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jueves, 19 de noviembre de 2015

El diamante del Rajá - Robert Louis Stevenson - Parte 1: La historia de la sombrerera

Hoy, porque sí y sin explicaciones, traigo un cuento de Robert Louis Stevenson (hay un par de cosas suyas ya en el blog y seguramente la mayoría recordará la entrañable novela "La isla del tesoro".
"El diamante del rajá" fue publicado por primera vez en 1878 en The London Magazine.
En esta historia, un diamante es robado. Pero no es cualquier diamante, es el sexto diamante en tamaño del mundo. Pertenece a Sir Thomas Vandeleur y le fue regalado por un importante Rajá.
El diamante pasará de mano en mano y así es como este libro se divide en 4 historias o partes que se entrelazan entre sí.

1. Historia de la sombrerera.
2. Historia del joven eclesiástico.
3. Historia de la casa de las persianas verdes.
4. La aventura del príncipe Florizel y el detective.

Publicaré cada una por separado


El diamante del rajá

Historia de la sombrerera

Harry Hartley había recibido la educación propia de un caballero hasta los dieciséis años, primero en una escuela privada y luego en una de esas grandes instituciones que forjaron la fama de Inglaterra. Manifestó entonces un notable desdén por el estudio y, como el único de sus padres que aún vivía era persona débil e ignorante, en adelante se le permitió dedicarse a actividades simplemente frívolas y elegantes.

Dos años más tarde se encontró huérfano y casi mendigo. Por temperamento y formación Harry fue siempre incapaz de toda empresa activa o industriosa. Entonaba canciones románticas, acompañándose discretamente en el piano; no le faltaba gracia con las damas, aunque fuese más bien tímido; gustaba mucho del ajedrez; en fin, la naturaleza le había enviado al mundo con un aspecto más que atractivo. Era rubio y rosado, con saltones ojos de paloma y sonrisa simpática, tenía un aire de agradable ternura melancólica y modales suaves y halagadores. Dicho esto, es preciso reconocer que no se contaba entre los hombres que comandan ejércitos o presiden gobiernos.

Una ocasión favorable y algo de influencia hicieron que Harry consiguiera en su hora de desamparo el cargo de secretario privado del comandante general sir Thomas Vandeleur. Sir Thomas era un hombre de sesenta años, ruidoso, violento y dominante. Por alguna razón, por un servicio cuyo carácter se contaba en voz baja y se negaba con reiteración, el rajá de Kashgar había regalado a sir Thomas el sexto diamante del mundo. El obsequio convirtió al general, que siempre había sido pobre, en un hombre rico, y dejó de ser un militar vulgar y de pocos amigos para convertirse en una de las celebridades de Londres. Dueño del Diamante del Rajá, fue bien recibido en los círculos más exclusivos y hasta encontró a una hermosa dama de buena familia dispuesta a considerar como suyo el diamante, e incluso de casarse con sir Thomas Vandeleur. Por entonces solía decirse que, puesto que las cosas semejantes se atraen entre sí, una joya había atraído a otra; lady Vandeleur no sólo era una joya de muchos quilates, sino que ostentaba un engaste muy lujoso; varias autoridades respetables la colocaban entre las tres o cuatro mujeres mejor vestidas de Inglaterra.

Como secretario, los deberes de Harry no eran particularmente irritantes; pero todo trabajo prolongado le inspiraba verdadera aversión; le disgustaba mancharse los dedos de tinta; y los encantos de lady Vandeleur y sus ropajes le llevaban con mucha frecuencia de la biblioteca al gabinete. Tenía con las mujeres las maneras más delicadas, disfrutaba hablando de modas y nada le hacía más feliz que criticar el color de un lazo o llevar un encargo a la modista.En suma, la correspondencia de sir Thomas sufrió un retraso lamentable y la dueña de casa tuvo una nueva criada.

Un buen día el general, uno de los jefes militares más impacientes, se levantó de su asiento presa de un violento ataque de cólera e informó a su secretario que en adelante no tendría necesidad de sus servicios, valiéndose, a manera de explicación, de uno de aquellos gestos que muy rara vez se usan entre caballeros. Por desgracia, la puerta estaba abierta y el señor Hartley rodó por las escaleras.

Se incorporó algo maltrecho y profundamente resentido. La vida en casa del general era de su predilección; su condición, más o menos ambigua, le permitía alternar con la gente distinguida; trabajaba poco, comía muy bien y en presencia de lady Vandeleur le invadía una vaga complacencia a la que en su propio corazón daba un nombre más enfático.

Inmediatamente después de sufrir el ultraje inferido por el pie militar, corrió al gabinete a contar sus penas.

-Sabe usted muy bien, mi querido Harry -le dijo lady Vandeleur, que le llamaba por su nombre, como a un niño o a un criado-, que usted no hace nunca, ni por casualidad, lo que le ordena el general. Tampoco yo, me dirá usted. Pero la cosa es distinta. Una mujer puede hacerse perdonar un año entero de desobediencia con un solo acto de hábil sumisión; además, no se acuesta con su secretario. Sentiré mucho perderle pero, como no puede quedarse donde le han insultado, le deseo buena suerte y le prometo que el general se arrepentirá de su comportamiento.

Harry se sintió anonadado; se le cayeron las lágrimas y se quedó mirando a lady Vandeleur
con un gesto de tenue reproche.

-Señora -dijo-, ¿qué es un insulto? Toda persona seria puede perdonarlos por docenas. Pero abandonar a los amigos; romper los lazos del afecto...

No pudo seguir, pues le ahogaba la emoción, y se echó a llorar.

Lady Vandeleur le miró con una expresión curiosa.

«Este joven imbécil -pensaba- cree estar enamorado de mí. ¿Por qué no servirme de él? Tiene buena pasta, es servicial, sabe de modas. Además, así no se meterá en líos: es demasiado guapo para dejarle suelto en plaza.»

Esa noche habló con el general, que se sentía un poco arrepentido de su verborragia, y Harry fue transferido al área femenina, en el que su vida se hizo poco menos que celestial. Siempre iba vestido de punta en blanco, lucía delicadas flores en el ojal y atendía a todo visitante con tacto y buen humor. Su relación servil con una dama tan hermosa le llenaba de orgullo; recibía las órdenes de lady Vandeleur como muestras de favor; gustaba de exhibirse ante otros hombres, que se burlaban de él y le despreciaban, en su condición de criada y modista masculino. No se cansaba de pensar en su existencia, considerándola bajo un punto de vista moral. La maldad le parecía un atributo fundamentalmente viril, y pasar los días con una mujer tan fina, ocupado sobre todo de sus vestidos y alhajas, era como vivir en una isla encantada en medio del proceloso mar de la vida.

Una mañana entró al salón y comenzó a arreglar unos partituras sobre el piano. Al otro extremo de la habitación, lady Vandeleur conversaba animadamente con su hermano, Charlie Pendragon, un joven con una fuerte cojera a quien la vida disipada había envejecido antes de tiempo. El secretario privado, a cuya entrada no prestaron atención, escuchó sin querer lo que hablaban.

-Ahora o nunca -decía la señora-. Debe ser hoy, de una vez por todas.
-Pues hoy, si así debe ser -respondió su hermano con un suspiro-. Pero es un error, Clara, un grave error que nos pesará en el alma.

Lady Vandeleur miró a su hermano fijamente, de manera algo extraña.

-Te olvidas de que, al fin y al cabo, ese hombre debe morir -le dijo.
-Mi querida Clara -dijo Pendragon-, eres la bribona más desalmada de Inglaterra.
-Y vosotros los hombres sois tan groseros que no sabéis distinguir los matices -contestó ella-. Sois rapaces, rudos, incapaces de la menor distinción y, sin embargo, cuando una mujer se
permite ser precavida, os lleváis las manos a la cabeza. Carezco de paciencia para soportar esas
tonterías; despreciaríais en un banquero la estupidez que esperáis de nosotras.
-Es posible que tengas razón -admitió su hermano-. Siempre fuiste más lista que yo. Ya sabes mi lema: «Ante todo la familia».
-Sí, Charlie -respondió ella, cogiendo la mano de su hermano entre las suyas-. Conozco tu lema mejor que tú. Y «antes que la familia, Clara». ¿No es ésa la segunda parte? Eres el mejor de los hermanos y te quiero mucho.

El señor Pendragon se puso en pie, confundido por tantos mimos fraternales.

-Más vale que no me vean -dijo-. Sé mi papel al pie de la letra y no perderé de vista al manso gatito.
-Eso, sobre todo -respondió ella-. Es un bicho muy miedoso y puede echarlo todo a perder.

Le lanzó un beso con la mano y su hermano se retiró, pasando por el gabinete y la escalera de servicio.

-Harry -dijo lady Vandeleur, volviéndose a su secretario tan pronto como estuvieron solos, tengo un encargo para usted esta mañana. Tendrá que coger un coche, no quiero que mi secretario camine con este sol, que es malo para la piel.

Dijo estas palabras con énfasis, con una mirada de orgullo semimaternal; el pobre Harry, feliz, se declaró encantado de servirla.

-Éste será otro de nuestros grandes secretos - siguió diciendo la señora-, nadie debe saberlo, salvo mi secretario y yo. Sir Thomas haría un escándalo: ¡si supiera usted lo que estoy me molestan sus escenas! Ah, Harry, Harry: ¿puede explicarme por qué son los hombres tan injustos y prepotentes? No, sé muy bien que no puede, puesto que es el único hombre del mundo que lo ignora todo de las pasiones vergonzosas. ¡Usted es tan bueno y amable! Al menos, puede ser amigo de una mujer y, ¿sabe?, creo que, en comparación, los demás parecen
todavía más desagradables.
-Es usted quien se porta amablemente conmigo -dijo Harry, siempre galante-. Me trata como...
-Como una madre -le interrumpió lady Vandeleur-. Trato de ser una madre para usted. O, por lo menos -se corrigió, con una sonrisa-, casi una madre. Creo ser demasiado joven todavía. Digamos que una amiga, una querida amiga.

Se interrumpió lo suficiente para que sus palabras hiciesen efecto en el sentimental joven, aunque no lo bastante como para darle tiempo a responder.

-Pero todo esto no viene al caso -siguió diciendo-. Encontrará usted, a la izquierda, en el armario de roble, una sombrerera: está bajo el vestido color rosa que me puse el miércoles, junto a mi encaje de Malinas. Llévela en el acto a esta dirección -y le dio un papel-, pero no la entregue de ninguna manera hasta que no le hayan dado un recibo escrito por mí misma. ¿Me entiende usted? Conteste, por favor..., ¡contésteme! Esto es de la mayor importancia y debo pedirle toda su atención.

Harry la tranquilizó repitiendo sus instrucciones, y la señora iba a continuar cuando el general Vandeleur penetró atropelladamente al apartamento, rojo de ira, llevando en la mano lo que parecía ser una larga y minuciosa cuenta de la modista.
-¿Quiere usted ver esto, señora? -exclamaba a gritos-. ¿Quiere usted tener la bondad de echar una mirada a esta factura? Sé muy bien que se casó usted conmigo por mi dinero, y estoy dispuesto a ser tan indulgente como cualquier otro oficial pero, ¡vive Dios!, hay que poner fin a este vergonzoso dispendio.
-Señor Hartley -dijo lady Vandeleur-, creo que ha entendido usted la comisión. Le ruego que vaya ahora mismo. -Un momento -dijo el general, dirigiéndose a Harry-. Dos palabras, antes de que se vaya usted. -Y, volviéndose a su mujer: ¿Cuál es la comisión de este joven? Permítame decirle que no confío en él más que en usted. Si le quedase un mínimo de honradez no se habría marchado de esta casa, y lo que hace para ganarse su sueldo es un misterio general. ¿Dónde le envía usted, señora? ¿Y por qué tan de prisa?
-Creí que quería decirme algo en privado - respondió la señora.
-Habló usted de una comisión -insistió el general-. No trate de engañarme en mi estado de ánimo. Estoy seguro de que habló de una comisión.
-Si se empeña en que los criados sean testigos de estas humillantes discusiones - respondió lady Vandeleur-, tal vez debo pedirle al señor Hartley que tome asiento. ¿No? Entonces puede irse, señor Hartley. Confío en que recuerde todo lo presenciado en esta habitación: puede serle útil.

Harry huyó del salón y, mientras subía corriendo a los altos, siguió oyendo la voz del general, con tonos más declamatorios, y la aguda voz de lady Vandeleur, que interponía respondía heladamente cada vez que se le presentaba la ocasión. ¡Qué admiración sentía Harry por la mujer! ¡Con qué habilidad sabía eludir una pregunta indiscreta! ¡Con qué descaro tan seguro de sí había repetido sus instrucciones ante las mismas barbas del enemigo! Y, de otra parte, ¡cómo detestaba al marido!

Nada había de extraño en lo ocurrido esa mañana, pues tenía por costumbre cumplir misiones secretas a lady Vandeleur, sobre todo con la modista. Harry sabía muy bien el terrible secreto que escondía la casa: la extravagancia sin fondo de la señora y sus deudas incalculables habían devorado hacía tiempo su fortuna y amenazaban día a día acabar con la del marido.

Una o dos veces al año parecía que el escándalo y la ruina eran inminentes. Entonces Harry trotaba a toda clase de tiendas, contaba mentiras, entregaba pequeños adelantos a cuenta, hasta que todo se arreglaba y la dama y su fiel secretario volvían a respirar. Harry se hallaba doblemente comprometido con uno de los dos bandos: no sólo adoraba a lady Vandeleur y aborrecía al marido, sino que su temperamento simpatizaba con el amor a la elegancia; las únicas extravagancias que él mismo se permitía eran con el sastre.

La sombrerera estaba donde le habían dicho, se arregló cuidadosamente para salir y dejó la casa. Era una mañana de sol; debía recorrer una distancia considerable y recordó con desaliento que la brusca irrupción del general había impedido que lady Vandeleur le entregase dinero para un coche. En un día tan caluroso, una caminata tan larga podía hacerle daño, y atravesar Londres con una caja de sombreros bajo el brazo era una humillación casi insoportable a un joven de su temperamento. Se detuvo a pensar lo que debía hacer. Los Vandeleur vivían en Eaton Place y su destino se hallaba cerca de Notting Hill: debía cruzar el parque, evitando los senderos más frecuentados, y dio gracias a su buena estrella de que todavía fuese relativamente temprano.

Alegre de librarse de su íncubo, echó a caminar algo más rápido que de costumbre, y ya estaba muy entrado en el parque de Kensington cuando, en un lugar solitario y entre árboles, se topó cara a cara con el general.

-Usted perdone, sir Thomas -dijo Harry, haciéndose a un lado cortésmente, pues el otro se había plantado en medio del camino.
-¿Dónde va usted, señor? -preguntó el general.
-Doy un paseo por el parque -contestó el joven.

El general golpeó la sombrerera con el bastón.

-¿Con eso? -gritó-. Miente usted, señor, y sabe muy bien que miente.
-Sir Thomas -dijo Harry-, no estoy acostumbrado a que se me trate de esa forma.
-No entiende usted su situación -dijo el general-. Es usted mi criado, y además un criado que me inspira las más graves sospechas. ¿Cómo puedo saber que la sombrerera no está llena de mis cucharitas de té?
-Es la caja del sombrero de copa de un amigo -dijo Harry.
-Muy bien -respondió el general Vandeleur-. Entonces, quiero ver ese sombrero de copa. Los sombreros me inspiran gran curiosidad -añadió torvamente-, y usted sabe muy bien que no me gusta andar con rodeos.
-Le ruego que me perdone, sir Thomas -se disculpó Harry-. Lo siento muchísimo, pero es un asunto privado.

El general le cogió bruscamente del brazo y levantó con una mano el bastón, en ademán de lo más amenazador. Harry se creía ya perdido, pero en ese momento el cielo le envió un defensor inesperado en la persona de Charlie Pendragon, quien apareció entre los árboles.

-No haga usted eso, general -dijo-; no es ni cortés ni valiente.
-¡Ah! -exclamó el general, volviéndose a su nuevo antagonista-. ¡Señor Pendragon! ¿Supone usted, señor Pendragon, que porque he tenido la desgracia de casarme con su hermana debo permitir que me persiga y me detenga un libertino arruinado y desacreditado como usted? Mi relación con lady Vandeleur, señor, me ha quitado las ganas de ver a los demás miembros de la familia.
-¿Y se imagina usted, general Vandeleur - replicó Charlie-, que porque mi hermana tuvo la desgracia de casarse con usted ha renunciado a todos los derechos y privilegios de una dama?
Ese matrimonio, no lo niego, le hizo perder su posición pero, ante mis ojos sigue siendo una Pendragon. Vengo a defenderla de un ultraje tan poco caballeresco, y ya puede usted ser diez veces su marido: no permitiré que se limite su libertad, ni que se detenga por la violencia a sus mensajeros privados.
-¿Qué me dice usted, señor Hartley? -dijo el general-. Parece que el señor Pendragon es de mi misma opinión. También él cree que lady Vandeleur tiene algo que ver con el sombrero de copa de su amigo.

Charlie comprendió que había cometido un error imperdonable y se apresuró a repararlo.

-¿Cómo, señor? -dijo-. ¿Que yo sospecho algo, dice usted? Yo no sospecho nada. Me ha bastado ver que usted abusa de su fuerza y maltrata a los inferiores, para tomarme la libertad de intervenir.

Y mientras decía estas palabras le hacía señas a Harry, pero éste era demasiado lento o estaba demasiado turbado para comprenderlas.

-¿Cómo debo entender su actitud, señor? - quiso saber el general.
-Señor, como usted quiera -respondió Pendragon.

El general levantó otra vez el bastón y lanzó un golpe a la cabeza de Charlie quien, aunque
cojo, lo paró con el paraguas, se adelantó y sujetó a su formidable adversario.

-¡Corra, Harry, corra! -gritaba-. ¡Rápido, idiota! Harry quedó petrificado durante un instante, observando a los dos hombres que forcejeaban en feroz abrazo y luego, dando media vuelta, se echó a correr. Todavía lanzó una mirada por encima del hombro, y vio al general por tierra, tratando esfuerzos por incorporarse, y a Charlie que le había puesto la rodilla encima; el parque parecía lleno de gente que corría de todas partes hacia el lugar de la pelea. El espectáculo agregó alas a los pies del secretario, que no disminuyó su carrera hasta llegar a Bayswater Road e internarse al azar en una callejuela poco frecuentada.

La imagen de dos caballeros conocidos aporreándose brutalmente fue para Harry algo verdaderamente espantoso. Quería olvidar lo que había visto; sobre todo, deseaba alejarse lo más posible del general Vandeleur; en su ansiedad, no pensó más en el lugar al que se dirigía y siguió para adelante, apurado y tembloroso.

Cuando se acordaba de que lady Vandeleur estaba casada con uno de los gladiadores y era hermana del otro, sentía profunda compasión por alguien con tan mala suerte en la vida. Hasta su propio puesto en casa del general se le antojaba menos agradable que de costumbre a la luz de hechos tan desagradables. Había avanzado cierta distancia absorto en estas meditaciones, cuando un ligero choque con un transeúnte le recordó la sombrerera que llevaba bajo el brazo.

-¡Cielos! -exclamó-. ¿Dónde tengo la cabeza? ¿Y dónde estoy?

Y consultó el sobre que le había dado la señora. En él constaban las señas, pero no había nombres. Las instrucciones de Harry eran «preguntar por el caballero que esperaba un paquete de parte de lady Vandeleur» y, si no estaba en casa, aguardar su regreso. El hombre, añadía la nota, debía entregarle un recibo de puño y letra de la propia señora. Aquello parecía muy misterioso, y a Harry le admiraban sobre todo la falta de nombre y la formalidad del recibo. No le había llamado la atención cuando lo escuchó pero, leyéndolo con sangre fría, y en relación con otros detalles extraños, se convenció de que estaba metido en un lío muy peligroso. Durante un segundo llegó a dudar de la propia lady Vandeleur, pues unos manejos tan turbios eran indignos de una gran dama, y se sentía más crítico por que ella no le había revelado sus secretos. No obstante, la señora ejercía un dominio tan grande sobre su espíritu que desechó sus sospechas y hasta se reprochó amargamente haberlas abrigado durante un momento.

Su deber y su interés coincidían en algo: su generosidad y sus temores; debía librarse con toda la rapidez posible de la sombrerera. Preguntó por la dirección al primer policía que vio y supo que no se hallaba lejos de su destino. Unos minutos de caminata le llevaron a una pequeña casa recién pintada y mantenida con el cuidado más escrupuloso. El llamador y la campanilla estaban relucientes, las ventanas adornadas con macetas de flores y provistas de ricas cortinas que ocultaban el interior a las miradas curiosas. El lugar tenía un aire de reposo y de secreto, y Harry, ganado por el ambiente, golpeó la puerta con la mayor discreción, quitándose con especial cuidado el polvo de los zapatos.

Una criada bastante atractiva le abrió la puerta y pareció observar al secretario con ojos llenos de simpatía.

-Traigo un paquete de lady Vandeleur -dijo Harry. -Ya lo sé -respondió la muchacha-, pero el caballero no se encuentra en casa. ¿Quiere usted dejar el paquete? -No puedo. Tengo instrucciones de entregarlo sólo bajo cierta condición. Le ruego que permita que le espere.
-Bueno -dijo ella-. Supongo que puedo permitírselo. Estoy muy sola, se lo aseguro, y usted no parece de esos tipos que devoran jovencitas. Pero no me pregunte el nombre del caballero porque no se lo puedo decir.
-¡Caramba! -exclamó Harry-. ¡Qué cosa más rara! Pero desde hace un tiempo voy de sorpresa en sorpresa. Creo que puedo preguntarle algo sin ser indiscreto: ¿es el dueño de la casa?
-Es un inquilino, y desde hace unos ocho días -respondió la criada-. Y ahora le hago yo una pregunta: ¿conoce usted a lady Vandeleur?
-Soy su secretario privado -dijo Harry, con el fuego del orgullo contenido.
-¿Es bonita, verdad?
-¡Ah, hermosísima! Muy bonita, y buena, y amable.
-Usted también parece amable -dijo ella-, y le apuesto que vale por una docena de esas ladies Vandeleur.

Harry se sintió escandalizado.

-¡Yo soy el secretario, nada más!
-¿Lo dice por mí? -preguntó la joven-. Porque yo soy la criada y nada más. -Y luego, ante la evidente confusión de Harry, agregó-: Ya sé que no lo dice con mala intención. Me cae usted bien y su lady Vandeleur no me importa nada. ¡Oh, estos señores! -añadió, levantando la voz-. Enviar a un caballero de verdad como usted, con esa caja de sombreros, y a pleno día.

Mientras conversaban habían mantenido en las posiciones de un comienzo, ella en el umbral, él en la acera, con la cabeza descubierta para estar más fresco y la caja bajo el brazo. Pero después de estas últimas palabras, Harry no pudo soportar tantos elogios a quemarropa, ni la mirada incitadora que los acompañaba, y empezó a moverse y a mirar, algo confuso, a derecha e izquierda. Al volver la cara hacia el extremo inferior de la calle, sus ojos tropezaron, para su indescriptible desaliento, con los del general Vandeleur. El general, en un arrebato de calor, urgencia e indignación, recorría las calles en busca de su cuñado pero, tan pronto como divisó al delincuente secretario, cambió de propósito, su cólera se encauzó por una nueva vía, y se precipitó a su encuentro con muecas y vociferaciones de lo más soeces.

Harry entró de un salto en la casa, empujando a la criada delante suyo, y pegó un portazo en las narices de su perseguidor.

-¿Hay una tranca? ¿La puerta se cierra con llave? -preguntó, mientras toda la casa resonaba con la salva de golpes que el general descargaba con el llamador.
-¿Por qué, qué le pasa? -dijo la criada-. ¿Le asusta ese señor?
-Si me atrapa soy hombre muerto -contestó Harry en susurros-. Me ha perseguido todo el día y lleva un estoque en el bastón; es un oficial del ejército de la India.
-¡Qué manera de portarse! ¿Y cómo se llama?
-Es el general para quien trabajo. Quiere apoderarse de esta sombrerera.
-¿No se lo dije? -dijo la joven con un gesto de triunfo-. Ya sabía yo que su lady Vandeleur no valía nada, y si usted tuviera ojos en la cara, también lo vería. ¡Una descarada, una falsa, se lo digo yo!

El general continuaba en sus ataques con el aldabón y, furioso porque no le abrían, empezó a lanzar puntapiés y puñetazos contra la puerta.

-Afortunadamente estoy sola en la casa - observó la muchacha-. Su general puede dar golpes hasta que se harte, no hay nadie para abrirle. ¡Venga conmigo!

Al decir esto, condujo a Harry a la cocina, le hizo sentarse y se quedó junto a él, poniéndole afectuosamente la mano en el hombro. El estrépito de los aldabonazos, lejos de disminuir, se hacía atronador, y cada golpe hacía temblar al pobre secretario.

-¿Cómo se llama usted? -preguntó la muchacha.
-Harry Hartley.
-Yo me llamo Prudence. ¿Le gusta mi nombre?
-Es encantador -dijo Harry-. Pero oiga esos golpes. Ese hombre acabará por romper la puerta y, Dios me ayude, será para mí una muerte segura.
-Se altera demasiado -contestó Prudence-. Déjele que golpee, se lastimará las manos. ¿Cree usted que lo tendría aquí si no estuviese segura de salvarle? No, yo soy buena amiga de la gente que me cae bien, y la puerta de servicio da a otra calle. Pero -añadió, pues Harry se había puesto en pie de un salto al oír la buena noticia- no se la enseñaré si no me besa. ¿Quiere darme un besito, Harry?
-Por supuesto -respondió Harry, acordándose de su galantería-. Y no porque exista una puerta de servicio, sino porque es usted tan buena y tan bonita.

Y le administró dos o tres cariños que fueron retribuidos en especie. Luego Prudence le llevó hasta la puerta y, poniendo la mano en la llave, le preguntó:

-¿Vendrá usted a verme?
-¡Claro que sí! -dijo Harry-. ¿No le debo acaso la vida?
-Ahora -dijo ella, abriendo la puerta- corra todo lo que pueda, que voy a dejar entrar al general.

Harry no tenía necesidad del consejo; el miedo le daba alas, y se dedicó a huir con la mayor diligencia. Unos cuantos pasos, pensaba, y superadas las pruebas, podría volver junto a lady Vandeleur con honor y seguridad. Pero no había dado esos pasos y ya escuchaba una voz de hombre llamándole por su nombre entre maldiciones; al volver la cabeza vio a Charlie Pendragon que agitaba los brazos, haciéndole señas de regresar. La sorpresa de este nuevo incidente fue tan súbita y profunda, y Harry había llegado a tal punto de tensión nerviosa, que no se le ocurrió nada mejor que aumentar la velocidad de su fuga. Tendría que haber recordado, por supuesto, la escena en el parque de Kensington; debiera haber pensado que, si el general era su enemigo, Charlie Pendragon sólo podía ser un aliado. No obstante, tal era la fiebre y alteración de su ánimo que no tuvo presentes estas consideraciones y continuó calle arriba como alma que lleva el diablo.

Por su tono de voz y las imprecaciones que lanzaba contra el secretario, era claro que Charlie estaba enfurecido; corría también, lo más de prisa que podía, pero se hallaba en desventaja, y a pesar de sus gritos y los golpes que daba con el pie cojo contra el pavimento, empezó a perder cada vez más terreno.

Harry sintió que renacían sus esperanzas. La calle era estrecha y empinada, pero muy solitaria, con muros de jardines cubiertos de hiedra a ambos lados, y el fugitivo no veía delante de sí ni una sola persona, ni una puerta abierta. La Providencia, cansada de la persecución, le allanaba la ruta de escape.

¡Ay! Cruzaba delante de un jardín cuando de pronto se abrió una puerta, a la sombra de unos castaños, y vio la figura de un chico de carnicero, con una bandeja vacía, que se disponía a salir. Harry apenas si reparó en su presencia y ya estaba unos pasos más lejos, pero el muchacho tuvo tiempo de observarle. Le sorprendió mucho que un caballero corriendo por la calle y lanzó detrás de sí gritos burlones.

Aquel mandadero hizo que Charlie Pendragon tuviera una nueva idea y, aunque casi sin aliento, tuvo fuerzas para levantar una vez más la voz:

-¡Al ladrón! -gritó-. ¡Al ladrón!

Y el chico del carnicero, repitiendo el grito, se unió en el acto a la persecución. Fue un momento amargo para el pobre secretario. El miedo le hizo acelerar su carrera y ganar terreno sobre sus perseguidores, pero sabía que pronto estaría agotado y, si se topaba con alguien que viniese en dirección opuesta, su situación, en una calle tan estrecha, sería desesperada.

«Debo hallar donde esconderme -pensó-, y tiene que ser pronto o todo habrá terminado para mí en esta vida.» No bien le había pasado esta idea por la cabeza, cuando la calle dobló a un lado y sus adversarios le perdieron de vista. Hay momentos en los que el menos tenaz de los hombres aprende a portarse con energía y firmeza, y el más precavido olvida su prudencia y adopta una decisión temeraria. Esta fue una de esas situaciones para Harry Hartley, y los que mejor le conocían hubieran sido los más asombrados ante su audacia. Se detuvo de repente, lanzó la sombrerera por encima del muro, saltó con gran agilidad y, con la ayuda de las manos, pasó del otro lado y cayó de cabeza en el jardín.

Recobró el sentido poco después, sentado en medio de un arriate de rosales. Le sangraban las manos y las rodillas que se había cortado al saltar, pues el muro estaba protegido por una gran cantidad de cascos de botella; sentía todo el cuerpo descoyuntado y una molesta sensación de mareo. Frente a él, más allá del jardín, que estaba maravillosamente ordenado y lleno de flores del perfume más agradable, vio la parte trasera de una casa. Era una casa grande e indudablemente habitada pero, en contraste con el jardín, era de apariencia fea, descuidada, algo siniestra. Los muros del jardín la rodeaban por todas partes.

Harry lo veía todo, pero su cabeza no conseguía registrar las cosas ni llegar a una conclusión
racional. Oyó que alguien se aproximaba por el sendero y desvió la vista en esa dirección, sin saber si defenderse o huir. El hombre que acababa de llegar era un personaje robusto, tosco, de aspecto mezquino, vestido de jardinero y con una regadera en la mano izquierda. Una persona más en sus cabales se habría alarmado al ver su enorme estatura y la feroz mirada de sus ojos negros. Harry se hallaba excesivamente aturdido por la caída para tener miedo; no le quitó al jardinero los ojos de encima, pero no hizo nada y le permitió acercarse, cogerle del hombro y ponerle bruscamente de pie sin oponer, por su parte, la menor resistencia.

Durante un momento se miraron lentamente a los ojos, Harry fascinado y el hombre muy colérico, con expresión cruel y burlona.

-¿Quién eres tú? -preguntó por fin-. ¿Quién eres tú que saltas mi muro y destrozas mi Gloire
de Dijon? ¿Cuál es tu nombre? -agregó, sacudiéndole-. ¿A qué has venido? Harry no lograba dar una sola palabra de explicación. En ese instante Pendragon y el muchacho cruzaron corriendo al otro lado del muro, y el ruido de sus pasos y sus gritos enronquecidos retumbaron en la calle. Las preguntas habían hallado respuesta y el jardinero dirigió su mirada a Harry con una sonrisa odiosa.
-¡Un ladrón! -dijo-. Creo que te debes ganar bien la vida, porque vas muy bien vestido, como un caballero. ¿No te da vergüenza ir tan bien aseado, cuando tanta gente honrada no dispone de ropas así ni de segunda mano? ¡Habla, rufián! Entiendes inglés, supongo, y tú y yo tenemos muchas cosas que hablar antes de que te lleve a la comisaría. 
-Señor, esto es una equivocación -le contestó Harry-. Si quiere usted venir conmigo a casa de
sir Thomas Vandeleur, en Eaton Place, le garantizo que todo podrá aclararse. La persona más respetable, me doy cuenta ahora, puede fácilmente convertirse en un sospechoso.
-Mira, jovenzuelo -dijo el jardinero-, contigo no voy sino a la comisaría de aquí al lado. El inspector irá a Eaton Place, y tendrá mucho gusto en tomar el té con tus grandes amistades. ¿O quieres que vayamos a ver al ministro? ¡Sir Thomas Vandeleur, dice! ¿Crees que no conozco a un caballero cuando le veo, y que le voy a confundir con un bellaco como tú? Ya puedes vestirte como quieras, que a mí no me engañas. ¡Miren esa camisa, que debe valer más que mi sombrero del domingo, y esa chaqueta acabada de estrenar, y esas botas!

La mirada del hombre había ido bajando y, de repente, detuvo sus comentarios ofensivos y se quedó con los ojos fijos en el suelo. Cuando volvió a hablar su voz se había alterado manera extraña.

-¿Pero qué es esto, en nombre del Señor?

Harry siguió la mirada del jardinero y vio un cuadro que le dejó mudo de sorpresa y terror. Al caer había aplastado con el cuerpo la sombrerera, que se había partido en dos, dejando a la vista un gran tesoro de diamantes, ahora hundidos en la tierra o esparcidos por el suelo con abundancia majestuosa y espléndida.

Vio una magnífica diadema que había admirado muchas veces en lady Vandeleur; anillos y prendedores, pendientes y brazaletes, y hasta diamantes sin engastar, caídos entre los rosales como gotas de rocío matinal. Entre los dos hombres había por tierra un tesoro inmenso: un tesoro en su forma más atrayente, maciza y durable, que podía llevarse en un delantal, bellísimo en sí mismo, brillando a la luz del sol con mil destellos de todos los colores.

-¡Dios mío! -dijo Harry-. ¡Estoy perdido!

En ese momento su mente regresó al pasado con la velocidad incalculable del pensamiento y empezó a comprender sus aventuras del día, a coordinarlas como un todo y a reconocer la
amarga situación en la que se hallaba involucrado.

Miró alrededor tratando de encontrar ayuda, pero estaba solo en el jardín, con los diamantes desparramados y junto a su terrible interlocutor, y no oía sino el rumor de las hojas y los rápidos latidos de su propio corazón. No es de sorprender que, perdiendo el ánimo, el joven repitiera con voz quebrada: -¡Estoy perdido!

El jardinero miraba en todas direcciones con aire culpable, pero no había nadie asomado a las ventanas y pareció tranquilizarse.

-¡Ten valor, idiota! -dijo-. Lo peor ya ha pasado. ¿Cómo no me dijiste que hay bastante para dos? ¿Para dos? ¡Para doscientos! Vámonos de aquí, que nos pueden ver, y por amor de Dios, ponte el sombrero y límpiate. No puedes dar dos pasos con ese aspecto irrisorio.

Sin pensarlo, Harry hizo lo que el otro le decía; el jardinero se arrodilló y se puso a recoger las joyas, metiéndolas otra vez en la sombrerera. Nada más tocar los riquísimos cristales, su robusta figura se estremeció de pies a cabeza; la cara se le transfiguró, le brillaron los ojos de codicia; más aún, pareció demorar lujuriosamente su ocupación acariciando cada uno de los diamantes. Por fin, ocultó la caja entre sus ropas e hizo a Harry una señal de que le siguiera, dirigiéndose a la casa.

Cerca de la puerta hallaron a un joven, sin duda un religioso, moreno y muy bien plantado, pulcramente vestido como corresponde a su casta, en cuyo aspecto se combinaban debilidad y resolución. El jardinero pareció contrariado por el encuentro, pero puso la mejor cara que pudo y, acercándose al clérigo con aire sonriente y obsequioso, le dijo:

-Hermosa tarde tenemos, señor Rolles. ¡Una hermosa tarde, como que Dios es grande! Este joven es un buen amigo que ha venido a ver mis rosas. Me he tomado la libertad de traerle y no creo que ninguno de los inquilinos se oponga. 
-En cuanto a mí -contestó el reverendo señor Rolles-, no me opongo, ni creo que los demás
puedan oponerse en un asunto de tan intranscendente.

El jardín es suyo, señor Raeburn, ninguno de nosotros debe olvidarlo; y no porque nos haya permitido pasearnos por él tendremos la osadía de entrometernos, abusando de su cortesía, en lo que quieran sus amigos.

-Pero, si no me equivoco -añadió-, este caballero y yo nos conocemos. El señor Hartley, me parece.

Lamento ver que se ha caído usted. Y tendió la mano. Una dignidad excesivamente delicada, y la intensión de retrasar en lo posible toda aclaración, hizo que Harry desaprovechara aquella oportunidad de recibir ayuda. Negó su propia identidad y prefirió las bondades del jardinero, que por lo menos era un desconocido, a la curiosidad y quizá las dudas de alguien que le conocía.

-Me temo que se trata de una equivocación - respondió-. Me llamo Thomlimson y soy amigo del señor Raeburn. -¿En verdad? -dijo el señor Rolles-. El parecido es asombroso.

El señor Raeburn, que había estado en ascuas durante toda la conversación, creyó oportuno ponerle punto final. -Le deseo a usted un buen paseo, señor -dijo.

E hizo entrar a Harry a la casa; era una habitación que daba sobre el jardín. En primer lugar bajó las persianas, pues el señor Rolles seguía donde le habían dejado, con aire de reflexión y asombro. Después vació la sombrerera rota sobre una mesa y se sentó ante el tesoro así desplegado, frotándose las manos en los muslos, en un éxtasis de codicia. Para Harry, observar la cara de aquel hombre poseído por una emoción tan baja fue un nuevo golpe, además de los muchos que había recibido. Le parecía increíble que su vida, hasta entonces tan pura y delicada, se viera envuelta de pronto en algo tan sórdido y criminal. En conciencia, no tenía el menor pecado que reprocharse, pero padecía sus penas en sus formas más agudas y crueles: el miedo al castigo, la desconfianza en los buenos, la sociedad y la contaminación con seres despreciables y brutales. Hubiera dado con gusto su vida por escapar de la habitación y de la compañía del señor Raeburn.

-Bien -dijo este último, cuando hubo colocado las joyas en dos montones casi idénticos y acercado uno de ellos a sí-, todo se paga en este mundo, y a veces de formas muy agradables. Debe usted saber, señor Hartley, si ése es su nombre, que soy hombre de buen carácter y que esta generosidad fue mi condena toda la vida. Ahora mismo podría embolsarme todas estas lindas piedrecitas, si se me antojara, y quisiera ver si se atreve usted a decirme algo. Pero me ha caído usted bien y la verdad es que no quisiera perjudicarle. De modo que, por pura amabilidad, le propongo que las dividamos. Éstas -continuó diciendo, mientras señalaba con un gesto los dos montones- me parecen partes justas y amistosas. ¿Me permite preguntarle si tiene alguna objeción, señor Hartley? No voy a discutir por un prendedor más o menos.
-¡Señor, me propone usted algo imposible! - respondió Harry-. Las joyas no son mías y no
puedo dividirlas con nadie, cualquiera sea la proporción.
-¿No son suyas, entonces? -replicó Raeburn-. ¿Y no puede usted compartirlas con nadie? Pues bien, eso es lo que yo llamo una pena, porque no me queda más remedio que entregarle a la policía. La policía..., ¡piense en el deshonor de sus pobres padres; piense -y cogió a Harry por la muñeca-, piense en las cárceles coloniales y el día del Juicio Final!
-Nada puedo hacer -decía Harry con voz quejumbrosa-. No es culpa mía. ¿No quiere venir conmigo a Eaton Place?
-No -dijo el hombre-. De eso nada. Vamos a repartirnos estos chismes aquí mismo.

Y de pronto retorció con violencia la muñeca del joven. Harry lanzó un grito de dolor y su cara se cubrió de sudor. Quizás el pánico y el dolor avivaron su inteligencia, pues no cabe duda de que en ese momento, en un abrir y cerrar de ojos, vio todo lo que sucedía con una luz muy distinta, lo único razonable era aceptar el trato con el bribón, confiando en que, en circunstancias más favorables, libre ya de toda sospecha, podría dar con la casa y obligarle a devolver el botín.

-De acuerdo -dijo.
-Así me gusta -dijo con socarronería el jardinero-. Ya sabía yo que antepondrías tus intereses. Quemaré la sombrerera con las basuras, pues algún curioso podría reconocerla; tú recoge tus piedras y mételas en el bolsillo.

Harry obedeció; Raeburn le miraba hacer y,de vez en cuando, un vivo destello encendía su codicia; entonces quitaba una joya de la parte del secretario y la añadía a la suya. Cuando Harry hubo terminado, se dirigieron a la puerta de calle. Raeburn la abrió cautelosamente y se asomó para ver si venía alguien.

Al parecer la calle estaba desierta, pues de pronto agarró a Harry por la nuca y le hizo bajar la cabeza, de modo que sólo podía ver el suelo y los escalones de entrada de las casas, empujándole con violencia delante suyo por una calle, y luego por otra, durante quizás un minuto y medio. Harry contó tres esquinas antes de que el bribón le soltara y, diciéndole «¡Largo de aquí!», le arrojara al suelo de un puntapié atlético y bien dirigido.

Una vez que Harry se pudo incorporar, todavía medio aturdido y sangrando abundantemente por la nariz, el señor Raeburn había desaparecido. Por primera vez el dolor y la cólera vencieron al desgraciado joven, que se echó a llorar a lágrima viva en medio de la calle.

Cuando pudo calmarse un poco, miró a su alrededor y leyó los nombres de las calles donde le había abandonado el jardinero. Estaba en un barrio poco frecuentado del oeste de Londres, entre villas y grandes jardines, y vio unas cuantas personas en las ventanas, sin duda mudos testigos de su infortunio; poco después, una criada vino corriendo de una casa para ofrecerle un vaso de agua. Al mismo tiempo se le acercó también un vago mal encarado que rondaba por esas calles de Dios.

-¡Pobre señor! -dijo la criada-. ¡Cómo le han dejado! ¡Le sangran las rodillas, tiene las ropas destrozadas! ¿Conoce usted al miserable que le hizo esto?
-Sí que le conozco -respondió Harry, un poco repuesto tras beber el agua-, y le encontraré a pesar de sus precauciones. Lo que ha hecho hoy le costará caro, se lo aseguro.
-Venga usted a la casa para asearse y arreglarse un poco -dijo la muchacha-. No se preocupe, mi señora no lo tomará a mal. Mire usted, cogeré su sombrero. ¡Dios del cielo! -gritó-. ¡Pero si viene perdiendo diamantes por la calle!

Así era, en efecto; la mitad de las piedras que le quedaban después del asalto del señor Raeburn se le habían caído al rodar por tierra y ahora brillaban sobre el suelo. Dio gracias a su buena suerte de que la criada las hubiera visto, pensó que por mal que vayan las cosas siempre pueden ir peor, y recobrar unas cuantas joyas le pareció asunto tan importante como haber perdido las demás. ¡Ay! No bien se inclinó a recoger sus tesoros, el vago que le estaba mirando se abalanzó sobre él y la muchacha, les derribó, recogió algunos diamantes con ambas manos y se perdió calle abajo con sorprendente agilidad.

Tan pronto como Harry se puso en pie, corrió dando gritos tras el ladrón, pero éste era muy rápido y debía conocer bien el barrio, pues cuando el perseguidor llegó a la esquina no se veían rastros del fugitivo.

Harry regresó profundamente abatido a la escena de su desgracia y la joven, que le estaba esperando, le devolvió con cortesía su sombrero y las piedras recogidas del suelo. Harry le agradeció de todo corazón y, como ya no estaba de humor para hacer economías, fue a la estación más cercana y cogió un coche de alquiler para Eaton Place.

Al llegar, la casa parecía en la mayor confusión, como si hubiera ocurrido una catástrofe. Los criados estaban reunidos en el salón y no fueron capaces de contener la risa, aunque quizá tampoco se esforzaron mucho, ante la desastrosa figura del secretario. Harry pasó delante de ellos con el aire más digno que podía y fue derecho al gabinete. Cuando abrió la puerta, puso los ojos en un espectáculo sorprendente y hasta amenazador, pues vio al general, a su mujer, y nada menos que a Charlie Pendragon, en plena conspiración, cuchicheando grave y ansiosamente de algo sin duda importante.

Comprendió en el acto que le quedaba muy poco por explicar, era evidente que se había hecho confesión plenaria al general del fraude intentado contra su bolsa, así como del rotundo fracaso de la empresa, y que todos se habían unido contra el peligro común.

-¡Gracias a Dios! -exclamó lady Vandeleur-. ¡Aquí está! ¡La sombrerera, Harry, la sombrerera!

Pero Harry seguía plantado ante ellos, cabizbajo y sin decir palabra.

-¡Hable! -gritó lady Vandeleur-. ¡Hable usted! ¿Dónde está la caja?

Y los hombres repitieron la pregunta con gestos de amenaza.  Harry sacó un puñado de joyas del bolsillo. Se le veía muy pálido.

-Esto es todo lo que queda -dijo-. Juro ante Dios que no fue culpa mía. Si tienen paciencia creo que podrán recobrarse algunas joyas, aunque me temo que otras se han perdido para siempre.
-¡Ay! -se quejó lady Vandeleur-. Nos hemos quedado sin diamantes y yo debo noventa mil libras por mi guardarropa.
-Señora -dijo el general-, podía usted haber empedrado la calle con sus baratijas, haberse endeudado por una suma cincuenta veces mayor, haberme robado la diadema y el anillo de mi madre; tal vez, forzado por la naturaleza, habría acabado por perdonarla. Pero ha cogido usted el Diamante del Rajá -el Ojo de la Luz, como lo llaman de forma poética los orientales-, el orgullo de Kashgar. ¡Me ha robado usted el Diamante del Rajá! -gritó, levantando las manos- ¡y todo ha acabado, señora, todo ha terminado entre nosotros!
-Créame usted, general Vandeleur - respondió la gran dama-, que ésa es una de las cosas más agradables que he oído nunca; puesto que nos hemos arruinado, casi podría felicitarme de un cambio que me libra de su compañía. Me ha repetido infinidad de veces que me casé con usted por su dinero. Permítame decirle ahora que es algo de lo que me arrepiento amargamente. Si aún fuese usted soltero, y dueño de un diamante más grande que su cabeza, no le aconsejaría a la última de mis criadas un matrimonio tan triste y desastroso.

En cuanto a usted, señor Hartley -dijo, dirigiéndose al secretario-, ha demostrado de manera suficiente sus nefastas cualidades en esta casa; todos sabemos que le falta valor, sensatez y respeto de sí mismo; lo único que puede hacer es largarse en el acto y, a ser posible, no volver a aparecer por aquí. Si desea cobrar su salario puede anotarse como acreedor en la quiebra de mi marido.

Apenas si había comprendido Harry este discurso tan insultante y ya el general lo atacaba con otro.

-Mientras -dijo sir Thomas-, venga usted conmigo a visitar al inspector de policía más  próximo. Puede usted entrar.

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