Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 8 de julio de 2012

¡La verdadera historia de los tres cerditos! - Jon Scieszka

Mi profesora de historia solía decir que la "Historia" la escriben los que ganan, y que por eso siempre sólo conoceremos un lado de la moneda... 
Ni hablar de la manipulación de los hechos que suele hacer la prensa...
Tal parece haber sido el caso con el cuento "Los tres chanchitos" que nos contaron cuando eramos chicos...
A continuación, lo que realmente sucedió... según nos cuenta el lobo... y cómo fue que los periodistas lo convirtieron en El Lobo Feroz.
Pobre Sr. Lobo, al final ¡es un incomprendido! :D



 ¡LA VERDADERA HISTORIA DE LOS TRES CERDITOS!

Por S. Lobo

Seguro que todos
conocen el cuento de los tres
cerditos. O al menos creen que lo
conocen. Pero les voy a contar un
secreto. Nadie conoce la verdadera
 historia porque nadie ha escuchado
 mi versión del cuento.


Yo soy el lobo Silvestre B. Lobo.
Pueden llamarme Sil.
No sé como empezó todo este asunto del lobo feroz
pero es todo un invento.


A lo mejor, el problema es lo que comemos.
Y bueno, no es mi culpa que los lobos coman animalitos tiernos, tales
como conejitos, ovejas y cerdos. Así es como somos. Si las hamburguesas
con queso fueran tiernas, la gente pensaría que ustedes son
feroces también.


Pero como les decía,
todo este asunto del lobo feroz es un invento.
La verdadera historia es la de un 
estornudo y una taza de azúcar.


Hace mucho, en el tiempo de "Había
una vez", yo estaba preparando una
torta de cumpleaños para mi querida
abuelita.
Tenía un resfriado terrible.
Y me quedé sin azúcar.


De manera que caminé hasta la casa de mi vecino para pedirle una taza de azúcar. Pues bien resulta que este vecino era un cerdito. Y además, no era demasiado listo, que digamos. Había construido su casa toda de paja. ¿Se imaginan? ¿Quién con dos dedos de frente construiría una casa de paja?


Desde luego, tan pronto como toqué a la puerta, se derrumbó. Yo no
quería meterme en la casa de alguien así como así. Por eso llamé:
- Cerdito, cerdito, ¿estás en casa?
Nadie respondió. Estaba a punto de regresar a mi casa sin la taza
de azúcar para la torta de cumpleaños de mi querida abuelita.


Entonces me empezó a picar la nariz.
Sentí que iba a estornudar.
Soplé.
Y resoplé.


Y lancé un tremendo estornudo


¿Y saben lo que pasó? La dichosa casa de paja se vino abajo. Y allí, en
medio del montón de paja, estaba el primer cerdito, bien muertecito.
Había estado en la casa todo el tiempo.

Me pareció una lástima dejar una buena cena de jamón tirada sobre
la paja. Por eso me lo comí.
Piensen lo que harían ustedes si encontraran una hamburguesa
con queso.


Me sentí un poco mejor. Pero todavía me faltaba mi taza de azúcar.
De manera que me dirigí a la casa de mi siguiente vecino.
Este vecino era el hermano del primer cerdito.
Era un poco más inteligente, pero no mucho.
Había construido su casa con palos de madera.


Toqué el timbre en la casa de madera.
Nadie contestó.
Llamé: - Señor Cerdo, señor Cerdo, ¿está usted ahí?
Me contestó a los gritos: - Vete lobo. No puedes entrar. Me estoy
afeitando el hocico.


Apenas había puesto mi mano en el picaporte de la puerta cuando
sentí que venía otro estornudo.
Soplé. Y resoplé. Y traté de taparme la boca, pero lancé un tremendo
estornudo.


Y no lo van a creer, pero la casa de este individuo también se vino
abajo como la de su hermano.
Cuando el polvo se disipó, allí estaba el segundo cerdito - bien
muertecito. Palabra de lobo.

No necesito recordarles que la comida
se echa a perder si se la deja al aire libre
Por eso hice lo único que podía hacerse,
Cené otra vez.
¿Acaso ustedes no se hubieran comido una hamburguesa con queso?
Me empecé a sentir horriblemente lleno.
Pero estaba mejor del resfriado.
Y todavía no había conseguido esa taza de azúcar
para la torta de cumpleaños de mi
querida abuelita.
De manera que me dirigí a la siguiente casa
Resultó ser el hermano del primer y del segundo cerdito.
Debe haber sido el genio de la familia.
Había construido su casa con ladrillos.

Toqué en la casa de ladrillos. Nadie contestó.
Llamé: - Señor Cerdo, señor Cerdo, ¿está usted ahi?
¿Y saben lo que me contestó ese puerquito grosero?
- ¡Fuera de aquí, Lobo! ¡No molestes más!


¡Vaya falta de modales! Probablemente tenía un saco de azúcar lleno. Y ni siquiera quería darme una tacita para la torta de cumpleaños de mi querida abuelita. ¡Qué cerdo! Estaba a punto de regresar a casa y quizás hacer una tarjeta de cumpleaños en vez de una torta, cuando sentí nuevamente mi resfriado. Soplé. Y resoplé. Y estornudé una vez más. Entonces el tercer cerdito gritó: - ¡Y que tu querida abuelita se siente en un alfiler!

Normalmente soy un tipo muy tranquilo. Pero cuando alguien habla así de mi querida abuelita, pierdo un poquito la cabeza. Por supuesto, cuando llegó la policía, yo estaba tratando de tumbar la puerta del cerdito. Y en todo el tiempo seguí soplando y resoplando, estornudando, armando un verdadero escándalo.   
El resto, como dicen, es historia.

Los periodistas se enteraron de los dos cerditos que había cenado. Pensaron que la historia de un pobre enfermo que iba a pedir una taza de azúcar no era muy interesante. De manera que se les ocurrió todo eso de "soplidos y resoplidos y te tumbo tu casa". Y me convirtieron en el Lobo Feroz.
Y eso es todo. La verdadera historia.
Me hicieron trampa.

Pero tal vez tú puedas prestarme una taza de azúcar.

FIN


4 comentarios:

  1. Una historia muy buena, alguna prensa que manipula la realidad , jajajaja

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    1. Jajaja buenísima y fiel a la realidad del amarillismo

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    2. Ni hablar, sobre todo en estas épocas en las que el periodismo tiene tanto poder para manipular a su antojo la información que brinda

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