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sábado, 19 de enero de 2013

El viento en los sauces - Cap XII - FIN - Kenneth Grahame

Viene de "El viento en los sauces - Cap XI - Kenneth Grahame"



CAPÍTULO XII

El regreso de Ulises


Cuando empezó a anochecer, la Rata los llamó con un aire de misterio y emoción, los colocó junto a sus respectivos montoncitos y empezó a vestirlos para su próxima expedición. Lo hacía con mucho cuidado y seriedad, y tardó bastante tiempo. Primero ató un cinturón alrededor de cada animal, y luego metió una espada en cada cinturón, y un machete al otro lado para equilibrarlo. Luego un par de pistolas, una porra de policía, varios pares de esposas, vendas y esparadrapo, un termo y una fiambrera con bocadillos. El Tejón se rió con ganas y dijo:

-¡Bueno, Ratita! A ti te divierte, y a mí no me importa. Pero yo sólo voy a necesitar este palo.

Pero la Rata contestó:

-¡Por favor, Tejón! ¡No me gustaría que me echaras la culpa por haberme olvidado de algo!

Cuando todo estuvo listo, el Tejón agarró un farolillo en una mano y en la otra su garrote y dijo:

-¡Y ahora, seguidme! Primero el Topo, porque estoy orgulloso de él. Luego la Rata, y el último el Sapo. ¡Y escúchame bien, Sapito! ¡No empieces a refunfuñar, porque si no te aseguro que te quedas en casa!

El Sapo tenía tanto miedo de que lo fueran a dejar atrás, que aceptó sin protestar su situación de desventaja, y los animalitos se pusieron de camino. El Tejón los guió por la orilla del río un buen rato, y de repente se metió por un agujero que había por encima del nivel del agua. El Topo y la Rata le siguieron en silencio, y se metieron en el agujero sin problemas, como había hecho el Tejón. Pero, cuando le tocó al Sapo, por supuesto consiguió resbalar y caerse al agua con una gran ¡Plas! y un grito de alarma. Sus amigos lo rescataron, lo limpiaron y secaron, y lo pusieron de nuevo de pie. Pero el Tejón estaba muy enfadado, y le advirtió que la próxima vez que hiciera el ridículo lo dejarían atrás.

¡Así que por fin habían llegado al túnel secreto, y la emocionante aventura había empezado! El túnel era húmedo, estrecho y frío, y el pobre Sapo empezó a tiritar, en parte por el miedo de lo que podían encontrar más adelante, y en parte porque estaba calado hasta los huesos. El farolillo se perdía en la distancia, y él se estaba quedando atrás en la oscuridad. Entonces oyó que la Rata le gritaba:

«¡Venga, Sapo!», y le entró el pánico de quedarse atrás, en la oscuridad, y «vino» con tanta prisa que empujó a la Rata contra el Topo, y al Topo contra el Tejón, y por un momento hubo una gran confusión. El Tejón creyó que los atacaban por detrás y, como no había sitio para levantar el palo, sacó una pistola y estuvo a punto de disparar contra el Sapo. Cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, se enfadó muchísimo y dijo:

-¡Esta vez el estúpido Sapo se queda atrás!

Pero el Sapo lloriqueó, y los otros dos prometieron hacerse cargo de su buena conducta, y al final el Tejón se calmó, y la procesión siguió avanzando; pero esta vez la Rata iba la última, y llevaba al Sapo agarrado por los hombros. Así que siguieron caminando a tientas, con las orejas erguidas y empuñando las pistolas, hasta que por fin el Tejón dijo:

-Ya debemos estar debajo de la Mansión.

De repente pudieron oír a lo lejos por encima de sus cabezas un murmullo confuso, como si mucha gente estuviera gritando y riéndose, y dando patadas en el suelo y puñetazos en las mesas. El terror volvió a dominar al Sapo, pero el Tejón comentó tranquilamente:

-¡Cómo se lo están pasando las Comadrejas!

El túnel empezó a ascender un poco; siguieron avanzando, y luego volvieron a oír aquel tumulto, esta vez muy cerca de ellos. Oyeron « ¡Hu-rra-hu-rra-hu-rra! » y luego patadas en el suelo y el tintineo de unas copas y puñetazos en las mesas.

-¡Qué bien se lo están pasando! -dijo el Tejón-. ¡Vamos!

Apresuraron el paso por el túnel y se detuvieron de repente, justo debajo de la trampilla que daba a la despensa. Había tanto barullo en el salón del banquete, que no corrían peligro de que les oyeran. El Tejón dijo:

-¡Venga, chicos, todos a una!

Y los cuatro levantaron con los hombros la puerta de la trampilla. Luego se izaron por ella y se encontraron en medio de la despensa, y sólo una puerta los separaba del salón del banquete, donde sus inconscientes enemigos se estaban embriagando.

Cuando salieron del túnel, el ruido era verdaderamente ensordecedor. Por fin las risas y los golpes se hicieron más tenues, y se oyó una voz que decía:

-No quiero ocuparos mucho tiempo... (muchos aplausos)... pero antes de volver a mi sitio... (más aplausos)... me gustaría decir algunas palabras sobre nuestro amable anfitrión, el señor Sapo. Todos conocemos al Sapo... (muchas risas)... ¡el bueno, modesto y honrado Sapo!... (más risas histéricas)...
-¡Espera a que lo agarre! -murmuró el Sapo, con un rechinar de dientes.
-¡Aguántate un minuto! -dijo el Tejón, reteniéndolo con gran dificultad-. ¿Estáis todos preparados?
-Dejadme que os cante una canción - continuó la voz- que he compuesto sobre el Sapo... (muchos aplausos)...

Entonces el Jefe de las Comadrejas (ya que era él) empezó a cantar con voz aguda:

El sapo se fue de juerga
muy contento calle abajo...

El Tejón se acercó a la puerta, empuñó con fuerza el enorme palo, miró a sus compañeros
y gritó:

-¡Ha llegado la hora! ¡Seguidme!

Y abrió la puerta de golpe.

¡Dios mío! ¡Cuántos chillidos y quejidos y chirridos llenaron el aire! Las Comadrejas horrorizadas se escabullían debajo de las mesas y desaparecían por las ventanas. Los Hurones intentaron escaparse por la chimenea y se quedaron atascados. Las mesas y las sillas se volcaron, se rompió la vajilla en
el momento de pánico, cuando los cuatro Héroes irrumpieron con violencia en el salón. El gran Tejón, con los bigotes erizados, sacudía su enorme palo. El negro Topo, blandiendo la porra, voceaba su grito de guerra: «¡Un Topo! ¡Un Topo!» La Rata, muy decidida, llevaba colgadas de su cinturón armas de todos los tipos; el Sapo, histérico y herido en lo más profundo de su amor propio, hinchado hasta el doble de su tamaño, pegaba brincos por el aire y chillaba a todo pulmón.

-¡Con que el Sapo se fue de juerga! - gritó-. ¡Ya les enseñaré yo lo que es bueno!

Y se fue derecho hasta el Jefe de las Comadrejas. No eran más que cuatro, pero a las Comadrejas aterradas les pareció que el salón estaba lleno de animales monstruosos, grises, negros, marrones y amarillos que chillaban y blandían enormes garrotes. Intentaron escaparse con gritos de terror y pánico, corriendo por todas partes, saltando por las ventanas o trepando por la chimenea, por cualquier sitio, con tal de ponerse a salvo de aquellas horribles estacas.

El asunto se acabó muy pronto. Los cuatro Amigos recorrieron el salón, dando estacazos a todas las cabezas que se atrevían a asomarse. Y en cinco minutos el salón quedó desierto. A través de las ventanas rotas podían percibir los agudos chillidos de las Comadrejas horrorizadas, que atravesaban los jardines. Una docena de enemigos yacían en el suelo, y el Topo estaba ocupado poniéndoles las esposas. El Tejón se apoyó en su estaca para descansar y se enjugó la frente.

-Topo -le dijo-, ¡eres un muchacho excelente! ¿Por qué no sales y echas un vistazo a tus queridos Armiños centinelas, a ver qué están haciendo? Me da la impresión de que, gracias a ti, no nos darán demasiados problemas.

El Topo desapareció por la ventana, y el Tejón pidió a los otros dos que recogieran una mesa, unos platos y cubiertos entre los destrozos, y que encontraran algunas cosillas para cenar.

-¡Yo tengo hambre! -dijo en aquel tono un tanto brusco, tan típico de él-. ¡Venga, espabílate, Sapo! ¡Te devolvemos la casa, y tú no nos ofreces ni un bocadillo!

El Sapo se sintió ofendido de que el Tejón no le dijera cosas agradables como había hecho con el Topo, por ejemplo, que era un chico excelente y que había luchado muy bien. Estaba muy orgulloso del modo en que había controlado al Jefe de las Comadrejas y lo había hecho salir volando por encima de la mesa de un estacazo. Pero la Rata y él se pusieron a rebuscar, y muy pronto encontraron una fuente de gelatina de guayaba, un pollo en fiambre, una lengua casi sin empezar, un pastel de frutas, y una buena cantidad de ensalada de langosta. Y en la despensa encontraron un cesto lleno de panecillos y una buena cantidad de queso, mantequilla y apio. No habían hecho más que sentarse a la mesa cuando entró el Topo por una ventana, con los brazos cargados de escopetas.

-¡Se acabó! -les dijo-. En cuanto los Armiños, que ya estaban muy nerviosos, oyeron los gritos y quejidos y el barullo en el salón, muchos soltaron las escopetas y salieron corriendo. Los otros aguantaron un poco más en sus puestos, pero, cuando las Comadrejas se les echaron encima, ellos se creyeron traicionados y atacaron a las Comadrejas, y ellas lucharon para escaparse, y se estuvieron peleando los unos con los otros, ¡y muchos de ellos rodaron hasta el río! Ahora todos se han esfumado, y me he hecho con sus rifles. ¡Así que todo está resuelto!
-¡Qué animal más bueno y valiente! –dijo el Tejón con la boca llena de pollo y pastel de frutas-. Sólo quiero que hagas una cosa más, Topito, antes de sentarte a cenar con nosotros. No te lo pediría a ti si no fuera porque me fío de ti, y me gustaría poder decir lo mismo de todos los que conozco. Se lo hubiera pedido a la Rata, si no fuera poeta. Quiero que lleves a todos esos que están en el suelo al piso de arriba, y que arreglen algunas habitaciones y las pongan muy cómodas. Asegúrate de que barran también debajo de las camas y que pongan sábanas limpias, y que doblen una esquina de las mantas, como tú ya sabes que se debe hacer. Y que pongan una jarra de agua caliente, toallas limpias y jabón en cada habitación. Y después, si te apetece, les puedes dar una paliza y echarlos por la puerta trasera, y estoy seguro de que no los volveremos a ver. Y luego ven a cenar un poco de esta lengua en fiambre. ¡Es de primera clase! ¡Estoy orgulloso de ti, Topo!

El buenazo del Topo recogió una estaca, colocó a sus prisioneros en fila, les dio la orden de marcha y llevó a la patrulla al piso de arriba. Al cabo de un rato volvió a aparecer, sonriente, y dijo que todas las habitaciones estaban listas y arregladas.

-Y no necesité darles una paliza -añadió-. Me pareció que ya habían recibido bastantes palizas esta noche, y ellas estaban de acuerdo cuando les expliqué mi opinión, y me prometieron ser obedientes. Estaban muy arrepentidos, y dijeron que sentían muchísimo todo lo que habían hecho, pero que todo era culpa del Jefe de las Comadrejas y de los Armiños, y que si alguna vez podían hacernos un favor para compensar lo que habían hecho, que no dudásemos en pedírselo. Así que les di un panecillo a cada una, y las dejé marcharse por la puerta trasera. ¡Y se fueron corriendo a toda velocidad!

Entonces el Topo acercó la silla a la mesa, y atacó con ganas la lengua en fiambre. Y el Sapo, que era todo un caballero, se olvidó de todos sus celos y dijo de todo corazón:

-¡Muchísimas gracias, querido Topo, por todo lo que has hecho esta noche, y sobre todo por tu inteligencia esta mañana!

Al Tejón le agradó aquello, y dijo:

-¡Así se habla, querido Sapo!

Terminaron de cenar muy contentos y luego se retiraron a descansar entre sábanas limpias, sanos y salvos, en la antigua Mansión del Sapo, que habían recuperado gracias a su incomparable valor, estrategia y óptimo uso de las estacas.

A la mañana siguiente, el Sapo, que como de costumbre no se despertó hasta muy tarde, bajó a desayunar y encontró en la mesa una buena cantidad de cáscaras de huevo y unas tostadas frías y duras, la cafetera vacía y muy poco más; lo cual no le agradó, pues al fin y al cabo era su casa. A través de los ventanales del salón-comedor podía ver al Topo y a la Rata de Agua sentados en unos sillones de mimbre en el jardín, contándose historias y riéndose a carcajadas. El Tejón, que estaba sentado en un sofá, absorto en el periódico de la mañana, levantó la vista e hizo una señal con la cabeza cuando entró el Sapo. Pero el Sapo conocía bien a su amigo, así que se sentó y disfrutó como pudo del desayuno, y pensó que pronto o tarde haría cuentas con los otros.

Cuando casi hubo acabado, el Tejón levantó la vista y dijo:

-Lo siento, Sapo, pero me temo que vas a tener mucho trabajo esta mañana. Verás, creo que tendríamos que organizar un banquete enseguida, para celebrar esta victoria. Todos lo están esperando... y de hecho, es la regla.
-¡Bueno! -dijo el Sapo sin dudarlo-. Haría cualquier cosa por contentar a la gente. Aunque no entiendo por qué quieres dar un banquete por la mañana. Pero ya sabes que yo no vivo para mí mismo, sino para adivinar lo que quieren mis amigos, y luego hacerlo, mi querido Tejón.
-No te hagas el estúpido -contestó el Tejón enfadado-, y no te rías ni balbucees mientras estás bebiendo el café. Es de mala educación. Lo que quiero decir es que el banquete se dará esta noche, pero hay que escribir y enviar las invitaciones inmediatamente, y tú tienes que escribirlas. Así que siéntate en aquella mesa. Encontrarás encima de ella un montón de papel de escribir con «Mansión del Sapo» grabado en letras doradas y azules. Escribe a todos nuestros amigos y, si no pierdes el tiempo, podemos enviarlas antes de comer. Y yo te echaré una mano y haré mi parte de trabajo. Yo organizaré el banquete.
-¡Qué! -gritó el Sapo consternado-. Yo me tengo que quedar en casa y escribir todas esas cartas en una bonita mañana como ésta, cuando quiero salir a pasear por mi propiedad, y organizarlo todo de nuevo, y divertirme un poco. ¡De eso nada! Yo me encargo... ¡Bueno! ¡Por supuesto, mi querido Tejón! ¿Qué significa mi placer comparado con el de los demás? ¡Tú lo deseas así, y así será! De acuerdo, Tejón, vete a encargar el banquete, y pide lo que quieras. Y luego, únete a nuestros jóvenes amigos ahí fuera y diviértete con ellos, sin pensar en mí ni en mis deberes y preocupaciones. ¡Sacrifico esta hermosa mañana en aras del deber y de la amistad!

El Tejón lo miró con desconfianza, pero la actitud sincera y abierta del Sapo no le permitía sospechar ningún motivo deshonesto en su repentino cambio de opinión. El Tejón salió del salón y se dirigió a la cocina, y en cuanto la puerta se cerró a sus espaldas el Sapo se sentó en el escritorio. Se le había ocurrido una idea brillante mientras hablaba. Él escribiría las invitaciones. Y de paso mencionaría el importante papel que había tenido en el ataque, y cómo había derrotado al jefe de las Comadrejas. Y aludiría a algunas de sus aventuras, y a la triunfal carrera que tenía por delante. Y en la invitación sugeriría un tipo de programa para la tarde, que había planeado en su mente del modo siguiente:

DISCURSO………………………………………………………………DEL SAPO
(Habrá otros discursos del Sapo durante la tarde)

PRESENTACIÓN……………………………………………………………DEL SAPO
SINOPSIS: Nuestro sistema penitenciario – Los canales de la Viena Inglaterra – El mercado de caballos y de cómo venderlos – La propiedad sus derechos y deberes – De vuelta a casa - Un típico caballero inglés.

CANCIÓN………………………………………………………………….DEL SAPO
(Compuesta por él mismo)
OTRAS COMPOSICIONES………………………………………………… DEL SAPO 
serán interpretadas en la fiesta por el……………………………………..COMPOSITOR

Estaba muy orgulloso de aquella idea, y trabajó duro, y acabó todas las cartas a mediodía, y entonces le informaron de que había una pequeña Comadreja que preguntaba tímidamente si podía hacer algo para los señores. El Sapo salió del salón y se encontró con uno de los prisioneros de la tarde anterior, muy respetuoso y deseoso de complacerle. El Sapo le dio unas palmaditas en la cabeza, le puso el paquete de invitaciones entre las manos y le pidió que las repartiera lo más rápido posible y le dijo que, si tenía ganas de volver por la tarde, quizás hubiera un chelín para ella, aunque quizá no lo hubiera. Y la pobre Comadreja, que parecía muy agradecida, salió a toda prisa a cumplir su misión.

Cuando los otros animales regresaron a comer, muy alegres y animados tras una mañana en el río, el Topo, que no tenía la conciencia tranquila, miró con desconfianza al Sapo, esperando encontrarlo de mal humor o deprimido. Sin embargo, estaba tan animado y orgulloso que el Topo empezó a sospechar algo. Y la Rata y el Tejón se miraron. En cuanto acabaron de comer, el Sapo se metió las manos en los bolsillos y comentó sin darle la mayor importancia:

-¡Bueno, muchachos, divertíos! ¡Y encargad todo lo que se os antoje!

Y se dirigió orgullosamente al jardín, donde pretendía desarrollar algunas ideas para sus discursos, cuando la Rata lo agarró por el brazo. El Sapo sospechaba lo que ella quería, e intentó escaparse. Pero cuando el Tejón lo agarró con fuerza por el otro brazo, el Sapo se dio cuenta de que el juego se había acabado. Los dos animales se lo llevaron hasta el salón, cerraron la puerta tras ellos, y lo sentaron en una silla. Luego los dos se le plantaron delante, mientras el Sapo los miraba en silencio, con desconfianza y mal humor.

-Escucha, Sapo -dijo la Rata-. A propósito del banquete, siento mucho tenerte que hablar así. Pero queremos que comprendas de una vez que no habrá ni discursos ni canciones. Procura comprender que esta vez no estamos discutiendo contigo; te lo estamos advirtiendo.

El Sapo se dio cuenta de que no tenía escapatoria. Ellos le conocían, habían adivinado sus intenciones, y lo habían pillado. Su dulce sueño se había esfumado.

-¿No puedo cantar ni siquiera una cancioncita? -les rogó.
-No, ni una sola -contestó la Rata con firmeza, aunque se le partió el corazón al ver temblar los labios del pobre Sapo-. No insistas, Sapito. Demasiado bien sabes que tus canciones son vanidosas y fanfarronas, y tus discursos son alabanzas propias, y demasiado exagerados... y... y...
-Y chácharas -añadió el Tejón, con tono algo brusco.
-Lo hacemos por tu bien, Sapito - continuó la Rata-. Ya sabes que pronto o tarde tendrás que empezar de nuevo, y éste parece el momento perfecto. Será un punto decisivo en tu carrera. Por favor, créeme que esto me duele más a mí que a ti. El Sapo se quedó pensativo un buen momento. Por fin alzó la vista, y su rostro mostraba huellas de una fuerte emoción.
-Habéis ganado, amigos -dijo con la voz quebrada-. Era muy poco lo que os pedía, sólo el poder florecer una última vez, dejarme llevar por todo y oír el tumultuoso aplauso que, a mi parecer, me hace estar en mi mejor momento. Sin embargo, tenéis razón, ya lo sé, y yo me equivoco. De ahora en adelante seré un Sapo diferente. Amigos míos, nunca más tendréis que sentiros avergonzados de mí. Pero, ¡Dios mío, qué dura es la vida!

Y con un pañuelo en los ojos salió de la habitación arrastrando los pies.

-Tejón -dijo la Rata-, me siento como una bestia. ¿Y tú?
-¡Oh! Ya lo sé, ya lo sé -dijo tristemente el Tejón-. Pero teníamos que hacerlo. Este muchacho tiene que vivir aquí, y tiene que merecerse el respeto de los demás. ¿Te gustaría que fuera el hazmerreír de la gente, y que las Comadrejas y los Armiños se burlaran de él?
-Claro que no-contestó la Rata-. Y hablando de Comadrejas, menos mal que nos encontramos a aquella Comadrejita que llevaba las invitaciones del Sapo. Me sospechaba algo, y eché un vistazo a un par de ellas. Eran una vergüenza. Las confisqué todas, y el bueno del Topo está sentado en el
Boudoir azul, escribiendo unas sencillas invitaciones.

Por fin se acercaba la hora del banquete, y el Sapo, que se había retirado a su dormitorio, estaba sentado muy pensativo y melancólico. Con la cabeza apoyada en la mano estuvo meditando un buen rato. Poco a poco se fue animando, y empezó a sonreír. Luego se echó a reír de un modo un tanto tímido. Por fin se levantó, cerró la puerta con llave, corrió las cortinas, puso todas las sillas de su habitación en semicírculo y se colocó ante ellas hinchado de orgullo. Luego hizo una reverencia, tosió un poquito y, dejándose llevar, se puso a cantar a voz en cuello ante los cautivados espectadores que su mente había imaginado:

ULTIMA CANCIONCITA DEL SAPO

¡El señor Sapo volvió!
Hubo en el portal chillidos, pánico en los
aposentos,
hubo llanto en el establo y en el pesebre
lamentos,

¡cuando el Sapo regresó!
¡Cuando el Sapo regresó!

Con estrépito chocaron las ventanas y las
puertas,
caían las comadrejas huyendo ya medio
muertas,

¡cuando el Sapo regresó!
¡Bang, el tambor redobló!

Los soldados saludaron, resonaron los
trombones,
todos los coches pitaron, dispararon los
cañones,

¡cuando el Héroe regresó!
¡Gritad hurras en respuesta!

Que griten todos muy fuerte, que armen
gran algarabía
a mayor honra del Sapo, nuestro orgullo
y alegría,
puesto que hoy es su gran fiesta!

La cantó muy alto, y con mucha entonación en la voz. Y cuando hubo acabado, volvió a empezar.


Luego suspiró; fue un suspiro muy hondo. Luego mojó el peine en la jarra del agua, se hizo la raya en medio y se peinó con mucho cuidado y por fin abrió la puerta y bajó a saludar a sus invitados, que se estaban reuniendo en el salón.

Los animales lo saludaron cuando apareció, y se le acercaron a darle la enhorabuena y a alabar su valor, su inteligencia, y sus cualidades de luchador. Pero el Sapo sonrió tímidamente y murmuró: «¡De eso nada!» o «¡Al contrario!».

La Nutria, que estaba delante de la chimenea describiendo a un grupo de amigos lo que ella hubiera hecho si hubiera estado allí, se acercó al Sapo con un grito de alegría, lo abrazó e intentó que diera una vuelta alrededor del salón en una marcha triunfal. Pero el Sapo, muy educado, no hacía más que decir: «El Tejón fue el genio; el Topo y la Rata sostuvieron la lucha. Yo casi no hice nada». Los invitados se quedaron asombrados ante tan extraña actitud. Y el Sapo sentía, mientras iba de invitado en invitado, contestando con mucha modestia, que todos estaban muy interesados en él.

El Tejón había encargado lo mejor de todo, y el banquete fue un gran éxito. Los animales estuvieron charlando y riéndose, pero, durante toda la cena, el Sapo, que era el anfitrión, se limitó a contestar con humildad a los animales que tenía a su lado. De vez en cuando miraba al Tejón y a la Rata, y ellos se miraban boquiabiertos. Y esto le produjo una gran satisfacción. Algunos de los animalitos más jóvenes y animados empezaron a comentar, mientras avanzaba la tarde, que las cosas no eran tan divertidas como en los buenos y viejos tiempos. Y algunos gritaron:

«¡Sapo! ¡Un discurso! ¡Un discurso del Sapo! ¡Una canción! ¡La canción del señor Sapo!» Pero el Sapo sólo movió la cabeza, levantó una mano para protestar, y, charlando humildemente con sus invitados y preguntando por los miembros de la familia que eran aún demasiado jóvenes para aparecer en sociedad, consiguió hacerles comprender que la cena era estrictamente convencional. ¡Desde luego, era un Sapo muy distinto!



***

Después de este punto culminante, los cuatro animalitos siguieron viviendo sus vidas, que la guerra civil había alterado con gran alegría, y sin más problemas ni invasiones. El Sapo, tras haber consultado con sus amigos, eligió una preciosa cadena de oro con un broche de perlas, que envió a la hija del carcelero, con una carta que incluso el Tejón juzgó modesta, agradecida y amistosa; y el maquinista, por su parte, recibió una recompensa por su ayuda. El Tejón también obligó a enviar a la mujer de la gabarra el dinero por su caballo. Aunque el Sapo protestó mucho y dijo que él era un instrumento del Destino enviado para castigar a mujeres gordas que no sabían reconocer a un verdadero caballero. La cantidad de dinero no fue excesiva, pues resultó que el gitano había ofrecido una suma correcta.

De vez en cuando, en las tardes de verano, los cuatro amigos salían a pasear por el Bosque Salvaje, ahora bastante amaestrado. Daba gusto ver con cuánto respeto los recibían los habitantes, y cómo las madres Comadrejas sacaban a sus hijitos por las bocas de las madrigueras y les decían, señalando a los cuatro amigos:

-¡Mira, chiquito, por allí va el señor Sapo! ¡Y aquélla es la galante señora Rata, que camina junto a él! ¡Y detrás va el señor Topo, del que tanto habéis oído hablar a vuestro padre!

Pero cuando los niños eran malos y no había modo de controlarlos, los hacían callar diciendo que, si no se calmaban, el horrible Tejón gris vendría y se los llevaría. Esta era una injusta difamación, ya que al Tejón, al que le importaba poco la Sociedad, le gustaban sin embargo mucho los niños. Pero desde luego la amenaza daba buen resultado.

Fin

 

viernes, 18 de enero de 2013

El viento en los sauces - Cap XI - Kenneth Grahame

Viene de "El viento en los sauces - Cap X - Kenneth Grahame"



CAPÍTULO XI

Las lágrimas llegaron cual tormenta de verano



La Rata sacó su manita, agarró al Sapo por el pellejo de la nuca y tiró con todas sus fuerzas. Y el Sapo empapado se izó lentamente dentro del agujero, hasta que por fin se encontró sano y salvo en medio del vestíbulo, cubierto de barro y algas, y chorreando agua, pero contento y animado como siempre, ahora que se encontraba en casa amiga y se habían acabado las persecuciones, y se podía quitar el disfraz, tan impropio de un caballero.

-¡Oh, Ratita! -exclamó-. ¡He tenido tantas aventuras desde la última vez que te vi, no te lo puedes imaginar! ¡Juicios, sufrimientos, todo vivido con tanta nobleza! ¡Y luego las fugas, los disfraces, las evasiones, planeadas y llevadas a cabo con tanta maestría! ¡Me metieron en la cárcel, pero por supuesto me escapé! ¡Me tiraron a un canal, y nadé hasta la orilla! ¡Robé un caballo y lo vendí por un buen puñado de monedas! ¡Engañé a todo el mundo, para que hicieran todo lo que yo quería! ¡Ay, qué Sapo más listo soy! ¡Y no te puedes imaginar mi última aventura! Ya verás...
-Sapo -dijo la Rata de Agua muy seria-, sube ahora mismo a mi habitación, y quítate esos andrajos, que pareces una lavandera, y lávate bien, y ponte algo mío. ¡A ver si es posible que parezcas un caballero! ¡Nunca vi nada tan zarrapastroso, sucio y vergonzoso en toda mi vida! ¡Deja ya de fanfarronear y protestar, y haz lo que te he dicho! ¡Luego tengo que hablarte!

El Sapo sintió ganas de contestarle un par de cosillas. Estaba harto de que le dieran órdenes cuando estaba en la cárcel, y parecía que ahora todo volvía a empezar. ¡Y encima, por parte de una Rata! Sin embargo vio su reflejo en el espejo, con aquel sombrero negro inclinado sobre un ojo, y cambió de opinión. Subió a toda prisa y muy avergonzado al vestidor de la Rata. Luego se lavó y se frotó, se cambió de ropa y se quedó durante un buen rato contemplándose con orgullo y placer en el espejo, y pensando lo idiotas que tenían que haber sido todos los que le tomaron por una lavandera.

Cuando por fin bajó al salón, la comida estaba preparada encima de la mesa, lo cual agradó al Sapo, ya que había tenido un montón de aventuras agotadoras y había hecho demasiado ejercicio desde que el gitano le había ofrecido aquel suculento desayuno. Mientras comían, el Sapo contó a la Rata todas sus aventuras, poniendo de relieve su inteligencia, maestría y serenidad en momentos difíciles o de peligro, y haciendo entender que se lo había estado pasando estupendamente. Pero cuanto más hablaba y se ufanaba, más seria y silenciosa se ponía la Rata. Cuando por fin el Sapo agotó la conversación, se quedaron en silencio durante un buen rato. Al cabo de un tiempo la Rata dijo:

-Mira, Sapito, no quiero hacerte sufrir después de todo lo que te ha sucedido, pero, de verdad, ¿no te das cuenta de que has estado haciendo el ridículo? Según me dices, te han metido en la cárcel, has pasado hambre, te han perseguido, aterrorizado, insultado, se han burlado de ti, te han tirado al agua... ¿Y lo encuentras divertido? ¿Dónde ves la gracia? Y todo porque se te ocurrió robar un coche. Sabes muy bien que, desde la primera vez que viste un automóvil, sólo te ha traído desgracias. Pero si de verdad tienes que liarte con ellos, como siempre te ocurre, ¿por qué tienes que robarlos? Sé un inválido, si crees que es divertido. O arruínate, para variar, si es que de verdad te interesa. ¿Pero por qué tienes que ser un presidiario? ¿Cuándo vas a ser razonable, y pensar en tus amigos, y tener consideración con ellos? ¿Es que crees que a mí me gusta por ejemplo oír decir a otros animales, cuando paso cerca de ellos, que yo soy amiga de presidiarios?

En el fondo el Sapo tenía buen corazón, y no le importaba que sus amigos le criticaran. Y aun cuando más decidido estaba a hacer algo, siempre podía ver el punto de vista contrario. Así que, aunque la Rata hablaba muy en serio, él no cesaba de susurrar: «¡Pero si era muy divertido! ¡Divertidísimo!», y de hacer extraños ruidos como k-i-k-k-k y pop-pop y otros que recordaban resoplidos sofocados, o el abrir una botella de agua con gas. Pero, cuando la Rata hubo acabado, el Sapo suspiró profundamente y dijo con mucha humildad:

-¡Tienes razón, Ratita! ¡Qué razonable eres siempre! Sí, he sido un estúpido vanidoso y me doy cuenta de ello. Pero desde ahora voy a ser un Sapo bueno, y nunca más volveré a hacerlo. En cuanto a los coches, ya no me interesan tanto desde el chapuzón que me di en tu río. De hecho, cuando estaba colgado del borde de tu agujero recobrando el aliento, se me ocurrió una idea, una idea excelente, a propósito de barcos de motor... ¡Bueno, bueno, cálmate, muchacha, cálmate, sólo era una idea, y ahora no vamos a ponernos a hablar de ella! Vamos a tomar el café, y a fumar un cigarrillo, y a charlar un poco, y luego me iré tranquilamente a la Mansión, y me pondré mi ropa, y volveré a mi vida anterior. ¡Estoy harto de aventuras! Me voy a dedicar a una vida tranquila y respetable, mejorando la Mansión, y también de vez en cuando ocupándome de los jardines. Siempre habrá algo de comer para mis amigos cuando vengan a visitarme. Y me voy a comprar un carrito de caballos para pasear por el campo, como solía hacer antes de que me entraran ganas de hacer cosas.
-¿Irte tranquilamente a la Mansión? - gritó la Rata muy excitada-. ¿Pero qué dices? ¿Es que no te has enterado?
-¿Enterado de qué? -dijo el Sapo, poniéndose muy pálido-. ¡Dímelo, Ratita! ¡Venga! ¡Cuéntamelo todo! ¿De qué no me he enterado?
-¿Quieres decir-le contestó la Rata golpeando la mesa con el puño- que no te has enterado de lo que han hecho los Armiños y las Comadrejas?
-¿Qué? ¿Los Habitantes del Bosque Salvaje? -gritó el Sapo tembloroso-. ¡No, ni una palabra! ¿Qué es lo que han hecho?
-¿... Y de cómo han tomado posesión de la Mansión del Sapo? -añadió la Rata.

El Sapo apoyó los codos en la mesa, y la barbilla en las manos; y dos lagrimotas le llenaron los ojos, y se escurrieron hasta la mesa, ¡plop! ¡plop!

-Sigue, Ratita -susurró-, cuéntamelo todo. Ya pasó lo peor. Vuelvo a ser un animal. Podré soportarlo.
-Cuando te... metiste... en todos aquellos... líos -dijo la Rata lentamente-, o sea, cuando... desapareciste de la sociedad durante algún tiempo a causa de un malentendido... sobre una...  máquina, ya sabes...

El Sapo asintió con la cabeza.

-Pues por aquí se habló mucho del tema, por supuesto -continuó la Rata-, no sólo en la Orilla del Río, sino también en el Bosque Salvaje. Los animales tomaban partido, como suele suceder. Los de la Orilla del Río te defendían, y decían que te habían tratado muy mal, y que hoy ya no hay justicia. Pero los animales del Bosque Salvaje hacían comentarios desagradables, y decían que te lo merecías, y que ya iba siendo hora de que todo acabara. ¡Y se volvieron muy confiados, y decían que por fin habían acabado contigo! ¡Que ya nunca más volverías, nunca más!

El Sapo asintió de nuevo, siempre en silencio. Y la Rata continuó:

-¡Así son esos bichos! Pero el Topo y el Tejón te defendían a pesar de todo, y decían que volverías muy pronto, de una u otra manera. ¡No sabían cómo, pero volverías!

El Sapo empezó a erguirse y a sonreír.

-Tenían buenos argumentos-continuó la Rata-. Dijeron que ninguna ley criminal había podido prevalecer contra un descaro y unas artimañas como las tuyas, amén del poder de un bolsillo bien lleno. Así que decidieron instalarse en la Mansión, y mantenerla bien aireada, y tenerlo todo preparado para tu regreso. Por supuesto, no sospechaban lo que iba a suceder, aunque no se fiaban mucho de los animales del Bosque Salvaje. Ahora te tengo que contar lo más doloroso y trágico de todo. Una noche oscura, muy oscura y con vientos muy fuertes, cuando llovía a cántaros, una banda de Comadrejas bien armadas se deslizaron por el camino hasta la puerta principal. Mientras tanto un grupo de Hurones se acercaron por el huerto y se apoderaron del patio trasero, de la cocina y de los cuartos de servicio. Y una banda de guerrilleros Armiños, que no se detenían ante nada, ocuparon el invernadero y el salón del billar, y se apostaron junto a las puertas de cristales que dan al jardín. El Topo y el Tejón estaban sentados frente a la chimenea en el salón, charlando y sin sospechar nada, ya que la noche no era de lo más propicia para que los animales estuvieran fuera, cuando de repente los malvados y sanguinarios bichos forzaron las puertas y los atacaron por todas partes. Ellos se defendieron como pudieron, pero no sirvió de nada. No tenían armas, y los habían tomado por sorpresa y, además, ¿qué pueden hacer dos animales contra cientos de ellos? ¡Aquellos bichejos los atacaron con palos y los echaron fuera, con aquel frío y aquella lluvia, tras haberlos insultado como no se lo merecían!

Entonces el insensible Sapo se rió con desprecio, y luego intentó recobrar la calma y poner cara de circunstancias.

-Y los animales del Bosque Salvaje han estado viviendo desde entonces en la Mansión del Sapo -añadió la Rata-. ¡Y menuda vida se dan! Se pasan medio día en la cama, y desayunan a cualquier hora, y (según me cuentan) la casa está hecha un revoltijo. Se hartan de comer y beber de lo tuyo, se burlan de ti, y cantan canciones vulgares sobre..., bueno, sobre cárceles, y jueces, y policías. Unas canciones horribles y nada graciosas. Y cuentan a todo el mundo que se van a quedar allí para siempre.
-¡No me digas! -dijo el Sapo, levantándose de golpe y agarrando un palo-. ¡Ya veremos si es verdad!
-¡No te molestes, Sapo! -gritó la Rata-. ¡Cálmate y siéntate! Te meterás en más líos.

Pero el Sapo se marchó, y no hubo manera de retenerlo. Caminaba a toda prisa con el palo sobre el hombro, muy enfadado y refunfuñando, hasta que llegó a la puerta principal, y entonces apareció detrás de la verja un Hurón largo y amarillo con un fusil.

-¿Quién va? -dijo bruscamente el Hurón.
-¡Qué absurdo! -contestó el Sapo muy enfadado-. ¿Quién te crees que eres para hablarme así? Ven aquí ahora mismo, o...

El Hurón ni contestó, y apoyó el fusil en el hombro. El Sapo se tiró al suelo por prudencia, y, ¡bang!, una bala silbó por encima de su cabeza. El asombrado Sapo se levantó de un brinco y salió corriendo a toda velocidad carretera abajo. Y mientras corría, oía la risa del Hurón, y muchas otras risitas que la acompañaban. Regresó a casa muy desanimado, y contó a la Rata lo sucedido.

-¿Qué te dije? -contestó la Rata-. No vale la pena. Tienen centinelas, y todos van armados. Tendrás que esperar. Pero el Sapo no se dio por vencido. Así que sacó la barca, y fue remando corriente arriba hasta donde el jardín delantero de la Mansión del Sapo llegaba hasta la orilla.

Cuando estuvo cerca de su antigua casa, dejó de remar y observó con cuidado el lugar. Todo parecía desierto y tranquilo. Podía ver toda la fachada de la Mansión, iluminada por el sol de la tarde. Las palomas, en parejas o tríos, se alineaban en el borde del tejado; el jardín era un incendio de flores; y el remanso que conducía al cobertizo, y en el puentecito de madera para cruzarlo todo estaba tranquilo, como esperando su regreso. Primero intentaría meterse en el cobertizo. Con mucho cuidado remó hasta la entrada del remanso, y justo cuando pasaba por debajo del puentecito... ¡plaf! Una enorme piedra cayó del puente y atravesó el fondo de la barca. Esta se llenó de agua y se hundió, y el Sapo se encontró chapoteando en agua profunda. Miró hacia arriba y vio a dos Armiños asomados a la barandilla del puente que lo miraban con alegría.

-¡La próxima vez te caerá en la cabeza, Sapito! -le gritaron.

El Sapo, muy indignado, nadó hasta la orilla, mientras los Armiños seguían riéndose, animándose el uno al otro, y siguieron riéndose, hasta que casi tuvieron dos ataques, o sea, un ataque cada uno, por supuesto.

El Sapo regresó a casa a pie, y contó sus frustrantes experiencias a la Rata de Agua.

-¿Ves? ¿Qué te dije? -contestó la Rata muy enfadada-. ¡Y ahora, ves lo que has hecho! ¡Me has perdido la barca que tanto me gustaba, eso es lo que has hecho! ¡Y has echado a perder el traje tan bonito que te presté! ¡Desde luego, Sapo, no me explico cómo sigues teniendo amigos!

El Sapo se dio cuenta de lo mal que se había portado. Reconoció sus errores y su locura, y pidió perdón a la Rata por haber perdido su barca y estropeado su ropa. Y acabó diciendo con aquella sincera sumisión que siempre desarmaba a sus amigos y conseguía su perdón:

-Ratita, reconozco que he sido un Sapo terco y cabezota. Pero, créeme, de ahora en adelante seré modesto y sumiso, y no haré nada sin tu buen consejo y aprobación.
-Si es verdad -contestó la Rata, que tenía buen corazón y que ya se había calmado-, entonces te aconsejo que, como ya es muy tarde, te sientes a la mesa, y la cena estará lista en unos minutos. Y ten paciencia, porque estoy convencida de que no podemos hacer nada hasta que no hayamos hablado con el Topo y el Tejón, y conozcamos las últimas noticias, y escuchemos su consejo en esta situación tan difícil.
-¡Ah! Sí, por supuesto, el Topo y el Tejón- dijo el Sapo despreocupado-. ¿Qué fue de ellos? ¡Ya casi los había olvidado!
-¡Menos mal que preguntas! -contestó la Rata con reproche-. Mientras tú te paseabas por el país en automóviles carísimos, y montando en pura-sangres, y desayunando lo más rico de este mundo, los dos pobres y fieles animales han estado acampando bajo las estrellas, a pesar del mal tiempo, pasándolo mal de día y durmiendo en el suelo por las noches. Y todo para poder vigilar tu casa, y no perder de vista a los Armiños y Comadrejas, y poder planear la mejor manera de devolverte tu propiedad. No te mereces unos amigos tan buenos y fieles, Sapo, de verdad te lo digo. ¡Algún día, cuando sea demasiado tarde, te arrepentirás de no haberlos apreciado cuando los tenías!
-Soy un bicho desagradecido, ya lo sé –lloriqueó el Sapo, y le cayeron lágrimas amargas-. Ahora mismo voy a buscarlos en medio de la noche fría y oscura, y a compartir sus sufrimientos, y probaros que..., ¡pero espera! ¡Oigo el tintineo de unos platos en una bandeja! ¡Hurra, la cena está lista! ¡Venga, Ratita!

La Rata se acordó de que el pobre Sapo había pasado una buena temporada en la cárcel, y de que había que ser indulgente con él. Le siguió pues hasta la mesa, y le animó a que comiera para compensar las privaciones pasadas. Cuando acabaron de cenar y se sentaron en los sillones, se oyó una fuerte llamada a la puerta. El Sapo estaba nervioso, pero la Rata le hizo una misteriosa señal con la cabeza, fue a abrir la puerta y entró el señor Tejón. Tenía las apariencias de alguien que no ha estado en casa desde hace algunos días, y no ha podido disfrutar de todas sus comodidades. Tenía los zapatos embarrados, y un aspecto descuidado y desaseado. Pero al fin y al cabo, ni siquiera en sus mejores momentos el Tejón había sido un caballero elegante. Se acercó con solemnidad al Sapo, le dio la mano, y dijo:

-¡Bienvenido a casa, Sapo! ¡Ay! ¿Qué estoy diciendo? ¿Casa? Esta no es una alegre acogida. ¡Pobre Sapo! -Y dándole la espalda, se sentó a la mesa y se sirvió un buen trozo de empanada fría.

Al Sapo le preocupó esta manera de darle la bienvenida tan seria y de mal agüero. Pero la Rata le susurró:

-No importa, no te preocupes. Y no le digas nada de momento. Siempre está un poco pesimista cuando no ha comido nada. Dentro de media hora, será un animal muy diferente.

Esperaron pues en silencio, y entonces oyeron otro golpecito en la puerta. La Rata, con una señal de la cabeza al Sapo, fue a abrir y entró el Topo, muy sucio y desaliñado, con trocitos de paja y heno en la piel.

-¡Hurra! ¡El Sapo ha vuelto! -gritó el Topo radiante-. ¡Qué alegría que hayas vuelto! – Y empezó a bailar a su alrededor-. ¡No nos imaginábamos que regresarías tan pronto! ¡Te habrás escapado, me supongo! ¡Qué Sapo más listo e ingenioso!

La Rata, asustada, le dio un codazo. Pero era demasiado tarde. El Sapo empezaba a hincharse de nuevo.

-¿Listo? ¡Oh, no! -dijo-. No soy muy listo, según mis amigos. Sólo me he escapado de la prisión mejor guardada de Inglaterra, ¡eso es todo! ¡Y capturé un tren y me fugué en él, eso es todo! ¡Y me disfracé y recorrí la región engañando a todo el mundo, eso es todo! ¡Oh, no! ¡Soy un estúpido, eso es lo que soy! Te contaré algunas de mis aventuras, Topo, y podrás juzgar por ti mismo.
-De acuerdo -dijo el Topo mientras se acercaba a la mesa-. ¿Por qué no me lo cuentas mientras ceno algo? ¡No he comido nada desde el desayuno! ¡Y tengo un hambre!

Y se sentó y se sirvió una buena porción de carne en fiambre y pepinillos en vinagre. El Sapo se colocó frente a la chimenea con aire muy ufano, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un puñado de monedas de plata.

-¡Mira! -gritó enseñándoselas-. ¿No está mal, verdad, por un trabajo de pocos minutos? Y adivina cómo las conseguí, Topo. ¡Robando un caballo! Increíble, ¿verdad?
-Cuéntamelo todo, Sapo -dijo el Topo con gran interés.
-¿Por qué no te callas, Sapo, por favor? - dijo la Rata-. Y tú no lo animes, Topo, cuando sabes cómo es. Pero cuéntanos cuál es la situación, y qué debemos hacer, ahora que el Sapo ha regresado.
-La situación es pésima -contestó malhumorado el Topo-. ¡Y ojalá supiera lo que debemos hacer! El Tejón y yo hemos recorrido el lugar día y noche. Y siempre lo mismo. Centinelas por todas partes, fusiles apuntándonos, o bien nos apedrean. Siempre hay alguien vigilando, y cuando nos ven, se ríen de nosotros. ¡Eso es lo que más me molesta!
-Es una situación difícil -dijo la Rata muy pensativa-. Pero creo que sé lo que debería de hacer el Sapo. Os lo explicaré. Yo creo que debería...
-¡Ni hablar! -contestó el Topo con la boca llena-. ¡De eso nada! No entiendes. Lo que debería de hacer es...
-¡Pues no lo haré, de ninguna forma! - gritó el Sapo malhumorado-. ¡No voy a aguantar que me deis órdenes, muchachos! Estamos hablando de mi casa, y yo sé exactamente lo que tengo que hacer. Tengo que...

Entonces se pusieron a hablar los tres al mismo tiempo, y la conversación era ensordecedora, cuando una voz seca dijo:

-¿Por qué no os calláis los tres de una vez? -y todos se quedaron en silencio.

Era el Tejón, que, tras haber acabado su empanada, se había dado la vuelta y los miraba muy enfadado. Cuando se aseguró de que le estaban escuchando, se volvió de nuevo hacia la mesa y alcanzó el queso. Y tan grande era el respeto impuesto por las sólidas cualidades del buen animal, que nadie dijo ni una palabra hasta que el Tejón hubo acabado de cenar y se sacudió las migas de las rodillas. El Sapo no paraba quieto, pero la Rata lo tenía bien sujeto.

Cuando el Tejón hubo acabado, se levantó y se acercó a la chimenea muy pensativo. Por fin dijo con severidad:

-¡Sapo, eres un animal malo e impertinente! ¿No te da vergüenza? ¿Qué diría tu padre, mi viejo amigo, si te viera aquí esta noche, y supiera lo que has estado haciendo?

El Sapo se había echado en el sofá boca abajo, sacudido por un llanto de remordimiento.

-¡Bueno, bueno! -prosiguió el Tejón más cariñoso-. No importa. Deja de llorar. Olvidemos lo pasado, y procura empezar de nuevo. Pero el Topo tiene razón. Los Armiños vigilan por todas partes, y son los mejores centinelas del mundo. Sería imposible intentar atacarlos. Son demasiado fuertes para nosotros.
-¡Entonces todo se acabó! -suspiró el Sapo, con la cara escondida entre cojines-. ¡Me alistaré como soldado, y nunca más volveré a ver mi querida Mansión!
-¡Vamos, Sapito, anímate! -dijo el Tejón-. Hay otras maneras de recuperar un lugar sin asaltarlo abiertamente. Aún no he acabado de hablar. Os voy a contar un secreto.

El Sapo se enderezó y se secó las lágrimas. Los secretos le atraían mucho, porque nunca podía guardarlos, y le gustaba la profana emoción que sentía cuando contaba a otro animal lo que había prometido no decir.

-Hay un... pasadizo... subterráneo –dijo el Tejón causando gran impresión-, que va desde la orilla del río hasta el centro de la Mansión del Sapo.
-¡Tonterías, Tejón! -dijo vivamente el Sapo-. Has estado escuchando los cuentos chinos que cuentan en los bares de por aquí. Conozco la Mansión como la palma de mi mano, y te aseguro que no hay ningún pasadizo.
-Mi joven amigo -dijo el Tejón algo enfadado-, tu padre, que era un animal muy respetable (mucho más respetable que otra gente que conozco), era un buen amigo mío, y me contó muchas cosas que no soñaría en contarte a ti. Él descubrió el túnel..., no lo hizo él, por supuesto. El pasadizo había sido construido siglos antes de que él viniera a vivir aquí. Él lo limpió y arregló, porque pensó que algún día podría ser útil, en caso de emergencia; y me lo enseñó. «No se lo cuentes a mi hijo», me dijo, «es un buen chico, pero un tanto alocado, y no puede guardar un secreto. Si se mete en un lío, le será útil, y entonces se lo puedes decir. Pero no antes».

Los otros animales miraron al Sapo para ver cuál sería su reacción. El Sapo se sintió un poco ofendido, pero enseguida se animó, porque era un buen muchacho.

-Bueno, bueno -les dijo-, es verdad que a veces hablo demasiado. Como soy tan popular, siempre tengo amigos a mí alrededor, y entonces charlamos, y nos contamos chistes, y entonces se me escapa la lengua. Tengo el don de la conversación. Me han dicho que debería tener un salón, aunque no sé muy bien lo que es eso. Pero en fin, ¿qué ibas a decir, Tejón? ¿Cómo podemos aprovechar el túnel?
-Me he enterado de algunas cosas - continuó el Tejón-. Le pedí a la Nutria que se disfrazara de mujer de la limpieza, y que llamara a la puerta trasera, con las escobas sobre el hombro, pidiendo trabajo. Mañana por la noche van a dar un gran banquete. Es el cumpleaños del Jefe de las Comadrejas, me parece, y todas estarán reunidas en el comedor, comiendo y bebiendo, sin sospechar nada. ¡Sin pistolas, ni espadas, ni palos, ni nada!
-Pero los centinelas seguirán en sus puestos -observó la Rata.
-Justo -dijo el Tejón-. Las Comadrejas se fían completamente de los excelentes centinelas. ¡Pero resulta que el túnel viene a dar justo debajo de la despensa del mayordomo, que está junto al comedor!
-¡Ah! ¡La tabla que chirriaba en la despensa!-dijo el Sapo-. ¡Ahora lo entiendo!
-Saldremos con cuidado a la despensa - gritó el Topo.
- Con pistolas y espadas y palos - exclamó la Rata.
- Y los asaltaremos... -dijo el Tejón.
- ¡Y les pegaremos, les pegaremos y les pegaremos! -gritó el Sapo extasiado, corriendo alrededor del salón y saltando por encima de las sillas.
-Bueno -prosiguió el Tejón con mucha calma-, ya tenemos un plan, y no tenemos nada más que discutir. Así que os propongo que, con lo tarde que es, os vayáis todos a la cama ahora mismo. Y mañana por la mañana lo prepararemos todo.

Por supuesto, el Sapo obedeció como los otros y se fue a la cama (no se atrevió ni a rechistar), aunque se sentía demasiado emocionado para poder dormir. Pero el día había sido largo, y con muchas aventuras. Y las sábanas y mantas eran muy acogedoras, después de un poco de paja en el suelo de piedra de una fría celda; y en cuanto apoyó la cabeza en la almohada empezó a roncar. Por supuesto tuvo muchos sueños sobre carreteras que se escapaban corriendo justo cuando él las necesitaba, y canales que le perseguían, y una barcaza que llegaba flotando hasta el salón cargada con toda su ropa sucia, en medio de un banquete; y que estaba solo en el túnel secreto, y que el túnel se daba la vuelta, se sacudía y se ponía en pie. Y, por último, que regresaba a la Mansión del Sapo, sano y salvo, con todos sus amigos a su alrededor, asegurándole que de verdad era un Sapo muy listo.

Durmió hasta muy tarde, y cuando por fin bajó al salón se encontró con que los otros habían acabado de desayunar hacía tiempo.

El Topo se había marchado solo, sin decir a dónde iba. El Tejón estaba sentado en el sillón, leyendo el periódico, y sin preocuparse en lo más mínimo de lo que iba a suceder aquella misma tarde. Por su parte, la Rata estaba muy ocupada llevando armas de acá para allá, y poniéndolas en cuatro montoncitos en el suelo, y susurrando muy emocionada:

«¡Una-espada-para-la-Rata, una-espada-para-el-Topo, una-espada-para-el-Sapo, una-espada-para-el-Tejón! ¡Una-pistola-para-el-Topo, una-pistola-para-el-Sapo, una-pistola-para-la-Rata, una-pistola-para-el-Tejón!», etcétera, en un tono rítmico, mientras los cuatro montoncitos iban creciendo.

-Todo eso está muy bien, Ratita -dijo el Tejón mirando al atareado animalito por encima del periódico-. No es una crítica, pero en cuanto hayamos dejado atrás a los Armiños con sus horribles fusiles, ya verás cómo no necesitamos ni pistolas ni espadas. En cuanto nosotros cuatro, armados con nuestros palos, estemos dentro del salón de banquetes, ya verás cómo en cinco minutos no queda ni una sola Comadreja. Podría haberlo hecho yo solo, pero no quería privaros del placer.
-Prefiero estar segura -dijo la Rata muy pensativa, mientras frotaba el cañón de una escopeta para sacarle brillo. Cuando hubo acabado de desayunar, el Sapo agarró un palo enorme, lo blandió con fuerza y empezó a apalear a unos animales imaginarios.
-¡Ya les aprenderé yo a robarme la casa! -gritó-. ¡Ya les aprenderé, ya les aprenderé!
-No digas «aprenderé», Sapo -dijo la Rata muy sorprendida-. No sabes ni hablar.
-Siempre te estás metiendo con el Sapo –protestó el Tejón malhumorado-. ¿Por qué no sabe ni hablar? Yo también digo lo mismo y no pasa nada.
-Lo siento-dijo la Rata humildemente-. Sólo que me parecía que debe ser «enseñaré» en lugar de «aprenderé».
-Pero es que nosotros no queremos enseñarles -replicó el Tejón-. Queremos que aprendan..., ¡que aprendan, que aprendan! Y eso mismo es lo que vamos a hacer.
-Bueno, bueno, lo que queráis -dijo la Rata.

Estaba hecha un lío y se metió en un rincón y al poco se la oyó musitar: «les aprenderé, les enseñaré, les aprenderé, les enseñaré», hasta que el Tejón le mandó que se callara de una vez.

Al cabo de un rato regresó el Topo, al parecer muy contento de sí mismo.

-¡Me lo he pasado más bien! -dijo sin esperar-. He estado provocando a los Armiños.
-Espero que hayas tenido mucho cuidado, Topo -dijo preocupada la Rata.
-¡Pues claro! -contestó el Topo muy confiado-. Se me ocurrió una idea esta mañana cuando fui a la cocina para comprobar que estaba preparado el desayuno del Sapo. Encontré el vestido de lavandera que traía puesto ayer el Sapo colgado delante de la chimenea. Así que me lo puse, y el sombrero también, y el chal, y me marché a la Mansión del Sapo, tan tranquilo. Por supuesto, los centinelas estaban vigilando con sus fusiles, y cuando me dijeron: «¿Quién va?», les contesté con mucho respeto: «¡Buenos días, caballeros! ¿Necesitan que les lave algo de ropa?». Me miraron muy vanidosos y altaneros, y me contestaron: «¡Márchate, lavandera! No lavamos nada cuando estamos de servicio». «¡Y tampoco cuando estáis fuera de servicio!», les contesté. ¡ja, ja, ja! ¡Qué gracioso estuve!, ¿verdad Sapo?
-¡Pobre tonto! -contestó el Sapo con arrogancia. Pero el caso es que tenía envidia de lo que el Topo acababa de hacer. Era justo lo que le hubiera gustado hacer a él, si se le hubiera ocurrido a tiempo, y se hubiera levantado más temprano.
-Algunos Armiños se pusieron muy colorados -continuó el Topo-, y el sargento me dijo: «Mire, buena mujer, márchese de una vez, y no distraiga a mis hombres mientras están de servicio». Y yo le contesté: «¿Marcharme, yo? ¡No seré yo la que me marche, sino otros, y muy pronto!»
-¡Cielos, Topito! ¿Qué has hecho? - contestó la Rata con espanto.

El Tejón dejó el periódico encima de la mesa.

-Los Armiños se miraron los unos a los otros-continuó el Topo- y el sargento dijo: «No le hagáis caso, no sabe lo que dice». «¿Ah, no?», les contesté, «pues mire lo que le digo. Mi hija trabaja para el Señor Tejón, para que veáis que sé lo que estoy diciendo. ¡Y ya lo comprobaréis muy pronto! Un centenar de tejones sanguinarios armados con rifles van a atacar la Mansión del Sapo esta misma noche desde el parque. Y seis barcas llenas de ratas con pistolas subirán por el río y desembarcarán en el jardín. Y un grupo de sapos, conocidos como los Intransigentes, o los Sapos "Gloria-o-Muerte" atacarán el huerto con gritos de venganza. ¡Y ya no os quedará mucho para lavar, en cuanto os hayan alcanzado, a menos que os marchéis mientras estáis a tiempo!» Entonces me marché corriendo, y cuando me perdieron de vista me escondí, y regresé a la Mansión arrastrándome por la zanja, y los estuve observando a través del seto. Estaban todos muy nerviosos y preocupados, y corrían de acá para allá, tropezándose los unos con los otros, y dándose órdenes sin escuchar a los otros. El sargento no hacía más que mandar grupos de Armiños a la otra punta del terreno, y luego mandaba otro grupito a buscarlos. Y los oí comentar: «Es típico de las Comadrejas; ellas se meten en el salón de banquetes a comer y brindar y cantar y todo eso, mientras nosotros tenemos que quedarnos vigilando con el frío y la oscuridad de la noche, ¡y al final los tejones sanguinarios acabarán con nosotros!».
-¡Qué estúpido eres, Topo! -gritó el Sapo-. ¡Ya lo estropeaste todo!
-Topito -dijo el Tejón con voz tranquila-, me doy cuenta de que tienes más sentido común en tu dedo meñique que otros animales en sus enormes cuerpos. Lo has hecho muy bien, y llegarás lejos. ¡Eres un Topo muy listo!

El Sapo estaba loco de celos, sobre todo porque no entendía por qué lo que había hecho el Topo estaba tan bien hecho; pero afortunadamente, y antes de que pudiera enfadarse y exponerse al sarcasmo del Tejón, sonó la campana de la comida. Era una comida sencilla pero abundante - jamón con judías blancas, y macarrones en dulce-. Y cuando hubieron acabado, el Tejón se sentó en un sillón y dijo:

-Bueno, está todo listo para esta noche, y seguramente no acabaremos hasta muy tarde. Así que, mientras tanto, me voy a echar una siestecita.

Y sacó un pañuelo del bolsillo, se lo puso delante de los ojos y muy pronto estaba roncando. La atareada y ansiosa Rata siguió preparando algunas cositas, y corría de un montoncito a otro susurrando: «Un-cinturón-para- la-Rata, un-cinturón-para-el-Topo, un-cinturón-para-el-Sapo, un-cinturón-para-el-Tejón», y volvía a empezar con cada pieza que encontraba, y parecía que no iba a acabar nunca. Así que el Topo agarró al Sapo por el brazo, lo llevó fuera, y lo hizo sentarse en un sillón y contarle todas sus aventuras desde el principio, a lo cual el Sapo no se opuso. El Topo era un buen oyente, y el Sapo, aprovechando que nadie podía comprobar la veracidad de sus declaraciones o criticar sus opiniones, se dejó llevar por su imaginación. Y la verdad era que mucho de lo que contaba pertenecía a la categoría de todo lo que «podía haber sucedido si se le hubiera ocurrido a tiempo en vez de diez minutos más tarde». Pero todas aquellas eran, como siempre, las mejores y más divertidas aventuras. ¿Y por qué no podían ser también verdad, como todas las otras cosas mediocres que son las que de verdad suceden?


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