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miércoles, 15 de junio de 2016

El gigante Verlioka - Alexandr Afanásiev

Hoy recibí un nuevo comentario en un cuento de los hermanos Grimm llamado "El pozo mágico" y me dieron ganas de compartir un cuento de hadas. Por ello, les traigo un cuento ruso recopilado por Alexandr Afanásiev (hay un par ya publicados en el blog, los encontrarán con esa etiqueta). A Alexandr Afanásiev también pueden conocerlo por Aleksandr Nikolaevich Afanasev. 
"El gigante verlioka" es una historia un tanto cruel y de venganza pero en el fondo, creo yo, lo que busca enseñar es que la unión hace la fuerza jajaja Nadie está solo y el trabajo en equipo es necesario :P


El gigante Verlioka

En tiempos remotos vivían en una cabaña un anciano con su mujer y dos nietas huérfanas, y tan preciosas y dóciles, que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.

Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros: ‘Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes.’

Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros malhechores, gritándoles:

— ¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No os comáis los guisantes de mi abuelito!

De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado y sonreía con una sonrisa espantosa.

Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes. Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.
El abuelo esperó un rato a la niña, y al ver que no volvía, envió a buscarla a su nieta mayor; pero Verlioka la mató también.

El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:

— ¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas a casa.

La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante, y, llena de dolor y de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con mucha más facilidad.

En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan destrozada que era imposible reconocerla.

El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de Verlioka para matarlo.

Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle:

— ¡Así! ¡Así! Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba.
— ¿Cómo te va, abuelo?
— Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?
— Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu mujer y de tus nietas.
— ¿Y tú conoces a ese monstruo?
— ¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la costumbre de decir ¡Ay!, ¡Ay!, Y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le gritaba sentada en el agua: ‘¡Ay!, ¡Ay!’ Entonces él, después de matar a aquel pobre hombre, corrió a mí, gritándome: ‘¡Yo te enseñaré a defender a los demás!’ Y me cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me escapé, dejando mi cola
entre sus manos espantosas. Claro está que la cola no es una cosa imprescindible; pero, de todos modos, siento haberla perdido y nunca se lo perdonaré a Verlioka. Desde entonces no soy tan tonta, y ya no grito ‘¡Ay!, ¡Ay!’, Si no que siempre apruebo: ‘¡Así!, ¡Así!, ¡Así!’; de lo que resulta que vivo más tranquila y la gente me respeta más. Todos dicen: ‘Esta Oca no tendrá cola, pero es muy lista.’
— Está bien — dijo el anciano—; entonces, ¿podrás enseñarme dónde vive Verlioka?
— ¡Así! ¡Así! — Contestó la Oca, saliendo del agua, y balanceándose sobre sus torpes patas se encaminó por la orilla, delante del anciano.

Así anduvieron hasta que se encontraron en el camino una Cuerdecita, que les dijo:

— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Cuerdecita.
— ¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
— Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, quien ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Tan hermosas y buenas como eran!
— Conocía a tus nietas y a tu mujer y quiero ayudarte. ¡Llévame contigo!

El anciano pensó: ‘¡Quién sabe! Quizá me sirva para atar a Verlioka.’ Y contestó:

— Pues bien, ven con nosotros si conoces el camino. 

La Cuerdecita se arrastró tras ellos como si fuese una culebra. Anduvieron los tres un buen rato y vieron un Pisón tendido en la carretera, el cual les dijo:

— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Pisón.
— ¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
— Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, que ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Si supieses qué hermosas y buenas eran!
— Llévame contigo y te ayudaré. 
— Bueno, anda si conoces el camino — le dijo el anciano, pensando: ‘Realmente, el Pisón podrá ayudarnos mucho.’

El Pisón se levantó, se apoyó con el asa en el suelo y se puso a caminar a saltos. Así anduvieron hasta que encontraron una Bellota, que les dijo:

— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Bellota.
— ¿Adónde vas?
— Voy a matar a Verlioka; no sé si lo conocerás.
— Ya lo creo que lo conozco. Es necesario castigarlo; llévame contigo y te ayudaré.
— Pero tú, ¿de qué me vas a servir?
— No me desprecies, abuelito. Acuérdate del proverbio que dice: No escupas en el pozo, porque tendrás que beber su agua.

El anciano pensó: ‘No hay inconveniente en que venga con nosotros; cuanta más gente haya, mejor será.’

Y luego, en alta voz, dijo:

— Vente detrás.

Pero la Bellota se puso a saltar delante de todos.

Al fin llegaron a un espeso bosque y vieron una cabaña en cuyo interior no había nadie. La lumbre del horno estaba apagada y sobre el hogar había un puchero lleno de gachas de mijo.

La Bellota se metió de un salto en el puchero, la Cuerdecita se tendió en el umbral de la puerta, el Pisón se subió encima de ésta, la Oca se sentó detrás de la estufa y el anciano se escondió en un rincón al lado de la puerta.

Pronto llegó Verlioka, echó un haz de leña al suelo y se puso a encender la lumbre del horno. Entonces la Bellota, desde dentro del puchero, empezó a cantar:

— ¡Pi, pi, pi, han venido a matar a Verlioka!
— ¡Calla, papilla de mijo, o te echaré en el cubo! — Exclamó Verlioka.

Pero la Bellota no le obedeció y siguió cantando su canción. Verlioka se enfadó, cogió el puchero y de un golpe vertió las gachas en el cubo. Al choque, la Bellota saltó y fue a dar en el único ojo de Verlioka, dejándole ciego. El gigante quiso escapar y echó a correr; pero apenas llegó al umbral, la Cuerdecita se le enredó a los pies y lo tiró al suelo. El Pisón saltó de la puerta, y el anciano se precipitó sobre Verlioka desde el rincón donde estaba escondido y ambos se pusieron a pegarle.

Mientras tanto, la Oca, sentada detrás de la estufa, aprobaba diciendo: ‘¡Así!, ¡Así!, ¡Así!’

Esta vez no le sirvió a Verlioka su fuerza, pues el anciano, con la ayuda de sus buenos amigos, logró matarlo y librar a la gente de un monstruo espantoso.


sábado, 22 de febrero de 2014

El caballo mágico

Hoy traigo otro cuento de hadas ruso. Lo tomé de la revista imaginaria y espero que les guste.
Muy fácil resulta la vida en los cuentos de hadas... Solo basta hacer el bien, pedir un deseo o ser de la realeza para que los deseos se hagan realidad. En este cuento ruso, en lugar de hada madrina, tenemos un caballo mágico como responsable de la felicidad del protagonista, Iván, una versión masculina de "La cenicienta"...




El caballo mágico

Érase un anciano que tenía tres hijos varones. Los mayores, mozos despiertos y agraciados, gobernaban la hacienda. El menor, a quien llamaban Iván el Tonto, no era hermoso como sus hermanos. Dos cosas apasionaban a Iván: recoger hongos en el bosque y pasar horas y más horas tumbado en lo alto de la estufa.

Sintió el anciano padre que pronto iba a morir y ordenó a sus hijos:

—Cuando muera, venid tres noches seguidas a mi tumba y traedme pan.

Al poco tiempo el padre murió y fue enterrado. Al llegar la noche tocaba al hermano mayor ir a la tumba, pero, bien porque tuviese pereza o bien porque sintiera miedo, dijo a Iván:

—Ve por mí esta noche a la tumba del padre y te compraré una rosquilla.

Iván accedió, tomó una hogaza de pan y se dirigió a la tumba del padre. Una vez allí se sentó en el suelo a esperar. A la medianoche se abrió la tierra, el padre salió de la tumba y dijo:

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú, mi primogénito? Dime ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, Iván, tu hijo menor. En Rusia todo está tranquilo.

Comió el padre el pan y se tendió nuevamente en su tumba. Iván se marchó a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, el hermano mayor le preguntó:

—¿Has visto al padre?
—Sí.
—¿Se comió el pan?
—Sí, comió hasta hartarse.

Llegó la segunda noche. Le tocaba ir al segundo hijo, pero bien porque tuviera pereza o bien porque sintiera miedo, dijo a Iván:

—Ve por mí a la tumba del padre y te haré unas albarcas.

Iván accedió, tomó una hogaza de pan y se dirigió a la tumba del padre. Una vez allí se sentó y se puso a esperar. A medianoche se abrió la tierra, el padre se levantó de la fosa y preguntó:

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú mi segundo hijo? Dime ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, Iván, tu hijo menor. En Rusia todo está tranquilo.

Comió el padre el pan y se tendió en su tumba. Iván se marchó a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque.

Cuando llegó a la isba, su hermano le preguntó:

—¿Ha comido pan nuestro padre?
—Sí, comió hasta hartarse.

A la tercera noche le tocaba ir a Iván, y éste dijo a sus hermanos:

—He ido ya dos noches a la tumba del padre. Hoy, id vosotros y así yo podré descansar.

Los hermanos le respondieron:

—¡Pero, qué dices Iván! Tú ya conoces cómo es aquello, mejor será que vayas tú también esta vez.

Iván accedió, tomó una hogaza y se marchó. A medianoche se abrió la tierra y el padre salió de la fosa.

—¿Quién hay ahí? ¿Eres tú, Iván, mi benjamín? Dime, ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, tu hijo Iván. En Rusia todo está tranquilo.

El padre comió el pan y dijo:

—Eres el único que ha cumplido mi última voluntad, no tuviste miedo de venir a mi tumba tres noches seguidas. Toma este freno, sal a mitad del campo y grita: “Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán." Acudirá un caballo. Métete por su oreja derecha, sal por la izquierda, y te transformarás en un apuesto mozo como hay pocos. Luego, salta al lomo del caballo y cabalga.

Tomó Iván el freno que le tendía su padre, le dio las gracias y se marchó a casa. Por el camino, como siempre, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, los hermanos le preguntaron:

—¿Has visto a nuestro padre?
—Sí.
—¿Ha comido pan?
—Ha comido hasta hartarse y ha dicho que no volvamos más.

A los pocos días, un heraldo del zar anunció que todos los jóvenes solteros acudieran a palacio. La hija del zar, la zarevna Belleza sin Par, había mandado construir un palacete con doce columnas. Asomada a la ventana, en lo más alto del palacete, esperaría a ver quién era capaz de saltar montado en su caballo hasta lograr besar sus labios de miel. A ese jinete, cualquiera que fuese su condición, el zar daría por esposa a su hija, la zarevna Belleza sin Par, y de dote, la mitad de su reino.

Al enterarse de todo aquello los hermanos de Iván resolvieron probar suerte. Echaron pienso a sus hermosos corceles, los sacaron de la cuadra, se pusieron sus mejores ropas y peinaron sus rizos con esmero. Iván, tendido sobre la estufa les dijo:

—Hermanos, llevadme con vosotros a probar suerte.
—Cállate, tonto. Vete al bosque a recoger hongos y no quieras hacer reír a la gente.

Montaron los hermanos mayores sus hermosos corceles, se ladearon bizarramente los gorros y, entre gritos y silbidos, partieron al galope, dejando tras de sí un reguero de polvo. Iván tomó el freno que le había entregado su padre, salió al campo y gritó:

“Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán.”

Como por arte de birlibirloque apareció un caballo al galope. Sus cascos hacían temblar la tierra, sus ollares despedían llamas, y sus orejas, penachos de humo. Se detuvo el caballo en seco y preguntó con profunda voz:

—¿Qué mandas, señor mío?

Iván acarició al caballo, le puso el freno, se metió por su oreja derecha y salió por la izquierda, convertido en un mozo tan apuesto, que ni en los cuentos se encuentra uno igual. Montó Iván su caballo y se dirigió al palacio del rey. Galopaba el caballo, la tierra retemblaba bajo sus cascos, los montes y los valles desaparecían bajo su cola, y los troncos y tocones pasaban a gran velocidad por entre sus patas.

Llegó Iván al palacio y vio allí una multitud. En lo más alto de un hermoso palacete, con doce columnas se hallaba la zarevna Belleza sin Par, asomada a la ventana.

Salió el zar a la entrada de su mansión y dijo:

—Al valiente que salte con su caballo hasta la ventana y bese a mi hija en sus labios de miel, se la daré por esposa, y la mitad de mi reino será la dote.

Los bravos galanes hicieron la prueba, pero nadie pudo alcanzar la ventana. Probaron suerte los hermanos de Iván, pero sólo llegaron a la mitad del recorrido.

Le llegó el turno a Iván, que dio rienda suelta a su corcel, lo animó con un gritó y saltó, pero le faltaron algunos metros para alcanzar la ventana. Probó otra vez y sólo le faltaron unos centímetros. Hizo Iván retroceder al caballo, lo acicateó, saltó y, como una exhalación, voló ante la ventana y besó a la zarevna Belleza sin Par en sus labios de miel. La zarevna le golpeó con su anillo en la frente, marcándolo.

La muchedumbre clamó:

—¡Detenedle, detenedle!

Pero Iván ya se había perdido de vista.

Salió a campo abierto, detuvo al caballo, se metió por la oreja izquierda, salió por la derecha y de nuevo volvió a ser Iván el Tonto. Dejó suelto el caballo, se dirigió a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, se envolvió la frente con un trapo y se tumbo en lo alto de la estufa.

Llegaron los hermanos mayores y relataron lo que habían visto:

—Había bravos galanes, pero uno no tuvo rival: saltó con su caballo y besó a la zarevna en la boca. Vimos por dónde había venido, pero no vimos por dónde se marchó.

Iván, tendido en la estufa, preguntó:

—¿No era yo, por azar?

Los hermanos le contestaron enojados:

—Como tonto que eres, no dices más que tonterías. Sigue durmiendo allí arriba de la estufa y come tus hongos.

Iván se quitó sin ser visto el trapo con que se cubría la frente para ocultar la marca del anillo de la zarevna, y una luz enceguecedora llenó la isba. Los hermanos gritaron asustados:

—¿Qué haces tonto? Vas a prender fuego a la isba.

Al día siguiente, el zar invitó a un festín a todos los boyardos, a todos los zareviches, y a todos los hombres sencillos, ricos y pobres, jóvenes y mayores.

Los hermanos de Iván se disponían a asistir al festín aquel. Iván les dijo:

—Llevadme con vosotros.
—¿Para qué, tonto, para que hagas reír a la gente? Quédate allí arriba de la estufa y come tus hongos.
Montaron los hermanos en sus hermosos corceles y se marcharon. Iván les siguió a pie. Llegó a palacio, entró en la sala del festín y se sentó silencioso en un rincón. La zarevna Belleza sin Par fue acercándose, uno por uno, a todos los invitados. Les ofrecía una gran copa de hidromiel y miraba si llevaban en la frente la marca de su anillo.

Por último llegó a donde estaba Iván y sintió que el corazón le daba un vuelco. Lo miró y lo vio todo tiznado y con los pelos de punta.

La zarevna Belleza sin Par le preguntó:

—¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿Por qué llevas la frente vendada?
—Me he dado un golpe —respondió Iván.

La zarevna le quitó el trapo, y todo el palacio se llenó de luz. La zarevna gritó:

—¡Es mi sello! ¡Este es mi prometido!

Se acercó el zar y dijo:

—¿Este es tu prometido? ¡Pero si es feo como él solo y está todo tiznado!

Iván dijo al zar:

—Permita que me lave.

El zar se lo permitió. Salió Iván al patio y gritó, como le había enseñado su padre:

“Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán.”

Como por arte de birlibirloque, apareció el caballo al galope. Sus cascos hacían temblar la tierra, sus ollares despedían llamas y sus orejas, penachos de humo. Iván se metió por la oreja derecha, salió por la izquierda y nuevamente se convirtió en un joven tan apuesto que ni en los cuentos se encuentra igual. Todos los presentes, incluidos sus hermanos, quedaron boquiabiertos.

En fin, no dieron vueltas al asunto, inmediatamente después del festín, se celebró la boda.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La patita blanca - Alexandr Afanásiev

Hace tiempito que no subo ningún cuento infantil (a pesar de que la idea original del blog era esa). Hoy, navegando por la revista Imaginaria (revista que si no conocen, recomiendo) di con "La patita blanca", un cuento popular ruso. Este cuento fue recopilado por Alexandr Afanásiev, un historiador y estudioso del folclore ruso (1826-1871), y publicado en el primer tomo de la colección "Cuentos populares rusos" en 1855. A. Afanásiev vendría a ser algo así como el Charles Perrault o los hermanos Grimm de Rusia. 
Al igual que sucediera con Perrault (1628-1703) y con los Grimm (Jacob 1785-1863 y Wilhelm 1786-1859), los cuentos recopilados por Afanásiev sufrieron de la censura para ser adaptados a los niños (1870).

"Esta compilación fue presentada a la censura en 1870, pero por entonces ésta se había tornado aún más reaccionaria y atosigó al autor con toda clase de revisiones. Algunas, incluso próximas al absurdo. Por ejemplo, se debía sustituir las palabras “yegua” y “potro” o “corcel” por la de “caballo”, para evitar que surgiera en los niños la idea de diferencia entre los sexos en el reino animal."


Alexandr Afanásiev falleció debido a la tuberculosis el 23 de septiembre de 1871 en Moscú. Tenía 45 años. 

 La patita blanca 

Érase una vez un príncipe que se casó con una hermosísima princesa. Antes de haberla contemplado a sus anchas, de haber hablado con ella cuanto deseaba y de haberse deleitado bastante con su voz, debió separarse de ella para emprender un largo viaje hacia un país lejano, dejando a su esposa amada rodeada de extraños.

Al parecer no había otro remedio. Dicen que no es posible pasarse la vida abrazando a quien amamos.
La princesa lloró amargamente. El príncipe la consoló y le aconsejó que no saliera de palacio, que no pasara las veladas en casa de los vecinos, que no tratara con gente dudosa y que no escuchara pérfidas palabras. La princesa prometió obedecer en todo. Cuando el príncipe partió, la joven se encerró en sus habitaciones y no salió para nada de palacio, ni vio a nadie.

 


Al cabo de un tiempo —no sé si poco o mucho— cuando el retorno del príncipe se hallaba próximo, una mujer acudió a visitar a la princesa. Parecía una buena mujer, muy dulce y muy modesta.

—¿Qué haces aquí tan triste y tan sola? Podrías salir al jardín, para tomar un poco de aire y disipar tu tristeza —dijo con tierna voz la extraña mujer.

La princesa se resistió mucho tiempo. Pero finalmente pensó que dar una vueltecita por el jardín no era nada malo, y salió.

Atravesaba el jardín un arroyo de agua cristalina.

—El sol abrasa, hace un día muy caluroso y el agua es clara y fresca. ¿Y si nos diéramos un baño? —invitó la mujer.

La princesa se negó una y otra vez. Pero después se dijo que no había nada malo en nadar un poquito. Se quitó el ligero sarafán (1) y se zambulló en el agua. Al primer chapuzón, la mujer le dio una palmada en la espalda diciendo:

—¡Nada, nada, patita blanca!

Y la princesa se alejó por el agua convertida en patita blanca. Inmediatamente, la hechicera tomó el aspecto de la princesa, vistió sus ropas, se adornó con sus alhajas y esperó el regreso del príncipe.

Apenas ladró el perrito y tintineo la campanilla de la puerta, la bruja corrió al encuentro del príncipe, se echó en sus brazos besándole y acariciándole. Él, feliz, la tomó en sus brazos creyendo que se trataba de su esposa amada.

Entre tanto, la patita blanca puso unos huevos de los que nacieron sus pequeños, que no eran patitos, sino niños: dos muy hermosos y fuertes, pero el otro chiquito y canijo. La patita los crió y ellos se volvieron revoltosos. Jugueteaban en el río, pescaban pececitos de colores, con pedazos de trapos se hicieron sus ropas. Correteaban por la orilla y miraban de reojo los verdes prados del palacio.

—¡Ay, hijitos! No vayáis para allá —advertía la madre.




Pero ellos no le hacían caso. Jugaban sobre la hierba, corrían por el césped, y fueron alejándose cada vez más hasta que, sin saber cómo, se metieron en el jardín del príncipe.

La bruja los reconoció por el olfato, pero fingió no darse cuenta de quiénes eran esos niños. Rechinó los dientes, los llamó con dulzura a su lado, les dio de comer y los acostó en una buena cama. Al mismo tiempo, ordenó a los criados que encendieran una hoguera, colgaran calderas encima y afilaran los cuchillos.

Los dos hermanos robustos se durmieron en seguida, pero el hermanito canijo no dormía, sino que lo escuchaba y lo veía todo.

A medianoche, la bruja se acercó a la puerta y preguntó:

—¿Duermen, pequeños?

El canijo contestó:

Dormimos y no dormimos, soñamos y vigilamos.
Nos parece que nos quieren degollar.
¡Amontonan grandes leños de manzano,
tienen ollas de agua hirviendo sin parar
y afilados los cuchillos bien templados!

“No están dormidos”, se dijo la bruja. Anduvo un rato por allí y otra vez se acercó a la puerta del cuarto y volvió a preguntar:

—¿Duermen, pequeños?

El canijo no dormía y le contestó:

Dormimos y no dormimos, soñamos y vigilamos.
Nos parece que nos quieren degollar.
¡Amontonan grandes leños de manzano,
tienen ollas de agua hirviendo sin parar
y afilados los cuchillos bien templados!

“Qué extraño”, pensó la hechicera, siempre me contesta la misma voz. Decidió entrar esta vez y vio a los dos hermanos profundamente dormidos. Les pasó por encima su mano maléfica y quedaron muertos.

Por la mañana, la patita blanca llamó a sus hijitos, pero no acudieron. La patita voló hasta el patio principal del palacio y allí vio a los tres hermanitos acostados uno al lado del otro, blancos como el lienzo, fríos como el hielo. Se precipitó sobre ellos, los estrechó entre sus alas extendidas y clamó su dolor de madre:

¡Ay mis hijitos del alma,
mis hijitos adorados!
Los crié con mil fatigas
calmé su sed con mis lágrimas,
los velé noches enteras
y pasé hambre por ellos.

—¿Oyes eso, mujer? —preguntó el príncipe—. Esa pata está hablando con voz humana.
—Son ideas tuyas, no está hablando. ¡Que echen a ese animal de nuestro patio!

Pero, por más que expulsaban a la patita, ella volvía siempre junto a sus hijos.

¡Ay mis hijitos del alma,
mis hijitos adorados!
Esa vieja bruja, dañina serpiente
les ha dado muerte.
A mi noble esposo, falaz me ha robado,
mi querido esposo, vuestro padre amado.
Luego convertidos en patitos blancos,
nos arrojó al agua,
y ocupó mi sitio en mi propia casa.

“Aquí ocurre algo extraño”, pensó el príncipe y luego ordenó a sus hombres que atraparan a la patita blanca.

Todos lo intentaron, pero la patita blanca revoloteaba sin dejarse alcanzar por nadie. Probó suerte el propio príncipe, y ella misma acudió a sus manos. El príncipe la agarró por una de las alas, pero la bruja alcanzó a tocar a la patita convirtiéndola en un huso de madera. El príncipe lo comprendió todo. Rompió el huso en dos, tiró una mitad delante de sí, la otra mitad a sus espaldas, y clamó:

—Que un abedul blanco crezca a mis espaldas y ante mis ojos surja una doncella.

Al instante creció un abedul blanco a espaldas del príncipe y delante de él apareció una linda doncella. El príncipe reconoció a su joven esposa y la besó llorando de alegría.

Enseguida cazaron una corneja, le ataron dos frasquitos debajo de las alas y la enviaron en busca del agua de la vida en uno y, en el otro, agua de la palabra. La corneja salió volando y regresó con el agua. Rociaron a los niños con agua de la vida y resucitaron; les rociaron con agua de la palabra y rompieron a hablar.

El príncipe recobró así a su familia, y vivieron felices, en la opulencia y dando olvido a sus desgracias.

En cuanto a la bruja, fue atada a la cola de un caballo y su cuerpo fue arrastrado por montes y valles. Las aves rapaces devoraron la carne, el soplo del viento dispersó los huesos y de la bruja no quedó sobre la tierra ni el recuerdo.




(1) Sarafán: típica prenda femenina rusa. Fruncida por delante y por detrás a la altura de las axilas, lleva anchos tirantes y se usa sobre la blusa. (Definición extraída del “Vocabulario”. En Afanásiev, Alexandr N. Cuentos Populares Rusos. Madrid, Editorial Anaya, 1987).

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El Invunche o Imbunche

Imbunche, o invunche, significa "persona deforme" en lengua mapuche y es el protagonista de una leyenda del sur patagónico, más precisamente, de Chiloé, Chile. Dicen que era cuidador de la cueva de los brujos y que, además, señalaba quién estaba próximo a la muerte...
Su descripción es desagradable. Si buscan en la web encontrarán varias ilustraciones y esculturas:  cabeza hacia atrás, rasgos faciales exagerados, brazos y piernas torcidos... También descubrirán su andar: el imbunche lo hacía con una pierna abrazando su cuello... a ver quien puede poner la pierna así como el imbunche... tal vez cuando eramos bebés... pero seamos sinceros ¡esa elongación sólo el imbunche la tiene! :D
Les dejo algunas imágenes primero y comenzamos con la leyenda a continuación...
Esta leyenda la tomé http://www.alconet.com.ar y a su vez ellos la extrajeron de: Narciso García Barría, "El Imbunche", en Tesoro mitológico del archipiélago de Chiloé, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1989, pp.109-112. No es exactamente un cuento, sino una explicación sobre el origen de la creencia pero resulta interesante leerlo.

Tomado del Fotolog de fhtagn

Ilustración Renzo Soto

Foto extraída de: http://www.elciudadano.cl

El Invunche
El Imbunche o Machucho de la Cueva es un personaje antropomorfo contrahecho. Criado completamente desnutrido y mal alimentado. Tiene la pierna derecha quebrada y pegada a la espalda. De este modo se imposibilita su huida cuando pequeño, y más tarde se impide su alejamiento de la Cueva, de la cual es guardián.

Se trata de un niño regalado a la Mayoría por su padre brujo, o bien raptado del seno de alguna familia para destinarlo a la custodia de la Cueva. En su crianza se le suministra leche de "gata" (nodriza india); más tarde, carne de "cabrito" (párvulo) y, en su edad adulta, de "chivo" (individuo adulto).

El Imbunche no habla, sólo emite sonidos guturales, ásperos, muy desagradables. Su alimentación corre a cargo de los brujos. Unicamente en caso de escasear demasiado, se le permite salir en tres pies a buscarla en las inmediaciones. Durante estas pequeñas salidas va profiriendo sus alaridos, aterrorizando a cuantos lo oyen. De esta manera, nadie se atreve a mirarlo. Los únicos que pueden verlo sin peligro son precisamente los brujos. 
Hay ocasiones en que el Imbunche debe salir a otros distritos. Esto sucede en los casos en que la Mayoría celebra reunión en una localidad distinta a su aquelarre habitual, o bien cuando debe indicar el domicilio de alguien a quien debe "tirársele un mal malo". Para cumplir tal misión se hace transportar en el aire entre dos brujos expertos en esta clase de vuelos tripulados.

La creencia en el Imbunche es una manera de explicar el desaparecimiento de muchachitos de sus hogares o de justificar la presencia de niños mal conformados, contrahechos algunos de ellos, por desgracia, verdaderos fenómenos congénitos, a quienes a veces se los mantiene semiocultos y a los cuales la jerga popular designa con el nombre de "naciones", es decir, fenómenos de nacimiento.

Es digna de hacer notar la evidente concordancia del papel encomendado al Imbunche, debido a su extraña con formación anormal, con las prácticas establecidas en la jerarquía de la religión incásica. Esta prefería, por ejemplo, para guardias de sus santuarios o templos, a individuos con alguna anomalía física visible.

"Entraban al servicio de los templos -dice Louis Baudin- todos los individuos que presentaban carácter singular, sea en su persona (epilépticos), sea en razón de circunstancias particulares de su nacimiento o de su vida (niños que habían sacado primero los pies al nacer o que habían sido paridos durante una tormenta; gemelos, estropeados de nacimiento; indios tocados por el rayo sin haber sido muertos). Se encuentra en esto la concepción que forma la base del culto a los huaca de que hemos hablado: la divinización de las anomalías"...

En la actualidad aún perdura, en cierto sentido, la creencia en el valor sobrenatural de las anormalidades, como puede apreciarse en la fe en el trébol de cuatro hojas; en la suerte atribuida al encuentro con jorobados, a las propiedades especiales de las hijas "huemas" (primogénitas) para fletas, a las bondades curativas de las piedras encontradas en el estómago de algunos animales, al poder milagrero de las animitas de personas fallecidas trágicamente, al augurio del gato negro, etc. Todavía es frecuente el dicho: "nació de pies".

Es muy probable que también este mismo principio haya influido en la veneración de las vacas sagradas de India, y del buey Apis, en Egipto. Como asimismo puede existir alguna relación con el viejo ritual etrusco, según el cual Rómulo trazó los contornos sagrados de Roma con cual iban uncidos un buey enteramente blanco y de igual color. ¿Qué de extraño tendría que el Imbunche fuese también una creación debida a este mismo principio de divinización de las anomalías en que está basada la fe en los "huaca"?

La superstición en torno a los seres anormales puede apreciarse en la reacción instintiva de miedo experimentada por los niños ante la presencia de individuos baldados. Lo mismo se observa ante una persona vestida en forma estrafalaria.

La Cueva, lugar secreto reservado a los Butas, para quienes la impunidad es imprescindible, a más de ser sitios estratégicos, necesita de un guardián más que un cancerbero. De ahí el aspecto terrorífico del Imbunche, privado del uso de la palabra y condenado a andar sólo en tres pies.

miércoles, 30 de enero de 2013

El flautista de Hamelin - Robert Browning


Todos conocemos la historia: las ratas han invadido Hamelin, un desconocido aparece y ofrece deshacerse de ellas. Para sorpresa de todos, este extranjero comienza a tocar la flauta y las ratas, encantadas, abandonan el pueblo siguiendo sus pasos hasta el río donde se ahogan… pero la trama se complica cuando la gente de Hamelin le niega al flautista el pago por sus servicios y el flautista se venga llevándose a sus niños…
El flautista de Hamelin” es una leyenda o cuento popular alemán. Al ser un cuento popular, existen varias versiones dando vueltas donde más que nada varía el desenlace (feliz o trágico…). Una versión es la de los hermanos Grimm aunque, según encontré en la web, las primeras alusiones al flautista son de aproximadamente el año 1300, es decir, algo así como 500 años antes de la versión recopilada por los Grimm. Incluso hay quienes la relacionan a hechos históricos y aún hoy se discute su origen.
En Wikipedia encontré estos versos que les comparto:



En el año de 1284 en el día de Juan y Pablo
siendo el 26 de junio
por un flautista vestido con muchos colores,
fueron seducidos 130 niños nacidos en Hamelin
y se perdieron en el lugar del calvario, cerca de “koppen“(colinas).

Dichos versos fueron encontrados por, y pego textual de wikipedia, “un individuo llamado Decan Lude, originario de Hamelín” en un libro coral que pertenecía a su abuela. El afirmaba era el testimonio de alguien que “había visto con sus propios ojos el suceso”.
Tal vez no sepamos a ciencia cierta nunca si la historia del flautista de Hamelin noveliza hechos reales o no, pero sin dudas sigue vigente, y hoy lo que traigo para compartir con ustedes es el poema escrito por el inglés Robert Browning en 1845. Encontré dos traducciones, una en verso que me despertó algunas dudas (pocas pero dudas al fin), y otra en prosa con un léxico más bello. Cuesta traducir los poemas y que mantengan su musicalidad original... Me decidí por la traducción acomodada a prosa... pero no olvidemos que es, en su origen, un poema. Busqué la versión en inglés para compararlas -
no puedo con mi curiosidad - así que para curiosos como yo, va pegado al final de la versión en español.
:D
Nota: la imagen que elegí para acompañar el texto es un fragmento del vitró de la iglesia de Hamelin que es mencionado en el texto de Browning. 



 El flautista de Hamelin

El pueblito de Hamelin está en Brunswick, cerca de la famosa ciudad de Hanover, y el profundo y anchuroso Weser baña su flanco sur. Jamás se vio un lugar tan placentero pero, para la época en que comienza nuestra historia -hace casi cinco siglos-, los pobladores soportaban una horrible peste.

¡Ratas! Desafiaban a los perros y mataban a los gatos; mordían a los bebitos en sus cunas; se comían los quesos de los moldes y sorbían la sopa del mismísimo cucharón del cocinero; abrían los toneles de sardinas en salmuera, anidaban en los sombreros de paseo de los hombres y hasta estropeaban las charlas de las mujeres, ahogando las voces con chillidos estridentes que cubrían una gama de cincuenta sostenidos y bemoles.

Finalmente la gente acudió en manifestación a la alcaldía.

-Es evidente que nuestro alcalde es un papanatas -gritaban-. Para no hablar de la Corporación. ¡Pensar que gastamos en trajes de armiño para unos bobos que no son capaces de librarnos de esta peste! ¿Acaso esperan ampararse en sus pieles de magistrados, sólo porque son viejos y gordos? De pie, señores. Exprímanse los cerebros para encontrar una solución, o no les quepa duda de que los vamos a echar.

Al oír esto el alcalde y la Corporación se pusieron a temblar, muy preocupados.

Estuvieron reunidos en consejo durante una hora y por fin el alcalde rompió el silencio.

-Remato mi investidura al mejor postor. Querría estar bien lejos de aquí. Es fácil pedir que uno se exprima el cerebro. Ya me duele la cabeza de tanto rascarla. Y nada. ¡Si se nos ocurriera alguna buena trampa!

Mientras decía esto tocaron suavemente a la puerta del recinto

-¡Santo cielo! -exclamó el alcalde-. ¿Qué es eso?

(Allí sentado con la Corporación parecía pequeño pero asombrosamente gordo. Su mirada no era más lúcida ni más húmeda que la de una ostra muerta, aunque hay que admitir que cobraba un poco de vida al mediodía, cuando la panza clamaba por un guiso de tortuga verde y gelatinosa.)

-¿Alguien se está sacudiendo los pies en el felpudo? -preguntó, y agregó-: Cualquier ruidito que me recuerde el de las ratas y el corazón me da un vuelco.
-¡Adelante! -gritó finalmente el alcalde, y pareció que había crecido.

Entonces hizo su entrada el tipo más raro que pueda uno imaginar, con un extravagante abrigo que lo cubría de pies a cabeza, mitad amarillo y mitad rojo. Era un hombre alto y muy delgado, con ojos azules y penetrantes, chiquitos como dos alfileres, cabellos claros y lacios pero tez morena, sin bozo en las mejillas ni barba en el mentón pero con muchas sonrisas en tos labios. Nadie imaginaba quién era ni de dónde venía y todos contemplaban absortos al hombre altísimo y su extraño atavío.

Uno dijo:

-Es como si mi tatarabuelo hubiese vuelto de la tumba al oír las trompetas del día del Juicio.

El hombre avanzó hasta la mesa de deliberaciones y dijo:

-Con su permiso, honorables. Por obra de un poder secreto, estoy en condiciones de hacer que me sigan todas las criaturas vivientes, las que se arrastran, las que nadan, las que vuelan y las que corren. Suelo utilizar mi poder sobre los bichos perjudiciales al hombre, como los topos, los sapos, los tritones y las víboras. La gente me llama el Flautista.

Y sólo entonces notaron que alrededor del cuello tenía una banda roja y amarilla (para hacer juego con el saco), de cuyo extremo colgaba una flauta. También notaron que los dedos se le escapaban, como si estuvieran ansiosos por tocar esa flauta que se bamboleaba sobre el anticuado traje.

-A pesar de ser sólo un pobre flautista -dijo-, en junio pasado liberé al Chan de Tartaria de unas gigantescas nubes de mosquitos y en Asia le quité de encima a Nizam una ola monstruosa de murciélagos vampiros. Y en cuanto a lo que les preocupa a ustedes ¿me darían mil florines si libero a la ciudad de las ratas?
-¿Mil? ¡Cincuenta mil! -exclamaron sorprendidos el alcalde y la Corporación.

Entonces el Flautista salió a la calle, algo sonriente, como si supiese qué magia dormía en su flauta, y, como un músico experto, frunció los labios para soplar el instrumento. Los ojos despedían destellos azules y verdes, como cuando se arroja sal sobre la llama de una vela. Y antes de que la flauta hubiese emitido tres notas agudas, se oyó algo que recordaba un ejército en marcha. El murmullo se convirtió en gruñido, el gruñido en rugido y las ratas comenzaron a precipitarse atropelladamente a la calle.

Ratas grandes, ratas chicas, ratas enclenques, ratas robustas, ratas marrones, ratas grises, ratas negras, ratas rubias, viejas ratas solemnes y rengas, ratitas alegres y juguetonas, padres, madres, tías, primos, colas en alto y bigotes en punta, decenas y docenas de familias, hermanos, hermanas, esposas y esposos, todas detrás del Flautista.

El Flautista tocaba y caminaba y las ratas lo seguían bailoteando, hasta que llegaron a orillas del Weser, donde todas se zambulleron y murieron. Todas salvo una, intrépida como Julio César, que atravesó el río a nado y vivió para llevar sus comentarios al País de las Ratas, tan cuidadosa como el conquistador romano de preservar el manuscrito.

Su historia decía así:

"En cuanto sonaron las primeras notas agudas en la flauta, me pareció oír que cortaban lebrillo, que colocaban manzanas, maravillosamente maduras, en la prensa de hacer sidra, que corrían barriles de embutidos, que dejaban entreabiertos armarios con conservas y que quitaban los corchos a los frascos de aceite, que hacían saltar los flejes de los toneles
de manteca. Era como si una voz (más dulce que el arpa o el salterio) gritase: "¡Alégrense, ratas! El mundo se convirtió en una enorme despensa. Así que masquen, tasquen, desayunen, almuercen, merienden y cenen." Y cuando me pareció ver un gran barril de azúcar, ya abierto, brillante como el sol, a pocos centímetros de mis narices, como diciéndome: "Ven a perforarme", me encontré revolcándome en el Weser".

Tendrían que haber escuchado a los pobladores de Hamelin haciendo repicar las campanas hasta doblar los campanarios.

-¡Vamos! -gritaba el alcalde-. ¡Agarren palos largos y arranquen los nidos; tapen los agujeros! ¡Consulten con carpinteros y albañiles y no dejen ni rastros de las ratas en el pueblo!

De pronto asomó la cara del Flautista en el mercado y se oyó:

-¡Primero páguenme mis mil florines, por favor!

¡Mil florines! El alcalde se puso verde y también, los miembros de la Corporación. Las cenas del Concejo hacían estragos con las reservas de Clarete, de Mosela, de Vinde Grave y de vino del Rin, y la mitad de ese dinero bastaría para volver a llenar con vino el tonel más grande de la bodega. ¿Cómo iban a pagarle esa suma a un vagabundo vestido de amarillo y rojo, como un gitano?

-Además -dijo el alcalde con un guiño malicioso-, fue obra del río. Todos vimos con nuestros propios ojos cómo se hundían las ratas. Y lo que está muerto no resucita, según creo. Así que, amigo, no somos gente que vaya a negarle un vaso de vino ni tampoco algún dinerito, pero en cuanto a los florines, lo que dijimos lo dijimos en broma. Por otra parte, hay que tener en cuenta que sufrimos graves pérdidas y que debemos ahorrar. ¡Mil florines! ¡Por favor! Conténtese con cincuenta.

El Flautista cambió de cara y gritó:

-No acepto regateos y, además, estoy muy apurado. Prometí estar en Bagdad para la hora de la cena: tengo que probar la primicia de un guiso del cocinero en jefe, un hombre muy rico, que está agradecido de que haya exterminado los escorpiones de la cocina del califa. No regateé con él y no voy a ceder ni un centavo con ustedes. Además, tengan en cuenta que tengo otro modo de tocar la flauta para la gente que me pone furioso.
-¿Cómo dice? -gritó el alcalde-. ¿Cree usted que puedo permitir que me trate peor que a un cocinero? ¿Que me insulte un asqueroso haragán, un flautista vagabundo vestido de todos colores? ¿Es eso una amenaza? Adelante, entonces, y sople su flauta hasta reventar.

El Flautista salió una vez más a la calle y una vez más acercó a sus labios la larga flauta de caña lisa y recta. Y antes de que hubiese sonado la tercera de esas notas dulces y suaves como no había emitido hasta entonces ningún músico en el mundo, se oyó un murmullo de bullicio, de muchedumbres alegres que se empujaban y se atropellaban, piecitos que pataleaban y zuecos que golpeteaban, manitos que aplaudían y lengüitas que parloteaban y, como las aves del corral cuando les tiran el alpiste, salieron corriendo los chicos. Todos los chicos y las chicas de mejillas sonrosadas y rulos rubios, de ojos brillantes y dientes de perlas, tropezándose y brincando corrían en pos de la música maravillosa entre gritos y carcajadas.

El alcalde se quedó mudo y los consejeros se quedaron duros como estacas. Incapaces de dar un paso o de gritarles a los chicos que pasaban saltando alegremente, sólo podían seguir con los ojos a esa multitud gozosa que perseguía al Flautista. Pero ¡qué angustia sintió el alcalde y cómo palpitaron los corazones de los consejeros cuando el Flautista se desvió de la calle principal y se dirigió hacia el Weser, que les saldría al paso a sus hijos y sus hijas!

Sin embargo, el Flautista cambió de rumbo y, en lugar de dirigirse hacia el sur, se dirigió hacia el oeste y rumbeó hacia la colina de Koppelberg, con los chicos siempre pegados a la espalda. Todos se sintieron aliviados.

-Nunca podrá atravesar ese pico. Tendrá que dejar de tocar y nuestros hijos se detendrán.

Pero sucedió que, al llegar al pie de la montaña, se abrió de par en par un portal maravilloso, como si de pronto hubiese surgido una caverna. El Flautista avanzó y los niños lo siguieron. Y cuando habían entrado todos, hasta el último, la puerta se cerró de
golpe.

¿Dije todos? Me equivoco. Uno de ellos era rengo y no había podido bailotear como los otros. Cuando, muchos años después, le reprochaban su tristeza, solía decir: "Es muy sombrío el pueblo desde que se fueron mis compañeros. Y no puedo olvidar que estoy privado de contemplar todos esos maravillosos espectáculos que también a mí me prometió el Flautista. Decía que nos conducía a una tierra de gozo, que estaba muy cerquita del pueblo, allí nomás, donde brotaban fuentes y crecían árboles frutales y las flores desplegaban matices más hermosos y todo era extraño y nuevo, donde los gorriones eran más brillantes que los pavos reales y los perros más veloces que las corzas, y las abejas habían perdido sus aguijones y los caballos nacían con alas de águila. Y justo cuando me sentí seguro de que en ese lugar iba a curarme de mi renguera, la música se detuvo y yo me quedé allí parado, del lado de afuera de la montaña, abandonado muy a pesar mío y obligado a seguir rengueando en este mundo y a no volver a oír nunca más hablar del hermoso país".

¡Desdichado Hamelin! A muchos vecinos les vino a la mente eso de que es más fácil que un camello pase por el ojo de un aguja que un rico entre en el cielo.

El alcalde mandó mensajeros hacia los cuatro puntos cardinales para ofrecerle al Flautista, donde quiera que se lo hallase, todo el oro y toda la plata que pidiera si regresaba como se había ido y traía con él a los niños. Pero cuando vieron que todo era en vano y que el Flautista y los niños que bailoteaban a sus espaldas se habían ido para siempre, lanzaron un decreto por el cual los abogados debían fechar sus documentos según esta fórmula: "A tantos años, meses y días de lo que sucedió aquí el 27 de julio de 1366". Y para no olvidarse jamás de la calle por donde habían desaparecido los niños la
llamaron Calle del Flautista y cualquiera que pasase por ella tocando la flauta o el tamboril podía estar seguro de que no volvería a encontrar trabajo en Hamelin. Tampoco permitieron que ninguna hostería ni ninguna taberna perturbase con el bullicio una calle tan solemne. Y frente al lugar en que se había abierto la caverna levantaron una columna y en ella escribieron esta historia y también la pintaron en el gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase de que les hablan robado sus hijos. Todavía hoy están allí esos recuerdos.

Me olvidaba de mencionar que en Transilvania hay una tribu de gente muy especial que asegura que las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la atención de sus vecinos, son una herencia de sus antepasados, surgidos de una prisión subterránea en la que se los había sepultado hacía largo tiempo después de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin, en el condado de Brunswick, sin que supieran decir cómo o por qué.
 

Así que, Guille, saldemos nuestras deudas con todos los hombres... ¡sobre todo con los flautistas! Y sí llegan a liberarnos con su música de ratas o de ratones cumplamos nuestra promesa y paguémosles lo que hayamos convenido.


THE PIED PIPER OF HAMELIN

I.

1 Hamelin Town's in Brunswick,
2 By famous Hanover city;
3 The river Weser, deep and wide,
4 Washes its wall on the southern side;
5 A pleasanter spot you never spied;
6 But, when begins my ditty,
7 Almost five hundred years ago,
8 To see the townsfolk suffer so
9 From vermin, was a pity. 

II.

10 Rats!
11 They fought the dogs and killed the cats,
12 And bit the babies in the cradles,
13 And ate the cheeses out of the vats,
14 And licked the soup from the cooks' own ladles,
15 Split open the kegs of salted sprats,
16 Made nests inside men's Sunday hats,
17 And even spoiled the women's chats,
18 By drowning their speaking
19 With shrieking and squeaking
20 In fifty different sharps and flats. 

III.

21 At last the people in a body
22 To the Town Hall came flocking:
23 ``Tis clear,'' cried they, ``our Mayor's a noddy;
24 ``And as for our Corporation -- shocking
25 ``To think we buy gowns lined with ermine
26 ``For dolts that can't or won't determine
27 ``What's best to rid us of our vermin!
28 ``You hope, because you're old and obese,
29 ``To find in the furry civic robe ease?
30 ``Rouse up, sirs! Give your brains a racking
31 ``To find the remedy we're lacking,
32 ``Or, sure as fate, we'll send you packing!''
33 At this the Mayor and Corporation
34 Quaked with a mighty consternation. 

IV.

35 An hour they sat in council,
36 At length the Mayor broke silence:
37 ``For a guilder I'd my ermine gown sell;
38 ``I wish I were a mile hence!
39 ``It's easy to bid one rack one's brain --
40 ``I'm sure my poor head aches again,
41 ``I've scratched it so, and all in vain
42 ``Oh for a trap, a trap, a trap!''
43 Just as he said this, what should hap
44 At the chamber door but a gentle tap?
45 ``Bless us,'' cried the Mayor, ``what's that?''
46 (With the Corporation as he sat,
47 Looking little though wondrous fat;
48 Nor brighter was his eye, nor moister
49 Than a too-long-opened oyster,
50 Save when at noon his paunch grew mutinous
51 For a plate of turtle green and glutinous)
52 `Only a scraping of shoes on the mat?
53 ``Anything like the sound of a rat
54 ``Makes my heart go pit-a-pat!'' 

V.

55 ``Come in!'' -- the Mayor cried, looking bigger
56 And in did come the strangest figure!
57 His queer long coat from heel to head
58 Was half of yellow and half of red,
59 And he himself was tall and thin,
60 With sharp blue eyes, each like a pin,
61 And light loose hair, yet swarthy skin
62 No tuft on cheek nor beard on chin,
63 But lips where smile went out and in;
64 There was no guessing his kith and kin:
65 And nobody could enough admire
66 The tall man and his quaint attire.
67 Quoth one: ``It's as my great-grandsire,
68 ``Starting up at the Trump of Doom's tone,
69 ``Had walked this way from his painted tombstone!'' 

VI.

70 He advanced to the council-table:
71 And, ``Please your honours,'' said he, ``I'm able,
72 ``By means of a secret charm, to draw
73 ``All creatures living beneath the sun,
74 ``That creep or swim or fly or run,
75 ``After me so as you never saw!
76 ``And I chiefly use my charm
77 ``On creatures that do people harm,
78 ``The mole and toad and newt and viper;
79 ``And people call me the Pied Piper.''
80 (And here they noticed round his neck
81 A scarf of red and yellow stripe,
82 To match with his coat of the self-same cheque;
83 And at the scarf's end hung a pipe;
84 And his fingers, they noticed, were ever straying
85 As if impatient to be playing
86 Upon this pipe, as low it dangled
87 Over his vesture so old-fangled.)
88 ``Yet,'' said he, ``poor piper as I am,
89 ``In Tartary I freed the Cham,
90 ``Last June, from his huge swarms of gnats,
91 ``I eased in Asia the Nizam
92 ``Of a monstrous brood of vampyre-bats:
93 ``And as for what your brain bewilders,
94 ``If I can rid your town of rats
95 ``Will you give me a thousand guilders?''
96 ``One? fifty thousand!'' -- was the exclamation
97 Of the astonished Mayor and Corporation. 

VII.

98 Into the street the Piper stept,
99 Smiling first a little smile,
100 As if he knew what magic slept
101 In his quiet pipe the while;
102 Then, like a musical adept,
103 To blow the pipe his lips he wrinkled,
104 And green and blue his sharp eyes twinkled,
105 Like a candle-flame where salt is sprinkled;
106 And ere three shrill notes the pipe uttered,
107 You heard as if an army muttered;
108 And the muttering grew to a grumbling;
109 And the grumbling grew to a mighty rumbling;
110 And out of the houses the rats came tumbling.
111 Great rats, small rats, lean rats, brawny rats,
112 Brown rats, black rats, grey rats, tawny rats,
113 Grave old plodders, gay young friskers,
114 Fathers, mothers, uncles, cousins,
115 Cocking tails and pricking whiskers,
116 Families by tens and dozens,
117 Brothers, sisters, husbands, wives --
118 Followed the Piper for their lives.
119 From street to street he piped advancing,
120 And step for step they followed dancing,
121 Until they came to the river Weser
122 Wherein all plunged and perished!
123 -- Save one who, stout as Julius Caesar,
124 Swam across and lived to carry
125 (As he, the manuscript he cherished)
126 To Rat-land home his commentary:
127 Which was, ``At the first shrill notes of the pipe,
128 ``I heard a sound as of scraping tripe,
129 ``And putting apples, wondrous ripe,
130 ``Into a cider-press's gripe:
131 ``And a moving away of pickle-tub-boards,
132 ``And a leaving ajar of conserve-cupboards,
133 ``And a drawing the corks of train-oil-flasks,
134 ``And a breaking the hoops of butter-casks:
135 ``And it seemed as if a voice
136 ``(Sweeter far than by harp or by psaltery
137 ``Is breathed) called out, `Oh rats, rejoice!
138 ```The world is grown to one vast drysaltery!
139 ```So munch on, crunch on, take your nuncheon,
140 ```Breakfast, supper, dinner, luncheon!'
141 ``And just as a bulky sugar-puncheon,
142 ``All ready staved, like a great sun shone
143 ``Glorious scarce an inch before me,
144 ``Just as methought it said, `Come, bore me!'
145 `` -- I found the Weser rolling o'er me.'' 

VIII.

146 You should have heard the Hamelin people
147 Ringing the bells till they rocked the steeple
148 ``Go,'' cried the Mayor, ``and get long poles,
149 ``Poke out the nests and block up the holes!
150 ``Consult with carpenters and builders,
151 ``And leave in our town not even a trace
152 ``Of the rats!'' -- when suddenly, up the face
153 Of the Piper perked in the market-place,
154 With a, ``First, if you please, my thousand guilders!''
IX.

155 A thousand guilders! The Mayor looked blue;
156 So did the Corporation too.
157 For council dinners made rare havoc
158 With Claret, Moselle, Vin-de-Grave, Hock;
159 And half the money would replenish
160 Their cellar's biggest butt with Rhenish.
161 To pay this sum to a wandering fellow
162 With a gipsy coat of red and yellow!
163 ``Beside,'' quoth the Mayor with a knowing wink,
164 ``Our business was done at the river's brink;
165 ``We saw with our eyes the vermin sink,
166 ``And what's dead can't come to life, I think.
167 ``So, friend, we're not the folks to shrink
168 ``From the duty of giving you something to drink,
169 ``And a matter of money to put in your poke;
170 ``But as for the guilders, what we spoke
171 ``Of them, as you very well know, was in joke.
172 ``Beside, our losses have made us thrifty.
173 ``A thousand guilders! Come, take fifty!'' 

X.

174 The Piper's face fell, and he cried,
175 ``No trifling! I can't wait, beside!
176 ``I've promised to visit by dinner-time
177 ``Bagdad, and accept the prime
178 ``Of the Head-Cook's pottage, all he's rich in,
179 ``For having left, in the Caliph's kitchen,
180 ``Of a nest of scorpions no survivor:
181 ``With him I proved no bargain-driver,
182 ``With you, don't think I'll bate a stiver!
183 ``And folks who put me in a passion
184 ``May find me pipe after another fashion.''
XI.

185 ``How?'' cried the Mayor, ``d'ye think I brook
186 ``Being worse treated than a Cook?
187 ``Insulted by a lazy ribald
188 ``With idle pipe and vesture piebald?
189 ``You threaten us, fellow? Do your worst,
190 ``Blow your pipe there till you burst!'' 

XII.

191 Once more he stept into the street,
192 And to his lips again
193 Laid his long pipe of smooth straight cane;
194 And ere he blew three notes (such sweet
195 Soft notes as yet musician's cunning
196 Never gave the enraptured air)
197 There was a rustling that seemed like a bustling
198 Of merry crowds justling at pitching and hustling,
199 Small feet were pattering, wooden shoes clattering,
200 Little hands clapping and little tongues chattering,
201 And, like fowls in a farm-yard when barley is scattering,
202 Out came the children running.
203 All the little boys and girls,
204 With rosy cheeks and flaxen curls,
205 And sparkling eyes and teeth like pearls,
206 Tripping and skipping, ran merrily after
207 The wonderful music with shouting and laughter. 

XIII.

208 The Mayor was dumb, and the Council stood
209 As if they were changed into blocks of wood,
210 Unable to move a step, or cry
211 To the children merrily skipping by,
212 -- Could only follow with the eye
213 That joyous crowd at the Piper's back.
214 But how the Mayor was on the rack,
215 And the wretched Council's bosoms beat,
216 As the Piper turned from the High Street
217 To where the Weser rolled its waters
218 Right in the way of their sons and daughters!
219 However he turned from South to West,
220 And to Koppelberg Hill his steps addressed,
221 And after him the children pressed;
222 Great was the joy in every breast.
223 ``He never can cross that mighty top!
224 ``He's forced to let the piping drop,
225 ``And we shall see our children stop!''
226 When, lo, as they reached the mountain-side,
227 A wondrous portal opened wide,
228 As if a cavern was suddenly hollowed;
229 And the Piper advanced and the children followed,
230 And when all were in to the very last,
231 The door in the mountain-side shut fast.
232 Did I say, all? No! One was lame,
233 And could not dance the whole of the way;
234 And in after years, if you would blame
235 His sadness, he was used to say, --
236 ``It's dull in our town since my playmates left!
237 ``I can't forget that I'm bereft
238 ``Of all the pleasant sights they see,
239 ``Which the Piper also promised me.
240 ``For he led us, he said, to a joyous land,
241 ``Joining the town and just at hand,
242 ``Where waters gushed and fruit-trees grew,
243 ``And flowers put forth a fairer hue,
244 ``And everything was strange and new;
245 ``The sparrows were brighter than peacocks here,
246 ``And their dogs outran our fallow deer,
247 ``And honey-bees had lost their stings,
248 ``And horses were born with eagles' wings;
249 ``And just as I became assured
250 ``My lame foot would be speedily cured,
251 ``The music stopped and I stood still,
252 ``And found myself outside the hill,
253 ``Left alone against my will,
254 ``To go now limping as before,
255 ``And never hear of that country more!''
XIV.

256 Alas, alas for Hamelin!
257 There came into many a burgher's pate
258 A text which says that heaven's gate
259 Opes to the rich at as easy rate
260 As the needle's eye takes a camel in!
261 The mayor sent East, West, North and South,
262 To offer the Piper, by word of mouth,
263 Wherever it was men's lot to find him,
264 Silver and gold to his heart's content,
265 If he'd only return the way he went,
266 And bring the children behind him.
267 But when they saw 'twas a lost endeavour,
268 And Piper and dancers were gone for ever,
269 They made a decree that lawyers never
270 Should think their records dated duly
271 If, after the day of the month and year,
272 These words did not as well appear,
273 ``And so long after what happened here
274 ``On the Twenty-second of July,
275 ``Thirteen hundred and seventy-six:''
276 And the better in memory to fix
277 The place of the children's last retreat,
278 They called it, the Pied Piper's Street --
279 Where any one playing on pipe or tabor,
280 Was sure for the future to lose his labour.
281 Nor suffered they hostelry or tavern
282 To shock with mirth a street so solemn;
283 But opposite the place of the cavern
284 They wrote the story on a column,
285 And on the great church-window painted
286 The same, to make the world acquainted
287 How their children were stolen away,
288 And there it stands to this very day.
289 And I must not omit to say
290 That in Transylvania there's a tribe
291 Of alien people who ascribe
292 The outlandish ways and dress
293 On which their neighbours lay such stress,
294 To their fathers and mothers having risen
295 Out of some subterraneous prison
296 Into which they were trepanned
297 Long time ago in a mighty band
298 Out of Hamelin town in Brunswick land,
299 But how or why, they don't understand. 

XV.

300 So, Willy, let me and you be wipers
301 Of scores out with all men -- especially pipers!
302 And, whether they pipe us free from rats or from mice,
303 If we've promised them aught, let us keep our promise!

viernes, 7 de septiembre de 2012

Barba Azul - Charles Perrault

"Barba azul" es un cuento perturbador. Recuerdo haberme espantado bastante cuando lo leí siendo, tal vez, demasiado pequeña para este tipo de historias.
En su libro "Mujeres que corren con lobos", la psicóloga Clarissa Pinkola Estés lo analiza en un capítulo llamado "La persecución del intruso". Para ella "Barba azul" habla un gran enemigo, el autoboicot, y lo describe como un "poderoso depredador que aparece una y otra vez en los sueños (...) y estalla en el mismo centro de los planes más espirituales y significativos".
Como siempre sucede con los cuentos populares y las fábulas, existen varias versiones transmitidas de boca en boca (francesa, alemana, eslava, entre otras varias) pero la base en todas es la misma. Barba azul, es un hombre horripilante que guarda un temible secreto, y aquella mujer curiosa que se atreva a descubrirlo, pagará por ello.
Charles Perrault recopiló la versión francesa en 1697 y la incluyó en el libro "Cuentos de mamá ganso" (o mamá oca), el mismo libro que contiene "Caperucita roja", "El gatos con botas" y varios más que de a poco también subiré al blog.


Barba Azul

En otro tiempo vivía un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y
plata,  muebles muy adornados y carrozas doradas; pero, por desgracia,  su barba era azul,  color que le daba un aspecto tan feo y terrible que no había mujer ni joven que no huyera a su vista.

Una de sus vecinas, señora de rango, tenía dos hijas muy hermosas. Pidiole una en matrimonio, dejando a la madre la elección de la que había de ser su esposa. Ninguna de las jóvenes se quería casar con él y cada cual lo endosaba a la otra, sin que la otra ni la una se resolvieran a ser la mujer de un hombre que tenía la barba azul.  Además,  aumentaba su disgusto el  hecho de que había casado con varias mujeres y nadie sabía lo que de ellas había sido.

Barba  Azul,  para  trabar  con ellas  relaciones,  llevolas  con su madre,  tres  o cuatro  amigos íntimos y algunas  jóvenes  de  la  vecindad  a  una  de  sus  casas  de  campo  en  la  que  permanecieron  ocho  días completos,  que emplearon en paseos,  partidos de caza y pesca,  bailes y tertulias,  sin dormir apenas y pasando las noches en decir chistes. Tan agradablemente se deslizó el tiempo, que a la menor pareciole que el dueño de casa no tenía la barba azul y que era un hombre muy bueno; y al regresar a la ciudad celebraron la boda.

Al cabo de un mes Barba Azul dijo a su esposa que se veía obligado a hacer un viaje a provincias, que a lo menos duraría seis semanas, siendo importante el asunto que a viajar le obligaba. Rogole que durante su ausencia se divirtiese cuanto pudiera, invitara a sus amigas a acompañarla, fuera con ellas al campo, si de ello gustaba, y procurara no estar triste.

- Aquí tienes - añadió - las llaves de los dos grandes guardamuebles. Estas son las de la vajilla de oro y plata que no se usa diariamente; las que te entrego pertenecen a las cajas donde guardo los metales preciosos; estas las de los cofres en los que están mis piedras y joyas, y aquí te doy el llavín que abre las puertas de todos los cuartos. Esta llavecita es la del gabinete que hay al extremo de la gran galería de abajo. Ábrelo todo, entra en todas partes, pero te prohíbo penetrar en el gabinete; y de tal manera te lo prohíbo, que si lo abres puedes esperarlo todo de mi cólera.

Prometiole  atenerse  exactamente  a lo que acababa de ordenarle;  y él,  después  de haberla  abrazado, metiose en el carruaje y emprendió su viaje.

Las vecinas y los amigos no esperaron a que les llamasen para ir a casa de la recién casada, pues grandes eran sus deseos de verlo todo, que no se atrevieron a realizar estando el marido, porque su barba azul les espantaba.  Acto  continuo,  pusiéronse  a  recorrer  los  cuartos,  los  gabinetes,  los  guardarropas,  siendo sorprendente  la  riqueza  de  cada  habitación.  Subieron  enseguida  a  los  guardamuebles,  donde  no  se cansaron de admirar  el  número y belleza de los tapices,  camas,  sofás,  papeleras,  veladores,  mesas  y espejos que reproducían las imágenes de la cabeza a los pies y en los que los adornos, los unos de cristal, de plata dorados los otros, eran tan bellos y magníficos que iguales no se habían visto. No cesaban de ponderar y envidiar la dicha de su amiga, que no se divertía viendo tales riquezas, pues la dominaba la impaciencia por ir a abrir el gabinete de abajo.

Empujola la curiosidad, sin fijarse en que faltaba a la educación abandonando a sus amigas, bajó por una escalerilla reservada, con tanta precipitación que dos o tres veces corrió peligro de desnucarse. Al llegar a la puerta del gabinete detúvose algún tiempo, pensando en la prohibición de su marido y reflexionando que  la  desobediencia  podía  atraerle  alguna  desgracia;  pero  la  tentación  era  tan  fuerte  que no pudo vencerla, y tomando la llavecita abrió temblando la puerta del gabinete.

Al  principio  nada  vio,  debido  a  que  las  ventanas  estaban  cerradas.  Al  cabo  de  algunos  instantes comenzaron a destacarse los objetos y notó que el suelo estaba completamente cubierto de sangre cuajada y que en ella se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y sujetas a las paredes. Estas mujeres eran todas aquellas con quienes Barba Azul había casado, a las que había degollado una tras otra. Creyó morir  de miedo ante tal  espectáculo  y se le  cayó la  llave del  gabinete  que acababa de sacar  de la cerradura.

Después de haberse repuesto algo, cogió la llave,  cerró la puerta y subió a su cuarto para dominar su
agitación, sin que lo lograse, pues era extraordinaria.
 
Habiendo notado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la enjugó dos o tres veces, pero la sangre no desaparecía.  En vano la lavó y hasta la frotó con arenilla y asperón, pues continuaron las manchas sin que hubiera medio de hacerlas desaparecer,  porque cuando lograba quitarlas de un lado, aparecían en el otro.

Barba Azul regresó de su viaje la noche de aquel mismo día y dijo que en el camino había recibido cartas noticiándole que había terminado favorablemente para él el asunto que le había obligado a ausentarse. La esposa hizo cuanto pudo para que creyese que su inesperada vuelta la había llenado de alegría.

Al día siguiente le dio las llaves y se las entregó tan temblorosa, que en el acto adivinó todo lo ocurrido.

- ¿Por qué no está con las otras la llavecita del gabinete? - Le preguntó.
- Probablemente la habré dejado sobre mi mesa, contestó.
- Dámela enseguida - añadió Barba Azul.

Después de varias dilaciones, forzoso fue entregar la llave. Mirola Barba Azul y dijo a su mujer:

- ¿A qué se debe que haya sangre en esta llave?
- Lo ignoro, contestó más pálida que la muerte.
- ¿No lo sabes? -replicó Barba Azul-; yo lo sé. Has querido penetrar en el gabinete. Pues bien, entrarás en él e irás a ocupar tu puesto entre las mujeres que allí has visto.

Al  oír  estas  palabras  arrojose  llorando  a  los  pies  de  su  esposo  y  pidiole  perdón  con  todas  las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por haberle desobedecido. Hubiera conmovido a una roca, tanta era su aflicción y belleza, pero Barba Azul tenía el corazón más duro que el granito.

- Es necesario que mueras - le dijo - y morirás en el acto.
- Puesto que es forzoso - murmuró mirándole con los ojos anegados en llanto -, concédeme algún tiempo para rezar.
- Te concedo diez minutos - replicó Barba Azul -, pero ni un segundo más.

En cuanto estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:

- Anita de mi corazón; sube a lo alto de la torre y mira si vienen mis hermanos. Me han prometido que hoy vendrían a verme, y si los ves hazles seña de que apresuren el paso.

Subió Anita a lo alto de la torre y la mísera le preguntaba a cada instante.
 
- Anita, hermana mía, ¿ves algo?
 
Y Anita contestaba:
 
- Sólo veo el sol que centellea y la hierba que verdea.

Barba Azul tenía una enorme cuchilla en la mano y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones a su mujer:

- Baja enseguida o subo yo.
- ¡Un instante, por piedad! -le contestaba su esposa; y luego decía en voz baja-: Anita, hermana mía, ¿ves algo?

Su hermana respondía:
 
- Sólo veo el sol que centellea y la hierba que verdea.
- Baja pronto - bramaba Barba Azul -, o subo yo.
- Bajo -contestó la infeliz; y luego preguntó-, Anita, hermana mía, ¿viene alguien?
- Sí, veo una gran polvareda que hacia aquí avanza...
- ¿Son mis hermanos?
- ¡Ay!, no, hermana mía; es un rebaño de carneros.
- ¿Bajas o no bajas? -vociferaba Barba Azul.
- ¡Un momento, otro instante no más! -exclamó su mujer; y luego añadió-: Anita, hermana mía, ¿viene alguien?
- Veo -contestó-,  dos caballeros que hacia aquí se encaminan, pero aún están muy lejos.  ¡Alabado sea Dios! - exclamó -, poco después; ¡son mis hermanos! Les hago señas para que apresuren el paso.

Barba Azul se puso a gritar con tanta fuerza que se estremeció la casa entera. Bajó la infeliz mujer y fue a arrojarse a sus pies llorosa y desgreñada.

- De nada han de servirte las lágrimas - le dijo -, has de morir.

Luego agarrola de los cabellos con una mano y levantó con la otra la cuchilla para cortarle la cabeza. La infeliz hacia él volvió moribunda mirada, y rogole le concediese unos segundos.

- No, no - rugió aquel hombre -, encomiéndate a Dios.

Y al mismo tiempo levantó el armado brazo...
 
En aquel momento golpearon con tanta fuerza la puerta, que Barba Azul se detuvo. Abrieron y entraron dos  caballeros,  quienes  desnudando  las  espadas  corrieron  hacia  donde  estaba  aquel  hombre,  que reconoció a los dos hermanos de su mujer, el uno perteneciente a un regimiento de dragones y el otro mosquetero; y al verlos escapó. Persiguiéronle tan de cerca ambos hermanos, que lo alcanzaron antes que hubiese podido llegar a la plataforma le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer casi tan falta de vida estaba como su marido y ni fuerzas tuvo para levantarse y abrazar a sus hermanos.

Resultó que Barba Azul no tenía herederos,  con lo cual  todos sus bienes pasaron a su esposa,  quien
empleó una parte en casar a su hermanita con un joven gentilhombre que hacía tiempo la amaba,  otra
parte en comprar los grados de capitán para sus hermanos y el resto se lo reservó, casándose con un hombre muy digno y honrado que la hizo olvidar los tristes instantes que había pasado con Barba Azul.

Moraleja

De lo dicho se deduce,
si el cuento sabes leer,
que al curioso los disgustos
suelen venirle a granel.
La curiosidad empieza,
nos domina, y una vez
satisfecha, ya no queda
de ella siquiera el placer,
pero quedan sus peligros
que has de evitar por tu bien.

Otra moraleja

A tiempos ya muy lejanos
se refiere aqueste cuento.
Mas ahora, aunque el marido
devorado esté por celos
y tenga la barba azul,
o bien negro tenga el pelo,
lo domina la mujer
con la dulzura y talento.
Para que haya paz en casa,
ya sabéis cuál es el medio.