Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 20 de julio de 2014

No me quiere - Elsa Bornemann - En el día del amigo...

Hoy aquí es "El día del amigo" y cuando pensé en subir algo acorde al blog, recordé un libro de mi infancia llamado "Amistad, divino tesoro". En aquella época - desconozco si siguen saliendo -, Ediciones Orion editaba cada tanto libros para niños de diversas edades con selecciones de cuentos de autores argentinos. "Amistad, divino tesoro" vino con cuentos de Elsa Bornemann y Silvina Ocampo entre otros varios autores que hoy por hoy no recuerdo. 
Cuando traje a casa mis libros de la infancia, incluí varios de aquella colección, sin embargo "Amistad, divino tesoro" debe haber quedado en lo de mis padres... algo a chequear. Pero, gracias a internet, encontré el índice así quería compartir con ustedes, en este día de amistad, dos cuentos: "No me quiere" de Elsa Bornemann y "Timbo" de Silvina Ocampo. "No me quiere" pertenece, además, al libro "El niño envuelto" y "Timbó" a "La naranja maravillosa", ambos libros ¡Belleza! Sin embargo, aquí surgió el problema: no logré hallar en digital el cuento de Silvina Ocampo... ni siquiera encontré una versión en digital de "La naranja maravillosa" (curiosamente, los cuentos de dicho libro tampoco se encuentran en "Cuentos Completos"). Así que de momento, va sólo "No me quiere"
EDITO luego de releerlo: A veces repaso mis libros de la infancia y entiendo por qué soy como soy... Hermosa enseñanza.


No me quiere

María vivía en el campo, con su abuelo. Era amiga de los animales de su pequeña granja: de la vaca, de los conejos, del gansito, de la lechuza… ¡y de todas las mariposas! Pero maría soñaba con tener un caballo.

-No. No me alcanza el dinero para comprarlo –le repetía su abuelo cada vez que la nena le pedía: ¡Quiero un caballo!

Y el pobre viejo se ponía triste por tener que decirle que no…Y la nietita se ponía triste porque le decía que no…Una mañana, el abuelo la despertó con gran alegría:

-¡María! ¡El vecino compró un potrillo!

Así como estaba –descalza y en camisón- la nena salió corriendo a todo lo que daba. Atropelló a la vaca. Espantó a los conejos. Asustó al gansito. A pesar de que el sol brillaba, la lechuza abrió los ojos, chillando

-¡María! ¿Adonde vas tan apurada?-

Pero María ya estaba lejos, corriendo por el camino. Y corrió, corrió y corrió, hasta que llegó a la granja del vecino. Allí detrás de un cerco, un hermoso potrillito blanco pastaba distraído. María le silbó con todas sus fuerzas. Al oírla, el potrillo la miró de reojo y se alejó al trote.

“A esta nena no la conozco”, pensaba el potrillito.

“No me quiere… no me quiere” pensaba María. Y volvió a su casa.

-¿Qué te pasa? –le preguntó la vaca, al verla entrar llorando.
 -El potrillito de al lado no me quiere…- le contó María.
-¿Cómo te va a querer, si estás descalza, en camisón y toda despeinada? ¿Por qué no te vistes, te pones las alpargatas y te haces una linda trenza?
-¡Buena idea, vaquita! –Y tras besarle la oreja, María disparó hacia la casa. Cuando volvió a salir, parecía otra: mameluco azul, alpargatas… ¡y una trenza voladora!

“Ahora si que el potrillito me va a querer…” pensaba, mientras corría de nuevo hacia la granja del vecino.

-¡Eh, caballito, acércate! –Le gritó no bien llegó al cerco. Al verla el potrillito la miró de reojo y se alejó al trote.

“A esta otra nena tampoco la conozco!”, pensaba el caballito. “No me quiere…no me quiere…” pensaba María. Y volvió a su casa.

-¿Qué te pasa? - le preguntó el gansito, al verla entrar llorando.
-El potrillito de al lado no me quiere…- Le contó maría
-¿Cómo no te va a querer?, si andas con ese mameluco y con esa trenza tan apretada pareces un muchacho? ¿Porqué no te pones un vestido y te sueltas el pelo?
-¡Buena idea gansito! –y tras acariciarle el ala, María disparó hacia la casa. Cuando volvió a salir parecía otra: vestido a cuadritos y su pelo rubio, tan suelto como las mariposas que revoloteaban a su alrededor.

“Ahora sí que el potrillito me va a querer…” pensaba maría, mientras corría de nuevo hacia la granja del vecino.

-¡Ea , ea, caballito, ven aquí! –le gritó, apenas llegó junto al cerco. Al verla el potrillo la miró de reojo y se alejó al trote. “Otra nena más ¡y a esta tampoco la conozco!” pensaba el caballito.

“No me quiere… no me quiere…”, pensaba María. Y volvió a su casa.

-¿Qué te sucede?- le preguntaron los conejos, al verla entrar llorando.
-El potrillito de al lado, no me quiere…- Les contó María.
- ¿Cómo te va a querer, si estás tan pálida que pareces enferma? ¿Por qué no te pintas un poco? -
-¡Buena idea conejitos! –y tras tironearles cariñosamente las orejas a uno por uno, María disparó hacia la casa.

Cuando volvió a salir, parecía otra: se había tiznado los ojos con carbón y se había pintado las mejillas y labios con tiza colorada. “Ahora si el potrillito me va a querer” pensaba mientras corría de nuevo a la granja vecina.

-¡Vamos caballito, ven de una vez! – le gritó no bien legó al cerco.

“¿Pero que me pasa hoy? ¿Estaré insolado? ¡Otra nena más! ¡Y a esta tampoco la conozco!”, pensaba el caballito. “No me quiere…no me quiere”, pensaba maría. Y volvió a su casa.

El sol ya se había escondido detrás del monte. Faltaba poquito para que la noche tapara lo campos.

-¿Qué te pasa? –le preguntó la lechuza al verla entrar llorando.

Entonces la nena le contó todo: que la vaca me recomendó esto y el gansito me aconsejó eso y los conejos me dijeron esto otro… ¡Pero el potrillito no me quiere! ¡No me quiere! ¿Por qué no me quiere?

El abuelo –que había escuchado todo- se le aproximó. Sonreía dulce cuando le dijo:

-Pero María ¿Cómo puede quererte alguien que no sabe cómo eres, alguien que no te conoce? Además, ¿Qué sabes tú de caballos? ¿Conoces acaso, qué le gusta a ese potrillo?, ¿Qué siente? ¿Cómo es?

María tragó saliva: el abuelo tenía razón. ¡Ella tampoco conocía al potrillo!

-Vamos, querida, ve a ponerte tu ropa de siempre y a lavarte la cara… Si el potrillo se hace tu amigo es porque te quiere tal cual eres.

Esa noche, mientras comían, la nena le hizo muchas preguntas sobre caballos. Después se durmió soñando con el potrillo blanco. Al día siguiente, con su pelo suelto, la cara lavada y el gastado mameluco azul, María salió corriendo hacia la granja del vecino. Llevaba los brazos repletos de alfalfa. Al llegar al cerco, el potrillo miró de reojo, pero esta vez no se alejó al trote.

“Parece que esta nena quiere ser mi amiga… me trae alfalfa”, pensaba como buen caballito que era.

Y de la mano de María probó algunos bocados, aunque no tenía hambre.

Y desde la mano de María sintió caer un montón de caricias sobre su frente…

Y la mano de María lamió mansito, con su lengua áspera y húmeda….

A partir de esa mañana, la nena volvió a visitar al potrillito blanco. Poco a poco se fueron conociendo más y más, hasta que una tarde los dos sintieron que se querían mucho, mucho…!

Ya eran verdaderos amigos!


viernes, 11 de julio de 2014

La Rana Zarevna - Alexandr Afanásiev

Hoy tengo ganas de un cuento de hadas ruso... Ya hemos charlado sobre estos cuentos hace tiempo y también sobre su recopilador: Alexandr Afanásiev.
Los cuentos de hadas tienen un algo especial, y aunque el tiempo los ha erroneamente confinado a "literatura infantil", somos más bien los adultos quienes más los disfrutamos y les sacamos provecho.
En el siguiente cuento tenemos, nuevamente, a Basilisa (o Vasilisa o Vasalisa) de protagonista y, si está Basilisa no puede faltar, la bruja Babá Yagá. 




La Rana Zarevna


En un reino muy lejano reinaban un zar y una zarina que tenían tres hijos. Los tres eran solteros, jóvenes y tan valientes que su valor y audacia eran envidiados por todos los hombres del país. El menor se llamaba el zarevich Iván.

Un día les dijo el zar:

— Queridos hijos: Tomad cada uno una flecha, tended vuestros fuertes arcos y disparadla al acaso, y dondequiera que caiga, allí iréis a escoger novia para casaros.

Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, frente al torreón donde vivían las mujeres; disparó la suya el segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, clavándose en la puerta principal, donde a la sazón se hallaba la hija, que era una joven hermosa. Soltó la flecha el hermano menor y cayó en un pantano sucio al lado de una rana.

El atribulado zarevich Iván dijo entonces a su padre: 

— ¿Cómo podré, padre mío, casarme con una rana? No creo que sea ésa la pareja que me esté destinada.
— ¡Cásate — le contestó el zar—, puesto que tal ha sido tu suerte!

Y al poco tiempo se casaron los tres hermanos: el mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.

Algún tiempo después el zar les ordenó:

— Que vuestras mujeres me hagan, para la comida, un pan blanco y tierno.

Volvió a su palacio el zarevich Iván muy disgustado y pensativo.

— ¡Kwa, kwa, Iván Zarevich! ¿Por qué estás tan triste? — Le preguntó la Rana—. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre te ha mandado hacerle, para la comida, un pan blanco y tierno.
— ¡No te apures, zarevich! Vete, acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche — le dijo la Rana.
Acostóse el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó la piel y se transformó en una hermosa joven llamada la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó en alta voz:

— ¡Criadas! ¡Preparadme un pan blanco y tierno como el que comía en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó el zarevich Iván, la Rana tenía ya el pan hecho, y era tan blanco y delicioso que no podía imaginarse nada igual. Por los lados estaba adornado con dibujos que representaban las poblaciones del reino, con sus palacios y sus iglesias.

El zarevich Iván presentó el pan al zar; éste quedó muy satisfecho y le dio las gracias; pero enseguida ordenó a sus tres hijos:

— Que vuestras mujeres me tejan en una sola noche una alfombra cada una.

Volvió el zarevich Iván muy triste a su palacio, y se dejó caer con gran desaliento en un sillón.

— ¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás tan triste? — Le preguntó la Rana—. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste cuando mi señor padre te ha ordenado que tejas en una sola noche una alfombra de seda?
— ¡No te apures, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche.

Acostóse el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa; salió al patio y exclamó:

— ¡Viento impetuoso! ¡Tráeme aquí la misma alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó Iván, la Rana tenía ya la alfombra tejida, y era tan maravillosa que es imposible imaginar nada semejante.

Estaba adornada con oro y plata y tenía dibujos admirables.

Al recibirla el zar se quedó asombrado y dio las gracias a Iván; pero no contento  con esto ordenó a sus tres hijos que se presentasen con sus mujeres ante él. 

Otra vez volvió triste a su palacio Iván Zarevich; se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano su cabeza.

— ¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás triste? ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
— ¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre me ha ordenado que te lleve conmigo ante él. ¿Cómo podré presentarte a ti?
— No te apures, zarevich. Ve tú solo a visitar al zar, que yo iré más tarde; en cuanto oigas truenos y veas temblar la tierra, diles a todos: ‘Es mi Rana, que viene en su cajita.’

Iván se fue solo a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus mujeres engalanadas, y al ver a Iván solo empezaron a burlarse de él, diciéndole:

— ¿Cómo es que has venido sin tu mujer? 
— ¿Por qué no la has traído envuelta en un pañuelo mojado?
— ¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa?
— ¿Tuviste que rondar por muchos pantanos? 
De repente retumbó un trueno formidable, que hizo temblar todo el palacio; los convidados se asustaron y saltaron de sus asientos sin saber qué hacer; pero Iván les dijo:

— No tengáis miedo: es mi Rana, que viene en su cajita.
Llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos, y de él se apeó la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante. Acercóse al zarevich Iván, se cogió a su brazo y se dirigió con él hacia la mesa, que estaba dispuesta para la comida. Todos los demás convidados se sentaron también a la mesa; bebieron, comieron y se divirtieron mucho durante la comida.

Basilisa la Sabia bebió un poquito de su vaso y el resto se lo echó en la manga izquierda; comió un poquito de cisne y los huesos los escondió en la manga derecha. Las mujeres de los hermanos de Iván, que sorprendieron estos manejos, hicieron lo mismo.

Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; el zar y sus convidados quedaron asombrados al ver tal milagro. Cuando se pusieron a bailar las otras dos nueras del zar quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a los convidados; sacudieron la derecha y con un hueso dieron al zar un golpe en un ojo. 
El zar se enfadó y las expulsó de palacio.

Entretanto, Iván Zarevich, escogiendo un momento propicio, se fue corriendo a casa, buscó la piel de la Rana y, encontrándola, la quemó. Al volver Basilisa la Sabia buscó la piel, y al comprobar su desaparición quedó anonadada, se entristeció y dijo al zarevich:

— ¡Oh Iván Zarevich! ¿Qué has hecho, desgraciado? Si hubieses aguardado un poquitín más habría sido tuya para siempre; pero ahora, ¡adiós! Búscame a mil leguas de aquí; antes de encontrarme tendrás que gastar andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. Si no, no me encontrarás.

Y diciendo esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana. Iván Zarevich rompió en un llanto desconsolador, rezó, se puso unas botas de hierro y se marchó en busca de su mujer. Anduvo largo tiempo y al fin encontró a un viejecito que le preguntó:

— ¡Valeroso joven! ¿Adónde vas y qué buscas?

El zarevich le contó su desdicha.

— ¡Oh Iván Zarevich! — Exclamó el viejo—. ¿Por qué quemaste la piel de la Rana? ¡Si no eras tú quien se la había puesto, no eras tú quien tenía que quitársela! El padre de Basilisa, al ver que ésta desde su nacimiento le excedía en astucia y sabiduría, se enfadó con ella y la condenó a vivir transformada en rana durante tres años. Aquí tienes una pelota — continuó—; tómala, tírala y síguela sin temor por donde vaya.

Iván Zarevich dio las gracias al anciano, tomó la pelota, la tiró y se fue siguiéndola. Transcurrió mucho tiempo y al fin se acercó la pelota a una cabaña que estaba colocada sobre tres patas de gallina y giraba sobre ellas sin cesar. Iván Zarevich dijo:

— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña obedeció; el zarevich entró en ella y se encontró a la bruja Baba Yaga, con sus piernas huesosas y su nariz que le colgaba hasta el pecho, ocupada en afilar sus dientes. Al oír entrar a Iván Zarevich gruñó y salió enfadada a su encuentro:

— ¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora aquí ni se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! ¡Ea, Iván Zarevich! ¿Por qué has venido?
— ¡Oh tú, vieja bruja! En vez de gruñirme, harías mejor en darme de comer y de beber y ofrecerme un baño, y ya después de esto preguntarme por mis asuntos.

Baba Yaga le dio de comer y de beber y le preparó el baño. Después de haberse bañado, el zarevich le contó que iba en busca de su mujer, Basilisa la Sabia.

— ¡Oh cuánto has tardado en venir! Los primeros años se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana, pues ella está más enterada que yo de tu mujer.

Iván Zarevich se puso de nuevo en camino detrás de la pelota; anduvo, anduvo hasta que encontró ante sí otra cabaña, también sobre patas de gallina.

— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte como estabas antes, con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí! — Dijo el zarevich.

La cabaña obedeció y se puso con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia Iván, quien penetró en ella y encontró a otra hermana Baba Yaga sentada sobre sus piernas huesosas, la cual al verle exclamó:

— ¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora por aquí nunca se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! Qué, Iván Zarevich, ¿has venido a verme por tu voluntad o contra ella?

Iván Zarevich le contestó que más bien venía contra su voluntad.

— Voy — dijo— en busca de mi mujer, Basilisa la Sabia.
— ¡Qué pena me das, Iván Zarevich! — Le dijo entonces Baba Yaga—. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y quiere casarse con otro. Ahora vive en casa de mi hermana mayor, donde tienes que ir muy deprisa si quieres llegar a tiempo. Acuérdate del consejo que te doy: Cuando entres en la cabaña de Baba Yaga, Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana empezará a hilar unos finísimos hilos de oro que devanará sobre el huso; procura aprovechar algún momento propicio para robar el huso y luego rómpelo por la mitad, tira la punta detrás de ti y la otra mitad échala hacia delante, y entonces Basilisa la Sabia aparecerá ante tus ojos.

Iván Zarevich dio a Baba Yaga las gracias por tan preciosos consejos y se dirigió otra vez tras la pelota. No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras, pero rompió tres pares de botas de hierro en su largo camino y se comió tres panes de hierro. Al fin llegó a una tercera cabaña, puesta, como las anteriores, sobre tres patas de gallina.

— ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña le obedeció y el zarevich penetró en ella y encontró a la Baba Yaga mayor sentada en un banco hilando, con el huso en la mano, hilos de oro; cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y cerró con llave. Iván Zarevich, aprovechando un descuido de la bruja, le robó la llave, abrió el cofrecito, sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta aguda la echó tras de sí y la otra mitad hacia delante, y en el mismo momento apareció ante él su mujer, Basilisa la Sabia.

— ¡Hola, maridito mío! ¡Cuánto tiempo has tardado en venir! ¡Estaba ya dispuesta a casarme con otro!

Se cogieron de las manos, se sentaron en una alfombra volante y volaron hacia el reino de Iván.

Al cuarto día de viaje descendió la alfombra en el patio del palacio del zar. Éste acogió a su hijo y nuera con gran júbilo, hizo celebrar grandes fiestas, y antes de morir legó todo su reino a su querido hijo el zarevich Iván.

jueves, 3 de julio de 2014

La Conferencia - Juan José Saer

Después de haber realizado una seguidilla de publicaciones sobre poesía, volvemos a los cuentos. Hoy elegí uno de Juan José Saer. No es el primer cuento que publico escrito por él así que no necesita introducción.
"La conferencia" es un cuento relativamente corto - como ya verán - y pertenece al libro "Lugar" (2000). Confieso que con la primera lectura me costó entenderlo... y lo tuve que releer. Pero al final no era tan complicado como me había parecido. El conferenciante, ¿soñó? ¿o no soñó? He ahí la cuestión. Leí en una crítica sobre este libro que la clave de "Lugar" es que cada cuento ocurre en al menos dos lugares a la vez. Esto me ayudó a comprender el planteo de esta historia y le encontré el gustito :D
Espero que les guste.



La conferencia


El conferenciante entró jovial. Era en uno de los salones de la Real Academia de Ciencias de Bruselas y, si mis recuerdos no me engañan, iba a tratar el problema de los métodos de verificación de una suma: el conferenciante descartaba a priori la verificación estadística (por x número de personas) y la convicción subjetiva y de buena fe sobre el resultado. Pero tal vez se trataba más bien de lo contrario. Se sentó, desplegó sobre la mesa las hojas de una carpeta y, antes de comenzar a desarrollar su tema, contempló durante unos segundos la jarra transparente, sonrió como para sí mismo, y dijo:

Yo acostumbro a dormir la siesta antes de dictar una conferencia, para tranquilizarme, porque la obligación de hablar en público me pone siempre muy nervioso. Así que hace una hora tuve un sueño. Tres personas diferentes fotografiaban rinocerontes. Eran tres imágenes sucesivas, pero el método que empleaban para sacar la fotografía era el mismo: se internaban en el río hasta la cintura, y fotografiaban de esa manera al rinoceronte, que se encontraba a unos metros de distancia, en el agua. Se trataba de rinocerontes, no de hipopótamos. El último de los fotógrafos era un poeta amigo mío (al que no conozco personalmente). Era mi amigo en el sueño. Este poeta, de fama universal, me explicaba en detalle el procedimiento que se emplea habitualmente para fotografiar rinocerontes. Y, en nombre de nuestra vieja amistad, me regalaba la fotografía que acababa de sacar.

El conferenciante hizo silencio y recogió de entre sus papeles un rectángulo coloreado. Después, antes de comenzar la disertación propiamente dicha, concluyó su relato:

Tal vez ustedes crean que este sueño que acabo de contarles es pura invención. Y bien, estimados oyentes, se equivocan. Aquí tengo la prueba, dijo, y alzó la mano mostrando al público la fotografía en colores de un rinoceronte en un río africano, todavía húmeda, a causa sin duda de la proximidad del agua o del reciente revelado.

domingo, 29 de junio de 2014

Algunas poesías de Alejandra Pizarnik

Buenas a todos. Con esta publicación estoy terminando lo prometido: 10 publicaciones seguidas sobre poesía :D. Repasemos un poco:

1 - Bécquer representando a España y el romanticismo o post-romanticismo español.
2 -  Quevedo, otro español, representando la picaresca, la poesía satírica, en el conceptismo barroco.
3 -  Martí, representando a Cuba y el modernismo.
4 - Basho representando con sus haikus a Japón y la influencia del zen en su cultura.
5 - Dickinson, representante de Estados Unidos y del trascendentalismo o el romanticismo oscuro.
6 - Superveille representando a Francia y Uruguay en un movimiento contrario al surrealismo - podríamos decir "realismo" - aunque también se lo asocia con la vanguardia y otros movimientos.
7 - Mistral, en representación de Chile y el modernismo influenciado por el simbolismo.
8 - Tagore, representante de la India pacifista y humanista.
y 9 - Whitman,  otro estadounidense, representando el realismo filosófico.

Bien, ¿cómo seguir? Me faltaron representantes de muchos países y también habrá quien diga que me faltaron poetas fundamentales, pero lo grave, desde mi punto de vista, es que me faltó un representante ¡de mí propio país!. Así que la publicación final del ciclo debe ser un argentino. Podría elegir a Alfonsina Storni pero ya hablé "algo" sobre ella alguna vez en el blog... lo mismo sucede con Oliverio Girondo y con Leopoldo Lugones... Después de mucho pensar me decidí. La última publicación será sobre Alejandra Pizarnik :D 
Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, Buenos Aires, en 1936. Se suicidó en 1972. Tenía apenas 36 años. Nunca voy a entender porque lo creativo, la depresión y la baja autoestima parecieran ir de la mano...
Sus obras más destacadas fueron "Árbol de Diana" y "Extracción de la piedra de la locura"
Les traigo aquí 5 poemas. Espero que les gusten. Y con ellos, damos por cerrado el ciclo de poesía. Pero ¡ah!, por cierto, no olviden que además de los poetas seleccionados para esta seguidilla, en el blog encontrarán publicaciones anteriores sobre Lorca, Pessoa, Blake y otros...
 


A la espera de la oscuridad


Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
Perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos.



Anillos de ceniza


A Cristina Campo.

Son mis voces cantando
Para que no canten ellos,
Los amordazados grismente en el alba,
Los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Hay, en la espera,
Un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
Una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
Una tribu de palabras mutiladas
Busca asilo en mi garganta
Para que no canten ellos,
Los funestos, los dueños del silencio. 

Árbol de Diana


1

He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
Y he cantado la tristeza de lo que nace.

2

Estas son las versiones que nos propone:
Un agujero, una pared que tiembla...

3

Sólo la sed
El silencio
Ningún encuentro
Cuídate de mí, amor mío
Cuídate de la silenciosa en el desierto
De la viajera con el vaso vacío
Y de la sombra de su sombra.

4

Ahora bien:
Quién dejará de hundir su mano en busca
Del tributo para la pequeña olvidada. El frío
Pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará.
Pagará el trueno.

5

Por un minuto de vida breve
Única de ojos abiertos
Por un minuto de ver
En el cerebro flores pequeñas
Danzando como palabras en la boca de un mudo.

6

Ella se desnuda en el paraíso
De su memoria
Ella desconoce el feroz destino
De sus visiones
Ella tiene miedo de no saber nombrar
Lo que no existe.

7

Salta con la camisa en llamas
De estrella a estrella,
De sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
La que ama al viento.

8

Memoria iluminada, galería donde vaga
La sombra de lo que espero. No es verdad
Que vendrá. No es verdad que no vendrá.

9
A Aurora y Julio Cortázar.
Estos huesos brillando en la noche,
Estas palabras como piedras preciosas
En la garganta viva de un pájaro petrificado,
Este verde muy amado,
Este lila caliente,
Este corazón sólo misterioso.

10

Un viento débil
Lleno de rostros doblados
Que recorto en forma de objetos que amar.

11

Ahora
En esta hora inocente
Yo y la que fui nos sentamos
En el umbral de mi mirada.

12

No más las dulces metamorfosis de una niña de seda
Sonámbula ahora en la cornisa de niebla
Su despertar de mano respirando
De flor que se abre al viento.

13

Explicar con palabras de este mundo
Que partió de mí un barco llevándome.

14

El poema que no digo,
El que no merezco.
Miedo de ser dos
Camino del espejo:
Alguien en mí dormido
Me come y me bebe.

15

Extraño desacostumbrarme
De la hora en que nací.
Extraño no ejercer más
Oficio de recién llegada.

16

Has construido tu casa
Has emplumado tus pájaros
Has golpeado al viento
Con tus propios huesos
Has terminado sola
Lo que nadie comenzó.

17

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días
Sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta,
Se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me
Lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su
Espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nom-
Bres creciendo solos en la noche pálida).

20
 A Laure Bataillon

Dice que no sabe del miedo, de la muerte, del amor
Dice que tiene miedo de la muerte, del amor
Dice que el amor es muerte, es miedo
Dice que la muerte es miedo, es amor
Dice que no sabe.

21

He nacido tanto
Y doblemente sufrido
En la memoria de aquí y de allá.

22

En la noche
Un espejo para la pequeña muerta
Un espejo de cenizas.

23

Una mirada desde la alcantarilla
Puede ser una visión del mundo
La rebelión consiste en mirar una rosa
Hasta pulverizarse los ojos.

32

Zona de plagas donde la dormida come lentamente
Su corazón de medianoche.

33

Alguna vez
Alguna vez tal vez
Me iré sin quedarme
Me iré como quien se va.

34

La pequeña viajera
Moría explicando su muerte
Sabios animales nostálgicos
Visitaban su cuerpo caliente.

35  
A Ester Singer

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fue-
Go, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche,
Déjate caer y doler, mi vida.

37

Más allá de cualquier zona prohibida
Hay un espejo para nuestra triste transparencia.

38

Este canto arrepentido, vigía detrás de mis poemas
Este canto me desmiente, me amordaza.  

Niña en el jardín


Un claro en el jardín oscuro o un pequeño
Espacio de luz entre hojas negras.
Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años,
Señora de los pájaros celestes
Y de los pájaros rojos.

Al más hermoso le digo:
-Te voy a regalar a no sé quién.
-¿Cómo sabes que le gustaré? -dice.
-Voy a regalarte -digo.
-Nunca tendrás a quién regalar un pájaro -dice el pájaro. 




Sueño


Estallará la isla del recuerdo.
La vida será sólo un acto de candor.
Prisión
Para los días sin retorno.
Mañana
Los monstruos del buque destruirán la playa
Sobre el viento del misterio.
Mañana
La carta desconocida encontrará las manos del alma.

domingo, 22 de junio de 2014

Algunas poesías de Walt Whitman

Tiempo atrás, más precisamente, en Julio del 2013, publiqué "¡Oh, Capitán!, ¡Mi capitán!" por lo que no voy a hacer una presentación extensa sobre Walt Whitman, poeta estadounidense nacido en 1819... De hecho, no tenía pensado publicar poemas de Whitman en esta seguidilla, sin embargo, ayer vi una película que lo mecionaba - ¡cómo me gusta esto de relacionar cine y literatura -. Se trata de "Diario de una pasión" que a su vez está basada en el libro de Nicholas Sparks que compré hace poco... Noah recita Whitman en dos ocasiones en el film y varias veces en el libro. Uno de los poemas que recita dice: 

Nada se pierde ni puede perderse realmente,
ni el nacimiento, la identidad, la forma... ningún objeto del mundo.
Ni la vida, la fuerza, ni cualquier cosa visible...
El cuerpo, lento, anciano y frío, el rescoldo de los primeros fuegos,
arderá otra vez en llamas.

A que merece Whitman una entrada más extensa en el blog... :D
Tengo en mis manos "Hojas de hierba". Seleccioné 5 poesías al azar... No sé si es la mejor selección que puede hacerse pero el azar tiene justamente eso de traernos sorpresas.






Poema 32 de "Canto a mí mismo"



Poema 16 de "Recuerdos del presidente Lincoln. La última vez que florecieron las lilas en el patio"



domingo, 8 de junio de 2014

Algunas poesías de Rabindranath Tagore

Ayer iba a hacer una publicación... Tenía elegido el poeta y todo: Erik Gustaf Geijer, un poeta romántico sueco que mencionan en el libro del sueco Henning Mankell, "El hijo del viento", que estoy leyendo actualmente. Lamentablemente, y para mi frustración, por más que busqué y busqué, no di con ningún poema suyo en español, ni siquiera con el famoso "El vikingo"... Así que antes de seguir adelante con esta publicación, les encargo poemas de Geijer si alguno tiene un libro o sabe de donde bajarlos (si tienen un libro, ¿me escanean algunas poesías para publicar?)
Bien, dicho lo anterior, vamos a la publicación de hoy. 
Gracias a que ayer no encontré nada de Geijer, recordé un libro de Rabindranath Tagore que encontré en la casa de mis abuelos hace un tiempito y que al final nunca leí. Conocí a Tagore gracias una amiga del trabajo que me recomendó "Gora" (1910), otro libro que no consigo... sniff... y cuando vi "El jardinero" en lo de mis abuelos no dudé en tomarlo "prestado". 
Rabindranath Tagore fue, entre otras cosas, un novelista, poeta, pintor, educador y humanista bengalí. Nació en 1861 y murió en 1941 en Calcuta. En 1878 fue enviado por su padres, nobles bengalíes, a Gran Bretaña para estudiar en la universidad. Recuerden que por las fechas, estamos hablando de la India Colonial. Allí eligió formarse en música y literatura. 
En 1912, con la primera guerra mundial, eligió una postura política que ahora no nos sorprende pero que en aquella época sí llamaba la atención: pacifismo exento de nacionalismo. Y, en 1913, recibió el premio nobel de literatura. Fue el primer escritor no europeo en recibirlo.
"El jardinero" se publicó por primera vez en 1913. La edición que tengo fue traducida por Zenobia Comprubí, esposa del poeta español Juan Ramón Jiménez. Dada la dificultad de mantener el ritmo en este tipo de traducciones, se tomaron ciertas licencias y de ser poemas, pasaron a ser prosa. Tomé algunos poemas al azar ya que aún debo explorar este libro, pero fue con la certeza de que lo azaroso jugaría a nuestro favor y que la selección no tendría desperdicio. 
Espero que les gusten.
Ah! Por una cuestión de tiempo, subo imágenes :D

Estampilla postal




Poema 1
  



Poema 3


Poema 6



Poema 12



Poema 31


Poema 45



Poema 63



Y Poema 85... último poema del libro


domingo, 1 de junio de 2014

Algunas poesías de Gabriela Mistral

Tengo la sensación de que por lo general asociamos la poesía - o tal vez, la literatura - con los hombres. Sin embargo, hay, siempre hubo y habrá, poetas mujeres - o poetisas -. Una de ellas fue Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga.
Gabriela Mistral nació en Chile en 1889. Fue poeta, maestra y cónsul de Chile en Nueva York. Su consagración se dio en 1914 cuando recibió el primer premio en el concurso Juegos Florales por "Sonetos de la Muerte". Para que se comprenda la importancia, Juegos Florales era un concurso muy importante a principios del siglo XX. Obtener el primer lugar en el concurso de literatura daba mucho prestigio.
En 1922, publicó "Desolación", libro considerado su primera obra maestra, y en 1945 ganó el premio nobel de literatura. Falleció en 1957 tras una larga enfermedad.
Hoy comparto con ustedes aquel primer poema suyo que la lanzó a la fama y, para complementar la publicación, algunos poemas de "Desolación".

Gabriela Mistral por Keronetex

Los sonetos de la muerte

I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!

II

Este largo cansancio se hará mayor un día,
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por donde van los hombres, contentos de vivir...

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,
que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente...
¡y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el por qué no madura,
para las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
y, roto el pacto enorme, tenías que morir...

III

Malas manos tomaron tu vida desde el día
en que, a una señal de astros, dejara su plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él...

Y yo dije al Señor: ?«Por las sendas mortales
le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

»¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad.
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor».

Se detuvo la barca rosa de su vivir...
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!


 El pensador de Rodin
A Laura Rodig

Con el mentón caído sobre la mano ruda,
el Pensador se acuerda que es carne de la huesa,
carne fatal, delante del destino desnuda,
carne que odia la muerte, y tembló de belleza,

Y tembló de amor, toda su primavera ardiente,
y ahora, al otoño, anégase de verdad y tristeza.
El «de morir tenemos» pasa sobre su frente,
en todo agudo bronce, cuando la noche empieza.

Y en la angustia, sus músculos se hienden, sufridores.
Cada surco en la carne se llenara de terrores.
Se hiende, como la hoja de otoño, al Señor fuerte

que le llaman en los bronces... Y no hay árbol torcido
de sol en la llanura, ni león de flanco herido,
crispados como este hombre que medita en la muerte


La cruz de Bistolfi 
 
Cruz que ninguno mira y que todos sentimos,
la invisible y la cierta como una ancha montaña:
dormimos sobre ti y sobre ti vivimos;
tus dos brazos nos mecen y tu sombra nos baña.

El amor nos fingió un lecho, pero era
sólo tu garfio vivo y tu leño desnudo.
Creímos que corríamos libres por las praderas
y nunca descendimos de tu apretado nudo.

De toda sangre humana fresco está tu madero,
y sobre ti yo aspiro las llagas de mi padre,
y en el clavo de ensueño que lo llagó, me muero.

¡Mentira que hemos visto las noches y los días!
Estuvimos prendidos, como el hijo a la madre,
a ti, del primer llanto a la última agonía! 


La mujer fuerte 
 
Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
mujer de saya azul y de tostada frente,
que era mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
vi abrir el surco negro en un Abril ardiente.

Alzaba en la taberna, ebrio, la copa impura
el que te apegó un hijo al pecho de azucena,
y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,
caía la simiente de tu mano, serena.

Segar te vi en Enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
agrandados al par de maravilla y llanto.

Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara
¡y aun tu sombra en los surcos la sigo con mi canto
! 

jueves, 29 de mayo de 2014

Algunas poesías de Jules Supervielle

Otro poeta que menciona el libro coreano que les comenté estoy leyendo es Jules Supervielle. Mi ignorancia en poesía es tal que no lo había escuchado nombrar nunca pero el poema incluido en "Primavera helada" me gustó mucho y por eso decidí hacer una publicación sobre él.
Jules Supervielle nació en Uruguay en 1884 y falleció en Francia en 1960. Descubrir que era Uruguayo de nacimiento, y no francés como indica su nombre, me alegró sobremanera. Además de poeta, Jules Supervielle fue novelista. También escribió relatos cortos. Y aunque dicen que su poesía estuvo más influenciada por la latinoamericana que por la europea, siempre escribió en francés... eso me desilusionó un poco... 
Jules Supervielle se educó en Europa pero en 1939, cuando comenzó la segunda guerra mundial, retornó a su Uruguay natal. En 1946, regresó a Francia y allí pasó el resto de sus días.
El primer poema que comparto hoy con ustedes, es el que se encuentra en el libro que estoy leyendo. Por lo que veo, es una traducción hecha sólo para esa novela - no lo encontré en internet al menos con esta traducción -. El resto los tomé de distintos sitios de internet. No me fue fácil encontrar sus poemas... Aparentemente, no ha sido tan publicado en español como yo esperaba.




Detrás de tres paredes y dos puertas
nunca piensas en mí.
Mas ni la piedra ni el calor ni el frío,
ni siquiera tú puedes impedir
que te cree y recree
a mi antojo, en mi interior
igual que las estaciones crean bosques 
sobre la superficie de la tierra.


Un Poeta

Yo no voy siempre solo al fondo de mi mismo
Sino que a veces llevo a otros seres conmigo.
Los que hayan entrado en mis frías cavernas,
¿Están seguros de salir aunque sólo un momento?
Yo acumulo en mi noche, como un barco que se hunde,
Sin distingo, el pasaje y la tripulación,
Y dejo a los ojos sin luz, y en los camarotes
Hago amistad con quienes gustan de lo profundo.




Todavía tembloroso
Bajo la piel de las tinieblas
Todas las mañanas debo
Recomponer a un hombre
Con toda esa mezcla
De mis días anteriores
Y lo poco que me queda
De mis días por venir.
Heme aquí todo entero,
Voy hacia la ventana.
Luz de este día,
Vengo del fondo de los tiempos,
Respeta con delicadeza
Mis minutos oscuros,
Déjame un poco todavía
De lo que tengo de nocturno,
De estrellado por adentro
Y de listo para morir
Bajo el sol ascendente
Que no para de crecer.
El Retrato

Me inclino sobre la fuente donde nace tu silencio
en un reflejo de hojas que tu alma hace temblar.
Sobre tu fotografía.

Puede ser que quede aún
una uña de tus manos entre las uñas de mis manos,
una de tus pestañas mezcladas con las mías,
uno de tus latidos extraviados entre los latidos de mi corazón.
 


Asir
Asir, asir la tarde, la manzana y la estatua.
Asir la sombra, el muro y el final de la calle.

Asir el cuello, el pie de la mujer tendida.
Y luego abrir las manos. ¡Cuántos pájaros sueltos!

Cuántos perdidos pájaros convertidos en calle.
En sombra, muro, tarde, en manzana y estatua.
 
 

Plegaria al desconocido

He aquí que me sorprendo hablándote, Dios mío,
yo, que no sé todavía si existes
ni comprendo la lengua de tus iglesias susurrantes.
Miro los altares, la bóveda de tu casa
como quien dice simplemente: “Esto es madera, esto es piedra,
aquéllas son columnas románicas, le falta la nariz a ese santo,
y adentro como afuera hay un mismo desamparo entre los hombres”.
Bajo los ojos sin poder arrodillarme durante la misa
como si dejara pasar una tormenta sobre mi cabeza
y no puedo evitar el pensar siempre en otra cosa.
Me pasaré la vida pensando en otra cosa,
y esa otra cosa soy yo, tal vez mi yo verdadero:
es allí donde me refugio, y tal vez sea allí donde tú estás,
creo que nunca podré vivir sino en esas lejanías que me seducen.
El momento presente es un regalo que no he sabido aprovechar,
no sé bien cómo se usa, lo volteo para un lado y para el otro
y no logro que funcione su difícil mecanismo.
No creo en ti, Dios mío, pero quisiera hablarte a pesar de todo;
he hablado con las estrellas aunque las sepa sin vida,
con los más humildes de los animales aunque los sepa sin respuesta,
con los árboles que, sin el viento, serían mudos como la tumba.
Y me he hablado a mí mismo aunque no estoy seguro del todo de que existo.
No sé si oyes nuestras plegarias, las plegarias de los hombres,
no sé si tienes ganas de escucharlas,
no sé si tienes como nosotros un corazón en alerta continua
y oídos siempre abiertos a las noticias más diversas.
No sé si te gusta mirar por aquí.
Pero querría recordarte a tu planeta la Tierra,
con sus flores, sus guijarros, sus jardines y sus casas.
Con todos sus seres; con nosotros que sufrimos y lo sabemos.
Querría dirigirte cuanto antes estas humildes palabras humanas
porque cada cual debe tentar ahora lo imposible
aun si no eres más que un soplo de hace millares de años,
una gran velocidad adquirida, una melancolía durable
que hace aún girar a las esferas en su melodía.
Querría, Dios sin rostro y tal vez sin esperanza,
que prestaras toda tu atención, entre tantos cielos vagabunda,
a los hombres que nunca pueden darse un respiro en el planeta.
Escúchame, corre prisa: todos van a desalentarse
y ya no podremos distinguir a los jóvenes de los viejos.
Cada mañana se preguntan si la matanza va a comenzar.
Por todas partes se preparan extraños distribuidores
de sangre, de quejidos y de lágrimas.
Se preguntan si los trigos no esconden ya fusiles.
¿Se acabó el tiempo en que podías ocuparte de los hombres?
¿Te llaman de otros mundos, médico de consulta
que sin saber por dónde empezar deja morir a su clientela?
Escúchame, no soy más que un hombre entre tantos otros:
el alma está a gusto en el cuerpo, el alma no quiere escaparen un estallido de bomba;
el alma es para nosotros una caricia, un secreto halago.
Déjanos respirar sin pensar en nuevos venenos,
déjanos mirar a nuestros niños sin pensar todo el tiempo en la muerte.
No estamos para batallas, para generales.
Déjanos nuestro ir y venir de rebaño entre cencerros
y olor a leche que se mezcla al olor de la hierba espesa.
Ah, si existes, mi Dios, mira de nuestro lado,
ven y descansa un rato entre nosotros, la Tierra es hermosa con sus árboles,
sus ríos y sus estanques, tan hermosa que uno diría
que la añoras un poco.
No te vayas a hacer el sordo una vez más
ni a sentirte conmigo, Dios, si te tuteo,
si te hablo con tan abrupta simplicidad:
creería menos que en cualquier otro en un Dios que aterrorizara;
y tú, más que por el rayo, sabes expresarte por las briznas de hierba
y los ojos del agua y los juegos de los niños,
lo cual no impide que haya océanos y cadenas de montañas.
No puedes ofenderte porque te digo lo que pienso,
porque reflexiono como puedo sobre el hombre y su existencia
con la franqueza de la tierra y de las diversas estaciones
y tal vez con tu franqueza cuyas lecciones ignoro.
No me faltan disculpas, consiente en aceptar mis pobres sutilezas,
tantas cosas se preparan solapadamente contra nosotros
que, por mucho que hagamos, tememos siempre que nos sorprendan desprevenidos,
tememos ser como el toro que no comprende qué sucede:
lo llevan al matadero, no sabe adónde va,
y justo antes de recibir el golpe mortal sobre la frente
se repite que tiene hambre, y pastaría de buena gana,
¿pero qué pasa con esa gente de delantales llenos de sangre
para que así se empeñen todos en atenderlo esta mañana?

lunes, 26 de mayo de 2014

Algunas poesías de Emily Dickinson

Estoy leyendo una novela coreana, "Primavera helada". En ella hay un personaje, Dan, apasionado por los poemas de Emily Dickinson, y otro personaje, Mi-ru, que también la admira y por eso ha llamado a su gata Emily. Pienso que quien realmente adora a Emily Dickinson es la autora de la novela: Kyung - Sook Shin... pero, como sea, me dio ganas de leer a Dickinson. Por eso la publicación de poesía que sigue es sobre ella.
Emily Elizabeth Dickinson nació en Estados Unidos de América en 1830. Vivió una vida de reclusión y sus poemas no fueron famosos hasta después de su muerte. Hoy la consideramos representante indiscutible de la poesía norteamericana, pero, lamentablemente, Emily no pudo disfrutar de los aplausos en vida. Vaya una a saber si fue por timidez, vergüenza o miedo al rechazo, pero Emily mantuvo oculta su obra y recién fue descubierta, compilada y publicada por su hermana mayor cuando ya había fallecido.
Elegí cinco poesías para compartir con ustedes. Espero que sean de su agrado. 



Cualquiera que desencante

Cualquiera que desencante
A un solo ser humano
Por traición o por irreverencia
Es culpable de todo.

Inocente como un pájaro,
Gráfico como una estrella
Hasta una sugestión siniestra
Que las cosas no son lo que son.
 
 
 
No era la muerte, pues yo estaba de pie

No era la muerte, pues yo estaba de pie
Y todos los muertos están acostados,
No era de noche, pues todas las campanas
Agitaban sus badajos a mediodía.

No había helada, pues en mi piel
Sentí sirocos reptar,
Ni había fuego, pues mis pies de mármol
Podían helar un santuario.

Y, sin embargo, se parecían a todas
Las figuras que yo había visto
Ordenadas para un entierro
Que rememoraba como el mío.

Como si mi vida fuera recortada
Y calzada en un marco
Y no pudiera respirar sin una llave
Y era como si fuera medianoche.

Cuando todo lo que late se detiene
Y el espacio mira a su alrededor
La espeluznante helada, primer otoño que llora,
Repele la apaleada tierra.

Pero todo como el caos,
Interminable, insolente,
Sin esperanza, sin mástil
Ni siquiera un informe de la tierra
Para justificar la desesperación.
 
 
 
El corazón pide placer primero

El corazón pide placer primero,
Luego excusa del dolor,
Luego los pequeños detalles
Que matan el dolor.

Luego irse a dormir,
Y luego, si tiene que ser
El deseo de su inquisidor,
El privilegio de morir.


Que yo siempre amé

De que yo siempre amé
Te traigo la prueba,
Que hasta que amé
Yo nunca viví bastante.

Que yo amaré siempre
Te lo discutiré,
Que amor es vida
Y vida inmortalidad;

Esto, si lo dudas, querido,
Entonces yo ya no tengo nada que mostrar
Salvo el calvario.


Ningún cepo puede torturar mi alma en libertad

Ningún cepo puede torturar
Mi alma en libertad,
Pues detrás de este esqueleto mortal
Se teje uno de más valor.

No puedes horadar con un serrucho
Ni traspasar con una cimitarra
Dos cuerpos, por lo tanto perdura,
Amarra uno y el otro vuela libre.

El águila no se despoja
De su nido y, sin embargo,
Gana el cielo
Más fácilmente que tú.

Excepto tú mismo tal vez nadie pueda ser
Tu enemigo,
Cautividad es conciencia
Y también es libertad.
 

Cuántas veces estos cansados pies han podido tropezar

Cuántas veces estos cansados pies han podido tropezar,
Sólo mi amordazada boca puede decirlo,
Ensaya, trata de mover este horrible remache,
Ensaya, levanta si puedes aldabas de acero.

Acaricia la fría frente, antes ardiente,
Levanta si quieres el deslucido cabello,
Palpa los adamantinos dedos
Que ya nunca usarán dedal.