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miércoles, 15 de junio de 2016

El gigante Verlioka - Alexandr Afanásiev

Hoy recibí un nuevo comentario en un cuento de los hermanos Grimm llamado "El pozo mágico" y me dieron ganas de compartir un cuento de hadas. Por ello, les traigo un cuento ruso recopilado por Alexandr Afanásiev (hay un par ya publicados en el blog, los encontrarán con esa etiqueta). A Alexandr Afanásiev también pueden conocerlo por Aleksandr Nikolaevich Afanasev. 
"El gigante verlioka" es una historia un tanto cruel y de venganza pero en el fondo, creo yo, lo que busca enseñar es que la unión hace la fuerza jajaja Nadie está solo y el trabajo en equipo es necesario :P


El gigante Verlioka

En tiempos remotos vivían en una cabaña un anciano con su mujer y dos nietas huérfanas, y tan preciosas y dóciles, que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.

Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros: ‘Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes.’

Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros malhechores, gritándoles:

— ¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No os comáis los guisantes de mi abuelito!

De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado y sonreía con una sonrisa espantosa.

Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes. Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.
El abuelo esperó un rato a la niña, y al ver que no volvía, envió a buscarla a su nieta mayor; pero Verlioka la mató también.

El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:

— ¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas a casa.

La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante, y, llena de dolor y de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con mucha más facilidad.

En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan destrozada que era imposible reconocerla.

El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de Verlioka para matarlo.

Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle:

— ¡Así! ¡Así! Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba.
— ¿Cómo te va, abuelo?
— Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?
— Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu mujer y de tus nietas.
— ¿Y tú conoces a ese monstruo?
— ¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la costumbre de decir ¡Ay!, ¡Ay!, Y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le gritaba sentada en el agua: ‘¡Ay!, ¡Ay!’ Entonces él, después de matar a aquel pobre hombre, corrió a mí, gritándome: ‘¡Yo te enseñaré a defender a los demás!’ Y me cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me escapé, dejando mi cola
entre sus manos espantosas. Claro está que la cola no es una cosa imprescindible; pero, de todos modos, siento haberla perdido y nunca se lo perdonaré a Verlioka. Desde entonces no soy tan tonta, y ya no grito ‘¡Ay!, ¡Ay!’, Si no que siempre apruebo: ‘¡Así!, ¡Así!, ¡Así!’; de lo que resulta que vivo más tranquila y la gente me respeta más. Todos dicen: ‘Esta Oca no tendrá cola, pero es muy lista.’
— Está bien — dijo el anciano—; entonces, ¿podrás enseñarme dónde vive Verlioka?
— ¡Así! ¡Así! — Contestó la Oca, saliendo del agua, y balanceándose sobre sus torpes patas se encaminó por la orilla, delante del anciano.

Así anduvieron hasta que se encontraron en el camino una Cuerdecita, que les dijo:

— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Cuerdecita.
— ¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
— Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, quien ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Tan hermosas y buenas como eran!
— Conocía a tus nietas y a tu mujer y quiero ayudarte. ¡Llévame contigo!

El anciano pensó: ‘¡Quién sabe! Quizá me sirva para atar a Verlioka.’ Y contestó:

— Pues bien, ven con nosotros si conoces el camino. 

La Cuerdecita se arrastró tras ellos como si fuese una culebra. Anduvieron los tres un buen rato y vieron un Pisón tendido en la carretera, el cual les dijo:

— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Pisón.
— ¿Cómo estás? ¿Adónde vas?
— Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, que ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Si supieses qué hermosas y buenas eran!
— Llévame contigo y te ayudaré. 
— Bueno, anda si conoces el camino — le dijo el anciano, pensando: ‘Realmente, el Pisón podrá ayudarnos mucho.’

El Pisón se levantó, se apoyó con el asa en el suelo y se puso a caminar a saltos. Así anduvieron hasta que encontraron una Bellota, que les dijo:

— Buenos días, abuelito.
— Buenos días, Bellota.
— ¿Adónde vas?
— Voy a matar a Verlioka; no sé si lo conocerás.
— Ya lo creo que lo conozco. Es necesario castigarlo; llévame contigo y te ayudaré.
— Pero tú, ¿de qué me vas a servir?
— No me desprecies, abuelito. Acuérdate del proverbio que dice: No escupas en el pozo, porque tendrás que beber su agua.

El anciano pensó: ‘No hay inconveniente en que venga con nosotros; cuanta más gente haya, mejor será.’

Y luego, en alta voz, dijo:

— Vente detrás.

Pero la Bellota se puso a saltar delante de todos.

Al fin llegaron a un espeso bosque y vieron una cabaña en cuyo interior no había nadie. La lumbre del horno estaba apagada y sobre el hogar había un puchero lleno de gachas de mijo.

La Bellota se metió de un salto en el puchero, la Cuerdecita se tendió en el umbral de la puerta, el Pisón se subió encima de ésta, la Oca se sentó detrás de la estufa y el anciano se escondió en un rincón al lado de la puerta.

Pronto llegó Verlioka, echó un haz de leña al suelo y se puso a encender la lumbre del horno. Entonces la Bellota, desde dentro del puchero, empezó a cantar:

— ¡Pi, pi, pi, han venido a matar a Verlioka!
— ¡Calla, papilla de mijo, o te echaré en el cubo! — Exclamó Verlioka.

Pero la Bellota no le obedeció y siguió cantando su canción. Verlioka se enfadó, cogió el puchero y de un golpe vertió las gachas en el cubo. Al choque, la Bellota saltó y fue a dar en el único ojo de Verlioka, dejándole ciego. El gigante quiso escapar y echó a correr; pero apenas llegó al umbral, la Cuerdecita se le enredó a los pies y lo tiró al suelo. El Pisón saltó de la puerta, y el anciano se precipitó sobre Verlioka desde el rincón donde estaba escondido y ambos se pusieron a pegarle.

Mientras tanto, la Oca, sentada detrás de la estufa, aprobaba diciendo: ‘¡Así!, ¡Así!, ¡Así!’

Esta vez no le sirvió a Verlioka su fuerza, pues el anciano, con la ayuda de sus buenos amigos, logró matarlo y librar a la gente de un monstruo espantoso.


viernes, 21 de agosto de 2015

Piel de foca, piel del alma. Clarissa Pinkola Estés

Hace muchos años, leí una versión de este cuento de hadas o leyenda celta. Luego vi una peli, creo que escocesa, que se basaba en él y había una niña con ojos de foca... creo era una niña... no recuerdo bien...ocurría en un pueblo de pescadores... que aparecían los Selkies, seres con piel de foca que podían tomar forma humana.
Cuestión que siempre lo tuve presente y como hace poco una lectora del blog me pedía más cuentos de los que aparecen en "Mujeres que corren con lobos", va hoy "Piel de foca", versión de Clarissa Pinkola Estes.



PIEL DE FOCA


En una época pasada que ahora ya desapareció para siempre y que muy pronto regresará, día tras día se suceden el blanco cielo, la blanca nieve, y todas las minúsculas manchas que se ven en la distancia son personas, perros u osos.

Aquí nada prospera gratis. Los vientos soplan con tal fuerza que ahora la gente se pone deliberadamente del revés las parkas y las mamleks, las botas. Aquí las palabras se congelan en el aire y las frases se tienen que romper en los labios del que habla y fundir a la vera del fuego para que la gente pueda comprender lo que ha dicho. Aquí la gente vive en el blanco y espeso cabello de la anciana Annuluk, la vieja abuela, la vieja bruja que es la mismísima Tierra. Y fue precisamente en esta tierra donde una vez vivió un hombre, un hombre tan solitario que, con el paso de los años, las lágrimas habían labrado unos profundos surcos en sus mejillas.

Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no encontró nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron, llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó ver en la parte superior de aquella roca un movimiento extremadamente delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y observó que en lo alto de la impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía amigos humanos más que en su recuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y hermosos.

Eran tan bellas que el hombre permaneció embobado en su embarcación acariciada por el agua que lo iba acercando cada vez más a la roca, Oía las risas de las soberbias mujeres, o eso le parecía; ¿o acaso era el agua la que se reía alrededor de la roca? El hombre estaba confuso y aturdido, pero, aun así, la soledad que pesaba sobre su pecho como un pellejo mojado se disipó y, casi sin pensar, como si eso fuera lo que tuviera que hacer, el hombre saltó a la roca y robó una de las pieles de foca que allí había. Se ocultó detrás de una formación rocosa y escondió la piel de foca en suqutnguq, su parka.

Muy pronto una de las mujeres llamó con una voz que era casi lo más bello que el hombre jamás en su vida hubiera escuchado, como los gritos de las ballenas al amanecer, no, quizá como los lobeznos recién nacidos que bajaban rodando por la pendiente en primavera o, pero no, era algo mucho mejor que todo eso, aunque, en realidad, daba igual porque, ¿qué estaban haciendo ahora las mujeres?

Pues ni más ni menos que cubrirse con sus pieles de foca y deslizarse una a una hacia el mar entre alegres gritos de felicidad.

Todas menos una. La más alta de ellas buscaba por todas partes su piel de foca, pero no había manera de encontrarla. El hombre se armó de valor sin saber por qué. Salió de detrás de la roca y llamó a la mujer.

—Mujer.. sé… mi… esposa. Soy.. un hombre… solitario.

—No puedo ser tu mujer —le contestó ella—, yo soy de las otras, de las que viven temeqvanek, debajo.

—Sé… mi… esposa —insistió el hombre—. Dentro de siete veranos te devolveré tu piel de foca y podrás irte o quedarte, como tú prefieras.

La joven foca le miró largo rato a la cara con unos ojos que, de no haber sido por sus verdaderos orígenes, hubieran podido parecer humanos, y le dijo a regañadientes:

—Iré contigo. Pasados los siete veranos, tomaré una decisión.

Así pues, a su debido tiempo tuvieron un hijo al que llamaron Ooruk. El niño era ágil y gordo. En invierno su madre le contaba a Ooruk cuentos acerca de las criaturas que vivían bajo el mar mientras su padre cortaba en pedazos un oso o un lobo con su largo cuchillo. Cuando la madre llevaba al niño Ooruk a la cama le mostraba las nubes del cielo y todas sus formas a través de la abertura para la salida del humo. Sólo que, en lugar de hablarle de las formas del cuervo, el oso y el lobo, le contaba historias de la morsa, la ballena, la foca y el salmón… pues ésas eran las criaturas que ella conocía.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la carne de la madre empezó a secarse. Primero se le formaron escamas y después grietas. La piel de los párpados empezó a desprenderse. Los cabellos de la cabeza se le empezaron a caer al suelo. Se volvió naluaq, de un blanco palidísimo. Su gordura empezó a marchitarse. Trató de disimular su cojera. Cada día, y sin que ella lo quisiera, sus ojos se iban apagando. Empezó a extender la mano para buscar a tientas el camino, pues se le estaba nublando la vista.

Y llegó una noche en que unos gritos despertaron al niño Ooruk y éste se incorporó en la cama, envuelto en sus pieles de dormir. Oyó un rugido como el de un oso, pero era su padre regañando a su madre. oyó un llanto como de plata restregada contra la piedra, pero era su madre.

—Me escondiste la piel de foca hace siete largos años y ahora se acerca el octavo invierno. Quiero que me devuelvas aquello de lo que estoy hecha —gritó la mujer foca.

—Pero tú me abandonarías si te la diera, mujer —tronó el marido.

—No sé lo que haría. Sólo sé que necesito lo que me corresponde.

—Me dejarías sin esposa y dejarías huérfano de madre al niño. Eres mala.

Dicho lo cual, el marido apartó a un lado el faldón de cuero de la entrada y se perdió en la noche.

El niño quería mucho a su madre. Temía perderla y se durmió llorando… hasta que el viento lo despertó. Era un viento muy raro… y parecía llamarlo, “Oooruk, Oooruuuuk”.

Saltó de la cama tan precipitadamente que se puso la parka al revés y se subió las botas de piel de foca sólo hasta media pierna. Al oír su nombre una y otra vez, salió a toda prisa a la noche estrellada.

—Oooooooruuuuk.

El niño se dirigió corriendo al acantilado que miraba al agua y allí, en medio del mar agitado por el viento, vio una enorme y peluda foca plateada… la cabeza era muy grande, los bigotes le caían hasta el pecho y los ojos eran de un intenso color amarillo.

—Oooooooruuuuk.

El niño bajó del acantilado y, al llegar abajo, tropezó con una piedra —mejor dicho, un bulto— que había caído rodando desde una hendidura de la roca. Los cabellos de su cabeza le azotaban el rostro cual si fueran mil riendas de hielo.

—Oooooooruuuuk.

El niño rascó el bulto para abrirlo y lo sacudió… era la piel de foca de su madre. Percibió el olor de su madre. Mientras se acercaba la piel de foca al rostro y aspiraba el perfume, el alma de su madre lo azotó cual si fuera un repentino viento estival.

—Oooh —exclamó con una mezcla de pena y alegría, acercando de nuevo la piel a su rostro. Una vez más el alma de su madre la traspasó.

—Oooh —volvió a exclamar, rebosante de infinito amor por su madre.

Y, a lo lejos, la vieja foca plateada… se hundió lentamente bajo el agua.

El niño saltó de la roca y regresó a toda prisa a casa con la piel de foca volando a su espalda y cayó al suelo al entrar. Su madre lo levantó junto con la piel de foca y cerró los ojos agradecida por haberlos recuperado a los dos sanos y salvos. Después se puso la piel de foca.

—¡Oh, madre, no lo hagas! —le suplicó el niño.

Ella lo levantó del suelo, se lo colocó bajo el brazo y se fue medio corriendo y medio tropezando hacia el rugiente mar.

—¡Oh, madre! ¡No! ¡No me dejes! —gritó Ooruk.

Y, de repente, pareció que la madre quería quedarse junto a su hijo, pero algo la llamaba, algo más viejo que ella, más viejo que él, más viejo que el tiempo.

—Oh, madre, no, no, no —gritó el niño.

Ella se volvió a mirarle con unos ojos rebosantes de inmenso amor. Tomó el rostro del niño entre sus manos e infundió su dulce aliento en sus pulmones una, dos, tres veces. Después, llevándolo bajo el brazo como si fuera un valioso fardo, se zambulló en el mar y se hundió cada vez más en él. La mujer foca y su hijo respiraban sin ninguna dificultad bajo el agua.

Ambos siguieron nadando cada vez más hondo hasta entrar en la ensenada submarina de las focas, en la que toda suerte de criaturas comían, cantaban, bailaban y hablaban. La gran foca macho plateada que había llamado a Ooruk desde el mar nocturno lo abrazó y lo llamó “nieto”.

—¿Cómo te fue allí arriba, hija mía? —preguntó la gran foca plateada.

La mujer foca apartó la mirada y contestó:

—Hice daño a un ser humano, a un hombre que lo dio todo para tenerme. Pero no puedo regresar junto a él, pues me convertiría en prisionera si lo hiciera.

—¿Y el niño? —preguntó la vieja foca—. ¿Y mi nieto? —continuó la vieja foca macho.

Lo dijo con tanto orgullo que hasta le tembló la voz.

—Tiene que regresar, padre. No puede quedarse aquí. Aún no ha llegado el momento de que esté aquí con nosotros.

Y se echó a llorar. Y juntos lloraron los dos.

Transcurrieron unos cuantos días y noches, siete para ser más exactos, durante los cuales el cabello y los ojos de la mujer foca recuperaron el brillo. Adquirió un precioso color oscuro, recobró la vista y las redondeces del cuerpo y pudo nadar sin ninguna dificultad. Pero llegó el día del regreso del niño a la tierra. Aquella noche el viejo abuelo foca y la hermosa madre del niño, nadaron flanqueando al niño. Regresaron subiendo cada vez más alto hasta llegar al mundo de arriba. Allí depositaron suavemente a Ooruk en la pedregosa orilla bajo la luz de la luna.

Su madre le aseguró:

—Yo estoy siempre contigo. Te bastará con tocar lo que yo haya tocado, mis palillos de encender el fuego, mi ulu, cuchillo, mis nutrias y mis focas labradas en piedra para que yo infunda en tus pulmones un aliento que te permita cantar tus canciones.

La vieja foca macho y su hija besaron varias veces al niño. Al final, se apartaron de él y se adentraron nadando en el mar. Tras mirar por última vez al niño, desaparecieron bajo las aguas. Y Ooruk se quedó porque todavía no había llegado su hora.

Con el paso del tiempo el niño se convirtió en un gran cantor e inventor de cuentos que, además, tocaba muy bien el tambor y decía la gente que todo se debía a que de pequeño había sobrevivido a la experiencia de ser transportado al mar por los grandes espíritus de las focas. Ahora, en medio de las grises brumas matinales, se le puede ver algunas veces con su kayak amarrado, arrodillado en cierta roca del mar, hablando al parecer con cierta foca que a menudo se acerca a la orilla. Aunque muchos han intentado cazarla, han fracasado una y otra vez. La llaman Tanqigcaq, la resplandeciente, la sagrada, y dicen que, a pesar de ser una foca, sus ojos son capaces de reproducir las miradas humanas, aquellas sabias, salvajes y amorosas miradas.

viernes, 11 de julio de 2014

La Rana Zarevna - Alexandr Afanásiev

Hoy tengo ganas de un cuento de hadas ruso... Ya hemos charlado sobre estos cuentos hace tiempo y también sobre su recopilador: Alexandr Afanásiev.
Los cuentos de hadas tienen un algo especial, y aunque el tiempo los ha erroneamente confinado a "literatura infantil", somos más bien los adultos quienes más los disfrutamos y les sacamos provecho.
En el siguiente cuento tenemos, nuevamente, a Basilisa (o Vasilisa o Vasalisa) de protagonista y, si está Basilisa no puede faltar, la bruja Babá Yagá. 




La Rana Zarevna


En un reino muy lejano reinaban un zar y una zarina que tenían tres hijos. Los tres eran solteros, jóvenes y tan valientes que su valor y audacia eran envidiados por todos los hombres del país. El menor se llamaba el zarevich Iván.

Un día les dijo el zar:

— Queridos hijos: Tomad cada uno una flecha, tended vuestros fuertes arcos y disparadla al acaso, y dondequiera que caiga, allí iréis a escoger novia para casaros.

Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, frente al torreón donde vivían las mujeres; disparó la suya el segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, clavándose en la puerta principal, donde a la sazón se hallaba la hija, que era una joven hermosa. Soltó la flecha el hermano menor y cayó en un pantano sucio al lado de una rana.

El atribulado zarevich Iván dijo entonces a su padre: 

— ¿Cómo podré, padre mío, casarme con una rana? No creo que sea ésa la pareja que me esté destinada.
— ¡Cásate — le contestó el zar—, puesto que tal ha sido tu suerte!

Y al poco tiempo se casaron los tres hermanos: el mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.

Algún tiempo después el zar les ordenó:

— Que vuestras mujeres me hagan, para la comida, un pan blanco y tierno.

Volvió a su palacio el zarevich Iván muy disgustado y pensativo.

— ¡Kwa, kwa, Iván Zarevich! ¿Por qué estás tan triste? — Le preguntó la Rana—. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre te ha mandado hacerle, para la comida, un pan blanco y tierno.
— ¡No te apures, zarevich! Vete, acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche — le dijo la Rana.
Acostóse el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó la piel y se transformó en una hermosa joven llamada la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó en alta voz:

— ¡Criadas! ¡Preparadme un pan blanco y tierno como el que comía en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó el zarevich Iván, la Rana tenía ya el pan hecho, y era tan blanco y delicioso que no podía imaginarse nada igual. Por los lados estaba adornado con dibujos que representaban las poblaciones del reino, con sus palacios y sus iglesias.

El zarevich Iván presentó el pan al zar; éste quedó muy satisfecho y le dio las gracias; pero enseguida ordenó a sus tres hijos:

— Que vuestras mujeres me tejan en una sola noche una alfombra cada una.

Volvió el zarevich Iván muy triste a su palacio, y se dejó caer con gran desaliento en un sillón.

— ¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás tan triste? — Le preguntó la Rana—. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste cuando mi señor padre te ha ordenado que tejas en una sola noche una alfombra de seda?
— ¡No te apures, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche.

Acostóse el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa; salió al patio y exclamó:

— ¡Viento impetuoso! ¡Tráeme aquí la misma alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó Iván, la Rana tenía ya la alfombra tejida, y era tan maravillosa que es imposible imaginar nada semejante.

Estaba adornada con oro y plata y tenía dibujos admirables.

Al recibirla el zar se quedó asombrado y dio las gracias a Iván; pero no contento  con esto ordenó a sus tres hijos que se presentasen con sus mujeres ante él. 

Otra vez volvió triste a su palacio Iván Zarevich; se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano su cabeza.

— ¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás triste? ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre me ha ordenado que te lleve conmigo ante él. ¿Cómo podré presentarte a ti?
— No te apures, zarevich. Ve tú solo a visitar al zar, que yo iré más tarde; en cuanto oigas truenos y veas temblar la tierra, diles a todos: ‘Es mi Rana, que viene en su cajita.’

Iván se fue solo a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus mujeres engalanadas, y al ver a Iván solo empezaron a burlarse de él, diciéndole:

— ¿Cómo es que has venido sin tu mujer? 
— ¿Por qué no la has traído envuelta en un pañuelo mojado?
— ¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa?
— ¿Tuviste que rondar por muchos pantanos? 
De repente retumbó un trueno formidable, que hizo temblar todo el palacio; los convidados se asustaron y saltaron de sus asientos sin saber qué hacer; pero Iván les dijo:

— No tengáis miedo: es mi Rana, que viene en su cajita.
Llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos, y de él se apeó la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante. Acercóse al zarevich Iván, se cogió a su brazo y se dirigió con él hacia la mesa, que estaba dispuesta para la comida. Todos los demás convidados se sentaron también a la mesa; bebieron, comieron y se divirtieron mucho durante la comida.

Basilisa la Sabia bebió un poquito de su vaso y el resto se lo echó en la manga izquierda; comió un poquito de cisne y los huesos los escondió en la manga derecha. Las mujeres de los hermanos de Iván, que sorprendieron estos manejos, hicieron lo mismo.

Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; el zar y sus convidados quedaron asombrados al ver tal milagro. Cuando se pusieron a bailar las otras dos nueras del zar quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a los convidados; sacudieron la derecha y con un hueso dieron al zar un golpe en un ojo. 
El zar se enfadó y las expulsó de palacio.

Entretanto, Iván Zarevich, escogiendo un momento propicio, se fue corriendo a casa, buscó la piel de la Rana y, encontrándola, la quemó. Al volver Basilisa la Sabia buscó la piel, y al comprobar su desaparición quedó anonadada, se entristeció y dijo al zarevich:

— ¡Oh Iván Zarevich! ¿Qué has hecho, desgraciado? Si hubieses aguardado un poquitín más habría sido tuya para siempre; pero ahora, ¡adiós! Búscame a mil leguas de aquí; antes de encontrarme tendrás que gastar andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. Si no, no me encontrarás.

Y diciendo esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana. Iván Zarevich rompió en un llanto desconsolador, rezó, se puso unas botas de hierro y se marchó en busca de su mujer. Anduvo largo tiempo y al fin encontró a un viejecito que le preguntó:

— ¡Valeroso joven! ¿Adónde vas y qué buscas?

El zarevich le contó su desdicha.

— ¡Oh Iván Zarevich! — Exclamó el viejo—. ¿Por qué quemaste la piel de la Rana? ¡Si no eras tú quien se la había puesto, no eras tú quien tenía que quitársela! El padre de Basilisa, al ver que ésta desde su nacimiento le excedía en astucia y sabiduría, se enfadó con ella y la condenó a vivir transformada en rana durante tres años. Aquí tienes una pelota — continuó—; tómala, tírala y síguela sin temor por donde vaya.

Iván Zarevich dio las gracias al anciano, tomó la pelota, la tiró y se fue siguiéndola. Transcurrió mucho tiempo y al fin se acercó la pelota a una cabaña que estaba colocada sobre tres patas de gallina y giraba sobre ellas sin cesar. Iván Zarevich dijo:

— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña obedeció; el zarevich entró en ella y se encontró a la bruja Baba Yaga, con sus piernas huesosas y su nariz que le colgaba hasta el pecho, ocupada en afilar sus dientes. Al oír entrar a Iván Zarevich gruñó y salió enfadada a su encuentro:

— ¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora aquí ni se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! ¡Ea, Iván Zarevich! ¿Por qué has venido?
— ¡Oh tú, vieja bruja! En vez de gruñirme, harías mejor en darme de comer y de beber y ofrecerme un baño, y ya después de esto preguntarme por mis asuntos.

Baba Yaga le dio de comer y de beber y le preparó el baño. Después de haberse bañado, el zarevich le contó que iba en busca de su mujer, Basilisa la Sabia.

— ¡Oh cuánto has tardado en venir! Los primeros años se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana, pues ella está más enterada que yo de tu mujer.

Iván Zarevich se puso de nuevo en camino detrás de la pelota; anduvo, anduvo hasta que encontró ante sí otra cabaña, también sobre patas de gallina.

— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte como estabas antes, con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí! — Dijo el zarevich.

La cabaña obedeció y se puso con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia Iván, quien penetró en ella y encontró a otra hermana Baba Yaga sentada sobre sus piernas huesosas, la cual al verle exclamó:

— ¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora por aquí nunca se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! Qué, Iván Zarevich, ¿has venido a verme por tu voluntad o contra ella?

Iván Zarevich le contestó que más bien venía contra su voluntad.

— Voy — dijo— en busca de mi mujer, Basilisa la Sabia.
— ¡Qué pena me das, Iván Zarevich! — Le dijo entonces Baba Yaga—. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y quiere casarse con otro. Ahora vive en casa de mi hermana mayor, donde tienes que ir muy deprisa si quieres llegar a tiempo. Acuérdate del consejo que te doy: Cuando entres en la cabaña de Baba Yaga, Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana empezará a hilar unos finísimos hilos de oro que devanará sobre el huso; procura aprovechar algún momento propicio para robar el huso y luego rómpelo por la mitad, tira la punta detrás de ti y la otra mitad échala hacia delante, y entonces Basilisa la Sabia aparecerá ante tus ojos.

Iván Zarevich dio a Baba Yaga las gracias por tan preciosos consejos y se dirigió otra vez tras la pelota. No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras, pero rompió tres pares de botas de hierro en su largo camino y se comió tres panes de hierro. Al fin llegó a una tercera cabaña, puesta, como las anteriores, sobre tres patas de gallina.

— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña le obedeció y el zarevich penetró en ella y encontró a la Baba Yaga mayor sentada en un banco hilando, con el huso en la mano, hilos de oro; cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y cerró con llave. Iván Zarevich, aprovechando un descuido de la bruja, le robó la llave, abrió el cofrecito, sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta aguda la echó tras de sí y la otra mitad hacia delante, y en el mismo momento apareció ante él su mujer, Basilisa la Sabia.

— ¡Hola, maridito mío! ¡Cuánto tiempo has tardado en venir! ¡Estaba ya dispuesta a casarme con otro!

Se cogieron de las manos, se sentaron en una alfombra volante y volaron hacia el reino de Iván.

Al cuarto día de viaje descendió la alfombra en el patio del palacio del zar. Éste acogió a su hijo y nuera con gran júbilo, hizo celebrar grandes fiestas, y antes de morir legó todo su reino a su querido hijo el zarevich Iván.

viernes, 28 de febrero de 2014

La fábula del Mirto - Clemens Maria Brentano

El siguiente es un cuento que me encantaba cuando era chica y hace muchos años no leía. 
"La fábula del Mirto" fue escrito por el romántico alemán Clemens Maria Brentano (1778-1842). Desconozco si siendo que este cuento no surgió de la tradición oral, se puede calificar como cuento de hadas pero tiene todos los ingredientes para serlo.
No encontré una edición en internet por lo que decidí compartir con ustedes aquella que yo leía de pequeña. Puse las imágenes en buena calidad así que si no alcanzan a leer el texto, simplemente hagan "click" en ellas.
Por cierto, me fascinan las ilustraciones de Takuya Obara que lo acompañan. 
Nota: Acabo de descubrir, gracias a internet, que a este cuento también se lo conoce como "La doncella del Mirto". Y si les interesa conocer más de este autor, aquí encontré una interesante biografía sobre él.


La fábula del Mirto























jueves, 27 de febrero de 2014

Las tres hojas de la serpiente - Los hermanos Grimm

Solemos asociar a los cuentos de hadas con historias de amor idílico y finales al estilo "Y comieron perdices y vivieron felices para siempre". Sin embargo, la mayoría de los cuentos de hadas caen fuera de ese tipo de relatos (Pienso, se hecho, que ese tipo de cuento de hadas es un invento de la Disney...). "Las tres hojas de la serpiente" me gustó justamente por ese motivo: lo alejado que se encuentra de esa idea que muchos tenemos de qué es un cuento de hadas.
Una pareja se promete mutuamente morir en caso de que uno de ellos muera primero. ¿Es eso amor o estupidez romántica? ¿Qué sucede si efectivamente uno muere? ¿Está el otro obligado a cumplir esa promesa? ¿Qué sucede cuando el tiempo pasa y el amor romántico-pasional se desvanece? ¡Qué rollo! ¿No les parece? :D



Las tres hojas de la serpiente

Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:

- Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.

Dióle el padre su bendición y se despidió de él con honda tristeza.

Sucedió que por aquellos días el Rey sostenía una guerra con un imperio muy poderoso. El joven se alistó en su ejército y partió para la guerra. Apenas llegado al campo de batalla, se trabó un combate. El peligro era grande, y llovían muchas balas; el mozo veía caer a sus camaradas de todos lados, y, al sucumbir también el general, los demás se dispusieron a emprender la fuga. Adelantóse él entonces, los animó diciendo:

- ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!

Seguido de los demás, lanzóse a la pelea y derrotó al enemigo. Al saber el Rey que sólo a él le debía la victoria, ascendiólo por encima de todos, dióle grandes tesoros y lo nombró el primero del reino.

Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido y señor, que no prometiese antes solemnemente que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura: "Si de verdad me ama -decía la princesa-, ¿para qué querrá seguir viviendo?." Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Hasta aquel momento, el singularísimo voto había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre.

- ¿Sabes la promesa que has de hacer? -le preguntó el Rey.
- Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo -respondió el mozo-. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.

Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda con gran solemnidad y esplendor.

Los recién casados vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Horrorizábale la idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en sustraerse al horrible destino. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta a piedra y lodo.

Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.

Dolorido y triste, comía cada día sólo un pedacito de pan y bebía un sorbo de vino; pero bien veía que la muerte se iba acercando irremisiblemente. Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó: "¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!." Y la partió en tres pedazos.
Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al desgraciado príncipe, que había asistido a aquel prodigio, se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas que había devuelto la vida a la serpiente, tendrían también virtud sobre las personas. Recogiólas y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular por las venas y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. 
Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:

- ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
- Estás conmigo, esposa querida -respondióle el príncipe, y le contó todo lo ocurrido y cómo la había vuelto a la vida.
Dióle luego un poco de pan y vino, y cuando la princesa hubo recobrado algo de vigor, ayudóla a levantarse y a ir hasta la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:

- Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarías!
Sin embargo, habíase producido un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, olvidó ella el amor y fidelidad que su esposo le mostrara cuando le salvó la vida, y comenzó a sentir una inclinación culpable hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. 
Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
- Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré y encomiaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, y en él se dirigió, a fuerza de remos, al lugar donde cayera su señor, dejando que los traidores siguiesen su camino. Sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo y que aplicó en sus ojos y boca, lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos se pusieron entonces a remar con todas sus fuerzas, de día y de noche, y con tal rapidez navegaron en su barquita, que llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Asombrado éste al verlos regresar solos, preguntóles qué les había sucedido. Al conocer la perversidad de su hija, dijo:
- No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día- y, enviando a los dos a una cámara secreta, los retuvo en ella sin que nadie lo supiera.

Poco después llegó el barco, y la impía mujer se presentó ante su padre con semblante de tristeza. 
Preguntóle él:
 - ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
- ¡Ay, padre querido! -exclamó la princesa-, ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.

Dijo el Rey:

- Voy a resucitar al difunto -y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres.

Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:

- No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.

Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.

lunes, 24 de febrero de 2014

Rapunzel, la dama de la torre - Los hermanos Grimm

¿Quién no recuerda de su infancia el "Rapunzel, Rapunzel, ¡suelta tu cabello!" leído por su madre, padre, maestra del jardín de infantes... o por quien sea? "Rapunzel" es uno de esos cuentos que todos hemos o leído o escuchado al menos una vez. Y aunque "Enredados" de Disney es una peli muy agradable y graciosa, poco tiene que ver con el relato de los hermanos Grimm.
La traducción de los cuentos de los Grimm que tengo es considerada la más fiel que existe en español al alemán original. Sin embargo, en ella a Rapunzel la llaman de Verdezuela... Rapunzel en alemán es el nombre de una planta: la Campanula rapunculus, que es algo así como una campanita o campanilla, como prefieran ustedes llamarla. Imagino que por ello lo han traducido como "Verdezuela"... otro tipo de planta. 
Pero lo más llamativo de esta historia no es el nombre de la protagonista (a quien también he visto llamada de "Nabiza", otra planta más...) sino el desenlace. A veces me sorprende - bah, siempre me sorprende - cómo nos las hemos ingeniado para criticar, manosear y modificar los cuentos de hadas clásicos que consideramos UN HORROR - así en mayúsculas - y, ya que estamos, olvidarnos luego de ellos. 


Imagen tomada de internet

Rapunzel, la dama de la torre
(o Nabiza)
(o Verdezuela)

Había una vez un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta que, por fin, la mujer concibió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se disponía a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en el que crecían espléndidas flores y plantas; pero estaba rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida de todo el mundo. Un día asomóse la mujer a aquella ventana a contemplar el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas. El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo la color y desmirriándose, a ojos vistas. Viéndola tan desmejorada, le preguntó asustado su marido: "¿Qué te ocurre, mujer?" - "¡Ay!" exclamó ella, "me moriré si no puedo comer las verdezuelas del jardín que hay detrás de nuestra casa." 
El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: "Antes que dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste." Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja, arrancó precipitadamente un puñado de verdezuelas y las llevó a su mujer. Ésta se preparó enseguida una ensalada y se la comió muy a gusto; y tanto le gustaron, que, al día siguiente, su afán era tres veces más intenso. Si quería gozar de paz, el marido debía saltar nuevamente al jardín. Y así lo hizo, al anochecer. Pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí la bruja. "¿Cómo te atreves," díjole ésta con mirada iracunda, "a entrar cual un ladrón en mi jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro." 
- "¡Ay!" respondió el hombre, "tened compasión de mí. Si lo he hecho, ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si no las tuviera se moriría." 
La hechicera se dejó ablandar y le dijo: "Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tienes que darme el hijo que os nazca. Estará bien y lo cuidaré como una madre." Tan apurado estaba el hombre, que se avino a todo y, cuando nació el hijo, que era una niña, presentóse la bruja y, después de ponerle el nombre de Verdezuela; se la llevó.

Verdezuela era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, colocábase al pie y gritaba:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Verdezuela tenía un cabello magnífico y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba colgantes: y como tenían veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.

Al cabo de algunos años, sucedió que el hijo del Rey, encontrándose en el bosque, acertó a pasar junto a la torre y oyó un canto tan melodioso, que hubo de detenerse a escucharlo. Era Verdezuela, que entretenía su soledad lanzando al aire su dulcísima voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero, no encontrando ninguna, se volvió a palacio. No obstante, aquel canto lo había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Hallándose una vez oculto detrás de un árbol, vio que se acercaba la hechicera, y la oyó que gritaba, dirigiéndose a o alto:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Verdezuela soltó sus trenzas, y la bruja se encaramó a lo alto de la torre. "Si ésta es la escalera para subir hasta allí," se dijo el príncipe, "también yo probaré fortuna." Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a oscurecer, encaminóse al pie de la torre y dijo:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Enseguida descendió la trenza, y el príncipe subió.

En el primer momento, Verdezuela se asustó mucho al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo perdió Verdezuela el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería por esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó, "Me querrá más que la vieja," y le respondió, poniendo la mano en la suya: "Sí; mucho deseo irme contigo; pero no sé cómo bajar de aquí. Cada vez que vengas, tráete una madeja de seda; con ellas trenzaré una escalera y, cuando esté terminada, bajaré y tú me llevarás en tu caballo." Convinieron en que hasta entonces el príncipe acudiría todas las noches, ya que de día iba la vieja. 
La hechicera nada sospechaba, hasta que un día Verdezuela le preguntó: "Decidme, tía Gothel, ¿cómo es que me cuesta mucho más subiros a vos que al príncipe, que está arriba en un santiamén?" - "¡Ah, malvada!" exclamó la bruja, "¿qué es lo que oigo? Pensé que te había aislado de todo el mundo, y, sin embargo, me has engañado." Y, furiosa, cogió las hermosas trenzas de Verdezuela, les dio unas vueltas alrededor de su mano izquierda y, empujando unas tijeras con la derecha, zis, zas, en un abrir y cerrar de ojos cerrar de ojos se las cortó, y tiró al suelo la espléndida cabellera. Y fue tan despiadada, que condujo a la pobre Verdezuela a un lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.

El mismo día en que se había llevado a la muchacha, la bruja ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana, y cuando se presentó el príncipe y dijo:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
La bruja las soltó, y por ellas subió el hijo del Rey. Pero en vez de encontrar a su adorada Verdezuela hallóse cara a cara con la hechicera, que lo miraba con ojos malignos y perversos: "¡Ajá!" exclamó en tono de burla, "querías llevarte a la niña bonita; pero el pajarillo ya no está en el nido ni volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos. Verdezuela está perdida para ti; jamás volverás a verla." El príncipe, fuera de sí de dolor y desesperación, se arrojó desde lo alto de la torre. Salvó la vida, pero los espinos sobre los que fue a caer se le clavaron en los ojos, y el infeliz hubo de vagar errante por el bosque, ciego, alimentándose de raíces y bayas y llorando sin cesar la pérdida de su amada mujercita. Y así anduvo sin rumbo por espacio de varios años, mísero y triste, hasta que, al fin, llegó al desierto en que vivía Verdezuela con los dos hijitos gemelos, un niño y una niña, a los que había dado a luz. Oyó el príncipe una voz que le pareció conocida y, al acercarse, reconociólo Verdezuela y se le echó al cuello llorando. Dos de sus lágrimas le humedecieron los ojos, y en el mismo momento se le aclararon, volviendo a ver como antes. Llevóla a su reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron muchos años contentos y felices.

sábado, 22 de febrero de 2014

El caballo mágico

Hoy traigo otro cuento de hadas ruso. Lo tomé de la revista imaginaria y espero que les guste.
Muy fácil resulta la vida en los cuentos de hadas... Solo basta hacer el bien, pedir un deseo o ser de la realeza para que los deseos se hagan realidad. En este cuento ruso, en lugar de hada madrina, tenemos un caballo mágico como responsable de la felicidad del protagonista, Iván, una versión masculina de "La cenicienta"...




El caballo mágico

Érase un anciano que tenía tres hijos varones. Los mayores, mozos despiertos y agraciados, gobernaban la hacienda. El menor, a quien llamaban Iván el Tonto, no era hermoso como sus hermanos. Dos cosas apasionaban a Iván: recoger hongos en el bosque y pasar horas y más horas tumbado en lo alto de la estufa.

Sintió el anciano padre que pronto iba a morir y ordenó a sus hijos:

—Cuando muera, venid tres noches seguidas a mi tumba y traedme pan.

Al poco tiempo el padre murió y fue enterrado. Al llegar la noche tocaba al hermano mayor ir a la tumba, pero, bien porque tuviese pereza o bien porque sintiera miedo, dijo a Iván:

—Ve por mí esta noche a la tumba del padre y te compraré una rosquilla.

Iván accedió, tomó una hogaza de pan y se dirigió a la tumba del padre. Una vez allí se sentó en el suelo a esperar. A la medianoche se abrió la tierra, el padre salió de la tumba y dijo:

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú, mi primogénito? Dime ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, Iván, tu hijo menor. En Rusia todo está tranquilo.

Comió el padre el pan y se tendió nuevamente en su tumba. Iván se marchó a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, el hermano mayor le preguntó:

—¿Has visto al padre?
—Sí.
—¿Se comió el pan?
—Sí, comió hasta hartarse.

Llegó la segunda noche. Le tocaba ir al segundo hijo, pero bien porque tuviera pereza o bien porque sintiera miedo, dijo a Iván:

—Ve por mí a la tumba del padre y te haré unas albarcas.

Iván accedió, tomó una hogaza de pan y se dirigió a la tumba del padre. Una vez allí se sentó y se puso a esperar. A medianoche se abrió la tierra, el padre se levantó de la fosa y preguntó:

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú mi segundo hijo? Dime ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, Iván, tu hijo menor. En Rusia todo está tranquilo.

Comió el padre el pan y se tendió en su tumba. Iván se marchó a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque.

Cuando llegó a la isba, su hermano le preguntó:

—¿Ha comido pan nuestro padre?
—Sí, comió hasta hartarse.

A la tercera noche le tocaba ir a Iván, y éste dijo a sus hermanos:

—He ido ya dos noches a la tumba del padre. Hoy, id vosotros y así yo podré descansar.

Los hermanos le respondieron:

—¡Pero, qué dices Iván! Tú ya conoces cómo es aquello, mejor será que vayas tú también esta vez.

Iván accedió, tomó una hogaza y se marchó. A medianoche se abrió la tierra y el padre salió de la fosa.

—¿Quién hay ahí? ¿Eres tú, Iván, mi benjamín? Dime, ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, tu hijo Iván. En Rusia todo está tranquilo.

El padre comió el pan y dijo:

—Eres el único que ha cumplido mi última voluntad, no tuviste miedo de venir a mi tumba tres noches seguidas. Toma este freno, sal a mitad del campo y grita: “Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán." Acudirá un caballo. Métete por su oreja derecha, sal por la izquierda, y te transformarás en un apuesto mozo como hay pocos. Luego, salta al lomo del caballo y cabalga.

Tomó Iván el freno que le tendía su padre, le dio las gracias y se marchó a casa. Por el camino, como siempre, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, los hermanos le preguntaron:

—¿Has visto a nuestro padre?
—Sí.
—¿Ha comido pan?
—Ha comido hasta hartarse y ha dicho que no volvamos más.

A los pocos días, un heraldo del zar anunció que todos los jóvenes solteros acudieran a palacio. La hija del zar, la zarevna Belleza sin Par, había mandado construir un palacete con doce columnas. Asomada a la ventana, en lo más alto del palacete, esperaría a ver quién era capaz de saltar montado en su caballo hasta lograr besar sus labios de miel. A ese jinete, cualquiera que fuese su condición, el zar daría por esposa a su hija, la zarevna Belleza sin Par, y de dote, la mitad de su reino.

Al enterarse de todo aquello los hermanos de Iván resolvieron probar suerte. Echaron pienso a sus hermosos corceles, los sacaron de la cuadra, se pusieron sus mejores ropas y peinaron sus rizos con esmero. Iván, tendido sobre la estufa les dijo:

—Hermanos, llevadme con vosotros a probar suerte.
—Cállate, tonto. Vete al bosque a recoger hongos y no quieras hacer reír a la gente.

Montaron los hermanos mayores sus hermosos corceles, se ladearon bizarramente los gorros y, entre gritos y silbidos, partieron al galope, dejando tras de sí un reguero de polvo. Iván tomó el freno que le había entregado su padre, salió al campo y gritó:

—“Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán.”

Como por arte de birlibirloque apareció un caballo al galope. Sus cascos hacían temblar la tierra, sus ollares despedían llamas, y sus orejas, penachos de humo. Se detuvo el caballo en seco y preguntó con profunda voz:

—¿Qué mandas, señor mío?

Iván acarició al caballo, le puso el freno, se metió por su oreja derecha y salió por la izquierda, convertido en un mozo tan apuesto, que ni en los cuentos se encuentra uno igual. Montó Iván su caballo y se dirigió al palacio del rey. Galopaba el caballo, la tierra retemblaba bajo sus cascos, los montes y los valles desaparecían bajo su cola, y los troncos y tocones pasaban a gran velocidad por entre sus patas.

Llegó Iván al palacio y vio allí una multitud. En lo más alto de un hermoso palacete, con doce columnas se hallaba la zarevna Belleza sin Par, asomada a la ventana.

Salió el zar a la entrada de su mansión y dijo:

—Al valiente que salte con su caballo hasta la ventana y bese a mi hija en sus labios de miel, se la daré por esposa, y la mitad de mi reino será la dote.

Los bravos galanes hicieron la prueba, pero nadie pudo alcanzar la ventana. Probaron suerte los hermanos de Iván, pero sólo llegaron a la mitad del recorrido.

Le llegó el turno a Iván, que dio rienda suelta a su corcel, lo animó con un gritó y saltó, pero le faltaron algunos metros para alcanzar la ventana. Probó otra vez y sólo le faltaron unos centímetros. Hizo Iván retroceder al caballo, lo acicateó, saltó y, como una exhalación, voló ante la ventana y besó a la zarevna Belleza sin Par en sus labios de miel. La zarevna le golpeó con su anillo en la frente, marcándolo.

La muchedumbre clamó:

—¡Detenedle, detenedle!

Pero Iván ya se había perdido de vista.

Salió a campo abierto, detuvo al caballo, se metió por la oreja izquierda, salió por la derecha y de nuevo volvió a ser Iván el Tonto. Dejó suelto el caballo, se dirigió a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, se envolvió la frente con un trapo y se tumbo en lo alto de la estufa.

Llegaron los hermanos mayores y relataron lo que habían visto:

—Había bravos galanes, pero uno no tuvo rival: saltó con su caballo y besó a la zarevna en la boca. Vimos por dónde había venido, pero no vimos por dónde se marchó.

Iván, tendido en la estufa, preguntó:

—¿No era yo, por azar?

Los hermanos le contestaron enojados:

—Como tonto que eres, no dices más que tonterías. Sigue durmiendo allí arriba de la estufa y come tus hongos.

Iván se quitó sin ser visto el trapo con que se cubría la frente para ocultar la marca del anillo de la zarevna, y una luz enceguecedora llenó la isba. Los hermanos gritaron asustados:

—¿Qué haces tonto? Vas a prender fuego a la isba.

Al día siguiente, el zar invitó a un festín a todos los boyardos, a todos los zareviches, y a todos los hombres sencillos, ricos y pobres, jóvenes y mayores.

Los hermanos de Iván se disponían a asistir al festín aquel. Iván les dijo:

—Llevadme con vosotros.
—¿Para qué, tonto, para que hagas reír a la gente? Quédate allí arriba de la estufa y come tus hongos.
Montaron los hermanos en sus hermosos corceles y se marcharon. Iván les siguió a pie. Llegó a palacio, entró en la sala del festín y se sentó silencioso en un rincón. La zarevna Belleza sin Par fue acercándose, uno por uno, a todos los invitados. Les ofrecía una gran copa de hidromiel y miraba si llevaban en la frente la marca de su anillo.

Por último llegó a donde estaba Iván y sintió que el corazón le daba un vuelco. Lo miró y lo vio todo tiznado y con los pelos de punta.

La zarevna Belleza sin Par le preguntó:

—¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿Por qué llevas la frente vendada?
—Me he dado un golpe —respondió Iván.

La zarevna le quitó el trapo, y todo el palacio se llenó de luz. La zarevna gritó:

—¡Es mi sello! ¡Este es mi prometido!

Se acercó el zar y dijo:

—¿Este es tu prometido? ¡Pero si es feo como él solo y está todo tiznado!

Iván dijo al zar:

—Permita que me lave.

El zar se lo permitió. Salió Iván al patio y gritó, como le había enseñado su padre:

—“Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán.”

Como por arte de birlibirloque, apareció el caballo al galope. Sus cascos hacían temblar la tierra, sus ollares despedían llamas y sus orejas, penachos de humo. Iván se metió por la oreja derecha, salió por la izquierda y nuevamente se convirtió en un joven tan apuesto que ni en los cuentos se encuentra igual. Todos los presentes, incluidos sus hermanos, quedaron boquiabiertos.

En fin, no dieron vueltas al asunto, inmediatamente después del festín, se celebró la boda.