Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 16 de febrero de 2014

La historia de los tres osos (el origen de Ricitos de Oro y los tres osos) - Robert Southey

Robert Southey fue un poeta romántico inglés que vivió entre 1774 y 1843, y fue el autor del texto "La historia de los tres osos" (aunque muchas veces se lo confunde con un cuento de los hermanos Grimm). La primera versión apareció en 1834 en "The Doctors" y la segunda en 1837 bajo el título "The Story of the Three Bears", cuento infantil al que luego se conocería como "Goldilocks and the Three Bears" y que allá por 1848 o 1849 tomaría su "forma" definitiva.
Leí por ahí que ya antes del relato de Southey circulaba una versión de boca en boca. Aparentemente se trataría de un cuento de la tradición oral adaptado por Southey. En 1831 Eleanor Mure (no encontré más info sobre ella que su nombre) publicó una historia en la cual en lugar de una niña, quien entraba a la casa era una fea y malvada anciana. Sin embargo, según leí, algunos historiadores del folclore inglés dicen que ya en 1814 Southey relataba la historia de la anciana y los osos a sus amigos... ¡Quién sabe como sucedió todo! Según parece, el cuento popular de la tradición oral era "Scrapefoot" donde quien entraba a la casa de los osos era una zorra (vixen: hembra del zorro). Se supone que Southey habría jugado con el significado de aquella palabra (vixen: peyorativo femenino: arpía)... y ya son demasiados suposiciones para mi gusto...
A continuación comparto la traducción al español y el texto de R. Southey en inglés... cuando aún la niña era una anciana, y papá oso, mamá oso y el pequeño osito, tres osos de diferentes tamaños.


La historia de los tres osos

Érase una vez tres osos, que vivían juntos en un bosque. Uno de ellos era pequeño, Wee Bear, otro era un oso de tamaño mediano, Middle Bear, y el otro era un gran oso, Huge Bear.

Cada uno tenía un bote por su potaje, una ollita para el pequeño, una olla de tamaño medio para el mediano, y una gran olla para el oso enorme. Y cada uno tenía una silla para sentarse, una sillita para el pequeño, una silla de tamaño medio para el mediano, y una gran silla para el enorme. Y cada uno tenia una cama para dormir, una pequeña cama para el pequeño, una cama de tamaño medio para el mediano, y una gran cama para el enorme.

Un día, después hubieran hecho la avena para el desayuno, y la hubieron repartido en las respectivas ollas, salieron a caminar por el bosque, mientras se enfriaba la avena, ya que no la podian comenzar a comer muy pronto, porque les quemaría. Y mientras caminaban, una anciana fue a la casa. Ella no podría haber sido una anciana honesta, ya que en cuanto llegó se asomó a la ventana, y espió por el ojo de la cerradura, y al no ver a nadie en la casa, levantó el pestillo. La puerta no estaba cerrada, porque los osos eran buenos osos, que nunca hicieron daño a nadie, y nunca sospecharon que alguien pudiera hacerles daño. Así que la anciana abrió la puerta, y entró, y se puso muy contenta al ver la avena en la mesa. Si hubiera sido una buena viejita, ella habría esperado a los osos en la casa, y luego, tal vez, ellos le hubieran compartido el desayuno, porque eran buenos osos, un poco rudos, como es la manera de los osos, pero muy bondadosos y hospitalarios. Pero ella era una mujer impúdica, vieja y mala, y se dedicó a ayudarse a sí misma.

Así que primero probó la avena de Huge Bear, pero estaba demasiado caliente para ella, y pronunció una mala palabra sobre eso. Luego probó la avena de Middle Bear, pero estaba demasiado fría para ella, y volvió a decir una mala palabra sobre eso. Y luego se fue a la papilla del pequeño, Wee Bear, y notó que no estaba ni demasiado caliente ni demasiado fría, estaba en su punto justo, y le gustó tanto que se lo comió todo: pero como era una anciana traviesa, dijo una mala palabra sobre la pequeña olla, ya que no tenia suficiente para ella.

Entonces la viejita se sentó en la silla de Huge Bear, pero era demasiado dura para ella. Entonces se sentó en la silla de Middle Bear, pero era demasiado blanda para ella. Y luego se sentó en la silla de Wee Bear, y notó que no era ni demasiado dura ni demasiado blanda, en el punto justo. Así que se sentó en ella, y allí se quedó hasta que la parte inferior de la silla cedió, y ella se cayó al suelo. Y la vieja traviesa, volvió a decir una mala palabra sobre eso también.

A continuación, la anciana fue arriba, a la habitación en la que dormían los tres osos. Y en primer lugar se acostó en la cama de Huge Bear, pero era demasiado incómoda para ella. A continuación se acostó en la cama del Middle Bear, pero también era demasiado incómoda para ella. Y entonces ella se acostó sobre la cama de Wee Bear, y estaba en su punto justo. Así se cubrió con comodidad, y se quedó allí hasta que se quedó profundamente dormida.

En ese momento los tres osos pensaron que su papilla estaría lo suficientemente fría, por lo que volvieron a casa a desayunar. La anciana había dejado la cuchara de Huge Bear, clavada en su avena.

-¡Alguien ha estado en mi sopa!-dijo con su gran voz áspera y ronca. Y cuando Middle Bear, miró su olla, vio que la cuchara estaba también clavada en la suya. Eran las cucharas de madera, si hubieran sido las de plata, la vieja traviesa las habría puesto en su bolsillo.

-¡Alguien ha estado en mi sopa!-dijo Middle Bear con su voz media.

Entonces el pequeño, Wee Bear, miró la suya, y allí estaba la cuchara en su ollita, pero la avena había desaparecido.

-¡Alguien ha estado en mi sopa y se lo ha comido todo!-dijo el pequeño, con su pequeña voz.

Después de esto, los tres osos, al ver que alguien había entrado en su casa, y se comió el desayuno del pequeño Wee Bear, comenzaron a revisar la casa. La anciana no había vuelto a acomodar el duro cojín, cuando se levantó de la silla de Huge Bear

-¡Alguien se ha sentado en mi silla!- dijo con su gran voz áspera y ronca.

La anciana también había dejado desacomodada la silla de Middle Bear.

-¡Alguien se ha sentado en mi silla!-dijo con su voz media.

Y cuando Wee Bear vio su silla, exclamó:

-¡Alguien se ha sentado en mi silla y la rompió!-dijo el pequeño con su pequeña voz.

A continuación, los tres osos consideraron necesario seguir con la búsqueda, por lo que subieron a su alcoba. Ahora, la anciana había quitado la almohada de Huge Bear de su lugar.

-¡Alguien se ha acostado en mi cama!-dijo con su gran voz áspera y ronca.

La anciana le había retirado el cabezal de la cama de Middle Bear.

-¡Alguien se ha acostado en mi cama!-dijo con su voz media.

Y cuando Wee Bear fue a revisar su cama, encontró que el cabezal estaba en su lugar correcto, y la almohada acomodada, pero sobre la almohada estaba la cabeza fea y sucia de la anciana, - que no estaba en su lugar, porque no tenía nada que hacer allí.

-¡Alguien se ha acostado en mi cama, y ​​aquí está!-dijo con su pequeña voz.

La anciana había oído en su sueño la gran voz áspera y ronca de Huge Bear, pero estaba tan profundamente dormida que no era para ella más que el rugido del viento o el estruendo de un trueno. Y escuchó la voz media, de Middle Bear, pero era sólo como si hubiera escuchado a algunos hablar en un sueño. Pero cuando se enteró de la pequeña, de la de Wee Bear, era tan aguda y penetrante, que la despertó al instante. Cuando reaccionó, y vio a los tres osos en un lado de la cama, ella se cayó, y corrió hacia la ventana. La ventana estaba abierta, porque los osos, que eran muy ordenados siempre la abrian por la mañana, para ventilarla. La viejecita saltó, y si se rompió el cuello en la caída, o se topó con el bosque y se perdió allí, o se encontró a su salida del bosque, con la policía y enviada a la Casa de Corrección por vagabunda, no lo sé. Pero nunca mas los tres osos supieron de ella.

Texto e imagen de: http://aversimasini.blogspot.com.ar/2010/12/robert-southey-story-of-three-bears.html
The Story of the
             Three Bears,
                              the original Goldilocks story


ONCE upon a time there were three Bears, who lived together in a house of their own in a wood. One of them was a Little, Small, Wee Bear; and one was a Middle-sized Bear, and the other was a Great, Huge Bear. They had each a pot for their porridge, a little pot for the Little, Small, Wee Bear; and a middle-sized pot for the Middle Bear; and a great pot for the Great, Huge Bear. And they had each a chair to sit in: a little chair for the Little, Small, Wee Bear; and a middle-sized chair for the Middle Bear; and a great chair for the Great, Huge Bear. And they had each a bed to sleep in: a little bed for the Little, Small, Wee Bear; and a middle-sized bed for the Middle Bear; and a great bed for the Great, Huge Bear. 
One day, after they had made the porridge for their breakfast and poured it into their porridge pots, they walked out into the wood while the porridge was cooling, that they might not burn their mouths by beginning too soon to eat it. And while they were walking a little old woman came to the house. She could not have been a good, honest, old woman; for, first, she looked in at the window, and then she peeped in at the keyhole, and, seeing nobody in the house, she lifted the latch. The door was not fastened, because the bears were good bears, who did nobody any harm, and never suspected that anybody would harm them. So the little old woman opened the door and went in; and well pleased she was when she saw the porridge on the table. If she had been a good little old woman she would have waited till the bears came home, and then, perhaps, they would have asked her to breakfast, for they were good hears-a little rough or so, as the manner of bear's is, but for all that very good-natured and hospitable. But she was an impudent, bad old woman, and set about helping herself. 
So first she tasted the porridge of the Great Huge Bear, and that was too hot for her; and she said a bad word about that. And then she tasted the porridge of the Middle Bear, and that was too cold for her; and she said a bad word about that, too. And then she went to the porridge of the Little, Small, Wee Bear, and tasted that, and that was neither too hot nor too cold, but just right; and she liked it so well that she ate it all up; but the naughty old woman said a bad word about the little porridge pot, because it did not hold enough for her. 
Then the little old woman sat down in the chair of the Great, Huge Bear, and that was too hard for her. And then she sat down in the chair of the Middle Bear, and that was too soft for her. And then she sat down in the chair of the Little Small, Wee Bear, and that was neither too hard nor too soft, but just right. So she seated herself in it, and there she sat till the bottom of the chair came out, and down came she, plump upon the ground. And the naughty old woman said wicked words about that, too. 
Then the little old woman went upstairs into the bedchamber in which the three Bears slept. And first she lay down upon the bed of the Great, Huge Bear, but that was too high at the head for her. And next she lay down upon the bed of the Middle Bear, and that was too high at the foot for her. And then she lay down upon the bed of the Little, Small, Wee Bear, and that was neither too high at the head nor at the foot, but just right. So she covered herself up comfortably, and lay there till she fell asleep. By this time the three Bears thought their porridge would be cool enough, so they came home to breakfast. Now the little old woman had left the spoon of the Great, Huge Bear standing in his porridge. 
"SOMEBODY HAS BEEN AT MY PORRIDGE!" said the Great, Huge Bear, in his great gruff voice. And when the Middle Bear looked at his, he saw that the spoon was standing in it, too. They were wooden spoons; if they had been silver ones the naughty old woman would have put them in her pocket. 
"SOMEBODY HAS BEEN AT MY PORRIDGE!" said the middle Bear, in his middle voice. 
Then the Little, Small, Wee Bear looked at his, and there was the spoon in the porridge pot, but the porridge was all gone. 
"SOMEBODY HAS BEEN AT MY PORRIDGE, AND HAS EATEN IT ALL UP!" said the Little, Small, Wee Bear, in his little, small, wee voice. 
Upon this the three Bears, seeing that some one had entered their house and eaten up the Little, Small, Wee Bear's breakfast, began to look about them. Now the little old woman had not put the hard cushion straight when she rose from the chair of the Great, Huge Bear. 
"SOMEBODY HAS BEEN SITTING IN MY CHAIR!" said the Great, Huge Bear, in his great, rough, gruff voice. 
And the little old woman had squatted down the soft cushion of the Middle Bear. 
"SOMEBODY HAS BEEN SITTING IN MY CHAIR!" said the Middle Bear, in his middle voice.
And you know what the little old woman had done to the third chair. 
"SOMEBODY HAS BEEN SITTING IN MY CHAIR, AND HAS SAT THE BOTTOM OUT OF IT!" said the Little, Small, Wee Bear, in his little, small, wee voice. 
Then the three bears thought it necessary that they should make further search; so they went upstairs into their bedchamber. Now the little old woman had pulled the pillow of the Great, Huge Bear out of its place. 
"SOMEBODY HAS BEEN LYING IN MY BED!" said the Great, Huge Bear, in his great, rough, gruff voice. 
And the little old woman had pulled the bolster of the Middle Bear out of its place. 
"SOMEBODY HAS BEEN LYING IN MY BED!" said the Middle Bear, in his middle voice. 
And when the Little, Small, Wee Bear came to look at his bed, there was the bolster in its place, and upon the pillow was the little old woman's ugly, dirty head-which was not in its place, for she had no business there. 
"SOMEBODY HAS BEEN LYING IN MY BED-AND HERE SHE IS!" said the Little, Small, Wee Bear, in his little, small, wee voice. 
The little old woman had heard in her sleep the great, rough, gruff voice of the Great, Huge Bear, but she was so fast asleep that it was no more to her than the moaning of wind or the rumbling of thunder. And she had heard the middle voice of the Middle Bear, but it was only as if she had heard some one speaking in a dream. But when she heard the little, small, wee voice of the Little, Small, Wee Bear, it was so sharp and so shrill that it awakened her at once. Up she started, and when she saw the three bears on one side of the bed she tumbled herself out at the other and ran to the window. Now the window was open, because the Bears, like good, tidy bears as they were, always opened their bedchamber window when they got up in the morning. Out the little old woman jumped, and whether she broke her neck in the fall or ran into the wood and was lost there, or found her way out of the wood and was taken up by the constable and sent to the House of Correction for a vagrant as she was, I cannot tell. But the three Bears never saw anything more of her.

sábado, 15 de febrero de 2014

Pulgarcito - Charles Perrault

"Pulgarcito" fue recopilado por Charles Perrault. También por los hermanos Grimm. De hecho, en la recopilación de los hermanos Grimm hay dos cuentos diferentes: "Pulgarcito" y "Las aventuras de Pulgarcito". En el primero de los Grimm, Pulgarcito es hijo de una pareja sin hijos. En el segundo, de un sastre. En cambio, en la versión de Charles Perrault, es el menor de siete hermanos "hechos de dos en dos" :D. 
A dicho relato lo tengo en un libro de cuentos de hadas que perteneció a mi mamá... de allí tomé las ilustraciones.
Después de leer este cuento y recordar a "Hansel y Gretel" me pregunto de donde habrá salido la idea del camino con migas de pan para no perderse...



 

PULGARCITO

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida. Sufrían además porque el menor era muy delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando como estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy pequeñito y cuando llegó al mundo no era más gordo que el pulgar, por lo cual lo llamaron Pulgarcito.

Este pobre niño era en la casa el que pagaba los platos rotos y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más fino y el más agudo de sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.

Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego le dijo:

—Tú ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir sin que nos vean.
—¡Ay! exclamó la leñadora, ¿serías capaz de dejar tu mismo perderse a tus hijos?

Por mucho que su marido le hiciera ver su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar en el dolor que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y fue a acostarse llorando.

Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto. Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer.

Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un pequeño sendero desviado.

Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a bramar y a llorar a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:

—No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme.

Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre.

En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que se necesitaba para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo:

—¡Ay! ¿qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido! Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos.

El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decían. La leñadora estaba deshecha en lágrimas.

—¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos? 

Una vez lo dijo tan fuerte que los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:

—¡Aquí estamos, aquí estamos!

Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:

—¡Qué contenta estoy de volver a verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado, ven para limpiarte.

Este Pierrot era su hijo mayor al que amaba más que a todos los demás, porque era un poco pelirrojo, y ella era un poco colorina.

Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que deleitó al padre y la madre; contaban el susto que habían tenido en el bosque y hablaban todos casi al mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se gastó todo el dinero, recayeron en su preocupación anterior y nuevamente decidieron perderlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez.

No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser oídos por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con doble llave. No sabía que hacer; cuando la leñadora, les dio a cada uno un pedazo de pan como desayuno; pensó entonces que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer a migajas a lo largo del camino que recorrerían; lo guardo, pues, en el bolsillo.

El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y junto con llegar, tomaron por un sendero apartado y dejaron a los niños.

Pulgarcito no se afligió mucho porque creía que podría encontrar fácilmente el camino por medio de su pan que había diseminado por todas partes donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo.



Helos ahí, entonces, de lo más afligidos, pues mientras más caminaban más se extraviaban y se hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a darse vuelta. Empezó a caer una lluvia tupida que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos.

Pulgarcito se trepó a la cima de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol; y cuando llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque.

Llegaron a la casa donde estaba el candil no sin pasar muchos sustos, pues de tanto en tanto la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un bajo. Golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue por caridad. La mujer, viéndolos a todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo:

—¡Ay! mis pobres niños, ¿dónde han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
—¡Ay, señora! respondió Pulgarcito que temblaba entero igual que sus hermanos, ¿qué podemos hacer? los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo ruega.

La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de un buen fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la cena del ogro.

Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo que los niños se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta. El ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían sacado vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca.

—Tiene que ser, le dijo su mujer, ese ternero que acabo de preparar lo que sentís.
—Huelo carne fresca, otra vez te lo digo, repuso el ogro mirando de reojo a su mujer, aquí hay algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama.
—¡Ah, dijo él, así me quieres engañar, maldita mujer! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una bestia vieja. Esta caza me viene muy a tiempo para festejar a tres ogros amigos que deben venir en estos días.

Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres se arrodillaron pidiéndole misericordia; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando ella les hiciera una buena salsa. Fue a coger un enorme cuchillo y mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo:


—¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
—Cállate, repuso el ogro, así estarán más tiernos.
—Pero todavía tenéis tanta carne, replicó la mujer; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un puerco
—Tienes razón, dijo el ogro; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse.

La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían tragar. de puro susto. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a sus amigos. Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que se le fueron un poco a la cabeza, obligándolo a ir a acostarse.

El ogro tenía siete hijas muy chicas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un lindo colorido pues se alimentaban de carne fresca, como su padre; pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños para chuparles la sangre.

Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los siete muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su marido.
  
Pulgarcito; que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus coronas de oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los muchachos que quería degollar.

La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo:

—Vamos a ver, dijo, cómo están estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez.

Subió entonces al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:

—Verdaderamente, dijo, ¡buen trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado.
 
Fue en seguida a la cama de las niñas donde, tocando los gorros de los muchachos:

—¡Ah!, exclamó, ¡aquí están nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje.

Diciendo estas palabras, degolló sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.

Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda la noche, tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían.

El ogro, al despertar, dijo a su mujer:

—Anda arriba a preparar a esos chiquillos de ayer.

Muy sorprendida quedó la ogresa ante la bondad de su marido sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no seria su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que discurren casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que la mujer tardara demasiado tiempo en realizar la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.

—¡Ay! ¿qué hice? exclamó. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y en el acto!—Echó un tazón de agua en la nariz de su mujer y haciéndola volver en sí:
—Dame pronto mis botas de siete leguas, le dijo, para ir a agarrarlos.

Se puso en campaña, y después de haber recorrido lejos de uno a otro lado, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres muchachos que ya estaban a sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro ir de cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si se tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se metió él también, sin perder de vista lo que hacia el ogro.

Este, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas son harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Como no podía más de fatiga, se durmió después de reposar un rato, y se puso a roncar en forma tan espantosa que los niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo.

Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran de prisa a la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa.

Pulgarcito, acercándose al ogro le sacó suavemente las botas y se las puso rápidamente. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se ajustaron a sus pies y a sus piernas como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde encontró a su mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas.

—Su marido, le dijo Pulgarcito, está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si él no les da todo su oro y su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga disponible en la casa sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas para cumplir con su encargo, también para que usted no crea que estoy mintiendo.

La buena mujer, asustadísima, le dio en el acto todo lo que tenía: pues este ogro no dejaba de ser buen marido, aun cuando se comiera a los niños. Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría.

Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, por cierto, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran saberlo de buena fuente, hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército esa misma tarde. El rey le prometió una gruesa cantidad de dinero si cumplía con este cometido.

Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde, y habiéndose dado a conocer por este primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo que ganaba por ese lado.

Después de hacer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado grandes bienes, regresó donde su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Estableció a su familia con las mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su padre y sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando a la vez con habilidad su propia corte.






MORALEJA
Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.
 

martes, 11 de febrero de 2014

Vasilisa, la bella - Versión de Clarissa Pinkola Estes

Mi papá me contó hace años que su abuela o abuelo - no recuerdo- le relataba cuentos con Babá Yagá como protagonista. Mis bisabuelos eran rumanos, como para que se den una idea. La Babá Yaga es algo así como una bruja; mínimo una anciana muy vieja y de temer que come seres humanos. Pertenece principalmente al folclore ruso, sin embargo, se expandió gracias al boca en boca a países cercanos.
Vasilisa, la bella, es un cuento de hadas ruso recopilado por Alexandr Afanásiev, y además de tener a Vasilisa de protagonista, tiene a Babá Yagá.
La versión que les traigo esta noche es la de Clarissa Pinkola Estes y pertenece al libro "Mujeres que corren con lobos". Allí a Vasilisa - tal vez sea un tema de traducción - la llaman Vasalisa. El nombre viene del griego "Βασίλισσα" y signifca reina. 

Vasilisa by Ivan Bilibin. Fte: Wikipedia


Vasalisa

Había una vez y no había una vez una joven madre que yacía en su lecho de muerte con el rostro tan pálido como las blancas rosas de cera de la sacristía de la cercana iglesia. Su hijita y su marido permanecían sentados a los pies de la vieja cama de madera, rezando para que Dios la condujera sana y salva al otro mundo.

La madre moribunda llamó a Vasalisa y la niña se arrodilló al lado de ella con sus botas rojas y su delantalito blanco.

—Toma esta muñeca, amor mío —dijo la madre en un susurro, sacando de la colcha de lana una muñequita que, como la propia Vasalisa, llevaba unas botas rojas, un delantal blanco, una falda negra y un chaleco bordado con hilos de colores.
—Presta atención a mis últimas palabras, querida —dijo la madre—. Si alguna vez te extraviaras o necesitaras ayuda, pregúntale a esta muñeca lo que tienes que hacer. Recibirás ayuda. Guarda siempre la muñeca. No le hables a nadie de ella. Dale de comer cuando esté hambrienta. Ésta es mi promesa de madre y mi bendición, querida hija.

Dicho lo cual, el aliento de la madre se hundió en las profundidades de su cuerpo donde recogió su alma y, cuando salió a través de sus labios, la madre murió.

La niña y su padre la lloraron durante mucho tiempo. Pero, como un campo cruelmente arado por la guerra, la vida del padre reverdeció una vez más en los surcos y éste se casó con una viuda que tenía dos hijas. Aunque la madrastra y sus hijas siempre hablaban con cortesía y sonreían como unas señoras, había en sus sonrisas una punta de sarcasmo que el padre de Vasalisa no percibía.

Sin embargo, cuando las tres mujeres se quedaban solas con Vasalisa, la atormentaban, la obligaban a servirlas y la enviaban a cortar leña para que se le estropeara la preciosa piel. La odiaban porque poseía una dulzura que no parecía de este mundo. Y porque era muy guapa. Sus pechos brincaban mientras que los suyos menguaban a causa de su maldad. Vasalisa era servicial y jamás se quejaba mientras que la madrastra y sus hermanastras se peleaban entre sí como las ratas entre los montones de basura por la noche.

Un día la madrastra y las hermanastras ya no pudieron aguantar por más tiempo a Vasalisa.

—Vamos… a… hacer que el fuego se apague y entonces enviaremos a Vasalisa al bosque para que vaya a ver a la bruja Baba Yagá y le suplique fuego para nuestro hogar. Y, cuando llegue al lugar donde está Baba Yagá, la vieja bruja la matará y se la comerá.

Todas batieron palmas y soltaron unos chillidos semejantes a los de los seres que habitan en las tinieblas.

Así pues aquella tarde, cuando regresó de recoger leña, Vasalisa vio que toda la casa estaba a oscuras. Se preocupó y le preguntó a su madrastra:

—¿Qué ha ocurrido? ¿Con qué guisaremos? ¿Qué haremos para iluminar la oscuridad?
—Qué estúpida eres —le contestó la madrastra—. Está claro que no tenemos fuego. Y yo no puedo salir al bosque porque soy vieja. Mis hijas tampoco pueden ir porque tienen miedo. Por consiguiente, tú eres la única que puede ir al bosque a ver a Baba Yagá y pedirle carbón para volver a encender la chimenea.
—Muy bien pues, así lo haré —dijo inocentemente Vasalisa.

Y se puso en camino. El bosque estaba cada vez más oscuro y las ramitas que crujían bajo sus pies la asustaban. Introdujo la mano en el profundo bolsillo de su delantal donde guardaba la muñeca que su madre moribunda le había entregado. Le dio unas palmadas a la muñeca que guardaba en el interior del bolsillo y se dijo:

—Es verdad, el simple hecho de tocar esta muñeca me tranquiliza.

A cada encrucijada del camino, Vasalisa introducía la mano en el bolsillo y consultaba con la muñeca.

—Dime, ¿tengo que ir a la derecha o a la izquierda?

La muñeca le contestaba, “Sí”, “No”, “Por aquí” o “Por allá”. Vasalisa le dio a la muñeca un poco de pan que llevaba y siguió el camino que parecía indicarle la muñeca.

De repente, un hombre vestido de blanco pasó al galope por su lado montado en un caballo blanco e inmediatamente se hizo de día. Más adelante, pasó un hombre vestido de rojo montado en un caballo rojo y salió el sol. Vasalisa prosiguió su camino y, en el momento en que llegaba a la choza de Baba Yagá, pasó un jinete vestido de negro trotando a lomos de un caballo negro y entró en la cabaña de Baba Yagá. Enseguida se hizo de noche. La valla hecha con calaveras y huesos que rodeaba la choza empezó a brillar con un fuego interior, Iluminando todo el claro del bosque con su siniestra luz.

La tal Baba Yagá era una criatura espantosa. Viajaba no en un carruaje o un coche sino en una caldera en forma de almirez que volaba sola. Ella impulsaba el vehículo con un remo en forma de mano de almirez y se pasaba el rato barriendo las huellas que dejaba a su paso con una escoba hecha con el cabello de una persona muerta mucho tiempo atrás.

Y la caldera volaba por el cielo mientras el grasiento cabello de Baba Yagá revoloteaba a su espalda. Su larga barbilla curvada hacia arriba y su larga nariz curvada hacía abajo se juntaban en el centro. Tenía una minúscula perilla blanca y la piel cubierta de verrugas a causa de su trato con los sapos. Sus uñas orladas de negro eran muy gruesas, tenían caballetes como los tejados y estaban tan curvadas que no le permitían cerrar las manos en un puño.


La casa de Baba Yagá era todavía más extraña. Se levantaba sobre unas enormes y escamosas patas de gallina de color amarillo, caminaba sola y a veces daba vueltas y más vueltas como un bailarín extasiado. Los goznes de las puertas y las ventanas estaban hechos con dedos de manos y pies humanos y la cerradura de la puerta de entrada era un hocico de animal lleno de afilados dientes. Vasalisa consultó con su muñeca y le preguntó:

—¿Es ésta la casa que buscamos?

Y la muñeca le contestó a su manera:

—Sí, ésta es la casa que buscas.

Antes de que pudiera dar otro paso, Baba Yagá bajó con su caldera y le preguntó a gritos:

—¿Qué quieres?

La niña se puso a temblar.

—Abuela, vengo por fuego. En mi casa hace mucho frío… mi familia morirá… necesito fuego.

Baba Yagá le replicó:

—Ah, sí, ya te conozco y conozco a tu familia. Eres una niña muy negligente… has dejado que se apagara el fuego. Y eso es una imprudencia. Y, además, ¿qué te hace pensar que yo te daré la llama?

Vasalisa consultó con la muñeca y se apresuró a contestar:

—Porque yo te lo pido.

Baba Yagá ronroneó.

—Tienes mucha suerte porque ésta es la respuesta correcta.

Y Vasalisa pensó que había tenido mucha suerte porque había dado la respuesta correcta.

Baba Yagá la amenazó:

—No te puedo dar el fuego hasta que hayas trabajado para mí. Si me haces estos trabajos, tendrás el fuego. De lo contrario… —Aquí Vasalisa vio que los ojos de Baba Yagá se convertían de repente en unas rojas brasas—. De lo contrario, hija mía, morirás.

Baba Yagá entró ruidosamente en su choza, se tendió en la cama y ordenó a Vasalisa que le trajera lo que se estaba cociendo en el horno. En el horno había comida suficiente para diez personas y la Yagá se la comió toda, dejando tan sólo un pequeño cuscurro y un dedal de sopa para Vasalisa.

—Lávame la ropa, barre el patio, limpia la casa, prepárame la comida, separa el maíz aflublado del maíz bueno y cuida de que todo esté en orden. Regresaré más tarde para inspeccionar tu trabajo. Si no está listo, tú serás mi festín.

Dicho lo cual, Baba Yagá se alejó volando en su caldera, usando la nariz a modo de cataviento y el cabello a modo de vela. Y cayó de nuevo la noche.

Vasalisa recurrió a su muñeca en cuanto la Yagá se hubo ido.

—¿Qué voy a hacer? ¿Podré cumplir todas estas tareas a tiempo?

La muñeca le aseguró que sí y le dijo que comiera un poco y se fuera a dormir. Vasalisa le dio también un poco de comida a la muñeca y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, la muñeca había hecho todo el trabajo y lo único que quedaba por hacer era cocinar la comida. La Yagá regresó por la noche y vio que todo estaba hecho. Satisfecha en cierto modo aunque no del todo porque no podía encontrar ningún fallo, Baba Yagá dijo en tono despectivo:

—Eres una niña muy afortunada.

Después llamó a sus fieles sirvientes para que molieran el maíz e inmediatamente aparecieron tres pares de manos en el aire y empezaron a raspar y triturar el maíz. La paja voló por la casa como una nieve dorada. Al final, se terminó la tarea y Baba Yagá se sentó a comer. Se pasó varias horas comiendo y por la mañana le volvió a ordenar a Vasalisa que limpiara la casa, barriera el patio y lavara la ropa.

Después le mostró un gran montón de tierra que había en el patio.

—En este montón de tierra hay muchas semillas de adormidera, millones de semillas de adormidera. Quiero que por la mañana haya un montón de semillas de adormidera y un montón de tierra separados. ¿Me has entendido?

Vasalisa estuvo casi a punto de desmayarse.

—¿Cómo voy a poder hacerlo?

Introdujo la mano en el bolsillo y la muñeca le contestó en un susurro:

—No te preocupes, yo me encargaré de eso.

Aquella noche Baba Yagá empezó a roncar y se quedó dormida y entonces Vasalisa intentó separar las semillas de adormidera de la tierra. Al cabo de un rato la muñeca le dijo:

—Vete a dormir. Todo irá bien.

Una vez más la muñeca desempeñó todas las tareas y, cuando la vieja regresó a casa, todo estaba hecho. Baba Yagá habló en tono sarcástico con su voz nasal:

—¡Vaya! Qué suerte has tenido de poder hacer todas estas cosas.

Llamó a sus fieles sirvientes y les ordenó que extrajeran aceite de las semillas de adormidera e inmediatamente aparecieron tres pares de manos y lo hicieron.

Mientras la Yagá se manchaba los labios con la grasa del estofado, Vasalisa permaneció de pie en silencio.

—¿Qué miras? —le espetó Baba Yagá.
—¿Te puedo hacer unas preguntas, abuela? —dijo Vasalisa.
—Pregunta —replicó la Yagá—, pero recuerda que un exceso de conocimientos puede hacer envejecer prematuramente a una persona.

Vasalisa le preguntó quién era el hombre blanco del caballo blanco.

—Ah —contestó la Yagá con afecto—, el primero es mi Día.
—¿Y el hombre rojo del caballo rojo?
—Ah, ése es mi Sol Naciente.
—¿Y el hombre negro del caballo negro?
—Ah, sí, el tercero es mi Noche.
—Comprendo —dijo Vasalisa.
—Vamos niña, ¿no quieres hacerme más preguntas? ——dijo la Yagá en tono zalamero.

Vasalisa estaba a punto de preguntarle qué eran los pares de manos que aparecían y desaparecían, pero la muñeca empezó a saltar arriba y abajo en su bolsillo y entonces dijo en su lugar:

—No, abuela. Tal como tú misma has dicho, el saber demasiado puede hacer envejecer prematuramente a una persona.
—Ah —dijo la Yagá, ladeando la cabeza como un pájaro—, tienes una sabiduría impropia de tus años, hija mía. ¿Y cómo es posible que seas así?
—Gracias a la bendición de mi madre —contestó Vasalisa sonriendo.
—¡¿La bendición?! —chilló Baba Yagá—. ¡¿La bendición has dicho?! En esta casa no necesitamos bendiciones. Será mejor que te vayas, hija mía —dijo empujando a Vasalisa hacia la puerta y sacándola a la oscuridad de la noche—. Mira, hija mía. ¡Toma! —Baba Yagá tornó una de las calaveras de ardientes ojos que formaban la valla de su choza y la colocó en lo alto de un palo—. ¡Toma! Llévate a casa esta calavera con el palo. Eso es el fuego. No digas ni una sola palabra más. Vete de aquí.

Vasalisa iba a darle las gracias a la Yagá, pero la muñequita de su bolsillo empezó a saltar arriba y abajo y entonces Vasalisa comprendió que tenía que tomar el fuego y emprender su camino. Corrió a casa a través del oscuro bosque, siguiendo las curvas y las revueltas del camino que le iba indicando la muñeca. Vasalisa salió del bosque, llevando la calavera que arrojaba fuego a través de los orificios de las orejas, los ojos, la nariz y la boca. De repente, se asustó de su peso y de su siniestra luz y estuvo a punto de arrojarla lejos de sí. Pero la calavera le habló y le dijo que se tranquilizara y siguiera adelante hasta llegar a la casa de su madrastra y sus hermanastras. Y ella así lo hizo.

Mientras Vasalisa se iba acercando a la casa, la madrastra y las hermanastras miraron por la ventana y vieron un extraño resplandor danzando en el bosque. El resplandor estaba cada vez más cerca y ellas no acertaban a imaginar qué podía ser. La prolongada ausencia de Vasalisa las había inducido a pensar que ésta había muerto y que las alimañas se habían llevado sus huesos y en buena hora.

Vasalisa ya estaba muy cerca de su casa. Cuando la madrastra y las hermanastras vieron que era ella, corrieron a su encuentro, diciéndole que llevaban sin fuego desde que ella se había ido y que, a pesar de que habían intentado repetidamente encender otro, éste siempre se les apagaba.

Vasalisa entró triunfalmente en la casa, pues había sobrevivido al peligroso viaje y había traído el fuego a su hogar. Pero la calavera que estaba contemplando todos los movimientos de las hermanastras y de la madrastra desde lo alto del palo las abrasó y, a la mañana siguiente, el malvado trío se había convertido en unas pavesas.

viernes, 7 de febrero de 2014

Rumpelstiltskin - Los hermanos Grimm

Rumpelstiltskin es un personaje que siempre me gustó aunque la historia me daba un poco de bronca. Será que así como en "Tom y Jerry" mi simpatía se sesga hacia el gato, en Rumpelstiltskin se inclina hacía el enano saltarín (otro nombre por el cual se conoce a este cuento). Hay algo molesto en eso de "el bien siempre gana" cuando el "bien" en realidad está representado por alguien que miente, que abusa de las situaciones y que rompe promesas...


Rumpelstiltskin

Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: 
- Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca.
 El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.

Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: 
- Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada.

La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar. La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro.

Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó: 
- Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación.
Y le señaló una estancia más grande y más repleta de paja que la del día anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el enano saltarín: 
- ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? - preguntó al hacerse visible. 
- Sólo tengo esta sortija - dijo la doncella tendiéndole el anillo. 
- Empecemos pues - respondió el enano. 
Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado. Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció: 
- Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa - pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. 
Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano:  
-¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? - preguntó, saltando, a la chica. 
- No tengo más joyas que ofrecerte - y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada.
- Bien, en ese caso, me darás tu primer hijo - demandó el enanillo. 
Aceptó la muchacha: 
- Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro - dijo para sus adentros.
Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba. Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.

Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.

- Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras.
- ¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo - exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano: - Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño. 
Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta.

Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando:

"Hoy tomo vino,
y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán!"

Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó:

- ¡Te llamas Rumpelstiltskin!
- ¡No puede ser! - gritó él - ¡no lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo!

Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.

 

jueves, 6 de febrero de 2014

Las tres hilanderas - Los hermanos Grimm

Comenzó Febrero... de a poquito iré retomando la tarea de subir algún que otro cuento... Y me pareció buena idea hacer un mes de cuentos de hadas clásicos. Ya hay varios cuentos en el blog de Charles Perrault y de los hermanos Grimm, así que se sumarán a ese listado.
El primero que elegí para esta racha es "Las tres hilanderas", uno de esos cuentos cuestionables que al leer siendo adultos nos hacen gritar "WTF???????". Si lo tomamos con humor, tiene su encanto... 



Las tres hilanderas

Érase una niña muy holgazana que no quería hilar. Ya podía desgañitarse su madre, no había modo de obligarla. Hasta que la buena mujer perdió la paciencia de tal forma, que la emprendió a bofetadas, y la chica se puso a llorar a voz en grito. Acertaba a pasar en aquel momento la Reina, y, al oír los lamentos, hizo parar la carroza, entró en la casa y preguntó a la madre por qué pegaba a su hija de aquella manera, pues sus gritos se oían desde la calle. Avergonzada la mujer de tener que pregonar la holgazanería de su hija, respondió a la Reina:

- No puedo sacarla de la rueca; todo el tiempo se estaría hilando; pero soy pobre y no puedo comprar tanto lino.

Dijo entonces la Reina:

- No hay nada que me guste tanto como oír hilar; me encanta el zumbar de los tornos. Dejad venir a vuestra hija a palacio conmigo. Tengo lino en abundancia y podrá hilar cuanto guste.

La madre asintió a ello muy contenta, y la Reina se llevó a la muchacha. Llegadas a palacio, condújola a tres aposentos del piso alto, que estaban llenos hasta el techo de magnífico lino.

- Vas a hilarme este lino -le dijo-, y cuando hayas terminado te daré por esposo a mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre; una joven hacendosa lleva consigo su propia dote.

La muchacha sintió en su interior una gran congoja, pues aquel lino no había quien lo hilara, aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde la mañana a la noche.

Al quedarse sola, se echó a llorar y así se estuvo tres días sin mover una mano. Al tercer día presentóse la Reina, y extrañóse al ver que nada tenía hecho aún; pero la moza se excusó diciendo que no había podido empezar todavía por la mucha pena que le daba el estar separada de su madre. Contentóse la Reina con esta excusa, pero le dijo:
- Mañana tienes que empezar el trabajo.

Nuevamente sola, la muchacha, sin saber qué hacer ni cómo salir de apuros, asomóse en su desazón, a la ventana y vio que se acercaban tres mujeres: la primera tenía uno de los pies muy ancho y plano; la segunda un labio inferior enorme, que le caía sobre la barbilla; y la tercera, un dedo pulgar abultadísimo. Las tres se detuvieron ante la ventana y, levantando la mirada, preguntaron a la niña qué le ocurría. Contóles ella su cuita, y las mujeres le brindaron su ayuda:

- Si te avienes a invitarnos a la boda, sin avergonzarte de nosotras, nos llamas primas y nos sientas a tu mesa, hilaremos para ti todo este lino en un santiamén.

- Con toda el alma os lo prometo -respondió la muchacha-. Entrad y podéis empezar ahora mismo.
Hizo entrar, pues, a las tres extrañas mujeres, y en la primera habitación desalojó un espacio donde pudieran instalarse.

Inmediatamente pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra y hacía girar la rueda con el pie; la segunda, humedecía el hilo, la tercera lo retorcía, aplicándolo contra la mesa con el dedo, y a cada golpe de pulgar caía al suelo un montón de hilo de lo más fino. Cada vez que venía la Reina, la muchacha escondía a las hilanderas y le mostraba el lino hilado; la Reina se admiraba, deshaciéndose en alabanzas de la moza. Cuando estuvo terminado el lino de la primera habitación, pasaron a la segunda, y después a la tercera, y no tardó en quedar lista toda la labor. Despidiéronse entonces las tres mujeres, diciendo a la muchacha:

- No olvides tu promesa; es por tu bien.

Cuando la doncella mostró a la Reina los cuartos vacíos y la grandísima cantidad de lino hilado, se fijó enseguida el día para la boda. El novio estaba encantado de tener una esposa tan hábil y laboriosa, y no cesaba de ponderarla.

- Tengo tres primas -dijo la muchacha-, a quienes debo grandes favores, y no quiero olvidarme de ellas en la hora de mi dicha. Permitidme, pues, que las invite a la boda y las siente a nuestra mesa.

A lo cual respondieron la Reina y su hijo:

- ¿Y por qué no habríamos de invitarlas?

Así, el día de la fiesta se presentaron las tres mujeres, magníficamente ataviadas, y la novia salió a recibirlas diciéndoles:

- ¡Bienvenidas, queridas primas!
- ¡Uf! -exclamó el novio-. ¡Cuidado que son feas tus parientas!

Y, dirigiéndose a la del enorme pie plano, le preguntó:

- ¿Cómo tenéis este pie tan grande?
- De hacer girar el torno -dijo ella-, de hacer girar el torno.

Pasó entonces el príncipe a la segunda:

- ¿Y por qué os cuelga tanto este labio?
- De tanto lamer la hebra -contestó la mujer-, de tanto lamer la hebra.

Y a la tercera

- ¿Y cómo tenéis este pulgar tan achatado?
- De tanto torcer el hilo -replicó ella-, de tanto torcer el hilo.

Asustado, exclamó el hijo de la Reina:

- Jamás mi linda esposa tocará una rueca.

Y con esto se terminó la pesadilla del hilado.