Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 4 de octubre de 2015

La leyenda china - Hermann Hesse

Si existe un libro que me apasionó - en realidad hay varios, pero es una forma de decir - es "El lobo estepario" de Hermann Hesse. Me gusta aquello del vacío interior y la búsqueda por llenarlo o, al menos, comprenderlo. Luego leí "Siddhartha", otro libro sobre la búsqueda espiritual que también me fascinó. Pero, aunque tal vez sean sus trabajos más conocido por estos lados, Hesse escribió muchísimas novelas, poemas, cuentos y ensayos. 
Uno de sus cuentos es el que comparto con Uds hoy. 



La leyenda china


Esto se cuenta acerca de Meng Hsie.

Cuando supo que últimamente los artistas jóvenes se ejercitaban en colocarse cabeza abajo, decían que para ensayar una nueva visión, inmediatamente Meng Hsie practicó también este ejercicio. Y después de probarlo un rato declaró a sus discípulos:

-Cuando me coloco cabeza abajo se me presenta el mundo bajo un aspecto nuevo y más hermoso.
Esto se comentó, y los jóvenes artistas se ufanaban no poco de que el anciano maestro hubiese respaldado así sus experimentos.

Se sabía que apenas hablaba, y que enseñaba a sus discípulos no mediante doctrinas sino con su simple presencia y su ejemplo. Por eso sus manifestaciones llamaban mucho la atención y se difundían por todas partes.

Poco después de que aquellas palabras suyas hubiesen hecho las delicias de los innovadores y sorprendido e incluso indignado a muchos de los antiguos, se supo que había hablado otra vez.

Contaban que había dicho:

-Es bueno que el hombre tenga dos piernas, porque ponerse cabeza abajo no favorece la salud. Además, cuando se incorpora el que estuvo cabeza abajo el mundo se le representa doblemente más hermoso que antes.

Estas palabras del maestro escandalizaron a los jóvenes antipodistas, que se sintieron traicionados o burlados, y también a los mandarines.

-Tal día dice Meng Hsie tal cosa, y al día siguiente dice lo contrario -comentaban los mandarines- Es imposible que ambas sean verdaderas. ¿Quién hace caso del anciano cuando le flaquea el entendimiento?

Algunos fueron a contarle al maestro lo que decían de él tanto los innovadores como los mandarines. Él se limitó a reír. Y como sus seguidores le demandaran una explicación, dijo:

-La realidad existe, pequeños míos, y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es decir, opiniones acerca de la realidad expresadas mediante palabras, hay muchas, y todas ellas son tan verdaderas como falsas.

Y por mucho que insistieron, los discípulos no consiguieron sacarle una palabra más.



jueves, 1 de octubre de 2015

El bote - Enrique Wernicke

En el mismo libro que les comenté ayer tomé al azar, encontré un cuento de enrique Wernicke llamado "El bote". Wernicke me gusta mucho y hay ya un par de cuentos suyos en el blog - busquen con la etiqueta de autor -; pero este cuento nunca lo había leído. No lo encontré en la web pero se los copio ya que es corto.
Desconozco cuando lo escribió pero debe haber sido entre 1940 y 1955 que fue su etapa literaria. O al menos al rededor de dichos años... Wernicke falleció en 1968.


El bote

Compró un bote, lo calafateó y después lo pintó de verde.

-Es para entretenerme los fines de semana... - explicaba, apoyándose en el mostrador.

El dueño del bar asintió guiñando los ojos. No había nada que comentar, necesario, por lo menos. Pero un cliente exige charla.

- ¿Grande? - preguntó el dueño.
- Así... Hasta allí - contestó el parroquiano -. Déme otra copa...

El patrón sirvió la caña. Y luego echó una mirada policial al fondo del salón, donde tres crónicos de la costa bebían al consabido vinito.

Entró en el boliche un viejo escuálido y pobretón. Pasó cerca del forastero, observó su ropa impecable y como con miedo de mancharlo se apartó un paso. El patrón no se molestó en atenderlo.

-¿Lo pagó muy caro? - preguntó de pronto el patrón, intentando con una frase dejar de lado al viejo,
- No - respondió el forastero. Y se espantó una de esas moscas pesadas que rebotan en los boliches de madrugada -. Muy poco... Mil quinientos pesos...
- ¡Es tirado! - aprovechó para decir el viejo.
- Así me dijeron...

El patrón, molesto, hizo amago de retirarse. Pero lo detuvo el forastero con un gesto imperceptible. 

- Fue la última vez que estuve con ella en San Isidro. ¡Una casualidad! Estaba arrumbado en un rancho... Y el otro día, no sé cómo, me acordé del bote. Fui, lo pagué y me lo trajeron en un camión...
- ¡Así se hacen las cosas! - observó el patrón, y notó que el viejito escuálido ya casi tocaba el brazo del forastero.
- ¿Me sirve? Y sírvale al señor...

De mala gana, el patrón cumplió el pedido. El viejo escuálido agradeció con una sonrisa. La mosca cargosa desechó al forastero y se sentó en la pelada del viejo.

El forastero tiró un pucho y lo aplastó con el pie. La suela de su zapato flamante rascó el aserrín del piso. El viejito imitó el gesto, pero su alpargata trabajó silenciosa.

- Los tipos como yo - dijo el forastero mirando el techo - siempre llegan tarde... Mientras ella estaba conmigo, nunca pensé en comprar un bote... Tal vez se hubiese entretenido... ¿No?

El patrón no abrió la boca. Ya sabía que el cliente iba a quedarse largo rato. El viejo aprovechó la brecha y metió unas palabritas:

- A todo el mundo le gusta tener un bote... - dijo, mirando ostentosamente su copa vacía-. Yo supe tener un bote... ¡Lindo bote! Bah... Una canoa... ¿Me permite otra copa, señor?
- ¡Sírvale, patrón!- dijo el forastero, y repitió como en sueños: - Los tipos como yo siempre llegan tarde... Y suelen  morirse solos.

El viejo no lo contradijo.

De los vineros de la mesa, uno se levantó y se fue. Otro cruzó los brazos y apoyó la cabeza. El tercero, dando un rodeo, vino a pararse junto al mostrador.

-¿No es verdad? - preguntó el forastero.
-¿Eh? Y, no sé, señor... - respondió el viejo.

Y a continuación, como si fuera una consecuencia de lo dicho, se ofreció gentilmente a cuidarle el bote. El patrón se alejó hacia la máquina de cortar fiambres. Sacó el jamón y lo guardó en la heladera. No quiso volver. Pero escuchó sin embargo.

-... y ella vino a plantarme por un bobalicón cualquiera. ¡Después de cinco años de andar juntos! ¿Se da cuenta?

El vinero silencioso que se había sumado al grupo observaba al forastero y seguía atentamente el paseo de la mosca trasnochadora que nuevamente había optado por el blanco cuello de la camisa.


Quería armar un espinel. Compró el hilo el viernes por la tarde. Y los anzuelos el sábado. El viejo escuálido se había pasado juntando corchos y, mal que mal, soldó unas latas para hacerse de las boyas.

¡No le faltaba vino, gracias a Dios! El forastero lo abastecía.

-¡Es un boliche roñoso! - le comentaba a su protector mientras ataba hábilmente los hilos-. Fíjese que aguan el vino por mitades...
-Yo lo hago por entretenerme... - dijo el forastero como si no hubiese oído-. se me hacen muy largos los fines de semana... Por entretenerme...- repitió.

Y con un poco de asco echó una mirada a la pocilga del viejo. Era uno de los ranchitos más miserables de la costa. Malas tablas, malas latas, mal lugar.

- Mañana de noche podrá ensayar su espinel, señor. Todavía puede caer algún pejerrey... Si sigue el frío.
- Yo lo hago por entretenerme - repitió el forastero con una insistencia de loco. Y agarró el vaso de vino que había dejado en un cajón.

Se acababa la tarde. El río visto a través de los juncos resultaba un plato roto. Desagradable. El forastero se puso de pie para mirar mejor. Lo consoló la inmensidad del agua. Suspiró.


El patrón había comentado con los vineros crónicos la distinción del forastero. Y tuvo una satisfacción al verlo entrar en el boliche. No advirtió que estaba borracho. Los vineros, en cambio, sí. Y lo rodearon con la esperanza de beber de arriba.

- Mañana ensayo un espinel...
-¿Se lo hizo el viejito?
- Lo hicimos juntos...
-Ah...- los vineros se miraron y con una resolución simultánea empujaron sus vasos.

Bebieron hasta hartarse del mal vino tinto. Cuando una mosca se posó en el cuello del hombre, el vinero aquel, el de la otra noche, pensó que era la misma y le susurró a su compinche:

- Hiede...
- Yo lo hago por entretenerme - repetía el forastero-. Uno se acostumbra a una mujer por más mala que sea... ¡Y después! ¡Bueno! ¡Ya lo ven! 

Y siguió diciendo lo mismo hasta que lo metieron dormido en el primer colectivo de la madrugada.


El forastero llevó diez pejerreyes al boliche como muestra de su primera experiencia. Y al fin de semana siguiente desapareció con bote y todo.

Había bebido un poco por demás y el viejo tuvo que ayudarlo a meterse en el bote. Ladino, el escuálido, lo dejó salir solo y se quedó bebiendo el resto de la damajuana.

Despertó de la mona con el sol bien alto y, cauteloso y como asustado, fue hasta la Prefectura a denunciar el hecho y reclamar su bote. 

Uno de los vineros, el de la mosca, estaba paleando el en puerto.

-¿Tu pitucón?¿El forastero? ¿Se te ahogó? ¿Y qué te extraña? ¡Desde la primera noche estaba hediendo a muerto...!
- La culpa la tuvo esa mala mujer - dijo el viejo con voz blanda.
- Sí, claro... ¡Pero si no fuera por ella vos no te armás del bote!

El viejo no levantó la mirada. El otro sonrió mostrando los dientes y tomó su pala. La arena voló con chispazos de oro.

Los de la Prefectura, de a uno en fondo, cruzaron el muelle y subieron a la lancha mortuoria.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Los pequeños propietarios - Roberto Arlt

Hoy me sumé a un juego en facebook que decía algo así como "Toma le libro que tengas más cerca, abre en la página 45. La primera oración describe tu vida amorosa". Me pareció que el resultado podría ser muy gracioso y, entonces, tomé "El cuento argentino", una antología editada en 1979. No sé si perteneció a mis abuelos o a mis padres. La selección de cuentos la realizó la archiconocida Beatriz Sarlo e incluye autores como Borgues, Quiroga (si bien de nacimiento era uruguayo - cosas que pasan...), Arlt, Ocampo, Cortázar, Wernicke, Saer y muchos más. El resultado fue:
- Sí... pero le hago un anónimo a máquina.
Sin palabras... Aunque nada tiene que ver con el amor la frase :D Más bien el cuento se relaciona con las miserias humanas, el odio, la envidia...
La frase pertenece a "Los pequeños propietarios" de Roberto Arlt y pertenece a "Los jorobaditos", publicado en 1933. 



Los pequeños propietarios

Cierta noche, Eufrasia, poco después de cenar, le dijo a Joaquín, su esposo:

—¿Sabés?, tengo el presentimiento de que el de al lado le roba materiales al infeliz a quien le está construyendo la casa.

Joaquín la soslayó hosco, con su ojo de vidrio.

—¿De dónde sacás eso?
—Porque hoy al oscurecer vino con el carrito cargado de polvo de ladrillo y tapado con bolsas, para disimular.
—No puede ser.
—Sí, porque ayer traía unos mosaicos debajo del brazo, también envueltos en una bolsa rota. Y se les veía el canto.
—Entonces… ¡quién sabe!...
—Sí…, también me fijé cuando tenía la otra obra. Al principio llegaba temprano con el carrito, después, cuando estaba por terminar, mucho más anochecido, y siempre el carrito tapado. Con ese material deben haber construido la marquesina.

Taciturno, replicó Joaquín:

—Claro, así es fácil construir obras para darle envidia a los otros.

Luego no hablaron más. Cenaron en silencio y el ojo de Joaquín, el corredor y pequeño propietario, estaba tan inmóvil como su otro de vidrio.

Solo al acostarse, cuando Eufrasia iba a apagar la lámpara, dijo sin mirar a su esposo, con la voz ligeramente desnaturalizada por el deseo de que fuera natural;

—Si el dueño de la casa lo supiera…
—Lo hace meter preso —fue el único comentario del tuerto—. Luego se acostaron y ya no hablaron más.

Los dos propietarios se odiaban con rencor tramposo.

Tal sentimiento había madurado al calor de oscuras ignominias, y lo teñía de colores distintos la desemejanza de desgracia que se deseaban. Cosme, el albañil, invocaba sobre la propiedad de Joaquín una catástrofe súbita. No podría especificar, si se lo preguntaran, qué clase de catástrofe era la que le deseaba a su vecino, ya que ésta no llegaba sino en excepcionales casos a la muerte. Y esta falta de imaginación le atormentaba con iras fugaces pero tormentosas, pues estaba seguro de que si concretara su deseo, sería feliz.

En cambio, Joaquín había objetivado este anhelo.

Deseaba que el albañil se arruinara.

Se imaginaba que su vecino no podía pagar las mensualidades del terreno que con poca diferencia de tiempo habían comprado a plazos, y el sencillo acto de representarse la roja bandera de remate flameando en el jardín de Cosme le regocijaba siniestramente. Crujíanle los dientes y su ojo de vidrio traslucía un fulgor más intenso que el otro, al acecho, bajo un fino párpado siempre arrugado.

Dos hechos fueron el origen de este odio.

Cuando Joaquín compró el terreno, pidióle presupuesto, para la casa que pensaba construir, a Cosme, y luego, lógicamente, le dio la obra a otro albañil.

Pero como necesitó utilizar la medianera de su vecino, éste, furioso, le exigió un precio superior al valor natural, y Joaquín, rechinando los dientes, se negó a pagar. Una mañana en que el albañil estaba ausente, hizo colocar las vigas del techo sostenidas provisoriamente por unos parantes, de modo que cuando Cosme llegó era demasiado tarde para detener la obra.

Mas como el importe de ésta era inferior al de la cantidad requerida para sustanciar un litigio ante los tribunales (imposibilidad que lo puso furioso al albañil, pues deseaba arruinar a Joaquín) el asunto fue a parar a un Juzgado de Paz y en el plazo de un año y medio Cosme cruzó sombrío y tempestuoso, sucios salones atestados de oficiales de justicia y palurdos aburridos. Conoció todas las triquiñuelas de los que no quieren pagar y durante numerosos meses buscó en su caletre arduos sistemas para asesinar a su vecino, mas como era muy bruto no se le ocurría nada y al fin, cuando ya desesperaba de la justicia terrestre, cobró.

Pasó el tiempo y este odio creció, ya no con la energía brutal del primer año; porque ahora que ellos estaban en reposo, el rencor maduraba a la sombra, destilando en el alma de los propietarios un jugo que les engordaba los tuétanos rezumándoles en el alma feroces proyectos y cierto goce oscuro y vigilante: el presentimiento de que algún día el otro se “las pagaría”.

La primera puñalada trapera partió del albañil.

Joaquín construyó una piecita sin presentar el plano a la Municipalidad, y lo más grave es que no se hizo colocar el contrapiso, de acuerdo con lo reglamentado en el Digesto.

Cosme lo supo, charlando con el peón de Joaquín en el despacho de bebidas del almacén de la esquina, y puso esta gravísima infracción en conocimiento del Inspector Municipal de zona.

Vino éste y el corredor tuvo que abonar una fuerte multa, pero no sin haber visto antes cómo el inspector destrozaba su hermoso piso de pinotea, a fin de comprobar la infracción.

Aquel día una lágrima cayó de su ojo de vidrio, mientras Eufrasia maldecía en la cocina el poco carácter de su esposo en no irle a buscar querella al albañil. Y éste esa noche se sumergió en su camastro mascullando dulces palabras torvas.

Siete meses después el albañil compró un carro y un caballo para transportar sus materiales a la obra, pero por negligencia, no construyó la caballeriza de acuerdo a las disposiciones del Digesto Municipal. Joaquín, so pretexto de examinar su techo, subió al de Cosme, estudió aquel establo provisorio, luego se hizo recomendar a un inspector, y un buen día el albañil fue sorprendido por una multa, amén la orden de construir la caballeriza que le costó más que el carro y el caballo.

El éxito de estas cuchilladas lubrificadas con jurisprudencia, no marchitaba aquel odio.

Joaquín no podía verle a Cosme sin estremecerse de rabia, y la grosera figura del otro le espantaba hasta la repulsión física, pues el albañil era pequeño, morrudo, cargado de espaldas, y en su cara biliosa, había siempre sonriendo, impúdicos, dos ojuelos verdes. Su voz surgía sesgada, recargada del sonido “guee”, y cuando Joaquín le escuchaba se escalofriaba hasta el malestar físico. Y sin embargo charlaban.

Porque a veces conversaban. El tema era el desmesurado costo de los ladrillos, o cualquier otra cosa.
Joaquín, que necesitaba mil ladrillos para el invierno próximo, comentaba:

—Dicen que van a subir a cuarenta el mil.
—A cuarenta y cinco.
—Pero eso es un escándalo. ¿Se da cuenta usted? Diez pesos de aumento el mil.

Y por esos cinco pesos de exceso que tendría que pagar dentro de cuatro meses, se estaba una hora protestando con el otro contra el país y sus leyes, solidarizados por la común desgracia del costo del material.

Sentían el placer de ser avaros, y, a la inversa de la gente de otra condición, en vez de ocultar el defecto lo exhibían como una virtud, regodeándose en su tacañería.

Y Joaquín, que era más sensible y romántico que Cosme, cuando conversaba de estas miserias, le parecía ser igual al dueño de un conventillo de la calle Loyola, y entonces insistía en su argumento, esperanzado de llegar a ser algún día un propietario gordo, que a la puerta de su casa remienda la tapia con un balde lleno de tierra romana.

Y lo único que se reprochaba era no ser demasiado mezquino.

A pesar de esta aparente cordialidad, cuando conversaba con el albañil, le parecía entrever en las verdes pupilas del otro, un alma inmóvil, pesada como un monstruo de carne cruda, que entorpecía sus sensaciones, suspendiéndole en una sonrisa tímida, de la áspera cháchara de Cosme.

Y no discutía con él, sino que, por lo general, asentía a lo que el albañil decía, mientras que todos los nervios se le sublevaban en una contracción silenciosa, que al transcurrir los siguientes días se traducía en sus pensamientos en una crispadura roja, como la de una epidermis cicatrizada después de una quemadura. Y sus pensamientos, semejantes a sanguijuelas, se movían en un mundo homicida y fangoso.

En cambio, el albañil se veía caer sobre Joaquín con un puñal en la izquierda.

Era en la esquina lúgubre de su casa, con los desperdicios de basura en la vereda de tierra, y el farol de nafta iluminando con su luz amarilla un círculo del que Cosme brotaba cuando pasaba el tuerto.

En tanto, sus deseos no se consumaban, desacreditaba la casa, y cuando Joaquín quiso venderla, y recibió la visita de un comprador, Cosme, que escuchó la conversación por la baja tapia del fondo, siguió al desconocido, y una vez que este se hubo separado de Joaquín, lo interpeló, convenciéndole de que la casa estaba construida con pésimos materiales, lo cual era cierto.

Además, este odio era cuidado, abonado, puesto en tensión como las cuerdas de un violín, por sus respectivas esposas.

Se deseaban padecimientos atroces, lo que no les impedía hablarse sonriendo, adulándose respecto a insignificancias, dedicándose en los saludos sonrisas melosas, cambiando entre sí melifluos “sí, señora” y “no, doña”, porque la mujer del corredor, que usaba sombrero y medias de seda, era “señora” para la otra que sólo gastaba batón para salir y no se cortaba melena. Y como las propiedades estaban divididas por un cerco de alambre, conversaban a la hora de la siesta, buscándose a su pesar, yendo al jardín a recortar las rosas mondadas por las hormigas, o a preguntarse la hora, motivos estos que eslabonaban conversaciones inagotables, donde se sacaba a relucir la vida de la carbonera y la posibilidad de un tranvía en la calle próxima, dándose con solicitud conmovedora consejos sobre compotas y modos de podar las plantas.

En estos diálogos ocurría a la inversa que en los de los hombres, y era que la mujer de Cosme daba siempre la razón a la de Joaquín, imitando el modo de conversar de “la señora Eufrasia”, sonriendo con sonrisas que le doblaban el vértice del labio hacia el ojo izquierdo, mientras que, a su vez, la “señora” movía en gesto de comprensión la cabeza hacia la pechera de su batón, gesto que era característico en la analfabeta que se había hecho de este tic, para no demostrar ignorancia. Pues tal movimiento era un compuesto de comprensión e indulgencia, o sea, las condiciones de inteligencia elevadas a su máximo, descubrimiento inconsciente pero que utilizaba con acierto la mujer del albañil.

Y el odio que no podían enrostrarse, la casi repulsión que las separaba, ponía en estos diálogos una atracción, y, sin repararlo, cuando ambas conversaban, estaban como esas criaturas que temiendo el vacío se asoman a los altos ventanales.

Ahora Joaquín no podía dormir.

Súbitamente se había introducido una incomodidad en su conciencia. Era aquello algo extraño, cierto apresuramiento del tiempo a través de sus nervios, de modo que la sangre empujada por el frenesí de los minutos, corriendo más rápidamente, tornaba anhelosa su respiración.

Bruscamente se le había transformado la vida, ¿mas, por qué su esposa no lo miró antes de acostarse?
Recordándolo, le parecía raro el tono de su voz, que ahora se le presentaba un poco desnaturalizada por el deseo de que el pensamiento expresado pareciera la consecuencia de una actitud natural.

Y, aunque desasosegado, no se movía.

El tiempo no pasaba nunca en las tinieblas, pero descentrado por una ansiedad de espera, sentía que la mitad longitudinal de su cuerpo pesaba más que la otra debido a un repentino descentramiento de la conciencia.

Y no quería asomarse a sus pensamientos, porque le parecía que de levantar la cabeza chocaría la frente con ellos.

Luego, entornando los ojos, miró por el intersticio de los postigos el cilindro amarillo que en el fanal del farol oscilaba tristemente y se dio cuenta que en la calle soplaba el viento.

Pero no se movía; tan inmóvil estaba, que lo sobresaltó la voz de su esposa preguntando:

—¿Qué te pasa que no dormís?

Y a las doce de la noche estaba aún despierto.

Tal silencio pesaba en el cubo negro de la estancia, que el silencio parecía el susurro tibio de los fantasmas desprendiéndose de los muros. Había algo de horrible en esa situación.

Tenía la impresión de que su esposa estaba incorporada junto a la almohada, pero él no la reconocía, porque de aquel semblante amable durante el día solo restaba un perfil de hueso de nariz rampante y terrible mirada lechosa, que, atravesando su carne, estampaba en su conciencia un dictado terrible.

Tan fuerte era el llamado implacable, que se revolvió espantado en su cama, al tiempo que con su voz suave le preguntaba su esposa:

—¿Qué te pasa que no dormís?

No podían dormir.

Los atenaceaba el mismo deseo pesado, la igual perspectiva de desastre que podían desencadenar sobre el albañil; y la figura de Cosme surgía ante sus ojos, desmesurada en la soledad de la callejuela, encorvada en el pescante de su carrito, con el pelo enredado sobre la frente y soslayando con sus ojuelos verdosos la carga roja de polvo de ladrillo.

O veían esto otro: y era el sargento de policía llegando en el crepúsculo a la casa de Cosme, golpeaba las manos, y de pronto, ellos, escondidos detrás de la ventana que daba al jardín, escuchaban:

—¡Señora… su marido está preso por ladrón!...

Un grito desgarrador cruzaba la perspectiva y la mujer caía desvanecida en el patio de mosaico, mientras que ellos solícitos acudían corriendo y preguntando:

—¿Qué le pasa, señora… qué le pasa?

Y ya Joaquín, no pudiendo soportar más su pensamiento, dijo en voz alta:

—No; por eso no lo van a condenar.
—¿Por qué?

Dejó él caer el brazo en la almohada de su esposa y dijo:

—Le darán dos años de cárcel… pero condicional… Lo único es el dolor de cabeza.
—Te entiendo.
—De lo que me alegro, porque uno es sensible aunque no quiera. Eso sí… lo más que le va a pasar es que le rematarán la casa…
—¿Quién?...
—El dueño de la otra obra… por daños y perjuicios.

En silencio se refocilaron los cónyuges, asomados a la siniestra perspectiva judicial de una tarde de domingo, con la callejuela recorrida de honestos propietarios, excitados por un remate ordenado por el juez. ¡Qué plato para la ferocidad del barrio!

Veían la bandera roja flameando en la caña tacuara, mientras que ellos, seguros, calafateados en su “casa propia” comentaban en rueda con el carbonero y la panadera las ventajas de ser honrados y esas desgracias que ocurren por “ensuciarse por una miseria”.

Paladeando sus frases, Joaquín agregó:

—A nadie le gusta pagar… y el dueño de la obra va a encontrar admirable el pretexto de que Cosme lo robaba para hacerlo meter preso y no aflojar la plata que le debe…
—¿Pero por una miseria así?...

Joaquín replicó indignado:

—¿Una miseria? ¡Estás loca tú! El otro día lo pusieron preso a un carpintero por llevarse unas alfarjías y un paquete de clavos de la obra. ¿Dónde iríamos a parar si cada uno hiciera lo que quisiera? ¡No, m’hijita, hay que ser honrados!
—Sí, la frente limpia… ¿pero cómo vas a hacer?...
—Mañana me averiguo dónde está la obra… la dirección del dueño…
—No le vas a escribir, ¡eh!...
—Sí… pero le hago un anónimo a máquina.
—¡Cómo se va a poner la hipocritona de su mujer! Fijáte que ayer, con pretexto de enseñarme un figurín, me dice: “Ah, ¡no sabe?, cuando mi marido termine la obra le vamos a poner persiana a todas las puertas”. Y todo, ¿sabés para qué?, para hacerme “estrilar”.(1)
—¡Qué gentuza!
—Y pensar que uno tiene que tratarse con ellos…
—Dejá… mañana lo arreglamos.

Bostezó Joaquín un instante, y ya cansado, dijo:

—Me voy a dormir. Hasta mañana, querida.
—¿Y no me das un beso?
—Tomá… y que duermas bien.



(1) Estrilar: Rabiar, impacientarse, irritarse.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Ante la Ley - Franz Kafka

Leí recién este cuento de Kafka que no conocía y me llenó de interrogantes que no colocaré aquí para no arruinar el final del relato pero me dieron ganas de compartirlo porque es uno de esos cuentos que uno relee para intentar entender y no porque sea complejo, al contrario, se trata de una prosa simple.
Franz Kafka nació en Praga en 1883 y falleció en Viena en 1924. Lo conocí por "La metamorfosis" y hasta ahora era la único que había leído de él, pero fue autor de otras tres novelas y varios cuentos. 
"Ante la Ley" pertenece al libro "Un médico rural" publicado por primera vez en 1919.

Imagen obtenida de Isidre Mones Art

Ante la Ley


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene mas esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.
—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para tí. Ahora voy a cerrarla.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Mi corazón era un hotel - Alejandro Schmidt

Leí este poema en el muro de un amigo y me encantó. Me puso a pensar en cuantas veces dejamos que nuestro corazón sea un hotel donde quienes habitan están sólo de paso...
Alejandro Schmidt es un poeta y periodista argentino nacido en 1955. Tiene en su haber varios premios y publicaciones aunque reconozco que no lo conocía.
Pego textual porque así lo he encontrado en otros sitios, sin mayúsculas, sin puntuación... Estimo es una licencia del autor. 

Imagen obtenida de guía de hoteles inventados, Oscar San Martín Vargas, ilustrador


Mi corazón era un hotel
mi corazón era un hotel
vestidos de fiesta
los huéspedes se iban sin pagar
a los portazos

es cierto
a veces
una mujer lloró en sus ventanas
hasta cansarse

es cierto
yo era el que lustraba los zapatos

es cierto
hubo temporadas malas
problemas de humedad
palmeras muertas

todo eso es cierto
también la luna
y el loco que cantaba

mi corazón era un hotel
ahora parece una casa

una casita blanca

domingo, 13 de septiembre de 2015

El milagro secreto - Jorge Luis Borges

Hola a todos. Este cuento me lo leyeron - sí, leyeron, es hermoso que te lean - hace unos días. No lo conocía por lo que quiero compartirlo con ustedes. El paso del tiempo, la perfección o imperfección de Dios, la condena en vida, quitarla, darla... La necesidad de crear, de terminar la creación. La muerte inminente... 
Se publicó por primera vez en 1944 en "Ficciones" y pertenece a la parte llamada "Artificios"
Espero que les guste

Imagen obtenida de Foundational Texts

El milagro secreto

Y Dios lo hizo morir durante cien 
años y luego lo animó y le dijo: 
—¿Cuánto tiempo has estado aquí?—Un día 
o parte de un día— respondió.
ALCORAN, II, 261. 

La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladik, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizás infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arena de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer; las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladik fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma dilataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirahl para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladik. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladik y dispusiera que lo condenaron a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obra impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.

El primer sentimiento de Hladik fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretes. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos. 


Hladik había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abenesra y de Fludd, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia.... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladik solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladik preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte).

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una apasionada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio—primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón—que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Este, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt.... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae una apasionada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.

Nunca se había preguntado Hladik si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aún le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad: Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladik le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola. Se quitó las gafas y Hladik vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladik. Este lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladik se despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quién las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladik había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de hierro. Varios soldados, algunos de uniforme desabrochado—revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladik, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladik no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau....

El piquete se formó, se cuadró. Hladik, de pie contra la parad del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la parad quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladik, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladik y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladik, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladik ensayó un grito, una silaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia; anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladik entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo germánico, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurriría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos eternos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minuciosos, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún cave, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstaaft. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladik murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.

viernes, 21 de agosto de 2015

Piel de foca, piel del alma. Clarissa Pinkola Estés

Hace muchos años, leí una versión de este cuento de hadas o leyenda celta. Luego vi una peli, creo que escocesa, que se basaba en él y había una niña con ojos de foca... creo era una niña... no recuerdo bien...ocurría en un pueblo de pescadores... que aparecían los Selkies, seres con piel de foca que podían tomar forma humana.
Cuestión que siempre lo tuve presente y como hace poco una lectora del blog me pedía más cuentos de los que aparecen en "Mujeres que corren con lobos", va hoy "Piel de foca", versión de Clarissa Pinkola Estes.



PIEL DE FOCA


En una época pasada que ahora ya desapareció para siempre y que muy pronto regresará, día tras día se suceden el blanco cielo, la blanca nieve, y todas las minúsculas manchas que se ven en la distancia son personas, perros u osos.

Aquí nada prospera gratis. Los vientos soplan con tal fuerza que ahora la gente se pone deliberadamente del revés las parkas y las mamleks, las botas. Aquí las palabras se congelan en el aire y las frases se tienen que romper en los labios del que habla y fundir a la vera del fuego para que la gente pueda comprender lo que ha dicho. Aquí la gente vive en el blanco y espeso cabello de la anciana Annuluk, la vieja abuela, la vieja bruja que es la mismísima Tierra. Y fue precisamente en esta tierra donde una vez vivió un hombre, un hombre tan solitario que, con el paso de los años, las lágrimas habían labrado unos profundos surcos en sus mejillas.

Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no encontró nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron, llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó ver en la parte superior de aquella roca un movimiento extremadamente delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y observó que en lo alto de la impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía amigos humanos más que en su recuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y hermosos.

Eran tan bellas que el hombre permaneció embobado en su embarcación acariciada por el agua que lo iba acercando cada vez más a la roca, Oía las risas de las soberbias mujeres, o eso le parecía; ¿o acaso era el agua la que se reía alrededor de la roca? El hombre estaba confuso y aturdido, pero, aun así, la soledad que pesaba sobre su pecho como un pellejo mojado se disipó y, casi sin pensar, como si eso fuera lo que tuviera que hacer, el hombre saltó a la roca y robó una de las pieles de foca que allí había. Se ocultó detrás de una formación rocosa y escondió la piel de foca en suqutnguq, su parka.

Muy pronto una de las mujeres llamó con una voz que era casi lo más bello que el hombre jamás en su vida hubiera escuchado, como los gritos de las ballenas al amanecer, no, quizá como los lobeznos recién nacidos que bajaban rodando por la pendiente en primavera o, pero no, era algo mucho mejor que todo eso, aunque, en realidad, daba igual porque, ¿qué estaban haciendo ahora las mujeres?

Pues ni más ni menos que cubrirse con sus pieles de foca y deslizarse una a una hacia el mar entre alegres gritos de felicidad.

Todas menos una. La más alta de ellas buscaba por todas partes su piel de foca, pero no había manera de encontrarla. El hombre se armó de valor sin saber por qué. Salió de detrás de la roca y llamó a la mujer.

—Mujer.. sé… mi… esposa. Soy.. un hombre… solitario.

—No puedo ser tu mujer —le contestó ella—, yo soy de las otras, de las que viven temeqvanek, debajo.

—Sé… mi… esposa —insistió el hombre—. Dentro de siete veranos te devolveré tu piel de foca y podrás irte o quedarte, como tú prefieras.

La joven foca le miró largo rato a la cara con unos ojos que, de no haber sido por sus verdaderos orígenes, hubieran podido parecer humanos, y le dijo a regañadientes:

—Iré contigo. Pasados los siete veranos, tomaré una decisión.

Así pues, a su debido tiempo tuvieron un hijo al que llamaron Ooruk. El niño era ágil y gordo. En invierno su madre le contaba a Ooruk cuentos acerca de las criaturas que vivían bajo el mar mientras su padre cortaba en pedazos un oso o un lobo con su largo cuchillo. Cuando la madre llevaba al niño Ooruk a la cama le mostraba las nubes del cielo y todas sus formas a través de la abertura para la salida del humo. Sólo que, en lugar de hablarle de las formas del cuervo, el oso y el lobo, le contaba historias de la morsa, la ballena, la foca y el salmón… pues ésas eran las criaturas que ella conocía.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la carne de la madre empezó a secarse. Primero se le formaron escamas y después grietas. La piel de los párpados empezó a desprenderse. Los cabellos de la cabeza se le empezaron a caer al suelo. Se volvió naluaq, de un blanco palidísimo. Su gordura empezó a marchitarse. Trató de disimular su cojera. Cada día, y sin que ella lo quisiera, sus ojos se iban apagando. Empezó a extender la mano para buscar a tientas el camino, pues se le estaba nublando la vista.

Y llegó una noche en que unos gritos despertaron al niño Ooruk y éste se incorporó en la cama, envuelto en sus pieles de dormir. Oyó un rugido como el de un oso, pero era su padre regañando a su madre. oyó un llanto como de plata restregada contra la piedra, pero era su madre.

—Me escondiste la piel de foca hace siete largos años y ahora se acerca el octavo invierno. Quiero que me devuelvas aquello de lo que estoy hecha —gritó la mujer foca.

—Pero tú me abandonarías si te la diera, mujer —tronó el marido.

—No sé lo que haría. Sólo sé que necesito lo que me corresponde.

—Me dejarías sin esposa y dejarías huérfano de madre al niño. Eres mala.

Dicho lo cual, el marido apartó a un lado el faldón de cuero de la entrada y se perdió en la noche.

El niño quería mucho a su madre. Temía perderla y se durmió llorando… hasta que el viento lo despertó. Era un viento muy raro… y parecía llamarlo, “Oooruk, Oooruuuuk”.

Saltó de la cama tan precipitadamente que se puso la parka al revés y se subió las botas de piel de foca sólo hasta media pierna. Al oír su nombre una y otra vez, salió a toda prisa a la noche estrellada.

—Oooooooruuuuk.

El niño se dirigió corriendo al acantilado que miraba al agua y allí, en medio del mar agitado por el viento, vio una enorme y peluda foca plateada… la cabeza era muy grande, los bigotes le caían hasta el pecho y los ojos eran de un intenso color amarillo.

—Oooooooruuuuk.

El niño bajó del acantilado y, al llegar abajo, tropezó con una piedra —mejor dicho, un bulto— que había caído rodando desde una hendidura de la roca. Los cabellos de su cabeza le azotaban el rostro cual si fueran mil riendas de hielo.

—Oooooooruuuuk.

El niño rascó el bulto para abrirlo y lo sacudió… era la piel de foca de su madre. Percibió el olor de su madre. Mientras se acercaba la piel de foca al rostro y aspiraba el perfume, el alma de su madre lo azotó cual si fuera un repentino viento estival.

—Oooh —exclamó con una mezcla de pena y alegría, acercando de nuevo la piel a su rostro. Una vez más el alma de su madre la traspasó.

—Oooh —volvió a exclamar, rebosante de infinito amor por su madre.

Y, a lo lejos, la vieja foca plateada… se hundió lentamente bajo el agua.

El niño saltó de la roca y regresó a toda prisa a casa con la piel de foca volando a su espalda y cayó al suelo al entrar. Su madre lo levantó junto con la piel de foca y cerró los ojos agradecida por haberlos recuperado a los dos sanos y salvos. Después se puso la piel de foca.

—¡Oh, madre, no lo hagas! —le suplicó el niño.

Ella lo levantó del suelo, se lo colocó bajo el brazo y se fue medio corriendo y medio tropezando hacia el rugiente mar.

—¡Oh, madre! ¡No! ¡No me dejes! —gritó Ooruk.

Y, de repente, pareció que la madre quería quedarse junto a su hijo, pero algo la llamaba, algo más viejo que ella, más viejo que él, más viejo que el tiempo.

—Oh, madre, no, no, no —gritó el niño.

Ella se volvió a mirarle con unos ojos rebosantes de inmenso amor. Tomó el rostro del niño entre sus manos e infundió su dulce aliento en sus pulmones una, dos, tres veces. Después, llevándolo bajo el brazo como si fuera un valioso fardo, se zambulló en el mar y se hundió cada vez más en él. La mujer foca y su hijo respiraban sin ninguna dificultad bajo el agua.

Ambos siguieron nadando cada vez más hondo hasta entrar en la ensenada submarina de las focas, en la que toda suerte de criaturas comían, cantaban, bailaban y hablaban. La gran foca macho plateada que había llamado a Ooruk desde el mar nocturno lo abrazó y lo llamó “nieto”.

—¿Cómo te fue allí arriba, hija mía? —preguntó la gran foca plateada.

La mujer foca apartó la mirada y contestó:

—Hice daño a un ser humano, a un hombre que lo dio todo para tenerme. Pero no puedo regresar junto a él, pues me convertiría en prisionera si lo hiciera.

—¿Y el niño? —preguntó la vieja foca—. ¿Y mi nieto? —continuó la vieja foca macho.

Lo dijo con tanto orgullo que hasta le tembló la voz.

—Tiene que regresar, padre. No puede quedarse aquí. Aún no ha llegado el momento de que esté aquí con nosotros.

Y se echó a llorar. Y juntos lloraron los dos.

Transcurrieron unos cuantos días y noches, siete para ser más exactos, durante los cuales el cabello y los ojos de la mujer foca recuperaron el brillo. Adquirió un precioso color oscuro, recobró la vista y las redondeces del cuerpo y pudo nadar sin ninguna dificultad. Pero llegó el día del regreso del niño a la tierra. Aquella noche el viejo abuelo foca y la hermosa madre del niño, nadaron flanqueando al niño. Regresaron subiendo cada vez más alto hasta llegar al mundo de arriba. Allí depositaron suavemente a Ooruk en la pedregosa orilla bajo la luz de la luna.

Su madre le aseguró:

—Yo estoy siempre contigo. Te bastará con tocar lo que yo haya tocado, mis palillos de encender el fuego, mi ulu, cuchillo, mis nutrias y mis focas labradas en piedra para que yo infunda en tus pulmones un aliento que te permita cantar tus canciones.

La vieja foca macho y su hija besaron varias veces al niño. Al final, se apartaron de él y se adentraron nadando en el mar. Tras mirar por última vez al niño, desaparecieron bajo las aguas. Y Ooruk se quedó porque todavía no había llegado su hora.

Con el paso del tiempo el niño se convirtió en un gran cantor e inventor de cuentos que, además, tocaba muy bien el tambor y decía la gente que todo se debía a que de pequeño había sobrevivido a la experiencia de ser transportado al mar por los grandes espíritus de las focas. Ahora, en medio de las grises brumas matinales, se le puede ver algunas veces con su kayak amarrado, arrodillado en cierta roca del mar, hablando al parecer con cierta foca que a menudo se acerca a la orilla. Aunque muchos han intentado cazarla, han fracasado una y otra vez. La llaman Tanqigcaq, la resplandeciente, la sagrada, y dicen que, a pesar de ser una foca, sus ojos son capaces de reproducir las miradas humanas, aquellas sabias, salvajes y amorosas miradas.

domingo, 12 de julio de 2015

Horton escucha un Quién - Dr. Seuss

Hace tiempo que busco algún cuento de Dr. Seuss para subir. Me había decidido por "Horton hears a Who" pero lo cierto es que lo encontré sólo en inglés. 
Hoy justo justo estaban pasando por la tele la película basada en él (Horton y el mundo de los Quién), lo que me recordó que tiempo atrás lo había descargado en inglés y dado que no encontré ninguna traducción al español, hice la mía. Creo que no violo derechos, caso contrario, ya me reclamarán y lo sacaré del blog. Espero que no ya que fue un gran esfuerzo...
Dr. Seuss fue autor de muchos y maravillosos cuentos para niños, no tan conocidos en español, al menos en mi país. Creo que lo conocemos más por las películas basadas en ellos como "Cat in the hat", "Horton hears a Who", "The Grinch" y "The Lorax". Dr. Seuss nació en 1904 en Estados unidos de America y falleció en 1991. Publicó más de 60 libros.
Espero que disfruten esta traducción. No fue fácil....sobre todo porque usa una estructura que resulta un tanto confusa más que nada en los primeros párrafos. Sepan disculpar si contiene errores.



Horton escucha un Quién


El 15 de Mayo, en la jungla de Nool, al calor del día, al frescor de la piscina, Horton, el elefante, chapoteaba disfrutando de las grandes alegrías de la jungla... cuando escuchó un sonido pequeño. 

Entonces, Horton dejó de chapotear. Miró hacia el sonido. “Eso es extraño”, pensó Horton.

“No hay nadie alrededor”. ¡Luego lo escuchó de nuevo! Apenas un grito muy débil como si una persona pequeñita llamara por ayuda. “Te ayudaré,” dijo Horton. “Pero, ¿quién eres? ¿dónde?”. Miró y miró. No pudo ver nada salvo por una pequeña mota de polvo que pasaba volando a través del aire.

“¡A ver!” murmuró Horton. “Nunca he oído hablar de una pequeña mota de polvo capaz de gritar. ¿Sabes qué pienso? Bueno, pienso que debe haber alguien sobre la pequeña mota de polvo. Algún tipo de criatura de un tamaño muy pequeño, demasiado pequeño para poder ser visto con los ojos de elefante.… Y alguna pobre pequeñita gente que tiembla de miedo de que él la sople sobre la piscina. ¡No hay manera de conducir! Debo salvarlas. Porque, después de todo, una persona es una persona, no importa cuán pequeña sea.”

Entonces, amablemente, y usando el mayor cuidado, el elefante estiró su gran trompa por el aire y levantó la mota de polvo y la llevó y colocó, segura, sobre un suave trébol. 

“Humpf!” dijo una voz. Fue la canguro amargada. Y el canguro en su bolsa dijo “Humpf” también. “Esa mota es tan pequeña como la cabeza de un alfiler ¿Una persona sobre eso?... ¡Nunca la habría!”

“Creeme,” dijo Horton. “Te digo con sinceridad, mis orejas son bastante agudas y escuché bastante claramente. Sé que hay una persona ahi abajo. Y, lo que es más, apuesto que hay dos. Incluso tres. Incluso cuatro. Muy probable... ¡Una familia, por lo que sabemos! Una familia con niños que apenas comienzan a crecer. Así que, por favor,” dijo Horton, “como un favor a mí, trata de no molestarlos. Sólo dejalos ser.”

“¡Pienso que eres un tonto!”, rió la amargada canguro y el joven canguro en su bolsa dijo “¡Yo, también! Eres la mayor vergüenza de la jungla de Nool”. Y los canguros se zambulleron en la fresca piscina. 

“¡Qué terrible zambullida!” el elefante frunció el ceño. “No puedo dejar que mis personas pequeñitas se ahoguen!” Debo protegerlas. Soy más grande que ellas". Así, arrancó el trébol y se alejó a los empujones.

La noticia se expandió rápidamente través de las copas de los árboles de la jungla. "Él habla con una mota de polvo. ¡Está fuera de sí! Sólo véanlo caminar con esa mota en una flor." Y Horton caminó, preocupándose, casi una hora. "¿Debería dejar esta mota en el suelo?..." pensó Horton alarmado. Si lo hago, estas pequeñas personas podrían sufrir un gran daño. No puedo dejarla. ¡Y no lo haré! Después de todo, una persona es una persona no importa cuán pequeña sea".

Luego, Horton dejó de caminar. La voz de la mota estaba hablando. La voz era tan débil que apenas podía escucharla. "Habla, por favor", dijo Horton. Puso su oído cerca de la mota. "Mi amigo", dijo la voz, "eres un buen amigo. Nos has ayudado a todos los de esta mota sin fin. Has salvado nuestras casas, nuestros techos y nuestros pisos. Has salvado todas las iglesias y mercados"

“¿Quieres decir…” jadeó atónito Horton, “que tienen edificicios ahí, también?”
“Oh, si,” dijo un hilo de voz.
“Sin duda… lo sé,” llamó la voz, “Soy demasiado pequeño para ser visto pero soy el Mayor de un pueblo amistoso y limpio. Nuestros edificios, a tí te parecerían terriblemente pequeños pero, para nosotros, que no somos grandes, nos parecen de una altura maravillosa. Mi pueblo de llama La villa de los Quién, por lo que yo soy un Quién y nosotros somos, los Quiénes, estamos todos agradecidos y en deuda contigo.” Y Horton llamó nuevamente al Mayor del pueblo, “Están a salvo ahora. No se preocupen. No los dejaré en el suelo.”

Pero, en el momento que le habló al Mayor de la mota, tres grandes monos de la jungla se treparon al cuello de Horton. 

Los hermanos Wickersham vinieron gritando, “¡Qué podredumbre! Este elefante está hablando los Quién no son quién! No hay ningún Quién. Y no tienen un Mayor. Vamos a parar con toda esta tontería. ¡Ahora!”

Arrebataron el trébol de Horton. Se lo llevaron a una águila de cola negra llamada Vlad Vlad-i-Koff, una águila muy fuerte, de alas muy rápidas, y dijeron: "¿Tendría la amabilidad de deshacerse de esta cosa?"

Y, antes que el pobre elefante pudiera hablar, el águila voló con la flor en su pico.

Esa tarde y ya entrando en la noche, el águila de cola negra batió sus alas en raudo vuelo, mientras Horton que la persiguió gimiendo sobre rocas que hacían pedazos las uñas de sus pies y maltrataban sus huesos, rogó: "Por favor, no dañe a las pequeñas personas que tienen tanto derecho a vivir como las personas grandes" 

Pero adelante, mucho más adelante, de él, el águila siguió aleteando y gritó por sobre sus hombros: "Ya deja de gemir. Volaré la noche entera. Soy un ave. No me importa. Y esconderé esto mañana, donde nunca lo encuentres" 

Y a las 6:56 la mañana siguiente, lo hizo. Seguro fue en un lugar terrible. Dejó caer al pequeño trébol en algún lugar de un gran manto de tréboles de cien millas de ancho. "Encuentra ESO!" se burló el ave. "Pero creo que fracasarás"- Y se fue con un revoléo de su cola negra. 

“¡Lo encontraré!” lloró Horton. “Lo encuentro o reviento. Debo encontrar a mis amigos de la pequeña mota de polvo." Y levantó con cuidado trébol por trébol por trébol, y buscó en ellos, y llamó: "¿Están allí?" Pero trébol por trébol, por trébol, descubrió que aquel al que susurrara, no estaba allí. Y para el mediodía, el pobre Horton, más muerto que vivo, había recogido y buscado en nueve mil cinco tréboles. 

Luego, continuó a lo largo de la tarde, hora tras hora... hasta que por fin los encontró... En la tercer millionésima flor 

“¡Mis amigos!” gritó el elefante. “¡Díganme! Digan! ¿Están a salvo? ¿Tienen sonido? ¿Están enteros? ¿Están bien?"

Del fondo de la mota vino llegó la voz del Mayor: "Realmente tuvimos problemas. Mucho. Cuando el pájaro de cola negra nos soltó y caímos, aterrizamos tan duro que nuestros relojes se pararon. Nuestras teteras se partieron. Nuestras mecedoras se rompieron y las llantas de nuestras bicicletas explotaron cuando chocamos. ¡Así que, Horton, por favor!", rogó la voz del Mayor, "¿Podrías quedarte con nosotros mientras hacemos reparaciones?" "Por supuesto" respondió Horton. "Por supuesto me quedaré. Me quedaré pegado a ustedes en lo fino y en lo grueso"

“Humpf!” dijo una voz “Por casi dos días corriste salvaje e insistes en hablar con personas que nunca existieron. ¡Dejarse llevar así en nuestra pacífica jungla! Ya tuvimos suficiente de tus bramidos chapuceros. Estoy aquí para declarar" , espetó la canguro mayor, "que tu juego tonto y sin sentido se acabó". Y el joven canguro en su bolsa dijo "Yo, también".

"Con la ayuda de los hermanos Wickersham y una docena de tíos Wickersham y primos Wickersham y parientes Wickersham por ley, cuya ayuda he comprometido, serás atado con una cuerda. Y serás enjaulado. En cuanto a nuestra mota de polvo... ¡Ah! La herviremos una olla con aceite de beezle-nut caliente y humeante". (Nota: Receta inventada por Dr. Seuss que lleva frutas y gelatina)

"¿Hervirla?" jadeó Horton. "Oh, eso no puedes hacerlo. ¡Está llena de personas! ¡te lo probaré!" 

"¡Sr. Mayor! Sr. Mayor!” llamó Horton. “¡Sr. Mayor! Debe probar ahora que ustedes de verdad están allí. Llame a una gran reunión. Que asistan todos. Haga que todos los Quién griten. Haga que todos los Quién vociferen. Haga que todos los Quién chillen. Si no lo hace, todos los Quién acabarán en un estofado de beezle-nut. "

Y, abajo en la mota de polvo, el asustado Mayor llamó a una gran reunión en la plaza de la villa de los Quién. Y su gente gritó muy fuerte: "¡Estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí!".

El elefante sonrió: "Eso fue claro como una campana. Ustedes, canguros, seguramente lo escucharon bien"

"Todo lo que escuché", espetó el canguro grande, "fue la brisa y el débil sonido del viento a través de los árboles distantes. No escuché vocecitas. Y tú tampoco". Y el joven canguro en su bolsa dijo "Yo, tampoco".

“¡Atrapenlo!” gritaron. “Y enjaulen a este gran tonto! ¡Aten su estómago con diez millas de soga! Anuden tan fuerte que nunca pueda aflojarse si se sacude, Luego, arrojen esa tonta mota en el jugo de beezle-nut

Horton peleó con gran vigor y empuje pero los de la pandilla Wickersham eran demasiados para él. Lo vencieron. Lo atacaron con rudeza. Comenzaron a arrastrarlo a la jaula. Pero él se las arregló para llamar al Mayor: "No se rinda. Creo en todos ustedes. Una persona es una persona no importa cuán pequeña sea. Y ustedes, personas muy pequeñas, no habrán de morir si se hacen escuchar. Por eso, ¡vamos!, ¡ahora!, ¡INTÉNTENLO!"

El Mayor tomó un tambor y comenzó a golpearlo. Y en toda la villa de los Quién, aullaron haciendo barullo. Hicieron sonar latas. Batieron ollas, tachos de basura y viejas latas de arándanos. Soplaron en bazucas y dieron grandes toques en clarinetes, trombones y trompetas y flautas.

Grandes ráfagas de barullo sonaron alto por el aire y sacudieron todo el cielo. Y el Mayor llamó a través del huracanado jaleo: "Hey, Horton. ¿Cómo está esto? ¿Está llegando nuestro sonido?" 

Y Horton respondió: "Los escucho bien. Pero las orejas de los canguros no son tan fuertes como las mías. ¡No escuchan nada". ¿Está seguro de que todos sus muchachos están haciendo lo mejor que pueden? ¿Están TODOS haciendo ruido?. ¿Está seguro de que cada Quién allí en la villa está trabajando? Rápido, recorra su pueblo. ¿Hay alguien holgazaneando?"

El Mayor se apresuró a través del pueblo de este a oeste. Pero todos parecían estar dando lo mejor de sí. Cada quién parecía estar ladrando y aullando. Todos parecían pitar y chiflar.

Pero todo este alboroto y estruendo no era suficiente. TENÍA que encontrar alguien que lo ayude a hacer más. Corrió por los edificios. Buscó en cada piso. Y, justo cuando pensó no llegaría a ninguna parte, justo cuando estaba por darse por vencido en desesperanza, el Mayor atravesó violentamente una puerta y descubrió al holgazán. Bien escondido en los departamentos Fairfax (departamento 12-J) un holgazán muy pero muy pequeño llamado Jo-jo estaba de pie rebotando un Yo-Yo. ¡No emitía sonido! Ni un pitido. Ni un pío. Y el Mayor se apresuró adentro y tomó al joven tonto. Y trepó con el muchacho a la torre Eiffelberg. "Esta," gritó el Mayor", "es la hora más oscura de tu pueblo. El tiempo de que todos los Quién que tengan sangre roja vengan a la ayuda de este país", dijo, "Tenemos que hacer ruido en grandes cantidades. Así que, abre tu boca, muchacho. Porque cada voz cuenta". Así habló mientras trepaban. Cuando llegaron a la cima, el muchacho se aclaró la garganta y gritó: “Yopp!”

Y ese Yopp… Ese pequeño Yopp extra lo logró. Finalmente, por fin, se escucharon las voces de la mota en el trébol. Sonaron claras y limpias. "Y el elefante sonrió. "¿Ves lo que quiero decir?... Demostraron que SON personas, no importa cuán pequeñas sean. ¡Y el mundo entero fue salvado por el más pequeño de TODOS!” “¡Cuánta verdad! Sí, cuánta verdad,” dijo el canguro grande. “Y, desde ahora en adelante, ¿sabes qué planeo hacer?... ¡De ahora en más, voy a protegerlos contigo!” Y el joven canguro dentro de su bolsa dijo…“¡…YO, TAMBIÉN! Del sol en el verano. De la lluvia cuando sea otoño. Los protegeré. No importa cuán pequeños sean"".