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sábado, 23 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XIV - Final - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XIII"



En la 772a noche

Ella dijo:
"... Vengo, pues, a suplicarte que me permitas mandar a venir al palacio a una santa vieja llamada Fatmah, que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días, y a quien todo el mundo venera por las curaciones y los alivios que proporciona, y por la fecundidad que otorga a las mujeres sólo con la imposición de sus manos". Y Aladino que no quería contrariar a su esposa Badrú'l-Budur, no puso ninguna dificultad para acceder a su deseo, y dio orden a cuatro eunucos de que fueran en busca de la vieja santa y la llevaran al palacio. Y los eunucos ejecutaron la orden y no tardaron en regresar con la santa vieja que iba con el rostro cubierto por un velo muy espeso, y con el cuello rodeado por un inmenso rosario de tres vueltas que le bajaba hasta la cintura. Y llevaba en la mano un gran báculo sobre el cual apoyaba su marcha vacilante por la edad y las prácticas piadosas. Y en cuanto la vio la princesa salió vivamente a su encuentro y le besó la mano con fervor y le pidió su bendición. Y la santa vieja, con acento muy digno, invocó para ella las bendiciones de Alá y sus gracias, y pronunció en su favor una larga plegaria con el fin de pedir a Alá que prolongase y aumentase en ella la prosperidad y la dicha y satisfaciese sus menores deseos. Y Badrú'l-Budur le rogó que se sentara en el sitio de honor en el diván, y le dijo: "Oh santa de Alá, te agradezco tus buenas intenciones y tus plegarias. Y como sé que Alá no ha de negarte nada de lo que pidas, espero de su bondad, por intercesión tuya, lo que es más ferviente anhelo de mi alma". Y la santa contestó: "Yo soy la más humilde de las criaturas de Alá; pero Él es el Omnipotente, el Excelente. Oh mi señora Badrú'l-Budur, no tengas miedo pues de formular lo que anhele tu alma". Y Badrú'l-Budur se puso muy colorada, y bajó la voz, y con acento muy ardiente dijo: "Oh santa de Alá, deseo de la generosidad de Alá tener un hijo. Dime que tengo que hacer para eso, y qué beneficios y qué buenas acciones habré de llevar a cabo para merecer semejante favor. ¡Habla! Estoy dispuesta a todo para obtener ese bien, que lo estimo en más que mi propia vida. Y para mostrarte mi gratitud, yo te daré, en cambio, cuanto puedas anhelar y desear, no para ti, que ya sé, oh madre de todos nosotros, que te hallas al abrigo de las necesidades de las criaturas débiles, sino para alivio de los infortunados y de los pobres de Alá"

Al oír estas palabras de la princesa Badrú'l-Budur, los ojos de la santa, que hasta entonces habían permanecido bajos, se abrieron y se iluminaron tras el velo con un brillo extraordinario, e irradió su rostro cuando si tuviese fuego dentro, y todas sus facciones expresaron el sentimiento de un éxtasis de júbilo. Y miró a la princesa un momento sin pronunciar ni una palabra; luego tendió los brazos hacia ella, y le hizo en la cabeza la imposición de las manos, moviendo los labios como si rezase una plegaria entre dientes, y acabó por decirle: "Oh hija mía, oh mi señora Badrú'l-Budur, los santos de Alá acaban de dictarme el medio infalible de que debes valerte para ver habitar en tus entrañas la fecundidad. Pero oh hija mía, entiendo que ese medio es muy difícil, si no imposible, de emplear, porque se necesita un poder sobrehumano para realizar los actos de fuerza y valor que reclama". Y al oír esas palabras, la princesa Badrú'l-Budur no pudo reprimir más su emoción, y se arrojó a los pies de la santa rodeándole las rodillas con sus brazos y le dijo: "Oh madre nuestra, por favor, indícame ese medio, sea cual sea, pues nada resulta imposible de realizar para mi esposo bienamado, el emir Aladino. Ah, habla o a tus pies moriré de deseo reconcentrado". Entonces la santa levantó un dedo en el aire, y dijo: "Hija mía, para que la fecundidad penetre en ti, es necesario que cuelgues en la bóveda de cristal de esta sala, un huevo del pájaro rokh, que habita en la cima más alta del monte Cáucaso. Y la contemplación de ese huevo, que mirarás todo el tiempo que puedas días y días, modificará tu naturaleza íntima y renovará el fondo inerte de tu maternidad. Y eso es lo que tenía que decirte, hija mía. Y Badrú'l-Budur exclamó: "Oh madre nuestra, por mi vida que no sé cuál es el pájaro rokh ni jamás vi huevos suyos, pero no dudo de que Aladino podrá al instante procurarme uno de esos huevos fecundantes, aunque el nido de esa ave esté en la cima más alta del monte Cáucaso". Luego quiso retener a la santa, que se levantaba ya para marcharse pero ésta le dijo: "No, hija mía, déjame ahora marcharme a aliviar otros infortunios y dolores más grandes todavía que los tuyos. Pero mañana, ¡inschalah!, yo misma vendré a visitarte y a saber noticias tuyas, que son preciosas para mi". Y no obstante todos los esfuerzos y ruegos de Badrú'l-Budur, que llena de gratitud quería hacerle don de varios collares y otras joyas de valor inestimable, no quiso detenerse un momento más en el palacio, y se fue como había ido, rehusando todos los regalos.

Algunos momentos después de partir la santa, Aladino fue al lado de su esposa y la besó tiernamente, como lo hacía siempre que se ausentaba, aunque fuese por un instante; pero le pareció que tenía ella un aspecto muy distraído y preocupado; y le preguntó la causa con mucha ansiedad ...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

En la 773a noche 

Ella dijo:
"... Pero le pareció que tenía ella un aspecto muy distraído y preocupado; y le preguntó la causa con mucha ansiedad. Entonces le dijo Sett Badrú'l-Budur, sin tomar aliento: "Seguramente moriré si no tengo lo más pronto posible un huevo del pájaro rokh que habita en la cima más alta del monte Cáucaso". Y al oír estas palabras, Aladino se echo a reír, y dijo: "Oh mi señora, por Alá, si no se trata más que de obtener ese huevo para impedir que mueras, refresca tus ojos. Pero para que yo lo sepa, dime solamente qué piensas hacer con el huevo de ese pájaro". Y Badrú'l-Budur contestó: "Es la santa vieja quien acaba de prescribirme que lo mire, como remedio soberanamente eficaz contra la esterilidad de la mujer. Y quiero tenerlo para colgarlo del centro de la bóveda de crsital de la sala de noventa y nueve ventanas". Y Aladino contestó: "Por encima de mi cabeza y de mis ojos, oh mi señora Badrú'l-Budur, al instante tendrás ese huevo de rokh".

Al punto dejó a su esposa y fue a encerrarse en su aposento. Y se sacó del pecho la lámpara maravillosa que llevaba siempre consigo desde el terrible peligro que hubo de correr por culpa de su negligencia, y la frotó. Y en ese mismo momento pareció el efrit de la lámpara, pronto para ejecutar sus órdenes. Y Aladino le dijo: "Oh excelente efrit, que me obedece merced de las virtudes de la lámpara que sirves. Te pido que al instante me traigas, para colgarlo del centro de la bóveda de cristal, un huevo del gigantesco pájaro rokh, que habita en la cima más alta del monte Cáucaso".

Apenas Aladino había pronunciado estas palabras, el efrit se convulsionó de manera espantosa, y le llamearon los ojos y lanzó ante Aladino un grito tan amedrentador que se conmovió el palacio en sus cimientos, y como una piedra disparada con honda, Aladino fue proyectado contra el muro de la sala de un modo tan violento que por poco entra su longitud en su anchura. Y le gritó el efrit con su voz poderosa de trueno: "¿Cómo te atreves a pedirme eso, miserable adamita? ¡Oh el más ingrato entre las gentes de baja condición! He aquí que ahora, no obstante los servicios que te presté con todo el oído y con toda la obediencia, tienes la osadía de ordenarme que vaya a buscar al hijo del rokh, mi amo supremo, para colgarle en la bóveda de tu palacio. ¿Ignoras, insensato, que yo y la lámpara y todos los genni servidores de la lámpara, somos esclavos del gran rokh, padre de los huevos? Ah, suerte tienes con estar bajo la salvaguardia de la lámpara que sirvo, y con llevar al dedo ese anillo lleno de virtudes saludables. De no ser así, ya hubiera entrado tu longitud en su anchura". Y dijo Aladino, estupefacto e inmóvil contra el muro: "Oh efrit de la lámpara, por Alá que no es mía esta petición, sino que se la sugirió a mi esposa Badrú0l-Budur la santa vieja, madre de la fecundación y curadora de la esterilidad". Entonces se calmó de repente el efrit y recobró su acento acostumbrado para con Aladino, y le dijo: "Ah, lo ignoraba. Ah, está bien ¿Con que es esa criatura la que aconsejó el atentado? Puedes alegrate mucho, Aladino, de no haber tenido la menor participación en ello. Pues has de saber que por ese medio se quería obtener tu destrucción y la de tu esposa y la de tu palacio. La persona a quien llamas santa vieja, no es santa ni vieja, sino hombre disfrazado de mujer. Y ese hombre no es otro que el propio hermano del magrebín, tu enemigo exterminado. Y se asemeja a su hermano como media haba se asemeja a su hermana. Y cierto es el proverbio que dice: "El hermano menor de un perro es más inmundo que su hermano mayor, porque la posteridad de un perro siempre está bastardeándose". Y ese nuevo enemigo, a quien no conoces, todavía está más versado en la magia y en la perfidia que su hermano mayor. Y cuando, por medio de las operaciones de su geomancia, se enteró de que su hermano había sido exterminado por ti, y quemado por orden del sultán, padre de tu esposa Badrú'l-Budur, determinó vengarle en todos vosotros, y vino desde el magreb aquí disfrazado de vieja santa, para llegar hasta este palacio. Y consiguió introducirse en él, y sugerir a tu esposa esa petición perniciosa, que es el mayor atentado que se puede realizar contra mi amo supremo, el rokh. Te prevengo, pues, acerca de sus proyectos pérfidos a fin de que los puesdas evitar ¡Uassalam!" Tras de haber hablado así a Aladino, desapareció el efrit.

Entonces Aladino, en el límite de la cólera, se apresuró a ir a la sala de las noventa y nueve ventanas en busca de su esposa Badrú'l-Budur. Y sin revelarle nada de lo que el efrit acababa de contarle, le dijo: "Oh Badrú'l-Budur, ojos míos. Antes de traerte el huevo del pájaro rokh, es absolutamente necesario que oiga yo con mis propios oídos a la santa vieja que te ha recetado ese remedio. Te ruego, pues, que envíes a buscarla con toda urgencia y que, con pretexto de que no la recuerdas exactamente, te hagas repetir su prescripción, mientras yo estoy escondido detrás del tapiz". Y contestó Badrú'l-Budur: "Por encima de mi cabeza y mis ojos". Y al punto envió a buscar a la santa vieja.

En cuanto ésta hubo entrado en la sala de la bóveda de cristal, y cubierta siempre con su espeso velo que le tapaba la cara, se acercó a Badrú'l-Budur...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y calló discretamente.

En la 774a noche

Ella dijo:
"... En cuanto ésta hubo entrado en la sala de la bóveda de cristal, y cubierta siempre con su espeso velo que le tapaba la cara, se acercó a Badrú'l-Budur, Aladino salió de su escondite, abalanzándose a ella con el alfanje en la mano, y antes de que pudiese decir: "¡Bem!", de un solo tajo le separó la cabeza de los hombros.

Al ver aquello, exclamó Badrú'l-Budur, aterrada: " Oh señor Aladino ¡Qué atentado acabas de cometer!" Pero Aladino se limitó a sonreír y por toda respuesta se inclinó y cogió por el mechón central la cabeza cortada y se la mostró a Badrú'l-Budur. Y en el límite de la estupefacción y del horror, vio ella que la tal cabeza, excepto el mechón central, estaba afeitada como la de los hombres, y que tenía el rostro prodigiosamente barbudo. Y sin querer asustarla más tiempo, Aladino le contó la verdad con respecto a la presunta Fatmah, falsa santa y falsa vieja, y concluyó: "Oh Badrú'l-Budur, demos gracias a Alá, que nos ha librado para siempre de nuestros enemigos" Y se arrojaron ambos en brazos uno de otro, dando gracias a Alá por sus favores.

Y desde entonces vivieron una vida feliz con la buena vieja, madre de Aladino, y con el sultán, padre de Badrú'l-Budur. Y tuvieron dos hijos hermosos como la luna. Y a la muerte del sultán, reinó Aladino en el reino de China. Y de nada careció su dicha hasta la llegada inevitable de la Destructora de delicias y Separadora de amigos.

Y después de contar así esta historia, Scheherazada dijo: "Y esto es, oh rey afortunado, cuanto sé acerca de Aladino y la lámpara maravillosa. ¡Pero Alá es más sabio!" Y dijo el rey Schahriar: "Admirable es esta historia, Scheherazada". "En este caso, oh rey, permite a tu esclava Scheherazada que te cuente la historia de Kamar y de la experta Halima". Y el rey Schahriar exclamó: "¡Desde luego, Scheherazada!" Pero ella sonrió y contestó: "Está bien, oh rey, pero antes de revelarte el valor que tiene la admirable virtud de la paciencia y hacerte esperar, sin cólera contra tu servidora, la suerte llena de felicidad que Alá destina a tu raza por mediación mía, quiero contarte en seguida lo que nos transmitieron nuestros padres los Antiguos sobre el medio de adquirir la verdadera ciencia de la vida" y dijo el rey: "Oh hija de mi visir, date prisa a indicarme el medio de hacer esa adquisición, pero ¡Oh scheherazada! ¿Cuál es la suerte que Alá, por mediación tuya, destina a mi raza, si no tengo posteridad?" Y dijo Scheherazada: "Oh rey, permite a tu servidora Scheherazada que no te hable todavía de lo que ha pasado de misterioso en las veinte noches de silencio que tu bondad le ha concedido para reposar de una indisposición, y en las cuales se ha revelado a tu servidora el esplendor de tu destino". Y sin añadir nada más a este respecto, Scheherazada, la hija del visir, dijo:...



Y es así como en la 774a noche Scheherazada, dando por finalizada la historia de Aladino, continúa manteniendo viva la curiosidad de su rey, y salvando la propia existencia una noche más... pero truncaré la 774a noche en este punto porque es junto aquí donde una nueva historia de Las mil y una noches comienza...

 
 

jueves, 21 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XIII - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XII"






En la 769a noche

Ella dijo:
"... Ya setti, ya setti, he aquí a mi amo Aladino, he aquí a mi amo Aladino. ¡Está bajo las ventanas del palacio!"

Al oír estas palabras de su servidora, Badrú'l-Budur se precipitó a la ventana y vio a Aladino, el cual la vio también. Y casi enloquecieron ambos de alegría. Y fue Badrú'l-Budur la primera que pudo abrir la boca, y gritó a Aladino: "Oh querido mío, ven pronto, ven pronto. mi servidora va a bajar para abrirte la puerta secreta. Puedes subir aquí sin temor, el mago maldito está ausente por el momento". Y cuando la servidora le hubo abierto la puerta secreta, Aladino subió al aposento de su esposa y la recibió en sus brazos. Y se besaron, ebrios de alegría, llorando y riendo. Y cuando estuvieron un poco calmados, se sentaron uno junto a otro, y Aladino dijo a su esposa: "Oh Badrú'l-Budur, antes de nada tengo que preguntarte qué ha sido de la lámpara de cobre que dejé en mi cuarto sobre una mesilla antes de salir de caza" Y exclamó la princesa: "Oh querido mío, esa lámpara precisamente es la causa de nuestra desdicha. Pero todo ha sido por mi culpa, sólo por mi culpa" y contó a Aladino cuanto había transcurrido en el palacio desde su ausencia, y como, por reírse de la locura del vendedor de lámparas, había cambiado la lámpara de la mesilla por una lámpara nueva, y todo lo que ocurrió después, sin olvidar un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y concluyó diciendo: "Y sólo después de transportarnos aquí con el palacio, es cuando el maldito magrebín ha venido a revelarme que, por el poder de su hechicería y las virtudes de la lámpara cambiada, consiguió arrebatarme a tu afecto con el fin de poseerme. Y me dijo que era magrebín y que estábamos en Magreb, su país". Entonces Aladino, sin hacerle el menor reproche, le preguntó: "¿Y qué desea hacer contigo ese maldito?" Ella dijo: "Viene una vez por día, nada más, a hacerme una visita y trata por todos los medios de seducirme. Y como está lleno de perfidia, para vencer mi resistencia no ha cesado de afirmarme que el sultán te había hecho cortar la cabeza por impostor, y que al fin y al cabo no eras más que hijo de pobre gente, de un miserable sastre llamado Mustafá, y que sólo a él debías la fortuna y los honores de que disfrutas. Pero hasta ahora no ha recibido de mí, por toda respuesta más que el silencio del desprecio y que le vuelva la espalda. Y se ha visto obligado a retirarse siempre con las orejas caídas y la nariz alargada. Y a cada vez temía yo que recurriese a la violencia. Pero hete aquí ya. ¡Loado sea Alá!" Y Aladino le dijo: "Dime ahora, oh Badrú'l-Budur, en qué sitio del palacio está escondida, si lo sabes, la lámpara que consiguió arrebatarme ese maldito magrebín". Ella dijo: "Nunca la deja en el palacio sino que la lleva en el pecho continuamente. ¡Cuantas veces se la he visto sacar en mi presencia para enseñármela como un trofeo!" Entonces Aladino le dijo: "Está bien. Por tu vida que no ha de seguir enseñándotela mucho tiempo. Para eso únicamente te pido que me dejes un instante solo en la habitación". Y Badrú'l.Budur salió de la sala y fue a reunirse con sus seguidoras.

Entonces Aladino frotó el anillo mágico que llevaba al dedo, y dijo al efrit que se presentó: "Oh efrit del anillo, ¿conoces las diversas especies de polvos soporíferos?" El efrit contestó: "Es lo que mejor conozco". Aladino dijo: "En ese caso, te ordeno que me traigas una onza de bang cretense, una sola toma del cual sea capaz de derribar a un elefante". Y desapareció el efrit pero para volver al cabo de un momento, llevando en los dedos una cajita, que entregó a Aladino diciéndole: "Oh amo del anillo, aquí tienes bang cretense de la calidad más fina" Y se fue. Y Aladino llamó a su esposa Badrú'l-Budur y le dijo: "Oh mi señora Badrú'l-Budur, si quieres que triunfemos de ese maldito magrebín, no tienes que el tiempo apremia, pues, me has dicho que el magrebín estaba a punto de llegar para intentar seducirte. He aquí, pues, lo que tendrás que hacer" Y le dijo: "Harás estas cosas y le dirás estas otras cosas" Y le dio amplias instrucciones respecto a la conducta que debía seguir con el mago. Y añadió: "En cuanto a mí, voy a ocultarme en esta arca. Y saldré en el momento oportuno" Y le entregó la cajita de bang, diciendo: "No te olvides de lo que acabo de indicarte". Y la dejó para ir a encerrarse en el arca.

Entonces la princesa Badrú'l-Budur, a pesar de la repugnancia que tenía a desempeñar el papel consabido, no quiso perder la oportunidad de vengarse del mago, y se propuso seguir instrucciones de su esposo Aladino. Se levantó, pues, y mandó a sus mujeres que la peinaran y la pusieran el tocado que sentaba mejor a su cara de luna, y se hizo vestir con el traje más hermoso de sus arcas. Luego se ciñó el talle con un cinturón de oro incrustado de diamantes, y se adornó el cuello con un collar de perlas dobles de igual tamaño, excepto la de en medio que tenía el volumen de una nuez; y en las muñecas y en el tobillos se puso pulseras de oro con pedrerías que casaban maravillosamente con los colores de los demás adornos. Y perfumada y semejante a una hurí, se miró enternecida en su espejo, mientras sus mujeres maravillábanse de su belleza y prorrumpían en exclamaciones de admiración. Y se tendió perezosamente en los almohadones esperando la llegada del mago...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 770a noche

Ella dijo:
"... Y se tendió perezosamente en los almohadones esperando la llegada del mago.

No dejó éste de ir a la hora anunciada. Y la princesa contra lo que acostumbraba, se levantó en honor suyo y con una sonrisa le invitó a sentarse junto a ella en el diván. Y el magrebín, muy emocionado por el recibimiento, y deslumbrado por el brillo de los hermosos ojos que le miraban, y por la belleza arrebatadora de aquella princesa tan deseada, sólo se permitió sentarse al borde del diván por cortesía y deferencia. Y la princesa, siempre sonriente, le dijo: "Oh mi señor, no te asombres de verme hoy tan cambiada porque mi temperamenteo que por naturaleza es muy refractario a la tristeza, ha acabado por sobreponerse a mi pena y a mi inquietud. Y demás he reflexionado sobre tus palabras con respecto a mi esposo Aladino, y ahora estoy convencida de que ha muerto a causa de la terrible cólera de mi padre el rey. Lo que está escrito ha de ocurrir. Y mis lágrimas y mis pesares no darán vida a un muerto. Por eso he renunciado a la tristeza y al duelo y he resuelto no rechazar ya tur proposiciones y tus bondades. Y ese es el motivo de mi cambio de humor". Luego añadió: "Pero aún no te he ofrecido los refrescos de amistad" Y se levantó, ostentando de su deslumbradora belleza, y se dirigió a la mesa grande en que estaba la bandeja de los vinos y sorbetes, y mientras ella estaba la bandeja de los vinos y sorbetes, y mientras ella llamaba a una de sus servidoras para que sirviera la bandeja, echó un poco de bang cretense en la copa de oro que había en la bandeja. Y el magrebín no sabía cómo darle las gracias por sus bondades, y cuando se acercó la doncella con la bandeja de los sorbetes cogió él la copa y dijo a Badrú'l-Budur: "Oh princesa, por muy deliciosa que sea esta bebida, no podrá refrescarme tanto como la sonrisa de tus ojos" y tras de hablar así, se llevó la copa a los labios y la vació de un solo trago sin respirar. Pero al instante fue a caer sobre el tapiz con la cabeza antes que con los pies, a las plantas de Badrú'l-Budur.

Al ruido de la caída, Aladino lanzó un inmenso grito de triunfo y salió del armario para correr enseguida hacia el cuerpo inerte de su enemigo y le sacó del pecho la lámpara que estaba allí escondida. Y se encaró con Badrú'l-Budur que acudía a besarle en el límite de la alegría y le dijo: "Te ruego que me dejes solo otra vez porque hoy ha de terminarse todo" Y cuando se alejó Badrú'l-Budur, frotó la lámpara en el sitio que sabía y al punto vio aparecer al efrit de la lámpara quien, después de la fórmula acostumbrada, esperó la orden. Y Aladino le dijo: "Oh efrit de la lámpara, por las virtudes, por las virtudes de esta lámpara que sirves, te ordeno que transportes este palacio con todo lo que contiene, a la capital del reino de China, situándolo exactamente en el mismo lugar de donde lo quitaste para traerlo aquí. Y hazlo de manera que el transporte se efectúe sin conmoción, sin contratiempos y sin sacudidas" Y el genni contestó: "Oír es obedecer" y desapareció. Y en el mismo momento, sin tardar más tiempo del que se necesita para cerrar un ojo y abrir un ojo, se hizo el transporte sin que nadie lo advirtiera; porque apenas si se hicieron sentir dos ligeras agitaciones, una al salir y otra a la llegada.

Entonces Aladino, después de comprobar que el palacio estaba en realidad frente por frente al palacio del sultán, en el sitio que ocupaba antes, fue en busca de su esposa Badrú'l-Budur y la besó mucho y le dijo: "Ya estamos en la ciudad de tu padre. Pero como es de noche, más vale que esperemos a mañana por la mañana para ir a anunciar al sultán nuestro regreso. Por el momento, no pensemos más que en regocijarnos con nuestro triunfo y con nuestra reunión, oh Badrú'l-budur". Y como desde la víspera Aladino aún no había comido nada, se sentaron ambos y se hicieron servir por los esclavos una comida suculenta en la sala de las noventa y nueve ventanas cruzadas. Luego pasaron juntos aquella noche en medio de delicias y dicha.

Al día siguiente salió de su palacio el sultán para ir, según costumbre, a llorar por su hija al paraje donde no creía encontrar más que las zanjas con los cimientos. Y muy entristecido y dolorido, echó una ojeada por aquel lado, y se quedó estupefacto al ver ocupado de nuevo el sitio del meidán por el palacio magnífico, y no vacío, como él se imaginaba. Y en un principio creyó que sería efecto de la niebla o de algún ensueño de su espíritu inquieto, y se frotó los ojos varias veces. Pero como la visión subsistía siempre, ya no pudo dudar de su realidad, y sin preocuparse de su dignidad de sultán, echó a correr agitando los brazos y lanzando gritos de alegría y atropellando a guardias y porteros subió la escalera de alabastro sin tomar aliento, no obstante su edad, y entró en la sala de la bóveda de cristal con noventa y nueve ventanas en la cual precisamente esperaban su llegada sonriendo Aladino y Badrú'l-Budur. Y al verle se levantaron ambos y corrieron a su encuentro. Y besó él a su hija derramando lágrimas de alegría y en el límite de la ternura; ella también...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En el 771a noche

Ella dijo:
"... Y besó él a su hija derramando lágrimas de alegría y en el límite de la ternura; ella también. Y cuando pudo abrir la boca y articular una palabra, dijo: "Oh hija mia, veo con asombro que no se te ha demudado el rostro ni se te ha puesto la tez más amarilla, a pesar de todo lo sucedido desde el día que te vi por última vez. Sin embargo, oh hija de mi corazón, deber haber sufrido mucho y no habrás visto sin alarmas y terribles angustias cómo te transportaban de un sitio a otro con todo el palacio. Porque nada más que con pensarlo, yo mismo me siento invadido por el temblor y el espanto.¡Date prisa, pues hija mía, a explicarme el motivo de tan escaso cambio de tu fisonomía, y a contarme sin ocultarme nada, cuanto te ha ocurrido desde el comienzo hasta el fin". Y Badrú'l-Budur contestó: "Oh padre mío, has de saber que se me ha demudado tan poco el rostro porque ya he ganado lo que había perdido con mi alejamiento de ti y de mi esposo Aladino. Pues, la alegría de volver a encontraros a ambos me devuelve mi frescura y mi color de antes. Pero he sufrido y he llorado mucho, tanto por verme arrebatada a tu afecto y al de mi esposo bienamado, como por haber caído en poder de un maldito mago magrebín que es el causante de todo lo sucedido, y que me decía cosas desagradables y quería seducirme después de raptarme. Pero todo fue por culpa de mi atolondramiento, que me impulsó a ceder a otro lo que no me pertenecía." Y en seguida contó a su padre toda la historia con los menores detalles, sin olvidar nada. Pero no hay ninguna utilidad en repetirla. Y cuando acabó de hablar, Aladino, que no había abierto la boca hasta entonces, se encaró con el sultán estupefacto hasta el límite de la estupefacción, y le mostró detrás de una cortina el cuerpo inerte del mago, que tenía la cara toda negra por efecto de la violencia del bang, y le dijo: "He aquí al impostor, causante de nuestra pasada desdicha y de mi caída en desgracia. Pero Alá le ha castigado"

Al ver aquello, el sultán enteramente convencido de la inocencia de Aladino, le besó tiernamente aprimiéndolo contra su pecho, y le dijo: "Oh hijo mío Aladino, no me censures con exceso por mi conducta para contigo y perdóname los malos tratos que te infligí. Porque merece alguna excusa el afecto que experimento por mi única hija Badrú'l-Budur, y bien sabes que el corazón de un padre está lleno de ternura, y que hubiese preferido yo perder todo mi reino antes que un cabello de la cabeza de mi hija bienamada" Y contestó Aladino: "Verdaderamente tienes excusa, oh padre de Badrú'l-Budur, porque sólo el afecto que sientes por tu hija, a la cual creías perdida por mi culpa, te hizo usar conmigo procedimientos enérgicos. Y no tengo derecho a reprocharte de ninguna manera. Porque a mí me correspondía prevenir las asechanzas pérfidas de ese infame mago, y tomar precauciones contra él. Y no te darás cuenta bien de toda su malicia hasta que, cuando tengas tiempo, te relate yo la historia de cuanto ocurrió con él". Y el sultán beso a Aladino una vez más, y le dijo: "En verdad oh Aladino, que es absolutamente preciso que busques ocasión de contarme todo eso. pero aún es más urgente desembarazarse ya del espectáculo de ese cuerpo maldito, que yace inanimado a nuestros pies, y regocijarnos juntos con tu triunfo" Y Aladino dio orden a sus efrits jóvenes de que se llevaran el cuerpo del magrebín y el sultán mandó que lo quemaran en medio del meidán sobre un montón de estiércol, y echaran las cenizas en el hoyo de la basura. Lo cual se ejecutó puntualmente en presencia de toda la ciudad reunida, que se alegraba de aquel castigo merecido y de la vuelta del emir Aladino a la gracia del sultán.

Tras de lo cual por medio de los pregoneros, que iban seguidos por tañedores de clarinetes, de timbales y de tambores, el sultán hizo anunciar que daba libertad a los presos en señal de regocijo público; y mandó repartir muchas limosnas a los pobres y a los menesterosos. Y por la noche hizo iluminar toda la ciudad, así como su palacio y el de Aladino y Badrú'l-Budur. Y así fue como Aladino, merced a la bendición que llevaba consigo, escapó por segunda vez a un peligro de muerte. Y aquella misma bendición debía aún salvarle por tercera vez, como vais a saber, oh oyentes míos.

En efecto, hacía ya muchos meses que Aladino estaba de regreso y llevaba con su esposa una vida feliz bajo la mirada enternecida y vigilante de su madre, que entonces era una dama venerable de aspecto imponente, aunque desprovista del orgullo y de arrogancia, cuando la esposa del joven entró un día, con rostro un poco triste y dolorido, en la sala de la bóveda de cristal, donde él estaba casi siempre para disfrutar la vista de los jardines, y se le acercó y le dijo: "Oh mi señor Aladino, Alá que nos ha colmado con sus favores a ambos, hasta el presente me ha negado el consuelo de tener un hijo. Porque ya hace bastante tiempo que estamos casados y no siento fecundadas por la vida mis entrañas. Vengo pues a suplicarte que me permitas mandar venir al palacio a una santa vieja llamada Fatmah, que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días, y a quien todo el mundo venera por las curaciones y alivios que proporciona, y por la fecundidad que otorga a las mujeres sólo con la imposición de sus manos..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente. 

No te pierdas el final de esta historia en "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XIV"

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XII - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XI"



En la 766a noche

Ella dijo:
"... Y el eunuco escogió una lámpara muy bruñida y completamente nueva, y se apresuró a llevársela a su ama Badrú'l-Budur, echándose a reír y burlándose de la locura del magrebín. ¡y he aqué li referente al agá de los eunucos y al cambio de la lámpara maravillosa en ausencia de Aladino! En cuanto al mago, echó a todo correr, tirando el cesto con su contenido a la cabeza de los pilluelos, que continuaban mofándose de él, para impedirles que le siguieran. Y de tal modo desembarazado, franqueó recintos de palacios y jardines y se aventó por las calles de la ciudad, dando mil rodeos a fin de que perdieran su pista quienes hubiesen querido perseguirle. Y cuando llegó a un barrio completamente desierto, se sacó del pecho la lámpara y la frotó. Y el efrit de la lámpara respondió a esta llamada, apareciéndose ante él al punto y diciendo: "Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo, ¿Qué quieres? Habla. Soy servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro" Porque el efrit obedecía indistintamente a quienquiera que fuese poseedor de aquella lámpara, aunque como el mago fuera por el camino de la maldad y de la perdición.

Entonces el magrebín le dijo: "Oh efrit de la lámpara, te ordeno que cojas el palacio que edificaste para Aladino y lo transportes con todos los seres y las cosas que contiene a mi país que ya sabes cuál es, y que está en el fondo del Magreb, entre jardines. Y también me transportarás a mi allá con el palacio". Y contestó el mared esclavo de la lámpara: "Escucho y obedezco. Cierra un ojo, abre un ojo, y te encontrarás en tu país, en medio del palacio de Aladino". Y efectivamente, en un abrir y cerrar de los ojos se hizo todo. Y el magrebín se encontró transportado con el palacio de Aladino, en medio de su país, en el Magreb africano. ¡Y esto es todo lo referente a él!

Pero en cuanto al sultán, padre de Badrú'l-Budur, al despertarse el siguiente día, salió de su palacio como tenía por costumbre para ir a visitar a su hija, a la que quería tanto. Y en el sitio en que se alzaba el maravilloso palacio no vio más que un amplio meidán agujereado por las zanjas vacías de los cimientos. Y en el límite de la perplejidad, ya no supo si habría perdido la razón; y empezó a restregarse los ojos para darse cuenta mejor de lo que veía. Y comprobó que con la claridad del sol saliente y la limpidez de la mañana, no había manera de engañarse, y que el palacio ya no estaba allí. Pero quiso convencerse más aún de aquella realidad enloquecedora, y subió al piso más alto, y abrió la ventana que daba enfrente de los aposentos de su hija. Y no vio palacio ni huella de palacio, ni jardines ni huella de jardines, sino sólo un inmenso meidán, donde, de no estar las zanjas, habrían podido los caballeros justar a su antojo.

Entonces, desgarrado de ansiedad, el desdichado padre empezó a golpearse las manos una contra otra y a mesarse la barba llorando, por más que no pudiese darse cuenta exacta de la naturaleza y de la magnitud de la desgracia. Y mientras de tal suerte desplomábase sobre el diván, su gran visir entró para anunciarle, como de costumbre, la apertura de la sesión de justicia. Y vio el estado en que se hallaba, y no supo que pensar. Y el sultán le dijo: "Acercate aqui" y el visir se acercó, y el sultán le dijo: "¿Dónde está el palacio de mi hija?". El otro dijo: "Alá guarde al sultán, pero no comprendo lo que quieres decir". El sultán dijo: "Cualquiera creería, oh visir, que no estás al corriente de la triste nueva". Y el visir dijo: "Claro que no lo estoy, oh mi señor. Por Alá que no se nada, absolutamente nada"- El sultán dijo: "Entonces no has mirado hacia el palacio de Aladino". El visir dijo: "Ayer estuve a pasearme por los jardines que lo rodean, y no he notado ninguna cosa de particular, sino que la puerta principal estaba cerrada a causa de la ausencia del emir Aladino". Y el sultán dijo: "Oh visir, en ese caso, mira por la ventana y dime si no notas cosa particular en ese palacio que ayer viste con la puerta cerrada" Y el visir sacó la cabeza por la ventana y miró pero fue para levantar los brazos al cielo exclamando: "¡Alejado sea el maligno! ¡El palacio ha desaparecido!" Luego se encaró con el sultán y le dijo: "Y ahora, oh mi señor, ¿vacilas en creer que ese palacio, cuya arquitectura y ornamentación admirabas tanto, sea otra cosa que la obra de la más admirable hechicería?" Y el sultán bajó la cabeza y reflexionó durante una hora de tiempo. Tras de lo cual levantó la cabeza y tenía el rostro revestido de furor. Y exclamó: "¿Dónde está ese malvado, ese aventurero, ese mago, ese impostor, ese hijo de mil perros, que se llama Aladino?" Y el visir contestó, con el corazón dilatado de triunfo: "Está ausente de caza, pero me ha anunciado su regreso para hoy antes de la plegaria del mediodía. Y si quieres me encargo de ir yo mismo a informarme cerca de él sobre lo que ha sido del palacio con su contenido". Y el rey se puso a gritar: "No, ¡Por Alá! Hay que tratarle como a los ladrones y a los embusteros ¡Que me lo traigan los guardias cargado de cadenas..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 767a noche

Ella dijo:
"... Hay que tratarle como a los ladrones y a los embusteros ¡Que me lo traigan los guardias cargado de cadenas"

Al punto el gran visir salió a comunicar la orden del sultán al jefe de los guardias, instruyéndole cómo debía arreglarse para que no se le escapara Aladino. Y acompañado por cien jinetes, el jefe de los guardias salió de la ciudad al camino por donde tenía que volver Aladino, y se encontró con él a cien parasangas de las puertas. Y en seguida hizo que le cercaran los jinetes, y le dijo: "Emir Aladino, oh amo nuestro, dispénsanos, por favor, pero el sultán, de quien somos esclavos, nos ha ordenado que te detengamos y te pongamos entre sus manos cargado de cadenas como los criminales. Y no podemos desobedecer una orden real. Pero repetimos que nos dispenses por tratarte así aunque a todos nosotros nos ha inundado tu generosidad.

Al oír estas palabras del jefe de los guardias, a Aladino se le trabó la lengua de sorpresa y de emoción. Pero acabó por poder hablar y dijo: "Oh buenas gentes, ¿Sabéis, al menos, por qué motivo os ha dado el sultán semejante orden, siendo yo inocente de todo crimen con respecto a él o al estado?" Y contestó el jefe de los guardias muy a disgusto suyo. Se apoderaron de Aladino, le ataron los brazos, le echaron al cuello una cadena muy gorda y muy pesada, con la que también le sujetaron por la cintura, y cogiendo el extremo de aquella cadena le arrastraron a la ciudad haciéndole caminar a pie mientras ellos seguían a caballo su camino.

Llegados que fueron los guardias a los primeros arrabales de la ciudad, los transeúntes que vieron de este modo a Aladino no dudaron de que el sultán, por motivos que ignoraban, se disponía a hacer que le cortaran la cabeza. Y como Aladino se había captado, por su generosidad y su afabilidad, el afecto de todos los súbditos del reino, los que le vieron apresuráronse a echar a andar detrás de él, armándose de sables unos, de estacas otros y de piedras y palos los demás. Y aumentaban en número a medida que el convoy se aproximaba al palacio; de modo que ya eran millares y millares al llegar a la plaza del meidán. Y todos gritaban y protestaban, blandiendo sus armas y amenazando a los guardias, que a duras penas pudieron contenerles y penetrar en el palacio sin ser maltratados. Y en tanto que los otros continuaban vociferenado y chillando en el meidán, para que se les devolviese sano y salvo a su señor Aladino, que segupia cargado de cadenas, en la sala donde le esperaba el sultán lleno de cólera y ansiedad.

No bien tuvo en su presencia a Aladino, poseído de un furor inconcebible, no quiso perder tiempo en preguntarle qué había sido del palacio que guardaba a su hija Barú'l-budur, y gritó al portaalfanje: "¡Corta en seguida la cabeza de este impostor maldito!" Y no quiso oírle ni verle un instante más. Y el portaalfanje se llevó a Aladino a la terraza, desde la cual se denominaba el meidán en donde estaba apiñada la muchedumbre tumultuosa, hizo arrodillar a Aladino sobre el cuero rojo de las ejecuciones, y después de vendarle los ojos le quitó la cadena que llevaba al cuello y alrededor del cuerpo, y le dijo: "Pronuncia tu acto de fe antes de morir" Y se dispuso a darle el golpe de muerte, volteando por tres veces y haciendo flamear el sable en el aire en torno a él. Pero en aquel momento, al ver que el portaalfanje iba a ejecutar a Aladino, la muchedumbre empezó a escalar los muros del palacio y a forzar las puertas. Y el sultán vio aquello y temiéndose algún acontecimiento funesto, se sintió poseído de gran espanto. . Y se encaró con el portaalfanje y le dijo: "Aplaza por el instante el acto de cortar la cabeza a ese criminal" Y le dijo al jefe de los guardias: "Haz que pregonen al pueblo que le otorgo la gracia de la sangre a ese maldito" Y aquella orden, pregonada en seguida desde lo alto de las terrazas, calmó el tumulto y el furor de la muchedumbre, e hizo abandonar su propósito a los que forzaban las puertas y a los que escalaban los muros del palacio.

Entonces Aladino, a quien se había tenido cuidado de quitar la venda de los ojos y a quien habían soltado las ligaduras que le ataban las manos a la espalda, se levantó del cuero de las ejecuciones en donde estaba arrodillado, y alzó la cabeza hacia el sultán y con los ojos llenos de lágrimas le preguntó: "¡Oh rey del tiempo, suplico a tu alteza que me diga solamente el crimen que he podido cometer para ocasionar tu cólera y esta desgracia!" Y con el color muy amarillo y la voz llena de cólera reconcentrada, el sultán le dijo: "¿Que te diga tu crimen, miserable? ¿Es que finges ignorarlo? ¡Pero no fingirás más cuando yo te lo haya hecho ver con tus propios ojos!" Y le gritó: "Sígueme" y echó a andar delante de él y le condujo al otro extremo del palacio, hacia la parte que daba al segundo meidán, donde se erguí antes el palacio de Badrú'l-Budur rodeado de jardines, y le dijo: "Mira por esta ventana y dime, ya que debes saberlo, qué ha sido del palacio que guardaba a mi hija". Y Aladino sacó la cabeza por la ventana y miró. Y no vio ni palacio ni jardín ni huella del palacio o del jardín sino el inmenso meidán desierto tal como estaba el día en que él dio al efrit de la lámpara la orden de construir allí la morada maravillosa. Y sintió tal estupefacción y al dolor y tal conmoción, que estuvo a punto de caer desmayado. Y no pudo pronunciar una sola palabra. Y el sultán le gritó: "Dime, maldito impostor, ¿dónde está el palacio y dónde está mi hija, núcleo de mi corazón, mi única hija?" Y Aladino lanzó un gran suspiro y vertió abundantes lágrimas, luego dijo: "Oh rey del tiempo, no lo sé" Y le dijo el sultán: "Escúchame bien. No quiero pedirte que restituyas tu maldito palacio, pero si te ordeno que me devuelvas a mi hija. Y si no lo haces al instante o si no quieres decirme qué ha sido de ella, por mi cabeza que haré que te corten la cabeza" Y en el límite de la emoción, Aladino bajó los ojos y reflexionó una hora entera. Luego levantó la cabeza y dijo: "Oh rey del tiempo, ninguno escapa a su destino. Y si mi destino es que se me corte la cabeza por un crimen que no he cometido, ningún poder logrará salvarme. Solo te pido, pues, antes de morir, un plazo de cuarenta días para hacer las pesquisas necesarias con respecto a mi esposa bienamada, la que ha desaparecido con el palacio mientras yo estaba de caza y sin que pudiera sospechar cómo ha sobrevenido esta calamidad; y te juro por la verdad de nuestra fe y los méritos de nuestro señor Mahoma - ¡con Él la plegaria y la paz -". Y el sultán contestó: "Está bien, te concederé lo que me pides. Pero has de saber que pasado ese plazo nada podrá salvarte de entre mis manos si no traes a mi hija. Porque sabré apoderarme de ti y castigarte. sea donde sea el paraje de la tierra en que te ocultes" Y al oír estas palabras Aladino salió de la presencia del sultán, y muy cabizbajo atravesó el palacio en medio de los dignatarios, que se apenaban mucho al reconocerle y verle tan demudado por la emoción y el dolor. Y llegó ante la muchedumbre y empezó a preguntar, con torvos ojos: "¿Dónde está mi palacio? ¿Dónde está mi esposa?" Y cuantos le veían y oían se dijeron: "El pobre ha perdido la razón. El haber caído en desgracia con el sultán y la proximidad de la muerte le han vuelto loco" Y al ver que ya sólo era para todo el mundo motivo de compasión, Aladino se alejó rápidamente sin que nadie tuviese corazón para seguirle. Y salió de la ciudad, y comenzó a errar por el campo, sin saber lo que hacía...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En 768a noche

Ella dijo:
"... y comenzó a errar por el campo, sin saber lo que hacía. Y de tal suerte llegó a orillas de un gran río, presa de la desesperación, y diciéndose: "¿Dónde hallarás tu palacio, Aladino, y a tu esposa Badrú'l-Budur? ¡Oh pobre! ¿A qué país desconocido irás a buscarla, si es que está viva todavía? ¿Y acaso sabes siquiera, cómo ha desaparecido?" Y con el alma oscurecida por estos pensamientos, y sin ver ya más que tinieblas y tristeza delante de sus ojos, quiso arrojarse al agua y ahogar allí su vida y su dolor. Pero en aquel momento se acordó de que era musulmán, un creyente, un puro. Y dio fe de la unidad de Alá y de la misión de Su Enviado. Y reconfortado con su acto de fe y su abandono  la voluntad del Altísimo, en lugar de arrojarse al agua, se dedicó a hacer sus abluciones para la plegaria de la tarde. Y se puso en cuclillas a la orilla del río y cogió agua en el hueco de las manos y se puso a frotarse los dedos y las extremidades. Y he aquí que, al hacer estos movimientos, frotó el anillo que le había dado en la cueva el magrebín. Y en el mismo momento apareció el efrit del anillo que se porsternó ante él, diciendo: "Aquí tiene entre tus manos a tu esclavo ¿Qué quieres? Habla. Soy el servidor del anillo en la tierra, en el aire y en el agua" Y Aladino reconoció perfectamente, por su aspecto repulsivo y por su voz aterradora al efrit que en otra ocasión hubo de sacarle del subterráneo. Y agradablemente sorprendido por aquella aparición, que estaba tan lejos de esperarse en el estado miserable en que se encontraba, interrumpió sus abluciones y se irguió sobre ambos pies y dijo al efrit: "Oh efrit del anillo, oh compasivo, oh excelente. Alá te bendiga y te tenga en su gracia. Pero apresúrate a traerme mi palacio y mi esposa, la princesa Badrú'l-Budur" Pero el efrit del anillo le contestó: "Oh dueño del anillo, lo que me pides no está en mi facultad, porque en la tierra, en el aire, y en el agua yo sólo soy servidor del anillo. Y siento mucho no poder complacerte en esto que es competencia del servidor de la lámpara. A tal fin, no tienes más que dirigirte a ese efrit y él te complacerá" Entonces Aladino, muy perplejo le dijo: "Oh efrit del anillo, en ese caso, y puesto que no puedes mezclarte en lo que no te incumbe trasnportando aquí el palacio de mi esposa, por las virtudes del anillo a quien sirves, te ordeno que me transportes a mi mismo al paraje de la tierra en que se halla mi palacio y me dejes sin hacerme sufrir sacudidas, debajo de las ventanas de mi esposa, la princesa Budur".

Apenas había formulado Aladino esta petición, el efrit del anillo contestó con el oído y la obediencia, y en el tiempo que se tarda solamente en cerrar un ojo y abrir un ojo, le transportó al fondo del Magreb, en medio de un jardín magnífico donde se alzaba con su hermosura arquitectural, el palacio de Badrú'l-Budur. Y le dejó con cuidado debajo de las ventanas de la princesa y desapareció.

Entonces, a la vista de su palacio, sintió Aladino dilatársele el corazón y tranquilizársele el alma y refrescársele los ojos. Y de nuevo entraron en él la alegría y la esperanza. Y de la misma manera que está preocupado y no duerme, quien confía una cabeza al vendedor de cabezas cocidas al horno, así Aladino, a pesar de sus fatigas y sus penas, no quiso descansar lo más mínimo. Y se limitó a elevar su alma hacia el Creador para darle gracias por sus bondades y reconocer que sus designios son impenetrables para las criaturas limitadas. Tras de lo cual se puso muy en evidencia debajo de las ventanas de su esposa Badrú'l-Budur.

Y he aquí que, desde que fue arrebatada con el palacio por el magrebín, la princesa tenía la costumbre de levantarse todos los días a la hora del alba, y se pasaba el tiempo llorando y las noches en vela, poseída de tristes pensamientos en su dolor por verse separada de su padre y de su esposo bienamado, además de todas las violencias de que la hacía víctima  el maldito magrebín, aunque sin ceder ella. Y no dormía, ni comía, ni bebía. Y aquella tarde, por decreto del destino, su servidora había entrado a verla para distraerla. Y abrió una de las ventanas de la sala de cristal, y miró hacia afuera diciendo: "Oh mi señora, ven a ver cuán hermosos están los árboles y cuán delicioso es el aire esta tarde" Luego lanzó de pronto un grito exclamando: "¡Ya setti, ya setti! He ahí a mi amo Aladino, he ahí a mi amo Aladino está bajo las ventanas del palacio..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente

Continúa la lectura en "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XIII"

martes, 19 de junio de 2012

Los Juegos - Liliana Heker

En Navidad del 2010, mi viejo me regaló "Cuentos de Liliana Heker", una recopilación de todos los cuentos publicados a la fecha por una escritora argentina que ninguno de los dos conocía, pero que aparentaba disfrutar de cierto renombre.

Abrí el libro con curiosidad para dar una mirada rápida. El prólogo llamó de inmediato mi atención: 
"Escribí mi primer cuento sólo por amor propio. Un viernes a la noche, un desconocido de los que caían a las reuniones de El grillo de papel en el café de los Angelitos leyó de prepo un texto mío y, sin que yo le hubiese pedido opinión, me dijo: -Sí, está bien, pero no es un cuento. En un cuento la gente fuma, tiene tos, usa sombrero-. Quedé fulminada: la adolescencia me venía otorgando un aura de protección en las reuniones del Grillo y, además, yo nunca había pretendido que ese texto fuera un cuento. Supe que la única solución para no quedar maltrecha sería demostrarme a mí misma que, si quería, podía escribir un cuento”. 

Sonreí.

Aquel primer cuento que escribió Liliana Heker se llama
Los Juegos, y es un hermoso relato en el cual la imaginación de una niña le juega una mala pasada. Fue publicado cuando ella tenía tan solo diecisiete años. 







Los Juegos


A veces me da una risa. Porque ellos no se pueden imaginar las cosas y entonces tratan de explicar todo: se ve que no pueden vivir sin explicar. Cada tanto yo pienso que les tendría que contar la verdad, ya estoy lista, parece que voy a empezar, pero entonces ellos dicen: ¿Por qué no jugás con la muñeca?, ¿es que ya no te gusta más? Y a mí claro que me gusta. Y cómo jugamos, si ellos supieran. Ayer nos perdimos en el bosque, uno que está cerca de la casa en que a veces se nos da por vivir; yo tenía unas trenzas largas y negras, iba descalza porque se me habían perdido los zapatos y estaba muerta de miedo. Pero en secreto sabía que después íbamos a encontrar una casita con labradores y con chicos llenos de aventuras y con panes calientes y olorosos. Y quería tener más miedo así después me sentía más aliviada.

Pero no pude llorar en los brazos de la mujer ni reírme con los hijos, ni llenarme la boca con pan dorado porque vino mamá y me dijo: ¿Por qué estás siempre sin hacer nada? Entonces yo saqué la muñeca de la caja y me puse a darle la mamadera. Y mamá me dijo: ¿Viste cómo te podés entretener si querés?

A la tarde me llevó a la casa de Silvia para que juegue con ella y no esté tan sola. A Silvia le gusta jugar a las visitas: dice las cosas que dicen las mamás cuando van de visita; las señoras grandes la miran, se ríen y dicen qué pícara. A Silvia le gustaría ser grande para decir todas esas cosas en serio y me dijo que yo era una tonta porque nunca me había pintado los labios y que mi vestido era viejo y feo y que su papá le va a comprar una bicicleta porque es más rico que el mío. Y a mí me subió una cosa grande y rara que se me quedó en la garganta y empecé a llorar fuerte como cuando me aprieto un dedo en la puerta. Entonces mamá me llevó a casa y me dijo que yo era una llorona y que no sabía jugar como las demás nenas y que tengo que contestarle a Silvia cuando me hace rabiar porque sino todos se van a reír de mí. Y yo me puse a llorar más fuerte y ya no pude parar.

Pero a la noche cuando estaba en la cama le contesté a Silvia: le dije todas las cosas que se me habían apretado en la garganta y que por eso no le pude decir antes. Me hubieran oído entonces. Le dije que si no me pintaba los labios no era porque le tuviera miedo a nadie, era porque no me gustaba porque es pegajoso y tiene feo olor. Y que yo tenía vestidos mil veces más lindos que ése y que me los ponía todos juntos si quería porque yo podía hacer lo que me da la gana y nadie me iba a decir nada pero que a mí qué me importaba ponérmelos: total, para ir a su casa. Y que a mí me van a comprar un caballo que corra más rápido que un tren cuando cumpla siete años. Entonces ella me quiso decir algo pero yo no la dejé y le dije que además la tonta era ella que todavía leía nada más que cuentos de hadas mientras que yo ya leí un montón de libros largos y de muchas páginas. Ella se moría de rabia pero yo le dije que era una estúpida porque decía que los chicos son unos brutos que no saben jugar y eso era mentira porque juegan mucho mejor que nosotras y si a ella no le gustaba era porque era de manteca. Silvia quiso tirarme del pelo pero entonces yo la agarré y le pegué tan fuerte que se tuvo que escapar corriendo. Y se puso a llorar. Lloraba tan fuerte que al final vinieron todas las señoras grandes a ver. Todas. Y se enteraron de que yo le había pegado a Silvia porque había sido mala conmigo. Y mamá me dijo: No hay que pegar a las nenas, es muy feo. Y Silvia seguía llora que te llora.

Y todo pasó tan en serio que cuando terminó yo estaba llorando en la cama. Pero no lloraba porque estaba triste. Lloraba como si yo fuera Silvia y me diese mucha rabia que una chica a la que creía tonta me hubiera hecho pasar tanta vergüenza delante de todo el mundo.

lunes, 18 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota XI - Las mil y una noches.

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota X"


En la 763a noche 

Ella dijo:
"... Entretanto llegaron los joyeros y orfebres a quienes habían ido a buscar los guardias por toda la capital; y se pasó recado al rey, que en seguida se subió a la cúpula de las noventa y nueve ventanas. Y enseñó a los orfebres la ventana sin terminar, diciéndoles: "¡Es preciso que en el plazo más breve posible acabéis la labor que necesita esta ventana, en cuanto a incrustaciones de perlas y pedrerías de todos los colores!" Y los orfebres y joyeros contestaron con el oído y la obediencia, y se pusieron a examinar, con mucha minuciosidad, la labor y las incrustaciones de las demás ventanas, mirándose unos a otros con ojos muy dilatados de asombro. Y después de ponerse de acuerdo entre ellos, volvieron juntos al sultán, y tras las prosternaciones, le dijeron: "oh rey del tiempo, no obstante todo nuestro repuesto de piedras preciosas, no tenemos en nuestras tiendas con qué adornar la centésima parte de esta ventana". Y dijo el rey:"Yo os proporcionaré lo que os haga falta". Y mandó llevar las frutas de piedras preciosas que Aladino le había dado como presente, y les dijo: "Emplead lo necesario y devolvedme lo que sobre" Y los joyeros tomaron sus medidas e hicieron sus cálculos, repitiéndolos varias veces, y contestaron: "Oh rey del tiempo, con todo lo que nos das y con todo lo que poseemos, no habrá bastante para adornar la décima parte de la ventana". Y el rey se encaró con sus guardias y les dijo: "Invadid las casas de mis visires, grandes y pequeños, de mis emires y de todas las personas ricas de mi reino, y haced que os entreguen de grado o por fuerza todas las piedras preciosas que posean". Y los guardias se apresuraron a ejecutar la orden.

En espera de que regresasen, Aladino, que veía que el rey empezaba a estar inquieto por el resultado de la empresa, y que interiormente se regocijaba en extremo de la cosa, quiso distraerle con un concierto. E hiza una seña a uno de los jóvenes efrits esclavos suyos, el cual hizo entrar al punto un grupo de cantarinas, tan hermosas, que cada una de ellas podía decir a la luna: "Levántate para que me siente en tu sitio", y dotadas de una voz encantadora que podía decir al ruiseñor: "Cállate para escuchar cómo canto". Y en efecto, consiguieron con la armonía que el rey tuviese un poco de paciencia.

pero en cuanto llegaron las guardias, el sultán entregó en seguida a los joyeros y orfebres las pedrerías procedentes del despojo de las consabidas personas ricas, y les dijo: "Y bien, ¿qué tenéis que decir ahora?". Ellos contestaron: "Por Alá, oh señor nuestro, que aún nos falta mucho. Y necesitaremos ocho veces más materiales que los que poseemos al presente. Además para hacer ben este trabajo, precisamos por lo menos un plazo de tres meses, poniendo manos a la obra de día y de noche"

Al oír estas palabras, el rey llegó al límite del desaliento y de la perplejidad, y sintió alargársele la nariz hasta los pies, de lo que le avergonzaba su impotencia en circunstancias tan penosas para su amor propio. Entonces, Aladino, sin querer ya prolongar más la prueba a la que le hubo de someter, y dándose por satisfecho, se encaró con los orfebres y los joyeros, y les dijo: "Recoged lo que os pertenece y salid". Y dijo a los guardias: "Devolved las pedrerías a sus dueños". Y dijo al rey: "oh rey del tiempo, no estaría bien que admitiera yo de ti, lo que te di una vez. Te ruego, pues, veas con agrado que te restituya yo estas frutas de pedrerías y te reemplace en lo que falta hacer para llevar a cabo la ornamentación de esa ventana. Solamente te suplico que me esperes en el aposento de mi esposa Badrú'l-Budur, porque no puedo trabajar ni dar ninguna orden cuando sé que me están mirando". Y el rey se retiró con su hija Badrú'l-Budur para no importunar a Aladino. 

Entonces Aladino sacó del fondo del armario de nácar la lámpara maravillosa, que había tenido mucho cuidado de no olvidar en la mudanza de la antigua casa al palacio, y la frotó como tenía por costumbre hacerlo. Y al instante apareció el efrit y se inclinó ante Aladino esperando sus órdenes. Y Aladino le dijo: "Oh efrit de la lámpara, te he hecho venir para que hagas de todo punto semejante a sus hermanas, la ventana número noventa y nueve" Y apenas había él formulado esta petición cuando desapareció el efrit. Y oyó Aladino como una infinidad de martillazos y chirridos de limas en la ventana consabida; y en menos tiempo del que el sediento necesita para beberse un vado de agua fresca, vio aparecer y quedar rematada la milagrosa ornamentación de pedrerías de la ventana. Y no pudo encontrar la diferencia con las otras. Y fue en busca del sultán y le rogó que le acompañara a la sala de la cúpula.

Cuando el sultán llegó frente a la ventana, que había visto tan imperfecta unos instantes atrás, creyó que se había equivocado de sitio, sin poder diferenciarla de las otras. Pero cuando, después de dar vuelta varias veces a la cúpula, comprobó que en tan poco tiempo se había hecho aquel trabajo, para cuya terminación exigían tres meses enteros todos los joyeros y orfebres reunidos, llegó al límite de la maravilla, y besó a Aladino entre ambos ojos, y le dijo: "Ah hijo mío Aladino, conforme te conozco más, me pareces más admirable..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 764a noche

Ella dijo:
"... y besó a Aladino entre ambos ojos, y le dijo: "Ah hijo mío Aladino, conforme te conozco más, me pareces más admirable". Y envió a buscar al gran visir y le mostró con el dedo la maravilla que le entusiasmaba, y le dijo con acento irónico: "y bien, visir, ¿qué te parece?" y el visir que no se olvidaba de su antiguo rencor, se convenció cada vez más, al ver la cosa de que Aladino era un hechicero, un herético y un filósofo alquimista. Pero se guardó mucho de dejar traslucir sus pensamientos al sultán, a quien sabía muy adicto a su nuevo yerno, y sin entrar en conversación con él, le dejó con su maravilla y se limitó a contestar: "Alá es el más grande".

Y he aquí que desde aquel día el sultán no dejó de ir a pasar después del diván, algunas horas cada tarde en compañía de su yerno Aladino y de su hija Badrú'l-Budur, para contemplar las maravillas del palacio, en donde siempre se encontraba cosas nuevas más admirables que las antiguas, que le maravillaban y le transportaban.

En cuanto a Aladino, lejos de envanecerse con lo agradable de su vida, tuvo cuidado de consagrarse en las horas que no pasaba con su esposa Badrú'l-Budur, a hacer bien a su alrededor y a informarse de las gentes pobres para socorrerlas. Porque no olvidaba su antigua condición, y la miseria en que había vivido con su madre en los años de su niñez. Y además, siempre que salía a caballo se hacía escoltar por algunos esclavos que siguiendo órdenes suyas, no dejaban de tirar en todo el recorrido puñados de dinares de oro a la muchedumbre que acudía a su paso. Y a diario, después de la comida del mediodía y de la noche, hacía repartir entre los pobres las sobras de su mesa, que bastarían para alimentar a más de cinco mil personas. Así es que su conducto tan generosa y su bondad y su modestia le granjearon el afecto de todo el pueblo, y le atrajeron las bendiciones de todos los habitantes. Y no había ni uno que no jurase por su nombre y por su vida. Pero lo que acabó de conquistarle los corazones y cimentar su fama fue cierta victoria que logró sobre unas tribus rebeladas contra el sultan, y donde había dado prueba de un valor maravilloso, y de cualidades guerreras que superaban a las hazanas de los héroes más famosos. Y Badrú'l-Budur le amó cada vez más, y cada vez felicitóse de su feliz destino, que le había dado por esposo al único hombre que se la merecía verdaderamente. Y de tal suerte, vivió Aladino varios años de dicha perfecta entre su esposa y su madre, rodeado de la abnegación de grandes y pequeños, y más querido y más respetado que el mismo sultán, quien, por cierto continuaba teniéndole estima y sintiendo por él una admiración ilimitada. Y he aquí lo referente a Aladino

He aquí ahora lo que se refiere al mago magrebín, a quien encontramos al principio de todos estos acontecimientos y que, sin querer, fue causa de la fortuna de Aladino.

Cuando abandonó a Aladino en el subterráneo, para dejarle morir de sed y de hambre, se volvió a su país de fondo del Magreb lejano. Y se pasaba el tiempo entristeciéndose con el mal resultado de su expedición, y lamentando las penas y fatigas que había soportado tan vanamente para conquistar la lámpara maravillosa. Y pensaba en la fatalidad que le había quitado de los labios el bocado que tanto trabajo le costó perfeccionar. Y no transcurría día sin que el recuerdo lleno de amargura de aquellas cosas asaltase su memoria y le hiciese maldecir a Aladino y el momento en que se encontró con Aladino. Y a este efecto, como estaba muy versado en la geomancia, cogió su mesa de arena adivinadora, que hubo de sacar del fondo de un armario, sentóse sobre una estera cuadrada, en medio de un círculo trazado con rojo, alisó la arena, arregló los granos machos y los granos hembras, las madres y los hijos, murmuró las fórmulas geománticas y dijo: "Está bien, oh arena, veamos. ¿Qué ha sido de la lámpara maravillosa? ¿Y cómo murió ese hijo de alcahuete, ese miserable, que se llamaba Aladino?" Y pronunciando estas palabras, agitó la arena con arreglo al rito. Y he aquí que nacieron las figuras y se formó el horóscopo. Y el magrebín, en el límite de la estupefacción, después de un examen detallado de las figuras del horóscopo, descubrió sin ningún género de duda que Aladino no estaba muerto, sino muy vivo, que era dueño de la lámpara maravillosa, y que vivía con esplendor, riquezas y honores, casado con la princesa Badr'u'l-Budur, hija del rey de la Chica, a la cual amaba y la cual le amaba, y por último, que no se le conocía en todo el imperio de China e incluso en las fronteras del mundo, más que con el nombre del emir Aladino.

Cuando el mago se enteró de tal suerte, por medio de las operaciones de su geomancia y de su descreimiento de aquellas cosas que estaban tan lejos de esperarse, espumajeó de rabia y escupió al aire y al suelo, diciendo: "Escupo en tu cara, oh hijo de bastardos y de zorras. Piso tu cabeza, oh Aladino alcahuete, oh perro hijo de perro, oh pájaro de horca, oh rostro de pez y brea..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 765a noche

Ella dijo:
"... Escupo en tu cara, oh hijo de bastardos y de zorras. Piso tu cabeza, oh Aladino alcahuete, oh perro hijo de perro, oh pájaro de horca, oh rostro de pez y brea" y durante una hora estuvo escupiendo al aire y al suelo, hollando con los pies a un Aladino imaginario, y abrumándole a juramentos atroces y a insultos de todas las variedades hasta que se calmó un poco. Pero entonces resolvió vengarse a toda costa de Aladino, y hacerle expiar las felicidades de que en detrimento suyo gozaba con la posesión de aquellas lámpara maravillosa que le había costado al mago tantos esfuerzos y tantas penas inútiles. Y sin cavilar un instante, se puso en camino para China. Y como la rabia y el deseo de venganza le daban alas, viajó sin detenerse, meditando largamente sobre los medios de que se valdría para apoderarse de Aladino, y no tardó en llegar a la capital del reino de China. Y paró en un khan, donde alquiló una vivienda. Y desde el día siguiente, a su llegada empezó a recorrer los sitios públicos y los lugares más frecuentados; y por todas partes sólo oyó hablar del emir Aladino. Y se dijo: "Por el fuego y por la luz que no tardará en pronunciarse este nombre para sentenciarlo a muerte". Y llegó al palacio de Aladino y exclamó al ver su aspecto imponente: "Ah, ah, ahí habita ahora el hijo del sastre Mustafá, el que no tenía un pedazo de pan para echarse a la boca al llegar la noche. Ah, ah, ¡Pronto verás, Aladino, si mi Destino vence o no al tuyo, y si obligo o no a tu madre a hilar lana, como en otro tiempo, para no morirse de hambre, y si cavo o no con mis propias manos la fosa adonde irá ella a llorar". Luego se acercó a la puerta principal del palacio, y después de entablar conversación con el portero consiguió enterarse de que Aladino había ido de caza por varios días. Y pensó: "He aquí ya el principio de la caída de Aladino. En ausencia suya podré obrar más libremente. pero ante todo, es preciso que sepa si Ladino se ha llevado la lámpara maravillosa consigo o si la ha dejado en el palacio". Y se apresuró a volver a su habitación del khan donde cogió su mesa geomántica y la interrogó. Y el horóscopo le reveló que Aladino había dejado la lámpara en el palacio.

Entonces el magrebín, ebrio de alegría, fue al zoco de los caldereros y entró en la tienda de un mercader de linternas y lámparas de cobre, y le dijo: "oh, mi señor, necesito una docena de lámparas de cobre completamente nuevas y muy bruñidas" Y contestó el mercader: "Tengo lo que necesitas" Y le puso delante doce lámparas muy brillantes y le pidió un precio que le pagó el mago sin regatear. Y las cogió y las puso en un cesto que había comprado en casa del cestero. Y salió del zoco.

Y entonces se dedicó a recorrer las calles con el cesto de lámparas al brazo, gritando: "¡Lámparas nuevas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!" Y de ese modo se encaminó al palacio de Aladino.

En cuanto los pilluelos de las calles oyeron aquel pregón insólito, y vieron el amplio turbante del magrebín, dejaron de jugar y acudieron en tropel. Y se pusieron a hacer piruetas detrás de él mofándose y gritando a coro:"¡Al loco, al loco!" Pero él, sin prestar la menor atención a sus burlas, seguía con su pregón, que dominaba las cuchufletas: "¡Lámparas nuevas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!" 

Y de tal suerte, seguido por la burlona muchedumbre de chiquillos, llegó a la plaza que había delante de la puerta del palacio, y se dedicó a recorrerla de un extremo a otro para volver sobre sus pasos y recomenzar, repitiendo, casa vez más fuerte, su pregón sin cansarse. Y tanta maña se dio que la princesa Badrú'l.Budur, que en aquel momento se encontraba en la sala de las noventa y nueve ventanas, oyó aquel vocerío insólito y abrió una de las ventanas y miró a la plaza. Y vio a la muchedumbre insolente y burlona de pilluelos, y entendió el extraño pregón del magrebín. 

Y se echó a reír, y sus mujeres entendieron el pregón también, y se echaron a reír con ella, y le dijo una: "oh mi señora, precisamente hoy, al limpiar el cuarto de mi amo, Aladino, he visto en una mesita una lámpara vieja de cobre. Permíteme, pues, que vaya a cogerla y a enseñársela a ese viejo magrebín, para ver si realmente está tan loco como nos da a entender su pregón, y si consiente en cambiárnosla por una lámpara nueva". Y he aquí que la lámpara vieja de que hablaba aquella esclava era precisamente la lámpara maravillosa de Aladino. ¡Y por una desgracia escrita por el Destino, se había olvidado él, antes de partir, de guardarla en el armario de nácar en que generalmente la tenía escondida, y la había dejado encima de la mesilla. ¿Pero es posible luchar contra los decretos del Destino?

Por otra parte, la princesa Badrú'l-Budur ignoraba del todo la existencia de aquella lámpara y sus virtudes maravillosas. Así es que no vio ningún inconveniente en el cambio de que le hablaba su esclava, y contestó: "Desde luego. Coge esa lámpara y dásela al agá de los eunucos, a fin de que vaya a cambiarla por una lámpara nueva y nos riamos a costa de ese loco".

Entonces la joven esclava fue al aposento de Aladino, cogió la lámpara maravillosa que estaba encima de la mesilla y se la entregó al agá de los eunucos. Y el agá bajó al punto a la plaza, y le dijo: "Mi señora desea cambiar esta lámpara por una de las nuevas que llevas en este cesto".

Cuando el mago vio la lámpara, la reconoció a la primera ojeada, y empezó a temblar de la emoción. Y el eunuco le dijo: "¿Qué pasa? ¿Acaso encuentras esta lámpara demasiado vieja para cambiarla?" Pero el mago, que había dominado ya su excitación, tendió la mano con la rapidez del buitre que cae sobre la tórtola, cogió la lámpara que le ofrecía el eunuco y se la guardó en el pecho. Luego presentó al eunuco el cesto, diciendo: "Coge la que más te guste" Y el eunuco escogió una lámpara muy bruñida y completamente nueva, y se apresuró a llevársela a su ama Badrú'l.Budur, echándose a reír y burlándose de la locura del magrebín...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

domingo, 17 de junio de 2012

El Príncipe Feliz - Oscar Wilde

Si algo siempre me llamó la atención de la vieja colección "Biblioteca Billiken", era su sentido de "adaptación". 
En la contratapa de "Cuentos de Oscar Wilde" (10a Ed. 1982) dice: 
"Figuran en este libro los más famosos cuentos de Oscar Wilde, adaptados a las exigencias educativas de Biblioteca Billiken. Tal adaptación no sería posible si los cuentos mismos en su forma original y en lo más mínimo de la inspiración de Oscar Wilde al escribirlos no fuesen ya, al mismo tiempo verdaderas joyas de fantasía, profundos hallazgos de delicadeza moral. Sólo algunos rasgos paradójicos que en mentes juveniles podrían producir efectos desconcertantes ocultándoles lo más valioso de la sensibilidad de Oscar Wilde, han sido atenuados, para dar en cambio todo el relieve necesario a lo más sustantivo, siempre dentro de un cuidadoso respeto al estilo y formas predilectas que singularizan al autor".
Me quedo sin palabras
"El príncipe feliz" es uno de los cuentos clásicos de Oscar Wilde que figura en dicha selección.
Ya en algún momento dedicaré unos minutos a buscar cuales son aquellos "rasgos paradójicos que en mentes juveniles podrían producir efectos desconcertantes" pero, como la versión adaptada "a las exigencias educativas de Biblioteca Billiken" es la versión con la que crecí y la que tengo a mano en este momento, ésa es la que publicaré a continuación.
Espero que les guste
:D



Se avecinaba el invierno, y todas las golondrinas se fueron hacia la primavera de otros climas, menos una que se quedó rezagada. Habíase hecho muy amiga de un gracioso junco, de los muchos que inclinaba la brisa en las orillas del río, y habría querido que la acompañase en su vuelo. Pero desgraciadamente los juncos, aunque muy amigos del aire, según se ve por las mil reverencias que hacen al soplo más ligero, están muy pegados a la tierra y no pueden viajar. ¡Qué contratiempo! Sintiéndolo mucho, la golondrina le hizo por última vez algunos agasajos con el pico y lo dejó cabeceando muy emocionado, mientras ella se disparaba como una flecha, remontando los grandes cielos del otoño.

Pero sus compañeras estaban lejísimo. Voló durante todo el día y al caer la noche se encontró en la ciudad. Zigzaueaba entre los aleros buscando un cobijo donde reposar hasta el amanecer, cuando llegó a una plazoleta y vio una hermosa estatua, toda cubierta de oro fino, con ojos de zafiro y un gran rubí en el puño de la espalda. Era la estatua del Príncipe Feliz. 

- Este sitio es bonito - dijo, lanzando un grito muy regocijado. Y fue a posarse sobre el airoso pedestal y justamente entre los pies del Príncipe. Aquel hueco dorado le pareció una espléndida mansión. Y muy ufana, como si el municipio sabiendo su llegada le hubiera preparado aquel suntuoso alojamiento, se dispuso a dormir. Pero al dar unas vueltas buscando la mejor manera de acomodarse, he aquí que una gruesa gota de agua cae sobre su cabeza.

- ¡Qué cosa más rara! - exclamó -. El cielo está completamente despejado, relucen las estrellas, y sin embargo llueve. este clima del norte de Europa no hay quien lo entienda.
Una nueva gota interrumpió su discurso. Parecía una burla. Entonces la golondrina se puso muy desdeñosa.

- Sí, sí, mucho oro y lo que ustedes gusten, mas hay goteras! ¡Me voy a otro cobijo más modesto, pero más práctico! ¡Abur!

Y se disponía a volar hacia una renegrida chimenea, pero antes que pudiera abrir las alas cayó una tercera gota.

Entonces la golondrina miró hacia arriba y vio algo inesperado que la llenó de piedad. Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que a la luz de la luna se veían correr sobre sus mejillas de oro.
- ¿Quién sois? - preguntó la golondrina.
 - Soy el Príncipe Feliz.
 - ¿El Príncipe Feliz? ¿Por qué lloráis, entonces, de tal modo?

- Mientras yo estaba vivo - dijo la estatua - no conocí las lágrimas, porque moraba en el Palacio de la Despreocupación, en el cual no se concede la entrada al dolor. Pasaba el día jugando en el jardín con mis compañeros, y por la noche hacíanse fiestas en las que yo bailaba. En torno del jardín erguíase una altísima muralla, y nunca me preocupó lo que pudiese haber detrás de ella ni podía imaginarlo, pues todo lo que me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz. Pero ahora que estoy muerto me han colocado sobre esta columna, ya sin vallas protectoras, y desde aquí puedo ver todas las fealdades y miserias de mi pobre ciudad. Antes mi corazón era de hombre y ahora es de plomo, y sin embargo es ahora cuando conozco el llanto de la ciudad.
- ¡Ah, no es de oro! - pensó la golondrina un poco perpleja, pues nunca había oído decir "corazón de plomo", sino "corazón de oro" cuando se trataba de un buen corazón.

- Allá abajo, en una pobre calleja, se ve todavía una ventana iluminada - dijo la estatua. Y a través de ella distingo a una mujer que trabaja afanosamente, sentada ante una mesa. Su cara está marchita y demacrada. Borda pasionarias en el vestido raso que en el próximo baile ha de lucir la más hermosas de las damas de honor de la reina. En un rincón, sobre un pequeño lecho, yace enfermo el hijito de la costurera. Tiene fiebre y pide naranjas, pero su madre llora porque no puede darle más que agua del río, y con los ojos empañados su trabajo se hace más difícil. ¿No querrías tú, Golondrina, llevarle el rubí que está en el puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal y no puedo moverme.
- Tengo prisa - dijo la golondrina-. Mis compañeras deben de estar ya volando sobre el Nilo. Pasan sobre los grandes lotos para ir a dormir al sepulcro del Gran Rey, donde el Gran Rey está en un cofre, embalsamado y seco como las hojas del otoño, inmóvil y muy seriecito desde hace no sé cuántos miles de años.

- ¡Pero esa madre está tan triste y el niño tiene tanta sed! - insistió el Príncipe -. ¿Por qué no te quedas conmigo una noche para ser mi mensajera?

- Estoy muy disgustada con los niños - dijo la golondrina -. ¡Ah, qué gente insoportable! Últimamente, cuando yo vivía a orillas del río, los hijos del molinero no cesaban de tirarme piedras. ¿Es que eso está bien? Claro que yo pertenezco a una familia muy célebre por su rapidez y agilidad en el vuelo, y nunca me alcanzaban. Pero las intenciones no podían ser peores.

El Príncipe Feliz se quedó callado, quizá buscando alguna excusa para aquellos niños. La golondrina lo miró, esperando la réplica; pero lo vio tan triste que renunció a la discusión, y se olvidó de su resentimiento con los hijos del molinero. Al fin y al cabo ella también se había divertido un poco luciendo su famosa agilidad en aquel juego peligroso.
- ¡Bien! No tiene importancia... Me quedaré contigo una noche; aunque la verdad, hace aquí mucho frío, y seré tu mensajera.

- Gracias, Golondrinita - respondió el Príncipe. 

Entonces la golondrina arrancó el gran rubí de la espada y voló sobre los tejados de la ciudad llevándolo en el pico.
Al pasar sobre la torre de la catedral vio unos ángeles muy quietos esculpidos en mármol blanco.

Volando sobre el palacio real oyó la música de baile y vio a una linda muchacha que se asomaba al balcón acompañada de su prometido.

- ¡Qué hermosas son las estrellas y qué poderosa la fuerza del amor! - decía él muy entusiasmado.

Pero ella no pensaba en las estrellas, sino en su vestido.
- No sé si mi vestido estará terminado para el baile oficial - decía -. Mandé bordar en él unas pasionarias, y aún no lo han acabado. ¡Son tan perezosas esas costureras!

Después pasó sobre el río, volando entre los faroles de los mástiles. Pasó sobre el Ghetto y vio a los viejos mercaderes desvelados haciendo sus cuentas.

Cuando al fin llegó a la pobre vivienda, el niño se agitaba febrilmente y la madre habíase quedado dormida del cansancio sobre su labor. Estaba la ventana abierta de par en par. Entró la golondrina y dejó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal de la costurera.
Después revoloteó alrededor del lecho, y el delicioso fresco de sus alas acarició el rostro del niño, que dejó de agitarse y se durmió apaciblemente.
La golondrina volvió con rapidez hacia la estatua del Príncipe Feliz y le dio cuenta de lo que había hecho. Después se metió de nuevo en su cobijo, a los pies del Príncipe, y empezó a reflexionar, con la cual se durmió rápidamente. Es curioso, siempre que se ponía a reflexionar le entraba un dulce sueño.
Al despuntar el alba despertó muy alegre, dispuesta ya a partir para Egipto. Pero antes quiso ver los monumentos. Estuvo también en el río y en el parque, sorprendiendo con su presencia inusitada a los gorriones y especialmente al profesor de Ornitología. Éste exclamó al verla:

- ¡Notable fenómeno! ¡Una golondrina en invierno! - Y escribió sobre el tema un complicado estudio que acrecentó su prestigio en la ciudad.

Al atardecer volvió hacia el Príncipe y le dijo:

- ¿Tienes algún encargo que hacerme para Egipto?

El príncipe calló. Después dijo:

- ¿No querrás quedarte otra noche conmigo? Allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Se afana en concluir una obra para el director del teatro, pero el frío y el hambre no le dejan trabajar.

- ¿Debo llevarle otro rubí? - preguntó la golondrina - un tanto conmovida.

- No tengo más rubíes - dijo el Príncipe -. pero mis ojos son unos zafiros extraordinarios traídos hace mil años de la India. Arráncame uno de ellos y llévaselo.

- ¡Amado Príncipe - gritó la golondrina llorando -, yo no puedo hacer eso!

Pero el Príncipe insistió:

- Has lo que te pido, Golondrina.

Entonces la golondrina arrancó el zafiro y voló hacia la buhardilla del estudiante. Por un agujero del techo entró en la habitación y volvió a salir. el joven estaba absorto, con la cabeza entre las manos, y no oyó el aleteo. Pero después, al disponerse a reanudar su tarea, descubrió el zafiro sobre la mesa y pensó muy emocionado y convencido:
- Todavía hay gente que estima a los poetas. Esto procede de algún rico admirador.

Y a pesar del frío y del hambre, no se dio prisa en ir por alimento y combustible, porque se le agolparon ideas asombrosas y ya no podía parar de escribirlas.

Al día siguiente la golondrina, volando sobre el puerto, vio las grandes naves que se disponían a partir, y su instinto viajero ya no podía contenerse. Algo sin embargo parecía retenerla y restar decisión a sus alas al acordarse del Príncipe. Pero al salir la luna voló hacia él y le dijo resueltamente:

- He venido para decirte adiós. Aquí pronto habrá nieve. Mis compañeras construyen ya sus nidos en el templo de Baaldek, bajo un cielo maravilloso. Amado Príncipe, tengo que dejarte, pero no te olvidaré nunca. Cuando vuelva en la primavera próxima traeré de allá un rubí y un zafiro magníficos para sustituir los que he tenido que arrancar por tu mandato.

- Golondrina, Golondrinita - exclamó el Príncipe -, ¿no podrías quedarte conmigo una noche más? Allá abajo en una plazuela hay una niña que vende siempre cajitas de fósforos. Pero ahora está llorando porque se le ha caído su humilde mercancía en mitad del arroyo. Las cajitas están manchadas y estropeadas. Su padre le pegará si no las vende y no lleva algún dinero a casa. La niña no tiene medias ni zapatos y, aunque hace mucho frío, va muy desabrigada y con la cabecita al descubierto. Quítame el otro ojo y llévaselo.

- Yo no puedo hacer eso - dijo la golondrina -. Te quedarás ciego del todo.

- Haz lo que te dije - rogó el Príncipe.

Entonces la golondrina arrancó el segundo zafiro y se fue con él en el pico. Se acercó a la pequeña vendedora y deslizó la joya en la palma de su mano.
- ¡Qué cristal más bonito! - exclamó la niña maravillada. Y corrió hacia su casa muy alegre.

Y la golondrina voló de nuevo hacia la estatua del Príncipe Feliz y le dijo:

- Ahora estás ciego. Me quedaré contigo para siempre.

- No, Golondrinita - dijo el Príncipe -. Tienes que ir a Egipto. Demasiado te hice esperar.

- Me quedaré contigo - insistió la golondrina. Y se durmió a los pies del Príncipe. 

Al día siguiente la golondrina voló por la ciudad y vio palacios en que se celebraban grandes festines, mientras los mendigos, rojos de frío y vestidos de harapos, esperaban algún mendrugo ante las puertas. Pasó por los barrios sombríos y vio los niños demacrados que miraban con tristeza indiferente las callejuelas negras. Bajo los arcos de un puente, dos niños juntaban todo lo posible para calentarse. Tenían hambre y no esperaban nada.

- No se puede estar echado ahí! - les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la llovizna.

La golondrina voló hacia el Príncipe y le contó lo que había visto.

- Estoy cubierto de hojas de oro fino - dijo el Príncipe-. Despréndelas una por una y dáselas a los pobres.

Así lo hizo la golondrina, y mientras el Príncipe se quedaba sin el esplendor del oro, las caras de los niños se hacían más alegres y sonrosadas. Se los veía reír y jugar por la calle, con un trozo de pan fresco en la mano.
Después llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos colorados y se deslizaban sobre sus patines.

La pobre golondrina tenía cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe. Picoteaba las migas a la puerta del panadero y procuraba calentarse batiendo las alas.

Al fin sintió que iba a morir. Sólo tuvo fuerzas para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

- ¡Adiós, amado Príncipe! - murmuró.

- Haces bien en marcharte - dijo el Príncipe -. Has estado aquí demasiado tiempo. Me alegra mucho que al fin hayas decidido partir para Egipto.

- No voy a Egipto - dijo la golondrina -, sino a la morada de la Muerte, hermana del sueño.

Y besando al Príncipe en los labios, cayó muerta a sus pies. En ese momento un sonido extraño se oyó en el interior de la estatua, como si algo se hubiese quebrado. El hecho es que el corazón de plomo se había partido en dos. 

A la mañana siguiente muy temprano hacía poquito de sol, y el alcalde paseaba por la plazoleta con los concejales de la ciudad. Hablaban animadamente de graves asuntos. Al pasar cerca de la estatua el alcalde se puso a contemplarla y dijo:

- ¡Qué desastrado está el Príncipe Feliz! El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos ni es dorado. Está horrible. Parece un pordiosero.

- ¡Sí, sí, un pordiosero! - repitieron a coro los concejales, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Éste observó todavía:

- Tiene a sus pies un pájaro muerto. Ciertamente habría que promulgar un bando que prohibiera a los pájaros morir en las estatuas.

El secretario del Ayuntamiento tomó nota.

Poco tiempo después la estatua del Príncipe fue derribada y transportada a un taller de fundición.
El alcalde reunió al concejo para decidir lo que haría con el metal.

- Yo propongo hacer otra estatua - dijo -. La mía, por ejemplo.

- O la mía.

- O la mía - fue diciendo cada uno de los concejales.

Empezó una gran disputa, y no llegaron a un acuerdo.

Entretanto los obreros estaban fundiendo la estatua.

- ¡Qué cosa más rara! - dijo el oficial primero de la fundición -. Este corazón de plomo no quiere fundirse. Habrá que tirarlo.

Y lo arrojaron a un montó de cosas inútiles.

Entonces Dios dijo a uno de sus ángeles:

- Tráeme las dos cosas más preciosas de aquella ciudad.

Y el ángel vino y le llevó el corazón de plomo y la golondrina muerta.

- Has elegido bien - dijo el Señor -. En los jardines del Paraíso este pajarito cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.





PD: Finalmente, busqué la versión original del cuento para ver las diferencias con la adaptación de Billiken. En el link http://www.cuentosparachicos.com/BIL/cuentosclasicos/HappyPrince1.htm aparece la versión bilingüe del mismo. Son algunos diálogos y sutilezas que no cambian en sí el mensaje de la historia, pero resulta interesante la comparación. 
Dejé aquí, por tanto, la adaptación de Billiken a la que únicamente agregué del cuento original, las oraciones "En ese momento un sonido extraño se oyó en el interior de la estatua, como si algo se hubiese quebrado. El hecho es que el corazón de plomo se había partido en dos", ya que el corazón roto del príncipe aparecía recién al momento de querer fundirlo y, a mi parecer no quedaba claro el relato por no haber sido mencionado con anterioridad.