Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

viernes, 6 de julio de 2012

La Primera Apuesta

"La primera apuesta" es uno de los tantos cuentos populares cordilleranos que enfrenta al Suri con el Sapo. Como todo cuento folklórico regional, fue transmitido de boca en boca por generaciones y existen varias versiones. Su lectura recuerda ciertas fábulas como las de Esopo - la apuesta, entre otras cosas, a mi me recordó "La liebre y la tortuga" - donde el uso de animales busca transmitir una moraleja o enseñanza.
La versión que publico a continuación, la encontré en "Cuentos del sapo", una recopilación realizada por Graciela Montes para la colección "Cuentos de mi país" editada por la Secretaria de Cultura de La Nación en 1986.


La Primera Apuesta

Del sapo se cuentan muchas cosas. Se dice que es un bocón, que como buen bocón es muy charlatán y que - aunque chiquito - no se deja atropellar por nadie. Se dice también que le encantan las apuestas, y que, además, suele ganarlas.

Y, entre las muchas cosas que se cuentan, también se cuenta ésta.

Parece ser que éste era un sapo catamarqueño, que vivía en algún huequito perdido entre los cerros y que todas las tardes, en cuanto el sol empezaba a ponerse, se iba a parar cerca del camino y ahí se quedaba, escondido entre los yuyos, quietito, quietito, esperando que pasara alguna mosca para atraparla al vuelo con la lengua.

Y parece ser que por ahí mismito fue a pasar Suri, el ñandú, a los trancos largos como es su costumbre, siempre apurado y siempre mirando a lo lejos desde lo alto de su cuello.

Y bueno, un ñandú que anda corriendo por el suelo de Catamarca no va a pararse a ver si pisa algún sapo, así que el sapo de pronto sintió la para del ñandú sobre su lomo y se dio cuenta de que, de buenas a primeras, había quedado bastante más chatito que antes.

- ¡Epa, amigo! ¿Por qué no mira dónde pisa? - gritó muy enojado.

El ñandú se paró en seco, miró hacia abajo, vio al sapo y largó una carcajada.

- Perdón, hermanito, pero usted no es de los que se ven a simple vista... ¡Mire que había sido petiso!
- Bueno - se defendió el sapo -, no es para tanto.
- Petiso lo que se dice petiso - siguió riéndose el ñandú -, más petiso no puede ser... ¡Qué petiso!

El sapo miraba de reojo y, poco a poco, empezaba a hincharse con la rabia. Y como petiso era, pero no sonso, en seguida pensó en el modo de desquitarse de Suri y de todas sus carcajadas.

- Seré petiso - dijo de pronto -, pero petiso y todo, veo más lejos que usted, no crea.
- ¿Qué ve más lejos que yo, hermanito? - repitió el ñandú -. ¡No me haga reír que se me despeinan las plumas! ¿Usted dice que ve más lejos que yo... que yo, nada menos, que tengo estas patas largas, tan espléndidas, y este cuello de maravillas? Pero, hermanito, usted no puede ver más lejos que yo... ¡Ni subido a una escalera!
- Usted dice que no y yo digo que sí... ¡Hagamos una apuesta!
- ¿Y qué quiere apostar?
- Le apuesto a que mañana a la mañana veo la luz del sol antes que usted... Y no va a ser difícil, como yo veo más lejos...
- Está bien, hermanito, aceptado. Mañana aquí mismo ¡y bien tempranito!

Al día siguiente llegaron los dos bien temprano. Era noche todavía; los cerros estaban negros, el cielo estaba sin luna y brillaban las estrellas en lo oscuro.

- Bueno, vamos a prepararnos - dijo el sapo.
- A prepararnos - dijo el ñandú.

El ñandú entonces se subió a una lomita, estiró el cogote y clavó los ojos en la llanura. Miraba hacia el este porque bien sabía que por ahí sale el sol.

El sapo mientras tanto se subió a una piedrita, se sentó cómodamente y miró al oeste, sin sacar los ojos de los picos de la cordillera.

"¡Pobre sapito, si será ignorante!", pensó el ñandú, "¡ni siquiera sabe por dónde se asoma el sol a la mañana!" Y, sin sacar los ojos del horizonte, con el cogote endurecido de tanto estirarlo, se rió para sus adentros.

Clareaba apenas cuando de pronto se oyó la voz del sapo:

- ¡El sol! ¡El sol! ¡Ya lo vi! ¡Lo vi primero!

El ñandú se dio vuelta de golpe y vio, allá en lo alto y a lo lejos, las cumbres de la Cordillera, brillantes de sol, rosadas y luminosas.

- ¡No puede ser! - murmuraba mientras se frotaba contra una mata de pasto el cuello dolorido - ¡No puede ser!
- Pero es - dijo el sapito mientras se alejaba a los saltos.

Y durante años y años, en ronda de sapos, siguió contando esta aventura.

- ¡Parece mentira! - decía - ¡Tantos años viviendo en Catamarca y no sabe que el sol, antes de amanecer, primero alumbra la Cordillera!.


¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VII - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VI - Philip K. Dick"




CAPÍTULO VII



Pues bien, así será, pensó J. R. Isidore, con su blando paquete de margarina aferrado en la mano. Aunque quizá cambie de idea y me permita que la llame Pris. Y también acerca de la cena, si puedo conseguir un bote de hortalizas de antes de la guerra.

Puede ser que no sepa cocinar, se dijo de pronto. Está bien, pero yo puedo. Prepararé la cena para los dos. Y le enseñaré, para que ella también pueda hacerlo en el futuro si lo desea. Y sin duda querrá, cuando haya aprendido. Por lo que sé, a la mayoría de las mujeres, incluso las jóvenes como ella, le agrada cocinar. Es un instinto.

Subió las escaleras oscuras y regresó a su apartamento.

Verdaderamente ella no sabe nada, pensó mientras se ponía su blanco uniforme de trabajo. Incluso si se daba prisa llegaría tarde a su trabajo y el señor Sloat se enfadaría, pero ¿qué importaba? Por ejemplo, no había oído hablar del Amigo Buster. Eso era imposible: Buster era la persona viva más importante, a excepción, por supuesto de Wilbur Mercer... Pero Mercer no era humano, reflexionó; evidentemente se trataba de una entidad arquetípica de las estrellas, impresa en nuestra cultura por un troquel cósmico... Al menos eso es lo que he oído decir a algunas personas, al señor Sloat, por ejemplo. Y Hannibal Sloat tenía que saberlo.


También era extraño que ella no hubiese podido ponerse de acuerdo acerca de su propio nombre. Quizá necesitaba ayuda. ¿Podré ayudarla de alguna manera?, se preguntó. Un especial, un cabeza de chorlito, ¿qué puede hacer? No puedo casarme.

Una hora más tarde, en el camión de la compañía, recogía el primer animal averiado del día: un gato eléctrico. Lo había dejado en la parte posterior del camión, una caja plástica a prueba de polvo. Y allí estaba jadeando en forma extraña. Cualquiera pensaría que es real, se dijo Isidore mientras regresaba al hospital de animales Van Ness, esa pequeña empresa de nombre cuidadosamente simulado que apenas lograba sobrevivir en el duro y competitivo sector de la reparación de animales falsos.

El gato gemía.

Por Dios, se dijo Isidore. Verdaderamente, parece que se está muriendo. Quizá su batería de diez años ha sufrido un corto circuito y se le están quemando todas las conexiones. Un trabajo importante: Milt Borogrove, el encargado de reparaciones del hospital, tendría mucho que hacer. Y yo no pude hacerle un presupuesto al propietario, recordó Isidore, preocupado. El hombre simplemente me arrojó el animal: dijo que había empezado a fallar durante la noche, y luego se fue a trabajar. Bruscamente, el momentáneo intercambio verbal había cesado; el dueño del gato había desaparecido en el cielo, en su hermoso coche aéreo a la medida, de último modelo. Y era un cliente nuevo.

—¿Puedes aguantar hasta que lleguemos? —le dijo al gato, que seguía jadeando—Te recargaré en el camino —Isidore, después de adoptar esta decisión, aparcó el camión aéreo en el primer terrado que vio, lo dejó con el motor en marcha, fue a la parte posterior, y abrió la caja plástica a prueba de polvo, que junto con su traje blanco y con el nombre del hospital impreso en el camión daban perfectamente la impresión de un verdadero veterinario que estaba curando a un verdadero animal.

El gato eléctrico, con su piel de estilo auténtico, echaba espuma por sus fauces metálicas apretadas, y tenía los ojos vidriosos. Siempre le habían sorprendido los circuitos de “enfermedad” que les ponían a los animales falsos: el aparato que tenía en el regazo había sido construido de tal manera que si un elemento esencial fallaba, la cosa parecía no estar rota sino orgánicamente enferma. El mismo habría
podido confundirse. Buscó en el estómago el panel oculto del control (muy pequeño en ese tipo de seudo-animal), y los terminales de carga rápida de la batería; no los encontró. Y no podía perder mucho tiempo, porque el mecanismo estaba a punto de detenerse. Si realmente es un cortocircuito, pensó, debería arrancar uno de los cables de la batería. Se detendrá, pero no seguirá deteriorándose. Y luego, en la tienda, Milt volverá a cargarlo. 

Pasó diestramente los dedos por la columna vertebral. Allí tendrían que estar los cables, pero ni siquiera tras un minucioso examen logró descubrirlos. Una obra maestra, una imitación absolutamente perfecta. Debía de ser de Wheelright & Carpenter; eran más caros, pero estaba a la vista la calidad del trabajo. 

Se dio por vencido. El falso gato había dejado de funcionar; sin duda el cortocircuito —si de eso se trataba— había agotado la reserva de energía y dañado el mecanismo básico. Eso significaba dinero, pensó. Pero el dueño evidentemente no había procedido al lavado y engrasado preventivo, tres veces por año, que era esencial. Tal vez ahora aprendería, por las malas.

Isidore retornó al asiento del conductor, llevó los mandos a la posición de ascenso y el aparato zumbó nuevamente hacia el cielo, para continuar el viaje hasta la tienda de reparaciones.

Ya no tenía que oír el estertor del gato eléctrico, y podía relajarse. Es curioso, pensó; sé racionalmente que es falso, pero con todo, los ruidos que hace un animal eléctrico cuando se le quema el motor me producen un nudo en el estómago. Me gustaría conseguir otro empleo. Si no hubiera fracasado en el test del CI no estaría obligado a cumplir esta vergonzosa tarea, con todas sus secuelas emocionales. Por otra parte, los sufrimientos sintéticos de los seudo-animales en nada afectan a Milt Borogrove ni a su jefe Hannibal Sloat. Así que quizá sea todo cosa mía, se dijo John Isidore. Tal vez, cuando uno retrocede en la escala de la evolución, como yo he hecho; cuando uno se hunde en el pantanoso mundo-tumba de ser un especial..., lo mejor es no preocuparse por ese tipo de inquietudes. Nada le deprimía más que las evocaciones de la capacidad mental que una vez había poseído, en comparación con su estado presente. Cada día era menos fuerte y sagaz, así como miles de otros especiales que, en toda la Tierra, se dirigían hacia el montoncito final de cenizas hasta convertirse en kippel viviente. 

En busca de compañía, encendió la radio y buscó el show del Amigo Buster que, como la versión de TV, duraba veintitrés horas continuadas por día. La hora restante era ocupada por una señal religiosa de ajuste, diez minutos de silencio, y otra señal religiosa que indicaba el comienzo del programa siguiente. 

—... felices de que vuelva a estar con nosotros —decía el Amigo Buster— Veamos, Amanda: hace dos días que no vienes. ¿Has iniciado una huelga, querida?
—Vien, yo estó por hacer una velga aier, pero me iamarron a las siete...
—¿A las siete AM? —preguntó el Amigo Buster.
—Sí, a las siete “am”, Vuster —Amanda Werner soltó esa famosa risa, tan falsa como la del mismo Buster.

Amanda Werner y varias otras damas extranjeras, hermosas, elegantes, de senos cónicos, provenientes de países no especificados ni bien definidos, junto con unos pocos presuntos humoristas rurales, constituían el perpetuo grupo del Amigo Buster. Las mujeres como Amanda Werner nunca aparecían en películas ni obras de teatro: vivían sus extrañas y alegres vidas como huéspedes del interminable show de Buster, donde aparecían unas setenta horas semanales, según lo que una vez había calculado Isidore. 

¿Cómo hacía el Amigo Buster para realizar sus dos shows, el de radio y el de TV? ¿Y cómo encontraba tiempo Amanda Werner para participar día por medio en el show, mes tras mes y año tras año? ¿Cómo hacían para hablar todo el tiempo? Porque jamás se repetían. Sus réplicas, siempre nuevas e ingeniosas, no podían haber sido ensayadas. Amanda tenía el pelo, los ojos, los dientes brillantes. Nunca estaba decaída o cansada, nunca dejaba de hallar una respuesta graciosa para el tiroteo de chistes y agudezas del Amigo Buster. El Show del Amigo Buster, transmitido y televisado a toda la Tierra vía satélite, llegaba también a los emigrantes en los planetas-colonia. Se habían hecho transmisiones de prueba a Próxima, por si la colonización humana se extendía hasta allá. Si el Salander 3 hubiese llegado a su destino, sus pasajeros habrían de encontrar ahí el Show del Amigo Buster. Y se alegrarían. 

Pero había algo de Buster que irritaba a Isidore, una cosa muy particular. De un modo sutil, casi imperceptiblemente, ridiculizaba a las cajas de empatía. Lo había hecho muchas veces, y lo estaba haciendo precisamente en ese momento.

—... Nada de rocas para mí —le decía a Amanda Werner—Y si tengo que trepar a una montaña, me llevaré un par de botellas de cerveza Budweiser —el público se rió y aplaudió—Y allí en la cima, revelaré una gran noticia cuidadosamente documentada. ¡Faltan exactamente diez horas para el informe especial!
—¿Y yo, querrido? —exclamó Amanda—¡Llévame consigo! Yo protejo ti si nos tirran piedra —el público volvió a aullar de risa y John Isidore sintió una furia sorda e impotente que le subía por la nuca. ¿Por qué el Amigo Buster siempre atacaba al Mercerismo? A nadie más parecía molestarle. Hasta las Naciones Unidas aprobaban. Y eso que la policía soviética y la americana habían declarado
públicamente que el Mercerismo reducía la delincuencia al tornar a los ciudadanos más conscientes de sus vecinos. Titus Corning, el Secretario General de las Naciones Unidas, había repetido varias veces: “La humanidad necesita más empatía”. Quizá Buster esté celoso, pensó Isidore. Eso sería una explicación.

Wilbur Mercer y él competían. Pero, ¿por qué competían? Por nuestras mentes, se respondió Isidore. Luchan por el control de nuestro yo psíquico; por una parte la caja de empatía y por otra las burlas y risotadas del Amigo Buster. Debo decirle esto a Hannibal Sloat y preguntarle si es cierto, pensó. El ha de saberlo. 

Aparcó su camión en el terrado del hospital de animales Van Ness y llevó rápidamente la caja plástica con el seudo-gato inerte al despacho de Hannibal Sloat. Apenas entró, el señor Sloat despegó la vista de un catálogo de repuestos. Su cara gris parecía ondulada como el mar. Hannibal Sloat, aunque no era un especial, era demasiado viejo para emigrar y estaba condenado a pasar el resto de su vida en
la Tierra. A lo largo de los años, el polvo radiactivo lo había desgastado. Había tornado grises sus facciones y sus pensamientos, débiles sus piernas e incierto su andar. Veía el mundo a través de unas gafas literalmente cubiertas de polvo. Por alguna razón jamás las limpiaba, era como si estuviese resignado: se había sometido al polvo que, mucho antes, había emprendido la tarea de sepultarlo. Ya
oscurecía su visión, y durante los pocos años que le restaban corrompería sus otros sentidos hasta que sólo quedara su voz de pájaro, y ella también terminaría por desaparecer. 

—¿Qué es eso? —preguntó el señor Sloat.
—Un gato con un cortocircuito en la batería —respondió Isidore, depositando la caja sobre la mesa cubierta de papeles de su jefe.
—¿Y por qué me lo traes a mí? —preguntó Sloat—Llévaselo abajo a Milt.

A pesar de lo que había dicho, Sloat abrió la caja y sacó el gato. En un tiempo se había ocupado de las reparaciones. Y por cierto que muy bien.

Isidore dijo:

—Se me ha ocurrido que el Amigo Buster y el Mercerismo están en pugna por el control de nuestro yo psíquico.
—Si es así —repuso Sloat mientras examinaba al gato—, Buster está ganando.
—Por ahora sí —dijo Isidore—, pero finalmente perderá. 

Sloat alzó la cabeza y lo miró fijamente.

—¿Por qué?
—Porque Wilbur Mercer se renueva continuamente. Es eterno. En la cima de la colina cae derribado; se hunde en el mundo-tumba, y luego, inevitablemente, vuelve a elevarse. Y nosotros con él. Así que también nosotros somos eternos —se sentía bien, y hablaba claramente. Normalmente, en presencia del señor Sloat tartamudeaba. 

Sloat respondió:

—Buster es inmortal, como Mercer. No hay ninguna diferencia.
—Pero ¿cómo puede ser? Si es un hombre...
—No sé —dijo Sloat—Pero es cierto. Por supuesto, jamás han dicho nada.
—¿Será por eso entonces que Buster puede hacer cuarenta y seis horas de show por día?
—Así es —respondió Sloat.
—¿Y Amanda Werner, y las demás mujeres?
—También son inmortales.
—¿Son alguna forma superior de vida, de otro sistema?
—Nunca he podido determinarlo con seguridad —dijo el señor Sloat, que continuaba examinando al animal—, como lo he hecho de modo concluyente en el caso de Wilbur Mercer —se quitó las gafas cubiertas de polvo y miró sin ellas la boca entreabierta del gato. Luego soltó una maldición, una larga retahíla de improperios que duró, a juicio de Isidore, un minuto completo—Este gato no es falso —dijo finalmente—Siempre supe que podía ocurrir una cosa así. Y está muerto —miró el cadáver del gato y volvió a maldecir. 

En la puerta del despacho apareció Milt Borogrove, corpulento, de piel granulada, con la sucia bata de lona azul. 

—¿Qué ocurre? —preguntó. Al ver al gato, entró en el despacho y lo alzó.
—Lo acaba de traer el cabeza de chorlito —respondió Sloat. Nunca había usado esa expresión en presencia de Isidore.
—Si viviera —dijo Milt—, podríamos llevarlo a un verdadero veterinario. Me pregunto cuánto valdrá... ¿No hay un ejemplar del Sidney?
—¿Sss-ssu ss-sseg-gugugu seguro lo cucucucubre? —le preguntó Isidore al señor Sloat. Le temblaban las piernas, y sentía que la habitación se tornaba castaño oscuro con manchitas verdes.
—Sí —respondió finalmente Sloat—Pero me duele la pérdida, la pérdida de otra criatura viviente. ¿No te diste cuenta, Isidore? ¿No veías la diferencia?
—Yo creí que era una imitación de primera —logró articular Isidore—, tan buena que me engañó. Quiero decir, que parecía vivo y que...
—No creo que Isidore pudiera ver la diferencia —dijo bonachonamente Milt—Para él, todos están vivos, incluso los seudo-animales. Y seguramente intentó salvarlo. ¿Qué hiciste? Trataste de recargar la batería..., ¿verdad? — preguntó a Isidore—¿O de localizar el cortocircuito?
—Sí—admitió Isidore.
—Probablemente ya era tarde para salvarlo —agregó Milt—Deja en paz a Isidore, Han. No le falta razón: los seudo-animales están empezando a ser casi reales, con esos circuitos de enfermedad que les ponen a los últimos modelos. Y los animales de verdad se mueren: ése es el riesgo de tener uno. Lo que sucede es que nosotros no estamos acostumbrados porque sólo nos ocupamos de los falsos.
—Una maldita pérdida —insistió Sloat.
—Pero según Mmemercer —observó Isidore—, to-toda vida retorna. Y los animales ta-también cucumplen el ciclo. Quiero decir, todos ascendemos con él, morimos y...
—Eso se lo dirás al dueño del gato —repuso Sloat. 

Sin saber si su jefe hablaba seriamente, Isidore dijo:

—¿Quiere decir que yo debo hacerlo? Pero siempre se ocupa usted mismo del videófono —le tenía fobia al videófono; y hacer una llamada, sobre todo a un desconocido, le resultaba virtualmente imposible. Y el señor Sloat, naturalmente, lo sabía.
—No lo obligues —dijo Milt—Yo lo haré. ¿Cuál es el número?
—Lo he metido en alguna parte —replicó Isidore, buscando en los bolsillos de su bata.
—Quiero que llame el cabeza de chorlito —ordenó Sloat.
—Pero no puedo usar el videófono —protestó Isidore, angustiado—Porque soy feo, agachado, peludo, ceniciento y de dientes separados. Y además me siento mal a causa de la radiación. Creo que me voy a morir. 

Milt sonrió y dijo:

—Creo que si yo me sintiera así tampoco usaría el videófono. Vamos, Isidore; si no me dices el número del dueño no podré llamar y tendrás que hacerlo tú.
—O llama el cabeza de chorlito, o está despedido —Sloat no se dirigía a Milt ni a Isidore, sólo miraba al frente.
—Vamos —protestó Milt.
—Nonono quiero queque me llame ca-cabeza de chor chorlito. El pol polvo le ha hecho daño a us usted también. Aunque no en el cerebro, como a mí —estoy despedido, pensó. No puedo hacer esa llamada. Pero entonces recordó que el dueño del gato se había marchado a trabajar. No habría nadie en la casa—Buebueno, llamaré —dijo, sacando la tarjeta con el número.
—¿Ves? —le dijo el señor Sloat a Milt—Si tiene que hacerlo, lo hace.

Sentado ante el videófono, con el receptor en la mano, Isidore llamó.

—Sí —respondió Milt—Pero no deberías exigírselo. Y tiene razón: también a ti te ha afectado el polvo. Estás casi ciego y dentro de un par de años no oirás nada.
—Y tu cara parece alimento para perros —le recordó Sloat. En la pantalla apareció una cara de mujer centroeuropea, de aire ansioso, con el pelo atado en un rodete alto.
—¿Sí? —dijo.
—¿Ss-señora Pilsen? —dijo Isidore, presa del pánico. No había previsto que el propietario del gato pudiera tener una esposa que estaba en su casa—Le hablo por el g-g-g-g-... —se interrumpió y se frotó el mentón para reprimir el tic—Por su gato.
—Ah, sí. Usted se llevó a Horace —dijo la señora Pilsen—¿Era finalmente neumonitis? Eso es lo que pensaba el señor Pilsen.
—Su gato se murió —dijo Isidore.
—Oh, no, por Dios.
—Lo reemplazaremos. Tenemos seguro —miró al señor Sloat, que parecía estar de acuerdo—El director de nuestra firma, señor Hannibal Sloat, se ocupará personalmente de...
—No —objetó Sloat—Le daremos un talón. Por el precio del catálogo de Sidney.
—... de elegir un nuevo animal para usted —después de comenzar una conversación que no podía soportar, tampoco podía retroceder. Lo que decía estaba dotado de una lógica intrínseca que no podía interrumpir, y que debía llegar hasta su propia conclusión. Tanto el señor Sloat como Milt Borogrove lo miraban mientras continuaba—: Por favor, dígame que clase de gato desea. El color, el sexo, el tipo, como persa, siamés, abisinio...
—Horace ha muerto —dijo la señora Pilsen.
—Padecía de neumonitis —dijo Isidore—Murió durante el viaje al hospital. Nuestro médico jefe, el doctor Hannibal Sloat, expresó la opinión de que, dado su estado, nada habría podido salvarlo. Pero, ¿no es afortunado, señora Pilsen, que lo podamos reemplazar? ¿No cree usted? 

Con lágrimas en los ojos, la señora Pilsen respondió:

—No hay otro gato como Horace. Cuando era un gatito, solía pararse y mirarnos como si preguntara algo. Nunca supimos cuál era la pregunta. Quizás ahora sepa la respuesta —brotaron más lágrimas—Y finalmente a todos nos ocurrirá lo mismo.

Isidore tuvo una inspiración.

—¿No querría un duplicado exacto de su gato, eléctrico? Podríamos ofrecerle un magnífico trabajo artesanal de Wheelright & Carpenter en que cada detalle del animal desaparecido sea fielmente...
—Pero eso es terrible —protestó la señora Pilsen—¿Qué me dice usted? No se lo proponga a mi esposo; si Ed se enterara se enfurecería. Amaba a Horace más que a cualquier otro gato de los que ha tenido, y ha tenido gatos desde su infancia...

Cogiendo el videófono, Milt dijo:

—Podemos entregarle un talón por la cantidad estipulada en el catálogo de Sidney, o como ha sugerido el señor Isidore, elegir un gato nuevo para usted. Lamentamos mucho la muerte de su gato, pero como le ha dicho el señor Isidore, el animal tenía neumonitis, que es casi siempre fatal —su tono era profesional. De los tres miembros del hospital de animales Van Ness, Milt era el mejor cuando de llamadas videofónicas se trataba.
—No me atreveré a contárselo a mi marido —respondió la señora Pilsen.
—Muy bien, señora —dijo Milt, con un mohín—Nosotros lo llamaremos. ¿Quiere decirme el número de su despacho? —buscó papel y un bolígrafo, que el señor Sloat le alcanzó.
—Escuche —dijo la señora Pilsen, que parecía más compuesta—Tal vez el otro señor tuviera razón. Tal vez debería pedir un sustituto eléctrico de Horace. Pero Ed no debería saberlo nunca. ¿Es posible una reproducción tan fiel que mi marido no se dé cuenta?
—Si usted lo desea —respondió Milt, dudando—Pero según nuestra experiencia, el propietario del animal nunca se engaña. Observadores casuales, como los vecinos, sí; pero si uno se acerca mucho a un animal falso...
—Ed nunca se acercaba físicamente a Horace, aunque lo quería. Yo me he ocupado siempre de todas las necesidades materiales de Horace, incluso de su caja de arena. Creo que me gustaría hacer la prueba con un animal falso. Si eso no diera resultado, pediría un gato verdadero... No quiero que mi esposo se entere, no podría soportarlo. Por eso no se acercaba nunca a Horace. Le daba miedo. Y cuando se enfermó, de neumonitis, como me han dicho, Ed se aterrorizó. Simplemente, no quería reconocer el hecho. Por eso esperamos tanto antes de llamar. Demasiado... Y yo lo sabía..., antes de que me llamaran. Lo sabía —ahora sus lágrimas estaban dominadas—¿Cuánto tiempo le llevaría?
—Podríamos tenerlo listo en diez días —calculó Milt—Se lo entregaremos de día, mientras su marido está en el trabajo. 

Se despidió, colgó, y luego le dijo al señor Sloat:

—El marido se dará cuenta en cinco segundos. Pero eso es lo que ella quiere.
—Los propietarios de animales, cuando los quieren —observó sombríamente el señor Sloat—, quedan destrozados en estos casos. Me alegro de no tener nada que ver con animales reales. ¿Comprendéis que los veterinarios se vean obligados a hacer llamados como éste todo el tiempo? —miró a John Isidore—Después de todo, en algunos aspectos no eres tan estúpido. Has llevado el asunto bastante bien. Aunque Milt tuviera que intervenir.
—Lo estaba haciendo muy bien —dijo Mil—Ha sido terrible, por Dios — recogió el cadáver de Horace—Lo llevaré abajo. Han, llama a Wheelright & Carpenter y haz que venga el constructor a fotografiarlo y tomar las medidas. No les permitiré que se lo lleven a su taller; quiero comparar personalmente el resultado.
—Será mejor que llame Isidore —resolvió el señor Sloat—El empezó con este asunto. Si pudo arreglarse con la señora Pilsen podrá también tratar con Wheelright & Carpenter.
—Haz que no se lleven el cuerpo original —dijo Milt, alzando a Horace— Querrán hacerlo porque les facilitaría la tarea. Tendrás que ser firme.
—Está bien —respondió Isidore, parpadeando—Quizá será mejor que llame ahora mismo, antes de que empiece a decaer. ¿No decaen, o algo así, los cuerpos muertos?

Estaba feliz.


El besuqueador - Elsa Bornemann

Elsa Bornemann estuvo muy presente en mi infancia. Libros como "El libro de los chicos enamorados", "Socorro", "No somos irrompibles" y "Un elefante ocupa mucho espacio" no faltaban en, yo diría ninguna (aunque sea medio ambicioso tal vez) casa.
"El besuqueador" es un cuento publicado en el libro "La edad del pavo", título que ofendía un poquito cuando te lo regalaban diciendo "Para vos, que estás justo en esa edad" :D
Años después de haber leído este cuento, en alguna revista que ya olvidé, encontré una nota sobre un muchacho real, no recuerdo de que país, que dedicaba gran parte de su tiempo a persiguir "estrellas", pretendiendo un beso... quien sabe que fue antes: el besuquero real o el besuquero del cuento.


El Besuqueador


Le decían "El Besuqueador" o "El Besuquero". ¡Y bien merecido por cierto!

Aquel muchacho tenía una costumbre rarísima.

¿Saben cuál? Pues besar a personajes famosos.

Se lo pasaba viajando de un lado a otro, en compañía de su fotógrafa particular.

Iba llevado - tan sólo - por su deseo de estampar sonoros besos en las mejillas de presidentes, actores, deportistas, escritores, músicos, bailarines...

A cuanto personaje conocido lograba acercarse... ¡CHUIC!... le daba un beso.

Su fotógrafa particular apresaba aquel momento en su maquinita: ¡CLIC!

¡Qué feliz se sentía entonces "El Besuquero"! Tanto como cuando - ya de regreso a su casa - contemplaba su colección de fotografías que tapizaban todas las paredes de la vivienda. Ah... En cada una de ellas podía vérselo besando a algún famoso...

(La mayoría de las veces el muchacho no salía muy favorecido que digamos, tales eran las contorsiones que debía hacer para dar sus "besos a la fuerza"... tantos eran los codazos que propinaba para abrirse paso entre el gentío y los guardaespaldas que suelen rodear a los grandes personajes... En síntesis: salía mal en las fotos... por lo general aparecía como un chiflado... pero ese detalle no empequeñecía su felicidad.)

- ¿Se da cuenta de la cantidad de gente importante que llevo besada? - le dijo un día a su fotógrafa particular -. ¡Soy tan importante como ellos!

Y se puso a cantar:

De mi boquita
nadie se escapa
Besé a una reina,
también al Papa...

- ¡Bah, bah!, ¡más le convendría hacerse gárgaras de talco, en vez de decir tamañas pavadas! - exclamó de repente la fotógrafa mientras revelaba la última instantánea que le había tomado al Besuqueador, besuqueando al más publicitado futbolista de Mongonesia.

El muchacho se quedó mudo al escucharla. Aquella joven lo había acompañado desde el comienzo de sus viajes a través de mundo... Jamás le había hecho ningún comentario... ¿Qué le pasaría?

- ¿Qué le pasa? - le preguntó entonces.

- Pasa que estoy harta... harrrta de trabajar para usted, un hombre tan pavo...

- ¿Pavo yo?

- ¡Pavísimo! ¡Con esa manía de besar porque sí... y jamás un besito para alguien que lo quiera! Además... ¿a usted quién lo besa? ¡Nadie, nunca, le dio un simple besito de amor! ¡Renuncio a mi empleo! ¡No lo soporto más! Adiós.

La joven se fue llorando. ¿Por qué lloraría?

Durante varios meses, el Besuqueador no salió a besuquear, tal era su confusión debido a las palabras de la fotógrafa.

Encerrado en su casa, pensaba en ellas una y otra vez.

¡Ah...! Pero también pensaba en ella una y otra vez...

Hasta que un día, sintió que volvía a tener unas enormes ganas de dar un beso... ¿A quién?

Pues a aquella muchacha anónima.

Entonces, la llamó por teléfono, le mandó un telegrama y le escribió una carta para decírselo...

Y el besito que los unió más tarde fue de amor, de verdadero amor...

Por supuesto, se pusieron de novios y se casaron.

Poco tiempo después, con todas sus ridículas fotos del pasado, el ex-besuqueador publicó un álbum titulado: "CUANDO YO ERA PAVO"...

Fue un best-seller.


jueves, 5 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VI - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap V - Philip K. Dick"




CAPÍTULO VI


El televisor atronaba. Mientras descendía las grandes escaleras desiertas y cubiertas de polvo hacia el nivel inferior, John Isidore distinguía la voz familiar y burbujeante del Amigo Buster, que se dirigía eufórico a su audiencia de todo el sistema.
—Hola, hola, amigos. ¡Zip, clip, zip! Es la hora de nuestro breve comentario sobre el tiempo de mañana. Primero la Costa Este de los Estados Unidos. El satélite Mungoose comunica que la radiación aumentará hacia el mediodía y disminuirá luego, gradualmente. De modo que todos los queridos amigos que deseen salir deberán esperar hasta la tarde, ¿en? Y hablando de esperar, faltan sólo diez horas para el anuncio de una gran noticia, en mi informe especial. Decid a vuestros amigos que no se pierdan el programa. Revelaré algo que os asombrará. Quizás algunos conjeturen que, como de costumbre...

Isidore golpeó la puerta y la voz cesó. No era meramente que hubiese callado; había dejado de existir, aterrorizada hasta la muerte por el golpe.

Isidore sintió, detrás de la puerta cerrada, la presencia de vida. Sus sentidos alerta percibían, o fabricaban, el miedo silencioso y terrible de alguien que se alejaba, que se apretujaba contra la pared opuesta para escapar de él.

—Eh —dijo—Yo vivo arriba. He oído la TV. Deberíamos conocernos, ¿no le parece? —esperó mientras escuchaba; ni un sonido, ni un movimiento. Sus palabras no habían logrado tranquilizar al vecino—Le he traído un paquete de margarina —agregó, acercándose a la puerta para que le oyeran mejor—Mi nombre es J. R. Isidore y trabajo para el conocido veterinario, el señor Hannibal Sloat, sin duda habrá oído hablar de él. Soy una persona honorable, y tengo un trabajo: conduzco el camión del señor Sloat.

La puerta se entreabrió y vio la figura fragmentaria, torcida y encogida de una chica que al mismo tiempo trataba de alejarse y de mantenerse cogida de la puerta, como buscando apoyo físico. El miedo le daba el aire de una persona enferma, distorsionaba las líneas de su cuerpo, como si alguien lo hubiese roto y luego lo hubiera armado deliberadamente en desorden. Sus ojos, enormes, lo miraban fijamente mientras intentaba sonreír.

Isidore comprendió de repente y dijo:

—Usted creía que aquí no vivía nadie. Pensó que la casa estaba abandonada...
—Sí —susurró la muchacha.
—Pero es una suerte tener un vecino —respondió Isidore—Hasta su llegada, yo no tenía ninguno —y eso no era nada divertido, bien lo sabía.
—¿Es usted el único? —preguntó la chica—¿En todo el edificio, aparte de mí? —estaba perdiendo la timidez, su cuerpo se enderezó y se alisó el pelo con la mano.

El advirtió que tenía una bonita silueta, aunque pequeña, y bellos ojos subrayados por largas pestañas. Cogida de sorpresa, sólo tenía puestos los pantalones de un pijama. Más atrás se veía una habitación en desorden. Había maletas abiertas aquí y allá, con el contenido medio desparramado por el suelo cubierto de cosas. Era natural: acababa de llegar.

—Sí, soy el único —respondió Isidore—Y no quiero molestarla —se sentía alicaído; su ofrenda, que tenía el carácter de un auténtico rito de preguerra, no había sido aceptada. En realidad, la chica ni siquiera se había dado cuenta. O tal vez no sabía qué era un paquete de margarina. El tuvo esa intuición. La muchacha parecía, sobre todo, asombrada, como si acabara de emerger de las profundidades y flotara ahora a la deriva entre el oleaje menguante del miedo—El viejo amigo Buster —agregó, tratando de deponer su actitud rígida—¿Le gusta? Yo lo veo todas las mañanas y también a la noche, cuando vuelvo a casa. Mientras ceno, y también el programa final. Es decir, lo veía antes de que se me rompiera el televisor.
—¿Quién...? —empezó la chica, y se interrumpió. Se mordió el labio, evidentemente furiosísima con ella misma.
—El Amigo Buster —explicó Isidore. Le parecía extraño que esa muchacha nunca hubiera oído hablar del cómico de TV más chistoso de la Tierra—¿De dónde ha venido usted? —preguntó.
—No me parece que eso tenga importancia —la chica alzó rápidamente la vista hacia él y vio algo que aparentemente le devolvió la serenidad pues su cuerpo se relajó—Cuando esté más instalada, me encantará su compañía. Pero... ahora mismo, no puede ser.
—¿Por qué no puede ser? —estaba sorprendido. Todo en ella le sorprendía. Quizás he vivido solo demasiado tiempo, pensó, y me he vuelto raro. Dicen que eso ocurre a los cabezas de chorlito. La idea lo entristeció aún más—Podría ayudarle a desempacar —sugirió. La puerta estaba casi cerrada—Y con sus muebles.
—No tengo muebles —respondió ella, y agregó, señalando—: Todo eso ya estaba aquí.
—No servirá —dijo Isidore. Bastaba con una mirada. Las sillas, las mesas, la alfombra, todo estaba deteriorado, amontonado, era víctima de la fuerza despótica del tiempo. Y del abandono. Nadie había vivido en ese apartamento durante años; la ruina era casi completa. No podía imaginar cómo esa chica se proponía vivir allí—Escuche —le dijo con seriedad—, si recorremos el edificio, probablemente encontraremos cosas en mejor estado. Una lámpara en un piso, una mesa en otro...
—Gracias —replicó ella—Lo haré yo misma.
—¿Y va a entrar sola en los apartamentos? —no lo podía creer.
—¿Por qué no? —volvió a estremecerse, e hizo una mueca, consciente de haberse equivocado.
—Una vez lo hice —dijo Isidore—Después me metí en mi casa y no volví a pensar en el resto. Apartamentos donde nadie vive..., son centenares. Están llenos de cosas de la gente; fotos de familia, ropas... Los que murieron no pudieron llevarse nada, y los que emigraban no querían... Aparte de mi piso, este edificio está completamente kippelizado.
—¿Kippelizado? —ella no entendía.
—Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente, el kippel se reproduce. Por ejemplo, si se va usted a la cama y deja un poco de kippel en la casa, cuando se despierta a la mañana siguiente hay dos veces más. Cada vez hay más.
—Comprendo —la chica lo miraba con duda, no sabía si creer o no, ni siquiera si él hablaba en serio.
—Esa es la primera Ley de Kippel —dijo él—El kippel expulsa al no-kippel. Como la ley de Gresham acerca de la mala moneda. Y en estos apartamentos no hay nadie para compartir el kippel.
—De modo que se ha apoderado de todo —concluyó la muchacha—Ahora comprendo.
—Este lugar —continuó Isidore—, este apartamento que ha elegido, está demasiado kippelizado para vivir en él. Podemos rechazar el factor Kippel; podemos hacer lo que le dije, buscar en los otros apartamentos. Pero...

Se interrumpió.

—¿Pero qué?
—No podemos ganar.
—¿Por qué no? —la chica salió al pasillo cerrando la puerta tras de sí. Cruzó los brazos modestamente sobre sus senos altos y pequeños, y enfrentó a Isidore, ansiosa por comprender. Al menos eso le pareció a él. Se la notaba atenta.
—Nadie puede vencer al kippel —continuó—, salvo, quizás, en forma temporaria y en un punto determinado, como mi apartamento, donde he logrado una especie de equilibrio entre kippel y no-kippel, al menos por ahora. Pero algún día me iré, o moriré, y entonces el kippel volverá a dominarlo todo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización. Con la única excepción del ascenso del Wilbur Mercer.

La muchacha lo miró.

—No veo qué tiene eso que ver...
—Pues es la base del Mercerismo —nuevamente se sintió sorprendido—¿No participa usted de la fusión? ¿No tiene una caja de empatía?

Después de una pausa, la chica dijo cuidadosamente:

—No la he traído. Pensé que encontraría una aquí.
—Pero una caja de empatía es... es la cosa más personal que alguien puede poseer —dijo él, tartamudeando de excitación—Es una extensión del cuerpo, la forma de tocar a todos los demás seres humanos y dejar de estar solo. Usted lo sabe, todo el mundo lo sabe... Mercer permite que incluso gente como yo... —se interrumpió, pero era demasiado tarde. Pudo ver en la cara de la chica un destello de brusco rechazo; era evidente que había comprendido—Casi pasé el test de CI — continuó en voz baja y temblorosa—No soy muy especial, sólo moderadamente, y no como otros. Pero a Mercer no le importa.
—Para mí —respondió ella—, ése es un grave defecto del Mercerismo —su voz era clara y neutra, sólo se proponía enunciar un hecho: cómo consideraba ella a los cabezas de chorlito.
—Creo que volveré arriba —dijo Isidore, y empezó a alejarse, con su paquete de margarina, que en contacto con su mano se había puesto húmedo y blando.

La chica lo miró con la misma expresión neutra, y luego lo llamó.

—Espere.
—¿Por qué —preguntó él, volviéndose.
—Lo necesito. Para buscar muebles adecuados, en otros pisos, como usted dijo —avanzó hacia él. Su cuerpo desnudo de la cintura para arriba, delgado, perfecto, no tenía un solo gramo de grasa de más—¿A qué hora vuelve a su casa del trabajo? Cuando regrese me ayudará.
—¿No podría preparar usted la cena para los dos..., si yo traigo lo necesario?
—No, tengo mucho que hacer —la chica rechazó el pedido sin esfuerzo y, como él pudo advertir, sin haberlo comprendido; ahora que el miedo había desaparecido, empezaba a brotar de ella algo más, algo extraño. Y deplorable, pensó Isidore. Cierta frialdad, semejante al hálito del vacío entre los mundos habitados, algo venido de ninguna parte. No era lo que ella decía o hacía, sino más bien lo que no hacía ni decía—En alguna otra oportunidad —agregó la chica, retrocediendo hacia la puerta de su apartamento.
—¿Entendió mi nombre? —preguntó él—John Isidore. Trabajo para...
—Ya me lo ha dicho —se detuvo junto a la puerta y la abrió—Una persona llamada Hannibal Sloat, que no sé si existe fuera de su imaginación. Y mi nombre es —lo miró sin calidez, vacilando, mientras entraba— Rachael Rosen.
—¿... de la Rosen Association? —preguntó él—Es el mayor fabricante en todo el sistema, de los robots humanoides que se emplean en nuestro programa de colonización —una complicada expresión pasó fugazmente por su rostro y desapareció enseguida.
—No —respondió ella—Nunca he oído hablar de ellos. No sé nada de eso. Me figuro que serán sólo fantasías de un cabeza de chorlito. John Isidore y su caja de empatía privada, pobre señor Isidore.
—Pero su nombre...
—Mi nombre es Pris Stratton —dijo la chica—Es mi nombre de casada, el que siempre uso. Puede llamarme Pris —reflexionó—No. Será mejor que me llame señora Stratton, porque en realidad no nos conocemos. Al menos yo no lo conozco —la puerta se cerró e Isidore se encontró solo en el pasillo oscuro y cubierto de polvo.

Continúa la historia leyendo "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap VII - Philip K. Dick"

miércoles, 4 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap V - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap IV - Philip K. Dick"


CAPÍTULO V


El pequeño haz de luz blanca iluminaba el ojo izquierdo de Rachael Rosen. El disco de malla metálica estaba adherido a su mejilla. La muchacha parecía serena. 

Rick Deckard estaba sentado en una posición que le permitía leer los dos medidores del aparato Voigt-Kampff.

—Describiré una serie de situaciones sociales, y usted expresará su reacción lo más rápidamente que pueda. Mediré el tiempo, por supuesto.
—Y también por supuesto, lo que yo diga no tendrá importancia. Sólo valdrá la reacción capilar y la del músculo ocular. Pero igualmente responderé. Quiero pasar por esto y... Adelante, señor Deckard.
Rick eligió la pregunta número tres.
—Le regalan una billetera de piel de becerro para su cumpleaños — inmediatamente las agujas saltaron a la zona roja, y luego regresaron.
—No la aceptaría —respondió Rachael—Y denunciaría a la policía a la persona que me la regalara.
Después de hacer una anotación, Rick pasó a la pregunta número ocho de la escala de perfiles del Voigt-Kampff.

—Tiene usted un niño pequeño que le muestra su colección de mariposas, y también el frasco donde las mata.
—Lo llevaría al médico —la voz de Rachael era baja pero firme. Nuevamente las agujas se movieron, pero menos. Rick hizo la correspondiente anotación y preguntó:

—Está viendo la TV. De pronto advierte que una avispa avanza por su brazo.
—La mataría —respondió Rachael; esta vez las agujas apenas registran un débil y corto temblor.
Rick escribió su observación y eligió cuidadosamente la pregunta siguiente.
—Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo color de una chica desnuda —se detuvo.
—¿Es un test para saber si soy androide o si soy lesbiana? —preguntó ácidamente Rachael. Las agujas no se movieron.
—A su marido le gusta la foto —continuó Rick; no hubo respuesta. Y agregó—: La chica está tendida boca abajo sobre una enorme y bellísima piel de oso —los medidores no registraron cambios, y Rick piensa: una respuesta de androide, no ha reparado en el elemento principal, la piel del animal muerto. Se concentra en otros factores—Su marido cuelga la foto en la pared de su estudio — concluyó. Entonces la reacción se manifestó.
—Ciertamente no se lo permitiría —dijo Rachael.  
—Está bien —asintió Rick—Ahora está usted leyendo una novela escrita en los viejos tiempos, antes de la guerra. Los personajes visitan el muelle de pescadores de San Francisco. Sienten hambre, y entran en un restaurante. Uno de ellos pide langosta; el chef arroja una langosta a una olla de agua hirviente a la vista de los personajes.
—Dios mío —dijo Rachael—Pero eso es terrible, depravado. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quiere usted decir, una langosta viva? 

Las agujas permanecieron inmóviles. La respuesta era formalmente correcta, pero simulada. 

—Ha alquilado una casita de troncos de pino en la montaña —continuó Rick—La zona es todavía exuberante. En la casa hay un gran hogar.
—Sí —respondió Rachael, impaciente.
—Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y entre todos deciden...
—Yo no, si es que hay una cabeza de ciervo —interrumpió Rachael. Pero los medidores no han sobrepasado la zona verde.
—Ha quedado usted embarazada —dijo Rick— de un hombre que le ha prometido casamiento. Pero él se marcha con otra, con su mejor amiga. Usted aborta y...
—Jamás lo haría —respondió Rachael—Y por otra parte, no se puede. La condena es a perpetuidad y la policía vigila permanentemente. 

Las dos agujas se desplazaron al rojo con violencia.
—¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que es difícil obtener autorización para abortar? —preguntó Rick, con curiosidad.
—Todo el mundo lo sabe —repuso Rachael.
—Me pareció que hablaba usted por experiencia personal
—Rick miró los medidores, que mostraban intensas fluctuaciones—Una más.

Ha salido con un hombre que la invita a visitar su casa. Una vez allí le ofrece una copa. Mientras está bebiendo, de pie, ve el dormitorio: está decorado con atractivos cartelones taurinos, y se acerca a mirar. El la sigue, cierra la puerta, la rodea con el brazo y le dice...
—¿Qué es un cartelón taurino? —interrumpió Rachael.
—Un dibujo, generalmente muy grande, de colores, que muestra a un torero con su capa y a un toro que intenta atacarlo —Rick dudó—¿Qué edad tiene usted? —podía ser un factor importante.
—Dieciocho años —contestó Rachael—Está bien: él cierra la puerta y me abraza. ¿Qué dice entonces?
—¿Sabe usted cómo terminaban las corridas de toros?
—Me figuro que alguien quedaba herido... 
—Siempre mataban al toro, al final —Rick esperó, observando las agujas, que apenas palpitaron con inquietud; la reacción había sido débil—Una pregunta final, en dos partes —agregó—Usted ve una vieja película en la TV, anterior a la guerra. Los participantes en un banquete comen ostras crudas.
—Ugh —dijo Rachael. Las agujas se movieron vivazmente.
—El entrante consiste en perro cocido, relleno de arroz —continuó Rick. El desplazamiento de las agujas fue menor—¿Para usted las ostras son menos aceptables que la carne de perro? Evidentemente no —dejó su bolígrafo, apagó el haz de luz y le quitó de la mejilla el disco adhesivo—Usted es una androide —dijo—Este es el resultado del test —agregó, dirigiéndose a “ella” y a Eldon Rosen, que lo miraba con inquietud avasalladora. 

La cara del anciano se contraía plásticamente de furia. Rick prosiguió con su indagación:

—Es así, ¿verdad? —no hubo respuesta de ninguno de los Rosen—Nuestros intereses no están en conflicto —agregó, razonablemente—Que el test de VoigtKampff funcione bien es tan importante para ustedes como para mí.
—Ella no es androide —dijo Rosen.
—No lo creo —respondió Rick.
—¿Por qué habría de mentir? —preguntó Rachael con vehemencia—En todo caso mentiríamos al revés.
—Quiero un análisis de médula ósea —contestó Rick—Es posible determinar orgánicamente si alguien es o no un androide. Sé que es largo y doloroso, pero...
—En términos legales —dijo Rachael—, no puedo ser obligada a sufrir un análisis de médula. La corte no lo permite, por considerar que se trata de autoacusación. Y de todos modos, en una persona viva, no en el caso de un androide retirado, lleva largo tiempo. Usted puede aplicar ese maldito test de Voigt-Kampff a causa de los especiales, a los que hay que vigilar constantemente. Aprovechando que el gobierno debería ocuparse de esto, la policía ha logrado introducir el Voigt-Kampff. Pero lo que dijo usted antes es verdad: éste es el fin del test —la muchacha se puso en pie, se apartó y se detuvo de espaldas a él, con las manos en las caderas.
—La cuestión no es la legalidad del análisis de médula ósea —dijo Eldon Rosen con voz ronca—, sino el fracaso del test de empatía en el caso de mi sobrina. Puedo explicarle por qué sus respuestas son las de un androide. Rachael creció a bordo del Salader 3. Nació en él, y durante catorce de sus dieciocho años sólo supo de la Tierra lo que encontró en la videoteca y lo que el resto de la tripulación, nueve adultos, le contó. Y después, como recordará, cuando la nave había recorrido la sexta parte del camino a Próxima, inició el retorno. De lo contrario, Rachael habría tenido que esperar hasta una edad muy mayor para conocer la Tierra. 
—Y la policía podría retirarme —agregó Rachael por encima del hombro—En una redada me matarían. Lo sé desde mi llegada, hace cuatro años. Esta no es la primera vez que me aplican el Voigt-Kampff. En verdad, rara vez salgo de casa. El peligro es enorme, a causa de los controles policiales y las pinzas voladoras para capturar especiales no clasificados.
—Y androides —terminó Eldon Rosen—Aunque, naturalmente, eso no se le dice a la población. Se supone que debe ignorar la presencia de androides en la Tierra.
—No creo que los haya —respondió Rick—Sin duda la policía los ha cogido a todos, tanto aquí como en la Unión Soviética. Ahora la población es pequeña. Y tarde o temprano todo el mundo ha de pasar por los puntos de control establecidos al azar. O, por lo menos, eso era lo que cabía esperar.
—¿Cuáles son sus instrucciones en el caso de que el test clasifique como androide a un ser humano? —preguntó Eldon Rosen.
—Eso es asunto oficial —Rick empezó a guardar su equipo en la cartera, mientras ambos Rosen lo miraban en silencio—Pero, naturalmente, debo cancelar toda prueba subsiguiente. Si hay un fracaso, de nada sirve continuar —cerró de un golpe su cartera.
—Podríamos haberlo engañado —dijo Rachael—Nada nos obliga a admitir que el resultado ha sido incorrecto. O el resultado obtenido con los otros nueve sujetos elegidos. Nos habría bastado con dejarle seguir con las pruebas sin decir nada.
—Yo habría insistido en que me dieran una lista previa, en sobre cerrado, para comparar los resultados y obtener una confrontación concluyente.

Pero no la habría obtenido, pensó. Bryant tenía razón. Gracias a Dios que no he seguido cazando androides sobre la base del test. 

—También nosotros pensamos que lo haría —observó Eldon Rosen mirando a Rachael, que asentía—Habíamos estudiado esa posibilidad —reconoció.
—Este problema procede de su forma de operar, señor Rosen —dijo Rick— Nadie obligó a su organización a desarrollar los robots humanoides hasta un punto en que...
—Nosotros producimos lo que desean los colonos —repuso Eldon Rosen— Hemos seguido un principio, respetado por el tiempo, que ha justificado siempre el éxito comercial. Si nuestra empresa no hubiera construido modelos cada vez más humanos, otras lo habrían hecho. Conocíamos los riesgos existentes cuando desarrollamos la unidad cerebral Nexus-6. Pero el test de Voigt-Kampff era un fracaso antes de que distribuyéramos los nuevos androides. Si usted hubiese fallado en clasificar a un androide Nexus-6 como androide, si lo hubiese registrado como un ser humano... Pero no es eso lo que ha ocurrido —su voz era dura y penetrante—El departamento policial a que usted pertenece, así como otros puede haber retirado, y es probable que lo haya hecho, a verdaderos seres humanos de
capacidad empática no desarrollada, como mi sobrina. Su posición, señor Deckard, es muy grave en términos morales. La nuestra no lo es.
—En otras palabras —dijo agudamente Rick—, no me concederá usted la posibilidad de aplicar el test a un solo Nexus-6. Para anticiparse a ella ha presentado en primer término a esta chica esquizoide. 

Y mi test ha sido derrotado, pensó. Debí haberme negado. Pero ahora es demasiado tarde.

—Le hemos ganado, señor Deckard —dijo Rachael Rosen con voz serena y razonable, y se volvió hacia él, sonriendo.

Todavía no lograba comprender cómo la Rosen Association había logrado engañarlo tan fácilmente. Una corporación gigantesca como ésa atesoraba gran experiencia, poseía en realidad una especie de mente colectiva. Eldon y Rachael Rosen eran tan sólo los portavoces de esa entidad múltiple. Su error, evidentemente, había consistido en considerarlos como meros individuos. Era un error que no volvería a cometer. 

—Su jefe, el inspector Bryant —dijo Rosen—, hallará difícil comprender cómo sucedió que nos permitiera usted anular su método de prueba antes de comenzar el test —señaló el cielorraso, y Rick vio la lente de una cámara: el error cometido con los Rosen había sido registrado—Creo que lo más conveniente para todos — agregó Eldon— será que nos sentemos y... Podemos llegar a un acuerdo, señor Deckard —hizo un gesto afable—No hay motivo de preocupación. El modelo de androide Nexus-6 es un hecho. Así lo reconocemos en la Rosen Association, y creo que también usted lo reconoce ahora.  

Rachael se inclinó sobre Rick.

—¿Le gustaría ser dueño de un búho?
—Creo que jamás lo seré —comprendía perfectamente lo que ella había querido insinuar; sabía qué transacción se proponía realizar la Rosen Association. 

Sintió en su interior una tensión que no había experimentado hasta entonces, y que explotaba suavemente en todas las zonas de su cuerpo. La conciencia de lo que estaba ocurriendo se apoderó de él por completo. 

—Pero eso es precisamente lo que desea: un búho —dijo Eldon Rosen, que miró interrogativamente a su sobrina—Creo que no comprende.
—Por supuesto que comprende —repuso ella—Sabe con toda exactitud adonde lleva esto. ¿No es así, señor Deckard? —volvió a inclinarse sobre él, tanto que Rick percibió una suave fragancia y quizá su calidez—Pues prácticamente lo ha conseguido, señor Deckard; podríamos decir que el búho ya es suyo —y agregó, dirigiéndose a su tío—: Es un cazador de bonificaciones, ¿recuerdas? Por lo tanto, 
vive de las bonificaciones que gana, y no sólo del sueldo. ¿No es así, señor Deckard?

Rick asintió.
—¿Cuántos androides se han escapado esta vez? —preguntó Rachael.
—Eran ocho, originariamente. Dos ya han sido retirados. No por mí.
—¿Cuánto recibe por cada androide?
—Según —respondió Rick, encogiéndose de hombros. Rachael continuó:
—Si no dispone de un test, no tiene forma de identificar a los androides ni, por consiguiente, de cobrar sus bonificaciones. De modo que si abandona la escala de Voigt-Kampff...
—Otra nueva la reemplazará —dijo Rick—Ya ha ocurrido antes — exactamente, tres veces. Pero esta vez era diferente, porque el nuevo test, el instrumento analítico más moderno, ya estaba a su disposición.
—Naturalmente, el test de Voigt-Kampff terminará por ser anticuado —dijo Rachael—Pero todavía no. Estamos convencidos de que es apto para distinguir a los modelos equipados con el Nexus-6 y querríamos que, en su peculiar tarea, continuara usted trabajando sobre esta base —la chica lo miraba intensamente, balanceándose y con los brazos cruzados apretados; trataba de medir su reacción.
—Dile que puede quedarse con el búho —sugirió Eldon Rosen.
—Así es —dijo Rachael, sin dejar de mirarlo—El que ha visto en el terrado. Scrappy. Pero si conseguimos un macho, debe permitir que se aparee con ella. Y que quede bien en claro que la descendencia será nuestra.
—Dividiremos la nidada —propuso Rick.
—No —repuso instantáneamente Rachael, y Eldon Rosen negó con la cabeza en señal de apoyo a su sobrina—De ese modo tendría usted derecho a la única familia de búhos hasta el fin de los tiempos. Y hay otra condición: no puede cederlo en herencia. A su muerte, volverá a manos de la Rosen Association.
—Eso parece una invitación a que me maten —contestó Rick—Bonita forma de recuperar inmediatamente el búho... No puedo aceptar. Es demasiado peligroso.
—Usted es un cazador de bonificaciones —dijo Rachael—Sabe usar un arma láser. En este preciso instante lleva una. Si no es capaz de defenderse, ¿cómo piensa retirar a los seis andrillos Nexus-6 restantes? Son bastante más inteligentes que los viejos W-4 de la Gozzi Corporation.
—Pero yo los persigo a ellos —replicó Rick—En cambio, si acepto la cláusula de reversión, alguien me perseguiría a mí —no le gustaba la idea de que lo persiguieran. Había visto el efecto que esto provocaba incluso en los androides.
—Está bien —dijo Rachael—Cederemos en ese punto, y podrá legar el búho a sus descendientes. Pero insistimos en conservar la nidada completa. Si no está de acuerdo con esto, vuelva a San Francisco, reconozca ante sus superiores que el test de Voigt-Kampff, al menos en la forma en que usted lo aplica, no puede distinguir entre un andrillo y un ser humano. Y luego búsquese otro trabajo.
—Querría un poco de tiempo para decidir —dijo Rick.
—Está bien —respondió Rachael, y miró su reloj—Puede quedarse aquí.
—Media hora —agregó Eldon Rosen, como aclaración.  

Ambos Rosen se dirigieron hacia la puerta.
Ellos ya habían hablado, pensó Rick. Ahora le correspondía a él dar una respuesta. Cuando Rachael se disponía a cerrar la puerta, Deckard le habló con dureza:

—Estoy perfectamente atrapado. Tienen la prueba de que me he equivocado con usted. Saben que mi trabajo depende del test de Voigt-Kampff. Y además está ese maldito búho.
—Es suyo, ¿recuerda? —dijo Rachael—Le pondremos en la pata una cintila con su dirección y lo despacharemos a San Francisco. Lo recibirá en su casa cuando regrese del trabajo.
—Un momento —dijo Rick.
—¿Ya ha tomado su decisión? —preguntó Rachael, deteniéndose en la puerta.
—Querría hacerle otra pregunta del Voigt-Kampff. 

Rachael miró a su tío, que asintió. De mala gana, volvió a sentarse como antes.

—¿Para qué? —preguntó con las cejas elevadas por el desagrado y también por el temor. Rick advirtió, profesionalmente, la tensión de su cuerpo.

Nuevamente dirigió el haz de luz al ojo derecho de la muchacha y puso el disco adhesivo en contacto con su mejilla. Rachael estaba rígida. Su expresión de extremo disgusto no había desaparecido.

—Bonita cartera, ¿verdad? —dijo Rick mientras buscaba los formularios impresos del test—Es del departamento.
—Sí, ¿eh? —respondió Rachael, ausente.
—Es de piel de bebé —agregó Rick, acariciando la piel negra de la cartera— Cien por ciento genuina —vio que después de una pausa las agujas se pusieron a fluctuar con frenesí. La reacción había llegado tarde. El conocía el tiempo exacto de reaccionar, en fracciones de segundo. Sabía que no debía haber demora—Gracias, señorita Rosen. Eso era todo —recogió de nuevo su equipo.
—¿Se marcha? —preguntó Rachael.
—Sí. He terminado. Cautelosamente, Rachael preguntó:
—¿... y los otros nueve?
—El test ha funcionado adecuadamente en su caso —explicó Rick—Puedo deducir de esto que evidentemente es aún efectivo —se dirigió a Eldon Rosen, que estaba inerte, junto a la puerta—: ¿Ella lo sabe? —a veces no era así: en muchas ocasiones se los dotaba de una falsa memoria, con la errónea esperanza de que alterara las reacciones ante el test. 
—No —contestó Eldon Rosen—La hemos programado completamente. Pero creo que hacia el final ha empezado a sospechar —a la muchacha le dijo—: ¿No fue así, cuando él te pidió una nueva prueba? 

Rachael, muy pálida, asintió.
—No temas —le dijo Eldon Rosen—No eres un androide escapado ilegalmente. Eres propiedad de la Rosen Association, que te emplea como muestra para las ventas a futuros emigrantes —se acercó a la chica y apoyó la mano en su hombro. Rachael se apartó del contacto.
—Es verdad —observó Rick—No la retiraré, señorita Rosen. Buenos días — empezó a avanzar hacia la puerta, y se detuvo—¿El búho es real? 

Rachael dirigió una rápida mirada a su tío.

—Se marchará de todos modos —contestó Rosen—Da lo mismo. El búho es artificial. No quedan búhos.
—Hmmm —murmuró Rick, mientras salía al pasillo. Nadie dijo nada más. 

No había nada que decir. Así operan los grandes fabricantes de androides, se dijo Rick. De una manera sinuosa que jamás había observado anteriormente, demostraban un tipo nuevo de personalidad, compleja y extraña. No era difícil comprender que la justicia tuviera dificultades con el Nexus-6.

El Nexus-6. Finalmente lo había conocido. Rachael era un Nexus-6, sin duda alguna. El primer androide de ese tipo que he visto, se dijo. Y poco había faltado para que los Rosen minaran nuestra confianza en el test de Voigt-Kampff, único instrumento que permite descubrirlos. Casi lo habían logrado. La Rosen Association había hecho un buen trabajo, o al menos un buen intento, para
defender sus productos.

Y yo debo enfrentar a otros seis, para terminar la tarea, reflexionó Rick. Se ganaría cada centavo de esas bonificaciones. 

Suponiendo que llegara vivo al final. 

lunes, 2 de julio de 2012

¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap IV - Philip K. Dick

Viene de "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap III - Philip K. Dick"



—Quizá me preocupa que pueda ocurrirme lo mismo que a Dave —conjeturó Rick Deckard—Un andrillo bastante inteligente para herirlo también a mí puede vencerme. Sin embargo, no era eso. 
—Veo que ha traído los datos de la nueva unidad cerebral —dijo el inspector Bryant, colgando el videófono.
—Sí, me enteré por los rumores. ¿Cuántos son los andrillos, y hasta dónde llegó Dave?
—Ocho, por ahora —dijo Bryant, mirando sus notas—Dave cogió a dos.
—¿Y los seis restantes están aquí, en California del Norte?
—Por lo que sabemos, Dave cree que sí, hablaba con él. Tengo sus anotaciones, estaban en su escritorio. Dice que aquí está todo lo que sabía —Bryant tocó una pila de papeles. Hasta ese momento no parecía dispuesto a entregarle las notas a Rick. Por alguna razón, continuaba hojeándolas, con el ceño fruncido, mientras se pasaba la lengua por los labios.
—No tengo nada que hacer —dijo Rick—Estoy listo para reemplazar a Dave.

Bryant, pensativo, replicó:

—Dave utilizó la escala modificada de Voigt-Kampff para poner a prueba a los sospechosos. Usted comprende, debe comprender, que este test no es aplicable, específicamente, a las unidades cerebrales. Ningún test lo es. Todo lo que tenemos es la escala de Voigt, modificada por Kampff hace tres años —hizo una pausa meditativa—Dave la considera adecuada. Tal vez lo sea. Pero le sugeriría una cosa, antes de que empiece a perseguir a esos seis —nuevamente golpeó los papeles— Vuele a Seattle y hable con la gente de Rosen. Haga que le den una muestra representativa de los tipos de androide que emplean la nueva unidad Nexus-6.
—¿... para someterlos al Voigt-Kampff? —preguntó Rick.
—Parece tan fácil —dijo Bryant, medio para sus adentros.
—¿Cómo?
—Creo que yo mismo hablaré con la organización Rosen, mientras usted está en camino —agregó Bryant. Luego miró en silencio a Rick. Por fin gruñó, se mordió una uña, y finalmente puso en orden su decisión—Voy a estudiar con ellos la posibilidad de mezclar a los nuevos androides con seres humanos. Todo debería estar preparado para cuando usted llegue —señaló bruscamente a Rick, con aire severo—Es la primera vez que va a desempeñarse como un cazador de bonificaciones senior. Dave sabe mucho. Tiene años de experiencia.
—También yo —respondió Rick, tenso.
—Ha tenido misiones encargadas por Dave. El siempre resolvía qué casos confiarle. Pero ahora tiene en sus manos seis que él pensaba retirar, y uno de ellos disparó primero. Este. Max Polokov —Bryant hizo girar las notas para que Rick pudiera leer—Al menos, ése es el nombre que se da a sí mismo. Suponiendo que Dave tuviera razón. Todo, toda esta lista, se funda en esa suposición. Y sin embargo, la escala modificada de Voigt-Kampff sólo se le aplicó a los primeros tres, a los dos que Dave retiró y luego a Polokov. Este disparó contra Dave mientras le hacía el test.
—Lo que demuestra que Dave tenía razón —contestó Rick—De otro modo, Polokov no habría tenido ningún motivo.
—Vaya a Seattle —ordenó Bryant—No hable primero, yo me ocuparé. Y escuche —se puso en pie y encaró a Rick serenamente—Si cuando esté probando allí la escala Voigt-Kampff alguno de los humanos no logra pasar...
—Eso no puede ocurrir —respondió Rick.
—Un día, hace unas semanas, hablé con Dave de eso. El pensaba lo mismo. Yo había recibido un memorándum de la policía soviética, la WPO, que ha circulado en la Tierra y en las colonias. Un grupo de psiquiatras de Leningrado pidió a la WPO que aplicara el método de perfil de la personalidad más moderno y preciso para determinar la presencia de un androide, o sea la escala de VoigtKampff, a un grupo cuidadosamente seleccionado de pacientes humanos, esquizoides y esquizofrénicos. Especialmente aquellos que revelan lo que se denomina un “achatamiento del afecto”. Seguramente habrá oído hablar de eso...
—Es lo que mide la escala, específicamente —dijo Rick.
—Entonces, sabe por qué están preocupados.
—El problema ha existido siempre. Desde que por primera vez encontramos androides que se hacían pasar por humanos. Usted conoce el consenso de la opinión policial por el artículo de Lurie Kampff, escrito hace ocho años: El bloqueo de la asunción de roles en el esquizofrénico no deteriorado. Kampff distinguía entre la facultad empática disminuida del enfermo mental humano y la superficialmente similar, pero...
—Los psiquiatras de Leningrado —interrumpió Bryant— creen que una pequeña proporción de seres humanos no podría pasar la prueba de Voigt-Kampff. Si los sometiera usted al test en el curso de una tarea policial, quedarían clasificados como robots humanoides. Más tarde se descubriría el error, pero ya estarían muertos —calló, en espera de la respuesta de Rick.
—Pero esas personas deberían estar en...
—En instituciones —continuó Bryant—No podrían moverse en el mundo exterior, y ciertamente se advertiría que son psicóticos graves. Salvo si su enfermedad se hubiera manifestado reciente y bruscamente, y nadie la hubiera observado todavía. Esto podría ocurrir.
—Una vez en un millón —objetó Rick. Pero había comprendido. 
—Lo que le preocupa a Dave —dijo Bryant— es este aspecto del tipo avanzado Nexus-6. La organización Rosen nos había asegurado, como usted sabe, que era posible distinguir un Nexus-6 con el test corriente del perfil. Les creímos. Pero ahora debemos establecerlo por nuestra cuenta, como yo me imaginaba. Y eso es lo que hará usted en Seattle. Ya comprende que esto puede salir mal de las dos maneras: si no es posible catalogar a todos los robots humanoides, no tenemos un instrumento de análisis confiable y jamás descubriremos a los que ya se han escapado. Y si clasifica como androide a un sujeto humano... Sería lamentable — Bryant lo miró con frialdad—, aunque nadie, y ciertamente tampoco la Rosen Association, publicaría la noticia. En realidad, podemos permanecer inmóviles por
tiempo indefinido, aunque será necesario informar a la WPO, que a su vez avisará a Leningrado. Llegará un momento en que la cosa haga explosión, pero para entonces quizás hayamos desarrollado un test mejor —cogió el videófono— ¿Partirá ahora mismo? Utilice un coche del departamento y el combustible de nuestros surtidores.
—¿Puedo llevarme las notas de Dave Holden? —pidió Rick, poniéndose en pie—Querría leerlas por el camino.
—Esperaremos hasta que haya probado el test en Seattle —respondió Bryant.

Rick advirtió que el tono de su voz era curiosamente despiadado.

Cuando el coche aéreo del departamento de policía aparcó en el terrado del edificio de la Rosen Association en Seattle, una muchacha lo esperaba. Delgada, de pelo negro, con las nuevas y enormes gafas para filtrar el polvo, se acercó al coche con las manos hundidas en los bolsillos del largo abrigo a rayas de colores vivos. En su cara pequeña, de rasgos bien definidos, había una expresión de hosquedad.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rick al descender. La chica respondió oblicuamente.
—No sé. La forma en que nos trataron, supongo. No tiene importancia —le tendió la mano, que él cogió reflexivamente—Soy Rachael Rosen. Usted es el señor Deckard, ¿verdad?
—No ha sido idea mía.
—Bueno, es lo que nos dijo el inspector Bryant. Pero oficialmente usted es el departamento de policía de San Francisco, y no cree que nuestra actividad sea un servicio público —lo miró por debajo de sus largas pestañas oscuras, probablemente artificiales.
—Un robot humanoide es como cualquier otra máquina —respondió Rick— Puede oscilar entre el beneficio y el riesgo. Como beneficio no es nuestro problema.
—Pero sí como riesgo —dijo Rachael Rosen—¿Es verdad, señor Deckard, que usted es un cazador de bonificaciones? 

De mala gana, Rick se encogió de hombros y asintió
—Considera que un androide es una cosa inerte —continuó la chica—Algo que se puede “retirar”, como se acostumbra decir.
—¿Ya está seleccionado el grupo? Me gustaría...

Rick se interrumpió cuando de repente vio los animales. Por supuesto que una poderosa corporación tenía que ser capaz de permitirse una cosa semejante, comprendió. Y en el fondo, había previsto sin lugar a dudas esa colección: no sentía sorpresa sino más bien una especie de ansiedad. Se apartó
de la muchacha en silencio y se dirigió a los corrales. Podía percibir los diversos olores de las criaturas que se movían o permanecían echadas, y de una que dormía, y aparentemente era un coatí. Nunca en su vida había visto un coatí. Conocía al animal por las películas 3-D que pasaba la televisión. Por alguna razón, el polvo había afectado a esa especie tanto como a las aves, de las que casi no quedaban sobrevivientes. Cogió automáticamente su gastado ejemplar del Sidney y buscó el coatí. Los precios estaban, desde luego, en bastardilla: como en el caso de los caballos percherón, no
había ninguno en el mercado, a cualquier precio. El catálogo Sidney se limitaba a reproducir la cifra de la última venta. Era astronómica. 

—Se llama Bill —dijo la chica desde atrás—Bill, el coatí. Lo compramos el año pasado a una corporación subsidiaria —señaló algo un poco más lejos.

Rick vio entonces una compañía de guardias armados con pequeñas ametralladoras Skoda de tiro rápido. Los ojos de los guardias estaban fijos en él. Y mi coche lleva bien a la vista las insignias de los vehículos policiales..., pensó. 

—Un fabricante de androides —observó, pensativo—invierte sus excedentes en animales vivos.
—Mire el búho —dijo Rachael Rosen—Allá. Lo voy a despertar —indicó una jaula a cierta distancia.

En su centro había un árbol muerto. Estaba a punto de decir que no había más búhos. O eso nos han dicho... Sidney los considera extinguidos en su catálogo. Llevan la E, esa letra pequeña y precisa. Mientras la muchacha se adelantaba, comprobó que estaba en lo cierto. Sidney jamás se equivoca, se dijo. ¿En qué otra cosa podemos confiar?
—Es artificial —exclamó de pronto con certeza. Pero su decepción era intensa y aguda.
—No —sonrió ella, y Rick vio que sus dientes pequeños y parejos eran tan blancos como negros eran el pelo y los ojos.
—Pero Sidney —objetó, tratando de mostrarle el catálogo, para probar sus palabras.
—No le compramos a Sidney —respondió Rachael—, ni a ningún vendedor de animales. Nuestras compras son privadas y no comunicamos el precio. Además, tenemos nuestros propios naturalistas. En este momento están trabajando en Canadá. Allá todavía quedan bosques relativamente grandes. Al menos, lo bastante para animales pequeños y alguna que otra ave.

Durante largo tiempo contempló al búho, que dormitaba en su rama. Mil pensamientos brotaron de su mente acerca de la guerra, de los días en que los búhos caían del cielo, muertos. Recordó que en su infancia había alcanzado a comprobar la extinción de una especie tras otra. Los periódicos anunciaban un día la desaparición de los zorros, el siguiente la de los tejones, hasta que la gente dejó
por último de leer aquellos perpetuos obituarios. 

Pensó también en su necesidad de un animal verdadero. Una vez más se manifestaba el odio que le inspiraba su oveja eléctrica, que debía cuidar y atender como si estuviera viva. La tiranía de los objetos, pensó. Ella no sabe que yo existo.Como los androides, carece de la capacidad de apreciar la existencia de otro ser. Jamás había pensado antes en la semejanza entre los animales eléctricos y los
andrillos. Un animal eléctrico era una forma inferior, un robot de menor calidad. O a la inversa, un androide era una versión altamente desarrollada del seudoanimal.

Las dos ideas le resultaban repulsivas.

—Si Rosen vendiera ese búho —dijo—, ¿cuánto pediría?
—Jamás venderíamos nuestro búho —Rachael lo contempló con una mezcla de placer y piedad; la menos eso le pareció a Rick—Y aunque así fuera, nunca podría pagar el precio. ¿Qué animal tiene en su casa?
—Una oveja —respondió él—Una Suffolk de cara negra.
—Entonces debería sentirse satisfecho.
—Lo estoy —dijo él—Pero siempre he querido un búho, incluso antes de que todos murieran... Excepto el suyo —se corrigió.
—Nuestro programa actual prevé la obtención de otro búho —agregó ella—, para aparearlo con Scrappy —señaló al ave posada en su percha y que por un instante abrió los ojos, unas hendiduras amarillas que se desvanecieron cuando reanudó su reposo. El pecho del búho subió y bajó conspicuamente, como si el ave hubiese suspirado en su estado hipnagógico.

Apartándose de la imagen, que había agregado amargura a su anterior reacción de sorpresa y anhelo, Rick dijo: 

—Querría iniciar la prueba. ¿Podemos bajar?
—Mi tío recibió la llamada de su jefe y probablemente ya...
—¿Su tío? ¿Una corporación de estas dimensiones es un negocio familiar?

Rachael continuó su frase:

—... habrá reunido un grupo de androides y uno de control. Vamos —se dirigió al ascensor sin mirar atrás, metiendo nuevamente las manos en los bolsillos de su abrigo.

Rick vaciló un momento, con fastidio, antes de seguirla.

—¿Qué tiene usted contra mí? —preguntó mientras descendían. 

Ella reflexionó, como si no lo hubiera pensado antes.
—Pues bien —dijo—, usted, un funcionario de un pequeño departamento policial, tiene en este momento una situación única. ¿Comprende lo que quiero decir? —lo miró de costado, maliciosamente.
—¿Qué parte de la producción actual representan los androides equipados con el Nexus-6?
—El total —respondió Rachael.
—Estoy seguro de que la escala Voigt-Kampff puede descubrirlos.
—Y si no es así, tendremos que retirar del mercado todos los modelos de Nexus-6 —sus ojos negros ardían mientras se abrían las puertas del ascensor detenido—Y todo porque la policía no puede resolver una cosa tan simple como la detección de una minúscula cantidad de Nexus-6 que...

Un hombre mayor, pulcro y delgado, se acercó a ellos. Llevaba la mano extendida y una expresión de preocupación, como si todo hubiese empezado a desarrollarse con excesiva rapidez.

—Soy Eldon Rosen —dijo mientras daba un apretón de manos a Rick— Escuche, Deckard: usted sabe que no fabricamos nada aquí en la Tierra, ¿verdad? Simplemente no podemos llamar al sector de producción y pedir una serie distinta de artículos. No es que no nos propongamos o no queramos colaborar con ustedes. Sea como fuere, he hecho todo lo posible —su mano izquierda, temblorosa, rozó su pelo, que empezaba a ralear.

Rick indicó su cartera y dijo:

—Estoy listo para comenzar.

La nerviosidad de Rosen acrecentó su confianza en sí mismo. Me temen, pensó con asombro. Incluso Rachael. Probablemente podría obligarles a abandonar la producción de los modelos Nexus-6. Lo que yo haga en las próximas horas afectará el carácter de sus operaciones, y puede llegar a determinar el futuro de la Rosen Association aquí, en los Estados Unidos, en Rusia y en Marte.

Los dos miembros de la familia Rosen lo miraron aprensivamente y Rick pudo sentir la duplicidad de sus maneras. Con él habían entrado en la casa el vacío y la llamada al silencio de la ruina económica. Poseen un poder desmesurado, pensó Rick. Su empresa es considerada uno de los ejes del sistema industrial. En realidad, la manufactura de androides ha llegado a ligarse tanto con el desarrollo
de la colonización que si aquella se derrumbara, éste la seguiría a su vez. Naturalmente, la Rosen Association comprendía esto perfectamente. Y Eldon Rosen tenía plena conciencia de ello desde que Harry Bryant había llamado. 

—No hay motivo para preocuparse —dijo Rick mientras los dos Rosen lo guiaban por un amplio corredor muy iluminado. El mismo se sentía tranquilo. La situación le agradaba más que cualquier otra que pudiera recordar. Todos sabrían muy pronto lo que el método de prueba podía hacer, y lo que no podía—Si ustedes no tuvieran confianza en el test de Voigt-Kampff —observó—, probablemente su organización habría tratado de descubrir otro superior. Podría decirse que parte de la responsabilidad recae sobre la Rosen Association. Sí, gracias —le indicaron una habitación elegante, un salón alfombrado, con lámparas, divanes y mesas modernas donde estaban las últimas revistas e incluso, advirtió, el suplemento de febrero del catálogo Sidney, que él aún no había visto. En realidad, ese suplemento sólo aparecería dentro de tres días. Era obvio que la Rosen Association tenía una
relación especial con Sidney. Irritado, cogió la publicación.

—Esto significa una violación de la confianza pública. Nadie debe tener información anticipada de los cambios de precio. 

Y también, seguramente, violaba una ley federal. Pero en vano trató de recordarla.

—Me lo llevaré conmigo —dijo, y guardó el suplemento en su cartera. Después de una pausa, Eldon Rosen dijo con hastío:

—Nuestra política jamás ha sido la de obtener anticipación de nada como...
—Yo no soy un funcionario judicial —interrumpió Rick—Soy un cazador de bonificaciones —de su cartera extrajo el equipo Voigt-Kampff, y sentándose junto a una mesa baja de palo de rosa, empezó a preparar el sencillo instrumento poligráfico—Puede usted enviar al primer sujeto —le dijo a Eldon Rosen, que parecía aún más inquieto.
—Me gustaría mirar —dijo Rachael, sentándose—Nunca he visto realizar un test de empatía. ¿Qué mide este aparato?
—Esto —dijo Rick, sosteniendo en alto un disco chato, adhesivo, de donde partían varios cables—, mide la dilatación capilar en la región facial. Sabemos que ésta es una respuesta autónoma y primaria, lo que llamamos “vergüenza” o “rubor” ante un estímulo moralmente inquietante. Esto no se puede controlar voluntariamente, como ocurre en cambio con la conductividad de la piel, la respiración o el ritmo cardíaco —le mostró el otro elemento, de donde brotaba un fino haz de luz—Y esto registra la tensión en los músculos oculares. Al mismo tiempo que se produce el fenómeno del rubor hay generalmente un pequeño desplazamiento de...
—¿Y eso no se verifica en los androides?
—Aunque biológicamente podría llegar a darse, las preguntas-estímulo no generan estas respuestas.
—Hágame el test —dijo Rachael.
—¿Por qué? —dijo Rick, confundido. Eldon Rosen dijo con voz ronca:
—La hemos elegido como primer sujeto. Podría ser un androide. Esperamos que nos lo pueda decir —se sentó con varios movimientos torpes, sacó un cigarrillo, lo encendió y se quedó mirando fijamente.  

 Continúa la historia leyendo "¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? - Cap V - Philip K. Dick"