Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

martes, 24 de febrero de 2015

Pulgarcita - Hans Christian Andersen

"Pulgarcita" o "Pulgarcilla", es un cuento de Hans Christian Andersen publicado en 1835. Muchas veces es confundida su autoría y se lo atribuye a los hermanos Grimm debido al protagonista de los cuentos llamados "Pulgarcito" y "Los viajes de Pulgarcito". Lo cierto es que ambos cuentos son contemporáneos porque los dos volúmenes de cuentos de los Grimm se publicaron apenas unos 20 años antes que el libro de cuentos de Andersen.  A la vez, en realidad, "Pulgarcito" ya aparecía en los cuentos de Perrault (1697) por lo que verán, de Pulgarcito se habla hace siglos... pero volvamos a "Pulgarcita". La historia y todo lo que implica es muy diferente de "Pulgarcito". Mientras éste es el más pequeño entre varios hermanos, Pulgarcita surge del deseo de una mujer que no ha podido ser madre...
Como pasa muchas veces, lo que encontré en internet deja mucho que desear... Y no me satisfizo... O le cambian el final, o le cortan parte del desarrollo o le sacar descripciones y agregan diálogos... Bueno, vuelvo a subir el cuento según la traducción en uno de mis libros... aunque sé no es lo que debería hacer... y ni siquiera es lo más cómodo para quien lee el blog.... Pero, bueno, gente, no tengo scanner, y ya saben que siempre busco difundir el texto más fiel al original.

Pulgarcita (Film, animación, 1956)
























sábado, 21 de febrero de 2015

La Margarita - Hans Christian Andersen

El cuento de hoy dudé en publicarlo porque es tristísimo pero, ¿qué cuento de Andersen no lo es? Parece que tenía una fascinación por los golpes bajos. "La Margarita", además de triste, es bello. Tiene ese toque de melancolía que caracteriza a los escritos de este autor. 
Espero que les guste su poesía... Me pareció una bella forma de explicar porque no deberíamos arrancar las flores o enjaular a las aves silvestres. Es uno de esos cuentos que despiertan consciencia. Bueno, al menos eso creo yo.
Pego aquí la edición de uno de mis libros porque, sinceramente, el cuento que encontré en internet, salvo en una página, tiene otro final... Lo mismo de siempre... No perdemos la costumbre de "manosearlos"... Si necesitas ampliar la imagen, simplemente has click en ella








jueves, 19 de febrero de 2015

Los novios - Hans Christian Andersen

Hola a todos. Hoy continuamos el "Mes Andersen" con el cuento "Los novios", también conocido como "La pareja de enamorados". Me mata la pregunta: "¿No podríamos ser novios, ya que estamos aquí juntos?" :D 
Nuevamente estamos ante un cuento en el cual los objetos cobran vida para personificar emociones humanas como el amor, la obsesión, la ilusión y el desengaño... También el orgullo, la vanidad y la soberbia... Es uno de esos cuentos de Andersen en los que nos deja pensando qué es y qué no es amor. Un cuento sencillo, pero profundo, de hecho, duro.
Espero que les guste.




Los novios

El trompo y la pelota estaban en el cajón junto a otros juguetes. El trompo le dijo a la pelota:

-¿No podríamos ser novios, ya que estamos aquí juntos?

Pero la pelota, que estaba hecha de gamuza fina y era tan orgullosa como una señorita presumida, no le quiso contestar. Al día siguiente vino el niño dueño de los juguetes y pinto al trompo de rojo y amarillo y le clavó junto en el medio una tachuela dorada. El trompo se veía precioso cuando giraba.

- Míreme - le dijo a la pelota -. Usted seguramente no sabrá que mis padres fueron chinelas de gamuza fina y que tengo un corcho de corazón.
- Sí, pero yo estoy hecho de caoba - dijo el trompo -. Y me ha torneado el alcalde, que tiene su propio banco de carpintero para entretenerse y tuvo una gran alegría al fabricarme.
-¿Me puedo fiar de usted? - preguntó la pelota.
-¡Que nunca me azoten si miento! - contestó el trompo.
-¡Usted se pinta solo! - siguió la pelota -. Pero no lo puedo aceptar, estoy casi comprometida con una golondrina; cada vez que salto al aire saca la cabeza del nido y me dice "vente, vente, vente". Y para mis adentros ya le he dicho que sí, de modo que me siento casi comprometida. Pero le prometo que nunca lo olvidaré.
- Bueno, eso no es consuelo para mí - dijo el trompo. Y no se hablaron más.

Al día siguiente, sacaron la pelota. El trompo vio cómo saltaba de alto en el aire, igual que un pájaro, ya casi no la veía. Pero cada vez que volvía, daba un salto y rebotaba. Lo hacía de ansiosa, porque tenía un corcho adentro. La novena vez que saltó, la pelota se perdió. No volvió más, el niño la buscó y la buscó, pero estaba perdida.

- Yo sé dónde está - suspiró el trompo -. Está en el nido, ya casada con la golondrina.

Cuanto más lo pensaba más enamorado de la pelota se sentía, justamente porque no podía alcanzarla y porque ella se había ido con otro. El trompo bailaba y daba vueltas, siempre pensando en la pelota y cada vez la imaginaba más y más linda.

Así pasaron muchos años... ya era un viejo amor. El trompo ya no era joven, pero un día lo pintaron de dorado. Nunca se había visto tan lindo, era un trompo de oro. Saltaba y giraba. ¡Esto sí que era bueno! Pero un salto lo llevó demasiado alto y... se perdió. Lo buscaron y lo buscaron; hasta abajo en el sótano, pero no lo encontraron. ¿Dónde estaría?

Había caído en la canaleta, donde se acumulaba toda clase de basura que rodaba desde el techo.

-¡A buen sitio he ido a parar, aquí que se me irá rápido el dorado! ¡Vaya gentuza que me rodea!

Miró de reojo a un pedazo viejo de repollo que tenía cerca y a una cosa rara, redonda, que parecía una vieja manzana. Pero no, no era una manzana, era una vieja pelota que había estado muchos años allí arriba en la canaleta y que el agua había empapado.

- Bendito sea Dios, al fin uno de los míos, alguien con quien hablar - se dijo la pelota y se dirigió al trompo dorado: En realidad yo soy de gamuza fina, cosida por manos de doncella y tengo un corcho adentro. Nadie lo creería viéndome ahora, pero estaba por casarme con una golondrina cuando me caí en esta canaleta; hace cinco años que me pudro aquí. ¡Puede creerme que es demasiado tiempo para una señorita!

El trompo no contestó nada; pensaba en su vieja novia, y cuanto más la oía más seguro estaba de que era la misma.

Vino la criada a tirar la basura y lo vio:

- ¡Ay, aquí está el trompo!

El trompo volvió al cuarto para gran alegría de todos. De la pelota no se supo más.

El trompo no volvió a hablar de su viejo amor. Eso había terminado. Cuando la amada ha estado pudriéndose cinco años en una canaleta uno no la reconoce entre la basura.



lunes, 16 de febrero de 2015

Las flores de la pequeña Ida - Hans Christian Andersen

El cuento de hoy es el primero que aparece en mi colección de "Hans Christian Andersen" aunque, en realidad, pegaré aquí la traducción que aparece en Wikisource por comodidad. La ilustración, en cambio, sí pertenece a mi libro y fue realizada por Arthur Rackham.
Cuando somos pequeños, nos encanta pensar, o mejor dicho, estamos seguros, que nuestros juguetes hablan. Bueno, Ida, además de creer eso y hablarle a su muñeca Sofía, cree que las flores hablar y bailan... y es por eso que se marchitan, por el cansancio de tanto bailar... Pero la vida en la naturaleza es cíclica, y a la muerte la sigue el renacer.


Las flores de la pequeña Ida

—¡Mis pobres flores están marchitas! —dijo la niña. Esta tarde estaban aun tan hermosas y ahora todas sus hojas cuelgan secas ¿Por qué están así?—preguntó a un estudiante que estaba sentado en el sofá, y al cual quería mucho.
Sabía contarla cuentos preciosos y recortar figuras tan divertidas: corazones con mujercitas que bailaban, flores y grandes castillos, cuyas puertas se podían abrir. ¡Oh! ¡Era un alegre estudiante!
—¿Por qué, mis flores están tan descoloridas hoy?—preguntó de nuevo, mostrándole un ramillete entero, completamente seco.
—¿Sabes lo que tienen?—dijo el estudiante: —las flores han estado esta noche en el baile, he aquí por qué sus cabezas están inclinadas.
—Sin embargo, las flores no saben bailar — dijo la niña Ida.
¡Vaya!—replicó el estudiante. Enseguida que oscurece y nosotros dormimos, ellas saltan y se regocijan; casi todas las noches tienen bailes.
¿Y no puede ir ningún niño a ese baile?
—Si, — respondió el estudiante, —las lindas margaritas y los lirios.
—¿Y dónde bailan las flores hermosas? —preguntó la niña Ida.
—¿No has salido nunca de la ciudad por el lado donde está el gran castillo en que el rey vive en el verano, y donde hay un magnífico jardín lleno de flores? ¿Has visto los patos que nadan hacia ti cuando les das miguitas de pan? Créeme, allí es donde se dan los grandes bailes.
Ayer tarde fui con mi madre al jardín, —replicó la niña, —y todas las hojas de los árboles se habían caído y no había ni una sola flor ¿Dónde están, pues? ¡En el verano veía tantas!
—¡Están en el interior del castillo!—dijo el estudiante. —Es menester que sepas que en cuanto el rey y los cortesanos vuelven a la ciudad, las flores dejan enseguida el jardín, entran en el castillo y pasan una vida muy alegre ¡Oh, si tú las vieses! Las dos rosas más hermosas se sientan en el trono y son rey y reina. Las crestas de gallo escarlatas se colocan en fila a los lados y se inclinan: son los gentiles-hombres, Enseguida vienen las demás flores y celebran un gran baile. Las violetas azules, representan los estudiantes de marina; bailan con los jacintos y los crocus, a quienes llaman señoritas: los tulipanes y los lirios rojos, son señoras mayores encargadas de vigilar que se baile convenientemente y que haya orden...
—Pero, —preguntó la niña Ida, —¿no hay nadie que castigue a las flores por bailar en el castillo del rey?
—¡Casi nadie lo sabe!—dijo el estudiante.—Es verdad que algunas veces durante la noche, llega el viejo intendente que debe hacer su ronda. En cuanto las flores oyen sonar su gran manojo de llaves, se están quietas, se ocultan detrás de las largas cortinas y sólo sacan la cabeza.
—¡Me huele a flores aquí!—dice el viejo intendente; pero no puede verlas.
—¡Eso es magnifico!—dijo la niña Ida batiendo las manos.—¿Tampoco yo podré ver bailar las flores?
¡Quizá sí!—dijo el estudiante.—No olvides cuando vuelvas al jardín del rey, mirar por la ventana y las verás. Yo lo hice hoy, y vi un gran lirio amarillo tendido sobre el sofá: era una dama de honor.
—¿Y las flores del jardín Botánico van también allí? ¿Pueden hacer ese viaje tan largo?
—Si, por cierto—dijo el estudiante, —porque si quieren pueden volar. ¿No has visto tú las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Se parecen mucho a las flores porque antes no han sido otra cosa. Han dejado su tallo y se han elevado por el aire, y agitando sus hojas como pequeñas alas, han principiado a volar. Como se han portado bien, han obtenido permiso para volar de día también, y no tienen necesidad de volver a casa a estarse quietas sobre el tallo. Así es como al fin las hojas se han convertido en alas verdaderas. Eso lo has visto por ti misma. Por lo demás, es posible que las flores del jardín Botánico no hayan ido jamás al jardín del rey, y aunque ignoren que allí se pasa la noche tan alegremente. Por esto quiero decirte una cosa que hará abrir unos ojos muy grandes a nuestro vecino el profesor de botánica, que vive aquí al lado, ya le conoces. Cuando vayas al jardín cuéntale a una flor que hay un gran baile en el castillo; esta lo repetirá a todas las demás y volarán. Cuando el profesor vaya luego a visitar su jardín, no verá en él ni una sola flor, sin poder comprender lo que les ha pasado!
Pero,¿cómo la flor podrá decírselo á las demás?¡Las flores no saben hablar!
—Es verdad: —respondió el estudiante; —pero se entienden por señas ¿No has visto tú muchas veces cuando hace un poco de viento inclinarse las flores y moverse sus verdes hojas? Pues estos movimientos son tan inteligibles para ellas, como para nosotros las palabras.
—¿Pero el profesor comprende ese lenguaje? —preguntó
—¡Sí, seguramente! Un día que estaba en su jardín vio una gran ortiga que con sus hojas hacía señales a un hermoso clavel rojo; le decía: ¡«Qué hermoso eres y cuánto te amo!» Pero el profesor se enfadó y pegó a las hojas que sirven de dedos a la ortiga. Pero se picó en ellas, y desde entonces no ha vuelto a tocar a ninguna ortiga-
—¡Es gracioso!—dijo la niña Ida, y se echó á reír.
—¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño?—dijo un adusto consejero que había entrado durante la conversación, para hacer una visita, y que se había sentado en el sofá. No podía soportar al estudiante y no cesó de murmurar mientras le veía recortar sus figuritas risibles y alegres. Tan pronto recortaba un hombre colgado de una horca y sosteniendo en la mano un corazón, porque era un ladrón de corazones, como una vieja hechicera que montaba a caballo sobre una escoba y llevaba a su marido en la nariz. El consejero no podía soportar estos juegos, y repetía sin cesar su primera reflexión: ¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño? ¡Son tonterías!
Pero todo lo que el estudiante contaba a la niña Ida tenia para ella un encanto extraordinario y la hacía pensar mucho. Las flores tenían la cabeza inclinada porque estaban cansadas de haber bailado toda la noche, sin duda estaban enfermas. Las llevó al lado de otros juguetes que había sobre una bonita mesa, cuyo cajón estaba lleno de magníficas cosas. En la camita su muñeca Sofía estaba acostada y durmiendo, pero la niña la dijo: «Tienes que levantarte, Sofía y por esta noche dormir en el cajón. Las pobres flores están enfermas y necesitan acostarse en tu cama. ¡Quizá se refresquen y sanen! »
Y sacó la muñeca que se mostró muy contrariada, y no dijo una palabra: tan disgustada estaba por no poder continuar en su cama.
Ida colocó las flores en la cama de Sofía, las cubrió con la pequeña colcha, y les dijo que se estuvieran quietas, que ella iría a hacerlas té para que pudieran reponerse y levantarse buenas a la mañana siguiente. Enseguida corrió las cortinas alrededor de la pequeña cama a fin de que el sol no las molestase en los ojos.
Durante toda la noche no pudo remediar el estar pensando en lo que la había contado el estudiante, y en el momento de irse a acostar, se dirigió primero hacia las cortinas de las ventanas donde estaban las magníficas flores de su madre: jacintos y tulipanes, y les dijo por lo bajo: «¡ Ya sé que iréis al baile esta noche!»
Las flores hicieron como si no comprendieran nada, y no movieron ni una hoja, lo cual no impidió que Ida supiera lo que sabia.
Luego que se acostó, pensó mucho tiempo en lo agradable que debía ser ver bailar las flores en el castillo del Rey ¿Habrán ido allá mis flores? -pensó. Pero luego se durmió. Se despertó a media noche: había soñado con las flores, con el estudiante y con el consejero que la había reprendido y le había dicho que no se dejara engañar. Todo era silencio en la habitación donde Ida reposaba. La lamparilla ardía sobre la mesa y el padre y la madre dormían.
¿Si estarán mis flores aun en la cama de Sofía ? - dijo entre si.—¡Quisiera saberlo!
Se enderezó en la cama y miró hacía la puerta que estaba entreabierta y allí estaban las flores y todos sus juguetes. Escuchó y le pareció oír tocar el piano en el salón, pero tan suave y tan delicadamente como jamás lo había oído.
Sin duda, son las flores que bailan —dijo.
¡Ay!¡Dios mío! Yo quisiera verlas — pero no se atrevió a levantarse por temor de despertar a su padre y a su madre.
—¡Oh! ¡Si quisieran entrar aquí !-pensó.—Pero las flores no vinieron y como la música continuó sonando suavemente al fin no pudo contenerse: era demasiado bonita la música. Sin hacer ruido se levantó de su cama y fue de puntillas hasta la puerta para mirar el salón. ¡Oh! Y en verdad que era soberbio lo que vio.
—No ardía allí lamparilla, sin embargo, estaba, todo iluminado. Los rayos de la luna penetraban por la ventana y caían sobre el piso; veíase allí casi como al medio día. Todos los jacintos y los tulipanes estaban en pie en dos largas filas; ni uno solo quedaba en la ventana; todos los tiestos estaban vacíos. En el suelo bailaban alegremente todas las flores, unas en medio de otras, haciendo toda clase de figuras y cogiéndose por sus largas hojas verdes para hacer la cadena. En el piano estaba sentado un gran lirio amarillo, que la niña Ida había conocido en el verano último, y que se acordaba muy bien, porque el estudiante le había dicho: «¡Mira como se parece ese lirio a la señorita Carolina!» Todos se burlaban de él entonces, pero ahora le pareció a la niña Ida que en verdad la hermosa flor amarilla se parecía a esta señorita. Hasta en las maneras de tocar era su retrato; tan pronto inclinaba su rostro amarillo de un lado como de otro llevando el compás con la cabeza. Nadie había advertido que estaba allí la niña Ida. Después vio un gran crocus azul, que saltó en medio de la mesa donde estaban sus juguetes y que fue a abrir las cortinas del lecho de la muñeca. Allí era donde estaban acostadas las flores enfermas, pero éstas se levantaron enseguida y dijeron a las demás con un signo de cabeza que también ellas tenían deseo de bailar. El viejo buen hombre del jarrón, que había perdido el labio inferior, se levantó e hizo un saludo a las hermosas flores. Ellas volvieron a tomar su buen aspecto y se mezclaron con las demás mostrándose sumamente contentas.
De pronto alguna cosa cayó de la mesa. Ida miró: era la vara de San José, que se había lanzado a tierra; parecía como que también quería tomar su parte en la fiesta de las flores. También era muy graciosa y en la punta había sentada una muñequita de cera que llevaba un grande y ancho sombrero, igual al del consejero. La vara saltó en medio de las flores sobre los tres ramos rojos, y se puso a llevar con fuerza el compás bailando una mazurka ; las demás flores no sabían bailar este baile porque eran demasiado ligeras y jamás habrían podido hacer el mismo ruido con sus pies. De pronto la muñequita de cera, que estaba sobre la vara se alargó y agrandó, se volvió hacia las flores y gritó muy alto: «¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño? ¡Son tonterías!» Y la muñeca de cera se parecía entonces extraordinariamente al consejero con su ancho sombrero, tenia el mismo tinte amarillo, y el mismo aire gruñón. Pero las flores dieron contra sus piernas frágiles que se encogieron de pronto y volvió a quedar una muñequita de cera. ¡Cuán divertido era ver todo esto!
Y la niña Ida no pudo contener la risa. La vara continuó bailando y el consejero vióse obligado a bailar con ella a pesar de su resistencia, y aunque algunas veces se agrandaba y otras volvía a tomar las proporciones de la muñequita de gran sombrero negro. Al fin las otras flores intercedieron por él, sobre todo las que habían dormido en el lecho de la muñeca, la vara cedió a sus instancias y se quedó quieta. Enseguida se oyó llamar violentamente en el cajón donde estaban encerrados la muñeca Sofía y los demás juguetes de Ida. El hombre del jarrón corrió hacia el lado de la mesa, se extendió sobre el vientre y empezó a abrir un poco el cajón.
De pronto Sofía se levantó y miró con extrañeza a su alrededor.
¡Aquí hay baile!—dijo. ¿Por qué no lo habrán dicho?
¿Quieres bailar conmigo?—dijo el hombre del jarrón.
¡Estaría bien que yo bailase contigo!—le contestó volviéndole la espalda. Después se sentó sobre el cajón y creyó que una de las flores iba a venir a invitarla- Pero ninguna se presentó; y por más que tosió, hizo hum. hum, no vino ninguna. El hombre se puso a bailar solo y lo hizo bastante bien.
Como ninguna de las flores podía ver á Sofía, esta se dejó caer haciendo un gran ruido desde el cajón al suelo. Todas las flores acudieron preguntándola si se había hecho mal, y mostrándose muy amables con ella, sobre todo las que se habían acostado en su cama. No se había hecho ningún daño y las flores de Ida la dieron las gracias por su buena cama, la condujeron al centro de la sala donde brillaba la luna, y se pusieron a bailar con ella, y las demás flores hicieron círculo para verla. Sofía, contentísima, les dijo que podían en lo sucesivo conservar su cama, porque le era igual acostarse en el cajón.
Las flores la respondieron:
—Te lo agradecemos cordialmente; pero no podemos vivir mucho tiempo. Mañana, habremos muerto. Di, sin embargo, a la niña Ida que nos entierre en el jardín, en el mismo sitio donde está enterrado el canario. Entonces resucitaremos en el verano aun más hermosas.
—¡No, no quiero que os muráis!—respondió Sofía besando las flores.
Pero en aquel mismo momento se abrió la puerta del gran salón, y una gran porción de flores magníficas entró bailando. Ida no podía comprender de donde venían. Eran sin duda las flores del jardín del rey. A la cabeza marchaban dos rosas deslumbrantes, que llevaban pequeñas coronas de oro: eran un rey y una reina. Detrás venían encantadores alhelíes y preciosos claveles, que saludaban hacia todos lados. Venían acompañados de una orquesta; grandes dormideras y peonías soplaban con tal fuerza en vainas de guisantes, que tenían el rostro enrojecido; los jacintos azules y las campanillas sonaban como si tuvieran verdaderos cascabeles. Era una orquesta admirable; las demás flores se unieron a la nueva banda, y vióse bailar violetas y amarantos con belloritas y margaritas. Abrazáronse unas a otras y era un espectáculo delicioso.
Después se despidieron las flores deseándose una buena noche, y la niña ida se escurrió en su cama donde soñó con todo lo que había visto.
Al día siguiente, en cuanto se levantó, corrió a la mesita para ver si las flores continuaban allí. Abrió las cortinillas de la camita; allí estaban todas, aun más secas que la víspera. Sofía estaba acostada en el cajón donde la había colocado y aparentaba tener mucho sueño.
—¿Te acuerdas de lo que tenías que decirme? —la preguntó la niña Ida.
Pero Sofía estaba muy admirada y no contestó una palabra.
—No eres buena, —dijo Ida; —sin embargo, todas han bailado contigo.
Enseguida cogió una cajita de papel con pajaritos pintados y puso en ella las flores muertas. —Este será vuestro magnífico ataúd, —dijo,— y luego, cuando vengan a verme mis primitos, presenciarán vuestro entierro en el jardín, para que resucitéis en el verano próximo y volváis más hermosas.
Eran los primos de la niña Ida dos alegres niños que se llamaban Jonás y Adolfo. Su padre les había comprado dos ballestas y las llevaron para enseñárselas á Ida.
La niña les contó la historia de las pobres flores que habían muerto y les invitó al entierro. Los dos niños marcharon delante con sus ballestas al hombro, y la niña Ida les siguió con las flores muertas en su precioso ataúd; cavaron una pequeña fosa en el jardín; después de haber besado a sus flores, depositó el ataúd en la tierra; Adolfo y Jonás descargaron varias veces sus ballestas sobre la tumba, porque no tenían ni fusil ni cañón.

sábado, 14 de febrero de 2015

La princesa y el guisante - Hans Christian Andersen

Para continuar con el "Mes Andersen", hoy elegí "La princesa y el guisante". Este es otro de aquellos cuentos que se han hecho tan populares que se pierde el autor. De hecho, generalmente se lo atribuye a los hermanos Grimm. 
Al leerlo, descubrirán la típica fórmula en los cuentos de hadas. Podemos, entonces, hacer dos cosas. Una, despotricar contra el modelo de mujer que creemos estos cuentos fomentan, el machismo, el patriarcado etc. etc. Dos, aceptarlo como es, una historia simple a la cual se le pueden dar otras interpretaciones menos lineales si nos enfocamos en arquetipos...
Pensemos, ¿qué es ser una princesa verdadera si el cuento dice que princesas hay muchas? ¿Por qué se detecta con un guisante oculto bajo un montón de colchones que deberían amortiguar el dolor? En lo particular, me oriento más a ver los colchones y edredones como capas que ocultan nuestra esencia verdadera :D Pero que cada quien interprete lo que quiera.
¡Feliz San Valentín!



La Princesa y el Guisante

Una vez era un príncipe que quería casarse con una princesa, pero con una princesa de sangre real. Viajó por todo el mundo en busca de una, pero todas las que encontraba tenían algún defecto. Las princesas abundaban, pero se hacía difícil descubrir si verdaderamente eran de sangre real. El príncipe volvió a su patria muy desilusionado y estaba triste y pesaroso, porque deseaba con toda su alma una real princesa.

Cierta noche se desencadenó una horrible tempestad; llovía a torrentes y el cielo parecía un infierno de truenos y rayos. ¡Era espantoso! De pronto llamaron a la puerta de la ciudad y el mismo Rey fue a ver quién era.

Con gran asombro adivinó que tenía delante a una princesa. Pero ¡Dios mío! ¡En qué lastimosos estado venía con aquel tiempo horroroso! Toda empapada de lluvia, chorreaba por cabellos y vestidos; llenaba el agua su calzado y se le vertía por los talones. Más parecía una fuente que una princesa, aunque ella afirmaba que lo era.

"Pronto lo sabremos", pensó la Reina. Y, sin decir nada a nadie, fue al dormitorio, quitó todos los colchones y ropa de cama y dejó en el fondo de ésta un guisante, encima del cual colocó veinte colchones y, sobre ellos, veinte edredones.

La princesa tuvo que dormir toda la noche en esta cama monumental. Al día siguiente le preguntaron cómo había dormido.

- ¡Oh! ¡Pésimamente! - contestó -. En toda la noche no he podido cerrar apenas los ojos. Dios sabe lo que habría en la cama. Sentía una cosa dura que me ha llenado de cardenales todo el cuerpo. ¡Qué horrible!

Entonces conocieron que era una princesa de sangre real, porque, entre veinte colchones y veinte edredones, había sentido la molestia del guisante.

Sólo una princesa de sangre real puede ser tan sensitiva.

El Príncipe la tomó por esposa sabiendo a ciencia cierta que se casaba con una verdadera princesa, y el guisante se llevó al Museo de Arte donde aún estará si no lo han quitado.

¡Y he aquí un verdadero cuento!

lunes, 9 de febrero de 2015

El patito feo - Hans Christian Andersen

Hoy una amiga, ante mi angustia por una situación que se está dando en lo laboral y que me hace seriamente cuestionarme si el problema no seré yo, me dijo algo hermoso: "¡Ni lo pienses! Es obvio que en un mundo de patos seas un cisne incomprendido". Y claro, la frase me recordó a "El patito feo" y, como estamos con los cuentos de Hans Christian Andersen, lo elegí para hoy. 
¡¿Quién no vivió alguna vez situaciones similares?! y no me refiero a la interpretación básica y gastada que se hace de este cuento al relacionarlo con aquello de lo bello en lo feo, sino con una interpretación más profunda que tiene que ver con nuestro lugar en el mundo.
Espero que les guste... 

Cisne en Bubalcó

















sábado, 7 de febrero de 2015

El impávido soldado de plomo - Hans Christian Andersen

Tal cómo les decía ayer en el facebook del blog, estas últimas semanas el cuento "La Sirenita" de Hans Christian Andersen ha tenido varias visitas en el blog - y ha recibido varios comentarios de agradecimiento -. Sin lugar a dudas, es la entrada más leída. Me alegra saber que se difunde el cuento original.... es algo así como darle batalla a las versiones reducidas y manoseadas. Hans Christian Andersen fue - es - unos de mis escritores favoritos de cuando era niña por lo que decidí homenajearlo durante todo Febrero. 
Hoy: "El impávido soldado de plomo" también conocido simplemente como "El soldadito de plomo". Un clásico, tal vez, algo olvidado (si bien no es el cuento más olvidado de los de Andersen) y manoseado bastante por los diseñadores de dibujos animados. El título original es "Den standhaftige Tinsoldat" (standhaftige: firme) y se publicó por primera vez en 1838. Nuevamente, como pasó con "La sirenita", no es una historia de amor aunque hayan querido vendérnosla como tal. 
Algo curioso que al menos yo no sabía: en Odense, Dinamarca, hay una escultura del soldadito, :D De hecho, en Odense abundan las esculturas relacionadas con Andersen.... Pero no sólo allí, ¡¡también hay una escultura en una plaza de Madrid!!. Pensar que viví en Madrid unos años antes de que la esculpieran...
Espero que les guste.
Ah, cómo me gusta la edición que tengo en casa, van imágenes del libro. Para leerlas mejor, hagan "click" en ellas.

Den standhaftige Tinsoldat, Odense. Escultor: Eiler Madsen. 1996. Paseo Overgade, Odense, Dinamarca







Fuente: esculturayarte.com (cc) 2009-2015

NOMBRE: 
El Soldadito de Plomo

AUTOR: Pedro Requejo Novoa - 2006



viernes, 16 de enero de 2015

Todos los fuegos el fuego - Julio Cortázar

Hola a todos, al igual que sucedió durante casi todo el 2014, estoy en un nuevo intento de mantener el blog con vida. Cuesta a veces juntar las ganas de sentarse a editar una entrada (mezcla de cansancio, falta de tiempo etc etc) pero aquí estoy.
Hoy les traigo el cuento de Julio Cortázar que dio nombre al libro de relatos "Todos los fuegos el fuego"




Todos los fuegos el fuego


Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas de circo y de calor no han fatigado. Es el momento de la sorpresa prometida; el procónsul baja el brazo, mira a su mujer que le devuelve la sonrisa inexpresiva de las fiestas. Irene no sabe lo que va a seguir y a la vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar, con la indiferencia que detesta el procónsul, los caprichos del amo. Sin volverse siquiera hacia la arena prevé una suerte ya echada, una sucesión cruel y monótona. Licas el viñatero y su mujer Urania son los primeros en gritar un nombre que la muchedumbre recoge y repite. “Te reservaba esta sorpresa”, dice el procónsul. “Me han asegurado que aprecias el estilo de ese gladiador.” Centinela de su sonrisa, Irene inclina la cabeza para agradecer. “Puesto que nos haces el honor de acompañarnos aunque te hastían los juegos”, agrega el procónsul, “es justo que procure ofrecerte lo que más te agrada”. “¡Eres la sal del mundo!”, grita Licas. “¡Haces bajar la sombra misma de Marte a nuestra pobre arena de provincia!” “No has visto más que la mitad”, dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndola a su mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el olor espeso y persistente de la sangre y el estiércol.  En un brusco silencio de expectativa que lo recorta con una precisión implacable, Marco avanza hacia el centro de la arena; su corta espada brilla al sol, allí donde el viejo velario deja pasar un rayo oblicuo, y el escudo de bronce cuelga negligente de la mano izquierda. “¿No irás a enfrentarlo con el vencedor de Smirnio?”, pregunta excitadamente Licas. “Mejor que eso”, dice el procónsul. “Quisiera que tu provincia me recuerde por estos juegos, y que mi mujer deje por una vez de aburrirse.” Urania y Licas aplauden esperando la respuesta de Irene, pero ella devuelve en silencio la copa al esclavo, ajena al clamoreo que saluda la llegada del segundo gladiador. Inmóvil, Marco parece también indiferente a la ovación que recibe su adversario; con la punta de la espada toca ligeramente sus grebas doradas.

“Hola”, dice Roland Renoir, eligiendo un cigarrillo como una continuación ineludible del gesto de descolgar el receptor. En la línea hay una crepitación de comunicaciones mezcladas, alguien que dicta cifras, de golpe un silencio todavía más oscuro en esa oscuridad que el teléfono vuelca en el ojo del oído. “Hola”, repite Roland, apoyando el cigarrillo en el borde del cenicero y buscando los fósforos en el bolsillo de la bata. “Soy yo”, dice la voz de Jeanne. Roland entorna los ojos, fatigado, y se estira en una posición más cómoda. “Soy yo”, repite inútilmente Jeanne. Como Roland no contesta, agrega: “Sonia acaba de irse”. 

Su obligación es mirar el palco imperial, hacer el saludo de siempre. Sabe que debe hacerlo y que verá a la mujer del procónsul y al procónsul, y que quizá la mujer le sonreirá como en los últimos juegos. No necesita pensar, no sabe casi pensar, pero el instinto le dice que esa arena es mala, el enorme ojo de bronce donde los rastrillos y las hojas de palma han dibujado sus curvos senderos ensombrecidos por algún rastro de las luchas precedentes. Esa noche ha soñado con un pez, ha soñado en un camino solitario entre columnas rotas; mientras se armaba, alguien ha murmurado que el procónsul no le pagará con monedas de oro. Marco no se ha molestado en preguntar, y el otro se ha echado a reír malvadamente antes de alejarse sin darle la espalda; un tercero, después, le ha dicho que es un hermano del gladiador muerto por él en Massilia, pero ya lo empujaban hacia la galería, hacia los clamores de fuera. El calor es insoportable, le pesa el yelmo que devuelve los rayos del sol contra el velario y las gradas. Una vez, columnas rotas; sueños sin un sentido claro, con pozos de olvido en los momentos en que hubiera podido entender. Y el que lo armaba ha dicho que el procónsul no le pagará con monedas de oro; quizá la mujer del procónsul no le sonría esta tarde. Los clamores le dejan indiferente porque ahora están aplaudiendo al otro, lo aplauden menos que a él un momento antes, pero entre los aplausos se filtran gritos de asombro, y Marco levanta la cabeza, mira hacia el palco donde Irene se ha vuelto para hablar con Urania, donde el procónsul negligentemente hace una seña, y todo su cuerpo se contrae y su mano se aprieta en el puño de la espada. Le ha bastado volver los ojos hacia la galería opuesta; no es por allí que asoma su rival, se han alzado crujiendo las rejas del oscuro pasaje por donde se hace salir a las fieras, y Marco ve dibujarse la gigantesca silueta del reciario nubio, hasta entonces visible contra el fondo de piedra mohosa; ahora sí, más acá de toda razón, sabe que el procónsul no le pagará con monedas de oro, adivina el sentido del pez y las columnas rotas. Y a la vez poco le importa lo que va a suceder entre el reciario y él, eso es el oficio y los hados, pero su cuerpo sigue contraído como si tuviera miedo, algo en su carne se pregunta por qué el reciario ha salido por la galería de las fieras, y también se lo pregunta entre ovaciones el público, y Licas lo pregunta al procónsul que sonríe para apoyar sin palabras la sorpresa, y Licas protesta riendo y se cree obligado a apostar a favor de Marco; antes de oír las palabras que seguirán, Irene sabe que el procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después la mirará amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino y comentará con Urania la estatura y la ferocidad del reciario nubio; cada movimiento está previsto aunque se lo ignore en sí mismo, aunque puedan faltar la copa de vino o el gesto de la boca de Urania mientras admira el torso del gigante. Entonces Licas, experto en incontables fastos de circo, les hará notar que el yelmo del nubio ha rozado las púas de la reja de las fieras, alzadas a dos metros del suelo, y alabará la soltura con que ordena sobre el brazo izquierdo las escamas de la red. Como siempre, como desde una ya lejana noche nupcial, Irene se repliega al límite más hondo de sí misma mientras por fuera condesciende y sonríe y hasta goza; en esa profundidad libre y estéril siente el signo de muerte que el procónsul ha disimulado en una alegre sorpresa pública, el signo que sólo ella y quizá Marco pueden comprender, pero Marco no comprenderá, torvo y silencioso y máquina, y su cuerpo que ella ha deseado en otra tarde de circo (y eso lo ha adivinado el procónsul, sin necesidad de sus magos lo ha adivinado como siempre, desde el primer instante) va a pagar el precio de la mera imaginación, de una doble mirada inútil sobre el cadáver de un tracio diestramente muerto de un tajo en la garganta.

Antes de marcar el número de Roland, la mano de Jeanne ha andado por las páginas de una revista de modas, un tubo de pastillas calmantes, el lomo del gato ovillado en el sofá. Después la voz de Roland ha dicho: “Hola”, su voz un poco adormilada, y bruscamente Jeanne ha tenido una sensación de ridículo, de que va a decirle a Roland eso que exactamente la incorporará a la galería de las plañideras telefónicas con el único, irónico espectador fumando en un silencio condescendiente. “Soy yo”, dice Jeanne, pero se lo ha dicho más a ella misma que a ese silencio opuesto en el que bailan, como en un telón de fondo, algunas chispas de sonido. Mira su mano que ha acariciado distraídamente al gato antes de marcar las cifras (¿y no se oyen otras cifras en el teléfono, no hay una voz distante que dicta números a alguien que no habla, que sólo está allí para copiar obediente?), negándose a creer que la mano que ha alzado y vuelto a dejar el tubo de pastillas es su mano, que la voz que acaba de repetir: “Soy yo”, es su voz, al borde del límite. Por dignidad, callar, lentamente devolver el receptor a su horquilla, quedarse limpiamente sola. “Sonia acaba de irse”, dice Jeanne, y el límite está franqueado, el ridículo empieza, el pequeño infierno confortable.

“Ah”, dice Roland, frotando un fósforo. Jeanne oye distintamente el frote, es como si viera el rostro de Roland mientras aspira el humo, echándose un poco atrás con los ojos entornados. Un río de escamas brillantes parece saltar de las manos del gigante negro y Marco tiene el tiempo preciso para hurtar el cuerpo a la red. Otras veces –el procónsul lo sabe, y vuelve la cabeza para que solamente Irene lo vea sonreír– ha aprovechado de ese mínimo instante que es el punto débil de todo reciario para bloquear con el escudo la amenaza del largo tridente y tirarse a fondo, con un movimiento fulgurante, hacia el pecho descubierto. Pero Marco se mantiene fuera de distancia, encorvadas las piernas como a punto de saltar, mientras el nubio recoge velozmente la red y prepara el nuevo ataque. “Está perdido”, piensa Irene sin mirar al procónsul que elige unos dulces de la bandeja que le ofrece Urania. “No es el que era”, piensa Licas lamentando su apuesta. Marco se ha encorvado un poco, siguiendo el movimiento giratorio del nubio; es el único que aún no sabe lo que todos presienten, es apenas algo que agazapado espera otra ocasión, con el vago desconcierto de no haber hecho lo que la ciencia le mandaba. Necesitaría más tiempo, las horas tabernarias que siguen a los triunfos, para entender quizá la razón de que el procónsul no vaya a pagarle con monedas de oro. Hosco, espera otro momento propicio; acaso al final, con un pie sobre el cadáver del reciario, pueda encontrar otra vez la sonrisa de la mujer del procónsul; pero eso no lo está pensando él, y quien lo piensa no cree ya que el pie de Marco se hinque en el pecho de un nubio degollado.

“Decídete”, dice Roland, “a menos que quieras tenerme toda la tarde escuchando a ese tipo que le dicta números a no sé quién. ¿Lo oyes?”. “Sí”, dice Jeanne, “se lo oye como desde muy lejos. Trescientos cincuenta y cuatro, doscientos cuarenta y dos”. Por un momento no hay más que la voz distante y monótona. “En todo caso”, dice Roland, “está utilizando el teléfono para algo práctico”. La respuesta podría ser la previsible, la primera queja, pero Jeanne calla todavía unos segundos y repite: “Sonia acaba de irse”. Vacila antes de agregar: “Probablemente estará llegando a tu casa”. A Roland le sorprendería eso, Sonia no tenía por qué ir a su casa. “No mientas”, dice Jeanne, y el gato huye de su mano, la mira ofendido. “No era una mentira”, dice Roland. “Me refería a la hora, no al hecho de venir o no venir. Sonia sabe que me molestan las visitas y las llamadas a esta hora.” Ochocientos cinco, dicta desde lejos la voz. Cuatrocientos dieciséis. Treinta y dos. Jeanne ha cerrado los ojos, esperando la primera pausa en esa voz anónima para decir lo único que queda por decir. Si Roland corta la comunicación le restará todavía esa voz en el fondo de la línea, podrá conservar el receptor en el oído, resbalando más y más en el sofá, acariciando al gato que ha vuelto a tenderse contra ella, jugando con el tubo de pastillas, escuchando las cifras hasta que también la otra voz se canse y ya no quede nada, absolutamente nada como no sea el receptor que empezará a pesar espantosamente entre sus dedos, una cosa muerta que habrá que rechazar sin mirarla. Ciento cuarenta y cinco, dice la voz. Y todavía más lejos, como un diminuto dibujo a lápiz, alguien que podría ser una mujer tímida pregunta entre dos chasquidos: “¿La estación del Norte?”.

Por segunda vez alcanza a zafarse de la red, pero ha medido mal el salto hacia atrás y resbala en una mancha húmeda de la arena. Con un esfuerzo que levanta en vilo al público, Marco rechaza la red con un molinete de la espada mientras tiende el brazo izquierdo y recibe en el escudo el golpe resonante del tridente. El procónsul desdeña los excitados comentarios de Licas y vuelve la cabeza hacia Irene que no se ha movido. “Ahora o nunca”, dice el procónsul. “Nunca”, contesta Irene. “No es el que era”, repite Licas, “y le va a costar caro, el nubio no le dará otra oportunidad, basta mirarlo”. A distancia, casi inmóvil, Marco parece haberse dado cuenta del error; con el escudo en alto mira fijamente la red ya recogida, el tridente que oscila hipnóticamente a dos metros de sus ojos. “Tienes razón, no es el mismo”, dice el procónsul. “¿Habías apostado por él, Irene?” Agazapado, pronto a saltar, Marco siente en la piel, en lo hondo del estómago, que la muchedumbre lo abandona. Si tuviera un momento de calma podría romper el nudo que lo paraliza, la cadena invisible que empieza muy atrás pero sin que él pueda saber dónde, y que en algún momento es la solicitud del procónsul, la promesa de una paga extraordinaria y también un sueño donde hay un pez y sentirse ahora, cuando ya no hay tiempo para nada, la imagen misma del sueño frente a la red que baila ante los ojos y parece atrapar cada rayo de sol que se filtra por las desgarraduras del velario. Todo es cadena, trampa; enderezándose con una violencia amenazante que el público aplaude mientras el reciario retrocede un paso por primera vez, Marco elige el único camino, la confusión y el sudor y el olor a sangre, la muerte frente a él que hay que aplastar; alguien lo piensa por él detrás de la máscara sonriente, alguien que lo ha deseado por sobre el cuerpo de un tracio agonizante. “El veneno”, se dice Irene, “alguna vez encontraré el veneno, pero ahora acéptale la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora”. La pausa parece prolongarse como se prolonga la insidiosa galería negra donde vuelve intermitente la voz lejana que repite cifras. Jeanne ha creído siempre que los mensajes que verdaderamente cuentan están en algún momento más acá de toda palabra; quizá esas cifras digan más, sean más que cualquier discurso para el que las está escuchando atentamente, como para ella el perfume de Sonia, el roce de la palma de su mano en el hombro antes de marcharse han sido tanto más que las palabras de Sonia. Pero era natural que Sonia no se conformara con un mensaje cifrado, que quisiera decirlo con todas las letras, saboreándolo hasta lo último. “Comprendo que para ti será muy duro”, ha repetido Sonia, “pero detesto el disimulo y prefiero decirte la verdad”. Quinientos cuarenta y seis, seiscientos sesenta y dos, doscientos ochenta y nueve. “No me importa si va a tu casa o no”, dice Jeanne, “ahora ya no me importa nada”. En vez de otra cifra hay un largo silencio. “¿Estás ahí?”, pregunta Jeanne. “Sí”, dice Roland dejando la colilla en el cenicero y buscando sin apuro el frasco de coñac. “Lo que no puedo entender...”, empieza Jeanne. “Por favor”, dice Roland, “en estos casos nadie entiende gran cosa, querida, y además no se gana nada con entender. Lamento que Sonia se haya precipitado, no era a ella a quien le tocaba decírtelo. Maldita sea, ¿no va a terminar nunca con esos números?”. La voz menuda, que hace pensar en un organizado mundo de hormigas, continúa su dictado minucioso por debajo de un silencio más cercano y más espeso. “Pero tú”, dice absurdamente Jeanne, “entonces,tú...”.

Roland bebe un trago de coñac. Siempre le ha gustado escoger sus palabras, evitar los diálogos superfluos. Jeanne repetirá dos, tres veces cada frase, acentuándolas de una manera diferente; que hable, que repita mientras él prepara el mínimo de respuestas sensatas que pongan orden en ese arrebato lamentable. Respirando con fuerza se endereza después de una finta y un avance lateral; algo le dice que esta vez el nubio va a cambiar el orden del ataque, que el tridente se adelantará al tiro de la red. “Fíjate bien”, explica Licas a su mujer, “se lo he visto hacer en Apta Iulia, siempre los desconcierta”. Mal defendido, desafiando el riesgo de entrar en el campo de la red, Marco se tira hacia adelante y sólo entonces alza el escudo para protegerse del río brillante que escapa como un rayo de la mano del nubio. Ataja el borde de la red pero el tridente golpea hacia abajo y la sangre salta del muslo de Marco, mientras la espada demasiado corta resuena inútilmente contra el asta. “Te lo había dicho”, grita Licas. El procónsul mira atentamente el muslo lacerado, la sangre que se pierde en la greba dorada; piensa casi con lástima que a Irene le hubiera gustado acariciar ese muslo, buscar su presión y su calor, gimiendo como sabe gemir cuando él la estrecha para hacerle daño. Se lo dirá esa misma noche y será interesante estudiar el rostro de Irene buscando el punto débil de su máscara perfecta, que fingirá indiferencia hasta el final como ahora finge un interés civil en la lucha que hace aullar de entusiasmo a una plebe bruscamente excitada por la inminencia del fin. “La suerte lo ha abandonado”, dice el procónsul a Irene. “Casi me siento culpable de haberlo traído a esta arena de provincia; algo de él se ha quedado en Roma, bien se ve.” “Y el resto se quedará aquí, con el dinero que le aposté”, ríe Licas. “Por favor, no te pongas así”, dice Roland, “es absurdo seguir hablando por teléfono cuando podemos vernos esta misma noche. Te lo repito, Sonia se ha precipitado, yo quería evitarte ese golpe”. La hormiga ha cesado de dictar sus números y las palabras de Jeanne se escuchan distintamente; no hay lágrimas en su voz y eso sorprende a Roland, que ha preparado sus frases previendo una avalancha de reproches. “¿Evitarme el golpe?”, dice Jeanne. “Mintiendo, claro, engañándome una vez más.” Roland suspira, desecha las respuestas que podrían alargar hasta el bostezo un diálogo tedioso. “Lo siento, pero si sigues así prefiero cortar”, dice, y por primera vez hay un tono de afabilidad en su voz. “Mejor será que vaya a verte mañana, al fin y al cabo somos gente civilizada, qué diablos.” Desde muy lejos la hormiga dicta: ochocientos ochenta y ocho. “No vengas”, dice Jeanne, y es divertido oír las palabras mezclándose con las cifras, no ochocientos vengas ochenta y ocho, “no vengas nunca más, Roland”. El drama, las probables amenazas de suicidio, el aburrimiento como cuando Marie José, como cuando todas las que lo toman a lo trágico. “No seas tonta”, aconseja Roland, “mañana comprenderás mejor, es preferible para los dos”. Jeanne calla, la hormiga dicta cifras redondas: cien, cuatrocientos, mil. “Bueno, hasta mañana”, dice Roland admirando el vestido de calle de Sonia, que acaba de abrir la puerta y se ha detenido con un aire entre interrogativo y burlón. “No perdió tiempo en llamarte”, dice Sonia dejando el bolso y una revista. “Hasta mañana, Jeanne”, repite Roland. El silencio en la línea parece tenderse como un arco, hasta que lo corta secamente una cifra distante, novecientos cuatro. “¡Basta de dictar esos números idiotas!”, grita Roland con todas sus fuerzas, y antes de alejar el receptor del oído alcanza a escuchar el click en el otro extremo, el arco que suelta su flecha inofensiva. Paralizado, sabiéndose incapaz de evitar la red que no tardará en envolverlo, Marco hace frente al gigante nubio, la espada demasiado corta inmóvil en el extremo del brazo tendido. El nubio afloja la red una, dos veces, la recoge buscando la posición más favorable, la hace girar todavía como si quisiera prolongar los alaridos del público que lo incita a acabar con su rival, y baja el tridente mientras se echa de lado para dar más impulso al tiro. Marco va al encuentro de la red con el escudo en alto, y es una torre que se desmorona contra una masa negra, la espada se hunde en algo que más arriba aúlla; la arena le entra en la boca y en los ojos, la red cae inútilmente sobre el pez que se ahoga.

Acepta indiferente las caricias, incapaz de sentir que la mano de Jeanne tiembla un poco y empieza a enfriarse. Cuando los dedos resbalan por su piel y se detienen hincándose en una crispación instantánea, el gato se queja petulante; después se tumba de espaldas y mueve las patas en la actitud de expectativa que hace reír siempre a Jeanne, pero ahora no, su mano sigue inmóvil junto al gato y apenas si un dedo busca todavía el calor de su piel, la recorre brevemente antes de detenerse otra vez entre el flanco tibio y el tubo de pastillas que ha rodado hasta ahí. Alcanzado en pleno estómago el nubio aúlla, echándose hacia atrás, y en ese último instante en que el dolor es como una llama de odio, toda la fuerza que huye de su cuerpo se agolpa en el brazo para hundir el tridente en la espalda de su rival boca abajo. Cae sobre el cuerpo de Marco, y las convulsiones lo hacen rodar de lado; Marco mueve lentamente un brazo, clavado en la arena como un enorme insecto brillante.

“No es frecuente”, dice el procónsul volviéndose hacia Irene, “que dos gladiadores de ese mérito se maten mutuamente. Podemos felicitarnos de haber visto un raro espectáculo. Esta noche se lo escribiré a mi hermano para consolarlo de su tedioso matrimonio”.

Irene ve moverse el brazo de Marco, un lento movimiento inútil como si quisiera arrancarse el tridente hundido en los riñones. Imagina al procónsul desnudo en la arena, con el mismo tridente clavado hasta el asta. Pero el procónsul no movería el brazo con esa dignidad última; chillaría pataleando como una liebre, pediría perdón a un público indignado. Aceptando la mano que le tiende su marido para ayudarla a levantarse, asiente una vez más; el brazo ha dejado de moverse, lo único que queda por hacer es sonreír, refugiarse en la inteligencia. Al gato no parece gustarle la inmovilidad de Jeanne, sigue tumbado de espaldas esperando una caricia; después, como si le molestara ese dedo contra la piel del flanco, maúlla destempladamente y da media vuelta para alejarse, ya olvidado y soñoliento.

“Perdóname por venir a esta hora”, dice Sonia. “Vi tu auto en la puerta, era demasiada tentación. Te llamó, ¿verdad?” Roland busca un cigarrillo. “Hiciste mal”, dice. “Se supone que esa tarea les toca a los hombres, al fin y al cabo he estado más de dos años con Jeanne y es una buena muchacha.” “Ah, pero el placer”, dice Sonia sirviéndose coñac. “Nunca le he podido perdonar que fuera tan inocente, no hay nada que me exaspere más. Si te digo que empezó por reírse, convencida de que le estaba haciendo una broma.” Roland mira el teléfono, piensa en la hormiga. Ahora Jeanne llamará otra vez, y será incómodo porque Sonia se ha sentado junto a él y le acaricia el pelo mientras hojea una revista literaria como si buscara ilustraciones. “Hiciste mal”, repite Roland atrayendo a Sonia. “¿En venir a esta hora?”, ríe Sonia cediendo a las manos que buscan torpemente el primer cierre. El velo morado cubre los hombros de Irene que da la espalda al público, a la espera de que el procónsul salude por última vez. En las ovaciones se mezcla ya un rumor de multitud en movimiento, la carrera precipitada de los que buscan adelantarse a la salida y ganar las galerías inferiores. Irene sabe que los esclavos estarán arrastrando los cadáveres, y no se vuelve; le agrada pensar que el procónsul ha aceptado la invitación de Licas a cenar en su villa a orillas del lago, donde el aire de la noche la ayudará a olvidar el olor a la plebe, los últimos gritos, un brazo moviéndose lentamente como si acariciara la tierra. No le es difícil olvidar, aunque el procónsul la hostigue con la minuciosa evocación de tanto pasado que lo inquieta; un día Irene encontrará la manera de que también él olvide para siempre, y que la gente lo crea simplemente muerto. “Verás lo que ha inventado nuestro cocinero”, está diciendo la mujer de Licas. “Le ha devuelto el apetito a mi marido, y de noche...” Licas ríe y saluda a sus amigos, esperando que el procónsul abra la marcha hacia la galería después de un último saludo que se hace esperar como si lo complaciera seguir mirando la arena donde enganchan y arrastran los cadáveres. “Soy tan feliz”, dice Sonia apoyando la mejilla en el pecho de Roland adormilado. “No lo digas”, murmura Roland, “uno siempre piensa que es una amabilidad”. “¿No me crees?”, ríe Sonia. “Sí, pero no lo digas ahora. Fumemos.” Tantea en la mesa baja hasta encontrar cigarrillos, pone uno en los labios de Sonia, acerca el suyo, los enciende al mismo tiempo. Se miran apenas, soñolientos, y Roland agita el fósforo y lo posa en la mesa donde en alguna parte hay un cenicero. Sonia es la primera en adormecerse y él le quita muy despacio el cigarrillo de la boca, lo junta con el suyo y los abandona en la mesa, resbalando contra Sonia en un sueño pesado y sin imágenes. El pañuelo de gasa arde sin llama al borde del cenicero, chamuscándose lentamente, cae sobre la alfombra junto al montón de ropas y una copa de coñac. Parte del público vocifera y se amontona en las gradas inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña a su guardia para que le abran paso. Licas, el primero en comprender, le muestra el lienzo más distante del viejo velario que empieza a desgarrarse mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que busca confusamente las salidas. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e inmóvil. “Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja”, grita Licas precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae sobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice, “están amontonados ahí abajo como animales”. Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del abrazo ardiente que la envuelve desde el sueño, y su primer alarido se confunde con el de Roland que inútilmente quiere enderezarse, ahogado por el humo negro. Todavía gritan, cada vez más débilmente, cuando el carro de bomberos entra a toda máquina por la calle atestada de curiosos. “Es en el décimo piso”, dice el teniente. “Va a ser duro, hay viento del norte. Vamos.”


lunes, 8 de diciembre de 2014

Rizos de oro y los tres osos - Roald Dahl

Sigo medio desaparecida del blog... Cosas que pasan... Pero hoy recordé "Cuentos en verso para niños perversos" de Roald Dahl y quiero compartir otro de ellos con ustedes. Tiempo atrás leímos "La cenicienta", "Juan y las habichuelas mágicas" y "Blancanieves y los siente enanos". Las versiones de Roald Dahl de caracterizan por el humor y son disfrutables tanto por niños como por adultos.
Para hoy elegí "Rizos de oro y los tres osos" :D La elección me es interesante porque en el cuento original de Robert Southey, Ricitos de oro no es una niña, sino una anciana pero ya sabemos el cuentos con los años - y el cine y la televisión - se transformó. Dicho sea de paso, el original lo pueden leer en: "La historia de los tres osos" ya que hace tiempo lo publiqué en el blog. 





RIZOS DE ORO Y LOS TRES OSOS


¡Jamás debió ponerse en un estante
una bellaquería semejante!
¿Cómo una madre amante y responsable
puede dejar la historia detestable
de esta malvada niña entre las manos
de unos retoños cándidos y sanos?
Si de mí dependiera, Rizos de Oro
estaría entre rejas como un loro...
Imagínense ustedes qué gracioso
resulta hacer potaje para oso,
café y bollitos con su mermelada
y, con la mesa puesta y preparada,
que diga Papá Oso: "¡Mil cornejas!
¡La sopa está que quema las orejas!
Vamos a darnos un paseo juntos
hasta que este potaje esté en su punto.
Además, caminar un buen ratito
nos abrirá mejor el apetito".
Ninguna ama de casa se opondría
a propuesta de tal sabiduría
-y menos con el genio singular
de un oso cuando es hora de almorzar.

Pues bien, en cuanto dejan la mansión
se cuela Rizos de Oro en el salón
y, cual reptil sinuoso y repelente,
lo curiosea todo soezmente.
Al punto ve el potaje apetitoso
que puso en los tres platos Mamá Oso
y, en menos tiempo del que aquí se cuenta,
sobre ellos se abalanza violenta.
Imagínense, insisto, qué faena,
después de preparar cosa tan buena,
que acabe en el estómago incivil
de alguna delincuente juvenil.
¡Y no acaba ahí la cosa!, lo mejor
viene a continuación de lo anterior.
Como mujer de hogar que usted se siente,
ha ido con todo amor, pacientemente,
coleccionando muchos trastos viejos:
un angelote manco, dos espejos,
tres sillas y un armario estilo imperio
comprados en subasta y, lo más serio,
una silla de niño isabelina
que un día heredó usted de su madrina.
Es esa silla orgullo, prez y gloria
de su querida casa y no hay historia
que usted no cuente de ella y se derrita
cuando la enseña ufana a las visitas.
Pues, como iba diciendo, Rizos de Oro
sin el menor recato ni decoro
coloca su trasero gordinflón
sobre la silla histórica en cuestión
y, como no le importa tres pepinos
el mobiliario estilo isabelino,
se carga en un segundo malhadado
de su salón el mueble más preciado.
Cualquier niña diría: "¡Qué desgracia!
¡Merezco un buen castigo por mi audacia!".
Pero no Rizos de Oro que, al contrario,
exhibe su peor vocabulario:
"¡Maldito cachivache!" y otras cosas
que, de tan malsonantes y espantosas,
no puedo ni me atrevo a transcribir
ni creo que se deban imprimir.

Ustedes pensarán que aquí termina
su expedición fatal nuestra heroína...
Pues yo lo siento mucho, amigos míos,
pero no acaba aquí todo este lío.
La miserable quiere echar la siesta,
así que va a mirar dónde se acuesta.
Sube a los dormitorios de los osos,
compara qué edredón es más lanoso,
los prueba del derecho y del revés,
y se echa en el más blando de los tres.
Como sabéis, la gente de provecho
se suele descalzar cuando va al lecho,
pero con Rizos de Oro no hay enmienda
ni se le ocurre cosa que no ofenda.
Podéis imaginaros lo muy guarros
que estaban sus zapatos, cuánto barro
pestífero llevaban en las suelas.
Hasta algo que hizo un perro y, por que huela
tan sólo a tinta el libro, uno se calla...
Y, digo una vez más: ¿Es que no estalla
cualquiera a quien un monstruo dormilón
le ponga hecho una cuadra su edredón?
 
¿Os dais cuenta cabal de la cadena
de crímenes tramados por la nena?
-Crimen número uno: la acusada
comete allanamiento de morada.
-Crimen número dos: el personaje
se queda con tres platos de potaje.
-Crimen número tres: la muy cochina
destroza una sillita isabelina.
-Crimen número cuatro: la madama
se limpia los zapatos en la cama...
Un juez no dudaría ni un instante:
"¡Diez años de presidio a esa tunante!".
Pero en la historia, tal como se cuenta,
la miserable escapa tan contenta
mientras los niños gritan, encantados:
"¡Qué bien; Ricitos de Oro se ha salvado!".
Yo, en cambio, le daría otro final
a un cuento tan infame y criminal:
"¡Papá! -grita el Osito-, estoy furioso.
No tengo sopa". "¡Vaya! -dice el Oso-.
Pues sube al dormitorio: está en la cama,
metida en la barriga de una dama,
así que no tendrás más solución
que dar cuenta del caldo y del tazón".

domingo, 2 de noviembre de 2014

Tokjuaj y la lluvia

Llueve, llueve, llueve y hace mucho que no subo nada al blog...Vamos con una leyenda Wichi :D
La versión que encontré es la de Miguel Angel Palermo - ya leímos leyendas de otras comunidades adaptadas por él.
 Los Wichi son una comunidad indígena que habita el chaco argentino y boliviano. Rendían - o rinden - culto a los seres de la naturaleza y a un ser que consideran superior: Tokjuaj, el equivalente a El´Al aquí en la patagonia.



Tokjuaj y la lluvia

Dicen que antes la Lluvia era un hombre, un hombre todo hecho de agua. Era de agua pero vivía en la tierra; por eso, todo estaba siempre bastante inundado. Un día, Lluvia hizo mucha cerveza de algarroba – de esa que en el Chaco llamamos aloja – y preparó una gran fiesta. Entre los invitados estaba Tokjuaj y – vaya uno a saber por qué, ya que era riquísimo – se apareció en la reunión vestido con ropa vieja, rota y sucia.

Lluvia era bastante cascarrabias y se ofendió mucho con él, porque lo tomó como un desprecio. Por eso lo insultó de arriba abajo. Tokjuaj, entonces, fue corriendo a su casa y se cambió.

¡Qué diferencia! 
Quedó muy elegante: todo vestido de negro, con sombrero aludo, pañuelo blanco de seda al cuello, camisa fina, cinto con monedas de plata y unas botas espléndidas, con espuelas de plata. Se miró en un charco y – muy contento con su elegancia – volvió a la fiesta.

Pero Lluvia era un tipo bastante especial y tampoco quedó conforme. Ahora se había puesto celoso de este Tokjuaj que llamaba la atención. Por eso, apenas lo vio distraído, le tiró un rayo, que le erró por poco y partió un árbol en dos.

Claro, a Tokjuaj esto no le gustó nada, así que buscó una rama de árbol, la convirtió en un rifle (¡cosas de sus poderes mágicos!), apuntó y le tiró dos balazos. Lluvia se asustó, montó en su mula y se escapó a galope tendido.

Por detrás de él iba Tokjuaj, a los tiros, haciendo saltar astillas de los troncos y salpicando agua de los charcos con sus balas.

Al fin, Lluvia se trepó a un árbol, con mula y todo, y desde la punta de la copa pegó un tremendo salto que lo hizo llegar hasta el cielo.

Allí se ha quedado desde entonces. Pero como sigue con miedo a Tokjuaj, no para un momento y va de acá para allá, montado en su mula mañera, que cada tanto patea, y eso son los truenos. Anda envuelto hasta la cabeza con su poncho de flecos larguísimos, que son los chorros de agua cuando llueve, y cada tanto asoma los ojos: así se forman los relámpagos, como reflejos de esa mirada terrible que tiene.