Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

sábado, 21 de mayo de 2016

La casa viva - Elsa Bornemann

Hace unos años compartí "Manos" un cuento del libro "Socorro" de Elsa Bornemann que me gustaba mucho cuando era chica. Hoy, otro cuento del mismo libro.






LA CASA VIVA


Al comenzar éste —su cuento— la familia Alcobre estaba cenando en el comedor de su confortable piso ciudadano.

Era una familia "tipo": padres y dos hijos. Juan —el padre— y Claudia —la madre— componían un matrimonio joven. En cuanto a los hijos, Marvin tenía catorce y Greta doce cuando sucedió la historia que los comprende como protagonistas.

Era diciembre o principios de enero, según lo indicaba un árbol de Navidad instalado en un rincón de la sala y a cuyo pie se encontraba un bello pesebre de cerámica, producto de las manos de Greta. Ella era una apasionada por esa artesanía.

Todos estaban alegres durante aquella comida, acababan de comprar una casa de vacaciones. Su conversación giraba —entonces— en torno de esa importante adquisición:

JUAN: —Está ubicada sobre la que va a ser la avenida costanera de "La Resolana" dentro de unos años. Más cerquita del agua, imposible; como ustedes querían.

CLAUDIA: —Es una casa preciosa y está puesta a nuevo. Todavía no me explico cómo tuvimos la suerte de conseguirla por la mitad de lo que —en realidad— vale.

GRETA: —Humm, ya me imagino... Seguro que papi empezó a pedir descuento y descuento, como hace cada vez que le toca comprar algo...

MARVIN: —...y terminó mareando a los de la inmobiliaria, que se olvidaron algunos ceros en la cifra de venta.

CLAUDIA: —Nada de eso. El precio que pagamos por la casa es — exactamente— el que la inmobiliaria fijó. Bien barato, sí, aunque cueste creerse.

JUAN: —Lo que pasa es que en esta época... la situación económica del país... Entonces, con tal de vender...

GRETA: —¿Cuándo viajamos a "La Resolana"? ¡No doy más de ganas de conocer nuestra casa del mar!

MARVIN: —El viernes, nena, ¿no lo oíste?

CLAUDIA: —No bien tu padre y yo salgamos del trabajo. Alrededor de las ocho los pasamos a buscar.

JUAN: —Mejor a las nueve. Quiero hacer revisar los frenos y cargar nafta.

GRETA: —Marvin y yo vamos a tener todo listo para el viaje.

MARVIN: —La torneta y tu cargamento de arcilla, sin dudas...

GRETA: —¿Y qué? Por lo menos, voy a aprovechar las vacaciones para hacer algo más que nada como uno que yo conozco.

El esperado viernes de la partida llegó al fin y los Alcobre salieron en su auto rumbo a "Villa La Resolana". Con la ansiedad que tenían por estrenar la casa nueva, los trescientos veinte kilómetros que los separaban de ese solitario paraje marítimo se les antojaron mil; sobre todo, a los chicos.

Arribaron al amanecer.

La casa de vacaciones era —verdaderamente— hermosa, tal como los padres habían dicho. Amplia, totalmente refaccionada, luminosa. Amueblada con exquisito gusto. Decorada con calidez. Parecía recién hecha. Sin embargo, su construcción databa de principios de siglo.

Greta eligió para sí una de las cuatro habitaciones de la planta alta, la única que se abría a un espacioso balcón-terraza con vista al mar.

—¡Qué viva! —opinó Marvin.

Ese fin de semana, los cuatro Alcobre lo dedicaron a acomodar todo lo que habían llevado y a darse unos saludables baños de mar en la playita que parecía una prolongación de la casa, tan cerca de ella se extendía. Tan cerca, que habría podido considerársela una playa privada.

Además, alejado como estaba el edificio de los otros de la zona, a los Alcobre se les figuraba que toda la “Villa La Resolana” formaba parte de su patrimonio. ¡Qué paraíso!

Los padres partieron de regreso a la ciudad el domingo a la noche. Aún les restaba una semana de trabajo para iniciar las vacaciones. Partieron con mil recomendaciones para los chicos, como era de prever.

Sobre todo, que no se apartaran demasiado de las orillas al ir a bañarse en el mar, que no salieran de la casa después de las nueve de la noche, que se arreglaran para las comidas y bebidas con la abundante provisión que les dejaban en la heladera y en el freezer —así no debían ir al centro del pueblo mientras permanecían solos, aunque no quedaba tan lejos de allí y —por cualquier cosa— los llamaran por teléfono.

—Es telediscado. Ya lo probé para telefonear a los abuelos y los tíos y funciona perfectamente —les comentó la madre—. Ah, y papi acaba de conectar el contestador automático que trajimos de su estudio para usarlo acá durante estos días. Así, nos quedamos tranquilos si nosotros necesitamos comunicarles algo con urgencia y ustedes están en la playa. Tienen que escucharlo todos los días, ¿eh?

—Ay, mamá, cuanto lío por cuatro días locos... —protestó Marvin.

—¿Algún otro consejito? —ironizó Greta.

Sin embargo, excitados por lo que encaraban como su primera aventura "de grandes", tomaron las recomendaciones de buen humor y prometieron a todo que sí. Antes de despedirse de los padres, los sorprendieron —gratamente— colocando al frente del edificio un cartel hecho en cerámica por Greta y primorosamente pintado por Marvin. Decía: "LA CASA VIVA".

Si bien los chicos explicaron que se les había ocurrido bautizarla de ese modo porque les parecía que formaban parte de ella desde siempre, que en ese paraíso particular se sentían tan cobijados y cómodos como en el departamento del centro, lejos estaban de suponer que habían acertado con el nombre justo.

Ya era cerca de la madrugada cuando Greta y Marvin decidieron ir a dormir. Habían estado jugando a los dados en la sala de la planta baja.

Mientras subían la escalera de madera que los conducía a sus habitaciones, Marvin resbaló. Si no hubiera sido porque Greta logró atajarlo —ya que se encontraba dos escalones más abajo— buen porrazo se hubiese dado al rodar desde allí arriba.

—¡Qué raro! —comentaban más tarde, al observar la vieja gorra marinera que había ocasionado el resbalón—. No es de papá. ¿Cómo no la vimos antes? ¿Quién la habrá dejado en ese peldaño?

La gorra era una de esas que formaban parte de los trajes marineros que solían usar los varones a principios de siglo. ¡Qué raro!

Más tarde, ya en su cuarto y en su cama, Greta sintió blandas pisadas que recorrían su balcón-terraza.

—Sugestionada. Eso es. Estoy totalmente sugestionada por el asunto de la gorra — pensó.

Encendió el velador y se levantó con decisión, haciéndose la valiente como cada vez que algo le producía temor. Prendió el farol de la terraza y —de un tirón de la correspondiente soguita— corrió los cortinados del ventanal. No había nadie allí. Salvo la mesa y las dos mecedoras de mimbre, nadie ni nada. Dejó la luz encendida —para calmarse— y volvió a su cama.

No vio entonces —por suerte— que una de las mecedoras empezaba a balancearse lentamente, como si alguien invisible la hubiera ocupado y mirara hacia adentro. La mecedora siguió balanceándose hasta el amanecer.

Greta aún dormía cuando unas huellas de pies descalzos —y no mucho más grandes que las suyas— fueron formándose en la arena, desde la parte inferior de la casa —justo debajo de su cuarto—y en dirección al mar. Las últimas se perdieron en las orillas y las olas se las tragaron de inmediato.

Durante la mañana del lunes, los hermanos disfrutaron del mar y de la playa. Marvin estaba entre tenido con su tabla de surf.

Greta tomaba sol sobre una loneta mientras que —de a ratos— leía una novela de amor, ultra romántica, de esas que si se pudieran retorcer como una toalla empapada, seguro que chorrearía almíbar. De pronto, el calor la venció y se quedó dormida. No habría pasado un cuarto de hora, cuando la despertó una caricia húmeda sobre una mejilla.

Sin abrir los ojos, protestó:

—Ufa, Marvin; no molestes.

La caricia recorría ahora su espalda, era un dedo índice marcando suavemente el contorno de su columna vertebral. Sintió un cosquilleo.

Ahí sí que abrió los ojos, enojada:

—¿Será posible que no puedas dejarme en paz?

¡Qué sorpresa! A Marvin podía contemplárselo en el mar, aún jugando con su tabla. Y debía de ser el reflejo del sol el que le hizo ver a Greta algo así como la delicadísima forma de una mano de muchacho, flotando un instante a su alrededor para —en seguida— desvanecerse en el aire en dirección al mar. La chica se inquietó.

—¡Marvin! —gritó entonces—. ¡Ya estoy achicharrada! ¡Vuelvo a la casa! ¡El sol me está haciendo ver visiones!

¿Dónde estaba Marvin? Un segundo antes, ahí, frente a ella.

—¡Marvin! ¡Marvin! —volvió a gritar, entonces, em pezando a asustarse—. —¡Maarviiin!

Su hermano salió del mar cinco minutos después, con la frente herida y sin la tabla. Greta lo vio corretear hacia ella, sujetándose la cabeza con ambas manos mientras le decía:

—No pasó nada grave. Un pequeño accidente. No sé cómo pero la tabla se me escapó, caí al agua y la maldita volvió contra mi frente con la fuerza de un millón de olas.

Más tarde —ya en la casa— Greta curaba la herida de Marvin.

—¿Te parece que vayamos a una farmacia?, ¿qué llamemos a mamá?

—No, nena, no es nada. En dos o tres días ni cicatriz me va a quedar. Lástima que perdí la tabla...

Ese lunes transcurrió sin que ningún otro episodio desagradable turbara la tranquilidad de los hermanos.

—Todo bien. Todo "al pelo" —le contaba Greta esa noche a sus padres, cuando ellos les telefonearon para saber cómo andaban.

Después de la charla telefónica, comieron y jugaron a las cartas hasta casi el amanecer.

Ambos dormían ya en sus cuartos en el momento en que algo empezó a agitarse por el aire en la habitación de Marvin. Producía un sonido como de hilos de seda que el viento zarandeaba.

El muchacho dormía profundamente. Y nunca se hubiera despertado debido a ese ruidito a no ser porque —de repente— esa especie de madeja de hilos se depositó sobre su cara y se apretó contra ella, comenzando a quitarle el aliento. Al principio, Marvin reaccionó instintivamente, dormido como
estaba. Sus manos intentaban —inútilmente— desprenderse de esa maraña que amenazaba ahogarlo. Recién cuando sintió su boca llena de pelos con sabor a sal, se despertó agitadísimo.

Luchó con fuerza para librarse de aquello que —a la luz del día que ya iluminaba a medias su cuarto— pudo ver que era una cabellera.

Una abundante, ondulada y rubia cabellera que lo abandonó cuando Marvin estaba a punto de destrozarla a manotazos. Como si volara despacio, se movió de aquí para allá por el cuarto y de pronto salió por la ventana entreabierta, en dirección al mar.

Marvin se sentó en su cama. Transpirado y con taquicardia, tardó en reaccionar. La cabeza le hervía, el cuerpo también.

—¡Tengo fiebre! ¡Qué pesadilla, demonios! —y recomponiéndose, fue hasta el botiquín del baño en busca de aspirinas.

—Si sigo así, le voy a hacer caso a Greta y vamos a ir hasta una farmacia para que me revisen la herida. ¿Se me habrá infectado? ¡Flor de pesadilla tuve! 

¡Deliraba!

Y todo ese martes permaneció en el lecho, atendido y mimado por su hermana, a la que no le contó ni una palabra de lo sucedido.

—Con lo miedosa que es, si le cuento mi sueño capaz que quiere volver a la ciudad.

Greta pasó las horas de enfermera improvisada junto a la cama de Marvin y muy entretenida con su modelado de figuritas de arcilla. Hizo varias, pero la que más le gustó fue un florerito con la forma de una bota.

Las pintó a todas y las puso a secar sobre la mesa de mimbre de su balcónterraza. En frente, el bello mar y el constante rugido de las olas. Entre ellas, un constante gemido, inaudible desde la playa.

Cuando los padres les telefonearon —cerca de la hora de cenar— el informe de los chicos fue el mismo que el del día anterior:

—Todo bien. Todo "al pelo".

El miércoles a la mañana —bien tempranito y después de comprobar que Marvin dormía plácidamente— Greta bajó a caminar por la playa. Volvió para la hora de desayunar; quería despertar a su hermano con una apetitosa bandeja repleta de tostadas y dulce de leche.

Cuando intentó abrir la puerta de entrada a la casa, sintió que alguien resistía del otro lado del picaporte. La puerta —entre que ella empujaba de un lado y alguien, del otro, impidiéndole el acceso— se mantenía apenas entreabierta.

—¡Vamos, Marvin, qué tontería! ¡Espero que abras de una buena vez! 

Nadie le contestó.

Greta espió entonces por el agujero de la cerra dura y pudo ver una tela de lana rayada, como la de las mallas antiguas aunque ella lo ignorara.

—¿Qué broma es esta, Marvin? ¡Que me abras de inmediato, te digo! ¡Dale, bobo!

Greta volvió a empujar. En esta oportunidad, ya nadie resistía del otro lado por lo que entró a la sala casi a los saltos, impulsada por su propia fuerza.

—Y —encima— te escondiste. Sí que estás en la edad del pavo, Marvin, ¿eh? Un leve chasquido —que provenía de uno de los ventanales corredizos— la hizo darse vuelta.

Greta se dirigió —entonces— al ventanal y separó con vigor ambos cortinados. A través de las persianas —como si éstas fueran de aire y no de madera—escapó hacia la playa el reflejo de un muchacho rubio y vestido con malla de otra época. Fue una visión fugaz. Greta soltó un chillido.

Marvin se apareció —de repente— en lo alto de la escalera, casi con la almohada pegada a la cara y protestando:

—¿No se puede dormir en esta casa? ¿Qué significa este escándalo?

Durante el desayuno —que tomaron en la cocina— Greta estuvo muy callada, pensativa. Después, le contó a su hermano el asunto de la puerta y de la silueta transparente. Marvin revisó el picaporte. Aseguró que estaba medio enmohecido y le echó unas gotas de lubricante. En cuanto a la silueta...

—Tanto leer esas novelas de amor inflama los sesos, nena... ¿No ves? Ya estás imaginando que se te apareció un enamorado invisible...

Tal como cuando había bautizado a la vivienda como "la casa viva", nuevamente había acertado en la denominación de los raros fenómenos que se estaban desarrollando allí. Pero tan sin sospecharlo...

El muchacho trató de convencer a su hermana de que allí no pasaba nada extraño, pero lo cierto, era que no podía dejar de pensar que sí aunque —como varón— le costaba reconocer sus propios miedos frente a Greta: "Pérdida de imagen, seguro". Y cuando ella le agradeció la cantidad de caracoles y piedritas con los que había encontrado llena la bota de cerámica, Marvin le mintió y admitió haber sido él quien había juntado esos regalitos.

Pero la verdad era que no.

¿Quién, entonces?

Después del almorzar y dormir una breve siesta, los hermanos decidieron bajar a la playa a juntar almejas.

—Cuando vengan papi y mami vamos a recibirlos con un festín.

Y allá fueron los dos, con baldes y palas y estuvieron recogiendo los bichos hasta el atardecer. Cuando regresaron a la casa, encontraron las paredes muy sudadas, como si fueran organismos vivos que habían soportado —estoicamente— los treinta y pico de grados de temperatura que había hecho esa tarde.

En el sofá de la sala, la presión sobre los almohadones indicaba que alguien había estado descansando allí. En los peldaños de la escalera, huellas que iban hacia la planta alta. Para los tres hechos los hermanos hallaron explicaciones más o menos lógicas. Ninguno de los dos quería confesar que empezaba a sentir verdadero miedo, mucho miedo.

Aquella fue una noche de luna llena. Todo el paisaje marino parecía detenido en la inmovilidad de una tarjeta postal.

Después de hablar por teléfono con sus padres, Greta y Marvin salieron a caminar un poco por su playita "particular"... Estaban alegres tras la conversación. ¿Un "poco" caminaron? ¡Poquísimo! Por que —ahora— ambos iban juntos y ambos pudieron oir cómo eran seguidos por unas pisadas, dos o tres metros a sus espaldas. Sin embargo, por allí no caminaba otra persona que los hermanos.

Las pisadas habían partido cerca de la casa y llegaban hasta casi las orillas, hasta el mismo lugar donde Greta y Marvin sintieron pavor y regresaron —a la carrera— de vuelta adentro.

Como la noche había sido tan serena, pudieron observar —a la mañana siguiente— las marcas en la arena de sus propias huellas más otras, ésas que los habían seguido y que —ahora, a la luz del sol— miraban cómo se perdían en el mar.

—Llamemos a mami. Quiero que ellos vengan antes, que adelanten el viaje... o nos vamos nosotros, Marvin —le rogaba Greta a su hermano—. Tengo miedo; estoy muerta de miedo.

—Los vamos a preocupar mucho. Y —además—¿qué les decimos? ¿que estamos asustados por un fantasma? Si el sábado a la madrugada ya van a llegar... Dale, nena, confianza en mí. No seré Super hombre pero conmigo no va a poder un vulgar fantasmita... Después de todo, estamos bien, ¿o no?

Semi convencida, Greta dijo que sí —durante el resto de ese día— se quedaron a comer en la playa, provistos como habían ido con una canasta de alimentos, sombrilla, reposeras, revistas, paletas y la infaltable novela de amor de Greta. Pasaron un día "bárbaro", como decían ellos. La inquietud de las horas pasadas parecía haber quedado definitivamente atrás.

Pero no.

Cuando regresaron a la casa —alrededor de las ocho de la noche— Marvin subió a darse un baño. Estaba convertido en una "milanesa humana", después del juego de enterrarse en la arena hasta el cuello.

Greta sacudía las lonas ——antes de entrar— cuando alcanzó a oír el piiiiip del contestador telefónico, anunciando que acabada de grabarse un llamado. Corrió hacia el aparato.

—Llamado de mami, seguro —pensó.

Puso en funcionamiento el rebobinador de la casete de grabación y se dispuso a escuchar el mensaje. Lo que escuchó le sacudió el corazón. Era la voz de un jovencito —sin dudas— que se expresaba medio como pegando cada palabra con la siguiente; tal como si hiciera un esfuerzo sobrehumano para hablar y que decía:

—EestoooyenamoraaadodeGreeta. AamoooaGreetaa. QuieeroqueedarmesooloconGreetaa.

Estas tres oraciones —estiradas como goma de mascar— eran repetidas hasta que concluía el tiempo de grabación con un largo suspiro entrecortado. La chica corrió escaleras arriba. Se oía la ducha y el canturreo de Marvin. Ya iba a llamarlo —angustiada— cuando vio que el teléfono del cuarto de su hermano estaba descolgado.

—Ajá. Conque fue él. Qué broma siniestra me hizo el condenado. Ya me las va a pagar.

Entró en el cuarto de Marvin —de puntillas, y colgó el auricular. 

—Ahora va a venir aquí a vestirse. Buen susto le voy a dar. Y Greta decidió ocultarse debajo de la cama. Ya llegaría Marvin, ya buscaría sus zapatillas... y entonces... —¡zápate!— ella le tomaría las manos. Creyendo —como él creería— que su hermana se encontraba en la planta baja...

¡Ja!

Va a ver, ése. Se le van a erizar los pelos...

Greta levantó —entonces— la colcha. Se arrodilló junto a la cama. Empezaba a acostarse sobre el parquet cuando vio —junto a las zapatillas de su hermano— aquellos pies descalzos, separados de todo cuerpo. Un par de pies de varón que salieron disparando de la habitación, como al impulso de los gritos de la jovencita.

Y el par de pies se encaminó hacia las escaleras y las descendió a todo lo que daban.

Greta continuaba gritando, aterrorizada.

El canturreo de Marvin se interrumpió. Enseguida, un ruido en el baño — de caño que cae— y un golpe contra el piso.

Greta chillaba; gritaba y seguía allí, acostada sobre el parquet, paralizada y gritando.

Pronto, estuvo Marvin a su lado. Venía rengueando. Le sangraba una rodilla.

—¡Casi me mato! ¿Qué te pasa? Al oír tus gritos corrí la cortina de la ducha y se me vino abajo, con caño y todo. Menos mal que resbalé contra el bidet.

Más tarde, Greta le contó lo ocurrido. Aún lloraba.

Marvin se vendaba la rodilla, mientras intentaba calmarla y defenderse de la acusación de haber grabado un mensaje. 

Del asunto de los pies, mejor no hablar. No sabía qué decir y el sólo imaginar el episodio le producía escalofríos.

Cuando trataron de escuchar nuevamente el mensaje, no lo ubicaron. Se había borrado.

—Te juro que yo lo oí —sollozaba Greta—. Y también vi esos pies debajo de tu cama.

—Está bien. Hoy vamos a dormir juntos, ¿eh?

Al rato, trasladaron la cama de Marvin al cuarto de Greta, que era más amplio. Cerraron cuidadosamente todos los ventanales —persianas bien bajas incluidas— y dejaron encendidas las luces de la casa.

A las cuatro de la madrugada del viernes, unos timbrazos insistentes. Los dos se despabilaron enseguida, sobresalta dos como habían pasado aquellas horas sin poder dormir en paz.

Los timbrazos continuaban.

Ahora —también— golpes dados contra la puerta principal y contra las persianas de la planta baja.

¿Quién sería?

Muertos de miedo, los hermanos decidieron bajar.

—¿Quien es? —preguntaron a dúo.

Las voces de sus padres casi les provocan un desmayo de felicidad. Se abalanzaron a la puerta. Quitaron todas las trabas y—finalmente— la abrieron. Al rato, los cuatro estaban instalados en la sala, tomando un reconfortante chocolate los chicos y unas copitas de cognac Juan y Claudia, nerviosos como habían viajado.

—Adelantamos el viaje porque durante todo el día de ayer, el teléfono de aquí daba ocupado. Pedimos reparación pero —igual— no pudimos tranquilizarnos. ¡Ay, Dios!, qué susto nos llevamos al encontrar la casa como clausurada, aunque se notaba que estaban encendidas las luces. ¿Qué les pasó?

¿Contarles todo?

Después de una ligera guiñada cómplice, Greta y Marvin resolvieron que no, aliviados como se sentían en compañía de sus padres y empezando a sospechar que lo aparentemente sucedido no era otra cosa que producto de su imaginación. También, había sido la primera vez de prueba de estar solos tanto tiempo. Y tan lejos.

Únicamente les dijeron que habían oído ruidos extraños... y que por las dudas... por si algún ladrón...

—¡Mañana salimos con los kajaks! —anunció el padre— Ahora, ¡a descansar todo el mundo!

Greta fue al baño. Iba a apagar la luz para regresar a su habitación cuando el rostro de un muchacho rubio —de abundante cabellera ondulada— se le apareció fugazmente en el espejo, por detrás del suyo. La visión duró una fracción de segundo. El tiempo justo como para que la niña lograra ahogar un grito y correr a su cama. Indudablemente, las alucinaciones no habían terminado. 

—Mañana le voy a contar todo a mami. Si guardo en secreto todas estas fantasías voy a acabar viendo extraterrestres —pensó. 

Pero —por esta vez— les pidió a sus padres que le permitieran descansar con ellos, como cuando era chiquita. Un rato después, los cuatro Alcobre dormían.

Primero fue un chasquido proveniente de la cocina y que nadie oyó.

Enseguida, otro, más fuerte que el anterior: algo se estaba resquebrajando. De inmediato, un ruido como de cristales que se parten contra el piso.

Entonces sí que los cuatro se despertaron.

Se apuraron en llegar a la cocina. Todos los azulejos de una de las paredes se estaban despegando como figuritas de papel, separándose varios centímetros del cemento antes de estrellarse contra las baldosas del suelo.

En pocos instantes, esa pared quedó casi desnuda.

Los chicos se asustaron mucho —por supuesto—pero el padre opinó que se trataba de un mal pegamento... y que la dilatación de los materiales... y que ya le iba a reclamar al arquitecto que se había encargado de las refacciones.

La madre puso en marcha el ventilador de techo, para refrescar el ambiente cálido de la cocina cerrada y los invitó a otra vuelta de chocolate, mientras le ofrecía un licorcito helado a su marido.

Una pausa amable antes de regresar a la cama, después de aquel disgusto.

Así —pues— los cuatro se sentaron en torno a la mesa redonda, instalada debajo del ventilador. Charlaban acerca de lo acontecido, sin darle mayor importancia.

Un crac, seguido de otro y de otro más, les hizo elevar las miradas hacia el techo. Varias grietas se comenzaban a dibujar allí, exactamente alrededor de la parte central del ventilador que giraba normalmente.

El último crac fue la alarma de que el artefacto amenazaba desprenderse.

—¡Levántense! ¡Salgan de acá, rápido! —gritó el padre, mientras él también abandonaba su puesto a la mesa.

Los cuatro consiguieron salir de la cocina con la celeridad necesaria como para salvarse de lo que podía haber sido una catástrofe: el ventilador de techo se desprendió —girando enloquecido— y —girando aún— se desplomó sobre la mesa. Instintivamente, la madre se llevó las manos al cuello. Los demás la imitaron y tragaron saliva.

—¡Indemnización! ¡Eso es! ¡Indemnización por daños y perjuicios, eso es lo que le voy a pedir al incompetente de ese arquitecto! ¿A quién hizo instalar las cosas? ¡Podríamos haber sido degollados! ¡Es como para denunciarlo a ese inútil! —así protestaba el padre, furibundo, una vez que el nuevo accidente había pasado sin otra consecuencia que el gran susto.

—¡Mañana a la tarde lo voy a ir a buscar a su estudio de "La Resolana" y si no está, sus empleados van a hacerse responsables! ¡Qué se cree ése! ¡Cualquiera de nosotros podría haber caído degollado!

—Calma, Juan. El estudio no abre hasta mañana a las seis de la tarde. Hasta entonces, calma, por favor, ¿eh?.

Claudia trataba de serenar a su marido. A la media hora, los cuatro se retiraron a dormir siquiera un rato. ¡Qué mañana radiante la de aquel viernes! Totalmente propicia como para tranquilizar los ánimos más alterados. ¿Y el mar? Con el oleaje ideal para salir a dar vueltas con los dos kajaks.

—¡Primero yo con papi! —exclamó Greta, mientras se apresuraba a calzarse el salvavidas.

—¡Qué viva!, ¿eh? se quejó Marvin.

El padre no los dejaba salir solos. La mamá, ni soñar con que iba a encerrar medio cuerpo en esa canoa tipo esquimal y a luchar contra las olas con la única asistencia de un remo.

Así fue como Greta y su padre se lanzaron al mar, cada uno en su correspondiente kajak. Marvin decidió nadar un rato. La madre se embadurnó con bronceador y se reclinó en una reposera, de cara al sol. De tanto en tanto, controlaba que sus tres de portistas anduvieran por allí, con una mirada atenta.

Ya bastante alejados de la costa pero no tanto como para que pudiera considerarse una imprudencia, Greta y su papá disfrutaban del paseo, sobre una zona sin oleaje. Iban en fila india, a veinticinco o treinta metros de separación uno del otro.

De repente, Greta vio unos brazos que salían del agua y que se aferraban a su kajak, como si quisieran ponerlo del revés.

—¡Papi! —gritó espantada.

Los brazos que subían del mar se esforzaron y —pronto— la cabeza y del torso de un muchacho estuvieron junto a los de la niña.

La cara, hinchada, amoratada, de labios violáceos. La cabeza, rubia, de pelo abundante y ondulado. ¡El mismo muchacho que le había parecido ver la noche anterior, reflejado en el espejo del baño!

—¡Papá! ¡Socorro! —volvió a exclamar Greta, una y otra vez, antes de que esos vigorosos brazos juveniles lograran dar vuelta su kajak.

Pronto empezó a sentir que se ahogaba, atrapada como estaba en la pequeña embarcación. Sintió que la besaban. Con desesperación. Y que aquellos brazos la arrastraban hacia las profundidades, rasguñándola en el brutal intento de llevársela consigo.

El padre se deshizo de su kajak y nadó hacia el lugar a donde había visto hundirse a su hija. Logró rescatarla, después de una pelea feroz con quien —en aquellos momentos de horror— le pareció un embravecido animal marino.

Cuando llegó a la costa —con su hija a la rastra— la reanimó. Greta ya abría los ojos y volvía a respirar por sus propios medios. Fue en esos instantes cuando el papá advirtió que su mujer no se encontraba en las inmediaciones.

La reposera, la revista, los anteojos de sol, tirados en la arena. De ella, ninguna otra señal. Volvió a la casa, cargando a Greta en brazos. Nadie estaba allí.
 
Angustiadísimo, tomó el teléfono y llamó a la policía, al servicio de guardavidas de la playa cercana, al puesto sanitario... 

No había concluido aún con sus desesperadas comunicaciones, cuando una ambulancia se detuvo en la puerta de "La casa viva".

De ella bajó Claudia, llorando desconsolada. De ella bajaron una camilla en la que yacía Marvin, inerte. Tres guardavidas y dos enfermeros explicaron:

—No; el chico se ahogó después del golpe. Se ahogó porque el golpe lo desmayó. También, tamaña tabla... El impacto fue terrible... Nosotros lo sacamos con la mayor rapidez posible, pero ya no había nada que hacer... Mire qué tabla sólida, aquí está...

—¡Esa es la tabla de surf de Marvin, la que perdió el otro día! —gritó la hermana, tan sin consuelo como sus padres.

Y los tres se abrazaron y lloraron juntos, hasta casi agotar las lágrimas. Por supuesto, al día siguiente de la tragedia, los Alcobre regresaron a la ciudad.

"La casa viva" fue puesta en venta —de inmediato— y por cuarta parte del precio de lo que —en realidad—valía. Querían deshacerse de ella lo antes posible.

Aún sigue en venta, y eso que transcurrieron cuatro años de aquel desdichado suceso.

Ni siquiera logró alquilarse.

Es probable que los rumores en torno de lo ocurrido a la familia Alcobre hayan circulado con rapidez... También... Seguramente, volverá a quedar abandonada —por Juan y Claudia en esta ocasión— tal como cuando ellos la descubrieron había sido abandonada por los Padilla, por los Caride y por los Ayerza. (Claro que los padres de Greta y Marvin ignoraban ese detalle... de lo contrario...).

Acaso pasen quince o veinte años hasta que el muchacho rubio de pelo ondulado y abundante vuelva a tener otra oportunidad.

¿Otra oportunidad de qué?

De enamorarse.

De que se enamoren de él.

A las inmobiliarias de "Villa La Resolana" les interesa su negocio y — además— a ellos no les consta de que ciertos hechos hayan sucedido tal como se rumorea. Opinan que se trata de desgraciadas casualidades y que la gente suele ser muy impresionable. Por eso, se cuidan mucho de divulgar lo que cuentan algunos de los más viejos lugareños: dicen que esa casa había sido construida —a principios de siglo— por la familia Padilla. A ella pertenecía Gastón, un simpático jovencito de doce o trece años, de pelo rubio, ondulado y abundante,— el mismo que había muerto ahogado ahí nomás —frente a la casa— pocos días después de que la habían estrenado.

Su abuela —la única moradora que quiso permanecer en la residencia hasta su propia muerte, que fue de puro viejita nomás— aseguraba que el fantasma del pobrecito de su nieto preferido vagaba por allí, almita en pena a la que ella no podía dejar sola.

Varios años después, los Caride y —más adelante— los Ayerza — familias que compraron la casa sucesivamente— dijeron —al abandonarla— que en ese sitio sucedían cosas muy raras. Algunos cuentan que tanto los Caride como los Ayerza habían estado a punto de perder una de sus hijas menores —ahogadas en el mar mientras pasaban allí sus vacaciones— y que los muchachos de ambas familias —hermanos o novios— sufrieron extraños accidentes, como si el ánima se hubiera sentido celosa de ellos.

Otros —los más imaginativos y soñadores— dicen que ningún fantasma puede descansar en paz si —mientras fue un ser vivo— nunca ha estado enamorado o —lo que es, acaso, más triste— si muere cuando aún nadie se ha enamorado de él.


jueves, 19 de mayo de 2016

Dos poemas de Wislawa Szymborska

Ayer participé de un encuentro de escritores/lectores. Una de las personas asistentes leyó dos poemas de Wislawa Szymborska, escritora polaca ganadora del premio nobel de la literatura en 1996. Nunca había leído algo de ella por lo que comparto, hoy, un par con ustedes.




Vietnam
De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967


Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.
¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.
¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.
¿Desde cuándo te escondes? -No sé.
¿Por qué me mordiste el dedo cordial? -No sé.
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.
¿A favor de quién estás? -No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.
¿Existe todavía tu aldea? -No sé.
¿Éstos son tus hijos? -Sí.



Retrato de mujer

Debe ser a elección.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.
Sus ojos son, si cabe, una vez azules, otra vez grises,
negros, alegres, sin causa llenos de lágrimas.
Duerme con él como una cualquiera, única en el mundo.
Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.
Ingenua, mas la que mejor aconseja.
Débil, mas podrá con el peso.
No tiene cabeza, pues la tendrá.
Lee a Jaspers, y revistas de mujeres.
No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente.
Joven, como siempre joven, todavía joven.
Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,
su propio dinero para un viaje largo y ajeno,
un mazo, una compresa y una copa de vodka.
¿A dónde corre? ¿no está cansada?
Que no, un poco, mucho, no pasa nada.
O le quiere o se empeña.
Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.

martes, 17 de mayo de 2016

Equipo de ajuste - Philip K. Dick

Días atrás vi la peli "Agentes del destino" y descubrí que se basa en un cuento de Philip K. Dick: "Adjustment team" o "Equipo de ajuste" en español. La peli no es gran cosa pero me dio curiosidad leer el cuento (Con Dick sería raro que el cuento fuera malo). Como nunca lo había leído, aquí va y lo comparto con ustedes.
¿Creés en el destino? ¿Creés que ya todo está escrito y no se tiene más libre albedrío que para decisiones menores? "Equipo de ajuste se publicó por primera vez en 1954 y es muy diferente de la película (así que si viste la peli pero es la primera vez que lees el cuento, hacelo con la mente abierta jajaja)


De paso, disculpen, que hace mucho tiempo que no aparezco por el blog. El trabajo, las actividades, y otras cosas, me han mantenido ocupada... De hecho, ayer estaba pensando en cerrarlo pero hoy, justo cuando tenía este cuento en mente, entré a facebook y me encontré con un mensaje de un lector. Simple: "Hola. Subirás historias?". Una caricia al corazón... qué lindo saber que se extraña que suba historias. ¡Gracias!



Equipo de ajuste

ERA UNA MAÑANA LUMINOSA. El sol brillaba sobre los jardines y aceras mojados, y se reflejaba en los centelleantes coches estacionados. El funcionario caminaba a toda prisa, mientras pasaba las páginas del manual de instrucciones con el ceño fruncido. Se detuvo un momento frente a la casa de estuco verde. Subió por el camino privado y entró en el patio trasero.

El perro dormitaba dentro de su cabaña, dando la espalda al mundo. Sólo se veía su gruesa cola.

—Por el amor de Dios —exclamó el funcionario, con los brazos en jarras. Golpeó ruidosamente el sujetapapeles con su lápiz mecánico—. Despierta, tú.

El perro se removió. Asomó la cabeza por la puerta de la cabaña, bostezando y parpadeando.

—Ah, eres tú. ¿Ya?

Volvió a bostezar.

—Importantes acontecimientos. —El dedo del funcionario recorrió con habilidad la hoja de control del tráfico—. Esta mañana ajustarán el sector T137. Empezarán exactamente a las nueve en punto. —Consultó su reloj de bolsillo—. Una alteración de tres horas. Acabarán a mediodía.
— ¿T137? No está lejos de aquí.

Los finos labios del funcionario se torcieron en una mueca de desdén.

—En efecto. Demuestras una sorprendente perspicacia, mi peludo amigo. Quizás puedas adivinar qué hago aquí.
—Nos superponemos a T137.
—Exacto. Hay elementos de este sector implicados. Cuidaremos que se acomoden adecuadamente cuando empiece el ajuste. —El funcionario miró la casa de estuco verde—. Tu tarea concreta concierne al hombre que vive ahí. Trabaja como empleado en una empresa situada en el sector T137. Es esencial que llegue a su centro de trabajo antes de las nueve.

El perro examinó la casa. Las persianas estaban levantadas, y la luz de la cocina encendida. Tras las cortinas de encaje se vislumbraban formas borrosas que se movían alrededor de una mesa. Un hombre y una mujer. Estaban tomando café.

—Esos son—murmuró el perro—. ¿Has dicho el hombre? No va a sufrir ningún daño, ¿verdad?
—Por supuesto que no, pero tiene que llegar pronto a su oficina. Por lo general, no sale de casa hasta pasadas las nueve. Hoy debe marcharse a las ocho y media. Tiene que encontrarse en el sector T137 antes que empiece el proceso; de lo contrario, no quedará alterado a fin de coincidir con el nuevo ajuste.
—Eso significa que debo llamar —suspiró el perro.
—Exacto. —El funcionario consultó su hoja de instrucciones—. Has de llamar a las ocho y media en punto. ¿Entiendes? A las ocho y media. Ni un segundo más tarde.
— ¿Y qué se logrará con eso?

El funcionario hojeó el manual de instrucciones y examinó las columnas en clave.

—Dará como resultado un Amigo Motorizado, para que le lleve en coche al trabajo.
—Cerró el libro y se cruzó de brazos, dispuesto a esperar—. Así llegará a la oficina con casi una hora de adelanto. Es una cuestión de vital importancia.
—Vital —murmuró el perro. Se tendió en el suelo, con medio cuerpo dentro de la cabaña. Cerró los ojos—. Vital.
— ¡Despierta! Hay que ser puntual. Si llamas demasiado pronto o demasiado tarde...—El perro cabeceó, adormilado.
—Lo sé. Lo haré bien. Siempre lo hago bien.

Ed Fletcher añadió más leche a su café. Suspiró y se reclinó en la silla. El horno emitía un leve silbido a sus espaldas y llenaba la cocina de cálidos vapores. La luz amarilla que había encima se apagó.

— ¿Otro panecillo? —preguntó Ruth.
—Ya no puedo más. —Ed tomó su café—. Cómetelo tú.
—Debo irme. —Ruth se levantó y se desanudó la bata—. Es hora de ir a trabajar.
— ¿Ya?
—Claro. ¡Cerradura! Ojalá pudiera seguir sentada un rato. —Ruth se dirigió al cuarto de baño y se pasó los dedos por su largo cabello negro—. Trabajar para el gobierno equivale a empezar temprano.
—Pero tú te levantas temprano —observó Ed. Desdobló el Chronicle y examinó la página de deportes—. Bueno, que lo pases bien. No cometas errores de máquina, y ten cuidado con las palabras de doble sentido.

La puerta del baño se cerró. Ruth se quitó la bata y empezó a vestirse. Ed bostezó y echó un vistazo al reloj colgado sobre el fregadero. Le quedaba mucho tiempo. Ni siquiera eran las ocho. Tomó más café y se frotó la barbilla hirsuta. Tendría que afeitarse. Se encogió de hombros perezosamente. Tal vez en unos diez minutos. Ruth salió corriendo del cuarto de baño en ropa interior y entró en el dormitorio.

—Voy con retraso.

Se puso a toda prisa la blusa, la falda, las medias y los zapatos blancos. Por fin, se inclinó y dio un beso a su marido.

—Adiós, cariño. Iré a comprar por la noche.
—Adiós. —Ed bajó el periódico y rodeó con el brazo el esbelto talle de su mujer, a quien abrazó con cariño—. Hueles muy bien. No coquetees con el jefe.

Ruth salió como un rayo. Ed oyó el repiqueteo de sus tacones sobre los peldaños, que disminuía a medida que se alejaba. Ella se había marchado. La casa quedó en silencio. Estaba solo. Ed se levantó y empujó la silla hacia atrás. Arrastró los pies hacia el cuarto de baño y tomó su navaja de afeitar. Se mojó la cara, la cubrió de espuma y empezó a afeitarse, sin prisas. Tenía mucho tiempo.

El funcionario se inclinó sobre su reloj de bolsillo y se humedeció los labios, nervioso. El sudor le resbalaba por la frente. El minutero señaló las ocho y catorce minutos.  Casi era la hora.

— ¡Prepárate! —gritó el funcionario. Su cuerpo se puso en tensión—. ¡Faltan diez
segundos! ¡Tiempo!

No ocurrió nada.

El funcionario se volvió, con los ojos dilatados de horror. Una gruesa cola blanca sobresalía de la perrera. El perro se había dormido otra vez.

—¡TIEMPO! —bramó el funcionario. Pateó con furia la peluda cola—. ¡En el nombre
de Dios...!

El perro se movió y salió a toda prisa de la perrera.

—Santo cielo. —Se dirigió corriendo hacia la verja. Se irguió sobre las patas traseras y abrió la boca cuanto pudo—. ¡Guau! —llamó. Dedicó una mirada de disculpa al funcionario—. Perdóname. No comprendo cómo...

El funcionario tenía la mirada clavada en el reloj. Un terror frío se enroscó en su estómago. Las manecillas señalaban las ocho y dieciséis.

— ¡Has fallado! —rezongó—. ¡Has fallado! ¡Miserable perro sarnoso devorado por las pulgas! ¡Has fallado!

El perro bajó y volvió corriendo.

— ¿Dices que he fallado? ¿Te refieres a que ha pasado la hora de...?
—Has llamado demasiado tarde. —El funcionario guardó su reloj poco a poco, con una expresión vidriosa en el rostro—. Has llamado demasiado tarde. No conseguiremos ningún Amigo Motorizado. No hace falta decirte lo que vendrá en su lugar. Temo ver lo que nos traerá las ocho y dieciséis.
—Confío en que llegue al sector T137 a tiempo.
—No lo hará —aulló el funcionario—. No llegará a tiempo. Hemos cometido un error. ¡Hemos logrado que todo salga mal!

Ed se estaba quitando la espuma de afeitar de la cara cuando el ladrido ahogado del perro resonó en la silenciosa casa.

—Maldita sea —masculló Ed—. Despertará a toda la manzana. —Se secó la cara y escuchó. ¿Se acercaba alguien?

Una vibración. Y después... Sonó el timbre de la puerta.

Ed salió del cuarto de baño. ¿Quién podía ser? ¿Habría olvidado algo Ruth? Se puso una camisa blanca y abrió la puerta. Un joven de rostro fofo y ansioso le sonrió alegremente.

—Buenos días, señor. —Inclinó su sombrero—. Lamento molestarle tan temprano...
— ¿Qué desea?
—Soy de la Compañía Federal de Seguros de Vida. Vengo a verle para...

Ed empezó a cerrar la puerta.

—No me interesa. Tengo prisa. Debo ir a trabajar.
—Su esposa me dijo que sólo podría localizarle a esta hora. —El joven recogió su maletín y abrió la puerta unos centímetros más—. Ella fue quien insistió en que viniera tan temprano. No tenemos por costumbre empezar a esta hora, pero ella me lo rogó. Tomé nota para recordarlo.
—De acuerdo. —Ed dejó entrar al joven mientras suspiraba cansadamente—. Explíqueme las condiciones de la póliza mientras me visto.

El joven abrió el maletín sobre el sofá y sacó montones de folletos ilustrados.

—Me gustaría enseñarle algunas cifras, si no le importa. Es de gran importancia para usted y su familia que...

Ed no tuvo otro remedio que sentarse y mirar los folletos. Contrató una póliza de vida de diez mil dólares y echó al joven. Consultó su reloj. ¡Casi las nueva y media!

—Maldita sea.

Llegaría tarde al trabajo. Terminó de anudarse la corbata, tomó el abrigo, cerró el  horno y las luces, tiró los platos en el fregadero y salió corriendo. Mientras galopaba hacia la parada del autobús se maldecía a sí mismo. Agentes de seguros. ¿Por qué había aparecido aquel pelmazo cuando estaba a punto de marcharse?

Ed rezongó. Las consecuencias de llegar tarde a la oficina eran incalculables. No lo lograría antes de las diez. Sólo de pensarlo se puso frenético. Un sexto sentido le dijo que era inevitable. Algo funesto. Era el día menos oportuno para llegar tarde.

Si el vendedor no se hubiera presentado...

Ed saltó del autobús a una manzana de su oficina. Caminó con rapidez. El enorme reloj situado frente a la joyería Stein le informó que eran casi las diez. El corazón le dio un vuelco. El viejo Douglas le pondría a parir. Lo veía venir: Douglas, resoplando y rabiando, con el rostro purpúreo, acusándole con su grueso dedo; la señorita Evans, sonriendo tras su máquina de escribir; Jackie, el botones, sonriendo por lo bajo; Earl Hendricks, Joe y Tom; Mary, con sus ojos oscuros, grandes pechos y largas pestañas. Todos le tomarían el pelo durante el resto del día.

El semáforo le detuvo en la esquina. Al otro lado de la calle se alzaba un gran edificio blanco de hormigón, una altísima columna de acero y cemento, vigas maestras y ventanas vidrieras: la oficina. Ed se acobardó. Tal vez podía alegar que el ascensor se había quedado parado, entre el segundo y el tercer piso. El semáforo cambió. Nadie más cruzaba. Ed sí lo hizo, solo. Llegó a la esquina y...

Y se detuvo, petrificado.

El sol se había apagado. Un segundo antes brillaba en lo alto, pero en aquel momento se había desvanecido. Ed forzó la vista. Nubes grises se arremolinaban sobre su cabeza, nubes gigantescas, informes. Nada más. Una niebla espesa y siniestra que lo ocultaba todo. Todo su cuerpo fue recorrido por escalofríos de inquietud. ¿Qué era eso?

Avanzó con cautela entre la niebla. Todo estaba en silencio. Ni el menor ruido... Ni siquiera el del tráfico. Ed miró frenéticamente a su alrededor, esforzándose por vislumbrar algo en la movediza neblina. Ni gente, ni coches, ni sol. Nada de nada.

El edificio de oficinas se cernía sobre él como una sombra fantasmal. Era de un color gris borroso. Extendió la mano, vacilante...

Parte del edificio se derrumbó; desprendió un torrente de partículas. Como arena. Ed tragó saliva. Una cascada de escombros grises cayó alrededor de sus pies. Y una cavidad dentada bostezaba en el punto donde había tocado el edificio, un feo orificio que taladraba el cemento.

Avanzó hacia la escalera, aturdido. La subió. La escalera cedió bajo sus pies, que se hundieron como si caminara sobre arena o un material frágil y podrido que se rompiera bajo su peso.

Entró en el vestíbulo. Estaba oscuro. Las luces del techo brillaban tenuemente en la penumbra. Un manto sobrenatural lo cubría todo. Escudriñó el puesto de cigarrillos. El vendedor se hallaba apoyado en el mostrador, silencioso, con un palillo entre los dientes y una expresión ausente en el rostro. Y estaba gris. Gris de pies a cabeza.

—Hola —gruñó Ed—. ¿Qué pasa?

El vendedor no contestó. Ed alargó la mano y tocó el brazo gris del vendedor..., y lo atravesó.

—Dios de los cielos —gimió Ed.

El brazo del vendedor se soltó. Cayó al suelo del vestíbulo y se desintegró en fragmentos grises, de textura similar al polvo. Los sentidos de Ed flaquearon.

— ¡Socorro!—gritó al recobrar la voz.

No hubo respuesta. Miró en torno suyo. Distinguió algunas formas: un hombre que leía el periódico, dos mujeres que esperaban el ascensor. Ed se dirigió hacia el hombre. Alargó la mano y le tocó. El hombre se desplomó lentamente, convertido en un montón de ceniza gris. Polvo. Partículas. Las dos mujeres se desintegraron cuando las tocó. En silencio. No hicieron el menor ruido al desmenuzarse.

Ed encontró la escalera. Se agarró al pasamanos y subió. La escalera se hundió bajo él. Apresuró el paso. Iba dejando un sendero irregular; las huellas de sus pisadas se veían con toda nitidez en el hormigón. Cuando llegó al segundo piso volaban nubes de cenizas a su alrededor.

Contempló el silencioso pasillo. Vio más nubes de ceniza. No oyó el menor ruido. Sólo había tinieblas... Tinieblas que avanzaban. Subió como pudo al tercer piso. Su zapato atravesó de parte a parte un peldaño.

Durante un horroroso segundo colgó sobre un hueco bostezante que se abría a un abismo sin fondo.

Prosiguió su ascensión y llegó ante su propia oficina: douglas y blake, bienes inmuebles.

Más nubes de cenizas oscurecían el pasillo. Las luces del techo centelleaban a intervalos. Tanteó el pomo de la puerta, y se le quedó en la mano. Lo dejó caer y hundió las uñas en la puerta; el cristal se rompió en pedazos. Abrió la puerta y entró en la oficina.

La señorita Evans estaba sentada frente a su máquina de escribir. Sus dedos descansaban inmóviles sobre las teclas. No se movía. Su cabello, su piel, su ropa, todo era gris. Carecía de color. Ed le tocó el hombro, pero sus dedos pasaron a través y se hundieron en algo seco y escamoso.

Retrocedió, mareado. La señorita Evans no se movió. Ed siguió andando. Tropezó con un escritorio. El escritorio se transformó en polvo.

Earl Hendricks se encontraba de pie junto a la fuente de agua, con un vaso en la mano.
Era una estatua gris, inmóvil. Nada se movía. Ningún ruido. Ni señal de vida. Toda la
oficina era polvo gris..., sin vida ni emoción.

Ed salió de nuevo al pasillo. Sacudió la cabeza, desconcertado. ¿Qué estaba pasando?
¿Se había vuelto loco? ¿Estaba...?

Un ruido.

Ed se volvió y oteó la neblina gris. Alguien se acercaba corriendo. Un hombre... Un hombre con una bata blanca. Otros le seguían. Hombres vestidos de blanco, que arrastraban una compleja máquina.

—Oigan... —jadeó débilmente Ed.

Los hombres se detuvieron, boquiabiertos. Parecía que los ojos se les iban a salir de las órbitas.

— ¡Miren!
— ¡Algo ha salido mal!
—Todavía hay uno cargado.
—Traigan el desenergizador.
—No podemos proceder hasta que...

Los hombres rodearon a Ed. Uno arrastraba una manguera larga terminada en una especie de boquilla. Un pequeño carro portátil venía rodando. Se gritaron rápidas instrucciones.

Ed salió de su parálisis. El miedo le invadió. Pánico. Algo espantoso estaba sucediendo. Tenía que largarse, poner sobre aviso a la gente. Huir. Dio media vuelta y bajó corriendo la escalera, que cedió bajo su peso. Cayó envuelto en nubes de ceniza seca.

Se incorporó y siguió corriendo hacia la planta baja.

El vestíbulo estaba oculto por nubes de cenizas gris. Ed se abrió paso hasta la puerta, sin ver nada. Los hombres vestidos de blanco le perseguían, tirando de sus aparatos y gritándose entre sí.

Ed salió a la acera. El edificio osciló y se hundió a su espalda entre torrentes de ceniza.

Corrió hacia la esquina, perseguido por los desconocidos. Una nube gris flotaba a su alrededor. Ed atravesó la calle con las manos extendidas. Llegó a la acera opuesta... El sol apareció. Una cálida luz amarilla se derramó sobre él. Las bocinas de los coches aullaban. Las luces del semáforo cambiaron. Hombres y mujeres ataviados con ropas primaverales se apresuraban y empujaban por todos lados: amas de casa, un policía uniformado de azul, vendedores con maletines. Tiendas, escaparates, letreros... Coches ruidosos que circulaban por la calle en ambos sentidos...

Y en lo alto, el brillante sol y el familiar cielo azul.

Ed se paró, falto de aliento. Miró hacia atrás. Al otro lado de la calle se alzaba el edificio de oficinas..., como siempre. Firme y sólido. Hormigón, acero y vidrio. Retrocedió un paso y tropezó con un ciudadano apresurado.

—Mire por donde va—gruñó el hombre.
—Perdón.

Ed sacudió la cabeza intentando aclararse. Desde donde estaba, el edificio parecía el mismo de siempre, grande, solemne y firme, elevándose hasta una altura considerable al otro lado de la calle. Pero un minuto antes...

Tal vez había enloquecido. Ed había visto el edificio convertirse en polvo. El edificio..., y la gente. Reducidos a nubes grises de polvo. Y los hombres de blanco..., le habían perseguido. Hombres con batas blancas, vociferantes, que transportaban un equipo muy complicado.

Había perdido el juicio. No existía otra explicación. Ed, sin fuerzas, dio media vuelta y caminó por la acera, tambaleante. Su mente no carburaba. Se movía sin ver, sin propósito, perdido en una bruma de confusión y terror.


El funcionario fue conducido a las dependencias administrativas de máximo nivel. Le indicaron que esperara. Paseó arriba y abajo, presa de nerviosismo, enlazando y retorciéndose las manos, previendo lo peor. Se quitó las gafas y las limpió con manos temblorosas.

Santo Dios. Tantos problemas y desastres. Y no era culpa suya, pero tendría que sufrir las consecuencias. Era el responsable de encaminar a los Convocadores y que sus instrucciones se siguieran. Aquel miserable Convocador devorado por las pulgas se había vuelto a dormir..., y él tendría que responder por ello. Se abrieron las puertas.

—Muy bien —murmuró una voz, en tono preocupado.

Era una voz cansada, cargada de inquietud. El funcionario tembló y entró lentamente. El sudor que resbalaba por su garganta se introdujo por el cuello de celuloide. El viejo levantó la vista y apartó el libro a un lado. Examinó al funcionario con calma; sus apagados ojos azules reflejaban bondad, una profunda y antigua bondad que intensificó los temblores del funcionario. Sacó su pañuelo y se secó la frente.

—Tengo entendido que se produjo un error —murmuró el viejo—. En relación con el
sector T137. Tiene que ver con un elemento de una zona colindante.
—Exacto —dijo el funcionario, con voz hueca y débil—. Una gran desgracia.
— ¿Qué ocurrió exactamente?
—Salí esta mañana con mis instrucciones. El material relacionado con T137 tenía máxima prioridad, por supuesto. Comuniqué al Convocador de mi zona que era precisa una convocatoria a las ocho y quince minutos.
— ¿Comprendió el Convocador la urgencia?
—Sí, señor, pero...

El funcionario vaciló.

—Pero, ¿qué?

El funcionario se retorció, presa de angustia.

—Mientras le daba la espalda al Convocador, éste se metió en su perrera y se durmió.
Yo estaba ocupado, comprobando la hora exacta en mi reloj. Indiqué el momento..., pero no obtuve respuesta.
— ¿Lo hizo a las ocho y quince en punto?
—¡Sí, señor! Exactamente a las ocho y quince, pero el Convocador se había dormido. Cuando conseguí despertarle, ya eran las ocho y dieciséis. Convocó, pero en lugar de un Amigo Motorizado apareció... un Vendedor de Seguros de Vida. —El funcionario hizo una mueca de disgusto—. El vendedor retuvo al elemento en su casa hasta las nueve treinta. Por consiguiente, llegó tarde a trabajar, en lugar de temprano.

El viejo guardó silencio durante un momento.

—Por tanto, el elemento no se hallaba en el sector T137 cuando empezó el ajuste.
—No. Llegó a eso de las diez.
—En pleno ajuste. —El viejo se levantó y paseó de un lado a otro, tenía el rostro serio y las manos enlazadas detrás de la espalda. Su larga túnica flotaba tras él—. Un incidente muy grave. Durante el ajuste de un sector, todos los elementos relacionados de otros sectores tienen que estar incluidos. De lo contrario, sus orientaciones se pierden su fase. Cuando este elemento entró en T137, hacía cincuenta minutos que se estaba llevando a cabo el ajuste. El elemento encontró el sector en su período más desenergizado. Deambuló hasta que se tropezó con un equipo de ajuste.
— ¿Le apresaron?
—Por desgracia, no. Huyó y salió del sector; entonces, se refugió en una zona cercana, plenamente energizada.
— ¿Y qué..., qué ocurrió después?

El viejo dejó de pasear. Su rostro arrugado seguía demostrando enfado. Acarició su largo cabello blanco con una gruesa mano.

—No lo sabemos. Perdimos contacto con él. No tardaremos en restablecerlo, desde luego, pero por el momento se halla fuera de control.
— ¿Qué van a hacer?
—Es preciso contactar con él y retenerle. Hay que traerle aquí. No hay otra solución.
— ¡Aquí!
—Es demasiado tarde para desenergizarlo. Ya se lo habrá dicho a otra gente cuando le recuperemos. Borrar los recuerdos de su mente sólo complicaría más las cosas. Los métodos habituales no servirán. Debo encargarme del asunto en persona.
—Confío en que le localicen con rapidez —dijo el funcionario.
—Así será. Todos los vigilantes están alertados. Todos los vigilantes y todos los convocadores. —Los ojos del viejo centellearon—. Hasta los funcionarios, aunque vacilamos en contar con ellos.

El funcionario enrojeció.

—Me alegraré cuando todo haya terminado —musitó.


Ruth bajó la escalera y salió a la calle, bañada por el cálido sol de mediodía. Encendió un cigarrillo y apresuró el paso. Su pequeño pecho se movía cadenciosamente mientras respiraba el aire primaveral.

—Ruth —la llamó Ed desde atrás.
— ¡Ed! —Ruth giró sobre sus talones, asombrada—. ¿Qué haces fuera de...?
—Vamos. —Ed la tomó por el brazo y la obligó a continuar—. Sigamos andando.
—Pero, ¿qué...?
—Te lo contaré más tarde. —El rostro de Ed estaba pálido y sombrío—. Vamos a algún sitio donde podamos hablar. En privado.
—Iba a comer a Louie’s. Hablaremos allí. —Caminaban a tal velocidad que Ruth estaba casi sin aliento—. ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? Estás muy raro. ¿Por qué no estás trabajando? ¿Te han..., te han despedido?

Cruzaron la calle y entraron en un pequeño restaurante, atestado de hombres y mujeres que comían. Ed encontró una mesa algo apartada, aislada en un rincón.

—Ésta es perfecta.

Ed se dejó caer en la silla. Su mujer ocupó la otra. Ed pidió una taza de café. Ruth eligió ensalada, tostada de atún cubierta de crema, café y tarta de melocotón. Ed la vio comer en silencio, sombrío y preocupado.

—Cuéntame, por favor —rogó Ruth.
— ¿De veras quieres saberlo?
—¡Pues claro que quiero saberlo!—Ruth apoyó su mano en la de Ed—. Soy tu mujer.
—Hoy ha ocurrido algo. Esta mañana. Llegue tarde a trabajar. Un maldito agente de seguros se presentó en casa y me retuvo. Llegué media hora tarde.

Ruth contuvo el aliento.

—Douglas te despidió.
—No. —Ed destrozó metódicamente una servilleta de papel. Embutió los trozos en un vaso de agua medio lleno—. Yo estaba muy preocupado. Bajé del autobús y me puse a correr. Me di cuenta al pararme frente a la oficina.
— ¿Te diste cuenta de qué?

Ed se lo contó. Todo. De principio a fin. Cuando terminó, Ruth se reclinó en su silla, pálida. Sus manos temblaban.

—Entiendo —murmuró—. No me extraña que estés tan trastornado. —Bebió un poco de café frío. La taza tintineó contra el platillo—. Qué horror.

Ed se inclinó hacia su esposa.

—Ruth, ¿crees que me estoy volviendo loco?

Los labios rojos de Ruth se fruncieron.

—No sé qué decir. Es tan extraño...
—Sí, y extraño es poco. Mis manos les atravesaron, como si fueran de arcilla. Arcilla
vieja y seca. Polvo. Figuras de polvo. —Ed tomó un cigarrillo del paquete de Ruth y lo encendió—. Cuando salí miré atrás. El edificio seguía en pie, igual que siempre.
—Tenías miedo que el señor Douglas te echara a patadas, ¿verdad?
—Por supuesto. Tenía miedo..., y me sentía culpable.—Los ojos de Ed centellearon-. Sé lo que estás pensando. Llegué tarde y no fui capaz de dar la cara, así que sufrí un brote psicótico protector. Huí de la realidad. —Aplastó el cigarrillo con violencia—. Ruth, me he dedicado a pasear por la ciudad desde entonces. Dos horas y media. Claro
que tengo miedo. Tengo un miedo espantoso a volver.
— ¿De Douglas?
—No. De los hombres de blanco. —Ed se estremeció—. Dios mío. Me persiguieron con sus malditas mangueras y... otros aparatos.

Ruth calló. Por fin, miró a su marido. Sus ojos oscuros brillaban.

—Ed, tienes que volver.
— ¿Volver? ¿Por qué?
—Para demostrar algo.
— ¿Demostrar qué?
—Que todo está normal. —Ruth le apretó la mano—. Tienes que hacerlo, Ed. Tienes que volver y enfrentarte a ello, para demostrarte que no debes temer nada.
— ¡Dónde la viste! ¿Después de lo que vi? Oye, Ruth, vi el tejido de la realidad desgarrarse. Vi... el otro lado. Lo que tapa. Vi lo que encubría. Y no quiero volver. No
quiero volver a ver gente de polvo. Nunca más.

Ruth clavó la vista en su marido.

—Iré contigo —dijo.
—Por el amor de Dios...
—Por tu amor. Por tu cordura. Así sabrás la verdad. —Ruth se levantó bruscamente y se puso el abrigo—. Vamos, Ed. Te acompañaré. Subiremos juntos a la oficina de Douglas y Blake, Bienes Inmuebles. Incluso entraré contigo cuando vayas a hablar con el señor Douglas.

Ed se levantó poco a poco y dirigió una dura mirada a su mujer.

—Piensas que me ofusqué, que me acobardé, que no fui capaz de dar la cara ante el jefe. —Hablaba en voz baja y tensa—. ¿Verdad?

Ruth ya se estaba abriendo paso hacia la caja.

—Vamos. Lo verás por ti mismo. Todo seguirá en su lugar, como siempre.
—De acuerdo —se rindió Ed. La siguió sin apresurarse—. Volveremos allí..., y veremos quién de los dos tiene razón.

Cruzaron la calle juntos. Ruth tomó del brazo a Ed. Vieron el edificio frente a ellos, la
imponente estructura de hormigón, acero y cristal.

—Ahí lo tienes —dijo Ruth—. ¿Te das cuenta?

Allí estaba, en efecto. El gran edificio se erguía firme y sólido, brillando a la luz de la
tarde. Las ventanas centelleaban.

Ed y Ruth pisaron el bordillo de la acera. Ed se puso en tensión. Se encogió cuando sus pies tocaron el pavimento... Pero no sucedió nada. Los ruidos de la calle no cesaron: coches, gente que pasaba a toda prisa, un chico que vendía periódicos. Sonidos, olores, el estrépito de una ciudad en pleno día. En lo alto brillaba el sol, en medio del cielo azul.

— ¿Lo ves? —dijo Ruth—. Yo tenía razón.

Subieron la escalera y entraron en el vestíbulo. El vendedor estaba de pie detrás del puesto de cigarrillos, con los brazos cruzados, escuchando el partido de béisbol.

—Hola, señor Fletcher —saludó, con una expresión amable en el rostro—. ¿Quién es
la dama? ¿Ya lo sabe su mujer?

Ed rio, inseguro. Siguieron hacia el ascensor. Cuatro o cinco ejecutivos estaban esperando. Eran hombres de edad madura, bien vestidos, que formaban un grupo impaciente.

—Hola, Fletcher —dijo uno—. ¿Dónde has estado todo el día? Douglas se ha puesto
a gritar como un energúmeno.
—Hola, Earl —murmuró Ed. Aferró el brazo de Ruth—. No me encontraba muy bien.

Llegó el ascensor y entraron. El ascensor se puso en marcha.

—Hola, Ed —dijo el ascensorista—. ¿Quién es ese bombón? ¿Por qué no nos la
presentas?
—Mi mujer.

Ed sonrió mecánicamente.

El ascensor les dejó en la tercera planta. Ed y Ruth salieron y se dirigieron hacia la puerta de cristal de Douglas y Blake, Bienes Inmuebles. Ed se detuvo y respiró con dificultad.

—Espera. —Se humedeció los labios—. Yo...

Ruth esperó con calma a que Ed se secara la frente y el cuello con su pañuelo.

— ¿Estás preparado?
—Sí.

Ed avanzó. Empujó la puerta de cristal.

La señorita Evans levantó la vista y dejó de teclear.

— ¡Ed Fletcher! ¿Dónde diablos te has metido?
—Me encontraba mal. Hola, Tora.
—Hola, Ed. Oye, Douglas está pidiendo a gritos tu cabeza. ¿Dónde has estado?
—Lo sé. —Ed miró con preocupación a Ruth—. Lo mejor será que entre y me enfrente al chaparrón.

Ruth le apretó el brazo.

—Todo irá bien, lo sé. —Sonrió y exhibió un alentador panorama de dientes blancos
y labios rojos—. ¿De acuerdo? Llámame si me necesitas.
—Claro. —Ed le dio un breve beso en la boca—. Gracias, cariño. Muchas gracias. No
sé qué diablos me ha pasado. Espero que no se repita.
—Olvídalo. Hasta luego.

Ruth salió de la oficina y la puerta se cerró detrás de ella. Ed escuchó sus pasos apresurados en dirección al ascensor.

—Una chica preciosa—comentó Jackie en tono de admiración.
—Sí —asintió Ed, arreglándose la corbata.

Avanzó con aspecto desolado hacia la oficina interior, procurando hacer acopio de fuerzas. Bien, tenía que dar la cara. Ruth tenía razón, pero le iba a costar mucho explicárselo al jefe. Ya veía a Douglas, su enorme y rojiza papada, sus rugidos de toro enfurecido, su rostro contorsionado de rabia...

Ed se paró en seco al entrar en la oficina interior, petrificado. La oficina interior..., estaba cambiada.

Sintió un escalofrío en la nuca. Un frío terror le invadió y le atenazó la garganta. La oficina interior era diferente. Ladeó la cabeza poco a poco para abarcar el conjunto: escritorios, sillas, lámparas, ficheros, fotos. Cambios. Pequeños cambios. Sutiles cambios. Ed cerró los ojos y los volvió a abrir, poco a poco. Su respiración era agitada y el pulso había enloquecido. Se puso sobre aviso. Estaba cambiada, de acuerdo. No existía duda.

— ¿Qué pasa, Ed? —preguntó Tom.

Los empleados dejaron de trabajar y le miraron con curiosidad.

Ed no dijo nada. Avanzó con lentitud. La oficina estaba alterada.

Lo sabía. Alterada, dispuesta de otra forma. Nada concreto, nada que pudiera señalar con el dedo. Pero lo sabía.

Joe Kent le saludó, inquieto.

- ¿Qué pasa, Ed? Pareces un perro enloquecido. ¿Hay algo...?

Ed examinó a Joe. Era diferente. No era el mismo. ¿En qué radicaba la diferencia? La cara de Joe. Un poco más llena. Llevaba una camisa a rayas azules. A Joe no le gustaban las rayas azules. Ed examinó el escritorio de Joe. Vio papeles y cuentas. El escritorio..., estaba demasiado apartado a la derecha. Y era más grande. No era el mismo escritorio.

La foto colgada en la pared. No era la misma. Era diferente por completo. Y los objetos que había sobre el archivador... Algunos eran nuevos, otros habían desaparecido.

Miró por la puerta que había dejado atrás. Ahora que lo pensaba, el cabello de la señorita Evans era diferente, peinado de otra forma. Y más claro. Mary, por su parte, se limaba las uñas cerca de la ventana. Era más alta, de curvas más generosas. Tenía el bolso sobre el escritorio, frente a ella... Un bolso rojo, de malla roja.

— ¿Es el bolso..., de siempre? —preguntó Ed.

Mary levantó la vista.

— ¿Qué?
—Ese bolso. ¿Es el de siempre?

Mary rio. Se alisó la falda sobre sus rotundos muslos, y sus largas pestañas parpadearon con modestia.

—Caray, señor Fletcher. ¿Qué quiere decir?

Ed se alejó. Lo sabía, aunque ella no fuera consciente. La habían transformado, cambiado: el bolso, sus ropas, su figura, todo. Nadie lo sabía..., excepto él. La cabeza le daba vueltas. Todos estaban cambiados. Todos eran diferentes. Todos habían sido modificados, reconstruidos. Sutilmente..., pero de una firma efectiva. La papelera. Era más pequeña. No era la misma. Las persianas de la ventana... No eran de color marfil, sino blanco. El dibujo del papel pintado no era el mismo. Las lámparas... Interminables, sutiles cambios.

Ed volvió a la oficina interior. Levantó la mano y llamó a la puerta de Douglas. Adelante. Ed empujó la puerta. Nathan Douglas le miró con impaciencia.

—Señor Douglas... —empezó Ed.

Entró en el despacho, inseguro..., y se detuvo.

Douglas no era el mismo. En absoluto. Todo el despacho estaba cambiado: las alfombras, las cortinas. El despacho no era de caoba, sino de roble. Y el propio Douglas...

Douglas era más joven, más delgado. Cabello castaño. Piel menos rojiza. Rostro más suave, sin arrugas. Barbilla bien afeitada. Sus ojos no eran negros, sino verdes. Era un hombre diferente, pero seguía siendo Douglas... Un Douglas diferente. ¡Una versión diferente!

— ¿Qué pasa? —preguntó Douglas, impaciente—. Ah, eres tú, Fletcher. ¿Dónde estabas esta mañana?

Ed retrocedió. A toda prisa.

Cerró la puerta de un golpe y atravesó corriendo la oficina interior. Tom y la señorita Evans le miraron sorprendidos. Ed pasó a su lado y abrió la puerta que daba al pasillo.

— ¡Oye!—gritó Tom— ¿Qué...?

Ed corrió por el pasillo. El terror le invadía. Tenía que darse prisa. Había visto. No le quedaba mucho tiempo. Llegó al ascensor y apretó el botón. No había tiempo.

Bajó por la escalera. Llegó a la segunda planta. Su terror aumentó. Era cuestión de segundos. ¡Segundos!

El teléfono público. Ed se metió en la cabina. Cerró la puerta a su espalda. Introdujo una moneda y marcó el número. Tenía que llamar a la policía. Apretó el auricular contra la oreja. Su corazón latía con rapidez.

Avisarles. Cambios. Alguien manipulaba la realidad. La alteraba. Estaba en lo cierto. Los hombres vestidos de blanco... Los aparatos... Recorrían el edificio...

— ¡Hola! —chilló Ed, como un poseso.

No obtuvo repuesta. Ni un zumbido. Nada.

Ed miró por la puerta.

Y se hundió, derrotado. Colgó poco a poco el auricular.

Ya no estaba en la segunda planta. La cabina telefónica ascendía, dejaba atrás el segundo piso y se elevaba cada vez más. Subió de piso en piso, rápida y silenciosamente.

La cabina atravesó el techo del edificio y salió a la brillante luz del sol. Aumentó la velocidad. El suelo se alejaba por momentos. Edificios y calles disminuían de tamaño. Manchas diminutas se movían a lo lejos, coches y gente, que empequeñecían rápidamente.

Las nubes flotaban entre él y la tierra. Ed cerró los ojos, mareado de miedo. Se aferró con desesperación a los tiradores de la puerta. La cabina ascendía a una velocidad de vértigo. La tierra no tardó en perderse de vista. Ed miró hacia lo alto. ¿Adónde? ¿Adónde iba? ¿Adónde le llevaban? Se quedó agarrado a los tiradores de la puerta, esperando.

El funcionario movió la cabeza levemente.

—Es él, en efecto. El elemento en cuestión.

Ed Fletcher miró a su alrededor. Se hallaba en un enorme aposento. Los extremos se perdían entre sombras borrosas. Frente a él se erguía un hombre que portaba notas y libros mayores bajo el brazo. Le miraba a través de sus gafas con montura metálica. Era un hombrecillo nervioso, de ojos penetrantes, cuello de celuloide, traje de sarga azul, reloj de cadena. Calzaba zapatos negros muy bien lustrados.

Y detrás de él...

Un anciano estaba sentado en una inmensa silla moderna. Contempló a Fletcher en silencio, con calma. Sus ojos eran bondadosos y reflejaban fatiga. Un extraño escalofrío recorrió a Fletcher. No era de miedo, sino una especie de vibración que le arañaba los huesos... Una profunda sensación de temor reverente, mezclada con fascinación.

— ¿Dónde...? ¿Qué es este lugar? —preguntó con voz débil.

Seguía mareado a causa de la rápida ascensión.

— ¡No haga preguntas! —le espetó el hombrecillo nervioso, irritado, golpeando los libros con su lápiz—. No está aquí para preguntar, sino para responder.

El viejo se movió un poco. Levantó una mano.

—Hablaré a solas con el elemento —murmuró. Su voz era tenue.

Vibró y atronó en toda la estancia. Una oleada de fascinación inundó a Ed.

— ¿A solas? —El hombrecillo se retiró, cargado con sus libros y papeles—. Por supuesto. —Miró con hostilidad a Ed Fletcher—. Me alegro que por fin se halle bajo custodia. Tantos esfuerzos y quebraderos de cabeza, sólo por...

Desapareció por una puerta, que se cerró tras él sin hacer ruido. Ed y el viejo se quedaron solos.

—Siéntese, por favor—dijo el viejo.

Ed encontró una silla. Se sentó con torpeza, nervioso. Sacó sus cigarrillos y los volvió a guardar.

— ¿Qué sucede? —preguntó el viejo.
—Creo que empiezo a comprender.
— ¿Comprender qué?
—Que estoy muerto.

El viejo sonrió.

— ¿Muerto? No, no está muerto. Está..., de visita. Un acontecimiento inusual, pero necesario, dadas las circunstancias. —Se inclinó hacia Ed—. Señor Fletcher, se ha metido en un lío.
—Sí —asintió Ed—. Me gustaría saber por qué o cómo ocurrió.
—No fue culpa suya. Fue víctima de un error burocrático. Un error que fue cometido por... No fue usted, pero le implicó.
—¿Qué error? —Ed se frotó la frente, preocupado—. Yo... irrumpí en algo. Vi el otro lado. Vi algo que no debía ver.
—Exacto —asintió el viejo—. Vio algo que no debía ver... Algo que pocos elementos han sospechado, y mucho menos presenciado.
— ¿Elementos?
—Un término formal. Dejémoslo correr. Se cometió un error, pero confiamos en rectificarlo. Confío en que...
—Aquellas personas —le interrumpió Ed—. Montoncitos de ceniza seca. Gris. Como si estuvieran muertos. Todo tenía el mismo color: las escaleras, las paredes y el suelo. Ni color, ni vida.
—Ese sector había sido desenergizado temporalmente, para que el equipo de ajuste entrara y procediera a los cambios.
—Cambios —repitió Ed—. Exacto. Cuando volví después, todo había recobrado la vida, pero no era igual. Todo era diferente.
—El ajuste se completó a mediodía. El equipo finalizó su trabajo y energizó nuevamente el sector.
—Entiendo —musitó Ed.
—En teoría, usted debía encontrarse en el sector cuando empezara el ajuste. No fue así por culpa de un error. Entró tarde en el sector, durante el ajuste. Usted huyó, y cuando volvió ya había terminado. Usted vio, y no tenía que haber visto. En lugar de testigo, debía haber formado parte del ajuste. Como los demás, habría experimentado algunos cambios.

El sudor inundó la frente de Ed Fletcher. Lo secó con el pañuelo. Se le revolvió el estómago. Carraspeó, falto de fuerzas.

—Me hago la idea.

Su voz era casi inaudible. Le asaltó una escalofriante premonición.

—Tenía que haber cambiado como los demás, pero imagino que algo salió mal.
—Algo fue mal. Se produjo una equivocación. Y ahora existen serios problemas. Usted ha visto cosas. Sabe mucho. Y no está coordinado con la nueva configuración.
—Dios mío —murmuró Ed—. Bueno, no se lo diré a nadie. —Un frío sudor le cubría de la cabeza a los pies—. Le doy mi palabra. Como si hubiera cambiado, para el caso.
—Ya se lo ha dicho a alguien —dijo el viejo con frialdad.
— ¿Yo? —Ed parpadeó—. ¿A quién?
—A su mujer.

Ed tembló. El color abandonó su cara, que se tiñó de un blanco enfermizo.

—Tiene razón. Se lo conté.
—Su mujer sabe. —El viejo hizo una mueca de irritación—. Una mujer. De entre todos los seres...
—No lo sabía. —Ed retrocedió, loco de pánico—. Pero ahora sí. Puede contar conmigo. Considéreme cambiado.

Los penetrantes ojos azules del anciano escrutaron sus pensamientos.

—Iba a llamar a la policía. Quería informar a las autoridades.
—Pero yo no sabía quién estaba haciendo los cambios.
—Y ahora lo sabe. Hay que complementar el proceso natural... Hacer algunos ajustes, correcciones necesarias. Tenemos todo el derecho a realizar tales correcciones. Nuestros equipos de ajuste se encargan de ese trabajo vital.

Ed reunió una pizca de valor.

—Este ajuste en concreto: Douglas, la oficina. ¿Para qué? Estoy seguro que ha servido para algo que valía la pena.

El viejo movió la mano. Un inmenso plano brilló en las sombras, detrás del Viejo. Ed contuvo el aliento. Los bordes del plano desaparecían en la oscuridad. Vio una infinita red de secciones detalladas, una malla de cuadrados y líneas rectas. Cada cuadrado estaba marcado. En algunos brillaba una luz azul. Las luces cambiaban constantemente.

—El plano del Sector —dijo el viejo—. Un trabajo descomunal. A veces nos preguntamos cómo sobreviviremos a otro período, pero debe hacerse. Por el bien de todos. Por su bien.
—El cambio. En nuestro..., nuestro sector.
—Su oficina se dedica al negocio de bienes inmuebles. El viejo Douglas era un hombre astuto, pero su carácter se iba debilitando, al tiempo que su salud. Dentro de pocos días, Douglas tendrá la oportunidad de adquirir una enorme zona forestal no explotada en el oeste de Canadá. Le costará casi todo su capital. El Douglas más viejo y menos enérgico habría titubeado. Es fundamental que no vacile en ningún momento. Debe comprar el terreno y despejarlo cuanto antes. Sólo un hombre más joven, un Douglas más joven, será capaz de aceptar el reto. Cuando el terreno se haya despejado, se descubrirán ciertos restos antropológicos. Ya han sido colocados convenientemente. Douglas arrendará la zona al gobierno canadiense para estudios científicos. Los restos descubiertos provocarán una gran conmoción en los círculos culturales de todo el mundo. Se desencadenará una serie de acontecimientos. Hombres de numerosos países irán a Canadá para estudiar los restos. Científicos soviéticos, polacos y checoslovacos harán el viaje. La cadena de acontecimientos reunirá a estos científicos por primera vez en años. La investigación nacional será relegada durante un tiempo, gracias al revuelo despertado por este descubrimiento supranacional. Un científico ruso de gran importancia entablará amistad con un científico belga. Antes de separarse, acordarán escribirse..., sin el conocimiento de sus gobiernos, por supuesto. El círculo se ampliará. Otros científicos de ambos bandos cooperarán. Se fundará una sociedad. Muchos hombres cultos dedicarán cada vez mayor tiempo a esta sociedad internacional. La investigación estrictamente nacional sufrirá un leve eclipse, aunque muy crítico. La tensión bélica disminuirá. Esta alteración es vital. Y depende de la compra y desmonte de esa zona salvaje de Canadá. El viejo Douglas no se atrevería a correr el riesgo, pero el Douglas alterado y su personal más joven y alterado emprenderán este trabajo con total entusiasmo, lo cual desencadenará esta cadena vital de acontecimientos. Los beneficiarios serán ustedes. Es posible que nuestros métodos le parezcan extraños e indirectos, incluso incomprensibles, pero le aseguro que sabemos muy bien lo que estamos haciendo.
—Ahora lo sé —dijo Ed.
—Sí, sabe muchas cosas. Demasiadas. Ningún elemento posee tanto conocimiento. Tal vez debería llamar ahora mismo a un equipo de ajuste...

Una imagen se formó en la mente de Ed: nubes grises flotando, hombres y mujeres grises. Se estremeció.

—Escuche —dijo con voz destemplada—, haré lo que sea, cualquier cosa, pero no me desenergice. —Tenía el rostro cubierto de sudor—. ¿De acuerdo?

El viejo reflexionó.

—Quizá deberíamos encontrar alguna alternativa. Existe otra posibilidad...
— ¿Cuál? —preguntó ansiosamente Ed—. ¿Cuál es?
—Si le permito regresar —dijo el viejo, lenta y pensativamente—, ¿jura que nunca volverá a hablar del tema? ¿Jura que nunca revelará a nadie lo que vio, lo que sabe?
— ¡Claro! —jadeó Ed, invadido por una oleada de alivio—. ¡Lo juro!
—Su esposa no debe oír una palabra más del asunto. Debe pensar que sólo fue un trastorno psicológico pasajero... Un rechazo a la realidad.
—Ya lo piensa.
—Así debe continuar.

Ed apretó la mandíbula.

—Me ocuparé que ella siga considerándolo una aberración mental. Nunca sabrá lo que sucedió en realidad.
— ¿Está seguro que podrá ocultarle la verdad?
—Claro —dijo Ed, con voz firme—. Sé que podré hacerlo.
—Muy bien. —El viejo movió la cabeza lentamente—. Le enviaré de vuelta, pero no debe decírselo a nadie. —Adoptó un aire amenazador—. Recuerde que algún día comparecerá ante mí. Al final, todo el mundo lo hace. Y su suerte no será envidiable.
—No se lo diré —aseguró Ed, sudoroso—. Se lo prometo. Le doy mi palabra. Sé manejar a Ruth, pierda cuidado.

Ed llegó a casa al anochecer.

Parpadeó, aturdido por el veloz descenso. Durante un momento se quedó inmóvil en la acera para recobrar el equilibrio y el aliento. Después, subió a toda prisa por el camino particular.

Abrió la puerta y entró en la casa de estuco verde.

—¡Ed! —Ruth acudió como un rayo, llorosa. Le echó los brazos al cuello y le abrazó con fuerza—. ¿Dónde diablos te has metido?
—Pues... —murmuró Ed—. En la oficina, por supuesto.

Ruth le soltó al instante.

—No, no es verdad.

Una vaga sensación de alarma se apoderó de Ed.

—Claro que sí. ¿Dónde, si no...?
—Llamé a Douglas a eso de las tres. Dijo que te habías marchado. Te largaste en cuanto te di la espalda. Eddie...

Ed le palmeó la espalda, nervioso.

—Tranquilízate, cariño. —Empezó a desabrocharse el abrigo—. Todo va bien, ¿entendido? Todo va bien.

Ruth se sentó en el brazo del sofá. Se sonó y se restregó los ojos.

—Si supieras lo preocupada que estaba. —Guardó el pañuelo y se cruzó de brazos—. Quiero saber dónde has estado.

Ed, preocupado, colgó el abrigo en el armario. Se acercó y la besó. Los labios de su mujer estaban fríos como el hielo.

—Ya te lo contaré, pero antes me gustaría comer algo. Me muero de hambre.

Ruth le examinó con gran concentración. Después, se levantó.

—Me cambiaré y prepararé la cena.

Corrió al dormitorio y se quitó las medias y los zapatos. Ed la siguió.

—No tenía intención de preocuparte —dijo con cautela—. En cuanto te fuiste, comprendí que tenías razón.
—Ah, ¿sí? —Ruth se quitó la blusa y la falda. Las colgó de una percha—. ¿Sobre qué?
—Sobre mí. —Compuso una sonrisa forzada—. Sobre... lo que ocurrió.

Ruth examinó a su marido y luchó por embutirse en los ajustados vaqueros.

—Sigue.

Había llegado el momento. Era ahora o nunca. Ed Fletcher se armó de valor y eligió sus palabras con sumo cuidado.

—Comprendí que ese desagradable incidente era producto de mi imaginación —declaró—. Tú tenías razón, Ruth. Toda la razón. Y hasta sé el motivo.

Ruth se puso la camiseta de algodón y logró ceñirse los tejanos.

— ¿Cuál fue el motivo?
—Exceso de trabajo.
— ¿Exceso de trabajo?
—Necesito unas vacaciones. Hace años que no hago vacaciones. No me concentro en el trabajo. Me paso los días distraído. —Lo dijo con firmeza, pero estaba con el alma en un hilo—. Necesito airearme. Ir a la montaña, a pescar, o... —Se estrujó los sesos frenéticamente—. O...

Ruth avanzó hacia él con aire amenazador.

— ¡Ed!—gritó—. ¡Mírame!
— ¿Qué pasa? —El pánico dominó a Ed—. ¿Por qué me miras así?
— ¿Dónde has estado esta tarde?

La sonrisa de Ed se desvaneció.

—Ya te lo he dicho. Estuve paseando. ¿No te lo he dicho? Di un paseo para reflexionar.
— ¡No me mientas, Eddie Fletcher! ¡Sé que estás mintiendo! —Ruth rompió a llorar de nuevo. El pecho se le movía agitado bajo la camisa de algodón—. ¡Admítelo! ¡No fuiste a pasear!

Ed tartamudeó, cubierto de sudor. Se apoyó contra la puerta, falto de fuerzas.

— ¿Qué quieres decir?

Relámpagos de cólera brillaron en los ojos negros de Ruth.

—¡Vamos! ¡Quiero saber dónde has estado! ¡Dímelo! Tengo derecho a saberlo. ¿Qué ha pasado en realidad?

Ed retrocedió, aterrorizado. Su determinación se derretía como cera. Todo estaba saliendo mal.

—Te juro que fui a...
—¡Dímelo! —Ruth le hundió sus afiladas uñas en el brazo—. Quiero saber dónde has estado..., ¡y con quién!

Ed abrió la boca. Intentó dibujar una sonrisa, pero su rostro se negó a reaccionar.

—No sé qué intentas insinuar.
—Sabes muy bien lo que intento insinuar. ¿Con quién estuviste? ¿Adónde fuiste? ¡Dímelo! Lo averiguaré tarde o temprano.

No había escapatoria. Estaba atrapado..., y lo sabía. No podría ocultárselo. Retrocedió desesperado, rezando para ganar tiempo. Si pudiera distraerla, centrar su mente en otra cosa. Si bajara la guardia, siquiera un segundo. Si pudiera inventar algo, una historia mejor. Tiempo... Necesitaba más tiempo.

—Ruth, debes...

De repente, se oyó el ladrido de un perro, que resonó en la casa a oscuras. Ruth ladeó la cabeza un momento.

—Ha sido Dobbie. Creo que alguien viene.

Sonó el timbre de la puerta.

—Quédate aquí. Vuelvo en seguida. —Ruth salió corriendo de la habitación, en dirección a la puerta—. Maldita sea. —Abrió la puerta.
—¡Buenas noches! —El joven se coló en el interior como una exhalación, cargado de objetos, y dedicó una amplia sonrisa a Ruth—. Soy de la Compañía de Aspiradoras Barretodo.

Ruth le miró con el ceño fruncido, impaciente.

—La verdad, íbamos a sentarnos a la mesa para cenar.
—Oh, sólo tardaré un momento.

El joven ajustó los accesorios a la aspiradora con un chasquido metálico. Desenrolló con toda rapidez un largo folleto ilustrado, que mostraba a la aspiradora en acción.

—Ahora, si sostiene esto mientras enchufo la aspiradora... Correteó por el salón como un niño con zapatos nuevos, desenchufó el televisor, enchufó la aspiradora y apartó las sillas.
—Primero, le haré una demostración del limpiacortinas.—Adaptó al reluciente cuerpo central del aspirador un tubo terminado en una boquilla—. Ahora, siéntese y le enseñaré cómo funciona cada uno de estos accesorios, tan fáciles de utilizar. —Su voz jovial se impuso al rugido de la aspiradora—. Observará que...

Ed Fletcher se sentó en la cama. Rebuscó en el bolsillo hasta encontrar sus cigarrillos. Encendió uno con dedos temblorosos y se apoyó contra la pared. El alivio le había dejado sin fuerzas.

Levantó la vista. Una mirada de gratitud alumbró en sus ojos.

—Gracias —musitó—. Creo que, después de todo, lo conseguiré. Muchas gracias.