Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

lunes, 11 de junio de 2012

El gato negro - Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe es considerado por muchos el maestro del cuento corto de suspenso o de terror. Sus escritos inspiraron e influenciaron a muchos escritores - entre los Argentinos encontramos a J. Cortázar - y lo continúan haciendo en la actualidad. 
La película "The raven", estrenada hace días aquí en Neuquén, está basada, o más bien, hace referencia, a algunos de sus relatos y poemas más conocidos como "El cuervo", "El pozo y el péndulo", "El corazón delator" entre otros. 
"El gato negro", historia que les traigo hoy, es un cuento de suspenso u horror psicológico, si se quiere, y a pesar de haber sido publicado en 1843, continúa inquietando a más de uno...
¿Cuál es la edad ideal para comenzar a leer a Poe? ¡Sin duda la tortuosa adolescencia! (A mi parecer, mayores de 15 años)
:D

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz, no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón - tal era el nombre del gato - se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba - pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol? -, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu se de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla - si ello fuese posible - más allá del alcance de mi infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!". Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, su sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡Extraño!¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición - ya que no podía considerarla otra cosa - me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, había tratado de despertarme de esa forma. probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste salvo por un detalle: Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras que este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes no sabía nada de él.

Continué acariciando al gato, y cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero - sin que pueda decir cómo ni por qué - su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerle víctima de cualquier violencia; pero gradualmente - muy gradualmente - llegué a mirarlo con inexplicable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que le hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo la silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobretodo - quiero confesarlo ahora mismo - por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer - si, aún en esta celda de criminales - me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más una de las más vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra... ¡la imagen del PATÍBULO! ¡oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejante de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso - pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme - apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué, al punto y con toda sangre fría, a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de la casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego, se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo del cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a su víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena, y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente, sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía de deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

- Caballeros - dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera - me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... - En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras - Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Qué Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante a un sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaléandome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato, y cuya voz delatora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

domingo, 10 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VIII - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VII"

Nota: Algunas partes no son completamente adecuadas para niños, recuerden que es la versión original del relato que fuera luego popularizado y adaptado para ellos



En la 753a noche
"... Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial: "Así ocurren siempre estas cosas, hija mía, pero guárdate bien de decírselo a nadie, porque estas cosas no se cuentan nunca. Y las personas que te oyeran te tomarían por loca. Levántate, pues, y no te preocupes por eso, y procura no turbar con tu mala cara los festejos que se dan hoy en el palacio en honor tuyo, y que van a durar cuarenta días y cuarenta noches, no solamente en nuestra ciudad, sino en todo el reino ¡Vamos hija mía! Alégrate y olvida ya los diversos incidentes de esta noche."

Luego la reina llamó a sus mujeres y les encargó que se cuidaran del tocado de la princesa; y con el sultán, que estaba muy perplejo, salió en busca de su yerno, el hijo del visir. Y acabaron por encontrarle cuando volvía del hammam. Y la reina empezó a interrogar al asustado joven, acerca de lo que había pasado. Pero no quiso él declarar nada de lo que hubo de sufrir, y ocultando toda la aventura por miedo de que le tomaran a broma, le rechazaran otra vez los padres de su esposa, se limitó a contestar: "Por Alá, ¿Y que ha pasado para que me interroguéis con ese aspecto tan singular?" Y entonces, cada vez más persuadida la sultana de que todo lo que había contado su hija era en efecto de alguna pesadilla, creyó lo más oportuno no insistir con su yerno y le dijo: "Glorificado sea Alá por todo lo que pasó sin daño ni dolor. Te recomiendo, hijo mío, mucha suavidad con tu esposa porque está delicada".

Y después de estas palabras le dejó y fue a sus aposentos para ocuparse de los regocijos y diversiones del día. Y he aquí lo referente a ella y a los recién casados.

En cuanto a Aladino, que sospechaba lo que ocurría en el palacio, pasó el día deleitándose al pensar en la broma excelente de que acabada de hacer víctima al hijo del visir. Pero no se dio por satisfecho y quiso saborear hasta el fin la humillación de su rival. Así es que le pareció lo más acertado no dejarle un momento de tranquilidad; y en cuanto llegó la noche cogió su lámpara y la frotó. Y se le apareció el genni, pronunciando la misma fórmula que las otras veces. Y le dijo Aladino: "Oh servidor de la lámpara, ve al palacio del sultán y en cuanto veas acostados juntos a los recién casados, cógelos con lecho y todo y tráemelos aquí, como hiciste la noche anterior". Y el genni se apresuró a ejecutar la orden y no tardó en volver con su carga. depositándola en el cuarto de Aladino para coger en seguida al hijo del visir y meterle la cabeza en el retrete. Y no dejó Aladino de ocupar el sitio vacío y de acostarse al lado de la princesa, pero con tanta decencia como la vez primera. Y tras de colocar el sable entre ambos, se volvió de cara a la pared y se durmió tranquilamente. Y al siguiente día, todo ocurrió exactamente igual que la víspera, pues, el efrit, siguiendo las órdenes de Aladino, volvió a dejar al joven junto a Badru'l-Budur, y les transportó a ambos con el lecho a la cámara nupcial del palacio del sultán.

Pero el sultán, más impaciente que nunca por saber de su hija, después de la segunda noche, llegó a la cámara nupcial en aquel mismo momento, completamente solo porque temía el mal humor de su esposa, la sultana, y prefería interrogar por sí mismo a la princesa. Y no bien el hijo del visir, en el límite de la mortificación, oyó los pasos del sultán, saltó del lecho y huyó fuera de la habitación para correr a limpiarse en el hammam. Y entró el sultán y se acercó al lecho de su hija; y levantó las cortinas, y después de besar a la princesa, le dijo: "Supongo, hija mía, que esta noche no habrás tenido una pesadilla tan horrible como la que ayer nos contaste con sus extravagantes pericias ¡Vaya! ¿Quieres decirme cómo has pasado esta noche?" Pero en vez de contestar, la princesa rompió en sollozos, y se tapó la cara con las manos para no ver los ojos irritados de su padre, que no comprendía nada de todo aquello. Y estuvo esperando él un buen rato para darle tiempo a que se calmase, pero como ella continuara llorando y suspirando, acabó por enfurecerse y sacó su sable, y exclamó: "¡Por mi vida que si no quieres decirme en seguida la verdad, te separo de los hombros la cabeza!".

Entonces, doblemente espantada, la pobre princesa se vio en la precisión de interrumpir sus lágrimas; y dijo con su voz entrecortada: "Oh padre mío bienamado ¡Por favor! No te enfades conmigo. Porque si quieres escucharme ahora que no está mi madre para excitarte contra mí, sin duda alguna me disculparás y me compadecerás y tomarás las precauciones necesarias para impedir que me muerda de confusión y espanto. Pues si vuelvo a soportar las cosas terribles que he soportado esta noche, al día siguiente me encontrarás muerta en mi lecho. ¡Oh padre mío! Ten piedad de mi, pues, y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan de mis penas y de mi corazón...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 754a noche

Ella dijo:
"...¡Oh padre mío! Ten piedad de mi, pues, y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan de mis penas y de mi emoción!". Y como entonces no sentía la presencia de su esposa, el sultán, que tenía el corazón compasivo, se inclinó hacia su hija, y la besó y la acarició y apaciguó su inquieta alma. Luego, le dijo: "Y ahora, hija mía, calma tu espíritu y refresca tus ojos. Y con confianza cuéntale a tu padre, detalladamente, los incidentes que esta noche te han puesto en tal estado de emoción y de terror". Y apoyando la cabeza en el pecho de su padre, la princesa le contó sin olvidar nada, todas las molestias que había sufrido las dos noches que acababa de pasar y terminó su relato añadiendo: "Mejor será, oh padre mío bienamado, que interrogues también al hijo del visir a fin de que confirme mis palabras!".

Y el sultán, al oír el relato de aquella extraña aventura, llegó al límite de la perplejidad y compartió la pena de su hija, y como la amaba tanto, sintió humedecerse de lágrimas sus ojos. Y le dijo él: "La verdad, hija mía, es que yo solo soy el causante de todo eso tan horrible que se sucede, pues te casé con un pasmado que no sabe defenderte y resguardarte de esas aventuras singulares.¡Porque lo cierto es que quise labrar tu dicha con ese matrimonio y no tu desdicha y tu muerte. ¡Por Alá, que enseguida voy a hacer que venga el visir y el cretino de su hijo, y les voy a pedir explicaciones de todo esto! Pero, de todos modos, puedes estar tranquila en absoluto, hija mía, porque no se repetirán esos sucesos. Te lo juro por vida de mi cabeza". Luego se separó de ella, dejándola al cuidado de sus mujeres, y regresó a sus aposentos hirviendo en cólera.

Y al punto hizo ir a su gran visir y en cuanto se presentó entre sus manos, le gritó: "¿Dónde está el entremetido de tu hijo?¿Y qué te ha dicho de los sucesos ocurridos estas dos últimas noches?" El gran visir contestó estupefacto: "No sé a qué te refieres, oh rey del tiempo. Nada me ha dicho que pueda explicarme la cólera de nuestro rey. Pero si me lo permites, ahora mismo iré a interrogarle". Y dijo el sultán: "Ve, y vuelve pronto a traerme la respuesta" Y el gran visir, con la nariz muy alargada, salió doblando la espalda, y fue en busca de su hijo a quien encontró en el hammam dedicado a lavarse las inmundicias que le cubrían. Y le dijo: "¡Oh hijo de perro! ¿Por qué me has ocultado la verdad? Si no me pones en seguida al corriente de los sucesos de estas dos últimas noches, será éste tu último día". Y el hijo bajó la cabeza y contestó: "Ay, oh padre mío, solo la vergüenza me impidió hasta el presente revelarte las enfadosas aventuras de estas dos últimas noches y los incalificables tratos que sufrí, sin tener posibilidades de defenderme, ni siquiera de saber cómo, y en virtud de qué poderes enemigos nos ha sucedido todo eso a ambos en nuestro lecho". Y contó a su padre la historia con todos los detalles, sin olvidar nada. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y añadió: "En cuanto a mí, oh padre mío, prefiero la muerte a semejante vida. Y hago ante ti el triple juramento del divorcio definitivo con la hija del sultán. Te suplico, pues, que vayas en busca del sultán y le hagas admitir la declaración de nulidad de mi matrimonio con su hija Badrú'l-Budur. Porque es el único medio de que cesen esos malos tratos y de tener tranquilidad. Y entonces podré dormir en mi lecho, en lugar de pasarme las noches en los retretes"

Al oír estas palabras de su hijo, el gran visir quedó muy apenado. Porque la aspiración de su vida había sido ver casado a su hijo con la hija del sultán, y le costaba mucho trabajo renunciar a tan gran honor. Así es que aunque convencido de la necesidad del divorcio, en tales circunstancias, dijo a su hijo: "Claro, hijo mío, que no es posible soportar por más tiempo semejantes tratos, pero piensa en lo que pierdes con ese divorcio ¿No será mejor tener paciencia todavía una noche, durante la cual vigilaremos todos, junto a la cámara nupcial, con los eunucos armado de sables y de palo? ¿Qué te parece?" El hijo contestó:"Haz lo que gustes ¡Oh gran visir! padre mío. En cuanto a mí, estoy resuelto a no entrar ya en esa habitación de brea".

Entonces el visir separóse de su hijo, y fue en busca del rey. Y se mantuvo de pie entre sus manos, bajando la cabeza. Y el rey preguntó: "¿Qué tienes que decirme?". El visir contestó: "Por vida de nuestro amo, que es muy cierto lo que ha contado la princesa Badru'l-Budur. Pero la culpa no la tiene mi hijo. De todos modos no conviene que la princesa siga expuesta a nuevas molestias por causa de mi hijo. Y si lo permites, mejor será que ambos esposos vivan en adelante separados por el divorcio". Y dijo el rey: "Por Alá que tienes razón. Pero a no ser hijo tuyo el esposo de mi hija, la hubiese dejado libre a ella con la muerte de él. Que se divorcien pues". Y al punto dio el sultán las órdenes oportunas para que cesaran los regocijos públicos, tanto en el palacio como en la ciudad y en todo el reino de China, e hizo proclamar el divorcio de su hija Basru'l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada y que la perla continuaba virgen y sin perforar...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 755a noche

Ella dijo:
"... E hizo proclamar el divorcio de su hija Basru'l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada y que la perla continuaba virgen y sin perforar. En cuanto al hijo del gran visir, el sultán por consideración a su padre, le nombró gobernador de una provincia lejana de China, y le dio orden de partir sin demora. Lo cual fue ejecutado.

Cuando Aladino, al mismo tiempo que los habitantes de la ciudad, se enteró, por proclama de los pregoneros públicos, del divorcio de Badru'l-Budur, sin haberse consumado el matrimonio y de la partida del burlado, se dilató hasta el límite de la dilatación y se dijo: "Bendita sea esta lámpara maravillosa, causa inicial de todas mis prosperidades. Preferible es que haya tenido lugar el divorcio sin una intervención más directa del genni de la lámpara, el cual, sin duda, habría acabado con ese cretino". Y también se alegró de que hubiese tenido éxito su venganza sin que nadie, ni el rey, ni el gran visir, ni su misma madre sospechara la parte que había tenido él en todo aquel asunto. Y sin preocuparse ya, como si no hubiese ocurrido nada anómalo desde su petición de matrimonio, esperó con toda tranquilidad a que transcurriesen los tres meses del plazo exigido, enviando al palacio en la mañana que siguió al último día del plazo consabido, a su madre, vestida con los mejores trajes, para que recordase al sultán su promesa.

Y he aquí que, en cuanto entró en el diván la madre de Aladino, el sultán, que estaba dedicado a despachar los asuntos del reino, como de costumbre, dirigió la vista hacia ella y la reconoció en seguida. Y no tuvo ella necesidad de hablar porque el sultán recordó por sí mismo la promesa que le había dado y el plazo que había fijado. Y se encaró con su gran visir, y le dijo: "Oh visir, Aquí está la madre de Aladino. Ella fue quien nos trajo hace tres meses la maravillosa porcelana llena de pedrerías. Y me parece que, con motivo de expirar el plazo, viene a pedirme el cumplimiento de la promesa que le hice concerniente a mi hija. ¡Bendito sea Alá! que no ha permitido el matrimonio de tu hijo, para que así haga honor a la palabra dada cuando olvidé mis compromisos por ti". Y el visir que en su fuero interno seguía estando muy despechado por todo lo ocurrido, contestó: "Claro, oh mi señor, que jamás los reyes deben olvidar sus promesas. Pero el caso es que cuando se casa a la hija, debe uno informarse acerca del esposo, y nuestro amo, el rey, no ha tomado informe de este Aladino y de su familia. Pero yo sé que es hijo de un pobre sastre, muerto en la miseria, y de baja condición. ¿De dónde puede vernirle la riqueza al hijo de un sastre?". El rey dijo: "La riqueza viene de Alá, oh visir". El visir dijo: "Así es, oh rey, pero no sabemos si ese Aladino es tan rico, realmente, como su presente dio a entender. Para estar seguros, no tendrá el rey más que pedir por la princesa una dote tan considerable que sólo pueda pagarla un hijo de rey o de sultán. Y de tal suerte el rey casará a su hijo sobre seguro, sin correr el riesgo de darle otra vez un esposo indigno de sus méritos". Y dijo el rey: "De tu lengua brota elocuencia, oh visir. DI que se acerque esa mujer para que yo le hable". Y el visir hizo una seña al jefe de guardias, que mandó avanzar hasta el pie del trono a la madre de Aladino.

Entonces la madre de Aladino se prosternó y besó la tierra por tres veces entre las manos del rey, quien dijo: "Has de saber, oh tía mía, que no he olvidado mi promesa. Pero hasta el presente no hablé aún de la dote exigida por mi hija, cuyos méritos son muy grandes. Dirás, pues, a tu hijo, que se efectuará el matrimonio de mi hija El Sett Badru'l-Budur cuando me haya enviado lo que exijo como dote para mi hija, a saber: cuarenta fuentes de oro macizo llenas hasta los bordes de las mismas especies de pedrerías en forma de frutas de todos los colores y todos tamaños, como las que me envió en la fuente de porcelana; y estas fuentes las traerán al palacio cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que serán conducidas por cuarenta esclavos negros, jóvenes y robustos; e irán todos formados en cortejo, vestidos con mucha magnificiencia, y vendrán a depositar en mis manos las cuarenta fuentes de pedrerías. Y eso es todo lo que pido mi buena tía. Pues no quiero exigir más a tu hijo en consideración al presente que me ha entregado ya".

Y la madre de Aladino, muy aterrada por aquella petición exorbitante, se limitó a prosternarse por segunda vez ante el trono, y se retiró para ir a dar cuenta de su misión a su hijo. Y le dijo: "Oh hijo mío, ya te aconsejé desde un principio que no pensaras en el matrimonio con la princesa Badru'l-Budur" Y suspirando mucho, contó a su hijo la manera muy afable, desde luego, que tuvo para recibirla el sultán, y las condiciones que ponía antes de consentir definitivamente en el matrimonio. Y añadió: "¡Qué locura la tuya, hijo mío! Admito lo de las fuentes de oro y las pedrerías exigidas, porque imagino que serás lo bastante sensato para ir al subterráneo a despojar a los árboles de sus frutas encantadas, pero ¿Quieres decirme cómo vas a arreglarte para disponer de las cuarenta esclavas jóvenes y de los cuarenta jóvenes negros? Ah, hijo mío, la culpa de esta pretensión tan exorbitante la tiene también ese maldito visir, porque le vi inclinado al oído del rey, cuando yo entraba, y hablarle en secreto. Créeme Aladino, renuncia a ese proyecto que te llevará a la perdición sin remedio" Pero Aladino se limitó a sonreír, y contestó a su madre: "Por Alá, oh madre, que al verte entrar con esa cara tan triste creí que ibas a darme una mala noticia. Pero ya veo que te preocupas siempre por cosas que verdaderamente no valen la pena. Porque has de saber que todo lo que acaba de pedirme el rey como precio de su hija, no es nada en comparación con lo que realmente podría darle. Refresca, pues tus ojos, y tranquiliza tu espíritu. Y por tu parte, no pienses más que en preparar la comida, pues tengo hambre. Y deja para mí el cuidado de complacer al rey..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

Continúa la lectura en "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota IX" 

viernes, 8 de junio de 2012

Donde viven los monstruos - Maurice Sendak

"Donde viven los monstruos" es un libro escrito e ilustrado por Maurice Sendak, fallecido recientemente. El mismo fue escrito en 1963 y es de esos relatos ideales para leerlo a niños pequeños (menores de 6 años diría yo) inventando voces dando tiempo a que su imaginación vuele con las imágenes.




La noche que Max se puso su traje de lobo y se dedicó a hacer faenas de una clase...
 y de otra...

su madre lo llamó "¡MONSTRUO!"
y Max le contestó: "¡TE VOY A COMER!",
y lo mandaron a la cama sin cenar.  


Esa misma noche nació un bosque en la habitación de Max.
y creció...
y creció hasta que había lianas colgando del techo y las paredes se convirtieron en el mundo entero.
Y apareció un océano con un barco particular para él.
Y Max se marchó navegando a través del día y de la noche...










entrando y saliendo por las semanas, salteándose casi un año, hasta llegar a donde viven los monstruos.

Y cuando entró al lugar donde viven los monstruos,
ellos rugieron sus rugidos terribles y crujieron sus dientes terribles,
y movieron sus ojos terribles y mostraron sus garras terribles...


 hasta que Max dijo "¡QUIETOS!"
y los amansó con el truco mágico
de mirar fijamente a los ojos amarillos de todos ellos sin
pestañear una sola vez, y se asustaron y dijeron
que era el más monstruo de todos.


Y lo hicieron rey de todos los monstruos.
"Y ahora", dijo Max, "¡que empiece la juerga monstruo!".





 "¡Se acabó!" dijo Max, y envió a los monstruos a la cama
sin cenar. y Max, el rey de los monstruos se sintió solo, 
y quería estar donde alguien lo quisiera más que a nadie.
Entonces, desde el otro lado del mundo,
lo envolvió un olor de comida rica,
y ya no quiso ser rey del lugar donde vivían los monstruos.



Pero los monstruos gritaron "¡Por favor no te vayas - te
comeremos - te queremos tanto!" 
Y Max dijo: "¡No!" 
Los monstruos rugieron sus rugidos terribles y crujieron sus
dientes terribles y movieron sus ojos terribles y mostraron
sus garras terribles, pero Max subió a su barco particular y les dijo
adiós con la mano.
 



 Y navegó de vuelta saltándose un año
entrando y saliendo por las semanas
atravesando el día...









hasta llegar a la noche misma de su propia habitación
donde su cena lo estaba esperando,












y todavía estaba caliente.



FIN

Y así finaliza "Donde viven los monstruos". 
El relato es tan popular entre los cuentos para pequeños, que en el 2009 se realizó una adaptación cinematográfica. A continuación, el trailer.

 

miércoles, 6 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VII - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VI"

Nota: Algunos párrafos no son adecuados para niños, recuerden que es la versión original del relato que fuera luego popularizado y adaptado para ellos

En la 750a noche

Ella dijo:
"... Alá conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde para la dicha que te espera, ¡oh hijo mío, Aladino!". Y al oír lo que acaba de anunciarle su madre, Aladino osciló de tranquilidad y contento, y exclamó: "Oh madre, ¡Glorificado sea Alá, que hace descender Sus gracias a nuestra casa y te da por hija a una princesa que tiene sangre de los más grandes reyes!" Y besó mucho la mano a su madre y le dio muchas gracias por todas las penas que tuvo que tomarse para la consecución de aquel asunto tan delicado. Y su madre le besó con ternura y le deseó toda clase de prosperidades, y lloró al pensar que su esposo el sastre, padre de Aladino, no estaba allí para ver la fortuna y los efectos maravillosos del destino de su hijo, el holgazán de otro tiempo.

Y desde aquel día pusiéronse a contar, con impaciencia extremada, las horas que les separaban de la dicha que se prometían hasta la expiración del plazo de tres meses. Y no cesaban de hablar de sus proyectos, sin olvidar que ayer estaban ellos mismos en la miseria, y que la cosa más meritoria a los ojos del Retribuidor, era sin duda alguna, la generosidad.

Y he aquí que de tal suerte transcurrieron tres meses. Y la madre de Aladino, que salía a diario para hacer las compras necesarias con anterioridad a las bodas, había ido al zoco una mañana y comenzaba a entrar en las tiendas haciendo mil pedidos grandes y pequeños, cuando advirtió una cosa que no había visto llegar. Vio, en efecto, que todas las tiendas estaban decoradas y adornadas con follaje, linternas y banderolas multicolores que iban de un extremo a otro de la calle, y que todos los tenderos, compradores y grandes del zoco, lo mismo ricos que pobres, hacían grandes demostraciones de alegría, y que todas las calles estaban atestadas de funcionarios de palacio, ricamente vestidos con sus brocados de ceremonia y montados en caballos enjaezados maravillosamente, y que todo el mundo iba y venía con una animación inesperada. Así es que se apresuró a preguntar a un mercader de aceite, en cuya casa se aprovisionaba, que fiesta, ignorada por ella, celebraba toda aquella alegre muchedumbre, y qué significaban todas aquellas demostraciones. Y el mercader de aceite, en extremo asombrado de semejante pregunta, la miró de reojo, y contestó: "Por Alá, que se diría que te estás burlando. ¿Acaso eres una extranjera para ignorar así la boda del hijo del gran visir con la princesa Badru'l.Budur, hija del sultán? Y precisamente esta es la hora en que ella va a salir al hammam, y todos los jinetes, ricamente vestidos con trajes de oro, son guardias que la darán escolta hasta el palacio".

Cuando la madre de Aladino hubo oído estas palabras del mercader de aceite, no quiso saber más, y enloquecida y desolada, echó a correr por los zocos, olvidándose de sus compras a los mercaderes, y llegó a su casa, adonde entró y se desplomó sin aliento en el diván, permaneciendo allí un instante, sin poder pronunciar una palabra. Y cuando pudo hablar, dijo a Aladino, que había acudido: "Ah, hijo mío, el Destino ha vuelto contra ti la página fatal de su libro, y he aquí que todo está perdido, y que la dicha hacia la cual te encaminabas se ha desvanecido antes de realizarse" Y Aladino, muy alarmado del estado en que veía a su madre, y de las palabras que oía, le preguntó: "¿Pero qué ha sucedido de fatal¡ Oh madre ¡Dímelo pronto!". Ella dijo: "¡Ay! Hijo mío, el sultán se olvidó de la promesa que nos hizo. Y hoy precisamente casa a su hija Badru'l-Budur con el hijo del gran visir, de ese rostro de brea, de ese calamitoso a quien yo temía tanto. Y toda la ciudad está adornada, como en las fiestas mayores, para la boda de esta noche". Y al escuchar esta noticia, Aladino sintió que la fiebre le invadía el cerebro y hacía bullir su sangre a borbotones precipitados. Y se quedó un momento pasmado y confuso, como si fuera a caerse, Pero no tardó en dominarse, acordándose de la lámpara maravillosa que poseía, y que le iba a ser más útil que nunca. Y se encaró con su madre, y le dijo con acento muy tranquilo: "Oh madre, ¡Por tu vida, se me antoja que el hijo del visir no disfrutará de todas las delicias que se promete gozar en lugar mío! No temas, pues, por eso, y sin más dilación, levántate y prepáranos la comida. Y ya veremos después lo que tenemos que hacer con asistencia del Altísimo".

Se levantó, pues, la madre de Aladino y preparó la comida, comiendo Aladino con apetito para retirarse a su habitación inmediatamente, diciendo:"¡Deseo estar solo y que no se me importune!" Y cerró tras de sí la puerta con llave, y sacó la lámpara mágica del lugar en que la tenía escondida. Y la cogió y la frotó en el sitio que conocía ya. Y en el mismo momento se le apareció el efrit esclavo de la lámpara y dijo: "Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo. ¿Qué quieres? Habla. Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro". Y Aladino le dijo: "¡Escúchame bien, oh servidor de la lámpara, pues, ahora ya no se trata de traerme de comer y de beber, sino de servirme en un asunto de mucha importancia! Has de saber, en efecto, que el sultán me ha prometido en matrimonio su maravillosa hija Badru'l-Budur, tras haber recibido de mí un presente de frutas de pedretía. Y me ha pedido un plazo de tres meses para la celebración de las bodas. Y ahora se olvidó de su promesa, y sin pensar en devolverme mi regalo, casa a su hija con el hijo del gran visir. Y como no quiero que sucedan así las cosas, acudo a ti para que me auxilies en la realización de mi proyecto". Y contestó el efrit: "Habla, oh amo Aladino. Y no tienes necesidad de darme tantas explicaciones. Ordena y obedeceré". Y contestó Aladino: "Pues esta noche, es cuanto los recién casados se acuesten en su lecho nupcial, y antes de que ni siquiera tengan tiempo de tocarse, los cogerás con lecho y todo y los transportarás aquí mismo, en donde ya veré lo que tengo que hacer". Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente y contestó: "Escucho y obedezco". Y desapareció...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

En la 751a noche

Ella dijo:
"... Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente y contestó: "Escucho y obedezco". Y desapareció. Y Aladino fue en busca de su madre, y se sentó junto a ella y se puso a hablar con tranquilidad de unas cosas y de otras, sin preocuparse del matrimonio de la princesa, como si no hubiese ocurrido nada de aquello. Y cuando llegó la noche dejó que se acostara su madre, y volvió a su habitación, en donde se encerró de nuevo con llave, y esperó el regreso del efrit. Y he aquí lo referente a él.

¡He aquí ahora lo que atañe a las bodas del hijo del gran visir! Cuando tuvieron fin la fiesta y los festines y las ceremonias y las recepciones y los regocijos, el recién casado, precedido por el jefe de los eunucos, penetró en la cámara nupcial. Y el jefe de los eunucos se apresuró a retirarse y a cerrar la puerta detrás de sí. Y el recién casado, despues, de desnudarse, levantó las cortinas y se acostó en el lecho para esperar allí la llegada de la princesa. No tardó en hacer su entrada ella, acompañada de su madre y las mujeres de su séquito que la desnudaron, le pusieron una sencilla camisa de seda y destrenzaron su cabellera. Luego la metieron en el lecho a la fuerza, mientras ella fingía hacer mucha resistencia, y daba vueltas en todos sentidos para escapar de sus manos como suelen hacer en semejantes circunstancias las recién casadas. Y cuando la metieron en el lecho, sin mirar al hijo del visir, que estaba ya acostado, se retiraron todas juntas haciendo votos por la consumación del acto. Y la madre que salió la última, cerró la puerta de la habitación, lanzando un gran suspiro, como es costumbre.

No bien estuvieron solos los recién casados, y antes de que tuviesen tiempo de hacerse la menor caricia, sintiéronse de pronto elevados con su lecho, sin poder darse cuenta de lo que les sucedía. Y en un abrir y cerrar de ojos se vieron transportados fuera del palacio y depositados en un lugar que no conocían, y que no era otro que la habitación de Aladino. Y dejándoles llenos de espanto, el efrit fue a prosternarse ante Aladino, y le dijo: "Ya se ha ejecutado tu orden, oh mi señor. Y heme aquí dispuesto a obedecerte en todo lo que tengas que mandarme". Y le contestó Aladino: "Tengo que mandarte que cojas a ese joven y le encierres toda la noche en el retrete. Y ven aquí a tomar ordenes mañana por la mañana". Y el gemi de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a obedecer. Cogió, pues, brutalmente al hijo del visir y fue a encerrarle en el retrete metiéndole la cabeza en el agujero, Y sopló sobre él una bocanada fría y pestilente que le dejó inmóvil como un madero en la postura que estaba. ¡Y he aquí todo lo referente a él!"

En cuanto a Aladino, cuando estuvo solo con la princesa Badru´l-Budur, a pesar del gran amor que por ella sentía, no pensó ni por un instante en abusar de la situación. Y empezó por inclinarse ante ella, llevándose la mano al corazón, y le dijo con voz apasionada: "Oh princesa, sabe que aquí estás más segura que en el palacio de tu padre, el sultán. Si te hallas en este lugar que desconoces, sólo es para que no sufras las caricias de ese joven cretino, hijo del visir de tu padre. Y aunque es a mí a quien te prometieron en matrimonio, me guardaré bien de tocarte antes de tiempo y antes de que seas mi esposa legítima por el Libro y la Suna".

Al oír estas palabras de Aladino, la princesa no pudo comprender nada, primeramente porque estaba muy emocionada, y además porque ignoraba la antigua promesa de su padre y todos los pormenores del asunto. Y sin saber qué decir, se limitó a llorar mucho. Y Aladino, para demostrarle bien que no abrigaba mala intención con respecto a ella y para tranquilizarla, se tendió vestido en el lecho, en el mismo sitio que ocupaba el hijo del visir, y tuvo la precaución de poner un sable desenvainado entre ella y él, para dar a entender que antes se daría la muerte que tocarla, aunque fuese con las puntas de los dedos. Y hasta volvió la espalda a la princesa para no importunarla en manera alguna. Y se durmió con toda tranquilidad, sin volver a ocuparse de la tan deseada presencia de Badru'l-Budur, como si estuviese solo en su lecho de soltero.

En cuanto a la princesa, la emoción que le producía aquella aventura tan extraña, y la situación anómala en que se encontraba, y los pensamientos tumultuosos que la agitaban, mezcla de miedo y asombro, la impidieron pegar los ojos en toda la noche. Pero, sin duda, tenía menos motivo de queja que el hijo del visir, que staba en el retrete con la cabeza metida en el agujero y no podía hacer ni un movimiento, a causa de la espantosa bocanada que le había echado el efrit para inmovilizarle. De todos modos, la suerte de ambos esposos fue aflictiva y calamitosa para la primera noche de bodas...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

En la 752a noche

Ella dijo:
"... De todos modos, la suerte de amos esposos fue bastante aflictiva y calamitosa para una primera noche de bodas.
Y al día siguiente por la mañana, sin que Aladino tuviese necesidad de frotar la lámpara de nuevo, el efrit, cumpliendo la orden que se le dio, fue solo a esperar que se despertase el dueño de la lámpara. Y como tardara en despertar, lanzó varias exclamaciones que asustaron a la princesa, a la cual no era posible verla. Y Aladino abrió los ojos, y cuando hubo reconocido al efrit, se levantó del lado de la princesa, y se separó del lecho un poco, para no ser oído más que por el efrit, y le dijo: "Date prisa a sacar del retrete al hijo del visir, y vuelve a dejarle en la cama en el sitio que ocupaba. Luego llévalos a ambos al palacio del sultán, dejándolos en el mismo lugar de donde los trajiste. Y sobre todo vigílales para impedirles que se acaricien, ni siquiera que se toquen". Y el efrit de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró primero a quitar el frío al joven del retrete y a ponerle en el lecho, al lado de la princesa, para transportar en seguida a ambos a la cámara nupcial del palacio del sultán, en menos tiempo del que se necesita para parpadear, sin que pudiesen ellos ver ni comprender lo que les sucedía, ni a qué obedecía tan rápido cambio de domicilio. Y a fe que era lo mejor que podía ocurrirles, porque la sola vista del espantable genni, servidor de la lámpara, sin duda alguna les habría asustado hasta morir.

Y he aquí que apenas el efrit transportó a los dos recién casados a la habitación del palacio, el sultán y su esposa hicieron su entrada matinal, impacientes por saber como había pasado su hija aquella noche de bodas, y deseosos de felicitarla y de ser los primeros en verla, para desearle dicha y delicias prolongadas. Y muy emocionados se acercaron al lecho de su hija, y la besaron con ternura entre ambos ojos diciéndole: "Bendita sea tu unión, oh hija de nuestro corazón. Y ojalá veas germinar de tu fecundidad una larga sucesión de descendientes hermosos e ilustres que perpetúen la gloria y la nobleza de tu raza ¡Ah! Dinos cómo has pasado esta primera noche y de qué manera se ha portado contigo tu esposo". Tras hablar así, se callaron aguardando su respuesta. Y he aquí que de pronto vieron que en lugar de mostrar un rostro fresco y sonriente, estaba ella en sollozos y les miraba con ojos muy abiertos, tristes y preñados de lágrimas.

Entonces quisieron interrogar al esposo, y miraron hacia el lado del lecho en que creían que aún estaría acostado; pero, precisamente en el mismo momento en que entraron ellos, había salido él de la habitación para lavarse todas las inmundicias con que tenía embadurnada la cara. Y creyeron que había ido al hammam del palacio para tomar el baño, como es costumbre después de la consumación del acto. Y de nuevo se volvieron hacia su hija y le interrogaron ansiosamente, con el gesto, con la mirada y con la voz, acerca del motivo de sus lágrimas y su tristeza. Y como continuara ella callada, creyeron que sólo era el pudor propio de la primera noche de bodas lo que la impedía hablar, y que sus lágrimas eran lágrimas propias de las circunstancias, y esperaron su momento. Pero como la situación amenazaba con durar mucho tiempo y el llanto de la princesa aumentaba, a la reina le faltó la paciencia y acabó por decir con tono malhumorado:"Vaya, hija mía ¿Quieres contestarme y contestar a tu padre ya? ¿y vas a seguir así por mucho rato todavía? También yo, hija mía, estuve recién casada como tú y antes que tú, pero supe tener tacto para no prolongar con exceso esas actitudes de gallina asustada. Y además, te olvidas de que al presente nos estás faltando el respeto que nos debes con no contestar a nuestras preguntas".

Al oír estas palabras de su madre, que se había puesto seria, la pobre princesa, abrumada en todos sentidos a la vez, se vio obligada a salir del silencio que guardaba, y lanzando un suspiro prolongado y muy triste, contestó: "¡Alá me perdone si falté al respeto que debo a mi padre y a mi madre, pero me disculpa el hecho de estar en extremo turbada, y muy emocionada y muy triste y muy estupefacta de todo lo que me ha ocurrido esta noche" Y contó todo lo que le había sucedido la noche anterior, no como las cosas había pasado realmente sino sólo como pudo juzgar acerca de ellas con sus ojos. Dijo que apenas se acostó en el lecho al lado de su esposo, el hijo del visir, había sentido conmoverse el lecho debajo de ella; que se había visto transportada en un abrir y cerrar de ojos desde la cámara nupcial a una casa que jamás había visitado antes; que la habían separado de su esposo sin que pudiese ella saber de que manera le habían sacado y reintegrado luego; que le había reemplazado durante toda la noche un joven hermoso, muy respetuoso, desde luego, y en extremo atento, el cual para no verse expuesto a abusar de ella, había dejado su sable desenvainado entre ambos, y se había dormido con la cara vuelta a la pared; y por último que a la mañana, vuelto ya al lecho su esposo, de nuevo se la había transportado con él a su cámara nupcial del palacio, apresurándose él a levantarse para correr al hammam con objeto de limpiarse un cúmulo de cosas horribles que le cubrían la cara. Y añadió: "Y en ese momento os vi entrar a ambos para darme los buenos días y pedirme noticias ¡Ay de mí! ¡Ya sólo me resta morir!" Y tras hablar así, escondió la cabeza en las almohadas, sacudida por sollozos dolorosos.

Cuando el sultán y su esposa oyeron estas palabras de su hija Badru´l-Budur, se quedaron estupefactos, y mirándose con los ojos en blanco y las caras alargadas, sin dudar ya de que hubiese ella perdido la razón aquella noche, en que su virginidad fue herida por primera vez. Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial...

En este momento de su narración, Schherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente

¿Conseguirá Aladino a la princesa? Continúa su lectura en "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VIII"

lunes, 4 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VI - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota V"



En la 747a noche

Ella dijo:
"... No tienes más que traerme de la cocina una fuente de porcelana en que quepan, y ya verás que efecto tan maravilloso producen."
Y aunque muy sorprendida de cuanto oía, la madre de Aladino fue a la cocina a buscar una fuente grande de porcelana blanca muy limpia y se la entregó al hijo. Y Aladino, que ya había sacado las frutas consabidas, se dedicó a colocarlas con mucho arte en la porcelana, combinando sus distintos colores, sus formas y sus variedades. Y cuando hubo acabado se las puso delante de los ojos a su madre que quedó absolutamente deslumbrada, tanto a causa de su brillo como de su hermosura. Y a pesar de que no estaba muy acostumbrada a ver pedrerías, no pudo por menos de exclamar: "¡Ya Alá! ¡Qué admirable es esto!" Y hasta se vio precisada, al cabo de un momento, a cerrar los ojos. Y acabó por decir: "Bien veo al presente que agradará al sultán el regalo, sin duda. Pero la dificultad no es esa, sino que está en el paso que voy a dar, porque me parece que no podré resistir la majestad de la presencia del sultán, y que me quedaré inmóvil, con la lengua trabada, y hasta quizá me desvanezca de emoción y de confusión. Pero aun suponiendo que pueda violentarme a mí misma por satisfacer tu alma llena de ese deseo, y logre exponer al sultán tu petición concerniente a su hija Badru'l-Budur ¿Qué va a ocurrir? Si, ¿Qué va a ocurrir? Pues bien, hijo mío, creerán que estoy loca, y me echarán del palacio, o irritado por semejante pretensión, el sultán nos castigará a ambos de manera terrible. Si a pesar de todo crees lo contrario, y suponiendo que el sultán preste oídos a tu demanda, me interrogará luego acerca de tu estado y condición. Y me dirá: "Si, este regalo es muy hermoso ¡Oh mujer! ¿Pero quién eres? ¿Y quién es tu hijo Aladino? ¿Qué hace? ¿y quién su padre? ¿Y con qué cuenta?" Y entonces me veré obligada a decir que no ejerces ningún oficio y que tu padre no era más que un sastre entre los sastres del zoco". Pero Aladino contestó: "Oh madre, está tranquila. Es imposible que el sultán te haga semejantes preguntas cuando vea las maravillosas pedrerías colocadas a manera de frutas en la porcelana. No tengas, pues, miedo, y no te preocupes por lo que va a pasar. ¡Levántate, por el contrario, y ve a ofrecerle el plato con su contenido, y pídele para mí en matrimonio a su hija Badru'l-Budur! Y no apesadumbres tu pensamiento con un asunto tan fácil y tan sencillo. Tampoco olvides, además, si todavía abrigas dudas con respecto al éxito, que poseo una lámpara que suplirá para mí a todos los oficios y a todas las ganancias".

Y continuó hablando a su madre con tanto calor y seguridad que acabó por convencerla completamente. Y la apremió para que se pusiera sus mejores trajes, y le entregó la fuente de porcelana, que se apresuró ella a envolver en un pañuelo, atado por las cuatro puntas, para llevarla así en la mano. Y salió de la casa y se encaminó al palacio del sultán. Y penetró en la sala de audiencias con la muchedumbre de solicitantes. Y se puso en primera fila, pero en una actitud muy humilde, en medio de los presentes, que permanecían con los brazos cruzados y los ojos bajos, en señal del más profundo respeto. Y se abrió la sesión del diván cuando el sultán hizo su entrada, seguido de sus visires, de sus emires y de sus guardias. Y el jefe de los escribas del sultán empezó a llamar a los solicitantes, unos tras otros, según la importancia de las súplicas. Y se despacharon los asuntos acto seguido. Y los solicitantes se marcharon, contentos unos por haber conseguido lo que deseaban, otros muy alargados de nariz, y otros sin haber sido llamados por falta de tiempo. Y la madre de Aladino fue de estos últimos.

Así es que cuando vio que se había levantado la sesión y que el sultán se había retirado, seguido por sus visires, comprendió que no le quedaba que hacer más que marcharse también ella. Y salió del palacio y volvió a su casa. Y Aladino que en su impaciencia la esperaba en la puerta, la vio volver con la porcelana en la mano todavía, y se extrañó y se quedó muy perplejo, y temiendo que hubiese sobrevenido alguna desgracia o alguna siniestra circunstancia, no quiso hacerle preguntas en la calle, y se apresuró a arrastrarla a la casa, en donde, con la cara muy amarilla, la interrogó con la actitud y con los ojos, pues de emoción no podía abrir la boca. Y la pobre mujer, le contó lo que había ocurrido añadiendo: "Tienes que dispensar a tu madre por esta vez, hijo mío, pues no estoy acostumbrada a frecuentar palacios; y la vista del sultán me ha turbado de tal modo, que no pude adelantarme a hacer mi petición. Pero mañana si Alá quiere, volveré al palacio y tendré más valor que hoy!" Y a pesar de toda su impaciencia, Aladino se dio por muy contento al saber que no obedecía a un motivo más grave el regreso de su madre con la porcelana entre las manos. Y hasta le satisfizo mucho que se hubiese dado el paso más difícil sin contratiempos ni malas consecuencias para su madre y para él. Y se consoló, al pensar que pronto iba a repararse el retraso.

En efecto, al siguiente día, la madre de Aladino se fue al palacio teniendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo que envolvía el obsequio de pedrerías...

En este punto de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

En la 748a noche

Ella dijo:
"... En efecto, al siguiente día, la madre de Aladino se fue al palacio teniendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo que envolvía el obsequio de pedrerías y estaba muy resuelta a sobreponerse a su timidez y formular su petición. Y entró en el diván, y se colocó en primera fila ante el sultán. Pero como la primera vez, no pudo dar un paso ni hacer un gesto que atrajese sobre ella la atención del jefe de los escribas. Y se levantó la sesión sin resultado, y se volvió ella a su casa con la cabeza baja sin anunciar a Aladino el fracaso de su tentativa pero prometiéndole el éxito para la próxima vez. Y Aladino se vio precisado a hacer nueva procisión de paciencia, amonestando a su madre por su falta de valor y de firmeza. Pero no sirvió de gran cosa, pues  la pobre mujer fue al palacio con su porcelana seis días seguidos y se colocó siempre al frente del sultán aunque sin tener más valor ni lograr más éxito que la primera vez. Y sin duda habría vuelto cien veces más tan inútilmente, y Aladino habría muerto de desesperación y de eimpaciencia reconcentrada si el propio sultán que acabó por fijarse en ella, ya que estaba en primera fila a cada sesión del diván, no hubiese tenido la curiosidad de informarse acerca de ella y del motivo de su presencia. En efecto, al séptimo día, terminado el diván el sultán se encaró con su gran visir y le dijo: "Mira esa vieja que lleva en la mano un pañuelo con algo. Desde hace algunos días viene al diván con regularidad y permanece inmóvil sin pedir nada ¿Puedes decirme a qué viene y qué desea?" Y el gran visir, que no conocía a la madre de Aladino, no quiso dejar al sultán sin respuesta, y le dijo: "Oh mi señor, es una vieja entre las numerosas viejas que no vienen al diván más que para pequeñeces. Y tendrá que quejarse sin duda de que le han vendido cebada podrida, por ejemplo, o que le ha injuriado una vecina, o de que le ha pegado su marido". Pero el sultán no quedó contento con esta explicación y dijo al visir: "Sin embargo, deseo interrogar a esa pobre mujer. Hazla avanzar antes de que se retire con los demás". Y el visir contestó con el oído y la obediencia, llevándose la mano a la frente. Y dio unos pasos hacia la madre de Aladino, y le hizo seña con la mano para que se acercara. Y la pobre mujer se adelantó al pie del trono, toda temblorosa, y besó la tierra entre las manos del sultán, como había visto hacer a los demás concurrentes.  Y siguió en aquella postura hasta que el gran visir le tocó en el hombro y la ayudó a levantarse. Y se mantuvo entonces de pie, llena de emoción y el sultán le dijo: "Oh mujer, hace ya varios días que te veo venir al diván y permanecer inmóvil sin pedir nada. Dime, pues, qué te trae por aquí y qué deseas, a fin de que te haga justicia". Y un poco alentada por la voz benévola del sultán, contestó la madre de Aladino: "Alá haga descender sus bendiciones sobre la cabeza de nuestro amo, el sultán. Oh rey del tiempo. En  cuanto a tu servidora, antes de exponer su demanda te suplica que te dignes a concederle la promesa de seguridad pues de no ser así, tendré miedo a ofender los oídos del sultán ya que mi petición puede parecer extraña o singular". Y he aquí que el sultán, que era hombre bueno y magnánimo, se apresuró a prometerle la seguridad, e incluso dio orden de hacer desalojar completamente la sala a fin de permitir a la mujer que hablase con libertad. Y no retuvo a su lado más que a su gran visir. Y se encaró con ella y le dijo: "Puedes hablar, la seguridad de Alá está contigo, oh mujer" Pero la madre de Aladino, que habría recobrado por completo el valor, en vista de la acogida favorable del sultán, contestó: "También pido perdón de antemano al sultán por lo que en mi súplica pueda encontrar de inconveniente, y por la audacia extraordinaria de mis palabras" Y dijo el sultán, cada vez más intrigado: "Habla ya sin restricción, oh mujer, contigo están el perdón y la gracia de Alá para todo lo que puedas decir y pedir."

Entonces después de prosternarse por segunda vez ante el trono, y de haber llamado sobre el sultán todas las bendiciones y favores del Altísimo, la madre de Aladino se puso a contar cuanto le había sucedido a su hijo desde el día que oyó a los pregoneros públicos proclamar la orden de que los habitantes se ocultaran en sus casas para dejar paso al cortejo de Sett Badru'l-Budur. Y no dejó de decirle el estado en el que se hallaba Aladino, que hubo de amenazar con matarse si no obtenía a la princesa en matrimonio.Y narró la historia con todos sus detalles desde el comienzo al fin. Pero no hay utilidad en repetirla. Luego, cuando acabó de hablar, bajó la cabeza, presa de gran confusión, añadiendo: "Oh rey del tiempo ¡Y ya no me queda más que suplicar a Tu Altísimo que no sea riguroso con la locura de mi hijo y me excuse si la ternura de madre me ha impulsado a venir a transmitirte una petición tan singular!".

Cuando el sultán, que había escuchado estas palabras con mucha atención, pues era justo y benévolo, vio que había callado la madre de Aladino, lejos de mostrarse indignado de su demanda, se echó a reír con bondad y le dijo: "Oh pobre, ¿Qué traes en ese pañuelo que sostienes por las cuatro puntas...?"

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 749a noche

Ella dijo:
"... se echó a reír con bondad y le dijo: "Oh pobre, ¿Qué traes en ese pañuelo que sostienes por las cuatro puntas?"
Entonces la madre de Aladino desató el pañuelo en silencio, y sin añadir una palabra, presentó al sultán la fuente de porcelana en que estaban dispuestas las frutas de pedrería. Y al punto se iluminó todo el diván con su resplandor, mucho más que si estuviese alumbrado en su totalidad con arañas y antorchas. Y el sultán quedó deslumbrado de su claridad y le pasmó su hermosura. Luego cogió la porcelana de las manos de la buena mujer, y examinó las maravillosas pedrerías, una tras otra, tomándolas, en el límite de la admiración. Y acabó por exclamar, encarándose con su gran visir: "¡Por vida de mi cabeza, oh visir mío, qué hermoso es todo esto y qué maravillosas son esas frutas! 'Las viste nunca parecidas u oíste hablar siquiera de la existencia de cosas tan admirables sobre la faz de la tierra? ¿Qué te parece? ¡Di!" Y el visir contestó: "En verdad, oh rey del tiempo, que nunca he oído hablar de cosas tan maravillosas. Ciertamente estas pedrerías son únicas en su especie. Y las joyas más preciosas del armario del rey no valen, reunidas, tanto como la más pequeña de estas frutas, a mi entender". Y dijo el rey: "Oh visir mío, 'No es verdad que el joven Aladino, que por mediación de su madre me envía un presente tan hermoso, merece, sin duda alguna, mejor que cualquier hijo de rey, que se acoja bien su petición de matrimonio con mi hija Badru'l-Budur?"

A esta pregunta del rey, la cual estaba lejos de esperarse, al visir se le mudó el color y se le trabó la lengua y se apenó mucho. Porque desde hacía largo tiempo, le había prometido el sultán que no daría a la princesa en matrimonio a otro que no fuese un hijo que tenía el visir y que ardía de amor por ella desde la niñez. Así es que, tras largo rato de perplejidad, de emoción y de silencio, acabó por contestar con voz muy triste: "Si,oh rey del tiempo. Pero Tu Serenidad olvida que ha prometido la princesa al hijo de tu esclavo. Sólo te pido, pues, como gracia, ya que tanto te satisface este regalo de un desconocido, que me concedas un plazo de tres meses, al cabo del cual me comprometo a traer yo mismo un presente más hermoso todavía que éste para ofrecérselo de dote a nuestro rey, en nombre de mi hijo".

Y el rey, que a causa de sus conocimientos en materias de joyas y de pedrerías, sabía bien que ningún hombre, aunque fuese hijo de rey o de sultán, sería capaz de encontrar un regalo que compitiese de cerca no de lejos con aquellas maravillas, únicas en su especie, y con benevolencia le contestó: "Claro está, oh visir mío, te concedo el plazo que pides. Pero has de saber que si al cabo de esos tres meses no has encontrado para tu hijo una dote que ofrecer a mi hija, que supere o iguale solamente a la dote que me ofrece esta buena mujer en nombre de su hijo Aladino, no podré hacer más por tu hijo, a pesar de tus buenos y leales servicios". Luego se encaró con la madre de Aladino y le dijo con mucha afabilidad:" Oh madre de Aladino, puedes volver con toda alegría y seguridad al lado de tu hijo y decirle que su petición ha sido bien acogida y que mi hija está comprometida con él en adelante. Pero dile que no podrá celebrarse el matrimonio hasta pasados los tres meses para dar tiempo a preparar el equipo de mi hija y hacer el ajuar que corresponde a una princesa de su calidad".

Y la madre de Aladino, en extremo emocionada, alzó los brazos al cielo e hizo votos por la prosperidad y la dilatación de la vida del sultán y se despidió para volar llena de alegría a su casa en cuanto salió del palacio. Y no bien entró en ella, Aladino vio su rostro iluminado por la dicha y corrió hacia ella y le preguntó muy turbado: "Y bien, oh madre ¿Debo vivir o morir?" Y la pobre mujer, extenuada de fatiga, comenzó por sentarse en el diván y quitarse el velo del rostro, y le dijo: "Te traigo buenas noticias, oh Aladino, la hija del sultán está comprometida contigo para en adelante. Y tu regalo, como ves, ha sido acogido con alegría y contento. Pero hasta dentro de tres meses no podrá celebrarse tu matrimonio con Badru'l-Budur. Y esta tardanza se debe al gran visir, barba calamitosa, que ha hablado en secreto con el rey y le ha convencido para retardar la ceremonia, no sé por qué razón. Pero ¡Inschalah! todo saldrá bien. Y será satisfecho tu deseo por encima de todas las previsiones, oh hijo mío". Luego añadió: "En cuanto a ese gran visir, oh hijo mío, que Alá le maldiga y le reduzca al estado peor. Porque estoy muy preocupada por lo que le haya podido decir al oído al rey. A no ser por él, el matrimonio hubiera tenido lugar, al parecer, hoy o mañana, pues le han entusiasmado al rey las frutas de pedrería al plato de porcelana".

Luego, sin interrumpirse para respirar, contó a su hijo todo lo que había ocurrido desde que entró en el diván hasta que salió, y terminó diciendo: "Alá conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde para la dicha que te espera ¡Oh hijo mío, Aladino!".

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

¿Actuará el visir contra Aladino? Continúa su lectura en "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VII"

sábado, 2 de junio de 2012

Aladino y la lámpara maravillosa - Nota V - Las mil y una noches

Viene de "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota IV"



En la 744a noche

Ella dijo:
"...Cuando se terminaron las provisiones de la bandeja, como la primera vez, Aladino no dejó de coger uno de los platos de oro e ir al zoco, según tenía por costumbre, para vendérselo al judío, lo mismo que había hecho con los otros platos. Y cuando pasaba por delante de la tienda de un venerable jeque mulsumán, que era un orfebre muy estimado por su probidad y buena fe, oyó que le llamaban por su nombre y se detuvo. Y el venerable orfebre hizo señas con la mano y le invitó a entrar un momento en la tienda. Y le dijo: "Hijo mío, he tenido ocasión de verte pasar por el zoco bastantes veces, y he notado que llevabas entre las ropas algo que querías ocultar; y entrabas en la tienda de mi vecino, el judío, para salir luego sin el objeto que ocultabas. Pero tengo que advertirte de una cosa que acaso ignores a causa de tu tierna edad. Has de saber, en efecto, que los judíos son enemigos natos de los musulmanes; y creen que es lícito escamotearnos nuestros bienes por todos los medios posibles. Y entre todos los judíos, precisamente ése es el más detestable, el más listo, el más embaucador y el más nutrido de odio contra nosotros los que creemos en Alá el Único. Así, pues, si tienes que vender alguna cosa, oh hijo mío, empieza por enseñármela, y por la verdad de Alá el Altísimo te juro que la tasaré en su justo valor, a fin de que al cederla sepas exactamente lo que hacer. Enséñame, pues, sin temor ni desconfianza, lo que ocultas en tu traje, ¡y Alá maldiga a los embaucadores y confunda al Maligno! ¡Alejado sea por siempre!"

Al oír estas palabras del viejo orfebre, Aladino, confiado, no dejó de sacar de debajo de su traje el plato de oro y mostrárselo. Y el jeque calculó a la primera ojeada el valor del objeto y preguntó a Aladino: "¿Puedes decirme, ahora, hijo mío, cúantos platos de esa clase vendiste al judío y el precio a que se los cediste?" Y Aladino contestó:"oh, tío mío, Por Alá que ya le he dado doce platos como éste a un dinar cada uno". Y al oír estas palabras, el viejo orfebre llegó al límite de la indignación y exclamó: "¡Ah maldito judío, hijo de perro, posteridad de Eblis!". Y al propio tiempo puso el plato en la balanza, lo pesó, y dijo: "Has de saber, hijo mío, que este plato es del oro más fino, y que no vale un dinar, sino doscientos dinares exactamente. Es decir, que el judío te ha robado a ti solo tanto como roban en un día, con detrimento de los musulmanes, todos los judíos del zoco reunidos" Luego añadió: "¡Ah hijo mío, lo pasado pasado está, y como no hay testigos, no podemos hacer empalar a ese judío maldito! De todos modos, ya sabes a qué atenerte en lo sucesivo. Y si quieres, al momento voy a contarte doscientos dinares por tu plato. Prefiero, sin embargo, que antes de vendérmelo, vayas a proponerlo y a que te lo tasen todos los mercaderes; y si te ofrecen más, consiento en pagarte la diferencia y algo más de sobreprecio" Pero Aladino que no tenía ningún motivo para dudar de la reconocida probidad del viejo orfebre, se dio por muy contento con cederle el plato a tan buen precio. Y tomó los doscientos dinares. Y en lo sucesivo no dejó de dirigirse al mismo honrado orfebre musulmán para venderle los otros once platos y la bandeja.

Y he aquí que, enriquecidos de aquel modo, Aladino y su madre no abusaron de los beneficios del Retribuidor. Y continuaron llevando una vida modesta, distribuyendo a los pobres y a los menesterosos lo que sobraba de sus necesidades. Y entretanto, Aladino no perdonó ocasión de seguir instruyéndose, y afinando su ingenio con el contacto de las gentes del zoco, de los mercaderes distinguidos y de las personas de buen tono que frecuentaban los zocos. Y así aprendió en poco tiempo las maneras del gran mundo, y mantuvo relaciones sostenidas con los orfebres y joyeros, de quienes se convirtió en huésped asiduo. Y habitúandose entonces a ver joyas y pedrerías, se enteró de que las frutas que se había llevado de aquel jardín y que se imaginaba serían bolas de vidrio coloreado, eran maravillas inestimables que no tenían igual en casa de los reyes y sultanes más poderosos y más ricos. Y como se había vuelto muy prudente y muy inteligente, tuvo la precaución de no hablar de ello a nadie, ni siquiera a su madre. Pero en vez de dejar las frutas de pedrería tiradas debajo de los cojines del diván y por todos los rincones, las recogió con mucho cuidado, y las guardó en un cofre que compró a propósito. Y he aquí que pronto habría de experimentar los efectos de su prudencia de la manera más brillante y más espléndida.

En efecto, un día entre los días, charlando él a la puerta de una tienda con algunos mercaderes amigos suyos...

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.

En la 745a noche

Ella dijo:
"...En efecto, un día entre los días, charlando él a la puerta de una tienda con algunos mercaderes amigos suyos, vio cruzar los zocos a dos pregoneros del sultán, armados de largas pértigas, y les oyó gritar al unísono en alta voz:"Oh vosotros todos, mercaderes y habitantes. De orden de nuestro amo magnánimo, el rey del tiempo y el señor de los siglos y de los momentos, sabed que teneís que cerrar vuestras tiendas al instante y encerraros en vuestras casas, con todas las puertas cerradas por fuera y por dentro, porque va a pasar, para ir a tomar un baño en el hammam, la perla única, la maravillosa, la bienhechora, nuestra joven ama Badru´l-Budur, luna llena de las lunas llenas, hija de nuestro glorioso sultán. Séale el baño delicioso. En cuanto a los que se atrevan a infringir la orden y a mirar por puertas o ventanas, serán castigados por el alfanje, el palo o el patíbulo. Sirva pues de aviso a quienes quieran conservar su sangre en su cuello".

Al oír este pregón público, Aladino se sintió poseído de un deseo irresistible por ver pasar a la hija del sultán a aquella maravillosa Badru´l-Budur, de quien se hacían lenguas en toda la ciudad y cuya belleza de luna y de perfecciones eran muy elogiadas. Así es que en vez de hacer como todo el mundo y correr a encerrarse en su casa, se le ocurrió ir a toda prisa al hamman y esconderse detrás de la puerta principal para poder, sin ser visto, mirar a través de la puerta principal para poder, sin ser visto, mirar detrás de las juntas y admirar a su gusto a la hija del sultán, cuando entrase. Y a poco rato de situarse en aquel lugar, vio llegar el cortejo de la princesa, precedido por la muchedumbre de eunucos. Y la vio a ella misma en medio de sus mujeres, cual la luna en medio de las estrellas, cubierta con sus velos de seda. Pero en cuanto llegó al umbral del hammam, se apresuró para taparse el rostro; y apareció con todo el respaldo solar de una belleza que superaba a cuanto pudiera decirse. Porque era una joven de quince años, más bien menos que más, derecha como la letra alef, con una cintura que desafiaba a la rama tierna del árbol ban, con una frente deslumbradora, como el cuarto creciente de la luna en el mes del Ramadán, con cejas rectas y perfectamente trazadas, con ojos negros, grandes y lánguidos, cual los ojos de la gacela sedienta, con párpados modestamente bajos y semejantes a pétalos de rosa, con una nariz impecable como labor selecta, una boca minúscula con dos labios encarnados, una tez de blancura, lavada en el agua de la fuente Salsabil, un mentón sonriente, dientes como granizos, de igual tamaño, un cuello de tórtola, y lo demás que no se veía por el estilo. Y de ella es de quien ha dicho el poeta:

"Sus ojos magos, avivados con khol negro, traspasan los corazones con sus flechas aceradas
A las rosas de sus mejillas roban los colores las rosa de los ramos
Y su cabellera es una noche tenebrosa, iluminada por la irradiación de su frente"

Cuando la princesa llegó a la puerta del hammam, como no temía las miradas indiscretas, se levantó el velillo del rostro, y apareció así en toda su belleza. Y Aladino la vio, y en un momento sintió bullirle la sangre en la cabeza tres veces más de prisa que antes. Y sólo entonces se dio cuenta él, que jamás tuvo ocasión de ver descubierto rostro de mujer, de que podía haber mujeres hermosas y mujeres feas y de que no todas eran viejas semejantes a su madre. Y aquel descubrimiento, unido a la belleza incomparable de la princesa, le dejó estupefacto y le inmovilizó en un éxtasis detrás de la puerta. Y ya hacía mucho tiempo que había entrado la princesa en el hammam, mientras él permanecía aún allí asombrado y todo tembloroso de emoción. Y cuando pudo recobrar un poco el sentido, se decidió a escabullirse de su escondite y a regresar a su casa, ¡pero en qué estado de mudanza y turbación! Y pensaba: "¡Por Alá! ¿Quién hubiera podido imaginar jamás que sobre la tierra hubiese una criatura tan hermosa?¡Bendito sea Él que la ha formado y la ha dotado de perfección!" Y asaltado por un cúmulo de pensamientos, entró en casa de su madre y con la espalda quebrantada de emoción y el corazón arrebatado de amor por completo, se dejó caer en el diván, y estuvo sin moverse.

Y he aquí que su madre no tardó en verle en aquel estado tan extraordinario, y se acercó a él y le preguntó con ansiedad que le pasaba. Pero él se negó a dar la menor respuesta. Entonces le llevó la bandeja de los manjares para que almorzase; pero él no quiso comer. Y le preguntó ella: "¡Oh hijo mío! ¿Qué tienes? ¿Te duele algo? ¡Dime que te ha ocurrido!" Y acabó por contestar: "Déjame" Y ella insistió para que comiese, y hubo de instarle de tal manera, que consintió él en tocar a los manjares pero comió infinitamente menos que lo ordinario, y tenpia los ojos bajos, y guardaba silencio, sin querer contestar a las preguntas inquietas de su madre. Y estuvo en aquel estado de somnolencia, de palidez y de abatimiento hasta el día siguiente.

Entonces la madre de Aladino, en el límite de la ansiedad, se acercó a él, con lágrimas en los ojos, y le dijo: "Oh hijo mío, por Alá sobre ti, dime lo que te pasa y no me tortures más el corazón con tu silencio. Si tienes alguna enfermedad, no me la ocultes, y en seguida iré a buscar al médico. Precisamente está hoy de paso en nuestra ciudad un médico famoso del país de los árabes a quien ha hecho venir ex profeso nuestro sultán para consultarle. ¡Y no se habla de otra cosa que de su ciencia y de sus remedios maravillosos! ¿Quieres que vaya a buscarle?"

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente

En la 746a noche

Ella dijo:
"...¡Y no se habla de otra cosa que de su ciencia y de sus remedios maravillosos! ¿Quieres que vaya a buscarle?" Entonces Aladino levantó la cabeza, y con un tono de vos muy triste, contestó: "Oh madre, Sabe que estoy bueno y no sufro de enfermedad. Y si me ves en este estado de mudanza es porque hasta el presente me imaginé que todas las mujeres se te parecían y sólo ayer hube de darme cuenta de que no había tal cosa" Y la madre de Aladino alzó los brazos y exclamó: "Alejado sea el maligno ¿Qué estás diciendo Aladino?" El joven contestó: "Estate tranquila que sé ien lo que digo. Porque ayer vi entrar al hammam a la princesa Badru´l-budur, hija del sultán, y su sola vista me reveló la existencia de la belleza. Y ya no estoy para nada. Y por eso no tendré reposo ni podré volver en mí mientras no la obtenga de su padre, el sultán, en matrimonio"

Al oír estas palabras, la madre de Aladino pensó que su hijo habpia perdido el juicio y le dijo: "El nombre de Alá sobre ti, hijo mío ¡Vuelve la razón! ¡Ah, pobre Aladino, piensa en tu condición y desecha esas locuras!" Aladino contestó: "Oh madre mía, no tengo para qué volver a la razón, pues no me cuento en el número de los locos. y tus palabras no me harán renunciar a mi idea de matrimonio con El Sett Badru´l-Budur, la hermosa hija del sultán. Y tengo más intención que nunca de pedírsela a su padre en matrimonio". Ella dijo: "Oh hijo mío, por mi vida sobre ti, no pronuncies tales palabras y ten cuidado de que no te oigan en la vecindad y transmitan tus palabras al sultán que te haría ahorcar sin remisión. Y además, si de verdad tomaste una resolución tan loca, ¿crees que vas a encontrar quien se encargue de hacer esa petición?". El joven contestó: "'¿Y a quién voy a encargar de una misión tan delicada estando tú aquí? Oh madre, 'Y en quién voy a tener más confianza que en ti? ¡Si, ciertamente, tú serás quien vaya a hacer al sultán esa petición de matrimonio!" Ella contestó: "Alá me preserve de llevar a cabo semejante empresa, oh hijo mío. Yo no estoy, como tú, en el límite de la locura ¡Ah! bien veo al presente que te olvidas de que eres hijo de uno de los sastres más pobres y más ignorados de la ciudad, y de que tampoco yo, tu madre, soy de familia más noble o más esclarecida. ¿Cómo, pues, te atreves a pensar en una princesa, que su padre no concederá ni aún a los hijos de poderosos reyes y sultanes?" Y Aladino permaneció en silencio un momento; luego contestó:"Sabe, oh madre, que ya he pensado y reflexionado largamente en todo lo que acabas de decirme; pero eso no m impide tomar la resolución que te he explicado, sino al contrario. Te suplico, pues, que si verdaderamente soy tu hijo y me quieres, me prestes el servicio que te pido. Si no, mi muerte, será preferible a mi vida; y sin duda alguna me perderás muy pronto ¡Oh madre mía! ¡Por última vez, no olvides que siempre seré tu hijo Aladino!"

Al oír estas palabras de su hijo, la madre de Aladino rompió en sollozos y dijo lacrimosa: "Oh hijo mío, ciertamente soy tu madre, y tu eres mi único hijo, el núcleo de mi corazón. Y mi mayor anhelo siempre fue verte casado un día, y regocijarme con tu dicha antes de morirme. Si, si quieres casarte, me apresuraré a buscarte mujer entre las gentes de nuestra condición. Y aun así, no sabré qué contestarles, cuando me pidan informes acerca de ti, del oficio que ejerces, de la ganancia que sacas, y de los bienes y tierras que posees. Y me azora mucho eso. Pero, ¿Qué no será tratándose, no ya de ir a gentes de condición humilde, sino a pedir para ti al sultan de China su hija única El Sett Badru'l-Budur? Vamos, hijo mío, reflexiona un instante con moderación. Bien sé que nuestros sultán está lleno de benevolencia, y que jamás despide a ningún súbdito suyo sin hacerle la justicia necesaria. También sé que es generoso en exceso y que nunca rehusa nada a quien ha merecido sus favores con alguna acción brillante, algún hecho de bravura o algún servicio grande o pequeño. Pero, ¿Puedes decirme en qué has sobresalido tú hasta el presente y qué títulos tienes para merecer ese favor incomparable que solicitas? Y además, ¿Dónde están los regalos que, como solicitante de gracias, tienes que ofrecer al rey en calidad de homenaje de súbdito leal a su soberano?" El joven contestó: "Pues bien, si no se trata más que de hacer un buen regalo para obtener lo que anhela tanto mi alma, precisamente creo que ningún hombre sobre la tierra puede competir conmigo en ese terreno. Porque has de saber, oh madre mía, que esas frutas de todos colores que me traje del jardín subterráneo y que creía eran sencillamente bolas de vidrio sin valor alguno, y buenas, a lo más, para que jugasen los niños pequeños, son pedrerías inestimables como no las posee ningún sultán en la tierra. ¡Y vas a juzgar por ti misma a pesar de tu poca experiencia en estas cosas! No tienes más que traerme de la cocina una fuente de porcelana en que quepan, y ya verás qué efecto tan maravilloso producen..."

En este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.


¿Hablará la madre de Aladino con el sultán? Continúa su lectura en "Aladino y la lámpara maravillosa - Nota VI"