece proporcionar el menor calor.
—¿Por qué ha cometido esta negligencia, Sheerin? —exclamó Aton con exasperación—. Aquí no tiene nada útil que hacer.
—Y allá tampoco tengo nada útil que hacer —replicó Sheerin mostrando las palmas de las manos con cómica resignación—. Un psicólogo gasta más que gana en el Refugio. Allí se necesitan hombres fuertes y de acción, y mujeres saludables que puedan criar niños. Pero, ¿yo? Tendrían que quitarme cien libras para ser un hombre de acción y no tendría mucho éxito si probara a criar un niño. ¿Por qué, pues, voy a molestarles con una boca más que alimentar? Me siento mejor aquí.
—¿Qué es eso del Refugio, señor? —preguntó Theremon. Sheerin pareció ver al columnista por vez primera. Hinchó sus amplios carrillos al tiempo que los distendía.
—Y usted, pelirrojo, ¿quién es en este valle de lágrimas?

Aton apretó los labios y luego murmuró hoscamente:

—Es Theremon 762, el periodista. Supongo que habrá oído hablar de él.

Se estrecharon la mano.

—Y, naturalmente —dijo Theremon—, usted es Sheerin 501 de la Universidad de Saro. He oído hablar de usted.

Entonces repitió:

—¿Qué es eso del Refugio, señor?
—Verá —explicó Sheerin—, nos las arreglamos para convencer a unas cuantas personas de que teníamos razón en nuestra... nuestra profecía, de manera que tomaron las medidas oportunas. Se trata mayoritariamente de familiares del personal del Observatorio de la Universidad de Saro, y unos cuantos ajenos. En conjunto, suman unos trescientos, aunque las tres cuartas partes son mujeres y niños.
—Entiendo. Intentan esconderse donde las Tinieblas, y las... las Estrellas no puedan alcanzarlos y donde resistir cuando el mundo se convierta en un caos.
—Es una hipótesis. No será nada fácil. Con toda la humanidad enferma, las grandes ciudades ardiendo, y lo que no podemos ni imaginar, las condiciones de supervivencia se reducirán al mínimo. Con ese objeto hay alimentos, agua, protección y armas en el Refugio...
—Y algo más —intervino Aton—. También nuestros Informes, excepto los que recogen estos últimos momentos. Esas fichas lo serán todo para el siguiente ciclo y eso es lo que debe sobrevivir. El resto puede irse al diablo.

Theremon suspiró largamente y se mantuvo un rato inmóvil en la silla. Los hombres en torno a la mesa habían sacado un tablero de multi-ajedrez y contemplaban una partida a seis.

Los movimientos eran realizados con rapidez y en silencio. Todas las miradas parecían concentrarse profundamente en el tablero. Theremon los miró con curiosidad capciosa y luego se levantó para acercarse a Aton, que se mantenía aparte en sigilosa conversación con Sheerin.

—Escuchen —dijo—, vayamos a algún sitio donde no molestemos a los demás. Quiero hacer algunas preguntas.

El anciano astrónomo lo miró cejijunto, pero Sheerin gorjeó alegremente:

—Cómo no. Me hará mucho bien poder hablar. Siempre me consuela. Aton estaba exponiéndome sus ideas sobre la reacción del mundo en caso de que fallara nuestra predicción, y coincido con usted. Leo su columna con bastante regularidad, por cierto, y debo decirle que me agrada su punto de vista.
—Por favor, Sheerin —gruñó Aton.
—¿Eh? Vaya, está bien. Iremos a la sala de al lado. En cualquier caso hay sillas más cómodas.

Las sillas eran más blandas en la habitación de al lado. Había rojas cortinas en las ventanas y una alfombra marrón cubría el suelo. Con el mortecino y rojizo reflejo de Beta, la impresión general le helaba la sangre a uno.

—Vaya —se quejó Theremon—, no sé lo que daría por una decente ración de luz blanca, aunque fuera sólo durante un segundo. Me gustaría que Gamma o Delta estuvieran en el cielo.
—¿Qué es lo que quería preguntar? —inquirió Aton—. Recuerde, por favor, que nuestro tiempo es limitado. En poco más de hora y cuarto comenzarán a ocurrir anomalías; después... ya no habrá tiempo para hablar.
—Bien, empecemos. —Theremon se acomodó en un sillón y cruzó sus manos sobre el pecho—. Su gente se lo toma tan en serio que estoy comenzando a creerle a usted. ¿Podría usted explicarme con claridad en qué consiste el fenómeno?

Aton estalló.

—¿Pretende decir que ha estado todo este tiempo cubriéndonos de ridículo sin saber lo que hemos estado diciendo?
—No se ponga furioso —dijo Theremon—. No es tan malo como usted dice. Sí he captado una idea general sobre lo que ustedes han intentado explicar al ciudadano medio: que el mundo se verá cubierto de Tinieblas dentro de escasas horas y que la humanidad se volverá loca. Lo que yo quiero saber es la parte científica del asunto.
—No lo haga, no lo haga —estalló Sheerin—. Si se lo pregunta a Aton, empezará a remitirle a libros y más libros, le traerá enciclopedias y monografías, tratados, diagramas y toda la pesca. Se lo explicará de cabo a rabo. Por el contrario, si me lo pregunta a mí se lo expondré en el más profano de los lenguajes.
—De acuerdo; se lo pregunto a usted.
—Entonces, tomaré antes un trago. —Sheerin se quedó mirando a Aton.
—¿Agua? —gruñó Aton.
—¡No sea bobo!
—No sea bobo usted. Nada de alcohol ahora. Sería demasiado cómodo emborrachar a mis hombres en estos momentos. No puedo permitirles caer en la tentación.

El psicólogo gruñó para sus adentros. Se volvió hacia Theremon, lo atravesó con la mirada y comenzó.

—Usted sabrá, supongo, que la historia de la civilización de Lagash presenta un carácter cíclico, ¿comprende?, cíclico.
—Lo sé —comentó Theremon con, cautela—; sé, al menos, que ésa es la teoría arqueológica. Pero, ¿ha sido demostrada?
—Más o menos. En este último siglo se ha visto confirmada. El carácter cíclico es (mejor dicho: era) uno de los grandes misterios. Ha habido otras civilizaciones antes de la nuestra, nueve en conjunto, y hay rastros de otras tantas. Alcanzaron un nivel comparable al nuestro y todas, sin excepción, fueron destruidas por el fuego al alcanzar la cúspide de su cultura.

»Y nadie podría decir por qué. Todos los imperios fueron arrasados por el fuego sin dejar tras sí la menor indicación de las causas.

—¿Tuvieron también una Edad de Piedra?
—Probablemente, aunque nada conocemos de ese período, excepto que el hombre de esa edad era un poco más inteligente que los monos. De modo que podemos olvidarlo.
—Entiendo. Prosiga.
—Hubo muchas explicaciones sobre las catástrofes reiteradas, a cada cual más fantástica.

Algunos dijeron que se debía a periódicas lluvias de fuego; otros, que Lagash atravesaba un sol cada equis tiempo; y también los hubo que propusieron hipótesis más descabelladas. Pero hay una completamente diferente que ha sido transmitida y conservada a través de los siglos.

—Lo sé. Se refiere usted a ese mito de las «Estrellas» que se encuentra en el Libro de las Revelaciones de los Cultistas.
—¡Exactamente! —exclamó Sheerin con satisfacción—. Los Cultistas dijeron que cada dos mil cincuenta años Lagash penetra en una inmensa zona en la que todos los soles desaparecen, sobreviniendo una total oscuridad en todo el mundo. Entonces, las cosas llamadas Estrellas aparecen, despojan a los hombres de su razón y los convierten en semejantes a brutos, de tal manera que los hombres destruyen la civilización que ellos mismos construyeron. Naturalmente, los Cultistas mezclaron todo esto con un montón de nociones místico-religiosas, pero la idea central puede extraerse.

Hubo una corta pausa en la que Sheerin lanzó, un profundo suspiro.

—Ahora, pasaremos a la Teoría de la Gravitación Universal. —Lo dijo de tal manera que incluso las mayúsculas tuvieron su sonido particular. Y, en aquel momento, Aton se apartó de la ventana, bufó con ostentación y salió airadamente de la sala.

Los otros dos se quedaron mirando su partida.

—¿Qué pasa? —preguntó Theremon.
—Nada de particular —repuso Sheerin—. Dos hombres tenían que haberse presentado hace varias horas y aún no han aparecido. Es un caso que raya la restricción de personal porque todos, excepto los realmente esenciales, están en el Refugio.
—¿Cree usted que han desertado?
—¿Quiénes? ¿Faro y Yimot? Claro que no. Aunque no les convendría no aparecer cuando todo esto empiece. —Se puso en pie de repente y parpadeó—. Por cierto, mientras Aton se encuentra fuera...


Trotó hacia la ventana más cercana, se agachó y de la caja inferior del enmarcado sacó una botella de líquido rojo que brilló sugestivamente cuando la agitó.

—Espero que Aton no sabrá nada de esto —puntualizó mientras volvía a su silla—. No hay más que un vaso. Como invitado de la casa, tiene usted preferencia. Yo tomaré de la botella. —Y escanció un leve y escaso chorrito con sumo cuidado.

Theremon se irguió para protestar, pero Sheerin adoptó una actitud digna.

—Respete a sus mayores, joven.

El periodista se sentó con expresión de angustia en el rostro.

—Sigamos, pues, viejo pícaro.

La nuez de Adán del psicólogo se movió repetidas veces mientras mantenía la botella levantada; luego, con un eructo de satisfacción, comenzó de nuevo.

—Bien, ¿qué sabe usted sobre la ley de la gravitación?
—Nada, excepto que su desarrollo es muy reciente, todavía no lo bastante como para decirse que esté totalmente fundamentada, y que su fórmula es tan difícil que sólo una docena de hombres en Lagash pueden presumir de entenderla.
—¡Venga, hombre! ¡Absurdo, ridículo! ¡Mentira infame! Puedo resumirle la fórmula en una frase. La Ley de Gravitación Universal estipula que existe una fuerza de atracción entre todos los cuerpos del universo, fuerza que, entre dos cuerpos dados, es proporcional al producto de sus masas partido por el cuadrado de sus distancias.
—¿Eso es todo?
—¡Es suficiente! Llevó cuatrocientos años desarrollarla.
—¿Cómo tanto? Tal y como usted lo ha dicho parece bastante simple.
—Porque las grandes leyes no surgen por inspiración divina, sino que hay que pensar e investigar duramente para encontrarlas. Ordinariamente se obtienen tras el trabajo colectivo de muchos siglos de actividad científica. Después que Genovi 41 descubrió que Lagash tenía un movimiento de traslación alrededor del sol Alfa y no al contrario (y esto ocurrió hace cuatrocientos años), los astrónomos se pusieron a trabajar sobre esta base. Los complejos movimientos de los seis soles fueron registrados, analizados y confrontados. Hipótesis tras hipótesis, las conclusiones primarias eran confrontadas con las secundarias, rectificadas, comprobadas las rectificaciones y nuevamente arriesgadas las hipótesis. Fue un trabajo infernal.

Theremon agitó la cabeza y extendió su vaso para que fuera llenado de nuevo. Sheerin se mantuvo incólume, pero luego sirvió unas cuantas gotas a regañadientes.

—Hace veinte años —continuó— se descubrió que la Ley de Gravitación Universal daba cuenta exacta de los movimientos orbitales de los seis soles. Y fue un gran triunfo. Sheerin se puso en pie y se dirigió a la ventana, siempre con la botella en la mano.
—Y aquí llegamos al quid de la cuestión. En la última década la eclíptica de Lagash respecto de Alfa fue medida de acuerdo con la ley de gravitación y no coincidió con la órbita que se observaba; ni siquiera cuando se me incluyeron todas las perturbaciones debidas a los otros soles. O la ley no servía o allí había algún otro factor desconocido.

Theremon se levantó y se reunió con Sheerin en la ventana, contemplando, más allá de las vertientes cubiertas de bosque, las cúpulas de Saro City que reverberaban sanguinolentamente recortadas contra el horizonte. El periodista sintió que la tensión de lo incierto corroía sus entrañas mientras lanzaba una rápida ojeada a Beta. Brillaba rojizo en su cenit, pero su tono era apagado y malévolo.

—Continúe, señor —dijo suavemente.
—Con los años, los astrónomos especularon con hipótesis cada vez más absurdas... hasta que Aton tuvo la inspiración de buscar alguna fuente en el Culto. El jefe del Culto, Sor 5, le dio acceso a ciertos datos que simplificaron considerablemente el problema. Aton se puso a trabajar en esta nueva dirección.

»¿Podía haber otro cuerpo planetario opaco como el de Lagash? Si así fuera brillaría tan sólo reflejando la luz solar, y si estuviera formado por rocas azulencas, como gran parte de Lagash, entonces, en medio el abismo rojo del cielo, la constante luminosidad de los otros soles lo haría invisible... borrado por completo.

—¡Pero eso es una idea desquiciada! —exclamó Theremon.
—¿Lo cree así? Escuche esto: suponga que ese cuerpo orbita en torno a Lagash y que cuenta con tal masa, órbita y distancia que su atracción coincida con la desviación de la órbita de Lagash según la teoría. ¿Sabe lo que ocurriría?

El periodista negó con la cabeza.

—Pues que alguna que otra vez ese cuerpo se interpondría en el camino de algún sol — dijo Sheerin y apuró lo que quedaba en la botella.
—Sí, supongo que sí —convino Theremon.
—¡Naturalmente que sí! Pero sólo un sol se encuentra en su plano de revolución. — Señaló con el pulgar el diminuto sol que brillaba en lo alto—. ¡Beta! Y se sabe que el eclipse ocurre sólo cuando la disposición de los soles es tal que Beta debe encontrarse solo en su hemisferio y a la máxima distancia. El eclipse, contando la luna siete veces el diámetro aparente de Beta, cubrirá todo Lagash durante algo más de medio día, de manera que ninguna parte del planeta escapará a los efectos. Ese eclipse tiene lugar una vez cada dos mil cincuenta y nueve años.

La cara de Theremon se había convertido en una máscara inexpresivo.

—¿Ésa es la historia?
—Ni más ni menos —respondió el psicólogo–. El principio del eclipse comenzará dentro de tres cuartos de hora. Primero el eclipse, luego la Tiniebla universal y, quizás, esas misteriosas Estrellas... después la locura y el final del ciclo.

»Hemos tenido —añadió tras un rato de meditación— dos meses para convencer a Lagash del peligro, pero al parecer no ha sido tiempo suficiente. Ni dos siglos hubieran bastado. Nuestros informes y archivos han sido escondidos en el Refugio y dentro de poco fotografiaremos el eclipse. El próximo ciclo conocerá así la verdad y la humanidad estará preparada para el eclipse siguiente. Conseguir eso es también parte de la historia que usted deseaba.

Theremon abrió la ventana y un ligero soplo de brisa agitó las cortinas. Se asomó al exterior y el viento desordenó sus cabellos mientras permanecía absorto contemplando el resplandor carmesí del sol. Entonces, como en un arrebato, se volvió.

—¿Está seguro de que las Tinieblas nos volverán locos? ¿A mí también?

Sheerin se sonrió en tanto acariciaba la vacía botella con movimiento inconsciente.

—¿Acaso sabe usted lo que ocurrirá cuando sobrevengan las Tinieblas, jovencito?

El periodista se quedó apoyado en la pared y reflexionó.

—No. Realmente no puedo ni imaginármelo. Pero ya tengo noticia previa de su existencia. Algo como... como... —gesticuló con las manos— como sin luz. Como una caverna.
—¿Ha estado usted alguna vez en una caverna?
—¿En una caverna? ¡Claro que no!
—Lo suponía. Yo lo intenté la semana pasada, solamente para ver qué tal se estaba en la oscuridad. Pero tuve que salir de estampida. Tuve que detenerme cuando ya perdía de vista la entrada y la iluminación se reducía a poder ver apenas la silueta de las paredes. Pero lo que veía en el interior, más al fondo, era la oscuridad completa, la nada. Nunca creí que una persona de mi peso pudiera correr tanto. Ni jamás pensé que se apoderara de mi ser el vacío que aquel lugar me produjo.
—Bueno, si sólo se tratara de eso, imagino que no habría para tanto. Yo no hubiera corrido de haber estado allí.

El psicólogo se le quedó mirando con los ojos contraídos.

—Corre usted mucho, joven. Le desafío a que haga la prueba corriendo las cortinas.
—¿Para qué? —exclamó Theremon con sorpresa—. Si tuviéramos cuatro o cinco soles brillando en este momento, no dudo que deseáramos amortiguar un poco la luz. Está bien así.
—He ahí la cuestión. Corra la cortina, sólo eso; luego venga aquí y siéntese.
—Como quiera. —Theremon cerró la ventana y tiró de la roja cortina, que se deslizó hasta acaparar toda entrada de luz, dejando la sala en una penumbra teñida de rojo crepuscular.

Los pasos de Theremon resonaron huecamente en el silencio mientras caminaba hacia la mesa. De pronto, se detuvo.

—No puedo verlo, señor —murmuró.
—Siga andando —ordenó Sheerin con voz extraña.
—Pero es que no puedo verlo, señor —El periodista comenzó a respirar agitadamente—. No puedo ver nada.
—¿Y qué otra cosa esperaba? —dijo la voz sin visible procedencia— ¡Siga y siéntese!

Los pasos volvieron a sonar, vacilantes, aproximándose lentamente. Luego, se escuchó el ruido de un cuerpo que caía sobre un sillón. La voz de Theremon se deslizó débilmente:

—Ya estoy aquí. Me siento... muy... perfectamente.
—¿Le gusta?
—No... nada. Es más bien horrible. Las paredes parecen... —Se detuvo—. Parece como si se estuvieran acercando. Espero de un momento a otro que se ciernan sobre mí y yo tenga que verme obligado a empujarlas. Pero... ¡no me he vuelto loco! De hecho, creo que no es tanto como esperaba.
—Perfecto. Vuelva a correr las cortinas.

Hubo un ruido de pasos precipitados, la silueta del cuerpo de Theremon destacándose contra la cortina. Luego, el alivio de las cortinas deslizándose, provocando un leve pero feliz chirrido de anillas resbalando sobre rieles. La roja luz inundó la sala y Theremon miró fijamente al sol mientras lanzaba un gemido de alegría.

Sheerin se inclinó hacia adelante, esgrimió su índice y dijo:

—Fíjese que ha sido sólo una habitación a oscuras.
—Pero pudimos aguantar —dijo Theremon satisfecho.
—Sí, con una habitación a oscuras sí podríamos. Dígame, ¿estuvo por casualidad en la Exposición Centenaria de Jonglor?
—No, estaba demasiado lejos de donde me encontraba por entonces. Seis mil millas son demasiadas incluso para una exposición.
—Pues yo sí estuve. ¿Recuerda haber oído algo sobre el Túnel del Misterio, que, según decían, superaba todas las marcas en el terreno de la diversión y el entretenimiento?
—Sí, durante los dos primeros meses. ¿Acaso no era tan divertido como dijeron?
—No demasiado. El Túnel del Misterio era, efectivamente, un túnel de una milla de longitud... sin luz. Uno se metía en un pequeño vehículo abierto y se recorría el túnel entero, ¿me entiende?, la oscuridad plena en unos quince minutos. Fue muy celebrado mientras duró.
—¿Celebrado?
—No le quepa duda. El miedo suele fascinar. De ahí que se considere tan gracioso que uno coja a otro por sorpresa gritando ¡Uh!, y sandeces por el estilo. De ahí también que el Túnel del Misterio fuera tan popular. La gente salía asustada, medio muerta de miedo, jadeando, pero alegre porque había pagado por ello.
—Espere un momento, creo que ahora recuerdo... Hubo muertos de verdad, literalmente muertos por miedo. Y corrieron rumores de que iban a cerrar el Túnel a causa de ello.
—¡Quite, quite! —exclamó el Psicólogo—. Sí, hubo dos o tres muertos. Pero eso no fue nada. Se indemnizó a los familiares y el Consejo de Jonglor City se las arregló para que se olvidara el asunto. Después de todo, argumentaron, si los débiles cardíacos quieren meterse en el túnel, es asunto suyo... por otra parte, no volvió a suceder. Se tornaron medidas oportunas y en la entrada fueron instalados servicios médicos a fin de someter a revisión física a todos los parroquianos. Lo que son las cosas, eso hizo que el precio aumentara.
—¿Qué pasó luego?
—Nada de particular pero también algo muy particular. La gente salía del túnel sin ningún cambio aparente, con la única excepción de que se negaba a entrar en los otros edificios; ni palacios, casas, bloques de apartamentos, pensiones, cabañas, chozas, o lo que fuere, ni en ningún otro edificio de la Exposición...
—¿Quiere usted decir —preguntó Theremon, asombrado— que se negaban a abandonar el espacio abierto?
—¿Dónde dormían, entonces?
—En los espacios abiertos.
—Debieron haberles forzado a entrar.
—Debieron, debieron, usted lo ve muy fácil. Lo que no sabe es que a la menor alusión prorrumpían en ataques de histeria que, en el mejor de los casos, acababa llevándoles a romperse la cabeza contra una pared. Si uno era introducido en cualquier lugar cerrado no podía ser abandonado a menos que le fuera suministrada alguna dosis de tranquilizantes o una eficiente camisa de fuerza.
—Sin duda debieron enloquecer.
—Fue exactamente lo que ocurrió. Uno de cada diez que entraron en el túnel se volvió majareta. Los psicólogos fueron llamados y nosotros hicimos lo único que podíamos hacer: cerrar el túnel.
—¿Qué pudo sentir esa gente? —preguntó Theremon.
—Ni más ni menos que lo que usted sintió cuando creyó que las paredes lo estaban ahogando en la oscuridad. Hay un término psicológico que describe el miedo a la ausencia de luz. Nosotros lo llamamos claustrofobia por que la carencia de luz siempre tiene lugar en espacios cerrados. ¿Comprende la similitud?
—¿Y aquella gente del túnel?
—Se trataba de personas cuya estructura mental no podía soportar el miedo a la sensación de ahogo que produce la oscuridad. Quince minutos sin luz es tiempo suficiente. Usted mismo acaba de experimentar algo que se parece al miedo en los escasos dos minutos que ha mantenido la habitación a oscuras.

»Los que enloquecieron en el túnel poseían lo que llamamos «fijación claustrofóbica». Su miedo latente a la oscuridad y a los lugares cerrados se encontraba, digamos, en período de gestación, incubado, y la experiencia que pasaron lo sacó a relucir. Este miedo entró en actividad y casi podemos asegurar que de una manera permanente. He ahí lo que quince minutos de oscuridad pueden conseguir.

Hubo una larga pausa y la frente de Theremon se fue contrayendo lentamente hasta formar un frunce.

—No creo que sea así, no lo creo.
—Querrá decir que no quiere usted creerlo —replicó Sheerin—. Usted tiene miedo de creer. ¡Mire la ventana!

Theremon obedeció y el psicólogo continuó sin interrumpirse.

—Imagínese ahora las Tinieblas... por todas partes. Ninguna luz, nada de luz, ni el menor punto luminoso. Las casas, los árboles, los campos, la tierra, el cielo... todo se ha convertido en una mancha negra, vacía. Excepto las Estrellas que estarán en lo alto, que ni siquiera sabemos cómo son. ¿Puede concebirlo?
—Sí, creo que sí —murmuró Theremon sombríamente.
—¡Miente usted! —golpeó la mesa con él puño violentamente—. ¡No puede concebirlo, no es capaz de hacerlo! Su cerebro no puede forjar semejante panorama, como tampoco puede forjar lo infinito ni lo eterno. Por eso se limita a intentarlo según las especulaciones. Una fracción del pensamiento vive esa realidad mentalmente, sufre sus consecuencias. Pero cuando lo objetivo tiene lugar, el cerebro humano no puede abarcar lo que escapa a su comprensión.

¡Enloquecerá completa y permanentemente! ¡Y no hay la menor opción!

»Y un par de milenios —añadió tristemente— llenos esfuerzo se convertirán en ceniza. Mañana no quedará a sola ciudad indemne en todo Lagash.

—No tiene por qué ser así —replicó Theremon, recuperando parte de su equilibrio mental —. Todavía no entiendo cómo voy a volverme loco por el simple hecho de no ver un sol en el cielo... pero si ocurriera, si todos nos volviéramos locos perdidos, ¿por qué vamos a destruir las ciudades? ¿Cómo podríamos hacerlo?
—Si usted estuviera rodeado de oscuridad —dijo Sheerin con irritación—, ¿qué desearía por, encima de todas las cosas? ¿Qué es lo que cada hombre desearía instintivamente? La luz, maldita sea, ¡la luz!
—¿Y...?
—¿De dónde obtendría entonces la luz?
—Lo ignoro —dijo Theremon con ambigüedad.
—¿Qué es lo único que proporciona luz, aparte del sol?
—¿Cómo quiere que lo sepa?

Se mantenían frente a frente con las caras a pocos centímetros de distancia.

—Condenado papanatas, me deslumbra usted con su brillante inteligencia. ¿Nunca ha visto un incendio forestal? ¿Nunca ha ido al campo y ha encendido fuego para cocinar? Ese fuego sirve para algo más que quemar el combustible culinario o los árboles del bosque.

También proporciona luz, y eso lo sabe todo quisque. Y cuando venga la oscuridad todos pedirán luz a gritos, y harán todo lo posible por conseguirla.

—¿Quemarán bosques, entonces?
—Quemarán todo lo que encuentren delante. Sólo desearán luz y sentirán la necesidad de quemar cualquier cosa. Los bosques no están al lado de uno, de modo que echarán mano de lo más cercano. Obtendrán luz... ¡porque todos los núcleos habitados estallarán en ingentes llamas!

Se habían sostenido mutuamente la mirada como si lo que estuvieran discutiendo fuera un asunto personal en el que mostrar fuerza y argumentos. Entonces Theremon se quedó sin habla. Su respiración estaba todavía agitada cuando advirtió el repentino griterío que venía de la sala contigua.

Cuando Sheerin habló, dio la sensación de que se esforzaba por trascender lo que sus palabras decían.

—Creo que estoy oyendo la voz de Yimot. Sin duda él y Faro han regresado. Vayamos a ver lo que ocurre con ellos.
—¡Debemos saberlo! —Murmuró Theremon con esfuerzo. Se levantó lanzando un hondo suspiro de alivio. La tensión se había roto.


La sala estaba alborotada por los miembros de la plantilla del Observatorio, que rodeaban a dos jóvenes con las ropas desordenadas. Aton, abriéndose paso a través del gentío, se encaró agriamente con los recién llegados.

—¿Os dais cuenta que falta menos de media hora para el comienzo del fin? ¿Dónde habéis estado?

Faro 24 se sentó y se restregó las manos. Sus mejillas aparecían enrojecidas por el cambio de temperatura.

—Yimot y yo acabamos de terminar un experimento ideado por nosotros mismos, consistente en provocar una oscuridad artificial y una fingida aparición de las Estrellas, a fin de proporcionar un anticipo sobre el cual la gente pudiera juzgar lo que vendrá.

Hubo un confuso murmullo entre el auditorio y una repentina expresión de curiosidad apareció en la mirada de Aton.

—No se nos había ocurrido esto antes —dijo—. ¿Cómo caísteis en ello?
—Bien —repuso Faro—, la idea se nos ocurrió hace tiempo a Faro y a mí, y hemos estado trabajándola en los ratos libres. Yimot sabía de una casa en la ciudad que una vez fue un museo o algo parecido. El caso es que la compramos y...
—¿De dónde sacasteis el dinero? —interrumpió Aton con precipitación.
—De la cuenta bancaria —saltó Yimot 70— Nos costó sólo dos mil créditos. —Y añadió defensivamente—: Bueno, ¿qué pasa? Mañana, dos mil créditos serán sólo dos mil pedazos de papel. Nada más.
—Claro —asintió Faro—. La compramos y empezamos a pintarla de negro desde el techo hasta el sótano, de manera que se pareciera a la oscuridad todo lo posible. Luego hicimos en el techo diminutos agujeros, que luego teníamos que cubrir con delgadas láminas metálicas por la parte del tejado de la casa. Las láminas debían desplazarse simultáneamente por mediación de un interruptor. Esta parte del trabajo no pudimos llevarla a cabo por nosotros mismos, así que tuvimos que llamar a un carpintero, un electricista y algunos más... el dinero no tenía importancia. La cuestión era que pudiéramos obtener un poco de luz a través de aquellos agujeros en el techo, de modo que dieran el aspecto de un firmamento estrellado.

Durante la pausa que siguió ninguna respiración se atrevió a interrumpir el silencio.

Finalmente, dijo Aton:

—No teníais derecho a hacerlo en privado.
—Lo sé, señor —dijo Faro, contrito—, pero, francamente, Yimot y yo pensamos que el experimento podía resultar peligroso. De tener éxito, esperábamos más o menos volvernos medio locos... desde que Sheerin se ha dedicado a insistir sobre esa cuestión. Así que deseábamos correr el riesgo nosotros solos. Naturalmente, si al acabar seguíamos conservando la cordura lo hubiéramos desarrollado en gran escala a fin de propiciar la inmunidad colectiva a sus efectos. Pero las cosas no ocurrieron como esperábamos.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Al principio nos entrenamos permaneciendo con los ojos cerrados. La Oscuridad es algo asfixiante que le hace sentir a uno que las paredes y el techo se le vienen encima para aplastarlo. El caso es que nos metimos en la habitación y activamos el conmutador. Las láminas metálicas se desplazaron y los agujeros mostraron sus leves manchitas de luz...
—¿Y?
—Pues eso... nada. Eso es lo triste del asunto. Que nada ocurrió. Se trataba solamente de un techo agujereado que no parecía sino un techo agujereado. Lo intentamos una y otra vez (de ahí que hayamos regresado tan tarde), pero sin obtener el menor resultado.

Siguió un profundo silencio de consternación, y todos los ojos se posaron en Sheerin, que, sentado en la mayor inmovilidad, iba a abrir la boca.

Pero Theremon fue el primero en hablar.

—Por supuesto, Sheerin, usted sabía lo que resultaría de esa teoría de los agujeros ideada por usted, ¿no es cierto? —Al hablar resaltaba las palabras.

Sheerin alzó una mano.

—Un momento, un momento. Déjenme pensar un poco. —Cruzó los dedos y luego, cuando la expresión de su mirada reveló que ya nada había que le produjera sorpresa o desconcierto, levantó la cabeza—. Evidentemente...

Pero no pudo acabar. De algún lugar situado por encima de ellos vino un considerable estrépito. Beenay, poniéndose en pie, se lanzó escaleras arriba.

—¡Qué diantre! —exclamó mientras corría.

El resto vino después. Las cosas ocurrieron con precipitación. Una vez en la cúpula, Beenay se quedó mirando horrorizado las destrozadas placas fotográficas y al hombre que había junto a ellas; entonces, se lanzó furiosamente contra el intruso, echándole las manos al cuello. Hubo un violento
forcejeo; entretanto, el resto de los hombres del Observatorio fueron llegando. Antes de darse cuenta, el extraño tenía sobre sí el peso de media docena de hombres terriblemente airados.

Entonces apareció Aton, jadeando pesadamente.

—¡Ponedlo en pie!

Hubo un leve movimiento de resistencia, pero, finalmente, el extraño, con las ropas desordenadas y la cabeza cubierta de magulladuras, fue levantado. Llevaba una corta barba amarilla, según el afectado estilo de los Cultistas.

Beenay no cedió la presa con que sujetaba al intruso.

—¿Por qué lo has hecho? —le gritó salvajemente—. Esas placas...
—No era lo que me interesaba —respondió el Cultista fríamente—. Fue una casualidad.
—Entiendo —dijo Beenay, que no dejaba de mirarlo con fiereza—. Ibas tras las cámaras.

El tropiezo con las placas ha sido entonces una coincidencia afortunada para ti, pues. Si has hecho algo a mi cámara o a cualquier otra... te juro que morirás lentamente. Como hay Dios que así ha de ocurrir...

Aton lo sujetó de una manga.

—¡Basta ya! ¡Déjelo!

El joven técnico vaciló y su brazo se resistió todavía unos segundos. Aton lo apartó con un gesto y se encaró con el Cultista.

—Usted es Latimer, ¿no?

El Cultista se inclinó y señaló el símbolo que había sobre su cadera.

—Soy Latimer 25, adjunto de tercera clase a Su Serenidad Sor 5.
—Y usted —añadió Aton enarcando las blancas cejas— vino con Su Serenidad cuando él me visitó la semana pasada, ¿me equivoco?

Latimer se inclinó por segunda vez.

—Y bien, ¿qué es lo que quiere?
—Nada que usted vaya a darme voluntariamente —dijo Latimer.
—Lo envía Sor 5, supongo... ¿o es algo suyo en particular?
—No responderé a esa pregunta.
—¿Han venido con usted otros visitantes?
—Tampoco responderé a ésta.

Aton se le quedó mirando largamente.

—Muy bien, señor. Dígame ahora qué es lo que su maestro desea de mí. Basta ya de coqueteos. Hace tiempo que pagué el favor.

Latimer sonrió levemente, pero nada dijo.
—Le solicité —continuó Aton agriamente— unos datos que sólo el Culto podía suministrarme, y me fueron proporcionados. Gracias nuevamente, señor. A cambio, prometí probar la verdad esencial del credo del Culto.
—No hay necesidad de probarla —replicó orgullosamente el otro—. Está suficientemente probada en el Libro de las Revelaciones.
—Sí para cierta canalla. Pero no pretenda confundir mis conocimientos. Me ofrecí a formular bases científicas de sus creencias. ¡Y lo hice!

Los ojos del Cultista se encogieron con amargura.

—Sí, usted lo hizo. Pero con la sutileza del zorro, pues al mismo tiempo que obtenía una explicación de nuestras creencias, trastornó todo lo que se le puso por delante. Usted convirtió la Oscuridad y las Estrellas en un fenómeno natural y alteró su verdadero significado. Eso fue una blasfemia.
—Si es así, la culpa no es mía. El hecho existe. ¿Qué puedo hacer sino constatarlo?
—Su «hecho» no es más que un fraude y un engaño.
—¿Cómo lo sabe usted? —exclamó Aton irritado.
—¡Lo sé! —dijo el otro con entonación pletórica de fe y seguridad.

El director cambió el color de su faz, Beenay susurró una amenaza. Aton le hizo una señal para que callara.

—¿Qué quiere Sor 5 de nosotros? Imagino que aún debe opinar que es peligroso para las almas el que intentemos advertir al mundo de la amenaza que se avecina. No obtendremos ningún éxito si se empeña en considerarlo de esa manera.
—El atentado ha causado bastantes desperfectos. Hay que detener esa viciosa forma de obtener información mediante diabólicos instrumentos. Obedecemos la voluntad de las Estrellas y sólo lamento que mi torpeza les haya prevenido cuando intentaba desarticular sus infernales ingenios.
—No le habría reportado ningún bien —replicó Aton—. Todos nuestros datos, excepto aquellos que recogeremos por experiencia directa, se encuentran ya a salvo y situados más allá del alcance de cualquier destrucción. —Sonrió con los labios apretados—. Lo que no evita que usted sea considerado por nosotros como un criminal.

Se volvió entonces a los hombres situados tras él.

—Que alguien llame a la policía de Saro City —dijo.
—Condenación, Aton —exclamó Sheerin con disgusto—, ¿qué le ocurre? No hay tiempo para eso. Déjeme que yo me ocupe de él.
—No hay tiempo para hacer el ganso, Sheerin —dijo Aton con fastidio—. Haga el favor, pues, de dejar que yo haga las cosas a mi manera. Usted es aquí un completo extraño, y no debe olvidarlo.
—Explíqueme entonces —dijo Sheerin— por qué tenemos que molestarnos llamando a la policía. El eclipse de Beta comenzará dentro de escasos minutos y tenemos aquí un hombre que está deseando dar su palabra de honor de que no nos causará más problemas.
—No voy a hacer tal cosa —saltó prontamente el Cultista—. Ustedes son libres de hacer cuanto les venga en gana, pero les advierto que si me dejan ir a mi aire me las apañaré para terminar lo que he venido a hacer. Si ésta es la palabra de honor que esperarán de mí, creo que será mejor para todos ustedes llamar a la policía.
—Eres un tunante decidido, ¿eh? —dijo Sheerin con una sonrisa—. Pero voy a explicarte unas cuantas cosas. ¿Ves al muchacho que está junto a la ventana? Es un tipo fuerte, violento, muy hábil con los puños... Y no pertenece al Observatorio, además. Una vez comience el eclipse, no tendrá nada que hacer aquí excepto, en todo caso, hincharse un ojo. Luego estoy yo, demasiado pesado para soltar unos cuantos puñetazos, pero empeñado en la idea, vaya.
—¿Y qué quiere decirme con eso? —preguntó el Cultista inquieto.
—Escucha y te lo diré —fue la respuesta—. Tan pronto comience el eclipse, el señor Theremon y yo te conduciremos a una habitación cerrada que no cuenta más que con una puerta, una fuerte cerradura y ninguna ventana. Permanecerás allí mientras dure.
—Y después —exclamó agitadamente Latimer— no habrá nadie para dejarme salir. Sé tan bien como usted lo que significa la llegada de las Estrellas... lo sé incluso mejor que usted.

Ustedes se volverán locos y no querrán liberarme. Asfixia o muerte por inanición, ¿no es eso lo que piensa? Más o menos lo que debía haber esperado de un grupo de científicos. Pero no daré mi palabra, no conseguirán que me esté quieto. Es una cuestión de principios y no discutiremos más el asunto.

Aton parecía turbado. Sus desorbitados ojos mostraban una buena dosis de agitación.

—Pero, Sheerin, encerrándolo...
—¡Por favor, señor! —exclamó Sheerin con impaciencia—. No he pensado ni por un momento ir tan lejos. Latimer ha intentado una jugarreta pero yo no soy psicólogo sólo porque me gusta el sonido de la palabra. —Hizo un guiño al Cultista—. Vamos, hombre, no habrás pensado que iba a exponerte a morir de hambre, ¿verdad? Sólo intentaba algo de menor monta, mi querido Latimer. Fíjate. Si te ponemos bajo llave no verás la Oscuridad ni tampoco las Estrellas. No hace falta estar muy enterado del credo fundamental del Culto para llegar a la conclusión de que permanecer oculto cuando las Estrellas aparezcan significa la pérdida del alma inmortal. Ahora bien, yo creo que tú eres un hombre de bien. Por ello, aceptaré tu palabra de honor de que no nos causarás molestias en cuanto te decidas a ofrecérmela...

Una agitación pareció recorrer el cuerpo de Latimer.

—¡Está bien, tienen ustedes mi palabra de honor! —dijo, y añadió seguidamente con saña—: Pero me consuela saber que todos quedarán condenados por este acto.

Giró sobre sus talones y se dirigió precipitadamente hacia el alto taburete que había junto a la puerta.

—Tome asiento junto a él —dijo Sheerin indicando con la cabeza al columnista—. Sólo como simple formulismo. ¡Eh, Theremon!

Pero el periodista no se movió. Se había quedado pálido hasta la raíz del cabello.

—¡Miren! —Su dedo apuntaba al cielo y su voz era áspera y gutural.

Como obedeciendo una orden, todas las miradas siguieron la dirección del dedo y contemplaron el espectáculo sin respirar.

¡Beta estaba menguando por un lado!

El escaso trozo de oscuridad que ofrecía quizá no fuera mayor que una uña, pero para los aterrorizados observadores aquello que veían significaba el inicio de la maldición. La observación de los hombres duró un corto segundo, casi tan corto como la confusión que siguió a continuación, que desapareció en cuanto cada uno se entregó a su labor prescrita.

No había tiempo para emociones en aquellos momentos. Los hombres se habían transformado exclusivamente en científicos con trabajo que hacer. Hasta el mismo Aton se había evaporado.

—El primer instante de la superposición debe haber ocurrido hace quince minutos —dijo Sheerin—. Un poco pronto, pero no está mal si tenemos en cuenta las dificultades que han acompañado los cálculos. —Miró a su alrededor y se acercó a Theremon, que se había quedado mirando por la ventana.
—Aton está furioso —murmuró—. Se perdió el momento inicial de la superposición con todo el jaleo de Latimer y si ahora se le pone uno delante corre el peligro de ser arrojado por la ventana.

Theremon asintió con la cabeza y se sentó. Sheerin lo miró con sorpresa.

—Por el diablo, oiga —exclamó—. Está usted temblando.
—¿Qué? —Theremon se humedeció los secos labios e intentó sonreír—. No me siento muy bien, ¿qué quiere que haga?
—No irá a perder el control, ¿verdad?
—¡No! —gritó Theremon, indignado—. ¿Acaso tengo otra alternativa? Jamás creí en todo este galimatías... hasta este momento. Deme una opción, dígame qué puedo hacer. Usted ha estado preparándose durante dos meses para este acontecimiento.
—Tiene razón, claro —comentó Sheerin pensativo—. ¡Escuche! ¿Tiene usted familia... padres, esposa, hijos?

Theremon negó con la cabeza.

—Va usted a hablar del Refugio, ¿eh? No tiene que preocuparse por eso. Tengo una hermana, pero está a dos mil millas de aquí. Ni siquiera sé su dirección.
—Bueno, entonces, ¿qué me dice de usted mismo? Puede ir allí, aún hay tiempo; desde que lo dejé queda una plaza libre. Después de todo aquí no es necesario.
—Vaya —dijo Theremon mirando al otro con cansancio—. Usted cree que estoy asustado. Piense lo que quiera, señor. Soy periodista y me ha sido encomendado conseguir un reportaje.

Es lo que intento hacer.

Una amplia sonrisa cruzó la cara del psicólogo.

—Entiendo, honor profesional y todo eso.
—Puede llamarlo así. Pero, amigo mío, daría mi brazo derecho por una botella de ese reparador de ánimos que tenía usted antes, aunque fuera la mitad de pequeña. Si algún camarada suyo necesita un trago, ése soy yo.

Entonces saltó. Sheerin estaba dándole codazos.

—¿No oye eso? Escuche.

Theremon siguió el movimiento de la mandíbula del otro y miró al Cultista, que, olvidado de todo cuanto acontecía a su alrededor, contemplaba la ventana con una expresión de poseso, al tiempo que entonaba una casi inaudible salmodia.

—¿Qué dice? —susurró el columnista.
—Está citando el Libro de las Revelaciones, capítulo quinto —replicó Sheerin. Luego, con urgencia—: Aguarde un momento y escuche.

La voz del Cultista se había alzado en una repentina plegaria de fervor.

»Y ocurrió que, por aquellos días, el Sol, Beta, habitó en solitaria vigilia en la mansión celeste por el más largo de los períodos conocidos, mientras cumplía su revolución; tanto duró su recorrido que, en mitad de su revolución, solitario, encogido y frío, cesó de brillar sobre Lagash.

»Y los hombres se reunían en las plazas públicas y en los caminos para comentar y maravillarse de la señal, pues una extraña depresión había ocupado sus almas. Su mente se turbó y su lengua se tornó confusa, pues las almas de los hombres aguardaban la venida de las Estrellas.

»Y en la ciudad de Trigon, Vendret 2 vino y dijo a los hombres de Trigon: «¡Helo ahí, oh pecadores! Hablabais con desdén de los caminos de la virtud, pero ya ha llegado el tiempo de rendir cuentas. Por fin, la Gruta se aproxima para devorar Lagash; y con Lagash, todos sus moradores.»

»Y mientras esto decía, el labio de la Gruta de la Oscuridad sobrepasó el borde de Beta, de modo que todo Lagash quedó sin su luz. Grandes fueron los gritos de los hombres mientras contemplaban la desaparición, y grande también el estremecimiento que desconsoló sus almas.

»Y ocurrió que la Oscuridad de la Gruta cayó sobre Lagash y ya no hubo más luz en toda la superficie de Lagash. Los hombres quedaron como ciegos y nadie podía ver a su vecino aunque sentía su aliento contra su rostro.

»Y en el interior de esta negrura aparecieron las Estrellas en cantidades inmensas, y era tal la belleza y de tal modo encantaba todo lo creado, que hasta las hojas de los árboles entonaron cánticos llenos de admiración.

»Y en aquel momento las almas de los hombres se separaron de sus cuerpos, reduciéndose éstos al estado de las bestias; en verdad, fue como si el mundo se hubiera convertido en una selva; así, por las entiznadas calles de Lagash los hombres prorrumpieron en salvajes gritos.

»Entonces, se extendió desde las Estrellas el Fuego Celestial y, allí donde tocaba, las ciudades de Lagash se convertían en caos de llamas y destrucción; tanto que, de los hombres y las obras de los hombres, nada quedó.

»Desde entonces...«

Hubo una sutil alteración en el tono de Latimer. Sus ojos permanecían ausentes, pero de alguna manera llamó la atención de los otros dos. Fácilmente, sin la menor pausa para tomar aliento, el timbre de su voz cambió y las sílabas se volvieron más líquidas.

Theremon, cogido por sorpresa, lo miró fijamente. Las palabras siguieron luego el tono anterior. Había habido un elusivo cambio en el acento, un débil cambio en la caída de las vocales; pero nada más... quizá ni el mismo Latimer comprendiera lo que había ocurrido.

—Seguramente cambió a alguna lengua de otro ciclo, con toda probabilidad del tradicional ciclo segundo. Era la lengua en la que fue escrito primariamente el Libro dé las Revelaciones.
—No importa. Ya he oído bastante. —Theremon se echó atrás en la silla y se mesó el cabello—. Me siento mucho mejor ahora.
—¿De veras? —Sheerin pareció sorprenderse.
—Se lo explicaré. Me he puesto verdaderamente nervioso hace un rato. Entre su explicación de la gravitación y el comienzo del eclipse he estado al borde de un ataque de nervios. Pero eso —y señaló con el pulgar al gualdibarbado Cultista—, eso es exactamente lo que mi niñera solía contarme. Me he reído de esas cosas durante toda mi vida. No voy a permitir que me asusten ahora.

Suspiró profundamente y continuó con cierta alegría:

—Si voy a seguir contándole lo angelito que soy, mejor será que aparte mi silla de la ventana.
—Sí, pero debería usted hablar mas bajo —comentó Sheerin— Aton acaba de asomar la cabeza por la puerta y le ha lanzado a usted una mirada capaz de asesinarle.
—Había olvidado al viejo —dijo con una mueca. Luego, poniendo en ello el máximo cuidado, apartó la silla de la ventana mientras lanzaba miradas de disgusto por encima del hombro—. Se me acaba de ocurrir que deben haber fabricado alguna clase de inmunidad contra la locura de las Estrellas.

El psicólogo no respondió en seguida. Beta había ya rebasado su cenit y el haz de sanguínea luz que penetraba por la ventana se deslizaba por el suelo hasta el punto de alcanzar casi las piernas de Sheerin. Contempló pensativamente aquel color arcilloso y luego, inclinándose, echó una fugaz mirada al sol.

El mordisco del eclipse se había agrandado hasta alcanzar ahora un tercio de Beta. Se estremeció súbitamente y, cuando pudo serenarse, sus mejillas no conservaban ya el generoso color que otrora prodigaban. Con una sonrisa que era casi una excusa, apartó también su silla.

—En estos momentos, poco más de dos millones personas en Saro City habrán convertido el Culto en religión mayoritaria. —Luego, con ironía—: Por una hora al menos, el culto gozará de una prosperidad nunca vista. Pero, ¿qué me estaba diciendo?
—Iba a preguntarle cómo se las apañan los Cultistas para transmitir de ciclo en ciclo el manejo del Libro de las Revelaciones, y cómo es que se escribió por primera vez en Lagash.

Debe haber alguna especie de inmunidad, pues, si todos se volvían locos, ¿quién pudo haber escrito el libro?

Sheerin se quedó mirando con tristeza al periodista.

—Pues mire, joven, no hay respuesta documentada sobre eso, pero tenemos unos cuantos indicios para suponer qué ocurrió. Hay tres clases de personas que resultan relativamente ilesas. Primero, las que por alguna razón ignota no ven las Estrellas: los que se meten en la cama en aquel momento o los que se emborrachan al comienzo del eclipse. Pero vamos a descartarlos porque no son realmente testigos.

»Luego están los niños menores de seis años, para quienes el mundo es todavía demasiado nuevo y extraño para reparar en las Estrellas o asustarse de la Oscuridad. El fenómeno sería considerado como uno de tantos artículos del catálogo de sorpresas que depara el mundo. ¿No lo cree usted así?

—Imagino que sí —replicó el otro con cierto gesto de duda.
—Por último, están aquellos que poseen una mente demasiado grosera para comprender el hecho, algo así como ancianos y retrasados mentales, que, verdaderamente, quedarían escasamente afectados. Bien, entre la incoherente memoria de los niños y los relatos de los que quedaron a medio enloquecer se formaron posiblemente las bases del Libro de las Revelaciones.

»Claro que, por otra parte, el libro se baso, primeramente, en el testimonio de aquellos que por lo menos tenían alguna cosa que contar, es decir, los niños y los retrasados. Luego, seguramente fue editado y reeditado en el curso de los ciclos.

—¿Supone usted —interrumpió Theremon— que el libro fue transmitido a través de los ciclos de la misma manera que nosotros nos hemos transmitido las bases para teoría de la gravitación universal?

Sheerin hizo una mueca.

—Tal vez, pero el método exacto poco importa ahora, el caso es que lo hicieron. El punto al que quiero llegar es que el libro sólo puede contribuir a confundir más las cosas, por muy basado que esté en hechos auténticos. Por ejemplo, ¿recuerda el experimento con los agujeros en el techo llevado a cabo por Faro y Yimot, el que no funcionó?
—Sí.
—¿Y sabe usted por qué no func...? —Se detuvo y se puso en pie alarmado. Aton se acercaba con el rostro completamente consternado—. ¿Qué ha ocurrido?

Aton se detuvo a su lado y Sheerin pudo sentir la presión de sus dedos sobre su codo.

—¡No tan alto! —La voz de Aton manaba henchida de contenida tortura—. Acabo de hablar con el Refugio por la línea privada.
—¿Están en apuros? —preguntó Sheerin con angustia.
—Ellos, no. —Aton remarcó significativamente el pronombre—. Hace un rato que precintaron la puerta y permanecerán enterrados hasta pasado mañana. Están a salvo. Pero la ciudad, Sheerin... es la ruina. No puede hacerse ni idea... —Comenzó a sufrir dificultades en la vocalización.
—¿Y? —soltó Sheerin con impaciencia—. ¿Qué ocurre con la ciudad? —Luego, con una sospecha—: ¿Cómo se encuentra?

Los ojos de Aton relampaguearon irritados ante la insinuación, pero pronto volvieron al anterior brillo de ansiedad.

—No lo entiendo. Los Cultistas se han puesto en acción. Están convenciendo a la masa para que tome por asalto el Observatorio, prometiendo a cambio la absolución de sus pecados, la salvación, cualquier cosa. ¿Qué haremos, Sheerin?

La cabeza de Sheerin se inclinó y sus ojos se perdieron en una completa y prolongada abstracción. Luego, alzó la mirada y dijo con crispación:

—¿Hacer? ¿Acaso hay algo por hacer? Nada hay que pueda hacerse. ¿Saben esto los hombres?
—¡Claro que no!
—¡Perfecto! Siga sin decirles nada. ¿Cuánto falta?
—Apenas una hora.
—Lo único que podemos hacer es arriesgarnos. Llevará algún tiempo organizar una fuerza considerable y aún más traerlos hasta aquí. Estamos a más de cinco millas de la ciudad...
 

Se quedó mirando la ventana, por la que se divisaban las cúpulas de los edificios de las
afueras; más allá, la borrosa sombra de la ciudad misma, como envuelta por una niebla que inundara el horizonte.

—Llevará tiempo —repitió—. Sigan trabajando y recen por que el eclipse acabe antes.

Beta estaba seccionado por la mitad, mostrando una leve curva que se adentraba en la parte todavía brillante del sol. Era como un gigantesco párpado que fuera adormeciendo el ojo del mundo.

El débil murmullo de la sala se fue convirtiendo en pasto del olvido y su atención vagó por los campos que se divisaban desde la ventana. Los insectos parecían sufrir el terror calladamente. Los objetos iban desvaneciéndose.

Una voz zumbó en su oído y se sobresaltó.

—¿Algo va mal? —preguntó Theremon.
—¿Eh?... No, no. Vuelva a su silla. Aquí estorbamos. —Se retiraron a su esquina aunque el psicólogo permaneció mudo por un tiempo. Con un dedo se palpaba el cuello. Luego, alzó la mirada repentinamente.
—¿Tiene usted dificultades en la respiración?

El periodista abrió los ojos y aspiró repetidas veces.

—No, ¿por qué?
—He estado en la ventana demasiado tiempo. La disminución de la luz ha debido afectarme. Las dificultades respiratorias son el primer síntoma de un ataque de claustrofobia.

Theremon volvió a aspirar nuevamente.

—Bueno, parece que a mí no me ha afectado. Mire, otro compañero.

Beenay había interpuesto su cuerpo entre la luz y la pareja sita en la esquina y Sheerin se dirigió a él con premura.

—Eh, Beenay.

El astrónomo cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y sonrió débilmente.

—¿Qué pensarías si me sentara un rato y habláramos? Mis cámaras están preparadas y no hay nada que hacer hasta el eclipse total. —Hizo una pausa y miró al Cultista, que quince minutos antes había abierto un pequeño libro enfrascándose en su lectura—. ¿Ha dado problemas esa rata?

Sheerin sacudió la cabeza. Sus hombros se contrajeron mientras parecía concentrarse en sus conductos respiratorios.

—¿Tienes dificultades al respirar, Beenay?

Beenay olfateó el aire.

—Creo que no soy yo el que huele mal, Sheerin.
—Creo que es claustrofobia —se excusó Sheerin.
—¡Ah, vamos! A mí me afecta de manera distinta. Me da la sensación de que mis ojos me persiguen. Las cosas comienzan a zumbar... bueno, todo se vuelve confuso. Y frío también.
—Oh, frío, claro que sí. Pero eso no es ninguna ilusión —observó Theremon—. Yo tengo los juanetes como dentro de una nevera.
—Lo que necesitamos es mantener nuestras mentes ocupadas en algo distinto —apuntó Sheerin—. Estaba diciéndole hace un momento, Theremon, por qué el experimento de Faro se convirtió en humo.
—Aún no había comenzado —replicó Theremon. Alzó una rodilla y la sujetó en el aire con las manos cruzadas en torno a ella.
—Bueno, pues comenzaba a decirle que fallaron por tomar el Libro de las Revelaciones al pie de la letra. No hay probablemente ninguna razón para tomar las Estrellas en sentido físico.

Debe tratarse, indudablemente, de la necesidad de luz que la mente experimenta al encontrarse en la Oscuridad total. Creo que las Estrellas consisten justamente en esta desesperada ilusión de luz.

—En otras palabras —intervino Theremon—, usted supone que las Estrellas son fruto de la locura y que no tienen ninguna otra causa. Entonces, ¿qué van a fotografiar los hombres de Beenay? ¿Por qué están preparados para fotografiar algo?
—Tal vez para probar que es una ilusión; o para probar lo contrario. Luego... Pero Beenay había aproximado su silla y vieron en su rostro la expresión de un repentino y exaltado entusiasmo.
—Oiga, me alegra infinito que se ocupen de ese asunto —guiñó los ojos y alzó un dedo—. He estado cavilando sobre esas Estrellas y he llegado a una idea ingeniosa. Claro que no son sino migajas del pensamiento y no me he ocupado del todo en ello, pero pienso que es interesante. ¿No quieren oírlo?

Fingió no estar del todo decidido, pero Sheerin se acomodó en la silla y dijo:

—Adelante, yo te escucho.
—Allá va. Supongamos que hay otros soles en el universo. —Hizo un leve aspaviento—. Quiero decir soles que se encuentran muy alejados y son demasiado pequeños para verlos. Suena como si hubiera estado leyéndolo en algún relato fantástico, ¿eh?
—No necesariamente. Aunque, ¿no queda eliminada esa posibilidad por el hecho de que, según la ley de Gravitación, debieran hacerse evidentes por su fuerza de atracción?
—No, si están muy lejos —replicó Beenay—, verdaderamente lejos, algo así como cuatro años-luz o más. Nunca podríamos detectar sus perturbaciones porque son demasiado pequeñas. Pongamos entonces que hay un montón de soles muy lejanos, una docena o dos.
—Buena idea para un artículo en el suplemento dominical. ¡Dos docenas de soles a ocho años-luz de distancia en el universo! ¡Nada menos! Eso reduciría la relevancia de nuestro mundo —dijo Theremon.
—Es sólo una idea —dijo Beenay con un guiño—, pero usted la ha captado a fondo.

Durante un eclipse, esas docenas de soles se volverían visibles porque ya no habría ningún sol real que las ocultara con su más poderosa luz. A la distancia a que se encontrarían aparecerían como muy pequeños, como pequeñas cuentas de marfil. Claro que los Cultistas hablan de millones de Estrellas, pero sin duda es una exageración. No hay lugar en el universo capaz de contener un millón de soles sin tocarse los unos con los otros.

Sheerin había estado escuchando con creciente interés.

—Creo que has acertado en algo, Beenay. Una exageración es exactamente lo que ocurrió en otros tiempos. Como sabes, nuestra mente no puede concebir un número mayor que el cinco; más allá sólo contamos con el concepto «mucho». Una docena podría convertirse perfectamente en un millón. ¡Ha sido una gran idea!
—Aún tengo otra idea también ingeniosa —añadió Beenay—. ¿Has pensado alguna vez lo que sería una gravitación de problema simple si tuvieras un sistema suficientemente simple?

Supón que tienes un universo en el que hay sólo un planeta y un único sol. El planeta rotaría en un perfecto eclipse y la naturaleza exacta de la fuerza gravitacional sería tan evidente que sería aceptada como un axioma. Los astrónomos de un mundo tal darían con la gravedad probablemente antes de que inventaran el telescopio. La observación a simple vista sería suficiente.

—Pero, ¿sería un sistema dinámicamente estable? —preguntó Sheerin dudoso.
—¡Claro! Se trataría del caso modelo. Comprobado matemáticamente, aunque son las aplicaciones filosóficas lo que me interesa.
—Es agradable pensar sobre eso —admitió Sheerin— como una abstracción... algo así como el gas perfecto, o el cero absoluto.
—Claro —continuó Beenay—, está el problema de que la vida sería imposible en un planeta así. No habría comida ni luz suficiente, y en su rotación sobre su eje habría media parte de Luz y media de Oscuridad. No puedes esperar que haya vida (que depende fundamentalmente de la luz) ni que se desarrolle en tales condiciones. Aparte...

La silla de Sheerin fue despedida hacia atrás y él se puso repentinamente en pie.

—Aton va a encender luces.

Beenay soltó una exclamación, se volvió para mirar y se quedó con la boca abierta.

Aton permanecía con los brazos llenos de estacas de un pie de longitud y una pulgada de anchura. Miró al trío y se dirigió a Sheerin y Beenay.

—Venga, a trabajar. Usted, Sheerin, venga aquí y ayúdeme.

Sheerin correteó hasta el anciano y una por una fueron colocando las estacas en candeleros metálicos adosados a las paredes.

Adoptando los movimientos del que ejecuta el más sagrado ritual, Sheerin encendió una ancha y tosca cerilla y se la pasó a Aton, que aplicó la llama a la punta de las estacas.

Las llamas vacilaron un rato como si temieran consumir la madera, pero luego, casi repentinamente, se hincharon iluminando la cara de Aton con resplandor amarillo. Retiró la cerilla y un espontáneo y flamígero jolgorio oscureció la ventana.

¡Las estacas estaban coronadas por una ondeante llama de seis pulgadas! La sala se había llenado de resplandor amarillo.

La luz no era poderosa, incluso podía decirse que era más débil que la ya atenuada luz solar. Las cabezas de las estacas ardían con llama temblorosa, provocando sombras bailoteantes. Humeaban como un desafortunado día en la cocina. Pero emitían luz amarilla.

No era de despreciar esta luz después de cuatro horas de un progresivamente mortecino Beta. El mismo Latimer había apartado los ojos de su libro y la contempló admirado.

Sheerin, extendiendo los brazos a la antorcha que tenía más cerca, exclamó para sí mismo extasiado:

—¡Hermoso! ¡Hermoso! Nunca antes me había percatado de cuán maravilloso es el amarillo.

Pero Theremon miró las antorchas con desconfianza. Olisqueó el tufo que producían y comentó:

—¿Qué bichos son ésos?
—Simplemente madera —dijo Sheerin.
—No, no es posible. Si no se está quemando. La llama se limita a arder en la punta, pero no quema la parte restante.
—He ahí lo más bello de todo. Es un mecanismo eficiente de luz artificial. Hemos fabricado unos cuantos centenares, pero la mayor parte fue llevada al Refugio, obviamente.

Tome el núcleo de una caña, séquelo y úntelo con grasa animal. Luego, acérquele fuego y la grasa arderá poco a poco. Esas antorchas arderán casi media hora sin parar. Ingenioso, ¿no cree? Fue un trabajo desarrollado por uno de nuestros muchachos en la Universidad de Saro.

Tras la momentánea sensación, la quietud había regresado a la cúpula del Observatorio. Latimer había acercado su silla a una antorcha y continuaba leyendo bajo su luz, moviendo los labios en la monótona invocación de las Estrellas. Beenay había vuelto nuevamente a sus cámaras y Theremon vio la oportunidad de añadir ciertos comentarios a las notas que había escrito para el Chronicle de Saro City.

Pero, al advertir la divertida luz de los ojos de Sheerin, otra cosa vino a desplazar de su mente el propósito de escribir aquellos comentarios. Otra cosa que no era sino que el cielo se había convertido en un horrible vacío púrpura y violeta, como si fuera una gigantesca berenjena.

El aire se había vuelto más denso. El crepúsculo, como un cuerpo palpable, inundaba la sala y el agitado círculo amarillo que coronaba las antorchas dificultaba la contemplación de los colores situados más allá. Luego, pudo apreciarse el crecimiento del humo y del intenso olor que las materias combustionadas producían entre secos chisporroteos; más tarde, los objetos iban adentrándose en las sombras inescrutables, como el blando almohadón de la silla de uno de los hombres que trabajaban en torno a la mesa central o el gesto espontáneo de algún otro que intentaba mantener la compostura en la creciente noche que inundaba la sala.

Fue Theremon el primero en escuchar el extraño ruido. Era más bien una vaga e incoherente impresión de sonido que hubiera resultado imperceptible de no extenderse sobre la cúpula un silencio de muerte.

El periodista se enderezó al tiempo que apartaba su libro de notas. Contuvo la respiración y permaneció alerta; luego, no sin resistencia, caminó entre el solaroscopio y una de las cámaras de Beenay, deteniéndose ante la ventana.

El silencio saltó hecho pedazos nada más articular una palabra:

—¡Sheerin!

Todas las ocupaciones cesaron en ese instante. El psicólogo estuvo prontamente a su lado. Aton se les unió. Incluso Yimot 70, sentado en lo alto frente al ocular del gigantesco solaroscopio, detuvo su trabajo y miró hacia abajo.

Fuera, Beta era apenas un rescoldo que lanzaba una última y desesperada mirada sobre Lagash. El horizonte que se delineaba más allá de Saro se había perdido en la Oscuridad, y la carretera que unía la ciudad con el Observatorio era una línea de roja tiniebla bordeada por apenas dibujados árboles que, en la parte boscosa, se habían convertido en incongruente masa negra.

Pero era la carretera lo que había llamado su atención, pues a lo largo de ella tomaba cuerpo otra sombría masa, mucho más amenazante si cabe.

—¡Son los lunáticos organizados por los Cultistas!
—¿Cuánto falta para el eclipse total? —preguntó Sheerin a Aton.
—Quince minutos, pero... estarán aquí en menos de cinco.
—Calma, usted cuide que sus hombres sigan trabajando. Nosotros haremos lo demás. Este lugar está construido como una fortaleza. Aton, échele una ojeada a nuestro joven Cultista.  Theremon, venga conmigo.

Sheerin se lanzó hacia la puerta y Theremon se le pegó a los talones. Bajaron las escaleras que giraban en torno a un eje central, descendiendo a una zona poblada de luz incierta.
 

El primer impulso les había llevado quince pies más abajo, de manera que los débiles resplandores de la habitación inundada de amarillo apenas arrojaron débiles reflejos hasta su total desaparición. Ahora, tanto por arriba como por abajo, estaban rodeados de la misma sombra crepuscular que antes contemplara desde la ventana.

Sheerin se detuvo con una mano comprimiéndose el pecho.

—No puedo... respirar. —Su voz sonaba como una seca tos—. Baje... usted solo... cierre todas las puertas.

Theremon bajó unos cuantos peldaños, luego se giro.

—¡Espere! ¿Puede aguantar un minuto? —Estaba jadeando. El aire entraba y salía de sus pulmones como si fuera melaza y había allí como un pequeño germen del pánico abriéndose camino por entre las Tinieblas y dentro de su propio cerebro.

¡Al fin Theremon tenía miedo de la oscuridad!

—Aguarde, volveré en un segundo. —Acto seguido, se lanzó escaleras arriba, subiendo de dos en dos escalones; penetró en la sala de la cúpula, cogió una antorcha y de nuevo se internó en la escalera. Corría con tal ímpetu que el humo inundó sus ojos dejándolo casi ciego, y llevaba la llama tan pegada al rostro que parecía querer besarla.

Sheerin abrió los ojos cuando comprobó que Theremon estaba a su lado. Este le dio un leve codazo.

—Vamos, ánimo, acabo de conseguir lo que más falta le hacía. Ya tenemos luz.

Sujetó la antorcha en lo alto de su brazo erguido y comenzó a bajar de puntillas, cuidando que el psicólogo se mantuviera en el interior del área iluminada.

Las oficinas de la planta baja, ausentes de toda iluminación, estremecieron de horror a los dos hombres.

—Aquí —dijo bruscamente Theremon y cedió la antorcha a Sheerin—. Puedo oírlos fuera.

Del exterior llegaban ruidos de movimiento y gruñidos sin palabras. Pero Sheerin tenía razón; el Observatorio estaba construido como una fortaleza.

Levantado en el último siglo, cuando el estilo neogavotano había llegado a su punto culminante en arquitectura, había sido diseñado con mayor estabilidad que belleza y más consistencia que elegancia.

Las ventanas estaban protegidas por rejas a base de barras de hierro de una pulgada de grosor, hundidas en el antepecho. Los muros manifestaban sólida albañilería que ni un terremoto podría inmutar. Y la puerta mayor no era sino una mole de roble reforzada con hierro. Theremon corrió los pestillos y los metales resonaron con prolongado chirrido.

Al otro extremo del pasillo, Sheerin maldecía en voz baja. Señaló la cerradura de la puerta trasera que había sido limpiamente forzada con palanqueta y dejada completamente inútil.

—Por aquí debió entrar Latimer —dijo.
—Bueno, no nos quedemos aquí —dijo Theremon con impaciencia—. Arreglemos como sea esa cerradura... y mantenga la antorcha apartada de mis ojos, el humo me está matando.

Había arrimado una pesada tabla contra la puerta mientras hablaba y en pocos minutos levantó una poderosa barricada que tenía poco de simetría y belleza.

De algún lugar, amortiguadamente, alcanzaron a oír un ruido de puños contra la puerta; los berridos y chillidos, que ahora podían oírse procedentes del exterior, conferían a la escena un viso de irrealidad.

La gente había salido de Saro City con sólo dos cosas en la cabeza: el logro de la salvación Cultista mediante la destrucción del Observatorio, y un miedo enloquecedor que les obligaba a todo menos a paralizarse. No había tiempo para pensar en vehículos, amas o dirigentes, ni siquiera en organizarse. Tan sólo pensaban en llegar al Observatorio y asaltarlo con las manos desnudas.

Y ahora, cuando por fin estaban allí, el último destello de Beta, el postrer gemido de una agonizante llama, relampagueó triste y pobremente sobre una humanidad a la que abandonaba dejándola sin otra compañía que el miedo al universo.

—¡Volvamos a la cúpula! —exclamó Theremon.

En la cúpula, sólo Yimot, en el solaroscopio, permanecía en su puesto. El resto estaba ahora ocupado con las cámaras y Beenay estaba dando instrucciones con extraña voz.

—No me falléis ninguno. Quiero tomar a Beta justo antes del eclipse total y luego cambiar la placa rápidamente. Tomaréis una cámara cada uno... Ya sabéis cuánto tiempo... de exposición se necesita...

Hubo un susurro de asentimiento.

Beenay se pasó una mano por los ojos.

—¿Arden todas las antorchas? Ya veo que sí —Con cierta dificultad en su postura, parecía apoyarse en el respaldo de la silla—. Ahora, recordad... no intentéis obtener buenas fotografías. No quiero brillanteces como sacar dos estrellas de un solo disparo. Con una hay de sobra. Y... si os sentís mal, apartaos de la cámara.

En la puerta, Sheerin susurró a Theremon:

—Señáleme a Aton. No puedo verlo.

El periodista no pudo responder inmediatamente. Las vagas siluetas de los astrónomos parecían difuminadas en la oscuridad general, pues las antorchas se habían convertido en meros borrones amarillos.

—Está oscuro —murmuró.

Sheerin soltó su mano.

—Aton. —Dio unos pasos—. ¡Aton!

Theremon se movió tras él y lo cogió por el brazo.

—Espere, yo lo conduciré.

Caminó como pudo a través de la sala. Hundió sus ojos en las Tinieblas y su mente en el caos que había en ellas.

Nadie parecía oírlos ni prestarles atención. Sheerin tropezó contra la pared.

—¡Aton! —llamó.

El psicólogo advirtió que unas manos lo rozaban, se detuvo y escuchó una voz:

—¿Es usted, Sheerin?
—¡Aton! —Pareció recuperar el aliento—. No se preocupe por los exaltados. Aguantaremos.

Latimer, el Cultista, se puso en pie y en su rostro pudo verse la desesperación. Pero su palabra había sido dada y romper el juramento hubiera significado poner en peligro mortal su alma. Sin embargo, esa palabra había surgido a la fuerza y no por su libre voluntad. ¡Pronto vendrían las estrellas! No podía permanecer allí inmóvil... y no obstante había dado su palabra.

La cara de Beenay se iluminó lejanamente cuando alzó la vista para contemplar el último rayo de Beta, y Latimer, viéndolo inclinado sobre su cámara, tomó una decisión. Sus uñas se hundieron en la palma de sus manos mientras se ponía cada vez más tenso. Trastabilló al ponerse en movimiento. Ante él sólo había sombras; el suelo que debía estar bajo sus pies carecía de sustancia. Entonces, alguien surgió bruscamente a su lado y se lanzó sobre él, dirigiendo sus dedos curvados contra su garganta.

Dobló la rodilla y la incrustó en el cuerpo de su asaltante.

—Déjeme levantarme, le mataré.

Theremon apretó los dientes y murmuró mientras hacía presión sobre Latimer:

—¡Rata traidora!

El periodista pareció advertir entonces muchas cosas a un tiempo. Oyó graznar a Beenay ordenando tomar precipitadamente las cámaras; luego, tuvo la extraña sensación de que el último reflejo de luz solar había desaparecido por completo.

Simultáneamente, escuchó una última exclamación de Beenay y un entrecortado grito de Sheerin, histérico chillido que se quebró en un áspero y repentino silencio; extraño, mortecino silencio exterior.

Y Latimer había quedado medio cojo en su frustrado ataque. Theremon miró a los ojos al Cultista y vio el resplandor del blanco que reflejaba el débil amarillo de las antorchas. Vio la burbuja babeante de los labios de Latimer y escuchó que de su garganta surgía un gemido animal.

Dominado por la sedante fascinación del miedo, apartó un brazo y volvió los ojos hacia la oscuridad de la ventana.

¡Más allá brillaban las estrellas!

No las tres mil seiscientas Estrellas inválidas que pueden verse a simple vista en la Tierra; Lagash estaba en el centro de una gigantesca constelación. Treinta mil espléndidos soles derramaban chorros de luz con tal serenidad e indiferencia que parecían más fríos que un helado de viento que atravesara el mundo.

Theremon se puso en pie; su garganta se negaba a dejar pasar el aliento y todos los músculos de su cuerpo permanecían en intenso estado de terror. Se estaba volviendo loco y lo advertía, y alguna parte de sí mismo que aún conservaba un mínimo de cordura luchaba por escapar del abrazo de aquel negro pánico. Era verdaderamente horrible volverse loco y darse cuenta de ello... saber que en apenas un minuto, a pesar de conservar la presencia física, la mente se ha internado en las vastas regiones de la demencia. Pues no otra cosa era la Oscuridad... la Oscuridad y el Frío y la Maldición. Los brillantes muros del universo parecían haber estallado y esparcido sus bloques macizos de luz, dejando escasos huecos negros entre los que se filtraba el vacío.

Tropezó contra alguien que caminaba a gatas y cayó sobre él. Se llevó las manos a la garganta, gateó hacia la llama de las antorchas que ocupaban su loca visión.

—¡Luz! —aulló.

Aton, en algún lugar, estaba gritando, lloriqueando terriblemente como un niño asustado.

—Las Estrellas... todas las Estrellas... nada sabíamos... nunca supimos nada.

Pensábamos en seis estrellas para todo el universo pero las Estrellas no podían verse y la Oscuridad eterna eterna eterna y las paredes cayendo sobre nosotros que nada sabíamos nada podíamos saber nada nunca nada...

Sobre el horizonte que podía contemplarse desde la ventana, en la dirección de Saro City, un resplandor aural comenzó a vislumbrarse, tomar consistencia y crecer, estallando en fuertes brillos que, sin embargo, no pertenecían a la salida de ningún sol.

Nuevamente, la noche estaba allí.
 


domingo, 17 de agosto de 2014

LA SEGUNDA VARIEDAD - Philip K. Dick

Hace tiempo que no subo un texto de ciencia ficción así que hoy subiré un cuento de Philip k. Dick, de quien ya he subido cuentos en otras ocasiones. :D
"La segunda variedad" (Second variety) fue publicado en 1953. En él se basó - con ciertos cambios importantes como tiempo y espacio - la película canadiense "Screamers" o "Asesinos cibernéticos" (1995) que, aunque no fue muy famosa, a mi siempre me gustó. 
Espero que les guste!!!




LA SEGUNDA VARIEDAD

El soldado ruso subía nervioso la ladera, con el fusil preparado. Miró a su alrededor, se lamió los secos labios. De vez en cuando se llevaba una enguantada mano al cuello y se enjugaba el sudor y se abría el cuello de la guerrera.

Eric se volvió al cabo Leone.

- ¿Lo quieres tú? ¿O lo mato yo? - ajustó el punto de mira de modo que la cara del ruso quedase encuadrada en la lente cortada por las líneas del blanco.

Leone lo pensó. El ruso estaba cerca, se movía con rapidez, casi corriendo.

- No dispares. Espera. No creo que sea necesario.

El ruso incremento su velocidad, pateando cenizas y montones de escombros a su paso. Llegó a la cima de la ladera y se detuvo, jadeando, y miró a su alrededor. Había un cielo plomizo de móviles nubes de partículas grises. Brotaban de tanto en tanto troncos de árboles; el suelo pelado y desnudo, lleno de desperdicios y de ruinas de edificios surgiendo de cuando en cuando como amarilleantes cráneos.

El ruso estaba inquieto. Sabía que algo iba mal. Miró colina abajo. Estaba ya a sólo unos pasos del bunker. Eric estaba poniéndose nervioso. Jugaba con su pistola, mirando a Leone.

- No te preocupes - dijo Leone. No llegará aquí. Ellos se encargarán de él.

- ¿Estás seguro? Ha llegado muy lejos.

- Ellos andan alrededor del bunker. Está entrando por mal sitio. ¡Prepárate!

El ruso comenzó a correr colina abajo, hundiendo sus botas en los montones de ceniza gris e intentando mantener el fusil en alto. Se detuvo un momento, y se puso las gafas de campo.

- Está mirando directamente hacia nosotros - dijo Eric.

El ruso siguió avanzando. Podían ver sus ojos, como dos piedras azules. Llevaba la boca un poco abierta. Necesitaba un afeitado; en una de sus huesudas mejillas llevaba un esparadrapo, con una mancha azul en los bordes. Un punto fungoidal. Tenía la guerrera sucia y rota. Le faltaba un guante.

Leone tocó el brazo de Eric:

- Aquí llega.

Algo pequeño y metálico, cruzó el suelo relampagueando bajo la parda luz del mediodía. Una esfera metálica. Subió colina arriba hacia el ruso, dejando una estela. Era pequeña, una de las pequeñas. Llegaba los garfios fuera, dos cuchillas que se proyectaban de su masa y giraban en un torbellino de acero blanco. El ruso la oyó. Se volvió instantáneamente e hizo fuego. La esfera se disolvió en partículas. Pero ya una segunda había surgido y seguía a la primera. El ruso volvió a disparar.

Una tercera esfera saltó sobre una pierna del ruso, girando y batiendo. Subió hasta el hombro. Las girantes cuchillas desaparecieron en el cuello del ruso.

Eric se tranquilizó.

- Bueno, se acabó. Dios mío, esas malditas cosas me ponen los pelos de punta. A veces pienso que estábamos mejor antes.

- Si no las hubiésemos inventado, lo habrían hecho ellos - dijo Leone, encendiendo tembloroso un cigarrillo. Me pregunto por qué vendría hasta aquí ese ruso solo. No veo a nadie que le cubra.

El teniente Scott entraba por el túnel del bunker.

- ¿Qué pasó? Algo entró en la pantalla.

- Un Iván.

- ¿Uno sólo?

Eric hizo girar la pantalla de visión. Scott miró por ella. Había ahora numerosas esferas de metal rasgando el cuerpo inerte, hoscos globos de metal que giraban y batían serrando al ruso en pequeños trozos que se llevaban.

- Qué puñado de garras - murmuró Scott.

- Vienen como moscas. No tienen mucha caza últimamente.

Scott desvió la pantalla con repugnancia.

- Como moscas. Me pregunto por qué llegaría ese ruso hasta aquí. Saben que tenemos garras por todas partes.

Un gran robot se había unido a las esferas más pequeñas. Estaba dirigiendo las operaciones, y era un largo tubo con proyecciones oculares. No quedaba mucho del soldado. Lo que quedaba iban llevándoselo ladera abajo las garras.

- Señor - dijo Leone -. Si no tiene inconveniente me gustaría salir y echarle una ojeada.

- ¿Por qué?

- Puede que trajera algo.

Scott lo consideró. Se encogió de hombros.

Está bien. Pero cuidado.

- Tengo mi tab. - Leone indicó la banda de metal que llevaba a la cintura -. No tendré problemas.



Cogió su fusil y subió cuidadosamente hasta la boca del bunker, abriéndose camino entre bloques de hormigón y tensores de acero, retorcidos y doblados. El aire era frío arriba. Cruzó hacia los restos del soldado, caminando sobre la suave ceniza. Sopló una ráfaga y alzó su rostro un remolino de grises partículas. Cerró los ojos y siguió.

Las garras retrocedieron al acercarse él, reduciéndose algunas a la inmovilidad. Tocó su tab. ¡Cuánto habría dado por él el Ivan! Las radiaciones cortas que emitía el tab neutralizaban las garras, y hasta el gran robot retrocedió respetuoso al aproximarse. Se inclinó sobre los restos del soldado. La mano enguantada estaba cerrada con fuerza. Tenía algo dentro. Leone separó los dedos. Un recipiente sellado, de aluminio. Aun brillante.

Se lo metió en la bolsa y volvió al bunker. Tras él las garras volvieron a la vida. Se reinició la procesión, esferas metálicas cruzando la gris ceniza con sus cargamentos. Podía oír el rumor de su roce en el suelo. Se estremeció.

Scott se interesó mucho por el tubo.

- ¿Tenía esto?

- En la mano - Leone desenroscó la tapa -. Quizá debiera echarle un vistazo, señor

Scott lo tomó. Vació el contenido en la palma de la mano. Un pedacito de papel de seda cuidadosamente doblado. Se sentó junto a la luz y lo desdobló.

- ¿Qué dice, señor? - Preguntó Eric mientras subían por el túnel varios oficiales. Apareció el mayor Hendricks.

- Mayor - dijo Scott -. Mire esto.

Hendricks leyó el papel.

- ¿Vino sólo esto?

- Venía un solo hombre. Ahora mismo.

- ¿Dónde está? - Preguntó con voz viva Hendricks.

- Las garras le cogieron.

El mayor Hendricks lanzó un gruñido.

- Mira - se lo pasó a su compañero -. Creo que esto era lo que estábamos esperando. Desde luego se tomaron su tiempo.

- Así que quieren condiciones de paz - dijo Scott -. ¿Vamos a aceptarlo?

- Eso no hemos de decidirlo nosotros. - Hendricks se sentó. ¿Dónde está el oficial de comunicaciones? Quiero que me ponga con la base lunar.

Leone meditó mientras el oficial de comunicaciones alzaba cauteloso la antena exterior, escrutando el cielo sobre el bunker para ver si había rastros de una nave rusa de observación.

- Señor - dijo Scott a Hendricks -. Es bastante extraño que aparezcan de pronto. Llevamos utilizando las garras casi un año. Ahora de repente empiezan a ceder.

- Quizá las garras hayan conseguido entrar en sus búnkeres.

- Una de las garras, de las que clavan, entró en un bunker ruso la semana pasada - dijo Eric -. Liquidó a todo un pelotón antes que consiguieran echarla.

- ¿Cómo lo sabes?

- Me lo dijo un tipo. La garra volvió con... con restos.

- Base lunar, señor - dijo el oficial de comunicación.

Apareció en la pantalla la cara del monitor lunar. Su pulcro uniforme contrastaba con los uniformes del bunker. Y estaba perfectamente afeitado.

- Base lunar.

- Aquí es el comando L-Whistle. En tierra. Quiero hablar con el general Thompson.

Desapareció el monitor. Aparecieron en la pantalla los toscos rasgos del general Thompson.

- ¿Qué pasa, mayor?

- Nuestras garras cogieron a un soldado ruso con un mensaje. No sabemos qué hacer... ha habido trampas como esta en el pasado.

- ¿Qué dice el mensaje?

- Los rusos quieren que enviemos a un solo oficial a nivel político. Para una conferencia. No especifican el carácter de la conferencia. Dicen que cuestiones de... - consultó el papel -... cuestiones de grave urgencia hacen aconsejable que se inicien conversaciones entre un representante de las fuerzas de las Naciones Unidas y ellos.

Alzó el mensaje ante la pantalla para que el general lo examinara.

- ¿Qué debemos hacer? - Preguntó Hendricks.

- Manden un hombre fuera.

- ¿No cree que sea una trampa?

- Podría serlo. Pero el emplazamiento que nos dan de su comando es correcto. De cualquier modo merece la pena probar.

- Enviaré a un oficial. Y le tendré informado a usted en cuanto regrese.

- De acuerdo, mayor. - Thompson interrumpió el contacto. Se apagó la pantalla. La antena exterior volvió a ocultarse.

Hendricks enrolló el papel, muy pensativo.

- Iré yo - dijo Leone.

- Quieren a alguien a nivel político. - Hendricks se rascó la barbilla -. Nivel político. Llevo meses sin salir. Puede que me haga bien un poco de aire.

- ¿No cree que es un poco arriesgado?

Hendricks alzó la pantalla visual y miró por ella. Habían desaparecido los restos del ruso. No se veía más que una garra. Estaba plegada y se hundía en la ceniza como un cangrejo. Como un horrible cangrejo de metal...

- Eso es lo único que me inquieta - dijo Hendricks -. Sé que estoy seguro mientras tenga esto conmigo. Pero de todos modos me ponen los pelos de punta. Las odio. Me gustaría que no las hubiésemos inventado nunca. Hay en ellas algo maligno.

- Si no las hubiésemos inventado nosotros, los ivanes lo habrían hecho.

Hendricks apartó la pantalla.

- De cualquier modo, parecen estar ganando la guerra esas malditas. Supongo que esto es bueno.

- Lo dice como si estuviese del mismo lado que los ivanes.

Hendricks miró su reloj de pulsera.

- Creo que es mejor que me dé prisa si es que quiero volver antes de que anochezca.

Respiró profundamente y luego salió a aquel suelo sucio y gris. Tras un minuto, encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. Era un paisaje muerto. Nada se movía. Podía ver kilómetros y kilómetros, una interminable extensión de cenizas y escombros, y ruinas de edificios. Unos cuantos árboles sin hojas ni ramas, con sólo los troncos. Sobre él rodaban las eternas nubes grises, que separaban la tierra del sol.

El mayor Hendricks siguió caminando. Distinguió algo a la derecha, algo redondo y metálico. Una garra que perseguía algo. Probablemente algún animal pequeño, una rata. También atacaban a las ratas. Como una especie de extra.

Llegó a la cima del montículo y miró por los prismáticos. Las líneas rusas estaban a unos cuantos kilómetros frente a él. Y había un puesto de mando adelantado en ellas. De allí procedía el soldado que había traído el mensaje.

Pasó junto a él un cuadrado robot de brazos ondulantes, moviendo sus brazos, inquisitivo. El robot siguió su camino, desapareciendo bajo unos escombros. Hendricks lo contempló. Nunca había visto robots como aquél. Cada vez aparecían nuevos tipos, nuevas variedades y tamaños de robots de las fábricas subterráneas.

Hendricks tiró su cigarrillo y se apresuró. Era interesante la utilización de formas artificiales en la guerra. ¿Cómo había empezado? Por pura necesidad. La Unión Soviética había obtenido un gran éxito inicial, como suelen obtenerlo los que inician la guerra. La mayor parte de Norteamérica quedó borrada del mapa. Pronto hubo una respuesta, desde luego. El cielo se llenó de disco-bombarderos mucho antes de que empezase la guerra. Llevaban allí años. Los discos comenzaron a caer por toda Rusia a las pocas horas del bombardeo de Washington.

Pero esto poco ayudó a Washington.

Los gobiernos del bloque americano se trasladaron a la base lunar el primer año. Era inevitable. Europa había desaparecido; era un montón de escombros con oscuros matorrales que brotaban de cenizas y huesos. La mayor parte de Norteamérica era inhabitable, no podía plantarse nada, nada podía vivir. Unos cuantos millones fueron hacia Canadá y hacia Sudamérica. Pero durante el segundo año empezaron a caer paracaidistas soviéticos, pocos al principio, y luego más y más. Llevaban el primer equipo antirradiación realmente eficaz; lo que quedaba de la producción norteamericana se trasladó a la luna junto con los gobiernos.

Todo salvo la tropa. La tropa que quedaba permanecía allí sobreviviendo a duras penas, y muy esparcida. Nadie sabía exactamente dónde se encontraba; se asentaban donde podían, vagando durante la noche, ocultándose en ruinas, en alcantarillas, en sótanos, con ratas y serpientes. Parecía que la Unión Soviética tenía casi ganada la guerra. Salvo un puñado de proyectiles que se disparaban desde la luna diariamente, apenas si se utilizaban armas contra ellos. Iban y venían a su antojo. A efectos prácticos la guerra había terminado. Nada eficaz se les oponía.

Y entonces aparecieron las primeras garras. Y la suerte de la guerra cambió en quince días.

Las garras eran torpes al principio. Lentas. Los ivanes las liquidaban casi en cuanto entraban en sus túneles subterráneos. Pero luego fueron haciéndolo mejor, más deprisa y con mayor astucia. Las fábricas de toda la tierra las fabricaban. Fábricas en su mayoría subterráneas, detrás de las líneas soviéticas. Fábricas que habían hecho antes proyectiles atómicos, ya casi olvidados.

Las garras se hicieron más rápidas y se hicieron mayores. Aparecieron nuevos tipos, unas con sensores, otras que volaban. Había unos cuantos tipos de garras saltadoras. Los mejores técnicos de la luna trabajaban en ello haciéndolas cada vez más complicadas y flexibles. Los rusos empezaron a tener graves problemas con ellas. Algunas de las garras pequeñas aprendían a ocultarse, enterrándose entre la ceniza y esperar.

Y luego empezaron a entrar en los búnkeres rusos, deslizándose dentro cuando levantaban las compuertas para la entrada de aire o para echar un vistazo afuera.

Una garra dentro de un bunker, una esfera giratoria de metal y cuchillas, era suficiente. Y cuando entraba una la seguían otras. Con un arma como aquella, la guerra no podía prolongarse mucho.

Quizá hubiese terminado ya.

Quizá fuese a oír aquella noticia. Quizás el Politburó hubiese decidido tirar la toalla. Lástima que hubiesen tardado tanto. Seis años. Mucho tiempo para una guerra como aquella, tal como la habían desarrollado. Los discos de represalia automática, cayendo por toda Rusia a centenares de miles. Cristales bacteriológicos. Los proyectiles dirigidos soviéticos, silbando en el aire. Las bombas en cadena. Y ahora esto, los robots, las garras...

Las garras no eran como las otras armas. Prácticamente estaban vivas, quisiese o no admitirlo el gobierno. No eran máquinas. Eran cosas vivas que giraban y reptaban y se alzaban bruscamente de la ceniza gris y se lanzaban hacia un hombre y escalaban por él buscando su cuello. Para eso estaban diseñadas. Era su trabajo.

Hacían bien su trabajo. Sobre todo últimamente, los nuevos diseños. Se reparaban a sí mismas. Eran completamente autónomas. Los tabs de radiación protegían a las tropas de la ONU, pero si un hombre perdía su tab las garras lo cazaban sin que les importase el uniforme. Bajo la superficie, la maquinaria automática iba fabricándolas. Hacía tiempo que los seres humanos estaban al margen. El riesgo era excesivo; nadie quería estar con ellas. Se las dejó abandonadas. Y parecían arreglárselas muy bien. Los nuevos diseños eran más rápidos, más complejos. Más eficaces.

Al parecer habían ganado la guerra.

El mayor Hendricks encendió un segundo cigarrillo. Le deprimía el paisaje. Sólo ruinas y ceniza. Parecía estar solo en el mundo, como si fuese la única cosa viva que quedase sobre la tierra. A la derecha se alzaban las ruinas de un pueblo, unas cuantas paredes y montones de escombros. Tiró la cerilla apagada, avanzó más deprisa. De pronto se detuvo, alzó su fusil, el cuerpo tenso... Durante un minuto pareció como si...

De entre las ruinas de un edificio se acercaba alguien, caminando lentamente hacia él, titubeando.

Hendricks parpadeó.

- ¡Alto!

El muchacho se detuvo. Hendricks bajó el fusil. El muchacho le miraba en silencio. Era pequeño, ocho años quizá. Pero resultaba difícil lo de los años. La mayoría de los chicos que quedaban estaban subalimentados y raquíticos. Llevaba un descolorido suéter azul, cubierto de barro, y pantalones cortos. Tenía el pelo largo y sucio. Pelo castaño. Le colgaba sobre la cara y sobre las orejas. Llevaba algo en brazos.

- ¿Qué tienes ahí? - preguntó ásperamente Hendricks.

El muchacho lo alzó. Era un juguete, un oso. Un oso de felpa. El muchacho tenía unos ojos grandes pero inexpresivos.

Hendricks se tranquilizó.

- Yo no lo quiero. Consérvalo.

El muchacho volvió a abrazar el oso.

- ¿Dónde vives? - dijo Hendricks.

- Allí.

- ¿En las ruinas? -

- Sí.

- ¿Bajo tierra?

- Sí.

- ¿Cuántos hay allí?

- ¿Cuan... cuántos?

- Sí, cuántos sois. ¿Cuántas personas mayores hay donde vives?

El muchacho no contestó.

- No estarás solo, ¿verdad? - dijo Hendricks, ceñudo.

El muchacho asintió.

- ¿Y cómo vives?

- Hay comida.

- ¿Qué clase de comida?

- Diferente.

Hendricks estudió con curiosidad al muchacho.

- ¿Cuántos años tienes?

- Trece.

No era posible. ¿O lo era? El muchacho estaba delgado, raquítico. Y probablemente fuese estéril. La radiación, años recibiéndola directamente. Era lógico que fuese tan pequeño. Tenía los brazos y las piernas nudosos y flacos como palos de escoba. Hendricks acarició el brazo del muchacho. Tenía la piel seca y áspera: piel de radiación. Se inclinó y miró el rostro del muchacho. Inexpresivo. Grandes ojos, grandes y oscuros.

- ¿Eres ciego? - dijo Hendricks.

- No. Veo algo.

- ¿Cómo te las arreglas con las garras?

- ¿Las garras?.

- Esas cosas redondas que corren...

- No comprendo.

Quizá no hubiese garras por allí. Había muchas zonas libres de ellas. Solían agruparse alrededor de los búnkeres, donde había gente. Habían sido ideadas de modo que percibiesen el calor, el calor de las cosas vivas.

- Tienes suerte - Hendricks se irguió. ¿Bueno, adónde vas?

- ¿Puedo ir contigo?

- ¿Conmigo? - Hendricks cruzó los brazos -. Voy muy lejos. Kilómetros. Tengo prisa. - Miré su reloj -. Tengo que llegar allí al anochecer.

- Quiero ir.

Hendricks hurgó en su mochila.

- No merece la pena. Toma - le dio las latas de comida que llevaba -. Coge esto y vete. ¿De acuerdo?

El muchacho no contestaba.

- Yo volveré por aquí. Tardaré un día. Si estás por aquí cuando vuelva podrás venir conmigo. ¿De acuerdo?

- Quiero ir contigo ahora.

- Es mucho camino.

- Puedo caminar.

Hendricks se agitó inquieto. Era un blanco demasiado bueno, dos personas caminando juntas. Y el muchacho le retrasaría. Pero no podría volver por aquel camino. Y si el muchacho estaba realmente solo...

- Está bien. Vamos.

El muchacho se colocó a su lado. Hendricks empezó a caminar. El muchacho andaba silenciosamente, abrazando su oso de felpa.

- ¿Cómo te llamas? - dijo Hendricks, al cabo de un rato.

- David Eduardo Derring.

- ¿David? ¿Qué... qué les pasó a tus padres?

- Murieron.

- ¿Cómo?

- En la desintegración.

- ¿Hace cuánto?

- Seis años.

Hendricks se detuvo.

- ¿Llevas solo seis años?

- No. Habían otras personas conmigo. Pero se fueron.

- ¿Y desde entonces vives solo?

- Sí.

Hendricks bajó los ojos. El muchacho era extraño, por decir poco. Remoto. Pero así eran los niños que habían sobrevivido. Tranquilos. Estoicos. Les dominaba una extraña fatalidad. Nada les sorprendía. Lo aceptaban todo. No había ya nada normal, ningún curso natural de las cosas, moral o físico; habían desaparecido la costumbre, el hábito, y todas las fuerzas determinantes del aprendizaje; sólo quedaba la experiencia directa.

- ¿Voy muy deprisa? - dijo Hendricks.

- No.

- ¿Cuándo me viste?

- Estaba esperando.

- ¿Esperando? - dijo Hendricks sorprendido. ¿Y qué esperabas?

- Coger cosas.

- ¿Qué cosas?

- Cosas para comer.

- Oh - Hendricks frunció los labios. Un muchacho de trece años que vivía de ratas y de sabandijas y de comida enlatada medio podrida. En un agujero bajo las ruinas de una ciudad. Con estanques de radiación y garras, y las minas perforadoras rusas acechando en el cielo.

- ¿Adónde vamos? - preguntó David.

- A las líneas rusas.

- ¿Rusas?

- El enemigo. Los que empezaron la guerra. Los que tiraron las primeras bombas radioactivas. Ellos empezaron.

El muchacho cabeceó. Le miraba con rostro inexpresivo.

- Yo soy americano - dijo Hendricks.

El muchacho no dijo nada. Siguieron los dos, Hendricks caminando delante, David tras él, apretando contra el pecho el sucio oso de felpa.

Sobre las cuatro de la tarde pararon a comer. Hendricks hizo una hoguera en un agujero entre fragmentos de hormigón. Arrancó los matorrales y preparó leña. Las líneas rusas no estaban muy lejos. Se encontraban en lo que había sido un largo valle, hectáreas de frutales y viñedos. Ahora sólo quedaban unos cuantos tocones ennegrecidos y las montañas que se extendían en el horizonte al fondo. Y las nubes de rodante ceniza que arrastraba el viento, asentándose sobre los matorrales y los restos de edificios, paredes esparcidas, un trozo de calle.

Hendricks hizo café y calentó un poco de carnero y pan.

- Toma - dio pan y carnero a David. David se sentó al borde del fuego, las piernas cruzadas, huesudas y blancas las rodillas. Examinó la comida y la rechazó con un gesto.

- No.

- ¿No? ¿No quieres?

- No.

Hendricks se encogió de hombros. Quizás aquel muchacho fuese un mutante, acostumbrado a alimentos especiales. Daba igual. Cuando tuviese hambre ya encontraría comida. Era un muchacho extraño. Pero sucedían muchas cosas extrañas en el mundo. La vida ya no era igual. Nunca volvería a serlo. La humanidad iba haciéndose a la idea.

- Allá tú - dijo Hendricks. Comió pan y carnero y café. Comía lentamente, como si le resultase laborioso digerir la comida. Cuando acabó se puso de pie y apagó el fuego.

David se levantó lentamente, observándole con sus ojos de joven viejo.

- Nos vamos - dijo Hendricks.

- Muy bien.

Hendricks reemprendió la marcha, el fusil en la mano. Estaban cerca ya, y Hendricks iba tenso, preparado para cualquier cosa. Los rusos tenían que esperar un emisario, una contestación al suyo, pero eran muy tramposos. Siempre había la posibilidad de un error. Examinó el paisaje que les rodeaba. Escombros, ceniza, unos cuantos montículos, árboles chamuscados. Muros de hormigón. Pero algo más allá estaba el primer bunker de las líneas rusas, el puesto de mando adelantado. Bajo tierra, profundamente enterrado, sólo mostrando un periscopio y unos cuantos cañones. Quizás una antena.

- ¿Llegaremos pronto? - Preguntó David.

- Sí. ¿Cansado?

- No.

- ¿Entonces?

David no contestó. Caminaba cuidadosamente tras él, abriéndose camino entre las cenizas. Tenía pies y piernas grises de polvo. Tenía en la cara arrugas de ceniza gris que se dibujaban sobre la blanca palidez de su piel. No tenía color en la cara. Típico de los nuevos niños, criados en sótanos y alcantarillas y refugios subterráneos.

Hendricks se detuvo. Alzó sus prismáticos y estudió el terreno que tenía delante. Tenían que estar allí, en algún sitio, esperándole... ¿o le vigilaban, como habían vigilado sus hombres al emisario ruso? Se estremeció. Quizás estuviesen preparando sus armas, disponiéndose a disparar, lo mismo que sus hombres, disponiéndose a matar.

Se enjugó la cara cubierta de sudor.

- Maldita sea. - se sentía incómodo. Pero tenían que esperarle. La situación era distinta.

Siguió caminando sobre la ceniza, sujetando el fusil con ambas manos. Y detrás iba David. Hendricks miraba a su alrededor, ceñudo. En cualquier segundo podría suceder. Un relámpago de luz, un fogonazo cuidadosamente enfocado desde el interior de un profundo bunker de hormigón.

Alzó un brazo e hizo una señal en el aire.

Nada se movió. A la derecha se veía una larga cordillera, coronada de troncos muertos. Habían crecido unas cuantas vides silvestres alrededor de los árboles, de los restos de árboles. Y las eternas hierbas oscuras. Hendricks examinó el cerro. ¿Había algo allá arriba? Un lugar de observación perfecto. Se aproximó nervioso David le seguía silenciosamente. Si hubiese sido su puesto de mando habría allí un centinela vigilando a los soldados que quisiesen infiltrarse en la zona de mando. Por supuesto, si fuese su puesto de mando habría garras alrededor para una protección plena.

Se detuvo, separadas las piernas, las manos en las caderas.

- ¿Ya estamos? - dijo David.

- Casi.

- ¿Por qué paramos?

- No quiero correr ningún riesgo. - Hendricks avanzaba lentamente. Ahora el cerro quedaba directamente a su lado a la derecha. Por encima de él. Su inquietud aumentó. Si hubiese allí arriba un ruso estaría en sus manos. Agitó de nuevo el brazo. Tenían que esperar a alguien con uniforme de la ONU como respuesta a su nota. A menos que todo aquello fuese una trampa.

- Ven a mi lado - dijo, volviéndose a David -. No te quedes atrás.

- ¿Contigo?

- A mi lado. Estamos muy cerca. No podemos correr riesgos. Ven.

- Voy bien aquí. - David continuó caminando tras él, a unos pasos de distancia, sin soltar su oso de felpa.

- Allá tú. - Hendricks alzó de nuevo sus prismáticos, súbitamente tenso. Por un momento... ¿se había movido algo? Examinó cuidadosamente el cerro. Todo estaba en silencio. Muerto. No había vida allá arriba, sólo troncos de árboles y cenizas. Quizás algunas ratas. Las grandes ratas negras que habían sobrevivido a las garras. Mutantes... construían sus refugios con saliva y ceniza. Una especie de plástico. Adaptación. Continuó caminando.

En la colina, sobre él, apareció un hombre alto de flotante capote. Verde gris. Un ruso. Tras él apareció un segundo soldado, también ruso. Ambos alzaron sus armas, apuntando.

Hendricks quedó paralizado. Abrió la boca. Los soldados estaban arrodillados, apuntando desde el borde del cerro. Se les había unido una tercera persona, una figura más pequeña, también verde gris. Una mujer. Se mantenía detrás de ellos.

Hendricks consiguió hablar por fin.

- ¡Alto! - Hizo gestos frenéticos con los brazos -. Soy...

Los dos rusos dispararon. Detrás de Hendricks sonaron dos suaves pops. Sobre él cayeron oteadas de calor, que le derribaron. La cara se le llenó de ceniza y, tosiendo, se puso de rodillas. Todo era una trampa. Estaba sentenciado. Había ido a que le mataran, como a una res. Los soldados y la mujer bajaban por la ladera hacia él, deslizándose sobre la suave ceniza. Hendricks estaba conmocionado. Le palpitaba la cabeza. Torpemente, alzó su arma y apuntó. El fusil le pesaba mil toneladas; apenas podía sostenerlo. Le picaba la nariz y las mejillas. El aire estaba lleno de aquel aroma acre y amargo.

- ¡No dispares! - dijo el primer ruso, en un inglés con fuerte acento.

Los tres llegaron junto a él y le rodearon.

- Deja tu rifle, yanqui - dijo el otro.

Hendricks estaba desconcertado. Todo había sucedido con demasiada rapidez. Le habían capturado. Y habían desintegrado al muchacho. Giro la cabeza. David había desaparecido. Lo que quedaba de él estaba esparcido por el suelo.

Los tres rusos le examinaron, curiosos. Hendricks permanecía sentado, conteniendo la sangre de su nariz y escupiendo fragmentos de ceniza. Movía la cabeza intentando despejarla.

- ¿Por qué hicisteis eso? - murmuró -. El muchacho.

- ¿Por qué? - replicó uno de los soldados que le ayudó a levantarse; mientras hacía volverse a Hendricks -. Mira.

Hendricks cerró los ojos.

- Mira - los dos rusos le empujaron hacia adelante -. Deprisa. ¡No hay tiempo que perder, yanqui!

Hendricks miró. Y lanzó un gemido.

- ¿Ves ahora? ¿Comprendes?

De los restos de David salió rodando una rueda metálica. Relés, metal resplandeciente. Piezas, cables. Uno de los rusos dio una patada al montón de restos. Las piezas se desparramaron. Cayó una sección plástica medio chamuscada. Hendricks se inclinó tembloroso. Se había desprendido la parte frontal de la cabeza. Pudo ver un intrincado cerebro, cables y relés, tubos y conmutadores, miles de pequeñas piezas...

- Un robot - dijo el soldado que le tenia sujeto del braza -. Vimos cómo te seguía. Así es como hacen. Siguen a uno para entrar en el bunker. Así es como consiguen entrar.

Hendricks pestañeó, desconcertado.

- Pero...

- Vamos. - Le condujeron hacia el cerro, resbalando al subir por la ceniza. La mujer llegó primero a la cima y los esperó allí.

- El puesto de mando adelantado - murmuró Hendricks -. Vine a negociar...

- Ya no hay puesto de mando adelantado. Consiguieron entrar. Te explicaremos. - Llegaron a la cima del cerro. Sólo quedamos nosotros. Nosotros tres. Los demás estaban en el bunker.

- Por aquí. Bajemos por aquí. - La mujer abrió una compuerta oculta en el suelo. Entra.

Hendricks se agarró y entró. Los dos soldados y la mujer entraron y bajaron tras él la escalerilla. La mujer cerró la compuerta, asegurándose de que quedaba bien encajada.

- Fue una suerte que te viéramos - gruñó uno de los dos soldados -. Hubiese acabado contigo.

- Dame uno de vuestros cigarrillos - dijo la mujer -. Hace semanas que no pruebo tabaco americano.

Hendricks le dio el paquete. La mujer sacó un cigarrillo y ofreció a los dos soldados. En un rincón de la pequeña estancia brillaba una lámpara. Era una habitación de techo bajo, y apenas había sitio para que se sentaran los cuatro alrededor de una mesita de madera. A un lado se amontonaban algunos platos sucios, Tras una raída cortina se veía parcialmente una segunda habitación. Hendricks vio el extremo de un catre, algunas mantas y ropas colgadas de un gancho.

- Estábamos aquí - dijo uno de los soldados; se quitó el casco, echándose hacia atrás su rubio pelo. Soy el cabo Rudy Maxer. Polaco. Incorporado al ejército soviético hace dos años -. Extendió la mano.

Hendricks titubeó y luego se la estrechó.

- Mayor Joseph Hendricks.

- Klaus Epstein - dijo el otro soldado, bajo, moreno y de pelo tupido; Epstein se rascó nervioso la oreja -. Austriaco. Incorporado Dios sabe cuándo. No me acuerdo.

- Los tres estábamos aquí, Rudy y yo con Tasso - indicó a la mujer. - Por eso escapamos. Los demás estaban abajo en el bunker.

- Y... y les cazaron.

Epstein encendió un cigarrillo.

- Primero entró solo uno. Como el que te seguía a ti. Luego ése dejó entrar a los otros.

- ¿Es que hay más de un tipo? - preguntó Hendricks alarmado.

- El muchachito. David. David con su oso de felpa. Es la tercera variedad. La más eficaz.

- ¿Qué otros tipos hay?

Epstein buscó en su capote.

- Mira - sacó un montón de fotografías y las extendió sobre la mesa; iban atadas todas en una cinta -. Sírvete tú mismo.

Hendricks desató la cinta.

- Ya ves - dijo Rudy Maxer -. Por eso queríamos entablar conversaciones de paz. Quiero decir, los rusos. Lo descubrimos hace una semana. Descubrimos que vuestras garras empezaban a hacer nuevos diseños por su cuenta. Nuevos tipos. Mejores. En vuestras fábricas subterráneas detrás de nuestras líneas. Los dejasteis que se fabricaran y se repararan por su cuenta. Los hicisteis cada vez más perfeccionados. Lo que ha sucedido es culpa vuestra.

Hendricks examinó las fotografías. Habían sido sacadas precipitadamente; estaban movidas y eran confusas. Las primeras mostraban... a David. David caminando solo. David y otro David. Tres David. Todos exactamente iguales. Todos con un astroso oso de felpa.

Todos patéticos.

- Mira los otros - dijo Tasso.

La siguiente fotografía, tomada a gran distancia, mostraba a un soldado de elevada estatura herido sentado al borde del camino, con un brazo en cabestrillo, un muñón de pierna. Luego dos soldados heridos, los dos iguales. Hombro con hombro.

- Esta es la primera variedad. El soldado herido. - Klaus se inclinó y cogió las fotografías -. ¿Te das cuenta? Las garras fueron diseñadas para atrapar seres humanos. Para encontrarlos. Cada tipo mejoraba el anterior. Llegaron muy lejos, lograron superar nuestras defensas e introducirse en nuestras líneas. Pero mientras eran sólo máquinas, esferas metálicas con garras, cuernos y sensores, podíamos localizarlas y destruirlas como a cualquier otro objeto. Podían detectarse como robots mortíferos en cuanto les viésemos. En cuanto les viésemos...

- La primera variedad arrasó nuestra ala norte - dijo Rudi -. Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta. Cuando lo hicimos, ya era demasiado tarde. Llegaban, soldados heridos, llamaban, y pedían que les dejáramos entrar. Y les dejábamos preparados contra las máquinas...

- Entonces se pensó que sólo había un tipo - dijo Klaus Epstein -. Nadie sospechaba que hubiese otro. Nos pasaron las fotografías. Cuando os enviamos el emisario, sólo conocíamos un tipo. La primera variedad. El gran soldado herido. Creíamos que no había más.

- Vuestra línea cayó con...

- Con la tercera variedad. David y su oso. Funcionó aún mejor. - Klaus sonrió amargamente -. A los soldados les gustan mucho los niños. Los trajimos e intentamos alimentarlos. Descubrimos después lo que eran. Lo descubrieron los que estaban en el bunker.

- Nosotros tres tuvimos suerte - dijo Rudi -. Klaus y yo estábamos... haciéndole una visita a Tasso cuando pasó. Esta es su casa - indicó con un gesto. Esta pequeña celda. Acabamos y subimos por la escalerilla otra vez. Lo vimos desde el cerro. Estaban allí, alrededor del bunker. Aún había lucha. David y su oso. Eran centenares Klaus sacó las fotografías.

Klaus ató de nuevo las fotografías.

- ¿Y esto está pasando a lo largo de toda vuestra líneas? - dijo Hendricks.

- Sí.

- ¿Y nuestras líneas? - Inconscientemente, acarició el tab de su brazo. ¿Pueden...?

- A ellos no les afectan vuestros tabs radiactivos. A ellos les da igual rusos o americanos o polacos o alemanes. Todos son lo mismo. Ellos hacen aquello para lo que están diseñados. Persiguen a la vida, donde la encuentren.

- Se orientan por el calor - dijo Klaus -. Así los construisteis desde el principio. Por supuesto, los que vosotros construisteis podéis mantenerlos a raya con los tabs radioactivos. Pero ahora han burlado esto. Estas nuevas variedades están cubiertas de capas de plomo.

- ¿Cuál es la otra variedad? - preguntó Hendricks -. El tipo David, el soldado herido... ¿Cuál es el otro?

- No lo sabemos. - Klaus señaló hacia la parte superior de la pared. Había dos placas de metal, melladas en los bordes. Hendricks se levantó y las examinó. Estaban dobladas y dentadas.

- La de la izquierda procede de un soldado herido - dijo Rudi -. Cogimos uno. Iba hacia nuestro viejo bunker. Le disparamos desde el cerro, como al David que venía contigo.

En la placa había un sello: I-V. Hendricks examinó la otra placa.

- ¿Y esta es del tipo David?

- Sí. - La placa también tenía un sello: III-V.

Klaus las contempló, inclinado sobre el ancho hombro de Hendricks.

- Ya ves lo que nos espera. Hay otro tipo. Quizá lo abandonasen. Quizás no funcionase. Pero tiene que haber una segunda variedad. Tenemos la uno y las tres.

- Tuviste suerte - dijo Rudi -. El David te siguió hasta aquí sin tocarte. Probablemente pensó que le meterías en algún bunker.

- Entra uno y se acabó - dijo Klaus -. Son muy rápidos. Si entra uno entran todos. Son inflexibles. Máquinas con un objetivo. Sólo fueron construidas para una cosa - se limpió el sudor del labio.

Quedaron silenciosos.

- Dame otro cigarrillo, yanqui - dijo Tasso -. Son buenos. Casi me había olvidado de cómo eran.

Era de noche. El cielo estaba negro. No se veían estrellas entre las nubes de ceniza. Klaus levantó cautelosamente la compuerta para que Hendricks pudiese mirar afuera.

Rudi señaló en la oscuridad.

- Hacia allí están los búnkeres. Donde estábamos nosotros. No hay más de un kilómetro de distancia. Fue pura casualidad que Klaus y yo no estuviésemos allí cuando pasó. Debilidad. Nos salvó nuestra lujuria.

- Todos los demás deben haber muerto - dijo Klaus con voz queda -. Fue todo muy rápido. Esta mañana el politburó tomó la decisión. Nos lo notificaron... al puesto de mando. Enviamos inmediatamente un emisario. Le vimos salir hacia vuestras líneas. Le cubrimos hasta que le perdimos de vista.

- Alex Radrivsky. Los dos le conocíamos. Desapareció hacia las seis. Acababa de salir el sol. Hacia el mediodía Klaus y yo teníamos una hora de descanso. Salimos y nos alejamos de los búnkers. No había nadie observándonos. Vinimos aquí. Antes había sido un pueblo, unas cuantas casas, una calle. Esta bodega era parte de una gran casa de campo. Sabíamos que Tasso estaría aquí, oculta en su refugio. Ya habíamos venido antes. Y venían aquí otros de los búnkers. Por casualidad hoy era nuestro turno.

- Por eso nos salvamos - dijo Klaus -. Casualidad. Podrían haber sido otros. Bueno... acabamos, y cuando salimos a la superficie y miramos hacia los búnkers les vimos, a los David. Lo comprendimos inmediatamente. Habíamos visto las fotografías de la primera variedad, el soldado herido. Nuestro comisario las distribuyó con una explicación. Si hubiésemos dado otro paso nos habrían visto. Hubiésemos tenido que destruir a los David para volver. Había cientos, por todas partes. Como hormigas. Sacamos las fotos y volvimos aquí, y cerramos.

- No hay mucho problema cuando se trata de uno solo. Somos más rápidos que ellos. Pero ellos son inexorables. No son como los seres vivos. Avanzaban directamente contra nosotros. Y nosotros los desintegramos.

El mayor Hendricks se apoyó en el borde de la compuerta, ajustando sus ojos a la oscuridad.

- ¿No es peligroso levantar la compuerta?

- Hay que tener cuidado. ¿Cómo podrías si no utilizar tu transmisor?

Hendricks alzó lentamente el pequeño transmisor del cinturón. Lo apretó contra su oído. El metal estaba frío y húmedo. Sopló en el micrófono y levantó la corta antena. En su oído un leve murmullo.

- Sí, desde luego.

Pero aún vacilaba.

- Te meteremos dentro si pasa algo - dijo Klaus.

- Gracias. - Hendricks esperó un momento, poniéndose el transmisor en el hombro -. Es interesante, ¿verdad?

- ¿Qué?

- Esto, lo de los nuevos tipos. Las nuevas variedades de garras. Estamos completamente a su merced, ¿no es cierto? Es muy probable que a estas horas hayan alcanzado también las líneas de la ONU. Eso me hace preguntarme si no veremos pronto el comienzo de una nueva especie. La nueva especie. Evolución. La raza que sucederá al hombre.

Rudi lanzó un gruñido.

- No habrá ninguna raza después del hombre.

- ¿No? ¿Por qué? Puede que estemos presenciando el fin de los seres humanos, el nacimiento de una sociedad nueva.

- No hay una raza. Son asesinos mecánicos. Los hicisteis para destruir. Sólo pueden hacer esto. Son máquinas con un trabajo.

- Eso parece ahora. Pero, ¿y después? Cuando acabe la guerra. Quizás muestren sus auténticas potencialidades cuando no haya seres humanos que destruir.

- ¡Hablas como si estuviesen vivos!

- ¿No lo están?

Hubo un silencio.

- Son máquinas - dijo Rudi -. Parecen personas, pero son máquinas.

- Usa tu transmisor, mayor - dijo Klaus -. No podemos quedarnos aquí eternamente.

Sujetando con firmeza el transmisor, Hendricks emitió el código del bunker de mando. Esperó, escuchando atento. Ninguna respuesta. Sólo silencio. Comprobó cuidadosamente las claves. Todo estaba en su sitio.

- ¡Scott! - gritó en el micrófono. ¿Puedes oírme?

Silencio. Elevó la potencia al máximo y lo intentó otra vez. Sólo ruidos parásitos.

- No capto nada. Quizá me oigan y no quieran contestar.

- Diles que es una emergencia.

- Creerán que están obligándome a llamar. Que me obligáis vosotros. - Lo intentó de nuevo, transmitiendo brevemente lo que había descubierto. Pero sólo le respondieron ruidos parásitos.

- Las lagunas radiactivas eliminan la mayor parte de la transmisión - dijo Klaus al cabo de un rato. A lo mejor es eso.

Hendricks dejó el transmisor.

- Es inútil. No contestan. ¿Lagunas de radiación? Puede. O quizá me oigan y no quieran contestar. Yo haría lo mismo, francamente, si un emisario intentase llamar desde las líneas soviéticas. No tienen por qué creer lo que les digo. Pueden haberlo oído todo...

- O quizá sea demasiado tarde.

Hendricks asintió.

- Será mejor que cerremos - dijo Rudi, nervioso -. No tenemos por qué correr riesgos innecesarios.

Descendieron lentamente por el túnel. Klaus encajó con firmeza la compuerta. Entraron en la cocina. La atmósfera resultaba pesada y opresiva.

- ¿Podrían actuar tan deprisa? - dijo Hendricks -. Salí del bunker al mediodía. Hace diez horas. ¿Cómo pudieron hacerlo tan deprisa?

- No tardan mucho. Desde que entra el primero. Ya sabes lo que pueden hacer las garras pequeñas. Estas son increíbles. Tienen cuchillas en cada dedo. Es una locura.

- Haré una cosa - dijo Hendricks, dándoles la espalda.

- ¿Qué cosa? - dijo Rudi.

- La base lunar. Dios mío, si hubiesen llegado allí...

- ¿La base lunar?

Hendricks se volvió.

- Es imposible que lleguen a la base lunar. No hay ninguna posibilidad. No puedo creerlo.

- ¿Qué es esa base lunar? Hemos oído rumores, pero nada claro. ¿Cuál es la situación? Pareces preocupado.

- Recibimos suministros de la luna. Allí están los gobiernos, bajo la superficie lunar. Todo nuestro pueblo y nuestras industrias. Por eso podemos continuar la lucha. Si estos monstruos consiguiesen llegar a la luna...

- Basta con que llegue uno. En cuanto llega uno introduce a los demás. Cientos, todos iguales. Tendrías que haberlos visto. Idénticos. Como hormigas.

- Socialismo perfecto - dijo Tasso. - El ideal del estado comunista. Todos los ciudadanos intercambiables.

Klaus lanzó un gruñido colérico.

- Ya basta. ¿Bueno, qué hacemos?

Hendricks paseaba por la habitación. El aire olía a comida y sudor. Los otros le observaban. Tasso cruzó la cortina y entró en la habitación contigua.

- Voy a dormir un poco.

La cortina se cerró tras ella. Rudi y Klaus se sentaron a la mesa, sin dejar de observar a Hendricks.

- Es asunto vuestro - dijo Klaus -. Nosotros no conocemos vuestra situación.

Hendricks asintió.

- Es un problema. - Rudi bebió un sorbo de café, que echó en su taza de un oxidado puchero. - Estaremos seguros aquí durante un tiempo, pero no podemos quedarnos siempre. No tenemos reservas de alimentos suficientes.

- Pero si salimos fuera...

- Si salimos nos cogerán. O pueden cogernos. Sería lo más probable. No podríamos ir muy lejos. ¿A qué distancia queda el bunker de mando americano, mayor?

- ¿Y si están ya allí? - dijo Klaus.

Rudi se encogió de hombros.

- En ese caso volveremos aquí.

Hendricks dejó de pasear.

- ¿Qué posibilidades hay según vosotros de que hayan llegado ya a las líneas americanas?

- Es difícil saberlo. Pero es bastante probable que hayan llegado ya. Están organizados. Saben muy bien lo que hacen. En cuanto empiezan son como una plaga de langostas. Tienen que seguir moviéndose, y deprisa. Se basan en el engaño y en la velocidad. Antes de que te des cuenta ya están dentro.

- Comprendo - murmuró Hendricks.

Tasso se agitó en la otra habitación.

- ¿Mayor?

Hendricks apartó la cortina.

- ¿Qué?

Tasso le miró lánguidamente desde el catre.

- ¿Te quedan más cigarrillos americanos?

Hendricks entró en la habitación y se sentó frente a ella en un taburete de madera. Hurgó en los bolsillos.

- No. No me queda ninguno.

- Qué lástima.

- ¿De qué nacionalidad eres tú? - preguntó Hendricks tras de una pausa.

- Rusa.

- ¿Cómo llegaste aquí?

- ¿Aquí?

- Esto era Francia. Una parte de Normandía. ¿Viniste con el ejército soviético?

- ¿Por qué?

- Pura curiosidad.

La examinó detenidamente. Se había quitado la guerrera y la había echado a los pies del catre. Era joven, unos veinte. Esbelta. Su largo pelo se derramaba sobre la almohada.

Le miraba en silencio, con unos ojos grandes y oscuros.

- ¿Qué piensas? - dijo Tasso.

- Nada. ¿Cuántos años tienes?

- Dieciocho.

Ella continuaba observándole, sin pestañear los brazos detrás de la cabeza. Llevaba pantalones y camisa del ejército ruso. Verde gris. Grueso cinturón de cuero con hebilla y cartuchera. Botiquín.

- ¿Perteneces al ejército soviético?

- No.

- ¿Dónde conseguiste el uniforme?

- Me lo dieron - dijo ella, encogiéndose de hombros.

- ¿Qué edad tenías cuando... cuando viniste aquí?

- Dieciséis.

- ¿Tan joven?

Ella achicó los ojos.

- ¿Qué quieres decir?

Hendricks se rascó la barbilla.

- Tu vida habría sido muy diferente de no ser por la guerra. Dieciséis. Viniste aquí a los dieciséis. A vivir de este modo.

- Tenía que sobrevivir.

- No estoy moralizando.

- Tu vida habría sido también muy distinta - murmuró Tasso; se inclinó y se desabrochó una de las botas; se desprendió de ella de una patada -. Mayor, ¿por qué no te vas a la otra habitación? Tengo sueño.

- Va a ser un problema, los cuatro aquí. Resultará difícil vivir en este espacio. ¿Sólo hay dos habitaciones?

- Sí.

- ¿Qué tamaño tenía originariamente el sótano? ¿Era mayor? ¿Hay otras habitaciones llenas de escombros? Quizá pudiéramos despejar una.

- Puede. En realidad no lo sé. - Tasso se aflojó el cinturón; se acomodó en la litera y se desabrochó la camisa -. ¿Estás seguro de que no tienes más cigarrillos?

- Sólo tenía aquel paquete.

- Qué lástima. Quizá podríamos encontrar alguno si volviésemos a tu búnker. - Soltó la otra bota; luego buscó el cordón de la luz. Buenas noches.

- Vas a dormir?

- Eso es.

La habitación se hundió en la oscuridad. Hendricks se levantó, cruzó la cortina y entró en la cocina.

Y se detuvo, rígido.

Rudi estaba contra la pared, la piel blanca y brillante. Abría y cerraba la boca, pero sin emitir ningún sonido. Frente a él estaba Klaus, que le clavaba en el estómago el cañón de su pistola. Ninguno de los dos se movía. Klaus estaba serio, sujetando con firmeza la pistola. Rudi, pálido y silencioso, pegado a la pared.

- Pero ¿qué...? - Murmuró Hendricks, pero Klaus le interrumpió.

- Tranquilo, mayor. Acércate. Tu pistola. Saca tu pistola.

Hendricks sacó su pistola.

- Pero ¿qué pasa?

- Cúbrele - Klaus le empujó hacia adelante. A mi lado. ¡Aprisa!

Rudi se movió un poco y bajó los brazos. Se volvió a Hendricks, lamiéndose los labios. Sus ojos brillaban ferozmente. Tenía la frente empapada de sudor que le goteaba por las mejillas. Fijó sus ojos en Hendricks.

- Mayor, se ha vuelto loco. Deténgale la voz de Rudi era áspera y sorda, casi inaudible.

- ¿Qué Pasa? - preguntó Hendricks.

Sin bajar la pistola, Klaus contestó:

- Mayor, ¿se acuerda de nuestra discusión? ¿Se acuerda de las tres variedades? Conocíamos la una y la tres. Pero no conocíamos la dos. O no la conocíamos hasta ahora. - Los dedos de Klaus se apretaron alrededor de la culata e su pistola -. No la conocíamos, pero ya la conocemos.

Apretó el gatillo. De la pistola brotó un fogonazo blanco y cálido que rodeó a Rudi.

- Mayor, esta es la segunda variedad.

- ¡Klaus! ¿Qué hiciste?

Klaus se volvió, apartando los ojos de la forma chamuscada que se desmoronaba gradualmente por la pared al suelo.

- La segunda variedad, Tasso. Ahora la conocemos. Hemos identificado los tres tipos. Hay menos peligro. Yo...

Tasso contempló los restos de Rudi, los ennegrecidos y retorcidos fragmentos entre trozos de tela.

- Le mataste.

- No lo lamentes. No era un hombre. Estaba vigilándole. Tenía el presentimiento, pero no estaba seguro. Al menos, no estuve seguro antes. Pero esta tarde me convencí. - Klaus frotó la culata de la pistola, nervioso. - Tenemos suerte. ¿No os dais cuenta? Otra hora aquí y podría...

- ¿Estás seguro? - Tasso se inclinó sobre los humeantes restos del suelo; su expresión se endureció -. Mayor, véalo usted mismo. Huesos. Carne.

Hendricks se inclinó también. Eran restos humanos. Carne chamuscada, fragmentos de huesos carbonizados, un trozo de cráneo. Ligamentos, vísceras, sangre. Sangre formando un estanque junto a la pared.

- No hay ninguna pieza - dijo Tasso quedamente, se levantó. No hay ruedas ni piezas ni relés. Ni garras. Nada de segunda variedad. - Cruzó los brazos -. Tendrás que explicar esto.

Klaus se sentó junto a la mesa, súbitamente pálido.

- Suéltalo de una vez - dijo Tasso, cerrando una mano sobre su hombro. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le mataste?

- Estaba asustado - dijo Hendricks -. Todo esto, todo este asunto...

- Puede.

- ¿Qué entonces? ¿Qué piensas?

- Creo que puedes haber tenido una razón para matar a Rudi. Una buena razón.

- ¿Qué razón?

- Quizá Rudi descubriese algo.

Hendricks examinó su sombría cara.

- ¿Sobre qué? - preguntó.

- Sobre él. Sobre Klaus.

Klaus alzó la vista rápidamente.

- Supongo que te das cuenta de lo que quiere decir. Ella cree que yo soy la segunda variedad. ¿Comprendes, mayor? Ahora quiere que creas que le maté a propósito. Que soy...

- ¿Por qué le mataste, entonces? - dijo Tasso.

- Ya te lo dije - respondió Klaus -. Creí que era una garra. Creí que le había descubierto.

- ¿Por qué?

- Había estado vigilándole. Tenía sospechas.

- ¿Por qué?

- Porque tenía ciertos datos. Oí algo. Creí oírle... como girar de ruedas dentro de él.

Hubo un silencio.

- ¿Crees eso? - dijo Tasso a Hendricks.

- Sí. Creo lo que dice.

- Yo no. Yo creo que mató a Rudi a sabiendas - Tasso cogió el fusil que había en el rincón -. Mayor...

- No - Hendricks hizo un gesto decidido. - Acabemos con esto ahora mismo. Basta con uno. Tenemos miedo, lo mismo que él. Si le matamos haremos lo que él hizo a Rudi.

Klaus le miro agradecido.

- Gracias. Tenía miedo. Lo comprendes, ¿verdad? Ahora tiene miedo ella, como lo tenía yo. Quiere matarme.

- No habrá más muertes - dijo Hendricks, dirigiéndose hacia la escalerilla -. Voy a subir y probar suerte con el transmisor otra vez. Si puedo localizarles volveremos a mis líneas mañana por la mañana.

Klaus se levantó inmediatamente.

- Subiré contigo y te echaré una mano.

El aire de la noche era frío. La tierra estaba refrescándose. Klaus respiró profundamente, llenando sus pulmones. El y Hendricks salieron del túnel y pisaron el suelo de la superficie. Klaus, plantado y con las piernas separadas, el fusil dispuesto, observaba y escuchaba. Hendricks acuclillado junto a la boca del túnel, accionando el pequeño transmisor.

- ¿Hay suerte? - preguntó Klaus.

- Aún no.

- Sigue intentándolo. Diles lo que pasa.

Hendricks siguió intentándolo. Sin éxito. Por fin bajó la antena.

- Es inútil. No me oyen. O me oyen y no quieren contestar. O...

- O no existen.

- Lo intentaré otra vez - Hendricks alzó la antena -. Scott, ¿me oyes?

Escuchó. Sólo ruidos parásitos. Luego, muy desmayadamente...

- Aquí Scott.

- ¡Scott! ¿Eres tú?

- Aquí Scott.

Klaus se arrodilló a su lado.

- ¿Es tu puesto de mando?

- Scott, escucha. ¿Me oyes? ¿Recibiste lo de las garras? ¿Recibiste el mensaje? ¿Me oyes?

- Sí. - Desmayadamente. Casi inaudible. Apenas si podía diferenciar la palabra.

- ¿Recibisteis mi mensaje? ¿Va todo bien ahí? ¿No ha conseguido entrar ninguno?

- Todo bien aquí.

La voz se hizo más débil.

- No.

Hendricks se volvió a Klaus.

- Están bien.

- ¿Les han atacado?

- No. - Hendricks apretó el auricular junto a su oído -. Scott, no te oigo apenas. ¿Has notificado a la base lunar? ¿Lo saben ellos? ¿Los habéis alertado?

No hubo respuesta.

- ¡Scott! ¿Me oyes?

Silencio.

Hendricks se relajó y se sentó en el suelo.

- Se fue. Deben ser las lagunas radioactivas.

Hendricks y Klaus se miraron. Ninguno de los dos dijo nada. Por fin, al cabo de un rato, habló Klaus:

- ¿Era la voz de alguno de tus hombres? ¿Pudiste identificar la voz?

- Se oía muy mal.

- ¿No puedes estar seguro?

- No.

- Entonces podría haber sido...

- No sé. Ahora ya no estoy seguro. Volvamos abajo y cerremos la compuerta.

Bajaron lentamente por la escalerilla y volvieron al cálido sótano. Klaus aseguró el cierre de la compuerta. Tasso les esperaba, seria y grave.

- ¿Hubo suerte? - Preguntó.

Ninguno de los dos contestaba.

- Bueno - dijo por fin Klaus -. ¿Qué piensas, mayor? ¿Era tu oficial, o era uno de ellos?

- No lo sé.

- Entonces estamos como antes.

Hendricks miró al suelo, apretando las mandíbulas.

- Tenemos que ir. Para asegurarnos.

- De todos modos sólo tenemos comida aquí para unas semanas. Tendremos que salir a la fuerza.

- Eso parece.

- Pero ¿qué pasa? - preguntó Tasso -. ¿Conseguisteis contacto con el bunker? ¿Cuál es el problema?

- Podía haber sido uno de mis hombres - dijo lentamente Hendricks -. O podría haber sido uno de ellos. Pero quedándonos aquí no lo sabremos nunca. - Miró su reloj -. Apaguemos y durmamos un poco. Tenemos que levantarnos temprano mañana.

- ¿Temprano?

- El mejor momento para pasar entre las garras es por la mañana temprano - dijo Hendricks.



Era una mañana cruda y clara. El mayor Hendricks estudió el paisaje con sus prismáticos.

- ¿Ves algo? - dijo Klaus.

- No.

- ¿Distingues nuestros búnkers?

- ¿Hacia dónde quedan?

- Allí. - Klaus tomó los prismáticos y los ajustó.

- Yo sé dónde mirar. - Miró largo rato, silencioso.

Tasso llegó a la cima del túnel y salió a la superficie.

- ¿Alguna cosa?

- No. - Klaus devolvió los prismáticos a Hendricks -. Están desenfocados. Vamos. No nos quedemos aquí.

Bajaron los tres por la ladera del cerro, deslizándose sobre la suave ceniza. Tras una piedra lisa vigilaba una lagartija. Se pararon instantáneamente, rígidos.

- ¿Qué fue? - murmuró Klaus.

- Una lagartija.

La lagartija echó a correr entre las cenizas. Era exactamente del mismo color.

- Adaptación perfecta - dijo Klaus -. Prueba que tenemos razón. La tiene Lysenko, quiero decir.

Llegaron al pie de la ladera y se detuvieron, muy juntos, mirando alrededor.

- Vamos - dijo Hendricks -. Hay mucho camino a pie.

Klaus se colocó a su lado. Tasso caminaba detrás, con la pistola preparada.

- Mayor, quería preguntarle una cosa - dijo Klaus -. ¿Cómo encontraste al David? El que venía contigo...

- Lo encontré por el camino. En unas ruinas.

- ¿Que te dijo?

- No mucho. Dijo que estaba sólo.

- ¿No pudiste percibir que era una máquina? ¿Hablaba como un ser humano? ¿Nunca lo sospechaste?

- Es extraño, esas máquinas son tan parecidas a las personas que pueden engañarle. Casi vivas. Me pregunto cómo acabará esto.

- Se dedican a hacer aquello para lo que las diseñasteis vosotros los yanquis - dijo Tasso. - Las creasteis para perseguir la vida y destruirla. La vida humana. En donde la encuentren.

Hendricks observaba atentamente a Klaus.

- ¿Por qué me lo preguntas? ¿En qué piensas?

- En nada - contestó Klaus.

- Klaus piensa que tú eres la segunda variedad - dijo tranquilamente Tasso detrás de él -. Ahora ha puesto los ojos en ti.

Klaus enrojeció.

- ¿Por qué no? Nosotros enviamos un emisario a las líneas yanquis y volvió él. Quizá pensara que encontraría aquí buena caza.

- Yo vine de los búnkers de la ONU - dijo Hendricks con una risa áspera -. Y allí estaba rodeado de seres humanos.

- Quizá pensaste que era una oportunidad de entrar en las líneas soviéticas. Quizá pensases que era tu oportunidad. Quizá...

- Las líneas soviéticas estaban ya invadidas. Invadieron vuestras líneas antes de que yo saliese de mi búnker. No olvides eso.

Tasso se colocó a su lado.

- Eso no prueba nada, mayor.

- ¿Por qué no?

- Parece ser que hay poca comunicación entre las variedades. Todas son de fábricas distintas. No parecen trabajar conjuntamente. Podrías haber salido hacia las líneas soviéticas sin saber lo que hacían las otras variedades. O incluso cómo eran las otras variedades.

- ¿Cómo sabes tú tanto sobre las garras? - dijo Hendricks.

- Las he visto. Las observé. Vi cómo tomaban los búnkers soviéticos.

- Mucho sabes tú - dijo Klaus. -. En realidad viste muy poco. Es extraño que fueses tan buena observadora.

Tasso se echó a reír.

- ¡No sospecharás de mí ahora!

- Olvídalo - dijo Hendricks. Siguieron caminando en silencio.

- ¿Vamos a hacer todo el camino a pie? - dijo Tasso, al cabo de un rato. No estoy acostumbrada a andar:

Miró a su alrededor, contemplando la llanura cenicienta que se extendía por todas partes hasta el horizonte.

- Qué desolación - exclamó.

- Es así por todas partes - dijo Klaus.

- En cierto modo hubiese preferido que estuvieses en tu búnker cuando llegó el ataque.

- Algún otro hubiese estado contigo, en ese caso - murmuró Klaus.

Tasso se echó a reír, metiéndose las manos en los bolsillos.

- Supongo que si.

Siguieron caminando, los ojos fijos en el horizonte de la vasta llanura de silente ceniza que les rodeaba.

Se ponía el sol. Hendricks avanzaba lentamente, con Tasso y Klaus detrás. Klaus se sentó, apoyando su arma contra el suelo.

Tasso encontró una losa de hormigón y se sentó exhalando un suspiro.

- Es mejor que nos tomemos un descanso.

- Silencio, estate quieta - dijo Klaus ásperamente.

Hendricks subió hasta la cima del montículo que había ante ellos. La misma cima a la que había subido el emisario ruso el día anterior. Hendricks se echó al suelo, y tumbado miró con sus prismáticos lo que había más allá.

No se veía nada. Sólo ceniza y algún árbol. Pero allí, a no más de cincuenta metros, estaba la entrada del búnker. El bunker del que él había salido. Hendricks observaba en silencio. Ningún movimiento. Ningún signo de vida. Nada revivía.

Klaus se deslizó junto a él.

- ¿Dónde está?

- Allá abajo.

Hendricks le pasó los prismáticos. Nubes de ceniza cruzaban el cielo del crepúsculo. El mundo oscurecía. Aún les quedaban un par de horas de luz, como máximo. Probablemente menos.

- No veo nada - dijo Klaus.

- Aquel árbol de allí. El tocón. Junto a la pila de ladrillos. La entrada está a la derecha de los ladrillos.

- Tendré que creerlo.

- Tú y Tasso cubridme desde aquí. Yo exploraré el camino hasta la entrada del búnker.

- ¿Bajarás solo?

- Con mi tab de muñeca estaré seguro. El terreno que rodea al búnker es un hervidero de garras. Se esconden en la ceniza. Como cangrejos. Vosotros, sin tabs, no podríais hacer nada.

- Quizá tengas razón.

- Caminaré lentamente. Tan pronto como esté seguro...

- Si están dentro del búnker no podrás volver aquí. Son muy rápidos. ¿Es que no te das cuenta?

- ¿Qué sugieres?

Klaus se quedó pensativo.

- No sé. Lo mejor sería conseguir que subieran a la superficie. Así podrías ver.

Hendricks sacó su transmisor del cinturón, alzando la antena.

- De acuerdo, lo haremos.

Klaus hizo una señal a Tasso. Tasso subió diestramente la ladera de la colina hasta donde estaban.

- Va a bajar solo - dijo Klaus -. Le cubriremos desde aquí. En cuanto le veas retroceder, dispara. Son muy rápidos.

- No eres muy optimista - dijo Tasso.

- No, no lo soy.

Hendricks comprobó cuidadosamente su arma.

- Puede que no haya ningún problema.

- Es que no los viste. Centenares. Todos son iguales. Como hormigas.

- Podré descubrir si están ahí sin necesidad de bajar. - Hendricks montó su arma, la sujetó con firmeza y cogió el transmisor con la otra mano. En fin, deseadme suerte.

Klaus le tendió la mano.

- No bajes hasta estar seguro. Habla con ellos desde arriba. Que se muestren.

Hendricks bajó la ladera de la colina.

Momentos después caminaba lentamente hacia la pila de ladrillos y escombros junto al tronco muerto. Hacia la entrada del búnker de mando.

Nada se movía. Accionó el transmisor.

- ¿Scott? ¿Me oyes?

Silencio.

- ¡Scott! Soy Hendricks. ¿Me oyes? Estoy a la entrada del búnker. Tenéis que verme en la pantalla de visión.

Escuchó, apretando con fuerza el transmisor. Ningún sonido. Sólo ruidos parásitos. Siguió caminando. Una garra salió de la ceniza y corrió hacia él, lo examinó atentamente, y luego se colocó detrás, perrunamente respetuosa, siguiéndole a unos pasos de distancia. Un momento después se le unió otra gran garra. Las garras le seguían silenciosas, mientras él caminaba lentamente hacia el búnker.

- ¡Scott! ¿Me oyes.? Estoy a la puerta. Aquí afuera. En la superficie. ¿Me escuchas?

Esperó, apretando contra el costado la pistola, mientras mantenía el transmisor pegado a la oreja. Se esforzaba por oír, pero sólo había silencio y vagos ruidos parásitos.

Luego, clara y metálica, sonó una voz:

- Aquí Scott.

Era una voz neutra. Fría. No podía identificarla. Pero el auricular era preciso.

- Scott, escucha. Estoy aquí arriba. Estoy en la superficie, frente a la entrada del búnker.

- Sí.

- ¿Me ves?

- Sí.

- ¿Por la pantalla visual? ¿Me tienes enfocado?

- Sí.

Hendricks meditó unos instantes sobre la situación. Le rodeaba un círculo de pacientes garras.

- ¿Va todo bien en el bunker? ¿No ha pasado nada especial?

- Todo va bien.

- ¿Podrías subir a la superficie? Quiero verte un momento. - Hendricks respiró profundamente. Sube aquí conmigo, quiero hablarte.

- Baja.

- Sube, es una orden.

Silencio.

- ¿Subes? - Hendricks escuchó; no había respuesta -. Te ordeno que subas a la superficie.

- Baja.

Hendricks apretó las mandíbulas.

- Ponme con Leone.

Hubo una larga pausa. Escuchaba ruidos parásitos. Luego llego otra voz, firme, sólida, metálica. Igual que la anterior.

- Aquí Leone.

- Hendricks. Estoy en la superficie. A la entrada del búnker. Quiero que subáis uno aquí.

- Baja.

- ¿Por qué? ¡Es una orden!

Silencio, Hendricks bajó el transmisor. Miró cautelosamente a su alrededor. La entrada estaba frente a él. Casi a sus pies. Bajó la antena y fijó el transmisor al cinturón. Cuidadosamente, sujetó su arma con ambas manos. Avanzó, paso a paso. Si podían verle sabían que se dirigía a la entrada. Cerró los ojos un momento.

Luego puso un pie en el primer escalón.

Dos David subieron hacia él, sus caras idénticas e inexpresivas. Los desintegró en partículas. Seguían subiendo silenciosamente, todo un ejército. Todos exactamente iguales.

Hendricks dio la vuelta y echó a correr, lejos del bunker, hacia la colina.

En la cima de la colina, Tasso y Klaus dispararon. Las garras pequeñas subían ya hacia ellos, brillantes y rápidas cual esferas de metal, surcando frenéticas las ceniza. Pero no tenía tiempo de pararse a pensar. Se arrodilló, apuntando con su pistola hacia la entrada del búnker. Los David salían en grupos, con sus ositos de felpa. sus flacas y huesudas piernas resonando al subir los escalones hacia la superficie. Hendricks disparó contra la masa principal. Estallaron, desparramando engranajes y muelles en todas direcciones. Disparó de nuevo, entre la niebla de partículas.

Una figura gigantesca surgió de la entrada del búnker, alta y vacilante. Hendricks la contempló sorprendido. Un hombre, un soldado. Con una pierna sólo, apoyándose en una muleta.

- ¡Mayor! - era la voz de Tasso. Más disparos. La inmensa figura avanzaba, con los David hormigueando a su alrededor. Hendricks salió de su estupor. La primera variedad. El soldado herido. Apuntó y disparó. El soldado se dispersó en piezas, casquillos, cables y muelles por todas partes. Los David se esparcían por la llanura. Disparó una y otra vez, retrocediendo lentamente y disparando.

Desde la cima de la ladera disparaba Klaus. La ladera hervía de garras que pretendían subir. Hendricks retrocedió hacia el montículo, sin dejar de disparar. Tasso había dejado a Klaus e iba lentamente bordeando hacia la derecha, apartándose de la cima.

Un David subió hacia él, con su carita blanca e inexpresiva y su pelo marrón colgando sobre los ojos. Se inclinó súbitamente, abriendo los brazos. El oso de felpa saltó al suelo y avanzó con él a saltos. Hendricks disparó. David y el oso se disolvieron. Era como un sueño. Hendricks parpadeó.

- ¡Sube aquí! - era la voz de Tasso. Hendricks se dirigió hacia ella. Estaba junto a unas columnas de hormigón, de un edificio destruido. Disparaba por encima de él, con la pistola que Klaus te había dado.

- Gracias. - Llegó junto a ella, jadeando por el esfuerzo. Ella le empujó detrás de las columnas. Sacaba algo de su cinturón.

- ¡Cierra los ojos!. - Sacó una bomba de la cintura y la activó. - Cierra los ojos y tiéndete.

Tiró la bomba. Describió un arco y fue saltando hasta la entrada del búnker. Dos soldados heridos estaban apostados junto a la pila de ladrillos. Seguían saliendo más David, esparciéndose por la llanura. Uno de los soldados heridos se acercó a la bomba y se agachó para cogerla.

La bomba estalló. La explosión hizo rodar a Hendricks por el suelo. El viento caliente lo azotó. Vio a Tasso de pie tras las columnas, disparando lenta y metódicamente contra los David que salían de las ardientes nubes de blanco fuego.

Parapetado en la cima Klaus, luchaba con un anillo de garras que le rodeaban. Retrocedía, disparando contra ellas, intentando atravesar el anillo.

Hendricks se puso de pie trabajosamente. Le dolía la cabeza. Apenas veía. Todo te daba vueltas. No podía mover el brazo derecho.

Tasso se acercó a él.

- Ven. Vamos.

- Klaus... está allá arriba.

- ¡Vamos! - Tasso arrastró a Hendricks, apartándole de las columnas. Hendricks movió la cabeza, intentando despejarla. Tasso andaba deprisa, los ojos duros y brillantes, temerosa de las garras que habían escapado a la explosión.

De entre las rodantes nubes de llamas salió un David. Tasso lo desintegró. No aparecieron más.

- Pero Klaus... ¿qué hacemos? - Hendricks se detuvo, vacilante -. El...

- ¡Vamos!

Retrocedieron, apartándose cada vez más del búnker. Un grupo de garras les siguió durante un rato, y luego les dejó y retrocedió. Por fin, Tasso se detuvo.

- Podemos parar aquí y recuperar fuerzas.

Hendricks se sentó en un montón de escombros. Se frotó el cuello, carraspeando.

- Dejamos a Klaus allí.

Tasso no contestó. Abrió su pistola y colocó un peine nuevo.

Hendricks la miró, desconcertado.

- Le dejaste allí aposta.

Tasso cerró la recámara. Miraba los montones de escombros que les rodeaban, con cara inexpresivo. Como si buscase algo.

- ¿Qué es? - Preguntó Hendricks -. ¿Qué estás buscando? ¿Viene algo?

No comprendía. ¿Qué estaba haciendo ella? ¿Qué esperaba? El no veía nada. Ceniza por todas partes, ceniza y ruinas. Y de vez en cuando el tronco chamuscado de un árbol, sin hojas ni ramas.

- ¿Qué...?

Tasso le interrumpió.

- Quieto. - Achicó los ojos y sacó la pistola. Hendricks se volvió, siguiendo su mirada.

Por el camino que habían seguido ellos venía alguien. Caminaba cansinamente hacia ellos. Tenía las ropas destrozadas. Cojeaba, y avanzaba muy lentamente. Se detenía de vez en cuando a descansar y tomar aliento. Una vez estuvo a punto de caer. Se detuvo un momento para recuperarse. Luego continuó.

Klaus.

Hendricks se incorporó.

- ¡Klaus! - avanzó hacia él -. Cómo demonios...

Tasso disparó. Hendricks se volvió. Ella disparó de nuevo, por encima de él, un mortífero trallazo de fuego. La llama alcanzó a Klaus en el pecho. Explotó, tuercas y piezas volaron por el aire. Durante un instante continuó caminando. Luego se tambaleó y se derrumbó en el suelo. Rodaron unos cuantos tornillos más.

Silencio.

Tasso se volvió a Hendricks.

- Ahora entenderás por qué mato a Rudi, supongo.

Hendricks volvió a sentarse lentamente. Estaba conmocionado. No podía pensar.

- Te das cuenta? - Dijo Tasso. - ¿Comprendes? - Hendricks no dijo nada. Tenía la sensación de que todo se derrumbaba a su alrededor a gran velocidad. La oscuridad le cubría.

Cerro los ojos.



Hendricks abrió los ojos lentamente. Le dolía todo el cuerpo. Intentó incorporarse, pero sintió pinchazos de dolor en el brazo y en el hombro. Lanzó un gemido.

- No intentes levantarte - dijo Tasso. Se inclinó, poniendo su fría mano en la frente de Hendricks.

Era de noche. En el cielo brillaban unas cuantas estrellas, entre las nubes de ceniza. Hendricks estaba tendido y apretaba los dientes. Tasso le miraba impasible. Había hecho una hoguera. El fuego ardía débilmente alrededor de un recipiente de metal que había sobre él. Todo estaba en silencio. Inmóvil oscuridad fuera del círculo del fuego.

- Así que él era la segunda variedad - murmuró Hendricks.

- Lo supe desde el principio.

- ¿Por qué no le descubriste antes?

- Me lo impediste tú. - Tasso se acercó al fuego para mirar el recipiente. - Café. Estará listo dentro de un rato.

Se sentó de nuevo a su lado. Abrió la pistola y empezó a desmontar sus mecanismos, examinándolos atentamente.

- Una hermosa pistola - dijo Tasso, medio hablando sola -. La técnica de construcción es soberbia.

- ¿Y qué me dices de ellas? De las garras.

- La explosión de la bomba acabó con la mayoría. Son delicadas. Un mecanismo muy complejo, supongo.

- ¿También los David?

- Si.

- ¿Cómo tenías una bomba como aquélla?

Tasso se encogió de hombros.

- Nosotros la diseñamos. No deberías subestimar nuestra tecnología, mayor. Sin aquella bomba ni tú ni yo estaríamos vivos ahora.

- Es muy eficaz.

Tasso estiró las piernas, aproximando los pies al calor del fuego.

- Me extrañaba que no te dieses cuenta después de que mató a Rudi. ¿Por qué crees que...?

- Ya te lo dije. Creí que tenía miedo.

- ¿De veras? Sabes, mayor, durante un tiempo sospeché de ti. Porque no me dejabas que le matase. Creí que le protegías. - Se echó a reír.

- ¿Estamos seguros aquí? - preguntó de pronto Hendricks.

- Por un tiempo. Hasta que lleguen refuerzos de otras zonas. - Tasso empezó a limpiar los mecanismos de la pistola con un trapo. Terminó y la montó otra vez. Acarició con los dedos la culata.

- Tuvimos suerte - murmuró Hendricks.

- Sí. Mucha suerte.

- Gracias por ayudarme.

Tasso no contestó. Alzó los ojos hacia él, brillantes a la luz del fuego. Hendricks se examinó el brazo. No podía mover los dedos. Tenía todo el costado como dormido. Y sentía un dolor sordo y firme.

- ¿Cómo te sientes? - preguntó Tasso.

- Tengo el brazo herido.

- ¿Algo más?

- Heridas internas.

- No te agachaste lo suficiente cuando estalló la bomba.

Hendricks no contestó. Observó a Tasso servir el café en una cazuela de metal. Se la pasó.

- Gracias. - Se esforzó en beber. Le resultaba difícil tragar; sentía vómitos, y le devolvió el recipiente. No puedo beber más.

Tasso bebió el resto. Pasó un tiempo. Las nubes de ceniza cruzaban entre ellos y el oscuro cielo. Hendricks descansaba, la mente en blanco. Al cabo de un rato se dio cuenta de que Tasso estaba de pie a su lado, y que le miraba.

- ¿Qué pasa? - murmuró.

- ¿Te sientes algo mejor?

- Algo.

- ¿Sabes, mayor, que si no te hubiese traído hasta aquí te habrían liquidado? Estarías muerto. Como Rudi.

- Lo sé.

- ¿Quieres saber por qué lo hice? Podría haberte dejado. Podría haberte dejado allí.

- ¿Por qué lo hiciste?

- Porque tenemos que largarnos de aquí. - Tasso avivó el fuego con una astilla, y contempló fijamente las brasas -. Aquí no puede vivir ningún ser humano. Si vienen refuerzos no podremos resistir. He pensado en todo esto mientras estabas inconsciente. No creo que tarden más de tres horas en volver.

- ¿Y esperas algo de mí?

- Eso es. Espero que encuentres un medio de salir de aquí.

- ¿Por qué yo?

- Porque yo no conozco ninguno - le miró con ojos relampagueantes, firme y segura a la media luz -. Si no das con un medio de salir de aquí, nos matarán en tres horas. Yo no veo ninguna salida. ¿Qué dices tú? ¿Qué vas a hacer? He estado esperando toda la noche. Aquí sentada mientras estabas inconsciente, esperando. Va a amanecer ya. Está acabando la noche.

Hendricks lo pensó un momento.

- Es curioso - dijo al fin.

- ¿Curioso?

- El que pensases que yo encontraría un medio de salir de aquí. ¿Qué creíste que podía hacer yo?

- ¿No puedes hacer que nos lleven a la base lunar?

- ¿A la base lunar? ¿Cómo?

- Debe haber algún medio.

- No - dijo Hendricks -. No conozco ninguno.

Tasso no dijo nada. Por un instante su firme mirada vaciló. Bajó la cabeza, apartándola bruscamente. Se levantó.

- ¿Más café?

- No.

- Como quieras. - Tasso bebió en silencio. Hendricks no podía verle la cara. Estaba tendido en el suelo, ensimismado en sus pensamientos, intentando concentrarse. Le resultaba difícil pensar. Aún te dolía la cabeza. Y aún persistía la conmoción.

- Podría haber un medio - dijo de pronto.

- ¿Sí?

- ¿Cuánto falta para que amanezca?

- Dos horas. No tardará en salir el sol.

- Teóricamente tendría que haber una nave cerca de aquí. Yo nunca la he visto. Pero sé que existe.

- ¿Qué clase de nave?

- Un crucero.

- ¿Podríamos ir en él a la base lunar?

- Teóricamente sí. En caso de emergencia. - Se rascó la frente.

- ¿Qué te pasa?

- La cabeza. Me resulta difícil pensar. Apenas puedo... apenas puedo concentrarme. Fue la bomba.

- ¿Está cerca de aquí la nave? - Tasso se colocó a su lado, sentada -. ¿A qué distancia? ¿Dónde está?

- Estoy intentando pensar.

Ella hundió sus dedos en el brazo de Hendricks.

- ¿Está cerca? - su voz era como acero. - ¿Dónde crees que está? ¿Estará bajo tierra? ¿En un refugio subterráneo?

- Sí. En un hangar de almacenamiento.

- ¿Cómo podemos localizarlo? ¿Hay alguna indicación? ¿Hay algún código que permita identificarlo?

Hendricks se concentró.

- No. No hay ninguna indicación. Ningún código.

- ¿Qué, entonces?

Una señal.

- ¿Qué clase de señal?

Hendricks no contestó. A la vacilante luz de la hoguera, se le borraba la vista, y sus ojos eran dos órbitas ciegas. Tasso hundió con más fuerza los dedos en su brazo.

- ¿Qué clase de señal? ¿Qué es?

- Yo... no puedo pensar. Déjame que descanse.

- Está bien. - Tasso le dejó y se levantó. Hendricks se quedó tendido en el suelo, con los ojos cerrados. Tasso se apartó de él, con las manos en los bolsillos. Dio una patada a una piedra y se quedó mirando al cielo, la oscuridad de la noche empezaba a engrisecer. Llegaba la mañana.

Tasso apretó su pistola y se puso a caminar alrededor de la hoguera. El mayor Hendricks seguía en el suelo inmóvil, con los ojos cerrados. La línea gris fue alzándose en el cielo cada vez más. Empezó a hacerse visible el paisaje, campos de ceniza en todas direcciones. Ceniza y ruinas de edificios paredes, montones de hormigón, el tronco desnudo de un árbol.

El aire era frío y áspero. Lejos, un pájaro lanzó unos cuantos gorjeos sombríos.

Hendricks se agitó. Abrió los ojos.

- ¿Amaneció? ¿Ya?

- Sí.

Hendricks se incorporó.

- Tú querías saber algo. Me preguntabas.

- ¿Te acuerdas ahora?

- Sí.

- ¿Qué es? ¿qué?

- Un pozo. Un pozo en ruinas. Debajo está el hangar de almacenamiento.

- Un pozo - Tasso pareció tranquilizarse -. Entonces encontraremos ese pozo. - Miró su reloj -. Nos queda más o menos una hora, mayor. ¿Crees que lo encontraremos en una hora?

- Ayúdame a levantarme - dijo Hendricks.

Tasso dejó su pistola y le ayudó.

- Va a ser dificil.

- Si, desde luego - dijo Hendricks, apretando los dientes -. No creo que lleguemos muy lejos.

Empezaron a andar. El sol del alba les calentaba levemente. El terreno era desnudo y liso, una extensión gris e inerte hasta el horizonte. Sobre ellos, muy arriba, hacían círculos silenciosos y lentos unas cuantas aves.

- ¿Ves algo? - dijo Hendricks -. ¿Ves alguna garra?

- No. Aún no.

Cruzaron unas ruinas, un montículo de hormigón y ladrillos. Unos cimientos. Las ratas huían. Tasso se volvió hacia Hendricks.

- Esto era una ciudad - dijo Hendricks -. Un pueblo, más bien. Toda la zona llena de viñedos.

Salieron a una calle destruida, con el pavimento lleno de fisuras y matorrales. A la derecha brotaba una chimenea de piedra.

- Con cuidado - advirtió él.

Apareció ante ellos un pozo, un sótano abierto. Salían de él extremos mellados de tuberías, dobladas y retorcidas. Cruzaron parte de una casa, pasaron ante una bañera volcada, una silla rota, unas cuantas cucharas y restos de platos. En el centro de la calle se había hundido el suelo. La depresión estaba llena de matorrales, escombros y huesos.

- Es aquí - murmuró Hendricks.

- ¿En esta dirección?

- A la derecha.

Pasaron ante los restos de un pesado tanque; el contador que llevaba Hendricks al cinturón cliqueteó lúgubremente. El tanque había sido destruido por la radiación. A unos metros del tanque había un cuerpo momificado con la boca abierta. Al otro lado de la calle había un campo liso. Piedras y matorrales y fragmentos de cristal.

- Allí - dijo Hendricks.

Se destacaba un pozo de piedra, roto y desmoronado. Tenía encima unas cuantas tablas. Hendricks caminó vacilante hacia él, con Tasso a su lado.

- ¿Estás seguro? - dijo Tasso -. Parece un pozo normal.

- Estoy seguro.

Hendricks se sentó al borde del pozo, apretando los dientes. Respiraba con premura. Se enjugó el sudor de la cara.

- Estaba previsto para que pudiese escapar el oficial de mando en caso necesario. Si caía el bunker...

- ¿Tú eras el oficial de mando?

- Sí.

- ¿Dónde está la nave? ¿Está aquí?

- Estamos sobre ella. - Hendricks extendió sus manos sobre la superficie de la piedra del pozo -. Está programada para mí y para nadie más. Es mi nave.

Hubo un agudo clic. Luego oyeron un sonido rechinante bajo ellos.

- Volvamos atrás - dijo Hendricks. Se apartaron del pozo.

Una parte del suelo retrocedió. Una estructura metálica fue brotando lentamente de la ceniza, dispersando en su ascensión ladrillos y matorrales. La ascensión cesó al quedar al descubierto el morro de la nave.

- Aquí está - dijo Hendricks.

La nave era pequeña. Descansaba tranquila, suspendida en su soporte, como una aguja roma. Una lluvia de ceniza cayó en el interior de la cavidad oscura de la que había surgido la nave. Hendricks se acercó. Desatornilló la escotilla y la abrió. Se veían los tableros de control y el asiento de presión.

Tasso se acercó y se colocó a su lado, mirando el interior de la nave.

- No estoy habituada a pilotar cohetes - dijo al cabo de un rato.

Hendricks la miró sorprendido.

- Seré yo quien la pilote.

- ¿Tú? Sólo hay un asiento, mayor. Veo que está construida para una persona sólo.

Hendricks estudió atentamente el interior de la nave. Tasso tenía razón. Sólo había un asiento. La nave estaba construida para llevar sólo una persona.

- Comprendo - dijo lentamente -. Y esa persona eres tú.

Ella asintió.

- Por supuesto.

- ¿Por qué?

- Tú no puedes ir, estás herido. Probablemente no sobrevivirías al viaje. Tal vez no llegases nunca.

- Un comentario muy interesante. Pero has de saber que yo sé donde está la base lunar y tú no. Podrías estar meses volando sin encontrarla. Está muy bien escondida. Si no se sabe lo que hay que buscar...

- Tendré que correr mis riesgos. Quizá no la encuentre. Yo sola. Pero estoy segura de que me darás toda la información que necesite. Tu vida depende de ello.

- ¿Cómo?

- Si encuentro la base lunar a tiempo, quizá pueda conseguir que envíen una nave a recogerte. Si encuentro la base a tiempo. Si no, no tendrás ninguna posibilidad. Supongo que en la nave hay suministros. Me durarán lo suficiente...

Hendricks actuó rápidamente. Pero le traicionó su brazo herido. Tasso le esquivó, echándose ágilmente a un lado. Y alzó su mano, rápida como el rayo. Hendricks vio la culata de la pistola. Intentó esquivar el golpe, pero ella era demasiado rápida. La culata de metal le golpeó en la cabeza, sobre la oreja. Le inundó un dolor agudo, y le cubrió de pronto una nube de oscuridad. Se derrumbó en el suelo.

Percibía confusamente que Tasso estaba a su lado, y que le empujaba con un pie.

- ¡Mayor! Despierta.

Abrió los ojos, con un gruñido.

- Escúchame. - Se inclinó, apuntándole a la cara con la pistola -. Tengo prisa. No queda mucho tiempo. La nave está lista, pero tienes que darme esa información. La necesito antes de irme.

Hendricks movió la cabeza intentando despejarla.

- ¡Aprisa! ¿Dónde está la base lunar? ¿Cómo puedo encontrarla? ¿Qué debo buscar?

Hendricks no decía nada.

- ¡Contéstame!

- Lo siento.

- Mayor, la nave está llena de provisiones. Tengo para semanas. Acabaré encontrando la base. Y de aquí a media hora tú habrás muerto. Tu única posibilidad de supervivencia... - paró de hablar.

Por la ladera, entre las ruinas, algo se movía. Algo en la ceniza. Tasso se volvió rápidamente, apuntando. Disparó.

La pistola escupió un globo de fuego. Algo pareció huir entre la ceniza. Disparó otra vez. La garra se desintegró.

- ¿Viste? - dijo Tasso. - Un explorador. No tardarán.

- ¿Les harás venir a rescatarme?

- Si. Lo más pronto posible.

Hendricks alzó los ojos hacia ella. La examinó atentamente.

- ¿Me dices la verdad? - había en su rostro una expresión extraña, una ávida codicia -. ¿Volverás por mí? ¿Me llevarás a la basé lunar?

- Te llevaré a la base lunar. ¡Pero dime dónde está! Queda muy poco tiempo.

- Está bien - Hendricks cogió una piedra y se sentó. - Mira.

Hendricks comenzó a dibujar en la ceniza. Tasso estaba de pie a su lado y observaba los movimientos de la piedra. Hendricks trazaba un tosco mapa lunar.

- Esta es la cordillera de los Apeninos. Aquí está el cráter de Arquímedes. La base lunar está a unos doscientos cincuenta kilómetros del final de la cordillera. No sé exactamente dónde. Nadie lo sabe en la Tierra. Pero cuando estés sobre los Apeninos, lanza una bengala roja y una bengala verde, y luego dos rojas en rápida sucesión. El monitor de la base recogerá tu señal. La base está bajo la superficie, por supuesto. Te guiará hasta abajo con garfios magnéticos.

- ¿Y los controles? ¿Puedo manejarlos?

- Son prácticamente automáticos. Sólo tienes que dar la señal correcta en el momento adecuado.

- Lo haré.

- El asiento absorbe la mayor parte del impacto del despegue. El aire y la temperatura tienen control automático. La nave saldrá de la Tierra y pasará a espacio libre. Se alineará con la luna y se pondrá en órbita, a unos ciento cincuenta kilómetros de la superficie. Esa órbita te llevará sobre la base. Cuando estés en la región de los Apeninos, lanza las bengalas.

Tasso se deslizó en el asiento de presión. Los cierres de los brazos se plegaron automáticamente, rodeándola. Accionó los controles.

- Lástima que no vengas. mayor. Todo esto estaba aquí esperándote, y ahora no puedes hacer el viaje.

- Déjame la pistola.

Tasso sacó la pistola y la balanceó en el aire, pensativa.

- No te alejes mucho de aquí. Sería dificil encontrarte si lo haces.

- No. Me quedaré aquí, junto al pozo.

Tasso acarició el mecanismo de despegue.

- Una hermosa nave, mayor. Bien construida. Admiro su técnica. Su pueblo siempre ha trabajado bien. Construyen ustedes cosas excelentes. Su trabajo, sus creaciones, alcanzan su mayor logro.

- Dame la pistola - dijo impaciente Hendricks, extendiendo la mano. Intentó ponerse en pie.

- Adiós, mayor - Tasso tiró la pistola por encima de Hendricks. La pistola repiqueteo y rodó. Hendricks se lanzó tras ella. Se inclinó, cogiéndola.

La escotilla de la nave se cerró. Hendricks retrocedió. Comenzaba a sellarse la puerta interna. Alzó la pistola laboriosamente.

Hubo un estruendo estremecedor. La nave se alzó de su soporte metálico, arrojando un chorro de fuego. Hendricks retrocedió aún más. La nave se lanzó hacia las nubes de ceniza, perdiéndose en el cielo.

Hendricks se quedó observando largo rato, hasta que la estela desapareció. Nada se movía. El aire de la mañana era crudo y silencioso. Comenzó a andar sin propósito por el camino por el que había llegado. Mejor no quedarse quieto. Tardaría mucho en llegar ayuda... si llegaba.

Buscó en los bolsillos hasta que dio con un paquete de cigarrillos. Encendió uno. Todos querían fumarse sus cigarrillos. Pero los cigarrillos andaban escasos.

La lagartija se deslizó a su lado entre la ceniza. Se detuvo, rígido. La lagartija desapareció. Arriba, el sol estaba alto. Algunas moscas se posaron en una roca lisa que había junto a él. Hendricks las espantó con un pie.

Aumentaba el calor. El sudor le chorreaba por la cara y por el cuello. Tenía la boca seca.

Se detuvo y se sentó en unos escombros. Abrió su botiquín y tragó unas cápsulas narcóticas. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaba?

Había algo en el suelo frente a él. Tendido en el suelo. Silencioso e inmóvil.

Hendricks sacó rápidamente su pistola. Parecía un hombre. Entonces recordó. Eran los restos de Klaus. La segunda variedad. Allí lo había desintegrado Tasso. Pudo ver ruedas y engranajes y cables esparcidos sobre la ceniza. Brillando y relumbrando bajo la luz del sol.

Hendricks se levantó y se acercó. Empujó con el pie la forma inerte, dándole la vuelta. Vio el casco de metal, las costillas de aluminio. Cayeron más engranajes. Como vísceras. Montones de cables, engranajes y relés. Ruedas y motores.

Se inclinó. El cráneo se había roto en la caída. Se veía el cerebro artificial. Lo examinó. Una masa de circuitos. Tubos diminutos. Cables finos como cabellos. Movió el resto del cráneo. Se fragmentó. Comprobó el sello.

Y palideció.

IV-V.

Contempló la placa largo rato. Cuarta variedad. No segunda. Se habían equivocado. Había más tipos. No eran sólo tres. Había muchos más, sin duda. Por lo menos cuatro. Klaus no era la segunda variedad.

De pronto se puso tenso. Algo llegaba, caminando entre la ceniza, más allá de la colina. ¿Qué era? Figuras. Figuras que se acercaban lentamente.

Que venían hacia él.

Hendricks se acuclilló y levantó la pistola. Le goteaba el sudor en los ojos. Se esforzó por dominar su creciente pánico al acercarse las figuras.

La primera era un David. El David le vio y aumentó la velocidad. Los otros la aumentaron también. Un segundo David. Un tercero. Tres David, todos iguales, avanzando hacia él silenciosamente, sin expresión, moviendo rítmicamente sus flacas piernas. Abrazando sus osos de felpa.

Apuntó y disparó. Los dos primeros David se disolvieron en partículas. El tercero continuo. Y la figura que había detrás. Ascendiendo silenciosamente hacia él por la ladera de gris ceniza. Un soldado herido, sobresaliendo por encima del David. Y...

Detrás del soldado herido iban dos Tasso, caminando hombro con hombro. Grueso cinturón, pantalones y camisas del ejército ruso, pelo largo. La misma imagen de la mujer que había tenido frente a sí unos minutos antes. Sentada en el asiento de presión de la nave, dos imágenes silenciosas, idénticas.

Estaban muy cerca. El David se inclinó bruscamente, soltando su oso de felpa. El oso corrió hacia él. Automáticamente, los dedos de Hendricks apretaron el gatillo. El oso desapareció, disuelto en niebla. Las dos Tasso continuaron avanzando, impertérritas, hombro con hombro, a través de la ceniza gris.

Cuando estaban casi junto a él, Hendricks alzó la pistola al nivel de la cintura y disparó.

Las dos Tasso se disolvieron. Pero ya empezaba a subir la ladera un nuevo grupo, cinco o seis Tasso, todas idénticas, una hilera de ellas avanzando rápidamente hacia él.

Y él le había dado la nave y le había revelado la señal. Por su culpa llegaría hasta la base lunar. El lo había hecho posible.

Tenía razón en el comentario que había hecho sobre la bomba. Había sido diseñada de modo que conociese a los otros tipos, el tipo David y el tipo soldado herido. Y el tipo Klaus. No diseñada por seres humanos. Sino por una de las fábricas subterráneas sin ningún contacto con los hombres.

La hilera de Tasso subía hacia él. Hendricks se cruzó de brazos observándolas tranquilamente. El rostro familiar, el cinturón, la gruesa camisa, la bomba cuidadosamente colocada.

La bomba...

Cuando las Tasso le cogieron, cruzó por su mente un último pensamiento irónico. Le alivió un poco. La bomba. Hecha por la segunda variedad para destruir a las otras. Sólo con ese fin.

Estaban empezando ya a diseñar armas para combatir entre sí...