Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

viernes, 24 de agosto de 2012

El loro pelado - Horacio Quiroga

No hace mucho subí "La gama ciega", un cuento muy conocido dentro de los incluidos en los cuentos de la selva. Es un relato dulce, ideal para niños pequeños. Hoy elegí, también de los cuentos de la selva, "El loro pelado". El cuento me hizo mucha gracia. Es inocente, al igual que el anterior, aunque para niños un poco más grandes, yo diría rondando los 9 años. 
La idea del loro vengativo no tiene desperdicio... es que, seamos sinceros, cuando alguien que obra de buena fe, con buenas intenciones, amistosamente, recibe, a cambio, el trato del tigre, da mucha, mucha bronca... pero tampoco se puede vivir con resentimiento...
Les dejo el cuento a continuación, espero que les guste, yo lo he disfrutado muchísimo.



EL LORO PELADO


Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.

De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loco de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.

Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales después se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.

Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón; los chicos los curaron porque no tenía más que un ala rota.El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata, le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.

Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche. 

Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: "¡Buen día, lorito!..." "¡Rica la papa!..." "¡Papa para Pedrito!...". Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.

Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.

Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.

Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:

- "¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!..." - y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.

Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.

- ¿Qué será? - se dijo el loro -. "¡Rica, papa!..." ¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!".

El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.

Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.

- !Buen día, tigre! - le dijo -. "¡La pata, Pedrito!...".

Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:

- ¡Bu-en-día!
- ¡Buen día, tigre! - repitió el loro -. "¡Rica papa!... ¡rica papa!... ¡rica papa!..."

Y decía tantas veces "¡Rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.

- ¡Rico té con leche! - le dijo -. "¡Buen día, Pedrito!... " ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?

Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:

- ¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo!

El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.

- ¡Rica papa, en casa! - repitió gritando cuanto podía.
- ¡Más cer-ca! ¡No oi-go! - respondió el tigre con su voz ronca.

El loro se acercó un poco más y dijo:

- ¡Rico, té con leche!
- ¡Más cer-ca toda-vía! - repitió el tigre.

El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.

- ¡Tomá! - rugió el tigre -. Andá a tomar té con leche...

El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.

Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón, y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor, con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.

Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:

- ¿Dónde estará Pedrito? - decían. Y llamaban -. ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!

Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía ni nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.

Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.

Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.

Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.

- ¡Pedrito, lorito! - le decían -. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas tan brillantes que tiene el lorito!

Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.

Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:

- ¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!

Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.

El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito un viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.

Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.

Entonces el loro se puso a gritar:

- ¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?...

El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:

- ¡Acer-ca-te-más! ¡Soy sor-do!

El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:

- ¡Rico, pan con leche!... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ÁRBOL!...

Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.

- ¿Con quién estás hablando? - bramó -. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
- ¡A nadie, a nadie! - gritó el loro -. "¡Buen día, Pedrito!... ¡La pata, lorito!..."

Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.

Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque sino, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:

- "¡Rica papa!... " ¡ATENCIÓN!
- ¡Más cer-ca aún! - rugió el tigre, agachándose para saltar.
- ¡Rico, te con leche!... ¡CUIDADO QUE VA A SALTAR!

Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno, entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.

Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado! - ¡y bien vengado! - del feísimo animal que le había sacado las plumas.

El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y además, tenía la piel para la estufa del comedor.

Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.

Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.

- ¡Rica papa!... - le decía -. ¿Querés té con leche?... ¡La papa para el tigre!...

Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

jueves, 23 de agosto de 2012

El último unicornio - Cap XII - Peter S. Beagle

Viene de "El último unicornio - Cap XI - Peter S. Beagle"



 CAPÍTULO XII



El reloj dio las seis en el gran vestíbulo del castillo del rey Haggard. En realidad pasaban once minutos de la medianoche, pero el vestíbulo no estaba más oscuro que a las seis, o a mediodía. Los que vivían en el castillo sabían la hora, sin embargo, por el diferente grado de oscuridad. Había horas en que el vestíbulo estaba frío, simplemente por la necesidad de calor, y en tinieblas por falta de luz; otras en que el aire viciado no se movía y las paredes apestaban a agua sucia, porque no había ventanas que dejaran entrar el viento purificado. Entonces era de día.
Pero de noche, del mismo modo que algunos árboles retienen una viva luz todo el día en el envés de sus hojas, hasta mucho después del ocaso... de noche el castillo se llenaba de oscuridad, bullía de oscuridad, revivía con la oscuridad. Entonces el gran vestíbulo estaba frío por una razón; entonces los imperceptibles sonidos que dormían de día despertaban para tamborilear y arañar en las esquinas. Era de noche cuando el viejo perfume de las piedras parecía elevarse a gran distancia del suelo.

—Enciende una luz —dijo Molly Grue—. Por favor, ¿puedes iluminarme?

Schmendrick murmuró algo breve y profesional. Por un momento no sucedió nada, pero luego una extraña y amarillenta claridad empezó a extenderse desde el suelo, esparciéndose por la habitación en mil fragmentos que brillaban y chasqueaban. Todos los pequeños animales nocturnos del castillo centelleaban como luciérnagas. Se movían como flechas de un lado a otro del vestíbulo, producían fugaces sombras con su luz enfermiza y hacían que la oscuridad fuera más fría que antes.

—Ojalá no lo hubieras hecho —dijo Molly—. ¿Puedes hacerlas desaparecer? Especialmente las púrpuras con.,., con piernas, me parece.
—No, no puedo —respondió Schmendrick, contrito—. Calla, ¿dónde está la calavera?
Lady Amalthea podía ver su sonrisa horrible en lo alto de una columna, pequeña como un limón en la penumbra y borrosa como la luna al amanecer, pero no dijo nada. No había hablado desde que bajó de la torre. 

—Allí —dijo el mago. Se precipitó sobre la calavera y miró dentro de sus vacías y cuarteadas cuencas durante largo rato, en tanto asentía lentamente con la cabeza y murmuraba sonidos solemnes. Molly Grue seguía con mucha seriedad sus evoluciones, sin dejar de echar ocasionales miradas a lady Amalthea —. Ya está. Aléjate un poco.
—¿De verdad que hay conjuros para hacer que una calavera hable? —preguntó Molly.

El mago extendió los dedos y le dedicó una breve y competente sonrisa.
—Hay conjuros para hacer que hable cualquier cosa. Los mejores hechiceros fueron grandes oyentes, e idearon métodos para conseguir que todas las cosas del mundo, vivas o muertas, les hablaran. Es lo principal para un hechicero..., ver y escuchar —exhaló un largo suspiro y apartó la mirada abruptamente, frotándose las manos—. Lo demás es técnica. Bueno, allá vamos.

Se situó sin más dilación frente a la calavera, posó levemente la mano sobre el pálido cráneo y le habló con voz profunda y conminatoria. Las palabras salieron de su boca como soldados, marcando el paso enérgicamente mientras cruzaban el oscuro espacio, pero la calavera no respondió.

—Me lo imaginaba —musitó el mago. 

Levantó la mano y le habló otra vez. El nuevo conjuro sonaba razonable y halagador, casi dolorido. La calavera permaneció en silencio, pero Molly tuvo la impresión de que algo daba signos de vida en aquellos huesos descraneados y volvía a desaparecer.

A la luz tenebrosa de los radiantes bichos, el cabello de lady Amalthea brillaba como una flor. No aparentaba interés o indiferencia, sino esa calma que a veces se apodera de los campos de batalla, y miraba a Schmendrick como recitaba sucesivos encantamientos a un descolorido pedazo de hueso que no decía ni una palabra más que ella. A pesar de que cada ensalmo era proferido en un tono más desesperado que el anterior, la calavera no hablaba. Hasta Molly Grue estaba segura de que se hallaba despierta y bien atenta... y entretenida. Conocía el silencio de la burla demasiado bien para confundirlo con el de la muerte. 

El reloj dio las veintinueve... al menos, ése fue el punto en que Molly dejó de contar. Las oxidadas campanadas aún resonaban en el suelo cuando Schmendrick se golpeó los puños repentinamente y gritó: 

— ¡Está bien, has ganado, rótula pretenciosa! ¿Qué te parecería un puñetazo en el ojo?

Las últimas palabras desembocaron en un gruñido de rabia y sufrimiento.
—Está bien —dijo la calavera—. Grita bien fuerte. Despierta al viejo Haggard.—Su voz sonaba como las ramas crujiendo y azotándose en el viento—. Grita más alto. El viejo debe merodear por aquí cerca. No duerme mucho. 

Molly soltó un gritito de placer, incluso lady Amalthea avanzó un pie tímidamente. Schmendrick continuaba con los puños cerrados, pero sin ninguna expresión de triunfo en el rostro.

—Vamos —dijo la calavera—, pregúntame cómo encontrar al Toro Rojo. No te equivocas al pedirme consejo. Soy el vigía del rey, con la misión de guardar el camino que conduce al Toro. Ni el príncipe Lír conoce el camino secreto, pero yo sí.
—Si de verdad montas guardia aquí, ¿por qué no das la alarma? —preguntó tímidamente Molly Grue—. ¿Por qué nos ofreces tu ayuda, en lugar de llamar a los hombres de armas?
—He estado sobre esta columna mucho tiempo —rió la calavera con un ruido seco—. En tiempos fui el jefe de los guardaespaldas de Haggard, hasta que me hizo cortar la cabeza no sé por qué razón. Eso era en los días en que intentaba averiguar si realmente le gustaba esta ocupación. No le gustó, pero pensó que igualmente podía utilizar mi cabeza, así que la emplazó aquí arriba para que le hiciera de centinela. No soy tan leal al rey Haggard como debería serlo.
—Entonces, descífranos el enigma —dijo Schmendrick en voz baja—. Enséñanos el camino que lleva al Toro Rojo.
—No —dijo la calavera, y se puso a reír como un loco.
—¿Por qué no? —gritó Molly, furiosa—. ¿Qué clase de juego es...?

Las grandes mandíbulas amarillas de la calavera no se movieron, pero pasó algún tiempo antes de que la despreciable risa se calmara. También las veloces cosas nocturnas, bañadas en su suave luz, hicieron una pausa hasta que cesó. 

—Estoy muerto —dijo la calavera—. Estoy muerto y cuelgo en la oscuridad, vigilando las propiedades del rey Haggard. La única pequeña diversión que tengo es fastidiar y exasperar a los vivos, y no hay demasiadas oportunidades para hacerlo. Es una triste circunstancia porque, cuando vivía, la mía era una naturaleza particularmente irritante. Estoy seguro de que me perdonaréis si me entretengo un poco con vosotros. Intentadlo mañana; tal vez os lo diga. 
— ¡Pero no tenemos tiempo! —alegó Molly. Schmendrick le dio un codazo, pero ella se lanzó adelante y se plantó frente a la calavera, apelando a sus ojos deshabitados—. No tenemos tiempo. Puede que ahora ya sea demasiado tarde.
—Yo tengo tiempo —dijo la calavera pensativamente—. No es tan bueno tener tiempo, prisas, disputas, desesperación, esto perdido, aquello abandonado, cosas que no sabes cómo encajar en un espacio tan pequeño... Así es la vida. Creéis que habéis hecho tarde para algunas cosas: no os preocupéis. 

Molly habría seguido suplicando, pero el mago la cogió por el brazo y la apartó a un lado.

— ¡Cállate! —dijo con voz enfurecida—. Ni una palabra, ni una palabra más. La maldita cosa habló, ¿no es así? Quizá es lo único que necesita el enigma.
—No lo es —le informó la calavera—. Hablaré tanto como queráis, pero no os diré nada. Despreciable, ¿verdad? Deberíais haberme conocido cuando estaba vivo.
—¿Dónde está el vino? —preguntó Schmendrick a Molly, sin prestar atención a la calavera—. Veré lo que puedo hacer con el vino.
—No pude encontrarlo —respondió la mujer, algo nerviosa— . Miré por todas partes, pero me parece que no hay una gota en todo el castillo. —El mago le dirigió una mirada feroz, en medio de un inmenso silencio—. Miré, de veras. 

Schmendrick alzó los brazos lentamente y los dejó caer a sus costados
.
—Bien —dijo—. Bien, dejémoslo correr, pues, si no podemos encontrar vino. Tengo mis esperanzas, pero no puedo sacar vino del aire.
—La materia no se crea ni se destruye —señaló la calavera con una risa hueca y restallante—. Al menos, la mayoría de los magos no lo han conseguido.

Molly sacó de un bolsillo del vestido un frasquito que brilló en la oscuridad.

—Pensé que si tenías un poco de agua para empezar... —La mirada que le dedicó Schmendrick era extraordinariamente parecida a la de la calavera—. Bueno, ya está hecho. No es lo mismo que producir algo nuevo. Nunca te lo pediría. 

Aún sin terminar de hablar, miró de soslayo a lady Amalthea, pero Schmendrick le quitó el frasco de la mano y lo estudió con aire pensativo, dándole vueltas al tiempo que murmuraba curiosas y delicadas palabras. 

—¿Por qué no? —dijo al fin—. Como tú dices, es un truco común. Hizo furor una temporada, según creo recordar, pero actualmente está algo pasado de moda. 

Movió una mano lentamente sobre el frasco, trenzando una palabra en el aire.


—¿Qué estás haciendo? —inquirió la calavera—. Oye, hazlo más cerca, no puedo ver nada.

El mago se dio la vuelta y ocultó el frasco contra su pecho. Inició un cántico entre susurros, que hizo pensar a Molly en los sonidos que continúa haciendo un fuego apagado mucho después de que se ha consumido la última brasa.

—Has de comprender —se interrumpió un instante— que no será nada especial. "Vin ordinaire", si llega. —Molly asintió solemnemente y Schmendrick prosiguió—: Suele salir demasiado dulce. Y cómo conseguiré que el vino se beba a sí mismo, no tengo la más ligera idea. —Reemprendió el sortilegio, en voz todavía más baja, mientras la calavera se lamentaba amargamente de que no podía ver ni oír nada. Molly ensayó algunas palabras tranquilizadoras y llenas de esperanza para lady Amalthea, que siguió en silencio y sin mirarla.
El cántico se detuvo de repente y Schmendrick se llevó el frasco a los labios, pero antes lo olió. 

—Flojo, flojo, ningún aroma. Nadie ha conseguido nunca hacer buen vino con magia. 

Se inclinó para beber del frasco..., luego lo agitó, miró en su interior y lo volcó con una débil y horrible sonrisa. No salió nada, absolutamente nada. 

—Ya está hecho —dijo, con algo parecido a la alegría. Se tocó los secos labios con la seca lengua y repitió—. Ya está hecho, al fin está hecho. 

Sin dejar de sonreír, alzó el frasco de nuevo para estrellarlo en el piso.

— ¡No, espera..., no! —La ruidosa voz de la calavera protestó con tanta vehemencia que Schmendrick se detuvo antes de que el frasco abandonara su mano.

Él y Molly se giraron al unísono para mirar a la calavera que, de tanta angustia, había empezado a bambolearse donde estaba colgada, golpeándose el maltrecho occipucio contra la columna, como si luchara por liberarse—. ¡No hagas eso! Debes de estar loco para tirar un vino como ése. ¡Dámelo a mí si no lo quieres, pero no lo tires! —gritaba mientras daba tumbos y sacudidas, y lloriqueaba.

Una expresión perpleja y calculadora, como una nube de lluvia que se desliza sobre una tierra seca, cruzó el rostro de Schmendrick. 

—¿Y de qué te sirve el vino? —preguntó con cautela— si no tienes lengua para probarlo, paladar para saborearlo, ni garganta para tragarlo? Cincuenta años muerto... ¿Es eso lo que aún recuerdas, lo que aún deseas...?
— Cincuenta años muerto, sí. ¿Qué otra cosa puedo hacer? — La calavera había cesado sus grotescas contorsiones, pero la frustración hacía que su voz fuera casi humana—. Recuerdo, recuerdo más cosas que el vino. Dame un trago, nada más, un sorbo, y lo disfrutaré como nunca haréis vosotros, con toda vuestra carne palpitante, todos vuestros sentidos y órganos. He tenido tiempo para pensar. Sé a qué sabe el vino. Dámelo.

Schmendrick meneó la cabeza y sonrió, enseñando los dientes.
—Elocuente, pero me siento algo rencoroso últimamente.

Por tercera vez levantó el frasco vacío, y la calavera gimió con mortal padecimiento.

—Pero no es... —empezó a decir Molly Grue, pero el mago le propinó un pisotón.
—Claro que —meditó Schmendrick en voz alta— si consiguieras recordar la entrada de la caverna del Toro Rojo tan bien como recuerdas el vino, todavía podríamos negociar.

Hizo girar el frasco entre dos dedos, de manera despreocupada.
— ¡Hecho! —gritó al instante la calavera—. ¡Hecho, por un trago, pero dámelo ahora! Sólo de pensar en el vino me entra más sed de la que tuve en vida, cuando tenía un gaznate para remojar. Dame un traguito ahora y te diré todo lo que quieras saber.

Las desgastadas mandíbulas estaban empezando a entrechocar entre sí. Los polvorientos dientes temblaban y se disolvían. 

—Dáselo —susurró Molly a Schmendrick.

La sola idea de que las desnudas cuencas de los ojos empezaran a llenarse de lágrimas la aterrorizaba. Sin embargo, Schmendrick negó de nuevo con la cabeza.

—Te lo daré todo..., después de que nos digas cómo podemos encontrar al Toro.

La calavera suspiró, pero no dudó. 

—A través del reloj. Pasas a través del reloj y sales allí. ¿Me darás ahora el vino?
—A través del reloj. —El mago fue a mirar la lejana esquina del gran vestíbulo donde estaba el reloj. Era alto, negro y estrecho, la pálida sombra de un reloj. El cristal de la esfera estaba roto y la manecilla de la hora no existía. Al otro lado del cristal gris se podían distinguir las ruedecillas, sacudiéndose y girando como el movimiento espasmódico de los peces—. Quieres decir que cuando el reloj da la hora correcta se abre y da paso a un túnel o a una escalera secreta.

La duda asomaba en su voz, porque el reloj parecía demasiado delgado para ocultar semejante pasadizo. 

—No sé nada sobre eso —replicó la calavera—. Si esperas a que este reloj marque la hora exacta, estarás aquí hasta que te quedes tan calvo como yo. ¿Por qué complicar un sencillo secreto? Pasas a través del reloj y el Toro Rojo está detrás. Dame.
—Pero el gato dijo... —empezó Schmendrick.

Entonces caminó en dirección al reloj. La oscuridad producía el efecto de que se estuviera alejando bajo una colina, cada vez más pequeño y encorvado. Cuando llegó ante el reloj siguió caminando sin pausa, como si realmente no fuera más que una sombra, pero se dio un golpe en la nariz.

—Esto es estúpido —dijo fríamente a la calavera, cuando volvió—. ¿Cómo piensas engañarnos? Es posible que el camino hacia el Toro pase por el reloj, pero hay algo más que no sabemos. O me lo dices o derramaré el vino en el suelo, para que te acuerdes de su olor y de su apariencia tanto como quieras. ¡Rápido! 

Pero la calavera estaba riendo nuevamente, con un ruido solícito, casi amable.

—Recuerda lo que te dije acerca del tiempo. Cuando estaba vivo creía igual que tú, que el tiempo era, como mínimo, tan real y sólido como yo, o incluso más. Decía «es la una» como si pudiera verla, y «lunes» como si pudiera encontrarlo en el mapa; me dejé arrastrar de minuto en minuto, de día en día, de año en año, como si realmente me trasladara de un lugar a otro. Como todo el mundo, vivía en una casa de ladrillos con segundos, minutos, fines de semana y días de Año Nuevo, y nunca salí afuera hasta que morí, puesto que no había otra puerta. Ahora sé que podría haber atravesado las paredes.

Molly parpadeó asombrada, pero Schmendrick continuó negando con la cabeza.

—Sí, así es como actúan los auténticos magos. Pero el reloj...
—El reloj nunca dará la hora exacta —afirmó la calavera—. Haggard estropeó la maquinaria hace mucho tiempo, un día que intentó retrasar la hora mientras estaba en funcionamiento. Pero lo importante es que comprendáis que no importa si el reloj da las diez, las siete o las tres de la tarde; podéis marcaros vuestra propia hora y detener la cuenta cuando deseéis. Cuando comprendáis esto..., cualquier hora será la hora correcta.

En ese momento, el reloj dio las cuatro. Aún no se había desvanecido la última campanada cuando, en respuesta, se oyó un ruido bajo el gran vestíbulo. No se trataba de un bramido, ni del salvaje estruendo que provocaba el Toro Rojo mientras soñaba; era un sonido grave e interrogativo, como si el Toro hubiera despertado al intuir algo nuevo en la noche. Cada losa silbó como una serpiente, y la oscuridad se estremeció del mismo modo que las luminosas criaturas nocturnas, diseminadas locamente por los rincones del vestíbulo. Molly presintió, sin lugar a dudas, que el rey Haggard estaba cerca. 


—Dame el vino —pidió la calavera—. He cumplido mi parte del trato. —En silencio, Schmendrick vertió el frasco vacío en la boca vacía, y la calavera gorjeó, suspiró y se relamió—. ¡Aja, algo delicioso, esto sí que es vino! Eres mucho mejor mago de lo que pensaba. ¿Comprendes ahora lo que dije sobre el tiempo?
—Sí —contestó Schmendrick—. Creo que sí. —El Toro Rojo repitió aquel curioso sonido y la calavera se encogió contra la columna—. No, no lo sé. ¿No hay otro camino?
—¿Cómo puede haberlo?

Molly oyó pasos, después nada, después el ruido tenue y cauteloso de una respiración. No estaba segura de dónde venía. Schmendrick se volvió hacia ella y mostró su rostro, en el que se transparentaban el miedo y la confusión como en el interior de un farol de cristal. Había una luz también, pero temblaba como un fanal en el viento.

—Creo que lo comprendo —dijo el mago—, pero no estoy seguro. Lo intentaré.
—Todavía creo que es un auténtico reloj —dijo Molly—, pero, de todas formas, me parece bien lo que dices. Soy capaz de pasar a través de un reloj. —En parte, trataba de darle ánimos, pero sintió una calidez en el cuerpo al darse cuenta que lo que había dicho era cierto—. Sé dónde tenemos que ir, y eso es tan bueno como saber la hora en cualquier momento.
— Os daré gratis un pequeño consejo —interrumpió la calavera—, ya que el vino era muy bueno. —Schmendrick compuso una expresión de culpabilidad—. Destrozadme. Tiradme al suelo y dejad que me rompa en pedazos. No preguntéis por qué, sólo hacedlo —hablaba muy rápido, casi entre susurros.
—¿Qué? ¿Por qué? —exclamaron Schmendrick y Molly al mismo tiempo.

La calavera repitió su ruego.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué demonios deberíamos destrozarte?
— ¡Hacedlo! —insistió la calavera—. ¡Hacedlo!
El ruido de la respiración se acercaba desde todas direcciones, pero sólo un par de pies taconeaba.

—No —dijo Schmendrick—. Estás loco.
Le dio la espalda y se encaminó por segunda vez hacia el oscuro y ascético reloj. Molly cogió la fría mano de lady Amalthea y le siguió, arrastrando a la joven como una cometa.

—Está bien —dijo tristemente la calavera—. Os advertí. —Empezó a gritar en el acto con voz terrible, una voz como el tableteo de la lluvia sobre el metal—. ¡Socorro, mi señor! ¡A mí, la guardia! ¡Hay ladrones, bandidos, secuestradores, rateros, asesinos, criminales redomados, merodeadores, plagiarios! ¡Rey Haggard! ¡A mí, rey Haggard!

Oyeron el estruendo de numerosas pisadas, sobre sus cabezas y a su alrededor, y las voces entrecortadas de los ancianos hombres de armas, que gritaban mientras corrían. Las antorchas no flameaban, pues no se podía encender ninguna luz en el castillo sin el permiso del rey Haggard, y éste permanecía en silencio. Los tres ladrones estaban confundidos e indecisos, y contemplaban boquiabiertos a la calavera.

—Lo siento. Soy así, traicionero. Pero intenté... —Entonces sus ojos inexistentes repararon en lady Amalthea y, por imposible que fuese, se ensancharon y brillaron—. Oh, no, no, tú no. Soy desleal, pero no tan desleal.
— ¡Corre! —dijo Schmendrick, como tiempo atrás había gritado a la salvaje leyenda blanca como el mar, que acababa de poner en libertad. 

Atravesaron a toda velocidad el gran vestíbulo, mientras los hombres de armas tropezaban en la oscuridad y la calavera chillaba: 


— ¡Unicornio! ¡Unicornio! ¡Haggard, Haggard, allá va, hacia el Toro Rojo! Vigila el reloj, Haggard... ¿Dónde estás? ¡Unicornio! ¡Unicornio! 

Por encima del alboroto se elevó el furioso siseo del rey Haggard.

— ¡Necio, traidor, fuiste tú quien se lo dijo!

Sus rápidos y silenciosos pasos se aproximaban; Schmendrick se mentalizó de que debía dar media vuelta y combatir, pero en ese preciso instante se oyó un gruñido, un crujido, unos arañazos, y por último, el chasquido de viejos huesos al caer sobre viejas piedras. El mago se lanzó hacia adelante.

Cuando se detuvieron frente al reloj ya no había margen para la duda o la comprensión. Los hombres de armas habían entrado en el vestíbulo y el fragor de sus pasos despertaba ecos en las paredes, mientras el rey Haggard no cesaba de maldecirlos e insultarlos. Lady Amalthea no dudó, entró en el reloj y desapareció como la luna bajo las nubes, cubierta por ellas, pero no dentro de ellas, solitaria, a
miles de kilómetros. 

Como si fuera una dríada, pensó absurdamente Molly, y el tiempo su árbol. A través del turbio y manchado espejo podía ver las pesas, el péndulo y los gastados carillones, balanceándose y fulgurando ante su mirada. No existía una puerta al otro lado por la que lady Amalthea hubiera podido pasar, sólo la herrumbrosa avenida de los mecanismos que llevaba la lluvia a sus ojos. Las pesas oscilaban de un lado a otro como algas marinas. 


— ¡Detenedles! ¡Haced pedazos el reloj! —gritaba el rey Haggard.
Molly volvió un poco la cabeza para decirle a Schmendrick que creía haber adivinado lo que ocultaban las palabras de la calavera, pero el mago había desaparecido, y también el vestíbulo del rey Haggard. Lo mismo sucedía con el reloj.
Se encontró al lado de lady Amalthea, en un lugar muy frío.
La voz del rey le llegó desde muy lejos, más como un recuerdo que como una realidad. Al volver la cabeza vio el rostro del príncipe Lír. Tras él caía un telón de bruma, que se estremecía como los flancos de un pez, y que no se parecía en nada con la maquinaria corroída de un reloj. No había ni rastro de Schmendrick. 

El príncipe Lír dedicó una inclinación de cabeza a Molly, pero habló primero a lady Amalthea.

—Te habrías ido sin mí —dijo—. No has escuchado nada en absoluto.
Ella le respondió otra vez, a pesar de que no había dirigido la palabra ni a Schmendrick ni a Molly, con voz dulce y clara.

— Habría vuelto. No sé por qué estoy aquí, o quién soy. Pero habría vuelto.
—No —dijo el príncipe—, nunca habrías vuelto. 

Antes de que pudiera continuar, Molly le interrumpió, para su propio asombro, y gritó:
— ¡Eso no importa ahora! ¿Dónde está Schmendrick? —Aquellos dos extraños la miraron con tan genuino asombro que nadie habría sido capaz de abrir la boca.

Molly se estremeció de la cabeza a los pies, pero luego reaccionó—. ¿Dónde está? Si no volvéis atrás, yo lo haré. 

Entonces el mago surgió de la bruma, la cabeza baja, como si estuviera soportando el empuje de un fuerte viento. Con una mano se apretaba la sien y, al retirarla, manó un poco se sangre.

—No pasa nada —dijo cuando vio que la sangre caía sobre las manos de Molly Grue—. No pasa nada, no es profundo. No pude llegar hasta que sucedió. —Se inclinó torpemente ante el príncipe Lír—. Pensé que erais vos el que pasó junto a mí en la oscuridad. Decidme, ¿cómo atravesasteis el espejo con tanta facilidad? La calavera dijo que no conocíais el camino.
—¿Qué camino? —preguntó, estupefacto—. ¿Qué tenía que saber? Vi por dónde se iba ella y la seguí. 

La repentina carcajada de Schmendrick rebotó ásperamente en las protuberantes paredes, que se iban materializando ante ellos a medida que sus ojos se acostumbraban a la nueva oscuridad.

—Por supuesto —observó el mago—. Algunas cosas, por su naturaleza, requieren su propio tiempo. —Rió de nuevo, agitando la cabeza, y la sangre siguió manando. Molly desgarró un trozo de su vestido—. Aquellos pobres hombres... —prosiguió Schmendrick—. No querían herirme y yo no quería herirles, en la medida de lo posible, así que escurrimos el bulto, intercambiando disculpas, y Haggard no paraba de gritar. Entonces salté dentro del reloj. Sabía que no era real, pero lo sentía real, y eso me preocupaba. Haggard se abalanzó sobre mí y me hirió. — Cerró los ojos mientras Molly le vendaba la cabeza—. Haggard... Había conseguido gustarle, y todavía le gusto. Parecía tan asustado...

Las confusas y lejanas voces del rey y de sus hombres iban subiendo de tono.
—No entiendo —dijo el príncipe Lír—. ¿Mi padre... asustado? ¿Qué...?
En aquel instante, al otro lado del reloj, oyeron un grito inarticulado de triunfo y el principio de un gran estrépito. La trémula neblina desapareció inmediatamente y un negro silencio cayó sobre ellos.

—Haggard ha destruido el reloj —afirmó Schmendrick sin vacilar—. Ahora no podemos retroceder, y el único camino que nos queda es el camino que conduce al Toro.

Un viento lento y espeso comenzó a soplar.

 
Continúa leyendo esta historia en "El último unicornio - Cap XIII - Peter S. Beagle

miércoles, 22 de agosto de 2012

Episodio del enemigo - Jorge Luis Borges

Recién - habrán pasado quince minutos - leí un artículo titulado "Máximas y mínimas sobre estimulación de la lectura" escrito por Ricardo Mariño. En uno de los puntos menciona el cuento de J. L. Borges "Episodio del enemigo"...
Soy el tipo de persona que le teme un poco a Borges... Recuerdo en la facu haber leído algunos de sus cuentos cortos - en especial me acuerdo de "La casa del Asterión" - y eso debió haber bastado para que me olvidara de esa idea tan arraigada: "Borges no es para todos". Pero, lamentablemente, aún no ha sido así.
Busqué el cuento mencionado por Mariño; fue publicado en 1972 en el libro titulado "El oro de los tigres". ¿Me hará perderle el miedo a Borges? ¡Ya veremos! De momento sólo diré que me sorprendí con su simpleza... y con su significado... Pero no hablaré de esto último, que cada quién lo vea por sí mismo...

Episodio del enemigo 


Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.
- Uno cree que los años pasan para uno - le dije -, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

- Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

- En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. 

Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.  

- Precisamente porque ya no soy aquel niño - me replicó - tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
- Puedo hacer una cosa - le contesté.
- ¿Cuál? - Me preguntó.
- Despertarme.

Y así lo hice.



martes, 21 de agosto de 2012

El último unicornio - Cap XI - Peter S. Beagle

Viene de "El último unicornio - Cap X - Peter S. Beagle"


  CAPÍTULO XI


El príncipe Lír volvió a casa a los tres días de partir con el propósito de matar al ogro devorador de doncellas. Traía la Gran Hacha del Duque Alban en bandolera y la cabeza del ogro oscilando en el arzón. No ofreció el trofeo a lady Amalthea ni corrió hacia ella con la sangre del monstruo manchando todavía sus manos. Había cambiado de idea, tal como explicó a Molly Grue en la cocina, por la tarde, no tan sólo para no turbar a lady Amalthea con sus atenciones, sino también para vivir serenamente con sus pensamientos puestos en ella, sirviéndola con ardor hasta el momento de su muerte solitaria, pero sin buscar compañía, ni su admiración, ni su amor. 


—Seré tan anónimo como el aire que respira —declaró—, tan invisible como la fuerza que la mantiene sujeta a la tierra. — Pensó un poco sobre el particular y añadió—: Quizá le escriba un poema de vez en cuando y lo deslice bajo su puerta, o lo dejaré en algún lugar donde pueda encontrarlo por casualidad. Pero nunca firmaré el poema.
—Es muy noble —dijo Molly. Se sintió aliviada por el hecho de que el príncipe abandonara los intentos de hacerle la corte a lady Amalthea, y también divertida, pero, al mismo tiempo, un poco triste—. A las chicas les gustan más los poemas que los dragones muertos y las espadas encantadas, al menos es lo que yo pensaba cuando era más joven. La razón por la que me fugué con Cully...
—No, no me des esperanzas —la interrumpió el príncipe Lír con determinación—. Debo aprender a vivir sin esperanza, como mi padre, y tal vez así llegaremos a comprendernos de una vez. —Rebuscó en sus bolsillos y Molly escuchó el crujido de papeles—. En este momento tengo escritos ya algunos poemas sobre el tema, la esperanza, ella y todas esas cosas. Me gustaría que les echaras una ojeada, si no te importa.

—Lo haré con mucho gusto —dijo Molly—. ¿Quiere decir esto que no os volveréis a marchar a combatir caballeros negros y a saltar a través de círculos de fuego?

Las palabras parecían contener una cierta burla, pero se dio cuenta, mientras las pronunciaba, de que lo iba a lamentar, porque las aventuras del joven le habían hecho más atractivo y más delgado, además de proporcionarle una pizca de la almizclada fragancia de la muerte, que se adhiere a todos los héroes. Pero el príncipe meneó la cabeza, mostrándose un poco azorado.

—Bueno, creo que no lo abandonaré del todo —murmuró—, pero no será para hacer ostentación o para que ella se entere. Así era al principio, pero luego te habitúas a rescatar gente, a romper encantamientos, a desafiar al perverso duque en combate singular... Es difícil dejar de ser un héroe, una vez que te has acostumbrado. ¿Te gusta el primer poema?
—Tiene mucho sentimiento —dijo ella—. ¿De veras creéis que riman «Florecido» y «arruinado»?
—Necesita un retoque —admitió el príncipe—. La palabra que me preocupa es «milagro».
—La que me intriga a mí es «grajo».
 —No, no estoy seguro de cómo se deletrea. ¿Va antes la l que la r, o al revés?
—Me parece que la l, en cualquier caso. Schmendrick —Molly interpeló al mago, que acababa de detenerse en el umbral de la puerta—, ¿va primero la l en «milagro»? 
—No, la r —dijo el mago con un tono de hastío—. Tiene la misma raíz que «mirada».

Molly le sirvió un tazón de caldo y el mago se sentó a la mesa. Tenía los ojos cansados y turbios como el jade y un tic en un párpado. 

—No puedo resistirlo más —dijo lentamente —. Ya no se trata de este horrible lugar, ni de tener que escucharlo todo el rato, soy bastante bueno en eso, sino las penosas y lamentables triquiñuelas que me hace representar en beneficio suyo durante horas y horas; hoy, por ejemplo, toda la noche. No me importaría si pidiera magia auténtica o simples conjuros, pero siempre son las anillas y los peces de colores, las cartas, los pañuelos y las cuerdas, exactamente igual que en el Carnaval de la Medianoche. No puedo hacerlo. No por mucho tiempo más.
—Pero eso es lo que él deseaba de ti —protestó Molly—. De haber querido magia auténtica no se habría desembarazado del viejo hechicero, ese Mabruk. — Schmendrick levantó la cabeza y le dirigió una mirada casi divertida—. No quería decir eso. Además, es sólo por una corta temporada, hasta que encontremos el camino que lleva al Toro Rojo, del que me habló el gato. 


Molly redujo la voz hasta un susurro mientras pronunciaba la última frase, y ambos echaron una rápida mirada al príncipe Lír, que estaba sentado en un taburete, en el extremo de la habitación, escribiendo, evidentemente, otro poema. 

—Gacela —murmuró, dándose golpecitos en los labios con el lápiz—. Damisela, ciudadela, filomela, melopea... 

Eligió «hasta la vuelta» y garrapateó velozmente sobre el papel.

—Nunca encontraremos el camino —dijo Schmendrick con absoluta tranquilidad—. Aun en el caso de que el gato haya dicho la verdad, cosa que dudo, Haggard se asegurará de que nunca tengamos tiempo de investigar la calavera y el reloj. ¿Por qué supones que te da más trabajo cada día, sino para evitar que rondes y curiosees en el gran vestíbulo? ¿Por qué piensas que me aceptó como mago de buenas a primeras? ¡Molly, él lo sabe, estoy seguro! Sabe qué es ella, aunque no acaba de creerlo todavía..., pero cuando lo haga sabrá cómo actuar. Él lo sabe. Lo veo en su cara, a veces.
—La fuerza del deseo y el dolor de la pérdida —dijo el príncipe Lír—. La amargura de la miseria. Ciénaga, licencia, paciencia. ¡Maldición!
—No podemos quedarnos aquí, esperando que nos fulmine. —Schmendrick se recostó en la mesa—. La única esperanza que nos queda es huir de noche..., por mar, digamos, si puedo apoderarme de un bote. Los hombres de armas mirarán al lado contrario, y la puerta...
—Pero ¿y los otros? —exclamó Molly en voz baja—. ¿Cómo vamos a marcharnos, cuando ella ha llegado tan lejos en busca de los otros y sabemos que se hallan aquí? — Pero, de repente, una pequeña, débil y traicionera parte de su ser anheló convencerse del fracaso de la expedición; ella lo supo y se revolvió contra Schmendrick—. Bien, ¿qué me dices de tu magia? ¿Qué me dices de tu propia investigación? ¿También vas a abandonar?  ¿Morirá ella en su forma humana y vivirás tú para siempre? Ya podrías dejar que el Toro la atrapara.

El mago se dejó caer cansadamente hacia atrás, con el rostro tan pálido y arrugado como los dedos de una lavandera. 

—Ya nada importa —musitó—. No es una unicornio, sino una mujer mortal..., alguien por la que ese bobo puede suspirar y escribir poemas. Después de todo, es posible que Haggard nunca descubra su secreto. Será su hija y nada sabrá. Es divertido. —Apartó el tazón sin haber probado la sopa, y apoyó la cabeza en sus manos—. No podría transformarla en unicornio aunque encontráramos a los otros. No hay magia en mí.
—Schmendrick... — empezó Molly.

Pero en ese momento el mago se puso en pie de un salto y salió precipitadamente de la cocina, sin que la mujer hubiera llegado a oír la llamada de Haggard. El príncipe Lír no levantó la vista; siguió contando sílabas y probando rimas.

Molly colgó una marmita sobre el fuego para hacer el té de los centinelas.

—Lo tengo completo a falta del pareado final —anunció Lír al cabo de un instante—. ¿Quieres oírlo ahora, o prefieres esperar?
— Como queráis —contestó ella, así que el príncipe lo leyó, a pesar de que Molly no le prestó la menor atención. 

Por fortuna, los hombres de armas hicieron acto de presencia antes de que finalizara la lectura, y era demasiado tímido para preguntarle su opinión delante de ellos. Cuando se marcharon estaba trabajando en algo diferente y ya era muy tarde cuando le deseó las buenas noches. Molly se quedó sentada ante la mesa, acunando a su gato de varios colores.

El nuevo poema era, supuestamente, una sextina que el príncipe Lír canturreaba alegremente en su cabeza, pues había improvisado los versos finales conforme subía la escalera.Dejaré la primera delante de su puerta y me guardaré las otras para mañana, pensó. Estaba sopesando su primitiva decisión de no firmar las obras, imaginando algunos seudónimos como «El Caballero de las Sombras» y «Le Chevalier Mal Aimé» cuando, al doblar una esquina, se topó con lady Amalthea. Bajaba rápidamente los escalones en la oscuridad y, al verle, se le escapó un peculiar y angustiado sonido. Se quedó inmóvil, tres peldaños por encima del joven.

Vestía una túnica que uno de los hombres del rey había robado para ella en Hagsgate. Llevaba el pelo liso y los pies descalzos, y su mirada estremeció de pena al príncipe, hasta la médula de los huesos. Dejó caer al mismo tiempo sus poemas y sus pretensiones y se giró para huir. Pero, al fin y al cabo, era un héroe, y dio valientemente media vuelta para enfrentarse a ella, diciendo con modales serenos y corteses:

—Os doy las buenas noches, mi señora. 


 Lady Amalthea le escudriñó desde las tinieblas, extendió una mano, pero se detuvo antes de tocarle.

—¿Quién eres? —susurró—. ¿Eres Rukh?
—Soy Lír —respondió, presa de pánico—. ¿No me conocéis? —Pero la muchacha retrocedió, y el príncipe creyó observar que sus pasos eran tan ágiles como los de un animal, y que inclinaba la cabeza a la manera de las cabras o los ciervos—. Soy Lír.
—La vieja —dijo lady Amalthea—. La luna se fue. ¡Ay!

Se estremeció y, luego, sus ojos le reconocieron, pero su cuerpo estaba todavía tenso y vigilante, y no se acercó más a su interlocutor.

—Estabais soñando, mi señora —indicó caballerosamente Lír, recuperando el habla—. Me gustaría saber vuestro sueño.
—Lo he soñado antes —respondió despacio—. Yo estaba en una jaula, y había otras... bestias enjauladas, y una vieja. Pero no os afligiré, mi señor príncipe. Lo he soñado muchas veces anteriormente. 

Se hubiera alejado de no ser porque él habló con esa voz que sólo los héroes poseen, de la misma forma que ciertos animales desarrollan un grito especial cuando son madres.

—Un sueño que se repite tan a menudo es una suerte de mensajero, que viene a predeciros el futuro o a recordaros cosas prematuramente olvidadas. Contadme más, por favor, y trataré de interpretarlo para vos. 

Ella continuó sin moverse, la cabeza algo ladeada, todavía con el aspecto de una criatura diminuta y cubierta de pelo que surge de un matorral. Con todo, una humana sensación de pérdida se transparentaba en sus ojos, como si la hubieran privado de algo, o hubiera comprendido de repente que jamás lo había poseído. Un solo parpadeo del príncipe la habría impulsado a huir; pero él no parpadeó y consiguió retenerla, así como había aprendido a paralizar grifos y quimeras con la fuerza de su mirada. Sus pies descalzos le herían más profundamente que cualquier colmillo o garra, pero era un auténtico héroe. 

—En el sueño veo carretas negras provistas de rejas, bestias que a veces no lo son y un ser alado que rechina como el metal a la luz de la luna. El hombre alto tiene los ojos verdes y las manos manchadas de sangre.
—El hombre alto debe de ser vuestro tío, el mago —musitó el príncipe Lír—. En cualquier caso, esa parte parece bastante clara y lo de las manos manchadas de sangre no me sorprende. Nunca me gustó mucho su aspecto, si permitís que me exprese con estas palabras. ¿Es ése todo el sueño?
—No os lo puedo contar todo —dijo lady Amalthea—. Nunca termina. —El temor retornó a sus ojos como una gran roca al caer en un estanque; nubes, remolinos y veloces sombras moviéndose por todas partes—. Huyo de un confortable lugar en el que estaba fuera de peligro y la noche arde a mi alrededor. Pero también es de día y camino entre hayas bajo una lluvia cálida y ácida, y hay mariposas y un sonido a miel, y senderos moteados y ciudades como espinas de peces, y la cosa con alas que está matando a la vieja. Me precipito irremediablemente en el fuego helado, a pesar de que intento desviarme, y mis piernas son las patas de un animal...
—Señora —interrumpió el príncipe—, mi dama, por favor, no prosigáis. —El sueño de la muchacha se oscurecía en torno a ambos como algo animado, y ya no deseaba averiguar su significado—. No prosigáis.
—Pero debo seguir —repuso lady Amalthea—, puesto que no tiene fin. Al despertar no consigo diferenciar lo real de lo ficticio, ni tampoco cuando hablo, camino o me siento a comer. Recuerdo lo que no puede haber sucedido y olvido lo que tiene lugar en el presente. La gente me mira como si debiera reconocerla, y sé que la he conocido en mi sueño, y siempre el fuego que crepita muy cerca aunque esté despierta...
—No prosigáis. Una bruja edificó este castillo, y podría suceder que al hablar de pesadillas entre sus muros las hiciera realidad. 

No era el sueño lo que provocaba escalofríos en el príncipe, sino el hecho de que ella no lloraba al relatarlo. En su condición de héroe, sabía cómo tratar a las mujeres llorosas y cómo conseguir que contuvieran el llanto —bastaba, por lo general, con matar alguna cosa—, pero su sereno terror le confundía y desasosegaba, por cuanto destruía la máscara de distante dignidad que tanto le complacía mantener. Cuando habló de nuevo lo hizo con voz entrecortada y juvenil.

—Me agradaría cortejaros con más gracia, si supiera. Mis dragones y mis hechos de armas os enojan, pero es todo lo que os puedo ofrecer. Tardé mucho en llegar a ser un héroe y, antes de conseguirlo, no era nada en absoluto, tan sólo el necio y delicado hijo de mi padre. Quizá sea todavía un necio, si bien de forma diferente, pero estoy aquí y sería cruel de vuestra parte permitir que me consumiera. Me gustaría que desearais algo de mí. No es necesario que sea una acción valerosa... Basta con que sea útil. 

Entonces lady Amalthea le sonrió por primera vez desde que había llegado al castillo del rey Haggard. Fue una sonrisa minúscula, como la luna nueva, una estrecha faja de claridad en el límite de lo invisible, pero suficiente para que el príncipe Lír se arropara en ella. Habría guardado su sonrisa en las manos para insuflarle más calor, si hubiera podido hacerlo.

—Cantad para mí —dijo la muchacha—. Será atrevido alzar vuestra voz en este lugar solitario y oscuro, y útil también. Cantad para mí, cantad en voz alta... Apagad mis sueños, guardadme de recordar aquello que pugna por ser recordado. Cantad para mí, mi señor príncipe, si tal es vuestro deseo. Puede que no parezca empresa de héroes, pero me hará sentir dichosa.

Y allí, en la fría escalinata, cantó con todas sus fuerzas el príncipe Lír, y muchas criaturas viscosas e invisibles se escabulleron y se atropellaron para refugiarse de la diáfana alegría de su voz. Cantó lo primero que le vino a la cabeza, de esta manera:
Cuando era un joven de buena reputación
ni una dama me negó lo que pedía. 

Devoraba sus corazones como racimos de uvas
y nunca hablé de amor sin saber que mentía.

Pero yo me decía, ninguna de ellas conoce
el secreto que guardo, paladeo y protejo.
Aún espero a la que me arrancará la máscara,
y sabré por mi forma de obrar que la quiero.

Los años se acumularon como nubes en el cielo,
como nieve en el viento vi a las damas desaparecer.
Seducí y engañé, burlé y fingí,
y pequé, y pequé, y pequé, y pequé.

Pero yo me decía, ninguna de ellas ve
la parte de mí pura como las olas en movimiento.
Mi dama se retrasa, pero comprenderá que le he sido fiel,
y yo sabré por mi forma de obrar que la quiero. 
Por fin apareció una dama sabia y tierna
y dijo: No eres lo que sueles aparentar.
Antes de que terminase de hablar la traicioné,
ingirió un frío veneno y se lanzó al mar.

Y me digo, cuando aún queda tiempo para las palabras,
mientras me hundo en la corrupción y la depravación más y más.

Ah, el amor es fuerte, pero más la costumbre,
y supe que la amaba por mi forma de obrar. 

Lady Amalthea rió cuando hubo concluido la canción y el sonido pareció repeler la antiquísima oscuridad del castillo, lejos de los jóvenes. 

—Fue útil —dijo—. Gracias, mi señor.
—No sé por qué canté ésa —repuso el príncipe Lír, algo incómodo—. Uno de los hombres de mi padre solía cantármela. Pienso que el amor es más fuerte que las costumbres y las circunstancias. Pienso que es posible esperar a alguien durante mucho tiempo, e incluso recordar por qué lo esperabas cuando por fin llega. 

Lady Amalthea sonrió a modo de respuesta y el príncipe avanzó un paso hacia ella.

—Entraría en vuestro sueño si pudiera —explicó, maravillándose de su audacia—, para ser vuestro guardián y matar la cosa que os acecha, y también lo haría si tuviera el coraje de plantarme cara a plena luz del día, pero no podré entrar a menos que soñéis conmigo.

Antes de que ella respondiera oyeron pasos al pie de la escalera de caracol, así como la voz velada del rey Haggard. 

—Le oí cantar. Me pregunto en qué estaría ocupado.

En seguida se oyó la contestación precipitada y sumisa de Schmendrick, el mago de la corte.

— Excelencia, se trataba de alguna trova, alguna chanson de geste, como las que acostumbra a cantar cuando parte cabalgando hacia la gloria, o cuando regresa al hogar aureolado de fama. Tenedlo por cierto, Su Majestad...
—Nunca canta aquí —dijo el rey—. Canta incesantemente en sus locos ensueños, estoy seguro, al estilo de los héroes. Pero estaba cantando aquí, y no sobre batallas y demás heroicidades, sino sobre el amor. ¿Dónde está ella? Sabía que era una canción de amor mucho antes de oírle, pues hasta las mismísimas piedras se estremecieron, como sucede cuando el Toro camina sobre la tierra. ¿Dónde está ella? 

El príncipe y lady Amalthea intercambiaron miradas en la oscuridad, muy cerca el uno del otro, completamente inmóviles. El rey les aterraba a ambos porque, fuera lo que fuese lo que hubiera nacido entre ellos era algo que deseaba. El rellano superior daba a un pasillo por el que huyeron a toda velocidad, a pesar de que no veían nada.

Los pies de lady Amalthea se deslizaban tan silenciosos como la promesa que le había hecho al príncipe, pero las pesadas botas de éste resonaban exactamente como botas sobre el piso de piedra. El rey Haggard no hizo el menor intento de perseguirles, pero su voz, amplificada por las altas paredes del vestíbulo, les alcanzó, como un susurro debilitado por las palabras del mago.

—Ratones, mi señor, sin duda alguna. Por fortuna, poseo una singular intuición...
—Dejémosles huir —dijo el rey—. Me conviene que huyan.

Cuando interrumpieron su fuga, donde fuese que se hallaran, se miraron de nuevo el uno al otro. Y el invierno silbó y transcurrió con lentitud, pero no hacia la primavera, sino hacia el breve y avasallador verano del país del rey Haggard. La vida se desarrolló en el castillo con el silencio que invade los lugares donde nadie tiene esperanzas. Molly Grue cocinaba, lavaba y planchaba, fregaba las baldosas, remendaba armaduras y afilaba las espadas; cortaba leña, molía harina, almohazaba los caballos y limpiaba los establos, fundía el oro y la plata robados para las arcas del rey, y fabricaba ladrillos sin paja. Y por las noches, antes de acostarse, repasaba, por lo general, los nuevos poemas del príncipe Lír, dedicados a lady Amalthea, los alababa y corregía la ortografía.

Schmendrick bromeaba, hacía juegos malabares y producía falsos prodigios a petición del rey. Odiaba sus quehaceres y sabía que el rey lo sabía, y que disfrutaba justamente por esa razón. Nunca volvió a sugerir a Molly que escaparan del castillo antes de que Haggard descubriera el secreto de lady Amalthea, ni tampoco insistió en buscar el camino secreto que conducía al Toro Rojo, incluso cuando dispuso de bastante tiempo libre. En aquel invierno y en aquel lugar parecía haberse rendido a un enemigo mucho más viejo y cruel que el rey, un enemigo que le había dado caza después de una enconada persecución. 

La belleza de lady Amalthea aumentaba cada día, a pesar de que los días fueran más tristes y oscuros que los anteriores. Los ancianos hombres de armas, cuando regresaban empapados y ateridos de montar guardia bajo la lluvia o de robar objetos para el rey, se abrían silenciosamente como flores al encontrarla en la escalera o en los pasillos. Ella les sonreía entonces y les hablaba con gentileza; pero, en cuanto se marchaba, el castillo volvía a ser tan sombrío como siempre y, en el exterior, el viento azotaba la pesada atmósfera al igual que una sábana tendida. Pues su belleza era mortal y predestinada y nada en ella podía consolar a los viejos. Sólo podían envolverse en sus capas mojadas y renquear hasta el escuálido fuego de la cocina.

Sin embargo, lady Amalthea y el príncipe Lír caminaban, charlaban y cantaban juntos, tan alegremente como si el castillo del rey Haggard se hubiera convertido en un inmenso bosque, floreciente y enigmático con la llegada de la primavera.


Ascendían a las torcidas torres como si fueran colinas, merendaban en prados de piedra, bajo cielos de piedra, chapoteaban arriba y abajo de escaleras que se habían reblandecido y acelerado hasta transformarse en arroyos. El príncipe le contó cuanto sabía, lo que opinaba de ello y, muy contento, inventó para ella una vida y unos pensamientos, con la ayuda muda y fervorosa de la propia interesada. En verdad que lady Amalthea no le engañaba, puesto que no recordaba absolutamente nada de su existencia anterior al castillo y a él. Empezaba y terminaba con el príncipe Lír..., excepto en los sueños, que se esfumaban con rapidez, tal como el joven había pronosticado.

Apenas oían ya el rugido de caza nocturno del Toro Rojo, pero cuando aquel sonido ansioso se dejaba escuchar, ella se asustaba y los muros y el invierno se agigantaban a su alrededor, como si la primavera fuera una creación suya, un gozoso regalo para el príncipe. A él le hubiera gustado abrazarla en esos momentos, pero desde tiempo atrás conocía su aversión a ser tocada.

Una tarde, lady Amalthea subió a la torre más alta del castillo para vigilar el regreso del príncipe Lír de una expedición contra el cuñado del ogro que había matado, puesto que, ocasionalmente, todavía acometía alguna gesta, tal como había dicho a Molly que haría. Grandes nubes plomizas cubrían el valle de Hagsgate, pero no llovía. A lo lejos, el mar se deslizaba hacia el brumoso horizonte dibujando franjas plateadas, verdes y marronosas. Los pájaros estaban inquietos; volaban a menudo, en grupos de dos y tres, planeaban velozmente en círculos sobre el agua y volvían a posarse en la arena para reír a carcajadas y echar significativas miradas hacia el castillo del rey Haggard, en lo alto del acantilado. «¡Dijo así, dijo así!.» La marea estaba en su punto más bajo, apunto de iniciar un cambio. 

Lady Amalthea empezó a cantar y su voz se balanceó y flotó en el aire calmo y frío, como un pájaro de otra especie:
 
Soy la hija de un rey
y envejezco en el fondo
de la prisión de mi persona,
entre los confines de mi piel.
Y me gustaría escapar
y vagar de puerta en puerta...

No recordaba haber escuchado la canción antes, pero las palabras la pellizcaban y le daban tirones como niños, tratando de arrastrarla de vuelta hacia algún lugar que querían ver otra vez. Movió los hombros para desembarazarse de ellos.

—Pero no soy vieja —dijo para sí—, ni tampoco una prisionera. Soy lady Amalthea, la amada de Lír, que ha penetrado en mis sueños de forma que no puedo dudar de mí, ni siquiera cuando duermo. ¿Dónde puedo haber aprendido una canción tan triste? Soy lady Amalthea y sólo conozco las canciones que el príncipe me ha enseñado.

Se llevó la mano a la marca de su frente. El mar seguía su rumbo, invariable como el zodíaco, y los feos pájaros chillaban. La preocupaba un poco que la marca no hubiera desaparecido.

—Su Majestad —dijo, a pesar de que no se había producido ningún ruido.
Oyó una risita sofocada a sus espaldas y se giró para ver al rey. Se cubría la malla con una capa gris, pero llevaba la cabeza descubierta. Las negras arrugas de su cara señalaban los lugares donde las uñas de la edad habían rasgado su dura piel, pero parecía más fuerte y fiero que su hijo.

—Eres rápida para ser lo que eres —dijo—, pero lenta para lo que eras, según creo. Dicen que el amor hace a los hombres rápidos y lentas a las mujeres. Te atraparé por fin, si amas mucho más.

Ella sonrió sin replicarle. Nunca sabía qué decirle al anciano de los ojos claros, al que raramente veía, excepto como un fugaz movimiento en el borde de la soledad, que compartía con el príncipe. Entonces observó el destello de una armadura en la profundidad del valle y oyó el sonido de los cascos de un fatigado caballo sobre las piedras.

—Vuestro hijo vuelve a casa —dijo—. Esperémosle juntos.
El rey Haggard se reunió con ella en el parapeto, pero apenas echó un vistazo a la diminuta y centelleante figura que cabalgaba hacia el castillo.

—Bah, en verdad, ¿qué nos importa Lír a ti o a mí? —preguntó—. No es nada mío, ni por nacimiento ni por pertenencia. Le recogí donde alguien lo había abandonado, pensando que yo nunca había sido feliz, nunca había tenido un hijo. Me sentí satisfecho al principio, pero esa sensación murió pronto. Todas las cosas de las que me apodero mueren pronto. No sé por qué, pero siempre sucede así, salvo en el caso de una apreciada posesión que no se ha vuelto fría y apagada en todo el tiempo que la he conservado... La única cosa que me ha pertenecido desde siempre. —Su rostro severo se transformó de repente, y mostró una expresión de gran astucia—. Y Lír no te ayudará a encontrarla; nunca ha sabido dónde estaba. 


Sin previo aviso, el castillo vibró como una cuerda tensada cuando la bestia dormida en su guarida trasladó su tremendo peso de lugar. Lady Amalthea conservó el equilibrio sin dificultades, gracias a la costumbre, y preguntó suavemente: 

—El Toro Rojo. Pero ¿por qué sospecháis que he venido a robar el Toro? No poseo reinos ni anhelo conquistas. ¿Qué haría con él? ¿Cuánto come?
— ¡No te burles de mí! —replicó el rey—. El Toro Rojo no me pertenece más de lo que me pertenece el chico, y no come ni puede ser robado. Sirve a aquel que no tiene miedo... y tengo tanto miedo como paz interior. —Lady Amalthea aún podía ver los presagios deslizándose a lo largo de su cara grisácea, refugiándose en las sombras de las cejas y los huesos—. No te burles de mí. ¿Por qué finges que has olvidado tu propósito y que yo debo recordártelo? Sé el motivo que te ha traído aquí, y tú sabes que yo lo sé. Toma lo que deseas, pues, tómalo si puedes..., ¡pero no te atrevas a rendirte ahora! —dijo, y las negras arrugas se destacaron como cuchillos. 

El príncipe Lír iba cantando mientras cabalgaba, pero lady Amalthea no podía oír la letra de la canción. 

—Mi señor —dijo con serenidad al rey—, en todo vuestro castillo, en todos vuestros dominios, en todos los reinos que el Toro Rojo os pueda proporcionar, sólo existe una cosa que desee..., y acabáis de confesarme que no está en vuestra mano concedérmelo o negármelo. Cualquiera que sea vuestro tesoro, aparte del Toro, espero de todo corazón que disfrutéis de él. Buenos días, Su Majestad.

Se dirigió hacia la escalera de la torre, pero, cuando el rey le cerró el paso, se detuvo y le miró con ojos tan oscuros como las pisadas en la nieve. El rey sonrió y la joven sintió por un momento una extraña benevolencia por el anciano, que la hizo estremecer, pues comprendió que, de alguna forma, ambos eran iguales. 

—Te conozco —dijo Haggard—. Te conocí casi cuanto te vi en el sendero, cuando caminabas hacia mi puerta en compañía de tu cocinera y tu payaso. Desde entonces, ni un movimiento tuyo ha dejado de traicionarte. Un paso, una mirada, un giro de la cabeza, la vibración de tu cuello cuando respiras, incluso la forma de quedarte perfectamente inmóvil... Todos ellos han sido espías. Me obligaste a darle vueltas al asunto durante una temporada, y te estoy agradecido a mi manera. Pero tu tiempo se ha terminado. 

Miró hacia el mar por encima del hombro y avanzó hacia el parapeto con la gracia descuidada de un muchacho. 

—La marea está subiendo —dijo—. Ven a verla. Ven aquí. — Hablaba en voz muy baja, pero de repente adoptó el tono de los espantosos pájaros de la playa—. Ven aquí, no te tocaré.

El príncipe Lír cantaba:
Te amaré tanto tiempo como pueda,
por más años que transcurran...

La horrible cabeza que se balanceaba en la silla de montar hacía las armonías en una especie de falsete bajo. Lady Amalthea se situó junto al rey. 

Las olas se aproximaron bajo el cielo espeso y arremolinado, creciendo con la lentitud de los árboles a medida que se formaban en el mar. Se encogían en las cercanías de la costa, arqueaban el lomo cada vez más alto y rompían sobre la playa con tanta furia como animales atrapados, sujetos a un muro, que retroceden y vuelven a saltar con un rugido entrecortado de sollozos, las garras endurecidas y a punto de quebrarse, mientras los pájaros chillaban tristemente. Las olas eran verdes y grises como palomas antes de romperse, y luego tomaban el color del pelo que cubría los ojos de lady Amalthea.

—Allí —una extraña y aguda voz habló junto a ella—. Allí están. — El rey Haggard sonreía maliciosamente y señalaba con el dedo la blanca extensión de agua—. Allí están, allí están. Di que no es tu pueblo, di que no viniste a buscarlos. Di ahora que has permanecido todo el invierno en mi castillo sólo por amor. 

Sin esperar la respuesta se puso a mirar las olas. Su rostro había cambiado de forma impensable; el placer coloreaba su piel oscura, enrojecía las mejillas y llenaba los finísimos labios.

—Son míos —dijo con mucha suavidad—, me pertenecen. El Toro Rojo los capturó para mí, uno cada vez, y yo le ordené que los condujera hacia el mar. ¿Qué mejor lugar para custodiar a los unicornios? ¿Qué otra jaula podría retenerles? El Toro los vigila, dormido o despierto, y hace mucho tiempo que amedrentó su corazón. Ahora viven en el mar y cada marea los arrastra a un simple paso de la tierra, pero no se atreven a dar este paso, no se atreven a salir del agua; tienen miedo del Toro Rojo.
Otros pueden ofrecer más de lo que pueden dar, 
todo lo que les resta hasta el fin de sus días...

Sonaba tan cerca la canción del príncipe Lír que lady Amalthea se aferró al parapeto y deseó que ya hubiera llegado, porque ahora sabía que el rey Haggard estaba loco. Bajo ellos se extendía la estrecha y amarillenta playa, las rocas, la marea creciente y nada más.

—Me gusta mirarlos. Me producen una gran alegría. —La voz del rey se había hecho infantil, poco menos que cantarina—. Estoy seguro de que es alegría. La primera vez que experimenté esta sensación creí que me iba a morir. Había dos de ellos y estaba amaneciendo. Uno bebía en un arroyuelo y el otro descansaba la cabeza en su lomo. Creí que me iba a morir. Le dije al Toro Rojo: «Debo conseguirlos. Debo conseguirlos a todos, absolutamente todos, porque mi necesidad es muy grande». De modo que el Toro los capturó, uno a uno. Al Toro le daba igual; tanto le importaba que solicitara escarabajos peloteros o cocodrilos. Sólo es capaz de diferenciar lo que quiero de lo que no quiero. 

Se había olvidado de ella en el mismo instante de apoyarse en la almena. Lady Amalthea habría podido huir de la torre, pero se quedó donde estaba; un antiguo y desagradable sueño tomaba forma en su interior, a pesar de que era de día. La marea se estrellaba en las rocas una y otra vez, mientras el príncipe Lír cabalgaba y cantaba: 

Pero te amaré hasta el fin de mis días,
y nunca te preguntaré si me quieres.

—Me parece que era joven cuando los vi por primera vez —siguió diciendo el rey Haggard—. Ahora debo de ser viejo..., al menos he conseguido obtener más cosas de las que tenía entonces y desecharlas al cabo. Pero siempre supe que ésa era la mejor inversión de mi corazón, porque nada dura. Estaba en lo cierto y siempre fui viejo. Y cada vez que veo a mis unicornios es como aquella mañana en los bosques, me siento verdaderamente joven a pesar de la edad y sé que cualquier cosa puede suceder en un mundo que encierra semejante belleza.

En el sueño me sostenía sobre cuatro patas blancas y sentía la tierra bajo los cascos hendidos. Algo quemaba en mi frente, como ahora. Pero la marea no arrastraba unicornios. El rey está loco.

—Me pregunto qué será de ellos cuando yo me haya ido —dijo Haggard—. El Toro Rojo los olvidará inmediatamente, lo sé, y partirá en busca de un nuevo amo, pero me pregunto si, aun en ese caso, serán capaces de otorgarse la libertad. Espero que no, porque entonces me pertenecerán para siempre.

Se volvió para observarla de nuevo, y sus ojos eran tan gentiles y ávidos como los del príncipe Lír cuando la miraba. 

—Tú eres el último —dijo—. El Toro no te atrapó porque tenías forma humana, pero yo lo supe desde el primer momento. ¿Cómo conseguiste realizar el cambio? ¿Con qué medios? No pudo hacerlo tu mago. Creo que no es capaz ni de transformar la nata en mantequilla. 

Si lady Amalthea se hubiera soltado del parapeto habría caído, pero, en lugar de ello, respondió con absoluta tranquilidad: 

—Mi señor, no os comprendo. No veo nada en el agua.

La cara del rey tembló como si la estuviera contemplando a través del fuego.

—¿Aún lo niegas? —susurró—. ¿Aún te atreves a negarlo? Tu falsedad y cobardía son dignas de un verdadero ser humano. Te arrojaré a los tuyos con mis propias manos si lo niegas.

Avanzó un paso hacia ella, que lo miraba con los ojos abiertos, incapaz de moverse. El tumulto del mar llenó su cabeza, juntamente con el canto del príncipe Lír y el borboteante aullido de muerte del hombre llamado Rukh. 

—Debe ser así, no puedo equivocarme. —El rostro grisáceo del rey Haggard colgaba sobre ella como un martillo—. Hasta sus ojos son tan estúpidos como los de..., como los ojos que jamás han visto un unicornio, que jamás han visto otra cosa que su propio reflejo en un espejo. ¿Qué clase de engaño es éste? ¿Cómo es posible? Ya no hay hojas verdes en sus ojos.

Entonces la joven los cerró, pero vio más cosas de las que quería ver: la criatura de alas de color bronce, con la bamboleante cara de bruja, risueña y parloteante, y la mariposa que recogía sus alas para atacar. El Toro Rojo se movía en silencio a través del bosque, apartando las ramas desnudas con los pálidos cuernos. 

Advirtió que el rey Haggard se había marchado, pero no abrió los ojos. Había pasado mucho tiempo, o tal vez sólo unos instantes, cuando oyó la voz del mago muy cerca de ella.


—En el mar —dijo—. En el mar. Bueno, no te sientas muy mal por ello. No los he visto ahora ni en ninguno de los ratos que he pasado aquí mirando la subida de la marea. Pero él los vio..., y si Haggard ve algo, es que está allí. —Rió, como el sonido del hacha al caer sobre la madera—. No te sientas mal. Éste es un castillo embrujado, y al que vive en él le cuesta mirar las cosas de cerca. No es suficiente con estar predispuesto a ver... Hay que mirar todo el tiempo. —Rió otra vez, con algo más de suavidad—. De acuerdo. Ahora los encontraremos. Vamos, ven conmigo.

Lady Amalthea intentó hablar, pero las palabras no salieron de su boca. Los ojos verdes del mago estudiaron su semblante. 

—Tu rostro está húmedo —dijo, mostrando cierta preocupación—. Espero que sea rocío. Si te has vuelto lo bastante humana para llorar, ninguna magia en el mundo... Oh, debe de ser rocío. Ven conmigo. Sería mejor que fuera rocío. 



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