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lunes, 25 de marzo de 2013

Variaciones sobre el juego - Patricia Highsmith

Tiempo atrás les hablé un poco de Patricia Highsmith y compartimos la lectura de "Maquinaciones". Hoy estaba pensando que lectura subir y me acordé de esta autora, así que elegí otro cuento suyo. 
En aquella publicación dijimos que muchos la consideran sucesora de Agatha Christie. También comentamos que escribió historias de suspenso, policiales o literatura del crimen si se quiere, y que en su obra abundan los personajes siniestros con psicologías bastante retorcidas.
En "Variaciones sobre el juego" (Variations on a game), la historia que les traigo hoy, también aparecen aquellas muestras de perversión y frialdad emocional. Nada es lo que parece y el juego es el amor... ¿el amor? 
Todo sea por mantener encendida la chispa de la pasión...


Variaciones sobre el juego


Era una situación imposible. Penn Knowlton se convenció de ello tan pronto como se dio cuenta de que estaba enamorado de Ginnie Ostrander..., la señora de David Ostrander. Penn no podía verse en el papel de destrozamatrimonios, aunque Ginnie dijera que deseaba divorciarse de David mucho antes de conocerle. David no le concedería el divorcio, éste era el asunto. La única cosa decente que podía hacer, había decidido Penn, era abandonar el asunto, marcharse antes de que David sospechara algo. No era que se considerase noble, pero había algunas situaciones...

Penn se dirigió a la habitación de Ginnie en el segundo piso de la casa, llamó, y la voz alegre y más bien aguda de ella respondió:

—¿Eres tú, Penn? ¡Entra!

Estaba tendida en la chaise longue, iluminada por el sol, con unos pantalones negros ajustados y una blusa amarilla, y estaba cosiendo un botón de una de las camisas de David.

—¿No parezco hogareña? —preguntó, mientras se apartaba un mechón de pelo rubio de la frente—. ¿Necesitas que te cosa algún botón, querido? —A veces le llamaba también querido cuando David estaba por los alrededores.
—No —respondió Penn, sonriendo, y se sentó en un apoyapiés.

Ella miró hacia la puerta como para asegurarse de que no había nadie en las inmediaciones, luego frunció los labios y besó el aire entre los dos.

—Te eché a faltar este fin de semana. ¿Cuándo os vais mañana?
—David quiere irse después de comer. Es mi último trabajo, Ginnie. Es el último libro de David conmigo. Me marcho.
—¿Te marchas? —Dejó que la costura cayese sobre su regazo—. ¿Se lo has dicho a David también?
—No. Se lo diré mañana. No sé por qué te sorprendes. Tú eres la razón, Ginnie. No creo que tenga que hacer ningún discurso.

Ella estaba llorando. Pudo ver las lágrimas en sus ojos.

—Comprendo, Penn. Sabes que he pedido el divorcio. Pero seguiré pidiéndolo. Pensaré en algo y... —De pronto estuvo de rodillas delante de Penn, con la cabeza hundida entre sus manos, que sujetaban las manos de él.

Penn apartó la vista y se puso lentamente en pie, arrastrándola consigo.

—Probablemente estaré por aquí otras dos semanas todavía, el tiempo suficiente para que David termine este libro..., si me quiere tanto tiempo por aquí. Y no tienes que preocuparte. No le diré por qué me marcho. —Su voz había descendido a un susurro, aunque David estaba abajo en su estudio a prueba de ruidos, y la doncella, creía Penn, estaba en el sótano.
—No me importa si se lo dices —murmuró ella con tranquilo desafío.
—Es sorprendente que no lo sepa ya.
—¿Estarás por aquí, digamos dentro de tres meses, si consigo el divorcio?—preguntó ella.

Él asintió; luego, dándose cuenta de que empezaban a arderle a el también los ojos, se echo a reír.

—Estaré por aquí un tiempo malditamente largo. Sólo que no estoy tan seguro de que quieras el divorcio.

Las cejas de ella se fruncieron, testarudas y serias.

—Ya lo verás. No quiero enfurecer a David. Le tengo miedo a su temperamento, ya te lo he dicho. Pero quizá deba dejar de tener miedo. —Sus ojos azules miraron directamente a los de él—. ¿Recuerdas ese sueño que nos contaste, acerca del hombre con el que caminabas en una carretera comarcal... y que de repente desapareció? ¿Y de cómo le llamaste y no pudiste encontrarle?
—Sí —dijo él con una sonrisa.
—Me gustaría que te hubiera pasado realmente..., con David. Me gustaría que David hubiera desaparecido de repente, este fin de semana, y se quedara fuera de mi vida para siempre, y así poder estar contigo.

Sus palabras le hacían extrañas y terribles cosas a Penn. Se soltó de su brazo.

—La gente no suele desaparecer así. Hay otras formas. —Estaba a punto de añadir «como el divorcio», pero no lo hizo.
—¿Cómo cuáles?
—Será mejor que vuelva a mi máquina de escribir. Todavía me queda otra media hora de mecanografiado.

David y Penn se marcharon en el convertible negro la tarde siguiente, con una maleta pequeña cada uno, una máquina de escribir, la grabadora, y una caja con bistecs congelados y cerveza y algunos otros productos alimenticios. David estaba de buen humor, y no dejaba de hablar de una idea que se le había ocurrido la otra noche para un nuevo libro. David Ostrander escribía ciencia ficción, de una forma tan prolífica que utilizaba una docena de seudónimos. Raras veces le tomaba más de un mes escribir un libro, y trabajaba los doce meses del año. Le llegaban más ideas de las que podía usar, y tenía la costumbre de pasarlas a otros escritores en sus reuniones del miércoles por la noche en la Asociación. David Ostrander tenía cuarenta y tres años, era delgado y nervudo, con un rostro de piel fina y reseca surcado por una densa red de finas arrugas que se interceptaban, la única parte de él que mostraba su edad y la exageraba de tal modo a causa de las arrugas que parecía como si hubiera pasado todos sus cuarenta y tres años sometido a los secos y estériles vientos de los fantásticos planetas sobre los que escribía. Ginnie tenía sólo veinticuatro, recordó Penn, dos años menos que él mismo. Su piel era lisa y suave, sus labios como los pétalos de una amapola. Dejó de pensar en ella. Le irritaba pensar en los labios de David besando los de Ginnie. ¿Cómo podía haberse casado con él? ¿O por qué? ¿O había algo en el resplandeciente intelecto de David, su amargo humor, su energía, que una mujer podía llegar a encontrar atractivo?

Luego, por supuesto, estaba el hecho de que David tenía dinero, unos confortables ingresos más los beneficios de sus libros. Pero, ¿qué hacía Ginnie con él? Hermosos vestidos, sí, pero ¿acaso David había salido alguna vez con ella? Apenas veían a otra gente. Por todo lo que Penn era capaz de decir, nunca habían viajado a ninguna parte.

—Eh, ¿qué piensas de eso, Penn? ¡El gas venenoso que emana de la vegetación azul y conquista todo lo verde hasta que toda la Tierra perece! Dime..., ¿dónde estás hoy?
—Lo he captado —dijo Penn, sin apartar los ojos de la carretera—. ¿Debo anotarlo en el bloc?
—Sí. No. Pensaré un poco más sobre ello hoy. —David encendió otro cigarrillo—. Tienes algo en la cabeza, Penn, muchacho. ¿De qué se trata?

Las manos de Penn se tensaron en el volante. Bueno, ningún otro momento iba a ser mejor, ¿no? Un par de escoceses aquella tarde no ayudarían, sólo lo volverían un poco más cobarde.

—David, creo que, una vez esté terminado este libro, me marcharé.
—Oh —dijo David, sin manifestar ninguna sorpresa. Lanzó una bocanada de humo de su cigarrillo—. ¿Alguna razón en particular?
—Bueno, como ya te he dicho, quiero escribir un libro propio. Eso sobre los guardacostas. —Penn había pasado sus últimos cuatro años en los guardacostas, lo cual había sido la principal razón por la que David lo había contratado como su secretario. David había puesto un anuncio solicitando un secretario «preferiblemente con un conocimiento de primera mano de la vida en la Marina».

El primer libro que había escrito con David estaba ambientado en la Marina..., la vida en la Marina el año 2800 d.C., cuando todo el planeta se había vuelto radiactivo y estaba despoblado excepto un submarino a propulsión nuclear y su tripulación. El libro de Penn se basaba en la vida real, tenía un argumento ortodoxo y terminaba con una nota de esperanza. En aquel momento le pareció algo frágil y con muy pocas esperanzas comparado con un libro del gran David Ostrander.

—Te echaré en falta —dijo David al fin—. Y también Ginnie. Está muy encariñada contigo, ¿sabes?

En boca de otro hombre hubiera sido un comentario sarcástico, pero no en boca de David. David lo animaba siempre a pasar más tiempo con Ginnie, a dar paseos por el bosque con ella en torno de su propiedad, a jugar al tenis en la pista de tierra batida detrás de la casa de verano.

—Yo también os echaré en falta a los dos —dijo Penn—. ¿Y quién no preferiría este entorno a un apartamento en Nueva York?
—No hagas discursos, Penn. Nos conocemos demasiado bien el uno al otro.
—David se frotó un lado de su nariz con un índice manchado de nicotina—. ¿Qué te parece si trabajas conmigo sólo a tiempo parcial, y te dejo la mayor parte del día para que lo dediques a tu propio trabajo? Podrías tener toda un ala de la casa para ti solo.

Penn rechazó educadamente el ofrecimiento. Deseaba arreglárselas por sí mismo durante un tiempo.

—A Ginnie no va a gustarle —dijo David, como para sí mismo.

Llegaron a la casa de campo al atardecer. Era un recio edificio de un solo piso hecho de troncos sin desbastar, con una chimenea de piedra en un extremo.

Abedules blancos y grandes pinos oscilaban bajo la brisa de otoño. Cuando hubieron deshecho las maletas y el fuego para los bistecs estuvo encendido eran ya las siete de la tarde. David habló poco, pero parecía alegre, como si su conversación acerca de la marcha de Penn no se hubiera producido. Tomaron un par de copas cada uno antes de cenar; dos era el límite de David para sí mismo en las noches que trabajaba, y en las que no trabaja también, que eran raras.

David le miró desde el otro lado de la mesa de madera.

—¿Le has dicho a Ginnie que te marchabas?

Penn asintió, y tragó saliva con esfuerzo.

—Se lo dije ayer. —Entonces deseó no haberlo admitido, deseó no habérselo dicho primero a ella. ¿No era más lógico decírselo primero al que te ha contratado? Los ojos de David parecían estar haciendo la misma pregunta.
—¿Y cómo se lo tomó?
—Dijo que lamentaba verme marchar —dijo Penn con tono casual, y cortó otro trozo de bistec.
—Oh. Sólo eso. Estoy seguro que se sentirá destrozada.

Penn se sobresaltó como si, le hubieran clavado un cuchillo en las costillas.

—No soy ciego, ¿sabes, Penn? Sé que vosotros dos creéis que estáis enamorados.
—Escucha, David, espera un momento. Si crees imaginar...
—Sé lo que sé, eso es todo. ¡Sé lo que ocurre a mis espaldas cuando estoy en mi estudio o cuando estoy en la ciudad los miércoles por la noche en las reuniones de la Asociación! —Los ojos de David brillaban con un fuego azul, como las frías luces de sus paisajes lunares.
—David, no ocurre nada a tus espaldas —dijo Penn con voz llana—. Si dudas de mí, pregúntale a Ginnie.
 —¡Ja!
—Pero creo que comprenderás por qué es mejor que me vaya. De hecho, pensé que lo aprobarías.
—Lo hago. —David encendió un cigarrillo.
—Lamento que ocurriera esto —añadió Penn—. Ginnie es muy joven. Creo que también está aburrida..., de su vida, no necesariamente de ti.
—¡Gracias! —dijo David como un pistoletazo.

Penn encendió también un cigarrillo. Los dos estaban de pie ahora. Los platos a medio terminar habían quedado olvidados sobre la mesa. Penn observó moverse a David como habría observado a un hombre armado que en cualquier momento podía sacar una pistola o un cuchillo. No confiaba en David, no podía predecir sus acciones. Lo último que habría predicho era el estallido del temperamento de David esta noche, el primero que veía.

—Está bien, David. Te diré de nuevo que lo siento. Pero no tienes ningún motivo para estar resentido conmigo.
—¡No sigas con tus palabras! ¡Sé reconocer a un farsante cuando lo veo!
—¡Si fueras de mi propio peso te partiría la mandíbula por esto! —gritó Penn, y avanzó hacia él con los puños crispados—. Yo también he tenido bastante de tus palabras esta noche. Supongo que irás a casa y arrojarás tus inmundicias sobre Ginnie. Bien, ¿no fuiste tú quien lo inició todo empujando a una joven aburrida y atractiva y a tu secretario el uno hacia el otro, diciéndonos que fuéramos de picnic juntos? ¿Puedes culparnos a nosotros?

David murmuró algo ininteligible en dirección a la chimenea. Luego se dio la vuelta y dijo:

—Me voy a dar un paseo.

Salió con un portazo tan fuerte que el suelo se estremeció bajo sus pies.

Automáticamente, Penn empezó a retirar los platos, la ensalada sin tocar. Habían puesto en marcha la nevera, y metió cuidadosamente la mantequilla en un estante.

El pensamiento de pasar la noche allí con David no era atractivo precisamente, pero, ¿a qué otro sitio podía ir? Estaban a diez kilómetros del pueblo más cercano, y sólo había un coche.

La puerta se abrió de golpe, y Penn casi dejó caer la cafetera.

—Ven a pasear conmigo —dijo David—. Quizá nos haga bien a los dos. —No sonreía.

Penn volvió a colocar la cafetera sobre el hornillo. Un paseo con David era lo último que deseaba, pero temía negarse.

—¿Has cogido la linterna?
—No, pero no la necesitaremos. Hay luna.

Caminaron de la puerta de la casa al coche, y giraron a la izquierda, al camino de tierra que avanzaba tres kilómetros por en medio del bosque hasta la carretera.

—Hay media luna —dijo David—. ¿Te importa si intentamos un pequeño experimento? Camina delante de mí, aquí donde hay claridad, y déjame ver cuánto puedo divisar de ti a treinta metros. Da pasos largos y cuenta hasta treinta. Ya sabes, es para ese asunto de Faro.

Penn asintió. Lo sabía. Estaban de vuelta al libro de nuevo, y probablemente habrían trabajado un par de horas cuando volvieran a la casa. Empezó a contar, dando pasos largos.

—¡Estupendo, sigue adelante! —indicó David.

Veintiocho..., veintinueve..., treinta. Penn se detuvo y aguardó. Se dio la vuelta. No podía ver a David.

—¡Hey...! ¿Dónde estás?

Ninguna respuesta.

Penn sonrió irónicamente y se metió las manos en los bolsillos.

—¿Puedes verme, David?

Silencio. Sólo los verticales troncos azulados del gran bosque a ambos lados del camino. Penn retrocedió lentamente hasta donde había dejado a David. Una pequeña broma, supuso, una broma algo insultante. Penn decidió no ofenderse por ella.

Echó a andar de vuelta a la casa, donde estaba seguro de que encontraría a David paseando arriba y abajo pensativamente mientras meditaba en su trabajo, quizá dictando ya en su grabadora. Pero la habitación principal estaba vacía. No llegaba ningún sonido de la habitación de la esquina donde trabajaban, ni de la habitación cerrada donde dormía David. Penn encendió un cigarrillo, tomó el periódico y se sentó en el único sillón de brazos. Leyó con deliberada concentración, terminó su cigarrillo y encendió otro. El segundo cigarrillo se había convertido en humo cuando se puso en pie y empezó a sentirse furioso y un poco asustado al mismo tiempo.

Fue a la puerta de la casa y llamó: «¡David!» un par de veces, con voz fuerte.

Caminó hasta el coche, llegó lo bastante cerca como para ver que no había nadie sentado en él. Luego regresó a la casa y la registró metódicamente, mirando incluso debajo de las camas.

¿Qué pensaba hacer David, volver en mitad de la noche y matarlo mientras dormía? No, aquello era una locura, tan grande como cualquiera de las ideas de David para sus historias. Penn pensó de pronto en su sueño, recordó el breve pero intenso interés de David en él la noche que se lo había contado mientras cenaban.

—¿Quién era el hombre que estaba contigo? —había preguntado David. Pero, en el sueño, Penn había sido incapaz de identificarlo. Era sólo un sombrío compañero en su paseo—. Quizá fuera yo —había dicho David, y sus azules ojos brillaron—. Quizá te gustaría que yo desapareciera. —Ni Ginnie ni él habían hecho ningún comentario, recordaba Penn, como tampoco habían hablado de la observación de David cuando estuvieron solos. Eso había sido hacía tiempo, más de dos meses.

Penn apartó aquello de su cabeza. Probablemente David había ido hasta el lago para estar a solas un rato, y no había tenido la cortesía de decírselo. Penn lavó los platos, se duchó y se metió en su cama. Eran las doce y diez. Había creído que no iba a poder dormirse, pero estaba durmiendo en menos de dos minutos.

Los roncos gritos de los patos lo despertaron a las seis y media. Se puso la bata y fue al cuarto de baño, y observó que la toalla de David, que había metido apresuradamente en el toallero la otra noche, no había sido tocada. Fue a la habitación de David y llamó. Luego abrió la puerta una rendija. Las dos camas, una encima de la otra, todavía estaban hechas. Se lavó apresuradamente, se vistió y salió.

Observó el terreno a ambos lados del camino allá donde había visto por última vez a David, en busca de huellas en las húmedas agujas de pino. Caminó hasta el lago y miró en su pantanosa orilla. Ni una huella, ni una colilla de cigarrillo.

Gritó el nombre de David, tres veces, y finalmente lo dejó.

A las siete y media Penn estaba en el pueblo de Croydon. Vio un pequeño cartel rectangular entre una barbería y una tienda de pinturas que decía POLICÍA.

Aparcó el coche, entró en la comisaría y contó su historia. Como había esperado, la policía deseó registrar la casa. Penn les condujo hasta allá en el coche de David.

Los dos policías que fueron con él habían oído hablar de David Ostrander, no al parecer como escritor sino como una de las pocas personas que tenían una casa de campo en la zona. Penn les mostró donde había visto por última vez a David, y les dijo que el señor Ostrander había estado experimentando para ver lo bien que podía verle a treinta metros.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando usted para el señor Ostrander?
—Cuatro meses. Tres meses y tres semanas para ser exactos.
—¿Estuvo bebiendo él?
—Dos escoceses. Su cuota habitual. Yo tomé lo mismo.
Luego caminaron hasta el lago y miraron a su alrededor.
—¿El señor Ostrander está casado? —preguntó uno de los hombres.
 —Sí. Ella está en su casa en Stonebridge, en Nueva York.
—Será mejor que se lo notifiquemos.

No había teléfono en la casa. Penn deseaba quedarse allí por si aparecía David, pero los policías le pidieron que volviera con ellos a la comisaría, y Penn no discutió.

Al menos estaría allí cuando hablaran con Ginnie, y él mismo podría hablar con ella.

Quizá David había decidido volver a Stonebridge y estaba ya allí. La carretera estaba a tan sólo tres kilómetros de la casa de campo, y David podía haber cogido un autobús o conseguir que alguien le llevara. Pero Penn no podía imaginar a David Ostrander haciendo nada tan simple ni obvio.

—Escuchen —dijo Penn a los policías antes de meterse en el convertible de David—. Creo que debería decirles que el señor Ostrander es una persona un tanto extraña. Escribe ciencia ficción. No sé cuál es su objetivo, pero creo que la otra noche desapareció deliberadamente. No pienso que fuera secuestrado o atacado por un oso o nada parecido.

Los policías le miraron pensativos.

—Está bien, Knowlton —dijo uno de ellos—. Conduzca delante de nosotros, ¿quiere?

De vuelta a la comisaría en Croydon, llamaron al número que Penn les dijo.

Respondió Hanna, la doncella —Penn pudo oír su chillona voz con acento alemán desde dos metros del teléfono—, luego se puso Ginnie. El agente informó que David Ostrander estaba desaparecido desde las 10 de la noche anterior, y le preguntó si había tenido alguna noticia de él. La voz de Ginnie, tras la primera exclamación que oyó Penn, sonó alarmada. El agente miró a Penn mientras escuchaba.

—Sí... ¿De veras...? No, nada de sangre. Ningún indicio hasta ahora. Por eso precisamente la llamamos. —Una larga pausa. El agente golpeteó son suavidad con el lápiz sobre la mesa, pero no escribió nada—. Entiendo... Entiendo... Está bien, la llamaremos, señora Ostrander.
—¿Puedo hablar con ella? —Penn tendió la mano hacia el teléfono.

El capitán dudó, luego dijo:

—Adiós, señora Ostrander —y colgó el teléfono—. Bien, Knowlton..., ¿está preparado para jurar que la historia que nos contó es cierta?
—Absolutamente.
—Porque acabamos de oír un motivo para suponer otra cosa. Un motivo para quitar al señor Ostrander de en medio. Ahora, ¿qué es lo que le hizo usted..., o mejor, qué es lo que le dijo? —El agente se inclinó hacia delante, con las manos apoyadas sobre su escritorio.
—¿Qué les ha dicho Ginnie?
—Que está usted enamorado de ella, y que tal vez desee apartar a su esposo del camino.

Penn intentó conservar la calma.

—¡Precisamente iba a abandonar mi trabajo para salirme de esta situación! Ayer le dije al señor Ostrander que iba a marcharme, y que se lo había dicho a su esposa el día antes.
—Así que admite que había una situación.

Los policías, cuatro ahora, le miraban con franca incredulidad.

—La señora Ostrander está alterada —dijo Penn—. No sabe lo que dice. ¿Puedo hablar con ella, por favor? ¿Ahora?
—Ya la verá cuando llegue aquí. —El agente se sentó y cogió una pluma—. Knowlton, lo siento, pero tenemos que retenerle como sospechoso.

Lo interrogaron hasta la una de la tarde, entonces le trajeron una hamburguesa y un vaso de cartón de café aguado. No dejaron de preguntarle si había alguna pistola en la casa —nunca había habido ninguna—, y si no había cargado con el cuerpo de David y lo había arrojado al lago junto con el arma.

—Esta mañana recorrimos con ustedes el lago —dijo Penn—. ¿Acaso vieron huellas en alguna parte?
Por aquel entonces les había hablado de su sueño y sugerido que David Ostrander estaba intentando hacerlo realidad —una idea que despertó sonrisas incrédulas—, y que él se había sincerado con el escritor acerca de Ginnie y de sus intenciones hacia ella, que eran nulas. No añadió que Ginnie le había dicho que ella también estaba enamorada de él; no podía soportar decirles eso, en vista de lo que ella había dicho respecto a él.

Bucearon en su pasado. Sin antecedentes policiales. Nacido en Raleigh, Virginia, graduado en la Universidad del Estado, especializado en periodismo, trabajo en un periódico de Baltimore durante un año, luego cuatro años en los guardacostas. Un buen historial en todas partes, y esto la policía pareció creerlo. Era de la limpieza de su historial con los Ostrander de lo que dudaban específicamente. ¿Estaba enamorado de la señora Ostrander y pese a todo iba a abandonar realmente su trabajo y marcharse? ¿No tenía ningún plan respecto a ella?

—Pregúntenselo a ella —respondió Penn, cansado.
—Lo haremos —respondió el agente llamado Mac.
—Ella sabe también lo del sueño que tuve, y las preguntas que me hizo su marido al respecto—indicó Penn—. Pregúntenselo en privado, si dudan de mí.
—Oh, deje ya esto, Knowlton —dijo Mac—. No nos ocupamos de los sueños. Queremos hechos.

Ginnie llegó poco después de las tres. Cuando captó un atisbo de su figura por entre los barrotes de la celda donde lo habían metido, Penn suspiró aliviado.

Parecía tranquila, perfectamente al control de sí misma.

La policía la llevó a otra habitación durante diez minutos o así, luego vinieron a buscarle. Cuando se acercó a ella, Ginnie le miró con una hostilidad o un miedo que fue como una patada en la boca de su estómago. Retuvo el «Hola, Ginnie» que estaba a punto de decir.

—¿Querrá repetirle lo que él le dijo a usted anteayer, señora Ostrander? —preguntó Mac.
—Sí. Me dijo: «Me gustaría que David desapareciera de la forma que lo hizo en mi sueño. Me gustaría que estuviera fuera de nuestras vidas para poder estar a solas contigo.»

Penn se la quedó mirando.

—Ginnie..., tú dijiste eso.
—Creo que lo que deseamos saber de sus labios, Knowlton, es qué hizo usted con su marido —indicó Mac.
—Ginnie —murmuró Penn desesperadamente—, no sé por qué dices esto. Puedo repetir cada palabra de la conversación que mantuvimos aquella tarde, empezando cuando yo te dije que deseaba marcharme. Con esto al menos estarás de acuerdo, ¿no?
—¿Qué? Mi marido lo despidió..., ¡a causa de sus atenciones hacia mí! —Ginnie miró con ojos llameantes a Penn y a los hombres que la rodeaban.

Penn sintió pánico, la irrefrenable ascensión de la náusea. Ginnie parecía loca..., o una mujer que estaba segura de que estaba mirando al asesino de su esposo. Por su mente pasó como un relámpago su sorprendente frialdad cuando, una vez que la besó, David, por una desafortunada casualidad, dio unos golpecitos en su puerta y entró. A Ginnie no se le había alterado ni un cabello. Al parecer era actriz por naturaleza, y ahora estaba actuando.

—Esto es una mentira, y tú lo sabes —dijo.
—¿Y es una mentira lo que le dijo usted acerca de desear desembarazarse de su esposo? —preguntó Mac.
—La señora Ostrander dijo eso, no yo —respondió Penn, sintiendo una repentina debilidad en las rodillas—. Por eso me iba. No quería interferir con un matrimonio que...

Breves sonrisas de los policías que escuchaban.

—Mi marido y yo estábamos muy enamorados. —Y Ginnie inclinó la cabeza y cedió a lo que parecieron las lágrimas más genuinas del mundo.

Penn se volvió hacia el escritorio.

—Está bien, enciérrenme. Me alegrará permanecer aquí hasta que aparezca David Ostrander..., porque apuesto mi vida a que no está muerto.

Penn apretó las palmas de sus manos contra la fría pared de la celda. Sabía que Ginnie había abandonado la comisaría, pero ésa era la única circunstancia externa de la que era consciente.

Una curiosa mujer, Ginnie. Después de todo, estaba loca por David. Debía adorar a David por su talento, su disciplina, todas las cosas que ella no tenía..., y por quererla. ¿Qué era ella, después de todo? Una muchacha de buena apariencia que no había tenido éxito como actriz (hasta ahora), que no tenía suficientes recursos internos, como se decía, para divertirse mientras su marido trabajaba doce horas al día, de modo que había empezado a flirtear con el secretario. Penn recordaba que Ginnie le había dicho que su chófer se había ido hacía cinco meses. No habían contratado otro. Penn se preguntaba si el chófer no se habría marchado por la misma razón que él había estado a punto de hacerlo. ¿O lo habría despedido David?

Ahora Penn no se atrevía a creer en nada de lo que Ginnie le había dicho.

Un pensamiento que parecía una pesadilla cruzó por su mente: supongamos que en realidad Ginnie no amaba a David, y que se había detenido en su camino a Croydon y hallado a David en la casa de campo y lo había matado. ¿O si lo había hallado en el terreno, en los bosques, le había disparado, y lo había dejado para que fuera descubierto más tarde, a fin de poder echarle a él todas las culpas? ¿A fin de librarse de David y también de él? ¿Había incluso una pistola en Stonebridge para que Ginnie la tomara?

¿Odiaba Ginnie a David, o lo amaba? Su futuro podía colgar de esta increíble pregunta, porque si Ginnie lo había matado... Pero, ¿cómo explicaba esto la desaparición voluntaria de David la otra noche?

Penn oyó ruido de pasos y se puso en pie.

Mac se detuvo frente a su celda.

—¿Nos está diciendo usted la verdad, Knowlton? —preguntó, un poco dubitativo.
—Sí.
—Entonces... lo peor que puede pasarle es que permanezca aquí un par de días hasta que Ostrander reaparezca.
—Espero que lo estén buscando.
—Lo estamos haciendo: por todo el estado, y más lejos si es necesario. —Fue a marcharse, luego se dio la vuelta—. Creo que haré que le pongan una bombilla más potente y le traeré algo para leer, si está usted de humor para leer algo.

No hubo noticias a la mañana siguiente.

Luego, alrededor de las cuatro de la tarde, un policía acudió a abrir la celda de Penn.

—¿Qué ocurre? —preguntó Penn.
—Ostrander apareció en su casa en Stonebridge —dijo el hombre, con la huella de una sonrisa.

Penn sonrió también, ligeramente. Siguió al otro al escritorio de la parte delantera.

Mac hizo un gesto de saludo con la cabeza.

—Acabamos de llamar a la casa del señor Ostrander. Llegó allí hace media hora. Dijo que había decidido dar un paseo para aclarar un poco las ideas, y que no puede comprender cómo pudo organizarse todo este lío.

La mano de Penn temblaba cuando firmó su papel de libertad. Temía regresar a la casa de campo a recoger sus cosas, luego los inevitables pocos minutos en la casa de Stonebridge mientras hacía la maleta.

El convertible de David estaba aparcado junto al bordillo allá donde Penn lo había dejado el día anterior. Subió y se encaminó a la casa. Al llegar aquí, metió sus cosas en la maleta y la cerró, luego empezó a llevarlo todo junto con la grabadora al coche, y tras pensárselo mejor decidió dejar esta última. ¿Cómo podía saber lo que David deseaba hacer con todo aquel material?

Mientras conducía al sur hacia Stonebridge, Penn se dio cuenta de que no sabía cuáles eran sus sentimientos o cómo debía comportarse. Ginnie: no valía la pena decirle nada; ni furioso, ni para preguntarle por qué. David: resultaría difícil resistir la tentación de decirle: «Espero que hayas disfrutado con tu pequeña broma. ¿Piensas sacar algún argumento de ello?» El pie de Penn apretó el acelerador, luego controló bruscamente su velocidad. No pierdas la calma, se dijo. Simplemente sigue adelante y salte de todo esto.

Las luces estaban encendidas en las ventanas de la esquina de abajo, donde estaba la sala de estar, y también en la habitación de Ginnie, arriba. Eran más o menos las nueve. Habrían cenado, y a veces se sentaban un rato en la sala de estar tomando el café, pero normalmente David iba a su estudio a trabajar. Penn no podía ver la ventana del estudio de David desde allí. Tocó el timbre.
Hanna abrió la puerta.

—¡Señor Knowlton! —exclamó—. ¡Me dijeron que se había marchado definitivamente!
—Lo he hecho —respondió Penn—. Sólo he venido a recoger mis cosas.
—¡Entre, señor! El señor y la señora están en la sala de estar. Les diré que está usted aquí. —Se fue trotando antes de que él pudiera detenerla.

Penn la siguió por el amplio vestíbulo. Deseaba echar una mirada a David, sólo una mirada. Se detuvo junto a la puerta de la sala de estar. David y Ginnie estaban sentados muy juntos en el sofá, cara a él, con el brazo de David en el respaldo, y cuando Hanna les dijo que Penn estaba allí David dejó caer el brazo de modo que rodeara la cintura de Ginnie. Ginnie no mostró ninguna reacción, se limitó a dar una calada a su cigarrillo.

—¡Entra, Penn! —dijo David con una sonrisa—. ¿De qué te muestras de pronto tan tímido?
—De nada en absoluto. —Penn estaba de pie en el umbral—. Vine a recoger mis cosas, si puedo.
—¡Si puedes! —se burló David—. ¡Por supuesto, Penn! —Se puso en pie, ahora sujetando la mano de Ginnie, como si deseara alardear ante él de lo afectuosos que se habían vuelto el uno hacia el otro.
—Dile que recoja sus cosas y se marche —dijo Ginnie, aplastando su cigarrillo en el cenicero.

Su tono no era furioso, de hecho era gentil. Pero llevaba dentro unas cuantas copas.

David avanzó hacia Penn, exhibiendo una amplia sonrisa en su delgado rostro lleno de arrugas.

—Vendré contigo. Quizá pueda ayudarte.

Penn se volvió rígidamente y se dirigió a su habitación, que estaba al final del pasillo, en una esquina de atrás de la casa. Abrió la puerta y entró, sacó una maleta grande del fondo de un armario, y empezó con un cajón de la cómoda, calcetines y pijamas. Era consciente de que David le observaba con una sonrisa divertida. La sonrisa era como las garras de un animal en su espalda.

—¿Dónde te ocultaste esa noche, David?
—¿Ocultarme? —David dejó escapar una risita—. ¡En ninguna parte! Tan sólo di un pequeño paseo y no te respondí. Estaba interesado en ver qué ocurriría. Creo que más bien sabía lo que ocurriría. Todo fue como había predicho.
—¿Qué quieres decir? —Las manos de Penn temblaron cuando abrió el cajón superior.
—Me refiero a Ginnie —dijo David—. Sabía que ella se volvería contra ti y hacia mí. Ha ocurrido antes, ¿sabes? Fuiste un estúpido de pensar que si esperabas ella se divorciaría de mí y acudiría a ti. ¡Un absoluto estúpido!

Penn giró en redondo, con las manos llenas de camisas dobladas.

—Escucha, David, yo no esperaba a Ginnie. Me estaba marchando de todo esto...
—¡No me digas eso, maldito traidor! ¡A espaldas de quién te había contratado!

Penn lanzó las camisas al interior de la maleta.

—¿Qué quieres decir con que ya ocurrió antes?
—Con nuestro último chófer. Y mi última secretaria también. Contraté a una mujer, ¿sabes? pero a Ginnie le gustan estos pequeños dramas. Sirven para unirnos y le impiden aburrirse. Tu sueño me proporcionó una espléndida idea para éste. ¿Sabes lo afectuosa que es Ginnie conmigo ahora? Y piensa que tú eres un primo de campeonato. —David se echó a reír y se llevó el cigarrillo a los labios.
Un segundo más tarde, Penn aplicaba el puñetazo más fuerte que jamás hubiera dado en su vida en la mandíbula de David. Los pies de David volaron tras su cuerpo, y su cabeza golpeó contra la pared a dos metros de distancia.

Penn metió el resto de sus cosas en su maleta y la cerró tan furiosamente como si aún estuviera peleándose con David. Bajó la maleta de la cama y se volvió a la puerta.

Ginnie bloqueó su camino.

—¿Qué le has hecho?
—No tanto como me gustaría hacerle.

Ginnie pasó corriendo por su lado en dirección a David, y Penn avanzó hacia la puerta.
Hanna se apresuraba por el vestíbulo.

—¿Ocurre algo, señor Knowlton?
—Nada serio. Adiós, Hanna —dijo Penn, intentando controlar su ronca voz—. Y gracias —añadió, camino de la puerta delantera.
—¡Está muerto! —exclamó Ginnie con un gemido.

Hanna corría hacia la habitación. Penn dudó, luego siguió hacia la puerta. ¡La pequeña mentirosa! ¡Cualquier cosa por un golpe dramático!

—¡Deténle! —chilló Ginnie—. ¡Hanna, intenta escapar!

Penn dejó su maleta en el suelo y volvió sobre sus pasos. Levantaría a David de un tirón y le metería la cabeza bajo el grifo.

Hanna estaba de pie al lado de David, con el rostro contorsionado, al borde de las lágrimas.

—Sí..., sí lo está, señor Knowlton.

Penn se inclinó para alzar a David, pero su mano se detuvo antes de tocarlo.

Algo brillante asomaba de la garganta de David, y Penn lo reconoció al instante..., el mango de su propio cortapapeles, que había olvidado coger.

Una larga y loca carcajada —o quizá fuera un sollozo— brotó de Ginnie a sus espaldas.

—¡Eres un monstruo! ¡Supongo que borraste todas tus huellas dactilares de él! ¡Pero no te servirá de nada, Penn! ¡Hanna, llama de inmediato a la policía! ¡Diles que acaba de cometerse un asesinato aquí!

Hanna la miró horrorizada.

—La llamaré, señora. Pero fue usted quien limpió el mango. Lo estaba limpiando con su falda cuando yo entré por la puerta. Penn miró a Ginnie: todavía no habían terminado el uno con el otro.










lunes, 28 de enero de 2013

Maquinaciones - Patricia Highsmith

Descubrí a Patricia Highsmith hace relativamente poco. Alguien me la mencionó como la sucesora de Agatha Christie y me dio curiosidad. Buscando en internet hallé un recopilatorio de cuentos en una biblioteca digital. Eran cuatro, tres me encantaron, uno no tanto, pero de allí tomé "Maquinaciones" (Sauce for the Goose, en inglés) que es el que más me gustó y quiero compartirlo con ustedes.
Patricia Highsmith fue una escritora estadounidense de suspenso. Falleció en 1995 con 74 años de edad. Dice wikipedia: "La temática de la obra de Patricia Highsmith se centra en torno a la culpa, la mentira y el crimen, y sus personajes, muy bien caracterizados, suelen estar cerca de la psicopatía y se mueven en la frontera misma entre el bien y el mal. Esto es muy notorio en su primera novela publicada, Extraños en un tren (de 1950), que fue llevada un año después al cine por Alfred Hitchcock". Interesante, ¿no?
Los dejo con "Maquinaciones", ya veré en otro momento si subo algo más de esta autora.
:D



Maquinaciones


El incidente en el garaje fue el tercer suceso con tintes de catástrofe en casa de los Amory, y clavó un terrible pensamiento en la cabeza de Loren Amory: su querida esposa Olivia intentaba matarse.

Loren había tirado de una cuerda de plástico que colgaba de una estantería alta del garaje —su intención era limpiar un poco aquello, enrollar la cuerda como correspondía—, y aquel primer tirón provocó una avalancha de maletas, una vieja máquina de cortar césped y una máquina de coser que pesaba Dios sabía cuánto, todo lo cual se había estrellado, en el suelo justo en el lugar donde había estado él antes de dar un sorprendido salto hacia un lado.

Loren regresó lentamente a la casa, con el corazón latiendo con fuerza ante su terrible descubrimiento. Entró en la cocina y se dirigió escaleras arriba.

Olivia estaba en la cama, apoyada contra unas almohadas, con una revista en el regazo.

—¿Qué fue ese terrible ruido, querido?

Loren carraspeó y asentó más firmemente sus gafas de montura negra sobre su nariz.

—Un montón de cosas en el garaje. Tiré de una cuerda que colgaba... —Explicó lo que había ocurrido.

Ella parpadeó calmadamente, como diciendo: «Bueno, ¿y qué? Estas cosas pasan.»

—¿Has tocado tú algo de ese estante últimamente?
—No, ¿por qué?
—Porque..., bueno, todo estaba puesto para que cayera, querida.
—¿Me estás culpando a mí? —preguntó Olivia con un hilo de voz.
—Culpo tu descuido, sí. Yo puse aquellas maletas ahí arriba, y nunca las hubiera colocado de modo que cayeran apenas tocarlas. Y no coloqué la máquina de coser encima de todo el montón. No estoy diciendo...
—Culpas mi descuido —repitió ella, ultrajada.

Loren se apresuró a arrodillarse, al lado de su esposa.

—Querida, no sigamos ocultando las cosas. La semana pasada fue la aspiradora para la moqueta en las escaleras del sótano. ¡Y esa escalera de mano! ¡Ibas a subirte a ella para acabar con aquel nido de avispas! Lo que quiero decir, querida, es que deseas que te ocurra algo, te des cuenta de ello o no. Tienes que ser más cuidadosa, Olivia... Oh, querida, por favor, no llores. Intento ayudarte. No te estoy criticando.
—Lo sé, Loren. Eres bueno. Pero mi vida..., supongo que no vale la pena seguirla viviendo. No quiero decir que esté intentando terminar con ella, pero...
—¿Todavía sigues pensando... en Stephen? —Loren odiaba el nombre, odiaba pronunciarlo.

Su esposa apartó las manos de sus enrojecidos ojos.

—Me hiciste prometer que no pensaría en él, así que no lo hago. Te lo juro, Loren.
—Muy bien, querida. Esa es mi chica. —Tomó sus manos entre las de él—. ¿Qué te parecería un crucero dentro de poco? ¿Quizás en febrero? Myers vuelve de la costa y puede ocupar mi puesto por un par de semanas. ¿Qué te parecen Haití o las Bermudas?

Ella pareció pensar en aquello por unos momentos, pero al final agitó la cabeza y dijo que sabía que él hacía aquello sólo por ella, no porque deseara realmente ir.

Loren protestó brevemente, luego lo dejo correr. Si Olivia no aceptaba una idea de inmediato, nunca la aceptaría. Había sido un triunfo convencerla de que tenía sentido no volver a ver a Stephen Castle durante un período de tres meses.

Olivia había conocido a Stephen Cásele en una fiesta dada por uno de los colegas de Loren en la Bolsa. Stephen tenía 35 años, lo cual lo hacía diez años más joven que Loren y uno mayor que Olivia, y era actor. Loren no podía imaginar cómo Toohey, su anfitrión de aquella velada, lo había conocido, o por qué lo había invitado a una fiesta en la que todos los demás hombres procedían o de la banca o de la bolsa; pero allí estaba, como un extraño espíritu maligno, y se había concentrado en Olivia durante toda la fiesta, y ella le había respondido con las mismas encantadoras sonrisas que habían capturado a Loren en una sola tarde hacía ocho años.

Después, en su camino de vuelta a Oíd Greenwich, Olivia había dicho:

—¡Es tan divertido hablar con alguien que no está en la Bolsa, para variar! Me ha dicho que estaba ensayando una nueva obra, «El huésped frecuente». Tenemos que ir a verla, Loren.

Fueron a verla. Stephen Castle aparecía quizá cinco minutos en el primer acto.

Acudieron a saludar a Stephen entre bastidores, y Olivia lo invitó a un cóctel que daban el próximo fin de semana. Acudió, y pasó aquella noche en su habitación de invitados. Durante las semanas siguientes Olivia fue en su coche a Nueva York al menos dos veces por semana, oficialmente de compras, pero no hizo ningún secreto del hecho de que se veía con Stephen para comer y a veces incluso para tomar unos cócteles. Al final le dijo a Loren que estaba enamorada de Stephen y que deseaba el divorcio.

Al principio Loren no supo que decir, luego aceptó concedérselo en bien de la deportividad; pero 48 horas después del anuncio de Olivia ésta recuperó lo que consideró el buen sentido. Por aquel entonces se había medido frente a su rival, no sólo físicamente (Loren no salía demasiado bien parado en este aspecto, puesto que no era más alto que Olivia, la línea del pelo se le estaba retirando hacia atrás y empezaba a cultivar una pequeña barriga), sino también moral y financieramente.

En las últimas dos categorías tenía todas las ventajas sobre Stephen Castle, y modestamente se lo hizo notar a Olivia.

—Yo nunca me casaría con un hombre por su dinero —respondió ella.
—No he querido decir que lo hicieras conmigo por dinero, querida. Simplemente ocurrió que yo lo tenía. Pero, ¿qué tendrá nunca Stephen Castle? No mucho, por lo que puedo ver de su forma de actuar. Tú estás acostumbrada a más de lo que él puede ofrecerte. Y sólo hace seis semanas que lo conoces. ¿Cómo puedes estar segura de que su amor hacia ti va a durar?

Aquel último pensamiento hizo reconsiderar a Olivia. Dijo que vería a Stephen sólo una vez más, «para hablar del asunto». Fue a Nueva York una mañana y no regresó hasta la medianoche. Era domingo, cuando Stephen no tenía actuación.

Loren aguardó impaciente su regreso. Entre lágrimas, Olivia le dijo que ella y Stephen habían llegado a un acuerdo. No se verían durante un mes, y si al final de ese tiempo no seguían sintiendo lo mismo el uno hacia el otro aceptarían olvidar todo el asunto.

—Pero por supuesto tú sentirás lo mismo —dijo Loren—. ¿Qué es un mes en la vida de un adulto? Si lo intentaras durante tres meses...

Ella le miró entre sus lágrimas.

—¿Tres meses?
—¿Contra los ocho años que llevamos casados? ¿Acaso es injusto? Nuestro matrimonio merece al menos una oportunidad de tres meses, ¿no crees?
—Está bien, es un trato. Tres meses. Llamaré a Stephen mañana y se lo diré. No nos veremos ni nos telefonearemos durante tres meses.

Desde aquel día Olivia inició su declive. Perdió interés en ocuparse del jardín, en su club de bridge, incluso en su ropa. Su apetito desapareció, aunque no perdió mucho peso, quizá porque permanecía proporcionalmente inactiva. Nunca habían tenido servidumbre. Olivia se enorgullecía del hecho de ser una muchacha trabajadora, una vendedora en el departamento de regalos de unos grandes almacenes en Manhattan, cuando conoció a Loren. Le gustaba decir que sabía cómo hacer las cosas por sí misma. La gran casa en Old Greenwich era suficiente para mantener ocupada a una mujer, aunque Loren había instalado todos los artilugios concebibles para ahorrarle trabajo. También tenían un congelador del tamaño de un cuarto trastero en el sótano, de modo que tenía que ir al mercado mucho menos a menudo que lo habitual, y además toda la comida les era llevada a casa. Ahora que Olivia parecía con las energías bajas, Loren sugirió contratar a una sirvienta, pero Olivia se negó.

Transcurrieron siete semanas, y Olivia mantuvo su palabra acerca de no ver a Stephen. Pero estaba a todas luces tan deprimida, tan pronta a estallar en lágrimas, que Loren vivía constantemente al borde de ceder y decirle que, si amaba tanto a Stephen, tenía derecho a verle. Quizá, pensaba Loren, Stephen Castle sintiera lo mismo, y estuviera también contando las semanas que faltaban para poder ver de nuevo a Olivia. Si era así, Loren había perdido.

Pero le resultaba difícil concederle a Stephen el crédito de sentir algo. Era un tipo larguirucho, más bien estúpido, con el pelo color avena, y Loren nunca lo había visto sin una sonrisa nauseabunda en su boca, como si fuera un hombre anuncio de sí mismo, mostrando perpetuamente lo que sin duda pensaba que era su expresión más halagadora.

Loren, soltero hasta que a los 37 años se casó con Olivia, suspiraba a menudo desanimado ante la forma de actuar de las mujeres. Por ejemplo, Olivia: si él hubiera experimentado unos sentimientos tan fuertes hacia otra mujer, no hubiera dudado ni un minuto en librarse de este matrimonio. Pero Olivia dudaba. ¿Qué esperaba conseguir con ello?, se preguntaba Loren. ¿Pensaba, o esperaba, que su obsesivo amor hacia Stephen podía desaparecer? ¿O deseaba demostrarle a su marido que no lo haría? ¿O sabía inconscientemente que su amor por Stephen Castle no era más que fantasía, y que su actual depresión significaba para ella y para Loren un período de ajuste, de llanto por un amor que no había tenido el valor de salir a tomar?

Pero el incidente en el garaje del sábado hizo que Loren dudara de que Olivia estaba sumida en una fantasía. No quería admitir que Olivia intentaba quitarse la vida, pero la lógica lo impulsaba a ello. Había leído acerca de ese tipo de personas.

Eran diferentes de las propensas a los accidente, que podían vivir para sufrir una muerte natural, fuera la que fuese. Las otras eran las propensas al suicidio, y estaba seguro de que Olivia encajaba en esta categoría.

Un ejemplo perfecto era el episodio de la escalera de mano. Olivia estaba en el cuarto o quinto peldaño cuando Loren se dio cuenta de la resquebrajadura en el lado izquierdo de la escalera, y ella se mostró completamente despreocupada, incluso cuando él se la señaló. Si no hubiera sido porque ella dijo que se sentía un poco mareada al alzar los ojos hacia el nido de avispas, él nunca hubiera hecho el trabajo, y así no habría visto la resquebrajadura.

Loren vio en el periódico que la obra en la que actuaba Stephen cerraba, y le pareció que el abatimiento de Olivia se hacía más profundo. Ahora había círculos oscuros alrededor de sus ojos. Decía que no podía dormirse antes del amanecer.

—Llámale si quieres, querida —dijo finalmente Loren—. Ve a verle de nuevo y averigua si los dos...
—No, te hice una promesa. Tres meses, Loren. Mantendré mi palabra —respondió ella con labios temblorosos.

Loren se alejó, destrozado y odiándose a sí mismo.

Olivia se debilitaba físicamente cada vez más. Una vez tropezó al bajar las escaleras y apenas pudo sujetarse a la barandilla. Loren sugirió, no por primera vez, que fuera a ver al médico, pero ella se negó.

—Los tres meses están a punto de cumplirse, querido. Sobreviviré —dijo con una sonrisa triste.

Aquello era cierto. Sólo faltaban dos semanas hasta el 15 de marzo, la fecha límite de los tres meses. Los idus de marzo, se dio cuenta Loren por primera vez.

Una coincidencia ominosa.

El domingo por la tarde Loren estaba revisando algunos informes de la oficina en su estudio cuando oyó un largo grito, seguido por un resonante estruendo. Al instante estaba de pie y corriendo. Había procedido del sótano, pensó, y si era así, sabía lo que había ocurrido. ¡Aquella maldita aspiradora para la moqueta de nuevo!

—¿Olivia?

Oyó un gemido procedente del sótano a oscuras. Bajó a la carrera los peldaños.

Hubo un pequeño zumbar de ruedas, sus pies resbalaron ante él, y en los pocos segundos antes de que su cabeza se estrellara violentamente contra el suelo de cemento lo comprendió todo: Olivia no había caído por las escaleras del sótano, sólo lo había atraído a él hasta allí; durante todo aquel tiempo había intentado matarle a él, a Loren Amory..., y todo por Stephen Castle.

—Estaba arriba en la cama, leyendo —dijo Olivia a la policía, sujetando con mano temblorosa su bata alrededor dé su estremecido cuerpo—. Oí un terrible estruendo y entonces... bajé... —Hizo un gesto de impotencia hacia el inerte cuerpo de Loren.

La policía aceptó sus palabras y se compadeció por ella. La gente tendría que ser más cuidadosa, dijeron, con cosas como las aspiradoras para la moqueta y las escaleras a oscuras. Cada día se producían fatalidades como aquella en los Estados Unidos. Luego retiraron el cadáver, y el martes Loren Amory fue enterrado.

Olivia llamó a Stephen el miércoles. Había estado telefoneándole cada día excepto sábados y domingos, pero no lo había hecho desde el viernes anterior.

Habían acordado que el día de la semana que ella no le llamara a su apartamento a las once de la mañana sería la señal de que había cumplido su misión. Además, Loren Amory había ocupado un buen espacio en la página de necrológicas del lunes. Dejaba casi un millón de dólares a su viuda, y casas en Florida, Connecticut y Maine.

—¡Querida! ¡Pareces tan cansada! —fueron las primeras palabras de Stephen cuando se reunieron en un discreto bar de Nueva York el miércoles.
—¡Tonterías! Todo es maquillaje —dijo alegremente Olivia—. ¡Y tú eres actor! —Se echó a reír—. Tenía que mostrar un aspecto adecuadamente triste ante mis vecinos, ¿sabes? Y nunca puedes estar segura de cuándo te tropezarás con alguien conocido en Nueva York.

Stephen miró nervioso a su alrededor, luego dijo con su sonrisa habitual:

—Querida Olivia, ¿cuándo podremos estar juntos?
—Muy pronto —dijo ella sin pensárselo—. No en la casa, por supuesto, pero, ¿recuerdas que hablamos de un crucero? ¿Quizá Trinidad? Llevo el dinero conmigo.

Quiero que compres los billetes.

Tomaron camarotes separados, y el periódico local de Connecticut, sin el menor asomo de suspicacia, informó que el viaje de la señora Amory era por motivos de salud.

De vuelta a los Estados Unidos en abril, bronceada por el sol y con un aspecto muy mejorado, Olivia confesó a sus amigas que había conocido a alguien «por quien estaba interesada». Sus amigas le aseguraron que era normal, y que no debía estar sola el resto de su vida. Lo más curioso fue que cuando Olivia invitó a Stephen a una cena en su casa, ninguno de sus amigos le reconoció, aunque varios de ellos lo habían conocido en aquel cóctel unos meses antes. Stephen se mostraba ahora mucho más seguro de sí mismo, y se comportaba como un ángel, pensaba Olivia.

Se casaron en agosto. Stephen se había presentado para algunos papeles, pero nada se había materializado todavía. Olivia le dijo que no se preocupara, que las cosas se animarían seguramente después del verano. Stephen no parecía preocuparse demasiado, aunque protestó diciendo que tenía que trabajar, y dijo que si era necesario intentaría alguna cosa para la televisión. Desarrolló un claro interés hacia la jardinería, plantó algunos retoños de abetos azules, y en general hizo que el lugar pareciera vivo de nuevo.

A Olivia le encantó que a Stephen le gustara la casa, porque a ella también le gustaba. Ninguno de los dos se refería nunca a las escaleras del sótano, pero hicieron colocar un interruptor de la luz junto al primer peldaño, a fin de que no pudiera volver a ocurrir nunca un accidente similar. La aspiradora para la moqueta fue colocada además en el lugar que le correspondía, en el armario de las escobas en la cocina.

Daban fiestas mucho más a menudo de lo que Olivia y Loren habían hecho.

Stephen tenía muchos amigos en Nueva York, y Olivia los encontraba divertidos.

Pero Stephen, pensaba Olivia, estaba empezando a beber demasiado. En una de las fiestas, cuando todos estaban fuera en la terraza, Stephen estuvo a punto de caer por el parapeto. Dos de los invitados tuvieron que sujetarle.

—Será mejor que cuides de tu persona en esta casa, Steve —le dijo Parker Barnes, un actor amigo de Stephen—. Puede que haya un mal de ojo sobre ella.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Stephen con voz algo estropajosa—. No creo en estas cosas. Puede que sea actor, pero no tengo ni una sola superstición.
—¡Oh, así es que es usted actor, señor Castle! —dijo una voz de mujer en la oscuridad.

Después de que se hubieran ido los invitados, Stephen le pidió a Olivia que salieran de nuevo a la terraza.

—Quizás el aire me aclare la cabeza —dijo Stephen con una sonrisa—. Lamento haber estado un poco achispado esta noche. Aquella es Orion. ¿La ves? —Rodeó a Olivia con sus brazos y la atrajo hacia sí—. La constelación más brillante de todo el cielo.
—¡Me estás haciendo daño, Stephen! No tan... —Luego gritó y se debatió y luchó por su vida.
—¡Maldita sea! —jadeó Stephen, sorprendido ante su fuerza.

Ella se había soltado de él y ahora estaba de pie junto a la puerta del dormitorio, mirándole de frente.

—Ibas a empujarme abajo.
—¡No! ¡Buen Dios, Olivia! Perdí el equilibrio, eso es todo. ¡Creí que iba a caerme yo!
—Es una buena forma de hacerlo; sujetar a una mujer y tirar de ella también.
—No me di cuenta. Estoy borracho, querida. Y lo siento.

Permanecieron tendidos como de costumbre en la misma cama aquella noche, pero ambos sólo fingieron dormir. Hasta que, para Olivia al menos, tal como acostumbraba a decirle a Loren, el sueño llegó al amanecer.

Al día siguiente, de una forma casual y subrepticia, ambos revisaron toda la casa, desde el ático al sótano, Olivia con vistas a protegerse de posibles trampas mortales, Stephen con la intención de ponerlas. Él había decidido ya que las escaleras del sótano ofrecían la mejor posibilidad, pese a la repetición, porque pensaba que nadie creería que alguien se atreviera a usar el mismo medio..., si la intención era asesinato.

Ocurrió que Olivia pensaba exactamente lo mismo.

Las escaleras que conducían al sótano nunca antes habían estado tan libres de impedimentos y bien iluminadas. Ninguno de ellos tomó la iniciativa de apagar la luz por la noche. Exteriormente, cada uno profesaba amor y fe hacia el otro.

—Lamento lo que te dije, Stephen —susurró ella en su oído mientras le abrazaba—.

Aquella noche en la terraza tuve miedo, eso es todo. Cuando dijiste «maldita sea»...

—Lo sé, ángel. Pero no pudiste pensar que tenía intención de hacerte algún daño.

Dije «maldita sea» sólo porque estabas allí, y pensé que yo podía haberte empujado sin querer abajo.

Hablaron de otro crucero. Querían ir a Europa la primavera próxima. Pero en las comidas probaban cautelosamente cada cosa antes de empezar a comer.

¿Cómo podría yo poner algo en la comida, pensaba Stephen para sí mismo, cuando no abandonas ni un momento la cocina cuando la estás preparando?

Y Olivia: Te creo capaz de cualquier cosa. Sólo hay una dirección en la que pareces brillar, Stephen.

Su humillación por haber perdido a su amante quedaba oculta por un sombrío resentimiento. Se daba cuenta de que había sido victimizada. Los últimos restos de hechizo de Stephen se habían desvanecido. Pero ahora, pensaba Olivia, estaba efectuando el mejor trabajo de actor de su vida..., y un trabajo de veinticuatro horas al día. Se felicitaba a sí misma de que no hubiera conseguido engañarla, y sopesaba un plan tras otro, convencida de que este «accidente» tenía que ser mucho más convincente del que la había liberado de Loren.

Stephen se dio cuenta de que no estaba en mala posición. Todo el mundo que los conocía a él y a Olivia, aunque sólo fuera ligeramente, pensaba que él la adoraba. Se supondría que un accidente no sería más que eso, un accidente, si él lo decía así.

Ahora estaba jugueteando con la idea del congelador del tamaño de un cuarto trastero que había en el sótano. No había manija de apertura en la parte interior de la puerta, y de tanto en tanto Olivia iba hasta el rincón del fondo en busca de bistecs o espárragos congelados. Pero, ¿se atrevería ella a entrar, ahora que sus sospechas se habían despertado, si él estaba en el sótano al mismo tiempo? Lo dudaba.

Mientras Olivia tomaba el desayuno en la cama una mañana —se había trasladado a su propio dormitorio, y Stephen le traía el desayuno como Loren había hecho siempre—, Stephen experimentó con la puerta del congelador. Descubrió que, si golpeaba un objeto sólido al abrirse, el rebote haría que se cerrara de nuevo, lenta pero inexorablemente. No había ningún objeto sólido cerca de la puerta ahora, al contrario, estaba previsto que la puerta se abriera del todo de modo que la parte exterior se fijara en una pinza a presión colocada en la pared precisamente con esta finalidad, retener la puerta abierta. Había observado que Olivia siempre abría del todo la puerta cuando entraba y la encajaba de forma automática en la pared. Pero si él ponía algo en el camino, aunque sólo fuera una esquina de la caja de la leña, la puerta la golpearía y se cerraría de nuevo, antes de que Olivia tuviera tiempo de darse cuenta de lo que había ocurrido.

Sin embargo, ese momento en particular no parecía el más correcto para colocar la caja de la leña en aquella posición, así que Stephen no preparó aquella trampa.

Olivia había dicho algo de salir al restaurante aquella noche: hoy no sacaría nada para descongelar.

Dieron un pequeño paseo a las tres de la tarde —por el bosque detrás de la casa, luego de vuelta—, y casi se cogieron de la mano, en un desagradable e insultante fingimiento mutuo de afecto; pero sus dedos apenas se rozaron antes de separarse.

—Una taza de té nos iría muy bien, ¿no crees, querido? —preguntó Olivia.
—Hummm —sonrió él—. ¿Veneno en el té? ¿Veneno en las galletas? Las había hecho ella misma aquella mañana.

Recordaba cómo habían maquinado la triste desaparición de Loren, los tiernos susurros de asesinato de ella en sus comidas, su infinita paciencia mientras transcurrían las semanas y plan tras plan fallaba. Era él quien había sugerido la aspiradora para la moqueta en las escaleras del sótano y el cebo del grito de ella.

¿Qué podía planear el cerebro de pájaro de ella?

Poco después del té —todo había estado estupendo—, Stephen salió de la sala de estar como si no tuviera ningún propósito en particular. Se sentía impulsado a probar lo de la caja de leña para ver si podía confiar realmente en ella. Se sentía inspirado también a dejar la trampa montada e irse. La luz de arriba en la escalera del sótano estaba encendida. Bajó cuidadosamente los peldaños.

Escuchó durante un momento para ver si Olivia podía estar siguiéndole. Luego colocó la caja de leña en posición, no paralela a la parte delantera del congelador, por supuesto, sino un poco a un lado, como si alguien la hubiera arrastrado fuera de las sombras para ver mejor su interior y la hubiera dejado allí. Abrió la puerta del congelador exactamente con la velocidad y fuerza que utilizaría Olivia, empujándola mientras cruzaba el umbral, con la mano derecha extendida para sujetar la puerta en el rebote. Pero el pie que cargaba con su peso al cruzar resbaló varios centímetros hacia adelante justo en el momento en que la puerta golpeaba contra la caja de la leña.

Stephen cayó sobre su rodilla derecha, con la pierna izquierda tendida recta frente a él, y a sus espaldas la puerta se cerró. Se puso en pie al instante y se enfrentó a la puerta cerrada con los ojos muy abiertos. Estaba oscuro, y tanteó en busca del interruptor auxiliar a la izquierda de la puerta, que encendió una luz al fondo del congelador.

¿Cómo había ocurrido? ¡El maldito hielo en el suelo del congelador! Pero no era sólo el hielo, vio. Lo que le había hecho resbalar era un pequeño trozo de sebo que vio ahora en medio del suelo, al extremo de la grasienta huella que había dejado su resbalón.

Stephen contempló por un instante el sebo, con una mirada neutra e inexpresiva.

Luego se volvió de nuevo a la puerta, la empujó, tanteó la firme junta recubierta de caucho. Podía llamar a Olivia, por supuesto. Finalmente ella le oiría, o al menos le echaría en falta, antes de que tuviera tiempo de helarse. Bajaría al sótano, y podría oírle aunque no le hubiera oído desde la sala de estar. Entonces abriría la puerta, por supuesto.

Sonrió débilmente, e intentó convencerse a sí mismo de que abriría la puerta.

—¿Olivia?... ¡Olivia! ¡Estoy aquí abajo, en el sótano!

Había transcurrido casi media hora cuando Olivia llamó a Stephen para preguntarle qué restaurante prefería, un asunto que influenciaría lo que debía ponerse. Lo buscó en su dormitorio, en la biblioteca, en la terraza, y finalmente lo llamó desde la puerta delantera, pensando que tal vez estuviera en alguna parte en el jardín.

Al final probó el sótano.

Por aquel entonces, arrebujado en su chaqueta de tweed, con los brazos cruzados sobre su pecho, Stephen caminaba arriba y abajo por el congelador, lanzando señales afligidas a intervalos de treinta segundos y usando el resto de su aliento para soplar dentro de su camisa en un esfuerzo por mantenerse caliente.

Olivia estaba a punto de abandonar el sótano cuando oyó llamar débilmente su nombre.

—¿Stephen? Stephen, ¿dónde estás?
—¡En el congelador! —gritó él, tan fuerte como pudo, Olivia contempló la puerta del congelador con una sonrisa incrédula.
—Abre, ¿quieres? ¡Estoy en el congelador! —le llegó la ahogada voz de Stephen.

Olivia echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una carcajada, sin preocuparse de si Stephen podían oírla o no. Luego, riendo aún tan fuerte que tuvo que doblarse sobre sí misma, subió la escalera del sótano.

Lo que más la divertía era que había pensado en el congelador como un lugar perfecto para librarse de Stephen, pero no había conseguido elaborar una forma de hacer que entrara en él. Se dio cuenta de que el que ahora estuviera ahí dentro sólo podía deberse a algún divertido incidente..., quizá mientras intentaba preparar una trampa para ella. Todo aquello era demasiado cómico. ¡Y afortunado!

O quizá, pensó cautamente, la intención de él, incluso ahora, fuera atraerla a que abriera la puerta del congelador, y entonces meterla dentro de un tirón y cerrar la puerta tras ella. ¡Por supuesto, no iba a dejar que ocurriera eso!

Cogió su coche y condujo hasta unos treinta kilómetros hacia el norte, tomó un bocadillo en un café al lado de la carretera, luego fue a ver una película. Cuando regresó a casa a medianoche descubrió que no tenía el valor de visitar a «Stephen»

al congelador, ni siquiera de bajar al sótano. No estaba segura de que estuviera ya muerto, y aunque permaneciera en silencio eso podía significar tan sólo que fingía estar muerto o inconsciente.

Pero mañana, pensó, mañana no habría ninguna duda de que estaba muerto. En el peor de los casos, la misma falta de aire habría acabado con él por aquel entonces.

Se fue a la cama y se aseguró una noche de sueño con un ligero sedante. Mañana sería un día agotador. Su historia de la pequeña discusión con Stephen —acerca de a qué restaurante irían, simplemente eso— y la salida de él, irritado, a dar un paseo, había pensado, tendrían que ser muy convincentes.

A las diez de la mañana, después de un zumo de naranja y un café, Olivia se sintió preparada para su papel de la horrorizada viuda abrumada por el dolor.

Después de todo, se dijo a sí misma, ya había practicado el papel..., sería la segunda vez que lo interpretaba. Decidió enfrentarse a la policía en bata, como en la anterior ocasión.

Para ser completamente natural acerca de todo el asunto, bajó al sótano para hacer el «descubrimiento» antes de llamar a la policía.

—¿Stephen? —llamó, con confianza—. ¿Stephen?

Ninguna respuesta.

Abrió el congelador con aprensión, contuvo el aliento ante la enroscada figura cubierta de escarcha en el suelo, luego avanzó los pocos pasos que la separaban de él..., consciente de que las huellas de sus pies en el suelo serían visibles para corroborar su historia de que había acudido a intentar reanimar a Stephen.

Blam, hizo la puerta tras ella..., como si alguien de pie en la parte de fuera la hubiera empujado con fuerza.

Olivia jadeó asombrada y su boca colgó abierta. Había abierto la puerta de par en par. Hubiera tenido que engancharse en la pinza de la pared.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí fuera? ¡Abran la puerta, por favor! ¡En seguida!

Pero sabía que no había nadie ahí fuera. Era sólo algún maldito accidente.

Quizás un accidente preparado por Stephen.

Miró al rostro del hombre. Sus ojos estaban abiertos, y en sus blancos labios flotaba aquella pequeña sonrisa suya tan familiar, triunfante ahora y absolutamente maliciosa. Olivia no lo miró de nuevo. Se cerró la tenue bata tan fuerte como pudo y empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Alguien! ¡Policía!

Siguió gritando durante lo que le parecieron horas, hasta que empezó a quedarse ronca, hasta que empezó a dejar de sentir frío, sólo un poco de sueño.