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martes, 6 de diciembre de 2016

Maximiliano y Carlota - Victoria Robbins

Hoy traigo un nuevo relato del libro gratuito "Relatos históricos - Varios Autores". Tiempo atrás subí uno de los cuentos que aparecen en él ("Cupido arrodillado" de Rafael Sabatini). Pensé que había subido más pero no... y es raro porque encontré ese libro buscando textos de Victoria Robbins y, por lo que veo, no he subido nada de ella... Cosas que pasan.
Victoria Robbins es autora también de "Relatos de hombres lobos", "Relatos de vampiros", "Los textos bíblicos"... algo así como cuentos históricos y de terror...




Maximiliano y Carlota 
Un amor desdichado

En la segunda mitad del siglo xix el mundo estaba viviendo el paulatino derrumbamiento moral y social de las monarquías. Toda Europa era mandada por reyes, emperadores y zares, salvo unas pocas excepciones. Sin embargo, nadie había olvidado la Revolución Francesa, y se estaba dejando bien palpable la gran importancia de los Estados Unidos, una ex colonia de Inglaterra que gracias a la emigración masiva de europeos ya ocupaba uno de los primeros lugares entre las naciones más ricas, cuando le quedaba mucho territorio por colonizar, aunque fuese a costa de exterminar a los indios.

En medio de un período tan convulso, el imperio que los Habsburgo mantenían en el corazón del viejo continente se hallaba en una situación tan crítica que necesitaba el apoyo de Napoleón III, el emperador de Francia. A pasar de que en muchas ocasiones estuvieron a punto de enfrentarse en una guerra abierta, debieron firmar pactos políticos tan frágiles como el de convertir a un archiduque austríaco y a una princesa belga en emperadores de México, una nación joven, recién salida de tres siglos de colonialismo español. Todo un juego de insensateces, cuyas víctimas principales serían dos seres humanos.

Unos seres humanos llenos de inquietudes, de pasiones enfrentadas y muy sensibles. Su drama es lo que Victoria Robbins nos cuenta en el siguiente relato, haciendo gala de un estilo directo, casi periodístico, de lo más emotivo.


En 1856, cuando Carlota de Bélgica conoció a Maximiliano de Habsburgo supo que iba a ser su esposa. Sólo le contó este secreto a su confesor. Había cumplido diecisiete años, mientras que su elegido estaba en los veintitrés. La felicidad de la princesa llegó a un techo tan alto, que no dudó a la hora de escribir en su diario: Me embarga la mayor dicha. El dedo de Dios se ha posado en mí, para permitirme ver el único camino que debo seguir a partir de ahora.

Sin embargo, el archiduque no sintió lo mismo: el cañonazo que lo anula todo, borra los recuerdos de otras mujeres y alumbra la imagen de una sola: ésa que se convertirá en su esposa. Es cierto que conservó una imagen tierna de Carlota, aunque ni remotamente le pasó por la cabeza la idea de una boda. Cuando su poderosa familia se lo propuso, no se resistió. Y al presentárselo de una manera oficial, lo aceptó cordialmente.

En diciembre viajó a Bruselas para organizar los esponsales. ¿Se mostró muy apasionado? Diremos que todo el amor se hallaba en Carlota. Había renunciado a un trono, ya que entre los candidatos se encontraba un príncipe heredero de la corona de Portugal, para fijarse en un archiduque cuyas posibilidades de reinar eran casi imposibles. Algo que no le restó entusiasmo: Max me parece encantador bajo todos los aspectos..., no se cansaba de repetir a sus amistades. Físicamente le considero hermoso y moralmente es imposible desear algo superior. Viene a desayunar todos los días y permanece aquí hasta las tres o las cuatro, y charlamos juntos, muy dichosos.

Los dos jóvenes hicieron proyectos para el futuro. Maximiliano le confió a Carlota que pretendía mandar construir un palacio al borde del mar, en Trieste, al que llamaría Miramar. Le enseñó los planos, con lo que ella se entusiasmó al ver la terraza, el pabellón árabe amueblado al estilo oriental y el jardín de invierno poblado de todas las especies de aves. Deseoso de complacer a su prometida, el archiduque prometió construir una capilla, en la que todos los días se celebraría una misa.

La princesa no podía sentirse más feliz. La visita de Max, escribiría pocos días más tarde, ha confirmado la buena impresión que he venido formándome de él, y me ha inspirado la más elevada estimación de sus cualidades. Se ha mostrado de lo más encantador conmigo, siempre obsequioso y atento. Todo en Maximiliano le encantaba: sus sentimientos, la conciencia tan viva que poseía de sus obligaciones y su cultura intelectual. Pudo leer su «Diario de viaje» y algunas de sus poesías, todo lo cual le reveló un alma de artista. Observo con gran alegría que nuestros corazones se comprenden cada vez más, y veo que esta semejanza en nuestros puntos de vista y de sentimientos persigue un mismo objetivo: la verdadera felicidad del matrimonio...

La boda religiosa se celebró el 27 de julio de 1857. Carlota apareció muy bonita con su vestido de raso blanco salpicado de plata, y bajo su velo, obra maestra de las tejedoras belgas, que caía sobre su espalda y cubría la diadema de azahares entremezclados de diamantes. Maximiliano vestía el gran uniforme de almirante de la marina austríaca. Ambos formaban una pareja radiante de juventud y de belleza.

En el momento que la recién casada salió del salón azul del palacio real de Bruselas, donde se acababa de celebrar el matrimonio civil, pudo ver alineadas a su paso a todas esas personas de su familia que la habían acompañado desde la infancia. Entonces sintió una gran ternura que no quiso reprimir: las lágrimas brotaron emocionadas y su mirada se desplazó de unos a otros con un «adiós al pasado».

El 8 de agosto llegaron a Viena, donde el pueblo celebró fiestas en honor de los nuevos esposos. Poco después, éstos partieron hasta Schoenbrunn, donde pasarían la noche. Allí se encontraron con el emperador y la emperatriz, que les recibieron con cariño. Charlaron animosamente y, luego, se dedicaron los honores del castillo a la nueva archiduquesa. Esto supuso que Carlota confiara a la duquesa de Hulst: Mis suegros han estado encantadores, lo mismo que toda la familia. Ya me siento archiduquesa de sangre, porque los quiero muchísimo.

Al mismo tiempo, Maximiliano sabía agradar a su esposa. La llevó a Trieste, a una mansión que la enamorada describió de esta manera: Es una verdadera alhaja engastada en un país magnífico de clima meridional, frente a uno de los más bellos golfos del mundo. En el Norte no se tiene ni idea de lo que puede ser un mar verdaderamente azul...

El hechizo continuó en Venecia, a pesar de los problemas de la travesía. No hay visión más agradable que la entrada en las lagunas... Existe algo en esta ciudad que seduce, hasta tal punto que se imagina una haber vivido aquí siempre... Se embriagó de sol, no se cansó de admirar el cielo, corrió a ver todos los monumentos y las iglesias, que son otras tantas galerías de cuadros, de colecciones de mármoles y mosaicos...

Pero llegó el momento de pensar en las cosas serias. Carlota se hallaba preparada para ello. Bien formada en su oficio de princesa, nada de lo que era ceremonia oficial le aburría. Veía en esto el cumplimiento de sus más altos deberes, de los que tenía plena conciencia y estaba deseando llevar a cabo. Lo confesó con toda franqueza, porque la perspectiva de la vicerrealeza lombardo-veneciana le «encantaba». Sin embargo, no lo ignoraba, esta misión iba a resultar complicada. Y la asumiría como un apostolado del bien que se debe emprender. Es cierto que ya siento sus espinas, que no me duelen por lo mucho que se debe hacer... No sé si es un don de Dios, pero las recepciones me divierten y nunca me abruman los muchos invitados que asisten a nuestras fiestas. Esta mujer educada para los cargos más altos y el boato, había nacido, evidentemente, para reinar.

El 6 de septiembre de 1857 Maximiliano y Carlota hicieron su entrada oficial en Milán, acompañados del conde Giulay, gobernador militar de la provincia. Se procuró evitar un despliegue demasiado exagerado de tropas austríacas. En la puerta oriental, el podestá conde de Sebregondi, acogió en nombre del Consejo Municipal al archiduque y a su joven esposa. El estruendo de las salvas de artillería saludó a éstos. Las bandas militares tocaron el himno nacional de Austria y la Brabanzona. Luego, las autoridades escoltaron la carroza de gala hasta el palacio real. Pero el público milanés se mostró poco entusiasmado.

Carlota estaba muy hermosa con su vestido de seda de color cereza adornado de encajes blancos y bajo su corona de rosas entremezcladas de diamantes. Y Maximiliano llevaba su uniforme de almirante. Es posible que esta muestra de amor y belleza sirviera para que la multitud terminase aplaudiendo, aunque no se dejaron de escuchar algunas protestas. Hemos de tener en cuenta que la mayoría de los milaneses se sentían más italianos que austríacos.

Pero durante los meses siguientes el gobernador no logró establecer un trato cordial con la nobleza. Los Dandolo, los Borromeo, Maffei, Casati y demás le ignoraron. Sólo fue respetado por la burguesía comerciante, al menos en apariencia, ya que asistían a todas las recepciones de la corte. Además, el matrimonio austríaco gastaba el dinero a manos llenas en obras de caridad, en base a la teoría de Maximiliano: «la bolsa de los demás debe ser alimentada por el continuo movimiento del dinero».

Una conducta que no gustó al emperador Francisco José, el cual había llenado el palacio de Milán de espías, al controlar totalmente a la policía. Y en Venecia, cuando se silbaba en el teatro a los colores de la bandera austríaca, las autoridades ciaban muestras de una gran indulgencia, con lo que alentaban a los perturbadores.

El general Giulay, que mandaba las tropas de ocupación, junto a los oficiales que le rodeaban, consideraron deplorable la actitud de Maximiliano. Y éste luchó también porque no se limitara su autoridad. A finales de 1858, reclamó el supremo mando de las tropas en caso de levantamiento, ya que el dualismo de la autoridad lo consideraba muy perjudicial para su cargo de gobernador-general, y sentía como una afrenta bailarse subordinado al mando militar de Verona. Pero Francisco José, que había entregado toda su confianza a Giulay, se negó a satisfacer las demandas de su hermano.

En Viena ya se acusaba a Maximiliano de debilidad con los italianos. Se le reprochaba no obedecer a las autoridades militares. Incluso se insinuó que alimentaba ambiciones personales, lo que Francisco José más temía, al conocer la gran popularidad del gobernador de Milán.

Mientras tanto, Carlota apoyaba a su esposo con un derroche de esfuerzos. Visitaba los establecimientos de caridad, las escuelas, patrocinaba las obras de beneficencia y organizaba un árbol de Navidad para los niños de la corte. Trataba de alentar a los artistas, incluso aceptando posar para una pintura con los vestidos de una campesina lombarda.

Sin embargo, el matrimonio trabajaba en vano. Se les juzgaba personalmente simpáticos y encantadores. Eran admirados en las ceremonias públicas, al aparecer Carlota, por ejemplo, con un vestido de muaré blanco, bajo un amplio manto de terciopelo recamado de oro y con una diadema de brillantes. El pueblo se quedaba atónito ante esta muestra de belleza, hasta que surgía el odio contra Austria. Por eso el republicano Manin declaraba: «No exigimos que se vuelvan más humanos, lo que exigimos es que se marchen».

El 19 de abril de 1859, ante el riesgo de un enfrentamiento militar con la Francia de Napoleón III, Maximiliano fue destituido de su cargo de gobernador de Milán. La carta que recibió contenía este texto: «Habiéndome forzado las circunstancias a adoptar medidas extraordinarias para la defensa de mi corona y para el mantenimiento del orden y de la seguridad interior, me veo obligado a reunir en una sola mano la autoridad civil y militar del reino lombardo-veneto. En consecuencia, he decidido relevaros de vuestras funciones de gobernador general que habéis desempeñado con la más grande dedicación y la mayor sabiduría, y a confiarle la administración civil al general conde Giulay como jefe del mando general del país».

Esto supuso que Maximiliano y Carlota debieran cambiar todos sus planes. Unas semanas después, se entregaron a la construcción del palacio de Miramar, donde pasarían un tiempo de sosiego. Hasta que el archiduque volvió a sentir la atracción del mar, una de sus más fuertes pasiones, y se embarcó en unas maniobras que durarían tres meses. Largo tiempo para la mujer que le amaba hasta la anulación personal. Es cierto que ella había sido educada para ser una reina, lo que presuponía un fuerte sentido del orgullo y el autorrespeto personal; no obstante, se había entregado a su marido como una esclava, y era correspondida en todos los sentidos, también en la cama.

Carlota supo esperar pacientemente, con la idea de que el regreso aliviaría la falta de diálogos, de contactos y de caricias. Claro que era humana, por lo tanto poseía una cierta inseguridad, que en ciertos momentos le llevó a recordar que su Max arrastraba la fama de libertino, de un «faldero incorregible». Pero esto correspondía a su época de soltero. Como casado se había corregido, le era fiel.

La mañana que recibió noticias de que el barco de su esposo se acercaba a Miramar la intranquilidad la dominó. Tres días vivió sin dormir, eligiendo las ropas que se pondría para recibirle, cambiando la decoración del dormitorio nupcial, mandando que se trajeran nuevas flores y preguntando a sus doncellas de confianza si la veían bonita.

–Vuestro marido viene enfermo, princesa –le confió su secretario personal–. Creo que no es nada importante, aunque sufre unas altas liebres. Ya sabéis que estuvo en Brasil, lo que aconseja que se someta a un breve aislamiento por si su mal resultara contagioso.

¡No pudo ver a su Max a pesar de tenerlo a menos de cien metros de distancia! El único recurso que le quedó fue cumplirla función de enfermera, procurando que no faltase nada en las habitaciones de su esposo, ya fueran sábanas, toallas, los alimentos más frescos y la leche bien hervida, lo mismo que perfumes y otros detalles que sólo se le pueden ocurrir a la mujer que ama a un hombre hasta conocer sus más pequeños deseos.

Pero la separación se alargó excesivamente, más allá de una corta cuarentena. Carlota pidió explicaciones a los médicos, hasta que el responsable del equipo, Bohuslavek, le descubrió la amarga verdad:

–Su excelencia sufre una dolencia que va remitiendo muy lentamente. Consideramos que dentro de unos dos o tres días ya podrá abandonar sus habitaciones... Pero no es aconsejable que mantenga las relaciones conyugales más íntimas, al menos durante uno o dos meses, ya que acaba de superar una gravísima enfermedad venérea...

¡¿Enfermedad venérea?! Estas dos palabras quedaron grabadas en la mente y en el corazón de Carlota con hierro candente. Contuvo un grito desesperado, le brotaron unas lágrimas y se retiró con pasos vacilantes. Le costó muchísimo aguantar el peso del desengaño sin perder el sentido... ¡Porque una enfermedad venérea sólo la puede sufrir un hombre después de mantener un trato carnal con otra mujer! ¡Entonces Maximiliano, ya nunca su Max, había seguido comportándose como un libertino, a pesar de estar casado con una princesa belga que no le negaba ni un solo capricho, ni siquiera en la cama!

Lo más probable es que no se hubiera contagiado con la primera mujer a la que llevó a su lecho... Carlota se negó a pensar en esto, aunque las ideas eran caballos desbocados dentro de su cerebro. Más de cuatro días permaneció encerrada en las habitaciones provisionales, acondicionadas hasta que ella pudiese volver a las del matrimonio. Y después de este enclaustramiento, al rebasar la puerta para volver a la «vida normal» todos pudieron comprobar que ya era otra mujer distinta. Vestía las mismas ropas elegantes, olía a unos perfumes parecidos y llevaba idénticas joyas; sin embargo, nadie la volvería a ver sonreír espontáneamente, a pesar de que lo hiciera en las recepciones y con algunos de sus colaboradores, siempre de una forma fingida, al haber aprendido a ocultar sus sentimientos. Lo que nunca disimuló fue la frialdad de sus ojos.

–¿Por qué me rehuyes, querida? –le preguntó Maximiliano, días más tarde–. He tenido que abordarte como si hiera un asaltante de pasillos. Has mandado que instalen tus habitaciones en otro ala del palacio, y ordenas que te sirvan la comida en un saloncito apartado. Ya estoy recuperado... ¿Es que no te lo han contado mis médicos?
–Nunca estará usted recuperado, señor –respondió Carlota, mirando directamente a quien seguía considerando su marido, pero sólo en un sentido oficial–. Traicionó sus promesas de fidelidad, lo más sagrado para una princesa belga.
–Se debió al clima tropical, al ron y a la locura... ¡Nunca se repetirá! ¡Te lo juro!
–Lo que vaya usted a hacer con su vida íntima ya no me importa, señor. De ahora en adelante me limitaré a cumplir mis funciones de esposa oficial.

¡Carlota jamás cedería! Sin embargo, no dejó de atender sus obligaciones sociales y religiosas. En lo que se refiere a su intimidad, vivió aislada por completo de su marido. Compartían la mesa durante las tres comidas y la carroza en sus viajes, lo mismo que ella asistía a los festejos populares a los que eran invitados. Y cuando a Maximiliano se le propuso convertirse en emperador de México, le apoyó convencida al haber soñado desde niña desempeñar el cargo de reina.

Muchos fueron los años de intrigas políticas, de avances y retrocesos, al hallarse implicados en tan alta responsabilidad las más poderosas naciones del mundo. Sólo cuando Napoleón III dio su aprobación total, comprometiéndose a enviar a sus tropas como apoyo de Maximiliano, se dio validez, a una idea que en un principio había parecido de lo más descabellada.

El 12 de junio de 1864 Maximiliano y Carlota entraron en la capital de México. Se habían levantado miles de arcos de triunfo, con guirnaldas, banderas y pancartas de bienvenida. Se diría que se estaba celebrando la fiesta del Corpus. Una multitud abigarrada llegaba de todas partes, ya fuese a pie o a caballo y en mula. Primero apareció el regimiento de los lanceros de la emperatriz bajo el mando del coronel López, siguieron los regimientos franceses, formados con cazadores de África y húsares. Inmediatamente, detrás, escoltada por los generales Bazaine y Neigre que cabalgaban con las espadas desenvainadas, la carroza imperial tirada por doce mulas de color blanco inmaculado con arneses de tafilete, adornadas con cascabeles, borlas y penachos. Después, el estado mayor militar, a los que seguían sesenta vehículos ocupados por dignatarios del imperio y la corte, cada uno de ellos en traje de gala. Finalmente, un regimiento de jinetes mexicanos.

Maximiliano no encontró el mismo apoyo a la hora de empezar a gobernar, debido a que más de la mitad de los habitantes de México eran indios casi analfabetos, que sólo trabajaban cuando les apretaba el hambre. Sin embargo, éste no era el peor de los inconvenientes, al existir un enfrentamiento entre los poderes religiosos, militares y civiles, a todo lo cual se añadía la existencia de Benito Juárez, el líder nativo que se atrevió a vender las propiedades de la iglesia en beneficio del tesoro público.

Demasiados conflictos, que al nuevo emperador le contaban a medias. Y dentro de esta especie de filtro, cuando el matrimonio austríaco decidió recorrer el país, los generales franceses se cuidaron de vaciar las ciudades y pueblos de rebeldes, con lo que la imagen que obtuvieron Maximiliano y Carlota había sido manipulada al encontrarse con las calles casi vacías o en medio de unas recepciones donde los invitados parecían figurones de una obra teatral. Faltaba el calor humano que se ofrece a quien se aprecia de verdad.

Al mismo tiempo, el matrimonio aparentaba ser una pareja muy unida, a la que se admiraba por su juventud, belleza y elegancia. No obstante, las personas más íntimas, sobre todo las mexicanas, se asombraban de que durmieran en habitaciones separadas. Una costumbre que nunca romperían. Y cuando en Puebla, el 7 de junio de 1865, se les ofreció el magnifico dormitorio de un rico particular, Carlota ordenó que en seguida se buscara otra estancia, bastante alejada de la anterior para tomarla como aposento personal. En efecto, unos pocos sabían que el emperador y la emperatriz casi no se veían fuera de las ceremonias oficiales y de las comidas. Existía entre ellos algo que los distanciaba.

Lo que se había convertido en la comidilla de la corte eran las escapadas amorosas de Maximiliano. Todas las noches las disfrutaba, y su valet de cámara se encargaba de seleccionar a las amantes. Porque las damas mexicanas son las más hermosas que he conocido, incluso superiores a las que vimos en Andalucía, aseguraba este «celestino».

Las escapadas del infatigable amante tenían su horario: a las tres de la madrugada partía en su carroza tirada por seis millas blancas y escoltado por un escuadrón de dragones, para llegar a su objetivo a eso de las once. En Cuernavaca encargó convertir una finca, comprada a un colono francés, en una especie de palacio, al que llamó El Olvido. Y entre estas paredes, rodeado de naranjos, bananos, laureles-rosas y otras plantas exóticas, pudo jugar con sus cuatro perros habaneros... y con las mujeres. Pocas veces le visitó Carlota en este voluptuoso retiro.

En realidad la emperatriz era una mujer frustrada, herida en lo más íntimo de su ser. Había vivido su adolescencia en un clima de hierro y frialdad, junto a un padre que la adoraba, pero que nunca mostró su ternura. Al casarse con Maximiliano, brindó a éste lo mejor de ella, se hizo mujer por entero olvidando, sobre todo en el lecho, su condición de princesa, para cumplir el gozoso juego de la esposa-amante. Sin embargo, al encontrarse frente a la barrera de la «enfermedad venérea» de su marido, todo en ella se derrumbó, en un naufragio total, del que salió a flote porque había sido educada para olvidar sus sentimientos en bien de su función de princesa. Una obligación que no llegaba a su intimidad, de ahí que jamás se hubiera vuelto a acostar con su esposo.

Y cuando éste le propuso adoptar un hijo, para contar con un heredero, sufrió otra de las ofensas más grandes de su vida, al recordar que los apasionados meses de la luna de miel, unido a los otros de feliz convivencia matrimonial, no le habían permitido quedar embarazada. Y al saber que una bella india iba a tener un niño de Maximiliano, le atormentó la idea de ser estéril. Una creencia que la acompañaría hasta su muerte, porque nunca mantuvo trato carnal con otro hombre.

El 15 de septiembre de 1865 se firmó un acuerdo secreto entre los hijos de Agustín de Iturbide, uno de los caballeros más importantes de México, y el emperador para adoptar a Agustín. Los documentos terminarían guardándose en una caja especial de Miramar.

Este suceso alteró mucho más el comportamiento de Carlota. Triste y desalentada, se volvió más sombría y dura con sus servidores. En su boca quedó para siempre un pliegue de malhumor, su mirada se endureció y su expresión adquirió un tono más desdeñoso. Se hizo más frecuente el gesto, advertido por las mujeres que la rodeaban, de desgarrar con los dientes su pañuelo, lo que traicionaba su tensión interior. Odiaba Cuernavaca y a esa pequeña finca El Olvido. No le importaba quedarse sola en la capital, donde la gustaba dar largos paseos en piragua por los lagos. También iba a la capilla del barrio de San Cosme, junto al viejo tronco «del árbol de la noche triste», donde Hernán Cortés lloró después de abandonar la capital azteca.

¿Qué diversión podía arrancar a la emperatriz de sus sufrimientos? Era una mujer frustrada en lo más íntimo de su ser, y lo mismo en todas las ambiciones de su inteligencia.

No obstante, al saber que Maximiliano se hallaba en peligro, debido a que Juárez estaba sublevando al pueblo contra las fuerzas de ocupación francesas, no dudó en viajar a Europa. Para arrodillarse si era preciso ante Napoleón III, con la intención de conseguir una mayor dotación de tropas y más dinero. El hecho de que ya no amara a su marido no le privaba de su responsabilidad de esposa oficial.

Cuando en París se entrevistó con Victoria Eugenia, en una de las habitaciones privadas del Gran Hotel, pronto se dio cuenta de que la conversación se llevaba a los temas mundanos. No obstante, Carlota no dudó a la hora de abordar febrilmente lo que más le interesaba: la situación de México. Pero la emperatriz francesa de origen español trató de desviar el tema, al preguntar sobre la salud de Maximiliano. Esto supuso una demora, un amargo fracaso.

Horas más tarde, Carlota recibió al barón de Beyens, embajador de Bélgica en Francia, el cual se quedó sorprendido del cambio físico de la emperatriz: Su rostro se veía muy delgado y lleno de esas huellas que marcan la tristeza y la desconfianza. Porque lucha por ayudar a su esposo, a pesar de saber que no va a recibir ningún tipo de apoyo material.

Esta mujer tenaz, se puso un vestido de seda negra para dirigirse a Saint-Cloud, sin importarle que se apreciaran las arrugas de haber estado guardado en una caja. Como sólo pensaba en los asuntos políticos, había olvidado ordenar que lo plancharan. Y al pie de la escalera de palacio vio reunida a la corte para recibirla. Le rindió honores una sección de la guardia imperial. El pequeño príncipe, que sólo tenía diez años, llegó hasta la carroza. Llevaba el collar del Águila Mexicana. Gentilmente ofreció el brazo a Carlota para ayudarla a subir hasta el primer piso. Arriba esperaba Victoria Eugenia, la cual hizo entrara la visitante en el despacho de Napoleón, donde los tres se encerraron.

–Sire, he venido a conversar con vos de un asunto que os corresponde –dijo la emperatriz de México sin más preámbulos.

Napoleón estaba agotado, y daba la impresión de ser un hombre que desconocía qué hacer ni cómo actuar. Recogió la carta de Maximiliano y los demás documentos. Con la mirada apagada escuchó a aquella mujer tan joven, cuya belleza parecía marchita, que con vehemencia, fruncidas las cejas, le recordaba sus promesas, acusando al general Bazaine y reclamando dinero y soldados para salvar a su marido.

–No puedo hacer nada –replicó el soberano de Francia.

Carlota no se contentó con esta débil respuesta, al entender que una nación tan poderosa como Francia, con un crédito ilimitado, un inmenso capital y un ejército tantas veces victorioso, no podía dejar de salvar los intereses de México.

–¿Acaso va a rehuir sus compromisos, sire? –preguntó con un tono ofendido, después de estar hablando por espacio de una hora y media.

Repentinamente, entró un criado con unas bebidas. Victoria Eugenia ofreció a Carlota un vaso de naranjada, que ésta rechazó. Y ante la insistencia, se dejó al fin convencer con alguna repugnancia. Después, retomó el hilo de su argumentación. Dado que el emperador se atrincheraba detrás de sus ministros, ella estaba dispuesta a visitarlos a todos y sabría convencerlos.

Napoleón prometió examinar de nuevo la cuestión antes de darle una respuesta definitiva. Carlota al salir de aquel despacho tenía los ojos rojos y el color más animado. Rechazó quedarse a cenar en el palacio, aunque se lo propuso Victoria Eugenia. Mientras recorría los salones iba enervada, salió al jardín y entró en la carroza, en cuyos cojines se dejó caer, rota de emoción y de fatiga. Se hallaba al borde de las lágrimas. Pero acababa de cumplir con su deber, y creía que la situación había mejorado.
Al día siguiente, mantuvo una conversación con Drouyn de Lhuys, el ministro de Asuntos Extranjeros, que la escuchó con atención. Carlota creyó haberle convencido, ignorando que si no se le había puesto ninguna objeción era porque su interlocutor al día siguiente iba a presentar su renuncia, pues no estaba de acuerdo con Napoleón acerca de la actitud que se debía tomar frente a Prusia.

Aquiles Fould, el ministro de Finanzas, se mostró insensible ante las promesas que la emperatriz, de México recordó. Y el mariscal Randon, ministro de la Guerra, la escuchó con simpatía, sin contradecirla pero negándose a aceptar los razonamientos que se le hacían. Se limitó a preguntar:

–¿Cómo el gobierno francés, consciente de su responsabilidad, puede acceder a sus demandas, cuando deplora los sacrificios asumidos en México?

Todos experimentaron piedad y admiración por aquella joven tan valiente. Parecía «iluminada» y cumplió una misión tan ingrata con una tenacidad que deslumbró a la corte. Pero nadie le brindó su apoyo.

El 13 de agosto, Carlota volvió de nuevo a Saint-Cloud, no en visita oficial sino para una discusión de negocios con Victoria Eugenia y algunos de los ministros. Pero antes vio a Napoleón III durante unos momentos, al que mostró unos extractos de sus cartas para abochornarlo. Promesas escritas por su propia mano, que le conmovieron. La escena resultó penosa, hasta que la emperatriz francesa se llevó a la belga impulsiva fuera del gabinete de su esposo. La condujo a sus estancias particulares, donde celebraron una conferencia con Fould y Randon. De inmediato se abordaron los grandes problemas.

Muy excitada, la joven emperatriz de México estalló en reproches. Fould le replicó acusando a los que rodeaban a Maximiliano de falta de eficacia. Y Victoria Eugenia con los nervios muy tensos comenzó a sollozar. Esto no impidió que Carlota litigase con más pasión que habilidad. Mientras, el cuadro tan sombrío que ella les estaba pintando reforzaba en el espíritu de los ministros la idea de que era necesario terminar la aventura francesa al otro lado del Atlántico.

Cuando a la semana siguiente se reunió el Consejo, bajo la presidencia de la emperatriz de origen español, Fould y Randon, apoyados por Drouyn de Lhuys, se pronunciaron en contra de las medidas reclamadas por Carlota.

Pero ésta buscó apoyos en todos lados. Visitó a Germiny, presidente de la comisión financiera franco-mexicana, y Napoleón III decidió volver a entrevistarse con ella, ante su insistencia. Desde el primer momento se mostró nervioso e irritable, decidido a finalizar con el asunto de México, aunque le costara una tercera conversación con la obstinada belga.

El día 19 se presentó por la tarde en el Granel Hotel. En primer lugar la emperatriz intentó conmoverle. También ofreció soluciones. El emperador francés quiso responder con una negativa; sin embargo, ella le interrumpió no queriendo escuchar lo que tanto le disgustaría, aunque fue incapaz de impedir que Napoleón dijera que no quería que se hiciera ilusiones.

–¡De acuerdo, entonces abdicaremos! –exclamó Carlota.
–¡No espero otra cosa de su esposo, señora! –replicó el emperador, atrapando la oportunidad al vuelo.

Entonces, desesperada, ella le arrojó a la cara:

–Si marchamos a México, mi esposo y yo, fue por decisión de vuestra Majestad. ¡Nuestro fracaso será el suyo, y el de toda Francia!

Napoleón su puso en pie, se inclinó ante ella y salió sin pronunciar otra palabra.

Dos días más tarde, el soberano galo confirmó su decisión irrevocable: «Ni un hombre, ni un escudo más». Carlota vaciló al recibir este nuevo golpe, cuyas repercusiones se descubren en la carta que escribió a la mañana siguiente, a Maximiliano: Napoleón tiene el infierno dentro de sí mismo, y yo no. Puede cometer una mala acción, fraguada desde hace mucho tiempo, siguiendo el principio del Mal en el mundo que se basa en saber alejar el Bien. Puedes estar seguro de ello: para mí es el diablo en persona. En el momento de nuestra última entrevista, ayer, le vi con tal expresión que mis cabellos se pusieron de punta... ¡Era horrible!

Es posible que con esta carta estuviera dando las primeras muestras de su locura. Desde bacía tiempo, las personas que la rodean habían advertido un resplandor especial en sus ojos, que gesticulaba dirigiéndose a algún ser invisible y que pronunciaba palabras incoherentes. Su médico personal, Bohuslavek, comenzó a temer algo más grave que un agotamiento nervioso debido a la falta de sueño. Sin que ella se diera cuenta, la hizo tomar calmantes. Y la aconsejó pasar una semana de reposo en el palacio de Miramar.

Antes de dejar París, Carlota envió un telegrama a Maximiliano, situándose de la línea trasatlántica, que acababa de ser puesta en servicio: «Todo es inútil», que no dejó ninguna esperanza. Y, sin embargo, a ella no le abandonaría el deseo de seguir luchando hasta el último aliento.

Dejó la capital de Francia el 23 de agosto. Napoleón le había puesto un tren especial a su disposición. Atravesó Saboya, pasó por el Monte Cenis y franqueó la frontera italiana. ¡Por fin! Ya estaba fuera del país, cuya atmósfera su emperador emponzoña con su maldad. En Turín, se vio colmada de atenciones. Conversó con las autoridades de la ciudad. Le contaron las dificultades que estaba soportando el joven reino de Italia, hasta que ella advirtió: la mano del devastador del mundo es muy grande... Las paredes de Florencia pueden relatar tantas cosas de los espías del emperador como las de la capital mexicana...

En Milán se vio rodeada de simpatía, porque la población no la había olvidado, como también recordaba a Maximiliano. Esto la animó a seguir el viaje a Roma con mayor entusiasmo. Aunque si fracasaba ante el Papa, se habría perdido toda esperanza para México. Sin embargo, confiaba. ¿Acaso el Padre Santo no la bendijo en 1864 antes de la partida hasta el otro lado del Atlántico? ¿No alentó al matrimonio paternalmente?

Pero en Botzen sus perturbaciones mentales se hicieron evidentes. Se imaginó que estaba rodeada de espías de Napoleón, traidores que pretendían secuestrarla o intentar envenenarla. El mal empeoró al llegar a Mantua, donde las tropas austríacas que aún permanecían en la ciudad le rindieron honores, cubriendo la ruta que iba desde la Puerta del Norte hasta el Hôtel de la Fenice. Ciento un cañonazos anunciaron la llegada de la emperatriz de México. Los oficiales acudieron a saludarla, lo mismo hicieron las autoridades.

En Roma, se organizó una gran comida de bienvenida, a la que Carlota no pudo acudir al sufrir unas insoportables palpitaciones. El 27 de septiembre, tuvo lugar la entrevista con el Papa, un gran anciano de setenta y cuatro años, corpulento, de aire afable y mirada viva. Ante él se arrodilló la emperatriz para besarle la zapatilla. Pero aquél la detuvo.

La conversación se prolongó por espacio de una hora y cuarto, lo que todos consideraron excepcional. Cuando los prelados acompañaron a Carlota hasta su carroza, pudieron observar que su mirada era errante y un aire sombrío cubría su rostro. Al llegar al hotel, cuando todos esperaban sus palabras, se inclinó y con una voz débil ordenó:

–Podéis retiraros.

Seguidamente, ordenó que le sirvieran el almuerzo en sus habitaciones, a la vez que prohibía que se le formulara hasta la más mínima pregunta.

Sin embargo, el 30 de septiembre, a las ocho de la mañana, hizo que despertaran a la marquesa del Barrio, su dama de honor. Vestida enteramente de negro, con capa de terciopelo y un sombrerito cuyos lazos estaban anudados bajo el mentón, ofrecía un aire hosco, con los ojos hundidos y las mejillas arreboladas. Evidentemente sufría un estado febril. Junto a la mujer que era su mano derecha subió a un fiacre, en el que llegaron a la Fontana de Trevi.

Nada más que se detuvo el vehículo, Carlota se arrojó al suelo y con las dos manos, se echó el agua «de la suerte» en la cara y, acto seguido, la bebió a lengüetazos con una sed demencial. Y al volver al fiacre, ordenó que la llevasen al Vaticano.

Una vez ante las puertas del colosal edificio, despidió el coche, ascendió la escalera y pidió ver al Papa. Los guardias suizos, asustados por el aspecto de la dama, fueron a prevenir al Padre Santo. Y éste la recibió de inmediato. Acababa de decir misa y se le había servido un ligero desayuno. Carlota entró bruscamente y se arrojó a sus pies, suplicándole, que hiciese detener a los miembros de su casa. Todos ellos, desde los criados a los ministros, eran agentes de Napoleón enviados para matarla. Imploró asilo y protección, porque el Vaticano suponía el único lugar donde se sentía segura. De rodillas, sacudida por los sollozos, declaró que no se pondría en pie antes de haber obtenido la promesa del Papa.

Dulcemente, éste trató de calmarla. En vano. Ella repetía, presa de una inmensa excitación, que nadie la forzaría a salir de allí. Como no había manera de dominarla, algunos cardenales la convencieron de que se iban a discutir sus peticiones. Y al llegar la noche, se planteó un gran dilema: jamás una mujer había dormido en el Vaticano. Todos se mostraron preocupados, y mucho más al comprobar que la emperatriz no dejaba de llorar y de gritar. El Papa, bastante conmovido, ordenó que llevaran a la biblioteca dos lechos de bronce, grandes candelabros de plata y objetos para el aseo personal.

Horas más tarde, unos médicos se presentaron en el improvisado dormitorio para indicar a la emperatriz, que el Santo Padre esperaba verla de nuevo en el momento que se sintiera mejor. Pero estos personajes iban disfrazados de chambelanes. Y se cuidaron de servirle un refresco, en el que habían echado un tranquilizante. Poco después, llegó allí la superiora de un convento, para invitar a la emperatriz a visitar un orfelinato. En el momento que aceptó, se pudo comprobar que el plan había funcionado, al conseguir que abandonase el Vaticano.

Terminó viéndose encerrada en sus habitaciones del hotel, junto a Matilde Doblinger. Pero se negó a comer todo lo que no fuese cocinado ante sus ojos. La doncella tuvo que conseguir un hornillo de carbón, para organizar una cocina en la recámara de la emperatriz. También se debió traer un gato, al cine se le ponía delante unos platitos con parte de la comida que iba a servirse en la mesa de Carlota. En medio de su locura, exigió que se compraran pollos vivos, a los que se mataba ante sus ojos. Pero se negó a alimentarse con pan y frutos, considerando que éstos eran muy fáciles de envenenar.

Lentamente se hizo el vacío alrededor de la loca. Los corredores del hotel quedaron desiertos, porque los criados habían recibido la orden de no contrariarla. Por fin se consiguió trasladarla al palacio de Miramar, donde el doctor Riedel, que acababa de venir de Viena por ser el más famoso médico alienista, le prescribió reposo absoluto y un largo período de aislamiento.

Carlota estaba siendo tratada como una demente, y quizá lo fuese. Tantos años sin amor, disfrazada de princesa y, más tarde, de emperatriz, enfrentada a un marido que no dejaba de acostarse con otras mujeres y luchando contra una situación imposible, al hallarse en un país donde no era querida, sus últimos enfrentamientos con Napoleón III. Victoria Eugenia y el Papa, que no le habían servido de nada, la arrojaron al foso de las fantasías. Allí donde no existían más que sueños, y el mundo adquiría su lado más sonriente.

Y pagando a precio de oro el trabajo de un famoso escultor, especializado en el trabajo con la cera, le ordenó que reprodujera a Maximiliano. Contaba con retratos de su esposo, con muchas de sus ropas y, además, era capaz de memorizar su figura, sobre todo la que ofrecía durante la luna de miel. Esto permitió que el artista realizara una obra genial, de las que ocupan un lugar destacadísimo en un museo; sin embargo, sólo la contemplaría una mujer y dos o tres de sus más fieles criadas. Mientras tanto...

El verdadero Maximiliano se hallaba vivo. Y el día 13 de febrero de 1867, a las siete de la mañana, las tropas que le eran fieles se hallaban listas para partir. La formaban dos mil hombres del regimiento de lanceros de la emperatriz, bajo el mando del coronel Miguel López, la guardia municipal a caballo y la infantería de Joaquín Rodríguez. Disponían de dieciocho cañones.
A unas doce millas se produjo el primer encuentro con los guerrilleros, que atacaron la vanguardia. Maximiliano tomó parte en la escaramuza. Silbaron las balas a su alrededor y, a sus pies, cayó un soldado herido. Al cabo de algunas lloras, el enemigo se retiró hasta Cuautitlán, de donde en seguida lo desalojaron los jinetes imperiales.

El día 19 el ejército llegó a Querétaro, una pintoresca ciudad colonial española, rodeada de una corona de colinas. Al este se contemplaba el convento de la Cruz, especie de ciudadela rodeada de casas. Para preparar la entrada se hizo alto a una milla del lugar. Los soldados se esforzaron en aparecer presentables. Y Maximiliano, dejando su capa gris y su sombrero blanco, se vistió con el uniforme de general, se puso el gran cordón del Águila Azteca y cambió de montura. A las once y media llegaron a sus puertas de la ciudad, donde esperaban los generales Miramón y Mejía con su estado mayor.

Desde el primer momento, el emperador se ocupó de preparar la defensa, porque el enemigo avanzaba con rapidez. Disponía de alrededor de diez, mil hombres, más los siete u ocho mil que estaban en México y en Puebla. Los juaristas contaban con cuarenta y un mil. Lo que inquietaba al austríaco era la división entre sus generales. Para tratar de atenuar sus efectos, asumió el mando supremo y asignó a cada uno una tarea precisa. Junto a él se hallaba un oficial de confianza, el coronel Miguel López, hombre bien parecido, de elegancia europea y jinete notable, pero de pasado dudoso.

Días más tarde, tres columnas de veintisiete mil hombres convergieron sobre Querétaro, a las órdenes del jefe del ejército republicano Escobedo. Este oficial de fortuna, antiguo contratista de transportes, vio en la carrera de las armas, en la que había tenido éxito, un medio de alcanzar su objetivo secreto: la presidencia de la República. Ya contaba cuarenta años, y se le consideraba severo aunque no cruel. En las situaciones difíciles le faltaba energía. Sin embargo, había recibido órdenes estrictas en lo tocante a los partidarios del imperio y las llevaría a cabo por duras que fuesen.

El 6 de mayo, a las cuatro de la mañana, Maximiliano con su estado mayor salió a la plaza. Cuando llegaron al pie del cerro de las Campanas, una de las colinas altas, despuntaba el día. La niebla era tan densa que sólo se veía a dos metros de distancia. Pero los primeros rayos del sol la disiparon, con lo que descubrieron a las tropas imperiales en orden de batalla. A lo lejos, otra línea de soldados cuyas bayonetas brillaban al sol. La contienda ya era inevitable.

El emperador contaba con el mejor ejército; sin embargo, sus generales estaban enfrentados. Es posible que el éxito se hubiera asegurado de haber descargado todo el peso del ataque contra cada una de las columnas enemigas, pero nunca dispersando las fuerzas al combatir las dos al mismo tiempo. Los imperialistas habían recibido informes detallados sobre el movimiento convergente de los rebeldes. No obstante, tardaron en actuar.

Y a partir del 4 de marzo, se dieron cuenta de que arriesgaban demasiado dando comienzo a un movimiento ofensivo. Dos días más tarde, comprobaron que ya era imposible la victoria. Después de sufrir un gran número de bajas. Maximiliano pudo comprobar que había dejado escapar la oportunidad más favorable. Querétaro se hallaba sitiada. Algo gravísimo, cuando ni siquiera las barricadas habían sido finalizadas y las provisiones eran muy escasas. Se esperaba la reanudación del ataque.

Éste se produjo el 14 a las nueve de la mañana. A pesar de que todo se había previsto, un punto importante, delante del cementerio de la Cruz, no se encontraba bien defendido. Debido a esta imperdonable negligencia, el enemigo se apoderó de la posición, desde la cual pudo destrozar a las tropas imperialistas con sus cañones. Del convento se respondió, cuando sus pérdidas eran considerables. Pronto se abalanzaron contra las zonas ocupadas, que lograron reconquistar. Pero los juaristas ya estaban rodeando el edificio principal, hasta que entraron dos batallones por una calleja que facilitaría la victoria, aunque tardaría un poco en materializarse.

A la una y media de la tarde la batalla casi se dio por perdida, a pesar de que se intentara resistir durante varias semanas. Lo peor fue que nadie supo evitar el enfrentamiento entre los generales imperialistas, mucho menos Maximiliano aunque recurriese a las promesas de ascensos y a las medallas de honor.

El 15 de mayo, los juaristas habían cerrado todas las líneas de fuga. En un momento de lo más dramático el emperador se dirigió a los oficiales franceses presentes:

–Gracias, señores. Veo con placer que entre vosotros hay nobles corazones, porque, en los últimos momentos, no me habéis abandonado al permanecer fieles. Había jurado cine nunca capitularía, pero ahora me veo forzado a ello a fin de poder salvaros.

Seguidamente, ordenó a Mejía que enviase un parlamentario. Se designó a Pradillo y a otro oficial. Los dos descendieron hasta la ciudad llevando en alto una bandera blanca improvisada. La artillería cesó de disparar. Muy pronto, se presentó un destacamento de oficiales liberales. Se escucharon unos cuantos disparos entre las calles. Maximiliano esperaba apoyado en su espada, inmóvil. El general Corona se aproximó a él y le dijo:

–Vuestra Majestad es mi prisionero.

Durante los meses siguientes se produjo una de las más absurdas tragedias de la Historia: la prisión y enjuiciamiento de Maximiliano, sobre el cual se pretendió que recayeran los grandes errores de las principales naciones del mundo y, sobre todo, la misma impotencia de los juaristas, al pretender servirse de un simple títere internacional para justificarse.

El 19 de junio, el emperador de México fue sacado de su celda para ser fusilado. El pelotón de ejecución lo mandaba el coronel Palacios. Los condenados subieron cada uno en un coche. Maximiliano quedó rodeado de jinetes, junto al padre Soria, su confesor, seguidos de todas tropas. Se dirigieron hasta el cerro de las Campanas. Allí serían fusilados. Durante el recorrido las ventanas de las casas permanecieron cerradas en señal de duelo. Las gentes iban vestidas de negro. Hombres y mujeres lloraban sin esconderse, al reconocer la injusticia. Desde los tejados brotaron insultos e incluso algunos proyectiles contra los soldados-verdugos. La emoción alcanzó niveles incontenibles cuando se vio a la joven esposa de Mejía siguiendo el lúgubre cortejo, con un niño de pecho en sus brazos y gritando:

–¡Gracia! ¡Gracia!

Con la cabeza levantada y teniendo a Miramón a su lado, Maximiliano pisó la cumbre de la colina. Mejía iba casi arrastras, sin dejar de escuchar los gritos de su mujer, la cual trataba desesperadamente de agarrarse al coche, hasta que empujada por una bayoneta cayó al suelo.

Cuatro mil juaristas rodeaban el lugar al mando del general Díaz de León. Se hallaban situados en tres lados del cuadrado. El cuarto lado era una pared de adobe de poca altura, ante la que se colocaron a los condenados. El ex emperador se volvió hacia Miramón y le dijo:

–General, un valiente debe ser honrado por su soberano, incluso en el momento de la muerte. Permitir que os ceda el lugar de honor. –Le hizo situarse en el centro y, luego, se dirigió a Mejía–: General, lo que no es recompensado en la tierra, lo será ciertamente en el cielo.

Entonces tomaron posición los soldados: quince hombres en total, cuatro por cada prisionero y tres de reserva. Maximiliano se acercó a los que estaban frente a él, los estrechó la mano y les dio a cada uno una pieza de oro:

–Muchachos –les pidió–, apuntad aquí. –Se señaló el lugar del corazón.

Es posible que temiera ser herido en la cabeza, con lo que su cadáver quedaría desfigurado. Volviendo a su lugar se quitó el sombrero y se limpió la frente con un pañuelo. Arrojó una mirada en torno suyo y con voz firme, en perfecto español, exclamó:

–Os perdono a todos, y que todos me perdonen. Que mi sangre, pronta a correr, sea derramada por el bien del país. ¡Viva México! ¡Viva la Independencia!

Luego se produjo una orden rápida, fueron levantados los fusiles y se escuchó:

–¡¡Fuego!!

Una palabra, muchos disparos y los tres cuerpos cayeron. Una vez disipado el humo, se vio al emperador con el rostro en tierra, y se escuchó una débil exclamación: «¡Hombre!». El oficial corrió junto al cuerpo mortalmente herido, le dio la vuelta, sin una palabra, y con la punta de su sable señaló el lugar del corazón. Un suboficial, el sargento Manuel de la Rosa, disparó el tiro de gracia. Lo hizo a quemarropa, lo que inflamó la tela del chaleco.

Miramón se hallaba muerto; pero se necesitaron dos balas para rematar a Mejía. Eran las siete de la mañana del 19 de junio de 1867. Las campanas de la ciudad repicaron, y se dejaron de oír los redobles de tambor y las trompetas. Una amarga página de la Historia acababa de ser cerrada, aunque no del todo. Porque estas muertes nunca dejarían de pesar sobre la figura de Benito Juárez y de otro gran número de estadistas del mundo.

Singularmente, nadie se atrevió a comunicar la noticia a Carlota, que continuaba en Miramar. Realmente, ésta hacía muchos años que no se sentía unida a su marido oficial, aunque sí a ese otro de los tiempos de la luna de miel. Por eso mimaba su estatua de cera, a la que cambiaba de uniforme cada dos semanas, y ante la cual rezaba y dedicaba mil muestras de adoración. Porque suponía la imagen de su amor más sincero.

Y en el momento que se le informó de lo sucedido en México, se limitó a pronunciar un «¡ah!». Nadie la vio llorar, aunque sí la observaron encerrarse en sus habitaciones privadas, donde pidió que le sirvieran la cena. Dos días permaneció allí recluida. Al salir, vivió unos diez, años de lucidez, en los que escribió unas cartas muy sensatas defendiendo a su marido y exigiendo una reparación internacional de su memoria.

Carlota vivió cuarenta años más. El 15 de enero de 1927 contaba ochenta y seis años. Ese día sufrió una parálisis parcial del lado izquierdo de su cuerpo. La respiración se le hizo más difícil a lo largo de las fechas siguientes. En el momento que la visitaron el rey de Bélgica y los príncipes ya estaba al borde la muerte. Se fue para siempre en la madrugada, sin hacer ruido. El sacerdote que la atendió en sus últimos minutos no olvidaría las palabras de la ex emperatriz de México:

–Recordad al universo al hermoso extranjero de cabellos rubios. Dios quiera que se nos recuerde con tristeza, pero sin odio.

A las once horas y veinte minutos del 22 de enero, el ataúd de Carlota entró en la iglesia de Leken, llevado a hombros por seis antiguos legionarios belgas, sobrevivientes de la expedición de México. A la derecha del coro se abría la entrada de la cripta. Allí encontraría esta mujer apasionada, amante eterna de un hombre inexistente, de una quimera forjada en el recuerdo de unos meses de felicidad y representada con un muñeco de cera, a su familia belga. Sin embargo, el destino le impondría que ni en la muerte pudiera volver a estar junto a Maximiliano.


domingo, 2 de diciembre de 2012

El cupido arrodillado - Rafael Sabatini



El siguiente relato lo saqué de un ebook gratuito que descargué hace unos días buscando escritos de Victoria Robbins. El libro se llama "Relatos históricos - Varios Autores". En él aparecen siete relatos, uno de dicha autora (además de la introducción al libro, que también fue escrito por ella), seis de otros autores. 
El primer relato del libro es "El cupido arrodillado", de Rafael Sabatini. ¿Qué "personaje" histórico toma Sabatini para su historia? Una pista, un conocidísimo pintor, arquitecto y escultor de allá como el 1500... 
:D   


 El cupido arrodillado


El elegante joven cubierto de seda de la tonalidad del azufre, sonrió con una elegante indecisión. Estaba mostrando un tolerante desprecio. Al mismo tiempo, del grupo humano que componía el fondo de la estancia surgía el rumor de unas risas torpemente contenidas.

–¿Sois tan atrevido como para consideraros un artista? –pregunto el señor Gianluca, sobrino del cardenal–. ¡Ser un artista! Extraña y soberbia condición. Se requiere una gran dosis de valor para vestirse con la misma, sin haber obtenido una gran maestría en el trabajo, unido a una genial perfección. ¿No creéis que han de ser otros quienes concedan esa calificación?

Todos supieron captar la ironía que encerraban cada una de estas palabras. Por eso se cubrió de un ligero rubor la cara enflaquecida del aludido. Y era éste un mozo de unos veintitrés años, alto y fuerte, cuyas facciones, a pesar de su delgadez, debían ser consideradas hermosas, siempre teniendo en cuenta el sentido más tosco del término. Un denso pelo, negro y lustroso, dejaba caer unos rizos sobre la frente, a la vez que cubría su poderosa nuca. Sus inmensos ojos estaban excesivamente hundidos, bajo unas cejas espesas, que no hacían sombra al resplandor siempre vivo de una personalidad apasionada en todos los asuntos de la vida. Llevaba ropas negras; sin embargo, su educación evidenciaba que si se encontraba allí, en el centro de la antecámara del gran cardenal, no se sentía amedrentado, ya que había tratado con otros hombres de tan alto rango social o eclesiástico. Adornaba su ajustado jubón con una piel valiosa y, además, lo sujetaba con una cadena de plata maciza exquisitamente labrada, de la cual pendía un ancho puñal de Pistoya.

Hubo momentos en los que el joven quiso desenvainar el arma corta, sobre todo para hundir la afilada punta en el cuello del riente caballero, acaso de su misma edad, que vestía una indumentaria amarilla. Sin embargo, a pesar de su carácter apasionado había aprendido a ser prudente, sin pecar de cobarde, por eso encontró la manera de ocultar toda muestra de ferocidad. Se limitó a responder tranquilamente:

–No he sido yo quien primero me ha llamado artista, pues otras muchas personas me han concedido, generosamente, ese título al ver mis obras, señor Gianluca.

Gianluca Sforza-Riario, el bello muchacho vestido de amarillo, dejó escapar una risotada, que secuestró el interés de los asistentes. Algunos de ellos habían comenzado a caminar por la extensa galería de columnas; pero, al escuchar la burla, se quedaron inmóviles, muy atentos.

–No andaban equivocados, señor Buonarroti, aquellos que os recomendaron que acudierais a Roma. Creo que aquí obtendréis el éxito. Nadie os prohibirá que voceéis vuestros trabajos en la plaza del mercado, ya que en nuestras calles siempre vence el que tiene la voz más fuerte. Ah, tampoco dejaréis de tropezaras en Roma con un buen número de hombres que, sin mostrar ningún pudor, se enriquecen con el arte. Brindando amparo a los estúpidos consiguen un buen dinero. Espero que vos no cometáis ese error.

El joven escultor siguió conteniéndose, a pesar de que sus manos ya no dejaban de moverse.

–Quizá estéis confundiéndome con otro, señor, al desconocer mis cualidades artísticas. Hasta hoy sólo he contado con un protector, y no creo que nadie se atreviera a considerarlo un ignorante... Me estoy refiriendo a Lorenzo, el magnífico Lorenzo de Médicis. De no haber muerto yo nunca hubiese abandonado Florencia...
–Habéis mencionado a Lorenzo de Médicis –dijo Gianluca, al mismo tiempo que sus cejas se alzaban por debajo de los rubios mechones que cubrían su escasa frente–. ¿Seréis tan atrevido como para afirmar que Lorenzo de Médicis era un entendido en arte?

Miguel Ángel Buonarroti sintió que le faltaba el aire; pero, al abrir la boca, contuvo su ira con esta pregunta:

–¿He oído bien, señor?
–Espero que no seáis, además, sordo. Desearía contar con vuestra estima, aunque creo que esto resultará muy difícil si continuáis insistiendo en afirmar que el duque Lorenzo tenía capacidades artísticas. Todos saben que sus gustos eran groseros, al inclinarse por el arte prostituido... por la vulgaridad que sólo busca engañar la sensibilidad de los más simples.

Con estas palabras Gianluca dio comienzo a una disertación de lo más absurda, ante el estupor de Miguel Ángel. Mientras tanto, escuchaba cómo eran elogiados Pinturricchio y Verrocchio, dos artistas contemporáneos; no obstante, otros que eran tan grandes o más fueron despachados con insultos por haber ganado mucho dinero, ya que al parecer comerciar con el arte les restaba cualquier mérito. Y al referirse a los artistas jóvenes, únicamente consideró estimable a Leonardo da Vinci, aunque dudaba que pudiera ser un gran artista de acuerdo a las normas más académicas, ya que sentía el temor de que se dejara vencer por el beneficio económico.

Ante tal sarta de necedades, Miguel Ángel ya no pudo aguantar ni un segundo más en la galería del palacio. Mientras escapaba de allí, se dijo que acaso debía hacer lo mismo marchándose de Roma, donde se encontraba gente tan estúpida.

Es posible que todos conozcáis la adolescencia de este genio: a los catorce años fue contratado como aprendiz de Domenico Ghirlandajo, el gran pintor florentino. Mientras se adiestraba en el arte de los colores y las perspectivas, se sintió atraído por la escultura. Y después de modelar un Fauno riente que fue admirado por Lorenzo el Magnífico, éste se convirtió en su protector al asignarle un taller en el mismo palacio ducal. Y el joven Buonarroti se encargó de demostrar sus cualidades, viéndose tan bien apoyado, sobre todo dando forma a los Centauros, una de sus esculturas más prodigiosas.

Sólo había cumplido los veinte años cuando falleció Lorenzo. Le sucedió Pedro de Médicis, al que no le gustaba el arte. Así Florencia dejó de ser la gran protectora de los artistas. Miguel Ángel se quedó sin trabajo, aunque si pudo contar con una carta de recomendación de Pedro de Médicis, al solicitarla en el momento que decidió viajar a Roma, donde, al parecer, el papa Borgia estaba prestando un gran interés a todas las manifestaciones artísticas.

La carta de recomendación iba dirigida al cardenal Sforza-Riario, debido a que se conocía su afición de coleccionista y protector de las artes. Pero de nada le valió al joven escultor, pues llevaba un mes solicitando audiencia inútilmente. Para conseguir tan sólo enfriarse los pies en la antecámara cardenalicia y, lo peor, tener que soportar enfrentamientos con personajes de la catadura de Gianluca.

Se estaba dando cuenta de que se encontraba en un mundo de dilettanti cargados de petulancia, de vanidoso ingenio, para quienes los artistas no representaban nada. La auténtica grandeza, unida a la percepción creadora sólo podían establecerse, según aquel vanidoso, mediante la capacidad para juzgar la obra de los otros, y el criterio se basaba en reglas completamente equivocadas.

Mientras tanto, la falta de trabajo y el tiempo malgastado, le habían intranquilizado excesivamente. También se daba cuenta de que, en el caso de no cambiar su suerte, su escasa reserva de dinero se agotaría por completo. Necesitaba cubrir sus necesidades inmediatas con la mayor premura. Este le llevó a modelar la Ninfa danzante, una escultura dinámica y bellísima, aunque el tema no se hallara entre los que más le gustaban, pues había debido frenar el deseo de dar forma a una vigorosa anatomía lo que a él tanto le agradaba reproducir en sus obras. En este caso prefirió guiarse por la conveniencia. Hubiese querido crear algo que satisficiera la lascivia de esos romanos, cuyo sentido estético se encontraba esclavizado por una pasión desmedida hacia las estatuas antiguas especialmente las griegas. Procuró llevarla en barro, al no disponer de un taller propio donde realizar la conversión en mármol, a Baltasar de la Balza, que era el propietario de una tienda en la Ripa Vecchia, junto al Tíber.

Siempre que se dirigía a la residencia Sforza-Riario, situada en el Rione di Ponte, tenía que pasar delante de aquella tienda. Muchas veces se había detenido para examinar las estatuas allí expuestas, ya fueran antiguas o modernas y estuvieran realizadas en mármol, bronce, plomo o en barro cocido. Sin embargo, nunca se había atrevido a cruzar la puerta de un comerciante en su condición de escultor.

Recibió una buena acogida, debido a que su Ninfa actuó como la mejor recomendación ante un crítico tan astuto y sabio como Baltasar de Balza. Éste era un personaje viejo y desarreglado, que llevaba largos mechones de pelo gris y grasiento, barba abierta y una nariz ganchuda que denunciaba su origen judío; pero se había escapado de su reclusión en el ghetto al confesarse cristiano, lo que le permitió obtener el consentimiento de los Borgia para seguir comerciando en paz.

–La estatua es muy buena... Bella y proporcionada... Aquí hay mucho talento... –opinó abiertamente–. Me parece que ninguno de los escultores que he tratado puede superarla... Algo genial teniendo en cuenta lo joven que sois. No obstante, de atreverme a adquirirla... –Elevó los brazos al cielo y puso los ojos en blanco–. ¿Encontraré un comprador en los tiempos que corren?

A Miguel Ángel la pregunta le pareció de lo más absurda.

–No hay duda de que entre vuestros clientes deben haber muchos que sepan valorar la obra y quieran poseerla. De no ser así, ¿cómo podéis seguir manteniendo abierto vuestro negocio?

El anciano comerciante replicó con un cacareo burlón y, girándose, se aproximó a una estantería, de donde cogió un Hermes de mármol de casi dos pies de altura. Lo colocó en el mostrador ante el joven artista.

–¿A qué os parece hermoso? –preguntó maliciosamente–. ¿Verdad que tiene un gran mérito?

La escultura poseía una noble calidad, sus proporciones resultaban graciosas y su dinamismo tenía un algo de lo que casi está vivo. Los asombrados ojos de Miguel Ángel la miraron con fervor, a la vez que sus delicados dedos la tocaban apasionadamente.

–Magnífica –susurró–. Es uno de los mejores trabajos de un maestro al que conozco.
–No hay duda de que merece toda nuestra admiración –añadió el comerciante–. Es otro artista joven, como vos, con ganas de trabajar, provisto de ingenio y de la capacidad de dar vida a lo que ve... Un inmenso artista. Su nombre es Torrigiano. Si vive muchos años, es posible que adquiera una gran fama.
–¿Es que pone en duda que pueda seguir vivo? –inquirió Miguel Ángel.
–Podría morir de hambre. Hace unos once meses le compré esa admirable figura. Todos mis mejores clientes la han visto... Me refiero al gran cardenal Ascanio, a la princesa Esquiladle, al señor de Mirándola, que es un caballero exquisito y muy ilustrado, al joven duque de Gandia, al cardenal Sforza-Riario, que tiene a gala ser el mayor entendido en arte y posee la mejor colección de esculturas de Roma. Les supliqué que me ofreciesen un precio razonable; pero... Esta obra continúa embelleciendo mi tienda, mientras otras cien, muy inferiores, me las quitan de las manos..., porque son antigüedades desenterradas. Puedo aseguraros que no hay capacidad de entendimiento entre los coleccionistas de hoy. Las gentes han enloquecido con todo lo que sale de la tierra. Se ha perdido el sentido de los valores. Con un entusiasmo obsesivo gastan el dinero en obras del pasado, dejando a un lado el arte de los jóvenes de hoy, como vos, sin importarles que sean mejores que las antiguas... Lo mismo que el Hermes, vuestra Ninfa sería despreciada... Por eso no puedo encargaros la estatua. Debéis comprenderlo.

Miguel Ángel se marchó muy disgustado. Cada vez se sentía más furioso contra esos romanos ignorantes, y hasta contra él mismo por haber abandonado Florencia, únicamente para recibir lecciones de los estúpidos que se reunían en la antecámara del ilustre cardenal Sforza-Riario, ése que se decía protector del arte, a pesar de que pasara indiferente ante una estatua de la calidad del Hermes de Torrigiano. No había duda de que aquel personaje, con cuyo apoyo había contado, era tan ignorante como los necios orgullosos que hablaban en la misma antecámara. «¿Qué hago yo en la ingrata Roma?», se preguntó repetidamente. Para todos los que se hallaban en su situación, bien se hubiera podido inscribir en las puertas de la ciudad la sentencia que Dante situó en la entrada del Infierno: ...«Desnudaros de toda esperanza, vosotros los que entráis aquí para no salir nunca».

Sumido en tan negras reflexiones, el joven escultor se detuvo, súbitamente, en la estrecha y embaldosada calle. Acababa de asaltarle un pensamiento repentino, por eso volvió tras sus pasos y entró en la tienda de Baltasar.

–Señor –le sugirió–, mientras desempeñáis vuestros negocios, ¿no os habéis parado nunca a pensar que los necios han venido al mundo para que los hombres de ingenio obtengan un buen provecho de ellos?

El judío converso sonrió astutamente y, luego, confesó frotándose las manos regordetas:

–Más de una vez lo he pensado, y hasta he sabido obtener beneficio de esa máxima. ¿Tenéis algo más que decirme?

De una forma instintiva Miguel Ángel se acercó al comerciante y redujo el tono de su voz. La cólera y el desprecio moldeaban cada una de sus frases. Aunque de estas dos emociones se olvidó Baltasar, al no poderle brindar ningún beneficio. No obstante, sí que hizo caso de la propuesta del joven escultor. Al mismo tiempo que le escuchaba, no dejaba de sonreír irónicamente, frotándose las manos en un gesto afirmativo.

–¡Vaya comerciante que hubierais resultado si el Señor no os hubiese convertido en un artista! –exclamó Baltasar en el momento que se separaron. Algo que significaba el mayor elogio que podía salir de la boca del judío.

Sin embargo, como Miguel Ángel no compartía este último punto de vista, siguió visitando la antesala del cardenal, después de haber estado trabajando en su nuevo taller. No dejaba de aguardar esa entrevista que, empezaba a creerlo, nunca se le iba a conceder. Pocas veces se libró de las malignas interpretaciones del sobrino del cardenal, y de las risas de los otros elegantes oyentes. Afortunadamente, se hallaba inmunizado ya contra todo tipo de ataque. Se limitaba a sonreír y pocas veces se molestaba en replicar, ni dejaba que apareciera en sus ojos oscuros la cólera nada más que en unos breves chispazos.

Cierta tarde apareció allí un Antinoo de proporciones naturales, que acababa de comprar el cardenal. Como estaba muy orgulloso de su nueva adquisición, la dejó en la antecámara, donde podía ser vista y elogiada por un mayor número de personas de las que hubieran podido pasar por la galería reservada a su colección.

Miguel Ángel se encontraba admirándola como todos los demás; sin embargo, se mostró serio, no compartiendo el entusiasmo. Entonces maese Gianluca dejó oír una de sus conocidas disertaciones. Al finalizar, miró a Buonarroti y, sin perder su sonrisa irónica, le preguntó:

–¿Qué opináis de esta obra, señor escultor?
–Me parece muy bella –contestó el joven tranquilamente–. Aunque si tuviera que ponerle un defecto, me fijaría en su excesiva belleza.
–¿Un defecto lo muy bello? –chilló Gianluca–. ¿Estáis seguro de lo que decís?
–Cuando se supera una cualidad suprema se cae en el defecto –insistió Miguel Ángel–. El mayor de los vicios es mostrar un exceso de virtud.
–Exhibís los valores de vuestra sabiduría en forma de paradojas. Pero su interpretación supera el alcance de nuestros humildes cerebros. –Un ronroneo de aprobación vino a apoyar el sarcasmo de maese Gianluca.
–Quizá deba explicarme mejor. Considero esta estatua muy bella, pero en un concepto femenino. Todo el conjunto reúne una suavidad excesiva. La anatomía carece de fuerza. El rostro es demasiado perfecto para que llegue a resultar humano: un hombre con facciones tan exquisitas puede ser una criatura violenta o estúpida; raramente llegaría a resultar algo distinto. ¿Tenemos ante nosotros lo que se propuso expresar el escultor? Creo que no. Los brazos y las piernas se hallan faltos de fortaleza. No se aprecian los músculos, por eso la anatomía resulta femenina.
–¡Vaya, vaya! ¿Le habéis escuchado? ¡Os pido que no olvidéis ni una sola de sus palabras! –exigió Gianluca–. Hemos asistido a la sentencia de un David del arte. Y su decisión es, según parece, que lo artístico sólo se representa con energía y tendones.

Un estallido de carcajadas contuvo la réplica de Miguel Ángel, para terminar decidiéndole a abandonar el palacio dominado por la ira. Todo lo que quedaba del día lo pasó rumiando su venganza, tocando el puño de su daga y recreándose en imaginar cómo la clavaba en la garganta de Gianluca. Llegó a pensar que la violencia era el único medio de combatir a los estúpidos. Lejos se hallaba de imaginar que su nueva humillación iba a servirle como llave, capaz de abrir los salones del gran cardenal. Todo esto se debió a que el joven sobrino, animado por el triunfo que creía haber obtenido sobre el imprudente escultor, no lo calló ante su tío. Y dejó oír a Su Excelencia tantos reproches, con el acaloramiento propio del engreído, sobre quien se había atrevido a criticar el magnífico Antinoo, que los dos rieron con ganas. Sin embargo, al final el cardenal tomó esta sorprendente decisión:

–Voy a recibir a ese sujeto. Es posible que yo me divierta tanto como tú y, luego, gracias a mis consejos pueda salvarlo como artista.

De esta manera, el joven florentino volvió a entrar en la antecámara. Pero en esta ocasión un chambelán, vestido de terciopelo negro, acudió a recibirlo preguntándole si era maese Miguel Ángel Buonarroti, de Florencia, portador de una carta dirigida por el duque Pedro de Médicis al ilustre cardenal Sforza-Riario. Y cuando el escultor contestó con una afirmación, fue llevado a una sala de doradas paredes y techo azul ultramarino, alumbrada por una ventana única, junto a la cual aparecía una especie de púlpito-escritorio ricamente tallado. Ante el mismo se encontraba acomodado el ilustre cardenal, un personaje alto y delgado, cuya asombrosa palidez confería a su cara un tono ascético. Se contaba de él que se encontraba presente cuando fue asesinado Julián de Médicis en la catedral de Florencia, y que la palidez provocada por el terror del trágico espectáculo ya no le desapareció jamás.

Sus ojos estrechos contemplaron con falsa bondad al joven artista, que estaba doblando las rodillas en su presencia. Le ofreció una mano blanquecina y delgada, en la que destacaba el resplandeciente zafiro de su dignidad. Miguel Ángel lo besó con un gesto de humildad, al ser lo obligado.

–He sabido por mi sobrino Gianluca que habéis sido sometido a una dura prueba en esta casa –dijo con un tono inexpresivo–. Se me debiera haber comunicado antes vuestra presencia.

Sin dejar de susurrar unas frases amables, el joven presentó la carta. El cardenal le indicó con un gesto que se incorporara, rompió el sello y extendió el pergamino sobre la mesa. Seguidamente, se echó en su amplio sillón de elevado respaldo para conocer las palabras elogiosas del duque Pedro, a la vez que sus labios se fruncían ligeramente a medida que iba leyendo. Y al contemplar después al escultor por encima del papel, no dejó de mostrar en sus pupilas un relativo interés.

–Su Magnificencia os presenta como un muchacho de gran talento, al que su padre, el excelso Lorenzo, tenía en mucha estima.
–Se me concedió el honor de trabajar en el palacio ducal durante tres años, Excelencia.

El cardenal dibujó una sonrisa y se permitió suspirar.

Debéis entender que de la Florencia de Lorenzo de Médicis a la Roma pontificia hay mucha distancia, sobre todo en el terreno del arte. Lo que allí puede haberse estimado magistral, acaso aquí sólo resulte un trabajo elemental. Sobre todo ahora que las antigüedades que se están desenterrando han elevado el sentido de la belleza a límites muy superiores.

A Miguel Ángel le costó aguantar una reacción de réplica. Allí tenía una nueva muestra de la estupidez que tanto le ofendía. Ante él se hallaba uno de los máximos representantes de la moda más absurda. Se contuvo, a la espera de que el cardenal siguiera hablando.

–Me informa el duque que sois pintor y escultor.
–Como pintor acaso mis méritos no sean excesivos –contestó el joven humildemente. –En este terreno son muchos los que me superan.
–¡Oh, bendita modestia! –Una sonrisa ensanchó los labios de aquel rostro blanquecino que a Miguel Ángel cada vez le resultaba más repulsivo–. ¿Y cómo se te da la escultura?
–Nadie se ha avergonzado de mi obra y, al mismo tiempo, tengo el sentido común suficiente para realizar mi trabajo a la perfección. Por eso me atrevo a ofrecerme a Vuestra Señoría, cuyas opiniones artísticas le han hecho tan justamente famoso. Si yo pudiera trabajar en la corte de Su Santidad...

La mano blanquecina se agitó para imponer silencio.

–Acabáis de oírme decir que las exigencias de Roma son muy altas. Vuestra corta edad no puede ir unida a la experiencia.
–Todos los artistas, señor, hemos sido creados por Dios, nunca por la suma de los años que vayamos cumpliendo. Me atrevo a recordar que el artista lo es desde la cuna.

Frente a aquella valiente respuesta los ojos del cardenal brillaron esporádicamente, aunque su enojo duró muy poco. Pero le quedó un tono frío:

–No sois el primero que se atreve a repetir esa afirmación de Poeta nascitur, non fit. Seguro que vos no lo habéis olvidado. Pero acompañadme. –Aquel alto personaje, vestido por completo de escarlata, dejó el asiento y comenzó a andar–: A pesar de no haber decidido si os daré empleo, creo que vuestra visita os resultará muy provechosa. Primero he de mostraros mi colección de esculturas. Está considerada como la más perfecta y abundante de Roma, lo que puede considerarse de todo el mundo. Miradla atentamente, ya que os servirá de lección. Seguidme.

Con ademanes familiares, cogió al joven por un brazo y le llevó a una puerta situada en el otro extremo de la estancia, donde se encontraba un ujier, que la abrió. Así entraron en la galería amplia, iluminada en cada una de sus partes por unos altos ventanales que daban al patio interior del palacio. En las paredes se encontraban alineadas, de uno a otro extremo, las valiosas esculturas que Sforza-Riario había reunido pagando varias fortunas de príncipe. Pero allí se exhibían pocas obras modernas, al dominar las traídas de Grecia o desenterradas en Roma, siempre con una acusada influencia helénica.

Muy despacio fueron recorriendo la galería, mientras el cardenal cumplía el papel de cicerone, sin ahorrarse unas largas exposiciones sobre la belleza de las esculturas, y queriendo destacar esos detalles de ejecución que sólo captan los entendidos. Una vez eran los pliegues de una túnica, otras la potencia de una anatomía, cuando no el modelado de una cara, o la expresión auténtica de una figura. Mientras tanto, Miguel Ángel escuchaba en silencio, sin atreverse a gritar que él era capaz, de descubrir otros detalles más sutiles, por su condición de artista. Y al observar que no hablaba, el cardenal creyó que había eliminado el orgullo de aquel ignorante joven florentino.

–¿Tanto os impresionan estas esculturas que os habéis quedado sin voz, amigo?
–Me limitó a escuchar a Vuestra Magnificencia –contestó mansamente.
–Pero ocultáis algo. Reconoced que os aturde tanta belleza. Una reacción que considero lógica, pues soy de los que creo que no existe actualmente en el mundo un hombre capaz de crear cualquiera de las estatuas de mi galería.
–Es verdad que no hay muchos hombres capaces de dar forma a algo similar –admitió el escultor.
–Ningún artista vivo podría imitar este arte. Tengo el convencimiento de que es imposible. He dedicado toda mi vida a la contemplación y al estudio del arte. Ya que me escucháis, vos debéis considerarlo cierto.

Se encontraban en el centro de la galería, frente a la esbelta figura de un muchacho esculpida en mármol antiguo, que se veía oscurecida y manchada por las sales de la tierra, en la que pudo haber permanecido enterrada a lo largo de varios siglos. Era inferior al tamaño natural, pero sus miembros mostraban una gran virilidad y una potencia de héroe. Componía una singular posición, ya que una de sus rodillas tocaba el suelo, su cabeza se inclinaba hacia un lado, y su cerrada mano izquierda quedaba en el extremo de un brazo extendido, mientras que la derecha seguía la misma línea a la altura de la mejilla. Alrededor del bello rostro, excesivamente viril para una anatomía tan joven, se veía el cabello formando unos rizos gruesos y cortos.

Los ojos de Miguel Ángel habían adquirido un súbito interés nada más descubrir la figura, lo que al cardenal no le pasó inadvertido.

–¡Espléndido! –exclamo, sin contener las risas–. Observó que estáis obteniendo buen provecho de esta visita. Ahora halléis comprendido el significado de la perfección artística.

El joven escultor se giró para mirar a su importante anfitrión con pupilas resplandecientes y la cara ruborizada. Porque consideraba absurdas las reacciones de aquel simple aficionado.

–¿Qué... puede representar?–preguntó con un hilo de voz.
–La respuesta es muy sencilla: Cupido. Un Cupido de rodillas. Nunca una figura como sería modelada por los artistas de hoy, ya que lo mostrarían gordito, rechoncho y tan informe como un crío. Éste es un Cupido de proporciones exactas, dinámico, al representar el prodigio de la gracia y la fuerza, pues eso se halla ante vuestros ojos. Comprobad que está arrodillado, porque quiere asegurarse la mayor puntería. Es cierto que falta el arco..., el tiempo lo ha perdido. Sin embargo, el observador lo suple, se puede contemplar fácilmente: lo indican a la perfección la colocación de los brazos y las manos.
–¿Ha dicho Vuestra Excelencia que esta escultura es... antigua? –preguntó Miguel Ángel con un tono sosegado, acaso un poco asustado.

El cardenal le observó con cierto desprecio, ofendido ante tanta estupidez. Y su rostro blanquecino se transformó con una sonrisa despreciativa.

–Fijaros bien en ella –exigió–. La escultura os proporciona la respuesta. Según los años os vayan dando experiencia, reconoceréis, que no ha habido escultor, desde Fidias, capaz de reproducir una obra tan prodigiosa. Estudiadla a fondo: fijaros atentamente en cada uno de sus detalles. Puedo asegurar que aguantará el examen más minucioso. –Suspirando colocó su mano derecha en el hombre de Miguel Ángel, para añadir con un tono firme–: En el momento que vos, mi inocente amigo, seáis capaz de esculpir algo de una calidad parecida, aunque resulte un poco inferior, os aseguro que me encargaré de situaros en el sendero de la fortuna.

Nuevamente el joven escultor se giró para mirar, detenidamente, al cardenal. Y su moreno rostro, bien tostado por el sol, palideció levemente antes de formular la pregunta:

–¿Podréis mantener la promesa, Vuestra Excelencia?

El gran personaje sonrió tolerante ante aquella muestra de ímpetu juvenil.

–Nunca me desdigo de mis promesas.
–Entonces, contando con su benigna autorización, debo marcharme a casa. Sólo de esta forma podré reclamar el inmediato cumplimiento de vuestra promesa.

El cardenal le observó como si tuviera delante a un loco; y Miguel Ángel le correspondió de la siguiente manera:

–Guardo en mi humilde taller un pedazo de barro, que deseo presentar ante Vuestra Señoría para que lo comparéis con este mármol.

Sforza-Riario no pudo evitar una ligera carcajada.

–Os movéis con la audacia de los artistas modernos, mi joven amigo, y también con el descaro de los ignorantes. Pero como os he traído aquí para divertirme, seguiré el juego que me proponéis. Traedme ese barro y sabré si su modelado merece el orgullo que mostráis al mencionarlo.

Miguel Ángel marchó con esa intención; mientras, el cardenal no dejaba de reír ante la loca presunción de aquel joven florentino, que había resultado más atrevido de como se lo pintó su sobrino.

–Estaba convencido de haberle podido corregir –se dijo, algo preocupado–. Pero las cosas han tomado otro cariz más interesante.
–Estos artistas de hoy son una manada de estúpidos –dijo Gianluca al conocer lo ocurrido–. Brutos en su trabajo y vanidosos en su forma de exhibirlo. Por eso necesitan ser humillados con dureza.

El cardenal apoyó cada una de las palabras de su sobrino con unos gestos afirmativos.

–Considero una obligación darle un escarmiento –afirmó en el papel de juez–. Y lo cumpliré sin ningún miramiento.
–Me gustaría estar presente cuando ese engreído reciba la lección que se merece –pidió Gianluca.

Sin embargo, su tío, después de analizar la situación, dijo:

–Lo considero excesivo. Será mejor que te marches; pero te tendré al corriente de lo que suceda.

Y de esta manera, en el momento que el joven escultor llegó allí, en compañía de una pareja de mozos, a los que había recurrido para que le ayudasen a trasladar el pesado barro cubierto con un pedazo de arpillera, el cardenal se encontraba solo. Y no se negó a contemplar la obra dentro de la galería, precisamente delante del Cupido, para comparar las dos esculturas.

El alto personaje sonreía convencido de que iba a aplicar una lección-castigo ejemplar. Siguió al lado del joven artista, viéndole despedir a su pareja de ayudantes. En seguida fue retirada la arpillera... ¡Entonces desapareció la sonrisa de superioridad del blanquecino rostro del cardenal! No obstante, incrédulo, estiró el cuello, juntó las cejas y recorrió con sus ojos cinco o seis veces el barro y el mármol, pasando de uno a otro sin ningún orden, convulsivamente... ¡Su asombro inicial se estaba convirtiendo en un arrebato de ira contenida! ¡Y es que las dos estatuas, sin que importara que estuvieran esculpidas con distintos materiales, eran completamente iguales, una copia exacta la una de la otra!

Los blanquecinos y hundidos pómulos de Su Excelencia se ruborizaron inusitadamente. Con una ronca voz preguntó:

–¿Qué engaño es éste?

Miguel Ángel no se dejó confundir, ya que disponía de todas las respuestas:

–El engaño imprescindible para convencer a los dilettanti de que hoy los artistas podemos imitar, y hasta superar, a los artistas de la antigüedad. Qué existen en la actualidad talentos equiparables al de Fidias. Creo que Vuestra Excelencia mencionó al genial escultor griego, para asegurar que desde que éste murió no se ha podido crear una obra tan prodigiosa. Sin embargo, mis humildes dedos han conseguido una aproximación digna.

Y rompió a reír, tendiendo sus manos potentes con la intención de que el cardenal las contemplase.

–¿Qué el Cupido lo habéis esculpido vos? –inquirió Su Excelencia, con un tono de voz que gritaba en diapasón ascendente, al mismo tiempo que con dedos temblorosos apuntaba hacia el mármol–. ¿Vos... sois el creador de esta soberbia figura...? ¡Farsante! ¡Mentiroso! ¿Cómo os atrevéis a engañarme? Esta estatua ha sido extraída de la tierra, donde permaneció enterrada durante más de mil años... ¿Podéis negarlo?
–No... Pero la enterramos en el jardín de Baltasar de la Balza, hace unas mil horas. Roma sólo compra estatuas antiguas, porque se considera que en Grecia se dio forma a la máxima belleza. Si los artistas de hoy queremos comer, estamos forzados a producir antigüedades. Y yo he aprendido a conseguirlas. Sólo necesito obtener las pinturas y las sales imprescindibles, con las cuales se pueda dar al mármol el aspecto de haber estado bajo tierra durante siglos. El arco que echasteis a faltar en el Cupido, lo arranqué yo nada más finalizar el modelado... ¿Sigue creyendo Vuestra Excelencia que miento? Fijaros en esto. –Ladeando un poco la figura de barro, dejó que se leyeran unas palabras en caracteres griegos que había en la base–. Aggelos, por Ángel; Michael-Angelo; mi firma para esta ocasión. Las mismas palabras se encuentran en la base de la estatua de mármol, lo que Vuestra Excelencia podrá comprobar si pide ayuda para que muevan la figura.

Sin embargo, el cardenal ya no necesitaba realizar más comprobaciones. Y aplastado por el bochorno, pareció haber achicado de tamaño frente a la mirada sonriente del joven artista. Luego precisó algún tiempo para volver a hablar con voz ahogada:

–Se me ha estafado... ¡Ese bribón de Baltasar me ha robado!
–Decid mejor que engañado, nunca estafado o robado, señor.
–¿Cómo se atreve a llevarme la contraria? ¿Dónele veis la diferencia?
–La diferencia es rotunda: la estafa o el robo respondería a unas falsas apariencias, que os hubieran obligado a pagar por una estatua más de su valor real. Algo que nunca hizo Vuestra Excelencia, sin que importe el dinero que se os haya cobrado. Ser engañado es dar por cierta la mentira. Y en este caso, podemos considerar el engaño bastante parcial: sólo existe en la edad de la estatua, nunca en su calidad, que ha de ser considerada, según la estimación de Vuestra Excelencia, igual a las mejores de todas las antiguas.
–¡Dios mío! –grito el cardenal, a punto de perder la respiración–. ¿Es que no conocéis la modestia?
–La verdad siempre es más importante que la modestia –afirmó Miguel Ángel–. Y vos mismo llegasteis a decir que ningún artista, desde Fidias, ha creado una obra tan prodigiosa como ésta.

Sforza-Riario le rodeó con una mirada de total aversión.

–¿Acaso os propusisteis ese judío y vos divertiros a mi costa? En el caso de que creyeseis que me habéis atrapado, debo avisaros que...
–¡Excelencia! –interrumpió el joven escultor con su noble protesta–. ¿Podíamos unos devotos cristianos planear un pecado tan indigno? ¿Qué razones nos moverían a realizarlo?
–¡Esas cosas se hacen sin razón alguna! –gritó el cardenal con una violencia tal que le costaba formar las palabras–. ¿Por qué os hacéis pasar por inocente? ¿No es bastante motivo el simple hecho de haberme engañado con esta falsa antigüedad, a mí, a una personalidad cuya fama como entendido en arte es reconocida en el mundo entero?
–Pero ¿dónde ha dejado de actuar el conocimiento artístico de Vuestra Excelencia? Nada más contemplar este Cupido considerasteis que era una escultura excelente, por lo que merecía un lugar destacado en esta importante colección. Por eso lo comprasteis. Si hasta hoy os limitabais a adquirir estatuas antiguas era, de eso estoy seguro, porque jamás habíais encontrado entre las obras modernas ninguna merecedora de ocupar un espacio entre las otras. Pero en este momento, después de localizar una estatua que, según reconoció Vuestra Señoría, ningún artista desde Fidias ha podido modelar, ¿qué mal hicisteis al comprarla? –Y se cuidó de añadir intencionadamente–: ¿No disponéis ahora, Vuestra Señoría, de una novedad que aumentará el prestigio que os merecéis, con justicia, como entendido en arte?

Sforza-Riario se sorprendió ante esa puerta de salida que se le estaba abriendo, lo que le permitiría evitar el ridículo. Entonces comprendió que podía obtener un triunfo de aquella derrota. Sin embargo, al darse cuenta de que el triunfo suponía otro superior para el osado joven florentino que había sabido embaucarle, dedicó a éste otra de sus miradas maliciosas.

Poco más tarde, al volver a prestar atención a la estatua de Cupido, compuso un aire reflexivo.

–Creo que habéis dicho la verdad. No he fallado en mi valoración de la obra, aunque sobraba lo del engaño. –Su rostro comenzó a ruborizarse, y su voz adquirió una súbita vehemencia–. Lo que me va costar disculparos es que en lugar de traerme el Cupido directamente, como actúa todo hombre honesto, recurrieseis a esa farsa para llamar mi atención sobre vuestra obra. Algo que significa, señor, una indignante falta de confianza en mi famosa cualidad de crítico de arte y de mecenas de los artistas.
–Vuestra Señoría me da un trato que estoy lejos de merecer. No fui yo, sino Baltasar, quien os vendió la estatua. Yo la realicé para un cliente cualquiera, sin pensar en vos. ¡Lo lamento, señor! Llevaba tres lamentables meses en Roma, aguardando desesperadamente conseguir audiencia en este palacio, por eso me vi obligado a elegir entre el trabajo por encargo o morir de hambre. Esto me llevó a realizar una estatua para Baltasar, pensando en la que mejor se vendería. Si Vuestra Señoría estima que mi único camino era el hambre, os niego que tengáis la caridad de alejar de mi persona la acusación de estafador, así como no debéis consentir que el mundo se entere de lo que hice arrastrado por la pobreza.

La mirada profunda del cardenal se había apagado, a la vez que su pálida cara se estaba quedando sin expresión.

–Estaríais recibiendo lo merecido –afirmó.
–Es posible, señor, aunque considero excesivamente severas las consecuencias de esta condena, ya que rebasarían de largo la promesa que me hizo Vuestra Excelencia.
–¿Una promesa? ¿De qué promesa estáis hablando, mozo atrevido?
–¿Debo creer que Vuestra Excelencia la ha olvidado? Recordad esas esperanzadoras palabras de que si yo era capaz de esculpir una obra comparable a este Cupido arrodillado os encargaríais de ponerme en el sendero de la fortuna.
–¿Y tenéis la audacia de recordarlo como si yo estuviera obligado a cumplirlo? –protestó el cardenal.
–No me atrevería a tanto, en el caso de que las gentes conocieran que yo he sido cómplice con Baltasar del engaño. Por eso os estoy suplicando que el hecho se mantenga en secreto. Esto impediría, por ejemplo, que Vuestra Señoría me recomendase ante el Sumo Pontífice.
–¡Se está refiriendo vos al mismo Papa! –exclamó, retorciendo los labios y frunciendo las cejas–. Me proponéis que pague vuestro silencio; ¿no es cierto?

Los ojos oscuros de Miguel Ángel se dilataron al máximo, a la vez que componía la más sumisa expresión.

–¿Cómo habláis de precio, señor? ¿Qué cosa podía yo atreverme a cobraros?
–¡Mi silencio! ¡Oh, Dios! ¿No me llevaría a la ruina el hecho de que se conociera que he sido engañado?

El cardenal se quedó callado, para sopesar lenta y seriamente la situación. Reconocía que se hallaba ante un chantaje hábilmente presentado, que le debía llevar a condenar al joven escultor florentino. Claro que esto le causaría a él un daño superior, al quedar en ridículo a ojos de todo el mundo.

Al final sus apretados labios se abrieron en una sonrisa artificial.

–¡De acuerdo! –aceptó, señalando con sus delicados dedos al Cupido arrodillado–. Reconozco que habéis cubierto todas las exigencias de mi promesa. –Hizo una pausa para liberar un suspiro y, luego, prosiguió–: Mañana me encargaré personalmente de presentaros a Su Santidad.

Miguel Ángel se inclinó en una reverencia sincera, muy respetuosa.

–Contando con el apoyo de un juez tan justo –susurró–, estoy convencido de que el Papa me proporcionará un trabajo digno de mis habilidades.
–Dadlo por seguro, caballero.
–¿Me concedéis la autorización para ausentarme, señor? –preguntó el escultor florentino, volviéndose a inclinar.
–Marchad con Dios –permitió el cardenal con un movimiento de la mano; pero en un gesto similar al que acompaña a esa especie de maldición: «¡Qué el diablo os acoja!».

Aunque se hallaba atrapado, luego no podía negarse a brindar protección al osado joven. Y al mismo tiempo que éste cubría la estatua de barro con la arpillera, se volvió para decir:

–He de suplicaros un segundo favor, señor: ¿puedo conocer lo que pagasteis a Baltasar por ese mármol?

La cantidad que el cardenal mencionó provocó un juramento del escultor imposible de contener, el cual sirvió para que Sforza-Riario recuperase parte de su perdido sentido del humor.

–Adivino por vuestras expresiones de protesta –comentó ácidamente– que no he sido el único estafado por Baltasar en este enojoso asunto.
–Tenéis razón –admitió Miguel Ángel–. Pero muy astuto y valiente ha de ser la persona que logre enriquecerse continuamente a costa de mi trabajo.
–Yo mismo he tenido la prueba de vuestra tenacidad –añadió el gran personaje volviendo a suspirar.

Y con estas frases decidieron separarse, hasta la mañana siguiente. No quedaron como unos amigos, aunque sí como dos cómplices.

Aquella misma tarde el escultor florentino entró en la tienda del comerciante judío, allí en la Ripa Vecchia.

–¡Saludos, Baltasar, el más grande de los sinvergüenzas! ¡Te he atrapado! He sabido que el cardenal Sforza-Riario te pagó cinco mil ducados por el Cupido arrodillado. No te atrevas a negarlo, ladrón. Lo he oído de los labios de Su Excelencia. Tampoco me interrumpas. Lo acordado era que dividiésemos la cantidad a partes iguales, y tú me juraste por tus muertos que sólo habías obtenido mil ducados. Merecerías que yo te estrangulase, saqueador. Pero he decidido cambiar tu condena: tendrás que abonarme los dos mil ducados que me corresponden, juntos a otros mil para resarcir tu estafa.

Baltasar se enfureció, ya que hubiese preferido entregar antes la mitad de su sangre que el dinero, por eso gritó:

–¡Qué te arroje al infierno tu descaro florentino! ¿Me estás proponiendo que haga mis negocios por nada?
–Lo que exijo es que realices tus negocios en base a la palabra dada: convenimos repartir por la mitad la suma obtenida. Esto supone que me debes dos mil ducados, ¡y otros mil para que te convenzas de que has de ser honrado de aquí en adelante!
–¡Oh, vas a ser mi ruina! Ya veo que no hay forma de hacerte entrar en razón, pues seguirás entonando la misma cancioncilla todo el día y toda la noche, incansablemente... ¿Y si me negara a pagarte?
–Te desafío a que lo hagas. Porque darías pie a que yo acudiese al cardenal Sforza-Riario, para contarle el engaño que le hicimos juntos al venderle una falsa estatua antigua. Entonces serían los alguaciles quienes te obligarían a soltar el dinero, que alcanzaría una cantidad superior a la que yo te exijo. Además, irías a la cárcel, perderías esta tienda y, entra en lo posible, que te empujasen hacia lo alto... ¡donde te esperaría la horca!

Baltasar era uno de los comerciantes más astutos de Roma; sin embargo, había cometido el error de menospreciar la vanidad humana, lo que no le sucedió a Miguel Ángel. Porque al mantener el secreto estaba disponiendo de un escudo perfecto ante los ataques del mundo. Y de esta manera, después de aguantarlos ronroneos de protesta del judío, terminó recibiendo los tres mil ducados, contantes y sonantes, justo precio al ingenio que le había ayudado a plantar los pies, de la forma más sólida, en la Roma pontificia que iba a gozar de su arte excepcional. Por algo el escultor florentino es considerado el mayor de los genios en la sublime habilidad de convertir el mármol en una obra divina.