Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 27 de octubre de 2013

Enemigo mío - Barry B. Longyear - 5

Viene de "Enemigo mío - Barry B. Longyear - 4"

 

A falta de un término mejor, llamé «primavera» a la estación en que se fundía el hielo. Transcurriría mucho tiempo antes de que el bosquecillo mostrara algún tono verde o las serpientes se aventuraran a salir de sus agujeros invernales. El cielo mantenía su eterna cubierta de nubes oscuras y coléricas, y el aguanieve seguía presentándose y cubriendo todo con una capa vidriosa, dura y resbaladiza. Pero al día siguiente la capa se fundía, y el aire más cálido penetraba otro milímetro en el suelo.

Comprendí que ésta era la época de recoger leña. Antes de que el invierno atacara y trabajando juntos Jerry y yo, no habíamos logrado almacenar leña suficiente. El corto verano tenía que emplearse en preparar comida para el siguiente invierno. Confiaba en construir una puerta más recia para la boca dela cueva, y me juré que inventaría algún tipo de desagüe interior. Bajarse los calzoncillos en pleno invierno era arriesgado. Mi cabeza estaba llena de estas cosas cuando me tendí en el camastro y observé el humo que salía en espiral por una grieta del techo de la cueva. Zammis estaba en la parte trasera jugando con algunas piedras que había encontrado, y debí de quedarme dormido. Cuando desperté el niño me sacudía el brazo.

-¿Tío?
-¿Qué, Zammis?
-Tío, mira.

Me volví hacia la izquierda y lo miré. Zammis sostenía ante mí su mano derecha con los dedos separados.

-¿Qué ocurre, Zammis?
-Mira. -Señaló uno por uno sus tres dedos-. Uno, dos, tres.
-¿Y?
-Mira. -Zammis cogió mi mano derecha y abrió los dedos-. Uno, dos tres, ¡cuatro, cinco!

Asentí.

-Ya veo que sabes contar hasta cinco.

El dracón se puso muy serio e hizo un gesto de impaciencia con sus minúsculos puños.

-Mira.

Cogió mi mano extendida y colocó la suya encima. Con la otra mano, Zammis señaló primero uno de sus dedos, después uno de los míos.

-Uno, uno.

Los ojos amarillos del niño me examinaron para ver si comprendía.

-Sí.

El niño señaló de nuevo.
-Dos, dos. -Me miró, luego volvió la vista a mi mano y señaló-. Tres, tres.

A continuación cogió mis otros dos dedos.

-¡Cuatro, cinco! -Soltó mi mano, después señaló al Iado de la suya-. ¿Cuatro, cinco?

Meneé la cabeza. En menos de cuatro meses terrestres, Zammis había captado parte de la diferencia entre dracones y humanos. Un niño humano tenía que poner..., ¿cuántos años? ..., cinco, seis o siete, antes de formular preguntas como ésta. Suspiré.

-Zammis...
-¿Sí, tío?
-Zammis, tú eres un dracón. Los dracones sólo tienen tres dedos. Yo soy humano. Tengo cinco.

Juro que las lágrimas brotaron de los ojos del niño. Zammis alzó las manos, se las miró y luego meneó la cabeza.

-¿Crece cuatro, cinco?

Me senté y miré al chico. Zammis estaba preguntándose dónde se hallaban sus otros cuatro dedos.

-Mira, Zammis. Tú y yo somos diferentes..., seres diferentes, ¿comprendes?

Zammis negó con la cabeza.

-¿Crece cuatro, cinco?
-No te crecerán. Eres un drac. -Señalé mi pecho-. Yo soy humano.

Todo esto no me estaba conduciendo a ningún sitio.

-Tu padre, del que saliste, era un drac. ¿Comprendes?

Zammis arrugó la frente.

- Drac. ¿Qué drac?

El impulso de recurrir a ese eterno sustituto y el «ya aprenderás cuando seas mayor» aporreaba mi mente. Moví la cabeza.

-Los dracs tienen tres dedos en las manos. Tu padre tenía tres dedos en cada mano. -Me rasqué la barba-. Mi padre era humano y tenía cinco dedos en cada mano. Por eso yo tengo cinco dedos en cada mano.

Zammis se arrodilló en la arena y examinó sus dedos. Levantó los ojos hacia mí, volvió a observar sus manos y me miró.

-¿Qué padre?

Observé al niño. Debía de estar padeciendo algo así como una crisis de identidad. Yo era la única persona que él había visto, y tenía cinco dedos en cada mano.

-Un padre es... el ser... -Me froté la barba otra vez-. Mira..., todos venimos de algún sitio. Yo tuve madre y padre..., dos tipos distintos de ser humano que me dieron vida..., que me hicieron, ¿comprendes?

Zammis me lanzó una mirada que podía interpretarse como «chico, no te aclaras». Me encogí de hombros.

-No sé si puedo explicarlo.

Zammis señaló su pecho.

-¿Mi madre? ¿Mi padre?

Extendí las manos, las dejé en mi regazo, fruncí los labios, me rasqué la barba y, en resumen, intenté ganar tiempo. Zammis mantuvo fijos los ojos en mí, sin pestañear, todo el rato.

-Mira, Zammis, tú no tienes una madre y un padre. Yo soy humano, por eso los tuve. Tú eres un drac. Tienes un padre..., sólo uno, ¿entiendes?

Zammis dijo que no con la cabeza. Me miró y después señaló su pecho.

-Drac.
-Exacto.

Zammis señaló mi pecho.

-Humano.
-Exacto otra vez.

Zammis apartó la mano y la dejó caer en su regazo.

-¿De dónde sale drac?

¡Santo cielo! Intentar explicar la reproducción hermafrodita a un niño ¡que ni siquiera debía gatear todavía!

-Zammis... -Levanté las manos. después las dejé caer en mi regazo-. Mira. ¿Ves que soy mucho más grande que tú?
-Sí. tío.
-Bien. -Me pasé los dedos por el pelo, esforzándome en ganar tiempo e inspirarme-. Tu padre era grande como yo. Su nombre era... Jeriba Shigan. - Curioso: sólo pronunciar su nombre me causa dolor-. Jeriba Shigan era como tú. Sólo tenía tres dedos en cada mano. Te hizo a ti en su barriguita. -Toqué el vientre de Zammis-. ¿Comprendes?

Zammis soltó una risita y puso las manos en su estómago.

-Tío. ¿cómo se hacen los dracs aquí?

Puse las piernas encima del colchón y me tendí. ¿Cómo se forman los draconitos? Miré a Zammis y vi que el niño estaba pendiente de cualquier palabra que dijera. Hice una mueca y expliqué la verdad.

-Ojalá lo supiera. Zammis. Ojalá lo supiera.

Treinta segundos más tarde. Zammis había vuelto a jugar con sus piedras. En verano, le enseñé a Zammis a capturar y despellejar las largas serpientes grises, y cómo ahumar su carne. El niño se ponía en cuclillas en la orilla poco profunda junto a una charca de barro. Sus ojos amarillos miraban fijamente en los nidos de serpientes de la ribera, aguardando a que una de sus ocupantes asomara la cabeza. El viento soplaba, pero Zammis no se movía. Pasado un tiempo, parecía una cabeza aplastada y triangular, dotada de pequeños ojos azules. La serpiente examinaba la charca, se volvía y examinaba la orilla. Luegoexaminaba el cielo. Salía un poco del agujero, después volvía a examinarlo todo.

Con frecuencia las serpientes miraban directamente a Zammis pero el drac habría podido pasar por una estatua de piedra. Zammis no se movía hasta que el reptil estaba tan alejado del agujero que no podía volver a meterse dentro. Entonces Zammis atacaba cogiendo la serpiente con ambas manos justo por detrás de la cabeza. Los animales no poseían dientes y no eran venenosos pero de vez en cuando tenían el vigor suficiente como para arrojar a Zammis dentro de la charca.

Las pieles eran extendidas y enrolladas alrededor de unos troncos de árbol y colocadas convenientemente para que se secaran. Los troncos se ponían al aire libre cerca de la entrada de la cueva, protegidos por un saliente alejado del océano. Sólo dos terceras partes de las pieles así dispuestas acababan secándose: el resto se pudría.

Al otro lado de la sala de pieles estaba el ahumadero: una cámara cerrada con piedras donde íbamos colgando la carne de serpiente. Se preparaba una hoguera con leña verde en un agujero del suelo de la cámara; luego llenábamos la pequeña abertura con rocas y tierra.

-Tío. ¿por qué no se pudre la carne después de ahumarla?

Pensé en la pregunta.

-No estoy seguro. Sólo sé que no se pudre.
-¿Por qué lo sabes?

Me alcé de hombros.

-Lo sé. Leí sobre eso, seguramente.
-¿Qué es leer?
-Leer. Igual que cuando me siento y leo el Talman.
-¿Dice el Talman por qué no se pudre la carne?
-No. Quiero decir que seguramente lo leí en otro libro.
-¿Tenemos más libros?

Negué con la cabeza.

-Me refiero a antes de que yo llegara a este planeta.
-¿Por qué viniste a este planeta?
-Ya te lo expliqué. Tu padre y yo quedamos atrapados aquí durante la batalla.
-¿Por qué humanos y dracs pelean?
-Es muy complicado.

Alcé las manos, indeciso. La versión humana decía que los dracs eran enemigos que invadían nuestro espacio. La versión drac decía que los humanos eran enemigos que invadían su espacio. ¿La verdad?

-Zammis, es algo relacionado con la colonización de nuevos planetas. Ambas razas están expandiéndose y las dos tienen una tradición de explorar y colonizar nuevos planetas. Supongo que nos invadimos mutuamente. ¿Entiendes?

Zammis asintió, después guardó un compasivo silencio y empezó a meditar profundamente. Lo más importante que aprendí del pequeño drac fue la cantidad de preguntas para las que yo no tenía respuesta. Por lo tanto, me satisfacía enormemente haber logrado que Zammis comprendiera por qué había guerra, compensando de paso mi ignorancia en el tema de conservar carne.

-¿Tío?
-Sí, Zammis.
-¿Qué es un planeta?

Cuando el frío y húmedo verano terminó, teníamos la cueva atestada de leña y de carne seca. Acabada esa tarea, concentré mis esfuerzos en hacer algún tipo de desagües interiores, partiendo de las charcas naturales de las cámaras más profundas de la cueva. La bañera no fue un problema. Metiendo rocas calientes en una de las charcas, el agua podía tener una temperatura soportable, incluso agradable. Después del baño, los tallos huecos de una planta similar al bambú podían usarse para extraer el agua sucia. A continuación era posible volver a llenar la bañera con el agua de la charca superior.

El problema era dónde verter el agua. Varias cámaras tenían agujeros en el suelo. Los primeros tres agujeros que probamos desaguaban en nuestra cámara principal, humedeciendo el corto reborde próximo a la entrada. El invierno anterior, Jerry y yo habíamos pensado en usar uno de estos agujeros como retrete, que llenaríamos con el agua de las charcas. Puesto que no sabíamos dónde brotaríanlos aromas celestiales, nos decidimos en contra de la idea.

El cuarto agujero que Zammis y yo probamos desaguaba bajo la entrada de la cueva en una de las paredes del acantilado. No era ideal, pero sí mejor que contestar a la llamada de la naturaleza en medio de una mezcla de tormenta de hielo y ventisca. Preparamos el agujero como desagüe, tanto para la bañera como para el retrete. Zammis y yo nos preparamos para gozar de nuestro primer baño caliente. Me quité las pieles de serpiente, comprobé el agua con la punta del pie y después entré en ella.

-¡Fabuloso! -Me volví a Zammis, que aún estaba medio vestido-. Vamos, Zammis. El agua está deliciosa.

Zammis estaba mirándome fijamente con la boca abierta.

-¿Qué ocurre?

El niño me miró con los ojos muy abiertos, y después me señaló con su mano de tres dedos.

-Tío... ¿que es eso?

Bajé la vista.

-Oh. -Moví la cabeza, luego levanté los ojos hacía el niño-. Zammis, ya te expliqué todo esto, ¿recuerdas? Soy humano.
-Pero ¿para qué es eso?

Tomé asiento en la bañera llena de agua caliente, apartando de la vista el objeto de discusión.

-Es para la eliminación de residuos líquidos..., entre otras cosas. Bueno, entra y lávate.

Zammis se quitó sus pieles de serpiente, contempló la piel lisa de su doble sistema reproductor y se metió en la bañera. El niño se hundió en el agua hasta el cuello, sus ojos amarillos no dejaban de observarme.

-¿Tío?
-¿Sí?
-¿Qué otras cosas?

Bien, tuve que darle explicaciones a Zammis: Por primera vez, el drac pareció dudar de la veracidad de mi respuesta, en lugar de conformarse como de costumbre, y aceptar cuanto yo le decía. De hecho, yo estaba seguro de que Zammis pensaba que mentía..., probablemente porque era cierto.

El invierno se inició con una rociada de copos de nieve transportados por una suave brisa. Llevé a Zammis al bosquecillo más arriba de la cueva. Cogí de la mano al niño mientras permanecíamos ante el montón de rocas que era la tumba de Jerry. Zammis se apretó las pieles de serpiente para protegerse del viento, inclinó la cabeza, se volvió y me miró a los ojos.

-Tío, ¿ésta es la tumba de mi padre?
-Sí.

Zammis volvió a mirar la tumba, luego movió la cabeza.

-Tío, ¿cómo tendría que sentirme?
-No te comprendo, Zammis.

El niño señaló la tumba con la cabeza.

-Veo que tú estás triste aquí. Creo que quieres que yo sienta lo mismo. ¿ Verdad?

Arrugué la frente y sacudí la cabeza.

-No. No quiero que estés triste. Solo quería que supieras dónde está la tumba.
-¿Puedo irme ya?
-Claro. ¿Estás seguro de conocer el camino de vuelta a la cueva?
-Sí. Solo quiero asegurarme de que mi jabón no vuelva a quemarse.

Observé al niño mientras daba media vuelta y se escabullía entre los árboles desnudos, luego volví a mirar la tumba.

-Bueno, Jerry, ¿qué piensas de tu hijo? Zammis usó cenizas para limpiar la grasa de las conchas, después ha puesto una en el fuego, con agua, para hervir la carne seca. Grasa y cenizas. Y hay algo más, Jerry, estamos haciendo jabón. La primera hornada de Zammis casi nos despellejó, pero el chico está mejorando la técnica...

Miré hacia las nubes, después hacia el mar. En la lejanía, empezaban a formarse nubarrones oscuros.

-¿Ves eso? Ya sabes lo que significa, ¿ verdad? Tormenta de hielo numero uno.

El viento cobró fuerza y me arrodillé junto a la tumba para poner en su lugar una roca que había caído del montón.

-Zammis es un buen chico, Jerry. Quise odiarlo..., después de tu muerte. Quise odiarlo.

Puse la roca en su sitio y volví a mirar el mar.

-No sé cómo vamos a salir del planeta, Jerry...

Capté un destello de movimiento por el rabillo del ojo. Me volví hacia la derecha y miré por encima de las copas de los árboles. Con el cielo gris como fondo, una motita negra se alejaba velozmente. La seguí con la vista hasta que subió por encima de las nubes. Presté atención, esperando oír el rugido de los gases de escape, pero mi corazón latía excesivamente y lo único que pude oír fue el viento. ¿Sería una nave? Me levanté, di algunos pasos hacia donde estaba aquella manchita, y me detuve. Al volver la cabeza vi que las rocas de la tumba de Jerry ya estaban cubiertas con una fina capa de nieve. Me encogí de hombros y me dirigí a la cueva.

-Probablemente era sólo un pájaro.

Zammis estaba sentado en su colchón, haciendo agujeros en unos trozos de piel de serpiente con una aguja de hueso. Me tendí en mi camastro, y contemplé el humo que subía en espiral hacia la grieta del techo. ¿Había sido un pájaro? ¿O una nave? Maldita sea, no lograba quitármelo de la cabeza. Huir del planeta había estado fuera de mis pensamiento, enterrado, oculto durante todo aquel verano. Pero aquel problema se planteaba de nuevo en mí. Andar por una tierra donde brillara el sol, vestir otra vez ropa, sentir lo que era una calefacción central, comer alimentos preparados por un chef, volver a estar entre... personas.

Me puse de costado y miré fijamente la pared que había junto a mi lecho. Personas, seres humanos. Cerré los ojos y tragué saliva. Chicas humanas. Hembras. Las imágenes flotaron ante mis ojos: caras, cuerpos, parejas que reían, el baile después de la instrucción... ¿Cómo se llamaba? ¿Dolora? ¿Dora? Agité la cabeza, me di la vuelta y me senté de cara al fuego. ¿Por qué tenía que recordar todo aquello? Cosas que había sido capaz de enterrar en el olvido... ahora bullían de nuevo en mi mente.

-¿Tío?

Miré a Zammis. Piel amarilla, ojos amarillos, cara de sapo sin nariz. Meneé la cabeza.

-¿Qué?
-¿Algo anda mal? Algo va mal, ah.
-No. Solamente pensaba en que había visto algo hoy. Probablemente no era nada.

Extendí la mano hacia el fuego y cogí un trozo de serpiente seca de la plancha. Soplé y mordisqueé la correosa tira.

-¿Qué aspecto tenía?
-No lo sé. Por la forma en que se movía, pensé que podía ser una nave. Se alejó tan de prisa que no puedo estar seguro. Tal vez era un pájaro. .
-¿Un pájaro?

Observé a Zammis. Él nunca había visto un pájaro y en Fyrine IV, yo tampoco los había visto nunca.

-Un animal que vuela.

Zammis asintió.

-Tío, cuando estábamos recogiendo leña en el bosquecillo, vi algo que volaba.
-¿Cómo? ¿Por qué no me lo dijiste?
-Quería hacerlo, pero me olvidé.
-¡Te olvidaste! -Me puse muy serio-. ¿En qué dirección iba?

Zammis señaló la parte trasera de la cueva.

-Hacia allí. Lejos del mar - Zammis dejó lo que estaba cosiendo-. ¿Podemos ir a ver adónde iba?

Negué con la cabeza.

-El invierno acaba de empezar. No sabes lo que es eso. Moriríamos en unos cuantos días.

Zammis volvió a su piel de serpiente. Hacer una caminata en pleno invierno nos mataría. Pero en primavera las cosas serían distintas. Podríamos sobrevivir con pieles de serpiente dobles y pelusa vegetal, y una tienda. Necesitábamos una tienda - Zammis y yo podíamos pasar el invierno haciéndola-, y mochilas. Botas. Necesitábamos unas bota para caminar. Había que pensar en eso...

Es curioso cómo llega a prender una chispa de esperanza, propagándose hasta consumir toda la desesperación. ¿Era una nave? No lo sabía. Y si lo era, ¿estaría despegando o aterrizando? Tampoco lo sabía. Si estaba despegando, nos encaminaríamos en la dirección equivocada. Pero la dirección opuesta significaría tener que cruzar el mar. Por lo tanto, era lo mismo. La próxima primavera iríamos más allá del bosquecillo y veríamos qué había allí.


Continúa leyendo esta historia en "Enemigo mío - Barry B. Longyear - 6"   

sábado, 26 de octubre de 2013

Enemigo mío - Barry B. Longyear - 4

Viene de "Enemigo mío - Barry B. Longyear - 3"



Un día particularmente ventoso noté que el hielo de los árboles era menos grueso. En algún momento habíamos doblado la esquina del invierno y nos dirigíamos hacia la primavera. Pasé el tiempo que dediqué a romper hielo sintiéndome de buen humor al pensar en la primavera, y sabía que Jerry se alegraría con la noticia. El invierno estaba desmoralizando al dracón. Estaba trabajando entre losárboles encima de la cueva, recogiendo leña amontonada y tirándola abajo, cuando oí un grito. Me quedé parado, después miré alrededor. No vi nada aparte del mar y el hielo que me rodeaba. Luego, otra vez el grito.

-¡Davidge!

Era Jerry. Solté la carga que llevaba y corrí hacia la grieta del acantilado que servía de senda hasta los árboles más elevados. Jerry chilló de nuevo y yo resbalé y rodé hasta llegar al lecho de roca a la misma altura de la entrada de la cueva. Me precipité hacia ella, corrí por el pasadizo y llegué a la cámara. Jerry se retorcía en su lecho, hundiendo los dedos en la arena. Caí de rodillas junto al dracón.

-Estoy aquí, Jerry. ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que va mal?
-¡Davidge!

El dracón tenía los ojos en blanco y no veía nada. Su boca se movió en silencio, después estalló en otro grito.

-¡Jerry, soy yo! -le agarré por los hombros, sacudiéndole-. Soy yo Jerry. ¡Davidge!

Jerry volvió la cabeza hacia mí, hizo una mueca y apretó los dedos de una mano en torno a mi muñeca izquierda con fuerza.

-¡Davidge! Zammis... ¡Algo va mal!
-¿Qué? ¿Qué puedo hacer?

Jerry chilló otra vez; después su cabeza cayó sobre el lecho como si se hubiera desmayado. El dracón luchó por recuperar la conciencia y atrajo mi cabeza hacia sus labios.

-Davidge, debes jurar.
-¿Qué, Jerry? ¿Qué debo jurar?
-Zammis... en Draco. Presentarse ante los archivos del linaje. Hacer esto.
-¿A qué te refieres? Hablas como si estuvieras agonizando.
-Estoy agonizando, Davidge. Zammis... la generación número doscientos... muy importante. Presenta a mi hijo, Davidge. ¡Júralo!

Enjugué el sudor de mi cara con mi mano libre.

-No vas a morir, Jerry. ¡Lucha!
-¡Basta! ¡Enfréntate a la verdad, Davidge! ¡Me muero! Debes enseñar la línea Jeriba a Zammis... y el libro, el Talman ¿gavey?
-¡Calla! -El pánico me acosaba casi como una presencia física-. ¡Deja de hablar así! No vas a morir, Jerry. Vamos, lucha, kislode hijo de puta...

Jerry chilló. Su respiración era débil y el dracón flotaba entre la conciencia y la inconsciencia.

-Davidge.
-¿Qué?

Me di cuenta de que lloraba como un niño.

-Davidge, debes ayudar a salir a Zammis.
-¿Qué? ...¿Cómo? ¿De qué demonios estás hablando?

Jerry volvió su cara hacia el muro de la cueva.

-Levanta mi chaqueta.
-¿Qué?
-Levanta mi chaqueta, Davidge. j Vamos !

Subí la chaqueta de piel de serpiente, descubriendo el hinchado vientre de Jerry. El pliegue del centro estaba de un rojo brillante y rezumaba un líquido claro.

-¿Qué..., qué debo hacer?

Jerry respiró con rapidez; después, contuvo el aliento.

-¡Desgárralo! ¡Debes desgarrarlo, Davidge!
-¡No!
-¡Hazlo! ¡Hazlo, o Zammis morirá!
-¿Qué me importa tu maldito hijo, Jerry? ¿Qué puedo hacer para salvarte?
-Desgárralo... -murmuró el dracón-. Cuida de mi hijo, Irkmaan. Presenta a Zammis ante los archivos Jeriba. Júramelo.
-Oh, Jerry...
-¡Júralo!

Asentí. Grandes lágrimas calientes se deslizaron por mis mejillas.

-Lo juro.

Jerry aflojó su presa en mi muñeca y cerró los ojos. Me arrodillé junto a él, atónito.

-No. No, no, no, no.
-¡Desgárralo! ¡Debes desgarrarlo, Davidge!

Tendí una mano y toqué cautelosamente el pliegue del vientre de Jerry. Sentí vida que luchaba bajo la piel, intentando escapar a la sofocante presión de la matriz del dracón. Yo la odiaba; odiaba a la maldita criatura como nunca había odiado ninguna otra cosa. Sus forcejeos se debilitaron y acabaron por cesar.

-Presenta a Zammis ante los archivos Jeriba. Júramelo...
-Lo juro...

Levanté la otra mano, inserté mis pulgares en el pliegue y lo abrí con suavidad. Aumenté la fuerza, después desgarré el vientre de Jerry como un demente. El pliegue estalló, humedeciendo la parte delantera de mi chaqueta con el fluido claro. Manteniendo abierto el pliegue, vi el cuerpo tranquilo de
Zammis acurrucado en una cavidad llena de fluido, inmóvil.

Vomité. Cuando no me quedó nada que arrojar, metí las manos en el fluido y las puse bajo el infante del dracón. Lo alcé, enjugué mi boca con la manga izquierda, la apreté contra la boca de Zammis y abrí los labios de la criatura con mi mano derecha. Tres, cuatro veces, inflé los pulmones del niño, y después éste tosió. Luego lloró. Até los dos cordones umbilicales con fibra de bayas y después los corté. Jeriba Zammis se había liberado de la carne muerta de su padre.

Sostuve la roca sobre mi cabeza y a continuación la descargué con toda mi fuerza sobre el hielo. Saltaron fragmentos allí donde había golpeado, descubriendo el verde oscuro que había debajo. De nuevo, levanté la roca y la descargué, separando otra roca. La recogí, me levanté y la llevé hasta el cadáver medio enterrado del dracón.

-El drac -musité.

Limítate a llamarlo «el drac». Cara de sapo. Reptil. El enemigo. Llámalo como quieras para aislar esos sentimientos del dolor.

Contemplé el montón de rocas que había amontonado, decidí que bastaba para completar la tarea y después me arrodillé junto a la tumba. Mientras colocaba las rocas encima, sin pensar en el aguanieve empujado por la ventisca que congelaba mis pieles de serpiente, me esforcé en contener las lágrimas. Di palmadas para ayudar a restituir la circulación. La primavera se acercaba, pero todavía resultaba peligroso permanecer fuera demasiado tiempo, y yo había estado mucho tiempo construyendo la tumba del dracón. Cogí otra roca y la puse en su sitio. Cuando el peso de la roca cayó sobre la cubierta de piel de serpiente, me di cuenta de que ya estaba congelado. Coloqué rápidamente el resto de las rocas y me levanté.

El viento me hizo tambalear y mis pies casi resbalaron sobre el hielo próximo a la tumba. Miré hacia el mar hirviente, me envolví un poco mejor con mis pieles de serpiente y volví a contemplar la pila de rocas. Hacen falta algunas palabras. No entierras al muerto y después te vas a comer. Hacen falta algunas palabras. Pero ¿qué palabras? Yo no era demasiado religioso y tampoco lo había sido el dracón.
Su filosofía formal sobre el tema de la muerte era idéntica a mi rechazo informal de los deleites islámicos, los Valhala paganos y las promesas para un futuro lejano de los judeocristianos. La muerte es la muerte. Finis. El fin. Polvo eres y en polvo te convertirás... Aun así, hacen falta algunas palabras.

Metí el brazo bajo las pieles de serpiente y apreté con mi mano enguantada el cubo dorado del Talman. Noté sus puntiagudos cantos a través de mi guante, cerré los ojos y repasé las palabras de los grandes filósofos dracones. Pero en sus escritos no había nada para este momento.

El Talman era un libro sobre la vida. Talman significa vida, y de ella se ocupa la filosofía dracón. No se interesan por la muerte. La muerte es un hecho, el fin de la vida. El Talman no tenía palabras que yo pudiera pronunciar. El viento me acuchillaba, haciéndome temblar. Mis dedos ya estaban ateridos y los pies empezaban a dolerme. Con todo, hacían falta algunas palabras. Pero las únicas palabras en que podía pensar iban a abrir la puerta, llenando de dolor mi ser..., haciéndome comprender que el dracón había muerto. Aun así..., aun así, hacen falta algunas palabras.

-Jerry, yo... - No tenía palabras. Me alejé de la tumba, dejando que mis lágrimas se mezclaran con el aguanieve.

Con el calor y el silencio de la cueva a mi alrededor, me senté en el camastro con la espalda apoyada en el muro. Intenté perderme en las sombras y parpadeos de la luz reflejada por la hoguera sobre la pared opuesta. Las imágenes se formaban a medias y después desaparecían danzando antes de que pudiera forzar mi mente a ver algo en ellas. Siendo niño solía contemplar nubes, y en ellas veía caras, castillos, animales, dragones y gigantes. Era un mundo de evasión y fantasía, algo para inyectar maravilla y aventura en la vida mundana, regularizada, de un chico de clase media que lleva una vida de clase media. Lo único que vi en la pared de la cueva fue una representación del infierno: llamas que lamían las grotescas y retorcidas imágenes de almas condenadas. Este pensamiento me hizo reír. Concebimos el infierno como fuego, supervisado por un sádico de risa entrecortada con ropa interior roja de una sola pieza. Fyrine IV me había enseñado esto: el infierno es soledad, hambre y frío interminable.

Oí un lloriqueo, y miré entre las sombras hacia el pequeño lecho en la parte trasera de la cueva. Jerry había fabricado para Zammis un saco de piel de serpiente lleno de pelusa vegetal. Gimoteó de nuevo, y yo me incliné hacia adelante, preguntándome si necesitaba algo. Una punzada de temor recorrió mis
entrañas. ¿Qué come un niño drac? Los dracones no son mamíferos. Lo único que nos habían enseñado en la instrucción era cómo reconocerlos... Eso, y como matarlos. Empecé a sentir auténtico miedo.

-¿Qué demonios voy a usar como pañales?

La criatura volvió a lloriquear. Me puse en pie, caminé por el suelo arenoso hasta llegar al lado del niño y me arrodillé junto a él. En el fardo que era el viejo traje de vuelo de Jerry se agitaban dos brazos regordetes con manos de tres dedos.

Levanté el fardo, lo llevé cerca de la hoguera y me senté en una roca. Puse el bulto en mi regazo y lo desenvolví con mucho cuidado. Vi el brillo amarillo de los ojos de Zammis bajo los párpados entorpecidos por el sueño. Desde la cara, casi desprovista de nariz y los dientes compactos, hasta su color amarillo subido, Zammis era en todos los aspectos una miniatura de Jerry, excepto por su gordura.
Zammis era un pequeño barril de grasa. Le eché un vistazo y me alegró descubrir que no había suciedad. Miré a Zammis a los ojos.

-¿Quieres algo de comer?
-Guh.

Sus mandíbulas estaban en condiciones de funcionar, y supuse que los dracones debían masticar alimento sólido desde el primer día. Tendí un brazo hacia la hoguera y cogí un trozo de serpiente seca, pasándolo después por los labios del niño. Zammis apartó la cabeza.

-Vamos, come. No encontrarás nada mejor por aquí.

Volví a poner la serpiente en los labios del niño, y Zammis levantó un brazo regordete y apartó la carne. Me encogí de hombros.

-Bien, cuando tengas bastante hambre, aquí estará.
-¡Guh meh!

Su cabeza osciló de un lado a otro en mi regazo, una mano diminuta de tres dedos estrechaba mi dedo, y la criatura lloriqueó otra vez.

-No quieres comer, no necesitas que te limpien. ¿Qué quieres entonces? ¿Kos va nu?

La cara de Zammis se arrugó, y su mano tiró de mi dedo. Su otra mano se agitó en dirección a mi pecho. Levanté a Zammis para arreglar el traje de vuelo, y las manos diminutas se extendieron, agarraron la parte delantera de mis pieles de serpiente y se aferraron mientras los brazos regordetes atraían al niño hacia mi pecho. Lo mantuve cerca de mí, Zammis puso la mejilla en mi pecho y no tardó en caer dormido.

-Bueno... quién lo hubiera creído.

Hasta que el dracón murió, jamás comprendí lo cerca que había estado de la locura. Mi soledad era un cáncer, un tumor que yo alimentaba con odio: odio al planeta con su eterno frío, vientos eternos y aislamiento eterno; odio al indefenso niño amarillo con su desgarradora necesidad de atención, alimento y un afecto que yo no podía ofrecer; y odio hacia mí mismo. Me encontré haciendo cosas que
me asustaban y disgustaban. Para romper la sólida muralla de estar solo, hablaba, gritaba y cantaba para mí: maldiciones en voz alta, palabras sin sentido y gritos absurdos.

Los ojos de Zammis estaban abiertos, y el niño agitó un brazo rechoncho y canturreó. Cogí una piedra grande, avancé tambaleante hasta ponerme al lado del niño y sostuve el peso sobre el pequeño cuerpo.

-Podría dejar caer esto, chico. ¿Qué te pasaría entonces? -Noté que la risa acudía a mis labios. Tiré la roca a un lado-. ¿Por qué ensuciar la cueva? Fuera. Te pongo fuera un momento, ¡Y te mueres! ¿Me oyes? ¡Te mueres!

El niño agitó sus manos de tres dedos en el aire, y lloró.

-¿Por qué no comes? ¿Por qué no cagas? ¿Por qué no haces nada normal, excepto llorar?

El niño lloró con más fuerza.

-¡Bah! ¡Debería coger esa roca y acabar! Eso es lo que debería...

Una oleada de repugnancia contuvo mis palabras. Fui a mi camastro, cogí el gorro, los guantes y el manguito, y me encaminé hacia afuera. Antes de llegar a la entrada de la cueva, cubierta con rocas, noté la fuerza punzante del viento. Una vez fuera me detuve y contemplé el mar y el cielo: era un panorama irritante con sus gloriosos tonos blanco y negro, y gris sobre gris. Una ráfaga de viento me abofeteó, haciéndome retroceder hasta la entrada. Recuperé el equilibrio, anduve hasta el borde del peñasco y agité el puño hacía el mar.

-¡Sigue! ¡Sigue y sopla, kíslode hijo de puta! ¡Todavía no me has matado!

Apreté mis párpados quemados por el viento hasta cerrarlos, después los abrí y miré hacia abajo. Una caída de cuarenta metros hasta el próximo saliente, pero si tomaba impulso podía salvar el obstáculo. Entonces habría ciento cincuenta metros hasta las rocas que estaban abajo. Saltar. Me aparté del borde del peñasco.

-¡Saltar! ¡Claro, saltar! -Agité la cabeza en dirección al mar-. ¡No pienso hacer tu trabajo! ¡Si me quieres muerto, tendrás que conseguirlo tú mismo!

Me volví y miré arriba, por encima de la entrada de la cueva. El cielo estaba oscureciéndose y, al cabo de pocas horas, la noche velaría el paisaje. Me dirigí a la grieta del acantilado que conducía al bosque de arbolillos, por encima de la cueva.

Me puse en cuclillas junto a la tumba del dracón y examiné las rocas que había puesto allí, ya unidas por una capa de hielo.

-Jerry. ¿Qué voy a hacer?

El dracón se sentó junto al fuego. Los dos cosíamos y hablamos: -Mira, Jerry, todo esto... -Alcé el Talman-. Todo esto lo había escuchado ya. Esperaba algo distinto. -El dracón dejó su labor sobre su regazo y me contempló durante un instante. Luego movió la cabeza y prosiguió su tarea.
-No eres una criatura demasiado profunda, Davidge.
-¿Qué pretendes decir con eso?
-Jerry tendió su mano de tres dedos.
-Un universo, Davidge... Hay un universo ahí afuera, un universo de vida, objetos y hechos. Hay diferencias, pero es el mismo universo, y todos debemos obedecer las mismas leyes universales. ¿Nunca has pensado en eso?
-No.
-A eso me refiero, Davidge, cuando digo que no eres muy profundo.
-Puf. Te repito que ya había oído hablar de ello y supongo que eso demuestra que los humanos son tan profundos como los dracs.

Jerry se echó a reír.

-Siempre insistes en deducir algo racial de mis observaciones. Lo que he dicho tenía aplicación para ti, no para la raza de los humanos...

Escupí en el suelo helado.

-Los dracs os creéis tan rematadamente listos...

El viento sopló con más fuerza, y noté que sabía a sal. Se aproximaba uno de los ventarrones. El cielo estaba cambiando a esa curiosa tonalidad oscura que se confundía con el color azul de medianoche. Un hilito de agua helada se escurrió en mi cuello.

-¿Qué hay de malo en ser uno mismo? ¡No todo el mundo ha de ser un maldito filósofo cara de sapo! -Había millones..., decenas de millones como yo. Más quizá. -¿Qué importa que yo me preocupe o no por la existencia? Está aquí, eso es todo cuanto necesito saber.
-Davidge, ni siquiera conoces tu genealogía más allá de tus padres, y ahora dices que te niegas a saber de tu universo algo que puedes conocer. ¿Cómo sabrás cuál es tu lugar en esta existencia, Davidge? ¿Dónde estás? ¿Quién eres?

Moví la cabeza y contemplé la tumba, después me volví y miré el mar. Dentro de una hora, o menos, habrá demasiada oscuridad para ver romper las olas.

-Yo, soy yo.

Pero ¿era ese «yo» el que había sostenido la roca encima de Zammis, amenazando con la muerte a un niño indefenso? Sentí que mi sangre se helaba cuando, la soledad que creía experimentar, se armó de garras y colmillos y empezó a roer y desgarrar la poca cordura que me quedaba. Me volví hacia la tumba otra vez, cerré los ojos y volví a abrirlos.

-Soy piloto de combate Jerry. ¿Eso no es nada?
-Eso es lo que haces, Davidge. No es lo que tú eres, eso no es ser tú mismo.

Me arrodillé junto a la tumba y, con mis manos arañé las rocas cubiertas de hielo.

-¡No me hables ahora, drac! ¡Estás muerto!

Pero me detuve al comprender que las palabras que había oído procedían del Talman. Me desmayé sobre las rocas, sentí el viento y me puse en pie.

-Jerry, Zammis no come. Ya hace tres días. ¿Qué hago? ¿Por qué no me explicaste algo sobre los mocosos drac antes de que... ? -Me llevé las manos a la cara-. Tranquilo, chico. Sigue así, y te meterán en un manicomio.

El viento me empujaba por la espalda. Bajé las manos y me alejé de la tumba. Estaba sentado en la cueva, mirando fijamente el fuego. Ya no oía el viento más allá de las rocas, y la madera estaba seca, haciendo que la hoguera fuera ardiente y silenciosa. Tamborileé con los dedos en mis rodillas, después me puse a canturrear. El ruido, de cualquier clase, servía para ahuyentar la opresiva soledad.

-Hijo de puta. -Reí y asentí con la cabeza-. Sí, de verdad, y kizlode va nu, dutschaat.

Reí entre dientes, intentando recordar todos los insultos y obscenidades en dracón que me había enseñado Jerry. Eran bastantes. La punta de mi bota golpeó la arena y mi canturreo empezó de nuevo. Me detuve, arrugué la frente, y recordé la canción.

Altivo Cristo todopoderoso,
¿quién demonios somos?
Zim zam. Dios maldito
del escuadrón B, somos.

Me recliné en la pared de la cueva, intentando recordar otros versos.

Un piloto tiene una vida podrida. / Nada de pastas con nuestro té / Tenemos que servir a la mujer del general/ y coger pulgas de su rodilla. Y si a él no le gusta te diré lo que haremos: llenaremos su trasero de vidrio roto y con cola se lo pegaremos.

La canción resonó en el eco de la cueva. Me levanté, extendí los brazos y grité:

-¡Yaaaaahoooooo!

Zammis se puso a llorar. Me mordí el labio y me acerqué al bulto que había en el colchón.

-¿Bueno? ¿Estás listo para comer?
-Unh, unh, weh.

El niño movió la cabeza de un lado a otro. Me aproximé al fuego y cogí un trozo de serpiente. Volví junto a Zammis, me arrodillé y acerqué la comida a sus labios. De nuevo, el niño la apartó.

-Vamos, tú. Debes comer.

Lo intenté otra vez con idénticos resultados. Aparté las ropas del niño y observé su cuerpo. Sabía que estaba perdiendo peso aunque Zammis no parecía estar debilitándose. Me encogí de hombros, lo tapé de nuevo, me levanté y empecé a caminar hacia mi colchón.
-Guh, weh.

Me volví.

-¿Qué?
-Ah, guh, guh.

Me acerqué otra vez. Me agaché y cogí al niño. Sus ojos estaban abiertos y miraba mi cara; después sonrió.

-¿De qué te ríes. feo? Va a salir un sapo de tu cara.

Zammis emitió una risa breve y luego gorjeó. Fui hasta mi colchón, me senté y puse a Zammis en mi regazo.

-Gumma, buh, buh para ti también. Bueno, ¿y ahora qué hacemos? ¿Qué te parece si empiezo a enseñarte el linaje de los Jeriba? Tendrás que aprenderlo algún día y ahora podría ser el momento adecuado.

El linaje de los Jeriba. La única vez que Jerry me felicitó fue cuando recité el linaje. Miré a Zammis a los ojos.

-Cuando te lleve a que te presentes ante los archivos Jeriba deberás decir: «Ante vosotros me presento, yo Zammis, de la línea de Jeriba, nacido de Shigan, el piloto militar».

Sonreí, pensando en las cejas amarillas que se levantarían de asombro, si Zammis prosiguiera diciendo: «y, caramba, Shigan fue también un piloto condenadamente bueno. Sí, una vez me contaron que consiguió huir con mucha astucia, después viró y embistió al kizlode hijo de puta, por todos conocido como Willis E. Davidge...».

Moví la cabeza.

-No progresarás mucho si recitas el linaje en inglés, Zammis. Empecé otra vez: -Naatha nu enta va, Zammis zea does Jeriba. Estay va Shigan, asaam naa denvadar...

Durante ocho de aquellos largos días y noches temí que el niño muriera. Lo intenté todo: raíces. bayas y ciruelas secas, carne de serpiente seca, hervida, masticada y molida. Zammis lo rechazó todo. Hice frecuentes comprobaciones, pero siempre que miraba entre las ropas del niño las encontraba tan limpias como cuando se las había puesto. Zammis perdía peso, pero parecía hacerse más fuerte. Al noveno día se arrastró por el suelo de la cueva. Incluso con la hoguera, la cueva no era realmente cálida. Yo tenía miedo de que el niño enfermara por gatear desnudo, y lo vestí con la ropa y el gorro diminuto que Jerry había hecho para él. Después de vestirlo levanté a Zammis y lo contemplé. El niño ya sabía
sonreír, una sonrisa llena de malicia que, combinada con el guiño de sus ojos amarillos con su ropa y su gorro, le daba el aspecto de un diablillo. Lo puse de pie.

El niño parecía poder sostenerse solo, y lo solté. Zammis sonrió, agitó sus brazos cada vez más delgados, luego rió y dio un paso vacilante hacia mí. Cuando cayó, lo cogí y el pequeño drac chilló.

Al cabo de dos días más Zammis caminaba y se metía en cualquier sitio. Pasé muchos momentos de angustia buscando al niño en las cámaras de la parte trasera de la cueva, después de mis salidas al exterior. Finalmente, cuando lo encontré en la boca de la cueva dirigiéndose hacia fuera a toda velocidad, ya no pude más. Hice unos arneses con piel de serpiente, los uní a una correa fabricada con piel de serpiente y até el otro extremo a un saliente rocoso más alto que yo.

Zammis siguió metiéndose por todas partes, pero al menos podía controlarlo. Cuatro días después de que aprendiera a caminar, el niño quiso comer. Los bebés drac son probablemente los niños más cómodos y considerados del universo. Viven de su grasa durante tres o cuatro semanas terrestres, y durante todo ese tiempo jamás se ensucian. Una vez que aprenden a andar quieren ir a todaspartes, y quieren comer y empiezan a evacuar sus excrementos. Enseñé una vez al niño a usar la pequeña caja que había construido con esa finalidad, y no tuve que hacerlo más. Al cabo de cinco o seis lecciones, Zammis supo vestirse y desvestirse. Viendo aprender y crecer al pequeño drac, empecé a comprender a los pilotos de mi escuadrón que solían aburrirse mutuamente y en grupo con incontables fotos de niños deformes acompañando cada instantánea con media hora de charla. Antes de que el hielo se fundiera, Zammis hablaba. Le enseñé a llamarme «tío».
 
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