Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 25 de septiembre de 2016

Canek - Ermilio Abreu Gómez - La injusticia (capítulo 4)

Viene de Canek - Ermilio Abreu Gómez - La doctrina (capítulo 3)


La injusticia

Allí estaban cuando llegó San Bernabé,
día de la batalla de Fho, y se supo
que los indios debían morir porque
eran herejes.
DEL LIBRO DE LA CONQUISTA DE LOS MAYAS

Cada vez está más triste y más violento el corazón de Canek. Antes hablaba y decía su pensamiento. Ahora casi ha enmudecido; aprieta los puños y se va solo por los caminos de espinas, de piedra y de sol. Lo acompaña su sombra. En los ojos de Canek se ha encendido la sangre de los indios.

La sombra de Canek es roja.

La caravana de las domésticas partió de Izamal. Tomó el camino empedrado que descendía hasta la antigua T-Hó. En los BOLANES iban las ancianas y a pie caminaban las mozas. Unos jinetes maldecían y las monjitas rezaban. Los jinetes y las monjitas arreaban la caravana cuando esta, cansada, se detenía en el camino.

Canek seguía la caravana y, de vez en vez, repartía entre las indias maíz cocido empapado en miel.

Sobre la tarima del matadero dos peones DESTAZABAN reses. Escurría por los canales de ladrillo la
sangre de las bestias. De pronto los peones, por causa de su intimidad, se revolvieron con fiereza, se acometieron y cubrieron de heridas.

Canek quiso tornarlos a la razón. Un matancero lo apartó diciéndole:

—Déjalos que se acaben. Así hay más sangre y la ganancia aumenta.

El MAYOCOL azotó al barbero de la hacienda. Le rajó la piel y sobre sus llagas roció vinagre. Después se tumbó como una bestia mansa para que lo rasurara. La navaja en la garganta del mayocol
era como un relámpago.

Canek, inmóvil, se mordía las manos.

Llegaron a la hacienda los hijos del amo. Eran mozos, de cara blanca. Ceceaban. Llegaron jinetes en caballos negros, de casco recio y crin brillante. Entraron a galope entre nubes de polvo. Lo primero que hicieron fue echar sus cabalgaduras por las sementeras. Lo segundo fue arrancar los cepillos de la iglesia y feriar los dineros. Lo tercero fue robar a la hija de Jesús Chi, el mayoral de la hacienda. Se la llevaron lejos, hicieron burla de ella y la abandonaron en el campo. Jesús Chi, lleno de vergüenza, se ahorcó en la ventana de los mozos.

Canek recogió a la hija: estaba cubierta de polvo, sangre y baba.

Por la senda del poniente partió uno de los hijos del amo. En las sienes le estallaba el miedo. Corría su cabalgadura y encendía chispas en las lajas del camino. Sobre la grupa iba uno de los enanos de la vieja NOHPAT. El enano era pesado y frío como carapacho de tortuga. Su aliento era soplo de hielo en la cabeza del mozo. Avanzaban en la noche, como si penetraran un espacio líquido, impregnado de silencio.

El caballo, sin jinete, llegó al pueblo.

Solo Canek le pudo tomar las riendas.

El amo mandó llamar a Patricio Uk, y le preguntó:

—¿Es cierto que te vas a casar con Rosaura, la hija del difunto Jesús Chi?

Canek respondió por Patricio:

—Sí, señor, es cierto. Yo seré su padrino.
—¿Después de lo que aconteció con mis hijos?

Patricio dijo:

—Sí, señor.

El amo sonrió y agregó:

—Haces bien. Después de todo para qué la quieres nueva si ni siquiera la vas a usar.

Dos dragones preguntaron por Patricio y se lo llevaron, atado de manos. Ya era soldado. Canek lo detuvo y le dijo:

—Cásate, de todas maneras, Patricio.

El tiempo era bueno para la caza y el amo invitó al alcalde a una cacería de venado. El alcalde se presentó en compañía de los demás señores del cabildo. También trajeron a un coplero, a quien llamaban Barbado. El tal tenía dengues de doncella y creía que los indios eran buitres encalados.

Como en una estampa iluminada lucían arreos de caza: hondas, flechas, armas y cuernos. Una jauría les precedía. Para el ojeo engancharon a unos indios diestros. Todo el día duró la algazara en el monte. La comitiva regresó al caer la tarde. Regresó ahíta de alcohol. Delante venía Canek con un indio muerto. Lo había matado una bala perdida. Detrás venían otros indios con las piezas cobradas. El alcalde y el amo y los señores del cabildo caminaban sobre la sangre de las bestias y del indio.

El coplero repetía:

—Menos mal que fue un indio.

—Entonces —preguntó Canek al alcalde—, ¿no se aprobó la reducción de los tributos personales que acordó la comunidad de los indios?
—No. Las necesidades de la hacienda son muchas.

El fisco es exigente.

—Pero, señor, los indios están en la miseria; sufren hambre; todo lo han dado; nada tienen.

El alcalde sonrió. Después de una pausa, al oído de Canek dijo:

—Aquí, entre nosotros, dime: ¿no tienen hijas?

Jacinto Canek es amigo del padre Matías. El padre Matías conoce la maldad de los hombres y la dulzura de los animales. De su religión no ha hecho un oficio sino una alegría. En Cisteil, donde vive, viste sayal franciscano —aunque no pertenece a la Orden—. Está al tanto de lo que acontece; regaña a los malos y bendice a los buenos. Algunas veces, sin revelar su secreto, desliza palabras que ha oído
de Canek. Una vez aconsejaba de esta manera:

—Un pastor no distingue las ovejas buenas de las malas. Por eso no pregunta a nadie cómo son sus ovejas, antes de lanzarse contra el lobo. Así hay que defender a los indios buenos y malos contra los blancos: lobos de estas tierras.

Don Chumín, el administrador de la hacienda, se atrevió a hablar al amo. Le habló con la cabeza baja, el sombrero entre las manos.

—Señor —le dijo—, las cosechas de este año han sido buenas. Ya se han ido los carros de algodón.

Las trojes están llenas. Y los molinos de aceite no dejan de trabajar. En el aserradero las trozas de roble, encino y nogal se estiban hasta arriba.

—¿Y qué? —preguntó el amo.
—Señor, es que estamos en octubre y a los indios solo se les ha entregado, a cuenta, tres varas de manta y dos alpargatas.
—Tú eres amigo, sin duda, de ese Canek.

Al día siguiente llegó a la hacienda un nuevo administrador más parco de palabras, y menos cercano a Canek.

Los hijos del difunto Chi —compadre de Canek— no tienen patrimonio. Del padre no han heredado sino una vaca. La vaca vive con ellos, al lado de ellos. De la vida de la vaca depende la vida de los niños. Es juguete para sus travesuras; guardián para su choza; miel para sus bocas. Los esbirros llegaron a reclamar el nuevo tributo. Canek ofreció pagarlo con su trabajo. Los esbirros se rieron. Entraron, echaron un lazo y arrastraron a la vaca fuera del corral. El animal se resistía; hincaba la pezuña en la tierra y mugía. Los esbirros se llevaron también la vida de los hijos del difunto Chi.

Se anuncia la llegada del alcalde a la hacienda. Se anuncia con cohetes y repiques. Los indios cuelgan banderolas de color por los caminos. Ellos no saben cómo se llama el alcalde. Desde la víspera las mujeres andan en trajines de cocina, condimentando guisos, dulces y ensaladas para el alcalde.

Ellas creen que el alcalde pertenece a la iglesia. El cura viste de gala: sombrero de teja y bastón de cedro. Al andar le rechinan los borceguíes. Él no sabe nada. El amo de la hacienda ha mandado lavar la escalera que baja al cenote. Ahí va a desarrollarse lo mejor del programa. Él sabe su cuento. Hasta cinco rapaces, con las piernas al aire, baten agua de lejía sobre la escalera. Uno de ellos dio un traspié, cayó, se rajó la cabeza y rodó al cenote. Ante el azoro de los niños, el amo ha tenido un gesto de repugnancia por la sangre que había ensuciado otra vez los preciosos peldaños de la escalera. En los ojos de Canek había sangre: sangre de niño.

Domingo Pat tuvo que salir del pueblo. Su protesta contra las autoridades había provocado la ira del alcalde. Unos esbirros le dispararon en la casa del cabildo. El cura del lugar no le quiso dar asilo aquella noche, antes, so pretexto de que había víboras, azuzó a los perros. Pat huyó al campo y tras él salieron unos dragones. Día y noche siguieron sus huellas. Al cabo de una semana, como a una fiera, lo cazaron en el monte. Los dragones regresaron con ansias de cobrar; con gesto duro y gozoso y un no sé qué de maldición en el rostro cetrino. Como trofeo, traían las alpargatas de Pat.

Canek los vio y sonrió.

—Cuando un indio muere así —dijo— solo deja de caminar en la tierra. Su espíritu crece y ronda por los lugares, cubierto de fuego.

Un correo trajo la noticia de que los indios del pueblo vecino habían incendiado el cuartel de los blancos. Entre los rebeldes estaba un hombre que se llamaba Domingo Pat.

En su gira pastoral el obispo se dignó visitar la hacienda donde vive Canek. El obispo entró en la hacienda rodeado de tanto incienso y de tantas oraciones, que casi se hizo invisible. Los indios recibieron ropa nueva para lucir en las ceremonias. Un capataz cuidó de que no se estropeara.

En cuanto se fue el obispo, los indios devolvieron aquella ropa. Otro capataz la dobló y la guardó en los arcones. El amo era devoto y económico. Hasta tres blancos blasfeman delante de un tigre rojo que se amansa en el sueño de una piedra. Canek les recuerda su imprudencia. Los blancos, altivos, se ríen del indio.

Cuando amaneció, la piedra roja era más roja y de los blancos solo quedaba un rastro de sangre.

Miguel Kantun, de Lerma, es amigo de Canek. Le escribe una carta y le manda a su hijo para que haga de él un hombre. Canek le contesta diciéndole que hará de su hijo un indio.

Colgado de las ramas de un naranjo, amaneció ahorcado un indio de la hacienda. El amo mandó vender la fruta antes de que se conociera el suceso. Canek descolgó al indio y lo enterró. Al enterrarlo, lejos del cementerio, en el campo, parecía que sembraba semilla de hombre.

Aún no era el alba cuando repicaron en la iglesia de Cisteil. El padre Matías se incorporó sorprendido, se calzó las alpargatas, se ciñó la sotana y salió a la calle para ver qué era aquello. Cuando llegó a la iglesia se encontró con un nuevo párroco posesionado del lugar. El sacristán sonreía. El nuevo párroco, rollizo, de acento cerrado, explicó que el señor obispo ya no quería tolerar los desórdenes de la iglesia de Cisteil. El sacristán sonreía. Quebrado por el canto de los gallos se oía el repique de las campanas. El padre Matías huyó a Sibac. Canek lloró su ausencia.

A ras de tierra soplaba un vientecillo seco, cálido.

Empujaba los rastrojos y las briznas del campo. Ardía el cielo y bajo el sol las ramas se quebraban sin savia. En la lejanía, siempre invisible, las tortolitas decían, medrosas, su canto. Las bestias que movían la noria yacían tumbadas sobre las baldosas del patio. Tenían el vientre hinchado como si estuvieran muertas. Las moscas reverdecían, lustrosas, sobre sus llagas. En las ALBARRADAS mostraban su ACECIDO, desorbitados sus ojillos, las iguanas. Desde arriba algunos ZOPILOTES, en
círculos lentos, oteaban el páramo.

Un indio llegó con su hijo desmayado. Ni en el pozo ni en la acequia había agua para mojarle las sienes. Jacinto Canek empujó el cancel y entró en la iglesia. Un vaho de humedad le endulzó la cara y la respiración. Canek tomó con sus manos el agua bendita y roció la carita del niño. El padre sonrió y el sacristán se santiguó.

Llegaron al pueblo los chicleros. Llegaron seis. 

Habían salido veinte. Llegaron seis. Murieron todos. Hasta los que llegaron estaban muertos. Canek los recogió y, para no lastimar sus llagas, los envolvió en hojas de plátano.

El amo apuntó: cien arrobas de chicle.

Sacaron de la cárcel a los indios que estaban presos y los llevaron a las canteras. Allí los obligaron a romper piedras. Los mazos caían sobre las lajas. Cuando la fatiga dejaba los brazos fláccidos, el látigo del capataz hería las espaldas de los indios. Los mazos volvían a caer sobre las lajas. De pronto el más anciano de los indios se dobló desfallecido. El capataz le golpeó las costillas. Canek se adelantó y acogotó contra las piedras al verdugo.

Volvieron a caer los mazos sobre las lajas.

Saltaban astillas rojas.

El herrero de la hacienda se acercó al nuevo amo y dijo:

—Señor, ya está terminado el hierro para marcar a las bestias. ¿Hago otro para marcar a los indios?

El amo contestó:

—Usa el mismo.

Canek rompió el hierro.

El notario asentó en su protocolo: la hacienda se adjudica por tantos dineros, con sus tierras, aguajes, bestias, indios y aparejos, tal como se indica al margen. La nueva marca de las bestias y de los indios será fijada por el comprador.

Canek huyó con los indios.



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viernes, 23 de septiembre de 2016

Canek - Ermilio Abreu Gómez - La doctrina (capítulo 3)

Viene de Canek - Ermilio Abreu Gómez - La Intimidad (capítulo 2)


La doctrina

El que haya entendido podrá alcanzar
el principado de los pueblos.
DEL LIBRO DE LAS PRUEBAS DE LOS MAYAS

Canek dijo:

—Hoy día los blancos celebran la fiesta de la fundación de su ciudad principal, edificada entre los cerros de la antigua T-HÓ. Nosotros debemos de recordar también las historias de nuestras ciudades ocultas. Así debemos de recordar, en la intimidad de nuestro corazón, que cuando vino el tiempo bueno fue revelado el misterio de la ciudad de Chichén Itzá: abandonada después de muchos KATUNES.

Canek dijo:

—Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar los maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que producen la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender, cómo y en qué tiempo debemos de librarnos de este mal.

Canek dijo:

—Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el viento que respira. Por esto va el indio, fantasma de sí mismo, por los caminos que no tienen fin, seguro de que la meta, la única meta posible, la que le libra y le permite encontrar la huella perdida, está donde está la muerte.

Canek dijo:

—Es bueno saber cuán diferente es la necesidad del indio y la necesidad del blanco. Al indio le basta para su sustento un cuartillo de maíz; al blanco no le basta un ALMUD. Se debe esto a que el indio come y bendice su tranquilidad, mientras el blanco come y, desasosegado, guarda todo lo que puede para mañana. El blanco no sabe que una jícara no lleva más agua que el agua que señalan sus bordes. La demás se derrama y se desperdicia.

Canek dijo:

—Si te fijas puedes conocer la naturaleza y la intención de los caminantes. El blanco parece que mea;
el indio respira. El blanco avanza; el indio se aleja. El blanco quiere poder; el indio descanso.

Canek dijo:

—Nosotros somos la tierra; ellos son el viento. En nosotros maduran las semillas; en ellos se orean las ramas. Nosotros alimentamos las raíces; ellos alimentan las hojas. Bajo nuestras plantas caminan las aguas de los cenotes, olorosas a las manos de las vírgenes muertas. Sobre ellas se despeñan las voces de los guerreros que las ganaron. Nosotros somos la tierra. Ellos son el viento.

Canek dijo:

—El futuro de estas tierras depende de la fusión de lo que está dormido en nuestras manos y de lo que está despierto en las de ellos. Mira a ese niño: tiene sangre india y cara española. Míralo bien: fíjate que habla maya y escribe castellano. En él viven las voces que se dicen y las palabras que se escriben. No es ni de la tierra ni del viento. En él la razón y el sentimiento se trenzan. No es de abajo ni de arriba. Está donde debe estar. Es como el eco que funde, con nuevo nombre en la altura del espíritu, las voces que se dicen y las voces que se callan.

Canek dijo:

—Los DZULES son rojos. Ellos dicen que son blancos. Los dzules son rojos. Son rojos como la mancha del Oriente que los trajo; como el fuego que brota de sus manos; como el oro que se enciende y se arisca en sus barbas; como la palabra que estalla en sus bocas; como las llagas de sus dioses; y como el grito de las vírgenes que desgarran sin advertir que son avecillas ciegas. Los dzules son rojos.

Canek dijo:

—Todo depende del lugar que el hombre ocupa en la tierra. Las discordias y los aciertos de los hombres se explican si recordamos cuál es la posición que tienen cerca de la tierra. Así vemos que los salvajes se someten a la tierra; viven enterrados en ella. Son tierra. Los indios —de madura infancia— viven al lado de la tierra. Duermen en paz sobre el pecho de la tierra: ellos conocen las voces de la tierra; y la tierra siente el valor de sus lágrimas. Son olor de tierra; olor que enriquece los caminos. Los blancos, en la madurez de sus años, han olvidado lo que es la tierra. Pasan sobre ella aplastando el dolor de su entraña y la gracia de sus rosas. Son el viento que se quiebra y salta sobre el rostro de las piedras.

Canek dijo:

—Todo depende del espíritu. Hay hombres de espíritu levantado, impaciente. Para estos una mañana es ya el principio de una tarde. Hay hombres de espíritu lento, como dormido. Para estos una tarde es apenas la continuidad de una mañana. También hay hombres de espíritu recio para quienes todas las horas están llenas del día. Para estos se hizo, justo, el descanso de la noche.

Canek dijo:

—¿Por qué nos enseñan a querer a un dios que permite que los blancos nos peguen y nos maten? ¿Por qué hemos de cantar de rodillas un canto de contrición que no sentimos? No lo digamos más porque, aun diciéndolo con los labios, cometemos falta en nuestro espíritu.

Canek dijo:

—¿Cuál es la diferencia que separa al hombre del bruto? Unos dicen que el alma. Pero esto es parecer
de los devotos que tienen orgullo. Otros dicen que la razón. Pero esta es creencia de los filósofos engreídos. Diré que más creo en otra diferencia. La diferencia que más separa al hombre del bruto es la facultad que tiene el primero para reprimir y hasta para matar su apetito. Tal vez no se advierta esta facultad. Se debe esto a que nosotros los indios la ejercitamos de modo tan frecuente que la olvidamos o la vemos pequeña y sin importancia.

Canek dijo:

—Una misma comida puede tener diferente significado entre los hombres. Este puñado de maíz, por ejemplo: para el blanco es lujo; para el indio es necesidad. El blanco hace de él un manjar; el indio lo convierte en pan.

Canek dijo:

—Piensa que en los tiempos que corren, en estas tierras de Yucatán, existen ciudades que se ven y ciudades que no se ven. En las que se ven viven los blancos que mandan y los indios que obedecen. Son ciudades de guerra y de escándalo. Huye de ellas. Si entras en ellas renegarás de los tuyos, de tu nombre, y vivirás con holgura de maldad. En las ciudades que no se ven, pero que existen, nadie sabe dónde, viven los que fueron y los hombres que han merecido licencia para franquear sus puertas.

Canek dijo:

—No preguntes por los que se van y no vuelven. Es cierto que algunos vuelven, pero no saben que han vuelto. Si los miras en los ojos verás que tienen una como alucinación oculta vertida en lo profundo. Viven como ensoñados. Merecen nuestra simpatía porque poseen el espíritu de lo que fue; y saben de la vida ciega de los hombres de aquí.

Canek dijo:

—Es verdad: la palabra nació por sí misma dentro de lo oscuro. Aquí es necesario declarar el sentido de esa oración. La palabra no es la voz que se dice y se oye. La palabra es cuna del espíritu creador. El espíritu creador que siempre fue, en las tinieblas del tiempo, vio su conciencia, y de ella nació la palabra. Por esto toda palabra debe ser sentida adentro de lo oscuro del pecho, para que sea imagen de esa otra que nació del ser, espejo de sí mismo.

Canek dijo:

—Cuando vino la palabra, no vino sola; vino acompañada de su eco derramado por el espacio de la tierra. Y la palabra y su eco crearon todas las cosas: desde las cosas mínimas de aquí abajo, hasta las cosas infinitas de allá arriba. Se juntaron, en el tiempo, el gusano, el hombre y la estrella. Y se vio que los tres seres tenían luz que era emanación de lo profundo puesto en ellos. Esto pocos lo saben; y casi ninguno lo siente. ¡Dichoso de aquel que, al menos, adivina este misterio!

Canek dijo:

—Las cosas no vienen ni van. Las cosas no se mueven. Las cosas duermen. Somos nosotros los que vamos a ellas. Por esto la memoria no es un arma del espíritu dispuesta para evocar el pasado. Es más bien una facultad que nos permite, en un instante, ver lo que es, en su esencialidad, fuera del tiempo. La memoria nos permite subir a un estadio, inexplicable para nuestra conciencia, en el cual todo está presente. Esto que les digo me lo explicaba con razones y palabras buenas mi padrino —que era hombre de mucho saber y de pocos libros—. Es cosa que nunca entendí, pero que me agrada recordar
aquí dentro de mi corazón.

Canek dijo:

—Los dioses nacen cuando los hombres mueren. Mientras los hombres se tuvieron confianza no hubo
necesidad de dioses; los hombres podían confiar su corazón y su mente a los otros hombres; podían decir su palabra a los otros hombres sin miedo ni engaño. Pero cuando los hombres se ocultaron de los hombres para comer la fruta que a todos dio el campo; cuando los hombres acecharon a los hombres por el gusto de la mujer; cuando los hombres hicieron secreto de la oración que se dice en público, entonces nacieron los dioses. Por eso los dioses son tanto más poderosos, más crueles y más lejanos, cuanto mayor es la desconfianza que separa a los hombres de los hombres.

Canek dijo:

—No se ha de olvidar lo que se lee en un pasaje de la crónica que escribió el señor antiguo que se llamaba Nabuk Pech. En ella se explica cómo los blancos buscaron en el norte, en el lugar de los CHELES, hombres que les sirvieron como esclavos. Fue así porque en aquellos parajes los indios, sin
agua, sin tierra ni animales, perecían de hambre y se daban, llenos de flaqueza de ánimo, al que primero los tomaba. Otra fue la furia que tenían para defenderse los indios del sur, porque aquí encontraban alimento para vivir y para cobrar poder de conciencia. No se diga nunca entonces que aquellos indios eran cobardes, antes se piense que eran muertos que hablaban al borde de las zanjas en que habían de caer. Entiéndase así porque es de justicia entenderlo así.

Canek dijo:

—En un libro leí algo acerca de qué cosa era la mayor del mundo. Unos filósofos dijeron que el agua; otros que los montes; otros que el sol; y no sé quiénes que el menosprecio que el hombre podía tener por las riquezas. ¿No les parece mejor —continuó Canek— que lo más grande no es despreciarlas, sino saber hacer buen uso de ellas, para que sus beneficios no se pudran en las manos de los ricos ni se desperdicien en las manos de los incapaces? 

Canek dijo:

—En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que fueron. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien.

Canek dijo:

—En un libro leí que allá por los tiempos viejos, los señores quisieron juntar ejércitos para defender las tierras que gobernaban. Primero convocaron a los hombres más sanguinarios porque suponían que estos estaban familiarizados con la sangre; y así concertaron sus ejércitos entre las gentes de las prisiones y de los rastros. Pero a poco sucedió que cuando estas gentes se vieron frente al enemigo, empalidecieron y arrojaron las armas. Pensaron entonces en los más fuertes: en los canteros y en los mineros. A estos les dieron armaduras y armas pesadas. De este modo fueron despachados para pelear. Mas sucedió que la sola presencia del contrario puso flaqueza en sus brazos y desmayo en sus corazones. Acudieron después, con buen consejo, a los que sin ser sanguinarios ni fuertes, fueran de coraje y tuvieran algo que defender en justicia: tales como la tierra en que trabajan, la mujer con que duermen y los hijos con cuyas gracias se recrean. Fue así como, llegada la ocasión, estos hombres lucharon con tanta furia que dispersaron a sus contrarios y para siempre se vieron libres de sus amenazas y discordias. Y así pienso y digo que entre nosotros sucede lo mismo. ¿Cómo quieren los señores blancos que usemos las armas con energía, si las tenemos que usar tan solo en beneficio de ellos y de sus haciendas y nunca en favor de nuestro espíritu?

Canek dijo:

—Hace años que leí libros donde se contaba la historia de estas tierras. Yo los leía con placer y me entretenía en el conocimiento de los sucesos antiguos y en el razonar de las gentes que fueron. Una vez mi padrino me dijo: «Los libros que lees fueron escritos por los hombres que ganaron estos lugares. Mira con cuidado las razones puestas en sus páginas, porque si te entregas desprevenido, no entenderás la verdad de la tierra sino la verdad de los hombres. Léelos, sin embargo, para que aprendas a odiar la mentira que se dice dentro de los pensamientos de los filósofos y dentro de la oración de los devotos».

Y así aprendí —concluyó Canek— a leer no la letra sino el espíritu de la letra de todas esas historias.

Canek dijo:

–Luis de Villalpando, Juan de Albalate, Ángel Maldonado, Lorenzo de Bienvenida, Melchor de Benavente y Juan de Herrera, fueron los hombres buenos de San Francisco, que llegaron a estas tierras en épocas remotas para predicar el bien y desterrar el mal. Lucharon, no contra los indios que los recibieron con alma cándida y les dieron posada en su corazón y en su choza , sino contra el blanco que era duro de corazón y sordo de espíritu. Digamos los nombres de esos hombres buenos como se dice una oración.

Los indios en voz baja repitieron los nombres: Villalpando, Albalate, Maldonado, Bienvenida, Benavente, Herrera.

Canek dijo:

—Para el espíritu del hombre vale más un vicio limpio que una virtud sucia. El vicio limpio puede ser una energía redimible. Hay en él, guardado, un acto de valor. En cambio, la virtud sucia supone siempre un ánimo débil. Con seguridad un acto de cobardía.

Canek dijo:

—Unos prefieren el ideal: otros la realidad. De esto resulta una discordia que encona los espíritus. Nunca los hombres concilian sus opiniones. A lo más que llegan es a soñar la realidad o a vivir el ideal. Y la diferencia del apetito subsiste. Pero el hombre de estas tierras debe ser más exigente y más humano, debe querer la mejor realidad; la posible, la que madura y crece en sus manos. Esto será como vivir el ideal de la realidad.

Canek dijo:

—Una vez, allá en los años que fueron, enterraron juntos a un niño y a un venado. Los enterraron juntos porque habían vivido como amigos. Cerca del lugar pasaba, en silencio y soledad, un pedazo de río: de esos que ahora caminan, tímidos, debajo de la tierra.

Así nació un árbol blanco, verde y tierno, como hecho de plata y lluvia. Debajo de sus ramas las madres oían las voces de sus hijos muertos, y junto a sus raíces los viejos sentían el aliento de sus animales perdidos.

Este árbol respiraba dulzura. Los indios lo llamaban el árbol bueno de la ceiba.

Canek dijo:

—Todos los seres, por el hecho mismo de serlo, tienen atributos, expresiones de su esencialidad, voces que revelan su origen y condición. El atributo de los seres no es un adorno ni una cualidad que viene de fuera al acaso. El atributo es como la emancipación del agua que hierve: es agua y no es agua. Así el atributo del mar es el orgullo; el atributo del sol, la autoridad; el atributo del hombre, cuando es hombre, la dignidad; cuando no es hombre, la bestialidad.

Canek dijo:

—Nunca te enorgullezcas de los frutos de tu inteligencia. Solo eres dueño del esfuerzo que pusiste en su cultivo; de lo que logra, nada más eres un espectador. La inteligencia es como una flecha: una vez que se aleja del arco ya no la gobierna nadie. Su vuelo depende de tu fuerza pero también del viento y, ¿por qué no decirlo?, del destino que camina detrás de ella.

Canek dijo:

—Dicen que el cuerpo es como el armario donde se guarda el alma. Está bien. Sin embargo, a veces,
el alma es tan grande, que el cuerpo, como grano de anís, se guarda en el alma.

Canek dijo:

—Nunca tengas miedo de tus lágrimas. Ningún cobarde llora. Solo los hombres lloran. Además, hijo, las lágrimas siempre caen de rodillas.

Canek dijo:

—En la fe el espíritu descansa; en la razón vive; en el amor goza; solo en el dolor adquiere conciencia.

Canek dijo:

—¿Qué edad tienes?

El indio contestó:

—Cuando nací no había pasado la langosta.

Canek volvió a preguntar:

—¿Cuándo pasó la langosta?

El indio contestó:

—Después de que nací.

Canek dijo:

—Zamná se durmió sobre una rosa; Kukulkan se deshizo, como una nube, en el horizonte. El nombre de Zamná lo dice la luna; el de Kukulkan lo dice el sol.

Canek dijo:

—Zamná representa el agua; Kukulkan, el viento. Zamná tiene entraña de madre; Kukulkan osadía
de padre. Zamná juntó con sus manos el regazo de la tierra; Kukulkan sembró en ella las semillas.

Canek dijo:

—Dame tu mano, métela en este LEC y dime qué sientes.

El indio contestó:

—Frío.
—Es que tocaste la espalda del profeta.

Otra vez Canek dijo:

—¿Qué sientes?

El indio contestó:

—Caliente.
—Es que tocaste el pecho del profeta.

Y cuando Canek se iba, los hombres se quedaban con la lumbre del espíritu que fue, encendida en
sus pupilas.

Canek dijo:

—¿Y para qué quieren la libertad si no saben ser libres? La libertad no es gracia que se recibe ni derecho que se conquista. La libertad es un estado del espíritu. Cuando se ha creado, entonces se es libre aunque se carezca de libertad. Los hierros y las cárceles no impiden que un hombre sea libre, al contrario: hacen que lo sea más en la entraña de su ser. La libertad del hombre no es como la libertad de los pájaros. La libertad de los pájaros se satisface en el vaivén de una rama; la libertad del hombre se cumple en su conciencia.

Canek dijo:

—Y no faltará enemigo que me oiga y viéndome despellejado piense que mis palabras son cosa de loco o de hombre que copia razones caídas. Al tal diré que no sabe conocer el espíritu de esta tierra que mucho tiene aprendido de los astros y mucho más olvidado de los hombres. Y le diré también un verso viejo que cierto día oí decir a mi padrino: no vale el azor menos porque en vil nido siga; ni los ejemplos buenos porque judío los diga.


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Canek - Ermilio Abreu Gómez - La injusticia (capítulo 4)

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Canek - Ermilio Abreu Gómez - La Intimidad (capítulo 2)

Viene de Canek - Ermilio Abreu Gómez - Los personajes (capítulo 1)


La intimidad


Y sucedió que incontables gracias
nacieron de una piedra de gracia.
DEL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS MAYA



La tía Charo y el niño Guy comen junto a la campana de la cocina. La cocina está llena de humo claro. Comen despacio y casi no hablan. Las tazas de caldo y de chocolate despiden un acre y dulce olor sazonado: como de clavo y almendras quemadas. La tía Charo, sin levantar los ojos, rezongó:

—De veras que eres tonto. Prefieres las verduras a la carne de venado.

Desde afuera uno de los venaditos del corral, un venadito domesticado, miraba la escena con los ojos húmedos. Canek y Exa acariciaban la testuz moza, casi niña, del venadito.

La tía Charo insistió:

—De veras que eres tonto, tonto. 

La tía Charo dijo a Canek:

—Jacinto, busca a Guy. Hace media hora que fue a la TROJE por un poco de maíz. 
—Aquí estoy, tía —contestó Guy.
—De aquí a la troje, muchacho, solo hay diez pasos.
—De día sí; pero de noche, tía, lo menos hay veinte.

La tía Charo se encogió de hombros. Canek subió la mecha del candil.

—Tía Charo —dijo Guy a tiempo de que entraba en la casa—, acabo de ver la XTABAY.
—No digas tonterías, niño. La Xtabay es una ABUSIÓN de los indios.
—La vi en el camino, detrás de la ceiba que está junto a la NORIA. Es como una niña alta, pálida y rubia. Parece encendida por dentro. Sus ojos son claros, como el agua. Su boca parece una granada.

La tía Charo miró hacia la ventana y dio un grito. Canek limpiaba una mancha de sangre que escurría
por el marco de la ventana.

En la hacienda solo la tía Charo y sus invitados beben agua de lluvia, refrescada en tinajas de barro. Los indios beben el agua calcárea de los pozos, cuajada de alimañas.

Bajo el soportal de la casa principal, Canek dormita la siesta. El niño Guy se acerca a él con una jícara, y le dice:

—No tengo sed, Jacinto; bebe.

Canek bebió en silencio aquella aurora desleída. En la oscuridad de la cocina, Guy dijo:

—Tengo miedo, tía.
—Cierra la ventana para que no vengan los animales.
—Es que tengo miedo a los fantasmas, tía.
—Déjala abierta para que salgan.
—Tendré miedo de verlos salir.
—Cierra los ojos.
—Entonces tendré miedo de verlos entrar.
—Jacinto —añadió la tía Charo, dirigiéndose a Canek—, enciende el candil.

Canek y el niño Guy están de buen humor y juegan juegos inocentes. Canek ha hecho, con un pañuelo blanco, un conejito. El conejito mueve las orejas, retoza y se duerme entre las manos. De pronto se incomoda, salta, y se va corriendo y desaparece, feliz, bajo la sombra de los árboles. Guy se queda con sus hermosos ojos verdes abiertos. Se sonríe.

Está de buen humor Jacinto Canek. Al caer la tarde se ha sentado junto a la noria de la hacienda. Lo acompañan los amigos viejos: Domingo Canché, Ramón Balam y el niño Guy. El rumor del agua que camina por los canales lleva perfume de sombra. Sobre el agua se deshacen los azahares de un ARRIETE de limoneros. Canek empieza a hablar:

—¿Quién me dice cuáles son los agujeros por donde gritan las cañas?

Los amigos se rieron.

—¿Quién me dice qué está torcido en tres ramales? 

Los amigos se miraron.

—¿Quién me dice qué significan dos piedras verdes y una cruz alzada?

Los amigos se encogieron de hombros. Canek frunció el ceño y sonriendo les dijo:

—Tontos. Todo es claro: se trata de los agujeros de la flauta; se dice de la iguana y se piensa de los ojos del hombre.

En la hacienda aconteció una casi tragedia que participó de lo doméstico y de lo celeste. La tía Charo quedó medio difunta por la ira que se le metió dentro del cuerpo. Se le encendieron los pellejos de la cara y se le ENGARABITARON las manos. Le dio un soponcio. Guy huyó de ella, temeroso de recibir un castigo que en justicia no merecía. Solo Canek afrontó el peligro y trató de calmarla con más melindres que razones. Guy, fiel intérprete de la fe religiosa de su tía, dio lugar al estropicio.

En mala hora se le ocurrió llevar al granero la estampa de san Bonifacio con la intención de que ejerciera su poder en la plaga de las ratas.

Pero sucedió que las ratas o estaban en rebeldía o pasaban por un período de ateísmo: el caso fue que acabaron hasta con las migajas inocentes de san Bonifacio. Lo royeron de la calva a los pies. De ahí la sagrada ira de tía Charo.

Al fin Canek, mirando de reojo a Guy, se atrevió a explicar el suceso:

—Cálmese, niña Charo, cálmese, porque bien pudiera darse el caso de que la estampa no estuviera bendecida y entonces no solo no ejerció su poder, sino que dio ocasión para que los roedores, advertidos de la impunidad de que podían gozar, tomaran entonces venganza por los males recibidos.

Canek y Guy salieron de caza. Canek llevaba el arco y Guy, las flechas. Se dirigieron a las madrigueras de los conejos. Caminaron por el monte y avanzaron hacia un descampado pedregoso. Las madrigueras estaban ahí. Canek pidió las flechas, y Guy, tímido, con los ojos dulces, como de conejo, mostró el morral vacío. Canek no dijo nada. Regresaron silbando.

Tumbado sobre la tierra, Guy mira pasar las nubes. Hace horas que está ahí, absorto en el viaje de las nubes. Canek lo acompaña y le sonríe con sonrisa buena, como lavada.

—Mira las nubes, Jacinto. Dentro de ellas viven los fantasmas. Cuando los fantasmas duermen, las
nubes son blancas; vuelan despacio para no despertarlos y los mecen y los llevan lejos. Cuando los fantasmas despiertan, las nubes se vuelven grises y se agazapan en el horizonte. Cuando los fantasmas se enfurecen, entonces las nubes se tornan negras, se agrietan y estallan.

Canek preguntó:

—¿Y nunca salen los fantasmas de las nubes?
—Las nubes, Jacinto, son la sombra de los fantasmas.

Canek sonrió con su sonrisa buena, como lavada. Arriba caminaban las nubes blancas. Dormían los fantasmas.

El sol se deslíe en viento de brasa.

—Niño Guy —dijo Canek—, ni una nube. Si no llueve pronto, se perderán las cosechas.

Al día siguiente Guy encendió una hoguera. Con ímpetu soplaba con su boca y con las manos aventaba las columnas de humo que subían.

Canek le preguntó:

—¿Qué haces?
—Nubes, Jacinto, nubes.

Los dos llegaron cojeando: Guy y el perrito más dócil que había nacido en el patio de Canek. Guy tenía una pierna vendada y el perrito una de las paticas delanteras. Los dos caminaban a saltos.

El perrito gruñía —tal vez de dolor— y meneaba la cola —tal vez de agradecimiento.

—Nos caímos, Jacinto.
—Ya lo veo, niño Guy.
—El MALIX se torció una patica. Ya se la compuse.
—¿Y tú?
—Acércate. No se lo digas a nadie. Yo no tengo nada. Me vendé solo para consolarlo.

Junto al brocal del pozo se trenzó la algazara de los peones. Se había roto la soga con que se sacaba agua y el cubo se fue al fondo del pozo. No era posible perderlo; una y otra vez echaron el garabato. Sus ganchos removían el limo, se trababan en los yerbajos, y el cubo no salía. Era un cubo labrado, de madera negra. Lo notaría el amo. Los peones arriaron hasta el fondo a Canek. Su voz se oía velada, como si saliera de las entrañas de la tierra.

Cuando Canek salió dijo:

—Desde el fondo se ven las estrellas.

Guy dijo a Canek:

—Oye, Jacinto, se fue el cubo al fondo del pozo.
—¿Otra vez?
—Yo bajo por ti.
—¿Tú?
—También yo quiero ver las estrellas.

Guy preguntó a Canek:

—¿De dónde viene, Jacinto, el polvo que se pega en las ventanas, en las imágenes, en los libros y en
la tela de los retratos?

Canek contestó:

—Como todo lo de la vida, niño Guy, viene de la tierra.

Guy replicó:

—Te equivocas, Jacinto. El polvo que se pega en las ventanas, en las imágenes, en los libros y en la tela de los retratos, no viene de la tierra. Viene del viento. Es el viento mismo que muere de cansancio y de sed en el rincón de las cosas íntimas.

En las charcas del patio, Guy mira unos barquitos de papel. El viento los empuja. A veces se van lejos, caminan sobre la sombra de los limoneros y desaparecen en la distancia, Guy los mira temblar
sobre el agua. Una hoja ha hecho naufragar uno. A Guy le entran ganas de llorar. Busca a Canek y le dice:

—Se hundió un barco, Jacinto.
—Haremos otro, niño Guy.
—En el que se hundió iba mi sombra.

El niño Guy no pudo entenderse con Patricio, el nieto de Juan José Hoil. Guy hablaba español y Patricio, maya. Ariscos, encogidos, los dos rapaces se internaron en la MILPA. De pronto, una víbora
pasó junto a ellos, y entonces, sin advertirlo, se dieron la mano.

Canek mató a la víbora.

Canek habló a Guy:

—Mira el cielo; cuenta las estrellas.
—No se pueden contar.

Canek volvió a hablar:

—Mira la tierra; cuenta los granos de arena.
—No se pueden contar.

Canek dijo entonces:

—Aunque no se conozca, existe el número de las estrellas y el número de los granos de arena. Pero lo que existe y no se puede contar y se siente aquí dentro, exige una palabra para decirlo. Esta palabra, en este caso, sería inmensidad. Es como una palabra empapada de misterio. Con ella no se necesita contar ni las estrellas ni los granos de arena. Hemos cambiado el conocimiento por la emoción: que es también una manera de penetrar en la verdad de las cosas.

Al caer la tarde, Jacinto Canek y Guy salieron del pueblo. Tomaron el camino antiguo, rumbo a Xihum, donde solían reunirse los señores de la tierra maya. Por instantes se oscurecía el campo. De pronto, apareció el pájaro que guarda los caminos y que los indios llaman PUJUY. Saltaba delante de ellos como si fuera gente de razón y conociera la flaqueza de los hombres.

—En buena hora, niño Guy, nos acompaña el pájaro Pujuy. Hay que seguir adelante; vencer el cansancio, el miedo y el deseo. La traición disfraza sus intenciones. La traición es sueño, curiosidad
y apetito de los caminantes. Abre los ojos, hijo, y sigue al pájaro Pujuy. Él no se equivoca. Su destino es como el nuestro: caminar, caminar para que otros no se pierdan.

Canek dijo:

—Guy, descúbrete y besa la tierra. Debajo de ella está el cuerpo de Juan José Hoil. Aquí en Chumayel vivió un tiempo. Fue sabio en las artes de la escritura. De sus abuelos heredó experiencias y noticias de la historia. Todo lo escribió en un libro que está guardado, con aldaba de hierro, en cofre de JABÍN. Un día podrás leerlo y conocerás el secreto de sus palabras. Serás cauto con su declaración
porque todo lo dijo en alegorías, temeroso de los blancos. Así hemos tenido que guardar nuestro espíritu para que no lo destruyan los que han dejado que la avaricia enturbie sus ojos.

En otro lugar Canek se arrodilló y besó la tierra.

Guy le preguntó:

—¿Por qué haces eso?

Canek contestó:

—Aquí estaba enterrado Lorenzo Comén, que murió acosado por la crueldad de los blancos. Sobre su tumba, en el silencio de la noche, se oye el trueno de su voz.

Guy dijo:

—Yo no lo oigo.

Canek añadió:

—Porque eres bueno.

Anochecía en la milpa. Guy se detuvo y dijo:

—¿Oíste?
—Es el pájaro Pis —contestó Canek—. Su voz es igual a su nombre. Dicen que el pájaro Pis hizo el silencio. Dicen que lo hizo con su voz. También dicen que cuando ve que es mucho lo deshace con su voz. Y después, inquieto, lo vuelve a hacer. Lo vuelve a hacer con su voz. Y así siempre.

Han pasado los días y ni Canek ni la tía Micaela saben quién es ni de dónde viene Exa; pero ya la quieren como se quieren esas tortolitas que llegan y, mansas como manojos de brisa, se duermen
entre la sombra de los árboles.

—Si no comes esta tortilla, no te llevo donde están mis conejos.
—¿Cuántos son?

Guy le mostró una mano abierta. Exa empezó a comer, pero con disimulo entre su falda guardó cinco pedazos.

Bajo la noche poblada de luceros, junto a los maizales, se han recostado en silencio, Guy y Exa.

Guy mira el cielo y dice:

—Exa, estoy bañándome en la sombra.

Exa mira los ojos de Guy y dice:

—Guy, estoy contando las estrellas.

Canek sonreía sin mirarla.

Guy quiso guardar entre las manos los colores del iris. En la sombra los colores desaparecían. 

—Jacinto —dijo a Canek—, le prometí a Exa un regalo. Pero me parece que es un regalo imposible.
—Nada es imposible, niño Guy, cuando el corazón es limpio.

Guy volvió a mirar, bajo el sol, los colores del iris que forma un cristal. Se quedó mirándolos con tanta emoción, que sobre ellos cayeron sus lágrimas. Entre las manos de Guy quedaron prisioneros,
lúcidos, los colores del iris. Exa tuvo su regalo.

Guy levantó los ojos y miró una paloma. Canek preguntó:

—¿Exa?

Guy se limpió una lágrima. Canek preguntó:

—¿Exa?

Canek puso una mano sobre el pecho de Guy.

Guy dijo:

—Exa.

Al volver del patio, el niño Guy preguntó a Canek:

—¿Verdad que no hay frío, Jacinto?
—Anoche sentí frío, niño Guy.
—Pues yo desperté dos veces y sudaba.

Al día siguiente, al volver del corral, volvió a preguntar:

—¿Sentiste frío anoche, Jacinto?
—Más que anoche, niño Guy.
—Pues anoche dormí sin cobijas. Sudé a mares.

Al día siguiente el venadito recién nacido durmió entre las cobijas del niño Guy.

—Porque está llena de la luz de los luceros. Y la luz de los luceros es dulce.

Canek recordó lo que Guy había escrito en la arena: Para que descansen los pies de Exa, es dura la sombra de una rosa.

Canek recordó lo que Guy había escrito en la arena: Mamá, quisiera ser el huésped de tus ojos.

Canek recordó lo que Guy había escrito en la arena: Exa es como aquella niña que dejó quemar sus
manos para que no se apagara la llama que calentaba los pies de su padre.

—¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se convierten en pájaros?
—No sé, niño Guy.
—¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se vuelven flores?
—No sé, niño Guy.
—¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se van al cielo?
—No sé, niño Guy.
—Entonces, Jacinto, ¿dime qué les pasa a los niños que se mueren?
—Los niños que se mueren, niño Guy, despiertan.

Amaneció muerto el niño Guy. Nadie lo vio morir.

Entre los pliegues de su hamaca parecía dormido. Tenía en los labios, pálidos, finísimos, una
leve sonrisa también dormida. Canek, sin hacer ruido, en un rincón lloraba como un niño.

La tía Charo se acercó, lo tocó en el hombro y le dijo:

—Jacinto, si no eres de la familia, ¿por qué lloras?

La muerte de Guy y la desaparición de Exa han entristecido el corazón de Canek. Le brilla una lumbre negra en los ojos. Sentado en el PRETIL de la noria pasa las horas. Junto a él tiene un cayado
que no necesita. A veces se levanta y pasea por la acequia. Es como si ensayara un viaje. A veces habla. Es como si ensayara una oración. A veces alza los brazos. Es como si mandara.


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Canek - Ermilio Abreu Gómez - La doctrina (capítulo 3)

domingo, 18 de septiembre de 2016

Canek - Ermilio Abreu Gómez - Los personajes (capítulo 1)

Kaan Ek (o Jacinto Canek), que en lengua Maya significa serpiente negra, fue un líder maya que falleció con apenas 31 años en 1761. Peleó contra el dominio español y falleció por esa causa. 
Ermilio Abreu Gómez, escritor mexicano nos trae "Canek", un poema en prosa publicado en 1940, y nos cuenta así su historia en 5 capítulos cortitos que subiré en estos siguientes días.
No conocía este autor. Nació en Yucatán, México, en 1894. Además de escritor fue historiador, docente y periodista. Falleció en 1971. 
Este autor mexicano fue otro de los pedidos de un lector del blog. 



Los personajes

Cuando llegaron ya estaban completos los nombres
de los pueblos que no lo tenían y los de los pozos,
sin que se pudiera saber por dónde habían pasado
caminando para ver si era buena la tierra…

DEL LIBRO DE LOS LINAJES MAYAS

Jacinto Canek se levantó antes de que amaneciera.

Por la noche había llovido tanto que el patio de su choza se anegó. Junto al brocal del pozo encontró a un indio. Canek le habló así:

—Ha llovido mucho, hijo, y lloverá otra vez porque esta es la lluvia de GIAIA. Giaia no fue hombre
de esta tierra, sino del Oriente; pero todo lo del Oriente pertenece en espíritu a Yucatán. Lloverá otra vez.

Aún no acababa de hablar Jacinto Canek cuando empezó a llover otra vez.

Se guarecieron debajo de una palma y Canek continuó:

—Has de saber que Giaia tuvo un hijo malo llamado Giaial. Giaial quiso matar a su padre. Los dioses antiguos hablaron al oído de Giaia y le dijeron palabras de venganza. Giaia entonces mató a su hijo Giaial; tomó su cuerpo, lo despedazó y lo guardó dentro de una calabaza, la cual depositó en la falda de un cerro. De vez en vez Giaia la tomaba entre sus manos y lloraba sobre ella llanto de dolor —porque mucho había querido al hijo muerto.Y sucedió un día que al tocar la calabaza vio que de ella salían peces. Tuvo miedo porque no entendió el símbolo de este suceso, y se alejó de aquel paraje. Entonces fueron al lugar cuatro hermanos, que eran huérfanos, y quisieron comer de aquellos peces. Quiso el destino que llegara a tiempo Giaia. Los hermanos huyeron y dejaron caer en la tierra la calabaza; y de sus pedazos brotaron torrentes de agua. Fue tanta que toda la comarca, en muchas leguas a la redonda, se inundó. Sobre aquellas aguas vinieron las nubes de la lluvia. Y todo fue cubierto, así por el agua de abajo, como por el agua de arriba; menos la tierra en que vivimos y unas islas lejanas que están por donde sale el sol.

Acabó de hablar Jacinto Canek y la lluvia siguió cayendo.

Pobre del niño Guy. Es el sobrino del dueño de la hacienda y nadie lo quiere. Parece tonto. Su familia
lo ha enviado al campo para que se asolee, coma cosas fuertes y se divierta. Esto es lo que dice su familia. En realidad lo han enviado al campo para que no estorbe; es tan flaco, dice tales cosas, se le ocurren tales ideas, piensa en tales simplezas, que su presencia molesta. Sus hermanos han llegado a decir que no es de la familia. Cuando Guy oye esto se le humedecen los ojos, pero entonces no dice nada. En la hacienda estará bien —dijeron sus tías: unas mujeronas altas y secas; las más estiradas de la casa, siempre pendientes de que la consola esté limpia, los candelabros luzcan tersos y las flores tengan agua. Lo trajeron y lo abandonaron. Lleva un mes de soledad. Canek es su amigo; le ha regalado un caracol marino; con él se entretiene horas y horas. Se lo pone en las orejas y se queda absorto, con los ojos grandes, luminosos, húmedos. Su alma se va por los caminos invisibles del viento y del mar. Entonces con sus dedos débiles, en la tierra roja, escribe unas palabras raras que Canek no se atreve a borrar.

Llegó a la hacienda doña Charo, una de las tías de Guy. Llegó remilgosa y asmática. Se pasaba el día tomando té y pastillas de menta. De pronto corrió desalada, en aspas las manos, apechugado el corpiño, arremangada la falda. Se refugió en la sala. Cien veces dijo que no quería ver más indios; y menos a uno que estaba ahí; horrible, enjuto, como piedra rota. Al decir horrible, se cubría la cara; se santiguaba y bisbiseaba:

—Tiene las manos sarmentosas; los ojos hinchados; los pies llagados; la piel agrietada.

Canek le dijo:

—Niña, es que trabaja en los hornos de cal; en los secaderos de tabaco, en las ciénagas y en las salinas.

Ni Canek ni nadie sabe quién es ni de dónde viene Exa. Una mañana apareció correteando entre los cerditos. Tenía la carita llena de tizne, las manos sucias y las piernas delgaduchas y pálidas. Al mediodía se le vio acarrear agua para los bebederos del corral. Hasta esparció en ellos manojos de azahares. Sonreía. Por la tarde, como no tenía qué hacer en el campo, se sentó junto a las indias en la cocina y se puso a desgranar maíz. 

Llenó su delantal de granos amarillos, blancos, negros, morados, azules. Los levantaba entre sus dedos. Sonreía. Por la noche se acurrucó en un rincón de la despensa. Al día siguiente renovó sus tareas; correteó entre los cerditos, acarreó agua y desgranó maíz. Solo hubo una variante: comió una tortilla untada de manteca que le dio Guy.

El padre Matías decía misa por las tardes. Además todas sus misas eran con sermón. En los sermones no hablaba de la liturgia ni de los milagros; prefería explicar en ellos cosas relativas a la injusticia de los hombres. La iglesia donde oficiaba se llenaba de gente; es decir, de indios.

Los ricos se quedaban en casa murmurando. A los que le llamaban la atención por su conducta contestaba:

—Has de saber que para esto tengo permiso del señor obispo.

Las limosnas que recogía para el culto las repartía entre los indios.

A los que le pedían explicaciones por esto, decía:

—Has de saber que el padre Matías le dio permiso al padre Matías para hacer la caridad del mejor modo posible.

Ya anochecido y por un atajo llegaron al pueblo Ramón Balam y Domingo Canché. Escapaban de la matanza que los blancos hacían entre los indios. Balam había recibido un machetazo en la espalda; sangraba. Jacinto Canek les dijo:

—Ya se cumplen las profecías de Nahua Pech, uno de los cinco profetas del tiempo viejo. No se contentarán los blancos con lo suyo, ni con lo que ganaron en la guerra. Querrán también la miseria de nuestra comida y la miseria de nuestra casa. Levantarán su odio contra nosotros y nos obligarán a guarecernos en los montes y en los lugares apartados. Entonces iremos, como las hormigas, detrás de las alimañas y comeremos cosas malas: raíces, granos, cuervos, ratas y langostas del viento. Y la podredumbre de esta comida llenará de rencor nuestros corazones y vendrá la guerra.

En la cocina de la tía Micaela hubo tertulia con motivo de la llegada de las lluvias orientales. Se juntaron cerca del fogón los amigos viejos: Ramón Balam, Domingo Canché, el nieto del difunto Juan José Hoil, Guy y Jacinto Canek. Exa atizaba el fogón donde se cocía el NIXTAMAL. Hablaron poco. La tía Micaela dijo:

—Estas lluvias tempraneras anuncian larga sequía.

Hay que llenar los aljibes y echar en ellos carbones encendidos para que se mueran las sabandijas del aire.

Después se levantó y deslió en unas jícaras bollos de POZOLE endulzado con miel. Llovía, y el agua
a borbotones iba por las ACEQUIAS del patio.


sábado, 17 de septiembre de 2016

El alma de Laploshka - Saki

Hoy, un poco de humor negro de la mano de Saki. Así, sigo cumpliendo el pedido de uno de mis lectores. Espero que sea de su agrado.
"El alma de Laploshka" fue publicado por primera vez en 1910 en The Westminster Gazette. Esta vez, no he hecho yo la traducción sino que lo tomé de internet. Tengo el original en inglés que pego abajo por si les interesa



El alma de Laploshka


Laploshka fue uno de los tipos más mezquinos que yo haya conocido, y uno de los más divertidos. Decía cosas horribles de la otra gente, con tal encanto que uno le perdonaba las cosas igualmente horribles que decía de uno por detrás. Puesto que odiamos caer en nada que huela a maledicencia, agradecemos siempre a quienes lo hacen por nosotros y lo hacen bien. Y Laploshka lo hacía de veras bien.

Naturalmente, Laploshka tenía un vasto círculo de amistades; y como ponía cierto esmero en seleccionarlas, resultaba que gran parte de ellas eran personas cuyos balances bancarios les permitían aceptar con indulgencia sus criterios, bastante unilaterales, sobre la hospitalidad. Así, aunque era hombre de escasos recursos, se las arreglaba para vivir cómodamente de acuerdo a sus ingresos, y aún más cómodamente de acuerdo a los de diversos compañeros de carácter tolerante.

Pero con los pobres o los de estrechos fondos como él, su actitud era de ansiosa vigilancia. Parecía acosarlo el constante temor de que la más mínima fracción de un chelín o un franco, o cualquiera que fuera la moneda de turno, extraviara el camino de su bolso o provecho y cayera en el de algún compañero de apuros. De buen grado ofrecía un cigarro de dos francos a un rico protector, bajo el precepto de obrar mal para lograr el bien; pero me consta que prefería entregarse al paroxismo del perjurio antes que declararse en culpable posesión de un céntimo cuando hacía falta dinero suelto para dar propina a un camarero. La moneda le habría sido debidamente restituida a la primera oportunidad -él habría tomado medidas preventivas contra el olvido de parte del prestatario-, pero a veces ocurrían accidentes, e incluso una separación temporal de su penique o sou era una calamidad que debía evitarse.

El conocimiento de esta amable debilidad daba pie a la perpetua tentación de jugar con el miedo que Laploshka tenía de cometer un acto de largueza involuntaria. Ofrecerse a llevarlo en un coche de alquiler y fingir no tener dinero suficiente para pagar la tarifa, o confundirlo pidiéndole prestados seis peniques cuando tenía la mano llena de monedas de vuelta, eran algunos de los menudos tormentos que sugería el ingenio cuando se presentaba la ocasión. Para hacer justicia a la habilidad de Laploshka, hay que admitir que, de una forma u otra, solucionaba los dilemas más embarazosos sin comprometer en absoluto su reputación de decir siempre "No". Pero, tarde o temprano, los dioses brindan una ocasión a la mayoría de los hombres, y la mía me llegó una noche en que Laploshka y yo cenábamos juntos en un barato restaurante de bulevar. (A no ser que estuviera expresamente convidado por alguien de renta intachable, Laploshka acostumbraba refrenar su apetito por la vida lujosa; y sólo en tan felices ocasiones le daba rienda suelta). Al final de la cena recibí aviso de que se requería mi presencia con cierta premura y, sin hacer caso a las agitadas protestas de mi compañero, alcancé a gritarle, con sevicia: "¡Paga lo mío; mañana arreglaremos!" Temprano en la mañana, Laploshka me atrapó por instinto mientras yo caminaba por una callejuela que casi nunca frecuentaba. Tenía cara de no haber dormido.

-Me debes los dos francos de anoche -fue su saludo jadeante.

Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.

-Me temo que quedaré debiéndotelos -le dije, con tanta ligereza como brutalidad-. No tengo ni un centavo.

Y añadí, falsamente:

-Me marcho por seis meses, si no más.

Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. "Ataque al corazón", dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que había muerto de aflicción.

Surgió el problema de qué hacer con sus dos francos. Una cosa era haber matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habría sido muestra de una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La solución usual de dárselo a los pobres de ningún modo se habría acomodado a la presente situación, ya que nada habría afligido más al difunto que semejante malbaratamiento de sus posesiones. Por otra parte, la donación de dos francos a los ricos era una operación que requería cierto tacto. No obstante, una manera fácil para salir de apuros pareció presentarse al domingo siguiente, estando yo apiñado entre la multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las más populares iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para "los pobres de Monsieur le Curé", bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a través de la aparentemente impenetrable marejada humana; y un alemán que había frente a mí y que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribución le estropeara el disfrute de la sublime música, expresaba en voz alta a un compañero sus críticas sobre la validez de dicha caridad.

-No necesitan el dinero -dijo-; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

Si en realidad eso era cierto, mi camino se hallaba despejado. Dejé caer los dos francos de Laploshka en el bolso y musité una bendición para los ricos de Monsieur le Curé.

Al cabo de unas tres semanas el azar me había llevado a Viena, en donde me deleitaba yo una noche en una modesta pero excelente Gasthaus en el barrio de Wäringer. El decorado era algo primitivo, pero las chuletas de ternera, la cerveza y el queso eran inmejorables. La buena mesa traía buena clientela y, a excepción de una mesita junto a la puerta, todos los puestos estaban ocupados. A mitad de la cena miré por casualidad en dirección de la mesa vacía y descubrí que ya no lo estaba. La ocupaba Laploshka, que estudiaba el menú con el absorto escrutinio del que busca lo más barato de lo más barato. Reparó en mí una sola vez, abarcó de un vistazo mi convite como si quisiera decir: "Te estás comiendo mis dos francos", y desvió rápidamente la mirada. Evidentemente, los pobres de Monsieur le Curé eran pobres auténticos. Las chuletas se me volvieron de cuero en la boca, la cerveza se me hizo insulsa; no toqué el Emmenthaler. Sólo se me ocurrió alejarme del recinto, alejarme de la mesa donde eso estaba sentado; y al huir sentí la mirada de reproche que Laploshka dirigió a la suma que le di al piccolo... sacada de sus dos francos. Al día siguiente almorcé en un costoso restaurante, en donde estaba seguro de que el Laploshka vivo jamás habría entrado por cuenta propia. Tenía la esperanza de que el Laploshka muerto observara las mismas restricciones. No me equivoqué; pero al salir lo encontré leyendo con rostro miserable el menú pegado en el portón. Y luego echó a andar lentamente hacia una lechería. Por vez primera fui incapaz de experimentar la alegría y encanto de la vida vienesa.

De allí en adelante, en París, en Londres o dondequiera que estuviese, seguí viendo con frecuencia a Laploshka. Si estaba sentado en el palco de un teatro, tenía la permanente sensación de que me echaba vistazos furtivos desde un oscuro rincón de la galería. Al entrar a mi club en una tarde de lluvia, lo alcanzaba a ver precariamente guarecido en un portal de enfrente. Incluso si me daba el modesto lujo de alquilar una silla en el parque, él por lo general me confrontaba desde uno de los bancos públicos, sin fijar nunca en mí la vista pero en actitud de estar siempre al tanto de mi presencia. Mis amigos empezaron a comentar lo desmejorado de mi aspecto y me aconsejaron olvidarme de montones de cosas. A mí me hubiera gustado olvidar a Laploshka.

Cierto domingo -probablemente de Resurrección, pues el hacinamiento era peor que nunca- me encontraba otra vez apiñado entre la multitud que escuchaba la música en la iglesia parisina de moda, y otra vez el bolso de limosnas se abría paso a través de la marejada humana. Detrás de mí había una dama inglesa que en vano trataba de hacer llegar una moneda al apartado bolso, de modo que tomé la moneda a petición suya y le ayudé a alcanzar su destino. Era una pieza de dos francos. Se me ocurrió de pronto una idea brillante: dejé caer sólo mi sou en el bolso y deslicé la moneda de plata en mi bolsillo. Les quité así los dos francos de Laploshka a los pobres, que nunca debieron haber recibido ese legado. Mientras retrocedía para alejarme de la multitud, oí una voz femenina que decía: "No creo que haya puesto mi dinero en el bolso. ¡París está repleto de gente así!". Pero salí con la conciencia más liviana que había tenido en mucho tiempo. Todavía quedaba por delante la delicada misión de donar la suma recuperada a los ricos que la merecían. Otra vez puse mi confianza en la inspiración del momento y otra vez el destino me sonrió.

Un aguacero me obligó, dos días después, a refugiarme en una de las iglesias históricas de la orilla izquierda del Sena, en donde me encontré, dedicado a escudriñar las viejas tallas de madera, al barón R., uno de los hombres más ricos y más zarrapastrosos de París. O era ahora, o nunca. Dándole un fuerte acento americano al francés que yo solía hablar con inconfundible acento británico, interrogué al barón sobre la fecha de construcción de la iglesia, las dimensiones y demás pormenores que con seguridad desearía conocer un turista americano. Tras recibir la información que el barón estuvo en condiciones de suministrar sin previo aviso, con toda seriedad le puse la moneda de dos francos en la mano y, afirmándole cordialmente que era pour vous, di media vuelta y me marché. El barón se quedó un poco desconcertado, pero aceptó la situación de buen talante. Caminó hasta una cajita adosada a la pared y echó por la ranura los dos francos de Laploshka. Encima de la caja había un letrero: Pour les pauvres de M. le Curé. Aquella noche, en el hervidero de la esquina del Café de la Paix, avisté fugazmente a Laploshka. Me sonrió, alzó un poco el sombrero y se esfumó. No volví a verlo nunca. Después de todo, el dinero había sido donado a los ricos que lo merecían, y el alma de Laploshka descansaba en paz.





The Soul of Laploshka

Laploshka was one of the meanest men I have ever met, and quite one of the most entertaining. He said horrid things about other people in such a charming way that one forgave him for the equally horrid things he said about oneself behind one's back. Hating anything in the way of ill-natured gossip ourselves, we are always grateful to those who do it for us and do it well. And Laploshka did it really well.

Naturally Laploshka had a large circle of acquaintances, and as he exercised some care in their selection it followed that an appreciable proportion were men whose bank balances enabled them to acquiesce indulgently in his rather one-sided views on hospitality. Thus, although possessed of only moderate means, he was able to live comfortably within his income, and still more comfortably within those of various tolerantly disposed associates.

But towards the poor or to those of the same limited resources as himself his attitude was one of watchful anxiety; he seemed to be haunted by a besetting fear lest some fraction of a shilling or franc, or whatever the prevailing coinage might be, should be diverted from his pocket or service into that of a hard-up companion. A two-franc cigar would be cheerfully offered to a wealthy patron, on the principle of doing evil that good may come, but I have known him indulge in agonies of perjury rather than admit the incriminating possession of a copper coin when change was needed to tip a waiter. The coin would have been duly returned at the earliest opportunity--he would have taken means to insure against forgetfulness on the part of the borrower--but accidents might happen, and even the temporary estrangement from his penny or sou was a calamity to be avoided.

The knowledge of this amiable weakness offered a perpetual temptation to play upon Laploshka's fears of involuntary generosity. To offer him a lift in a cab and pretend not to have enough money to pay the fair, to fluster him with a request for a sixpence when his hand was full of silver just received in change, these were a few of the petty torments that ingenuity prompted as occasion afforded. To do justice to Laploshka's resourcefulness it must be admitted that he always emerged somehow or other from the most embarrassing dilemma without in any way compromising his reputation for saying "No." But the gods send opportunities at some time to most men, and mine came one evening when Laploshka and I were supping together in a cheap boulevard restaurant. (Except when he was the bidden guest of some one with an irreproachable income, Laploshka was wont to curb his appetite for high living; on such fortunate occasions he let it go on an easy snaffle.) At the conclusion of the meal a somewhat urgent message called me away, and without heeding my companion's agitated protest, I called back cruelly, "Pay my share; I'll settle with you to-morrow." Early on the morrow Laploshka hunted me down by instinct as I walked along a side street that I hardly ever frequented. He had the air of a man who had not slept.

"You owe me two francs from last night," was his breathless greeting.

I spoke evasively of the situation in Portugal, where more trouble seemed brewing. But Laploshka listened with the abstraction of the deaf adder, and quickly returned to the subject of the two francs.

"I'm afraid I must owe it to you," I said lightly and brutally. "I haven't a sou in the world," and I added mendaciously, "I'm going away for six months or perhaps longer."

Laploshka said nothing, but his eyes bulged a little and his cheeks took on the mottled hues of an ethnographical map of the Balkan Peninsula. That same day, at sundown, he died. "Failure of the heart's action," was the doctor's verdict; but I, who knew better, knew that he died of grief.

There arose the problem of what to do with his two francs. To have killed Laploshka was one thing; to have kept his beloved money would have argued a callousness of feeling of which I am not capable. The ordinary solution, of giving it to the poor, would by no means fit the present situation, for nothing would have distressed the dead man more than such a misuse of his property. On the other hand, the bestowal of two francs on the rich was an operation which called for some tact. An easy way out of the difficulty seemed, however, to present itself the following Sunday, as I was wedged into the cosmopolitan crowd which filled the side-aisle of one of the most popular Paris churches. A collecting-bag, for "the poor of Monsieur le Cure," was buffeting its tortuous way across the seemingly impenetrable human sea, and a German in front of me, who evidently did not wish his appreciation of the magnificent music to be marred by a suggestion of payment, made audible criticisms to his companion on the claims of the said charity.

"They do not want money," he said; "they have too much money. They have no poor. They are all pampered."

If that were really the case my way seemed clear. I dropped Laploshka's two francs into the bag with a murmured blessing on the rich of Monsieur le Cure.

Some three weeks later chance had taken me to Vienna, and I sat one evening regaling myself in a humble but excellent little Gasthaus up in the Wahringer quarter. The appointments were primitive, but the Schnitzel, the beer, and the cheese could not have been improved on. Good cheer brought good custom, and with the exception of one small table near the door every place was occupied. Half-way through my meal I happened to glance in the direction of that empty seat, and saw that it was no longer empty. Poring over the bill of fare with the absorbed scrutiny of one who seeks the cheapest among the cheap was Laploshka. Once he looked across at me, with a comprehensive glance at my repast, as though to say, "It is my two francs you are eating," and then looked swiftly away. Evidently the poor of Monsieur le Cure had been genuine poor. The Schnitzel turned to leather in my mouth, the beer seemed tepid; I left the Emmenthaler untasted. My one idea was to get away from the room, away from the table where THAT was seated; and as I fled I felt Laploshka's reproachful eyes watching the amount that I gave to the piccolo--out of his two francs. I lunched next day at an expensive restaurant which I felt sure that the living Laploshka would never have entered on his own account, and I hoped that the dead Laploshka would observe the same barriers. I was not mistaken, but as I came out I found him miserably studying the bill of fare stuck up on the portals. Then he slowly made his way over to a milk-hall. For the first time in my experience I missed the charm and gaiety of Vienna life.

After that, in Paris or London or wherever I happened to be, I continued to see a good deal of Laploshka. If I had a seat in a box at a theatre I was always conscious of his eyes furtively watching me from the dim recesses of the gallery. As I turned into my club on a rainy afternoon I would see him taking inadequate shelter in a doorway opposite. Even if I indulged in the modest luxury of a penny chair in the Park he generally confronted me from one of the free benches, never staring at me, but always elaborately conscious of my presence. My friends began to comment on my changed looks, and advised me to leave off heaps of things. I should have liked to have left off Laploshka.

On a certain Sunday--it was probably Easter, for the crush was worse than ever--I was again wedged into the crowd listening to the music in the fashionable Paris church, and again the collection-bag was buffeting its way across the human sea. An English lady behind me was making ineffectual efforts to convey a coin into the still distant bag, so I took the money at her request and helped it forward to its destination. It was a two-franc piece. A swift inspiration came to me, and I merely dropped my own sou into the bag and slid the silver coin into my pocket. I had withdrawn Laploshka's two francs from the poor, who should never have had the legacy. As I backed away from the crowd I heard a woman's voice say, "I don't believe he put my money in the bag. There are swarms of people in Paris like that!" But my mind was lighter that it had been for a long time.

The delicate mission of bestowing the retrieved sum on the deserving rich still confronted me. Again I trusted to the inspiration of accident, and again fortune favoured me. A shower drove me, two days later, into one of the historic churches on the left bank of the Seine, and there I found, peering at the old wood-carvings, the Baron R., one of the wealthiest and most shabbily dressed men in Paris. It was now or never. Putting a strong American inflection into the French which I usually talked with an unmistakable British accent, I catechised the Baron as to the date of the church's building, its dimensions, and other details which an American tourist would be certain to want to know. Having acquired such information as the Baron was able to impart on short notice, I solemnly placed the two-franc piece in his hand, with the hearty assurance that it was "pour vous," and turned to go. The Baron was slightly taken aback, but accepted the situation with a good grace. Walking over to a small box fixed in the wall, he dropped Laploshka's two francs into the slot. Over the box was the inscription, "Pour les pauvres de M. le Cure."

That evening, at the crowded corner by the Cafe de la Paix, I caught a fleeting glimpse of Laploshka. He smiled, slightly raised his hat, and vanished. I never saw him again. After all, the money had been GIVEN to the deserving rich, and the soul of Laploshka was at peace.