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miércoles, 20 de julio de 2016

Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - El cielo cruel

Viene de Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - Si te olvido, oh Tierra!



EL CIELO CRUEL

No me importa que cruces los mares, que surques seguro el cielo cruel, o que construyas magníficos palacios de ladrillos o metal... 
JAMES ELROY FLECKER, A un poeta de dentro de mil años.
Este cuento lo escribí en 1966, seguramente cuando estaba soñando en el año 2001, idea que en gran parte dominó mi vida desde 1964 hasta 1968. Acabo de releerlo con sentimientos bastante confusos, pues ahora resulta que me parezco bastante a mi «doctor Elwin».
Además, la frase «uno de los más famosos científicos del mundo, y sin duda el lisiado más famoso» puede aplicarse perfectamente al doctor Stephen Hawking, cuya obra se refiere también al campo de la gravitación. En julio de 1988 pasé tres horas en un estudio de televisión de Londres con el doctor Hawking (y vía satélite, con el doctor Sagan). Para mí, aquel encuentro fue una experiencia tanto emocional como intelectual, ya que me habían dicho recientemente que padecía la misma dolencia incurable que el doctor Hawking (ALS, más conocida en Estados Unidos como enfermedad de Lou Gehrig). Así que no podía tener demasiadas esperanzas de ver mucho de los años noventa. Por fortuna (véase el prólogo de En mares de oro) el diagnóstico es ahora menos amenazador; pero tengo un interés más que casual en las sillas de ruedas motorizadas. Y lo que aún sería mejor es que alguien quisiera inventar la «Lewie» descrita en este relato. Incluso antes de que encontrase molesta la locomoción, ya envidiaba el Big Bad Barón flotante de Dune.
No se tomen demasiado en serio mi ataque contra la teoría general de la relatividad; pero quisiera que los escritores que se burlan del principio de equivalencia dejasen bien claro que sólo es cierto para pequeñísimos volúmenes de espacio.
Ahora me siento un poco culpable de eliminar uno de los más raros y bellos animales del mundo. Tal vez habría sido un yeti, a fin de cuentas; éste también puede ser raro, pero, por consenso general, no es ciertamente bello.


A medianoche, la cima del Everest estaba a menos de un kilómetro de distancia; una pirámide de nieve, pálida y espectral a la luz de la luna naciente. El cielo estaba despejado y el viento, que había estado soplando durante días, había bajado casi hasta cero. Desde luego, era raro que el punto más alto de la Tierra estuviese tan tranquilo y en paz: habían elegido bien el tiempo.

Tal vez demasiado bien, pensó George Harper; había sido casi desagradablemente fácil. Su único problema real había consistido en salir del hotel sin ser observados. La dirección no permitía excursiones de medianoche a la montaña no autorizadas; podían producirse accidentes, y esto era malo para el negocio.

Pero el doctor Elwin estaba resuelto a hacerlo de esta manera y tenía muy buenas razones para ello, aunque nunca las mencionaba. La presencia de uno de los más famosos científicos del mundo —y sin duda el lisiado más famoso—, en el hotel Everest en plena temporada turística, había despertado ya mucha expectación. Harper había mitigado la curiosidad insinuando que estaban realizando mediciones de la gravedad, lo cual en parte era cierto. Pero ahora esta parte era pequeñísima.

Cualquiera que hubiese mirado a Jules Elwin, mientras avanzaba resueltamente hacia la altura de nueve mil metros, con veinticinco kilos de equipo sobre la espalda, jamás habría sospechado que sus piernas eran casi inútiles. Había nacido víctima del desastre de la talidomida de 1961, que había dejado a más de diez mil niños parcialmente deformes, desparramados por toda la faz de la Tierra. Elwin fue uno de los afortunados. 

Sus brazos eran completamente normales y se habían fortalecido por el ejercicio, hasta que llegaron a ser mucho más vigorosos que los de la mayoría de los hombres. Las piernas en cambio eran poco más que hueso y piel. Con ayuda de aparatos ortopédicos, podía sostenerse en pie e incluso dar unos pocos pasos inseguros, pero nunca andar de veras.

Y sin embargo, ahora sólo estaba a sesenta metros de la cima del Everest...

Un cartel de viajes había sido el origen de todo aquello hacía más de tres años. George Harper, joven programador de la Sección de Física Aplicada, conocía al doctor Elwin sólo de vista y por su fama. Incluso para los que trabajaban directamente bajo sus órdenes, el brillante director de Investigación de Astrotech era una personalidad algo distante, apartada del común de los hombres tanto por su cuerpo como por su mente. No era apreciado ni aborrecido y, aunque se le admiraba y compadecía, no se le tenía envidia, desde luego.

Harper, que sólo hacía unos pocos meses que había salido de la universidad, dudaba de que el doctor conociese siquiera su existencia, salvo como un nombre en un organigrama. Había otros diez programa-dores en la sección, todos más antiguos que él, y la mayoría de ellos no habían cruzado nunca más de una docena de palabras con el director de Investigación. Cuando a Harper se le pidió que llevara una de las fichas secretas al despacho del doctor Elwin, se imaginó que entraría y saldría de allí sin más que unas pocas palabras de cortesía.

Y a punto estuvo de ocurrir esto. Pero en el preciso momento en que iba a salir, se detuvo en seco ante el magnífico panorama de los picos del Himalaya que cubría la mitad de una pared.

Había sido colocado donde pudiese verlo el doctor Elwin siempre que levantase la mirada de su mesa, y representaba un paisaje que Harper conocía bien, pues lo había fotografiado, como un turista pasmado y algo fatigado, desde la pisoteada nieve de la cumbre del Everest.

Allí estaba la blanca cadena de Kangchenjunga, elevándose entre las nubes, a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia. Aproximadamente en línea con ella, pero mucho más cerca, se hallaban los picos gemelos de Makalu, y más cerca aún, dominando el primer plano, la inmensa mole del Lhotse, el vecino y rival del Everest. Hacia el oeste, vertiéndose en valles tan enormes que su dimensión no podía apreciarse a simple vista, estaban los revueltos ríos de hielo de los glaciares de Khumbu y de Rongbuk. Desde aquella altura, sus arrugas heladas no parecían más grandes que los surcos de un campo arado; pero aquellas ranuras y cicatrices en un hielo duro como el hierro tenían cientos de metros de profundidad.

Harper aún estaba contemplando aquella vista espectacular y evocando viejos recuerdos, cuando de pronto oyó la voz del doctor Elwin detrás de él.

—Parece usted interesado. ¿Ha estado alguna vez allí?
—Sí, doctor. Mis padres me llevaron allí una semana después de graduarme en el instituto. Estuvimos una semana en el hotel y pensamos que tendríamos que marcharnos antes de que aclarase el tiempo. Pero el último día, dejó de soplar el viento, y una veintena de personas subimos a la cumbre. Estuvimos una hora allí, haciéndonos fotos.

El doctor Elwin pareció reflexionar sobre esta información durante bastante rato.

Después dijo, en un tono que había perdido su anterior distanciamiento y que parecía animado.

—Siéntese, señor... Harper. Me gustaría que me contase más cosas. 

Al volver hacia el sillón de delante de la ordenada mesa del director, George Harper se sintió un poco desconcertado. Lo que había hecho no era nada extraordinario; todos los años, miles de personas iban al hotel Everest y aproximadamente una cuarta parte de ellas subían a la cima de la montaña. Un año antes se había hablado mucho del turista diez mil que se había plantado en el techo del mundo. Algunos cínicos habían comentado la extraordinaria coincidencia de que el número 10.000 fuera una estrella de vídeo bastante conocida.

Todo lo que Harper podía explicar al doctor Elwin, éste podía averiguarlo con igual facilidad en una docena de fuentes; por ejemplo, en los folletos para turistas. Sin embargo, ningún joven y ambicioso científico habría perdido la oportunidad de impresionar a un hombre que tanto podía hacer para ayudarle en su carrera. Harper no era una persona fríamente calculadora ni aficionada a la política de oficina, pero sabía distinguir las buenas ocasiones.

—Bueno, doctor —comenzó, hablando despacio al principio, mientras trataba de ordenar sus ideas y recuerdos—, los aviones de reacción te dejan en una pequeña población llamada Namchi, a unos treinta kilómetros de la montaña. Entonces el autobús te lleva por una carretera espectacular hasta el hotel, que domina el glaciar de Khumbu. Está a una altura de cinco mil metros, y hay habitaciones con aire presuri-zado para quienes tengan dificultades respiratorias. Desde luego hay un servicio médico, y la dirección no admite a huéspedes que no estén en buenas condiciones físicas. Tienes que
permanecer al menos dos días en el hotel, bajo una dieta especial, antes de que te permitan subir a mayor altura.

»Desde el hotel no se puede ver la cumbre, porque se está demasiado cerca de la montaña y ésta parece cernerse sobre uno. Pero la vista es fantástica. Se puede contemplar el Lhotse y media docena de picos. Y también puede dar miedo, especialmente de noche. El viento suele aullar en lo alto y el hielo movedizo produce ruidos extraños. Es fácil imaginar que hay monstruos rondando en las montañas... 

»No hay mucho que hacer en el hotel, salvo descansar, observar el panorama y esperar a que los médicos den su autorización para salir. Antiguamente, se solía tardar  semanas en aclimatarse al aire enrarecido; ahora pueden hacer que el recuento sanguíneo suba hasta el nivel adecuado en cuarenta y ocho horas. Aun así, aproximadamente la mitad de los visitantes, y sobre todo los más viejos, deciden que ya han llegado a una altura suficiente.

»Lo que pasa después depende de lo experto que sea uno y de lo que esté dispuesto a pagar. Unos pocos escaladores adiestrados contratan guías y suben a la cima empleando equipo corriente de montañismo. En la actualidad no es muy difícil, y hay refugios en varios puntos estratégicos. La mayoría de estos grupos lo consiguen. Pero el tiempo es siempre un riesgo, y todos los años muere alguien.

»El turista corriente hace la excursión de una manera más sencilla. No se permite aterrizar aviones en el mismo Everest salvo en casos de emergencia, pero hay un pabellón cerca de la cresta de Nuptse y un servicio de helicóptero desde el hotel. Del pabellón a la cima hay sólo cinco kilómetros vía South Col, una escalada fácil para cualquiera que esté en forma y tenga un poco de experiencia en montañismo. Algunos lo hacen sin oxígeno, pero esto no es recomendable. Yo llevé puesta la máscara hasta que llegué a la cima; entonces me la quité y vi que podía respirar sin grandes dificultades.

—¿Utilizó filtros o bombonas de gas?
—Filtros moleculares; ahora son muy seguros y aumentan la concentración de oxígeno en más de un cien por cien. Han facilitado enormemente la escalada a grandes alturas. El gas comprimido ya no lo usa nadie.
—¿Cuánto tiempo se tarda en la ascensión?
—Un día entero. Nosotros salimos antes del amanecer y regresamos después de ponerse el sol. Esto habría sorprendido a los veteranos. Pero desde luego nosotros estábamos descansados cuando partimos y viajamos de prisa. No hay verdaderos problemas en el camino desde el pabellón, y se han tallado escalones en todos los lugares peligrosos. Le aseguro que es fácil para cualquiera que esté en buena forma.

En cuanto hubo repetido estas palabras, Harper lamentó no haberse mordido la lengua. Parecía increíble que hubiese olvidado con quién estaba hablando; pero había recordado con tanta vivacidad la maravilla y la emoción de aquella subida al techo del mundo que por un momento volvió a encontrarse en aquel pico solitario y azotado por el viento. El único lugar de la Tierra adonde nunca podría llegar el doctor Elwin...

Pero el científico no parecía haberlo advertido, o tal vez estaba acostumbrado a las constantes faltas de tacto que ya no lo molestaban. ¿Por qué estaba tan interesado en el Everest?, se preguntó Harper. Probablemente por su misma inaccesibilidad; representaba todo lo que le había sido negado por el accidente de su nacimiento.

Pero ahora, sólo tres años más tarde, George Harper se detuvo a menos de treinta metros de la cima y recogió la cuerda de nailon cuando le alcanzó el doctor. Aunque nada se había dicho al respecto, sabía que el científico deseaba ser el primero en llegar a la cima. Merecía este honor, y el joven no iba a hacer nada para privarle de él.

—¿Todo bien? —preguntó al alcanzarle el doctor Elwin.

La pregunta era completamente innecesaria, pero Harper sintió la apremiante necesidad de desafiar la enorme soledad que ahora les rodeaba. Podían haber sido los únicos hombres en el mundo; en ninguna parte de aquel desierto blanco de picachos había la menor señal de que existiese la raza humana.

Elwin no respondió, pero asintió distraídamente con la cabeza al seguir adelante, con los ojos brillantes fijos en la cima. Caminaba con pasos curiosamente rígidos y sus pies dejaban huellas notablemente superficiales sobre la nieve. Y mientras andaba, se oía un débil pero inconfundible zumbido en la abultada mochila que llevaba sobre la espalda. La verdad es que la mochila lo llevaba a él... o a tres cuartas partes de él. Mientras daba los últimos pasos regulares hacia su antaño imposible meta, el doctor Elwin y todo su equipo pesaban sólo veinticinco kilos. Y si esto todavía era demasiado, sólo tenía que girar un disco y no pesaría absolutamente nada.

Aquí, en el Himalaya bañado por la Luna, estaba el secreto más grande del siglo XXI. En todo el mundo había sólo cinco de estos Levitadores Elwin experimentados, y dos de ellos estaban aquí, en el Everest. 

Aunque Harper los había conocido hacía dos años y comprendía algo de su teoría básica, los «Lewies» (como pronto los bautizaron en el laboratorio) todavía le parecían mágicos. Sus mochilas contenían energía eléctrica suficiente para levantar un peso de cien kilos a una altura de quince kilómetros, lo cual representaba un gran factor de seguridad para esta misión. El ciclo de ascensión y descenso podía repetirse casi indefinidamente, al reaccionar las unidades contra el campo gravitatorio de la Tierra. La batería se descargaba en la subida, y se cargaba de nuevo en la bajada. Como ningún proceso mecánico es completamente eficaz, había una ligera pérdida de energía en cada ciclo, pero éste podía repetirse al menos cien veces antes de que se agotasen las unidades.

Subir a la montaña con la mayor parte de su pese neutralizado había sido una experiencia estimulante. El tirón vertical de la mochila les producía el efecto de estar colgados de unos globos invisibles cuya flotación podía regularse a voluntad. Necesitaban cierta cantidad de peso para obtener tracción sobre el suele y, después de algunos experimentos, habían decidido que fuese de un veinticinco por ciento. 

Resultaba tan fácil subir por una empinada cuesta como caminal normalmente por un terreno llano.

En varias ocasiones habían reducido el peso casi hasta cero para trepar por paredes rocosas verticales. Había sido la experiencia más extraña y requería una fe absoluta en el equipo. Permanecer suspendido en el aire, aparentemente sostenido por una caja de mecanismos electrónicos que zumbaban suavemente, exigía una considerable fuerza de voluntad. Pero despues de unos pocos minutos, la sensación de poder y libertad triunfaba sobre el miedo pues aquí estaba ciertamente la realización de uno de los sueños más antiguos del hombre.

Hacía pocas semanas que un miembro del personal de la biblioteca había encontrado un verso de un poema de principios del siglo XX que describía perfectamente su hazaña: 

«surcar seguros el cielo cruel». Ni siquiera los pájaros habían poseído nunca tanta libertad en la tercera dimensión; ésta era la verdadera conquista del espacio. El levitador abriría al mundo las montañas y los lugares elevados, de la misma manera que en el siglo anterior la escafandra autónoma le había abierto el mar. En cuanto estas unidades hubiesen superado las pruebas y se produjesen en serie y a bajo coste, cambiarían todos los aspectos de la civilización humana. Se revolucionaría el transporte. El viaje espacial no sería más caro que un vuelo ordinario; toda la humanidad se lanzaría al aire. Lo que había sucedido cien años antes con el invento del automóvil habría sido solamente un débil anticipo de los enormes cambios sociales y políticos que se producirían ahora.

Pero Harper estaba seguro de que el doctor Elwin no pensaba en nada de esto en su solitario momento de triunfo. Más tarde recibirían el aplauso del mundo (y tal vez sus maldiciones). Pero no significaría tanto para él como plantarse aquí, en el punto más alto de la Tierra. Era realmente una victoria de la mente sobre la materia, de la pura inteligencia sobre un cuerpo débil y lisiado. Todo lo demás sería secundario.

Cuando Harper se reunió con el científico en la pirámide truncada y cubierta de nieve, se estrecharon la mano con una rigidez bastante formal, pues esto parecía lo adecuado. Pero no dijeron nada; la maravilla de su hazaña y el panorama de picachos que se extendían hasta perderse de vista en todas direcciones, les habían dejado mudos. Harper se relajó, sostenido por su mochila, y siguió lentamente con la mirada el círculo del cielo. Reconoció y repitió mentalmente los nombres de los gigantes que les rodeaban:

Makalu, Lhotse, Baruntse, Cho Oyu, Kangchenjunga... Muchas de aquellas cimas aún no habían sido escaladas. Bueno, los Levies pronto cambiarían esto.

Desde luego, muchos lo desaprobarían. Pero en el siglo XX también había habido montañeros que pensaron que era «trampa» emplear oxígeno. Costaba creer que, incluso después de semanas de aclimatación, algunos hombres hubieran intentado en el pasado alcanzar aquellas cimas sin ayuda artificial. Harper recordó a Mallory e Irvine, cuyos cuerpos yacían sin haber sido descubiertos, tal vez a menos de un kilómetro de este mismo lugar.

El doctor Elwin carraspeó detrás de él.

—En marcha, George —dijo pausadamente, con la voz sofocada por el filtro de oxígeno—. Tenemos que estar de vuelta antes de que empiecen a buscarnos. 

Se despidieron en silencio de todos los que habían estado allí antes que ellos, volvieron la espalda a la cumbre e iniciaron el suave descenso. La noche, que había sido brillantemente clara hasta entonces, se estaba haciendo más oscura: algunas nubes altas pasaban tan rápidamente por delante de la Luna que su luz se apagaba y encendía de tal manera que a veces resultaba difícil ver el camino. A Harper no le gustó el cariz que tomaba el tiempo y empezó a revisar mentalmente sus planes. Tal vez sería mejor dirigirse al refugio del South Col, en vez de tratar de llegar al pabellón. Pero no dijo nada al doctor Elwin para no alarmarle inútilmente.

Ahora estaban pasando por una cresta rocosa, con una oscuridad total a un lado y el débil resplandor de la nieve al otro. Harper no pudo dejar de pensar que sería un lugar terrible si les sorprendía una tormenta.

Apenas había tenido tiempo de concebir esta idea cuando se desencadenó el vendaval. Llegó aullando una ráfaga de aire, como si la montaña hubiese estado acumulando fuerzas para este momento. Nada podían hacer; aunque hubiesen poseído su peso normal, habrían sido levantados de sus pies. En pocos segundos, el viento los lanzó al oscuro vacío.

Era imposible calcular la profundidad de aquel abismo; cuando Harper se obligó a mirar hacia abajo, no pudo ver nada. Aunque el viento parecía transportarlo casi horizontalmente, sabía que debía estar cayendo. Su peso reducido le haría caer a una cuarta parte de la velocidad normal. Pero aun así sería excesiva; si caía mil metros, sería poco consuelo saber que sólo parecerían doscientos cincuenta.

Todavía no había tenido tiempo de sentir miedo (esto vendría más tarde, si sobrevivían) y su principal preocupación, por absurda que parezca, era que el costoso levitador podía estropearse. Se había olvidado completamente de su compañero, pues en esta clase de situación la mente sólo puede pensar en una cosa cada vez. El súbito tirón de la cuerda de nailon le causó extrañeza y alarma. Entonces vio que el doctor Elwin giraba lentamente a su alrededor en el extremo de la cuerda, como un planeta dando vueltas alrededor del sol.

Aquella visión le volvió a la realidad y se puso a pensar en lo que había que hacer. Su parálisis había durado probablemente una fracción de segundo. Gritó, contra el viento: 

—¡Doctor! ¡Utilice el elevador de emergencia!

Mientras hablaba, buscó el cierre de su unidad de control, la abrió y apretó el botón.

La mochila empezó a zumbar inmediatamente como una colmena de abejas irritadas. Sintió que las correas tiraban de su cuerpo como si tratasen de elevarle hacia el cielo, lejos de la muerte invisible que le esperaba allá abajo. La sencilla aritmética del campo gravitatorio de la Tierra apareció en su mente, como escrita con caracteres de fuego. Un kilovatio podía levantar un peso de cien kilos a un metro por segundo, y las mochilas podían convertir energía a un ritmo máximo de diez kilovatios, aunque esto no podía mantenerse durante más de un minuto. Así pues, dada su inicial reducción de peso, se elevaría a una velocidad superior a treinta metros por segundo.

Se produjo un violento tirón en la cuerda cuando quedó tensa. El doctor Elwin había estado lento en pulsar el botón de emergencia, pero al fin también él ascendió. Sería una carrera entre la fuerza de ascensión de sus unidades y el viento que los empujaba hacia la cara helada del Lhotse, que ahora estaba a menos de trescientos metros.

La pared de roca surcada de nieve se alzaba sobre ellos a la luz de la luna como una ola de piedra helada. Era imposible calcular exactamente su velocidad, pero difícilmente podían moverse a menos de ochenta kilómetros por hora. Aunque sobreviviesen al impacto, sufrirían graves lesiones, y aquí las lesiones equivaldrían a la muerte.

Cuando parecía que la colisión era inevitable, la corriente de aire ascendió de pronto hacia el cielo, arrastrándoles con ella. Pasaron a unos tranquilizadores quince metros de la arista rocosa. Parecía un milagro, pero, después del primer instante de alivio, Harper se dio cuenta de que lo que los había salvado había sido simplemente la aerodinámica. El viento había tenido que levantarse para pasar por encima de la montaña; al otro lado, descendería de nuevo. Pero esto ya no importaba, porque el cielo, delante de ellos, estaba vacío.

Ahora se movían suavemente entre las nubes. Aunque su velocidad no se había reducido, había cesado el rugido del viento pues viajaban con él en el vacío. Incluso podían conversar sin esforzarse a través del espacio de diez metros que les separaba.

—¡Doctor Elwin! —gritó Harper—, ¿está usted bien?
—Sí, George —dijo el científico, perfectamente tranquilo—. Y ahora, ¿qué hacemos?
—No debemos elevarnos más. Si seguimos subiendo, no podremos respirar, ni siquiera con los filtros.
—Tienes razón. Tenemos que estabilizarnos.

El fuerte zumbido de las mochilas se redujo a un sonido eléctrico apenas audible cuando cortaron los circuitos de emergencia. Durante unos minutos subieron y bajaron en su cuerda de nailon (primero, uno arriba; después, el otro), hasta que consiguieron ponerse a la misma altura. Cuando por fin se estabilizaron, volaban un poco por debajo de los nueve mil metros. A menos de que fallasen los Lewies (cosa muy posible, después de la sobrecarga), no corrían peligro inmediato.

Los apuros empezarían cuando tratasen de volver a la tierra.

Ningún hombre había visto jamás un amanecer más extraño. Aunque estaban cansados y entumecidos de frío, y tenían irritada la garganta por la sequedad del aire enrarecido, olvidaron todas estas incomodidades al extenderse el primer y débil resplandor a lo largo del mellado horizonte del este. Las estrellas se apagaron una a una; la última en desaparecer, sólo minutos antes de que saliera el sol, fue la más brillante de todas las estaciones espaciales: la Pacífico Número Tres, a treinta y cinco kilómetros por encima de Hawai. Entonces se elevó el sol sobre un mar de picachos sin nombre y amaneció el día en el Himalaya.

Era como observar la salida del sol en la Luna. Al principio sólo las montañas más altas captaron los rayos sesgados, mientras que los valles circundantes permanecían en oscura sombra. Pero la línea de luz fue descendiendo poco a poco por las vertientes rocosas, y una tierra dura y amenazadora fue despertando al nuevo día.

Si se aguzaba la mirada, podían verse señales de vida humana. Había algunos caminos estrechos, finas columnas de humo en pueblos solitarios, destellos de luz de sol en los tejados de monasterios. El mundo estaba despertando allá abajo, completamente ignorante de los dos espectadores situados como por arte de magia a cinco mil metros de su superficie.

El viento debió de cambiar varias veces de dirección durante la noche, y Harper no tenía idea de dónde estaban. No podía reconocer un solo punto de referencia. Podían estar en cualquier parte sobre una franja de ochocientos kilómetros de Nepal y el Tíbet. 

El problema inmediato era elegir un lugar de aterrizaje, y elegirlo pronto, porque estaban derivando rápidamente hacia un revoltijo de picos y glaciares donde difícilmente podrían encontrar ayuda. El viento los llevaba en dirección nordeste, hacia China. Si volaban por encima de las montañas y aterrizaban allí, podían pasar semanas antes de que estableciesen contacto con uno de los Centros contra el Hambre de las Naciones Unidas y encontraran el camino de vuelta. Incluso podían correr algún peligro personal si descendían del cielo en una zona habitada sólo por gente campesina analfabeta y supersticiosa.

—Será mejor que descendamos rápidamente —dijo Harper—. No me gusta el aspecto de aquellas montañas.

Sus palabras parecieron perderse en el vacío que les rodeaba. Aunque el doctor Elwin estaba a sólo tres metros de distancia, cabía imaginar que no podía oír nada de lo que decía. Pero el doctor asintió por fin con la cabeza como prestando de mala gana su conformidad.

—Creo que tienes razón: pero no estoy seguro de que podamos hacerlo con este viento. No olvides que podemos bajar con la misma rapidez con que subimos. 

Era cierto: las mochilas de energía sólo podían cargarse un décimo de su grado de descarga. Si perdían altura y las cargaban de energía gravitatoria demasiado aprisa, las células se calentarían demasiado y probablemente estallarían. Los sorprendidos tibetanos (¿o tal vez nepalíes?) pensarían que un gran meteorito había estallado en el cielo. Y nadie sabría nunca lo que les había ocurrido exactamente al doctor Jules Elwin y a su joven y prometedor ayudante.

A mil quinientos metros sobre el nivel del suelo, Harper empezó a esperar la explosión en cualquier momento. Estaban bajando rápidamente, pero no lo bastante; muy pronto tendrían que desacelerar para no aterrizar con demasiada violencia. Para empeorar las cosas, habían calculado mal la velocidad del aire a nivel del suelo. El viento infernal e imprevisible estaba soplando de nuevo casi con la fuerza de un huracán. Podían ver jirones de nieve, arrancados de las cumbres, ondeando como estandartes fantasmales debajo de ellos. Mientras se habían estado moviendo con el viento, no se habían dado cuenta de su fuerza; ahora debían hacer de nuevo el peligroso paso entre la dura roca y el blando cielo.

La corriente de aire los empujaba hacia la entrada de una garganta. No había posibilidad de elevarse sobre ella. Su situación era comprometida y tendrían que elegir el mejor lugar que pudiesen encontrar para el aterrizaje. 

El cañón se estrechaba peligrosamente. Ahora era poco más que una grieta vertical, y las paredes rocosas se deslizaban junto a ellos a cincuenta o sesenta kilómetros por hora. 

De vez en cuando, los remolinos los empujaban a derecha e izquierda; con frecuencia sólo evitaban la colisión por unos pocos centímetros. En una ocasión en que estaban volando a pocos metros por encima de una cornisa cubierta de una espesa capa de nieve, Harper estuvo tentado de soltar el muelle que desprendería el levitador. Pero esto sería salir del fuego para caer en las brasas: volverían sanos y salvos a tierra firme, para encontrarse atrapados a sabe Dios cuántos kilómetros de toda posibilidad de ayuda. 

Pero incluso en aquel momento de renovado peligro sintió muy poco miedo. Todo aquello era como un sueño emocionante, un sueño del que iba a despertar para encontrarse seguro en su cama. Era imposible que esta fantástica aventura estuviese sucediendo en realidad...

—¡George! —gritó el doctor—. Ahora tenemos la ocasión, si podemos engancharnos en aquella peña.

Sólo disponían de unos segundos para actuar. Empezaron inmediatamente a soltar la cuerda de nailon hasta que pendió en un gran lazo debajo de ellos, con la parte inferior a sólo un metro del suelo. Había una roca grande, de unos cinco metros de altura, exactamente en su trayectoria; más allá, un amplio espacio cubierto de nieve prometía un aterrizaje razonablemente suave.

La cuerda se deslizó sobre la parte baja y curva de la peña; pareció que iba a pasar por encima de ella, pero entonces quedó prendida en un saliente. Harper sintió un fuerte tirón y giró como una piedra en el extremo de una honda.

Nunca hubiera imaginado que la nieve pudiese ser tan dura. Se produjo un breve y brillante estallido de luz, y luego, nada.

Se hallaba de nuevo en la Universidad, en el salón de conferencias. Uno de los profesores estaba hablando, con una voz que le era conocida, pero que por alguna razón no parecía propia del lugar. Soñoliento y con poco entusiasmo, repasó los nombres de los que habían sido sus profesores. No, no era ninguno de ellos. Sin embargo, conocía perfectamente aquella voz, e indudablemente estaba dando una conferencia a alguien.

—...Todavía muy joven cuando me di cuenta de que había algo equivocado en la teoría de la gravitación de Einstein. En particular, parecía haber un fundamento falso en el principio de equivalencia. Según éste, no se podía distinguir entre los efectos producidos por la gravitación y los de la aceleración.

»Pero esto es totalmente falso. Se puede crear una aceleración uniforme; pero un campo gravitatorio uniforme es imposible, ya que obedece a una ley inversa, y por consiguiente puede variar incluso en distancias muy cortas. Pueden aportarse fácilmente otras pruebas para distinguir entre los dos casos, y esto hace que me pregunte si...

Estas palabras, suavemente pronunciadas, no causaron más impresión en la mente de Harper que si hubiesen sido dichas en un idioma extranjero. Se percató vagamente de que hubiese debido comprender todo aquello, pero era demasiado dificultoso tratar de encontrarle el significado. De todos modos, el primer problema era saber dónde estaba.

A menos de que tuviese una grave lesión en los ojos, se hallaba en una oscuridad total.

Pestañeó, y el esfuerzo le produjo un dolor de cabeza tan fuerte que lanzó un grito.

—¡George! ¿Estás bien? 

¡Claro! tenía que haber sido la voz del doctor El-win, hablando suavemente en la oscuridad. Pero hablando, ¿a quién?

—Tengo un dolor de cabeza terrible. Y me duele el costado cuando intento moverme. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está todo tan oscuro?
—Sufriste una conmoción, y creo que te has fracturado una costilla. No hables innecesariamente. Has estado inconsciente todo el día. Ahora vuelve a ser de noche y estamos dentro de la tienda. Estoy economizando baterías.

Cuando el doctor Elwin encendió la linterna, su brillo fue casi cegador, y Harper vio las paredes de la tienda a su alrededor. Era una suerte que hubiesen traído un equipo completo de montañismo para el caso de que se quedaran atrapados en el Everest. Pero tal vez sólo serviría para prolongar su agonía...

Le sorprendió que el lisiado científico hubiese conseguido, sin la menor ayuda, desempaquetar todas sus cosas, montar la tienda y arrastrarlo al interior. Todo estaba perfectamente dispuesto: el botiquín, la latas de conservas, los recipientes de agua, las pequeñas bombonas rojas de gas para el hornillo portátil. Sólo faltaban los voluminosos levitadores; seguramente los había dejado fuera de la tienda para tener más espacio.

—Estaba usted hablando a alguien cuando me desperté —dijo Harper—. ¿O lo he soñado?

Aunque con la luz indirecta que reflejaban las paredes de la tienda le resultaba difícil leer la expresión del semblante del científico, pudo ver que Elwin estaba confuso.

Inmediatamente supo la causa y lamentó haber hecho la pregunta.

El doctor no creía que saliesen vivos de allí. Había estado grabando unas notas, para el caso de que sus cuerpos fuesen descubiertos. Harper se preguntó tristemente si ya habría dictado sus últimas voluntades.

Antes de que Elwin pudiese responder, cambió rápidamente de tema.

—¿Ha llamado al servicio de socorro?
—Lo he estado haciendo cada media hora, pero temo que estemos aislados por las montañas. Yo les oigo, pero ellos no nos reciben.

El doctor Elwin cogió el pequeño transmisor que había descolgado de su sitio habitual en la muñeca, y lo encendió.

—Aquí Socorro Cuatro —dijo una débil voz mecánica—, a la escucha.

Durante la pausa de cinco segundos, Elwin apretó el botón de SOS y esperó.

—Aquí Socorro Cuatro, a la escucha.

Esperaron un minuto, pero no hubo respuesta a su llamada. Harper pensó con tristeza que era demasiado tarde para empezar a culparse mutuamente. 

Mientras estaban volando sobre las montañas, habían discutido varias veces si debían llamar al servicio de socorro general, pero habían decidido no hacerlo, en parte porque no parecía necesario de momento y en parte por la inevitable publicidad que traería consigo. Era fácil ser prudente después del suceso. Pero ¿quién habría pensado que podían aterrizar en uno de los pocos lugares fuera del alcance de los socorristas?

El doctor Elwin apagó el transmisor y el único sonido que se oyó en la pequeña tienda fue el débil gemido del viento a lo largo de las paredes de montañas entre las que se hallaban doblemente atrapados. Sin manera de escapar, sin poder comunicar con nadie.

—No te preocupes —dijo al fin—. Por la mañana pensaremos en cómo salir de aquí. Hasta que amanezca no podemos hacer nada, salvo ponernos cómodos. Así que lo mejor es que tomes un poco de esta sopa caliente.

Algunas horas más tarde, a Harper ya no le molestaba el dolor de cabeza. Aunque sospechaba que realmente tenía rota una costilla, había encontrado una posición en la que se hallaba cómodo mientras no se moviese, y casi se sentía en paz con el mundo. Había pasado por sucesivas fases de desesperación, cólera contra el doctor Elwin y autoinculpación por haberse metido en tan loca aventura. Ahora estaba de nuevo tranquilo, aunque su mente, al buscar maneras de escapar, trabajaba demasiado para que pudiese dormir.

Fuera de la tienda, el viento casi había dejado de soplar y la noche estaba en calma. La oscuridad ya no era completa, pues había salido la Luna. Aunque sus rayos directos no llegarían nunca hasta ellos, tenía que haber luz reflejada por la nieve de las alturas. Harper sólo podía distinguir un vago resplandor en el umbral de la visión, filtrándose a través de las translúcidas paredes de la tienda, que además retenía el calor.

Pensó que lo importante era que no estaban en peligro inmediato. Tenían comida para una semana como mínimo y había mucha nieve que podían fundir para hacerse con agua. Dentro de un día o dos, si su costilla se portaba bien, podrían partir de nuevo, confiaba que esta vez con mejores resultados.

No muy lejos sonó un golpe sordo que lo dejó intrigado, hasta que pensó que sería una masa de nieve que habría caído en alguna parte. La noche estaba tan extraordinariamente tranquila que casi le pareció oír los latidos de su corazón, y la respiración de su compañero dormido le resultaba anormalmente ruidosa.

¡Era curioso cómo se distraía la mente con cosas triviales! Volvió a pensar en el problema de la supervivencia. Aunque él no estuviese en condiciones de moverse, el doctor podía intentar el vuelo solo. Era una de estas situaciones en que un hombre podía tener tantas posibilidades de éxito como dos.

Se oyó otro de aquellos golpes sordos, esta vez algo más fuerte. Era un poco extraño, pensó Harper por un momento, que la nieve se moviese en la calma fría de la noche. 

Confió en que no hubiese peligro de alud; como no había tenido tiempo de ver con claridad su lugar de aterrizaje, no podía calcular el riesgo. Se preguntó si debía despertar al doctor, que sin duda había examinado los alrededores antes de instalar la tienda. Pero cediendo a un sentimiento fatalista, decidió no hacerlo; en el caso de que fuera inminente un alud, no era probable que pudiesen hacer gran cosa para escapar.

Vuelta al problema número uno. Había una solución interesante que valía la pena considerar. Podían sujetar el transmisor a uno de los lewies y hacer que éste se elevase. La señal sería captada en cuanto la unidad saliese del cañón, y el servicio de socorro les encontraría en pocas horas, o como máximo en pocos días.

Esto significaría sacrificar uno de los lewies, y si no daba resultado su situación sería aún más apurada. Pero de todos modos...

¿Qué era aquello? No parecía el golpeteo suave de la nieve al caer. Era un débil pero inconfundible «clic», como de un guijarro chocando contra otro. Los guijarros no se mueven solos.

Harper pensó que estaba fantaseando. La idea de que alguien o algo anduviese por un alto puerto del Himalaya en mitad de la noche era absolutamente ridícula. Pero de pronto se le quedó seca la garganta y sintió que se le ponía la piel de gallina. Había oído algo y ahora ya no podía negarlo.

La respiración del doctor era tan ruidosa que resultaba difícil distinguir los sonidos del exterior. ¿Significaba esto que el doctor Elwin, por muy dormido que estuviese, había sido también alertado por su siempre despierto subconsciente? Estaba fantaseando de nuevo...

Oyó el clic de nuevo, tal vez un poco más cerca. Sin duda venía de otra dirección. Era como si algo, que se movía con misterioso pero absoluto silencio, estuviese dando vueltas lentamente alrededor de la tienda.

En ese momento George Harper lamentó sinceramente haber oído hablar del Abominable Hombre de las Nieves. Cierto que sabía poco sobre él, pero este poco aún era demasiado.

Recordó que el Yeti, como le llamaban los nepa-líes, había sido un mito permanente del Himalaya durante más de un siglo. El monstruo peligroso y gigantesco nunca había sido capturado, fotografiado ni siquiera había sido descrito por testigos fidedignos. La mayoría de los occidentales estaban seguros de que era pura fantasía y no se dejaban convencer por la escasez de pruebas de pisadas en la nieve o por trozos de piel conservados en oscuros monasterios. Pero la gente de las montañas opinaban de otra manera. Y Harper temió ahora que tuviesen razón.

Al no ocurrir nada más durante unos cuantos largos segundos, empezó a desvanecerse lentamente su miedo. Tal vez su imaginación sobreexcitada le estaba gastando bromas; dadas las circunstancias, no hubiese sido sorprendente. Con un deliberado y resuelto esfuerzo de voluntad, centró de nuevo sus pensamientos en el problema del rescate. Estaba haciendo buenos progresos cuando algo chocó contra la tienda.

No pudo chillar porque tenía los músculos de la garganta paralizados por el miedo. Era totalmente incapaz de moverse. Entonces oyó que el doctor Elwin empezaba a rebullir, soñoliento, en la oscuridad.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó el científico—. ¿Estás bien?

Harper sintió que su compañero se volvía y pensó que estaba buscando a tientas la linterna. Quiso decir: «¡Por el amor de Dios, estése quieto!», pero ninguna palabra pudo salir de sus resecos labios. Se oyó un chasquido, y el rayo de luz de la linterna formó un círculo brillante en la pared de la tienda. La pared estaba ahora combada hacia ellos, como si un peso pesado se apoyase en ella. Y en el centro de la comba había una huella totalmente inconfundible: la de una mano deformada o de una garra. Estaba sólo a medio metro del suelo; fuese lo que fuere aquello, parecía estar arrodillado, como si palpase la tela de la tienda.

La luz debió molestarlo pues la huella desapareció en el acto, y la pared de la tienda quedó de nueva plana. Se oyó un ronco gruñido y después un prolongado silencio. Harper se dio cuenta de que había recobrado la respiración. Había esperado que se rasgase la tienda y que algo espantoso e inconcebible se precipitase sobre ellos. Pero sólo se oyó el débil y lejano gemido de una ráfaga de viento en las altas montañas. Sintió que temblaba sin poderse dominar, y esto nada tenía que ver con la temperatura pues se estaba cómodamente caliente en su pequeño mundo aislado.

Entonces se oyó un sonido familiar. Fue el ruido metálico de una lata vacía al golpear una piedra, y esto disminuyó la tensión. Harper fue capaz de hablar por primera vez, o al menos de murmurar:

—Ha encontrado las latas de comida. Tal vez ahora se marchará.

Casi como respondiendo a sus palabras, se oyó un gruñido grave que parecía expresar enojo y contrariedad; después, el sonido de un golpe y de latas que rodaban en la oscuridad. Harper recordó de pronto que toda la comida estaba dentro de la tienda y que los envases vacíos habían sido arrojados al exterior. No era una idea muy esperanzadora. Lamentó no haber hecho como los supersticiosos de las tribus, que dejaban ofrendas a los dioses o demonios que las montañas podían conjurar.

Lo que sucedió después fue tan repentino, tan inesperado, que acabó antes de que tuviese tiempo de reaccionar. Se oyó un ruido fuerte, como de algo que fuese lanzado contra una roca; después, un zumbido eléctrico familiar y a continuación un gruñido de sobresalto. Y por fin, un espantoso alarido de rabia, y de frustración que se convirtió rápidamente en un grito de puro terror y que empezó a extinguirse hacia lo alto, en el cielo vacío.

Aquel sonido despertó el único recuerdo adecuado en la memoria de Harper. Una vez había visto una película de principios del siglo XX sobre la historia de la aviación, con una escena terrible que mostraba el lanzamiento de un dirigible. Algunos miembros del personal de tierra se habían agarrado unos segundos de más a las cuerdas de amarre y la aeronave los había arrastrado hacia el cielo, balanceándose impotentes debajo de ella. Entonces se habían ido soltando y habían caído contra el suelo.

Harper esperó oír un golpe lejano, pero no se produjo. Entonces observó que el doctor repetía una y otra vez:

—Dejé atadas las dos unidades. Dejé atadas las dos unidades.

Todavía estaba demasiado impresionado para que aquella información le preocupase. Lo único que sentía era la admirable contrariedad del científico.

Ahora nunca sabría qué había estado merodeando alrededor de su tienda en las horas de soledad que precedieron a la aurora.

Uno de los helicópteros de socorro en la montaña, pilotado por un sikh escéptico, que todavía se preguntaba si todo aquello no era más que una broma pesada, descendió en el cañón muy avanzada la tarde. Cuando la máquina hubo aterrizado entre un remolino de nieve, el doctor Elwin agitó frenéticamente un brazo, apoyándose con el otro en un palo de la tienda.

Al reconocer al lisiado científico, el piloto del helicóptero experimentó una sensación de temor casi supersticioso. Resultaba que el informe debía ser verdad; no había otra manera en que Elwin hubiese podido llegar a este lugar. Y esto significaba que todo lo que volaba en y encima de los cielos de la Tierra era, desde este momento, tan anticuado como una carreta de bueyes.

—Gracias a Dios que nos ha encontrado —dijo el doctor, con sincera gratitud—. ¿Cómo ha podido venir hasta aquí con tanta rapidez?
—Puede dar gracias a las redes de localización por radar y a los telescopios de la estación meteorológica en órbita. Habíamos estado antes aquí, pero al principio pensamos que todo era un bromazo.
—No comprendo.
—¿Qué habría dicho usted, doctor, si alguien le hubiese contado que un leopardo de las nieves del Himalaya, completamente muerto y enredado en una maraña de correas y de cajas había sido visto manteniéndose en el aire a una altitud de treinta mil metros?

Dentro de la tienda, George Harper se echó a reír a pesar del dolor que esto le causaba. El doctor asomó la cabeza por la abertura de la lona y preguntó ansiosamente:

—¿Qué te pasa?
—Nada... Pero me estaba preguntando qué vamos a hacer para bajar a esa pobre bestia antes de que sea una amenaza para la navegación aérea. 
—Bueno, alguien tendrá que elevarse con otro lewy y apretar los botones. Tal vez deberíamos tener un control de radio en todas las unidades...

La voz del doctor Elwin se extinguió a media frase. Estaba ya muy lejos, perdido en sueños que cambiarían la faz de muchos mundos.

Dentro de poco bajaría de las montañas, trayendo como un nuevo Moisés las leyes de una nueva civilización. Estas leyes devolverían a toda la humanidad la libertad que había perdido hacía tanto tiempo, cuando los primeros anfibios abandonaron su ingrávido hogar debajo de las olas.

La batalla de mil millones de años contra la fuerza de la gravedad había terminado.



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miércoles, 13 de julio de 2016

Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - Si te olvido, oh Tierra!

Viene de Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - En las profundidades



«SI TE OLVIDO, OH TIERRA...»


Este cuento, que ha sido publicado muchas veces, lo escribí en la Navidad de 1951. En otra Navidad, diecisiete años más tarde, los tripulantes del Apolo 8 fueron los primeros hombres que vieron salir la Tierra desde la Luna.
Esperemos que nadie contemple jamás una salida de la Tierra como la que vio el niño de este cuento admonitorio.

Cuando Marvin tenía diez años, su padre le condujo por los largos y resonantes corredores que subían a través de Administración y Fuerza, hasta que al fin llegaron a los niveles superiores y se encontraron entre la vegetación de las Tierras de Labrantío, que crecía rápidamente. A Marvin le gustaba observar las grandes y esbeltas plantas que ascendían con impaciencia casi visible hacia la luz del sol que se filtraba a través de las cúpulas de plástico para salir a su encuentro. Flotaba en todas partes un olor a vida, despertando anhelos indecibles en su corazón; ya no respiraba el aire seco y fresco de los niveles residenciales, donde sólo se percibía un débil olor a ozono. Quiso quedarse un rato allí, pero su padre no se lo permitió. Siguieron adelante hasta llegar a la entrada del Observatorio, que Marvin nunca había visitado. Pero no se detuvieron, y el chico comprendió, con creciente excitación, que sólo quedaba un objetivo. Por primera vez en su vida, iba a salir al Exterior.

En la gran cámara de servicio había una docena de vehículos de superficie, con anchos neumáticos y cabinas presurizadas. Sin duda estaban esperando a su padre, pues los condujeron inmediatamente al pequeño coche todo terreno que esperaba junto a la gran puerta circular de la cámara estanca. Tenso de expectación, Marvin se acomodó en la pequeña cabina mientras su padre ponía el motor en marcha y comprobaba los controles. Se abrió la puerta interior de la cámara y luego se cerró tras ellos; el muchacho oyó desvanecerse lentamente el zumbido de las grandes bombas de aire al bajar a cero la presión. Entonces se encendió la señal de «Vacío», se abrió la puerta exterior y, delante de Marvin, se extendió un terreno en el que nunca había estado.

Lo había visto en fotografías, desde luego, y lo había observado cien veces en las pantallas de televisión. Pero ahora estaba a todo su alrededor, ardiente bajo los fuertes rayos del sol que se deslizaba despacio en un cielo negro como el azabache. Miró hacia el oeste, resguardándose de aquella luz cegadora, y allí estaban las estrellas, como le habían dicho y él no había creído del todo. Las contempló durante mucho rato, maravillándose de que algo pudiese ser tan brillante y al mismo tiempo tan pequeño. Eran unos puntos de luz intensa y fija, y de pronto recordó unos versos que había leído una vez en uno de los libros de su padre:

Centellea, centellea, estrellita.
Siempre me pregunto qué serás.

Bueno, él sabía lo que eran las estrellas. La persona que se había planteado aquella pregunta debía de ser muy tonta. ¿Y qué quería decir con «centellea»? Se podía ver inmediatamente que todas las estrellas brillaban con la misma luz fija, no centelleante. 

Entonces se desentendió del problema y dirigió su atención al paisaje que le rodeaba. Estaban rodando en una llanura a casi ciento cincuenta kilómetros por hora; los gruesos neumáticos levantaban nubéculas de polvo detrás de ellos. No había señales de la Colonia: en los pocos minutos en que él había estado mirando las estrellas, las cúpulas y torres de radio se habían ocultado detrás del horizonte. Sin embargo, había otros indicios de la presencia del hombre, pues a eso de un kilómetro delante de ellos pudo ver unas estructuras de formas curiosas arracimadas alrededor de la boca de una mina. De vez en cuando salía una nube de vapor de una chimenea baja y se dispersaba al momento.

Dejaron la mina atrás en un instante: padre conducía con una habilidad desenfrenada, como si se tratase de escapar de algo (era extraño que la mente de un niño concibiese semejante idea). En pocos minutos llegaron al borde de la meseta en la que había sido construida la Colonia.

 El suelo descendía bruscamente a sus pies, en una vertiente vertiginosa cuyos trechos más bajos se perdían en la sombra. Al frente, hasta donde podía alcanzar la vista, había un heterogéneo desierto de cráteres, cadenas montañosas y quebradas. Las crestas de las montañas, al recibir la luz del sol próximo al ocaso, ardían como islas de fuego en un mar de oscuridad; y sobre ellos, las estrellas seguían brillando como antes. 

No podían seguir adelante... Pero sí que podían. Marvin cerró los puños al pasar el coche sobre el borde de la pendiente e iniciar el largo descenso. Entonces vio el rastro casi invisible en la falda de la montaña y se tranquilizó un poco. Por lo visto, otros hombres habían pasado antes por allí.

De pronto se hizo de noche cuando cruzaron la línea de sombra, y el sol se ocultó detrás de la meseta. Se encendieron los faros gemelos, proyectando franjas blancoazuladas en la piedra que tenían delante, de manera que apenas era necesario reducir la velocidad. Durante horas rodaron a través de valles y más allá de los pies de montañas cuyos picos parecían tocar las estrellas, y a veces salían momentáneamente a la luz del sol al subir a tierras más altas.

A la derecha, se extendía una llanura rugosa y polvorienta y, a la izquierda, con sus murallas y terrazas elevándose kilómetro tras kilómetro en el cielo, había una cadena de montañas que se desparramaba a lo lejos, hasta que sus picachos se perdían de vista detrás del borde del mundo. No había señales de que el hombre hubiese explorado este terreno, pero en una ocasión pasaron por delante del esqueleto de un cohete que se había estrellado, y a su lado había una lápida rematada por una cruz de metal. 

A Marvin le pareció que las montañas se extendían hasta el infinito; pero al fin, muchas horas más tarde, la cordillera terminó en una imponente y escarpada punta de tierra que se elevaba en fuerte pendiente desde un racimo de pequeñas colinas. Cuando descendían a un valle profundo que describía un gran arco hacia el otro lado de las montañas, Marvin se dio cuenta poco a poco de que algo muy extraño sucedía en la tierra que tenían delante.

El sol estaba ahora detrás de los montes de la derecha: el valle que tenían delante hubiese debido estar envuelto en una oscuridad total. Sin embargo, estaba inundado por una irradiación blanca y fría que pasaba por encima de los riscos bajo los cuales circulaban. Entonces se encontraron de pronto en campo abierto, y la fuente de aquella luz apareció ante ellos en todo su esplendor.

Una vez parados los motores reinó un silencio total en la cabina. El único sonido era el débil susurro de la alimentación de oxígeno y alguna crepitación metálica ocasional, al irradiar calor las paredes exteriores del vehículo; no llegaba ningún calor desde la gran medialuna de plata que flotaba baja sobre el lejano horizonte e inundaba este terreno de una luz perlina. Brillaba tanto que pasaron varios minutos antes de que Marvin pudiese aceptar su desafío y mirarla fijamente; pero al fin pudo discernir siluetas de continentes, la brumosa frontera de la atmósfera y las blancas islas de nubes. E incluso a tanta distancia pudo percibir el resplandor del sol sobre el hielo polar.

Era un bello espectáculo que le conmovió a través del abismo del espacio. Allí, en aquella medialuna, estaban todas las maravillas que nunca había conocido: los matices de los cielos al ponerse el sol, el gemido del mar sobre las costas pedregosas, el repiqueteo de la lluvia, la pausada bendición de la nieve. Estas y otras mil cosas hubiesen debido ser su legítima herencia, pero sólo las conocía por los libros y los relatos antiguos, y esta idea le producía la angustia del exilio.

¿Por qué no podían volver allá? ¡Parecía todo tan tranquilo debajo de aquellas nubes en movimiento! Entonces, con los ojos ya no cegados por el resplandor, vio que la parte del disco que hubiese debido estar a oscuras brillaba débilmente con una fosforescencia maligna; y recordó. Estaba contemplando la pira funeraria de un mundo, la secuela radiactiva de Armagedón. A través de casi medio millón de kilómetros de espacio, todavía era visible el resplandor de los átomos moribundos, perenne recordatorio de un pasado ruinoso. Transcurrirían siglos antes de que aquel resplandor letal se extinguiese en las piedras y la vida pudiese volver a llenar aquel mundo vacío y silencioso.

Y ahora padre empezó a hablar, contando a Marvin la historia que hasta este momento no había significado para él más que los cuentos de hadas escuchados en su infancia. Había muchas cosas que no podía entender: le era imposible imaginarse el esplendoroso y multicolor estilo de vida en el planeta que nunca había visto. Tampoco podía comprender las fuerzas que lo habían destruido al fin, dejando a la Colonia como único superviviente, gracias a su aislamiento. Pero podía compartir la angustia de los días últimos, cuando la Colonia se había convencido al fin de que nunca volverían a llegar naves abastecedoras, entre las estrellas, trayendo regalos desde casa. Una a una, las emisoras de radio habían dejado de llamar; se habían ido extinguiendo en el globo en penumbra, y ellos habían quedado finalmente solos, más solos de lo que nunca había estado el hombre, con el futuro de la raza en sus manos.

Entonces habían seguido unos años de desesperación y la larga batalla por la supervivencia en este mundo terrible y hostil. Aquella batalla se había ganado, aunque a duras penas: este pequeño oasis de vida estaba a salvo de lo peor que podía hacer la Naturaleza. Pero a menos que hubiese una meta, un futuro para el que trabajar, la Colonia perdería la voluntad de vivir, y ni las máquinas, ni la habilidad, ni la ciencia, podrían salvarla.

Así comprendió Marvin, al fin, el objetivo de esta peregrinación. Nunca caminaría por la orilla de los ríos de aquel mundo perdido y legendario, ni oiría retumbar el trueno sobre sus montes suavemente redondeados. Sin embargo, un día, (¿cuándo?) los hijos de sus hijos volverían allí para reclamar su herencia. El viento y la lluvia limpiarían los venenos de las tierras quemadas y los llevarían al mar, en cuyas profundidades perderían su poder hasta que no pudiesen perjudicar a los seres vivientes. Las grandes naves que estaban todavía esperando aquí, en las silenciosas y polvorientas llanuras, se elevarían de nuevo en el espacio y pondrían rumbo a casa.

Este era el sueño, y Marvin, con un súbito destello de perspicacia, supo que un día lo transmitiría a su propio hijo aquí, en este mismo lugar, con las montañas a su espalda y recibiendo en su semblante aquella luz de plata de los cielos.

No miró atrás al empezar el viaje de regreso a casa. No podía soportar la angustia de ver el frío esplendor de la Tierra en medialuna extinguiéndose en las peñas que la rodeaban, mientras iba a reunirse con su pueblo en el largo exilio.

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Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - Si te olvido, oh Tierra!

viernes, 8 de julio de 2016

Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - En las profundidades

Viene de Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - El otro tigre


EN LAS PROFUNDIDADES

Escribí el cuento En las profundidades en 1954, mucho antes del casi obsesivo interés actual por la exploración y la explotación de los océanos.

Un año después fui al Great Barrier Reef, tal como expliqué en The Coast of Coral («La costa de Coral»). Aquella aventura me dio ímpetu —y datos— para ampliar el cuento en una novela del mismo título, que terminé después de fijar mi residencia en Ceilán (hoy Sri Lanka).

Por esta razón, nunca volví a publicar el cuento original en ninguna de mis colecciones, y hoy ofrezco a los esperanzados aspirantes a doctores en Literatura Inglesa la oportunidad de «comparar y contrastar».

La idea de reunir en manadas a las ballenas es algo que aún no ha llegado, pero me pregunto si algún día llegará. En el curso del último decenio, las ballenas han adquirido tanto prestigio que la mayoría de los europeos y de los americanos antes comerían hamburguesas de perro o de gato que carne de ballena. Yo la probé una vez durante la Segunda Guerra Mundial: sabía a carne de vaca bastante dura.

Sin embargo, hay un producto de las profundidades que podría consumirse sin escrúpulos morales. ¿Qué les parecería un batido de leche de ballena?


Había un asesino suelto en la zona. La patrulla de un helicóptero había visto a ciento cincuenta kilómetros de la costa de Groenlandia, el gran cadáver tiñendo el agua de rojo mientras flotaba en las olas. A los pocos segundos se había puesto en funcionamiento el intrincado sistema de alerta: los hombres trazaban círculos y movían piezas sobre la carta del Atlántico Norte, y Don Burley aún se estaba frotando los ojos cuando descendió en silencio hasta treinta metros de profundidad. Las luces verdes del tablero eran un símbolo resplandeciente de seguridad. Mientras esto no cambiase, mientras ninguna de las luces esmeralda pasara al rojo, todo iría bien para Don y su pequeña embarcación. Aire, carburante, fuerza: éste era el triunvirato que regía su vida. Si fallaba uno, descendería en un ataúd de acero hasta el cieno pelágico, como le había pasado a Johnnie Tyndall la penúltima temporada. Pero no había motivo para que fallasen; los accidentes que uno preveía, se dijo Don para tranquilizarse, no ocurrían nunca. 

Se inclinó sobre el tablero de control y habló por el micro. Sub 5 aún estaba lo bastante cerca de la nave nodriza como para alcanzarla por radio, pero pronto tendría que pasar a los sónicos.

—Pongo rumbo 255, velocidad 50 nudos, profundidad 30 metros, el sonar en pleno funcionamiento... Tiempo calculado hasta el sector de destino, 70 minutos... Informaré a intervalos de 10 minutos. Esto es todo... Cambio.

La contestación, ya debilitada por la distancia, llegó al momento desde el Herman Melville.

—Mensaje recibido y comprendido. Buena caza. ¿Qué hay de los sabuesos?

Don se mordisqueó el labio inferior, reflexionando. Esto podía ser un trabajo que tuviese que hacer él solo. No tenía idea de dónde estaban en este momento Benj y Susan, en un radio de ochenta kilómetros. Lo seguirían sin duda si les hacía la señal, pero no podrían mantener su velocidad y pronto se quedarían atrás. Además, podía encontrarse con una pandilla de asesinos y lo último que quería era poner en peligro a sus marsopas cuidadosamente adiestradas. Era lógico y sensato. También apreciaba mucho a Susan y a Benj.

—Está demasiado lejos y no sé en qué voy a meterme —respondió—. Si están en el área de interceptación cuando llegue allí, puede que los llame.

Apenas pudo oír el asentimiento de la nave nodriza, y Don apagó la radio. Era hora de mirar a su alrededor.

Bajó las luces de la cabina para poder ver más claramente la pantalla del sonar, se caló la gafas Polaroid y escudriñó las profundidades. Éste era el momento en que Don se sentía como un dios, capaz de abarcar entre las manos un círculo de treinta kilómetros de diámetro del Atlántico, y de ver con claridad las todavía inexploradas profundidades, a cinco mil metros por debajo de él. El lento rayo giratorio de sonido inaudible estaba registrando el mundo en el que él flotaba, buscando amigos y enemigos en la eterna oscuridad donde jamás podía penetrar la luz. Los chillidos insonoros, demasiado agudos incluso para el oído de los murciélagos que habían inventado el sonar un millón de años antes que el hombre, latieron en la noche del mar: los débiles ecos se reflejaron en la pantalla como motas flotantes verdeazuladas.

Gracias a su mucha práctica, Don podía leer su mensaje con toda facilidad. A trescientos metros debajo de él, extendiéndose hasta el horizonte sumergido, estaba la capa de vida que envolvía la mitad del mundo. El prado hundido del mar subía y bajaba con el paso del sol, manteniéndose siempre al borde de la oscuridad. Pero las últimas profundidades no le interesaban. Las bandadas que guardaba y los enemigos que hacían estragos en ellas, pertenecían a los niveles superiores del mar.

Don pulsó el interruptor del selector de profundidad y el rayo del sonar se concentró automáticamente en el plano horizontal. Se desvanecieron los resplandecientes ecos del abismo, pero pudo ver más claramente lo que había aquí, a su alrededor, en las alturas estratosféricas del océano. Aquella nube reluciente a tres kilómetros delante de él era un banco de peces; se preguntó si la Base estaba enterada de esto, y puso una nota en su cuaderno de bitácora. Había algunas motas más grandes y aisladas al borde del banco: los carnívoros persiguiéndolo, asegurándose de que la rueda eternamente giratoria de la vida y la muerte no perdiese nunca su impulso. Pero este conflicto no era de la competencia de Don; él perseguía una caza mayor.

Sub 5 siguió navegando hacia el oeste, como una aguja de acero más rápida y mortífera que cualquiera de las otras criaturas que rondaban por los mares. La pequeña cabina, iluminada tan sólo por el resplandor de las luces del tablero de instrumentos, vibraba con fuerza al expulsar el agua las turbinas. Don examinó la carta y se preguntó cómo había podido penetrar esta vez el enemigo. Todavía había muchos puntos débiles, pues vallar los océanos del mundo había sido una tarea gigantesca. Los tenues campos eléctricos, extendidos entre generadores a muchas millas de distancia los unos de los otros, no podían mantener siempre a raya a los hambrientos monstruos de las profundidades. Éstos también estaban aprendiendo. Cuando se abrían las vallas, se deslizaban a veces entre las ballenas y hacían estragos antes de ser descubiertos.

El receptor de larga distancia hizo una señal que parecía un lamento, y Don marcó TRANSCRIBA. No era práctico transmitir palabras a cualquier distancia por un rayo ultrasónico, y además en clave. Don nunca había aprendido a interpretarla de oídas, pero la cinta de papel que salía de la rendija le solucionó esta dificultad.

HELICÓPTERO INFORMA MANADA. 50-100 BALLENAS DIRIGIÉNDOSE 95 GRADOS REF CUADRÍCULA X186475 Y438034 STOP. A GRAN VELOCIDAD. STOP. MELVILLE. CORTO.

Don empezó a poner las coordenadas en la cuadrícula, pero entonces vio que ya no era necesario. En el extremo de su pantalla había aparecido una flotilla de débiles estrellas. Alteró ligeramente el curso y puso rumbo a la manada que se acercaba.

El helicóptero tenía razón: se movían de prisa. Don sintió una creciente excitación, pues esto podía significar que huían y atraían a los asesinos hacia él. A la velocidad en que viajaban, estaría entre ellas dentro de cinco minutos. Apagó los motores y sintió el tirón hacia atrás del agua que lo detuvo muy pronto. 

Don Burley, caballero de punta en blanco, permaneció sentado en su pequeña habitación débilmente iluminada, a quince metros por debajo de las brillantes olas del Atlántico, probando sus armas para el inminente conflicto. En aquellos momentos de serena tensión, antes de empezar la acción, su cerebro excitado se entregaba a menudo a estas fantasías. Se sentía pariente de todos los pastores que habían cuidado los rebaños desde la aurora de los tiempos. Era David, en los antiguos montes de Palestina, alerta contra los leones de montaña que querían hacer presa en las ovejas de su padre.

Pero más cercanos en el tiempo, y sobre todo su espíritu, estaban los hombres que habían conducido las grandes manadas de reses en las llanuras americanas hacía tan sólo unas pocas generaciones. Ellos habrían comprendido su trabajo, aunque sus instrumentos les habrían parecido mágicos. La escena era la misma; sólo había cambiado la escala. No existía ninguna diferencia fundamental en que los animales al cuidado de Don pesasen casi cien toneladas y pastaran en las sabanas infinitas del mar.

La manada estaba ahora a menos de tres kilómetros de distancia y Don comprobó el continuo movimiento del sonar para concentrarlo en el sector que tenía delante. La imagen de la pantalla adoptó una forma de abanico cuando el rayo de sonar empezó a oscilar de un lado a otro; ahora podía contar el número de ballenas e incluso calcular su tamaño con bastante exactitud. Con ojos avezados empezó a buscar las rezagadas. 

Don jamás hubiese podido explicar qué atrajo al instante su atención hacia los cuatro ecos en el borde sur de la manada. Cierto que estaban un poco apartados de los demás, pero otros se habían rezagado más. Y es que el hombre adquiere un sexto sentido cuando lleva bastante tiempo contemplando las pantallas de sonar; un instinto que le permite deducir más de lo normal de las motas en movimiento. Sin pensarlo, accionó el control que pondría en marcha las turbinas. El Sub 5 empezaba a moverse cuando resonaron tres golpes sordos en el casco, como si alguien llamase a la puerta y quisiera entrar.

—¡Que me aspen! —dijo Don—. ¿Cómo habéis llegado aquí?

No se molestó en encender la TV; habría reconocido la señal de Benj en cualquier parte. Las marsopas estaban sin duda en las cercanías y lo habían localizado antes de que él diese el toque de caza. Por milésima vez, se maravilló de su inteligencia y de su fidelidad. Era extraño que la Naturaleza hubiese realizado dos veces el mismo truco: en tierra, con el perro; en el océano, con la marsopa. ¿Por qué querían tanto estos graciosos animales marinos al hombre a quien debían tan poco? Esto hacía pensar que a fin de cuentas la raza humana valía algo, ya que podía inspirar una devoción tan desinteresada. 

Se sabía desde hacía siglos que la marsopa era al menos tan inteligente como el perro y que podía obedecer órdenes verbales muy complejas. Todavía se estaban haciendo experimentos; si éstos tenían éxito, la antigua sociedad entre el pastor y el mastín tendría un nuevo modelo en la vida.

Don puso en marcha los altavoces ocultos en el casco del submarino y empezó a hablar con sus acompañantes. La mayoría de los sonidos que emitía no habrían significado nada a los oídos humanos; eran producto de una larga investigación por parte de los etólogos de la World Food Administration. Dio una orden y la reiteró para asegurarse de que lo habían comprendido. Después comprobó con el sonar que Benj y Susan lo estaban siguiendo a popa, tal como les había dicho.

Los cuatro ecos que le habían llamado la atención eran ahora más claros y cercanos, y el grueso de la manada de ballenas había pasado más allá, hacia el este. No temía una colisión; los grandes animales, incluso en su pánico, podían sentir su presencia con la misma facilidad con que él detectaba la de ellos, y por medios similares. Don se preguntó si debía encender su radiofaro. Ellos reconocerían su imagen sonora y esto les tranquilizaría. Pero el enemigo aún desconocido también podía reconocerle.

Se acercó para una interceptación y se inclinó sobre la pantalla como para extraer de ella, por pura fuerza de voluntad, hasta las menores informaciones que pudiese proporcionarle. Había dos grandes ecos, a cierta distancia entre ellos, y uno iba acompañado de un par de satélites más pequeños. Don se preguntó si llegaba demasiado tarde. Pudo imaginarse la lucha a muerte que se desarrollaba en el agua a menos de un par de kilómetros. Aquellas dos manchitas más débiles debían de ser el enemigo (tiburones o pequeños cetáceos asesinos) atacando a una ballena mientras una de sus compañeras permanecía inmovilizada por el terror, sin más armas para defenderse que sus poderosas aletas.

Ahora estaba casi lo bastante cerca para ver. La cámara de TV, en la proa del Sub 5, escrutó la penumbra, pero al principio sólo pudo mostrar la niebla de plancton. Entonces empezó a formarse en el centro de la pantalla una forma grande y vaga, con dos compañeras más pequeñas debajo de ella. Don estaba viendo, con la mayor precisión pero irremediablemente limitado por el alcance de la luz ordinaria, lo que el sonar le había comunicado.

Casi al instante, se percató del error que había cometido. Los dos satélites eran crías, no tiburones. Era la primera vez que veía una ballena con gemelos; aunque los partos múltiples no eran desconocidos, la ballena hembra sólo podía amamantar a dos pequeños a la vez y generalmente sólo sobrevivía el más vigoroso. Ahogó su contrariedad, el error le había costado muchos minutos y debía empezar la búsqueda de nuevo. 

Entonces oyó el frenético golpeteo en el casco que significaba peligro. No era fácil asustar a Benj, y Don le gritó para tranquilizarlo mientras hacía girar el Sub 5 de manera que la cámara pudiese registrar las aguas a su alrededor. Se había vuelto automáticamente hacia la cuarta mota en la pantalla del sonar, el eco que había imaginado, por su tamaño, que era otra ballena adulta. Y vio que, a fin de cuentas, había localizado el sitio preciso.

—¡Dios mío! —exclamó en voz baja—. No sabía que los hubiese tan grandes.

En otras ocasiones había visto grandes tiburones, pero se trataba de vegetarianos inofensivos. Éste (pudo darse cuenta a primera vista) era un tiburón de Groenlandia, el asesino de los mares del Norte. Se creía que podía alcanzar hasta nueve metros de largo, pero este ejemplar era mayor que el Sub 5. No tenía menos de doce metros desde el hocico a la cola y, cuando él lo descubrió, se estaba ya volviendo contra su víctima. Como cobarde que era, iba a atacar a una de las crías.

Don gritó a Benj y a Susan, y observó que entraban a toda prisa en su campo visual.

Se preguntó un instante por qué odiarían tanto las marsopas a los tiburones; entonces soltó los controles, dejando al piloto automático la tarea de enfocar el blanco. 

Retorciéndose y girando tan ágilmente como cualquier otra criatura marina de su tamaño, Sub 5 empezó a acercarse al tiburón, dejando en libertad a Don para concentrarse en el armamento.

El asesino estaba tan absorto en su presa que Benj lo pilló completamente desprevenido, golpeándole justo detrás del ojo izquierdo. Debió de ser un golpe doloroso: un morro duro como el hierro, impulsado por un cuarto de tonelada de músculos moviéndose a ochenta kilómetros por hora, es algo que ni los peces más grandes pueden menospreciar. El tiburón giró en redondo en una curva extraordinariamente cerrada y Don casi saltó de su asiento al virar de golpe el submarino. Si esto continuaba así, le sería difícil emplear el aguijón. Pero al menos el asesino estaba ahora demasiado ocupado como para pensar en sus presuntas víctimas.

Benj y Susan estaban acosando al gigante como los perros que muerden las patas de un oso furioso. Eran demasiado ágiles para ser presa de aquellas feroces mandíbulas, y Don se maravilló de la coordinación con que trabajaban. Cuando uno de ellos emergía para respirar, el otro esperaba un minuto para poder seguir el ataque con su compañero. 

Parecía que el tiburón no se daba cuenta de que un adversario mucho más peligroso se le estaba viniendo encima y que las marsopas no eran más que una maniobra de distracción. Esto convenía mucho a Don; la próxima operación sería difícil, a menos que pudiese mantener un rumbo fijo durante quince segundos como mínimo. En caso de necesidad, podía usar los pequeños torpedos, y sin duda lo habría hecho si hubiese estado solo frente a una bandada de tiburones. Pero la situación era confusa y había un sistema mejor. Prefería la técnica del estoque a la de la granada de mano.

Ahora estaba a tan sólo quince metros de distancia y se acercaba con rapidez. Nunca se le ofrecería una oportunidad mejor. Apretó el botón de lanzamiento. 

De debajo de la panza del submarino salió disparado algo que parecía una raya. Don había reducido la velocidad de la embarcación; ahora ya no tenía que acercarse más. El pequeño proyectil, en forma de flecha y de sólo medio metro de anchura, podía moverse más de prisa que la embarcación y recorrería el trayecto en pocos segundos. Mientras avanzaba a gran velocidad, fue soltando el fino cable de control, como una araña subacuática desprendiendo su hilo. A lo largo del cable pasaba la energía que impulsaba al aguijón y las señales que lo dirigían hacia el objetivo. Don se había olvidado completamente de su propia embarcación, en su esfuerzo por guiar aquel misil submarino. Respondía tan de prisa a su contacto que tuvo la impresión de que estaba controlando un sensible y enérgico corcel. 

El tiburón vio el peligro menos de un segundo antes del impacto. El parecido del aguijón con una raya corriente le había confundido, tal como habían pretendido los diseñadores del arma. Antes de que el pequeño cerebro pudiese darse cuenta de que ninguna raya se comportaba de aquella manera, el misil dio en el blanco. La aguja hipodérmica de acero, impulsada por la explosión de un cartucho, atravesó la dura piel del tiburón y éste saltó en un frenesí de pánico. Don puso rápidamente marcha atrás, pues un coletazo le haría saltar como un guisante en un bote y podría incluso causar daño al Sub.

Ahora no podía hacer nada más, salvo hablar por el micrófono y llamar a sus mastines. El maldito asesino estaba tratando de arquear el cuerpo para poder arrancarse el dardo envenenado. Don había guardado ya el aguijón en su escondite, satisfecho de haber podido recobrar indemne el misil. Observó despiadadamente cómo el monstruo sucumbía a su parálisis. Sus movimientos se estaban debilitando. Nadaba sin rumbo y, en una ocasión, Don tuvo que apartarse hábilmente a un lado para evitar un choque. Al perder el control de flotación, el animal ascendió moribundo a la superficie. Don no trató de seguirlo; esto podía esperar hasta que hubiese resuelto asuntos más importantes.

Encontró a la ballena y a sus dos crías a un kilómetro y las examinó minuciosamente. Estaban ilesas, y no había necesidad por tanto de llamar al veterinario, en su especial submarino de dos plazas, capaz de resolver cualquier crisis cetológica, desde un dolor de estómago a una cesárea. Don tomó nota del número de la madre, grabado debajo de las aletas. Las crías, a juzgar por su tamaño, eran de esta temporada y aún no habían sido marcadas.

Don estuvo un rato observando. Ya no estaban alarmadas, y una comprobación por el sonar le había mostrado que la manada había interrumpido su desaforada fuga. Se preguntó cómo podían saber lo que había ocurrido; se había aprendido mucho sobre la comunicación entre ballenas, pero muchas cosas aún seguían siendo un misterio.

—Espero que me agradezca lo que he hecho por usted, señora —murmuró.

Entonces, mientras pensaba que cincuenta toneladas de amor maternal era un espectáculo realmente asombroso, vació los depósitos y ascendió a la superficie. El mar estaba en calma, por lo que abrió el compartimiento estanco y asomó la cabeza por la pequeña torre. El agua se hallaba a sólo unos centímetros de su barbilla, y de vez en cuando una ola hacía un decidido esfuerzo para inundar la embarcación. Había poco peligro de que esto ocurriese pues había fijado la escotilla de manera que era como un tapón completamente eficaz.

A quince metros de distancia, un bulto largo y de color de pizarra, como una barca panza arriba, se estaba meciendo en la superficie. Don lo miró e hizo algunos cálculos mentales. Una bestia de este tamaño sería muy valiosa: con un poco de suerte, tal vez conseguiría una doble recompensa. Dentro de unos minutos radiaría su informe, pero de momento era agradable respirar el aire fresco del Atlántico y sentir el cielo despejado sobre su cabeza.

Una bomba gris saltó desde las profundidades y volvió a caer sobre la superficie del agua, salpicándolo de espuma. No era más que la modesta manera que tenía Benj de llamar su atención; un instante después, la marsopa se encaramó a la torre, para que Don pudiera acariciarle la cabeza. Sus ojos grandes e inteligentes se fijaron en él: ¿era mera imaginación, o bailaba en sus pupilas un regocijo casi humano?

Como de costumbre, Susan se mantuvo tímidamente a distancia hasta que los celos pudieron más que ella y empujó a Benj a un lado. Don distribuyó sus caricias con imparcialidad y se disculpó porque no tenía nada para darles. Decidió reparar esta omisión en cuanto regresase al Herman Melville.

—También iré a nadar con vosotras —prometió— con tal de que os portéis bien la próxima vez.

Se frotó reflexivamente un gran cardenal producido por las ganas de jugar de Benj, y se preguntó si no era ya un poco viejo para juegos tan duros como éste. 

—Es hora de volver a casa —dijo firmemente, metiéndose en la cabina y cerrando de golpe la escotilla. De pronto notó que estaba hambriento y que aún no había tomado el desayuno. No había muchos hombres en el mundo con más derecho que él a la comida de la mañana. Había salvado para la humanidad más toneladas de carne, aceite y leche de lo que se podría calcular.

Don Burley era el guerrero feliz, volviendo a casa después de una batalla que el hombre siempre tendría que librar. Estaba manteniendo a raya el espectro del hambre con el que había tenido que enfrentarse la humanidad en todas las etapas anteriores, pero que nunca volvería a amenazar al mundo mientras los grandes cultivos de plancton produjesen millones de toneladas de proteínas, y las manadas de ballenas obedeciesen a sus nuevos amos.

El hombre había vuelto al mar después de eones de exilio; hasta que se congelasen los océanos, no volvería a tener hambre... Don miró la pantalla al fijar el rumbo. Sonrió al ver los dos ecos que sostenían el ritmo de la mancha de luz central correspondiente a su embarcación.

—Aguantad —dijo—. Los mamíferos debemos mantenernos juntos.

Entonces puso en marcha el piloto automático y se retrepó en su asiento. Y ahora Benj y Susan oyeron un ruido muy peculiar que subía y bajaba contra el zumbido de las turbinas. Se había filtrado débilmente a través de las paredes de Sub 5, y sólo los sensibles oídos de las marsopas podían haberlo detectado. Pero por muy inteligentes que fuesen, difícilmente se hubiese podido esperar que comprendiesen por qué Don Burley estaba anunciando, en voz estridente, que se estaba dirigiendo a la Última Ronda...

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Cuentos del planeta Tierra - Arthur C. Clarke - Si te olvido, oh Tierra!