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miércoles, 11 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap X - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap IX - Philip K. Dick"

 CAPÍTULO X


El edificio de la corte de justicia de la calle Mission, en cuyo terrado se aprestaba a aterrizar, estaba coronado por una serie de ornamentadas y barrocas agujas. La hermosa estructura, moderna y compleja, atrajo a Rick, excepto por un detalle. Jamás la había visto antes.
El patrullero se posó. Pocos minutos después le tomaban los datos.
—Artículo 304 —dijo Crams al sargento sentado detrás del alto escritorio—Y también 612,4 y además..., veamos: hacerse pasar por policía...
—406,7 —dijo el sargento, llenando un formulario. Escribía lentamente, con cierto aire de aburrimiento. Su expresión parecía decir “asunto de rutina, nada importante”.
—Venga aquí —ordenó Crams, llevando a Rick hasta una pequeña mesa blanca donde un técnico manipulaba un equipo conocido—El registro cefálico — explicó—Para su identificación.
—Ya lo sé —respondió Rick, con brusquedad. En los viejos tiempos, cuando él era un mero agente, había conducido a numerosos sospechosos a una mesa semejante. Pero no a esta misma.
Una vez obtenido el registro cefálico lo llevaron a una habitación igualmente familiar. Con filosofía empezó a reunir los objetos de valor que llevaba para entregarlos. No tiene sentido, se repetía. ¿Quién es esta gente? Y si este lugar ha existido siempre, ¿cómo no sabíamos nada? ¿Y por qué ellos no nos conocen? Dos agencias policiales paralelas, se dijo. La nuestra y esta otra. Y por lo que sé, jamás han estado en contacto. Hasta ahora. O quizás haya sido así, y no sea ésta la primera vez. Pero es difícil creer que eso no hubiera ocurrido antes. Siempre que esto realmente sea una institución policial, como pretende ser. 

Un hombre en traje de paisano se acercó a Rick Deckard con paso sereno y medido.

—¿Y éste? —preguntó a Crams.
—Sospechoso de homicidio —respondió el nombrado—Encontramos un cuerpo en su coche, y él afirma que es un androide. Hemos pedido el análisis de médula al laboratorio. Se hacía pasar por un policía, un cazador de bonificaciones. Y así logró penetrar en el camarín de una actriz para hacerle preguntas inmorales. Ella sintió dudas y nos llamó —Crams retrocedió un paso y agregó—: ¿Quiere usted ocuparse de él, señor?
—Sí, está bien —el oficial de paisano tenía ojos azules, nariz fina y boca inexpresiva; miró a Rick y luego cogió su cartera—¿Qué tiene usted aquí, señor Deckard? 
—El equipo necesario para el test de personalidad de Voigt-Kampff — respondió Rick—Aplicaba el test a una persona sospechosa cuando fui arrestado —miró cómo el oficial revisaba el contenido de la cartera, examinando cada objeto—Las preguntas que le hice a la señorita Luba Luft son el cuestionario corriente del test de Voigt-Kampff, impreso en...
—¿Conoce usted a George Gleason y a Phil Resch? —preguntó el funcionario.
—No —replicó Rick. No conocía ninguno de esos dos nombres.
—Son los cazadores de bonificaciones de California del Norte. Ambos pertenecen a nuestro departamento. Quizá los conocerá aquí. ¿Es usted un androide, señor Deckard? Se lo pregunto porque en varias ocasiones hemos visto andrillos fugitivos que se hacían pasar por cazadores de bonificaciones de otro estado. Decían haber venido aquí en busca de un sospechoso.
—No soy un androide —dijo Rick—Puede aplicarme el test de Voigt-Kampff. Ya me lo han hecho y no me importa repetirlo. Pero sé cuál será el resultado. ¿Puedo telefonear a mi esposa?
— Está autorizado para hacer una sola llamada. ¿Prefiere hablar con ella y no con un abogado?
—Llamaré a mi esposa —respondió Rick—Ella me conseguirá un abogado.

El oficial de paisano le alcanzó una moneda de cincuenta céntimos y le indicó:
—Ahí está el videófono —siguió a Rick con la mirada y continuó examinando  el contenido de la cartera.

Rick metió la moneda y llamó a su casa. Esperó lo que le pareció una eternidad.

—Hola —dijo una cara de mujer que apareció en la pantalla. No era Irán.

Colgó y retornó lentamente al lado del funcionario.
—¿No ha tenido suerte? —preguntó éste—Puede hacer otra llamada. Tenemos una política abierta en ese sentido. No puedo ofrecerle la oportunidad de llamar a un fiador, porque su delito no es excarcelable, por ahora. Sin embargo, cuando se inicie el proceso...
—Lo sé —dijo secamente Rick—Estoy familiarizado con los procedimientos policiales.
—Aquí está su cartera —dijo el oficial, extendiéndosela—Venga a mi despacho... Me gustaría hablar más con usted —se dirigió a un pasillo lateral, seguido por Rick. En el despacho, se volvió—Mi nombre es Garland —le tendió la mano y cambiaron un apretón—Siéntese —dijo Garland, dirigiéndose hacia el lado opuesto de un gran escritorio muy ordenado.
Rick se sentó.
—Este test de Voigt-Kampff a que usted se refiere, y el material que trae — Garland indicó la cartera de Rick mientras llenaba y encendía una pipa—, ¿es un instrumento analítico para detectar androides? —echó una bocanada. 
—Es nuestro método básico —respondió Rick—El único que empleamos normalmente, y el único que puede distinguir la nueva unidad cerebral Nexus-6. ¿No ha oído hablar de él?
—Conozco varios métodos de análisis de perfil aplicables a los androides.

Pero éste no continuó estudiando a Rick con interés. Su rostro inexpresivo no permitía que Rick adivinara sus pensamientos.
—Y esas copias al carbón que tiene usted en la cartera —continuó Garland—, Polokov, señorita Luft... Sus misiones como cazador... Según esa lista, el próximo soy yo.

Rick lo miró y cogió su cartera.
En un momento las copias estuvieron desplegadas ante sus ojos. Garland había dicho la verdad. Rick examinó la hoja. Ningún hombre, o al menos ni él ni Garland, habló durante un tiempo. Finalmente, Garland carraspeó y tosió nerviosamente.

—No es una sensación agradable encontrar de repente que uno se cuenta entre las personas que debe retirar un cazador de bonificaciones. O lo que sea usted, Deckard —oprimió una tecla en su intercomunicador y habló—: Envíeme a alguno de los cazadores de bonificaciones, no me importa cuál. Está bien, gracias —soltó la tecla— Phil Resch estará aquí dentro de un momento. Me gustaría ver su lista antes de proseguir.
—¿Cree usted que yo podría figurar en la lista de él? —preguntó Rick.
—Es posible. Pronto lo sabremos. En un asunto crítico, como éste, es mejor asegurarse y no dejar nada librado a la casualidad. Ese informe —señaló la copia al carbón— no me cita como inspector de policía. Erróneamente afirma que mi profesión es la de vendedor de pólizas de seguro. En otros aspectos la descripción física, la edad, los hábitos personales, la dirección personal, es correcto. Sin duda se trata de mí. Examínelo usted mismo —le extendió el folio a Rick, que lo cogió y lo leyó.

Se abrió la puerta y entró un hombre alto, delgado, de rasgos duros, con gafas de asta y una enmarañada barba a lo Van Dick. Garland se puso de pie y presentó a Rick.

—Phil Resch, Rick Deckard. Por ser ambos cazadores de bonificaciones, conviene que os conozcáis.

Mientras apretaba la mano de Rick, Phil Resch dijo:
—¿En qué ciudad trabaja? 
Garland respondió por Rick:
—En San Francisco. Mire las instrucciones que tiene, y el próximo caso que se le encomienda—alcanzó a Phil Resch el folio que Rick había estado examinando.
—Pero ¿cómo Gar? —dijo Phil Resch—Es usted.
—Y hay más —continuó Garland—También está Luba Luft, la cantante de ópera, y Polokov. ¿Recuerda a Polokov? Ahora está muerto. Este cazador de bonificaciones o androide o lo que sea lo ha matado, y en este momento están haciendo el análisis de médula en el laboratorio, para ver si hay algún motivo de...
—He hablado con Polokov —recordó Phil Resch— Es esa especie de Santa Claus de la policía soviética, ¿verdad? —reflexionó, tironeando de su barba—No me parece mala idea hacerle un análisis de médula.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Garland, visiblemente fastidiado—Lo hacemos solamente para eliminar toda posible base legal del crimen. De otro modo este hombre, Deckard, podría afirmar que no ha matado a nadie, que se ha limitado a “retirar un androide”.
—Polokov me pareció un hombre muy frío —dijo Resch—Extremadamente cerebral, calculador, distante...
—Muchos policías soviéticos son así —repuso Garland con irritación.
—A Luba Luft no la he visto nunca —continuó Resch—, pero he oído sus grabaciones. ¿Le hizo el test? —preguntó a Rick.
—Había empezado —respondió éste—, pero no pude obtener resultados concluyentes. Llamó a un policía que me detuvo.
—¿Y a Polokov?
—No tuve la posibilidad.
—Y supongo que tampoco la ha tenido para hacerle el test al inspector Garland —dijo Resch, casi para sí mismo.
—Por supuesto que no —exclamó Garland, con la cara contraída de indignación, en tono amargo y cortante.
—¿Qué test emplea?
—El de Voigt-Kampff.
—No lo conozco —tanto Resch como Garland parecían sumidos en rápidas y profundas reflexiones profesionales, aunque muy distintas—Pero siempre he creído que el lugar más seguro para un androide era una gran organización policial como la WPO. Desde que lo conocí, siempre quise aplicarle el test a Polokov, pero no había un pretexto válido. Y jamás habría existido. Por eso digo que un lugar así sería ideal para un androide emprendedor.
Poniéndose lentamente de pie, Garland encaró a Phil Resch.
—Y ha pensado también en aplicarme el test a mí, ¿verdad?
En la cara de Resch apareció una discreta sonrisa. Empezó a responder, luego se encogió de hombros y guardó silencio. No parecía temer a su superior, a pesar de la evidente furia de Garland.
—Este hombre —dijo Garland—, o este androide, Rick Deckard, dice venir de una institución policial fantasmagórica, alucinatoria, inexistente, que funciona en el viejo cuartel de la calle Lombard. Emplea un test del que nadie ha oído hablar. No tiene una lista de androides, sino de seres humanos. Ya ha matado a uno. Y si la Luft no hubiese logrado adelantarse, probablemente la habría matado, para venir luego a olisquear a mi alrededor.
—Hm —dijo Resch.
—Hm —imitó Garland, enfadado. Parecía estar al borde de la apoplejía— ¿Eso es todo lo que se le ocurre? 
Una voz de mujer dijo por el intercomunicador:
—Inspector Garland: ha llegado el informe del laboratorio acerca del cadáver del señor Polokov.
—Deberíamos enterarnos —dijo Resch.

Garland lo miró indignado. Luego se inclinó y tocó la tecla.

—Díganos, señorita French.
—El análisis de médula revela que el señor Polokov era un robot humanoide —dijo la señorita French—¿Desea usted el informe detallado?
—No, es suficiente —Garland se sentó en su sillón mirando hacia la pared opuesta, en silencio. 
Resch preguntó:
—¿Cuál es el fundamento del test de Voigt-Kampff, señor Deckard?
—La respuesta empática en varias situaciones sociales. En su mayoría relacionadas con animales.
—El nuestro es probablemente más sencillo —dijo Resch—El arco reflejo que se produce en los ganglios superiores de la columna vertebral demora varios microsegundos más en el robot humanoide que en el sistema nervioso humano — se inclinó sobre el escritorio del inspector Garland y cogió un bloc de Papel, en el que trazó un esbozo con un bolígrafo—Utilizamos una señal sonora o un flash luminoso. El entrevistado oprime un botón y se mide el tiempo transcurrido. Por supuesto, hay que hacer varias medidas, porque ese tiempo varía tanto en el andrillo como en el ser humano. Pero después de diez ensayos el resultado puede considerarse digno de confianza. Y como le ha ocurrido a usted en el caso de Polokov, el análisis de médula confirma ese resultado.
Hubo un intervalo de silencio. Luego, Rick dijo:
—Puede aplicarme su test. Estoy listo. Y naturalmente, me agradaría ponerlo a usted a prueba, si está de acuerdo.
—Naturalmente —respondió Resch, mientras miraba a Garland—Durante años he sostenido que el test del Arco Reflejo de Boneli debería ser aplicado rutinariamente al personal policial, y de modo especial en el personal de alta graduación. ¿No es así, inspector?
—Así es —reconoció Garland—Y yo me he opuesto siempre por considerar que afectaría la moral del departamento.
—Pues se me ocurre que ahora debería usted reconsiderarlo —dijo Rick—, en vista del informe de su laboratorio acerca de Polokov.

Continúa la historia leyendo "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap XI - Philip K. Dick"

lunes, 9 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap IX - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VIII - Philip K. Dick"


 CAPÍTULO IX


En el inmenso vientre de ballena de piedra y metal que era el interior de la Opera, Rick Deckard veía que se estaba desarrollando un ensayo ruidoso, resonante y no del todo logrado. Inmediatamente reconoció la música: La flauta mágica, de Mozart. Las últimas escenas del primer acto. Los esclavos, es decir el coro, se habían adelantado un compás, estropeando así el ritmo sencillo de las campanas milagrosas.

Un placer. Le encantaba La flauta mágica. Se sentó en una butaca de la platea (nadie parecía reparar en él) y se instaló allí cómodamente. En ese momento, Papageno, con su fantástica pelliza de plumas, se unía a Pamina para cantar un dúo que a Rick le llenaba los ojos de lágrimas cada vez que lo evocaba.
Könnte jeder brave Mann
solche Glöckchen finden,
seine Feinde würden dann
ohne Mühe schwinden.
En la vida real, pensaba Rick, no hay campanillas mágicas como ésas para hacer que el enemigo desapareciera sin el menor esfuerzo. Era una lástima.

Mozart había muerto poco después de terminar La flauta mágica, a causa de una enfermedad renal. Y había sido enterrado en la fosa común, sin identificación.

Al recordarlo, se preguntó si Mozart habría tenido la intuición de que el futuro no existía, de que ya había utilizado todo su breve tiempo. Quizá también yo lo haya hecho, pensó Rick mientras contemplaba el ensayo. Este ensayo terminará, la representación también, los cantantes morirán y finalmente la última partitura de la música será destruida de un modo u otro, el nombre de Mozart se desvanecerá y el polvo habrá vencido, si no en este planeta en otro cualquiera. Sólo podemos escapar por un rato. Y los andrillos pueden escapar de mí, y sobrevivir un rato más. Pero los alcanzaré, o lo hará algún otro cazador de bonificaciones. En cierto modo, observó, yo soy una parte del proceso de destrucción entrópica de las formas. La Rosen Association crea y yo destruyo. O al menos, eso debe parecerle a los androides.

En el escenario, Papageno y Pamina dialogaban: interrumpió sus reflexiones para escuchar.
Papageno: Hija mía, ¿qué debemos decir ahora?
Pamina: La verdad. Eso es lo que diremos.
Rick se inclinó hacia adelante y estudió a Pamina. Un pesado manto la envolvía, y el velo que caía de su tocado cubría su cara y sus hombros. Volvió a examinar el informe y se echó atrás, satisfecho. Este es el tercer androide Nexus-6 que veo, pensó: Luba Luft. El sentimiento que exige su rol parece levemente irónico. Un androide fugitivo puede parecer una mujer vital, activa y hermosa; pero difícilmente puede decir la verdad acerca de sí mismo. 

Luba Luft cantaba, y a Rick le asombró la calidad de su voz. Estaba a la altura de las mejores de su colección de antiguos registros. No se podía negar que la Rosen Association la había construido maravillosamente. Y una vez más se vio a sí mismo sub especie aeternitatis como un destructor de formas obligado a actuar por lo que allí oía y veía. Tal vez soy tanto más necesario cuanto mejor cantante sea, se dijo, cuanto mejor funcione. Si los androides se hubiesen mantenido en el nivel discreto del antiguo Q-40, de Derain Associates, por ejemplo, entonces no habría ningún problema ni sería necesaria mi habilidad. Me pregunto cuándo atacaré. Lo antes posible, supongo. Al final del ensayo, cuando ella vuelva a su camarín. 

El ensayo quedó interrumpido al final del primer acto. El director dijo en inglés, francés y alemán que continuarían una hora y media más tarde, y se marchó. Los músicos abandonaron sus instrumentos y también salieron. Rick se puso de pie y se dirigió a los camarines por detrás del escenario, siguiendo a los últimos miembros del elenco, y tomándose tiempo para reflexionar. Lo mejor es resolverlo de inmediato, se dijo. Me demoraré lo menos posible en hablar con ella y aplicarle el test. Apenas esté seguro... Pero, técnicamente, no podía estar seguro mientras no hiciera el test. Dave podía haberse equivocado. Ojalá. Pero lo dudaba. Su sentido profesional le decía que estaba en lo cierto. Y en los años que llevaba en el departamento jamás había cometido un error...
Detuvo a un comparsa y le preguntó por el camarín de la señorita Luft. El hombre, maquillado y vestido como un lancero egipcio, se lo indicó. Rick llegó a la puerta señalada y vio una tarjeta escrita con tinta que ponía MISS LUFT. PRÍVATE. Golpeó.

—Adelante.
Entró. La muchacha estaba sentada ante su tocador, con una usada partitura abierta sobre las rodillas haciendo señales aquí y allá con un bolígrafo. Todavía conservaba su maquillaje y su ropa, excepto su toca, colocada en una percha. 

—¿Sí? —dijo ella, alzando la vista. La pintura facial agrandaba sus ojos; castaños, enormes, se clavaron en él sin vacilar—Estoy trabajando, como usted puede ver —su inglés no tenía el menor acento extranjero.
—Usted es superior a la Schwartkopf —dijo Rick.
—Y usted, ¿quién es? —su tono expresaba una fría reserva, y también ese otro frío que había encontrado en tantos androides. Siempre lo mismo. Un intelecto maravilloso, la capacidad de hacer muchas cosas, pero también esa frialdad. Lo lamentaba. Y sin embargo, sin ella no le habría sido posible rastrearlos.
—Pertenezco al departamento de policía de San Francisco —respondió.
—¿Sí? ¿Y qué desea aquí? —los intensos ojos no parpadearon en la respuesta.

La voz, curiosamente, parecía cortés. Rick se sentó en una silla y abrió su cartera.
—He venido a hacerle un test de perfil de personalidad. No llevará más de unos minutos.
—¿Es necesario? —señaló su partitura—Tengo mucho que hacer — comenzaba a mostrarse aprensiva.
—Es necesario —Rick extrajo los instrumentos de Voigt-Kampff y empezó a prepararlos.
—¿Un test de CI?
—No. De empatía.
—Tengo que ponerme las gafas —se movió para abrir una gaveta de su tocador.
—Si puede anotar su partitura sin las gafas también puede hacer sin ellas el test. Le mostraré algunas figura y le haré unas preguntas. Mientras tanto... —se puso de pie, se acercó a ella e inclinándose, ajustó el disco adhesivo de malla metálica sensible a su mejilla—Y esta luz —agregó, ajustando el ángulo del haz de luz—, y ya está.
—¿Cree que soy una androide? ¿Es por eso? —su voz parecía desvanecida— No lo soy. Jamás he estado en Marte, jamás he visto siquiera un androide —sus pestañas alargadas temblaron involuntariamente; él advirtió que trataba de mostrarse tranquila—¿Ha recibido usted la información de que hay un androide en el elenco? Me gustaría ayudarle. Si fuera una androide no querría hacerlo.
—A un androide no le importa lo que le ocurra a otro androide —respondió él—Esa es una de las señales que buscamos.
—Entonces —dijo la Luft—, usted debe ser un androide. 
Eso lo detuvo. La miró.

—Puesto que su trabajo consiste en matarlos, ¿no es verdad? Es usted lo que llaman... —trató de recordar.
—Un cazador de bonificaciones. Pero no un androide.
—Y el test que quiere aplicarme —dijo, recuperando la voz—, ¿se lo han hecho a usted?
—Sí. Hace mucho, mucho tiempo. Cuando empecé a trabajar en el departamento.
—Podría ser una falsa memoria. ¿No se implantan, a veces, falsas memorias en los androides?
—Mis superiores conocen mi test —dijo Rick—Es obligatorio.
—Pero quizás había una persona que se le parecía, y de algún modo usted lo mató y ocupó su lugar. Y sus jefes no tendrían por qué saberlo —sonrió, como invitándolo a estar de acuerdo.
—Continuemos con el test —dijo él, sacando los folios de preguntas.
—Haré el test —dijo Luba Luft—, si antes lo hace usted. Nuevamente la miró.

Se detuvo en seco.
—¿No sería eso más justo? —preguntó ella—Así también yo estaría segura de usted. No sé. Me parece un hombre tan duro y extraño... —se estremeció y volvió a sonreír, con esperanza.
—No podría usted hacerme el test de Voigt-Kampff; exige una experiencia considerable. Ahora escuche atentamente. Las preguntas se refieren a situaciones sociales en que usted podría verse; deseo que me conteste usted qué haría en ese caso. Y que la respuesta sea lo más rápida posible. Uno de los factores que tenemos en cuenta es la demora, cuando la hay —eligió la pregunta inicial—Está usted
mirando la TV y repentinamente descubre que una avispa trepa por su brazo — miró el reloj para contar los segundos, y también los medidores gemelos.
—¿Qué es una avispa? —preguntó Luba Luft.
—Un bicho volador que pica.
— ¡Qué extraño! —sus ojos inmensos se llenaron de reconocimiento infantil, como si le hubieran revelado el misterio cardinal de la creación—¿Todavía existen? Jamás he visto una.
—Murieron a causa del polvo. ¿No sabe, realmente, qué es una avispa? Sin embargo, usted nació cuando todavía había avispas; sólo desaparecieron en...
—Dígame cómo se llaman en alemán.

Trató en vano de recordar la palabra, y dijo irritado:
—Su inglés es perfecto.
—Mi acento es perfecto —corrigió ella—Es necesario; de otro modo no podría cantar Purcell, Walton o Vaughan Williams. Pero mi vocabulario no es muy extenso —miró a Rick con modestia.
—Wespe —recordó él, de repente.
—Ach, sí, eine Wespe —se rió—Pero, ¿cuál era la pregunta?
—Probaremos con otra —era imposible obtener una respuesta significativa-. Usted ve una vieja película, anterior a la guerra, en la TV. El entrante -omitió la primera parte- consiste en perro cocido, relleno de arroz.
—Nadie mataría ni comería un perro -dijo Luba Luft—Valen una fortuna. Pero sería un perro de imitación, un ersatz, ¿verdad? Aunque entonces estaría hecho de cables y motores y no se podría comer.
—Antes de la guerra —subrayó él.
—Pero yo no había nacido.
—Ha visto viejas películas en TV.
—¿Esa estaba filmada en las Filipinas?
—¿Por qué?
—La gente comía perro cocido relleno de arroz en las Filipinas. Recuerdo haberlo leído.
—Pero su respuesta —insistió Rick—Quiero su reacción social, emocional, moral...
—¿A la película? —Luba reflexionó—Cambiaría de programa y vería el del Amigo Buster.
—¿Porqué?
—¿A quién puede interesarle una vieja película filmada en las Filipinas? — dijo ella vivamente— Sólo una cosa recuerdo que haya ocurrido allá: la Marcha de Bataán. ¿Vería usted eso? —lo miró irritada; las agujas giraban en todas direcciones.

Después de una pausa, él dijo cuidadosamente:
—Ha alquilado una casita en la montaña.
—Ja. Continúe. Estoy esperando.
—La zona es todavía exuberante.
—¿Cómo? —ahuecó la mano en torno del oído—Perdón, no conozco el término.
—Todavía crecen árboles y arbustos. La casita es de nudosos troncos de pino y hay un gran hogar. Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y...
—No comprendo “Currier”, “Ives” ni “ambiente” —respondió Luba Luft, que parecía esforzarse por localizar las palabras—Un momento —alzó la mano, con gravedad— Con arroz, como el perro... Currier es lo que hace, del arroz, arroz con currier... Pero se dice curry en alemán.

Rick no podía determinar si la niebla semántica de Luba Luft era deliberada. Después de consultarlo consigo mismo decidió intentar un nuevo punto del cuestionario. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Ha salido con un hombre que la invita a visitar su casa. Una vez allí...
—Oh, nein —estalló Luba—Jamás iría. Eso es fácil de responder.
— ¡Pero no es ésa la pregunta!
—¿Se ha equivocado de pregunta? ¡Si ésa yo la comprendía...! ¿Por qué cuando yo comprendo una pregunta dice usted que ésa no es? ¿Acaso se trata de que yo no comprenda? —agitada, nerviosa, se frotó la mejilla y arrancó el disco adhesivo, que cayó al suelo, rodó y se metió debajo del tocador—Ach Gott — murmuró, inclinándose para recogerlo.
Se oyó un ruido de tela rasgada, su elaborado traje...

—Yo lo buscaré —dijo Rick. La ayudó a incorporarse, y se arrodilló. Hurgaba a ciegas debajo del mueble, y por fin sus dedos encontraron el disco. 

Cuando se puso de pie, estaba frente a un tubo láser.
—Sus preguntas estaban empezando a referirse al sexo —dijo Luba Luft en voz frágil y formal—Ya lo veía venir. Usted no es un policía; es un maniático sexual.
—Puede mirar mi carnet —llevó la mano al bolsillo de la chaqueta; era una mano temblorosa, como cuando había enfrentado a Polokov.
—Si toca el bolsillo lo mataré —dijo Luba Luft.
—Lo hará de todos modos —se preguntó qué habría ocurrido si hubiera esperado a que Rachael Rosen se reuniera con él. Pero de nada valía pensar en eso ahora.
—Quiero ver el resto del cuestionario —ella tendió la mano y él, de mala gana, le alcanzó los folios—“Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo color de una chica desnuda”. Está bien claro. “Ha quedado usted embarazada de un hombre que le ha prometido casamiento. El hombre se marcha con otra mujer, su mejor amiga. Usted aborta.” La intención de su cuestionario es obvia. Voy a llamar a la policía. 
Sin dejar de apuntarle con el tubo láser, atravesó la habitación, cogió el videófono y pidió a la operadora:
—Llame al departamento de policía de San Francisco. Necesito que venga un agente.
—Ha tenido usted una excelente idea —dijo Rick, con alivio. Sin embargo, le parecía extraño que Luba hubiera adoptado esa decisión. ¿Por qué no lo mataba directamente? Una vez que el policía de la patrulla estuviese allí, ella no tendría ninguna posibilidad y él triunfaría. 

Debe creer que es humana, se dijo. Obviamente no sabía.
Unos minutos más tarde —Luba lo mantuvo cuidadosamente encañonado con el tubo láser— llegó un agente de policía. Era de gran corpulencia, y llevaba el arcaico uniforme azul con la estrella y la pistola.

—Muy bien —dijo al llegar—Aparte eso —Luba depositó el tubo láser, que el policía examinó para ver si tenía carga—¿Qué ha ocurrido aquí? —le preguntó a ella, y antes de que pudiera contestarle se volvió hacia Rick y le preguntó—: ¿Quién es usted?

Luba Luft respondió:
—Entró en mi camarín; no lo había visto en mi vida. Dijo que venía a hacer una encuesta y que deseaba hacerme unas preguntas. Pensé que era normal y le dije que sí. Y entonces empezó a hacerme preguntas obscenas.
—Documentos —dijo el agente, con la mano extendida. Mientras extraía su carnet, Rick dijo:
—Soy cazador de bonificaciones del departamento.
—Conozco a todos los cazadores de bonificaciones —dijo el policía mientras examinaba los papeles de Rick—¿Del departamento de San Francisco?
—Mi jefe es el inspector Bryant —respondió Rick—He tomado a mi cargo la misión de Dave Holden, ahora que Dave está en el hospital.
—Como le he dicho, conozco a todos los cazadores de bonificaciones —dijo el hombre—Y jamás he oído hablar de usted —le devolvió el carnet.
—Llame al inspector Bryant —pidió Rick.
—No hay ningún inspector Bryant —repuso el agente. Rick comprendió bruscamente qué ocurría.
—Usted es un androide —le dijo al agente—Igual que la señorita Luft —se dirigió al videófono y cogió el receptor—Voy a llamar al departamento —se preguntaba hasta dónde llegaría antes de que los dos androides lo detuvieran.
—El número es... —dijo el policía.
—Lo conozco —replicó Rick mientras llamaba. Cuando apareció la telefonista, pidió—: Con el inspector Bryant.
—¿Quién habla, por favor?
—Rick Deckard —se quedó esperando mientras el policía le tomaba declaración a Luba Luft. 
Ninguno de ambos le prestaba atención. Después de una pausa apareció en la pantalla la cara de Harry Bryant. 

—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Hay algunas complicaciones —repuso Rick—Uno de los que estaba en la lista de Dave logró llamar para que viniera un supuesto patrullero. No puedo probarle quién soy; dice que conoce a todos los cazadores de bonificaciones del departamento, pero que jamás ha oído hablar de mí. Y tampoco de usted.
—¿No puedo hablar con él? —dijo Bryant.
—El inspector Bryant desea hablar con usted —Rick extendió el receptor del videófono al hombre, que se acercó después de interrumpir su interrogatorio a Luba Luft.
—Agente Crams —dijo el hombre, hubo una pausa—¿Hola? —escuchó, dijo “hola” varias veces, aguardó y luego se volvió hacia Rick—No hay nadie en la línea. Y tampoco en la pantalla —señaló.

Rick comprobó que era cierto, y cogiendo el receptor de sus manos, dijo:
—¿Señor Bryant? —escuchó y esperó, pero sin resultados—Volveré a llamar —colgó y luego marcó el número familiar. La campanilla sonaba, pero nadie atendía. Sonó largamente.
—Permítame hacer la prueba —dijo el agente Crams—Debe haber marcado mal. El número es 842...
—Conozco el número —interrumpió Rick.
—Agente Crams —dijo el policía—¿Hay en el departamento un inspector Bryant? —una breve pausa—¿Y un cazador de bonificaciones llamado Rick Deckard? —otra pausa—¿No hay ninguna duda? ¿No podría ser que hubiera ingresado hace poco? Ah, está bien. Perfecto. Gracias. No, está bajo mi control —el policía colgó y miró a Rick.
—El inspector estaba en la línea —dijo Rick—Yo hablé con él, y pidió hablar con usted. Debe de haber un desperfecto en el videófono. Por algún motivo se habrá cortado la conexión. ¿No vio usted a...? 
La cara de Bryant apareció en la pantalla y luego desapareció —se sentía confundido.

—Aquí tengo la declaración de la señorita Luft, Deckard. Acompáñeme a la corte de justicia.
—Está bien —respondió Rick. Y agregó, dirigiéndose a Luba Luft—: Volveré dentro de un rato. Aún no he terminado con el test.
—Es un obseso —le dijo Luba Luft al agente Crams—Me da miedo.
—¿Qué ópera está ensayando? —preguntó Crams.
—La flauta mágica —contestó Rick.
—Se lo he preguntado a ella, no a usted —el policía lo miró con disgusto.
—Estoy ansioso por llegar a la corte de justicia —dijo Rick—, y porque este asunto se resuelva de una vez —se dirigió hacia la puerta del camarín con su cartera.
—Antes lo voy a examinar —Crams procedió a hacerlo, diestramente, y se apoderó del revólver y del tubo láser de Rick. Olió el caño del arma reglamentaria y afirmó—: Ha sido disparado hace poco.
—Acabo de retirar un andrillo —reconoció Rick—Los restos se encuentran todavía en mi coche, en el terrado.
—Muy bien. Iremos a ver.

Mientras los dos hombres salían del camarín, la Luft los siguió hasta la puerta.

—No volverá, ¿verdad, agente? Tengo verdaderamente miedo de él. Es una persona muy extraña.
—Si tiene en su coche el cadáver de un ser humano, no volverá —respondió Crams. Empujó con el codo a Rick y ambos se dirigieron al ascensor.

Subieron al terrado de la Opera. El agente Crams abrió la puerta del coche de Rick e inspeccionó silenciosamente el cuerpo de Polokov.

—Un androide —explicó Rick—Me enviaron a abatirlo. Estuvo a punto de matarme. Pretendía ser...
—Ya le tomarán declaración en la corte de justicia —interrumpió Crams, y condujo a Rick a su propio coche policial. Desde allí llamó para pedir que vinieran a recoger el cuerpo de Polokov-. Pues bien, Deckard —dijo, poniendo en marcha el coche—Vamos.
El patrullero aéreo se elevó del terrado y se dirigió al sur. Rick advirtió que algo no marchaba como debía. Crams no llevaba la dirección correcta.

—La corte de justicia está hacia el norte —dijo—, en la calle Lombard.
—Esa era la vieja corte de justicia —repuso Crams—La nueva está en la calle Mission. Ese antiguo edificio se está desintegrando; nadie lo usa desde hace años. ¿Tanto tiempo ha pasado desde la última vez que estuvo en la cárcel?
—Lléveme allá —insistió Rick—, a la calle Lombard —ahora lo comprendía todo; esto era obra de los androides, que trabajaban conjuntamente. No sobreviviría a este viaje. Era el fin. A Dave casi le había ocurrido, y probablemente terminaría por morir así.
—Esa chica no está mal —comentó Crams—Por supuesto, con esa ropa no se puede apreciar su figura. Pero yo diría que está muy bien.
—¿Por qué no reconoce que es usted un androide? —preguntó Rick.
—No veo por qué. Yo no soy un androide. ¿Así que usted anda por ahí, matando gente, convencido de que son androides? Ya veo por qué estaba asustada la señorita Luft. Ha sido un acierto que nos llamara.
—Entonces lléveme a la calle Lombard.
—Como le he dicho...
—Nos llevará tres minutos —continuó Rick—Quiero ver la corte. Voy a trabajar allá todas las mañanas. Me gustaría ver si está abandonada hace años, como usted dice.
—Quizá sea usted un androide —contestó Crams—, con una falsa memoria, como los hacen ahora. ¿Nunca se le ha ocurrido? —sonrió fríamente mientras continuaba rumbo al sur.

Consciente de su derrota y su fracaso, Rick se echó atrás en el asiento, y esperó los acontecimientos. Cualquiera que fuese el plan de los androides, estaba físicamente en poder de ellos.
Pero he logrado matar a uno, se dijo. A Polokov.
Y Dave mató a dos...
Sobre la calle Mission, el coche aéreo policial se preparó para el descenso.


Continúa la historia leyendo "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap X - Philip K. Dick"

domingo, 8 de julio de 2012

¡La verdadera historia de los tres cerditos! - Jon Scieszka

Mi profesora de historia solía decir que la "Historia" la escriben los que ganan, y que por eso siempre sólo conoceremos un lado de la moneda... 
Ni hablar de la manipulación de los hechos que suele hacer la prensa...
Tal parece haber sido el caso con el cuento "Los tres chanchitos" que nos contaron cuando eramos chicos...
A continuación, lo que realmente sucedió... según nos cuenta el lobo... y cómo fue que los periodistas lo convirtieron en El Lobo Feroz.
Pobre Sr. Lobo, al final ¡es un incomprendido! :D



 ¡LA VERDADERA HISTORIA DE LOS TRES CERDITOS!

Por S. Lobo

Seguro que todos
conocen el cuento de los tres
cerditos. O al menos creen que lo
conocen. Pero les voy a contar un
secreto. Nadie conoce la verdadera
 historia porque nadie ha escuchado
 mi versión del cuento.


Yo soy el lobo Silvestre B. Lobo.
Pueden llamarme Sil.
No sé como empezó todo este asunto del lobo feroz
pero es todo un invento.


A lo mejor, el problema es lo que comemos.
Y bueno, no es mi culpa que los lobos coman animalitos tiernos, tales
como conejitos, ovejas y cerdos. Así es como somos. Si las hamburguesas
con queso fueran tiernas, la gente pensaría que ustedes son
feroces también.


Pero como les decía,
todo este asunto del lobo feroz es un invento.
La verdadera historia es la de un 
estornudo y una taza de azúcar.


Hace mucho, en el tiempo de "Había
una vez", yo estaba preparando una
torta de cumpleaños para mi querida
abuelita.
Tenía un resfriado terrible.
Y me quedé sin azúcar.


De manera que caminé hasta la casa de mi vecino para pedirle una taza de azúcar. Pues bien resulta que este vecino era un cerdito. Y además, no era demasiado listo, que digamos. Había construido su casa toda de paja. ¿Se imaginan? ¿Quién con dos dedos de frente construiría una casa de paja?


Desde luego, tan pronto como toqué a la puerta, se derrumbó. Yo no
quería meterme en la casa de alguien así como así. Por eso llamé:
- Cerdito, cerdito, ¿estás en casa?
Nadie respondió. Estaba a punto de regresar a mi casa sin la taza
de azúcar para la torta de cumpleaños de mi querida abuelita.


Entonces me empezó a picar la nariz.
Sentí que iba a estornudar.
Soplé.
Y resoplé.


Y lancé un tremendo estornudo


¿Y saben lo que pasó? La dichosa casa de paja se vino abajo. Y allí, en
medio del montón de paja, estaba el primer cerdito, bien muertecito.
Había estado en la casa todo el tiempo.

Me pareció una lástima dejar una buena cena de jamón tirada sobre
la paja. Por eso me lo comí.
Piensen lo que harían ustedes si encontraran una hamburguesa
con queso.


Me sentí un poco mejor. Pero todavía me faltaba mi taza de azúcar.
De manera que me dirigí a la casa de mi siguiente vecino.
Este vecino era el hermano del primer cerdito.
Era un poco más inteligente, pero no mucho.
Había construido su casa con palos de madera.


Toqué el timbre en la casa de madera.
Nadie contestó.
Llamé: - Señor Cerdo, señor Cerdo, ¿está usted ahí?
Me contestó a los gritos: - Vete lobo. No puedes entrar. Me estoy
afeitando el hocico.


Apenas había puesto mi mano en el picaporte de la puerta cuando
sentí que venía otro estornudo.
Soplé. Y resoplé. Y traté de taparme la boca, pero lancé un tremendo
estornudo.


Y no lo van a creer, pero la casa de este individuo también se vino
abajo como la de su hermano.
Cuando el polvo se disipó, allí estaba el segundo cerdito - bien
muertecito. Palabra de lobo.

No necesito recordarles que la comida
se echa a perder si se la deja al aire libre
Por eso hice lo único que podía hacerse,
Cené otra vez.
¿Acaso ustedes no se hubieran comido una hamburguesa con queso?
Me empecé a sentir horriblemente lleno.
Pero estaba mejor del resfriado.
Y todavía no había conseguido esa taza de azúcar
para la torta de cumpleaños de mi
querida abuelita.
De manera que me dirigí a la siguiente casa
Resultó ser el hermano del primer y del segundo cerdito.
Debe haber sido el genio de la familia.
Había construido su casa con ladrillos.

Toqué en la casa de ladrillos. Nadie contestó.
Llamé: - Señor Cerdo, señor Cerdo, ¿está usted ahi?
¿Y saben lo que me contestó ese puerquito grosero?
- ¡Fuera de aquí, Lobo! ¡No molestes más!


¡Vaya falta de modales! Probablemente tenía un saco de azúcar lleno. Y ni siquiera quería darme una tacita para la torta de cumpleaños de mi querida abuelita. ¡Qué cerdo! Estaba a punto de regresar a casa y quizás hacer una tarjeta de cumpleaños en vez de una torta, cuando sentí nuevamente mi resfriado. Soplé. Y resoplé. Y estornudé una vez más. Entonces el tercer cerdito gritó: - ¡Y que tu querida abuelita se siente en un alfiler!

Normalmente soy un tipo muy tranquilo. Pero cuando alguien habla así de mi querida abuelita, pierdo un poquito la cabeza. Por supuesto, cuando llegó la policía, yo estaba tratando de tumbar la puerta del cerdito. Y en todo el tiempo seguí soplando y resoplando, estornudando, armando un verdadero escándalo.   
El resto, como dicen, es historia.

Los periodistas se enteraron de los dos cerditos que había cenado. Pensaron que la historia de un pobre enfermo que iba a pedir una taza de azúcar no era muy interesante. De manera que se les ocurrió todo eso de "soplidos y resoplidos y te tumbo tu casa". Y me convirtieron en el Lobo Feroz.
Y eso es todo. La verdadera historia.
Me hicieron trampa.

Pero tal vez tú puedas prestarme una taza de azúcar.

FIN


sábado, 7 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VIII - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VII - Philip K. Dick"




CAPÍTULO VIII


Después de aparcar el veloz coche aéreo del departamento en el terrado de la Corte de Justicia de San Francisco, en la calle Lombard, el cazador de bonificaciones Rick Deckard, con su cartera en la mano, bajó al despacho de Harry Bryant.

—Vuelve usted muy pronto —dijo su jefe, echándose atrás en su sillón y cogiendo una pizca de rapé Specific No. 1.
—He logrado hacer lo que usted me ha pedido —Rick se sentó ante la mesa y en ella puso la cartera. Estoy cansado, se dijo; ya de regreso, la fatiga había caído sobre él. Se preguntó si podría recobrarse para afrontar la tarea que le aguardaba— ¿Cómo está Dave? ¿Podré hablar con él? Querría hacerlo antes de empezar con los andrillos.
—Antes tendrá que ocuparse de Polokov, el que disparó contra Dave. Conviene hacerlo ahora mismo, porque sabe que lo estamos siguiendo.
—¿Antes de hablar con Dave?

Bryant cogió una hoja de papel muy fino, una borrosa tercera o cuarta copia.
—Polokov ha conseguido un empleo oficial como recolector de basuras.
—¿Pero no son solamente los especiales quienes hacen ese tipo de trabajo?
—Polokov imita a un especial muy deteriorado. Eso engañó a Dave. Creo que Polokov es tan parecido a un cabeza de chorlito que por eso Dave no lo tomó en consideración. ¿Está usted seguro del test de Voigt-Kampff? ¿Le consta absolutamente, por lo ocurrido en Seattle, que...
—Sí —respondió Rick, sin dar más explicaciones.
—Acepto su palabra —dijo Bryant—Pero no debe haber el menor error.
—Como siempre en la caza de andrillos. Este caso no es distinto.
—El Nexus-6 es distinto.
—Ya he conocido uno —dijo Rick—Y Dave ya ha visto a dos. Tres, si contamos a Polokov. Está bien. Retiraré hoy a Polokov, y quizás esta noche o mañana hable con Dave.
Cogió la copia borrosa, el informe sobre el androide Polokov.
—Otra cosa —agregó Bryant—Un policía soviético de la WPO viene hacia aquí. Llamó mientras usted estaba en Seattle; viaja en un cohete de Aeroflot que ha de llegar dentro de una hora. Su nombre es Sandor Kadalyi.
—¿Qué quiere? —los policías de la WPO no venían con frecuencia a San Francisco.
—La WPO está bastante interesada en los nuevos modelos Nexus-6, tanto como para enviar un observador. Además, si es que puede, le ayudará. Usted decidirá si acepta o no su ayuda, y en qué momento. Yo ya le he dado permiso.
—¿Y la bonificación? —preguntó Rick.
—No tendrá usted que dividirla —respondió Bryant, con una sonrisa arrugada.
—No me parecería justo —Rick no tenía la menor intención de compartir sus ganancias con un bandido de la WPO. Estudió el informe sobre Polokov: daba una descripción del hombre (del andrillo) y el nombre y dirección de la empresa en que trabajaba: la Bay Área Scavenger Company, de Geary.
—¿Prefiere esperar al policía soviético antes de retirar a Polokov? —preguntó Bryant.
—Siempre he trabajado solo —respondió Rick, irritado—Por supuesto, la decisión es suya y haré lo que me diga. Pero me gustaría coger ahora mismo a Polokov, sin esperar a Kadalyi.
—Adelante, entonces —aprobó Bryant—Podrá trabajar con Kadalyi en el caso siguiente, un tal Luba Luft... Aquí está el informe. 

Rick guardó los papeles en su cartera, abandonó el despacho de su jefe y regresó al terrado, donde estaba aparcado su coche aéreo. Ahora, se dijo, a visitar al señor Polokov. Acarició su tubo láser y subió.
Como primer paso en su cacería del androide Polokov, Rick descendió en la Bay Scavengers Company.

—Estoy buscando a uno de sus empleados —dijo a la mujer, severa y de pelo gris, que atendía la recepción.

El edificio le impresionó: era grande, moderno, y en su interior trabajaba gran cantidad de personal administrativo de alta categoría. Las gruesas alfombras y los costosos escritorios de auténtica madera le recordaron que la recogida y eliminación de basura era, después de la guerra, una de las industrias más importantes. Todo el planeta había empezado a desintegrarse, y para mantenerlo habitable era preciso limpiarlo de vez en cuando, o bien, como solía decir el Amigo Buster, la Tierra desaparecería bajo una capa de kippel, y no de polvo radiactivo..., como sería de esperar.

—El señor Ackers es el jefe de personal —dijo la mujer de la recepción, indicándole un impresionante escritorio de roble (aunque de imitación), donde un individuo pequeño, estirado, de gafas, aparecía hundido entre pilas de papeles. 

Rick presentó al jefe de personal su carnet policial.
—¿Dónde se encuentra en este momento el empleado Polokov? ¿En su casa o en el trabajo?

Después de consultar de mala gana sus registros, el señor Ackers respondió:
—Polokov debe de estar trabajando en este momento. Se ocupa de prensar viejos coches aéreos en nuestra desguazadora de Daly City, y de arrojar los restos a la Bahía. Sin embargo... —el hombre consultó otro documento, cogió el videófono y llamó a otra persona del edificio— Entonces, no está —dijo, después de una breve consulta; y dirigiéndose a Rick, agregó—: Polokov no ha venido hoy, ni ha dado aviso. ¿Qué ha hecho?
—Si aparece —ordenó Rick—, no le diga que he estado aquí. ¿Comprendido?
—Sí —dijo Ackers, resentido porque sus profundos conocimientos en materia policial no eran demasiado apreciados.

Con el coche aéreo del departamento, Rick se dirigió luego a la casa de Polokov, en el Tenderloin. Nunca lo cogeremos, pensó. Los dos —Bryant y Holden— han perdido tiempo. En lugar de enviarme a Seattle, Bryant debió de haberme ordenado que persiguiera a Polokov. Anoche mismo, apenas Dave fue herido.

Qué lugar inmundo, se dijo mientras se dirigía por el terrado hacia el ascensor. Corrales abandonados, cubiertos por una capa de polvo de meses. En una jaula, un seudo-animal, una gallina que no funcionaba... El ascensor descendió hasta el piso de Polokov, halló el pasillo sin luz, como una galería subterránea. Utilizando su linterna policial sellada, de energía A, iluminó el lugar y releyó su
copia al carbón. A Polokov se le había hecho el test de Voigt-Kampff; por lo tanto, podía ahorrarse ese punto y abocarse directamente a la tarea de destruirlo. 

Lo mejor era atacar desde fuera, resolvió. Abrió su equipo de armas, sacó un transmisor no-direccional de ondas Penfield, y marcó el código de catalepsia protegiéndose contra la emanación de ánimo correspondiente por medio de una contra-transmisión dirigida a sí mismo.
Ahora deben estar todos congelados, se dijo mientras cerraba el transmisor; todos los humanos y andrillos que se encuentren cerca. No corro el menor peligro. Sólo debo entrar y atacar con el láser. Suponiendo, desde luego, que esté en casa, lo cual no es probable.
Con una llave infinita, capaz de analizar y abrir todas las cerraduras conocidas, entró en el apartamento de Polokov, con su arma láser en la mano. Polokov no estaba. Solamente muebles semiarruinados, un lugar habitado por la decadencia y el kippel. No había artículos personales: sólo los restos sin dueño heredados por Polokov al instalarse, y legados a su partida al próximo ocupante, si lo había. 

Era obvio, se dijo. La primera bonificación de mil dólares se había esfumado; Polokov estaría ahora en el Círculo Antártico, fuera de su jurisdicción, y otro cazador de bonificaciones de otra agencia policial se ocuparía de retirarlo y de recibir el dinero. 

Habrá que continuar con los androides que no estén sobre aviso, como Luba Luft.

De regreso en el terrado, llamó desde el coche aéreo a Harry Bryant.

—No tuve suerte con Polokov. Probablemente, se ha marchado después de atacar a Dave —consultó su reloj—¿Quiere que busque a Kadalyi en el aeropuerto? Ganaré tiempo, y estoy ansioso por comenzar con la señorita Luft —ya tenía el informe a la vista, y empezaba a estudiarlo.
—Buena idea —respondió Bryant—Sólo que el señor Kadalyi ya está aquí. El cohete de Aeroflot llegó temprano, como de costumbre, según Kadalyi. Un momento —hubo un diálogo invisible— Dice que irá a buscarlo adonde usted se encuentra ahora —agregó Bryant cuando reapareció en la pantalla— Mientras tanto, infórmese sobre la señorita Luft.
—Cantante de ópera, procedente de Alemania, al parecer. Actualmente pertenece a la Opera de San Francisco —asintió reflexivamente, abstraído en el informe— Debe tener buena voz, para haber conseguido una conexión tan rápida. Está bien, esperaré aquí a Kadalyi —dio su situación a Bryant y cortó.

Me presentaré como un amante de la ópera, resolvió Rick. Me encantaría verla como Doña Ana en Don Giovanni. Tengo en mi colección registros de antiguas divas como Elisabeth Schwarzkopf, Lotte Lehmann y Lisa della Casa; eso me dará tema mientras preparo el equipo Voigt-Kampff.
Sonó el videófono del coche y cogió la llamada. La telefonista policial dijo:
—Señor Deckard, hay una llamada de Seattle para usted. El señor Bryant me pidió que se la pasara. Es de la Rosen Association.
—Está bien —respondió Rick. ¿Qué querrán? Hasta el momento, de los Rosen, sólo malas noticias. Y nada hacía presumir que eso cambiaría en adelante, sea como fuese lo que le propusieran.

En la pequeña pantalla apareció la cara de Rachael Rosen.
—Hola, agente Deckard —el tono parecía conciliatorio, lo cual le llamó la atención—¿Está ocupado o podemos hablar?
—Continúe.
—En la compañía hemos estado pensando en usted y en los modelos Nexus-6 fugitivos. Creemos que tendría usted mejores probabilidades si uno de nosotros, que los conocemos bien, trabajara con usted.
—¿De qué manera?
—Pues, si le acompañara durante la persecución.
—¿Por qué? ¿Qué cambiaría con eso?
—Un Nexus-6 se asustaría si un ser humano se acercara —dijo Rachael—Pero si fuera otro Nexus-6...
—Se refiere usted a sí misma, ¿no?
—Sí —asintió ella, gravemente.
—Ya tengo suficiente ayuda.
—Pero de verdad, creo que me necesita.
—Lo dudo. Lo pensaré y volveré a llamarla.

En algún momento remoto e indeterminado, se dijo. O quizá nunca. Eso es lo que me faltaba: Rachael Rosen brotando del polvo de cada paso.

—No piensa hacerlo — replicó Rachael— No me llamará. Y no comprende cuan eficiente es un Nexus-6 ilegal y fugitivo. Usted solo no podrá. Y nosotros pensamos que se lo debemos a causa de... Usted sabe..., de lo que hicimos.
—Tendré en cuenta el consejo —se dispuso a cortar.
—Sin mí —agregó Rachael—, uno de ellos se le adelantará.
—Adiós —dijo Rick, y colgó. ¿Adonde hemos llegado? ¿Es posible que un androide le ofrezca ayuda a un cazador de bonificaciones? Llamó a la telefonista policial.
—No me pase más comunicaciones de Seattle —ordenó.
—Está bien, señor Deckard. ¿Ha llegado el señor Kadalyi?
—Aún lo estoy esperando. Y será mejor que se dé prisa, no pienso estar mucho tiempo aquí...

Colgó, y mientras continuaba su lectura del informe sobre Luba Luft, un taxi aéreo descendió en el terrado a pocos metros. Descendió un hombre de cara roja y angelical, de unos cincuenta y tantos años, con un pesado e imponente abrigo ruso. 
Se acercó con la mano tendida.
—¿El señor Deckard? —preguntó con acento eslavo—¿El cazador de bonificaciones del departamento de policía de San Francisco? —el taxi se elevó y el ruso lo miró partir, con aire ausente—Yo soy Sandor Kadalyi —se presentó, al tiempo que abría la puerta para sentarse al lado de Rick. 

Mientras ambos cambiaban un apretón de manos, Rick advirtió que el representante de la WPO llevaba un tipo de arma láser que jamás había visto hasta ese momento. 

—Ah, ¿esto? —dijo Kadalyi—Interesante, ¿verdad? —la extrajo de la funda— Lo conseguí en Marte.
—Pensé que ya conocía todas las armas cortas —se lamentó Rick—Incluso las fabricadas en las colonias.
—Esta la hacemos nosotros —dijo Kadalyi, resplandeciente como un Santa Claus eslavo, con su cara rubicunda llena de orgullo—¿Le gusta? La única diferencia funcional es que... Tome, examínelo. 

Le entregó el arma a Rick, que la estudió con la pericia de años de experiencia.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Rick, con un marcado interés.
—Apriete el gatillo.

Apuntando hacia afuera, por la ventanilla, Rick lo hizo. No ocurrió nada. Sorprendido, miró a Kadalyi.

—El circuito disparador no está en el arma —explicó alegremente el ruso—Lo tengo conmigo, ¿ve? —abrió la mano y dejó ver una minúscula unidad—Y además, puedo dirigir el rayo, dentro de ciertos límites, aunque el arma apunte a otro lado.
—Usted no es Kadalyi, sino Polokov —dijo Rick.
—¿No será al revés? Parece usted confundido...
—Quiero decir que usted es Polokov, el androide, y no un hombre de la policía soviética —Rick oprimió con el pie el botón de emergencia que había en el suelo del coche.
—¿Por qué no funciona mi tubo láser? —preguntaba Kadalyi-Polokov mientras oprimía reiteradamente el aparato miniaturizado de disparo y puntería que tenía en la palma de la mano.
—Por la onda sinusoidal —explicó Rick—Una onda sinusoidal desfasa el rayo láser y lo convierte en luz ordinaria.
—Entonces tendré que romperle el cuello —el androide soltó el aparato y se lanzó contra Rick, gruñendo. 

Mientras las manos del androide buscaban su garganta, Rick disparó desde la pistolera su revólver de reglamento de estilo antiguo; la bala de calibre 38 magnum atravesó la cabeza de Polokov y destrozó su caja cerebral. La unidad Nexus-6 voló hecha añicos, causando una furiosa corriente de aire en el interior del coche: Rick se vio rodeado de un torbellino de minúsculos elementos y polvo radiactivo. Los restos del androide retirado cayeron hacia atrás, rebotaron en la puerta, lo golpearon y Rick tuvo que luchar para quitarse de encima el cuerpo, que se sacudía con movimientos espasmódicos. Tembloroso, llamó por fin a la corte de Justicia.

—Deseo elevar un informe. Avise a Harry Bryant que he retirado a Polokov.
—El señor Bryant sabrá de qué se trata, ¿verdad?
—Sí.

Rick cortó la comunicación. Por Dios, había faltado poco. Ante la advertencia de Rachael Rosen, pasé al otro extremo. Me descuidé y el androide casi termina conmigo, se dijo, recapitulando. Pero he vencido. Sus glándulas adrenales dejaron gradualmente de secretar en el torrente sanguíneo; sus latidos ya retornaban a la normalidad, así como su respiración. Pero aún temblaba.

De cualquier modo, se recordó, acabo de ganar mil dólares. Valía la pena. Y he reaccionado con mayor velocidad que Dave Holden. Aunque, naturalmente, estaba preparado por lo que le había ocurrido a él. Dave, debo admitirlo, no tuvo ningún aviso.

Nuevamente cogió el videófono y llamó a su casa, a Irán. Logró encender un cigarrillo: el temblor había empezado a desvanecerse.

La cara de su mujer, agotada por las seis horas de depresión culposa que se había programado, apareció en la pantalla.

—Oh, hola, Rick.
—¿Qué ocurrió con el 594 que marqué antes de salir..., reconocimiento satisfecho de...?
—Volví a discar apenas te marchaste. ¿Qué quieres? —su voz se convirtió en un monótono ronroneo abatido—Estoy tan cansada... No me quedan esperanzas; ni en nuestro matrimonio ni en ti, que en cualquier momento puedes ser víctima de un andrillo... ¿Qué quieres decirme, Rick? ¿... que te ha disparado un andrillo? — en el fondo se oía, borrando casi las palabras de Irán, la baraúnda del Amigo Buster.

Rick veía el movimiento de los labios de Irán, pero oía solamente la TV.
—Escucha —dijo—¿Me oyes? Tengo una misión: un nuevo tipo de androide que nadie más puede manejar. Ya he retirado uno, lo que significa mil dólares para empezar. ¿Sabes lo que nos compraremos? 

Irán lo miró sin verlo.
—Ah —dijo.
—Aún no te lo he dicho —esta vez su depresión era tanta que ni siquiera podía oír, era como hablar en el vacío—Te veré por la noche —concluyó amargamente Rick, y dejó caer con violencia el receptor. Maldito sea, se dijo. ¿De qué sirve que arriesgue mi vida? No le importa que tengamos o no un avestruz. Nada le interesa. Habría sido mejor que nos separáramos hace dos años, cuando lo habíamos resuelto. Y todavía estoy a tiempo.

Se inclinó, recogió los papeles caídos, incluido el informe sobre Luba Luft. No tengo apoyo, pensó. La mayoría de los androides que he conocido tenían más deseo de vivir que mi esposa. Irán no tiene nada que ofrecerme. 

Eso le hizo recordar a Rachael Rosen. Su advertencia acerca de los Nexus-6 era justificada. Si no le interesaba la bonificación, quizá podría aceptar su ofrecimiento.
El encuentro con Kadalyi-Polokov había modificado decisivamente sus puntos de vista.

Rick encendió el motor del coche aéreo y se elevó rápidamente en dirección a la Opera, construida en memoria de la guerra, donde, según las notas de Dave Holden, podía encontrar a esa hora a Luba Luft. 

Se preguntó cómo sería. Ciertos androides femeninos no le disgustaban: en varios casos se había sentido atraído físicamente. Era una sensación curiosa la de saber intelectualmente que eran máquinas, y experimentar sin embargo reacciones emocionales.
¿Y Rachael Rosen? No, es demasiado delgada, pensó. No está bien desarrollada, no tiene senos. Una figura como la de un chico, lisa y suave. Podía encontrar algo mejor. ¿Cuántos años tenía Luba Luft según el informe? Alzó los arrugados folios y buscó “edad”: veintiocho años, decía el informe, que también agregaba como aclaración, “en apariencia”; no había otra forma de juzgar a los androides.
Es una suerte saber algo de ópera, reflexionó Rick. Esa es otra ventaja que tengo sobre Dave; sentir más interés por la cultura. 

Probaré con otro andrillo antes de pedir ayuda a Rachael, decidió. Si la señorita Luft resulta demasiado competente... Pero tenía la intuición de que no sería así. El más peligroso era Polokov. Los demás, sin saber que alguien los perseguía, se derrumbarían uno tras otro.
Mientras descendía hacia el amplio y adornado terrado de la Opera cantó en voz alta un potpourri de arias con palabras seudo italianas improvisadas en el momento. Incluso sin un órgano de ánimos Penfield a mano su espíritu estaba lleno de optimismo, de ávida y jubilosa anticipación.

El pozo mágico - Los hermanos Grimm

Cuando era chica se editaba la colección "Había una vez". Eran unos libritos de pocas páginas, un cuento por librito, que se conseguían en los kioscos y revisteros. Mi papá solía comprarnos cada publicación ni bien salían a la venta. De todos esos libritos, el único que encontré de momento - y que tal vez sea el único que haya sobrevivido a numerosas lecturas y cambios de casa - es "El pozo mágico", cuento de los hermanos Grimm, un clásico donde se conjugan una niña bella, buena y trabajadora con una madrastra y hermanastra feas y perezosas (no podía ser de otra manera), un pozo de agua que lleva a otro mundo, y una anciana de largos colmillos.



EL POZO MÁGICO

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. Las dos niñas eran muy distintas, y así como Hilda era trabajadora y hermosa, Alda era fea y perezosa. Aunque parezca mentira, la madre quería más a la hija perezosa, y quizá fuera porque, según decía, Hilda no era verdaderamente su hija.

Hilda salía todas las mañanas, desde muy temprano, a ocuparse del cultivo de la huerta, del cuidado de los animales, y de todas las faenas del campo, y además, cumplía también con los quehaceres de la casa, barriendo, cocinando y tejiendo su huso.

Un día que estaba sentada junto al pozo, hila que te hila, trabajó tanto que empezó a salirle sangre de los dedos y se le manchó el huso. Afligida, quiso limpiarlo, y al inclinarse sobre el brocal para meterlo en el agua, el huso resbaló de sus manos, perdiéndose en la profundidad del pozo.

¡Cómo lloró Hilda! No había manera de recuperar el huso perdido, y además, iba a ser necesario decírselo a su madrastra.

 La mujer se enojó mucho, reprochándole su torpeza:

- Si has sido tan tonta como para dejar caer el huso al pozo, tú misma tendrás que hallar el medio de sacarlo de ahí.

La afligida niña volvió junto al pozo pero al inclinarse demasiado, cayó al agua. Al llegar al fondo del pozo se desmayó. Cuando abrió los ojos se halló en un lugar maravilloso: un prado verde cubierto por flores de los más hermosos colores.

Llena de asombro y alegría se puso a caminar y llegó frente a una casita por cuya chimenea salía abundante humo. Era la casa del panadero y el horno estaba lleno de panes, los que al ver a la niña comenzaron a gritar:

- ¡Ya estamos bien cocidos! ¡Sácanos de aquí o nos quemaremos!

Y la bondadosa Hilda, compadecida de los panes que se quemaban, los sacó del horno.

Siguió la niña su camino, sin cansarse de mirar todas las cosas hermosas que habían en el lugar, y llegó hasta un sitio donde crecía un frondoso manzano. Sus ramas estaban tan cargadas de frutos, que debido al peso se inclinaban hasta tocar el suelo. Al ver llegar a la niña, el manzano se puso a gritar:

- ¡Mis ramas están demasiado cargadas y mis frutos ya están maduros! ¡Sacúdeme para que caigan!

Hilda se aproximó al árbol y sacudió con fuerza las ramas. Las manzanas maduras cayeron a su alrededor y el manzano, aliviado de aquel peso, volvió a erguir sus ramas hacia el cielo.

Continuó la niña su paseo y así llegó hasta la casita de una anciana. La vieja señora estaba sentada a la puerta y cuando la niña estuvo cerca, advirtió que los dientes de la viejecilla eran tan largos que le asomaban por entre los labios. Asustada quiso alejarse del lugar, pero la anciana la llamó con voz suave y tierna.

- No te vayas, pequeña - le dijo -. No tengas miedo de mí. Me gustaría mucho que te quedaras a vivir conmigo. Me ayudarás a tener la casa limpia y en orden, y en premio a tu trabajo, ya encontraré yo la forma de darte una recompensa. Lo que más necesito es que sepas hacerme bien la cama, mullendo los colchones, para que las plumas vuelen como la nieve sobre la tierra. Quédate con la "vieja Madre Escarcha". 

La anciana hablaba con tanta bondad que Hilda ya no tuvo miedo y se quedó a vivir con ella. Era feliz en aquella casa, realizando los trabajos domésticos que antes hiciera en la suya. Pero ya no tenía que oír continuas quejas y rezongos, sino palabras de alabanza para su tarea. Y sobre todo, aprendió a mullir muy bien los colchones, de tal manera que las plumitas blancas volaban sobre la tierra como finos copos de nieva. Pero pasó el tiempo y la pequeña comenzó a extrañar a su familia.

- Estoy muy contenta contigo - le dijo un día a la anciana -, pero quisiera volver a ver a mi madre.

- Como tú quieras - respondió la anciana -. Has sido muy buena y haré lo que desees. Yo misma te llevaría. Pero antes, ven...

Condujo a la niña junto a una gran puerta, y al hacerla girar sobre sus goznes, cayó sobre Hilda una lluvia de monedas de oro que se pegaron a su ropa.

- Todo esto te lo doy porque has sido buena y trabajadora - le dijo la viejecilla.

Después, la vieja Madre Escarcha cerró la puerta y la niña, con el asombro que es de imaginarse, vio que estaba muy cerca de la casa de su madrastra.

Cuando abrió el pequeño portón de troncos, las aves del corral se alborotaron y el gallo se puso a cantar, desde lo alto del tejado:

¡Kikirikí! ¡Kikirikí!
La pequeña de oro
ha llegado aquí.

Al opirlo, salieron de la casa la madre y la hermana, y al ver a la niña la abrazaron, muy contentas de su regreso pues hacía mucha falta en la casa.

En seguida advirtieron que estaba cubierta de monedas de oro, y la persiguieron con preguntas.

Hilda hizo el relato de su aventura y al enterarse, no tardó la madre en pensar que también su hija podría lograr lo mismo. Con ese fin, hizo que Alda se sentase todos los días junto al pozo, hila que te hila, en el viejo huso, hasta que los dedos le sangraron de tanto trabajar.

Luego arrojó el huso al pozo y obligó a su hija a que fuera a buscarlo.

Igual que Hilda, despertó la pequeña perezosa en el verde prado y comenzó a andar por el camino que siguiera su hermanita.

Al llegar a la casa del panadero, los panes que se cocían en el horno se pusieron a gritar:

- ¡Ya estamos bien cocidos! ¡Sácanos de aquí o nos quemaremos!

Pero Alda, que vio que eran muchos panes y que la pala era muy pesada, no tuvo ganas de detenerse, y sin hacer caso del lamento de los panes, siguió su camino.

Así llegó hasta el lugar donde crecía el manzano agobiado por el peso de sus frutos, el que al ver a la niña se puso a gritar:

- ¡Mis rarmas están demasiado cargadas y mis frutos ya están maduros! ¡Sacúdeme para que caigan!

Alda lo miró y al ver que las ramas eran tantas y las manzanas tan abundantes, pensó que le iba a dar mucho trabajo conseguir que cayeran todas.

Y siguió su camino. Anduvo un buen rato, hasta que alcanzó a ver la casita de la vieja Madre Escarcha, que también estaba sentada junto a la puerta.

Alda no se asustó de los dientes de la anciana, porque ya se lo había advertido su hermana y cuando la anciana le pidió que se quedara con ella y la ayudara a hacer los trabajos de la casa, aceptó encantada, pensando que tendría igual recompensa.

Pero era demasiado perezosa y estaba tan acostumbrada a no hacer nada, que cada día el trabajo se le hacía más pesado. Empezó a levantarse cada vez más tarde, dejaba las cosas por hacer y como lo que más le fastidiaba era mullir los colchones, dejó por completo de hacer las camas. De esta manera, ya no volvieron a volar las blancas plumas como copos de nieve...

Un día, la vieja Madre Escarcha no puso consentir más aquel estado de cosas y le dijo:

- Ya no necesito más de tus servicios. Cuando quieras, puedes irte.

Alda se puso muy contenta. ¡Por fin llegaba el momento de la recompensa!

La anciana la llevó hasta la gran puerta, la hizo girar, pero en lugar de caer una lluvia de monedas de oro, cayó sobre la niña un chorro de alquitrán. La puerta volvió a cerrarse y Alda se encontró muy cerca de su casa... Cuando abrió el portoncito, el gallinero se alborotó y el gallo saltó al tejado, gritando:

¡Kikirikí! ¡Kikirikí!
La pequeña negra
ha llegado aquí

Pero Alda había aprendido la lección y ante los lamentos de su madre, ella misma le hizo comprender que toda la culpa era suya. En adelante fue una niña buena y trabajadora.