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viernes, 11 de octubre de 2013

Wun y Etensher, los gemelos de la luz

El cielo patagónico es el más bello del mundo. Si no me creen, visiten el sur argentino y verán que no miento :D Tanto los amaneceres como atardeceres son únicos. Para los tehuelches, ese juego de colores rojizos es obra de los gemelos Wun y Etensher.
Según los tehuelches, cuando Xaleshem, el sol, y Keenyenkon, la luna, se casaron, tuvieron varios hijos. Una de sus hijas fue Teluj, a quien conocimos en "El´Al y Teluj", pero antes fueron padres de los gemelos de la luz. Vivían en Korkonk, la isla creada por Kóoch
Esta leyenda habla de ellos y relata otra parte del mito sobre el nacimiento de El'Al. Fue recopilada para el libro "Cuentos, mitos y leyendas Patagónicos" por Nahuel Montes.
Será la última leyenda patagónica que publicaré de momento en el blog. Espero que hayan disfrutado de las mismas y los invito a comprar y leer los libros de los cuales las he tomado. 
La semana que viene compartiré con ustedes otro tipo de lectura :D

Atardecer en Río Gallegos, foto tomada por mí cuando vivía allá

Wun y Etensher, los gemelos de la luz

El matrimonio de Xaleshem y Keeneykon fue bendecido por Kóoch con dos mellizos: Wun y Etensher que eran los encargados, respectivamente, de avisar a los habitantes de Korkonk de la aparición o desaparición de sus padres, pero ni el cielo del amanecer ni el del ocaso tenían color alguno. Wun se encargaba de ir aclarando el cielo desde el negro absoluto de Tons (la oscuridad), a través de una cenicienta gama de grises, hasta que la presencia de Xaleshem iluminaba todos los rincones de La Isla, Etensher, por su parte, recogía la claridad al marcharse sus padres, hasta que el negro manto de Tons cubría por  completo La Isla. Y debió desatarse una terrible tragedia para que esto cambiara.

Una noche, Nóshtex, uno de los gigantes hijos de Tons, raptó a Teo, la nube, y la mantuvo cautiva durante tres días con sus consecutivas noches, durante los cuales engendró en ella al semidios El'Al.

Kóoch, al enterarse de esta afrenta a una de sus hijas, desencadenó contra él una maldición, a raíz de la cual Nóshtex, que era sumamente engreído y pagado de sí mismo, no sólo sería superado en belleza y poderío por su propio hijo, sino que sería admirado y venerado por todos los seres vivos de Korkonk.

Al conocer la noticia, Nóshtex experimentó un furor inenarrable, y decidido a acabar con la amenaza que para él representaba su futuro hijo, asesinó a Teo y abrió su vientre con un puñal de sílex, en un insano intento de acabar con la criatura que latía en su vientre. Sin embargo, su crimen sería en vano, ya que Terr-werr, una tucutuco, logró rescatar al niño con vida y lo escondió en su cueva para salvarlo.

Pero el esfuerzo de Terr-werr fue insuficiente para salvar a Teo que murió desangrada. Nóshtex arrojó su cuerpo al espacio para no ser descubierto. No obstante, la sangre que manaba a torrentes de su cuerpo salpicó a los gemelos Wun y Etensher, y los tiñó de todos los tonos de rojo que hoy muestran el alba y el ocaso haciendo que, de allí en más, los amaneceres y atardeceres patagónicos recuerden a los que los contemplan el origen de los cielos más hermosos y quizás más trágicos de la Tierra. 




domingo, 6 de octubre de 2013

El zorrino, el puma y el cóndor

Como recordarán de "Kóoch, el creador de la Patagonia" y "Los inventos de Elal", el gigante había raptado a Teo, la nube y el Kóoch profetizó que si ella tenía un hijo, éste sería más poderoso que el gigante y lo vencería. Así nació El'Al y un día huyó de la isla para crear todo lo que aún faltaba crear en el mundo. Kóoch creo el universo, El'Al creo el hombre...
La leyenda de hoy fue recopilada por Nahuel Montes en "Cuentos, mitos y leyendas patagónicos" y corresponde a las leyendas que hablan sobre la creación. Dice Nahuel Montes que "fue referido por Kantrü, el anciano narrador de la voz profunfa, habitante de la reservación de Sepaukal, en el sureño departamento de Telsen, provincia de Chubut".

El lago de los tres en El Chaltén

El zorrino, el puma y el cóndor

Cuando terr-werr (tucu-tucu) eligió a los mensajeros que convocarían a los animales para la reunión en la laguna, le encomendó a Oije, el zorrino, la tarea de avisarle a la avutarda que El'Al ya estaba en condiciones de emprender el viaje para alejarse de Korkonk, la isla, con rumbo a la Mapu (la tierra, la Patagonia). Encantado con su misión, Oije salió corriendo tan apurado, que Goyse, el gigante hermano de Nóshtex, que se encontraba patrullando junto a la orilla del lago, le preguntó el motivo de su urgencia.

Al verse frente al malvado hermano, el zorrino se asustó tanto que terminó por confesar toda la verdad, pero una lechuza que pasaba casualmente por allí lo escuchó y regresó de inmediato junto a Terr-werr, a quien contó lo que había sucedido. La indignación fue tremenda, pero El'Al, que comprendió lo indefenso que se había sentido Oije frente a Goyse, en lugar de castigarlo, decidió darle un medio de defensa para el futuro, y le hizo crecer la glándula que lo caracteriza, la cual expele un olor tan nauseabundo que pone en fuga a otros animales mucho más grandes que él.

Desde entonces, cuando Oije se encuentra con un hombre, se siente avergonzado de haber sido tan cobarde y, creyendo que es otro gigante, reacciona rociándolo con el pestilente líquido. No obstante los esfuerzos de Terr-Werr por convocar a todos los animales, tanto Goin, el puma, como Ñaiki, el gato montés, y los demás felinos, a pesar de haber sido avisados de la reunión, primero por Kapenkenk, el flamenco y luego por Mexeush, el ñandú, optaron no sólo por no concurrir a ella, sino también por reconocer que tampoco hicieron nada por impedirla.

Sin embargo, Terr-werr, la tucu-tucu protectora del muchacho, enojada por la actitud de los gatos silvestres, aconsejó a El'Al que los combatiera en todos los terrenos, advertencia que desató una lucha sin cuartel, especialmente entre los pumas y los hombres. Y prueba de esta lucha fue, por ejemplo, la caverna en que se alojó nuestro héroe en el Chaltén, a poco de llegar a la Mapu, que se encontraba tapizada y alfombrada por innumerables pieles de los pumas a los que el joven iba venciendo en su constante batallar.

Pero Goin no era rival únicamente de El'Al, sino también de todos los seres vivientes que éste había creado, especialmente del hombre, cuyas crías el puma ataca cuando se hallan lejos de sus padres, y a los mayores cuando se encuentran enfermos o imposibilitados de defenderse.

No obstante, la fortaleza y el indómito coraje de Goin en el combate son proverbiales, y los antiguos tehuelches, antes de las batallas contra el invasor blanco, solían encender fogones de lenga, molle o ñire y calentar en ellos huesos de puma y sorberles la médula para adquirir de esa forma su bravura y su desprecio por el temor.

Otro de los animales que se negaron a prestar ayuda a El'Al cuando debió huir de la persecución de su padre Nóshtex (gigante de la isla), fue Xoiye, el cóndor, que durante uno de sus largos planeos sobre la cordillera habia visto a kelfü, el cisne, cuando depositaba al joven Dios en la ladera del Chaltén.

Ansioso de congraciarse con el gigante, Xoiye se apresuró a denunciar a El'Al frente a su padre, pero una vez más el odioso Nóshtex fracasó en su intento de cumplimentar el propósito de asesinar a su hijo, ya que éste, que se mantenía alerta, creó de inmediato una selva impenetrable, que impidió a su padre llegar hasta él.

viernes, 4 de octubre de 2013

Elal y Teluj

Tiempo atrás, publiqué una leyenda en la que se mencionaba a Elal. Era una leyenda Tehuelche y nos contaba los inventos de Elal. En un párrafo decía "Cuentan que hasta la Luna y el Sol están donde están por obra de Elal, que los echó de la Tierra porque no querían darle a su hija por esposa". Esa muchacha, la hija del sol y la luna, amada por Elal era Teluj. 
Hoy traigo dicha historia, la de Elal y Teluj, recopilada y adaptada por Mario Echeverria Baleta en  "Vida y Leyendas Tehuelches". El libro está presentado de tal manera que es una anciana quien cuenta la historia a los niños de la tribu. La tribu de chonkes o tehuelches, está de viaje (eran nómades) y cada noche la anciana Tama les narra las historias de su pueblo... 
Tomé el relato sobre Elal y Teluj completo. El mismo está formado por los capítulos "Viaje al Sol", "Las pruebas", "Más pruebas", "Elal y Teluj" y "Elal triunfa"  pero son muchas las narraciones de Tama a los niños tanto antes como después de esta leyenda... si quieren leer el resto, encontrarán el libro completo en este link.
Punto y a parte, me gustaría comentar algo sobre la mención de avestruces. En la Patagonia no vive el tipo de avestruz que uno imagina cuando lee esa palabra. El avestruz de aquí recibe el nombre de ñandú o choique y, aunque tiene cierta similitud, es un ave de mucho menor tamaño.


Viaje al Sol 
Durante la noche había llovido un poco, muy suavemente, de manera que por la mañana una bruma espesa cubría los cerros hasta la mitad. A medida que avanzaba el día la neblina se fue disipando. La calma era total. El lago semejaba un gran espejo.

Los niños aprovecharon la calma del agua para jugar al "tamle", consistente en arrojar piedritas planas sobre el agua, para que se deslicen rebotando. (Jugar al "patito" para nosotros)

Caminando por la costa, donde el bosque llega hasta el borde, la vegetación es cada vez más exuberante; tiene caracter´sticas de selva. Esto los motivó a jugar casi todo el día. Allí pudieron observar al diminuto colibrí de copete rojo, libando el néctar de las flores, disputando el espacio con los mangangá y la mariposa grande de alas multicolores dibujando arabescos en el aire. Esta mariposa se puede ver únicamente en las regiones de los bosques australes.

Ningún pajarito patagónico emite los gritos fuertes, de manera que hay que tener el oído muy educado para distinguirlos.

Los niños se sentaban sobre algún palo caído, escuchando con suma atención y al captar algún canto trataban de identificarlo. De pronto, un golpeteo rápido e intermitente interrumpió la quietud. A muy poca distancia de ellos una pareja de pájaros carpinteros cumplía su faena de agujerear palos para sacar los codiciados gusanos cabeza naranja.

Para quien haya vivido siempre en las pampas, entrar a un bosque cordillerano significa algo así como entrar al paraíso. Todo es distinto, se viven experiencias desconocidas.

Los pequeños disfrutaron de las maravillas del paisaje y juntaron hongos de los árboles, que llevaron a su regreso como obsequio a la abuela Tama, que los recibió con la dulce sonrisa de siempre. 

- ¡Ua ingue koone Tama! - corearon los pequeños visitantes y de inmediato contaron acerca del paseo por el hermoso bosque y de las cosas que los sorprendieron.

La abuela los escuchó con atención y luego comenzó su relato acostumbrado:

- Tanto hablaban los cazadores de la hermosura de la hija de la Luna y el Sol, que Elal sintió deseos de conocerla. La hija se llamaba Karró, también Teluj, otros la llamaban Peten, la poderosa y es en realidad el lucero del amanecer. Elal le comentó sus intenciones a la madrina, pero ella intentó disuadirlo diciéndole: "Tu irás allá y no volverás", y él le respondió: "Yo iré, veré a la hija del Sol y volveré". Elal comenzó a preparar boleadoras, arcos y flechas. Entonces la madrina le preguntó: ¿Para qué lo haces?", y él repuso: "Para matar a un pajarito". "¡Déjalo vivir, pobre pajarito! ¿Para qué lo quieres matar?", le dijo ella, pero en realidad se estaba preparando para el gran viaje. Cuando estuvo listo salió al campo y se encontró con Kokn (el cisne), que ascendió a llevarlo, aunque para ello tuvo que convertir a Elal en pajarito. Kokn, en realidad, era su vieja madrina convertida en cisne - explicó la anciana narradora. 
-¿Pudieron viajar tan lejos? - preguntó Keóken.
-Si, pudieron viajar. Se elevaron sobre Aoni Güent y tomaron rumbo hacia el oriente - respondió la abuela.
-¿No se cansaba Kokn? - inquirió Ótilkel.
-Cuando se cansaba, descendía hasta el mar, tocaba el agua con el pico y aparecía una isla donde reponía energías. Esa es la razón porque haya tantas islas en el mar...
-¿Qué pasó cuando llegaron? - consultó Tako.
-Cuando llegaron al país de Keengenken (Sol) se encontraron con Télgalon (Ratonera). Elal le dijo a qué venía y ella le respondió: "Cuando vayas a hablar con el Sol, no vayas por allí, ya que hay un Kámeter (Lagarto) que te pegará un colazo y tirará al Koluel (Pantano) de donde no se sale".
-¿Elal le hizo caso?- preguntó Losha.
-Si, le hizo caso, además le informó: A la chica que buscas no la podrás ver, la tienen escondida en un toldito. Keengenkon (Luna) saca a pasear a dos sirvientas vestidas de fiesta para que los pretendientes se equivoquen.
-¿Pudo Elal llegar a hablar con el Sol? - consultó Güenta.
-Antes de llegar a hablar con el Sol, al pasar junto a un menuco, se le vino encima un kámeter, pero Elal lo traspasó de un flechazo. Después desparramó tierra seca fina sobre el pantano y losecó. Así fue como llegó a la presencia del Sol, al que le contó su viaje y que su intención era conocer a su hija Teluj. Mañana les seguiré contando esta hermosa historia - dijo la anciana y se despidió de los niños con un:
- Mas itáinko tálenke.
-Mas itáinko koone Tama - respondieron ellos y se alejaron comentando lo que les había narrado la vieja. 

 Las pruebas

En el último tramo del viaje, los chonkes consiguieron abundante caza por lo que podrían preparar sus enseres. la comida estaba asegurada.
Para atraer a los guanacos y avestruces habían criado a uno de cada especie, teniendo la precaución de atarle a una pata una correa con una piedra redonda, de manera que el animal pudiese desplazarse muy poco. Estos animales oficiaban de señuelo atrayendo a sus congéneres.

Uno de los juegos preferidos de los chonkes era, sin duda, "auken" (cazar), consistente en disfrazar a un muchacho de aveztruz utilizando flechas con la punta cubierta de lana y embebida en pintura, darle caza.

Los cazadores se ubicaron en línea, prudentemente separados, rodilla en tierra. el muchacho disfrazado era llamado "Uenkoóiu". Se escondía entre las matas y salía imprevistamente para cruzar corriendo frente a ellos a unos treinta pasos. En la carrera imitaba los movimientos del ave, pero trataba de esquivar los flechazos. Al ser alcanzado por algún proyectil, se determinaba el cazador según el color. Los niños colaboraban buscando las flechas erradas. En este juego se convenía la cantidad de disparos de cada uno, los que una vez cumplidos daban por terminada la prueba, contándose los aciertos. En algunos casos se apostaba dejando una prenda que sería el premio ganador. El “auken” concitaba la atención general y las mujeres oficiaban de espectadores vivando a sus preferidos, que generalmente era el “Uenkoóiu”.

La diversión concluía cuando se cansaban los participantes. Luego vendrían los comentarios.

El juego terminó al anochecer, momento que aprovecharon los chicos para acercarse al fogón de la abuela Tama, saludando como de costumbre:

- ¡Ua ingue koone Tama!
- ¡Uái, uái, tálenke!-, respondió la anciana, sentándose junto al fuego para comenzar su narración:
- Impuesto Keengenken del motivo del viaje le dijo: “Si superas algunas pruebas que te daré, tendrás mi consentimiento. Si quieres ser mi “ikorker” (yerno) debes traerme dos huevos de avestruz para hacer una tortilla, pero cuídate, porque los vigila un “makseush” (avestruz macho) muy malo-, contó la abuela.
- ¿Cómo hizo para traerlos?-, preguntó Átele.
- Elal salió a buscar su pedido y se encontró con un hombre que le informó: “Aquí cerquita hay una avestruz con una nidada”, y le señaló el sitio. Para allá se fue Elal, pero, por las dudas, se hizo un casco con unas lajas de roca, atadas con tientos. Alguien le arrojó dos huevos de avestruz que estallaron sobre el casco sin lastimarlo.
- ¿Encontró al avestruz que buscaba?-, se interesó Keóken.
- Lo vio echado en su nido y empezó a arrimarse despacio y atento. Mekseush se ponía inquieto y quiso levantarse para atacarlo, pero Elal le disparó un flechazo que le atravesó el cogote y lo mató. Después sacó dos huevos y se los llevó a la futura suegra, la que al verlos, exclamó: ¡Qué has hecho! ¡No debiste quitarle los huevos a Mekseush, que es de mi familia! Y se puso a llorar.
- ¿Qué opinó el Sol?-, se interesó Tankelou.
- El Sol dijo: “Eres muy astuto…Ahora me traerás un cuero de cogote de guanaco para hacer una aljaba…”. Elal salió presuroso y se encontró con “Gijer” (Arco Iris), quien le dijo: “Arriba de aquella loma hay un guanaco grande.”
- ¿Era cierto que había un guanaco?-, preguntó Pol.
- Sí, era cierto. Elal lo vio y fue bordeando una laguna para acercarse. “Chaki” (guanaco macho) lo vio y vino corriendo a atacarlo, pero Elal se convirtió en “Tool” (guanaquito) y disparó hacia la laguna perseguido por “Chaki”, que cortando camino se metió en el agua. La madrina, convertida en “Koluel” (pantano), le dijo: “Tú no entres”. “Chaki” de pronto se encontró empantanado sin poder moverse y “Tool” recobró su forma de hombre matando al viejo guanaco de un bolazo. Sacó el cuero en bolsa y se lo llevó a la Luna.
- Grande fue la sorpresa de la Luna, ya que ese guanaco estaba puesto especialmente para matar a la gente.
- ¿Le dio más pruebas el Sol, abuela?-, inquirió Átele.
- Sí, le dio más pruebas, en las que tenía que poner inteligencia, astucia y coraje para salir airoso-, respondió
la abuela-. Mañana les contaré.
- ¡Mas itáinko tálenke!
- ¡Mas itáinko koone Tama!

 Más pruebas

Aprovechando la bondad del clima, tanto grandes como chicos disfrutaban de juegos y competencias. Las tejedoras pudieron armar sus telares y hacer las tramas.

Los chicos del grupo, caminaron hasta la costa del lago, buscando piedras de colores y trocitos de cristal de roca, en los que admiraban los matices del arco iris al exponerlos al sol.

Cerca del arroyo asomaba una barranca de rocas festoneada de musgo y allí se detuvieron un momento a observar las cuevitas de los tucu-tucu, para ver si asomaban. Les agradaba ver su piel tan suave y los movimientos rápidos que hacían. Sabían que a ese animalito debían respetarlo y no permitir que nadie los matara.

- ¡Miren, aquí estuvo el mar!-, dijo Pol.
- ¿Aquí, el mar? ¿Cómo lo sabes?-, se sorprendió Keóken.
- Porque aquí veo las mismas cosas que se ven en el mar y dijo la abuela Tama que hace mucho tiempo, tanto que no se puede contar, que donde ahora hay tierra antes hubo mar.
- Es cierto, yo lo recuerdo-, acotó Losha.
- ¡Cuánto sabe la abuela!-, se admiró Tankelou.
- ¡Aquí hay un hormiguero!-, avisó Tako, levantando una laja y dejando al descubierto miles de hormigas que desesperadas trataban de esconder sus huevos. Para ellas aquello debió ser una catástrofe.
- ¿Sabrán las hormigas quién era Elal?-, pensó Ótilkel.

Los niños no se preocuparon en absoluto por regresar a los kau, lo estaban pasando muy bien, disfrutando de un ambiente grato y distinto de los que estaban habituados en las áridas mesetas o en las desoladas pampas. El niño que vive en el campo no se acuerda del hambre, hasta que regresa. Puede andar todo el día en actividad, sólo calma su sed, tendiéndose a beber boca abajo donde encuentra agua. ¡Qué hermosa libertad!

Llegaron a la cita inefable con la abuela Tama, trayéndole hongos y raíces comestibles recién cosechadas.

- ¡Ua ingue koone Tama!-, corearon los niños.
- ¡Ua ingue tálenke!-, respondió la anciana. Se sentó en su lugar, guardó silencio y luego comenzó su relato:
- Keengenkon le pidió a Elal que fuera a buscar piedras para hacer raspadores, ya que debía preparar unos cueros. ¡Allá (le dijo, señalando una loma) hay de la piedra que necesito! Pero debes tener cuidado, a veces revienta y mata a la gente.
- Esta prueba parece más fácil-, opinó Ótilkel.
- En realidad, lo mandaba allá en la seguridad que al explotar las piedras lo matarían. Pero Elal fue muy cauteloso. Miró bien el lugar y construyó un refugio bajo las rocas, desde donde tiró una piedra con la honda contra el cerrito que hizo tres explosiones, haciendo un desparramo de piedras.
- ¿No le hizo nada a Elal?-, preguntó Tako.
- ¡No, estaba bien protegido!-, respondió la abuela. Cuando salió de allí recogió cuantas piedras quiso y se las llevó a Keengenkon.
- ¿Qué dijo Keengenkon?-, preguntó Keóken.
- Quedó muy sorprendida y llorando decía: ¡Qué hombre! ¡Todo lo puede! ¿Qué haremos? No podemos matarlo… Tendremos que darle nuestra hija Teluj… Luego dirigiéndose a Elal, le dijo: Vuelve mañana, tengo que esperar el regreso de Keengenken…
- ¿Le dieron el permiso que pedía Elal para casarse con Teluj?-, consultó Pol.
- Al día siguiente, muy temprano Elal se presentó ante el Sol, quien le dijo: Has cumplido las pruebas con inteligencia, astucia y coraje, pero para casarte con mi hija tendrás que rescatar el brazalete de boda que un “shoikn” le robó escondiéndolo dentro de una caverna.
- No parece tan difícil-, opinó Tankelou.
- ¡No hubiera sido difícil, si no fuese porque la caverna se hallaba custodiada por un terrible guanaco que mataba al mirar; además, el brazalete estaba escondido dentro de un huevo de avestruz, podrido y envenenado!
- ¿Cómo hizo Elal para rescatar el brazalete sin ser visto por el guanaco?-, preguntó Átele.
- Primero tuvo que ubicar la barranca donde se hallaba la caverna; después, la madrina convertida en mosca le susurró al oído: Escóndete para que no te vea el guanaco y yo lo molestaré para distraerlo, entonces lo matas. Voló la mosca y se le posó en una oreja, luego en la otra, después en los ojos… El guanaco cabeceaba tratando de ahuyentarla, pero el insecto se le introdujo en la nariz, haciéndolo cerrar los ojos para estornudar, momento que aprovechó Elal para arrojarle el “shome”, pegándole un terrible bolazo que lo mató.
- ¡Bravo, bravo!-, exclamaron los niños.
- ¿Cómo hizo con el huevo? Porque al romper un huevo podrido explota-, dijo Tako.
- Primero encendió una antorcha con la que entró en la oscura caverna, hasta que halló el huevo, pero no lo tocó. Señaló el lugar y regresó hasta la entrada donde estaba el guanaco muerto y le sacó el cuero con el que regresó al lugar, con mucho cuidado lo extendió sobre el huevo, luego se retiró a una distancia prudencial, tomó el arco, tensó la cuerda y disparó un flechazo. Una sorda explosión indicó el éxito. Esperó un momento y con sumo cuidado, utilizando una varilla, retiró el brazalete. ¡No lo toques!, le dijo la mosca-madrina. ¡Está envenenado!-, explicó la abuela Tama.
- ¿Cómo hizo para llevarlo?-, preguntó Güenta preocupado.
- Lo quemó en la antorcha, con lo que eliminó el veneno y después salieron de la caverna para ir a entregarlo.
- ¿Le si
guieron dando más pruebas, abuela?-, consultó Keóken.
- Mañana se los contaré-, dijo la anciana y se despidió de los niños, que prometieron regresar. 



Elal y Teluj

Yalo y Mafulco, dos cazadores, preparaban sus enseres de cuero, consistentes en lazos y tientos para las boleadoras.

Para lazos, cortaron el cuero de guanaco comenzando por el cogote, siguiendo por el costillar hasta la cola para pasar al otro lado y terminar la vuelta donde comenzaron, continuando en forma circular. Con el resto, desde los ijares a la panza inclusive, hicieron tientos para boleadoras.

La gente de campo, indios o no, son sus propios artesanos, fabricando cada uno lo que necesita, aprendiendo desde niños a ser ingeniosos y valerse por sí mismos.

Los dos paisanos habían cavado un pocito junto al manantial donde dejaron las pieles en remojo varios días para que larguen el pelo, después las dejaron secar, no del todo, a la sombra, hasta que estuvieron maleables y comenzaron el sobado, utilizando, al principio, una mordaza de madera de calafate, con lo que lograron un graneado especial. Después, sobre una piedra, procedieron a golpear con un palo grueso la larga tira de cuero, siempre sobre el doblez, desplazándolo en cada golpe.

Terminaron el trabajo del sobado apoyando el cuero sobre la rodilla y haciendo un movimiento de amase. Después vendría la presilla con un botón de cuatro tientos y una argolla de cuero sin sobar en el otro extremo. Al fin, el retorcido y un engrase. Los lazos quedaron tensados entre mata y mata durante dos o tres días.

Los chicos siguieron atentamente los trabajos realizados por los dos cazadores, tratando de no perder detalles y preguntando los por qué y para qué de cada cosa. Los mayores se complacían en explicar secretos de su artesanía, sabiendo que con ello aseguraban el futuro.

Al caer la tarde, el kau de la abuela Tama recibió las alegres voces de los niños.

- ¡Ua ingue koone Tama! ¿Konke nue?
- ¡Shaionk! ¡Uái, uái! - respondió la abuela y se sentó al lado de su fueguito apenas encendido, para empezar la narración:

- Elal había cumplido la prueba de rescatar el brazalete (1). Su madrina, convertida en mosca, se escondía junto a su oreja para indicarle lo que debía hacer y avisarle los peligros. Fueron ante la presencia de Keengenken, quien le dijo: conversaremos acerca de la boda, siéntate. ¡No te sientes!, le dijo la madrina, bajo el asiento hay un pozo sin fondo por donde caen los que se sientan. Elal no se sentó. ¡Eres muy astuto!, reconoció el Sol. Vamos a dar un paseo. Caminaron hacia donde estaban las mujeres jóvenes y elegantes, una linda y otra fea; allí el Sol le dijo: Nos has ganado, no hemos podido contigo, y señalando a las dos mujeres, acotó: Una de ellas es Teluj, ¡elige!
-¿Qué hizo, eligió a la más linda? -, consultó Keóken.
- ¡Ninguna de las dos! La madrina le había previsto que era otra trampa, de manera que miró atentamente todo y dando un fuerte soplido volteó la mampara de cueros de un toldo que había allí y dejó al descubierto a una mujer de aspecto horrible.
-¿Era una bruja? -, se apresuró a preguntar Átele.
- No, no era una bruja... ¡Era Teluj!... Keegenkon, su madre, la había disfrazado para que no fuera reconocida, pero la madrina de Elal le susurró al oído: es ella, está disfrazada para que no la reconozcas. Y continuó el siguiente diálogo:
-¡Esta es Teluj! - dijo Elal -. ¡Con ella me casaré!
- ¡No, no! - decía el Sol -. ¡No te cases con ella! ¡Mira cómo está de fea!

Pero Elal no cedió, entonces la luna dijo:

-¡Cásate con ella, total está horrible!

Elal dio tres soplidos y la hija del Sol y la Luna volvió a su estado natural, resultando la mujer más hermosa jamás vista.

-¿Cómo pudieron casarse? - se interesó Losha.

La luna dijo por lo bajo: dejemos que se casen, total la noche de bodas él morirá, como murieron todos los que la pretendieron. La mosca-madrina le habló al héroe diciéndole: ¡Escápate con ella esta noche! ¡Ni el Sol ni la Luna te la darán jamás!

- ¿Huyeron juntos entonces? - preguntó Átele.
-Esa misma noche escaparon y Teluj nunca más se dejó ver ya que en cuanto el Sol sale, ella se esconde, temiendo la ira de su padre.

La anciana se despidió:

-Ketouans tálenke!
- ¡Mas itáinko koone Tama!-, respondieron los niños.


Elal triunfa

El grupo de niños caminaba cerca de la desembocadura del arroyo, observando los pequeños pececitos que, como veloces nubes, se desplazaban bajo el agua y de pronto quedaban inmóviles.

Continuaron caminando hacia arriba, mientras descubrían el milenario misterio del ciclo ecológico en todas sus expresiones. Se detuvieron en unos rápidos, donde se asombraron de la velocidad del Pato de los Torrentes y su habilidad para nadar bajo el agua.

Allí el bosque estaba constituido por lengas y coihues muy altos y gruesos, cosa que les asombraba; además, en la sombra escasa de vegetación se destacaban los hongos 26 grandes y redondos, apenas adheridos al suelo, sin columna. Ótilkel partió uno para ver el interior y luego lo mostró a sus compañeritos. Parecía una masa blanca muy liviana. Güenta recordó que cuando esos hongos están secos, por fuera los contiene una fina cáscara marrón y por dentro se convierten en polvo del mismo color. Ese polvo es utilizado por el “shoikn” para curar quemaduras, dando un excelente resultado.

- Al regreso recogeré uno para llevarle al “shoikn” por haber salvado a Peuche - manifestó Tankelou, siendo aprobado por el grupo.

Luego continuaron subiendo por la orilla del arroyo, hasta que comenzaron a oír un ruido continuo que acrecentaba en la medida que se acercaban. A poco de andar descubrieron su origen: una cascada con una fosa a manera de pileta, donde nadaban unos macacitos zambullidores y en cuyas aguas transparentes se veían algunas truchas y puyenes.

Atrás de la cascada, contra la barranca, crecían, adheridos a las rocas, los “bálsamos de las cascadas” (Alpinia), con sus flores rojas en forma de campanitas pequeñas y sus lustrosas hojas grandes acorazonadas; además de las estrellitas del agua y los musgos asomando por las fisuras de las piedras. Rodeando la cascada, una variedad de hierbas y matas se disputaban el espacio. Allí, las condiciones de fertilidad se multiplicaban, haciendo superior el tamaño de las flores y la vivacidad de sus colores, lo que atraía a mariposas e insectos para alegría de los pajaritos.

Los chicos treparon la barranca para mirar desde allí el paisaje. A lo lejos, en la orilla del lago, los toldos semejaban diminutos medios hongos.

- ¿Volvemos?-, propuso Pol, que no tenía ganas de continuar ascendiendo.

La propuesta fue aceptada y comenzó el descenso, durante el cual prometieron volver a ese hermoso lugar. La abuela Tama los recibió con la alegría de siempre, conociendo el interés demostrado por los pequeños.

- ¡Ua ingue koone Tama!-, saludaron los chicos.
- ¡Ua ingue tálenke!-, repuso ella.

Luego, comenzó el relato:

- Keengenkon estaba segura que Elal moriría sin consumar el matrimonio con su hija Teluj y decía: Ella regresará mañana en cuanto descubra que él murió.
- ¿Por qué estaba segura que moriría?-, preguntó Keóken.
- ¡Porque la Luna había pactado con un espíritu maligno la muerte de los pretendientes de su hija y las dos veces anteriores había tenido éxito!-, explicó la abuela.
- ¿No pudieron matarlo, verdad abuela?-, consultó Pol.
- No Pol, nada pudo hacer el mal espíritu. Elal era superior a todo, además estaba amparado por su madrina que lo prevenía de los peligros.
- ¿Qué decía la Luna al ver pasar los días?-, inquirió Losha.
- La Luna se lamentaba diciendo: ¡Este hombre nos ha vencido! ¿Qué podré hacer? ¡Nada! ¡No lo he podido vencer! ¡Y allí anda…vivo y feliz…! Teluj estaba embarazada y eso le hacía lamentar aún más a la Luna que no se resignaba.
- ¿Se amigaron al fin?-, consultó Ótilkel, anhelando un final feliz.
- Elal, viendo la contrariedad de su suegra y no pudiendo convencerla ni amigarse, comenzó a caminar hacia el mar. Teluj, que lo amaba, lo siguió. Él caminó sobre el agua para ir a una isla donde estaba el cisne y, no deseando llevarla, la convirtió en “Jono-pete” (leopardo marino-Higruga leptonyx), quedando para siempre en el mar.
- ¡Se quedó para siempre en el mar!-, exclamó Losha.
- Así dicen que fue-confirmó la abuela-. Cuando la Luna llena alumbra el agua, Teluj siente la presencia de su madre y juega alegremente, produciendo las mareas.

Los niños quedaron consternados por el extraño final de Teluj, pero decidieron regresar al día siguiente, interesados en la historia de Elal.

- ¡Mas itáinko koone Tama!-, se despidieron los pequeños.
- ¡Mas itáinko tálenke! 

sábado, 7 de septiembre de 2013

"Kóoch, el creador de la Patagonia" y "Los inventos de Elal"

Buenas noches a todos. Me he demorado con las entregas, ya sé. Aún estoy adaptándome a una nueva carga horaria (nuevo trabajo) y tratando de compatibilizar mis responsabilidades y hobbies (además de mi vida social y familiar) para tratar de hacer todo lo que me hace sentir una persona plena. Se complica... Tal vez esté menos presente en el blog en comparación a lo que los tengo acostumbrados... al menos hasta que le tome el ritmo a mi nueva vida. Pero hoy estoy, y traigo dos nuevas leyendas patagónicas.
Se trata de "Kóoch, el creador de la Patagonia" y "Los inventos de Elal", recopiladas por Arnoldo Canclini para el libro "Leyendas de la Patagonia". Ambas hablan sobre la creación del mundo (la Patagonia) tal como lo conocían los Tehuelches y las tomé de la página: http://www.alconet.com.ar/, un sitio de apariencia poco interesante pero con contenidos que valen la pena.
"Tehuelche" es en realidad la denominación que los Mapuches daban a varios pueblos del sur de la Patagonia, como los Aonikenk y los Shelk'nam . En mapuche significa "gente bravía" y así fueron llamados por ellos debido la fortaleza y resistencia con la cual se opusieron a la expansión del pueblo Mapuche. Los españoles los llamaron Patagones... y de allí el nombre Patagonia que recibe esta región.




KÓOCH, EL CREADOR DE LA PATAGONIA

Los tehuelches fueron un pueblo nómada que habitó en el sur de la Patagonia Argentina. Recorrían grandes extensiones de la árida estepa patagónica mientras se abocaban a la caza del guanaco y el ñandú. En 1871, el marino inglés Georges Muster convivió con ellos durante un año. El fruto de aquella singular experiencia es La vida entre los patagones, obra fundamental para el conocimiento de las costumbres y la interpretación de la vida por parte de los tehuelches. Como todos los pueblos primitivos, los tehuelches manifestaron un poderoso vuelo imaginativo. Que podrán advertir en su mito de la creación que a continuación le presentamos. En el comienzo estaba Kóoch y, luego el gran héroe Elal. Imaginemos como...

Según dicen los tehuelches, hace muchísimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol... solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas. Y en medio de ella vivía eterno, Kóoch.

Nadie sabe por qué, un día Kóoch, que siempre se había bastado a sí mismo, se sintió muy solo y se puso a llorar. Lloró tantas lágrimas, durante tanto tiempo, que contarlos sería imposible. Y con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Cuando Kóoch se dio cuenta de que el agua crecía y que estaba a punto de cubrirlo todo, dejó de llorar y suspiró. Y ese suspiro tan hondo fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar.

Algunos dicen que fue así, por los empujones del viento, que la niebla se disipó y apareció la luz, pero otros opinan que fue Kóoch el inventor de la claridad. Cuentan que, en medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el extraño mundo que lo rodeaba. Se alejó un poco a través del negro espacio y, como no podía ver con nitidez, levantó el brazo, y con su gesto hizo un enorme tajo en las tinieblas. Dicen también que el giro de su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol.

Xáleshen, como llaman los tehuelches al gran astro, se levantó sobre el mar e iluminó ese paisaje magnífico: la inmensa superficie ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerse bajo su tocado de espuma.

El sol formó las nubes, que de allí en más se pusieron a vagar, incansables, por el cielo, matizando el agua con su sombra, pintándola con grandes manchones oscuros. Y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente, y a veces en forma tan violenta que las hacía chocar entre sí. Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos.

Luego Kóoch se dedicó a su obra maestra. Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kóoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar: el sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos... la vida era dulce en la pacífica isla de Kóoch. Entonces el Creador, satisfecho, se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana y se marchó al horizonte, de donde nunca más volvió.

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad. Un día, uno de ellos, llamado Noshtex, raptó a la nube Teo y la encerró en su caverna.

Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra en una inmensa protesta... Después de tres días y tres noches, Xáleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y apareció entre las nubes. Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detrás de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kóoch las novedades, y Kóoch contestó;

-Te prometo que, quienquiera que haya raptado a Teo, será castigado. Si ella espera un hijo, ése será más poderoso que su padre.

A la mañana siguiente, apenas asomado, el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas, enseguida, se la contaron a Xóchem el viento, que corrió hacia la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oírla. Y el chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú al zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma. Después Xóchem sopló el mensaje en la puerta de las cavernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse.

Así escuchó Nóshtex las palabras de Kóoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. "Voy a matarlos", pensó, "voy a matarlos y a comérmelos a los dos". Golpeó salvajemente a Teo mientras dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caverna, la despedazó.

Pero alguien más, adentro de la cueva, había escuchado a Xóchem. Era Ter-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta. Dicen que fue ella la que salvó al bebé, la que, sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, la que escondió al niño debajo de la tierra antes de que el gigante pudiera reaccionar...

Sin embargo, el refugio era demasiado precario. Nóshtex cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorrito que apenas había visto, a ese hijo que en cuanto creciera iba a traicionarlo.

Entonces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales: ¿dónde esconder al bebé?, ¿cómo ponerlo a salvo del gigante?

Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto. Que el Kíus, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, más allá del mar, había creado Kóoch antes de recluirse en el horizonte, y que propuso enviar allí al niñito. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta.

Una madrugada, cuando el hijo de Teo y el gigante estuvo listo para partir, Terr-Werr lo llevó hasta las inmediaciones de una laguna y lo escondió entre los juncos. Desde allí llamó a Kíken, el chingolo, para que a su vez transmitiera el mensaje: todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron. Otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde. El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nóshtex se dirigió a grandes pasos hacia la laguna, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr lo distrajo con su canto. Por eso no llegó a tiempo para ver cómo el cisne se acercó al niño nadando majestuosamente y lo colocó sobre su lomo, ni cómo carreteó luego para levantar vuelo. Sólo alcanzó a distinguir en el cielo un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba decididamente hacia el oeste. Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kóoch hacia la tierra salvadora de la Patagonia.


LOS INVENTOS DE ELAL


Dicen los tehuelches que la Patagonia era sólo hielo y nieve cuando el cisne la cruzó, volando, por primera vez. Venía de más allá del mar, de la isla divina donde Kóoch había creado la vida y donde había nacido el pequeño Elal, a quien cargó sobre su blanco lomo hasta depositario sano y salvo en la cumbre del cerro Chaltén.

Dicen también que detrás del cisne volaron el resto de los pájaros, que los peces los siguieron por el agua y que los animales terrestres cruzaron el océano a bordo de unos y de otros. Así la nueva tierra se pobló de guanacos, de liebres y de zorros; los patos y los flamencos ocuparon las lagunas y surcaron por primera vez el desnudo cielo patagónico los chingolos, los chorlos y los cóndores.

Por eso Elal no estuvo solo en el Chaltén: los pájaros le trajeron alimentos y lo cobijaron entre sus plumas suaves. Durante tres días y tres noches, permaneció en la cumbre, contemplando el desierto helado que su estirpe de héroe transformaría para siempre.

Cuando Elal comenzó a bajar por la ladera de la montaña le salieron al encuentro Kokeske y Shíe, el Frío y la Nieve. Los dos hermanos que hasta entonces dominaban la Patagonia lo atacaron furiosos, ayudados por Máip, el viento asesino. Pero Elal ahuyentó a todos golpeando entre sí unas piedras que se agachó a recoger, y ése fue su primer invento: el fuego.

Cuentan que Elal siempre fue sabio, que desde muy chiquito supo cazar animales con el arco y la flecha que él mismo había inventado. Que ahuyentó al mar con sus flechazos para agrandar la tierra, que creó las estaciones, amansó las fieras y ordenó la vida. Y que un día, modelando estatuillas de barro, creó a los hombres y las mujeres, los tehuelches. A ellos, a sus chónek, les confió los secretos de la caza: les enseñó a diferenciar las huellas de los animales, a seguirles el rastro y a poner los señuelos, a fabricar las armas y a encender el fuego. Y también a coser abrigados quillangos, a preparar el cuero para los toldos hasta dejarlo liso e impermeable... y tantas, tantas otras cosas que sólo él sabía.

Cuentan que hasta la Luna y el Sol están donde están por obra de Elal, que los echó de la Tierra porque no querían darle a su hija por esposa. Y que el mar crece con la luna nueva porque la muchacha, abandonada por el héroe en el océano, quiere acercarse al cielo, desde donde su madre la llama. Y también que si no fuera porque una vez, hace muchísimo tiempo, cuando hombres y animales eran la misma cosa, Elal castigó a una pareja de lobos de mar, no existirían el deseo ni la muerte. Finalmente Elal, el sabio, el protector de los tehuelches, dio por terminados sus trabajos. Dicen que un día, poco antes del amanecer, reunió a los chónek para despedirse de ellos y darles las últimas instrucciones. Les anunció que se iba, pidió que no le rindieran honores pero sí que transmitieran sus enseñanzas a sus hijos, y éstos a los suyos, y aquéllos a los propios, para que nunca murieran los secretos tehuelches. Y cuando ya asomaba por el horizonte, Elal llamó al cisne, su viejo compañero. Se subió a su lomo y le indicó con un gesto el este ardiente. Entonces el cisne se alejó del acantilado, corrió un trecho y levantó vuelo por encima del mar.

Inclinándose sobre el ave que lo llevaba y acariciando su largo cuello, Elal le pidió que le avisara cuando estuviera cansado. Cuando el cisne se quejaba, Elal disparaba una flecha hacia abajo, y con cada flechazo surgía en el agua una isla donde era posible posarse a descansar.

Dicen que varias de esas islas se distinguen todavía desde la costa patagónica, y que en alguna de ellas, muy lejos, adonde ningún hombre vivo puede llegar, vive Elal. Sentado frente a hogueras que nunca se extinguen, escucha las historias que le cuentan los tehuelches que, resucitados, llegan cada tanto para quedarse con él, guiados por el magnánimo Wendeunk.