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lunes, 14 de diciembre de 2015

Loreley, la sirena del Rhin - Leyenda germánica y poema de Heinrich Heine

Para variar un poco, voy a mechar los capítulos de "El profeta" con la siguiente leyenda germánica. Oí hablar de Loreley ayer en un programa de televisión. Antes de eso, para mí era sólo un nombre. Así que busqué la leyenda en internet. 
El risco Lorelei o Loreley se encuentra en Alemania. Más precisamente a orillas del Rhin cerca de St. Goarshausen. En esa zona el Rhin es tan peligroso para ser navegado que inevitablemente surgió una leyenda para justificar los naufragios. Según la leyenda local, una sirena habita en el risco y se trataría de Lore-Ley, aquella mujer que hoy, en forma de estatua, peina eternamente sus cabellos. 
Existen varias versiones de la leyenda. En algún lugar leí que el amante era Ronald. En fin, los invito a leer esta e investigar el resto por si mismos.
Además de la leyenda, encontré un poema de Heinrich Heini inspirado en ella que también quiero compartir con ustedes tanto en español como en alemán. Heinrich Heine fue un poeta alemán nacido en 1797. Falleció en 1856. Y es uno de los representantes del romanticismo alemán.
Y de yapa va también la traducción al inglés realizada por Mark Twain.
He aquí la historia



La joven del Lorelei
(Obtenido de: twistedbaum, traducción del autor de dicho blog)

Ocurrió que antiguamente vivían incontables jóvenes del agua a los pies del Lorelei, donde la orilla del Rin se fundía con prados eternamente verdes y tupidos bosques, y de cuyas susurrantes aguas se asomaban los brillantes palacios de las muchachas.

Sin embargo, un día, llegaron al río los primeros hombres. Comenzaron a labrar los prados y a cortar los árboles para sus casas y barcos. Pronto, los barcos y botes inundaron las corrientes acuáticas, dejando a las jóvenes tan solo la posibilidad de observar con tristeza cómo moría su hogar. Así sucedió que un día decidieron abandonar el Lorelei. Sus ostentosos palacios se hundieron en el río y pronto se convirtieron en una vaga leyenda en el recuerdo de los hombres.

Únicamente una de ellas no pudo separarse de aquel amado lugar. Soportaba el ruido de los hombres y con frecuencia se sentaba con los pies colgando sobre el acantilado mientras se peinaba su radiante cabello mientras el sol se ponía. Allí pensaba en el pasado y en sus queridas hermanas, que habían huido para encontrar otro hogar. Con su melancólico canto enviaba a través de las olas del Rin un abrazo a sus hermanas. El hecho de que los marineros estrellaran sus barcos contra el acantilado al escucharla cantar no le importaba. En realidad, no malgastaba ni un solo pensamiento en aquellos intrusos al pie de la montaña.

Sin embargo acotenció que, en tiempos de la Edad Media, un joven caballero, hijo del conde de Renania-Palatinado, tomó la decisión de ascender el Lorelei para contemplar en persona el rostro de la joven. Tener que derrotar a los peligrosos remolinos del Rin antes de poder escalar la montaña no consiguió desanimarlo. Al contrario, le incitó a hacerlo aún más. Y así llegó el día en el que junto a su doncel se montó en un bote y se pusieron en camino.

– ¡Dejadme ver al señor conde! – gritó el doncel Philipp.- ¡Es de suma importancia!

– No, estáis mojado y despedís un horrible olor, por lo que no puedo permitiros de ninguna manera que entréis en los aposentos del conde. ¡Id a adecentaros primero! – respondió el criado del viejo conde a Philipp, que temblaba.- Entonces podréis volver.

– ¡Pero es de la máxima importancia! Sería perder un tiempo innecesario si fuera a cambiarme.

El criado negó con la cabeza nuevamente.

– ¡No! No hay nada de tan suma importancia como para que os permita entrar de esta guisa en sus aposentos. Además, debo preguntarle a su Excelencia, si le resulta agradable vuestra visita en este momento.

– ¡Entonces entrad y anunciadme de una vez! Desperdiciáis un tiempo valioso con este parloteo.

– Os anunciaré cuando tengáis una apariencia respetable.

Phlipp apartó al criado y apoyó una mano sobre el pomo de la puerta.

– Entonces entraré en los aposentos del conde sin ser anunciado.

– ¡Cómo osáis! – aulló el criado furioso y agarró asqueado las ropas mojadas del doncel.- ¡Marchaos de aquí ahora mismo! Si no llamaré a la guardia y os encerraré en los calabozos.

Philipp agarró al criado por las ropas y lo empujó contra la pared.

– No voy a permitir que me detengas…

Justo en ese momento se abrieron las puertas de los aposentos y de ahí surgió el furioso semblante del conde.

– ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo este ruido? ¿Y qué haces con mi criado? ¡Suéltalo inmediatamente!

– Disculpad, Excelencia -se apresuró a responder Philipp soltando al criado.

– No era nada grave -gruñó este mientras se arreglaba los ropajes.- Tan solo un pequeño malentendido.- El señor Knappe ya se iba.

– ¡No, Excelencia! -gritó Philipp abriéndose paso hacia el conde.- Disculpad mi apariencia y mis modales, pero vengo en posesión de un importante mensaje para vos. ¡Es sobre vuestro hijo!

El conde se alejó de la puerta y observó a Philipp de arriba abajo.

– ¿Qué tienes que contarme? ¿Qué hay sobre mi hijo?

– ¡Ha desaparecido!

– ¿Qué?

Philipp tembló ante la dura mirada del conde, avergonzado.

– Sí -susurró-, hoy a mediodía fuimos en barca hasta la ropa del Lorelei, pues vuestro hijo deseaba posar sus ojos sobre la joven que allí habita. Vuestro hijo sabía que cada día al caer la tarde se peina sus cabellos a la luz del sol.

– ¿Cruzasteis el río en ese cascarón de nuez, a pesar de las peligrosas corrientes que lo gobiernan?

– Vuestro hijo parecía poseído por tal pensamiento. Intenté disuadirlo de tan arriesgada empresa, pero no me escuchó.

– ¡Continuad!

– Cuando alcanzamos la base de la roca, la mujer comenzó a cantar. Su voz era embriagadora. Debimos de despistarnos durante un momento, pues de repente nuestro bote se vio arrastrado por la poderosa fuerza de las olas y se estrelló contra el arrecife. Yo fui arrojado a un saliente de la roja y no pude sino mirar con impotencia mientras vuestro hijo se hundía en el río. ¡Intenté alcanzarle, pero no fui capaz! Desapareció en las profundidades del agua y no salió a la superficie. Grité pidiendo auxilio y un pescador se acercó. Con su barca buscamos al señor, pero fue en vano.

– ¡No! -gritó el conde y levantó a Philipp por el cuello de la camisa.- ¡Eso no puede ser! ¡Seguro que ha aparecido en alguna orilla! ¡Como vos! ¡Debemos comenzar la búsqueda enseguida!

– No -suspiró Philipp mientras bajaba la cabeza ante el rostro desfigurado por el dolor del conde.- De verdad que hemos buscado por todas partes, mi señor. Se ha perdido en las aguas del río.

El conde lo soltó y profirió un terrible grito.

– ¡Eso no puede ser! ¡No es cierto! ¡Mi hijo no!

Atraídos por los gritos del conde, comenzaron a aparecer criados por el corredor.

– ¡Convocad a todos los caballeros y mozos de cuadra! ¡Partimos en busca de mi hijo! Y si no lo encontramos, atraparemos a la bruja. ¡Pagará por su crimen! -y con estas palabras, se volvió hacia Philipp-. Y vos encabezaréis a los hombres y les mostraréis el camino.

El joven asintió con la cabeza y se apresuró a cambiarse de ropas, tras lo cual se puso en marcha.

En ese momento se encontraba la joven sirena en la cima del acantilado y dejaba deslizarse sus ojos calladamente sobre la tormenta. Esta fue aprovechada por los hombres para llegar con sus botes hasta las orillas del Lorelei. El dolor del conde les dominaba, y así fue como se atrevieron a llegar allí donde ningún otro hombre había llegado antes. El primero en llegar a la cima fue Philipp, y al ver a la joven sentada al borde del acantilado exclamó:

– ¡Ahí está! Agarradla y tiradla al río! ¡Se merece perecer ahogada como nuestro joven señor!

Acababa de terminar de hablar cuando la sirena volvió la cabeza encantadoramente y se levantó de su asiento, al mismo tiempo que se llevaba la mano al cuello y se descolgaba un collar de perlas, que lanzó al Rin. Acto seguido, extendió los brazos en forma de cruz y llamó al Rin con su hermosa y embriagadora voz:

– ¡Corriendo, padre mío, corriendo!

¡Mandad vuestros corceles blancos!

¡Que cabalguen sobre olas y viento!

Apenas acababa de callar cuando emergieron del Rin dos olas de enorme tamaño. Los atemorizados hombres huyeron de la montaña en la dirección contraria, por miedo a ahogarse. Philipp permaneció en su lugar, clavado como una piedra, observando masa espumosa que se arremolinaba frente a él y que se iba convirtiendo en plateados corceles. Incapaz de moverse, vio cómo la joven sirena se montaba sobre una de los caballos y saltaba hacia las aguas del Rin, no sin antes dirigirle una corta mirada al doncel.

Acerca de cómo se tomó el conde la desaparición de la sirena y de qué fue del valiente doncel Philipp, la leyenda no nos arroja ninguna luz. Tan solo ha llegado a nuestros días que no se volvió a ver sobre el acantilado a la sirena del Lorelei.





Loreley 
(Traducción obtenida de Mundo ancho y ajeno)

No sé qué significa
Que yo esté tan triste;
Un cuento de los viejos tiempos
No consigo entenderlo.

El aire está frío y obscuro
Y tranquilo fluye el Rin;
La cima de la montaña brilla
En la luz del atardecer.

La más hermosa joven está sentada
Allá arriba, maravillosa;
Sus joyas de oro brillan,
Se peina su cabello dorado.

Se peina con peine dorado
Y canta ahí una canción;
Tiene una maravillosa,
Poderosa melodía.

El barquero en su pequeño barco
La escucha con honda pena;
No ve el arrecife de piedras
El mira únicamente hacia lo alto.

Yo creo, las olas devoran
Al final pescador y barco;
Y eso ha hecho con su canto
La Loreley.



Die Lore-Ley
(Alemán)

Ich weiß nicht was soll es bedeuten,
Dass ich so traurig bin;
Ein Märchen aus alten Zeiten,
Das kommt mir nicht aus dem Sinn.

Die Luft ist kühl und es dunkelt,
Und ruhig fließt der Rhein;
Der Gipfel des Berges funkelt
Im Abendsonnenschein.

Die schönste Jungfrau sitzet
Dort oben wunderbar;
Ihr goldnes Geschmeide blitzet,
Sie kämmt ihr goldenes Haar.

Sie kämmt es mit goldenem Kamme
Und singt ein Lied dabei;
Das hat eine wundersame,
Gewaltige Melodei.

Den Schiffer im kleinen Schiffe
Ergreift es mit wildem Weh;
Er schaut nicht die Felsenriffe,
Er schaut nur hinauf in die Höh.

Ich glaube, die Wellen verschlingen
Am Ende Schiffer und Kahn;
Und das hat mit ihrem Singen
Die Lore-Ley getan.


viernes, 21 de agosto de 2015

Piel de foca, piel del alma. Clarissa Pinkola Estés

Hace muchos años, leí una versión de este cuento de hadas o leyenda celta. Luego vi una peli, creo que escocesa, que se basaba en él y había una niña con ojos de foca... creo era una niña... no recuerdo bien...ocurría en un pueblo de pescadores... que aparecían los Selkies, seres con piel de foca que podían tomar forma humana.
Cuestión que siempre lo tuve presente y como hace poco una lectora del blog me pedía más cuentos de los que aparecen en "Mujeres que corren con lobos", va hoy "Piel de foca", versión de Clarissa Pinkola Estes.



PIEL DE FOCA


En una época pasada que ahora ya desapareció para siempre y que muy pronto regresará, día tras día se suceden el blanco cielo, la blanca nieve, y todas las minúsculas manchas que se ven en la distancia son personas, perros u osos.

Aquí nada prospera gratis. Los vientos soplan con tal fuerza que ahora la gente se pone deliberadamente del revés las parkas y las mamleks, las botas. Aquí las palabras se congelan en el aire y las frases se tienen que romper en los labios del que habla y fundir a la vera del fuego para que la gente pueda comprender lo que ha dicho. Aquí la gente vive en el blanco y espeso cabello de la anciana Annuluk, la vieja abuela, la vieja bruja que es la mismísima Tierra. Y fue precisamente en esta tierra donde una vez vivió un hombre, un hombre tan solitario que, con el paso de los años, las lágrimas habían labrado unos profundos surcos en sus mejillas.

Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no encontró nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron, llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó ver en la parte superior de aquella roca un movimiento extremadamente delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y observó que en lo alto de la impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía amigos humanos más que en su recuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y hermosos.

Eran tan bellas que el hombre permaneció embobado en su embarcación acariciada por el agua que lo iba acercando cada vez más a la roca, Oía las risas de las soberbias mujeres, o eso le parecía; ¿o acaso era el agua la que se reía alrededor de la roca? El hombre estaba confuso y aturdido, pero, aun así, la soledad que pesaba sobre su pecho como un pellejo mojado se disipó y, casi sin pensar, como si eso fuera lo que tuviera que hacer, el hombre saltó a la roca y robó una de las pieles de foca que allí había. Se ocultó detrás de una formación rocosa y escondió la piel de foca en suqutnguq, su parka.

Muy pronto una de las mujeres llamó con una voz que era casi lo más bello que el hombre jamás en su vida hubiera escuchado, como los gritos de las ballenas al amanecer, no, quizá como los lobeznos recién nacidos que bajaban rodando por la pendiente en primavera o, pero no, era algo mucho mejor que todo eso, aunque, en realidad, daba igual porque, ¿qué estaban haciendo ahora las mujeres?

Pues ni más ni menos que cubrirse con sus pieles de foca y deslizarse una a una hacia el mar entre alegres gritos de felicidad.

Todas menos una. La más alta de ellas buscaba por todas partes su piel de foca, pero no había manera de encontrarla. El hombre se armó de valor sin saber por qué. Salió de detrás de la roca y llamó a la mujer.

—Mujer.. sé… mi… esposa. Soy.. un hombre… solitario.

—No puedo ser tu mujer —le contestó ella—, yo soy de las otras, de las que viven temeqvanek, debajo.

—Sé… mi… esposa —insistió el hombre—. Dentro de siete veranos te devolveré tu piel de foca y podrás irte o quedarte, como tú prefieras.

La joven foca le miró largo rato a la cara con unos ojos que, de no haber sido por sus verdaderos orígenes, hubieran podido parecer humanos, y le dijo a regañadientes:

—Iré contigo. Pasados los siete veranos, tomaré una decisión.

Así pues, a su debido tiempo tuvieron un hijo al que llamaron Ooruk. El niño era ágil y gordo. En invierno su madre le contaba a Ooruk cuentos acerca de las criaturas que vivían bajo el mar mientras su padre cortaba en pedazos un oso o un lobo con su largo cuchillo. Cuando la madre llevaba al niño Ooruk a la cama le mostraba las nubes del cielo y todas sus formas a través de la abertura para la salida del humo. Sólo que, en lugar de hablarle de las formas del cuervo, el oso y el lobo, le contaba historias de la morsa, la ballena, la foca y el salmón… pues ésas eran las criaturas que ella conocía.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la carne de la madre empezó a secarse. Primero se le formaron escamas y después grietas. La piel de los párpados empezó a desprenderse. Los cabellos de la cabeza se le empezaron a caer al suelo. Se volvió naluaq, de un blanco palidísimo. Su gordura empezó a marchitarse. Trató de disimular su cojera. Cada día, y sin que ella lo quisiera, sus ojos se iban apagando. Empezó a extender la mano para buscar a tientas el camino, pues se le estaba nublando la vista.

Y llegó una noche en que unos gritos despertaron al niño Ooruk y éste se incorporó en la cama, envuelto en sus pieles de dormir. Oyó un rugido como el de un oso, pero era su padre regañando a su madre. oyó un llanto como de plata restregada contra la piedra, pero era su madre.

—Me escondiste la piel de foca hace siete largos años y ahora se acerca el octavo invierno. Quiero que me devuelvas aquello de lo que estoy hecha —gritó la mujer foca.

—Pero tú me abandonarías si te la diera, mujer —tronó el marido.

—No sé lo que haría. Sólo sé que necesito lo que me corresponde.

—Me dejarías sin esposa y dejarías huérfano de madre al niño. Eres mala.

Dicho lo cual, el marido apartó a un lado el faldón de cuero de la entrada y se perdió en la noche.

El niño quería mucho a su madre. Temía perderla y se durmió llorando… hasta que el viento lo despertó. Era un viento muy raro… y parecía llamarlo, “Oooruk, Oooruuuuk”.

Saltó de la cama tan precipitadamente que se puso la parka al revés y se subió las botas de piel de foca sólo hasta media pierna. Al oír su nombre una y otra vez, salió a toda prisa a la noche estrellada.

—Oooooooruuuuk.

El niño se dirigió corriendo al acantilado que miraba al agua y allí, en medio del mar agitado por el viento, vio una enorme y peluda foca plateada… la cabeza era muy grande, los bigotes le caían hasta el pecho y los ojos eran de un intenso color amarillo.

—Oooooooruuuuk.

El niño bajó del acantilado y, al llegar abajo, tropezó con una piedra —mejor dicho, un bulto— que había caído rodando desde una hendidura de la roca. Los cabellos de su cabeza le azotaban el rostro cual si fueran mil riendas de hielo.

—Oooooooruuuuk.

El niño rascó el bulto para abrirlo y lo sacudió… era la piel de foca de su madre. Percibió el olor de su madre. Mientras se acercaba la piel de foca al rostro y aspiraba el perfume, el alma de su madre lo azotó cual si fuera un repentino viento estival.

—Oooh —exclamó con una mezcla de pena y alegría, acercando de nuevo la piel a su rostro. Una vez más el alma de su madre la traspasó.

—Oooh —volvió a exclamar, rebosante de infinito amor por su madre.

Y, a lo lejos, la vieja foca plateada… se hundió lentamente bajo el agua.

El niño saltó de la roca y regresó a toda prisa a casa con la piel de foca volando a su espalda y cayó al suelo al entrar. Su madre lo levantó junto con la piel de foca y cerró los ojos agradecida por haberlos recuperado a los dos sanos y salvos. Después se puso la piel de foca.

—¡Oh, madre, no lo hagas! —le suplicó el niño.

Ella lo levantó del suelo, se lo colocó bajo el brazo y se fue medio corriendo y medio tropezando hacia el rugiente mar.

—¡Oh, madre! ¡No! ¡No me dejes! —gritó Ooruk.

Y, de repente, pareció que la madre quería quedarse junto a su hijo, pero algo la llamaba, algo más viejo que ella, más viejo que él, más viejo que el tiempo.

—Oh, madre, no, no, no —gritó el niño.

Ella se volvió a mirarle con unos ojos rebosantes de inmenso amor. Tomó el rostro del niño entre sus manos e infundió su dulce aliento en sus pulmones una, dos, tres veces. Después, llevándolo bajo el brazo como si fuera un valioso fardo, se zambulló en el mar y se hundió cada vez más en él. La mujer foca y su hijo respiraban sin ninguna dificultad bajo el agua.

Ambos siguieron nadando cada vez más hondo hasta entrar en la ensenada submarina de las focas, en la que toda suerte de criaturas comían, cantaban, bailaban y hablaban. La gran foca macho plateada que había llamado a Ooruk desde el mar nocturno lo abrazó y lo llamó “nieto”.

—¿Cómo te fue allí arriba, hija mía? —preguntó la gran foca plateada.

La mujer foca apartó la mirada y contestó:

—Hice daño a un ser humano, a un hombre que lo dio todo para tenerme. Pero no puedo regresar junto a él, pues me convertiría en prisionera si lo hiciera.

—¿Y el niño? —preguntó la vieja foca—. ¿Y mi nieto? —continuó la vieja foca macho.

Lo dijo con tanto orgullo que hasta le tembló la voz.

—Tiene que regresar, padre. No puede quedarse aquí. Aún no ha llegado el momento de que esté aquí con nosotros.

Y se echó a llorar. Y juntos lloraron los dos.

Transcurrieron unos cuantos días y noches, siete para ser más exactos, durante los cuales el cabello y los ojos de la mujer foca recuperaron el brillo. Adquirió un precioso color oscuro, recobró la vista y las redondeces del cuerpo y pudo nadar sin ninguna dificultad. Pero llegó el día del regreso del niño a la tierra. Aquella noche el viejo abuelo foca y la hermosa madre del niño, nadaron flanqueando al niño. Regresaron subiendo cada vez más alto hasta llegar al mundo de arriba. Allí depositaron suavemente a Ooruk en la pedregosa orilla bajo la luz de la luna.

Su madre le aseguró:

—Yo estoy siempre contigo. Te bastará con tocar lo que yo haya tocado, mis palillos de encender el fuego, mi ulu, cuchillo, mis nutrias y mis focas labradas en piedra para que yo infunda en tus pulmones un aliento que te permita cantar tus canciones.

La vieja foca macho y su hija besaron varias veces al niño. Al final, se apartaron de él y se adentraron nadando en el mar. Tras mirar por última vez al niño, desaparecieron bajo las aguas. Y Ooruk se quedó porque todavía no había llegado su hora.

Con el paso del tiempo el niño se convirtió en un gran cantor e inventor de cuentos que, además, tocaba muy bien el tambor y decía la gente que todo se debía a que de pequeño había sobrevivido a la experiencia de ser transportado al mar por los grandes espíritus de las focas. Ahora, en medio de las grises brumas matinales, se le puede ver algunas veces con su kayak amarrado, arrodillado en cierta roca del mar, hablando al parecer con cierta foca que a menudo se acerca a la orilla. Aunque muchos han intentado cazarla, han fracasado una y otra vez. La llaman Tanqigcaq, la resplandeciente, la sagrada, y dicen que, a pesar de ser una foca, sus ojos son capaces de reproducir las miradas humanas, aquellas sabias, salvajes y amorosas miradas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Tokjuaj y la lluvia

Llueve, llueve, llueve y hace mucho que no subo nada al blog...Vamos con una leyenda Wichi :D
La versión que encontré es la de Miguel Angel Palermo - ya leímos leyendas de otras comunidades adaptadas por él.
 Los Wichi son una comunidad indígena que habita el chaco argentino y boliviano. Rendían - o rinden - culto a los seres de la naturaleza y a un ser que consideran superior: Tokjuaj, el equivalente a El´Al aquí en la patagonia.



Tokjuaj y la lluvia

Dicen que antes la Lluvia era un hombre, un hombre todo hecho de agua. Era de agua pero vivía en la tierra; por eso, todo estaba siempre bastante inundado. Un día, Lluvia hizo mucha cerveza de algarroba – de esa que en el Chaco llamamos aloja – y preparó una gran fiesta. Entre los invitados estaba Tokjuaj y – vaya uno a saber por qué, ya que era riquísimo – se apareció en la reunión vestido con ropa vieja, rota y sucia.

Lluvia era bastante cascarrabias y se ofendió mucho con él, porque lo tomó como un desprecio. Por eso lo insultó de arriba abajo. Tokjuaj, entonces, fue corriendo a su casa y se cambió.

¡Qué diferencia! 
Quedó muy elegante: todo vestido de negro, con sombrero aludo, pañuelo blanco de seda al cuello, camisa fina, cinto con monedas de plata y unas botas espléndidas, con espuelas de plata. Se miró en un charco y – muy contento con su elegancia – volvió a la fiesta.

Pero Lluvia era un tipo bastante especial y tampoco quedó conforme. Ahora se había puesto celoso de este Tokjuaj que llamaba la atención. Por eso, apenas lo vio distraído, le tiró un rayo, que le erró por poco y partió un árbol en dos.

Claro, a Tokjuaj esto no le gustó nada, así que buscó una rama de árbol, la convirtió en un rifle (¡cosas de sus poderes mágicos!), apuntó y le tiró dos balazos. Lluvia se asustó, montó en su mula y se escapó a galope tendido.

Por detrás de él iba Tokjuaj, a los tiros, haciendo saltar astillas de los troncos y salpicando agua de los charcos con sus balas.

Al fin, Lluvia se trepó a un árbol, con mula y todo, y desde la punta de la copa pegó un tremendo salto que lo hizo llegar hasta el cielo.

Allí se ha quedado desde entonces. Pero como sigue con miedo a Tokjuaj, no para un momento y va de acá para allá, montado en su mula mañera, que cada tanto patea, y eso son los truenos. Anda envuelto hasta la cabeza con su poncho de flecos larguísimos, que son los chorros de agua cuando llueve, y cada tanto asoma los ojos: así se forman los relámpagos, como reflejos de esa mirada terrible que tiene.

jueves, 31 de julio de 2014

La leyenda del Timbo - Varias versiones

En la última publicación, mencioné un cuento de Silvina Ocampo, "Timbó". Les conté que me resultó imposible hallarlo en internet y que ese y otros cuentos infantiles de la autora, faltaban en la recopilación "Cuentos completos"... Bien, fui a lo de mis padres y tenía razón: allí estaba aquel libro de mi infancia que lo contenía. Pero para compartir "Timbó" de Silvina Ocampo, antes me gustaría hablar sobre el Timbó... una leyenda que descubrí gracias al haber buscado ese otro cuento.
El timbó pertenece a la cultura guaraní y hay una serie de mitos a su alrededor. Pero, ¿qué es el Timbó? También llamado Pacará o Camba Nambi (oreja negra), es un árbol que simboliza el amor paternal. El recopilador de la leyenda fue Lázaro Flury en 1945 pero encontré varias versiones en internet, algunas más novelizadas que otras. Elegí dos además de la de Flury. 
Espero que les gusten.
Ah, acompañé los relatos con algunas imágenes del árbol... la imaginación del hombre es infinita.




Versión 1 - Lázaro Flury

El timbó es un árbol corpulento de hermosa forma, cuya parte superior se parece a una sombrilla abierta. Su madera es muy consistente y tiene la particularidad de no agrietarse ni astillarse. Su fruto es una baya negra, muy semejante a una oreja humana. Por eso los guaraníes le llaman cambá nambí ( oreja negra) . Este árbol tiene una hermosa leyenda.

Se dice que un cacique famoso llamado Saguáa, adoraba a su hija bella como el sol, llamada Tacuarée. Vivía por ella y para ella. Pero he aquí que un día Tacuarée se enamora de un cacique de una tribu lejana. Llevada por ese amor irresistible abandona a su padre para unirse al hombre amado. Sagnáa, desesperado, sale a buscada. Anda días y días entre la selva afrontando miles de peligros. Nada le arredra. Quiere encontrar a su hija amada. En el delirio de la desesperación cree escuchar sus pasos en la selva y aplica sus oídos sobre la tierra. Ese oído capaz de escuchar los más recónditos murmullos de la selva y descifrarlos. Pero nada puede escuchar y sigue andando y apoyando su oído a la tierra, con la esperanza postrera de oír los pasos de Tacuarée. Cuando ya sus fuerzas están agotadas, cae rendido, presa de una fiebre mortal. Y muere con el oído pegado a la tierra...

Mucho tiempo después, dos hombres de su tribu lo encuentran, pero cuando quieren levantar su cuerpo, notan que tiene una oreja. unida a la tierra donde ha echado raíces. Para arrancar el cuerpo deben cercenar la oreja; pero ésta ha echado raíces y da origen a una nueva planta que crece y se levanta majestuosa en la selva, y todas las primaveras brinda unas bayas negras en forma de oreja humana, recordando las orejas de indio. Es el timbó (cambá nambí) que simboliza el amor paternal.




Versión 2 - Adaptación de Susana C. Otero

Dicen que dicen .....que la hermosa Tacuareé era tan bella como en ramillete de orquídeas.

Saguaá, su padre era el cacique de esa comunidad, Tacuareé y Saguaá eran muy queridos en el lugar.

Padre e hija se amaban, pero Saguaá sentía devoción por la muchacha, él estaba orgulloso de ella y la protegía sobremanera, veía con buenos ojos a un guerrero que la cortejaba.

Pero en una de sus incursiones al monte, en busca de frutos silvestres la jovencita había conocido a un cazador que venía en busca de sustento a esas tierras desde lejos. Tacuareé y el cazador se enamoraron apasionadamente y su padre al conocer la noticia trato de oponerse, bien sabía el padre que la mujer debía seguir a su hombre, eso aterrorizaba al cacique, eso era lo que él jamás hubiese querido.

Saguaá a pesar de su pena, y de saber, que tal vez por muchas lunas no volvería a ver a su hija, se contentaba viéndola tan feliz e ilusionada, tanto que no pudo impedirle que partiese.

Con el transcurrir de los días, extrañaba oír la voz y la contagiosa risa de su amada hija. Sin embargo, solía contentarse pensando que a pesar de la distancia que los separaba, Tacuareé debía estar feliz junto a su amor.

Pasaron los días, las semanas, los meses y no tenía ninguna noticia de ella.

Era mal presagio. Saguaá se sentía desesperadamente solo y preocupado.

Una noche, Saguaá tuvo un sueño, una pesadilla, se despertó sobresaltado, angustiado, terriblemente abrumado, no perdió tiempo, Tacuareé estaba en peligro inminente, guiado por su terrible presentimiento y con la seguridad que su querida lo precisaba, partió llevando en su lliclla unas pocas provisiones, en busca de ella.

El camino era largo, el anciano caminó y caminó, estaba extenuado, pero con la terquedad de un padre que cree que su hija lo necesita, no se dejaba vencer. Al fin, llegó a las tierras donde su hija vivía, pero nada pudo encontrar allí, la comunidad había sido arrasada por algún enemigo al que Saguaá no conocía.

El cacique no se dio por vencido, si algo había aprendido en su larga vida era rastrear huellas, por ellas pudo saber que algunos integrantes de la comunidad habían sobrevivido, las huellas lo llevaban a adentrarse en el espeso monte.

A pesar que las raciones ya se le habían agotado, pensó que el monte le daría de comer, si sus fuerzas se lo permitían, si bien ya no gozaba de la agilidad de antaño, se las ingeniaría como siempre lo había hecho.

Las huellas se perdían en la espesura, Saguaá cada tanto apoyaba su oreja en tierra, él quería escuchar algo que lo llevase hasta su hija, más no fue capaz de escuchar ningún sonido humano, debilitadas sus fuerzas cada vez más, la continuó buscando por días y días, siempre con su oreja en tierra tratando de capturar algún indicio que lo llevara hasta ella.

Pasaron muchas lunas, al ver que el cacique no regresaba, los integrantes de su comunidad salieron en su búsqueda.

Después de mucho, fue encontrado sin vida y aún hincado con su oreja en tierra, pero algo misterioso había sucedido con su oreja, le habían crecido raíces y de ellas había brotado una misteriosa planta, desconocida hasta entonces.

Con el tiempo esta planta se convirtió en un frondoso árbol al que llamaron Timbó o Camba Nambí, cuyos frutos tienen la forma de una oreja, tal vez sea ésta para que nadie olvide el amor que Saguaá le profeso a su querida hija.



Versión 3 - Fernán Silva Valdés

Era un viejo cacique indio: alto, musculoso, de melena tirando a gris y de plumas rojas bajo la vincha. La india que compartía su toldo le había dado varios hijos varones seguidos y recién al final, una hija, la cual fue criada como una princesa, salvaje, es cierto, pero con mimos de princesa.

Al llegar a los quince años, ésta se enamoró del hijo del cacique de la tribu vecina, que era enemiga, y como por las leyes indígenas no podían unirse en matrimonio, se unieron ellos por voluntad de amor ante máximo sacerdote de sus creencias primitiva, que era el Sol.

Y la princesa, así, desapareció del toldo, o sea del hogar, pues el hijo del cacique, huyendo a la vez de los suyos, le había llevado lejos.

El padre de la joven, desesperado, salió con un grupo de guerreros a rescatar a su hija. En su busca cruzaron bosques, ríos, arroyos, escalaron serranías, andando durante meses bajo las lunas blancas.

Pero llegó el invierno, y los guerreros, creyendo que el cacique había enloquecido de dolor y creyendo a la vez que la princesa no iba a ser hallada, lo abandonaron.

Continuó el viejo cacique la búsqueda el sólo; pero ya no era el jefe, el tubichá, quien lo sostenía en su intento, sino su amor de padre.

De tiempo en tiempo se detenía y apoyaba una de sus orejas en la tierra, siempre con la esperanza de oír, a lo lejos, las pisadas de la princesa buscada.

Así pasó el invierno. Al llegar la primavera, los guerreros partieron en busca del cacique, y luego de mucho andar lo hallaron muerto.

Al intentar levantarlo, notaron que una de sus orejas estaba unida a la tierra como con raíces. Con cuidadoso esfuerzo le levantaron, pero la oreja quedó unida al suelo.

Y de esa oreja nació una plantita, que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un grande y hermoso árbol, al que le pusieron el nombre de TIMBÓ; y ese árbol produce las semillas o bayas con la forma humana de color oscuro, como fue la oreja del viejo indio, que murió pegada su cabeza a la tierra en la esperanza de oír los pasos de la hija que volvía.




viernes, 11 de octubre de 2013

Wun y Etensher, los gemelos de la luz

El cielo patagónico es el más bello del mundo. Si no me creen, visiten el sur argentino y verán que no miento :D Tanto los amaneceres como atardeceres son únicos. Para los tehuelches, ese juego de colores rojizos es obra de los gemelos Wun y Etensher.
Según los tehuelches, cuando Xaleshem, el sol, y Keenyenkon, la luna, se casaron, tuvieron varios hijos. Una de sus hijas fue Teluj, a quien conocimos en "El´Al y Teluj", pero antes fueron padres de los gemelos de la luz. Vivían en Korkonk, la isla creada por Kóoch
Esta leyenda habla de ellos y relata otra parte del mito sobre el nacimiento de El'Al. Fue recopilada para el libro "Cuentos, mitos y leyendas Patagónicos" por Nahuel Montes.
Será la última leyenda patagónica que publicaré de momento en el blog. Espero que hayan disfrutado de las mismas y los invito a comprar y leer los libros de los cuales las he tomado. 
La semana que viene compartiré con ustedes otro tipo de lectura :D

Atardecer en Río Gallegos, foto tomada por mí cuando vivía allá

Wun y Etensher, los gemelos de la luz

El matrimonio de Xaleshem y Keeneykon fue bendecido por Kóoch con dos mellizos: Wun y Etensher que eran los encargados, respectivamente, de avisar a los habitantes de Korkonk de la aparición o desaparición de sus padres, pero ni el cielo del amanecer ni el del ocaso tenían color alguno. Wun se encargaba de ir aclarando el cielo desde el negro absoluto de Tons (la oscuridad), a través de una cenicienta gama de grises, hasta que la presencia de Xaleshem iluminaba todos los rincones de La Isla, Etensher, por su parte, recogía la claridad al marcharse sus padres, hasta que el negro manto de Tons cubría por  completo La Isla. Y debió desatarse una terrible tragedia para que esto cambiara.

Una noche, Nóshtex, uno de los gigantes hijos de Tons, raptó a Teo, la nube, y la mantuvo cautiva durante tres días con sus consecutivas noches, durante los cuales engendró en ella al semidios El'Al.

Kóoch, al enterarse de esta afrenta a una de sus hijas, desencadenó contra él una maldición, a raíz de la cual Nóshtex, que era sumamente engreído y pagado de sí mismo, no sólo sería superado en belleza y poderío por su propio hijo, sino que sería admirado y venerado por todos los seres vivos de Korkonk.

Al conocer la noticia, Nóshtex experimentó un furor inenarrable, y decidido a acabar con la amenaza que para él representaba su futuro hijo, asesinó a Teo y abrió su vientre con un puñal de sílex, en un insano intento de acabar con la criatura que latía en su vientre. Sin embargo, su crimen sería en vano, ya que Terr-werr, una tucutuco, logró rescatar al niño con vida y lo escondió en su cueva para salvarlo.

Pero el esfuerzo de Terr-werr fue insuficiente para salvar a Teo que murió desangrada. Nóshtex arrojó su cuerpo al espacio para no ser descubierto. No obstante, la sangre que manaba a torrentes de su cuerpo salpicó a los gemelos Wun y Etensher, y los tiñó de todos los tonos de rojo que hoy muestran el alba y el ocaso haciendo que, de allí en más, los amaneceres y atardeceres patagónicos recuerden a los que los contemplan el origen de los cielos más hermosos y quizás más trágicos de la Tierra. 




lunes, 7 de octubre de 2013

Las mujeres garza

Hoy les dos leyendas de Tierra del Fuego, ambas de los yaganes, con mujeres en forma de garza. Las encontrarán en el libro "Leyendas de tierra del fuego" de Arnoldo Canclini en el capítulo "Hombres y Familias".
Por falta de tiempo, la subo con "fotos", formato que no "mi piace", pero se lee bien :) 
Para ir cerrando con las leyendas, subiré en estos días alguna más y luego les contaré cual será la próxima lectura :D
¡¡Gracias a todos por sumarse a lectura leyendas patagónicas!!






domingo, 6 de octubre de 2013

El zorrino, el puma y el cóndor

Como recordarán de "Kóoch, el creador de la Patagonia" y "Los inventos de Elal", el gigante había raptado a Teo, la nube y el Kóoch profetizó que si ella tenía un hijo, éste sería más poderoso que el gigante y lo vencería. Así nació El'Al y un día huyó de la isla para crear todo lo que aún faltaba crear en el mundo. Kóoch creo el universo, El'Al creo el hombre...
La leyenda de hoy fue recopilada por Nahuel Montes en "Cuentos, mitos y leyendas patagónicos" y corresponde a las leyendas que hablan sobre la creación. Dice Nahuel Montes que "fue referido por Kantrü, el anciano narrador de la voz profunfa, habitante de la reservación de Sepaukal, en el sureño departamento de Telsen, provincia de Chubut".

El lago de los tres en El Chaltén

El zorrino, el puma y el cóndor

Cuando terr-werr (tucu-tucu) eligió a los mensajeros que convocarían a los animales para la reunión en la laguna, le encomendó a Oije, el zorrino, la tarea de avisarle a la avutarda que El'Al ya estaba en condiciones de emprender el viaje para alejarse de Korkonk, la isla, con rumbo a la Mapu (la tierra, la Patagonia). Encantado con su misión, Oije salió corriendo tan apurado, que Goyse, el gigante hermano de Nóshtex, que se encontraba patrullando junto a la orilla del lago, le preguntó el motivo de su urgencia.

Al verse frente al malvado hermano, el zorrino se asustó tanto que terminó por confesar toda la verdad, pero una lechuza que pasaba casualmente por allí lo escuchó y regresó de inmediato junto a Terr-werr, a quien contó lo que había sucedido. La indignación fue tremenda, pero El'Al, que comprendió lo indefenso que se había sentido Oije frente a Goyse, en lugar de castigarlo, decidió darle un medio de defensa para el futuro, y le hizo crecer la glándula que lo caracteriza, la cual expele un olor tan nauseabundo que pone en fuga a otros animales mucho más grandes que él.

Desde entonces, cuando Oije se encuentra con un hombre, se siente avergonzado de haber sido tan cobarde y, creyendo que es otro gigante, reacciona rociándolo con el pestilente líquido. No obstante los esfuerzos de Terr-Werr por convocar a todos los animales, tanto Goin, el puma, como Ñaiki, el gato montés, y los demás felinos, a pesar de haber sido avisados de la reunión, primero por Kapenkenk, el flamenco y luego por Mexeush, el ñandú, optaron no sólo por no concurrir a ella, sino también por reconocer que tampoco hicieron nada por impedirla.

Sin embargo, Terr-werr, la tucu-tucu protectora del muchacho, enojada por la actitud de los gatos silvestres, aconsejó a El'Al que los combatiera en todos los terrenos, advertencia que desató una lucha sin cuartel, especialmente entre los pumas y los hombres. Y prueba de esta lucha fue, por ejemplo, la caverna en que se alojó nuestro héroe en el Chaltén, a poco de llegar a la Mapu, que se encontraba tapizada y alfombrada por innumerables pieles de los pumas a los que el joven iba venciendo en su constante batallar.

Pero Goin no era rival únicamente de El'Al, sino también de todos los seres vivientes que éste había creado, especialmente del hombre, cuyas crías el puma ataca cuando se hallan lejos de sus padres, y a los mayores cuando se encuentran enfermos o imposibilitados de defenderse.

No obstante, la fortaleza y el indómito coraje de Goin en el combate son proverbiales, y los antiguos tehuelches, antes de las batallas contra el invasor blanco, solían encender fogones de lenga, molle o ñire y calentar en ellos huesos de puma y sorberles la médula para adquirir de esa forma su bravura y su desprecio por el temor.

Otro de los animales que se negaron a prestar ayuda a El'Al cuando debió huir de la persecución de su padre Nóshtex (gigante de la isla), fue Xoiye, el cóndor, que durante uno de sus largos planeos sobre la cordillera habia visto a kelfü, el cisne, cuando depositaba al joven Dios en la ladera del Chaltén.

Ansioso de congraciarse con el gigante, Xoiye se apresuró a denunciar a El'Al frente a su padre, pero una vez más el odioso Nóshtex fracasó en su intento de cumplimentar el propósito de asesinar a su hijo, ya que éste, que se mantenía alerta, creó de inmediato una selva impenetrable, que impidió a su padre llegar hasta él.

viernes, 4 de octubre de 2013

Elal y Teluj

Tiempo atrás, publiqué una leyenda en la que se mencionaba a Elal. Era una leyenda Tehuelche y nos contaba los inventos de Elal. En un párrafo decía "Cuentan que hasta la Luna y el Sol están donde están por obra de Elal, que los echó de la Tierra porque no querían darle a su hija por esposa". Esa muchacha, la hija del sol y la luna, amada por Elal era Teluj. 
Hoy traigo dicha historia, la de Elal y Teluj, recopilada y adaptada por Mario Echeverria Baleta en  "Vida y Leyendas Tehuelches". El libro está presentado de tal manera que es una anciana quien cuenta la historia a los niños de la tribu. La tribu de chonkes o tehuelches, está de viaje (eran nómades) y cada noche la anciana Tama les narra las historias de su pueblo... 
Tomé el relato sobre Elal y Teluj completo. El mismo está formado por los capítulos "Viaje al Sol", "Las pruebas", "Más pruebas", "Elal y Teluj" y "Elal triunfa"  pero son muchas las narraciones de Tama a los niños tanto antes como después de esta leyenda... si quieren leer el resto, encontrarán el libro completo en este link.
Punto y a parte, me gustaría comentar algo sobre la mención de avestruces. En la Patagonia no vive el tipo de avestruz que uno imagina cuando lee esa palabra. El avestruz de aquí recibe el nombre de ñandú o choique y, aunque tiene cierta similitud, es un ave de mucho menor tamaño.


Viaje al Sol 
Durante la noche había llovido un poco, muy suavemente, de manera que por la mañana una bruma espesa cubría los cerros hasta la mitad. A medida que avanzaba el día la neblina se fue disipando. La calma era total. El lago semejaba un gran espejo.

Los niños aprovecharon la calma del agua para jugar al "tamle", consistente en arrojar piedritas planas sobre el agua, para que se deslicen rebotando. (Jugar al "patito" para nosotros)

Caminando por la costa, donde el bosque llega hasta el borde, la vegetación es cada vez más exuberante; tiene caracter´sticas de selva. Esto los motivó a jugar casi todo el día. Allí pudieron observar al diminuto colibrí de copete rojo, libando el néctar de las flores, disputando el espacio con los mangangá y la mariposa grande de alas multicolores dibujando arabescos en el aire. Esta mariposa se puede ver únicamente en las regiones de los bosques australes.

Ningún pajarito patagónico emite los gritos fuertes, de manera que hay que tener el oído muy educado para distinguirlos.

Los niños se sentaban sobre algún palo caído, escuchando con suma atención y al captar algún canto trataban de identificarlo. De pronto, un golpeteo rápido e intermitente interrumpió la quietud. A muy poca distancia de ellos una pareja de pájaros carpinteros cumplía su faena de agujerear palos para sacar los codiciados gusanos cabeza naranja.

Para quien haya vivido siempre en las pampas, entrar a un bosque cordillerano significa algo así como entrar al paraíso. Todo es distinto, se viven experiencias desconocidas.

Los pequeños disfrutaron de las maravillas del paisaje y juntaron hongos de los árboles, que llevaron a su regreso como obsequio a la abuela Tama, que los recibió con la dulce sonrisa de siempre. 

- ¡Ua ingue koone Tama! - corearon los pequeños visitantes y de inmediato contaron acerca del paseo por el hermoso bosque y de las cosas que los sorprendieron.

La abuela los escuchó con atención y luego comenzó su relato acostumbrado:

- Tanto hablaban los cazadores de la hermosura de la hija de la Luna y el Sol, que Elal sintió deseos de conocerla. La hija se llamaba Karró, también Teluj, otros la llamaban Peten, la poderosa y es en realidad el lucero del amanecer. Elal le comentó sus intenciones a la madrina, pero ella intentó disuadirlo diciéndole: "Tu irás allá y no volverás", y él le respondió: "Yo iré, veré a la hija del Sol y volveré". Elal comenzó a preparar boleadoras, arcos y flechas. Entonces la madrina le preguntó: ¿Para qué lo haces?", y él repuso: "Para matar a un pajarito". "¡Déjalo vivir, pobre pajarito! ¿Para qué lo quieres matar?", le dijo ella, pero en realidad se estaba preparando para el gran viaje. Cuando estuvo listo salió al campo y se encontró con Kokn (el cisne), que ascendió a llevarlo, aunque para ello tuvo que convertir a Elal en pajarito. Kokn, en realidad, era su vieja madrina convertida en cisne - explicó la anciana narradora. 
-¿Pudieron viajar tan lejos? - preguntó Keóken.
-Si, pudieron viajar. Se elevaron sobre Aoni Güent y tomaron rumbo hacia el oriente - respondió la abuela.
-¿No se cansaba Kokn? - inquirió Ótilkel.
-Cuando se cansaba, descendía hasta el mar, tocaba el agua con el pico y aparecía una isla donde reponía energías. Esa es la razón porque haya tantas islas en el mar...
-¿Qué pasó cuando llegaron? - consultó Tako.
-Cuando llegaron al país de Keengenken (Sol) se encontraron con Télgalon (Ratonera). Elal le dijo a qué venía y ella le respondió: "Cuando vayas a hablar con el Sol, no vayas por allí, ya que hay un Kámeter (Lagarto) que te pegará un colazo y tirará al Koluel (Pantano) de donde no se sale".
-¿Elal le hizo caso?- preguntó Losha.
-Si, le hizo caso, además le informó: A la chica que buscas no la podrás ver, la tienen escondida en un toldito. Keengenkon (Luna) saca a pasear a dos sirvientas vestidas de fiesta para que los pretendientes se equivoquen.
-¿Pudo Elal llegar a hablar con el Sol? - consultó Güenta.
-Antes de llegar a hablar con el Sol, al pasar junto a un menuco, se le vino encima un kámeter, pero Elal lo traspasó de un flechazo. Después desparramó tierra seca fina sobre el pantano y losecó. Así fue como llegó a la presencia del Sol, al que le contó su viaje y que su intención era conocer a su hija Teluj. Mañana les seguiré contando esta hermosa historia - dijo la anciana y se despidió de los niños con un:
- Mas itáinko tálenke.
-Mas itáinko koone Tama - respondieron ellos y se alejaron comentando lo que les había narrado la vieja. 

 Las pruebas

En el último tramo del viaje, los chonkes consiguieron abundante caza por lo que podrían preparar sus enseres. la comida estaba asegurada.
Para atraer a los guanacos y avestruces habían criado a uno de cada especie, teniendo la precaución de atarle a una pata una correa con una piedra redonda, de manera que el animal pudiese desplazarse muy poco. Estos animales oficiaban de señuelo atrayendo a sus congéneres.

Uno de los juegos preferidos de los chonkes era, sin duda, "auken" (cazar), consistente en disfrazar a un muchacho de aveztruz utilizando flechas con la punta cubierta de lana y embebida en pintura, darle caza.

Los cazadores se ubicaron en línea, prudentemente separados, rodilla en tierra. el muchacho disfrazado era llamado "Uenkoóiu". Se escondía entre las matas y salía imprevistamente para cruzar corriendo frente a ellos a unos treinta pasos. En la carrera imitaba los movimientos del ave, pero trataba de esquivar los flechazos. Al ser alcanzado por algún proyectil, se determinaba el cazador según el color. Los niños colaboraban buscando las flechas erradas. En este juego se convenía la cantidad de disparos de cada uno, los que una vez cumplidos daban por terminada la prueba, contándose los aciertos. En algunos casos se apostaba dejando una prenda que sería el premio ganador. El “auken” concitaba la atención general y las mujeres oficiaban de espectadores vivando a sus preferidos, que generalmente era el “Uenkoóiu”.

La diversión concluía cuando se cansaban los participantes. Luego vendrían los comentarios.

El juego terminó al anochecer, momento que aprovecharon los chicos para acercarse al fogón de la abuela Tama, saludando como de costumbre:

- ¡Ua ingue koone Tama!
- ¡Uái, uái, tálenke!-, respondió la anciana, sentándose junto al fuego para comenzar su narración:
- Impuesto Keengenken del motivo del viaje le dijo: “Si superas algunas pruebas que te daré, tendrás mi consentimiento. Si quieres ser mi “ikorker” (yerno) debes traerme dos huevos de avestruz para hacer una tortilla, pero cuídate, porque los vigila un “makseush” (avestruz macho) muy malo-, contó la abuela.
- ¿Cómo hizo para traerlos?-, preguntó Átele.
- Elal salió a buscar su pedido y se encontró con un hombre que le informó: “Aquí cerquita hay una avestruz con una nidada”, y le señaló el sitio. Para allá se fue Elal, pero, por las dudas, se hizo un casco con unas lajas de roca, atadas con tientos. Alguien le arrojó dos huevos de avestruz que estallaron sobre el casco sin lastimarlo.
- ¿Encontró al avestruz que buscaba?-, se interesó Keóken.
- Lo vio echado en su nido y empezó a arrimarse despacio y atento. Mekseush se ponía inquieto y quiso levantarse para atacarlo, pero Elal le disparó un flechazo que le atravesó el cogote y lo mató. Después sacó dos huevos y se los llevó a la futura suegra, la que al verlos, exclamó: ¡Qué has hecho! ¡No debiste quitarle los huevos a Mekseush, que es de mi familia! Y se puso a llorar.
- ¿Qué opinó el Sol?-, se interesó Tankelou.
- El Sol dijo: “Eres muy astuto…Ahora me traerás un cuero de cogote de guanaco para hacer una aljaba…”. Elal salió presuroso y se encontró con “Gijer” (Arco Iris), quien le dijo: “Arriba de aquella loma hay un guanaco grande.”
- ¿Era cierto que había un guanaco?-, preguntó Pol.
- Sí, era cierto. Elal lo vio y fue bordeando una laguna para acercarse. “Chaki” (guanaco macho) lo vio y vino corriendo a atacarlo, pero Elal se convirtió en “Tool” (guanaquito) y disparó hacia la laguna perseguido por “Chaki”, que cortando camino se metió en el agua. La madrina, convertida en “Koluel” (pantano), le dijo: “Tú no entres”. “Chaki” de pronto se encontró empantanado sin poder moverse y “Tool” recobró su forma de hombre matando al viejo guanaco de un bolazo. Sacó el cuero en bolsa y se lo llevó a la Luna.
- Grande fue la sorpresa de la Luna, ya que ese guanaco estaba puesto especialmente para matar a la gente.
- ¿Le dio más pruebas el Sol, abuela?-, inquirió Átele.
- Sí, le dio más pruebas, en las que tenía que poner inteligencia, astucia y coraje para salir airoso-, respondió
la abuela-. Mañana les contaré.
- ¡Mas itáinko tálenke!
- ¡Mas itáinko koone Tama!

 Más pruebas

Aprovechando la bondad del clima, tanto grandes como chicos disfrutaban de juegos y competencias. Las tejedoras pudieron armar sus telares y hacer las tramas.

Los chicos del grupo, caminaron hasta la costa del lago, buscando piedras de colores y trocitos de cristal de roca, en los que admiraban los matices del arco iris al exponerlos al sol.

Cerca del arroyo asomaba una barranca de rocas festoneada de musgo y allí se detuvieron un momento a observar las cuevitas de los tucu-tucu, para ver si asomaban. Les agradaba ver su piel tan suave y los movimientos rápidos que hacían. Sabían que a ese animalito debían respetarlo y no permitir que nadie los matara.

- ¡Miren, aquí estuvo el mar!-, dijo Pol.
- ¿Aquí, el mar? ¿Cómo lo sabes?-, se sorprendió Keóken.
- Porque aquí veo las mismas cosas que se ven en el mar y dijo la abuela Tama que hace mucho tiempo, tanto que no se puede contar, que donde ahora hay tierra antes hubo mar.
- Es cierto, yo lo recuerdo-, acotó Losha.
- ¡Cuánto sabe la abuela!-, se admiró Tankelou.
- ¡Aquí hay un hormiguero!-, avisó Tako, levantando una laja y dejando al descubierto miles de hormigas que desesperadas trataban de esconder sus huevos. Para ellas aquello debió ser una catástrofe.
- ¿Sabrán las hormigas quién era Elal?-, pensó Ótilkel.

Los niños no se preocuparon en absoluto por regresar a los kau, lo estaban pasando muy bien, disfrutando de un ambiente grato y distinto de los que estaban habituados en las áridas mesetas o en las desoladas pampas. El niño que vive en el campo no se acuerda del hambre, hasta que regresa. Puede andar todo el día en actividad, sólo calma su sed, tendiéndose a beber boca abajo donde encuentra agua. ¡Qué hermosa libertad!

Llegaron a la cita inefable con la abuela Tama, trayéndole hongos y raíces comestibles recién cosechadas.

- ¡Ua ingue koone Tama!-, corearon los niños.
- ¡Ua ingue tálenke!-, respondió la anciana. Se sentó en su lugar, guardó silencio y luego comenzó su relato:
- Keengenkon le pidió a Elal que fuera a buscar piedras para hacer raspadores, ya que debía preparar unos cueros. ¡Allá (le dijo, señalando una loma) hay de la piedra que necesito! Pero debes tener cuidado, a veces revienta y mata a la gente.
- Esta prueba parece más fácil-, opinó Ótilkel.
- En realidad, lo mandaba allá en la seguridad que al explotar las piedras lo matarían. Pero Elal fue muy cauteloso. Miró bien el lugar y construyó un refugio bajo las rocas, desde donde tiró una piedra con la honda contra el cerrito que hizo tres explosiones, haciendo un desparramo de piedras.
- ¿No le hizo nada a Elal?-, preguntó Tako.
- ¡No, estaba bien protegido!-, respondió la abuela. Cuando salió de allí recogió cuantas piedras quiso y se las llevó a Keengenkon.
- ¿Qué dijo Keengenkon?-, preguntó Keóken.
- Quedó muy sorprendida y llorando decía: ¡Qué hombre! ¡Todo lo puede! ¿Qué haremos? No podemos matarlo… Tendremos que darle nuestra hija Teluj… Luego dirigiéndose a Elal, le dijo: Vuelve mañana, tengo que esperar el regreso de Keengenken…
- ¿Le dieron el permiso que pedía Elal para casarse con Teluj?-, consultó Pol.
- Al día siguiente, muy temprano Elal se presentó ante el Sol, quien le dijo: Has cumplido las pruebas con inteligencia, astucia y coraje, pero para casarte con mi hija tendrás que rescatar el brazalete de boda que un “shoikn” le robó escondiéndolo dentro de una caverna.
- No parece tan difícil-, opinó Tankelou.
- ¡No hubiera sido difícil, si no fuese porque la caverna se hallaba custodiada por un terrible guanaco que mataba al mirar; además, el brazalete estaba escondido dentro de un huevo de avestruz, podrido y envenenado!
- ¿Cómo hizo Elal para rescatar el brazalete sin ser visto por el guanaco?-, preguntó Átele.
- Primero tuvo que ubicar la barranca donde se hallaba la caverna; después, la madrina convertida en mosca le susurró al oído: Escóndete para que no te vea el guanaco y yo lo molestaré para distraerlo, entonces lo matas. Voló la mosca y se le posó en una oreja, luego en la otra, después en los ojos… El guanaco cabeceaba tratando de ahuyentarla, pero el insecto se le introdujo en la nariz, haciéndolo cerrar los ojos para estornudar, momento que aprovechó Elal para arrojarle el “shome”, pegándole un terrible bolazo que lo mató.
- ¡Bravo, bravo!-, exclamaron los niños.
- ¿Cómo hizo con el huevo? Porque al romper un huevo podrido explota-, dijo Tako.
- Primero encendió una antorcha con la que entró en la oscura caverna, hasta que halló el huevo, pero no lo tocó. Señaló el lugar y regresó hasta la entrada donde estaba el guanaco muerto y le sacó el cuero con el que regresó al lugar, con mucho cuidado lo extendió sobre el huevo, luego se retiró a una distancia prudencial, tomó el arco, tensó la cuerda y disparó un flechazo. Una sorda explosión indicó el éxito. Esperó un momento y con sumo cuidado, utilizando una varilla, retiró el brazalete. ¡No lo toques!, le dijo la mosca-madrina. ¡Está envenenado!-, explicó la abuela Tama.
- ¿Cómo hizo para llevarlo?-, preguntó Güenta preocupado.
- Lo quemó en la antorcha, con lo que eliminó el veneno y después salieron de la caverna para ir a entregarlo.
- ¿Le si
guieron dando más pruebas, abuela?-, consultó Keóken.
- Mañana se los contaré-, dijo la anciana y se despidió de los niños, que prometieron regresar. 



Elal y Teluj

Yalo y Mafulco, dos cazadores, preparaban sus enseres de cuero, consistentes en lazos y tientos para las boleadoras.

Para lazos, cortaron el cuero de guanaco comenzando por el cogote, siguiendo por el costillar hasta la cola para pasar al otro lado y terminar la vuelta donde comenzaron, continuando en forma circular. Con el resto, desde los ijares a la panza inclusive, hicieron tientos para boleadoras.

La gente de campo, indios o no, son sus propios artesanos, fabricando cada uno lo que necesita, aprendiendo desde niños a ser ingeniosos y valerse por sí mismos.

Los dos paisanos habían cavado un pocito junto al manantial donde dejaron las pieles en remojo varios días para que larguen el pelo, después las dejaron secar, no del todo, a la sombra, hasta que estuvieron maleables y comenzaron el sobado, utilizando, al principio, una mordaza de madera de calafate, con lo que lograron un graneado especial. Después, sobre una piedra, procedieron a golpear con un palo grueso la larga tira de cuero, siempre sobre el doblez, desplazándolo en cada golpe.

Terminaron el trabajo del sobado apoyando el cuero sobre la rodilla y haciendo un movimiento de amase. Después vendría la presilla con un botón de cuatro tientos y una argolla de cuero sin sobar en el otro extremo. Al fin, el retorcido y un engrase. Los lazos quedaron tensados entre mata y mata durante dos o tres días.

Los chicos siguieron atentamente los trabajos realizados por los dos cazadores, tratando de no perder detalles y preguntando los por qué y para qué de cada cosa. Los mayores se complacían en explicar secretos de su artesanía, sabiendo que con ello aseguraban el futuro.

Al caer la tarde, el kau de la abuela Tama recibió las alegres voces de los niños.

- ¡Ua ingue koone Tama! ¿Konke nue?
- ¡Shaionk! ¡Uái, uái! - respondió la abuela y se sentó al lado de su fueguito apenas encendido, para empezar la narración:

- Elal había cumplido la prueba de rescatar el brazalete (1). Su madrina, convertida en mosca, se escondía junto a su oreja para indicarle lo que debía hacer y avisarle los peligros. Fueron ante la presencia de Keengenken, quien le dijo: conversaremos acerca de la boda, siéntate. ¡No te sientes!, le dijo la madrina, bajo el asiento hay un pozo sin fondo por donde caen los que se sientan. Elal no se sentó. ¡Eres muy astuto!, reconoció el Sol. Vamos a dar un paseo. Caminaron hacia donde estaban las mujeres jóvenes y elegantes, una linda y otra fea; allí el Sol le dijo: Nos has ganado, no hemos podido contigo, y señalando a las dos mujeres, acotó: Una de ellas es Teluj, ¡elige!
-¿Qué hizo, eligió a la más linda? -, consultó Keóken.
- ¡Ninguna de las dos! La madrina le había previsto que era otra trampa, de manera que miró atentamente todo y dando un fuerte soplido volteó la mampara de cueros de un toldo que había allí y dejó al descubierto a una mujer de aspecto horrible.
-¿Era una bruja? -, se apresuró a preguntar Átele.
- No, no era una bruja... ¡Era Teluj!... Keegenkon, su madre, la había disfrazado para que no fuera reconocida, pero la madrina de Elal le susurró al oído: es ella, está disfrazada para que no la reconozcas. Y continuó el siguiente diálogo:
-¡Esta es Teluj! - dijo Elal -. ¡Con ella me casaré!
- ¡No, no! - decía el Sol -. ¡No te cases con ella! ¡Mira cómo está de fea!

Pero Elal no cedió, entonces la luna dijo:

-¡Cásate con ella, total está horrible!

Elal dio tres soplidos y la hija del Sol y la Luna volvió a su estado natural, resultando la mujer más hermosa jamás vista.

-¿Cómo pudieron casarse? - se interesó Losha.

La luna dijo por lo bajo: dejemos que se casen, total la noche de bodas él morirá, como murieron todos los que la pretendieron. La mosca-madrina le habló al héroe diciéndole: ¡Escápate con ella esta noche! ¡Ni el Sol ni la Luna te la darán jamás!

- ¿Huyeron juntos entonces? - preguntó Átele.
-Esa misma noche escaparon y Teluj nunca más se dejó ver ya que en cuanto el Sol sale, ella se esconde, temiendo la ira de su padre.

La anciana se despidió:

-Ketouans tálenke!
- ¡Mas itáinko koone Tama!-, respondieron los niños.


Elal triunfa

El grupo de niños caminaba cerca de la desembocadura del arroyo, observando los pequeños pececitos que, como veloces nubes, se desplazaban bajo el agua y de pronto quedaban inmóviles.

Continuaron caminando hacia arriba, mientras descubrían el milenario misterio del ciclo ecológico en todas sus expresiones. Se detuvieron en unos rápidos, donde se asombraron de la velocidad del Pato de los Torrentes y su habilidad para nadar bajo el agua.

Allí el bosque estaba constituido por lengas y coihues muy altos y gruesos, cosa que les asombraba; además, en la sombra escasa de vegetación se destacaban los hongos 26 grandes y redondos, apenas adheridos al suelo, sin columna. Ótilkel partió uno para ver el interior y luego lo mostró a sus compañeritos. Parecía una masa blanca muy liviana. Güenta recordó que cuando esos hongos están secos, por fuera los contiene una fina cáscara marrón y por dentro se convierten en polvo del mismo color. Ese polvo es utilizado por el “shoikn” para curar quemaduras, dando un excelente resultado.

- Al regreso recogeré uno para llevarle al “shoikn” por haber salvado a Peuche - manifestó Tankelou, siendo aprobado por el grupo.

Luego continuaron subiendo por la orilla del arroyo, hasta que comenzaron a oír un ruido continuo que acrecentaba en la medida que se acercaban. A poco de andar descubrieron su origen: una cascada con una fosa a manera de pileta, donde nadaban unos macacitos zambullidores y en cuyas aguas transparentes se veían algunas truchas y puyenes.

Atrás de la cascada, contra la barranca, crecían, adheridos a las rocas, los “bálsamos de las cascadas” (Alpinia), con sus flores rojas en forma de campanitas pequeñas y sus lustrosas hojas grandes acorazonadas; además de las estrellitas del agua y los musgos asomando por las fisuras de las piedras. Rodeando la cascada, una variedad de hierbas y matas se disputaban el espacio. Allí, las condiciones de fertilidad se multiplicaban, haciendo superior el tamaño de las flores y la vivacidad de sus colores, lo que atraía a mariposas e insectos para alegría de los pajaritos.

Los chicos treparon la barranca para mirar desde allí el paisaje. A lo lejos, en la orilla del lago, los toldos semejaban diminutos medios hongos.

- ¿Volvemos?-, propuso Pol, que no tenía ganas de continuar ascendiendo.

La propuesta fue aceptada y comenzó el descenso, durante el cual prometieron volver a ese hermoso lugar. La abuela Tama los recibió con la alegría de siempre, conociendo el interés demostrado por los pequeños.

- ¡Ua ingue koone Tama!-, saludaron los chicos.
- ¡Ua ingue tálenke!-, repuso ella.

Luego, comenzó el relato:

- Keengenkon estaba segura que Elal moriría sin consumar el matrimonio con su hija Teluj y decía: Ella regresará mañana en cuanto descubra que él murió.
- ¿Por qué estaba segura que moriría?-, preguntó Keóken.
- ¡Porque la Luna había pactado con un espíritu maligno la muerte de los pretendientes de su hija y las dos veces anteriores había tenido éxito!-, explicó la abuela.
- ¿No pudieron matarlo, verdad abuela?-, consultó Pol.
- No Pol, nada pudo hacer el mal espíritu. Elal era superior a todo, además estaba amparado por su madrina que lo prevenía de los peligros.
- ¿Qué decía la Luna al ver pasar los días?-, inquirió Losha.
- La Luna se lamentaba diciendo: ¡Este hombre nos ha vencido! ¿Qué podré hacer? ¡Nada! ¡No lo he podido vencer! ¡Y allí anda…vivo y feliz…! Teluj estaba embarazada y eso le hacía lamentar aún más a la Luna que no se resignaba.
- ¿Se amigaron al fin?-, consultó Ótilkel, anhelando un final feliz.
- Elal, viendo la contrariedad de su suegra y no pudiendo convencerla ni amigarse, comenzó a caminar hacia el mar. Teluj, que lo amaba, lo siguió. Él caminó sobre el agua para ir a una isla donde estaba el cisne y, no deseando llevarla, la convirtió en “Jono-pete” (leopardo marino-Higruga leptonyx), quedando para siempre en el mar.
- ¡Se quedó para siempre en el mar!-, exclamó Losha.
- Así dicen que fue-confirmó la abuela-. Cuando la Luna llena alumbra el agua, Teluj siente la presencia de su madre y juega alegremente, produciendo las mareas.

Los niños quedaron consternados por el extraño final de Teluj, pero decidieron regresar al día siguiente, interesados en la historia de Elal.

- ¡Mas itáinko koone Tama!-, se despidieron los pequeños.
- ¡Mas itáinko tálenke!