Blog de Literatura - Fomentando la Lectura
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martes, 24 de febrero de 2015

Pulgarcita - Hans Christian Andersen

"Pulgarcita" o "Pulgarcilla", es un cuento de Hans Christian Andersen publicado en 1835. Muchas veces es confundida su autoría y se lo atribuye a los hermanos Grimm debido al protagonista de los cuentos llamados "Pulgarcito" y "Los viajes de Pulgarcito". Lo cierto es que ambos cuentos son contemporáneos porque los dos volúmenes de cuentos de los Grimm se publicaron apenas unos 20 años antes que el libro de cuentos de Andersen.  A la vez, en realidad, "Pulgarcito" ya aparecía en los cuentos de Perrault (1697) por lo que verán, de Pulgarcito se habla hace siglos... pero volvamos a "Pulgarcita". La historia y todo lo que implica es muy diferente de "Pulgarcito". Mientras éste es el más pequeño entre varios hermanos, Pulgarcita surge del deseo de una mujer que no ha podido ser madre...
Como pasa muchas veces, lo que encontré en internet deja mucho que desear... Y no me satisfizo... O le cambian el final, o le cortan parte del desarrollo o le sacar descripciones y agregan diálogos... Bueno, vuelvo a subir el cuento según la traducción en uno de mis libros... aunque sé no es lo que debería hacer... y ni siquiera es lo más cómodo para quien lee el blog.... Pero, bueno, gente, no tengo scanner, y ya saben que siempre busco difundir el texto más fiel al original.

Pulgarcita (Film, animación, 1956)
























sábado, 21 de febrero de 2015

La Margarita - Hans Christian Andersen

El cuento de hoy dudé en publicarlo porque es tristísimo pero, ¿qué cuento de Andersen no lo es? Parece que tenía una fascinación por los golpes bajos. "La Margarita", además de triste, es bello. Tiene ese toque de melancolía que caracteriza a los escritos de este autor. 
Espero que les guste su poesía... Me pareció una bella forma de explicar porque no deberíamos arrancar las flores o enjaular a las aves silvestres. Es uno de esos cuentos que despiertan consciencia. Bueno, al menos eso creo yo.
Pego aquí la edición de uno de mis libros porque, sinceramente, el cuento que encontré en internet, salvo en una página, tiene otro final... Lo mismo de siempre... No perdemos la costumbre de "manosearlos"... Si necesitas ampliar la imagen, simplemente has click en ella








jueves, 19 de febrero de 2015

Los novios - Hans Christian Andersen

Hola a todos. Hoy continuamos el "Mes Andersen" con el cuento "Los novios", también conocido como "La pareja de enamorados". Me mata la pregunta: "¿No podríamos ser novios, ya que estamos aquí juntos?" :D 
Nuevamente estamos ante un cuento en el cual los objetos cobran vida para personificar emociones humanas como el amor, la obsesión, la ilusión y el desengaño... También el orgullo, la vanidad y la soberbia... Es uno de esos cuentos de Andersen en los que nos deja pensando qué es y qué no es amor. Un cuento sencillo, pero profundo, de hecho, duro.
Espero que les guste.




Los novios

El trompo y la pelota estaban en el cajón junto a otros juguetes. El trompo le dijo a la pelota:

-¿No podríamos ser novios, ya que estamos aquí juntos?

Pero la pelota, que estaba hecha de gamuza fina y era tan orgullosa como una señorita presumida, no le quiso contestar. Al día siguiente vino el niño dueño de los juguetes y pintó al trompo de rojo y amarillo y le clavó junto en el medio una tachuela dorada. El trompo se veía precioso cuando giraba.

- Míreme - le dijo la pelota -. Usted seguramente no sabrá que mis padres fueron chinelas de gamuza fina y que tengo un corcho de corazón.
- Sí, pero yo estoy hecho de caoba - dijo el trompo -. Y me ha torneado el alcalde, que tiene su propio banco de carpintero para entretenerse y tuvo una gran alegría al fabricarme.
-¿Me puedo fiar de usted? - preguntó la pelota.
-¡Que nunca me azoten si miento! - contestó el trompo.
-¡Usted se pinta solo! - siguió la pelota -. Pero no lo puedo aceptar, estoy casi comprometida con una golondrina; cada vez que salto al aire saca la cabeza del nido y me dice "vente, vente, vente". Y para mis adentros ya le he dicho que sí, de modo que me siento casi comprometida. Pero le prometo que nunca lo olvidaré.
- Bueno, eso no es consuelo para mí - dijo el trompo. Y no se hablaron más.

Al día siguiente, sacaron la pelota. El trompo vio cómo saltaba de alto en el aire, igual que un pájaro, ya casi no la veía. Pero cada vez que volvía, daba un salto y rebotaba. Lo hacía de ansiosa, porque tenía un corcho adentro. La novena vez que saltó, la pelota se perdió. No volvió más, el niño la buscó y la buscó, pero estaba perdida.

- Yo sé dónde está - suspiró el trompo -. Está en el nido, ya casada con la golondrina.

Cuanto más lo pensaba más enamorado de la pelota se sentía, justamente porque no podía alcanzarla y porque ella se había ido con otro. El trompo bailaba y daba vueltas, siempre pensando en la pelota y cada vez la imaginaba más y más linda.

Así pasaron muchos años... ya era un viejo amor. El trompo ya no era joven, pero un día lo pintaron de dorado. Nunca se había visto tan lindo, era un trompo de oro. Saltaba y giraba. ¡Esto sí que era bueno! Pero un salto lo llevó demasiado alto y... se perdió. Lo buscaron y lo buscaron; hasta abajo en el sótano, pero no lo encontraron. ¿Dónde estaría?

Había caído en la canaleta, donde se acumulaba toda clase de basura que rodaba desde el techo.

-¡A buen sitio he ido a parar, aquí que se me irá rápido el dorado! ¡Vaya gentuza que me rodea!

Miró de reojo a un pedazo viejo de repollo que tenía cerca y a una cosa rara, redonda, que parecía una vieja manzana. Pero no, no era una manzana, era una vieja pelota que había estado muchos años allí arriba en la canaleta y que el agua había empapado.

- Bendito sea Dios, al fin uno de los míos, alguien con quien hablar - se dijo la pelota y se dirigió al trompo dorado: En realidad yo soy de gamuza fina, cosida por manos de doncella y tengo un corcho adentro. Nadie lo creería viéndome ahora, pero estaba por casarme con una golondrina cuando me caí en esta canaleta; hace cinco años que me pudro aquí. ¡Puede creerme que es demasiado tiempo para una señorita!

El trompo no contestó nada; pensaba en su vieja novia, y cuanto más la oía más seguro estaba de que era la misma.

Vino la criada a tirar la basura y lo vio:

- ¡Ay, aquí está el trompo!

El trompo volvió al cuarto para gran alegría de todos. De la pelota no se supo más.

El trompo no volvió a hablar de su viejo amor. Eso había terminado. Cuando la amada ha estado pudriéndose cinco años en una canaleta uno no la reconoce entre la basura.



lunes, 16 de febrero de 2015

Las flores de la pequeña Ida - Hans Christian Andersen

El cuento de hoy es el primero que aparece en mi colección de "Hans Christian Andersen" aunque, en realidad, pegaré aquí la traducción que aparece en Wikisource por comodidad. La ilustración, en cambio, sí pertenece a mi libro y fue realizada por Arthur Rackham.
Cuando somos pequeños, nos encanta pensar, o mejor dicho, estamos seguros, que nuestros juguetes hablan. Bueno, Ida, además de creer eso y hablarle a su muñeca Sofía, cree que las flores hablar y bailan... y es por eso que se marchitan, por el cansancio de tanto bailar... Pero la vida en la naturaleza es cíclica, y a la muerte la sigue el renacer.


Las flores de la pequeña Ida

—¡Mis pobres flores están marchitas! —dijo la niña. Esta tarde estaban aun tan hermosas y ahora todas sus hojas cuelgan secas ¿Por qué están así?—preguntó a un estudiante que estaba sentado en el sofá, y al cual quería mucho.
Sabía contarla cuentos preciosos y recortar figuras tan divertidas: corazones con mujercitas que bailaban, flores y grandes castillos, cuyas puertas se podían abrir. ¡Oh! ¡Era un alegre estudiante!
—¿Por qué, mis flores están tan descoloridas hoy?—preguntó de nuevo, mostrándole un ramillete entero, completamente seco.
—¿Sabes lo que tienen?—dijo el estudiante: —las flores han estado esta noche en el baile, he aquí por qué sus cabezas están inclinadas.
—Sin embargo, las flores no saben bailar — dijo la niña Ida.
¡Vaya!—replicó el estudiante. Enseguida que oscurece y nosotros dormimos, ellas saltan y se regocijan; casi todas las noches tienen bailes.
¿Y no puede ir ningún niño a ese baile?
—Si, — respondió el estudiante, —las lindas margaritas y los lirios.
—¿Y dónde bailan las flores hermosas? —preguntó la niña Ida.
—¿No has salido nunca de la ciudad por el lado donde está el gran castillo en que el rey vive en el verano, y donde hay un magnífico jardín lleno de flores? ¿Has visto los patos que nadan hacia ti cuando les das miguitas de pan? Créeme, allí es donde se dan los grandes bailes.
Ayer tarde fui con mi madre al jardín, —replicó la niña, —y todas las hojas de los árboles se habían caído y no había ni una sola flor ¿Dónde están, pues? ¡En el verano veía tantas!
—¡Están en el interior del castillo!—dijo el estudiante. —Es menester que sepas que en cuanto el rey y los cortesanos vuelven a la ciudad, las flores dejan enseguida el jardín, entran en el castillo y pasan una vida muy alegre ¡Oh, si tú las vieses! Las dos rosas más hermosas se sientan en el trono y son rey y reina. Las crestas de gallo escarlatas se colocan en fila a los lados y se inclinan: son los gentiles-hombres, Enseguida vienen las demás flores y celebran un gran baile. Las violetas azules, representan los estudiantes de marina; bailan con los jacintos y los crocus, a quienes llaman señoritas: los tulipanes y los lirios rojos, son señoras mayores encargadas de vigilar que se baile convenientemente y que haya orden...
—Pero, —preguntó la niña Ida, —¿no hay nadie que castigue a las flores por bailar en el castillo del rey?
—¡Casi nadie lo sabe!—dijo el estudiante.—Es verdad que algunas veces durante la noche, llega el viejo intendente que debe hacer su ronda. En cuanto las flores oyen sonar su gran manojo de llaves, se están quietas, se ocultan detrás de las largas cortinas y sólo sacan la cabeza.
—¡Me huele a flores aquí!—dice el viejo intendente; pero no puede verlas.
—¡Eso es magnifico!—dijo la niña Ida batiendo las manos.—¿Tampoco yo podré ver bailar las flores?
¡Quizá sí!—dijo el estudiante.—No olvides cuando vuelvas al jardín del rey, mirar por la ventana y las verás. Yo lo hice hoy, y vi un gran lirio amarillo tendido sobre el sofá: era una dama de honor.
—¿Y las flores del jardín Botánico van también allí? ¿Pueden hacer ese viaje tan largo?
—Si, por cierto—dijo el estudiante, —porque si quieren pueden volar. ¿No has visto tú las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Se parecen mucho a las flores porque antes no han sido otra cosa. Han dejado su tallo y se han elevado por el aire, y agitando sus hojas como pequeñas alas, han principiado a volar. Como se han portado bien, han obtenido permiso para volar de día también, y no tienen necesidad de volver a casa a estarse quietas sobre el tallo. Así es como al fin las hojas se han convertido en alas verdaderas. Eso lo has visto por ti misma. Por lo demás, es posible que las flores del jardín Botánico no hayan ido jamás al jardín del rey, y aunque ignoren que allí se pasa la noche tan alegremente. Por esto quiero decirte una cosa que hará abrir unos ojos muy grandes a nuestro vecino el profesor de botánica, que vive aquí al lado, ya le conoces. Cuando vayas al jardín cuéntale a una flor que hay un gran baile en el castillo; esta lo repetirá a todas las demás y volarán. Cuando el profesor vaya luego a visitar su jardín, no verá en él ni una sola flor, sin poder comprender lo que les ha pasado!
Pero,¿cómo la flor podrá decírselo á las demás?¡Las flores no saben hablar!
—Es verdad: —respondió el estudiante; —pero se entienden por señas ¿No has visto tú muchas veces cuando hace un poco de viento inclinarse las flores y moverse sus verdes hojas? Pues estos movimientos son tan inteligibles para ellas, como para nosotros las palabras.
—¿Pero el profesor comprende ese lenguaje? —preguntó
—¡Sí, seguramente! Un día que estaba en su jardín vio una gran ortiga que con sus hojas hacía señales a un hermoso clavel rojo; le decía: ¡«Qué hermoso eres y cuánto te amo!» Pero el profesor se enfadó y pegó a las hojas que sirven de dedos a la ortiga. Pero se picó en ellas, y desde entonces no ha vuelto a tocar a ninguna ortiga-
—¡Es gracioso!—dijo la niña Ida, y se echó á reír.
—¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño?—dijo un adusto consejero que había entrado durante la conversación, para hacer una visita, y que se había sentado en el sofá. No podía soportar al estudiante y no cesó de murmurar mientras le veía recortar sus figuritas risibles y alegres. Tan pronto recortaba un hombre colgado de una horca y sosteniendo en la mano un corazón, porque era un ladrón de corazones, como una vieja hechicera que montaba a caballo sobre una escoba y llevaba a su marido en la nariz. El consejero no podía soportar estos juegos, y repetía sin cesar su primera reflexión: ¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño? ¡Son tonterías!
Pero todo lo que el estudiante contaba a la niña Ida tenia para ella un encanto extraordinario y la hacía pensar mucho. Las flores tenían la cabeza inclinada porque estaban cansadas de haber bailado toda la noche, sin duda estaban enfermas. Las llevó al lado de otros juguetes que había sobre una bonita mesa, cuyo cajón estaba lleno de magníficas cosas. En la camita su muñeca Sofía estaba acostada y durmiendo, pero la niña la dijo: «Tienes que levantarte, Sofía y por esta noche dormir en el cajón. Las pobres flores están enfermas y necesitan acostarse en tu cama. ¡Quizá se refresquen y sanen! »
Y sacó la muñeca que se mostró muy contrariada, y no dijo una palabra: tan disgustada estaba por no poder continuar en su cama.
Ida colocó las flores en la cama de Sofía, las cubrió con la pequeña colcha, y les dijo que se estuvieran quietas, que ella iría a hacerlas té para que pudieran reponerse y levantarse buenas a la mañana siguiente. Enseguida corrió las cortinas alrededor de la pequeña cama a fin de que el sol no las molestase en los ojos.
Durante toda la noche no pudo remediar el estar pensando en lo que la había contado el estudiante, y en el momento de irse a acostar, se dirigió primero hacia las cortinas de las ventanas donde estaban las magníficas flores de su madre: jacintos y tulipanes, y les dijo por lo bajo: «¡ Ya sé que iréis al baile esta noche!»
Las flores hicieron como si no comprendieran nada, y no movieron ni una hoja, lo cual no impidió que Ida supiera lo que sabia.
Luego que se acostó, pensó mucho tiempo en lo agradable que debía ser ver bailar las flores en el castillo del Rey ¿Habrán ido allá mis flores? -pensó. Pero luego se durmió. Se despertó a media noche: había soñado con las flores, con el estudiante y con el consejero que la había reprendido y le había dicho que no se dejara engañar. Todo era silencio en la habitación donde Ida reposaba. La lamparilla ardía sobre la mesa y el padre y la madre dormían.
¿Si estarán mis flores aun en la cama de Sofía ? - dijo entre si.—¡Quisiera saberlo!
Se enderezó en la cama y miró hacía la puerta que estaba entreabierta y allí estaban las flores y todos sus juguetes. Escuchó y le pareció oír tocar el piano en el salón, pero tan suave y tan delicadamente como jamás lo había oído.
Sin duda, son las flores que bailan —dijo.
¡Ay!¡Dios mío! Yo quisiera verlas — pero no se atrevió a levantarse por temor de despertar a su padre y a su madre.
—¡Oh! ¡Si quisieran entrar aquí !-pensó.—Pero las flores no vinieron y como la música continuó sonando suavemente al fin no pudo contenerse: era demasiado bonita la música. Sin hacer ruido se levantó de su cama y fue de puntillas hasta la puerta para mirar el salón. ¡Oh! Y en verdad que era soberbio lo que vio.
—No ardía allí lamparilla, sin embargo, estaba, todo iluminado. Los rayos de la luna penetraban por la ventana y caían sobre el piso; veíase allí casi como al medio día. Todos los jacintos y los tulipanes estaban en pie en dos largas filas; ni uno solo quedaba en la ventana; todos los tiestos estaban vacíos. En el suelo bailaban alegremente todas las flores, unas en medio de otras, haciendo toda clase de figuras y cogiéndose por sus largas hojas verdes para hacer la cadena. En el piano estaba sentado un gran lirio amarillo, que la niña Ida había conocido en el verano último, y que se acordaba muy bien, porque el estudiante le había dicho: «¡Mira como se parece ese lirio a la señorita Carolina!» Todos se burlaban de él entonces, pero ahora le pareció a la niña Ida que en verdad la hermosa flor amarilla se parecía a esta señorita. Hasta en las maneras de tocar era su retrato; tan pronto inclinaba su rostro amarillo de un lado como de otro llevando el compás con la cabeza. Nadie había advertido que estaba allí la niña Ida. Después vio un gran crocus azul, que saltó en medio de la mesa donde estaban sus juguetes y que fue a abrir las cortinas del lecho de la muñeca. Allí era donde estaban acostadas las flores enfermas, pero éstas se levantaron enseguida y dijeron a las demás con un signo de cabeza que también ellas tenían deseo de bailar. El viejo buen hombre del jarrón, que había perdido el labio inferior, se levantó e hizo un saludo a las hermosas flores. Ellas volvieron a tomar su buen aspecto y se mezclaron con las demás mostrándose sumamente contentas.
De pronto alguna cosa cayó de la mesa. Ida miró: era la vara de San José, que se había lanzado a tierra; parecía como que también quería tomar su parte en la fiesta de las flores. También era muy graciosa y en la punta había sentada una muñequita de cera que llevaba un grande y ancho sombrero, igual al del consejero. La vara saltó en medio de las flores sobre los tres ramos rojos, y se puso a llevar con fuerza el compás bailando una mazurka ; las demás flores no sabían bailar este baile porque eran demasiado ligeras y jamás habrían podido hacer el mismo ruido con sus pies. De pronto la muñequita de cera, que estaba sobre la vara se alargó y agrandó, se volvió hacia las flores y gritó muy alto: «¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño? ¡Son tonterías!» Y la muñeca de cera se parecía entonces extraordinariamente al consejero con su ancho sombrero, tenia el mismo tinte amarillo, y el mismo aire gruñón. Pero las flores dieron contra sus piernas frágiles que se encogieron de pronto y volvió a quedar una muñequita de cera. ¡Cuán divertido era ver todo esto!
Y la niña Ida no pudo contener la risa. La vara continuó bailando y el consejero vióse obligado a bailar con ella a pesar de su resistencia, y aunque algunas veces se agrandaba y otras volvía a tomar las proporciones de la muñequita de gran sombrero negro. Al fin las otras flores intercedieron por él, sobre todo las que habían dormido en el lecho de la muñeca, la vara cedió a sus instancias y se quedó quieta. Enseguida se oyó llamar violentamente en el cajón donde estaban encerrados la muñeca Sofía y los demás juguetes de Ida. El hombre del jarrón corrió hacia el lado de la mesa, se extendió sobre el vientre y empezó a abrir un poco el cajón.
De pronto Sofía se levantó y miró con extrañeza a su alrededor.
¡Aquí hay baile!—dijo. ¿Por qué no lo habrán dicho?
¿Quieres bailar conmigo?—dijo el hombre del jarrón.
¡Estaría bien que yo bailase contigo!—le contestó volviéndole la espalda. Después se sentó sobre el cajón y creyó que una de las flores iba a venir a invitarla- Pero ninguna se presentó; y por más que tosió, hizo hum. hum, no vino ninguna. El hombre se puso a bailar solo y lo hizo bastante bien.
Como ninguna de las flores podía ver á Sofía, esta se dejó caer haciendo un gran ruido desde el cajón al suelo. Todas las flores acudieron preguntándola si se había hecho mal, y mostrándose muy amables con ella, sobre todo las que se habían acostado en su cama. No se había hecho ningún daño y las flores de Ida la dieron las gracias por su buena cama, la condujeron al centro de la sala donde brillaba la luna, y se pusieron a bailar con ella, y las demás flores hicieron círculo para verla. Sofía, contentísima, les dijo que podían en lo sucesivo conservar su cama, porque le era igual acostarse en el cajón.
Las flores la respondieron:
—Te lo agradecemos cordialmente; pero no podemos vivir mucho tiempo. Mañana, habremos muerto. Di, sin embargo, a la niña Ida que nos entierre en el jardín, en el mismo sitio donde está enterrado el canario. Entonces resucitaremos en el verano aun más hermosas.
—¡No, no quiero que os muráis!—respondió Sofía besando las flores.
Pero en aquel mismo momento se abrió la puerta del gran salón, y una gran porción de flores magníficas entró bailando. Ida no podía comprender de donde venían. Eran sin duda las flores del jardín del rey. A la cabeza marchaban dos rosas deslumbrantes, que llevaban pequeñas coronas de oro: eran un rey y una reina. Detrás venían encantadores alhelíes y preciosos claveles, que saludaban hacia todos lados. Venían acompañados de una orquesta; grandes dormideras y peonías soplaban con tal fuerza en vainas de guisantes, que tenían el rostro enrojecido; los jacintos azules y las campanillas sonaban como si tuvieran verdaderos cascabeles. Era una orquesta admirable; las demás flores se unieron a la nueva banda, y vióse bailar violetas y amarantos con belloritas y margaritas. Abrazáronse unas a otras y era un espectáculo delicioso.
Después se despidieron las flores deseándose una buena noche, y la niña ida se escurrió en su cama donde soñó con todo lo que había visto.
Al día siguiente, en cuanto se levantó, corrió a la mesita para ver si las flores continuaban allí. Abrió las cortinillas de la camita; allí estaban todas, aun más secas que la víspera. Sofía estaba acostada en el cajón donde la había colocado y aparentaba tener mucho sueño.
—¿Te acuerdas de lo que tenías que decirme? —la preguntó la niña Ida.
Pero Sofía estaba muy admirada y no contestó una palabra.
—No eres buena, —dijo Ida; —sin embargo, todas han bailado contigo.
Enseguida cogió una cajita de papel con pajaritos pintados y puso en ella las flores muertas. —Este será vuestro magnífico ataúd, —dijo,— y luego, cuando vengan a verme mis primitos, presenciarán vuestro entierro en el jardín, para que resucitéis en el verano próximo y volváis más hermosas.
Eran los primos de la niña Ida dos alegres niños que se llamaban Jonás y Adolfo. Su padre les había comprado dos ballestas y las llevaron para enseñárselas á Ida.
La niña les contó la historia de las pobres flores que habían muerto y les invitó al entierro. Los dos niños marcharon delante con sus ballestas al hombro, y la niña Ida les siguió con las flores muertas en su precioso ataúd; cavaron una pequeña fosa en el jardín; después de haber besado a sus flores, depositó el ataúd en la tierra; Adolfo y Jonás descargaron varias veces sus ballestas sobre la tumba, porque no tenían ni fusil ni cañón.

sábado, 14 de febrero de 2015

La princesa y el guisante - Hans Christian Andersen

Para continuar con el "Mes Andersen", hoy elegí "La princesa y el guisante". Este es otro de aquellos cuentos que se han hecho tan populares que se pierde el autor. De hecho, generalmente se lo atribuye a los hermanos Grimm. 
Al leerlo, descubrirán la típica fórmula en los cuentos de hadas. Podemos, entonces, hacer dos cosas. Una, despotricar contra el modelo de mujer que creemos estos cuentos fomentan, el machismo, el patriarcado etc. etc. Dos, aceptarlo como es, una historia simple a la cual se le pueden dar otras interpretaciones menos lineales si nos enfocamos en arquetipos...
Pensemos, ¿qué es ser una princesa verdadera si el cuento dice que princesas hay muchas? ¿Por qué se detecta con un guisante oculto bajo un montón de colchones que deberían amortiguar el dolor? En lo particular, me oriento más a ver los colchones y edredones como capas que ocultan nuestra esencia verdadera :D Pero que cada quien interprete lo que quiera.
¡Feliz San Valentín!



La Princesa y el Guisante

Una vez era un príncipe que quería casarse con una princesa, pero con una princesa de sangre real. Viajó por todo el mundo en busca de una, pero todas las que encontraba tenían algún defecto. Las princesas abundaban, pero se hacía difícil descubrir si verdaderamente eran de sangre real. El príncipe volvió a su patria muy desilusionado y estaba triste y pesaroso, porque deseaba con toda su alma una real princesa.

Cierta noche se desencadenó una horrible tempestad; llovía a torrentes y el cielo parecía un infierno de truenos y rayos. ¡Era espantoso! De pronto llamaron a la puerta de la ciudad y el mismo Rey fue a ver quién era.

Con gran asombro adivinó que tenía delante a una princesa. Pero ¡Dios mío! ¡En qué lastimosos estado venía con aquel tiempo horroroso! Toda empapada de lluvia, chorreaba por cabellos y vestidos; llenaba el agua su calzado y se le vertía por los talones. Más parecía una fuente que una princesa, aunque ella afirmaba que lo era.

"Pronto lo sabremos", pensó la Reina. Y, sin decir nada a nadie, fue al dormitorio, quitó todos los colchones y ropa de cama y dejó en el fondo de ésta un guisante, encima del cual colocó veinte colchones y, sobre ellos, veinte edredones.

La princesa tuvo que dormir toda la noche en esta cama monumental. Al día siguiente le preguntaron cómo había dormido.

- ¡Oh! ¡Pésimamente! - contestó -. En toda la noche no he podido cerrar apenas los ojos. Dios sabe lo que habría en la cama. Sentía una cosa dura que me ha llenado de cardenales todo el cuerpo. ¡Qué horrible!

Entonces conocieron que era una princesa de sangre real, porque, entre veinte colchones y veinte edredones, había sentido la molestia del guisante.

Sólo una princesa de sangre real puede ser tan sensitiva.

El Príncipe la tomó por esposa sabiendo a ciencia cierta que se casaba con una verdadera princesa, y el guisante se llevó al Museo de Arte donde aún estará si no lo han quitado.

¡Y he aquí un verdadero cuento!

lunes, 9 de febrero de 2015

El patito feo - Hans Christian Andersen

Hoy una amiga, ante mi angustia por una situación que se está dando en lo laboral y que me hace seriamente cuestionarme si el problema no seré yo, me dijo algo hermoso: "¡Ni lo pienses! Es obvio que en un mundo de patos seas un cisne incomprendido". Y claro, la frase me recordó a "El patito feo" y, como estamos con los cuentos de Hans Christian Andersen, lo elegí para hoy. 
¡¿Quién no vivió alguna vez situaciones similares?! y no me refiero a la interpretación básica y gastada que se hace de este cuento al relacionarlo con aquello de lo bello en lo feo, sino con una interpretación más profunda que tiene que ver con nuestro lugar en el mundo.
Espero que les guste... 

Cisne en Bubalcó

















sábado, 7 de febrero de 2015

El impávido soldado de plomo - Hans Christian Andersen

Tal cómo les decía ayer en el facebook del blog, estas últimas semanas el cuento "La Sirenita" de Hans Christian Andersen ha tenido varias visitas en el blog - y ha recibido varios comentarios de agradecimiento -. Sin lugar a dudas, es la entrada más leída. Me alegra saber que se difunde el cuento original.... es algo así como darle batalla a las versiones reducidas y manoseadas. Hans Christian Andersen fue - es - unos de mis escritores favoritos de cuando era niña por lo que decidí homenajearlo durante todo Febrero. 
Hoy: "El impávido soldado de plomo" también conocido simplemente como "El soldadito de plomo". Un clásico, tal vez, algo olvidado (si bien no es el cuento más olvidado de los de Andersen) y manoseado bastante por los diseñadores de dibujos animados. El título original es "Den standhaftige Tinsoldat" (standhaftige: firme) y se publicó por primera vez en 1838. Nuevamente, como pasó con "La sirenita", no es una historia de amor aunque hayan querido vendérnosla como tal. 
Algo curioso que al menos yo no sabía: en Odense, Dinamarca, hay una escultura del soldadito, :D De hecho, en Odense abundan las esculturas relacionadas con Andersen.... Pero no sólo allí, ¡¡también hay una escultura en una plaza de Madrid!!. Pensar que viví en Madrid unos años antes de que la esculpieran...
Espero que les guste.
Ah, cómo me gusta la edición que tengo en casa, van imágenes del libro. Para leerlas mejor, hagan "click" en ellas.

Den standhaftige Tinsoldat, Odense. Escultor: Eiler Madsen. 1996. Paseo Overgade, Odense, Dinamarca







Fuente: esculturayarte.com (cc) 2009-2015

NOMBRE: 
El Soldadito de Plomo

AUTOR: Pedro Requejo Novoa - 2006



lunes, 17 de marzo de 2014

La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo VII - FINAL

Viene de "La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo VI"


SÉPTIMO EPISODIO
El castillo de la Reina de las Nieves y de lo que sucedió allí

Los muros del palacio estaban formados de polvo de nieve y las ventanas y puertas, de vientos glaciales; había más de cien salones, formados por remolinos de nieve, el mayor de los cuales medía varias leguas de largo; estaban iluminados por auroras boreales y eran inmensos, vacíos, gélidos y luminosos.

Nunca se celebró allí fiesta alguna, ni siquiera un sencillo baile en el que los osos pudieran danzar sobre sus patas traseras, haciendo gala de sus maneras distinguidas, al son de la música de los tempestuosos vientos polares; jamás tuvo lugar ninguna reunión en la que poder jugar y divertirse, ni siquiera una simple velada en la que las señoritas zorras blancas charlaran en torno a unas tazas de café, Los salones de la Reina de las Nieves eran desolados, grandes y fríos. Las auroras boreales aparecían y desaparecían con tanta exactitud que se podía preveer el momento en que su luz sería más intensa y aquel en que sería más tenue. En medio del inmenso y desnudo salón central había un lago helado; el hielo estaba roto en mil pedazos, pero cada uno de ellos era idéntico a los otros: una verdadera maravilla; en el centro del lago se sentaba la Reina de las Nieves cuando permanecía en palacio; pretendía reinar sobre el espejo de la razón, el mejor, el único de este mundo.

El pequeño Kay estaba amoratado por el frío, casi negro, aunque él no se daba cuenta de ello, pues el beso que le diera la Reina de las Nieves lo había insensibilizado para el frío y su corazón estaba, innecesario decirlo, igual que un témpano. Iba de un lado para otro cogiendo trozos de hielo planos y afilados que disponía de todas las formas posibles, con un propósito determinado; hacía lo mismo que nosotros cuando con pequeñas piezas de madera recortadas intentamos componer figuras. Kay también formaba figuras, y sumamente complicadas: era "el juego del hielo de la razón"; a sus ojos, estas figuras eran magníficas y su actividad tenía una enorme importancia; el fragmento de cristal que tenía en el ojo era la causa de todo; construía palabras con trozos de hielo, pero nunca conseguía formar la palara que hubiera deseado, la palabra Eternidad.

La Reina de las nieves le había dicho:

- Cuando logres formar esa palabra, serás tu propio dueño; te daré el mundo entero y un par de patines nuevos.

Pero, por más que lo intentaba, nunca lo conseguía.

- Voy a emprender un vuelo hacia los países cálidos - le dijo un dia la Reina de las Nieves - Echaré un vistazo a las marmitas negras - así llamaba ella a las montañas que escupen fuego, como el Etna y el Vesubio-. Las blanquearé un poco, eso le sentará bien a los limoneros y a las viñas.

La Reina de las Nieves emprendió el viaje y Kay quedó solo en aquel gélido y vacío salón de muchas leguas de largo; contemplaba los trozos de hielo, reflexionaba profundamente concentrándose al máximo en su juego; permanecía tan inmóvil y rígido que daba la impresión que hubiera muerto de frío.

Fue entonces cuando la pequeña Gerda entró en el palacio por su puerta principal, construida con vientos glaciales; pero Gerda recitó su oración de la tarde y los vientos se apaciguaron como si hubiesen querido dormir; se adentró por los grandes salones vacíos... y vio a Kay. Lo reconoció, le saltó al cuello, lo estrechó entre sus brazos y gritó:

- ¡Kay! ¡Mi querido Kay! ¡Por fin te encontré!

Pero Kay permaneció inmóvil, rígido y frío... y Gerda lloró y sus lágrimas cálidas cayeron sobre el pecho del muchacho llegando hasta su corazón y fundieron el bloque de hielo e hicieron salir de él el pedacito de cristal que allí se había alojado!

Kay la miró y ella cantó:

Las rosas en el valle crecen, el Niño Jesús les habla y ellas al viento se mecen.

Entonces también las lágrimas afloraron a los ojos de Kay y lloró tanto que el polvo de cristal que tenía en el ojo salió junto con las lágrimas; reconoció a Gerda y, lleno de alegría, exclamó:

- ¡Gerda! !Mi pequeña y dulce Gerda... ! ¿Dónde has estado durante todo este tiempo? ¿y dónde he estado yo?

Y mirando a su alrededor dijo:

- ¡Qué frío hace aquí! ¡Qué grande y vacío está esto!

Estrechó entre sus brazos a Gerda, que reía y lloraba de alegría; su felicidad era tan grande que incluso los trozos de hielo se pusieron a bailar a su alrededor y cuando, fatigados, se detuvieron para descansar, formaron precisamente la palabra que al Reina de las Nieves había encargado a Kay que compusiera, la palabra Eternidad : era pues su propio dueño y ella debería darle el mundo entero y un par de patines nuevos.

Gerda besó las mejillas que recobraron su color rosado, lo besó en los ojos que brillaban como los suyos, besó sus manos y sus pies y se sintió fuerte y vigoroso.

La Reina de las Nieves podía venir cuando quisiera; Kay tenía su carta de libertad escrita en brillantes trozos de hielo.

Se cogieron de la mano y salieron del palacio; hablaron de la abuela y de los rosales que crecían en el tejado; los vientos habían amainado hasta desaparecer por completo y el sol brillaba en el cielo; cuando llegaron el arbusto de las bayas rojas, el reno los estaba esperando; junto a él había una joven hembra cuyas ubres estaban llenas de leche tibia que ofreció a los dos niños tras haberles dado un beso. Y los renos llevaron a Kay y a Gerda primero a casa de la finlandesa, donde se calentaron en la cabaña y proyectaron el viaje de vuelta, y después a casa de la lapona, que les había cosido trajes nuevos y les había preparado un trineo.

Los dos renos, saltando a su lado, los acompañaron hasta el límite del país, donde los tallos verdes empezaban a despuntar sobre la nieve; allí se despidieron de los renos y la mujer lapona.

- ¡Adiós! - se dijeron todos.

Se escuchaban ya los gorjeos de algunos pajarillos y el bosque comenzaba a reverdecer. De la espesura salió un magnífico caballo, al que Gerda reconoció de inmediato, pues era uno de los que había tirado de la carroza de oro; estaba montado por una jovencita con un gorro encarnado en la cabeza y que empuñaba una pistola en cada mano: era la hija del bandido, se había cansado de estar en su casa y había decidido marcharse; iría primero hacia el Norte y, si el Norte no le gustaba, continuaría más allá. Reconoció en seguida a Gerda y Gerda la reconoció a ella. Se llevaron una gran alegría.

- Es absurdo lo que has hecho - dijo a Kay la hija del bandido - Me pregunto si te mereces que te vayan buscando hasta el fin del mundo.

Gerda le golpeó cariñosamente la mejilla y le preguntó por el príncipe y la princesa.

- ¡Se han marchado al extranjero! - respondió la hija del bandido.
- ¿Y el cuervo? - preguntó Gerda.
- El cuervo murió. La esposa domesticada es ahora viuda y lleva en la pata una cinta de lana negra; gime lastimosamente ... pero todo eso son tonterías, cuéntame tu historia y como conseguiste encontrarlo.

Y Gerda y Kay relataron sus aventuras.

- ¡Y aquí acaba la historia! - dijo la hija del bandido.

Estrechó la mano de los dos niños y les prometió que si algún día pasaba por su ciudad se acercaría a visitarlos; después, partió con su caballo a recorrer el mundo y Kay y Gerda continuaron su camino, cogidos de la mano, en aquella deliciosa primavera más verde y más florida que nunca; las campanas de una iglesia repicaban a lo lejos; en seguida reconocieron las altas torres y la gran ciudad donde siempre habían vivido; se internaron por las calles y llegaron al portal de la casa de la abuela; subieron las escaleras y abrieron la puerta de la buhardilla; todo se encontraba en el mismo lugar que antes; el reloj de pared seguía pronunciando su "tic, tac" que acompañaba el girar de las agujas; en el momento de franquear la puerta, se dieron cuenta de que se habían convertido en personas mayores; los rosales, sobre el canalón, florecían tras la ventana abierta y allí estaban las dos sillitas; Kay y Gerda se sentaron cada uno en la suya, cogidos de la mano; habían olvidado, como si de un mal sueño se tratara, el vacío y gélido esplendor del palacio de la Reina de las Nieves. La abuela estaba sentada a la luz del sol de Dios y leía en voz alta un pasaje de la Biblia: "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos".

Kay y Gerda se miraron a los ojos y comprendieron de repente el antiguo salmo:

Las rosas en el valle crece, el Niño Jesús les habla y ellas al viento se mecen.

Allí estaban sentados los dos, ya mayores, pero niños al mismo tiempo, niños en su corazón. Era verano, un verano cálido y gozoso. 

FIN

 

domingo, 16 de marzo de 2014

La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo VI

Viene de "La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo V"



 SEXTO EPISODIO
La mujer lapona y la mujer filandesa

Se detuvieron ante una pequeña cabaña. Tenía un aspecto muy pobre, con un tejado que descendía hasta el suelo y una puerta tan baja que para entrar o salir de ella había que arrastrarse por el suelo. Vivía allí una vieja lapona que estaba cociendo pescado en una lámpara de aceite de bacalao; el reno le contó toda la historia de la niña, aunque antes le había contado la suya, que consideraba mucho más importante; Gerda estaba tan entumecida por el frío que apenas podía hablar.

- ¡Ah, pobres de vosotros! - dijo la lapona -. Os queda todavía un largo camino! Tenéis que hacer más de cien leguas para llegar a Finlandia; allí, donde las auroras boreales aparecen cada noche, tiene la Reina de las Nieves su morada. Como no tengo papel, os escribiré una nota en un rozo de bacalao seco; deberéis entregárselo a una mujer finlandesa, amiga mía, que vive por allí; ella podrá informaros mejor que yo.

Cuando Gerda hubo entrado en calor, después de haber comido y bebido algo, la lapona escribió unas palabras sobre el bacalao, recomendando a Gerda que tuviese buen cuidado de no perderlo; ésta lo colocó sobre el reno, que, de un salto, reemprendió la marcha. Tuvieron la ocasión de contemplar deliciosas auroras boreales de hermosos tonos azulados ... y llegaron a Finlandia.

Llamaron a la chimenea de la mujer finlandesa, pues su casa era una chimenea que ni siquiera tenía puerta. Dentro, el calor era tal que la mujer estaba casi desnuda; era pequeña y muy sucia; desvistió en seguida a la pequeña Gerda, le quitó las manoplas y los zapatos, pues de lo contrario no habría podido soportar el calor, y puso un trozo de hielo sobre la cabeza del reno; luego, leyó lo que su amiga lapona había escrito en el bacalao seco; tres veces lo leyó, hasta aprenderlo de memoria, y después echó el bacalao a la olla: era comida y ella nunca dejaba que la comida se echara a perder.

- Tú eres muy hábil - dijo el reno; sé que puedes atar todos los vientos del mundo con un hilo; si el capitán de barco deshace un nudo, tiene buen viento, si deshace el segundo, el viento arrecia, y si deshace el tercero y el cuarto, se levanta un huracán capaz de asolar los bosques. ¿No quieres dar a la niña una poción que le dé la fuerza de veinte hombres y le permita llegar hasta la Reina de las Nieves?
- ¿La fuerza de veinte hombres...? - repitió la finlandesa- Sí, eso sería suficiente.

Se acercó a una estantería y cogió un gran rollo de piel que desenrolló cuidadosamente; había escritos en él unos extraños signos; la mujer leyó y unas gotas de sudor aparecieron en su frente.

El reno intercedió de nuevo por la niña y ésta miró a la finlandesa con ojos tan suplicantes que la mujer parpadeó y se llevó al reno a un rincón donde, poniéndole otro trozo de hielo en la cabeza, le dijo en voz baja:
- El pequeño Kay está efectivamente en casa de la Reina de las Nieves; allí se encuentra a gusto y nada echa en falta; cree que está en el mejor lugar del mundo, aunque eso es debido tan sólo a que un pedacito de cristal se le clavó en el corazón y otro se le introdujo en el ojo; si no se le extirpan esos cristales, jamás volverá a ser un hombre y la Reina de las Nieves conservará para siempre su dominio sobre él.
- ¿No puedes dar a la niña alguna poción que le confiera poder para lograr su propósito?
- No puedo procurarle un poder mayor del que ya tiene. ¿No ves el alcance de su poder? ¿No ves cómo hombres y animales la ayudan y cómo, descalza, ha recorrido un camino tan largo? Su fuerza reside en el corazón y nosotros no podemos acrecentarla. Su poder le viene dado por el hecho de ser una niña dulce e inocente. Si por sí misma no consigue llegar a Kay, nada podremos hacer nosotros. A dos leguas de aquí comienza el jardín de la reina de las Nieves; llévala hasta allí y déjala junto al arbusto de bayas rojas; no pierdas tu tiempo charlando y apresúrate a volver.
La finlandesa cogió en sus brazos a la pequeña Gerda y la subió de nuevo sobre el reno que corrió con todas sus fuerzas.

- ¡Oh, no llevo mis zapatos! ¡Ni tampoco las manoplas! - gritó Gerda.

Acaba de darse cuenta al sentir el horrible frío que hacía fuera, pero el reno no se atrevió a detenerse; siguió corriendo, hasta llegar al arbusto de las bayas rojas; allí depositó a Gerda en el suelo, le dio un beso y unas lágrimas gruesas corrieron por la mejilla del animal; se volvió y regresó tan rápidamente como pudo. Allí se quedó la pobre Gerda, sin zapatos ni guantes, en plena Finlandia, terrible y glacial.
Echó a correr y un verdadero regimiento de enormes copos de nieve le salieron al encuentro; no caían del cielo, que estaba muy claro e iluminado por una aurora boreal; los copos corrían a ras de tierra y cuanto más se le acercaban, mayor era su tamaño; Gerda recordó lo grandes y perfectos que le habían parecido cuando los había observado con la lupa; pero éstos eran la vanguardia de la Reina de las Nieves y tenían un aspecto terrible, como seres vivos que tomaban las formas más extrañas: unos parecían horrorosos puercoespines, otros eran como madejas de serpientes enmarañadas que adelantaban amenazadoramente sus cabezas, otros, por fin, recordaban a pequeños osos rechonchos de pelo crespo; todos los copos de nieve parecían dotados de vida y tenían una blancura resplandeciente.

La pobre Gerda se puso a rezar un Padrenuestro; el frío era tan intenso que podía ver su propio aliento saliéndole de la boca como una espesa humareda; y este aliento se iba haciendo más denso y se convertía en pequeños ángeles luminosos que crecían a medida que tocaban tierra; portaban un yelmo en la cabeza, un escudo en una mano y una espada en la otra; su número iba en aumento y cuando Gerda terminó su Padrenuestro formaban todo un batallón a su alrededor; descargaron sus lanzas contra los horribles copos que estallaron en mil pedazos y la pequeña Gerda avanzó con paso seguro e intrépido. Los ángeles le frotaron las manos y los pies, sintió menos frío y se dirigió sin perder tiempo hacia el palacio.

Pero vemos ahora dónde se encuentra Kay. Apenas se acordaba de su amiga Gerda ni se podía imaginar que en aquel momento ella se encontraba delante del palacio.


viernes, 14 de marzo de 2014

La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo V

Viene de "La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo IV"


QUINTO EPISODIO
La Hija del Bandido

 Atravesaban un bosque sombrío, donde la carroza resplandecía como una antorcha, lo que llamó la atención de los bandidos. No podían dejar escapar aquella presa.

-¡Es de oro! ¡Es de oro! - gritaron, precipitándose sobre ella; detuvieron a los caballos, dieron muerte a los cocheros y sacaron del coche a la pequeña Gerda.

-¡Está rolliza y hermosa! La han cebado con pan de especias - dijo la mujer al bandido que tenía una barba enmarañada y unas cejas que le caían hasta los ojos- Es tierna como un cordero cebón, ¡Qué rica estará! - Y diciendo esto, sacó su afilado cuchillo que brilló con resplandor siniestro.
- ¡Ahh! - Chilló la mujer: su propia hija, a la que llevaba a la espalda, le acababa de propinar un tremendo mordisco en la oreja. La muchacha era salvaje y mal educada como no se pueda imaginar.
- ¡Maldita niña! - exclamó la madre, que no pudo así matar a Gerda.
- ¡Quiero esta niña para que juegue conmigo! - dijo la hija del bandido- Quiero que me dé su manguito y su vestido y que duerma conmigo en la cama.

Y la mordió de nuevo con tal fuerza que la mujer dio un salto en el aire retorciéndose, mientras los bandidos se echaban a reír, diciendo:

-¡Mirad cómo baila con su hija!
-¡Quiero montar en la carroza! - gritó la hija del bandido.

Y cuando la chiquilla quería algo, había que dárselo, pues además de consentida, era terca como ella sola. Tomó asiento junto a Gerda en la carroza y se adentraron por el bosque traqueteando entre tocones y malezas. La hija del bandido era tan alta como Gerda, aunque más fuerte, más ancha de hombros y de piel más oscura; sus ojos, de un negro intenso, revelaban una expresión de tristeza. Cogió a la pequeña Gerda por la cintura y le dijo:

- No te matarán mientras yo no me enfade contigo. ¿Eres una princesa?
- No - dijo la pequeña Gerda, contando lo que le había ocurrido y lo mucho que quería al pequeño Kay.

La hija del bandido miraba con aire grave; hizo un movimiento de cabeza y dijo:

- No te matarán, ni siquiera aunque yo me enfade contigo; en ese caso seré yo misma quien lo haga.

Secó los ojos de Gerda y metió sus manos en el bello manguito tan suave y caliente que era. La carroza se detuvo; se encontraban en el patio del castillo de los bandidos, cuyos muros estaban agrietados de arriba abajo; cuervos y cornejas salieron volando de agujeros y grietas y dos grandes perrazos, con aspecto de poder devorar a un hombre, daban grandes brincos, aunque no ladraban, pues les estaba prohibido.

En la sala central, grande, vieja y con las paredes recubiertas de hollín, ardía una gran hoguera en medio del enlosado; el humo se acumulaba junto al techo y debía buscar por sí mismo una salida; en el fuego hervía un caldero de sopa y, ensartados en un pincho, se asaban varios conejos y liebres.

- Esta noche dormirás conmigo y con mis animales - dijo a Gerda la hija del bandido.

Cuando hubieron comido y bebido se dirigieron a un rincón donde se amontonaban la paja y las mantas. Por encima de sus cabezas, sobre vigas y traviesas, había cerca de cien palomas; parecían dormidas, aunque giraron ligeramente sus cabezas a la llegada de las niñas.

- Son todas mías - dijo la hija del bandido, y, atrapando a una de las que estaban más próximas, la sujetó por las patas y la sacudió, mientras la paloma agitaba las alas.
- ¡Bésala! - gritó, arrojando el animal a la cara de Gerda -. Éstos son la chusma del bosque - continuó, mostrándole los barrotes que cerraban un agujero en lo alto del muro - Si no se los tiene bien encerrados, se echan a volar de inmediato y desaparece. ¡Y este es mi viejo amigo Be!

Y tiró de los cuernos a un reno atado a la pared con una cuerda sujeta a un anillo de cobre pulimentado que le rodeaba el cuello.

- También a éste hay que sujetarlo bien; de lo contrario, se soltaría y se iría. Todas las noches le acaricio el cuello con mi cuchillo y se muere de miedo.

La niña sacó un largo cuchillo de una rendija que había en la pared y lo pasó por el cuello del reno. El pobre animal coceó, mientras la hija del bandido se reía a carcajadas. Luego, de un empujón, tiró a Gerda sobre la cama.

- ¿No vas a dejar el cuchillo mientras duermes? - preguntó Gerda que miraba la hoja con temor.
- Duermo siempre con mi cuchillo - respondió la hija del bandido. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Pero cuéntame más sobre lo que hace un momento decías del pequeño Kay y sobre por qué te has aventurado a recorrer el mundo.

Gerda continuó su relato, mientras las palomas del bosque se arrullaban allá arriba, en su jaula, y las otras dormían. La hija del bandido pasó su brazo alrededor del cuello de Gerda y, sin dejar de sujetar el cuchillo con la otra mano, se durmió y pronto se le oyó roncar; sin embargo, Gerda no podía cerrar los ojos, no sabía si iba a vivir o a morir. Los bandidos estaban sentados alrededor del fuego, cantaban, bebían y la vieja bailaba de forma estrafalaria. ¡Oh, qué horrible espectáculo!

Entonces las palomas del bosque dijeron:

- ¡Crrru, Crrru! Hemos visto a tu amigo Kay. Una gallina blanca llevaba su trineo y él iba sentado en el de la Reina de las Nieves, que voló sobre el bosque cuando nosotras estábamos en el nido; sopló sobre nuestros pequeños y todos murieron, salvo nosotros dos ¡Crrru, Crrru!
- ¿Qué es lo que me decís? - preguntó Gerda sobresaltada - ¿Dónde iba la Reina de las Nieves? ¿Podéis decírmelo?
- Seguramente se dirigía a Laponia, donde hay siempre hielo y nieve. No tienes más que preguntar al reno que está atado con la cuerda.
- Allí hay una gran cantidad de nieve y hielo - dijo el reno -. ¡Es muy agradable y muy hermoso! Se puede correr y saltar libremente por inmensos valles nevados. Es allí donde la Reina de las Nieves tiene su mansión de verano, pero su castillo está más arriba, cerca del Polo Norte, en las islas llamadas Spitzberg.
-¡Oh Kay, querido Kay! - suspiró Gerda.
- ¿Vas a estarte quieta de una vez? - le gritó la hija del bandido- O te callas o sentirás mi afilado cuchillo en tu barriga.

Por la mañana, Gerda le contó todo lo que le habían dicho las palomas del bosque; la hija del bandido adoptó una expresión grave, movió la cabeza y dijo:

- Eso me da igual ... eso me da igual... ¿Sabes tú donde está Laponia? - le preguntó al reno.
- ¿Quién podría saberlo mejor que yo? - respondió el animal, con los ojos humedecidos- ¡Allí nací y allí me crié, saltando por los campos cubiertos de nieve!
- Escucha - dijo a Gerda la hija del bandido- Ya ves que todos los hombres han salido, pero mi madre todavía sigue aquí; más tarde, hacia el mediodía, suele beber un trago de aquella botella y después se echa un sueñecito... entonces podré hacer algo por ti.

Saltó de la cama, se abalanzó sobre el cuello de su madre, y tirándole de los bigotes, le dijo:- ¡Buenos días, mi querida cabra!

La madre le dio tal papirotazo en la nariz, que se la dejó entre roja y azul, pero eso, entre ellos, no era más que una muestra de cariño. Cuando la madre hubo bebido de la botella y se quedó dormida, la hija del bandido se acercó al reno y le dijo:

- Me gustaría seguir haciéndote cosquillas con mi cuchillo, pues es entonces cuando más me diviertes, pero eso no importa ahora; voy a desatarte y te ayudaré a salir para que te dirijas a Laponia, pero tienes que ir deprisa y conducir a esta niña hasta el palacio de la Reina de las Nieves, donde está su compañero. Seguro que habrás oído todo lo que me ha comentado: hablaba bastante alto y tú te enteras de todo.

El reno se puso a dar saltos de alegría. La hija del bandido aupó a la pequeña Gerda sobre él, tomando la precaución de sujetarla bien e incluso le puso un cojín para que estuviese más cómoda.

- Bueno - le dijo -, te devolveré tus zapatos de piel, pues hará frío por allí, pero el manguito me lo quedo, es demasiado bonito. De todas formas, no pasarás frio, aquí tienes las grandes manoplas de mi madre que te llegarán hasta el codo; ¡toma, póntelas! .. Con esas manoplas te pareces a mi horrible madre.

Y Gerda derramó una lágrima de alegría.

- No me gusta verte lloriquear - dijo la hija del bandido- ¡Deberías estar contenta! Aquí tienes dos panes y un jamón; no pasarás hambre.

Después de colocar todo aquello sobre el reno, la hija del bandido abrió la puerta, metió a los perros en la habitación, cortó con su cuchillo la cuerda con que estaba atado el reno y le dijo:

- ¡Vamos, corre! ¡Y cuida bien de la niña!

Gerda tendió las manos enfundadas en las grandes manoplas hacia la hija del bandido diciéndoles adiós y el reno partió veloz por encima de matorrales y tocones. Con toda la rapidez que le fue posible, atravesó el gran bosque, franqueó pantanos y llanuras, mientras, a su alrededor, aullaban los lobos y graznaban los cuervos. Y el cielo, volviéndose rojo, también les habló: "¡Pfit, Pfit!". Parecía que estornudara.

- Son mis viejas amigas, las auroras boreales - dijo el reno - ¡Mira qué resplandores! - Y siguió corriendo, día y noche, sin descanso. Comieron los panes, el jamón, y llegaron a Laponia.