Blog de Literatura - Fomentando la Lectura
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domingo, 2 de noviembre de 2014

Tokjuaj y la lluvia

Llueve, llueve, llueve y hace mucho que no subo nada al blog...Vamos con una leyenda Wichi :D
La versión que encontré es la de Miguel Angel Palermo - ya leímos leyendas de otras comunidades adaptadas por él.
 Los Wichi son una comunidad indígena que habita el chaco argentino y boliviano. Rendían - o rinden - culto a los seres de la naturaleza y a un ser que consideran superior: Tokjuaj, el equivalente a El´Al aquí en la patagonia.



Tokjuaj y la lluvia

Dicen que antes la Lluvia era un hombre, un hombre todo hecho de agua. Era de agua pero vivía en la tierra; por eso, todo estaba siempre bastante inundado. Un día, Lluvia hizo mucha cerveza de algarroba – de esa que en el Chaco llamamos aloja – y preparó una gran fiesta. Entre los invitados estaba Tokjuaj y – vaya uno a saber por qué, ya que era riquísimo – se apareció en la reunión vestido con ropa vieja, rota y sucia.

Lluvia era bastante cascarrabias y se ofendió mucho con él, porque lo tomó como un desprecio. Por eso lo insultó de arriba abajo. Tokjuaj, entonces, fue corriendo a su casa y se cambió.

¡Qué diferencia! 
Quedó muy elegante: todo vestido de negro, con sombrero aludo, pañuelo blanco de seda al cuello, camisa fina, cinto con monedas de plata y unas botas espléndidas, con espuelas de plata. Se miró en un charco y – muy contento con su elegancia – volvió a la fiesta.

Pero Lluvia era un tipo bastante especial y tampoco quedó conforme. Ahora se había puesto celoso de este Tokjuaj que llamaba la atención. Por eso, apenas lo vio distraído, le tiró un rayo, que le erró por poco y partió un árbol en dos.

Claro, a Tokjuaj esto no le gustó nada, así que buscó una rama de árbol, la convirtió en un rifle (¡cosas de sus poderes mágicos!), apuntó y le tiró dos balazos. Lluvia se asustó, montó en su mula y se escapó a galope tendido.

Por detrás de él iba Tokjuaj, a los tiros, haciendo saltar astillas de los troncos y salpicando agua de los charcos con sus balas.

Al fin, Lluvia se trepó a un árbol, con mula y todo, y desde la punta de la copa pegó un tremendo salto que lo hizo llegar hasta el cielo.

Allí se ha quedado desde entonces. Pero como sigue con miedo a Tokjuaj, no para un momento y va de acá para allá, montado en su mula mañera, que cada tanto patea, y eso son los truenos. Anda envuelto hasta la cabeza con su poncho de flecos larguísimos, que son los chorros de agua cuando llueve, y cada tanto asoma los ojos: así se forman los relámpagos, como reflejos de esa mirada terrible que tiene.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los favores del tigre

En el campo es común escuchar hablar del tigre o del puma. Nunca se trata en realidad de un tigre - ya que aquí no habitan - y algunas veces tampoco de un puma. En esas ocasiones, se trata del yaguareté ....
El nombre yaguareté proviene del guaraní y, de hecho, en la mitología guaraní existe un ser, el yaguarete-abá, que es a la vez yaguareté y hombre. Verán que ese ser guarda cierta similitud con lo relatado en esta leyenda mapuche.
El yaguareté habita en el norte argentino, en la selva. Según este texto, al yaguareté los mapuches lo llaman nahuel. Como nota aparte, les cuento que también es común como nombre propio masculino; pero regresemos a la equivalencia nahuel-yaguareté. Sinceramente, me confundió un poco porque en la Patagonia hay pumas (trapial para los mapuches), no yaguaretés. Así que busqué en un diccionario mapudungun-español y encontré lo siguiente:
Nahuel: especie de felino, hoy extinto, que pobló la Patagonia Argentina. Por extensión, se lo aplica también al puma aunque erróneamente.   
Duda resuelta... el nahuel no es ni puma ni yaguareté... 
Ahora a disfrutar de esta leyenda :D
 


Los favores del tigre

Cuentan que una vez un mapuche salió de viaje con algunos compañeros. Cuando ya estaban muy lejos de su pueblo, se encontró con un grupo de enemigos y, como estaban en tiempo de guerra, se vieron obligados a pelear. Los enemigos eran más y estaban muy bien armados, de modo que los mapuches se tuvieron que escapar.

en la disparada, el hombre galopó tan rápido que perdió de vista a los que lo perseguían pero también a sus amigos. Estaba en una tierra desconocida, y se perdió.

Anduvo así varios días; tomaba agua de los arroyos, pero no tenía nada para comer y no tenía la menor idea de cómo volver a su pueblo.

En una de esas, en un momento en que se había parado para descansar, apareció un tigre enorme.

Bueno, no era un tigre-tigre, de esos con rayas, porque por acá no hay de esos animales; era un yaguareté, de esos manchados, que son tan bravos como los tigres. Los criollos les dicen "tigres" y los mapuches los llaman nahuel

La cuestión es que - tigre o yaguareté - el hombre se pegó un buen susto. Y para colmo su caballo se asustó más, se fue corriendo y lo dejó a pie. La fiera se acercaba, relamiéndose, y el hombre no sabía qué hacer. Entonces decidió pedirle al tigre que no le hiciera nada, porque los mapuches dicen que el nahuel es un animal superior, que tiene un alma grande, y que aunque es muy peligroso, sabe escuchar con paciencia. Así que se arrodilló y le habló:

- Señor, dejáme vivir; no me hagás nada, por favor, Nahuel. Ya bastantes desgracias tengo, Nahuel: hace días que no como, estoy perdido, tengo miedo en este camino que no conozco.

El tigre lo miró fijo, fijo, y el hombre vio que de esos ojos alargados se caía una lágrima. ¡Estaba llorando! Despacito, el animal se dio vuelta y entonces se fue al trotecito, pero al rato volvió: traía un avestruz que acababa de cazar y se lo dio al hombre. Así fue como el mapuche pudo comer.

Cuando terminó su comida, miró al tigre y vio que se transformaba en una mujer; tenía ropa muy buena y adornos de plata como los que usaban las mujeres ricas, las hijas de familias importantes. la mujer dijo:

- Ahora ya solucionaste uno de tus problemas: has comido. Decíme: ¿a qué le tenés miedo en este camino?
- Antes tenía miedo de encontrarme con vos, Nahuel, y ahora sigo teniendo miedo, pero de encontrarme con el Toro Chupei.

El Toro Chupei era una especie de toro muy raro, grandísimo, con unos cuernos largos y puntudos, que siempre estaba furioso y echaba espuma por la boca. Pero lo que era malo de veras, lo que metía miedo - al fin de cuentas, hay muchos toros bravos - es que éste, en vez de comer pasto como cualquier otro, comía gente.

- A ése lo arreglo yo; no te asustés, que no te va a pasar nada - le dijo la mujer nahuel -. Yo te voy a hacer de guía para que vuelvas a tu casa.

Tres días caminaron y al cuarto día apareció el Toro Chupei.

- Vos quedáte acá, que yo lo voy a pelear - dijo la mujer nahuel, y tomó de nuevo forma de fiera.

El Toro Chupei rasguñó el suelo con las pezuñas, se dio impulso y se abalanzó sobre el tigre apuntando con los cuernos; el nahuel rugió, pegó un salto y cayó sobre el lomo del otro. Empezó la pelea; enseguida se levantó una polvareda enorme que no dejaba ver nada. El toro se tiraba al suelo, tratando de aplastar al tigre. Entonces el tigre soltaba por un momento y volvía a echársele encima. Al final, ganó el nahuel: el Toro Chupei quedó ahi tirado, despatarrado; ya nunca más se iba a comer a nadie.

El yaguareté se arregló los bigotes, buscó al hombre y le dijo que siguieran camino. Así llegaron hasta cerca del pueblo del mapuche y se despidieron.

Es que así son las cosas, dicen los mapuches: hasta el más bravo, como el tigre, puede ser bueno si se le da la oportunidad.




sábado, 31 de agosto de 2013

Los brujos caníbales

Hace tiempo que tengo ganas de subir más leyendas patagónicas. Decidí hacer una seguidilla de publicaciones al respecto a partir de hoy y durante septiembre. 
La primera es "Los brujos caníbales", una leyenda mapuche extraída del libro "Lo que cuentan los mapuches", recopilada y redactada por Miguel Angel Palermo.
Miguel Ángel Palermo es un escritor argentino. Nació en Buenos Aires en 1948. Es Licenciado en Ciencias Antropológicas por la Universidad Nacional de Buenos Aires y fue docente en la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET). Escribió numerosos trabajos sobre la vida de las comunidades aborígenes, y la conquista de América. Entre ellos, el libro que les comentaba y de dónde tomé esta leyenda adaptada a cuento infantil. 
El libro fue editado por Secretaría de Cultura de la Nación, Ediciones Culturales Argentinas en 1986 e ilustrado por Delia Contarbio.




Los Brujos Caníbales

Había una vez una familia muy pobre: el padre y la madre - los dos muy viejitos - y tres hijos varones.

Un día, el mayor de los hermanos dijo:

- Así no podemos seguir. Tenemos muy poco ganado, tenemos muy poca tierra. Voy a salir de viaje para ver si encuentro algún trabajo. Dentro de un tiempo vuelvo y les cuento como me ha ido.

Ensilló su caballo y se fue. Al trote, al trote, viajó varios días hasta que llegó a una zona que no conocía; nunca había viajado tan lejos. Vio una casa y se acercó, no vio a nadie, pero en eso oyó una voz que venía de arriba de un árbol que estaba junto a esa casa:

- ¡Ay, ay, ay, ay! - decía en tono quejoso.

Miró para arriba y vio a un hombre muy viejo, subido en una rama. "¡Qué cosa más rara!", pensó. "Un señor tan mayor, trepado a un árbol". Como era muy educado, lo saludó: 

-¡Mari-mari, chao! - que así se saluda en mapuche, y quiere decir más o menos "¡Buenos días, señor!"
- ¿Adónde vas, hijo? - le preguntó el hombre.
- Soy muy pobre y vengo de lejos, busco trabajo para poder ayudar a mi familia - contestó.
- Bajate un rato del caballo y tomá algo caliente, que hace frío - le dijo el otro, y él mismo empezó a bajarse del árbol.

El muchacho desmontó. Entonces apareció la mujer de ese viejo tan raro, que parecía también muy vieja.

- Por acá, por acá - le dijeron -. Pasá, nomás - y le abrieron la puerta de la casa, que era de madera muy fuerte.

Adentro estaba todo oscuro; cuando el invitado empezó a entrar, medio indeciso, le pegaron un empujón, lo metieron de cabeza en la casa, cerraron la puerta con una tranca, se restregaron las manos y se pusieron a bailar, muy contentos. Agarraron el caballo y lo encerraron en un corral.

¿Qué pasaba? Es que estos dos, que parecían nomás unos viejitos medio raros, eran en realidad un par de brujos que había decidido, después de muchas otras maldades, hacerse caníbales. Así que apenas aparecía alguien por su casa, el hombre, que espiaba desde el árbol, le avisaba a la bruja diciendo "Ay, ay, ay", haciéndose el quejosito; ella se preparaba, engañaban al que había llegado, lo encerraban y lo iban engordando para comérselo cuando estuviera bien a punto.

Pasó el tiempo y como el hermano mayor no volvía, el segundo hermano salió a buscarlo. Por el camino le iba preguntando a la gente que lo había visto pasar y así fue encaminando para aquella casa.

La historia se repitió: el hombre del árbol dijo "Ay, ay, ay", el muchacho saludó (y ahora preguntó por su hermano), lo invitaron a tomar algo y ¡de cabeza a la casa y encerrado! Y su caballo, al corral.

Como los dos hermanos no volvían, salió el menor a buscarlos; también iba a caballo pero a él lo acompañaba su perro, que se llamaba Fayuwentru (que en mapuche quiere decir "Hombre Bayo", porque era clarito, del mismo color que los caballos bayos). Preguntando, preguntando, llegó a la casa de los brujos.

- ¡Ay, ay, ay! - dijo el viejo en el árbol.
- ¡Buenos días, señor! - dijo el muchacho.
- ¿Adónde vas, hijo? - preguntó el hombre desde arriba.
- Ando buscando a mis hermanos. El mayor salió para conseguir trabajo y, como no volvía, mi otro hermano fue a ver si lo encontraba, pero tampoco él volvió, así que ahora salí yo a buscar a los dos.
- No los vi - mintió el hombre -. Nosotros somos unos viejitos solitos, nadie nos visita. Pero bajate del caballo y tomá algo caliente en la casa.

El brujo se bajó del árbol y el muchacho del caballo, pero en ese momento el perro empezó a gruñir y gruñir. El caballo se puso nervioso y relinchó, y desde el corral se oyeron otros relinchos que le contestaban y que al mapuche le parecieron familiares: ¡eran los caballos de sus hermanos! Entonces se dio cuenta de que algo malo pasaba y de que los hermanos seguramente estaban presos por allí. Así que le ordenó al perro:

- ¡A pelear, Fayuwentru!

Fayuwentru se tiró encima del hombre y empezó a morderlo, y aunque el brujo trató de defenderse y hacer magias para sacárselo de encima, el perro no le dio tiempo a nada y lo llenó de tarascones, lo revolcó por el piso y le rompió toda la ropa. El hombre tuvo miedo, tanto como nunca había tenido en su vida de brujo y salió corriendo, bastante estropeado, y corrió hasta que se perdió la vista.
Con el alboroto, apareció la bruja, y el muchacho volvió a ordenar:

- ¡A pelear, Fayuwentru! - y el perro también se le tiró encima y tampoco le dio tiempo a ésta para usar su magia mala para defenderse. Igual que su marido, la mujer tuvo mucho miedo, salió corriendo y corrió y corrió hasta perderse de vista.

Entonces el muchacho abrió la puerta de la casa y de adentro salieron sus dos hermanos y como cien personas más: estaban todos encerrados ahí, como gallinas en un gallinero oscuro, esperando que a los brujos se les ocurriera comérselos cuando los vieran bien gordos.

Así fue como todos se salvaron, gracias al menor de los hermanos y a su perro, Fayuwentru. Los brujos se asustaron tanto que nunca más volvieron; con el miedo, perdieron sus poderes y ya no pudieron hacer más el mal.

sábado, 20 de octubre de 2012

El Bien Peinado

"El Bien Peinado" es una leyenda mapuche, y toca varios puntos interesantes; la ambición material y el miedo a lo desconocido... entre otros tantos... pero sobretodo nos relata el origen de aquella florecilla amarilla tan común en la cordillera que se conoce como "Topa-topa". Algunos la llaman también "Zapatitos de duende" porque su forma nos recuerda un par de botitas o zuecos, pero según este relato, podríamos relacionarlas con otro tipo de ser. Los dejo con el cuento, así descubren ustedes con cual. 
La versión es la recopilada y adaptada por Miguel Angel Palermo, escritor, antropólogo e investigador argentino. 
:D

El Bien Peinado

Cuentan que una vez, cerca del lago Lácar, un hombre que estaba cuidando ovejas se encontró con la entrada de una caverna; nunca la había visto antes y nunca había oído a nadie hablar de que por ahí hubiera una gruta.

Como era muy curioso, se metió adentro; era una cueva muy pero muy honda. Caminó y caminó y caminó y al rato de andar caminando ya no se veía nada porque hasta allí no llegaba la luz del día: había una oscuridad total. Así que anduvo un rato tanteando y así fue como con la mano tocó algo que le parecieron piedritas. Como no podía mirarlas, sacó un puñado y salió. Al sol, ?vio que tenía la mano llena de pepitas de oro!

Entonces, pensó que lo mejor era volver a entrar pero con gente que lo ayudara y luz para revisar bien esa cueva oscura que parecía que no se terminaba más.

Juntó sus animales y volvió a su pueblo. Cuando ahí se enteraron de la cueva con pepitas de oro, todos se entusiasmaron, prepararon antorchas, montaron a caballo y allá fueron. Era un montón de gente.

Pero cuando llegaron a la boca de la caverna, se pararon en seco y muchos caballos se asustaron, se encabritaron y hasta tiraron a sus dueños al suelo: junto a la entrada había un hombre sentado. Eso no sería nada raro, pero es que el hombre era negro como el carbón; esto tampoco sería tan raro, pero es que el hombre estaba muy bien peinado... Pero lo raro de veras y lo que hizo que todos se pararan en seco y que los caballos se espantaran no fue que hubiera un hombre negro bien peinado sentado junto a la cueva, sino que tenía medio cuerpo de hombre y el resto - desde el ombligo hacia abajo - era una enorme culebra, gruesísima y enroscada. Cuando la gente ve cosas que no conoce, muchas veces se asusta, y cuando se asusta muchas veces se pone mala. Así que todos se enojaron mucho con el hombre mitad hombre y mitad culebra; se enojaron porque iban contentos a buscar oro y se habían encontrado con algo feo, se enojaron porque se habían asustado y a ellos no les gustaba asustarse.

Así que lo rodearon, amenazándolo con palos, y lo cargaron en una carreta tirada por dos bueyes y se lo llevaron para el pueblo, para decidir qué hacían con él, aunque la verdad es que nadie tenía buenas intenciones.

El monstruo ni se inmutó; acomodó, bastante pachorriento, su medio cuerpo de culebra en el carro, se arregló un poco el peinado y esperó con paciencia a que los bueyes - más pachorrientos que él - llegaran al pueblo. Ahí se bajó y habló:

- Yo soy el Bien Peinado, así me llamo. No me hagan nada. Si me dejan tranquilo, les voy a dar mucho oro, que parece que les gusta tanto; se me hacen mal, soy capaz de hacer que venga un terremoto o una inundación, o mejor, un terremoto y una inundación juntos.
- ¿Y cuándo nos vas a dar el oro y cuánto oro nos vas a dar? - quiso saber uno, al que le gustaban los negocios claros.
- Ahora les voy a dar bastante, para que vean que es cierto; pero después me tienen que llevar enseguida de vuelta para la cueva adonde vivo. Ahí les voy a dar muchísimo más: van a ver amarillo todo el suelo - contestó el Bien Peinado.

Y entonces empezó a poner unos huevos iguales a los huevos de las culebras (que son más chiquitos que los de las gallinas) pero ¡de oro!. El suelo se llenó enseguida; la gente se amontonaba y se pegaba empujones por agarrar esas pepitas de oro, y las guardaban en frazadas o en ollas o en bolsas o en canastos, según lo que cada uno tenía a mano.

Sólo una viejita, que tenía fama de sabia, no se agachó a juntar ese oro; miró fijo al Bien Peinado, sonrió un poco, se le acercó y le dio la mano. El monstruo le dio la suya y también sonrió un poco.

Entonces hicieron subir al hombre-culebra de nuevo a la carreta y lo volvieron a llevar a la cueva. Pero ahora no podían encontrar la entrada; había llegado al lugar pero la caverna no estaba. Y ahí oyeron otra vez hablar al Bien Peinado:

- ¡Como les dije! ¡Van a ver amarillo todo el suelo! ¡Todo el suelo amarillo! ¡Ja, ja, ja!

En ese momento, el campo se puso dorado, pero cuando se agacharon para agarrar las pepitas, vieron que no era oro, sino unas florcitas amarillas que nunca había habido antes. Se dieron vuelta para preguntarle al Bien Peinado qué era eso, pero el Bien Peinado ya no estaba. Había desaparecido. Buscaron y buscaron y buscaron, pero ya no pudieron encontrar ni a la cueva, ni al monstruo, ni una sola pepita de oro.

Volvieron a su pueblo, y cuando fueron a buscar los huevitos de oro que habían conseguido antes, se encontraron con que todas esas frazadas, esas ollas, esas bolsas o esos canastos que habían llenado estaban ahora repletas de estas florcitas amarillas. Y la viejita aquella, que era sabia y por eso sabía qué iba a pasar, se reía despacito.

Al poco tiempo hubo un terremoto, aunque no muy fuerte, y el agua del lago creció bastante y después volvió a bajar.

- ¡Esto es cosa del Bien Peinado! - comentaban todos.

Desde entonces, nunca más pudo encontrarse la caverna del hombre-culebra, y en realidad nadie tenía ya muchas ganas de toparse con él; había resultado mucho más poderoso de lo que creían, y tenían la impresión de que si no lo hubieran agarrado en un día de buen humor, la cosa hubiera sido bastante más peliaguda.

Oro no tuvieron, pero desde ese día les quedaron esas florcitas amarillas que crecen todos los años en la zona. Muchos les dicen "Topa-topa", pero los mapuches, que se acuerdan de cómo aparecieron por primera vez, las llaman kuram filú, que en su idioma quiere decir "huevo de culebra".

domingo, 24 de junio de 2012

Treng-Treng y Kai-Kai

Kai-kai la serpiente maligna. Treng-Treng, la serpiente bondadosa. 
La leyenda enfrenta a Kai-Kai y Treng-Treng y forma parte de la cosmogonía mapuche (gente de la tierra). 
Siempre me pareció llamativo ver como las distintas culturas confluyen, de alguna manera, en sus relatos. Cuando uno lee Treng-Treng y Kai-Kai, resulta inevitable realizar paralelismos con el diluvio bíblico (y considerarlo cosmogonía cristiana si se quiere). Pero no es mi intención entrar en discusiones sobre si el diluvio existió o no, o meterme en cuestiones religiosas porque, sinceramente, no tengo el conocimiento para hacerlo.
Bien, entonces, vamos adelante con "Treng-Treng y Kai-Kai". 
Publicaré dos versiones. La primera es la recopilada por Miguel Angel Palermo que aparece en "Cuentos que cuentan los mapuches" de la colección "Cuentos de mi país", editada por la secretaria de cultura de la Nación en 1986, y que es el libro que leí cuando era pequeña. La segunda, más autóctona, por así decirlo, es la transcripción de la narración oral realizada por Rayén Santul, machi de la reservación de Nahuel Pan. Dicha transcripción aparece en el libro "Cuentos, mitos y leyendas patagónicos - selección y prólogo de Nahuel Montes" publicado en el 2000.


Treng-Treng y Kai-Kai

Miguel Angel Palermo


Los mapuches dicen que hace mucho. mucho tiempo - hace casi sesenta mil años - había dos víboras enormes: una se llamaba Treng-Treng y la otra, Kai-Kai. Treng-Treng era enorme de veras, grande como una montaña; era muy buena y quería a la gente. Kai-Kai era también grandísima, igual que la otra, pero no quería a las personas.

Un día Kai-Kai quiso destruir todo: empezó a mover su corpachón y así hizo crecer el agua de los lagos y del mar. Todo se empezó a inundar.

Pero Treng-Treng vino enseguida para ayudar a los mapuches: se puso a pelear con la otra víbora gigante y, como el agua crecía y crecía, arqueó el lomo para arriba, silbó fuerte y la gente, al escuchar el silbido, vino corriendo y empezó a subir por su cuerpo para escaparse de la inundación.

Treng-Treng y Kai-Kai peleaban y peleaban: una seguía subiendo el lomo más y más para que las personas no se ahogaran y la otra seguía meta dar coletazos para que el agua creciera y creciera. Así se pasaron días enteros.

La gente no la pasaba muy bien: algunos, los que eran más miedosos, por el susto se convirtieron en piedras (por eso en las montañas a veces se ven rocas que tienen forma de hombre o de mujer); otros se enojaron tanto porque la inundación no paraba que se acabaron transformando en pumas y yaguaretés; a otros, que eran más lentos en subir, los alcanzó el agua y se volvieron peces y sapos.

Treng-Treng arqueó tanto el lomo para que no los tapara el agua, que casi tocó el cielo. Así fue como de las pocas personas que quedaban sin transformarse, a algunos se les quemó el pelo con el sol, y por eso ahora hay gente pelada.

Al final, Kai-Kai se cansó de pelear y de sacudirse, se quedó quieta, el agua empezó a bajar y Treng-Treng fue aplastando el lomo. 

Cuando el agua volvió a los lagos y al mar, los pocos mapuches que habían quedado recorrieron la tierra y vieron que ahora les gustaba más que antes: estaba limpia y linda, con los árboles verdes y el pasto crecido y tierno, y el aire más puro. En fin, la tierra estaba rejuvenecida.

Entre la gente, ya no había más miedosos (se habían convertido en piedras) ni furiosos (ahora eran fieras); todo era mejor.

Esos mapuches tuvieron hijos y estos hijos se casaron y tuvieron más hijos, y en poco tiempo todo estaba lleno de gente, como antes; de ellos descienden todos los mapuches de hoy.

Y ellos dicen que cada muchos miles de años, cada vez que la tierra se pone vieja y cansada, aparece Kai-Kai y arma la inundación, pero que siempre Treng-Treng está atenta a lo que pasa (aunque parezca dormida y se la confunda con una montaña donde crecen árboles y todo) y viene enseguida para salvar a los buenos, a los que saber ser corajudos pero pacientes. 





Nota: Las letras "ng" por ejemplo en Treng-Treng, en el texto original están representadan por la letra griega Mi (o mu como también suele denominársela). El uso de dicha letra griega es simplemente una cuestión fonética: la letra g precedida por una n apenas marcada. Pero, como desconozco como usar el símbolo en blogger, en reemplazo colocaré "ng" donde sea adecuado

Treng-Treng y Kai-Kai

Nahuel Montes

Kai-Kai, la filú malévola, habitaba el submundo que se encuentra debajo de las aguas, y un día aburrida, comenzó a hacer que estas subieran anegando la tierra.
Pero en los cerros que encierran las aguas, vivía Treng-Treng, la culebra amiga de la tierra seca y fértil, quien aconsejó a los mapuches que subieran a las cumbres para así escapar a la inundación.
Enojada, Kai-Kai, hizo subir más y más las aguas, pero Treng-Treng le respondió haciendo subir más y más las mahuidas y con ellas los mapuches que habían trepado hasta sus cumbres. Algunos no pudieron salvarse; esos se convirtieron en peces, en rocas, y en plantas que viven en el fondo del agua. Los que se salvaron hicieron sacrificios, y el agua se calmó, la lluvia cesó y las montañas dejaron de crecer.
Los que se salvaron de la ira de Kai-Kai volvieron al llano, se esparcieron por la Mapu y poblaron los valles. Así nacimos los mapuches, la reche.
* Antiguo poema mapuche mencionado y recopilado durante las Jornadas de Lengua y Literatura Mapuche llevadas a cabo en Temuco, Chile, en 1983.


Así idealiza la cosmogonía mapuche la creación del hombre; a continuación veremos una versión contemporánea de esta leyenda, relatada por doña Rayén Santul, anciana machi de la reservación de Nahuel Pan, en la localidad de El Bolsón, provincia de Río Negro. 
Estos sucedidos pasaron en los tiempos de muy antes, cuando en la Mapu sólo había reche, los verdaderos mapuches de raza - comenzó Doña Rayén, mientras tramaba prolijamente una urdimbre nueva en el telar vertical, herencia de sus ancestros -. A mí me lo contó mi kuku, pero ella también lo escuchó cuando era una hue malén (niña), porque viene de muy antes.

Resulta que una vez apareció un füta huentru (anciano) que decía que venía de parte de Ngenechén (creador), a avisar que Kai-Kai filú (serpiente) estaba enojada, y que iba a mandar un aguacero que haría crecer las aguas hasta tapar toda la Mapu. Así que había que subir rápido a la mahuida (montaña) Treng-Treng para salvarse a sí mismo.

Por aquellas épocas, si no llovía, se hacía una gran Ngillatún (fiesta rogativa), en la que participaban muchas familias, se reunían todos y marchaban hasta el lago Epuyén o al Fütalafkén, y golpeaban el agua con ramas de pehuén para despertar a Kai-Kai y hacerla enojar. Y después, cuando se desataba la tormenta, había que vivir al raso nomás, sin refugiarse debajo de las rukas (tienda), ni buscar reparo alguno hasta que cesaran las primeras lluvias.

Doña Rayén interrumpió unos instantes la relación mientras comenzaba a tramar la urdimbre, y luego continuó: - Aquel año hicieron la rogativa, y al poco tiempo la Kai-Kai filú estaba tan enojada que no se contentó con invocar a la pillañ mahun (demonio de la lluvia) para que desatara un verdadero diluvio, sino que también comenzó a agitar las aguas con la cola, provocando unas olas tan grandes que los animales comenzaron a morir mientras las cosechas se perdían cubiertas por las aguas.

Los reche comenzaron a correr desesperados, sin saber adónde ir, hasta que algunos de ellos recordaron el mandato de füta huentru y comenzaron a ascender dessesperadamente las laderas del Treng-Treng huingkul (cerro). A su lado trepaban animales como el ngürú (zorro), luan (guanaco), pudú (pudu), panji (puma), nahuel (tigre)... Pero cada vez debían trepar más alto, porque las aguas seguían subiendo, y pronto tuvieron que comenzar a trenzarse sombreros de cañas, para que Antú (sol) no les quemara el pelo. Y así fue como quedaron con la piel oscura, así como la tenemos ahora, por haber estado tan cerca del sol.

asó siguieron subiendo durante muchas noches con sus días, y los mapuches que caían se convertían en peces y los animales en rocas - continuó la anciana mientras movía rítmicamente la lanzadera del telar-. Y tanto griterío se armó entre los relinchos de Kai-Kai y el escándalo de la gente, que despertó Treng-Treng, que dormía plácidamente en lo más profundo de la montaña.

Entonces Treng-Treng, para que los animales y los hombres que quedaban no se murieran, se encorvó todo lo que pudo, apoyó el lomo contra el techo de su cueva y levantó la mahuida hasta que de nuevo la cima estuvo por encima de la superficie, encrespada y furiosa por los coletazos de Kai-Kai. Y más diluviaba, y más empujaba Treng-Treng la cordillera, hasta que todo el mundo se había inundado y sólo los cerros sobresalían de las aguas. Pero la kümei (bondadosa) filú se enroscaba sobre sí misma y siempre mantenía la cima por encima de la superficie.

- Hiihihihihihiiii - relinchaba ensordecedoramente la huedañma (maligna) filú.

- ¡Treng.treng, Treng-treng! - respondía con su bramido la serpiente buena.

Y el agua subía, pero la montaña también crecía - afirmó la tejedora, después de una pausa para acomodar unos hilos rebeldes-, manteniendo a salvo a la reche. Pero kai-kai no estaba dispuesta a dar el brazo a torcer y, gritando más que nunca, trató de sacar a la gente y los animales de la cueva de Treng-treng, donde se habían refugiado. Para eso sacó del agua la parte de arriba del cuerpo y se aferró con los cascos de una roca muy grande, para así poder llegar hasta arriba de todo. Pero Teng-treng estaba alerta y con un fuerte coletazo la desprendió de la ladera de la montaña y la arrojó al fondo del lago, junto con una roca, que le cayó encima y la aprisionó para siempre.

Inmediatamente dejó de llover; las aguas se aquietaron y pronto comenzaron a menguar, así que los mapuches que quedaban pudieron bajar de nuevo a los llanos. entonces hicieron un gran tanyi (canto) de agradecimiento a Treng-treng que los había salvado de su eterna enemiga, la Kai-kai filú.

Y cuentan los ancianos que a partir de ese día la Treng-Treng mahuida está apoyada sólo sobre cuatro rocas gigantescas, y que volverá a flotar si algún día Kai-Kai consigue liberarse y vuelve a provocar inundaciones y diluvios.

Y esto es lo que sucedió hace tantísimo tiempo, cuando sólo había reche sobre la faz de la Mapu, y que hoy solamente lo sabemos por las historias que nos cuentan nuestras abuelas y que a ellas les fueron contadas por las suyas - concluyó doña Rayén, suspendiendo el tejido y las narraciones hasta la jornada siguiente.

Como puede apreciarse a simple vista, la batalla de Kai-Kai y Treng-Treng constituye una nueva versión de la sempiterna lucha entre el bien y el mal, universalmente presente en todas las cosmogonías primitivas, y que culmina con la depuración de una humanidad descarriada, o que estaba perdiendo de vista los principios y los axiomas instaurados por su Creador.

A lo largo de toda la cordillera, desde Neuquén hacia el sur, e incluso en territorio chileno, existen varios cerros originalmente llamados Treng-Treng por los mapuches, como así también numerosas rocas zoomórficas que las leyendas araucano/mapuches atribuyen a los cuerpos de los animales petrificados durante el gran diluvio.

Cabe destacar que estos sitios, muchos de ellos ubicados en remotas islas en medio de los lagos, fueron escenarios de ngillatún y kamariku (festejo) durante siglos y hasta hace relativamente poco tiempo atrás, e incluso algunos de ellos, como la Roca del Nahuel, en la Isla Perdida del lago Epecuén, aún son respetados y venerados por los mapuches que todavía luchan por mantener vivas sus tradiciones ancestrales.