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viernes, 21 de agosto de 2015

Piel de foca, piel del alma. Clarissa Pinkola Estés

Hace muchos años, leí una versión de este cuento de hadas o leyenda celta. Luego vi una peli, creo que escocesa, que se basaba en él y había una niña con ojos de foca... creo era una niña... no recuerdo bien...ocurría en un pueblo de pescadores... que aparecían los Selkies, seres con piel de foca que podían tomar forma humana.
Cuestión que siempre lo tuve presente y como hace poco una lectora del blog me pedía más cuentos de los que aparecen en "Mujeres que corren con lobos", va hoy "Piel de foca", versión de Clarissa Pinkola Estes.



PIEL DE FOCA


En una época pasada que ahora ya desapareció para siempre y que muy pronto regresará, día tras día se suceden el blanco cielo, la blanca nieve, y todas las minúsculas manchas que se ven en la distancia son personas, perros u osos.

Aquí nada prospera gratis. Los vientos soplan con tal fuerza que ahora la gente se pone deliberadamente del revés las parkas y las mamleks, las botas. Aquí las palabras se congelan en el aire y las frases se tienen que romper en los labios del que habla y fundir a la vera del fuego para que la gente pueda comprender lo que ha dicho. Aquí la gente vive en el blanco y espeso cabello de la anciana Annuluk, la vieja abuela, la vieja bruja que es la mismísima Tierra. Y fue precisamente en esta tierra donde una vez vivió un hombre, un hombre tan solitario que, con el paso de los años, las lágrimas habían labrado unos profundos surcos en sus mejillas.

Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no encontró nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron, llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó ver en la parte superior de aquella roca un movimiento extremadamente delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y observó que en lo alto de la impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía amigos humanos más que en su recuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y hermosos.

Eran tan bellas que el hombre permaneció embobado en su embarcación acariciada por el agua que lo iba acercando cada vez más a la roca, Oía las risas de las soberbias mujeres, o eso le parecía; ¿o acaso era el agua la que se reía alrededor de la roca? El hombre estaba confuso y aturdido, pero, aun así, la soledad que pesaba sobre su pecho como un pellejo mojado se disipó y, casi sin pensar, como si eso fuera lo que tuviera que hacer, el hombre saltó a la roca y robó una de las pieles de foca que allí había. Se ocultó detrás de una formación rocosa y escondió la piel de foca en suqutnguq, su parka.

Muy pronto una de las mujeres llamó con una voz que era casi lo más bello que el hombre jamás en su vida hubiera escuchado, como los gritos de las ballenas al amanecer, no, quizá como los lobeznos recién nacidos que bajaban rodando por la pendiente en primavera o, pero no, era algo mucho mejor que todo eso, aunque, en realidad, daba igual porque, ¿qué estaban haciendo ahora las mujeres?

Pues ni más ni menos que cubrirse con sus pieles de foca y deslizarse una a una hacia el mar entre alegres gritos de felicidad.

Todas menos una. La más alta de ellas buscaba por todas partes su piel de foca, pero no había manera de encontrarla. El hombre se armó de valor sin saber por qué. Salió de detrás de la roca y llamó a la mujer.

—Mujer.. sé… mi… esposa. Soy.. un hombre… solitario.

—No puedo ser tu mujer —le contestó ella—, yo soy de las otras, de las que viven temeqvanek, debajo.

—Sé… mi… esposa —insistió el hombre—. Dentro de siete veranos te devolveré tu piel de foca y podrás irte o quedarte, como tú prefieras.

La joven foca le miró largo rato a la cara con unos ojos que, de no haber sido por sus verdaderos orígenes, hubieran podido parecer humanos, y le dijo a regañadientes:

—Iré contigo. Pasados los siete veranos, tomaré una decisión.

Así pues, a su debido tiempo tuvieron un hijo al que llamaron Ooruk. El niño era ágil y gordo. En invierno su madre le contaba a Ooruk cuentos acerca de las criaturas que vivían bajo el mar mientras su padre cortaba en pedazos un oso o un lobo con su largo cuchillo. Cuando la madre llevaba al niño Ooruk a la cama le mostraba las nubes del cielo y todas sus formas a través de la abertura para la salida del humo. Sólo que, en lugar de hablarle de las formas del cuervo, el oso y el lobo, le contaba historias de la morsa, la ballena, la foca y el salmón… pues ésas eran las criaturas que ella conocía.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la carne de la madre empezó a secarse. Primero se le formaron escamas y después grietas. La piel de los párpados empezó a desprenderse. Los cabellos de la cabeza se le empezaron a caer al suelo. Se volvió naluaq, de un blanco palidísimo. Su gordura empezó a marchitarse. Trató de disimular su cojera. Cada día, y sin que ella lo quisiera, sus ojos se iban apagando. Empezó a extender la mano para buscar a tientas el camino, pues se le estaba nublando la vista.

Y llegó una noche en que unos gritos despertaron al niño Ooruk y éste se incorporó en la cama, envuelto en sus pieles de dormir. Oyó un rugido como el de un oso, pero era su padre regañando a su madre. oyó un llanto como de plata restregada contra la piedra, pero era su madre.

—Me escondiste la piel de foca hace siete largos años y ahora se acerca el octavo invierno. Quiero que me devuelvas aquello de lo que estoy hecha —gritó la mujer foca.

—Pero tú me abandonarías si te la diera, mujer —tronó el marido.

—No sé lo que haría. Sólo sé que necesito lo que me corresponde.

—Me dejarías sin esposa y dejarías huérfano de madre al niño. Eres mala.

Dicho lo cual, el marido apartó a un lado el faldón de cuero de la entrada y se perdió en la noche.

El niño quería mucho a su madre. Temía perderla y se durmió llorando… hasta que el viento lo despertó. Era un viento muy raro… y parecía llamarlo, “Oooruk, Oooruuuuk”.

Saltó de la cama tan precipitadamente que se puso la parka al revés y se subió las botas de piel de foca sólo hasta media pierna. Al oír su nombre una y otra vez, salió a toda prisa a la noche estrellada.

—Oooooooruuuuk.

El niño se dirigió corriendo al acantilado que miraba al agua y allí, en medio del mar agitado por el viento, vio una enorme y peluda foca plateada… la cabeza era muy grande, los bigotes le caían hasta el pecho y los ojos eran de un intenso color amarillo.

—Oooooooruuuuk.

El niño bajó del acantilado y, al llegar abajo, tropezó con una piedra —mejor dicho, un bulto— que había caído rodando desde una hendidura de la roca. Los cabellos de su cabeza le azotaban el rostro cual si fueran mil riendas de hielo.

—Oooooooruuuuk.

El niño rascó el bulto para abrirlo y lo sacudió… era la piel de foca de su madre. Percibió el olor de su madre. Mientras se acercaba la piel de foca al rostro y aspiraba el perfume, el alma de su madre lo azotó cual si fuera un repentino viento estival.

—Oooh —exclamó con una mezcla de pena y alegría, acercando de nuevo la piel a su rostro. Una vez más el alma de su madre la traspasó.

—Oooh —volvió a exclamar, rebosante de infinito amor por su madre.

Y, a lo lejos, la vieja foca plateada… se hundió lentamente bajo el agua.

El niño saltó de la roca y regresó a toda prisa a casa con la piel de foca volando a su espalda y cayó al suelo al entrar. Su madre lo levantó junto con la piel de foca y cerró los ojos agradecida por haberlos recuperado a los dos sanos y salvos. Después se puso la piel de foca.

—¡Oh, madre, no lo hagas! —le suplicó el niño.

Ella lo levantó del suelo, se lo colocó bajo el brazo y se fue medio corriendo y medio tropezando hacia el rugiente mar.

—¡Oh, madre! ¡No! ¡No me dejes! —gritó Ooruk.

Y, de repente, pareció que la madre quería quedarse junto a su hijo, pero algo la llamaba, algo más viejo que ella, más viejo que él, más viejo que el tiempo.

—Oh, madre, no, no, no —gritó el niño.

Ella se volvió a mirarle con unos ojos rebosantes de inmenso amor. Tomó el rostro del niño entre sus manos e infundió su dulce aliento en sus pulmones una, dos, tres veces. Después, llevándolo bajo el brazo como si fuera un valioso fardo, se zambulló en el mar y se hundió cada vez más en él. La mujer foca y su hijo respiraban sin ninguna dificultad bajo el agua.

Ambos siguieron nadando cada vez más hondo hasta entrar en la ensenada submarina de las focas, en la que toda suerte de criaturas comían, cantaban, bailaban y hablaban. La gran foca macho plateada que había llamado a Ooruk desde el mar nocturno lo abrazó y lo llamó “nieto”.

—¿Cómo te fue allí arriba, hija mía? —preguntó la gran foca plateada.

La mujer foca apartó la mirada y contestó:

—Hice daño a un ser humano, a un hombre que lo dio todo para tenerme. Pero no puedo regresar junto a él, pues me convertiría en prisionera si lo hiciera.

—¿Y el niño? —preguntó la vieja foca—. ¿Y mi nieto? —continuó la vieja foca macho.

Lo dijo con tanto orgullo que hasta le tembló la voz.

—Tiene que regresar, padre. No puede quedarse aquí. Aún no ha llegado el momento de que esté aquí con nosotros.

Y se echó a llorar. Y juntos lloraron los dos.

Transcurrieron unos cuantos días y noches, siete para ser más exactos, durante los cuales el cabello y los ojos de la mujer foca recuperaron el brillo. Adquirió un precioso color oscuro, recobró la vista y las redondeces del cuerpo y pudo nadar sin ninguna dificultad. Pero llegó el día del regreso del niño a la tierra. Aquella noche el viejo abuelo foca y la hermosa madre del niño, nadaron flanqueando al niño. Regresaron subiendo cada vez más alto hasta llegar al mundo de arriba. Allí depositaron suavemente a Ooruk en la pedregosa orilla bajo la luz de la luna.

Su madre le aseguró:

—Yo estoy siempre contigo. Te bastará con tocar lo que yo haya tocado, mis palillos de encender el fuego, mi ulu, cuchillo, mis nutrias y mis focas labradas en piedra para que yo infunda en tus pulmones un aliento que te permita cantar tus canciones.

La vieja foca macho y su hija besaron varias veces al niño. Al final, se apartaron de él y se adentraron nadando en el mar. Tras mirar por última vez al niño, desaparecieron bajo las aguas. Y Ooruk se quedó porque todavía no había llegado su hora.

Con el paso del tiempo el niño se convirtió en un gran cantor e inventor de cuentos que, además, tocaba muy bien el tambor y decía la gente que todo se debía a que de pequeño había sobrevivido a la experiencia de ser transportado al mar por los grandes espíritus de las focas. Ahora, en medio de las grises brumas matinales, se le puede ver algunas veces con su kayak amarrado, arrodillado en cierta roca del mar, hablando al parecer con cierta foca que a menudo se acerca a la orilla. Aunque muchos han intentado cazarla, han fracasado una y otra vez. La llaman Tanqigcaq, la resplandeciente, la sagrada, y dicen que, a pesar de ser una foca, sus ojos son capaces de reproducir las miradas humanas, aquellas sabias, salvajes y amorosas miradas.

sábado, 28 de julio de 2012

Los Fantasmas que Jugaban a la Pelota

"Los fantasmas que jugaban a la pelota" es una leyenda irlandesa, celta más bien, y que llegó a nuestra época gracias al boca en boca.
Dicen que la lección detrás de este relato es que no se debe retener el dinero de quien lo gana trabajosamente... y no quiero politizar pero no creo que los gobernantes hayan leído este cuento cuando eran pequeños :D


Los Fantasmas que Jugaban a la Pelota

En cierta ocasión, Jack, hijo de una pobre viuda, estaba buscando trabajo y una noche de invierno, llegó a la casa de un acaudalado labrador, situada cerca de un castillo.

- Dios os guarde a todos - dijo Jack, al entrar - . ¿Podría recibir alojamiento por esta noche?
- Si, por cierto - dijo el labrador -. Y bienvenido seas, siempre que puedas dormir en una cómoda habitación de ese castillo vecino. Recibirás fuego y una vela y lo que quiera de beber. Y, si estás vivo por la mañana, te daré diez guineas.
- Lo estaré, siempre que no mandes a alguien a que me mate.
- A nadie mandaré, no temas. Ese sitio está embrujado desde la muerte de mi padre y tres o cuatro personas que durmieron en ese aposento fueron halladas muertas a la mañana siguiente. Si logras expulsar a los espíritus, te daré una buena chacra y a mi hija en matrimonio, en el caso de que os agradéis mutuamente lo bastante para casaros.
- No necesitas repetírmelo. Tengo una conciencia bastante limpia y no le temo a espíritu maligno alguno que huela a azufre.

El joven obtuvo su cena y luego lo acompañaron al viejo castillo y lo condujeron a una gran cocina, donde crepitaba el fuego en la parrilla y había una mesa, con una botella y un vaso y una jarra de ponche y la marmita pronta en la repisa interior del hogar. Le desearon las buenas noches y se marcharon con tanta prisa como si el diablo les pisara los talones.

<<Bueno - pensó Jack -. Si hay algún peligro, este devocionario me será más útil que el vaso o la jarra>>

De modo que se arrodilló y leyó una sarta de plegarias y luego se sentó junto al fuego y esperó lo que fuera.

Al cuarto de hora, poco más o menos, oyó a alguien que golpeaba en el piso del aposento que daba sobre el suyo, hasta que se abrió un boquete en el cielo raso. Entonces, los golpes cesaron y una voz gritó:

- ¡Me caigo, me caigo!
- Cáete - dijo Jack.

Y sobre el piso de la cocina cayeron un par de piernas. Ambas se encaminaron hacia un extremo del aposento y se detuvieron allí, y el cabello de Jack quedó tan rígido del susto como ellas.

Luego se oyeron nuevos crujidos y golpes en el boquete y se cambiaron las mismas palabras entre aquello que estaba arriba y Jack, y cayó el tronco de un hombre, que se fue a posar sobre todo aquel hombre, con hebillas en los zapatos y polainas y gran chaleco con solapas y tricornio se irguió en un rincón del aposento. Otros dos hombres, vestidos más a la antigua que el primero, no tardaron en aparecer en otros dos rincones. Jack, en el primer momento, se sintió algo acobardado, pero su valor fue creciendo y, aunque parezca inverosímil, los tres viejos caballeros comenzaron a darle puntapiés a una pelota con toda la rapidez posible, jugando el hombre del tricornio contra los otros dos.

- Me gusta el juego limpio - dijo Jack, con toda la audacia que pudo. Pero el terror lo dominaba y las palabras que iba a agregar brotaron de él como si despertara sobresaltado de un sueño -. De modo que lo ayudaré, señor, y seremos dos contra dos.

Y Jack intervino en el partido y dio puntapiés y más puntapiés hasta que se le empapó la camisa de transpiración, con perdón sea dicho, mientras la pelota saltaba de un rincón a otro del aposento con el estruendo del trueno, pese a que, con todo eso, no se había cambiado una sola palabra.

Finalmente comenzó a amanecer, y el pobre Jack estaba mortalmente cansado, y le pareció, a juzgar por la forma como empezaban a mirarlo los tres fantasmas y a mirarse entre sí, que querían hablarle.

De manera que dijo:

- Caballeros... Ya que hemos terminado el partido, o poco menos, y he hecho todo lo posible por complaceros, ¿tendríais la bondand de decirme por qué venís aquí noche tras noche y cómo podría yo daros descanso, si es eso lo que os hace falta?

- Has dicho las más sabias palabras de tu vida - replicó el fantasma del tricornio -. Algunos de los que te precedieron tuvieron suficiente valor para intervenir en nuestro juego, pero ninguno tuvo la suficiente misnach (energía) para hablarnos. Yo soy el padre del buen hombre de la casa vecina, ese caballero del rincón izquierdo es mi padre y el hombre sentado a mi derecha es mi abuelo. De padres a hijos, nos gustaba demasiado el dinero. Lo prestábamos a un interés diez veces superior al honesto; nunca pagamos una deuda que pudiéramos rehuir y poco nos faltó para matar de hambre a nuestros arrendatarios y obreros. Aquí puedes ver - y el fantasma sacó una gran gaveta del muro - el oro y los billetes de banco que acumulamos, y no tenemos derecho, legítimamente, ni a la mitad. Y aquí - dijo abriendo otra gaveta - hay cuentas y documentos que indican quiénes son los perjudicados y quiénes tienen derecho a que se les restituya una buena cantidad. Dile a mi hijo que ensille dos de sus mejores caballos para sí y para ti mismo y recorred la comarca día y noche, hasta resarcir a todos los hombres y mujeres a quienes hemos perjudicado. Hecho esto, vuelve aquí alguna noche, y si no ves ni oyes cosa alguna, será señal de que nos hemos sosegado y podrás casarte con mi nieta cuando quieras.

Apenas hubo dicho estas palabras su interlocutor, Jack pudo ver la pared a través del cuerpo del fantasma y cuando hubo parpadeado para despejar su vista, la cocina quedó tan vacía como un cubo invertido. En ese preciso instante, el labrador y su hija alzaron el pestillo y ambos cayeron de rodillas al ver vivo a Jack. Éste les contó rápidamente lo ocurrido y por espacio de tres días con sus noches, él y el labrador recorrieron la comarca a caballo, hasta que no quedó una sola persona sin ser resarcida hasta el último penique. 

Cuando Jack volvió a pasar una noche en la cocina, se quedó dormido antes de haberse pasado un cuarto de hora delante del fuego, y en sueños le pareció ver a tres pájaros blancos que se remontaban al cielo desde el campanario de la iglesia próxima.

Jack obtuvo a la hija del labrador por esposa y ambos vivieron cómodamente en el viejo castillo, y cuando Jack se veía tentado alguna vez de atesorar oro o retener por un momento la guinea o el chelín del hombre que los ganaba trabajosamente, le bastaba con recordar a los fantasmas y el partido de pelota.