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domingo, 23 de diciembre de 2012

Una canción de Navidad - Capítulo V - Final - Charles Dickens

Viene de "Una canción de Navidad - Capítulo IV (parte 2) - Charles Dickens"


Despertar 

... En una de las columnas de la cama. En su propio dormitorio. Y lo más grato, lo más venturoso de toso, era que tenía ante sí tiempo suficiente para poder enmendar el pasado.

-Viviré en el pasado, el presente y para el porvenir -repitió Scrooge saltando del techo -. El Espíritu de las tres épocas se albergará en mi corazón. ¡Oh Jacobo Marley! ¡Benditas y alabadas sean la Providencia y las Navidades! ¡De rodillas lo digo, Jacobo, de rodillas!

Tan excitado y lleno de buenas intenciones se hallaba que su voz apenas podía expresar sus sentimientos. Durante la lucha con el fantasma, había llorado copiosamente y su rostro estaba cubierto de lágrimas.

-¡Están en su sitio! -gritó palpando las cortinas del dosel. ¡Están en su sitio, con sus anillas y todo! Aquí están y aquí estoy yo, y las sombras de lo que pudiera ser se disiparán. Estoy seguro de que se disiparán.

Mientras hablaba, manoseaba sus ropas, las examinaba por todas partes, las dejaba por el suelo asociándolas a sus extravagancias.

-¡No sé qué hacer! -exclamó riendo y llorando a la vez, y enredándose en sus medias -. Me siento ligero como una pluma, alegre como un colegial, feliz como un ángel. Todo me da vueltas. ¡Feliz Navidad a todo el mundo! ¡Feliz Año Nuevo! ¡Hola! ¡Whoop!... ¡Hola!...

Había pasado al gabinete y tuvo que detenerse, falto de aliento.

-¡La cacerola de mis buñuelos! -gritó corriendo hacia la chimenea-, ¡y la puerta por la que entró el Espectro de Jacobo Marley! ¡Allí se sentó el Espíritu de la Navidad Actual! ¡Por esa ventana, vi la procesión de fantasmas! ¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡Ha ocurrido! ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

Para un hombre tan fuera de práctica, la carcajada, primera de una interminable serie, fue realmente un éxito.

-No sé ni en qué día del mes estoy - dijo Scrooge-. ¿Cuánto tiempo habré pasado entre los Espíritus? ¡No sé nada! ¡Soy una criatura! ¡Es igual! ¡Qué importa! ¡Vale más ser una criatura! ¡Hola! ¡Whoop! ¡Hola!

Se interrumpió para escuchar las campanas repiqueteando con inusitado vigor. ¡Ding! ¡dong! ¡ding! ¡dong! ¡Espléndido! ¡Espléndido!

Corriendo a la ventana la abrió, asomándose al exterior. No había niebla ni bruma. Era un día claro, frío, que hacía correr la sangre en las venas, con un sol dorado y cielo ideal. ¡Aire puro, campanas alegres! ¡Magnífico! ¡Espléndido!

-¿Qué día es hoy? -preguntó Scrooge a un muchacho endomingado que pasaba. 
-¿Eh?-replicó el interpelado con sorpresa.
-¿Qué día es hoy, galán?
-¡Hoy! ¡Navidad!
-¡Navidad! -replicó Scrooge para sus adentros -. Entonces no ha pasado tanto tiempo. En una noche han cumplido su misión los tres Espíritus. ¡Claro es! ¡Pueden hacer lo que quieren! ¡Oye, mocito!
-¿Qué hay' -contestó el muchacho.
-¿Sabes dónde está la pollería? ¿En la esquina de la segunda bocacalle?
-¡Naturalmente!
-¡Qué muchacho más listo! ¡Verdaderamente notable! ¿Sabes si han vendido el pavo que tenían expuesto ayer? No el pequeño, el mayor de todos...
-¿Cuál? ¿Uno que es tan grande como yo?
-¡Deliciosa criatura! -dijo Scrooge-. ¡Da gusto hablar contigo! ¡Ése mismo! 
-Aún cuelga de su gancho.
-¿Sí? pues ve a comprarlo.
-¡Fantasioso! -exclamó el mocito.
-¡No, no! - replicó Scrooge - Hablo en serio. Ve a comprarlo y di que lo traigan para que pueda decirles dónde han de llevarlo después. Si vuelves con el dependiente te daré un chelín y, si es antes de cinco minutos, media corona.

El muchacho salió disparado como una bala.

 -¡Se lo enviaré a Bob Cratchit! -murmuró Scrooge frotándose las manos -, y no diré quién se lo envía. Es dos veces mayor que Tiny Tim.

Le temblaba la mano al escribir las señas y, luego que lo hubo hecho, bajó al zaguán para abrir la puerta al dependiente de la pollería cuando llegase. Mientras esperaba, el llamador atrajo su atención.

-¡Lo querré toda mi vida! -dijo acariciándolo -.¡Y pensar que antes ni me había dado cuenta de su presencia! ¡Qué aspecto más honrado tiene! ¡Es un llamador privilegiado! ¡Aquí está el pavo! ¡Hola! ¡Whoop! ¿Cómo estás? ¡Feliz Navidad!

¡Era un pavo! En vida debió de ir en coche, porque, seguramente, sus patas no hubieran podido soportar un peso tan enorme.

-¡Es imposible llevarlo a cuestas hasta casa de Bob! -dijo Scrooge-. Tendrán que tomar un carruaje.

Riendo dijo esto, y riendo dio el dinero necesario para pagar el pavo y el carruaje. Riendo recompensó al mocito y riendo hubo de dejarse caer exhausto en su sillón.

El afeitarse no fue tarea fácil con el temblor de su mano, porque aún en el mejor de los casos, no es prudente bailar mientras se realiza tal operación, pero, si se hubiera rebanado la punta de la nariz, habría puesto un parche en su lugar y... ¡en paz!

Se vistió pulcramente y salió a la calle, invadida por los transeúntes tal y como la vio en su excursión con el segundo espíritu. Con las manos cruzadas en la espalda, Scrooge contemplaba el espectáculo sonriendo. Tenía un semblante tan placentero que varias personas desconocidas lo saludaron felicitándolo por Navidad. Más tarde, Scrooge afirmaba que eran las palabras más gratas que había oído en su vida.

A poco, vio venir hacia él al caballero de rotundo aspecto que había visitado el día antes en su despacho. sintió remordimientos, pensando en la opinión que tal personaje habría formado de él, pero, firmemente resuelto a llevar a cabo sus propósitos, no vaciló un instante.

-Señor mío - le dijo, tomando entre las suyas las manos del caballero-, ¿cómo está? ¿tuvo suerte en su empresa? ¡Feliz Navidad!
-¿Es usted el señor Scrooge? 
-El mismo. Ése es mi nombre. Y me temo que no es un nombre grato a sus oídos. Permítame al menos que me excuse. Y si tiene la bondad de...

Scrooge acabó la frase en voz baja.

-¡Dios me bendiga! -exclamó atónito el caballero -, ¡querido señor Scrooge! ¿Habla usted en serio?
-Si me lo permite -dijo Scrooge-. Ni un céntimo menos. En esa cifra, van inclusos muchos pagos atrasados. ¿Me concederá tal favor?
-¡Querido amigo! ¡No sé cómo agradecer tanta generosi...
-¡Ni una palabra más! -interrumpió Scrooge -. Venga a visitarme. ¿Lo hará?
-¡Desde luego!-afirmó el caballero, con evidente intención de cumplir su promesa.
-¡Mil gracias! Agradecidísimo. ¡Dios lo bendiga!

Fue después a la iglesia y paseó por las calles, acariciando a cuánto niño encontraba a su paso, hablando con los mendigos, curioseando los escaparates, disfrutando con cuanto veía. Jamás hubiera creído que un simple paseo pudiera proporcionar tan agradable distracción. Hacia mediodía se encaminó a casa de su sobrino.

-¿Está tu amo en casa? -preguntó a la sirvienta.
-Sí, señor 
-¿Dónde, hija mía?
-En el comedor, con la señora. Le enseñaré el camino.
-¡Qué muchacha más pizpireta! ¡Muchas gracias! Ya me conoce - dijo Scrooge con la mano en el picaporte-. Entraré delante.

Abrió la puerta, asomándose por su quicio. Los dos jóvenes contemplaban la mesa, soberbiamente adornada, con inquietud de quien, deseando que todo esté en su punto, no acaba de estar seguro de ello.

-¡Fred! -gritó Scrooge.

¡Dios Santo, qué salto dio su sobrina política!, porque ¿quién iba a esperar a Scrooge aquel día?

-¡Bendito seas Dios! ¿Quién es? -dijo Fred.
-Soy yo, tu tío. He venido a comer con vosotros. ¿Puedo entrar?

¡Entrar! Lo milagroso fue que en su afán de que entrase no le arrancasen ambos brazos tirando de él. En cinco minutos se sintió tan en casa como si hubiese vivido allí toda su vida. Sus sobrinos rivalizaban en cordialidad, no quedándose atrás Topper y las cuñadas. ¡Qué reunión! ¡Qué juegos tan entretenidos! ¡Qué maravillosa unanimidad! ¡Cuánta ventura!

Al día siguiente, fue temprano a su oficina, muy temprano. ¡Si consiguiera llegar antes que Bob Cratchit u hacer como si éste se hubiera retrasado! ¡Lo deseaba de todo corazón!

¡Y lo consiguió! ¡Lo consiguió! El reloj marcó las nueve... sin Bob, las nueve y cuarto... sin Bob... ¡Se retrasaba dieciocho minutos y medio!... Scrooge esperaba, con la puerta de su despacho abierta de par en par hacia el cubil, atisbando el momento de su entrada.

Cuando llegó, ya llevaba en la mano el sombrero y la bufanda. En un segundo se encaramó en su banquillo, empezando a tirar de la pluma como si quisiera ganarle la partida al reloj en su carrera.

-¡Hola! -gruñó Scrooge, procurando imitar el acento de sus antiguos tiempos -. ¿Qué significa el presentarse a estas horas?
-Lo lamento infinitamente -dijo Bob -. Me he retrasado...
-¿De veras? En efecto, me parece que ha pasado hace rato la hora reglamentaria. ¡Venga aquí un momento!
-¡Es un caso excepcional! ¡Una sola vez al año! - suplicó el infeliz - ¡No volverá a ocurrir! Ayer celebramos una modesta fiesta...
-Bueno, bueno -masculló Scrooge-. No estoy dispuesto a tolerar semejantes extravagancias y por lo tanto -prosiguió saltando de su sillón y dando a Bob tal encontronazo que casi lo hizo caer de espaldas -, por lo tanto desde este momento... ¡le aumentaré el sueldo!

Bob se echó a temblar, buscando con la vista el tiralíneas. Por un instante pensó que su jefe había perdido la razón y que lo más acertado sería darle con él en la cabeza, haciéndolo perder el sentido hasta la llegada de auxilio y de la camisa de fuerza.

-¡Feliz Navidad, Cratchit! - dijo Scrooge con una sinceridad imposible de confundir -.¡Feliz Navidad, Bob, amigo mío! Le aumentaré el sueldo y procuraré ayudarlo a sacar adelante a los suyos. Esta tarde hablaremos de ello ante una ponchera caliente. ¡Encienda las chimeneas y que no lo vea trazar ni una sola letra antes de traer más carbón...!



Scrooge hizo más que cumplir lo prometido. Mucho más. Y fue para Tiny Tim, que no murió, un segundo padre. Fue un buen amo, un buen amigo, y un buen ciudadano. Gente hubo que se rió al ver el cambio que había experimentado, pero él dejaba que rieran sin hacer caso, porque sabía que no ocurre nada en este mundo que no provoque la risa de cierta clase de gente. Su corazón desbordaba alegría y esto le bastaba.

No volvió a tener tratos con Espíritu alguno, pero siempre se dijo de él que sabía observar las Navidades como nadie. ¡Ojalá pueda decirse lo mismo de nosotros! y, como Tiny Tim observó, ¡Dios nos bendiga a todos! 

FIN

 

Una canción de Navidad - Capítulo IV (parte 2) - Charles Dickens

Viene de "Una canción de Navidad - Capítulo IV (parte 1) - Charles Dickens"



 (Continuación...)

La oscuridad del aposento era tan intensa que Scrooge no pudo, a pesar de sus esfuerzos, percibir detalle alguno. Un rayo de pálida luz procedente del exterior, caía sobre el lecho y en él, despojado, sin nadie que lo velase y aun menos que llorase, yacía el cuerpo de un hombre.
Scrooge miró al fantasma, cuya inexplorable mano señalaba hacia la cabeza.

La mortaja estaba dispuesta con tal descuido, que hubiera bastado un leve tirón para descubrir el rostro del muerto.

Scrooge así lo comprendió, comprendió lo fácil que sería hacerlo, deseaba hacerlo, pero le era tan imposible como apartar de su lado al fantasma.

Mirando el lecho, Scrooge, pensó cuáles serían las primeras ideas de aquel hombre, suponiendo que le fuera dable volver a la vida. ¿Avaricia? ¿Severidad? ¿Preocupaciones? ¡Ésas fueron las que sin duda le condujeron a tal fin!

Yacía en la desierta morada sin ser alguno que recordase palabras, acciones, gestos suyos de cariño o de bondad. Un gato arañaba la puerta, y en el hogar, sin fuego, las ratas roían sin cesar. ¿Qué esperaban en aquel cuarto?... ¿por qué estaban tan agitadas? Scrooge no se atrevía a pensarlo...

-¡Espíritu! -dijo-, éste es un lugar terrible. Al abandonarlo, no abandonaré sus enseñanzas, te lo aseguro. ¡Vamos!

Pero el fantasma seguía indicando la cabeza del muerto con su mano extendida.

-Te comprendo -dijo Scrooge -, y si pudiera lo haría.

Pero me es imposible Espíritu, me es imposible. Si en esta ciudad hay alguien, una sola persona, a quien la muerte de este hombre haya impresionado, házmelo saber, te lo suplico.

El fantasma desplegó su manto como un ala y, al volver a recogerlo, reveló una habitación alumbrada por el día y en la que se encontraba una madre con sus hijos.

Por su aspecto de ansiosa inquietud, se comprendía que esperaban a alguien. Paseaba nerviosamente, sobresaltándose al menor ruido, mirando con frecuencia a través de los cristales, consultando el reloj, intentando en vano fijar su atención en una labor de aguja, conteniéndose con dificultad de reprender a los niños por su inocente charla.

Por fin, la tan esperada llamada se oyó en la puerta. Se precipitó, encontrándose frente a su esposo, joven cuyo semblante, si bien revelaba huellas de preocupación y ansiedad, reflejaba también un especial contento que, pareciendo avergonzarlo, procuraba reprimir.

Tomó asiento ante la mesa en la que le esperaba una modesta comida; y cuando, después de un largo silencio, la joven le preguntó qué noticias traía, pareció no saber cómo contestar.

-¿Son buenas o malas?
-Malas-acabó por decir.
-¿Estamos totalmente arruinados?
-No; aún queda una esperanza, Carolina.
-¿Si él se compadece?-dijo sorprendida la joven-. Podemos confiar; tal milagro lo justificaría.
-Ya no puede compadecerse -dijo su esposo -. ¡Ha muerto!

Si el rostro es el espejo del alma, la joven era una criatura noble y bondadosa, pero no pudo reprimir, al oír la noticia, un además de gratitud que expresó juntando las manos hacia el cielo y del de que se arrepintió inmediatamente. Pero había sido la espontánea manifestación de su sentir.

-Lo que me dijo la harpía medio ebria que me recibió ayer cuando fui a suplicarle una semana de prórroga, y que creí era mera excusa para no recibirme, ha resultado cierto. En aquel momento no estaba gravísimo, sino moribundo. ¿A quién pasará nuestra deuda?
-No lo sé, pero, para entonces, ya dispondremos de fondos y... aunque así no fuera, es de creer que el nuevo acreedor no sea tan desalmado. Podemos descansar hoy con el corazón tranquilo, Carolina.

Sentíanse aliviados de un peso agobiador. Hasta los semblantes de los niños, testigos de una escena que apenas comprendían, reflejaban el contento de sus padres. ¡Era un hogar en el que la muerte de aquel hombre había sido heraldo de felicida! ¡El único sentimiento que el fantasma pudo revelar a Scrooge era de alegría!
-¿No ha despertado sensación alguna de afecto su muerte? -preguntó Scrooge-. Si así es, muéstramelo si no quieres que la visión de la fúnebre cámara me persiga como siniestra pesadilla.

Mientras el fantasma lo conducía por varias calles que le eran conocidas, Scrooge miraba por doquier en busca de su propia imagen, sin hallarla.

Entraron en la morada de Bob Cratchit al que ya había visto, encontrando a la madre sentada junto al fuego con sus hijos.

¡Callados! ¡Muy callados! Los jóvenes Cratchit, inmóviles como estatuas, sentábanse frente a Peter, quien tenía un libro entre las manos. La madre y las hijas cosían, pero... ¡qué silenciosos todos!...

"... Y llevándose a un niño, lo sentó entre ellos..."

¿Dónde había oído Scrooge esas palabras? No las había soñado. Indudablemente debió de leerlas el muchacho cuando el espíritu y él trasponían el umbral. ¿Por qué no proseguía la lectura?

La madre suspendió su labor, cubriéndose la cara con las manos.

-Este color daña la vista -dijo.
-¡El color! ... ¡Pobre Tiny Tim!...
-¡Ya pasó! La luz artificial me cansa los ojos, pero por nada del mundo quisiera que vuestro padre, al llegar, lo notara. Ya debe de ser la hora...
-¡Y más bien pasada! - contestó Peter cerrando el libro-. Me parece que en estos últimos tiempos va más despacio que antes.

Reinó de nuevo el silencio. Después de un rato, con voz sostenida, plácida, que sólo por un instante flaqueó dijo la madre:

-Lo he visto andar con... Tiny Tim al hombro, muy de prisa, en ciertas ocasiones.
-Y yo también- asintió Peter.
-Y yo... -exclamó otro de ellos.
-Es... que pesaba muy poco- resumió, fijos los ojos en su labor -, y su padre lo quería tanto que no sentía el peso de su carga... ¡Ahí está!

Corrió al encuentro del bondadoso Boy y su bufanda. ¡Bien lo necesitaba el infeliz!... Su té estaba preparado y todos se disputaron el honor de servirlo. Los dos jóvenes Cratchit se acercaron, juntando sus caras con la suya como diciéndole: ¡No te aflijas, padre! ¡No te aflijas...!

Bob se esforzaba por parecer alegre, hablando con ellos animadamente. Examinó las labores que estaban sobre la mesa, elogiando la habilidad y la rapidez de la señora Cratchit y de sus hijas.

-Todo estará listo antes del domingo -dijo.
-¡Domingo! ¿Fuiste hoy allá, Roberto? - preguntó su esposa.
-Si, querida mía. ¡Ojalá me hubieras podido acompañar!... Te habría dado gusto ver lo verdeante que está. Pero lo verás con frecuencia. Le prometí que el domingo volvería. ¡Hijo mío...! - gritó Bob -. ¡Mi hijo querido!...

Sin poder evitarlo, perdió la serenidad deshaciéndose en lágrimas. Salió de la habitación y subió al piso superior, entrando en un cuarto profusamente iluminado y lleno de guirnaldas y festones como adornos de Navidad. Junto al niño había una silla, viéndose indicios de haber estado alguien en la habitación recientemente. El pobre Bob se sentó y, después de un rato de meditación y de reposo, besó el pequeño rostro. Recobrando la calma, reconciliado con lo inevitable, bajó, al parecer, tranquilo.

Se acercaron todos al fuego, charlando, mientras madre e hija continuaban sus labores. Bob les refirió la extraordinaria amabilidad del sobrino de Scrooge, quien a pesar de no haber visto más que una vez, lo había saludado en plena calle y, notando su aspecto compungido, había preguntado la causa.

-Por lo que- prosiguió Bob -, tratándose de persona tan atenta, se la dije. "Lo siento en el alma, señor Cratchit", me dijo, "lo siento por usted y su excelente esposa". Y... a propósito... ¿cómo pudo saberlo?
-¿Saber qué?
-Que eras una excelente esposa.
-¡Eso lo sabe todo el mundo!- interrumpió Peter.
-¡Bien dicho, muchacho!- gritó Bob-. Así lo creo. "Lo deploro", dijo, "por su excelente esposa. Si en algo puedo serle útil", añadió entregándome su tarjeta, "ésta es mi dirección, no vacile en acudir a mí". Y no era -comentó Bob -, no era tanto por lo que pudiera hacer, cuanto por su amabilidad al ofrecerse. ¡Cómo si hubiera conocido a nuestro Tiny Tim y sufriera con nosotros!
-¡Debe de ser muy bueno!- dijo la señora Cratchit.
-Si lo conocieras, lo apreciarías aún más- replicó Bob. No me extrañaría que consiguiera un empleo mejor para Peter.
-¿Lo oyes Peter?-dijo la señora Cratchit.
-Entonces- exclamó una de las hermanas-, Peter se buscará novia y se establecerá por su cuenta.
-¡No digas disparates! -dijo Peter enrojeciendo.
-Es probable que suceda así -afirmó Bob -, aunque todavía es prematuro pensarlo, pero, cuando y como quiera que nos separemos, estoy seguro de que nunca olvidaremos al pobre Tiny Tim o la primera separación que sufrimos.
-¡Nunca, padre! -confirmaron todos.
-Lo sé, queridos, lo sé. Y sé también que si tenemos presente lo bondadoso y resignado que, a pesar de su corta edad se mostró siempre, será difícil que haya divergencias entre nosotros.
-¡No, padre, no las habrá!
-Me hacen muy feliz, hijos míos -dijo Bob-, muy feliz.

La señora Cratchit lo abrazó, sus hijas la imitaron, los dos Cratchit hicieron lo propio y Peter le estrechó la mano. ¡Sombra de Tiny Tim, tu angelical esencia procedía seguramente de Dios!

-Espectro-dijo Scrooge -, algo me da a entender que el momento de siniestra separación se acerca. Sin saber por qué lo presiento. Dime, ¿quién era el hombre cuyo cadáver yacía en aquel aposento?

El espíritu de la Navidad Futura lo trasladó, por el mismo procedimiento, a lugares frecuentados por hombres de negocios, pero tampoco se encontró entre ellos. En realidad el fantasma no se detenía en parte alguna, pasando de una a otra escena o visión como si estuvieran relacionadas entre sí, salvo en el pertenecer al porvenir, hasta que Scrooge le suplicó que se detuviera un instante.

-En esta plazoleta por que que ahora pasamos- le dijo-, es donde está mi oficina. Veo el edificio. Déjame ver lo que seré más adelante.

El Espíritu se detuvo; su mano señalaba en dirección distinta a la que Scrooge quería seguir.

-La casa está más allá -observó-. ¿A dónde señalas?

El dedo, inexorable, siguió apuntando. Scrooge, acercándose a la ventana de su oficina, miró al interior. Era el mismo; los mismos muebles, pero no era él quien ocupaba su sillón.

El fantasma seguía señalando en la misma dirección que anteriormente. Scrooge se unió a él, preguntándose qué se habría hecho de sí mismo, y juntos fueron hasta un recinto cerrado por una verja de hierro. Antes de entrar miró a su alrededor.

¡Un cementerio! En él, sin duda, descansaba el infeliz cuyo nombre ansiaba conocer. ¡El lugar era digno de él! Rodeado de casas, cubierto de hierbas y matas, fruto de la muerte, no de la vida; repleto de muertos, saciado su macabro apetito. ¡Digno lugar!

El Espíritu pasó por entre las tumbas, señalando una de ellas y Scrooge avanzó temblando. El fantasma estaba inmóvil, pero le pareció ver un nuevo significado en su solemne apariencia.

-Antes de que me acerque a la losa que me indicaste dijo-, contesta una pregunta. ¿Son éstas visiones de las cosas que serán o de las cosas que podrían ser?

El Espíritu siguió señalando la tumba junto a la que se hallaban.

-La conducta de los hombres puede hacer predecir el fin a que, de perseverar en ella, llegarán - dijo Scrooge-. Pero si se altera esa línea de conducta, puede alterarse el fin. Dime, ¿ocurre así con lo que me has mostrado?

El Espíritu seguía inconmovible.

Temblando como un azogado, Scrooge se aproximó y siguiendo la dirección del dedo, leyó en la losa de la descuidada tumba su propio nombre:

EBENEZER SCROOGE

-¿Era, pues, yo el que yacía en aquel lecho?-gritó cayendo de rodillas.

El dedo espectral lo señaló a él y señaló la tumba.

-¡No, Espíritu! ¡No! ¡No! ¡Óyeme! ¡Ya no soy el que era! ¡Ya no soy el que hubiera sido, sin tu providencial intervención! ¿Por qué hacerme ver el porvenir si no puedo remediarlo?

Por vez primera, la mano del Espíritu pareció estremecerse.

-¡Buen Espíritu! -prosiguió, aún arrodillado -. ¡En vuestra benevolencia, me compadeces! ¡Dime que aún puedo variar el curso de mi vida, evitando que estas visiones sean una realidad!

La mano temblaba visiblemente.

-Celebraré la Navidad en mi corazón y observaré su espíritu durante el año entero. Viviré en el pasado, en el presente y para el porvenir. ¡No desperdiciaré las enseñanzas que de vosotros tres he aprendido! ¡Oh! ¡Dime que aún puedo borrar la leyenda de esta losa!

En su agonía se aferró a la mano del Espíritu. Intentó éste desasirse pero su desesperación le daba fuerza sobrehumana y consiguió retenerla. Por fin, el fantasma lo rechazó.

Alzando las manos en actitud de ruego, vio que la forma de la capucha y manto del Espíritu sufrían una modificación. se fueron encogiendo, reduciéndose, hasta quedar convertidos en una de las columnas de la cama.


Continúa leyendo esta historia en "Una canción de Navidad - Capítulo V - Final - Charles Dickens"
 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Una canción de Navidad - Capítulo IV (parte 1) - Charles Dickens

Viene de "Una canción de Navidad - Capítulo III (parte 2) - Charles Dickens"


El último de los espíritus


Lenta, grave y silenciosamente se acercó el fantasma. Scrooge dobló la rodilla ante él, impresionado, porque hasta su entorno parecía irradiar tristeza y misterio.

Iba cubierto de una especie de negro sudario que ocultaba cuerpo y cabeza, dejando sólo visible una mano. A no ser por ésta hubiera sido difícil percibirlo de entre las sombras que lo rodeaban. A Scrooge le pareció que era alto y majestuoso, y sintió en su presencia un extraño terror. El Espíritu ni hablaba ni se movía.

-¿Estoy en presencia del Espíritu de las Navidades Futuras? - preguntó Scrooge.

Sin contestar el Espíritu señaló con la mano extendida.

-¿Vas a hacerme ver las sombras de las cosas que no han ocurrido pero que ocurrirán?

Por un instante, la parte superior del sudario se inclinó como si el Espíritu hubiera asentido con la cabeza. Ésta fue su única respuesta.

A pesar de estar ya acostumbrado a tratar con Espíritus, Scrooge sentía temblar todos sus miembors. El fantasma lo notó e hizo una pausa para permitir que se recuperara.

El efecto en Scrooge fue contraproducente, porque le causó inexplicable horror el pensar que, tras el sombrío sudario, ojos espectrales lo contemplaba fijamente, mientras que todos sus esfuerzos para atravesar las tinieblas sólo le permitían distinguir una mano y una gran masa negra.

-¡Espíritu del Porvenir!-exclamó-. ¡De cuantos he conocido, eres el más temible!, pero sé que tus intenciones hacia mí son benévolas. Siento en mi alma un ansia de regeneración, estoy dispuesto a seguirte y a aprovechar tus enseñanzas lleno de gratitud. ¿No me dirigirás la palabra?

No obtuvo respuesta. La mano señalaba rígidamente al frente.

-¡Enséñame el camino! - prosiguió Scrooge -. ¡Enséñame el camino, que la noche es breve y sus minutos son preciosos para mí! ¡Enséñame el camino, Espíritu!.

El fantasma se apartó de él en la misma forma en que se aproximara. Scrooge sintió a la sombra de su vestidura, que pareció arrastrarlo consigo.

Fue como si en vez de entrar ellos en la ciudad, ésta saliese a su encuentro. Se hallaron en su centro, en la bolsa, entre los negociantes que iban de un lado a otro, haciendo sonar las monedas en sus bolsillos, conversando en grupos, mirando sus relojes, manoseando pensativamente las cadenas de sus relojes, precediendo, en fin, como Scrooge los había visto proceder infinidad de veces.

El espíritu se detuvo junto a un grupo de hombres de negocios y, viendo que los señalaba con la mano, Scrooge se acercó al oír su conversación.

-No-decía un hombre gordinflón y de monstruosa barbilla-. No sé gran cosa aparte de que ha muerto.
-¿Cuándo murió-preguntó otro.
-Según creo, anoche.
-Pero, ¿cuál fue su enfermedad? -inquirió un tercero, tomando una prodigiosa porción de rapé -, yo creía que no moriría nunca.
-¡Dios sabe!-dijo bostezando el primero.
-¿Qué ha hecho con su dinero?-indagó un caballero rubicundo con un grano colgante en la punta de la nariz.
-No sé nada-contestó el de la barbilla-, a mi no me lo ha dejado, de eso estoy seguro.

La broma fue acogida con grandes carcajadas.

-Será un entierro económico -prosiguió el mismo-, porque, ¡palabra de honor!, no sé de nadie que haya de acompañarlo. ¿Y si nos ofreciéramos nosotros?
-No tengo inconveniente, si después me dan de almorzar-observó el caballero del grano en la nariz-; si quieren contar conmigo tendrán que alimentarme.

Nuevas carcajadas.

-Después de todo, soy el más desinteresado - dijo el que había hablado primero -. Porque ni llevo guantes negros ni almuerzo, pero estoy dispuesto a ir si alguien me acompaña. Bien pensado, creo poder decir que yo era su más íntimo amigo porque siempre que nos encontrábamos charlábamos un rato. ¡Hasta luego!

Se dispersó el grupo, mezclándose sus componentes a otros. Scrooge los conocía a todos y miró al Espíritu como en demanda de una explicación. El fantasma, deslizándose por una callejuela, señaló con la mano a dos personas que acababan de encontrarse. Scrooge, pensando que acaso su conversación le daría la clave del enigma, se acercó a oírla.

Ambos le eran familiares. Negociantes, hombres de gran fortuna e importancia social cuya estimación había procurado siempre conservar.

-¿Cómo estás?-preguntó uno.
-¿y tú? -replicó el otro.
-¡Bien! Según parece el viejo las ha pagado por fin todas juntas.
-Eso dicen. ¿Hace frío, verdad?
-Es natural en esta época de Navidad. ¿No patinas?
-No, no. Tengo otras cosas en que pensar. ¡Buenos días!

Ni una palabra más. Tal fue su encuentro, tales sus palabras y tal su despedida.

En ese momento Scrooge se extrañó de que el Espíritu concediese importancia a conversaciones al parecer tan insignificantes pero seguro de que encerraban algún sentido oculto, reflexionó en cuál sería su propósito. No podían referirse a la muerte de Jacobo, su socio, porque ésta pertenecía al pasado y la esfera de acción del espíritu era el porvenir. Por otra parte, no se le ocurría a quien podían referirse que estuviese relacionado con él, pero convencido de que, en todo caso, contenían cierta moraleja para su propio beneficio, resolvió no olvidar palabra o acción alguna de las que presenciara y sobre todo observarse a sí mismo cuando apareciera su encarnación del porvenir, ya que sospechaba que la conducta de esa encarnación le daría la clave que buscaba, facilitando la solución del misterio.

Miró a su alrededor, buscándose, pero en el lugar donde acostumbraba a situarse vio a otro hombre y aunque el reloj marcaba la hora en la que generalmente concurría a la reunión, no pudo encontrarse entre la gente. esto no le sorprendió, sin embargo, porque hacía algún tiempo que pensaba cambiar de vida y supuso que era simplemente porque había cumplido su propósito.

Callado y sombrío, el espíritu seguía a su lado con la mano extendida. Cuando salió de su ensimismamiento, Scrooge imaginó por la dirección de esa mano y su posición con respecto a él que ojos invisibles lo miraban fijamente; un escalofrío de terror lo hizo estremecer, sintiéndose invadido por un frío glacial.

Abandonaron aquel lugar trasportándose a una parte de la ciudad que Scrooge reconoció, recordando haberlo oído mencionar como de mala reputación. Las calles eran estrechas y pútridas, casas y comercios miserables, los habitantes semidesnudos, ebrios, de aspecto repulsivo. De callejones y pasadizos afluía a la arteria principal un torrente de humanidad sucia y degradada. El barrio entero rebosaba crimen, abandono y miseria.

En el centro de aquel antro de sordidez, alzábase un tenducho bajísimo de techo, dedicado al tráfico de trapos viejos, botellas, huesos y desperdicios. En el suelo se amontonaban llaves, clavos, cadenas y en general hierro viejo de todas clases. Entre aquel informe amasijo de pútridas grasas y de andrajos, bullía y se desarrollaba una vida misteriosa que nadie hubiera investigado con gusto. El propietario de tanta hediondez, un granuja setentón de pelo cano, sentábase junto a un brasero, resguardándose del aire exterior con una especie de cortina formada por trapos multicolores, pendientes de un cordel, fumando su pipa con el deleite del que disfruta de un plácido reposo bien ganado.

Scrooge y el fantasma llegaron ante el triste individuo en el preciso momento en que entraba en la tienda una mujer cargada con un pesado fardo, seguida muy de cerca por otra, portadora también de un envoltorio, y por un hombre vestido de negro cuyo sobresalto al reconocerlas fue casi tan grande como el de las dos primeras al reconocerse mutuamente.

Tras un breve instante de atónita sorpresa general (pues el anciano de la pipa no estaba menos sorprendido), soltaron los tres la carcajada.

-Que pase la asistente sola -gritó la que había entrado primero- y después que pase la lavandera. El criado de la funeraria será el último. ¿Qué te parece, Joe? ¡Habernos encontrado aquí los tres sin pensarlo!
-¿Y dónde mejor?-dijo el viejo Joe, quitándose la pipa de entre los dientes-. Vengan a la sala. Ya la conocen todos. Pero... esperen primero a que cierre la tienda. ¡Cómo rechina la condenada puerta! No hay en el local de hierro más viejo que el de sus goznes, ni huesos más secos que los míos. ¡Ah! ¡Ah! ¡Somos tal para cual! ¡Vamos a la sala!

La sala era el espacio libre tras la cortina. El viejo removió tizones del brasero y avivó la lámpara con la boquilla de su pipa, antes de volver a ponérsela en la boca.

Mientras efectuaba estas operaciones, la mujer que había llevado la voz cantante dejó su envoltorio en el suelo, sentándose en un taburete con los codos apoyados en las rodillas y mirando descaradamente a los otros dos.

-¿Qué pasa?¿eh? ¿qué tienen que decir? ¿Eh, señora Dilber?-dijo-. La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Así pensó él siempre.
-Es verdad-dijo la lavandera.
-Entonces, ¿por qué ponen esa cara de espanto? ¿De qué tienes miedo, mujer? ¿Quién puede saber nada? Supongo que no vamos a delatarnos mutuamente.
-¡Nada de eso!-dijeron simultáneamente la señora Dilber y el hombre-. ¡Ni pensarlo siquiera!
-¡Basta,pues! ¿A quién puede perjudicar el extravío de estas cosillas? Al muerto seguro que no.
-Eso es cierto -dijo riendo la señora Dilber.
-Si quería conservarlas después de morir, el muy roñoso, ¿por qué no fue más espléndido en vida? Así habría tenido alguien a su lado cuando cayó herido de muerte, en vez de acabar solo como un perro.
-Jamás se dijo verdad mayo!- asintió la señora Dilber-. Ahora lo paga.
-Y más le habría costado- dijo la mujer- si yo hubiera podido echarle el guante a cosas de mayor importancia. Abre el paquete, Joe, y dime cuánto das. Habla claro. No me importa ser la primera ni que los demás lo vean. Me figuro que todos sabíamos lo que hacíamos antes de encontrarnos aquí. No es ningún pecado. Abre el envoltorio, Joe.

Pero la cortesía de sus amigos no podía permitirlo y el hombre enlutado, lanzándose al asalto, se anticipó, exhibiendo su botín, que no era gran cosa. Un par de estampillas, un lapicero, unos gemelos de camisa, un broce de escaso valor. El viejo lo examinó concienzudamente tasándolo y apuntando las cantidades parciales que ofrecía en la pared, sumándolas al ver que no había nada más que justipreciar.

-Ésa es vuestra cuenta -dijo -, y no daría seis peniques más aunque me fuera en ello la vida. ¿A quien le toca ahora?

La señora Dilber entró en turno. Sábanas y toallas, alguna ropa interior, dos cucharas viejas de plata, unas pinzas para azúcar y varios pares de botas. La tasación quedó apuntada en la pared, junto a la del enlutado.

-Con las mujeres pierdo dinero -comentó el viejo - Tengo la debilidad de tasar por alto. Será mi ruina. Ahí tienen la cuenta. Si me piden un penique más me arrepiento de haber sido tan generoso y les rebajo media corona.
-Y ahora abre mi envoltorio -dijo la mujer.

Joe se arrodilló para proceder con más comodidad y, después de bregar con los múltiples nudos, sacó una pesada pieza de tejido oscuro.

-¿Qué es esto?-preguntó-. ¿Doseles?
-¡Ah!- asintió la mujer riendo, con los codos aún apoyados en las rodillas-. ¡Doseles!
-¿Los descolgaste, con anillas y todo, estando él aún en el lecho?
-¡Claro! ¿Por qué no?- replicó ella.
-Mereces alcanzar una fortuna - observó Joe-, y seguramente la alcanzarás.
-Si de mí depende, puedo afirmar que no me privaré de echar mano a cuanto pueda, sobre todo tratándose de personas como él- aseguró la mujer -.¡Cuidado! ¡No derrames aceite sobre las mantas!
-¿Sus mantas?
-¿De quién quieres que sean? Ya no las necesita.
-Supongo que no moriría de nada contagioso. ¿eh?- preguntó el viejo, interrumpiendo la tasación.
-No tengas miedo. De haber sido así, no me habría entretenido a su lado ni para recoger estas cosillas. ¡Ah! ¡Bien puedes mirar esa camisa por los cuatro costados! ¡No encontrarás ni un agujero! es la mejor que tenía. Si no llego a tiempo, la echan a perder.
-¿A qué le llamas echarla a perder?
-A ponérsela para enterrarlo - repuso riendo la mujer-. ¡Suerte que pude quitársela! ¡Con una de algodón, tiene más que bastante!

Scrooge escuchaba horrorizado el macabro diálogo. Miraba al grupo formado por los cuatro miserables, con repugnancia y disgusto.

-¡Ah! ¡ah!- exclamó la mujer recibiendo de manos de Joe las monedas que le correspondían -. ¡Así acaba todo! ¡Apartó de su lado a las gentes en vida, para beneficiarnos a nosotros a su muerte! ¡Ah!¡ah!¡ah!
-¡Espíritu!- dijo Scrooge, estremeciéndose de pies a cabeza-.¡Ahora comprendo! ¡Ese desgraciado pude ser yo mismo! ¡Mi vida podría tener un fin semejante! ¡Dios del Cielo! ¿Qué es esto?

Retrocedió lleno de espanto, porque había cambiado la escena y ahora estaba casi tocando un lecho, un lecho desmantelado, sin dosel, en el que, bajo una raída sábana yacía algo que, sin movimiento alguno, revelaba su condición con horrible claridad.

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martes, 18 de diciembre de 2012

Una canción de Navidad - Capítulo III (parte 2) - Charles Dickens

Viene de "Una canción de Navidad - Capítulo III (parte 1) - Charles Dickens"


 (Continuación...)
 
Scrooge bajó la cabeza al oír repetir al Espíritu sus propias palabras, sintiéndose agobiado por el remordimiento y el dolor.

-¡Hombre! -gritó el Espíritu -. ¡Si hombre eres y no piedra, abstente de juzgar lo que ese aumento representa y por qué ocurre! ¿Quién ere tú para decidir la vida o la muerte de tus semejantes? Acaso a los ojos de la Providencia sea tu vida de menos importancia y menor valía que la de ese infeliz niño. ¡Oh Dios! ¡Oír al parásito de la planta quejarse del exceso de vida entre sus hermanos!

Scrooge acogió humildemente la reprimenda del Espíritu temblando, con la vista clavada en el suelo. Pero al oír mencionar su nombre levantó la cabeza.

-¡Señor Scrooge! - decía Bob -. ¡Brindemos por el señor Scrooge, a quien debemos el poder celebrar esta fiesta!.
-¡El señor Scrooge!-exclamó la señora Cratchit, con indignado acento-. ¡Ojalá lo tuviera aquí!¡Te aseguro que le diría cuatro frescas! ¡Ya le daría yo buenas fiestas!
-Querida mía - reprendió Bob -, piensa en los niños. ¡Piensa en que es Navidad...!
-Navidad tendría que ser para decidirme a brindar por individuo tan odioso como el miserable, el avaro, señor Scrooge. ¡Y tú mismo, Bob Cratchit, sabes que digo la verdad. Motivos tienes para saberlo mejor que nadie!
-¡Querida mía! - replicó dulcemente Bob -, ¡en este día...!
-En atención al día y sobre todo a ti, beberé a su salud-dijo la señora Cratchit -, pero no por él. ¡Qué viva muchos años! ¡Qué pase feliz Navidad y Año Nuevo! estoy segura de que, siendo como es, lo debe estar pasando muy alegremente.

Los niños secundaron el brindis, aunque fue el momento menos espontáneo de la velada. Tiny Tim fue el último en beber haciéndolo a regañadientes. Scrooge era el ogro de la familia. La sola mención de su nombre causó un malestar que tardó lo menos cinco minutos en disiparse.

Después renació la alegría, que quizás aumentó la idea de que ya habían cumplido con Scrooge y podían olvidar su siniestra influencia. Bob Cratchit anunció que tenía a la vista un empleo para Master Peter, empleo que, de conseguirse, proporcionaría la fastuosa cantidad de cinco chelines y medio semanales. La sola idea de ver a su hermano convertido en financiero hizo estallar de risa a los dos jóvenes Cratchit, y el propio Peter, contemplando meditabundo el fuego por entre la rendija de su cuello, pareció debatir consigo mismo a qué clase de valores públicos daría preferencia cuando llegase el momento de invertir tan formidable suma. Marta, que estaba de aprendiza en un taller de modista, explicó su labor, las horas que trabajaba y su proyecto de pasar el día siguiente, que tenía libre, descansando en cama.

Les contó también que pocos días antes había tenido ocasión de ver a una condesa y a un lord y que éste era "poco más o menos de la estatura de Peter". Ante cuya declaración Peter dio libertad a las puntas de su cuello, desapareciendo en su interior. Entretanto, las castañas y la compotera cumplían su cometido y finalmente Tiny Tim cantó una balada acerca de un niño perdido en la nieve, con sumo gusto y verdadera afinación.

Téngase presente que no había en todo ello nada de grandioso. No se trataba de una familia pudiente, no estaban bien vestidos, su calzado distaba mucho de ser impermeable y Peter conocia muy probablemente a ciegas el camino de la casa de préstamos; pero eran felices, agradecidos, dichosos con su suerte y su condición. Al esfumarse, Scrooge pudo notar que la rociada de la antorcha del Espíritu los hizo parecer aún más satisfechos y contentos.

Cuando continuaron su jornada por las calles, había anochecido y nevaba copiosamente. La iluminación de casas y comercios producía reflejos maravillosos. Al pasar veían: en ésta, los preparativos de la cena con viandas puestas al cuidado de la lumbre y las cortinas a punto de correrse para resguardar del frío y de la nieve; en aquélla, salían al portal los hijos de la casa a recibir a hermanos, tíos, primos y ser los primeros en saludarlos. Aquí se veían, a través de los cristales, las siluetas que los invitados reuniéndose para comer, y más lejos un alegre grupo de jóvenes, encapuchados y hablando todos a la vez, dirigíanse alegremente hacia alguna casa vecina.

A juzgar por el número de gente que iba a reuniones amigas hubiérase creído que no quedaría nadie para recibirlos cuando llegasen; en verdad no era así, pues por doquier, advertíanse preparativos para la recepción amontonando en las chimeneas combustible en prodigiosa cantidad.

¡Cómo disfrutaba el Espíritu! ¡Con qué benevolencia descubría su pecho y tendía la mano, derramando su benéfica alegría! ¡Hasta el farolero, cumpliendo su misión a toda prisa para ir él mismo a celebrar la velada con sus amistades, reía a carcajadas al pasar, tachonando de estrellas la oscuridad, sin saber que acababa de cruzarse con el Espíritu de la Navidad actual.

De pronto, sin que éste hiciera advertencia alguna, se encontraron en un campo desierto en el que masas monstruosas de piedras se acumulaban como túmulos de gigantes difuntos, y el agua lo hubiera invadido todo de no hallarse prisionera de la helada. El sol poniente lanzaba hacia el Oeste un potrero fulgor rojizo que por un instante iluminó la terrible desolación de la escena, perdiéndose pronto en la tenebrosa oscuridad de la noche.

-¿Dónde estamos? - preguntó Scrooge.
-Donde viven los mineros que trabajan en entrañas de la tierra - replicó el Espíritu-. Ya me conocen. ¡Mira!

En las ventanas de una choza brillaba una luz hacia la que se dirigieron. Pasando a través de la pared de barro y piedra, hallaron una alegre reunión congregada alrededor del fuego y compuesta de un anciano muy anciano, su esposa, los hijos de ambos y los hijos de sus hijos, ataviados todos con sus mejores galas. Con una voz que apenas podía dominar el aullido del viento, el abuelo cantaba un villancico de Navidad que ya era antiguo cuando él era joven, coreando todos los demás, sus estrofas.

El Espíritu no se detuvo por más tiempo y, recomedando a Scrooge que se asiera a su túnica, cruzó el pantano dirigiéndose... ¿hacia dónde? ¿Hacia el mar? ¡Hacia el mar! Horrorizado vio Scrooge que dejaban atrás la tierra firme atronando sus oídos el bramido de las olas estrellándose contra el acantilado como si en su altivo furor quisieran socavar la costa.

Sobre un tétrico arrecife rocoso, a una legua o más de la orilla, azotado por las aguas y los vientos, alzábase solitario un faro. Adornaban su base grandes festones de algas y plantas marinas y a su alrededor revoloteaban bandadas de gaviotas atraídas por su luz.

Dos hombres cuidaban de ésta y por la abertura de la muralla veíase, como un rayo de claridad sobre las aguas, el resplandor de una hoguera. Estrechándose las manos callosas y endurecidas por el rudo trabajo ambos se deseaban mutuamente Feliz Navidad, solemnizando la ocasión con un jarro de ponche. Uno de ellos, el de más edad, en cuyo rostro parecían haber dejado huella todos los temporales que presenciara, elevó su voz en un recio cantar, que era un temporal en sí mismo.

De nuevo el Espíritu siguió adelante por sobre el mar embravecido hasta que dieron con un buque. Situáronse junto al timonel, observando al vigía, a los oficiales de cuarto, a la tripulación en sus respectivos puestos. Todos tenían en los labios alguna canción de Navidad o comentaban con sus compañeros Navidades pasadas con sus recuerdos del hogar. Y en aquel día, todos a bordo, dormidos o despiertos, buenos o malos, tenían una palabra cariñosa para con sus semejantes.

Muy sorprendido se vio Scrooge, mientras meditaba acerca de la solemnidad de navegar en las tinieblas, sobre abismos tan profundos e insondables como la muerte; muy sorprendido, repito, se vio al oír una estruendosa carcajada y más aún al reconocer como su autor a su propio sobrino y encontrarse en un aposento bien iluminado, confortable y cálido, con el Espíritu sonriente a su lado, contemplando al mencionado sobrino con benévola aprobación.

-¡Ja!¡Ja!¡Ja! - reía el sobrino de Scrooge -.¡Ja!¡Ja!¡Ja!

Si diera la casualidad, aunque lo dudo, de que conocieran a individuo alguno más propenso a la risa que el sobrino de Scrooge, les agradecería infinitamente que me lo presentaran. prometo hacer de él mi mejor amigo.

Es una maravilla evidencia de la ley de compensación el que si, cierto es que la tristeza y la enfermedad son contagiosas, nada hay más contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge reía de tal modo, sujetándose los costados, moviendo la cabeza y gesticulando como un muñeco de goma, la sobrina por casamiento de Scrooge, reía de tan buena gana como él y los amigos que con ellos estaban por no ser menos reían a mandíbula batiente.

-¡Ja!¡Ja!¡Ja!
-Me dijo que la Navidad era una tontería - recordó el sobrino -. ¡Y lo peor es que creía ser sincero!
-Mayor vergüenza para él - dijo la sobrina, indignada.

Era muy linda, extraordinariamente linda, con un rostro lleno de hoyuelos, una boca siempre sonriente y unos ojos alegres y chispeantes. Pudiérase calificarla de pizpireta, pero absolutamente sin reproche. En absoluto.

-Es un tipo pintoresco - dijo el sobrino -, ésa es la verdad. y menos tratable de lo que podría ser, pero, en fin, sus defectos no perjudican a nadie más que a él mismo. De manera que no tengo por qué censurarlo.
-Estoy segura de que es muy rico, Fred - insinuó la sobrina-. Al menos tú así lo afirmas.
-¿Y qué?-repuso Fred-. Su dinero no le sirve para nada. No hace nada bueno con él. Ni siquiera procurarse comodidades. Por no tener que gastar no tiene ni la satisfacción de pensar, ¡ja! ¡ja! ¡ja!, que nos aprovechará a nosotros.
-No lo aguanto - observó la sobrina de Scrooge, opinión a la que se sumó la de sus hermanas y las de las demás señoras presentes.
-¡Yo sí! - dijo el sobrino -. En el fondo me da lástima. No podría enojarme con él ni aun queriendo. ¿Quién sufre con sus manías? Él mismo. Ahora, por ejemplo, se le mete en la cabeza sentir aversión por nosotros y no venir a cenar aquí. ¿Cuál es la consecuencia? Que no pierde gran cosa.
-Pierde una cena excelente - interrumpió la sobrina, secundada por los demás invitados, quienes debían de tener motivos de saberlo ya que acababan de levantarse de la mesa.
-¡Me alegro de oírlo! - dijo el sobrino -, porque no tengo gran fe en las amas de casa tan jóvenes. ¿Tú qué opinas, Topper?

Topper, que evidentemente había echado el ojo a una de las hermanas de la sobrina de Scrooge, contestó que un soltero era un ser miserable sin derecho a tener opinión en el asunto. Sus palabras fueron causa de que la hermana de la sobrina - la regordeta de los lazos, no la que se adornaba con rosas - se ruborizara intensamente.

-¡Acaba, Fred!-dijo la sobrina palmoteando -.¡Nunca terminas lo que empiezas a decir!

El sobrino de Scrooge soltó una carcajada tan contagiosa como las anteriores.

-Decía que la consecuencia de su aversión por nosotros y de no querer compartir nuestra alegría será no pasar un buen rato que le sentaría de perlas. Seguramente se pierde el estar en mejor compañía que la de sus propios pensamientos, sea en su despacho, sea en su domicilio. Por mi parte, me propongo repetir la invitación cada año, aunque le desagrade, porque lo compadezco. Podrá criticar la Navidad tanto como quiera, pero en el fondo acabará viéndola con mejores ojos si cada año me encuentra con una felicitación en los labios. Aunque solamente sirva para hacer que deje cincuenta libras en su testamento a su infeliz empleado, será algo. Estoy seguro de que ayer lo conmoví.

La idea de que algo pudiera conmover a Scrooge provocó estruendosas carcajadas ene l auditorio y, como la cuestión era reír importando poco el porqué se reía, Fred fue el primero en participar del regocijo general.

Después del té hicieron música, a la que todos eran muy aficionados, especialmente Topper, poseedor de una voz de bajo profundo de la que sacaba excelente partido sin tener que esforzarse, dilatar las venas de la frente o congestionarse. La sobrina de Scrooge tocaba el arpa a la perfección y entre otras cosas tocó una pieza que había sido la predilecta de la niña que había ido a buscar a Scrooge al colegio. Cuando aquél la oyó, acudieron a su mente todas las escenas que le había hecho presenciar el Espíritu de las Navidades Pasadas, no pudiendo menos de pensar que, de haber prestado años atrás mayor atención a tales cosas, quizá se habría habituado a disfrutar de las bondades que ofrece la vida sin que fuera necesaria la intervención póstuma de Marley.

Después del rato dedicado a la música, jugaron a las prendas, porque a veces es saludable volver a ser niños, sobre todo en Navidad, cuando su Divino Fundador era niño también. Pero ¡qué cabeza! ¡me olvidaba! Antes jugaron a la gallina ciega. ¡Naturalmente! Y más fácil me será el creer que Topper tenía ojos hasta en las puntas de los dedos que en la eficacia de la venda.

Mi opinión es que Fred y él se habían puesto de acuerdo y que el Espíritu de la Navidad Actual no era ajeno al complot. La forma en que acertaba siempre a dar con la hermana regordeta era una ofensa a la credulidad humana. Tropezando con los morillos de la chimenea, dándose encontronazos con sillas y mesas, abrazándose al piano, enredándose en las cortinas... la perseguía por doquier, sin tocar ni por equivocación a ninguna de los otros jugadores aunque se atravesasen en su camino. La joven protestaba afirmando que no era justo, y, en verdad, no lo era. Cuando por fin consiguió su objeto, arrinconándola sin escape posible, su conducta fue lamentable, pretendiendo no saber quién era, insistiendo en la precisión de tocar su cabello y palpar un anillo que, de ser quien suponía, debía llevar en su dedo, para asegurarse de su identidad. ¡Fue monstruoso! Estoy seguro de que, cuando después de terminar el juego se retiraron ambos a un rincón de la sala, ella debió decirle francamente lo que pensaba de su comportamiento.

Si la sobrina de Scrooge no tomó parte en la gallina ciega prefiriendo instalarse cómodamente en un sillón, participó en cambio en el juego de prendas y en el de ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?, distinguiéndose notablemente en éste, por la rapidez y agudeza de sus respuestas, que dejaron muy atrás a sus hermanas, con evidente satisfacción de Fred.

Jugaron todos con gran alegría, aventurándose Scrooge, inconsciente de su invisibilidad y de que su voz no era oída por nadie, a ofrecer soluciones, unas veces acertadas y otras no.

Tan manifiesta era la complacencia del Espíritu ante la inesperada conducta de Scrooge que éste, al advertirlo, se atrevió a rogarle, con la misma ilusión con que lo hubiera hecho un muchacho, que le permitiera quedarse hasta el final de la fiesta. Pero, según le dijo aquél, era imposible.

-¡Ahora empiezan otro juego! - exclamó Scrooge -, ¡Espíritu!, ¡quedémonos media hora más!

Era un juego llamado Sí y No y consistía en pensar el sobrino de Scrooge una cosa determinada dejando a la imaginación de los demás el averiguar de qué se trataba contestando a sus preguntas simplemente sí o no, según se acercasen más o menos a la realidad. De sus respuestas al sinnúmero de suposiciones con que se vio acosado pareció deducirse que pensaba en un animal, vivo, más bien desagradable, un animal salvaje que gruñía y rugía, que habitaba en Londres, iba suelto por la calle sin guardián y no era ni un caballo, ni un asno, ni una vaca, ni un toro, ni un tigre, ni un perro, ni un gato, ni un oso.

Cada nueva pregunta que le hacían excitaba la hilaridad del sobrino, en términos tales que acabó levantándose del sofá y revolcándose por el suelo. Por fin, su cuñada regordeta gritó:

-¡Ya lo sé! ¡Ya sé qué es, Fred! ¡Ya lo he adivinado!
-¿Qué es?-preguntó Fred,
-¡Es tu tío Scrooge!

Y así era. La admiración fue general, aunque se discutió si la pregunta: ¿es un oso? debería haberse contestado ¡Sí! en lugar de ¡No!, ya que la respuesta negativa los despistó apartando de sus pensamientos a Scrooge.

-¡A su salud! - gritaron todos.
-¡Feliz Navidad y feliz Año Nuevo, esté donde esté! - dijo el sobrino -. No quiso aceptarlas cuando fui a felicitarlo, pero quizá cambie de opinión.

Tan alegre estaba Scrooge que, de habérsele permitido el Espíritu, habría contestado al brindis agradeciéndole sus buenos deseos, pero con la última palabra del sobrino-. No quiso aceptarlas cuando fui a felicitarlo, pero quizá cambie de opinión.

Tan alegre estaba Scrooge que, de habérselo permitido el Espíritu, habría contestado al brindis agradeciéndole sus buenos deseos, pero con la última palabra del sobrino se desvaneció la escena y reanudaron su jornada. Mucho fue lo que vieron y muy distintos los países que visitaron. El Espíritu lo llevó a hogares de todas clases, ricos y pobres, sanos y enfermos, pero siempre la visita tuvo un final feliz. Por doquier encontraron buen humor, resignación, paciencia, esperanza y fortaleza. En asilos, hospitales, presidios, en todos los refugios de la miseria en los que la autoridad humana no había vedado la entrada al Espíritu, dejó éste su bendición y enseñó a Scrooge sus preceptos.

Parecía imposible que todo aquello pudiera haber ocurrido en una sola noche. Scrooge lo dudaba, aunque los acontecimientos parecían condensarse amoldándose al tiempo que pasaron juntos. Era también extraño que, conservando Scrooge su habitual aspecto y apariencia, el Espíritu, en cambio, envejecía visiblemente. Scrooge observó la alteración sin mencionarla, hasta que, al abandonar una reunión infantil y mirando al Espíritu, vio que había encanecido.

-¿Tan breve es su vida?-preguntó.
-Mi vida en este mundo es muy corta -replicó el Espíritu-. Termina esta noche.
-¡Esta noche!
-¡A las doce! ¡Escuchad! ¡Se acerca mi última hora!

En aquel momento las campanas daban las once y tres cuartos.

-Perdona en el caso de no encontrar justificada mi pregunta - dijo Scrooge mirando atentamente la túnica del Espíritu -, pero veo algo extraño que no creo que os pertenezca asomando por el bode de vuestra vestidura. ¿Es un pie o una garra?
-A juzgar por lo descarnada debiera ser una garra - replicó tristemente el Espíritu -.¡Mira!

De entre los pliegues de su túnica surgieron dos niños, miserables, abyectos, horribles, repugnantes. Se arrodillaron a sus pies asiéndose al ropaje.

-¡Oh, hombre! ¡Mira aquí!

Eran un niño y una niña pálidos, andrajosos, hambrientos, ceñudos, pero postrados humildemente. Lo que debía ser grácil juventud era una trágica parodia. No había degradación, perversión humana en todos sus grados que no estuviera representada en sus facciones.

Scrooge retrocedió espantado. intentó alguna frase amable, pero las palabras se ahogaron en sus labios, prefiriendo callar a mentir tan descaradamente.

-¿Son vuestro, Espíritu? - preguntó.
-¡Son hijos de los hombres!- dijo el Espíritu mirándolos -. Y se refugian en mí, apelando contra sus padres. El niño es la Ignorancia. La niña es la Miseria. Cuídate de ambos, pero especialmente del primero, porque en él van contenidas todas las calamidades. En su frente lleva escrita la palabra "Perdición", de no haber quien la borre.
-¿No tienen refugio o recurso alguno? - preguntó Scrooge.
-¿No hay presidios? - replicó el Espíritu abrumándole con sus propias palabras -.¿No hay asilos?

La campana dio las doce.

Scrooge miró a su alrededor buscando al Espíritu, sin encontrarlo. Al terminar el eco de la última campanada, recordó la profecía de Marley y levantando dos ojos, vio acercarse hacia él, envuelto en amplia túnica y encapuchado, un fantasma que avanzaba deslizándose sobre la tierra como se desliza la niebla sobre el mar.


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