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sábado, 26 de octubre de 2013

Enemigo mío - Barry B. Longyear - 4

Viene de "Enemigo mío - Barry B. Longyear - 3"



Un día particularmente ventoso noté que el hielo de los árboles era menos grueso. En algún momento habíamos doblado la esquina del invierno y nos dirigíamos hacia la primavera. Pasé el tiempo que dediqué a romper hielo sintiéndome de buen humor al pensar en la primavera, y sabía que Jerry se alegraría con la noticia. El invierno estaba desmoralizando al dracón. Estaba trabajando entre losárboles encima de la cueva, recogiendo leña amontonada y tirándola abajo, cuando oí un grito. Me quedé parado, después miré alrededor. No vi nada aparte del mar y el hielo que me rodeaba. Luego, otra vez el grito.

-¡Davidge!

Era Jerry. Solté la carga que llevaba y corrí hacia la grieta del acantilado que servía de senda hasta los árboles más elevados. Jerry chilló de nuevo y yo resbalé y rodé hasta llegar al lecho de roca a la misma altura de la entrada de la cueva. Me precipité hacia ella, corrí por el pasadizo y llegué a la cámara. Jerry se retorcía en su lecho, hundiendo los dedos en la arena. Caí de rodillas junto al dracón.

-Estoy aquí, Jerry. ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que va mal?
-¡Davidge!

El dracón tenía los ojos en blanco y no veía nada. Su boca se movió en silencio, después estalló en otro grito.

-¡Jerry, soy yo! -le agarré por los hombros, sacudiéndole-. Soy yo Jerry. ¡Davidge!

Jerry volvió la cabeza hacia mí, hizo una mueca y apretó los dedos de una mano en torno a mi muñeca izquierda con fuerza.

-¡Davidge! Zammis... ¡Algo va mal!
-¿Qué? ¿Qué puedo hacer?

Jerry chilló otra vez; después su cabeza cayó sobre el lecho como si se hubiera desmayado. El dracón luchó por recuperar la conciencia y atrajo mi cabeza hacia sus labios.

-Davidge, debes jurar.
-¿Qué, Jerry? ¿Qué debo jurar?
-Zammis... en Draco. Presentarse ante los archivos del linaje. Hacer esto.
-¿A qué te refieres? Hablas como si estuvieras agonizando.
-Estoy agonizando, Davidge. Zammis... la generación número doscientos... muy importante. Presenta a mi hijo, Davidge. ¡Júralo!

Enjugué el sudor de mi cara con mi mano libre.

-No vas a morir, Jerry. ¡Lucha!
-¡Basta! ¡Enfréntate a la verdad, Davidge! ¡Me muero! Debes enseñar la línea Jeriba a Zammis... y el libro, el Talman ¿gavey?
-¡Calla! -El pánico me acosaba casi como una presencia física-. ¡Deja de hablar así! No vas a morir, Jerry. Vamos, lucha, kislode hijo de puta...

Jerry chilló. Su respiración era débil y el dracón flotaba entre la conciencia y la inconsciencia.

-Davidge.
-¿Qué?

Me di cuenta de que lloraba como un niño.

-Davidge, debes ayudar a salir a Zammis.
-¿Qué? ...¿Cómo? ¿De qué demonios estás hablando?

Jerry volvió su cara hacia el muro de la cueva.

-Levanta mi chaqueta.
-¿Qué?
-Levanta mi chaqueta, Davidge. j Vamos !

Subí la chaqueta de piel de serpiente, descubriendo el hinchado vientre de Jerry. El pliegue del centro estaba de un rojo brillante y rezumaba un líquido claro.

-¿Qué..., qué debo hacer?

Jerry respiró con rapidez; después, contuvo el aliento.

-¡Desgárralo! ¡Debes desgarrarlo, Davidge!
-¡No!
-¡Hazlo! ¡Hazlo, o Zammis morirá!
-¿Qué me importa tu maldito hijo, Jerry? ¿Qué puedo hacer para salvarte?
-Desgárralo... -murmuró el dracón-. Cuida de mi hijo, Irkmaan. Presenta a Zammis ante los archivos Jeriba. Júramelo.
-Oh, Jerry...
-¡Júralo!

Asentí. Grandes lágrimas calientes se deslizaron por mis mejillas.

-Lo juro.

Jerry aflojó su presa en mi muñeca y cerró los ojos. Me arrodillé junto a él, atónito.

-No. No, no, no, no.
-¡Desgárralo! ¡Debes desgarrarlo, Davidge!

Tendí una mano y toqué cautelosamente el pliegue del vientre de Jerry. Sentí vida que luchaba bajo la piel, intentando escapar a la sofocante presión de la matriz del dracón. Yo la odiaba; odiaba a la maldita criatura como nunca había odiado ninguna otra cosa. Sus forcejeos se debilitaron y acabaron por cesar.

-Presenta a Zammis ante los archivos Jeriba. Júramelo...
-Lo juro...

Levanté la otra mano, inserté mis pulgares en el pliegue y lo abrí con suavidad. Aumenté la fuerza, después desgarré el vientre de Jerry como un demente. El pliegue estalló, humedeciendo la parte delantera de mi chaqueta con el fluido claro. Manteniendo abierto el pliegue, vi el cuerpo tranquilo de
Zammis acurrucado en una cavidad llena de fluido, inmóvil.

Vomité. Cuando no me quedó nada que arrojar, metí las manos en el fluido y las puse bajo el infante del dracón. Lo alcé, enjugué mi boca con la manga izquierda, la apreté contra la boca de Zammis y abrí los labios de la criatura con mi mano derecha. Tres, cuatro veces, inflé los pulmones del niño, y después éste tosió. Luego lloró. Até los dos cordones umbilicales con fibra de bayas y después los corté. Jeriba Zammis se había liberado de la carne muerta de su padre.

Sostuve la roca sobre mi cabeza y a continuación la descargué con toda mi fuerza sobre el hielo. Saltaron fragmentos allí donde había golpeado, descubriendo el verde oscuro que había debajo. De nuevo, levanté la roca y la descargué, separando otra roca. La recogí, me levanté y la llevé hasta el cadáver medio enterrado del dracón.

-El drac -musité.

Limítate a llamarlo «el drac». Cara de sapo. Reptil. El enemigo. Llámalo como quieras para aislar esos sentimientos del dolor.

Contemplé el montón de rocas que había amontonado, decidí que bastaba para completar la tarea y después me arrodillé junto a la tumba. Mientras colocaba las rocas encima, sin pensar en el aguanieve empujado por la ventisca que congelaba mis pieles de serpiente, me esforcé en contener las lágrimas. Di palmadas para ayudar a restituir la circulación. La primavera se acercaba, pero todavía resultaba peligroso permanecer fuera demasiado tiempo, y yo había estado mucho tiempo construyendo la tumba del dracón. Cogí otra roca y la puse en su sitio. Cuando el peso de la roca cayó sobre la cubierta de piel de serpiente, me di cuenta de que ya estaba congelado. Coloqué rápidamente el resto de las rocas y me levanté.

El viento me hizo tambalear y mis pies casi resbalaron sobre el hielo próximo a la tumba. Miré hacia el mar hirviente, me envolví un poco mejor con mis pieles de serpiente y volví a contemplar la pila de rocas. Hacen falta algunas palabras. No entierras al muerto y después te vas a comer. Hacen falta algunas palabras. Pero ¿qué palabras? Yo no era demasiado religioso y tampoco lo había sido el dracón.
Su filosofía formal sobre el tema de la muerte era idéntica a mi rechazo informal de los deleites islámicos, los Valhala paganos y las promesas para un futuro lejano de los judeocristianos. La muerte es la muerte. Finis. El fin. Polvo eres y en polvo te convertirás... Aun así, hacen falta algunas palabras.

Metí el brazo bajo las pieles de serpiente y apreté con mi mano enguantada el cubo dorado del Talman. Noté sus puntiagudos cantos a través de mi guante, cerré los ojos y repasé las palabras de los grandes filósofos dracones. Pero en sus escritos no había nada para este momento.

El Talman era un libro sobre la vida. Talman significa vida, y de ella se ocupa la filosofía dracón. No se interesan por la muerte. La muerte es un hecho, el fin de la vida. El Talman no tenía palabras que yo pudiera pronunciar. El viento me acuchillaba, haciéndome temblar. Mis dedos ya estaban ateridos y los pies empezaban a dolerme. Con todo, hacían falta algunas palabras. Pero las únicas palabras en que podía pensar iban a abrir la puerta, llenando de dolor mi ser..., haciéndome comprender que el dracón había muerto. Aun así..., aun así, hacen falta algunas palabras.

-Jerry, yo... - No tenía palabras. Me alejé de la tumba, dejando que mis lágrimas se mezclaran con el aguanieve.

Con el calor y el silencio de la cueva a mi alrededor, me senté en el camastro con la espalda apoyada en el muro. Intenté perderme en las sombras y parpadeos de la luz reflejada por la hoguera sobre la pared opuesta. Las imágenes se formaban a medias y después desaparecían danzando antes de que pudiera forzar mi mente a ver algo en ellas. Siendo niño solía contemplar nubes, y en ellas veía caras, castillos, animales, dragones y gigantes. Era un mundo de evasión y fantasía, algo para inyectar maravilla y aventura en la vida mundana, regularizada, de un chico de clase media que lleva una vida de clase media. Lo único que vi en la pared de la cueva fue una representación del infierno: llamas que lamían las grotescas y retorcidas imágenes de almas condenadas. Este pensamiento me hizo reír. Concebimos el infierno como fuego, supervisado por un sádico de risa entrecortada con ropa interior roja de una sola pieza. Fyrine IV me había enseñado esto: el infierno es soledad, hambre y frío interminable.

Oí un lloriqueo, y miré entre las sombras hacia el pequeño lecho en la parte trasera de la cueva. Jerry había fabricado para Zammis un saco de piel de serpiente lleno de pelusa vegetal. Gimoteó de nuevo, y yo me incliné hacia adelante, preguntándome si necesitaba algo. Una punzada de temor recorrió mis
entrañas. ¿Qué come un niño drac? Los dracones no son mamíferos. Lo único que nos habían enseñado en la instrucción era cómo reconocerlos... Eso, y como matarlos. Empecé a sentir auténtico miedo.

-¿Qué demonios voy a usar como pañales?

La criatura volvió a lloriquear. Me puse en pie, caminé por el suelo arenoso hasta llegar al lado del niño y me arrodillé junto a él. En el fardo que era el viejo traje de vuelo de Jerry se agitaban dos brazos regordetes con manos de tres dedos.

Levanté el fardo, lo llevé cerca de la hoguera y me senté en una roca. Puse el bulto en mi regazo y lo desenvolví con mucho cuidado. Vi el brillo amarillo de los ojos de Zammis bajo los párpados entorpecidos por el sueño. Desde la cara, casi desprovista de nariz y los dientes compactos, hasta su color amarillo subido, Zammis era en todos los aspectos una miniatura de Jerry, excepto por su gordura.
Zammis era un pequeño barril de grasa. Le eché un vistazo y me alegró descubrir que no había suciedad. Miré a Zammis a los ojos.

-¿Quieres algo de comer?
-Guh.

Sus mandíbulas estaban en condiciones de funcionar, y supuse que los dracones debían masticar alimento sólido desde el primer día. Tendí un brazo hacia la hoguera y cogí un trozo de serpiente seca, pasándolo después por los labios del niño. Zammis apartó la cabeza.

-Vamos, come. No encontrarás nada mejor por aquí.

Volví a poner la serpiente en los labios del niño, y Zammis levantó un brazo regordete y apartó la carne. Me encogí de hombros.

-Bien, cuando tengas bastante hambre, aquí estará.
-¡Guh meh!

Su cabeza osciló de un lado a otro en mi regazo, una mano diminuta de tres dedos estrechaba mi dedo, y la criatura lloriqueó otra vez.

-No quieres comer, no necesitas que te limpien. ¿Qué quieres entonces? ¿Kos va nu?

La cara de Zammis se arrugó, y su mano tiró de mi dedo. Su otra mano se agitó en dirección a mi pecho. Levanté a Zammis para arreglar el traje de vuelo, y las manos diminutas se extendieron, agarraron la parte delantera de mis pieles de serpiente y se aferraron mientras los brazos regordetes atraían al niño hacia mi pecho. Lo mantuve cerca de mí, Zammis puso la mejilla en mi pecho y no tardó en caer dormido.

-Bueno... quién lo hubiera creído.

Hasta que el dracón murió, jamás comprendí lo cerca que había estado de la locura. Mi soledad era un cáncer, un tumor que yo alimentaba con odio: odio al planeta con su eterno frío, vientos eternos y aislamiento eterno; odio al indefenso niño amarillo con su desgarradora necesidad de atención, alimento y un afecto que yo no podía ofrecer; y odio hacia mí mismo. Me encontré haciendo cosas que
me asustaban y disgustaban. Para romper la sólida muralla de estar solo, hablaba, gritaba y cantaba para mí: maldiciones en voz alta, palabras sin sentido y gritos absurdos.

Los ojos de Zammis estaban abiertos, y el niño agitó un brazo rechoncho y canturreó. Cogí una piedra grande, avancé tambaleante hasta ponerme al lado del niño y sostuve el peso sobre el pequeño cuerpo.

-Podría dejar caer esto, chico. ¿Qué te pasaría entonces? -Noté que la risa acudía a mis labios. Tiré la roca a un lado-. ¿Por qué ensuciar la cueva? Fuera. Te pongo fuera un momento, ¡Y te mueres! ¿Me oyes? ¡Te mueres!

El niño agitó sus manos de tres dedos en el aire, y lloró.

-¿Por qué no comes? ¿Por qué no cagas? ¿Por qué no haces nada normal, excepto llorar?

El niño lloró con más fuerza.

-¡Bah! ¡Debería coger esa roca y acabar! Eso es lo que debería...

Una oleada de repugnancia contuvo mis palabras. Fui a mi camastro, cogí el gorro, los guantes y el manguito, y me encaminé hacia afuera. Antes de llegar a la entrada de la cueva, cubierta con rocas, noté la fuerza punzante del viento. Una vez fuera me detuve y contemplé el mar y el cielo: era un panorama irritante con sus gloriosos tonos blanco y negro, y gris sobre gris. Una ráfaga de viento me abofeteó, haciéndome retroceder hasta la entrada. Recuperé el equilibrio, anduve hasta el borde del peñasco y agité el puño hacía el mar.

-¡Sigue! ¡Sigue y sopla, kíslode hijo de puta! ¡Todavía no me has matado!

Apreté mis párpados quemados por el viento hasta cerrarlos, después los abrí y miré hacia abajo. Una caída de cuarenta metros hasta el próximo saliente, pero si tomaba impulso podía salvar el obstáculo. Entonces habría ciento cincuenta metros hasta las rocas que estaban abajo. Saltar. Me aparté del borde del peñasco.

-¡Saltar! ¡Claro, saltar! -Agité la cabeza en dirección al mar-. ¡No pienso hacer tu trabajo! ¡Si me quieres muerto, tendrás que conseguirlo tú mismo!

Me volví y miré arriba, por encima de la entrada de la cueva. El cielo estaba oscureciéndose y, al cabo de pocas horas, la noche velaría el paisaje. Me dirigí a la grieta del acantilado que conducía al bosque de arbolillos, por encima de la cueva.

Me puse en cuclillas junto a la tumba del dracón y examiné las rocas que había puesto allí, ya unidas por una capa de hielo.

-Jerry. ¿Qué voy a hacer?

El dracón se sentó junto al fuego. Los dos cosíamos y hablamos: -Mira, Jerry, todo esto... -Alcé el Talman-. Todo esto lo había escuchado ya. Esperaba algo distinto. -El dracón dejó su labor sobre su regazo y me contempló durante un instante. Luego movió la cabeza y prosiguió su tarea.
-No eres una criatura demasiado profunda, Davidge.
-¿Qué pretendes decir con eso?
-Jerry tendió su mano de tres dedos.
-Un universo, Davidge... Hay un universo ahí afuera, un universo de vida, objetos y hechos. Hay diferencias, pero es el mismo universo, y todos debemos obedecer las mismas leyes universales. ¿Nunca has pensado en eso?
-No.
-A eso me refiero, Davidge, cuando digo que no eres muy profundo.
-Puf. Te repito que ya había oído hablar de ello y supongo que eso demuestra que los humanos son tan profundos como los dracs.

Jerry se echó a reír.

-Siempre insistes en deducir algo racial de mis observaciones. Lo que he dicho tenía aplicación para ti, no para la raza de los humanos...

Escupí en el suelo helado.

-Los dracs os creéis tan rematadamente listos...

El viento sopló con más fuerza, y noté que sabía a sal. Se aproximaba uno de los ventarrones. El cielo estaba cambiando a esa curiosa tonalidad oscura que se confundía con el color azul de medianoche. Un hilito de agua helada se escurrió en mi cuello.

-¿Qué hay de malo en ser uno mismo? ¡No todo el mundo ha de ser un maldito filósofo cara de sapo! -Había millones..., decenas de millones como yo. Más quizá. -¿Qué importa que yo me preocupe o no por la existencia? Está aquí, eso es todo cuanto necesito saber.
-Davidge, ni siquiera conoces tu genealogía más allá de tus padres, y ahora dices que te niegas a saber de tu universo algo que puedes conocer. ¿Cómo sabrás cuál es tu lugar en esta existencia, Davidge? ¿Dónde estás? ¿Quién eres?

Moví la cabeza y contemplé la tumba, después me volví y miré el mar. Dentro de una hora, o menos, habrá demasiada oscuridad para ver romper las olas.

-Yo, soy yo.

Pero ¿era ese «yo» el que había sostenido la roca encima de Zammis, amenazando con la muerte a un niño indefenso? Sentí que mi sangre se helaba cuando, la soledad que creía experimentar, se armó de garras y colmillos y empezó a roer y desgarrar la poca cordura que me quedaba. Me volví hacia la tumba otra vez, cerré los ojos y volví a abrirlos.

-Soy piloto de combate Jerry. ¿Eso no es nada?
-Eso es lo que haces, Davidge. No es lo que tú eres, eso no es ser tú mismo.

Me arrodillé junto a la tumba y, con mis manos arañé las rocas cubiertas de hielo.

-¡No me hables ahora, drac! ¡Estás muerto!

Pero me detuve al comprender que las palabras que había oído procedían del Talman. Me desmayé sobre las rocas, sentí el viento y me puse en pie.

-Jerry, Zammis no come. Ya hace tres días. ¿Qué hago? ¿Por qué no me explicaste algo sobre los mocosos drac antes de que... ? -Me llevé las manos a la cara-. Tranquilo, chico. Sigue así, y te meterán en un manicomio.

El viento me empujaba por la espalda. Bajé las manos y me alejé de la tumba. Estaba sentado en la cueva, mirando fijamente el fuego. Ya no oía el viento más allá de las rocas, y la madera estaba seca, haciendo que la hoguera fuera ardiente y silenciosa. Tamborileé con los dedos en mis rodillas, después me puse a canturrear. El ruido, de cualquier clase, servía para ahuyentar la opresiva soledad.

-Hijo de puta. -Reí y asentí con la cabeza-. Sí, de verdad, y kizlode va nu, dutschaat.

Reí entre dientes, intentando recordar todos los insultos y obscenidades en dracón que me había enseñado Jerry. Eran bastantes. La punta de mi bota golpeó la arena y mi canturreo empezó de nuevo. Me detuve, arrugué la frente, y recordé la canción.

Altivo Cristo todopoderoso,
¿quién demonios somos?
Zim zam. Dios maldito
del escuadrón B, somos.

Me recliné en la pared de la cueva, intentando recordar otros versos.

Un piloto tiene una vida podrida. / Nada de pastas con nuestro té / Tenemos que servir a la mujer del general/ y coger pulgas de su rodilla. Y si a él no le gusta te diré lo que haremos: llenaremos su trasero de vidrio roto y con cola se lo pegaremos.

La canción resonó en el eco de la cueva. Me levanté, extendí los brazos y grité:

-¡Yaaaaahoooooo!

Zammis se puso a llorar. Me mordí el labio y me acerqué al bulto que había en el colchón.

-¿Bueno? ¿Estás listo para comer?
-Unh, unh, weh.

El niño movió la cabeza de un lado a otro. Me aproximé al fuego y cogí un trozo de serpiente. Volví junto a Zammis, me arrodillé y acerqué la comida a sus labios. De nuevo, el niño la apartó.

-Vamos, tú. Debes comer.

Lo intenté otra vez con idénticos resultados. Aparté las ropas del niño y observé su cuerpo. Sabía que estaba perdiendo peso aunque Zammis no parecía estar debilitándose. Me encogí de hombros, lo tapé de nuevo, me levanté y empecé a caminar hacia mi colchón.
-Guh, weh.

Me volví.

-¿Qué?
-Ah, guh, guh.

Me acerqué otra vez. Me agaché y cogí al niño. Sus ojos estaban abiertos y miraba mi cara; después sonrió.

-¿De qué te ríes. feo? Va a salir un sapo de tu cara.

Zammis emitió una risa breve y luego gorjeó. Fui hasta mi colchón, me senté y puse a Zammis en mi regazo.

-Gumma, buh, buh para ti también. Bueno, ¿y ahora qué hacemos? ¿Qué te parece si empiezo a enseñarte el linaje de los Jeriba? Tendrás que aprenderlo algún día y ahora podría ser el momento adecuado.

El linaje de los Jeriba. La única vez que Jerry me felicitó fue cuando recité el linaje. Miré a Zammis a los ojos.

-Cuando te lleve a que te presentes ante los archivos Jeriba deberás decir: «Ante vosotros me presento, yo Zammis, de la línea de Jeriba, nacido de Shigan, el piloto militar».

Sonreí, pensando en las cejas amarillas que se levantarían de asombro, si Zammis prosiguiera diciendo: «y, caramba, Shigan fue también un piloto condenadamente bueno. Sí, una vez me contaron que consiguió huir con mucha astucia, después viró y embistió al kizlode hijo de puta, por todos conocido como Willis E. Davidge...».

Moví la cabeza.

-No progresarás mucho si recitas el linaje en inglés, Zammis. Empecé otra vez: -Naatha nu enta va, Zammis zea does Jeriba. Estay va Shigan, asaam naa denvadar...

Durante ocho de aquellos largos días y noches temí que el niño muriera. Lo intenté todo: raíces. bayas y ciruelas secas, carne de serpiente seca, hervida, masticada y molida. Zammis lo rechazó todo. Hice frecuentes comprobaciones, pero siempre que miraba entre las ropas del niño las encontraba tan limpias como cuando se las había puesto. Zammis perdía peso, pero parecía hacerse más fuerte. Al noveno día se arrastró por el suelo de la cueva. Incluso con la hoguera, la cueva no era realmente cálida. Yo tenía miedo de que el niño enfermara por gatear desnudo, y lo vestí con la ropa y el gorro diminuto que Jerry había hecho para él. Después de vestirlo levanté a Zammis y lo contemplé. El niño ya sabía
sonreír, una sonrisa llena de malicia que, combinada con el guiño de sus ojos amarillos con su ropa y su gorro, le daba el aspecto de un diablillo. Lo puse de pie.

El niño parecía poder sostenerse solo, y lo solté. Zammis sonrió, agitó sus brazos cada vez más delgados, luego rió y dio un paso vacilante hacia mí. Cuando cayó, lo cogí y el pequeño drac chilló.

Al cabo de dos días más Zammis caminaba y se metía en cualquier sitio. Pasé muchos momentos de angustia buscando al niño en las cámaras de la parte trasera de la cueva, después de mis salidas al exterior. Finalmente, cuando lo encontré en la boca de la cueva dirigiéndose hacia fuera a toda velocidad, ya no pude más. Hice unos arneses con piel de serpiente, los uní a una correa fabricada con piel de serpiente y até el otro extremo a un saliente rocoso más alto que yo.

Zammis siguió metiéndose por todas partes, pero al menos podía controlarlo. Cuatro días después de que aprendiera a caminar, el niño quiso comer. Los bebés drac son probablemente los niños más cómodos y considerados del universo. Viven de su grasa durante tres o cuatro semanas terrestres, y durante todo ese tiempo jamás se ensucian. Una vez que aprenden a andar quieren ir a todaspartes, y quieren comer y empiezan a evacuar sus excrementos. Enseñé una vez al niño a usar la pequeña caja que había construido con esa finalidad, y no tuve que hacerlo más. Al cabo de cinco o seis lecciones, Zammis supo vestirse y desvestirse. Viendo aprender y crecer al pequeño drac, empecé a comprender a los pilotos de mi escuadrón que solían aburrirse mutuamente y en grupo con incontables fotos de niños deformes acompañando cada instantánea con media hora de charla. Antes de que el hielo se fundiera, Zammis hablaba. Le enseñé a llamarme «tío».
 
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