Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 12 de julio de 2015

Horton escucha un Quién - Dr. Seuss

Hace tiempo que busco algún cuento de Dr. Seuss para subir. Me había decidido por "Horton hears a Who" pero lo cierto es que lo encontré sólo en inglés. 
Hoy justo justo estaban pasando por la tele la película basada en él (Horton y el mundo de los Quién), lo que me recordó que tiempo atrás lo había descargado en inglés y dado que no encontré ninguna traducción al español, hice la mía. Creo que no violo derechos, caso contrario, ya me reclamarán y lo sacaré del blog. Espero que no ya que fue un gran esfuerzo...
Dr. Seuss fue autor de muchos y maravillosos cuentos para niños, no tan conocidos en español, al menos en mi país. Creo que lo conocemos más por las películas basadas en ellos como "Cat in the hat", "Horton hears a Who", "The Grinch" y "The Lorax". Dr. Seuss nació en 1904 en Estados unidos de America y falleció en 1991. Publicó más de 60 libros.
Espero que disfruten esta traducción. No fue fácil....sobre todo porque usa una estructura que resulta un tanto confusa más que nada en los primeros párrafos. Sepan disculpar si contiene errores.



Horton escucha un Quién


El 15 de Mayo, en la jungla de Nool, al calor del día, al frescor de la piscina, Horton, el elefante, chapoteaba disfrutando de las grandes alegrías de la jungla... cuando escuchó un sonido pequeño. 

Entonces, Horton dejó de chapotear. Miró hacia el sonido. “Eso es extraño”, pensó Horton.

“No hay nadie alrededor”. ¡Luego lo escuchó de nuevo! Apenas un grito muy débil como si una persona pequeñita llamara por ayuda. “Te ayudaré,” dijo Horton. “Pero, ¿quién eres? ¿dónde?”. Miró y miró. No pudo ver nada salvo por una pequeña mota de polvo que pasaba volando a través del aire.

“¡A ver!” murmuró Horton. “Nunca he oído hablar de una pequeña mota de polvo capaz de gritar. ¿Sabes qué pienso? Bueno, pienso que debe haber alguien sobre la pequeña mota de polvo. Algún tipo de criatura de un tamaño muy pequeño, demasiado pequeño para poder ser visto con los ojos de elefante.… Y alguna pobre pequeñita gente que tiembla de miedo de que él la sople sobre la piscina. ¡No hay manera de conducir! Debo salvarlas. Porque, después de todo, una persona es una persona, no importa cuán pequeña sea.”

Entonces, amablemente, y usando el mayor cuidado, el elefante estiró su gran trompa por el aire y levantó la mota de polvo y la llevó y colocó, segura, sobre un suave trébol. 

“Humpf!” dijo una voz. Fue la canguro amargada. Y el canguro en su bolsa dijo “Humpf” también. “Esa mota es tan pequeña como la cabeza de un alfiler ¿Una persona sobre eso?... ¡Nunca la habría!”

“Creeme,” dijo Horton. “Te digo con sinceridad, mis orejas son bastante agudas y escuché bastante claramente. Sé que hay una persona ahi abajo. Y, lo que es más, apuesto que hay dos. Incluso tres. Incluso cuatro. Muy probable... ¡Una familia, por lo que sabemos! Una familia con niños que apenas comienzan a crecer. Así que, por favor,” dijo Horton, “como un favor a mí, trata de no molestarlos. Sólo dejalos ser.”

“¡Pienso que eres un tonto!”, rió la amargada canguro y el joven canguro en su bolsa dijo “¡Yo, también! Eres la mayor vergüenza de la jungla de Nool”. Y los canguros se zambulleron en la fresca piscina. 

“¡Qué terrible zambullida!” el elefante frunció el ceño. “No puedo dejar que mis personas pequeñitas se ahoguen!” Debo protegerlas. Soy más grande que ellas". Así, arrancó el trébol y se alejó a los empujones.

La noticia se expandió rápidamente través de las copas de los árboles de la jungla. "Él habla con una mota de polvo. ¡Está fuera de sí! Sólo véanlo caminar con esa mota en una flor." Y Horton caminó, preocupándose, casi una hora. "¿Debería dejar esta mota en el suelo?..." pensó Horton alarmado. Si lo hago, estas pequeñas personas podrían sufrir un gran daño. No puedo dejarla. ¡Y no lo haré! Después de todo, una persona es una persona no importa cuán pequeña sea".

Luego, Horton dejó de caminar. La voz de la mota estaba hablando. La voz era tan débil que apenas podía escucharla. "Habla, por favor", dijo Horton. Puso su oído cerca de la mota. "Mi amigo", dijo la voz, "eres un buen amigo. Nos has ayudado a todos los de esta mota sin fin. Has salvado nuestras casas, nuestros techos y nuestros pisos. Has salvado todas las iglesias y mercados"

“¿Quieres decir…” jadeó atónito Horton, “que tienen edificicios ahí, también?”
“Oh, si,” dijo un hilo de voz.
“Sin duda… lo sé,” llamó la voz, “Soy demasiado pequeño para ser visto pero soy el Mayor de un pueblo amistoso y limpio. Nuestros edificios, a tí te parecerían terriblemente pequeños pero, para nosotros, que no somos grandes, nos parecen de una altura maravillosa. Mi pueblo de llama La villa de los Quién, por lo que yo soy un Quién y nosotros somos, los Quiénes, estamos todos agradecidos y en deuda contigo.” Y Horton llamó nuevamente al Mayor del pueblo, “Están a salvo ahora. No se preocupen. No los dejaré en el suelo.”

Pero, en el momento que le habló al Mayor de la mota, tres grandes monos de la jungla se treparon al cuello de Horton. 

Los hermanos Wickersham vinieron gritando, “¡Qué podredumbre! Este elefante está hablando los Quién no son quién! No hay ningún Quién. Y no tienen un Mayor. Vamos a parar con toda esta tontería. ¡Ahora!”

Arrebataron el trébol de Horton. Se lo llevaron a una águila de cola negra llamada Vlad Vlad-i-Koff, una águila muy fuerte, de alas muy rápidas, y dijeron: "¿Tendría la amabilidad de deshacerse de esta cosa?"

Y, antes que el pobre elefante pudiera hablar, el águila voló con la flor en su pico.

Esa tarde y ya entrando en la noche, el águila de cola negra batió sus alas en raudo vuelo, mientras Horton que la persiguió gimiendo sobre rocas que hacían pedazos las uñas de sus pies y maltrataban sus huesos, rogó: "Por favor, no dañe a las pequeñas personas que tienen tanto derecho a vivir como las personas grandes" 

Pero adelante, mucho más adelante, de él, el águila siguió aleteando y gritó por sobre sus hombros: "Ya deja de gemir. Volaré la noche entera. Soy un ave. No me importa. Y esconderé esto mañana, donde nunca lo encuentres" 

Y a las 6:56 la mañana siguiente, lo hizo. Seguro fue en un lugar terrible. Dejó caer al pequeño trébol en algún lugar de un gran manto de tréboles de cien millas de ancho. "Encuentra ESO!" se burló el ave. "Pero creo que fracasarás"- Y se fue con un revoléo de su cola negra. 

“¡Lo encontraré!” lloró Horton. “Lo encuentro o reviento. Debo encontrar a mis amigos de la pequeña mota de polvo." Y levantó con cuidado trébol por trébol por trébol, y buscó en ellos, y llamó: "¿Están allí?" Pero trébol por trébol, por trébol, descubrió que aquel al que susurrara, no estaba allí. Y para el mediodía, el pobre Horton, más muerto que vivo, había recogido y buscado en nueve mil cinco tréboles. 

Luego, continuó a lo largo de la tarde, hora tras hora... hasta que por fin los encontró... En la tercer millionésima flor 

“¡Mis amigos!” gritó el elefante. “¡Díganme! Digan! ¿Están a salvo? ¿Tienen sonido? ¿Están enteros? ¿Están bien?"

Del fondo de la mota vino llegó la voz del Mayor: "Realmente tuvimos problemas. Mucho. Cuando el pájaro de cola negra nos soltó y caímos, aterrizamos tan duro que nuestros relojes se pararon. Nuestras teteras se partieron. Nuestras mecedoras se rompieron y las llantas de nuestras bicicletas explotaron cuando chocamos. ¡Así que, Horton, por favor!", rogó la voz del Mayor, "¿Podrías quedarte con nosotros mientras hacemos reparaciones?" "Por supuesto" respondió Horton. "Por supuesto me quedaré. Me quedaré pegado a ustedes en lo fino y en lo grueso"

“Humpf!” dijo una voz “Por casi dos días corriste salvaje e insistes en hablar con personas que nunca existieron. ¡Dejarse llevar así en nuestra pacífica jungla! Ya tuvimos suficiente de tus bramidos chapuceros. Estoy aquí para declarar" , espetó la canguro mayor, "que tu juego tonto y sin sentido se acabó". Y el joven canguro en su bolsa dijo "Yo, también".

"Con la ayuda de los hermanos Wickersham y una docena de tíos Wickersham y primos Wickersham y parientes Wickersham por ley, cuya ayuda he comprometido, serás atado con una cuerda. Y serás enjaulado. En cuanto a nuestra mota de polvo... ¡Ah! La herviremos una olla con aceite de beezle-nut caliente y humeante". (Nota: Receta inventada por Dr. Seuss que lleva frutas y gelatina)

"¿Hervirla?" jadeó Horton. "Oh, eso no puedes hacerlo. ¡Está llena de personas! ¡te lo probaré!" 

"¡Sr. Mayor! Sr. Mayor!” llamó Horton. “¡Sr. Mayor! Debe probar ahora que ustedes de verdad están allí. Llame a una gran reunión. Que asistan todos. Haga que todos los Quién griten. Haga que todos los Quién vociferen. Haga que todos los Quién chillen. Si no lo hace, todos los Quién acabarán en un estofado de beezle-nut. "

Y, abajo en la mota de polvo, el asustado Mayor llamó a una gran reunión en la plaza de la villa de los Quién. Y su gente gritó muy fuerte: "¡Estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí!".

El elefante sonrió: "Eso fue claro como una campana. Ustedes, canguros, seguramente lo escucharon bien"

"Todo lo que escuché", espetó el canguro grande, "fue la brisa y el débil sonido del viento a través de los árboles distantes. No escuché vocecitas. Y tú tampoco". Y el joven canguro en su bolsa dijo "Yo, tampoco".

“¡Atrapenlo!” gritaron. “Y enjaulen a este gran tonto! ¡Aten su estómago con diez millas de soga! Anuden tan fuerte que nunca pueda aflojarse si se sacude, Luego, arrojen esa tonta mota en el jugo de beezle-nut

Horton peleó con gran vigor y empuje pero los de la pandilla Wickersham eran demasiados para él. Lo vencieron. Lo atacaron con rudeza. Comenzaron a arrastrarlo a la jaula. Pero él se las arregló para llamar al Mayor: "No se rinda. Creo en todos ustedes. Una persona es una persona no importa cuán pequeña sea. Y ustedes, personas muy pequeñas, no habrán de morir si se hacen escuchar. Por eso, ¡vamos!, ¡ahora!, ¡INTÉNTENLO!"

El Mayor tomó un tambor y comenzó a golpearlo. Y en toda la villa de los Quién, aullaron haciendo barullo. Hicieron sonar latas. Batieron ollas, tachos de basura y viejas latas de arándanos. Soplaron en bazucas y dieron grandes toques en clarinetes, trombones y trompetas y flautas.

Grandes ráfagas de barullo sonaron alto por el aire y sacudieron todo el cielo. Y el Mayor llamó a través del huracanado jaleo: "Hey, Horton. ¿Cómo está esto? ¿Está llegando nuestro sonido?" 

Y Horton respondió: "Los escucho bien. Pero las orejas de los canguros no son tan fuertes como las mías. ¡No escuchan nada". ¿Está seguro de que todos sus muchachos están haciendo lo mejor que pueden? ¿Están TODOS haciendo ruido?. ¿Está seguro de que cada Quién allí en la villa está trabajando? Rápido, recorra su pueblo. ¿Hay alguien holgazaneando?"

El Mayor se apresuró a través del pueblo de este a oeste. Pero todos parecían estar dando lo mejor de sí. Cada quién parecía estar ladrando y aullando. Todos parecían pitar y chiflar.

Pero todo este alboroto y estruendo no era suficiente. TENÍA que encontrar alguien que lo ayude a hacer más. Corrió por los edificios. Buscó en cada piso. Y, justo cuando pensó no llegaría a ninguna parte, justo cuando estaba por darse por vencido en desesperanza, el Mayor atravesó violentamente una puerta y descubrió al holgazán. Bien escondido en los departamentos Fairfax (departamento 12-J) un holgazán muy pero muy pequeño llamado Jo-jo estaba de pie rebotando un Yo-Yo. ¡No emitía sonido! Ni un pitido. Ni un pío. Y el Mayor se apresuró adentro y tomó al joven tonto. Y trepó con el muchacho a la torre Eiffelberg. "Esta," gritó el Mayor", "es la hora más oscura de tu pueblo. El tiempo de que todos los Quién que tengan sangre roja vengan a la ayuda de este país", dijo, "Tenemos que hacer ruido en grandes cantidades. Así que, abre tu boca, muchacho. Porque cada voz cuenta". Así habló mientras trepaban. Cuando llegaron a la cima, el muchacho se aclaró la garganta y gritó: “Yopp!”

Y ese Yopp… Ese pequeño Yopp extra lo logró. Finalmente, por fin, se escucharon las voces de la mota en el trébol. Sonaron claras y limpias. "Y el elefante sonrió. "¿Ves lo que quiero decir?... Demostraron que SON personas, no importa cuán pequeñas sean. ¡Y el mundo entero fue salvado por el más pequeño de TODOS!” “¡Cuánta verdad! Sí, cuánta verdad,” dijo el canguro grande. “Y, desde ahora en adelante, ¿sabes qué planeo hacer?... ¡De ahora en más, voy a protegerlos contigo!” Y el joven canguro dentro de su bolsa dijo…“¡…YO, TAMBIÉN! Del sol en el verano. De la lluvia cuando sea otoño. Los protegeré. No importa cuán pequeños sean"". 









lunes, 6 de julio de 2015

El falso autostop - Milan Kundera

Leí sobre este cuento - que no conocía - en el blog "Amores Tóxicos" de Fabio Lacolla. Lacolla, psicólogo autor del libro que lleva el mismo nombre que su blog, lo utiliza para ejemplificar como dos personas que creen conocerse, que creen amarse, pueden convertirse de repente en dos completos extraños... un poco por las máscaras otro poco por las expectativas... Me dio curiosidad y decidí, además de leerlo, compartirlo con ustedes.
Milan Kundera es un escritor checo. Nació en 1929 y es autor de varias novelas y cuentos. Entre sus novelas se destaca "La insoportable levedad del ser". El cuento "El falso autostop" pertenece a "El libro de los amores ridículos" publicado en 1968.


El falso autostop

1

La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pron­to a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era cabreante lo que tragaba aquel coche.

—A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasoli­na —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.

El joven respondió que él no tenía motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estan­do con ella adquiría el encanto de la aventura. La chi­ca protestó; siempre que se les había acabado la gaso­lina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y ella había tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y regresar con el bidón. El joven le preguntó si los conductores que la habían llevado habían sido tan de­sagradables como para que ella hablase de su misión como de una humillación. Ella respondió (con pueril coquetería) que a veces habían sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno por­que iba cargada con el bidón y había tenido además que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.

—Miserable —le dijo el joven.

La chica afirmó que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El jo­ven cogió a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sabía que ella lo quería y que tenía celos de él. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va uni­da a la humildad), presenta, además de su natural in­comodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho años, le parecía que era muy mayor y que había aprendido ya todo lo que un hombre puede sa­ber de las mujeres. Lo que más apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces había encontrado con menor fre­cuencia en las mujeres: su pureza.

La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a qui­nientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afir­mar que se había quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la iz­quierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado por­que, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran depósito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del surtidor.

—Vamos a tener que esperar un buen rato —le dijo el joven a la chica y salió del coche—. ¿Va a tar­dar mucho? —le preguntó a un hombre vestido con un mono azul.
—Un minuto —respondió el hombre.

Y el joven dijo:

—Ya veremos lo que dura un minuto.

Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chi­ca salía por la otra puerta.

—Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa —Dijo ella.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven intencio­nadamente, porque quería ver la cara que iba a po­ner.

Hacía ya un año que la conocía y la chica aún era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encanta­ban esos instantes en los que ella sentía vergüenza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo to­do es pasajero, y eso hacía que hasta la vergüenza de su chica fuera algo preciado para él.

2

A la chica realmente le desagradaban las ocasiones en las que tenía que pedirle (el joven conducía con frecuencia muchas horas sin parar) que se detuviese un momento junto a un bosquecillo. Siempre le daba rabia cuando él le preguntaba con fingido asombro por el motivo de la parada. Ella sabía que la vergüen­za que sentía era ridícula y pasada de moda. En el tra­bajo había podido comprobar muchas veces que la gente se reía de su susceptibilidad y que la provoca­ban a propósito. Sentía siempre vergüenza anticipada sólo de pensar que iba a darle vergüenza. Con fre­cuencia deseaba poder sentirse libre dentro de su cuerpo, despreocupada y sin angustias, como lo hacía la mayoría de las mujeres a su alrededor. Hasta había llegado a inventarse un sistema especial de convencimiento pedagógico: se decía que cada persona recibía al nacer uno de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen una de los millones de habitaciones de un inmenso hotel; que aquel cuerpo era, por tanto, casual e impersonal; que era una cosa prestada y hecha en serie. Lo repetía una y otra vez, en distintas versiones, pero nunca era capaz de sentir de ese modo. Aquel dualismo del cuerpo y el alma le era ajeno. Ella misma era excesivamente su propio cuerpo, y por eso siempre lo sentía con angustia.

Con esa misma angustia se había aproximado tam­bién al joven a quien había conocido hacía un año y con el que era feliz quizá precisamente porque nunca separaba su cuerpo de su alma y con él podía vivir por entero. En aquella indivisión residía su felicidad, sólo que tras la felicidad siempre se agazapaba la sospecha, y la chica estaba llena de sospechas. Con frecuencia pensaba que las otras mujeres (las que no se angustia­ban) eran más seductoras y atractivas, y que el joven, que no ocultaba que conocía bien a aquel tipo de mu­jeres, se le iría alguna vez con alguna de ellas. (Es cierto que el joven afirmaba que ya estaba harto de ese tipo de mujeres para el resto de su vida, pero la chica sabía que él era mucho más joven de lo que pensaba). Ella quería que fuese suyo por completo y ser ella por completo de él, pero con frecuencia le pa­recía que cuanto más trataba de dárselo todo, más le negaba algo: lo que da precisamente el amor carente de profundidad y superficial, lo que da el flirt. Sufría por no saber ser, además de seria, ligera.

Pero esta vez no sufría ni pensaba en nada de eso. Se sentía a gusto. Era su primer día de vacaciones (ca­torce días de vacaciones en los que durante todo el año había centrado su deseo), el cielo estaba azul (to­do el año había estado preguntándose horrorizada si el cielo estaría verdaderamente azul) y él estaba con ella. A su «¿qué vas a hacer?» respondió ruborizándo­se y se alejó del coche sin decir palabra. Dejó a su la­do la estación de servicio que estaba al borde de la carretera, completamente solitaria, en medio del cam­po; a unos cien metros de allí (en la misma dirección en la que iban) empezaba el bosque. Se dirigió hacia él, se escondió tras un arbusto y disfrutó durante todo ese tiempo de una sensación de satisfacción. (Es que hasta la alegría que produce la presencia del hombre a quien se ama se siente mejor a solas. Si la presencia de él fuera continua, sólo estaría presente en su cons­tante transcurrir. Detenerla sólo es posible en los ratos de soledad).

Después salió del bosque y se dirigió hacia la ca­rretera; desde allí se veía la estación de servicio; el camión cisterna ya se había ido; el coche se había aproximado a la roja torrecilla del surtidor. La chica se puso a andar carretera adelante, mirando a ratos si ya venía. Luego lo vio, se detuvo y empezó a hacerle señas, tal como se las hacen los autoestopistas a los co­ches desconocidos. El coche frenó y se detuvo justo al lado de la chica. El joven se agachó hacia la ventani­lla, la bajó, sonrió y preguntó:

—¿Adonde va, señorita?
—¿Va hacia Bystrica? —preguntó la chica y sonrió con coquetería.
—Pase, siéntese —el joven abrió la puerta. La chi­ca se sentó y el coche se puso en marcha.


3


El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurría con frecuencia: tenía un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas extras; en casa, su madre estaba en­ferma, solía estar cansada; tampoco destacaba por la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en sí misma, era víctima fácil de la angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestación de alegría de ella con la ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonrió y dijo:

—Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco años que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.

La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de disfrutar un rato de aquella cálida sensación y por eso le dijo:

—Parece que sabe mentir muy bien.
—¿Tengo cara de mentiroso?
—Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.

El joven ya se había sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por eso le res­pondió sin más:

—¿Eso le molesta?
—Si saliese con usted, me importaría —dijo la chica y había en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor—: Pero como a usted no lo conozco, no me molesta.
—Las mujeres siempre encuentran muchos más defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje pedagógico del joven a la chica—, pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.

La chica no tenía intención de entender el mensaje pedagógico subyacente y por eso se dirigió exclusivamente al conductor desconocido:

—¿Y qué, si dentro de un momento nos vamos a separar?
—¿Por qué?
—Porque en Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me bajase con usted?

Al oír estas palabras la chica miró al joven y com­probó que tenía exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se ho­rrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sen­taba. Por eso le contestó en plan provocador:

—¿Y qué iba a hacer usted conmigo?
—Con una mujer tan guapa no necesitaría pensar demasiado qué hacer —dijo el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la autoestopista.

Pero la chica sintió como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:

—¿No le parece que exagera?

El joven miró a su chica; aquella cara altiva estaba llena de tensión; sintió lástima por la chica y añoró su mirada habitual, familiar (de la que solía decir que era infantil y sencilla); se acercó a ella, pasó el brazo por su hombro y le susurró el nombre con que solía llamarla y con el que ahora pretendía acabar el juego.

Pero la chica le apartó y dijo:

—¡Me parece que va demasiado rápido!

El joven, al ser rechazado, dijo:

—Perdone señorita —y se puso a mirar fijamente la carretera.

4

Pero el dolor de los celos abandonó a la chica tan rápido como la había atacado. Al fin y al cabo era sensata y sabía que sólo se trataba de un juego; inclu­so le pareció un poco ridículo haber rechazado al jo­ven sólo por la rabia que le producían los celos; no quería que él lo notase. Por suerte las mujeres tienen una habilidad mágica para modificar ex-post el senti­do de sus actos. De modo que utilizó esta habilidad y decidió que no lo había rechazado porque le hubie­ra dado rabia, sino para poder continuar con un juego que, por caprichoso, era tan adecuado para el primer día de vacaciones.

De manera que volvió a ser una autoestopista que acaba de rechazar a un conductor atrevido sólo para hacer la conquista más lenta y más excitante. Se volvió hacia el joven y le dijo con voz melosa:

—¡No era mi intención ofenderle!
—Perdone, no volveré a tocarla —dijo el joven.

Estaba enfadado con la chica por no haberle hecho caso y haberse negado a volver a ser ella misma cuan­do tanto lo deseaba; y como la chica seguía con su máscara, el joven le traspasó su enfado a la desconoci­da autoestopista que ella representaba; y así descubrió de pronto el carácter de su papel: abandonó la galan­tería con la que había pretendido halagar indirecta­mente a su chica y empezó a hacer de hombre duro que al dirigirse a las mujeres pone de relieve más bien los aspectos bastos de la masculinidad: la voluntad, el sarcasmo, la confianza en sí mismo.

Este papel era contradictorio con las atenciones que habitualmente le dedicaba el joven a la chica. Es verdad que antes de conocerla se comportaba con las mujeres de un modo más bien brusco que delicado, pero nunca había llegado a parecer un hombre demo­níacamente duro porque no sobresalía ni por su fuerza de voluntad ni por su falta de miramientos. Pero si nunca lo había parecido, tanto más había deseado en otros tiempos parecerlo. Se trata seguramente de un deseo bastante ingenuo, pero qué se le va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro y con frecuencia perduran más que él, hasta la última vejez. Y aquel deseo in­fantil aprovechó rápidamente la oportunidad de asu­mir el papel que se le ofrecía.

A la chica le venía muy bien el distanciamiento sarcástico del joven: la liberaba de sí misma. Ella mis­ma era, ante todo, celos. En el momento en que dejó de ver a su lado al joven galante que trataba de sedu­cirla y vio su cara inaccesible, sus celos se acallaron. La chica podía olvidarse de sí misma y entregarse a su papel.

¿Su papel? ¿Cuál? Era un papel de literatura bara­ta. Una autoestopista había parado un coche, no para que la llevase, sino para seducir al hombre que iba en el coche; era una seductora experimentada que domi­naba estupendamente sus encantos. La chica se com­penetró con aquel estúpido personaje de novela con una facilidad que a ella misma la dejó, acto seguido, sorprendida y encantada.

Y así iban en coche y charlaban; un conductor desconocido y una autoestopista desconocida.


5


No había nada que el joven hubiera echado tanto en falta en su vida como la despreocupación. La carre­tera de su vida había sido diseñada con despiadada se­veridad: su empleo no acababa con las ocho horas de trabajo diario, invadía también el resto de su tiempo con el aburrimiento obligado de las reuniones y del es­tudio en casa; invadía también, a través de la atención que le prestaban sus innumerables compañeros y com­pañeras, el escasísimo tiempo de su vida privada, que nunca permanecía en secreto y que por lo demás se ha­bía convertido ya un par de veces en objeto de cotilleos y de debate público. Ni siquiera las dos semanas de vacaciones le brindaban una sensación de liberación y de aventura; hasta aquí llegaba la sombra gris de la severa planificación; la escasez de casas de veraneo en nuestro país le había obligado a reservar con medio año de antelación la habitación en los montes Tatra, para lo cual había necesitado una recomendación del Co­mité de su empresa, cuya omnipresente alma no le perdía así la pista ni por un momento.

Ya se había hecho a la idea de todo aquello pero, de vez en cuando, tenía la horrible sensación de que le obligaban a ir por una carretera en la que todos le veían y de la que no podía desviarse. Ahora mismo volvía a tener esa sensación; un extraño cortocircuito hizo que identificase la carretera imaginaria con la ca­rretera verdadera por la que iba y eso le sugirió de pronto la idea de hacer una locura.

—¿A dónde dijo que quería ir?
—A Banska Bystrica —respondió.
—¿Y qué va a hacer allí?
—He quedado con una persona.
—¿Con quién?
—Con un señor.

El coche se aproximaba a un cruce de caminos im­portante; el conductor disminuyó la velocidad para poder leer las señales que indicaban la dirección; lue­go dobló a la derecha.

—¿Y qué pasaría si no llegase a su cita?
—Sería culpa suya y tendría que ocuparse de mí.
—Seguramente no se ha dado cuenta de que he doblado hacia Nove Zamky.
—¿De verdad? ¡Se ha vuelto loco!
—No tenga miedo, yo me ocuparé de usted —dijo el joven.

De pronto el juego había adquirido un nivel supe­rior. El coche no sólo se alejaba de su objetivo imagi­nario en Banska Bystrica, sino también del objetivo real hacia el que había partido por la mañana: los Ta­tra y la habitación reservada. De pronto la vida de fic­ción atacaba a la vida sin ficción. El joven se alejaba de sí mismo y de la severa ruta de la que hasta ahora nunca se había desviado.

—¡Pero si había dicho que iba a los Pequeños Ta­tra! —se asombró la chica.
—Señorita, yo voy a donde quiero. Soy un hom­bre libre y hago lo que quiero y lo que me da la gana.


6

Cuando llegaron a Nove Zamky, empezaba a ha­cerse de noche.

El joven nunca había estado allí y tardó un rato en orientarse. Detuvo varias veces el coche para pregun­tar a los viandantes dónde estaba el hotel. Había va­rias calles en obras, de modo que, aunque el hotel es­taba muy cerca (según afirmaban todas las personas a las que les había preguntado), el camino daba tantas vueltas y tenía tantos desvíos que tardaron casi un cuarto de hora en aparcar el coche. El hotel no tenía un aspecto muy agradable, pero era el único hotel de la ciudad y el joven ya no tenía ganas de seguir con­duciendo. Así que le dijo a la chica:

—Espere —y bajó del coche.

Al bajar del coche volvió naturalmente a ser él mismo. Y le pareció un fastidio encontrarse por la noche en un sitio completamente distinto del que ha­bía planeado; y resultaba aún más fastidioso porque nadie le había obligado y ni siquiera él mismo lo ha­bía pretendido. Se echaba en cara la locura que había cometido, pero al final acabó por restarle importan­cia: la habitación de los Tatra podía esperar hasta el día siguiente y no está mal celebrar el primer día de vacaciones con algo inesperado.

Atravesó el restaurante —lleno de humo, repleto, ruidoso— y preguntó por la recepción. Le indicaron que siguiese hasta la escalera, donde, tras una puerta de cristal, estaba sentada una rubia de aspecto anticuado bajo un tablero lleno de llaves: le costó trabajo obtener la llave de la única habitación libre.
La chica, al quedarse sola, también prescindió de su papel. Pero le fastidiaba encontrarse en una ciudad extraña. Estaba tan entregada al joven que no dudaba de nada de lo que él hacía y dejaba en sus manos, con toda confianza, las horas de su vida. Pero en cambio volvió a pensar que quizá, tal como ella ahora, otras mujeres con las que se encontraba en sus viajes de tra­bajo esperarían al joven en su coche. Pero, curiosamente, aquella imagen ahora no le produjo dolor; la chica sonrió inmediatamente al pensar lo hermoso que era que esa mujer extraña fuese ahora ella; aque­lla mujer extraña, irresponsable e indecente, una de aquellas de las que había tenido tantos celos; le pare­cía que les había ganado la mano a todas; que había descubierto el modo de apoderarse de sus armas; de darle al joven lo que hasta entonces no había sabido darle: ligereza, inmoralidad e informalidad; sintió una particular sensación de satisfacción por ser capaz de convertirse ella misma en todas las demás mujeres y de ocupar y devorar así (ella sola, la única) a su amado.

El joven abrió la puerta del coche y condujo a la chica al restaurante. En medio del ruido, la suciedad y el humo, descubrió una única mesa libre en un rincón.


7

—Bueno ¿y ahora cómo se va a ocupar de mí?
—¿Qué aperitivo prefiere?

La chica no era muy aficionada a beber; como mu­cho bebía vino y le gustaba el vermouth. Pero esta vez, adrede, dijo:

—Vodka.
—Estupendo —dijo el joven—. Espero que no se me emborrache.
—¿Y si me emborrachara? —dijo la chica.

El joven no le respondió y llamó al camarero y pi­dió dos vodkas y, para cenar, solomillo. El camarero trajo, al cabo de un rato, una bandeja con dos vasitos y la puso sobre la mesa.

El joven levantó el vaso y dijo:

—¡A su salud!
—-¿No se le ocurre un brindis más ingenioso?

Había algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora, cuando estaban sentados cara a cara, comprendió que no sólo eran las palabras las que hacían de ella otra persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos y su mí­mica, y que se parecía con una fidelidad que lle­gaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que él conocía tan bien y que le producía un ligero re­chazo.

Y por eso (con el vaso en la mano levantada) mo­dificó su brindis:

—Bien, entonces no brindaré por usted, sino por su especie, en la que se conjuga con tanto acierto lo mejor del animal y lo peor del hombre.
—¿Cuando habla de esa especie se refiere a todas las mujeres? —preguntó la chica.
—No, me refiero sólo a las que se parecen a usted.
—De todos modos no me parece muy gracioso comparar a una mujer con un animal.
—Bueno —el joven seguía con el vaso levanta­do—, entonces no brindo por su especie, sino por su alma, ¿le parece bien? Por su alma que se enciende cuando desciende de la cabeza al vientre y que se apa­ga cuando vuelve a subir a la cabeza.

La chica levantó su vaso:

—Bien, entonces por mi alma que desciende hasta el vientre.
—Rectifico otra vez —dijo el joven—: mejor por su vientre, al cual desciende su alma.
—Por mi vientre —dijo la chica y fue como si su vientre (ahora que lo habían mencionado) respondiera a la llamada: sentía cada milímetro de su piel.

El camarero trajo el solomillo y el joven pidió más vodka con sifón (esta vez brindaron por los pechos de la chica) y la conversación continuó con un extraño to­no frívolo. El joven estaba cada vez más irritado por lo bien que la chica sabía ser esa mujer lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; está claro que no ha penetrado ningún alma extraña dentro de ella; está jugando a ser ella misma; quizá sea esa otra parte de su ser que otras veces permanece encerrada y a la que ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica crea que al jugar se está negando a sí misma, pero ¿no sucede precisamente lo contrario? ¿No es en el juego donde se convierte de verdad en sí misma? ¿No se libera al jugar? No, la que está sentada frente a él no es una mujer extraña dentro del cuerpo de su chica; es su propia chica, nadie más que ella. La miraba y sentía hacia ella un desagrado cada vez mayor.

Pero no se trataba únicamente de desagrado. Cuanto más se alejaba la chica de él psíquicamente, más la deseaba físicamente; la extrañeza del alma par­ticularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo convertía de verdad en cuerpo; era como si has­ta entonces aquel cuerpo no hubiera existido para el joven más que en el limbo de la compasión, la ternu­ra, los cuidados, el amor y la emoción; como si hubie­se estado perdido en aquel limbo (¡sí, como si el cuer­po hubiese estado perdido!). El joven tenía la sensa­ción de ver hoy por primera vez el cuerpo de la chica.

Cuando terminó de tomar el tercer vodka con so­da, la chica se levantó y dijo con coquetería:

—Perdone.

El joven dijo:

—¿Puedo preguntarle a dónde va, señorita?
—A mear, si no le importa —dijo la chica y se ale­jó por entre las mesas hacia una cortina de terciopelo.


8


Estaba contenta de haber dejado estupefacto al jo­ven con aquella palabra que —a pesar de su inocencia— nunca le había oído decir: le parecía que nada reflejaba mejor al tipo de mujer a la que jugaba que la coquetería con la que había puesto el énfasis en la mencionada palabra; sí, estaba completamente satis­fecha; aquel juego le entusiasmaba; le hacía sentir lo que nunca había sentido: por ejemplo aquella sensa­ción de despreocupada irresponsabilidad.

Ella, que siempre había tenido miedo de cada pa­so que tenía que dar, de pronto se sentía completamente suelta. Aquella vida ajena dentro de la que se encontraba era una vida sin vergüenza, sin determininaciones biográficas, sin pasado y sin futuro, sin atadu­ras; era una vida excepcionalmente libre. La chica, siendo autoestopista, podía hacerlo todo: todo le esta­ba permitido; decir cualquier cosa, hacer cualquier co­sa, sentir cualquier cosa.

Atravesaba la sala y se daba cuenta de que la mira­ban desde todas las mesas; esa también era una sensa­ción nueva, hasta entonces desconocida: la impúdica satisfacción del propio cuerpo. Hasta ahora nunca ha­bía sido capaz de librarse por completo de aquella ni­ña de catorce años que se avergüenza de sus pechos y que siente como una desagradable impudicia que le sobresalgan del cuerpo y sean visibles. Aunque siem­pre se había sentido orgullosa de ser guapa y bien he­cha, aquel orgullo era inmediatamente corregido por la vergüenza: intuía correctamente que la belleza fe­menina funciona, ante todo, como incitación sexual y eso le desagradaba; ansiaba que su cuerpo sólo se diri­giese al hombre que amaba; cuando los hombres le miraban los pechos en la calle, le parecía que con ello arrasaban una parte de su más secreta intimidad, que sólo le pertenecía a ella y a su amante. Pero ahora era una autoestopista, una mujer sin destino; se había vis­to privada de las tiernas ataduras de su amor y había empezado a tomar intensa conciencia de su cuerpo; lo sentía con tanta mayor excitación cuanto más extraños eran los ojos que la observaban.

Cuando pasaba junto a la última mesa, un indivi­duo medio borracho, deseando jactarse de ser un hombre de mundo, le dijo en francés:

—¿Combien, mademoiselle?

La chica lo entendió. Irguió el cuerpo, sintiendo cada uno de los movimientos de sus caderas; desapareció tras la cortina.


9

Todo aquello era un juego raro. La rareza consis­tía, por ejemplo, en que el joven, aunque había asumido estupendamente la función de conductor desco­nocido, no dejaba de ver en la autoestopista descono­cida a su chica. Y eso era precisamente lo más doloro­so; veía a su chica seducir a un hombre desconocido y disfrutaba del amargo privilegio de estar presente; veía de cerca el aspecto que tiene y lo que dice cuando lo engaña (cuando lo engañaba, cuando lo va a enga­ñar); tenía el paradójico honor de ser él mismo objeto de su infidelidad.

Lo peor era que la adoraba más de lo que la ama­ba; siempre le había parecido que su ser sólo era real dentro de los límites de la fidelidad y la pureza y que más allá de esos límites simplemente no exis­tía; que más allá de aquellos límites habría dejado de ser ella misma, tal como el agua deja de ser agua más allá del límite de la ebullición. Ahora, al verla traspo­ner con natural elegancia aquel horrible límite, se lle­naba de rabia.

La chica volvió del servicio y se quejó:

—Uno de aquellos me dijo: ¿Combien, mademoi­selle?
—No se asombre —dijo el joven—, tiene usted aspecto de furcia.
—¿Sabe que no me molesta en absoluto?
—¡Debía haberse ido con ese señor!
—Ya le tengo a usted.
—Puede irse con él después. ¿Por qué no se po­nen de acuerdo?
—No me gusta.
—Pero no tiene usted inconveniente en estar una misma noche con varios hombres.
—Si son guapos ¿por qué no?
—¿Los prefiere uno tras otro o al mismo tiempo?
—De las dos maneras.

La conversación era una suma de barbaridades ca­da vez mayores; la chica estaba un poco espantada, pero no podía protestar. También el juego encierra falta de libertad para el hombre, también el juego es una trampa para el jugador; si aquello no fuera un juego, si estuvieran sentadas frente a frente dos perso­nas extrañas, la autoestopista se hubiera podido ofen­der hace tiempo y hubiera podido marcharse; pero el juego no tiene escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego, las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero, los límites del campo de juego no pueden traspasarse. La chica sabía que tenía que aceptar cualquier juego, precisa­mente porque era un juego. Sabía que cuanto más exagerado fuera, más sería un juego y más obediente iba a tener que ser al jugar. Y era inútil invocar la ra­zón y advertir al alma alocada que debía mantener las distancias con respecto al juego y no tomárselo en se­rio. Precisamente porque se trataba sólo de un juego, el alma no tenía miedo, no se resistía y caía en él co­mo alucinada.

El joven llamó al camarero y pagó la cuenta. Lue­go se levantó y le dijo a la chica:

—Podemos ir.
—¿A dónde? —fingió asombro la chica.
—No preguntes y camina —dijo el joven.
—¿Con quién se cree que está hablando?
—Con una furcia —dijo el joven.


10


Iban por una escalera mal iluminada: en el des­cansillo, antes del primer piso, había un grupo de hombres medio borrachos delante de la puerta del re­trete. El joven abrazó a la chica por la espalda, de tal modo que su mano apretaba el pecho de ella. Los hombres que estaban junto al retrete lo vieron y em­pezaron a dar gritos. La chica intentó soltarse pero el joven le gritó:

—¡Aguanta!

Los hombres aprobaron su actitud con zafia solida­ridad y le dirigieron a la chica unas cuantas groserías. El joven llegó con la chica al primer piso y abrió la puerta de la habitación. Encendió la luz.

Era una habitación estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo. El joven cerró la puerta y se volvió hacia la chica. Estaba frente a él con un gesto de suficiencia y una mirada descaradamente sen­sual. El joven la miraba y trataba de descubrir, tras la expresión lasciva, los familiares rasgos de la chica, a los que amaba con ternura. Era como si mirase dos imágenes metidas en un mismo visor, dos imágenes puestas una encima de otra y que se trasparentasen la una a través de la otra. Aquellas dos imágenes que se trasparentaban le decían que en la chica había de to­do, que su alma era terriblemente amorfa, que cabía en ella la fidelidad y la infidelidad, la traición y la inocencia, la coquetería y el recato; aquella mezcla brutal le parecía asquerosa como la variedad de un ba­surero. Las dos imágenes seguían trasparentándose la una a través de la otra y el joven pensaba en que la chica sólo se diferenciaba de las demás superficial­mente, pero que en sus extensas profundidades era igual a otras mujeres, llena de todos los pensamien­tos, las sensaciones, los vicios posibles, dándoles así la razón a sus dudas y a sus celos secretos; que lo que parece un perfil que marca sus límites como individuo es sólo una falacia que engaña al otro, a quien la mi­ra, a él. Le parecía que aquella chica, tal como él la quería, no era más que un producto de su deseo, de su capacidad de abstracción, de su confianza, y que la chica real estaba ahora ante él y era desesperadamente extraña, desesperadamente ambigua. La odiaba.

—¿Qué estás esperando? Desnúdate —dijo.

La chica inclinó con coquetería la cabeza y dijo:

—¿Para qué?

El tono con que lo dijo le resultó muy familiar, le pareció que hace ya mucho tiempo se lo había oído a otra mujer, pero ya no sabía a cuál. Tenía ganas de humillarla. No a la autoestopista, sino a su propia chica. El juego se había confundido con la vida. Jugar a humillar a la autoestopista no era más que una excusa para humillar a la chica. El joven olvidó que estaba jugando. Sencillamente odiaba a la mujer que estaba delante de él. La miró fijamente y sacó de la cartera un billete de cincuenta coronas. Se lo dio a la chica:

—¿Es suficiente?

La chica cogió las cincuenta coronas y dijo:

—No me valora demasiado.

El joven dijo:

—No vales más.

La chica se abrazó al joven:

—¡No debes portarte así conmigo! ¡Conmigo tie­nes que portarte de otra manera, tienes que poner algo de tu parte!

Lo abrazaba y trataba de llegar con su boca a la de él. El joven le puso los dedos en la boca y la apartó suavemente. Dijo:

—Sólo beso a las mujeres cuando las quiero.
—¿Y a mí no me quieres?
—No.
—¿Y a quién quieres?
—¿A ti qué te importa? ¡Desnúdate!

11


Nunca se había desnudado así. La timidez, el sen­timiento interior de pánico, el alocamiento, todo lo que siempre había sentido al desnudarse delante del joven (cuando no la tapaba la oscuridad), todo aque­llo había desaparecido. Ahora estaba frente a él con­fiada, descarada, iluminada y sorprendida al descubrir de pronto los hasta entonces desconocidos gestos del desnudo lento y excitante. Percibía sus miradas, iba dejando a un lado, con mimo, cada una de sus pren­das y saboreaba los distintos estadios de la desnudez. Pero de pronto se encontró ante él totalmente desnu­da y en ese momento se dijo que el juego había ter­minado; que al quitarse la ropa se ha quitado tam­bién el disfraz y que ahora está desnuda, lo cual signi­fica que ahora vuelve a ser ella misma y que el joven ahora tiene que acercarse a ella y hacer un gesto con el que lo borre todo, tras el cual sólo vendrá ya el más íntimo acto amoroso. Así que se quedó desnuda de­lante del joven y en ese momento dejó de jugar; esta­ba perpleja y en su cara apareció una sonrisa que era de verdad sólo suya: tímida y confusa.

Pero el joven no se acercó a ella y no borró el jue­go. No percibió la sonrisa que le era familiar; sólo veía ante sí el hermoso cuerpo extraño de su propia chica, a la que odiaba. El odio limpió su sensualidad de cualquier resto de sentimientos. Ella quiso acercar­se pero él le dijo:

—Quédate donde estás, quiero verte bien.

Lo único que ahora deseaba era comportarse con ella como con una furcia de alquiler. Sólo que el joven nunca había tenido una furcia de alquiler y las únicas imágenes de que disponía al respecto prove­nían de la literatura y de lo que había oído contar. Se remitió por lo tanto a aquellas imágenes y lo primero que vio en ellas fue a una mujer en ropa interior negra (con medias negras) bailando sobre la reluciente tapa de un piano. En la pequeña habitación del hotel no había piano, lo único que había era una mesilla junto a la pared, pequeña, cubierta con un mantel de lino. Le ordenó a la chica que se subiera a ella. La chi­ca hizo un gesto de súplica pero el joven dijo:

—Ya has cobrado.

Al ver en la mirada del joven su irreductible obse­sión, trató de continuar con el juego, aunque ya no podía ni sabía hacerlo. Con lágrimas en los ojos se su­bió a la mesa. Apenas medía un metro de lado y una de las patas era un poquito más corta; la chica, de pie sobre la mesa, tenía sensación de inestabilidad.

Pero el joven estaba satisfecho con la figura desnu­da que se elevaba por encima de él y cuya avergonza­da inseguridad no hacía más que incrementar su auto­ritarismo. Deseaba ver aquel cuerpo en todas las pos­turas y desde todos los ángulos, del mismo modo en que se imaginaba que lo habían visto y lo verían tam­bién otros hombres. Era grosero y lascivo. Le decía pa­labras que ella nunca le había oído decir. La chica te­nía ganas de rebelarse, de huir del juego; le llamó por su nombre pero él le gritó que no tenía derecho a tra­tarlo con tanta confianza. Y así por fin, confusa y llo­rosa, le obedeció; se inclinaba y se agachaba según los deseos del joven, saludaba y movía las caderas como si estuviera bailando un twist; en ese momento, al ha­cer un movimiento un poco más brusco, el mantel se deslizó bajo sus piernas y estuvo a punto de caerse. El joven la sostuvo y la arrastró a la cama.

La penetró. Ella se alegró de pensar que al menos ahora se acabaría aquel desgraciado juego y que volve­rían a ser ellos mismos, tal como eran, tal como se querían. Trató de unir su boca a la de él. Pero el jo­ven se lo impidió y le repitió que sólo besaba a una mujer cuando la quería. Se echó a llorar. Pero ni si­quiera del llanto pudo disfrutar, porque el furioso apasionamiento del joven iba ganándose gradualmen­te su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su al­ma. Pronto hubo en la cama dos cuerpos perfecta­mente fundidos, sensuales y ajenos. Aquello era pre­cisamente lo que toda su vida la había espantado y lo que había tratado cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor. Sabía que había atravesado la frontera prohibida, pero ahora, después de cruzarla, ya se movía sin protestar y con plena participación; sólo en algún rincón lejano de su conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca ha­bía sentido tal placer y tanto placer como precisamen­te esta vez —más allá de aquella frontera.


12


Luego todo terminó. El joven se levantó de enci­ma de la chica y llevó la mano al largo cable que colgaba sobre la cama; apagó la luz. No deseaba ver la cara de la chica. Sabía que el juego había terminado, pero no tenía ganas de volver a la relación habitual con ella; le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la oscuridad junto a ella, acostado de mo­do que sus cuerpos no se tocaran.

Al cabo de un rato oyó un suave gemido; la mano de la chica rozó tímida, infantilmente, la suya: la ro­zó, se retiró, volvió a rozarla y luego se oyó una voz suplicante, que gemía, lo llamaba por un apelativo familiar y decía:

—Yo soy yo, yo soy yo...

El joven callaba, no se movía y advertía la triste falta de contenido de la afirmación de la chica, en la que lo desconocido era definido por sí mismo, por lo desconocido.

Y la chica pasó en seguida de los gemidos a un ruidoso llanto y volvió a repetir aquella emotiva tautología incontables veces:

—Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo...

El joven empezó a llamar en su ayuda a la compa­sión (tuvo que llamarla de lejos, porque por allí cerca no se encontraba), para acallar a la chica. Todavía te­nían por delante trece días de vacaciones.



viernes, 26 de junio de 2015

Los tres cerditos - Roald Dahl - Cuentos en verso para niños perversos

Hoy traigo el último cuento que completa el libro "Cuentos en verso para niños perversos" de Roald Dahl. La historia es "Los tres cerditos". Ya leímos hace tiempo "¡La verdadera historia de los tres cerditos!", versión que nos relata lo sucedido desde el punto de vista del lobo. Hoy leamos esta cómica versión.




LOS TRES CERDITOS

El animal mejor que yo recuerdo
es, con mucho y sin duda alguna, el cerdo.
El cerdo es bestia lista, es bestia amable,
es bestia noble, hermosa y agradable.
Mas, como en toda regla hay excepción,
también hay algún cerdo tontorrón.
Dígame usted si no: ¿qué pensaría
si, paseando por el Bosque un día,
topara con un cerdo que trabaja
haciéndose una gran casa... de paja?
El Lobo, que esto vio, pensó: "Ese idiota
debe estar fatal de la pelota...
"¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".
"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".
Y por más que rezó la criatura
el lobo destruyó su arquitectura.
"¡Qué afortunado soy! -pensó el bribón-.
¡Veo la vida de color jamón!".
Porque de aquel cerdito, al fin y al cabo,
ni se salvó el hogar ni quedó el rabo.

El Lobo siguió dando su paseo,
pero un rato después gritó: "¿Qué veo?
¡Otro lechón adicto al bricolaje
haciéndose una casa... de ramaje!
¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".
"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".
Farfulló el Lobo: "¡Ya verás, lechón!",
y se lanzó a soplar como un tifón.
El cerdo gritó: "¡No hace tanto rato
que te has desayunado! Hagamos un trato...".
El Lobo dijo: "¡Harás lo que yo diga!".
Y pronto estuvo el cerdo en su barriga.
"No ha sido mal almuerzo el que hemos hecho,
pero aún no estoy del todo satisfecho
-se dijo el Lobo-. No me importaría
comerme otro cochino a mediodía".
De modo que, con paso subrepticio,
la fiera se acercó hasta otro edificio
en cuyo comedor otro marrano
trataba de ocultarse del villano.
La diferencia estaba en que el tercero,
de los tres era el menos majadero
y que, por si las moscas, el muy pillo
se había hecho la casa... ¡de ladrillo!
"¡Conmigo no podrás!", exclamó el cerdo.
"¡Tú debes de pensar que yo soy lerdo!
-le dijo el Lobo-. ¡No habrá quien impida
que tumbe de un soplido tu guarida!".
"Nunca podrá soplar lo suficiente
para arruinar mansión tan resistente",
le contestó el cochino con razón,
pues resistió la casa el ventarrón.
"Si no la puedo hacer volar soplando,
la volaré con pólvora... y andando",
dijo la bestia, y el lechón sagaz
que aquello oyó, chilló: "¡Serás capaz!"
y, lleno de zozobra y de congoja,
un número marcó: "¿Familia Roja?".
"¡Aló! ¿Quién llama? -le contestó ella-.
¡Guarrete! ¿Cómo estás? Yo aquí, tan bella
como acostumbro, ¿y tú?". "Caperu, escucha.
Ven aquí en cuanto salgas de la ducha".
"¿Qué pasa?", preguntó Caperucita.
"Que el Lobo quiere darme dinamita,
y como tú de Lobos sabes mucho,
quizá puedas dejarle sin cartuchos".
"¡Querido marranín, cerdito guapo!
Estaba proyectando irme de trapos,
así que, aunque me da cierta pereza,
iré en cuanto me seque la cabeza".

Poco después Caperu atravesaba
el Bosque de este cuento. El Lobo estaba
en medio del camino, con los dientes
brillando cual puñales relucientes,
los ojos como brasas encendidas,
todo él lleno de impulsos homicidas.
Pero Caperucita, -ahora de pie volvió
a sacarse el arma del corsé
y alcanzó al Lobo en punto tan vital
que la lesión le resultó fatal.
El cerdo, que observaba ojo avizor,
gritó: "¡Caperucita es la mejor!".

¡Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue
fiarte de la chica del corsé.
Porque Caperu luce últimamente
no sólo dos pellizas imponentes
de Lobo, sino un maletín de mano
hecho con la mejor... ¡piel de marrano!

domingo, 21 de junio de 2015

Caperucita Roja y el Lobo - Roald Dahl - Cuentos en verso para niños perversos

¡Ayer vi por primera vez en la librería el libro "Cuentos en verso para niños perversos"!, una genialidad de Roald Dahl, el autor de, entre otros libros, "Charlie y la fábrica de chocolate" que se encuentra completo en el blog (has click en el título del libro y te llevará a él). Se ve que lo están publicando nuevamente... 
En ese momento recordé que apenas me quedan dos cuentos para que esté subido completo en el blog, por ello, aquí va uno de los que faltaba: "Caperucita roja y el lobo", versión "Cuentos en verso para niños perversos
Y de yapa, les recuerdo que las versión original de Charles Perrault y la elegida por los Hermanos Grimm, se encuentran en los siguientes links del blog: "Caperucita Roja - Charles Perrault" y "Caperucita Roja - Los hermanos Grimm"



Caperucita Roja y el Lobo

Estando una mañana haciendo el bobo
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
"¿Puedo pasar, Señora?", preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: "¡Este me come de un bocado!".
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
"Sigo teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré que merendarme otra señora!".
Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
"¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!"
-que así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España-.
Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.
Llegó por fin Caperu a mediodía
y dijo: "¿Cómo estás, abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!".
"Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas". "¡Abuelita,
qué ojos tan grandes tienes!". "Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista", dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente
Caperucita dijo: "¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!".
El Lobo, estupefacto, dijo: "¡Un cuerno!
O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estás tomando el pelo...? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa".
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revólver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.

Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque... ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un tapado
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.


viernes, 19 de junio de 2015

El árbol del orgullo - G. K Chesterton

Me gustó este cuento cuando lo leí. Creo que hay cierto placer en los momentos cuando se hace justicia.
Gilbert Keith Chesterton nació en Londres en 1874. Su obra es muy amplia. Según la antología que yo tengo "El árbol del orgullo" (1922) se incluyó en el libro de cuentos "El hombre que sabía demasiado". Sin embargo, encontré en internet que en realidad pertenece a "Los árboles del orgullo"... En fin, mejor es leerlo.
 


El árbol del orgullo

"Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la transmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló."

jueves, 4 de junio de 2015

Los cautivos de Longjumeau - Léon Bloy

Estoy segura de que todos tenemos pequeñas trabas que nos impiden avanzar en algún aspecto de nuestras vidas. Con esfuerzo, trabajando en nosotros mismos, podemos superarlas y avanzar. Pero, ¿qué sucedería si nuestras trabas no fueran psicológicas sino algo más real y tangible?, ¿algo inexplicable, cercano a la magia, pero que ahí está para complicarnos la existencia? ¿Y si nada de lo que hicieramos fuera suficiente para liberarnos? ¿Y si aquel impedimento fuera nuestra cárcel por toda la eternidad?
Este es el caso del señor y la señora Fourmi, dos amantes de los viajes que, sin embargo, no logran salir de sus casas.
Léon Bloy nació en Francia en 1864 y fue autor de varios cuentos, ensayos y novelas. En vida no fue un personaje muy querido, aparentemente. Devoto católico, fue acusado de antisemita y de ocultista. Dicen que siempre fue más apreciado fuera que dentro de su país que no fue hasta 70 años después de su muerte (1917) que se lo reconoció.




Los cautivos de Longjumeau

El Postillón de Longjumeau anunciaba ayer el deplora­ble fin de los Fourmi. Esta hoja tan recomendable por la abundancia y por la calidad de su información, se perdía en conjeturas sobre las misteriosas causas de la desesperación que había precipitado al suicidio a esta pareja, considerada tan feliz.

Casados muy jóvenes, y despertando cada día a una nueva luna de miel, no habían salido de la ciudad ni un solo día.

Aliviados por previsión paterna de las inquietudes pe­cuniarias que suelen envenenar la vida conyugal, amplia­mente provistos, al contrario, de lo requerido para endulzar un género de unión legítima, sin duda, pero poco conforme a ese afán de vicisitudes amorosas que impulsa al versátil ser humano, realizaban, a los ojos del mundo, el milagro de la ternura a perpetuidad.

Una hermosa tarde de mayo, el día que siguió a la caída del señor Thiers, aparecieron en el tren de circunvalación con sus padres, venidos para instalarlos en la propiedad deliciosa que albergaría su dicha.

Los longjumelianos de corazón puro contemplaron con enternecimiento a esta linda pareja, que el veterinario com­paró sin titubear a Pablo y Virginia.

En efecto, ese día estaban muy bien y parecían niños pálidos de gran casa.

Maitre Piécu, el notario más importante de la región, les había adquirido, en las puertas de la ciudad, un nido de verdura, que los muertos hubieran envidiado. Pues hay que convenir que el jardín hacía pensar en un cementerio aban­donado. Este aspecto no debió desagradarles, pues no hicie­ron, en lo sucesivo, ningún cambio y dejaron que las plantas crecieran a su arbitrio.

Para servirme de una expresión profundamente original de Maitre Piécu, vivieron en las nubes, sin ver casi a nadie, no por maldad o desprecio, sino, sencillamente, porque no se les ocurría.

Además, hubiera sido necesario soltarse por algunas horas o algunos minutos, interrumpir los éxtasis, y a fe mía, dada la brevedad de la vida, les faltaba el valor para ello. Uno de los hombres más grandes de la Edad Media, el maestro Juan Tauler, cuenta la historia de un ermitaño a quien un visitante inoportuno pidió un objeto que estaba en su celda. El ermitaño tuvo que entrar a buscar el objeto. Pero al entrar olvidó cuál era, pues la imagen de las cosas exteriores no podía grabarse en su mente. Salió pues y rogó al visitante le repitiera lo que deseba. Este renovó el pedido. El solitario volvió a entrar, pero antes de tomar el objeto, ya había olvidado cuál era. Después de muchas tentativas, se vio obligado a decir al importuno.

-Entre y busque usted mismo lo que desea, pues yo no puedo conservar su imagen lo bastante para hacer lo que me pide.

Con frecuencia, el señor y la señora Fourmi me han hecho pensar en el ermitaño. Hubieran dado gustosos todo lo que se les pidiera si lo hubieran recordado un solo ins­tante.

Sus distracciones eran célebres y se comentaban hasta en Corbeil. Sin embargo, esto no parecía afectarlos, y la funesta resolución que ha concluido con sus vidas tan gene­ralmente envidiadas tiene que parecer inexplicable.

Una carta ya antigua de ese desdichado Fourmi, a quien conocí de soltero, me ha permitido reconstruir, por induc­ción, toda su lamentable historia.

He aquí la carta. Se verá, quizá, que mi amigo no era ni un loco, ni un imbécil.

"... Por décima o vigésima vez, querido amigo, faltamos a nuestra palabra, infamemente. Por paciente que seas, su­pongo que ya estarás harto de invitarnos. La verdad es que esta última vez, como las anteriores, no tenemos excusa, mi mujer y yo. Te habíamos escrito que contaras con nosotros y no teníamos absolutamente nada que hacer. Sin embargo, hemos perdido el tren, como siempre.

"Hace quince años que perdemos todos los trenes y todos los vehículos públicos, hagamos lo que hagamos. Es horriblemente estúpido, es de un atroz ridículo, pero em­piezo a creer que el mal no tiene remedio. Somos víctimas de una grotesca fatalidad. Todo es inútil. Para alcanzar el tren de las ocho, por ejemplo, hemos ensayado levantarnos a las tres de la mañana, y hasta pasar la noche en vela. Y bien, amigo mío, en el último momento, se incendiaba la chimenea, a medio camino se me recalcaba un pie, el ves­tido de Julieta se enganchaba en alguna zarza, nos quedá­bamos dormidos en la sala de espera, sin que ni la llegada del tren ni los gritos del empleado nos despertaran a tiem­po, etcétera, etcétera... La última vez olvidé mi portamone­das. En fin, te repito, hace quince años que esto dura y siento que ahí está nuestro principio de muerte. Por esa causa tú lo sabes, todo lo he malogrado, me he disgustado con todo el mundo, paso por un monstruo de egoísmo, y mi pobre Julieta se ve envuelta, claro está, en la misma reprobación. Desde nuestra llegada a este lugar maldito, hemos faltado a setenta y cuatro entierros, a doce casamientos, a treinta bautismos, a un millar de visitas o diligencias indis­pensables. He dejado que reventara mi suegra sin volver a verla ni una sola vez, aunque estuvo enferma cerca de un año, cosa que nos privó de tres cuartas partes de su heren­cia, que nos escamoteó furiosa, en un codicilo, la víspera de su muerte.

"No acabaría con la enumeración de las torpezas y de los fracasos ocasionados por la circunstancia increíble de que jamás pudimos alejarnos de Longjumeau. Para decirlo en una palabra, somos cautivos, ya sin esperanza, y vemos acercarse el momento en que esta condición de galeotes se nos hará insoportable..."

Suprimo el resto en que mi pobre amigo me confiaba cosas demasiado íntimas. Pero doy mi palabra de honor, de que no era un hombre vulgar, de que fue digno de la adora­ción de su mujer y de que esos dos seres merecerían algo mejor que acabar estúpida e indecentemente como han aca­bado.

Ciertas particularidades que me permito reservar me sugieren la idea de que la infortunada pareja era realmente víctima de una maquinación tenebrosa del Enemigo del hombre, que los condujo, por medio de un notario eviden­temente infernal, a ese rincón maléfico de Longjumeau de donde no ha habido poder humano que los arranque. Creo, en verdad, que no podían huir, que había alrededor de su morada un cordón de tropas invisibles, cuidadosamente elegidas para sitiarlos, contra las cuales era inútil toda energía.

El signo, para mí, de una influencia diabólica es que los Fourmi vivían devorados por la pasión de los viajes. Esos cautivos eran, por naturaleza, esencialmente migratorios.

Antes de unirse, habían tenido la sed de rodar tierras. Cuando no eran más que novios, fueron vistos en Enghien, en Choisy-le-Roi, en Meudon, en Clamart, en Montre-tout. Un día alcanzaron hasta Saint-Germain.

En Longjumeau, que les parecía una isla de Oceanía, esta rabia de exploraciones audaces, de aventuras por mar y tierra, se había exasperado.

Su casa estaba abarrotada de globos terráqueos y de planisferios, de atlas ingleses y de atlas germánicos. Hasta tenían un mapa de la luna publicado por Gotha bajo la direc­ción de un botarate llamado Justus Perthes.

Cuando no se entregaban al amor, leían juntos historias de navegantes célebres, libros exclusivos de esa biblioteca; no había diario de viajes, Tour du Monde o boletín de socie­dad geográfica, del que no fueran suscritores. Llovían en la casa, sin intermitencia, las guías de ferrocarril y los pros­pectos de las agencias marítimas.

Cosa increíble, sus baúles estaban siempre listos. Siempre estuvieron a punto de partir, de realizar un viaje interminable a los países más lejanos, más peligrosos o más inexplorados.

He recibido como cuarenta telegramas anunciándome su partida inminente para Borneo, la Tierra del Fuego, Nue­va Zelanda o Groenlandia.

Muchas veces, en efecto, estuvieron a un ápice de la partida. Pero el hecho es que no partían, que no partieron jamás porque no podían y no debían partir. Los átomos y las moléculas se coaligaban para sujetarlos.

Un día, sin embargo, hará diez años, creyeron escapar. Habían conseguido, contra toda esperanza, meterse en un vagón de primera clase que los conduciría a Versalles. ¡Li­bertad! Ahí, sin duda, se rompería el círculo mágico.



El tren se puso en marcha, pero ellos no se movían. Se habían ubicado, naturalmente, en un coche destinado a que­dar en la estación. Había que volver a empezar. El único viaje que debían lograr era evidentemente el que acababan de emprender, ay de mí, y su carácter, que conozco tan bien, me induce a creer que lo prepararon temblando.