Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 20 de julio de 2014

No me quiere - Elsa Bornemann - En el día del amigo...

Hoy aquí es "El día del amigo" y cuando pensé en subir algo acorde al blog, recordé un libro de mi infancia llamado "Amistad, divino tesoro". En aquella época - desconozco si siguen saliendo -, Ediciones Orion editaba cada tanto libros para niños de diversas edades con selecciones de cuentos de autores argentinos. "Amistad, divino tesoro" vino con cuentos de Elsa Bornemann y Silvina Ocampo entre otros varios autores que hoy por hoy no recuerdo. 
Cuando traje a casa mis libros de la infancia, incluí varios de aquella colección, sin embargo "Amistad, divino tesoro" debe haber quedado en lo de mis padres... algo a chequear. Pero, gracias a internet, encontré el índice así quería compartir con ustedes, en este día de amistad, dos cuentos: "No me quiere" de Elsa Bornemann y "Timbo" de Silvina Ocampo. "No me quiere" pertenece, además, al libro "El niño envuelto" y "Timbó" a "La naranja maravillosa", ambos libros ¡Belleza! Sin embargo, aquí surgió el problema: no logré hallar en digital el cuento de Silvina Ocampo... ni siquiera encontré una versión en digital de "La naranja maravillosa" (curiosamente, los cuentos de dicho libro tampoco se encuentran en "Cuentos Completos"). Así que de momento, va sólo "No me quiere"
EDITO luego de releerlo: A veces repaso mis libros de la infancia y entiendo por qué soy como soy... Hermosa enseñanza.


No me quiere

María vivía en el campo, con su abuelo. Era amiga de los animales de su pequeña granja: de la vaca, de los conejos, del gansito, de la lechuza… ¡y de todas las mariposas! Pero maría soñaba con tener un caballo.

-No. No me alcanza el dinero para comprarlo –le repetía su abuelo cada vez que la nena le pedía: ¡Quiero un caballo!

Y el pobre viejo se ponía triste por tener que decirle que no…Y la nietita se ponía triste porque le decía que no…Una mañana, el abuelo la despertó con gran alegría:

-¡María! ¡El vecino compró un potrillo!

Así como estaba –descalza y en camisón- la nena salió corriendo a todo lo que daba. Atropelló a la vaca. Espantó a los conejos. Asustó al gansito. A pesar de que el sol brillaba, la lechuza abrió los ojos, chillando

-¡María! ¿Adonde vas tan apurada?-

Pero María ya estaba lejos, corriendo por el camino. Y corrió, corrió y corrió, hasta que llegó a la granja del vecino. Allí detrás de un cerco, un hermoso potrillito blanco pastaba distraído. María le silbó con todas sus fuerzas. Al oírla, el potrillo la miró de reojo y se alejó al trote.

“A esta nena no la conozco”, pensaba el potrillito.

“No me quiere… no me quiere” pensaba María. Y volvió a su casa.

-¿Qué te pasa? –le preguntó la vaca, al verla entrar llorando.
 -El potrillito de al lado no me quiere…- le contó María.
-¿Cómo te va a querer, si estás descalza, en camisón y toda despeinada? ¿Por qué no te vistes, te pones las alpargatas y te haces una linda trenza?
-¡Buena idea, vaquita! –Y tras besarle la oreja, María disparó hacia la casa. Cuando volvió a salir, parecía otra: mameluco azul, alpargatas… ¡y una trenza voladora!

“Ahora si que el potrillito me va a querer…” pensaba, mientras corría de nuevo hacia la granja del vecino.

-¡Eh, caballito, acércate! –Le gritó no bien llegó al cerco. Al verla el potrillito la miró de reojo y se alejó al trote.

“A esta otra nena tampoco la conozco!”, pensaba el caballito. “No me quiere…no me quiere…” pensaba María. Y volvió a su casa.

-¿Qué te pasa? - le preguntó el gansito, al verla entrar llorando.
-El potrillito de al lado no me quiere…- Le contó maría
-¿Cómo no te va a querer?, si andas con ese mameluco y con esa trenza tan apretada pareces un muchacho? ¿Porqué no te pones un vestido y te sueltas el pelo?
-¡Buena idea gansito! –y tras acariciarle el ala, María disparó hacia la casa. Cuando volvió a salir parecía otra: vestido a cuadritos y su pelo rubio, tan suelto como las mariposas que revoloteaban a su alrededor.

“Ahora sí que el potrillito me va a querer…” pensaba maría, mientras corría de nuevo hacia la granja del vecino.

-¡Ea , ea, caballito, ven aquí! –le gritó, apenas llegó junto al cerco. Al verla el potrillo la miró de reojo y se alejó al trote. “Otra nena más ¡y a esta tampoco la conozco!” pensaba el caballito.

“No me quiere… no me quiere…”, pensaba María. Y volvió a su casa.

-¿Qué te sucede?- le preguntaron los conejos, al verla entrar llorando.
-El potrillito de al lado, no me quiere…- Les contó María.
- ¿Cómo te va a querer, si estás tan pálida que pareces enferma? ¿Por qué no te pintas un poco? -
-¡Buena idea conejitos! –y tras tironearles cariñosamente las orejas a uno por uno, María disparó hacia la casa.

Cuando volvió a salir, parecía otra: se había tiznado los ojos con carbón y se había pintado las mejillas y labios con tiza colorada. “Ahora si el potrillito me va a querer” pensaba mientras corría de nuevo a la granja vecina.

-¡Vamos caballito, ven de una vez! – le gritó no bien legó al cerco.

“¿Pero que me pasa hoy? ¿Estaré insolado? ¡Otra nena más! ¡Y a esta tampoco la conozco!”, pensaba el caballito. “No me quiere…no me quiere”, pensaba maría. Y volvió a su casa.

El sol ya se había escondido detrás del monte. Faltaba poquito para que la noche tapara lo campos.

-¿Qué te pasa? –le preguntó la lechuza al verla entrar llorando.

Entonces la nena le contó todo: que la vaca me recomendó esto y el gansito me aconsejó eso y los conejos me dijeron esto otro… ¡Pero el potrillito no me quiere! ¡No me quiere! ¿Por qué no me quiere?

El abuelo –que había escuchado todo- se le aproximó. Sonreía dulce cuando le dijo:

-Pero María ¿Cómo puede quererte alguien que no sabe cómo eres, alguien que no te conoce? Además, ¿Qué sabes tú de caballos? ¿Conoces acaso, qué le gusta a ese potrillo?, ¿Qué siente? ¿Cómo es?

María tragó saliva: el abuelo tenía razón. ¡Ella tampoco conocía al potrillo!

-Vamos, querida, ve a ponerte tu ropa de siempre y a lavarte la cara… Si el potrillo se hace tu amigo es porque te quiere tal cual eres.

Esa noche, mientras comían, la nena le hizo muchas preguntas sobre caballos. Después se durmió soñando con el potrillo blanco. Al día siguiente, con su pelo suelto, la cara lavada y el gastado mameluco azul, María salió corriendo hacia la granja del vecino. Llevaba los brazos repletos de alfalfa. Al llegar al cerco, el potrillo miró de reojo, pero esta vez no se alejó al trote.

“Parece que esta nena quiere ser mi amiga… me trae alfalfa”, pensaba como buen caballito que era.

Y de la mano de María probó algunos bocados, aunque no tenía hambre.

Y desde la mano de María sintió caer un montón de caricias sobre su frente…

Y la mano de María lamió mansito, con su lengua áspera y húmeda….

A partir de esa mañana, la nena volvió a visitar al potrillito blanco. Poco a poco se fueron conociendo más y más, hasta que una tarde los dos sintieron que se querían mucho, mucho…!

Ya eran verdaderos amigos!


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