Blog de Literatura - Fomentando la Lectura
Mostrando entradas con la etiqueta Anonimo - Folclore argentino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anonimo - Folclore argentino. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de agosto de 2012

El viento, el tigre y el zorro

El cuento de hoy pertenece a "Cuentos del zorro" editado en 1986 por la secretaria de cultura dentro de la colección "Cuentos de mi país", y es uno de esos relatos del folclore argentino ampliamente difundidos gracias al "boca en boca".
Al zorro se lo conoce por su astucia, y nada ni nadie puede con él... menos si tiene hambre...



El viento, el tigre y el zorro

Dicen que esa vez los males vinieron con el viento, porque el viento se llevó las nubes, y el sol comenzó a calentar más y más. La tierra se fue secando y el hambre empezó a apretar como una cincha bien ajustada.

Y cuando el hambre aprieta, las cosas se complican para todos. Y cuando se complican para todos, también se complican para el zorro.

Por eso el zorro andaba dando vueltas y vueltas, buscando algo para comer. Entonces lo vio al tigre, que había matado un buey, y comía como para desquitarse de un mes de hambruna.

- Amigo tigre - dijo zalamero -, ¿no me convida un costillarcito?
- Lo haría encantado - dijo el tigre relamiéndose -, pero ése es mi desayuno.

Y de dos bocados se tragó el costillar entero.

- Amigo tigre, ¿por casualidad no le sobraría un muslito del buey?
- ¡Qué lástima! Ahora que desayuné, estoy almorzando justo eso.

Y de un solo bocado se comió el muslo con pata y todo.

- ¡Qué suerte que se comió ése - dijo el zorro -, porque yo le pedía el otro!
- Compadre zorro, usted sabe que yo no le negaría nada, pero ahora que terminé de almorzar, justo iba a comer esa pierna porque es la hora de la merienda.

Y en menos de un suspiro se devoró la otra pierna.

El zorro vio que la cosa no marchaba. Todavía quedaba un pedazo de buey, pero faltaba la cena del tigre. Si había alguna posibilidad, seguramente iba por otro lado.

Y más vale que no perdiera tiempo. Había que pensar rápido, antes de que el hambre lo dejara sin ideas.

En eso vio la vejiga tirada entre unos pastos, y con todo disimulo se alejó patéandola.

Tanto sol tenía que servir para algo. Tanto sol y tanto viejo. el zorro, escondido, comenzó su plan. infló la vejiga como una pelota y la colgó de una rama seca. Ahí le daba el sol y el viento, y en un rato estaría bien seca. Y también en un rato el tigre estaría bien dormido después tanto comer. Para un tigre no hay nada mejor que una buena siesta después de medio buey.

Apenas estaba el tigre en el tercer sueño cuando el zorro puso manos a la obra. Tocó la vejiga con la uña y vio que estaba a punto, reseca y vibrante como un tambor.

La descolgó de la rama y usando toda su habilidad se puso a juntar avispas, moscardones, tábanos y toda clase de bicho zumbador que se le cruzaba. 

Todos iban a parar adentro de la vejiga.

Cuando metió el bicho número 27, se dijo:

- Ésta es una buena cantidad. No pierdo más tiempo.

Ató la boca de la bolsa y con menos ruido que el vuelo de una mariposa, se acercó al tigre que dormía a pata suelta. Despacito hizo un doble nudo atando la vejiga a la cola del tigre. Y se alejó para esconderse tras un matorral.

Con un garrote empezó a golpear las ramas secas, que se quebraban reventando como tiros.

- ¡Qué vienen los cazadores! ¡Qué vienen los cazadores con cien perros! - gritó el zorro con voz de gran susto.

El tigre oyó los tiros, oyó los gritos, y no esperó para oír los ladridos, y sin terminar de despertarse comenzó a correr y correr.

Pero junto con el tigre, atada a la cola, corría la vejiga llena de moscardones, avispas y tábanos, que zumbaban enojadísimos mientras iban a los saltos de un lado para el otro. Y ya se sabe, no hay nada que les guste menos a los moscardones, avispas y tábanos que estar encerrados en una vejiga que va corriendo atada a la cola de un tigre.

Por eso zumbaban haciendo un ruido como de cien cazadores mientras la vejiga chocaba con las ramas y hacía un ruido como de otros cien cazadores disparando sus escopetas.

Y mientras el tigre más rápido corría, más cerca parecían estar los cazadores, siempre pisándole los talones.

Al final dijo: "Basta, me rindo", y se dejó caer vencido por el cansancio. Cerró los ojos, y esperó los tiros de los cazadores. Pero no pasó nada. Cuando tuvo fuerzas como para abrir los ojos, miró para un lado y para el otro. ¡No había nadie! ¡Ningún perro, ningún cazador!

El tigre no entendía nada. Hasta que miró atrás y vio la vejiga, ya rota y vacía, de donde escapaba el último moscardón, medio atontado todavía.

La rabia lo hizo olvidarse del cansancio y se levantó de un salto. De un zarpazo hizo volar los restos de la vejiga y rugiendo con la rabia más grande comenzó el regreso.

Al final llegó. Enojado, cansado, muerto de hambre - el enojo  y el cansancio despiertan el apetito de los tigres -, llegó hasta donde dejara los trozos de buey.

Pero ahí no quedaba ni el recuerdo. Sólo el mensaje del zorro escrito en la tierra.

"Gracias, amigo tigre - decía -, pasé por aquí y vi que usted me había dejado el resto del buey".

Esa noche el zorro tuvo tan buenos sueños que ni los rugidos de rabia del tigre los pudieron arruinar. Ya se sabe, un zorro con la panza llena siempre duerme contento, total, para preocuparse, siempre hay tiempo de sobra.




viernes, 6 de julio de 2012

La Primera Apuesta

"La primera apuesta" es uno de los tantos cuentos populares cordilleranos que enfrenta al Suri con el Sapo. Como todo cuento folklórico regional, fue transmitido de boca en boca por generaciones y existen varias versiones. Su lectura recuerda ciertas fábulas como las de Esopo - la apuesta, entre otras cosas, a mi me recordó "La liebre y la tortuga" - donde el uso de animales busca transmitir una moraleja o enseñanza.
La versión que publico a continuación, la encontré en "Cuentos del sapo", una recopilación realizada por Graciela Montes para la colección "Cuentos de mi país" editada por la Secretaria de Cultura de La Nación en 1986.


La Primera Apuesta

Del sapo se cuentan muchas cosas. Se dice que es un bocón, que como buen bocón es muy charlatán y que - aunque chiquito - no se deja atropellar por nadie. Se dice también que le encantan las apuestas, y que, además, suele ganarlas.

Y, entre las muchas cosas que se cuentan, también se cuenta ésta.

Parece ser que éste era un sapo catamarqueño, que vivía en algún huequito perdido entre los cerros y que todas las tardes, en cuanto el sol empezaba a ponerse, se iba a parar cerca del camino y ahí se quedaba, escondido entre los yuyos, quietito, quietito, esperando que pasara alguna mosca para atraparla al vuelo con la lengua.

Y parece ser que por ahí mismito fue a pasar Suri, el ñandú, a los trancos largos como es su costumbre, siempre apurado y siempre mirando a lo lejos desde lo alto de su cuello.

Y bueno, un ñandú que anda corriendo por el suelo de Catamarca no va a pararse a ver si pisa algún sapo, así que el sapo de pronto sintió la para del ñandú sobre su lomo y se dio cuenta de que, de buenas a primeras, había quedado bastante más chatito que antes.

- ¡Epa, amigo! ¿Por qué no mira dónde pisa? - gritó muy enojado.

El ñandú se paró en seco, miró hacia abajo, vio al sapo y largó una carcajada.

- Perdón, hermanito, pero usted no es de los que se ven a simple vista... ¡Mire que había sido petiso!
- Bueno - se defendió el sapo -, no es para tanto.
- Petiso lo que se dice petiso - siguió riéndose el ñandú -, más petiso no puede ser... ¡Qué petiso!

El sapo miraba de reojo y, poco a poco, empezaba a hincharse con la rabia. Y como petiso era, pero no sonso, en seguida pensó en el modo de desquitarse de Suri y de todas sus carcajadas.

- Seré petiso - dijo de pronto -, pero petiso y todo, veo más lejos que usted, no crea.
- ¿Qué ve más lejos que yo, hermanito? - repitió el ñandú -. ¡No me haga reír que se me despeinan las plumas! ¿Usted dice que ve más lejos que yo... que yo, nada menos, que tengo estas patas largas, tan espléndidas, y este cuello de maravillas? Pero, hermanito, usted no puede ver más lejos que yo... ¡Ni subido a una escalera!
- Usted dice que no y yo digo que sí... ¡Hagamos una apuesta!
- ¿Y qué quiere apostar?
- Le apuesto a que mañana a la mañana veo la luz del sol antes que usted... Y no va a ser difícil, como yo veo más lejos...
- Está bien, hermanito, aceptado. Mañana aquí mismo ¡y bien tempranito!

Al día siguiente llegaron los dos bien temprano. Era noche todavía; los cerros estaban negros, el cielo estaba sin luna y brillaban las estrellas en lo oscuro.

- Bueno, vamos a prepararnos - dijo el sapo.
- A prepararnos - dijo el ñandú.

El ñandú entonces se subió a una lomita, estiró el cogote y clavó los ojos en la llanura. Miraba hacia el este porque bien sabía que por ahí sale el sol.

El sapo mientras tanto se subió a una piedrita, se sentó cómodamente y miró al oeste, sin sacar los ojos de los picos de la cordillera.

"¡Pobre sapito, si será ignorante!", pensó el ñandú, "¡ni siquiera sabe por dónde se asoma el sol a la mañana!" Y, sin sacar los ojos del horizonte, con el cogote endurecido de tanto estirarlo, se rió para sus adentros.

Clareaba apenas cuando de pronto se oyó la voz del sapo:

- ¡El sol! ¡El sol! ¡Ya lo vi! ¡Lo vi primero!

El ñandú se dio vuelta de golpe y vio, allá en lo alto y a lo lejos, las cumbres de la Cordillera, brillantes de sol, rosadas y luminosas.

- ¡No puede ser! - murmuraba mientras se frotaba contra una mata de pasto el cuello dolorido - ¡No puede ser!
- Pero es - dijo el sapito mientras se alejaba a los saltos.

Y durante años y años, en ronda de sapos, siguió contando esta aventura.

- ¡Parece mentira! - decía - ¡Tantos años viviendo en Catamarca y no sabe que el sol, antes de amanecer, primero alumbra la Cordillera!.