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miércoles, 7 de octubre de 2015

El pozo y el péndulo - Edgar Allan Poe

Hoy se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Edgar Allan Poe. Y, por ello, además de volver a compartir con ustedes en facebook "El cuervo", "El corazón delator" y "El gato negro", subo un nuevo cuento suyo al blog. "El pozo y el péndulo" de 1842...

Imagen de: El péndulo de la muerte
Fuente original: Escuelapedia.com


El Pozo y el Péndulo
Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal; les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.

Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánico. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.

Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño.... ¡no! En medio del delirio.... ¡no! En medio del desvanecimiento.... ¡no! En medio de la muerte..., ¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.

Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. Y ¿cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados, nos preguntarnos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotando en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar; no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces.

En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos, en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso.

También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Luego, el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable. De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente.

No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada.

A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia, y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto. A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas, Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.

Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos. Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre esos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, y qué muerte más terrible quizá me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la Muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.

Mis extendidas manos encontraron, por último, un sólido obstáculo, Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.

Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía; pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición. Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquéllo era una cueva.

No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta. De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente.

En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.
Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba.

Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos; pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido.

Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed abrasadora, y de un trago vacié el cántaro. Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban. Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.

Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas de aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha. También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creía mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.

Toda la superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes de horror más realista, llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.

Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada.

Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y pareciese mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención. Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza, la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo, de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.

Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.

Transcurrió media hora, tal vez una hora —pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo—, cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por una media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio.

Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la última Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabía que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce. ¡Más dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.

¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando.

Pasaron días, tal vez muchos días, antes de que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor del acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido, sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso. Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración.

Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojó en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.

La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida —unos treinta pies, más o menos— y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.

Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pagar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron. Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aunaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea. Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha. Siempre más bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición.

Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje. Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por vez primera. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mí cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza no bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida.

Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica.

Hacía varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos rojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. «¿A qué clase de alimento —pensé— se habrán acostumbrado en este pozo?»

Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, habían devorado el contenido del plato. Mi mano se acostumbró a un movimiento de vaivén hacia el plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia. Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.

Al principio, lo repentino del cambio y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más de un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos de las más atrevidas se encaramaron por el caballete y olisquearon la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarráronse a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba, ni el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mí garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.

Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba constantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que la operación habría terminado. Sobre mí sentía perfectamente la distensión de las ataduras. Me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil.

No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. La estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre. ¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquella fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en un principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y de escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.

Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendiese en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido. Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario. ¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda con respecto al deseo de mis verdugos, los más despiadados, los más demoníacos de todos los hombres.

Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo. El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondido mi rostro entre las manos, lloré con amargura.

El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez más los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y ése efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto, obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.

En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. «¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!» ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión? Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible. Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos...

Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió el mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.


lunes, 8 de septiembre de 2014

La ventana indiscreta - Cornell Woolrich

Tiempo atrás, alguien me pidió que publicara "La ventana indiscreta" de Cornell Woolrich pero lo olvidé. Así que, ya que lo acabo de recordar, será el cuento de hoy.
A Cornell Woolrich se lo conoce además por otros dos seudónimos: William Irish y George Hopley. Nació 1903 en Estados Unidos y fue escritor de relatos policiales. El de hoy pertenece a "La ventana indiscreta y otros relatos" y a más de uno le sonará por alguna que otra peli que llevan el mismo nombre... a que sí... Exacto, "La ventana indiscreta" fue llevada al cine por Alfred Hitchcock en 1954, pero hay al menos una remake (1998) y una mala copia (Paranoia, 2007).
Pero volvamos a Cornell Woolrich y "La ventana indiscreta". El nombre original del cuento es "It has to be murder" (Tiene que ser un asesinato, Seguro es un asesinato, Se trata de un asesinato o algo por el estilo) y se publicó por primera vez en 1942. Encontré esta corta biografía sobre el autor:
"Pasó su niñez en México, y a los doce años regresó a Nueva York con su madre. Estudió periodismo en la Universidad de Columbia, estudios que no concluyó, pues dedicado a la escritura, obtuvo un premio y viajó a París una temporada. Comenzó a publicar en 1926, y desde 1928 escribió guiones para Hollywood. Mas tarde, comenzaría a escribir relatos cortos en varios periódicos y revistas, con gran éxito. Se casó, pero su matrimonio duró apenas tres semanas, pues su reciente esposa, descubrió su homosexualidad. Fijó su residencia en el Hotel Marseille, donde vivió con su madre, hasta la muerte de ésta en 1957, trasladándose a vivir al Hotel Franconia, donde casi ciego, alcoholizado y con una pierna amputada, vivió el fin de sus días"
 Una vida asombrosa... Bien, comencemos la lectura.


La ventana indiscreta

No sabía sus nombres. Jamás oí sus voces.

A decir verdad, no los conocía siquiera de vista, puesto que con la distancia que nos separaba me era imposible distinguir sus facciones de un modo preciso. Y, sin embargo, hubiese podido establecer un horario exacto de sus idas y venidas, registrar sus actividades cotidianas y repetir cualquiera de sus hábitos. Me refiero a los inquilinos que veía en torno al patio.

Evidentemente, no resultaba muy discreto por mi parte, e incluso hubieran podido acusarme de espionaje. Pero yo no era del todo responsable, no podía comportarme de otro modo por la sencilla razón de que en aquella época estaba inmovilizado. Trasladarme del lecho a la ventana y de la ventana al lecho era casi lo único que podía hacer. Y, a causa del calor que entonces reinaba, lo que más me atraía de la habitación era, sin la menor duda, su amplio ventanal. Por la noche, como no tenía persianas, debía quedarme a oscuras para escapar a los ataques de los insectos. No había ni que pensar en dormir, porque, acostumbrado a hacer mucho ejercicio, mi forzada inactividad me privó del sueño. En cuanto a buscar un refugio a mi tedio en la lectura, me hubiese resultado muy difícil, puesto que jamás me sentí atraído por esta clase de entretenimientos. Por tanto, ¿qué hacer en esta situación? ¿Podía quedarme allí, inmóvil, con los ojos siempre cerrados?

He aquí por qué, con el único fin de matar el tiempo, me entretenía observando a mis vecinos. Justo enfrente de mí, en un edificio de ventanas cuadradas que se hallaba al otro lado del patio se alojaba una joven pareja de recién casados: creo que ambos habrían preferido morir antes que quedarse en casa una vez anochecido. ¿Adónde iban? Lo ignoraba, pero tenían tanta prisa por salir que invariablemente olvidaban apagar la luz antes de marcharse. Ni una sola vez, estoy bien seguro, ocurrió de otro modo. A decir verdad, no es que lo olvidaran por completo. Era tan sólo que no lo recordaban hasta al cabo de un momento e, invariablemente también, veía al marido regresar a todo correr cuando debían de estar ya en el extremo de la calle, y precipitarse hacia su casa para apagar las luces. Tras lo cual, siempre tropezaba en la oscuridad al salir. Desde luego, aquella pareja resultaba muy divertida.

A causa de la perspectiva, las ventanas del edificio contiguo me resultaban algo estrechas. Había allí una luz que cada noche veía apagarse regularmente. Y siempre esto me inspiraba una vaga sensación de tristeza. Se alojaba allí una mujer, supongo que viuda, joven, que vivía sola con su hijo. Yo la veía acostar al niño, tras lo cual se inclinaba hacia él con gran ternura para darle un beso. Luego, ella se sentaba algo más lejos para maquillarse y, cuando había concluido su toilette, se iba a pasar la noche fuera, pues no regresaba hasta poco antes del alba. En las ocasiones en que mi insomnio se agudizaba, la veía a esas horas, abatida sobre la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Había en su actitud algo que me entristecía.

El tercer edificio lo veía muy mal a causa de su emplazamiento, apenas distinguía nada de lo que pasaba entre sus muros, pues las ventanas me daban la impresión de ser tan estrechas como aspilleras de una fortaleza medieval. Por el contrario, el que le seguía se hallaba situado en ángulo recto en relación a los precedentes y al mío, ya que cerraba el otro lado del cuadrado que formaban el total de las casas vistas por detrás y se ofrecía a mi vista igual que el que se alzaba a continuación del mío. A través de mi ventana, veía lo que ocurría en el interior con tanta claridad como si estuviera contemplando una casa de muñecas de la que hubiesen retirado una de las paredes, y más o menos del mismo tamaño.

Era un edificio totalmente alquilado por apartamentos. Pero, a diferencia de los otros, fue construido ya con este propósito, y no dividido después para formarlos. Tenía, además, dos pisos más que los otros y, también, escalera de incendio. Pero se trataba de un edificio antiguo que no debía rentar mucho y que iban a modernizar. No obstante, el propietario estaba decidido a perder lo menos posible en el curso de esta operación, puesto que realizaban las obras piso por piso, comenzando por los más altos, con lo que se evitaba el inconveniente de tener que despedir a todos los inquilinos del bloque. Habían ya concluido las obras en el sexto piso, pero este apartamento aún no se había alquilado. En el quinto comenzaban entonces, con lo cual volvía a interrumpirse la paz de del vecindario por el ruido que hacían los obreros. Yo compadecía sinceramente al desgraciado matrimonio que se alojaba debajo, preguntándome cómo esa pobre gente podía soportar el escándalo de los martillos y de las sierras que constantemente se movían sobre sus cabezas, y sobre todo teniendo en cuenta que la mujer debía de estar enferma, a juzgar por su deambular de una habitación a otra, vestida tan sólo con un salto de cama. Y pronto les iba a llegar el turno de cederle su sitio a los operarios.

Con frecuencia, veía a la mujer ante la ventana con la cabeza apoyada en una mano, y me preguntaba por qué no llamaban a un médico. Pero quizá no dispusieran de medios para pagar la visita; tenía la impresión de que el marido estaba sin trabajo. Con frecuencia la luz de la habitación permanecía encendida detrás de la persiana bajada, y yo pensaba que ella se encontraría mal y él la velaba.

Una vez, debió de permanecer a su lado, velándola hasta el alba, pues la luz estuvo encendida toda la noche. No es que me dedicara a espiar lo que hacían, pero cuando decidí acostarme, hacia las tres de la madrugada, para ver si conseguía dormir un poco, continuaba brillando, y cuando me levanté al amanecer, pues me fue imposible pegar ojo, pude aún distinguirla, a través de la persiana, pese a la claridad que iba en aumento. Tras un largo intervalo se apagó, pero la persiana no fue alzada. A los pocos minutos vi elevarse la de la otra habitación.

Al fin el hombre se acercó para mirar al exterior. Estaba fumando, pues si bien no podía distinguir el cigarrillo que sostenía entre los dedos, me fue fácil adivinarlo porque, de cuando en cuando, se llevaba la mano a la boca, y también por la nubecilla de humo que se iba formando en torno a su cabeza. Sin duda, se atormentaba a causa de su esposa, lo cual era muy natural, pues a cualquier marido le habría sucedido lo mismo. Probablemente ella acababa de adormecerse después de una noche de sufrimientos y, en el plazo de una hora, los obreros comenzarían de nuevo el horrible estruendo. Evidentemente, esto no me atañía en lo más mínimo, pero pensé que él debería evitar aquella situación. Por lo que a mí respecta, si hubiera tenido a una mujer enferma a mi cuidado…

El hombre en cuestión se hallaba inclinado hacia fuera de su ventana e inspeccionaba con atención las casas alineadas en torno al espacio rectangular que ante él se abría. Incluso de lejos, se puede saber si una persona está mirando fijamente una cosa sólo por su modo de colocar la cabeza.

Era evidente que no fijaba su atención en un único punto, sino que iba pasando revista a las ventanas de los edificios que tenía enfrente. Y yo sabía que cuando hubiera llegado al final, dirigiría su mirada sobre la hilera en la que figuraba la mía. Por tanto, tomé la precaución de retirarme un poco, porque, al descubrirme, imaginaría que intentaba espiar lo que estaba haciendo. La penumbra azul que extendía por mi habitación la lamparilla de noche le impediría advertir mi presencia.

Cuando, minutos después, volví al puesto que ocupaba antes, él ya no se encontraba allí. Había alzado las persianas de las otras dos ventanas, pero la del dormitorio permanecía bajada. No podía explicarme por qué razón realizó aquella inspección a las casas vecinas, puesto que a tal hora de la mañana no iba a encontrar en las ventanas a nadie que le interesara. Pero después de todo, esto no tenía ninguna importancia. Únicamente resultó un poco extraño, porque no concordaba con la preocupación que parecía tener por su esposa. Cuando algo nos ofusca o nos obsesiona, la mirada se pierde en el vacío. Si, por el contrario, nuestros ojos examinan con atención lo que nos rodea, es señal de que nos interesan los demás y de que tenemos preocupaciones exteriores. Ambas cosas no pueden ir juntas. Pero era preciso estar reducido a una inactividad tan completa como la mía para fijarse en esos nimios detalles.

A partir de aquel momento, y a juzgar por las ventanas, en el apartamento en cuestión no hubo movimiento. Sin duda, el hombre había salido o acabó por irse a dormir a su vez. Tres de las persianas estaban alzadas; tan sólo la del dormitorio permanecía cerrada. Poco después, mi criado, Sam, me trajo el desayuno y el periódico y, disponiendo así de material para matar el tiempo durante mucho rato, dejaron de interesarme por completo las ventanas de mis vecinos.

El sol bañaba durante toda la mañana uno de los costados del vasto rectángulo que constituía el patio, pasaba después al otro lado y hasta última hora de la tarde iba reduciéndose al rincón. La noche estaba cayendo…, ya había pasado otro día… Una a una las luces se encendían en torno mío. De aquí y de allí, los muros me enviaban el eco de emisiones de radio por un momento demasiado intensas, y, prestando atención, percibía a veces, a lo lejos, algún ruido de vajilla. Todo esto se repetía a diario y me hacía pensar que aquellas personas, creyendo que se comportaban libremente, eran en realidad prisioneras de sus hábitos, observados por ellas con más rigor de lo que pudiera hacerlo el peor de los carceleros. Todas las noches, mis dos tortolitos ansiosos de diversiones salían olvidando apagar las luces; el marido regresaba a paso gimnástico para reparar la omisión y ya no los volvía a ver hasta la mañana siguiente.

Por su parte, también todas las noches la mujer solitaria acostaba tristemente a su hijo en la cunita y luego se sentaba con aire abatido, en el mismo sitio, para maquillarse.

Aquel día, cuando llegó la noche, tres de las persianas del apartamento del quinto piso, situado en ángulo recto con relación al mío, seguían alzadas, mientras que la cuarta había permanecido echada durante toda la jornada.

No me di cuenta hasta entonces porque antes no les había prestado atención. Sin duda, miré hacia allí alguna vez, pero debía de estar pensando en otra cosa y me pasó por alto esta alteración del programa acostumbrado. Sólo me di cuenta cuando se encendió la luz en la habitación donde estaba situada la cocina. Esto me hizo pensar en otra cosa en la que tampoco había reparado hasta entonces: no había visto a la enferma en todo el día.

En aquel instante, el marido, a quien no veía desde la mañana, hizo su aparición. Le observé, en efecto, mientras franqueaba la puerta del apartamento situada al otro extremo de la cocina, frente a la ventana, y, como llevaba puesto el sombrero, deduje que volvía de la calle. Por otra parte, me sorprendió que no se tomara el trabajo de descubrirse. Como si ya no tuviera necesidad de hacerlo por estar solo, se limitó a echárselo hacia atrás con la mano, pero de un modo que no indicaba que quisiera quitárselo, puesto que lo alzó verticalmente. Era, por tanto, un ademán que más bien indicaba laxitud o perplejidad.

La mujer no salió a recibirlo. Por primera vez, la cadena de esta rutina diaria, de la que hablaba hace poco, acababa de romperse. La pobre enferma, tendida en su lecho de dolor, que envolvía las sombras del dormitorio, debía de sentirse incapaz de levantarse. Sin embargo, pude comprobar que el marido, en lugar de ir a su encuentro, se quedaba en la cocina, cuando tan sólo dos habitaciones lo separaban de aquella en la que su esposa reposaba; y fui pasando de la espera a la sorpresa y de la sorpresa al estupor más vivo. ¿Por qué no iba a su lado? ¿Por qué ni siquiera entreabría la puerta de su dormitorio para ver en qué estado se encontraba?

«¿Quizá duerme y teme despertarla?», pensé. Pero enseguida me dije: «No, es imposible. Acaba de llegar. ¿Cómo puede saber si duerme o no?».

Cruzó la cocina para asomarse a la ventana, como lo hiciera por la mañana antes de salir. Sam se había llevado la bandeja unos minutos antes y aún no se había encendido la luz de mi casa. Me quedé donde estaba, sabiendo que no me podría ver en la oscuridad de mi ventana.

Durante mucho tiempo siguió inmóvil, con los ojos bajos, en una actitud que, esta vez, denotaba hallarse sumergido en pensamientos de orden personal.

«Se atormenta a causa de ella —me dije—, y es muy natural. ¿A quién no le ocurriría lo mismo en su lugar? A pesar de todo, es curioso que la deje sola en la oscuridad, sin procurar atenderla. Si está preocupado por su salud, ¿por qué no ha ido a verla al llegar?».

Una vez más, no llegaba a conciliar el interés que por la mañana pareció demostrar acerca de lo que ocurría en el exterior con el aire absorto y ensimismado que ahora mostraba.

De pronto, mientras procuraba buscarle una explicación a esta anomalía, se repitió la escena que vi desarrollarse al amanecer. Como obedeciendo a un impulso repentino, alzó vivamente la cabeza y, de nuevo, tal como lo hiciera al comenzar el día, fue examinando con atención las fachadas de todas las casas que ante él se encontraban. Aunque en aquel momento tenía la cara en sombras, por hallarse de espaldas a la luz, yo lo veía con la suficiente claridad para darme cuenta de que iba volviéndose imperceptiblemente para poder seguir la inspección circular de los alrededores. Por tanto, me guardé mucho de hacer el menor movimiento, comprendiendo que si cambiaba de sitio en el instante en que fijara la mirada sobre mi casa atraería su atención.

«¿Por qué le interesan tanto las ventanas de los vecinos?», me dije. Y, mientras dejaba esta pregunta en busca de otras, me hice la siguiente reflexión: «Cuidado que tiene gracia que tú digas eso. ¿Qué es lo que estás haciendo ahora?».

Era cierto y, sin embargo, existía una diferencia capital entre los dos: yo no tenía ninguna razón para inquietarme, mientras él parecía extraordinariamente preocupado. A los pocos minutos, empezó a bajar las persianas, dejando, sin embargo, filtrar el necesario resplandor para indicarme que la luz seguía encendida tras ellas. Por el contrario, la oscuridad más completa reinaba en la habitación que durante todo el día permaneciera cerrada.

Transcurrió un cuarto de hora —o tal vez veinticinco minutos—. Un grillo comenzó a cantar en alguna parte del patio. Sam vino a preguntarme si quería algo y si se podía marchar. Le respondí que no necesitaba nada, y le di permiso para que se fuera. Pero en lugar de irse, siguió allí, con expresión meditabunda, al tiempo que movía la cabeza con aire preocupado.

—Bueno, Sam, ¿qué le pasa? —indagué.
—¿Sabe usted lo que quiere decir eso? — repuso—. Mi vieja madre me lo explicó y nunca me ha mentido. Todo lo que afirma es tan seguro como que uno y uno son dos, y siempre acaba por cumplirse.
—¿A qué se refiere? ¿Al grillo?
—Cada vez que uno canta, alguien muere en las cercanías.

Se cerró la puerta tras él, y quedé solo en las tinieblas. La noche era sofocante, mucho más que la anterior. Incluso cerca de la ventana me resultaba difícil respirar y me pregunté cómo aquel hombre podía resistir las persianas bajadas.

De súbito, en el momento preciso en que las vagas hipótesis que estuve concibiendo acerca de todo aquello iban a cristalizar de algún modo en mi ánimo y a convertirse, poco a poco, en una especie de sospecha, las persianas se alzaron y mis elucubraciones, todavía inconsistentes, se volatilizaron antes de tener tiempo de tomar cuerpo.

Aquel hombre se encontraba entonces en la ventana del centro, la correspondiente a la sala de estar. Se había quitado la chaqueta y la camisa; no le cubría más que una camiseta de punto que dejaba los brazos al aire. Por lo visto, ocurría tal como yo imaginé: tampoco él podía soportarlo: el calor era excesivo.

De momento, no vi muy bien lo que estaba haciendo. Parecía moverse perpendicularmente, de arriba abajo, siempre en el mismo lugar, ocultándose a mi vista al agacharse hacia delante y reapareciendo a intervalos irregulares al ponerse en pie de nuevo. De no ser por la falta de ritmo, hubiera creído que realizaba ejercicios gimnásticos. A veces, permanecía mucho rato doblado sobre sí mismo; otras, se alzaba bruscamente, y otras descendía hasta el suelo en dos o tres tiempos. De la ventana le separaba algo negro, abierto en forma de V. No tenía la menor idea de lo que podía ser, porque tan sólo una parte se destacaba por encima del marco de madera que limitaba mi campo visual. Seguro de no haberlo visto antes, no conseguía comprender de qué se trataba.

De pronto, aquel hombre rodeó el objeto desconocido y, retrocediendo unos pasos, se agachó una vez más para levantarse después con una brazada de retales multicolores. Por lo menos, esa impresión daba desde lejos. Luego volvió a la V y los fue dejando caer en ella; tras lo cual se inclinó otra vez hacia delante y, permaneciendo largo tiempo en esta posición, se ocultó a mi vista.

Los retales que iba metiendo en la V cambiaban de color a cada momento. Tengo una vista excelente y pude comprobar que primero eran blancos, luego rojos y después azules.

Al fin, a fuerza de fijarme, comprendí de qué se trataba. Aquellos retales coloreados eran ropas de mujer. Cuando hubo cogido el último, aquel hombre, cerrando las manos en los extremos de la V, con un esfuerzo, la sacudió. El objeto, plegándose bruscamente, tomó la forma de un cubo. Un instante después vi al hombre moverse a derecha e izquierda mientras empujaba el cubo, hasta desaparecer de mi vista.

Estaba claro como el día: había colocado las prendas de su esposa en un enorme baúl. Minutos después volví a verle por la ventana de la cocina. Primero estaba inmóvil, y luego se pasó varias veces el brazo por la frente, como hacen los operarios para librarse del sudor. Sin duda, debía de ser una tarea muy penosa en una noche como aquella. A continuación, se alzó sobre la punta de los pies para tomar algo situado en la pared; no me costó un gran esfuerzo de imaginación comprender que era una botella colocada en un estante.

Cuando después le vi pasarse dos o tres veces la mano por la boca, me dije, indulgente:

«Sí, un buen trago se impone tras un trabajo como ése: sólo uno entre diez hombres se abstendrían de imitarle después de realizar semejante esfuerzo; y de no hacerlo el décimo, sería seguramente porque no tenía nada que beber».

Regresó a la ventana, pero quedó a un lado, de modo que sólo presentaba al exterior una mínima parte de la cabeza y de un hombro. Volvió a examinar las hileras de ventanas que se alineaban ante él, la mayor parte de las cuales estaban a oscuras. Su inspección comenzaba invariablemente por la izquierda y continuaba en forma circular hacia la derecha. Era la segunda vez que se lo veía hacer en la misma noche, y contando la de la mañana sumaban un total de tres. Incluso podía creerse que no tenía la conciencia tranquila. Pero, lo más probable es que estuviera excediéndome en mis suposiciones. ¿Podría ser una manía? ¿No tenemos cada uno las nuestras?

Salió de la cocina después de apagar la luz, pasó a la sala, donde hizo lo mismo, y debió de dirigirse al dormitorio, si bien no me sorprendió que no encendiese la luz. No deseaba molestar a su esposa, lo que, en definitiva, era natural, puesto que en su estado de salud la obligaba a emprender un largo viaje al día siguiente. Así lo demostraba el hecho de que él le hiciera el equipaje. La mujer debía de necesitar mucho reposo, puesto que iba a soportar una gran fatiga. ¿No era lógico que él se metiera en la cama a oscuras?

Cuál no sería mi sorpresa al ver, poco después, que se encendía una cerilla, no en el dormitorio, sino en la sala. Sin duda, mi desconocido amigo se limitó a tenderse en un diván para pasar la noche en vela. En cualquier caso, resultaba que no había entrado en el dormitorio y que se desinteresaba totalmente por lo que allí ocurriera. Esto me intrigó mucho. No era llevar la solicitud demasiado lejos.

Diez minutos después, nuevo resplandor de una cerilla en la sala. Por lo visto, mi vecino no conseguía dormir.

Y la noche transcurrió lentamente para ambos, para mí, el curioso de la ventana, y para él, el fumador empedernido del cuarto piso; pero sin proporcionarme la solución del enigma.

El único ruido que rompía el silencio era la interminable y monótona canción del grillo…

* * *

Al primer rayo de sol volví junto a la ventana. No fue, desde luego, por su causa, ni mucho menos, sino porque no podía seguir en la cama, donde parecía hallarme sobre carbones encendidos. Allí me encontró Sam al entrar en la habitación.

—Vaya, está usted mucho mejor, señor Jeff —me dijo simplemente.

Pasó algún tiempo antes de que mi vecino diera señales de vida. De pronto, vi surgir su cabeza de algo que no distinguía, en el fondo de la sala, confirmándose con esto mi creencia: había pasado la noche en un diván o en un sillón. Y ahora, sin duda, iba a ocuparse de ella, a ver cómo estaba, a preguntarle si se sentía bien. Aunque no fuera más que por caridad, debía hacerlo. Ya era hora. Por lo que pude deducir, había pasado dos noches separado de su esposa.

Pero, contra toda previsión, no lo hizo. Lo vi levantarse, vestirse, pasar a la cocina y comer algo, ignoro qué, siempre de pie y sirviéndose de sus dos manos. De pronto, bruscamente, igual que si respondiera a un timbrazo, se precipitó en la dirección donde yo sabía que se encontraba la entrada.

Tampoco me equivoqué esta vez. Un momento después regresó, seguido de dos hombres con delantales de cuero. Sin duda, empleados de una empresa de mudanzas. Y, mientras maniobraban laboriosamente con el enorme baúl negro para sacarlo del apartamento, advertí que él no cesaba de vigilarlos con la máxima atención, inclinándose ahora a la derecha, ahora a la izquierda, como para asegurarse de que todo se efectuaba a conciencia.

Cuando concluyeron, volvió solo y lo vi, con un ademán que ya me resultaba familiar, pasarse el brazo por la frente como si hubiera sido él quien hubiera llevado a cabo el trabajo en lugar de los dos operarios. Así que enviaba con anticipación el equipaje al lugar donde debía ir su esposa. Como la víspera, se alzó sobre las puntas de los pies ante el muro para tomar algo y se sirvió un vaso, luego otro y después un tercero.

«Vaya, hombre», comenté, algo desconcertado, pues en esta ocasión no tuvo que hacer ningún esfuerzo. El baúl quedó listo la noche anterior. ¿Qué hizo desde entonces? Nada en absoluto que yo supiera. Pues, ¿a qué venía aquel sudor y por qué tenía necesidad de beber?

Esta vez, al cabo de varias horas, decidió ir a verla. Seguí su sombra mientras cruzaba la sala para entrar en el dormitorio. Alzó la persiana que había echado durante tanto tiempo. Luego, se volvió para mirar a su espalda, hacia la habitación. Pero lo hizo de un modo especial, de cierta manera que no podía engañarme, por muy lejos que estuviera mi puesto de observación. No fijaba la vista en una dirección precisa, como cuando contemplamos a alguien, sino a un lado y a otro, de arriba abajo, hacia todas partes, como cuando contemplamos… una habitación vacía.

Avanzó un paso o dos, se inclinó ligeramente, luego abrió los brazos y, sujetando a la vez colchón y sábanas, los alzó para amontonarlos a los pies de la cama. Un segundo después hizo lo mismo con el lecho gemelo que se hallaba al otro lado. Por tanto, nadie ocupaba las camas: su mujer no estaba allí.

Hay gente que emplea la expresión «efecto retardado». Comprendí entonces lo que esto significa. Desde hacía dos días, una especie de inquietud mal definida, de sospecha imprecisa, algo que no podría explicar, estaba dando vueltas en torno mío como un insecto que busca un lugar donde posarse.

Varias veces, cuando las vagas ideas que bullían en mi cerebro parecían a punto de tomar forma, algo sin importancia, alguna nimiedad ligeramente tranquilizadora —como, por ejemplo, las persianas anormalmente bajadas durante demasiado tiempo que acababan por alzarse—, intervenía de improviso para dispersarlas y ponerlas en fuga. Pero mi inquietud continuaba latente, y cualquier cosa podía aclarar las ideas imprecisas que se me ocurrían; y esta cualquier cosa se produjo de pronto en el mismo instante en que aquel hombre recogía la ropa de cama. Con la celeridad de un rayo, las sospechas inconsistentes se convirtieron en una certeza: se trataba de un asesinato.

En otras palabras: la lucidez del razonamiento había sucedido a los impulsos instintivas de mi subconsciente. Lo impalpable se había convertido en algo tangible. Yo sabía, estaba seguro ahora, de que había hecho desaparecer a su esposa.

Pero lo más importante de momento era no dejarme llevar por la justa indignación que se había apoderado de mí; tenía que conservar toda mi calma y toda mi sangre fría.

«Espera —me dije—. No te apresures. Nada has visto. Nada sabes. Tan sólo tienes la prueba negativa de que esa mujer no está ahí».

Sam se encontraba inmóvil en el umbral, dirigiéndome una mirada de reproche.

—No ha probado ni un bocado —dijo—. Está usted pálido como un muerto.

Sí, era cierto; me daba cuenta porque sentía en las mejillas los picotazos que se experimentan cuando la sangre se retira de improviso.

—Sam —le respondí, para desembarazarme de él y poder reflexionar a mi gusto—, aquel edificio de allí… No, no saque la cabeza para mirarlo… ¿Sabe usted la dirección exacta?
—Pues por delante debe de dar a Benedict Avenue —contestó, rascándose el cogote con aire perplejo.
—Sí, de eso no tengo la menor duda. Pero quisiera saber el número. ¿No puede ir allí a averiguarlo?
—Me pregunto por qué le interesa eso — gruñó, mientras apoyaba la mano en el pomo de la puerta.
—No se preocupe —le amonesté con firmeza y amabilidad al mismo tiempo, como convenía para predisponerle bien—. Y cuando esté allí — le grité mientras se alejaba—, procure echarle
una ojeada a los buzones de correos para ver cómo se llama el inquilino del cuarto de la parte que da al patio. Pero, sobre todo, no se equivoque de buzón y procure que no le vea nadie.

Se fue murmurando en voz baja:

—Cuando uno pasa los días sin nada que hacer, ¿qué no llega a imaginar?

* * *

Una vez solo, decidí anotar punto por punto lo que había observado y podía servirme para descifrar el enigma.

1. La primera noche estuvieron encendidas todas las luces.
2. La segunda, él regresó más tarde que de costumbre.
3. No se quitó el sombrero.
4. La mujer no salió a recibirlo; a ella no se la había visto desde la noche en que estuvieron encendidas todas las luces.
5. Él bebió después de guardar los vestidos en el baúl; pero también se tragó tres vasos cuando se lo llevaron.
6. Se le veía francamente preocupado y, a pesar de eso, parecía tener un interés inexplicable por las ventanas de los vecinos.
7. Durante la noche anterior al día en que se llevaron el baúl, durmió en la sala y ni siquiera puso los pies en el dormitorio.

Bien. Por tanto, si el estado de salud de su mujer se había agravado la primera noche y tuvo necesidad de marcharse al campo, debíamos prescindir de los puntos 1,2,3 y 4. No quedaban más que los puntos 5 y 6 que, careciendo de importancia, no constituirían prueba alguna. En cuanto al punto 7, era un verdadero enigma.

Si su mujer se sintió peor la primera noche, ¿por qué no quiso él acostarse en el dormitorio en aquella ocasión? ¿Por razones de comodidad? Poco probable. Había dos buenas camas gemelas en el dormitorio y, en cambio, en la sala sólo un diván o un sillón. Además, ¿por qué no iba él a acostarse en el dormitorio aunque su mujer se hubiera marchado? ¿Porque la echaba de menos? ¿Porque se sentía muy solo? Bueno, esto quizá le pasara a un niño. Pero no era lógico en un hombre.

Conclusión: su mujer estaba aún allí.

El regreso de Sam me obligó a hacer un paréntesis en mis razonamientos.

—El edificio en cuestión —me anunció— es el 525 de Benedict Avenue y los inquilinos del cuarto piso, en la parte del patio, son el señor y la señora Lars Thorwald.
—Silencio —advertí, al tiempo que, con una seña, le indicaba que se marchara.
—Decididamente, no sabe lo que quiere — rezongó, mientras regresaba a su trabajo—. Hace un momento se empeñaba en que lo averiguase y ahora ni me permite que le hable de eso.

Volví a pensar intensamente en mi problema.

Pero de haber pasado la noche en su habitación, hoy la hubiera visto salir. Cierto que pudo marcharse ayer por la mañana, cuando yo conseguí dormir durante algunas horas; pero hoy, yo me había levantando mucho antes que él y me encontraba en la ventana desde hacía un buen rato cuando le vi abandonar el diván. Por tanto, ella sólo hubiera podido irse ayer por la mañana. Entonces, ¿por qué esperó a hoy para levantar la persiana y deshacer la cama? Y aún más: ¿por qué no se acostó en el dormitorio? Esto demostraba que su esposa no se había marchado. Muy bien. Tan sólo hoy, apenas se llevaron el baúl, entró en el cuarto para subir la persiana y deshacer las camas, dándome así la prueba de que su esposa ya no se encontraba allí. Decididamente, era un auténtico rompecabezas chino… No, no, en absoluto, teniendo en cuenta que… apenas se llevaron el baúl

El baúl.

Sí, diablos, sí. Ahí estaba la clave del enigma.

Me volví para comprobar que la puerta estaba bien cerrada y que Sam no podía sorprenderme. No del todo decidido, extendí la mano hacia el marcador del aparato telefónico. Boyne, sin duda alguna, era la persona a la que debía dirigirme. Formaba parte del Departamento de Homicidios. Por lo menos, así era la última vez que nos vimos. No me seducía la perspectiva de que una turba de policías invadieran mi casa. Tampoco me seducía verme mezclado en este asunto. Desde luego, cuanto menos, mejor.

Tras dos o tres tentativas infructuosas, acabé por obtener comunicación.

—Oye, ¿Boyne? Aquí Hal Jeffries…
—Vaya, hombre. ¿Qué te ha ocurrido? Hace una eternidad que no te veo —comenzó a decir.
—Ya hablaremos más tarde de todo eso —le interrumpí—. De momento, lo único que quiero es que anotes un nombre y una dirección. ¿Preparado? Bien: Lars Thorwald, 525, Benedict Avenue, cuarto piso, apartamento trasero. ¿Lo anotaste?
—Cuarto piso, apartamento trasero. Sí, ya está. ¿A qué viene eso?
—Para que investigues. Tengo la firme convicción de que si metes un poco la nariz por ese lugar descubrirás un crimen. Es inútil que vengas a mi casa para hacerme preguntas; nada más puedo decirte. Es tan sólo una convicción que tengo. En ese apartamento había un hombre y una mujer. Ahora, no hay más que un hombre. El equipaje de la mujer lo expidieron esta mañana a primera hora. Por tanto, a menos de que puedas encontrar a alguien que viera marcharse a esa mujer…

Referido en voz alta, comunicado a una tercera persona que, además, era teniente de la policía, todo esto parecía ahora, incluso a mí mismo, de muy poca consistencia.

Boyne comenzó a decir:

—Está bien, pero…

Luego, cambió de parecer para aceptarlo tal como se lo exponía, por ser yo quien hablaba. No tuve siquiera necesidad de explicarle lo referente a mi ventana. Con él no era preciso, pues, conociéndome desde varios años atrás, no podía poner en duda mi palabra. Y, repito, no deseaba que una bandada de agentes me invadiesen la casa para comprobar por sí mismos todo lo que se veía desde la ventana. Era cien veces preferible dejarlos desenvolverse por sí mismos.

—En fin, ya veremos qué se puede hacer — concluyó—. Te tendré al corriente.

Colgué, y me dispuse a esperar el desarrollo de los acontecimientos. En aquellas circunstancias, podía jactarme de estar en primera fila. Aunque, en realidad, la acción iba a desarrollarse entre bastidores. No vería a Boyne trabajando. No me enteraría más que del resultado, si es que llegaban a obtener alguno.

* * *

Nada pasó durante las horas que siguieron. No dudaba de que la policía ya había comenzado su trabajo, pero también me constaba que no acostumbraba a dejar que observen sus movimientos. El hombre del cuarto piso seguía solo, sin que nadie le importunase. Se le veía intranquilo, pues iba sin cesar de una habitación a otra, sin conseguir quedarse quieto. Una vez le vi comer (no de pie, sino sentado); otra, afeitarse, y una tercera, intentando leer el periódico, sin conseguirlo durante mucho tiempo.

En torno a él, los engranajes de la policía se habían puesto en marcha. Pequeños engranajes, inofensivos hasta aquel momento, pues no eran más que preliminares. De sospecharlo, ¿habría seguido allí sin hacer nada o, por el contrario, se hubiese apresurado a huir? Esta era la pregunta que entonces me hacía. Su decisión quizá dependiese menos de su sentimiento de culpabilidad que de lo seguro que pudiera considerarse. De que era culpable yo tenía una convicción absoluta, pues de otro modo no me hubiera comportado como lo hice. A las tres, sonó el teléfono. Era Boyne quien me llamaba.

—Oiga, ¿Jeffries? Mira, es muy vago eso que me has dicho. ¿No puedes proporcionarme más datos?
—¿Por qué? —pregunté, poniéndome a la defensiva—. Me parece que no estoy obligado.
—Es que, verás, envié a uno de mis hombres a hacer una investigación allí y me ha entregado ahora su informe. Tanto el administrador del edificio como varios vecinos están de acuerdo en afirmar que la mujer se marchó al campo a primera hora de la mañana de ayer, por motivos de salud.
—Espera, espera, ¿te han dicho si la vieron con sus propios ojos? —indiqué.
—No.
—Por tanto, te fías tan sólo de lo que se dice. No tienes ningún testigo presencial.
—Vieron al hombre cuando volvía de acompañar a su mujer a la estación.
—Eso tampoco es una prueba.
—He enviado un agente a la estación para que intente localizar al empleado que a esa hora taladra los billetes. Creo que así averiguaremos algo. En los trenes matinales no van muchos viajeros. Por otra parte, no es necesario que te diga que lo tenemos vigilado y que estamos al corriente de lo que hace. A la primera oportunidad, entraremos en su casa para practicar un registro.

Tenía la impresión de que, aunque lograran hacerlo, nada iban a encontrar.

—Sea como sea, de mí no esperes nada más. Te he denunciado el caso y te he dado cuantos datos poseía: el nombre, la dirección y mi opinión personal.
—Hasta ahora he tenido siempre en gran estima tus opiniones, Jeff…
—Pero ahora ya no tanta, ¿verdad?
—Oh, no, no lo creas. Sólo que los datos que hemos reunido no concuerdan demasiado con
tus puntos de vista personales. Eso es todo.
—Quizá, pero debes reconocer que hasta ahora no os habéis esforzado mucho.

Volvió a su anterior postura.

—Bueno, ya veremos qué se puede hacer. Adiós.

Pasaron un par de horas. La noche comenzaba a caer. Vi cómo mi desconocido amigo se disponía a salir. Se puso el sombrero, metió la mano en el bolsillo y la estuvo contemplando al volverla a sacar. Sin duda, contaba el dinero de que disponía.

Constándome que la policía estaba esperando que se fuera para entrar en su casa, me sentía
palpitante de emoción.

«Tunante —me dije, mientras le veía dar una última ojeada en torno suyo—, si algo tienes que ocultar, aún estás a tiempo. Luego será demasiado tarde».

Lo vi marcharse y durante algunos minutos reinó una calma absoluta en el apartamento. Ni por todo el oro del mundo habría abandonado en aquellos momentos mi puesto de observación… De pronto, la puerta por la que él acababa de salir se entreabrió un poco y, uno tras otro, dos hombres entraron furtivamente. Una vez cerrada la puerta, se separaron enseguida y empezaron a trabajar: uno se encargó del dormitorio y el otro de la cocina, para converger ambos hacia el mismo punto.

Procedieron con método y decisión, examinándolo todo con gran cuidado, desde el techo a la alfombra. Juntos abordaron la sala, el primero por la derecha y el segundo por la izquierda.

Habían ya concluido su trabajo cuando recibieron la señal que debía prevenirles. Me di cuenta por el modo como se incorporaban y por la mirada que cambiaron.

Dos segundos después desaparecieron. Sus investigaciones no parecían haber dado resultado, pero a mí esto no me decepcionó, puesto que desde el principio estuve persuadido de que nada interesante iban a descubrir, ya que el baúl no se encontraba allí. El hombre entró en su casa, cargado con una enorme bolsa de papel marrón. Lo observé tratando de descubrir si se daba cuenta de que habían entrado en el piso durante su ausencia, pero los dos agentes habían actuado con tanta habilidad, que no pareció advertir nada anormal.

Fue a sentarse junto a la ventana, bastante tranquilo, bebiendo algo de cuando en cuando, pero siempre a pequeños sorbos y sin exceso. Desde que el baúl había salido de allí, parecía que iba tranquilizándose poco a poco. Mientras lo observaba, me pregunté: «¿Por qué no se marchará? Si he adivinado lo que ha hecho, y estoy seguro de no equivocarme, ¿por qué sigue ahí… después de lo que hizo?». Pero, enseguida, me vino la respuesta: «Porque ignora que sospechamos de él. Porque no cree que sea urgente. Y también porque sería más arriesgado irse enseguida, apenas desaparecida ella, que quedarse todavía algún tiempo».

* * *

La noche transcurría lentamente. También la pasaba en un sillón, esperando la llamada de Boyne. Me telefoneó más tarde de lo que imaginé. Tendí la mano en la oscuridad para agarrar el aparato. En aquel momento, el hombre a quien estaba vigilando hasta en los menores gestos, se disponía a acostarse. Salió de la cocina después de apagar la luz. Lo vi entrar en la sala, que previamente había alumbrado. Comenzó a sacarse la camisa de los pantalones. Y yo seguí observándole mientras escuchaba la voz de Boyne. Los tres formábamos un triángulo, aunque solamente yo lo sabía.

—Hola, Jeff; no hemos encontrado nada. Estuvimos registrando su apartamento cuando él se fue…

«Lo sé muy bien. He asistido al registro», estuve a punto de decirle; pero me contuve a tiempo.

—… y nada sospechoso hemos descubierto. Pero… —Hizo una pausa como si se dispusiera a anunciarme algo importante. Yo esperaba que continuase con verdadera impaciencia—… en el
buzón de la calle había una tarjeta postal. La recogimos con unas pinzas curvadas…
—¿Y?…
—Pues bien, la enviaba su mujer. Venía de una granja, del campo. Hemos copiado el texto.
Es éste: «He llegado bien. Me siento algo mejor. Besos, Ana».

Un tanto desconcertado, insistí, sin embargo:

—¿Anotasteis también las indicaciones del matasellos y la fecha?

Oí un gruñido de irritación, un gruñido que se dirigía directamente a mí:

—El matasellos estaba algo borrado. Debieron de sumergir en agua el extremo de la postal y se extendió la tinta.
—¿Ilegible por completo?
—No. Únicamente el año. La hora y el mes se ven bien. Mes de agosto, hora de recogida,
las diecinueve treinta.

Fui yo quien gruñó ahora.

—Las diecinueve treinta… Pero el año, diablos, el año. Encontrasteis esta postal en el buzón, pero ¿cómo sabes si la echó el cartero o si la sacó él de un cajón de su casa?
—Eso no, Jeff. Esta vez, renuncio. Me parece que vas un poco lejos.

No sé lo que habría respondido si, en aquel momento, no hubiese mantenido la mirada sobre la ventana de la sala de Thorwald. Probablemente, muy poca cosa. Aunque no quisiera reconocerlo, aquella postal me había desorientado mucho. Pero, repito, tenía fija la mirada en las ventanas del cuarto piso. La luz se apagó en cuanto el hombre se hubo quitado la camisa. Advertí el resplandor de una cerilla, muy baja, como si se encontrase a la altura de un diván o de un sillón. Por tanto, a pesar de que disponía de dos camas en el dormitorio, continuaba acostándose allí.

—Escucha, Boyne —respondí—. Olvidemos esa cuestión de la postal. No me apeo de mi idea. ¡Ese tipo ha asesinado a su mujer! Ingéniatelas para dar con el baúl, hazlo abrir y me sorprendería mucho si no descubres un cadáver.

Colgué sin esperar su respuesta. Pero, como no volvió a llamarme, supuse que, a pesar de su escepticismo, iba a seguir mi consejo. Toda la noche estuve de guardia ante mi ventana. Me daba la sensación de encontrarme en un velatorio. Otros dos resplandores de cerilla habían seguido al primero, con un intervalo de media hora cada uno. Luego, nada. Ignoraba si se habría dormido. Por mi parte, comenzaba a sentirme fatigado y acabé por sucumbir al sueño cuando salía el sol. De todos modos, si aquel hombre tenía algún proyecto aprovecharía la noche para llevarlo a cabo, en lugar de esperar al día. Por tanto, era inútil vigilarlo de momento. Además, ¿qué proyecto? Tan sólo podía hacer una cosa: esperar a que el tiempo pasara, eso era todo.

Cuando Sam me tocó el brazo para despertarme, me pareció que hacía tan sólo cinco minutos que reposaba, pero, en realidad, era ya mediodía.

—¿No ha encontrado la nota que le dejé para advertirle que no me despertara? —dije, de mal humor.
—Sí —me contestó—, pero su amigo el teniente Boyne está aquí, y como supuse que querría verle…

Esta vez vino directamente a casa. Sin esperar, entró pisándole los talones a Sam, y me di cuenta rápidamente de que su actitud no era demasiado cordial.

—Vaya enseguida a prepararme dos huevos —le dije a mi criado, para desembarazarme de él.

Boyne comenzó con voz dura:

—Oye, Jeff, ¿por qué me has gastado esa broma? Gracias a ti, me he convertido en el hazmerreír de todos mis compañeros. ¿Te das cuenta de la cara que se me pone cuando mis hombres me dicen que los molesto por nada? Por fortuna no he ido más lejos y no detuve a ese tipo para interrogarle.
—¿Entonces opinas que no debe preguntársele nada? —repliqué en tono seco.
—No hago todo lo que quieres, ¿sabes? — me contestó con una mirada atravesada—. Debo rendir cuentas a mis superiores. Piensa si hará muy buen efecto que uno de mis mejores agentes, tras medio día de ferrocarril, se detenga en una diminuta estación rural, y todo esto a cuenta del gobierno…
—Entonces, ¿has encontrado el baúl?
—Lo localizamos por medio de la empresa de transportes.
—¿Lo habéis abierto?
—Hemos hecho algo mejor. Mi agente visitó todas las granjas de los alrededores del pueblo en cuestión, encontró al fin a la señora Thorwald, que se hizo conducir en una camioneta hasta la estación, y allí ella misma abrió el baúl ante él, con sus propias llaves.

Pocos hombres han recibido de un viejo amigo una mirada como la que él me dirigió.

Cuando ya se marchaba, se volvió y me dijo con aspereza:

—No hablemos nunca más de esta historia, ¿quieres? Será preferible, tanto para ti como para mí. Tú no te encuentras en estado normal y a mí ya me ha costado bastante caro, pues he perdido tiempo, dinero y la tranquilidad. Más vale que dejemos las cosas como están. Y en el futuro, si tienes ganas de telefonearme, te agradeceré que lo hagas a mi casa.

Se fue dando un portazo.

Este brusco giro de las cosas, que yo estaba muy lejos de esperar, me conturbó de tal modo, que tardé unos diez minutos en recobrar todas mis facultades. Pero, apenas repuesto, me revolví furioso.

«Al diablo los policías —me dije—. No puedo proporcionarles pruebas, de acuerdo, pero vamos a ver si puedo proporcionármelas a mí mismo, de un modo u otro. Una de dos: o estoy equivocado o tengo razón, y quiero salir de dudas de una vez para siempre. Tiene una buena defensa que oponer a la policía, pero a mí, ¿qué me puede oponer?».

Llamé a Sam.

—¿Qué se ha hecho de aquellos prismáticos que empleamos en el crucero que hicimos el año pasado, y que a usted tanto le gustaban?

Bajó al sótano, me los trajo y me los entregó después de soplarles el polvo y limpiarlos con la manga. Los puse sobre mis rodillas, y luego escribí en un pedazo de papel estas palabras: «¿Qué ha hecho usted con ella?».

Metí la nota en un sobre, sin dirección, y le dije a Sam:

—Tengo una misión que encargarle y confío en que la desempeñará usted bien. Aquí tiene esta carta. Debe llevarla al 525 de Benedict Avenue. Suba al cuarto piso y échela por debajo de la puerta del apartamento que da al patio. Es usted ágil o por lo menos lo era. Por tanto, muévase ligero para que no puedan sorprenderle. Una vez haya bajado de nuevo, llame al timbre de la calle para avisar al inquilino. —Luego, al verle a punto de hacer preguntas, añadí—: Y sin preguntas, ¿estamos? ¿Me ha comprendido? No se trata de una broma.

En cuanto salió, cogí los prismáticos. Un segundo después, los enfocaba sobre su ventana para graduarlos, y por primera vez pude verle con claridad. Aunque tenía el cabello negro, parecía de ascendencia escandinava; aunque no muy alto, era lo que podía llamarse un tipo fornido. Pasaron cinco minutos y de pronto lo vi volver la cabeza bruscamente. Acababa de oír el timbre de la calle. El sobre debía de encontrarse ya bajo la puerta. Me dio la espalda para ir a abrir y, gracias a los prismáticos, pude en esta ocasión seguirle hasta el fondo del apartamento.

Primero abrió la puerta, mirando ante sí, sin advertir el sobre, luego cerró y, agachándose, lo recogió; vi cómo le daba vueltas entre las manos.

Cruzó el apartamento, alejándose de la puerta y aproximándose a la ventana. Debía de imaginarse que el peligro provenía de fuera y que cuanto más se internase en su casa más seguro iba a estar, cuando en realidad era todo lo contrario.

Había rasgado el sobre y se disponía a leer el mensaje: ¡Con qué ansiedad iba yo observando su fisonomía! ¡Con qué atención lo miraba! De improviso, la piel del rostro le quedó tensa, como si le tirasen de las orejas, hasta el punto de que los ojos se hicieron oblicuos como los de un mongol. El golpe fue tan brutal que le dominó el pánico. Tuvo que apoyar una mano en el muro para sostenerse, y tardó un rato en serenarse un poco.

Al fin, se encaminó hacia la puerta con decisión, aunque lentamente, como si avanzara al encuentro de un enemigo de carne y hueso. Luego, entreabrió con tanto cuidado que yo casi no pude apreciarlo, para mirar por la rendija. Enseguida, después de cerrar, regresó tambaleándose como un borracho, tropezó con una silla y fue a coger la botella de coñac. Mientras bebía, continuaba mirando hacia atrás, en dirección a aquella puerta que acababa de echarle en cara su secreto. Apoyé los prismáticos en las rodillas. ¡Culpable! ¡Sí, era culpable! Tenía entonces
la prueba formal, a pesar de lo que creyera la policía.

Tendí la mano hacia el teléfono, pero me contuve. ¿De qué iba a servirme? Tampoco ahora me creerían —«Si le hubieras visto la cara…»—. Imaginaba ya la respuesta de Boyne: «Aunque no tenga nada que ocultar, siempre se sobresalta quien recibe una carta anónima. Tú reaccionarías del mismo modo». La policía tiene a mano una señora Thorwald viva para mostrármela. Hasta que yo no pueda mostrar la otra señora Thorwald, la que él asesinó, los agentes no querrían creerme. Sí, por paradójico que esto resulte, era yo quien, encerrado en mi habitación, debía poner el cadáver ante sus ojos para convencerles.

En tales condiciones, no podía contar con nadie más que con el mismo asesino para descubrir dónde se encontraba.

Invertí varias horas en la búsqueda de la solución. Durante toda la tarde estuve meditando intensamente, sin ningún resultado. Y mi hombre, mientras tanto, no hacía más que ir y venir como una pantera enjaulada. Dos cerebros obsesionados por el mismo pensamiento. Uno trabajaba para guardar su secreto, el otro para descubrirlo.

Tan sólo temía una cosa: que intentara huir.

Pero de tener esa intención debería esperar a la noche, y esto me dejaba un largo margen de tiempo. Pero quizá no fuera ése su propósito y juzgara que le resultaría menos peligroso quedarse allí. Aquella tarde se me pasó por alto todo lo que solía ver y oír los demás días. Mi única y constante preocupación era descorrer el velo que me ocultaba la verdad, hacerme de un medio que forzase a aquel hombre a revelármela a pesar suyo, para que yo, a mi vez, pudiera comunicarla a la policía.

Aparte de eso, solamente una cosa consiguió, según recuerdo, distraer mi atención: alguien (el propietario o el administrador del piso) vino para enseñar a un posible inquilino el apartamento del sexto piso, donde habían concluido ya las obras. Aquel apartamento, como ya he explicado, se encontraba dos pisos más arriba del de Thorwald y era en el quinto donde continuaban las reformas. De pronto, me chocó una coincidencia, puramente accidental, desde luego. El propietario y el posible inquilino se encontraban ante la ventana de la sala del sexto piso en el preciso instante en que Thorwald se hallaba ante la del cuarto y, simultáneamente, desaparecieron todos detrás de la pared de la casa para reaparecer, siempre simultáneamente, en las ventanas superpuestas de las dos cocinas. La impresión que esto producía era bastante curiosa; pensé en dos marionetas movidas por el mismo hilo. Una coincidencia semejante no iba a repetirse, con seguridad, en cincuenta años.

Y, lo que aún era más extraño, aquel hecho sin importancia había alterado mi espíritu. En lo que acababa de ver hubo un no sé qué de anormal, de discordante, que me sorprendió. Me esforcé por un momento en averiguar qué podía ser, pero en vano. Cuando el propietario y el que le  acompañaba se hubieron marchado y sólo quedó Thorwald, el recuerdo que conservaba de aquella breve visión era insuficiente para poder reconstruirla mentalmente. Quizá lo hubiera conseguido de repetirse ante mis ojos, pero no había ni que pensarlo. Por tanto, esta impresión fue a perderse en mi subconsciente mientras volvía a obsesionarme con el problema principal. Al fin acabé por encontrar lo que buscaba, cuando la noche había caído ya hacía tiempo. Para ser sincero, nada me garantizaba que fuera a dar resultado. En efecto, era un medio difícil de poner en práctica, pero no tenía opción, pues no veía ningún otro. Se trataba de provocar en él un miedo que le hiciese volver la cabeza hacia un punto determinado o dar un paso en una dirección que no habría querido indicarme; esto era todo lo que yo deseaba. Para eso, para obtener esa confesión tácita, debería recurrir a dos llamadas telefónicas y lograr que, entre una y otra, se ausentara durante una media hora.

A la luz de unas cerillas, fui hojeando el anuario telefónico hasta encontrar la dirección que necesitaba: Thorwald, Lars, 525 Benedict… Swansea 52114.

Apagué mi última cerilla y marqué el número en la oscuridad. Aquello se parecía a la televisión, pues podía ver directamente a mi interlocutor con sólo mirar por la ventana mientras hablábamos.

—¿Diga? —preguntó en tono brusco.

«Es curioso —reflexioné—. Hace tres días que lo acuso de asesinato, pero hoy es la primera vez que oigo su voz».

No hice esfuerzo para disfrazar la mía… Al fin y al cabo, no íbamos a vernos nunca.

—¿Recibió mi nota? —le pregunté.
—¿Quién está al aparato? —quiso saber, prudentemente.
—Alguien que sabe —le dije, sin otra explicación.
—¿Que sabe qué? —preguntó, siempre a la defensiva.
—Que sabe lo que usted sabe. Usted y yo somos los únicos que lo saben.

Se dominaba admirablemente. Nada dijo que pudiera traicionarle. Pero, cosa que él ignoraba, se traicionaba de otro modo, pues tuve la precaución de equilibrar mis prismáticos sobre el borde de la ventana con ayuda de dos gruesos libros. Así, comprobé que se había soltado el cuello de la camisa, como si estuviese a punto de ahogarse, y que se colocaba la mano ante los ojos como si un relámpago le hubiera cegado.

De palabra seguía intentando engañarme.

—No sé de qué me habla —afirmó, en tono seguro.
—¿Que de qué hablo? Pues hablo de negocios. Es un asunto que podría resultarme beneficioso si, a cambio, me comprometo a no decir una palabra a nadie, ¿no le parece? —Y, deseando que continuara ignorando que lo descubrí por la ventana, puesto que aún tendría necesidad de espiarle de aquel modo, me apresuré a añadir—: Se confió usted demasiado la otra noche. La puerta no la dejó bien cerrada, o la entreabrió una corriente de aire.

Esta vez el golpe dio en el blanco, y no tuvo tiempo de contener algo parecido a un hipo que
se le escapó de la garganta.

—No pudo ver nada —exclamó—. No había nada que pudiera ver.
—Eso usted lo sabrá —respondí—. Pero en cualquier caso (tosí ligeramente), ¿para qué iba a buscar a la policía si tuviera más interés en callarme?
—¡Ah! —respondió, a mi juicio con un suspiro de alivio—. ¿Entonces…, entonces quería usted verme? ¿Es eso lo que desea?
—Sería preferible, ¿no cree? ¿Cuánto puede darme de momento?
—No tengo aquí más que setenta dólares.
—Bueno, concretemos una cita. ¿Sabe dónde se encuentra Lakeside Park? Pues bien, ahora estoy al lado. ¿Quiere que nos veamos?  (El parque en cuestión se encontraba a un cuarto de hora de donde nosotros vivíamos. Quince minutos de ida, quince minutos de vuelta. Era lo que me hacía falta). Hay un pequeño pabellón junto a la entrada —añadí.
—¿Cuántos serán ustedes? —quiso informarse, con desconfianza.
—¡Oh!, tranquilícese, iré solo. No me gusta compartir las cosas.

Me dio la impresión de que estaba encantado de saberlo.

—Voy a ir —me dijo—, para averiguar de qué se trata.

Lo observé con más atención una vez hubo colgado, y vi cómo se encaminaba enseguida hacia el dormitorio, donde ahora no entraba nunca. Desapareció en el interior de una especie de armario, del que volvió a salir al cabo de un minuto. Sin duda, había ido en busca de algo que ni la policía misma consiguió descubrir. Sólo por el gesto brusco que hizo para guardarse el objeto en el interior de la chaqueta, adiviné de qué se trataba. No podía ser más que un revólver.

«Por fortuna —me dije—, no tengo que ir a Lakeside Park para recibir los setenta dólares».

Apagó las luces. Luego, se encaminó al lugar de nuestra cita.

Entonces, sin perder un minuto, llame a Sam.

—Voy a pedirle que haga una cosa algo arriesgada —le expliqué—. En realidad, es bastante peligrosa. Puede romperse una pierna, a lo mejor le pegan un tiro y es posible que incluso deje la  piel. Pero antes escúcheme bien: hará unos diez años que nos conocemos y le doy mi palabra de que si pudiera hacerlo por mí mismo no se lo pediría. Y a usted le consta que no puedo, pero es preciso que se haga, cueste lo que cueste… —  Entonces, comencé a explicárselo—: Salga por la puerta del sótano, salte las tapias que dividen el patio y procure llegar a ese apartamento del cuarto piso, empleando la escalera de incendios. Han dejado una de las ventanas entreabierta.
—¿Qué debo buscar?
—Nada. (¿De qué iba a servirnos, puesto que la policía había hecho un registro sin resultado alguno?). Hay tres habitaciones en el apartamento. Deseo simplemente que ponga un poco de desorden en cada una para dar la impresión de que alguien ha estado allí. Vuelva un poco el extremo de las alfombras; cambie de sitio las mesas y las sillas; deje abiertas las puertas de los armarios. No olvide nada. —Me quité el reloj de pulsera para colocárselo en la muñeca—. Y, sobre todo, esté alerta. Dispone de veinticinco minutos a partir de este momento. Si no se entretiene en el patio, nada ocurrirá. Pero en cuanto vea que es la hora, márchese enseguida.
—¿Debo regresar por el mismo camino?

Era inútil, puesto que, en su agitación, mi hombre no recordaría si había dejado o no las ventanas abiertas, y me interesaba que creyese que el peligro le venía de la calle y no del patio. Mi ventana debía quedar al margen.

—No —le dije a Sam—, cierre con cuidado la ventana, salga por la puerta y regrese por la
calle.
—Usted no tiene ninguna consideración conmigo —comentó, con aire triste.

Pero, a pesar de todo, se fue enseguida, salió al patio por la puerta del sótano y se dispuso a saltar las tapias. De interponerse alguien, yo hubiera salido en su defensa para explicar que lo había enviado en busca de algo que se me había caído, pero nadie se fijó en él. Sam, pese a no ser ya muy joven, se desenvolvió bastante bien, aunque tuvo que encaramarse sobre una caja para alcanzar la escalera de incendios, cuyos últimos peldaños quedaban un poco altos. Al fin, entró en el apartamento y encendió las luces, volviéndose después para mirarme. Le hice una seña para
animarle a que continuara.

Mi propósito era velar por él tanto como me fuese posible, aunque me constaba que no disponía de ningún medio para protegerle. Thorwald tenía derecho a pegarle un tiro, pues había entrado subrepticiamente en su casa. De buen o mal grado, debía resignarme a permanecer entre bastidores, como hasta entonces. Los policías, cuando fueron a registrar, dejaron a uno de sus compañeros como centinela, pero yo no podía descender hasta la calle para prestarle el mismo servicio. Sam debía de tener los nervios en tensión por culpa de aquel encargo, pero los míos, a causa de mi impotencia para secundarlo, lo estaban aún más, y aquellos veinticinco minutos me parecieron interminables. Al fin, le vi acercarse a la ventana para cerrarla, tal como se lo había encargado. Las luces se apagaron y se marchó. Había llevado a cabo su misión y nada podía aliviarme tanto como saber que regresaba.

Al poco rato, le oí entrar de nuevo y, en cuanto se acercó a mí, le dije:

—No encienda las luces. Vaya enseguida a prepararse un grog bien cargado; está blanco como un muerto.

Thorwald regresó exactamente veintinueve minutos después de su marcha a Lakeside Park. Fue un margen muy escaso, pues la vida de un hombre estuvo en peligro. Iba a comenzar el último acto. Tenía muchas esperanzas. En cuanto entró, lo llamé por teléfono sin darle tiempo siquiera a que advirtiese el cambio operado en su casa. Necesité echar mano de toda mi paciencia y poner mucha atención, pues tenía el receptor en la mano e iba marcando su número sin cesar. Thorwald apareció cuando estaba en el 2 del 52114 y así gané tiempo. Sonó el teléfono a su lado cuando ni siquiera había encendido la luz.

Esta vez la llamada iba a ser decisiva:

—Era dinero lo que tenía que traerme. No un revólver. Por eso no me acerqué a usted.

Vi cómo se sobresaltaba. Pero debía mantener la ventana al margen de aquello.

—Cuando salió usted a la calle —continué—, le vi palparse el bolsillo interior de la chaqueta, donde lo había guardado.

En realidad, quizá no hubiese hecho nada de eso, pero importaba poco. Es un ademán habitual entre todos aquellos que no tienen costumbre de llevar un arma encima.

—Es una lástima que haya perdido el tiempo en ir hasta allí para nada —continué—, pero, en lo que a mí concierne, puedo asegurarle que no he perdido el mío durante su ausencia y que ahora estoy mucho mejor documentado que antes. (Llegaba al punto crucial de mis explicaciones y lo observaba fijamente a través de los prismáticos). He descubierto en qué lugar se encuentra. ¿Comprende lo que quiero decir, verdad? Sé dónde la ha puesto. Entré en su casa cuando
usted salió.

No hubo respuesta. Tan sólo percibí el jadear de una respiración entrecortada.

—¿No me cree? Entonces, eche un vistazo. Estoy bien enterado, créame.

Me obedeció; se fue a la sala para conectar el interruptor. Sus pupilas erraron en torno suyo, abarcando toda la habitación, sin fijarse en un punto determinado.

Cuando volvió al teléfono, en sus labios había una sonrisa feroz.

—Es falso —se limitó a decirme entre dientes, con tono a la vez irritado y satisfecho.

Colgó, y yo le imité.

Mi tentativa resultó un fracaso. Pero no, no podía considerarse así, pues, si bien no me descubrió hacia qué lado debíamos dirigirnos, su afirmación de que era falso probaba que allí había algo oculto, algo muy próximo a él, que se podía descubrir, pero tan bien situado que no le inquietaba, y que ni siquiera tuvo necesidad de acercarse para comprobarlo. Mi intento, por tanto, significaba una especie de victoria estéril. Nada había adelantado.

En aquel momento, mi hombre se hallaba de pie, vuelto de espaldas. Ignoraba qué podía estar haciendo. Se encontraba ante el teléfono y, como tenía la cabeza inclinada, supuse que estaría reflexionando. No movía el brazo, pero, de extenderlo para marcar un número, tampoco lo hubiese advertido.

Después de permanecer un buen rato en esta posición, se alejó. Luego, se apagaron las luces y ya no vi nada. Sin duda desconfiaba, pues advertí que ni siquiera encendía cerillas como hacía con frecuencia cuando se encontraba a oscuras.

Puesto que no podía vigilarle en sus idas y venidas, mis pensamientos tomaron otro camino, y comencé a reflexionar sobre aquella extraña coincidencia que se había producido a media tarde, cuando pasó de su sala a su cocina al mismo tiempo que el propietario lo hacía en el piso superior.

La anomalía que entonces tanto me sorprendió, me recordaba lo que ocurre cuando miramos a alguien a través de un vidrio imperfecto. Basta un defecto en el cristal para que la imagen de la persona resulte temporalmente deformada mientras se encuentra detrás. Y, sin embargo, no era este el caso, puesto que las ventanas estaban abiertas y no se interponía ningún vidrio. Además, en aquel momento ni siquiera me servía de los prismáticos.

Estaba sumido en mis reflexiones cuando sonó el timbre del teléfono. Boyne, sin duda. A aquella hora, no podía tratarse de otra persona. Después de conducirse conmigo tal como lo hizo, habría reflexionado.

—¿Diga? —respondí, sin desconfianza, y con mi voz normal.

No hubo respuesta.

—¿Diga? ¿Diga? ¿Diga? —repetí, dando, además, distintas muestras de mi modo de hablar.

Seguí sin respuesta.

Entonces, cansado ya, colgué.

Fuera, todo seguía envuelto en la oscuridad.

* * *

Sam, que concluía entonces su jornada de trabajo, vino a darme las buenas noches. El grog bien cargado que le animé a tomarse había entorpecido un poco su lengua; de modo confuso oí cómo, según su costumbre, me preguntaba si se podía marchar. Le autoricé distraídamente, ocupado como estaba en encontrar otro medio para hacer caer a Thorwald en una nueva trampa. Me había
jurado arrancarle su secreto.

Sam bajó la escalera con paso inseguro y, segundos después, oí cómo cerraba la puerta de la calle. El pobre Sam probaba el alcohol tan raramente…

Quedé solo en mi cuarto, con el sillón en el que me sentaba como único radio de acción. De pronto, en la ventana apareció una luz, que se apagó enseguida. Sin duda, Thorwald necesitó algo y, como no lo encontraba en la oscuridad, no tuvo más remedio que encender, aunque por poco tiempo. No obstante, debió de hallar enseguida lo que buscaba, pues retrocedió al instante para apagar. Al mismo tiempo, lanzó una mirada por la ventana mientras pasaba ante ella, pero sin acercarse. Aunque fue muy rápida, aquella mirada me impresionó. Era muy distinta de las que le había visto antes. Aunque tan breve, diría que fue una mirada a algo determinado. Tenía especial fijeza. No era una mirada distraída o superficial, ni como aquellas de precaución que otras veces le vi dirigir. No recorrió en forma circular las hileras de ventanas que se alineaban ante él. Se mantuvo fija, en el breve espacio que duró, sobre mi puesto de observación.

Ocurre con frecuencia que registramos actos sin que nuestra mente les atribuya su verdadero sentido. Mis ojos descubrieron esta mirada, pero mi cerebro se negó a darle un significado.

«¡Bah!, no tiene importancia —pensé—. Debe de ser un efecto óptico producido por el reflejo inopinado de la luz, cuando se encendió por un breve instante».

Efecto retardado. Una llamada telefónica a la que no sigue una pregunta. ¿Por qué? ¿Para comprobar el timbre de una voz? Luego, un largo tiempo de tinieblas durante el que dos hombres, dos enemigos, invisibles uno para el otro, podían disponerse a actuar uno contra el otro. Una luz que aparece en el último instante, por fallo de estrategia, pero también porque resulta inevitable. Una última mirada cargada de odio; todo esto, como ya he dicho, lo registraron mis ojos, pero no mi mente, que no se detuvo a pensarlo o que por lo menos
tardaba mucho en darse cuenta.

Pasaron dos minutos. Una calma profunda reinaba en el rectángulo formado por los edificios. Una calma demasiado profunda para que no resultara inquietante. Y, de pronto, la rompió un ruido que llegaba de no sé dónde: la intermitente y obsesionante canción del grillo. Pensé en el comentario supersticioso de Sam, según el cual siempre se cumplía su fatal presagio. De ser cierto lo que dijo, era un mal signo para alguno de los habitantes de aquellos grandes edificios dormidos…

Habían pasado escasamente diez minutos desde que se fuera mi criado. Y ya estaba de regreso. Debía de haber olvidado algo. Con el trago que llevaba a cuestas no me extrañaba. Quizá fuera el sombrero, o tal vez la llave de su domicilio. Sabía que no podía ir a abrirle y se esforzaba en entrar sin hacer ruido, pensando que quizá me había dormido ya. Apenas le oí moverse en la planta.

La casa en la que yo vivía era uno de esos edificios bajos y pasados de moda, con una puerta exterior, a la que nunca echábamos el cerrojo, que conducía a un vestíbulo cerrado por una puerta provista de un pestillo. Y el pobre diablo que, en circunstancias normales, debía ya encontrar dificultades para meter la llave en la cerradura, tenía aquella noche la mano todavía menos segura. Con cerillas le hubiera resultado bastante más sencillo. Pero Sam no era fumador y, con toda seguridad, no las llevaba nunca encima.

El ruido cesó. El pobre Sam debió de darse por vencido y marcharse por donde había venido. Desde luego no pudo entrar, pues conocía muy bien su modo de dejar que la puerta se cerrase por sí sola y no oí aquel ruido con el que tan familiarizado estaba.

Y, de pronto, comprendí. Fue como la explosión brutal que se produce en un tren cuando una chispa de la locomotora alcanza al último vagón cargado de pólvora. Ignoro por qué razón no se me ocurrió hasta entonces. El cerebro tiene caprichos que escapan a toda explicación. La verdad es que, de improviso, Sam, la puerta de la calle y todo lo demás quedaron borrados de mi mente, y, repentinamente, encontré la explicación de la anomalía que se produjo en el curso de la tarde.  

Efecto retardado. Siempre aquel maldito efecto retardado.

Uno sobre el otro, el propietario del 525 y Thorwald habían abandonado las salas del sexto y del cuarto y, simultáneamente, desaparecieron detrás de la porción de muro que separaba las dos ventanas para reaparecer, siempre uno sobre el otro, en la cocina. Pero, mientras tanto, ocurrió algo anormal que no pude definir, pero que me había sorprendido. No obstante, la retina es un registro escrupuloso del que se puede uno fiar y estaba seguro de que la anormalidad que advertí, la separación que había apreciado, se produjo vertical y no horizontalmente; la dislocación no tuvo lugar a lo largo sino de arriba abajo. Ahora, sabía; ahora, había comprendido; tenía por fin la solución. ¿Necesitaban un cadáver? Pues bien, iba a ofrecerles uno. De buen o mal grado, Boyne debería escucharme. Sin perder un minuto, marqué a tientas el número de la delegación de policía sosteniendo el teléfono sobre mis rodillas.

Hacía poco ruido: un imperceptible chasquido metálico. El grillo era mucho más escandaloso.

—Hace mucho que se fue a casa —me contestó el sargento de guardia.

Y, sin embargo, me urgía hablar con él.

—Bien, pues deme el número de su domicilio particular, ¿quiere?
—No se retire.

Se alejó, y volvió a los pocos segundos para decir:

—Trafalgar…

Luego, nada.

—Oiga, oiga —grité al aparato—. Señorita, no corte, por favor. No hemos terminado.

Pero tampoco de la centralita me respondieron.

No habían cortado la comunicación. Habían arrancado el cable. La interrupción fue demasiado brutal. Y, si arrancaron el cable, tuvo que suceder en el interior de la casa, pues fuera estaba enterrado.

Efecto retardado. Esta vez, era el fin. Venía demasiado tarde. Nadie contestaba a mis llamadas. Aquella mirada desde arriba, en busca de un punto de referencia. Y Sam, que hacía poco intentaba entrar en casa.

La muerte se hallaba en mi casa y, además, se iba acercando. Y yo estaba inmovilizado, clavado en el sillón. Aunque existiera la posibilidad de telefonear a Boyne, era ya demasiado tarde. No se podían esperar golpes teatrales. Desde luego, podía pedir socorro por la ventana y los vecinos se asomarían para ver qué estaba ocurriendo; pero no llegarían a tiempo para ayudarme. Incluso antes de que pudieran darse cuenta de dónde venían los gritos, éstos habrían cesado… y sería el fin de todo. Por tanto, no intenté pedir auxilio. No fue por valentía, sino porque sabía muy bien que iba a ser un esfuerzo inútil.

En breves instantes estaría allí. Ahora, aunque ningún sonido me lo advirtió, debía de encontrarse cerca. Y en torno mío nada más que el silencio. Ni siquiera un crujido. Un crujido me hubiese aliviado, pues podía indicarme dónde estaba el enemigo. Era igual que si me hubieran encerrado en una habitación a oscuras con una cobra. No tenía armas. Junto a la puerta, a lo largo de la pared, se encontraban hileras de libros. Yo no leía jamás. Eran libros  pertenecientes al antiguo inquilino. También había un busto de yeso; Jean Jacques Rousseau o Montesquieu, nunca pude saber cuál de los dos. Era horrible, y también lo dejó el que antes ocupaba el apartamento.

Me alcé tanto como pude en mi asiento y extendí la mano para sujetarlo. Por dos veces mis dedos rozaron el pedestal sin conseguir cogerlo. A la tercera vez, logré moverlo. A la cuarta me cayó pesadamente encima y me obligó a sentarme de nuevo.

En el sillón tenía una manta de viaje que no empleaba en aquella estación pero que había doblado y puesto en mi asiento para que estuviera más blando. La saqué como pude, extendiéndola ante mí un poco a la manera de un escudo indio. Luego, retorciéndome como un gusano, me incliné hacia fuera sacando la cabeza y el tronco por encima del brazo del sillón, del lado del muro. Por último, alcé el busto de yeso sobre el otro hombro procurando mantenerlo pegado al respaldo, para simular otra cabeza, cubierta hasta las orejas por la manta. A cierta distancia, en la oscuridad, parecería… Por lo menos, así lo esperaba. Una vez concluidos estos rápidos preparativos, comencé a roncar estrepitosamente, como quien duerme con un sueño pesado, lo que no me resultó difícil, pues tanta emoción me impedía respirar con normalidad.

No hizo ruido al forzar la cerradura con una ganzúa, y su entrada fue tan silenciosa que no me hubiese dado cuenta de que se abría la puerta a mi espalda de no advertir una ligera corriente de aire. La noté más porque tenía la cabeza, la auténtica, empapada en sudor. Si su propósito era descalabrarme de un golpe o apuñalarme, quizá tuviera aún posibilidades de evitar el primer ataque, gracias a mi subterfugio. Era lo más que podía esperar; así podría enzarzarme con él en un cuerpo a cuerpo y romperle el cuello o la columna vertebral estrechándole contra mí.

Si, por el contrario, empleaba un revólver, fatalmente acabaría por alcanzarme. En suma, no iba a ser más que cuestión de segundos. Y él tenía un revólver, como bien me constaba, puesto que con él se proponía matarme cuando creyó que me encontraría en Lakeside Park. Mi única esperanza era que, en esta ocasión, al hallarse en el interior de una casa y queriendo evitar el peligro de ser detenido…

Había llegado el instante fatal.

La oscuridad era tan intensa que la habitación se iluminó por un momento con el resplandor de un fogonazo.

El busto desapareció de mi hombro para saltar hecho pedazos.

Por el ruido que luego siguió creí que mi enemigo pateaba de rabia al frustrarse su venganza, pero al verle pasar como una flecha por mi lado y asomarse a la ventana buscando el medio de evadirse, comprendí que el ruido provenía de abajo y que se trataba de violentos golpes asestados a la puerta principal del edificio. Contra toda esperanza, el golpe teatral era posible. Pero, antes de que llegaran, Thorwald aún tenía tiempo de matarme cinco veces. Dejé deslizar el cuerpo en el estrecho espacio comprendido entre la pared y el sillón; pero las piernas, los hombros y la cabeza seguían aún visibles.

El hombre se volvió para disparar sobre mí, desde tan cerca que quedé deslumbrado. Sin embargo, no me sentí herido. No consiguió alcanzarme.

—Usted… —comenzó a decir rechinando los dientes.

Creo poder afirmar que no dijo nada más, pues estaba demasiado ocupado para perderse en vanas invectivas.

Apoyándose con las dos manos en el borde de la ventana, saltó al patio. Dos pisos. Salió indemne porque en lugar de estrellarse en el cemento, fue a caer sobre el césped que allí crecía.

Conseguí, bien que mal, alzarme por detrás del brazo del sillón y me lancé hacia la ventana con tanta fuerza que por poco me rompo la barbilla.

El fugitivo, aunque aturdido por la caída, se había recuperado enseguida. Así ocurre siempre que la vida está en peligro. De un salto, salvó la primera tapia. De otro, salvó la segunda apoyándose con los pies y las manos al estilo de los gatos y con idéntica ligereza.

Luego, cuando llegó a su casa, subió por la escalera de incendios que había empleado Sam. Fue trepando por los peldaños de metal, dando pequeños y bruscos giros en cada descansillo. Sam había cerrado las ventanas a conciencia antes de marcharse, pero, por suerte para Thorwald, él mismo abrió una a su regreso para ventilar el piso. Digo por suerte, porque su vida dependía ahora de esa medida tomada casi maquinalmente.

Dos pisos, tres pisos, cuatro pisos. Al fin había llegado a su casa. Pero entonces debió de ocurrir algo; le vi apartarse de la ventana y continuar corriendo hacia el quinto piso. Se oyó un restallido seco en una de las ventanas de su apartamento y una bala atravesó el patio para clavarse en el muro de enfrente.

Del quinto, pasó al sexto y, un segundo después, se hallaba en el tejado. Había conseguido llegar sano y salvo. ¡Cómo se aferraba aquel hombre a la vida!

Los policías que estaban asomados a las ventanas de su casa no podían dispararle ya, pues se  hallaba justo encima de ellos y, además, les molestaban los peldaños de la escalera de incendios.

Tan interesado estaba en seguirle con la vista que no presté atención a lo que ocurría en torno mío. De pronto, me di cuenta de que Boyne se encontraba a mi lado intentando apuntarle.

—Casi me duele tumbarle en este momento. Caerá desde muy alto.

El fugitivo se mantenía en equilibrio sobre el muro del tejado y una estrella le brillaba sobre la cabeza. Seguramente, una mala estrella. Se entretenía allí mucho, porque deseaba matar antes que dejarse matar… a menos que se sintiera ya herido de muerte.

Una detonación, venida de muy alto, rompió el momentáneo silencio. Un cristal de mi ventana, justo encima de Boyne, saltó, y uno de los libros que estaban a mi espalda fue atravesado de parte a parte.

Boyne, ante el disparo, no dudó ni un instante y, como me encontraba entonces detrás de él, su codo, por efecto del retroceso del arma, me golpeó en la mandíbula. Como no quería perderme nada de lo que estaba ocurriendo, aparté el humo con la mano. Fue algo horrible. De pie sobre el parapeto, Thorwald pareció, de momento, que no se movía. Luego, arrojó el arma, como diciendo de esa forma que en adelante no iba a necesitarla, y se lanzó al vacío. Su cuerpo se proyectó hacia fuera de tal forma que no rozó siquiera la escalera de incendios, pero golpeó, algo más abajo, uno de los andamios que dejaron los obreros y, rebotando como un trampolín, fue a caer tan lejos que no le vi cuando al fin se estrelló en el suelo.

Me volví hacia Boyne.

—Bien, ¿sabes?, ya lo he encontrado. Al final lo he encontrado —grité—. Sí, en el apartamento del quinto piso, el que está encima del suyo. El suelo de la cocina es ligeramente más alto que el de las demás habitaciones. Quisieron cumplir el reglamento establecido para disminuir los riesgos de incendio y así, de paso, disimularon también cierto desnivel en la sala. No tiene más que cavar allí y…

Boyne llegó al quinto piso enseguida, cruzando el patio y saltando las tapias para darse más prisa. Como aún no habían instalado la electricidad en aquel apartamento, debieron alumbrarse con linternas, pero trabajaron con tanto ardor que no tardaron mucho y, una hora y media después, vi al teniente asomarse a la ventana para hacerme señales. Significaba que yo había acertado.

* * *

Eran casi las ocho de la mañana cuando se reunió conmigo. Antes debió asegurarse de que lo dejaran todo en orden y disponer el traslado de los dos cadáveres: el de Thorwald y el de su esposa.

—Jeff —me dijo Boyne—, retiro cuanto antes había dicho. La culpa la tuvo ese estúpido al que envié allí para registrar el baúl…, pero, no, tampoco puedo decir eso. En cierto modo, soy yo el principal responsable, teniendo en cuenta que no le encargué que identificase a aquella mujer, sino que examinara el contenido del baúl. Por eso el informe que trajo a su regreso era bastante sucinto. Volví a casa. Me acosté y, de pronto…, ¡paf!, me vinieron a la memoria algunas cosas que había olvidado. Uno de los inquilinos, al que interrogué hace dos días, nos dio ciertos informes, y estos informes, sobre diferentes puntos, no concordaban mucho con lo que relatara mi agente. En fin, hay días en que tenemos la cabeza tan cargada…
—A mí me ocurrió lo mismo mientras intentaba ver claro en este maldito asunto — confesé, con pena—. A eso se le llama efecto retardado. En lo que a mí concierne, estuvo a punto de costarme la vida.
—Quizá. Pero mi oficio es el de policía, mientras que tú tienes disculpa.
—¿Y es por ser policía por lo que has llegado en un momento tan oportuno?
—Desde luego. Vinimos a interrogarlo. Pero cuando comprobamos que no estaba en su casa, distribuí a mis hombres para que vigilasen, mientras yo venía aquí a justificarme. Y, a propósito, ¿qué fue lo que te puso sobre la pista del piso de cemento?

Le hablé de la anomalía que tanto me había sorprendido.

—Incluso teniendo en cuenta la diferencia de estatura que existía entre ellos —expliqué—, el propietario me pareció mucho más alto de lo que era en comparación con Thorwald cuando ambos se encontraban en la sala. Todo el mundo sabe que el piso de las cocinas ha de ser de cemento y que éste debe estar a su vez cubierto de material de corcho prensado, lo que hace que se alce ligeramente. En el sexto habían concluido las obras, en el quinto las estaban haciendo aún y ni siquiera habían comenzado en el cuarto. Así es como reconstruí la historia en teoría. Thorwald se hallaba sin trabajo y su mujer sufría una enfermedad que la roía desde hacía varios años. Al fin, cansado de ver que no ganaba nada y que su mujer no se restablecía…
—La otra mujer estará allí durante todo el día. La detendremos y la traeremos aquí.
—Seguramente suscribió un seguro de vida para su esposa, con él como beneficiario, y comenzó a envenenarla progresivamente para que ni ella ni los demás se dieran cuenta de nada. Me parece, aunque no es más que una simple hipótesis, que su mujer descubrió la verdad aquella noche en que la luz estuvo encendida hasta la mañana. Si lo supo por intuición o si lo sorprendió preparando algo, lo ignoro. A mi juicio, Thorwald perdió la cabeza e hizo lo que siempre quiso evitar: matarla violentamente, estrangulándola o golpeándola. Luego, debió recurrir a su imaginación. Y en eso tuvo más suerte de la que merecía. Pensó enseguida en el apartamento del quinto piso. Subió a él. Echó una ojeada. El cemento, que acababan de extender, no se había secado aún. Los materiales seguían allí. Cavó un hueco lo bastante grande para que cupiera su esposa. Luego, la depositó. Después, extendió cemento fresco para cubrirla, alzando la capa unas pulgadas de modo que quedase uniforme. De este modo, sin temor a las emanaciones, resultaba tan perfecto como un ataúd de plomo. Al día siguiente, regresaron los obreros para continuar su trabajo e instalaron los materiales de corcho sin advertir nada, puesto que Thorwald seguramente se había servido de sus mismas herramientas. El asesino envió a su cómplice a las cercanías de una localidad donde su mujer ya había pasado algunos veranos, pero eligiendo una granja donde le constaba que no la conocían. Le había dado las llaves del baúl que luego le expidió. Por último, echó en su propio buzón una vieja postal de la que había borrado la fecha. En el plazo de ocho o diez días, la cómplice desaparecería y habrían hecho creer que la señora Thorwald se había suicidado en una crisis de neurastenia, debido al estado de su salud. Como prueba, presentarían una carta que atribuirían a ella, además de dejar algunos de sus vestidos en las proximidades de un lago profundo. Era, desde luego, bastante arriesgado, pero los dos sinvergüenzas podían haber tenido suerte.

A las nueve, Boyne y los demás se habían marchado y yo seguía solo en mi sillón.

Sam entró para anunciar:

—Señor Jeff, el doctor Preston.

Entró a su vez el médico, frotándose las manos.

—Bueno, hoy —me dijo— creo que podremos quitarle la escayola de la pierna. Debe de estar más que harto de pasarse el día en este sillón sin hacer nada.

Yo me contenté con mirarle, sin hacer comentarios.