Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 28 de julio de 2013

Blancanieves y los siete enanos - Roald Dahl

"Cuentos en verso para niños perversos" es un libro que no necesita más presentación en este blog: He subido "Juan y la habichuela mágica" y "La cenicienta". Pero siempre es bueno recordar un poquito de que se trata. En este libro, Roald Dahl nos invita a pensar los cuentos de hadas clásicos desde otro lugar, poniendo en juego otros elementos para contar la misma historia. El resultado es muy divertido.
Hoy me decidí por "Blancanieves y los siete enanos". Siempre estoy por compartir el relato de los hermanos Grimm... prometido para otro momento...



BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANOS
 

Cuando murió la madre de Blanquita
dijo su padre, el Rey: "Esto me irrita.
¡Qué cosa tan pesada y tan latosa!
Ahora tendré que dar con otra esposa..."
-es, por lo visto, un lío del demonio
para un Rey componer su matrimonio-.
Mandó anunciar en todos los periódicos:
"Se necesita Reina" y, muy metódico,
recortó las respuestas que en seguida
llegaron a millones... "La elegida
ha de mostrar con pruebas convincentes
que eclipsa a cualquier otra pretendiente".
Por fin fue preferida a las demás
la señorita Obdulia Carrasclás,
que trajo un artefacto extraordinario
comprado a algún exótico anticuario:
era un espejo mágico parlante
con marco de latón, limpio y brillante,
que contestaba a quien le planteara
cualquier cuestión con la verdad más clara.
Así, si, por ejemplo, alguien quería
saber qué iba a cenar en ese día,
el chisme le decía sin tardar:
"Lentejas o te quedas sin cenar".
El caso es que la Reina, que Dios guarde,
le preguntaba al trasto cada tarde:
"Dime Espejito, cuéntame una cosa:
de todas, ¿no soy yo la más hermosa?".
Y el cachivache siempre: "Mi Señora,
vos sois la más hermosa, encantadora
y bella de este reino. No hay rival
a quien no hayáis comido la moral".
 

La Reina repitió diez largos años
la estúpida pregunta y sin engaños
le contestó el Espejo, hasta que un día
Obdulia oyó al cacharro que decía:
"Segunda sois, Señora. Desde el jueves
es mucho más hermosa Blancanieves".
Su majestad se puso furibunda,
armó una impresionante barahúnda
y dijo: "¡Yo me cargo a esa muchacha!
¡La aplastaré como a una cucaracha!
¡La despellejaré, la haré guisar
y me la comeré para almorzar!".
Llamó a su Cazador al aposento
y le gritó: "¡Cretino, escucha atento!
Vas a llevarte al monte a la Princesa
diciéndole que vais a buscar fresas
y, cuando estéis allí, vas a matarla,
desollarla muy bien, descuartizarla
y, para terminar, traerme al instante
su corazón caliente y palpitante".
 

El Cazador llevó a la criatura,
mintiéndole vilmente, a la espesura
del Bosque. La Princesa, que se olió
la torta, dijo: "¡Espere! ¿Qué he hecho yo
para que usted me mate, señor mío?
-el brazo y el cuchillo de aquel tío
erizaban el pelo al más pintado-.
¡Déjeme, por favor, no sea pesado!".
El Cazador, que no era mala gente,
se derritió al mirar a la inocente.
"¡Aléjate corriendo de mi vista,
porque, si me lo pienso más, vas lista...!".
La chica ya no estaba -¡qué iba a estar!-
cuando el verdugo terminó de hablar.
Después fue el hombre a ver al carnicero,
pidió que le sacara un buen cordero,
compró media docena de costillas
amén del corazón y, a pies juntillas,
Obdulia tomó aquella casquería
por carne de Princesa. "¡Que mi tía
se muera si he faltado a vuestro encargo,
Señora...! Se hace tarde... Yo me largo...".
"Os creo, Cazador. Marchad tranquilo
-dijo la Reina-. ¡Y ese medio kilo
de chuletilla y ese corazón
los quiero bien tostados al carbón!",
y se los engulló, la muy salvaje,
con un par de vasitos de brebaje.
 

¿Qué hacía la Princesa, mientras tanto?
Pues auto-stop para curar su espanto.
Volvió a la capital en un boleo
y consiguió muy pronto un buen empleo
de ama de llaves en el domicilio
de siete divertidos hombrecillos.
Habían sido jockeys de carreras
y eran muy majos todos, si no fuera
por un vicio que en sábados y fiestas
les devoraba el coco: ¡las apuestas!
Así, si en los caballos no atinaban
un día, aquella noche no cenaban...
Hasta que una mañana dijo Blanca:
"Tengo una idea, chicos, que no es manca.
Dejad todo el asunto de mi cuenta,
que voy a resolveros vuestra renta,
pero hasta que yo vuelva de un paseo
no quiero que juguéis ni al veo-veo".
Se fue Blanquita aquella misma noche
de nuevo en auto-stop, -y en un buen cochehasta
Palacio y, siendo chica lista,
cruzó los aposentos sin ser vista;
el Rey estaba absorto haciendo cuentas
en el Despacho Real y la sangrienta
Obdulia se encontraba en la cocina
comiendo pan con miel y margarina.
La joven pudo, pues, llegar al fin
hasta el dichoso Espejo Parlanchín,
echárselo en un saco y, de puntillas,
volver sobre sus pasos dos mil millas
-que eso le parecieron, pobrecita-.
"¡Muchachos, aquí traigo una cosita
que todo lo adivina sin error!
¿Queréis probar?". "¡Sí, sí!", dijo el mayor:
"Mira, Espejito, no nos queda un chavo,
así que has de acertar en todo el clavo:
¿quién ganará mañana la tercera?".
"La yegua Rififí será primera",
le contestó el Espejo roncamente...
¡Imaginad la euforia consiguiente!
Blanquita fue aclamada, agasajada,
despachurrada a besos y estrujada.
Luego corrieron todos los Enanos
hasta el local de apuestas más cercano
y no les quedó un mal maravedí
que no fuera a parar a Rififí:
vendieron el Volkswagen, empeñaron
relojes y colchones, se entramparon
con una sucursal de la Gran Banca
para apostarlo todo a su potranca.
Después, en el hipódromo, se vio
que el Espejito no se equivocó,
y ya siempre los sábados y fiestas
ganaron los muchachos sus apuestas.
Blanquita tuvo parte en beneficios
por ser la emperatriz del artificio,
y, en cuanto corrió un poco el calendario,
se hicieron todos superbillonarios
-de donde se deduce que jugar
no es mala cosa... si se va a ganar-.
 

sábado, 27 de julio de 2013

Sonetos XV y XVI - Shakespeare

Siempre me gustaron las obras de Shakespeare. Lloré con Romeo y Julieta, me indigné con Otelo, me reí con Las Alegres Comadres de Windsor... Pero recuerdo siempre un poema que leímos en la escuela... Hace tiempo que pensé en buscarlo para el blog y nunca lo hice. 
Hoy una amiga del facebook compartió el Soneto XVI. Me trajo recuerdos. Y por eso me decidí a compartirlo con Uds.
El soneto XVI parte del soneto XV. Dicen que hay que leerlos juntos. Traduzco un fragmento de una explicación que encontré en Shakespeare's Sonnets: "El poeta se aparta de la declaración de la inmortalidad prometida, ha cambiado de opinión y encuentra su verso (la pluma pupila) inadecuado para representar al joven tal como es, o para dar cuenta de su belleza interior y exterior. Por lo tanto, se insta nuevamente al muchacho a entregarse en matrimonio y a recrearse a sí mismo". Se comprenderá esta explicación mejor una vez leídos ambos poemas.
Como siempre con los poemas que no son originalmente en español, seguido a la traducción, les comparto el original.


 Soneto XV

Cuando pienso que cada criatura
Es perfecta apenas un instante,
Que cada acto de este gran tablado
Las estrellas comentan con sigilo,
Y los hombres padecen cual plantas
La clemencia y el rigor del mismo cielo,
Ascendiendo esbeltos a la cumbre
Y luego descendiendo hacia el olvido,
Por gracia de esta condición mudable
Más valiosa es tu bella lozanía,
donde el Tiempo y la ruina se debaten
Por cambiar joven día en noche huraña.
Amándote, y en guerra con el Tiempo,
De ti quiero fijar lo que él se lleva.

  Soneto XVI


¿Por qué no buscas armas más seguras,
Para vencer al Tiempo, ese tirano,
Y te pones a salvo de la ruina
Con medios más felices que mis versos?
Hoy gozas de tus horas más dichosas
Y más de un jardín virgen e inculto
Te daría, virtuoso, flores vivas
Más fieles a tu imagen que un retrato.
Vida ofrecen las líneas de la vida
Que ni frágil pincel ni rima humilde
Darían a tu gracia o tu figura
Para honrarte a los ojos de los hombres.
Entrégate, y tu efigie haz perdurable,
Cincelada por ti y tu dulce arte.

 Sonnet XV

  When I consider every thing that grows
Holds in perfection but a little moment,
That this huge stage presenteth nought but shows
Whereon the stars in secret influence comment;
When I perceive that men as plants increase,
Cheered and checked even by the self-same sky,
Vaunt in their youthful sap, at height decrease,
And wear their brave state out of memory;
Then the conceit of this inconstant stay
Sets you most rich in youth before my sight,
Where wasteful Time debateth with decay
To change your day of youth to sullied night,
   And all in war with Time for love of you,
   As he takes from you, I engraft you new.
 

(1609 Quarto Version)

WHen I conſider euery thing that growes
Holds in perfection but a little moment.
That this huge ſtage preſenteth nought but ſhowes
Whereon the Stars in ſecret influence comment.
When I perceiue that men as plants increaſe,
Cheared and checkt euen by the ſelfe-ſame skie:
Vaunt in their youthfull ſap,at height decreaſe,
And were their braue ſtate out of memory.
Then the conceit of this inconſtant ſtay,
Sets you moſt rich in youth before my ſight,
Where waſtfull time debateth with decay
To change your day of youth to ſullied night,
   And all in war with Time for loue of you
   As he takes from you, I ingraft you new

 Sonnet XVI 

But wherefore do not you a mightier way
Make war upon this bloody tyrant, Time?
And fortify your self in your decay
With means more blessed than my barren rhyme?
Now stand you on the top of happy hours,
And many maiden gardens, yet unset,
With virtuous wish would bear you living flowers,
Much liker than your painted counterfeit:
So should the lines of life that life repair,
Which this, Time's pencil, or my pupil pen,
Neither in inward worth nor outward fair,
Can make you live your self in eyes of men.
   To give away yourself, keeps yourself still,
   And you must live, drawn by your own sweet skill.

(1609 Quarto Version)

BVt wherefore do not you a mightier waie
Make warre vppon this bloudie tirant time?
And fortifie your ſelfe in your decay
With meanes more bleſſed then my barren rime?
Now ſtand you on the top of happie houres,
And many maiden gardens yet vnſet,
With vertuous wiſh would beare your liuing flowers,
Much liker then your painted counterfeit:
So ſhould the lines of life that life repaire
Which this (Times penſel or my pupill pen )
Neither in inward worth nor outward faire
Can make you liue your ſelfe in eies of men,
   To giue away your ſelfe,keeps your ſelfe ſtill,
   And you muſt liue drawne by your owne
ſweet ſkill




miércoles, 24 de julio de 2013

¡Miren! El pájaro - Nelson Bond

Días atrás un contacto del facebook me sugirió este cuento. No conocía ni el cuento ni el autor - nunca fui muy lectora de ciencia ficción -. Así que decidí leerlo y de paso compartirlo con ustedes.
"¡Miren! El pájaro" tiene por nombre original "And Lo! the bird" y fue publicado por primera vez en 1950 en la revista "The Blue Book Magazine". Fue escrito por Nelson S. Bond (1908-2006). 



Pájaro de Fuego de Constanza Cohen



MIREN! EL PÁJARO
  

El Ave del Tiempo apenas tiene luz para el vuelo y 
—¡mira!— ya sus alas está tendiendo al cielo.
Fitzgerald-Rubáiyát



No sé por qué me molesto en escribir esto. Es indudable que es el texto más inútil que he escrito en el curso de mi carrera, dedicada a inundar resmas de pulcras cuartillas con torrentes de frases altisonantes. Pero tengo que hacer algo para mantener mi espíritu ocupado y, puesto que he vivido estos sucesos desde el principio, no estará de más que los registre tal como los recuerdo.

Desde luego, el hecho que ahora deje constancia de aquellos primeros días no tiene importancia alguna. Aunque, después de todo, en este momento nada importa. No sé por qué lo hago. Ya no estoy seguro de nada. A no ser que es absurdo que escriba esta historia tan poco importante. Sin embargo, sé que tengo que hacerlo...

Como he dicho antes, viví estos sucesos desde el principio. ¡Valiente afirmación! Su principio es algo que queda para el campo de las conjeturas. Depende de cómo se mida el tiempo. Para algunos comenzó hace cuatro mil años... Los que piensan así son fundamentalistas y partidarios de la cronología de un arzobispo. Quizás principió hace tres mil millones de años, afirman los que poseen aquello que, hasta hace unas pocas semanas, se solía denominar jactanciosamente «un espíritu científico».

Desconozco la verdad sobre ello, como la desconocen todos pero, en lo que a mí se refiere, todo comenzó hace un mes. Aquella noche nuestro Director Urbano, Smitty, me llamó a su despacho para espetarme una pregunta:

—¿Sabe algo de astronomía? —me preguntó con algo de petulancia.
—Desde luego —le respondí—. Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y alguno más.
—¿Cómo? —dijo Smitty, frunciendo el ceño.
—Y Plutón —recordé por fin—. La familia solar. Los planetas según su distancia al Sol. Me pasé un semestre contemplando las estrellas en la escuela. Aunque lo he olvidado en parte.
—Muy bien —respondió el Dire—. Se ha ganado un encargo. ¿Conoce al doctor Abramson? —¿Quién no lo conoce? Es el jefe del observatorio de la Universidad.
—Exactamente. Irá a verlo. Según dice, tiene algo muy gordo que comunicarnos.
—¿En coche? —pregunté esperanzado. —Tome un ómnibus.
—Hablando desde el punto de vista astronómico —indiqué—, un notición podría significar muchas cosas: un cometa que va a chocar con la Tierra, el calor del Sol que desaparece y nos mata a todos de frío...
—El horno no está para bollos —rezongó Smitty—. Hasta medianoche, los ómnibuses suburbanos pasan cada veinte minutos.
—Por otra parte —musité—, quizás haya descubierto algún trastorno meteorológico causado por los experimentos atómicos. Si todos se dedican a jugar con bombas de hidrógeno...
—Bueno, en coche —suspiró Smitty—. Vaya.

Abramson era un hombrecillo flaco y cetrino, de ojos oscuros y hundidos. Después de estrecharme la mano me indicó una butaca frente a su mesa de roble amarillo, bajó una lámpara de pie para que su luz no nos molestase y luego cruzó sus dedos blancos y finos, mientras decía:

—Le agradezco que haya venido con tal prontitud, señor... —Flaherty —le aclaré.
—Pues bien, señor Flaherty, la cosa sucedió así. En nuestra profesión no es costumbre divulgar las noticias a través de la prensa. Lo corriente es que publiquemos nuestras observaciones en revistas técnicas que sólo están al alcance de los especialistas. Pero esta vez, este sistema no me parece adecuado. Tal vez no sería lo bastante rápido. He visto algo en el cielo..., que no me gusta nada.

Yo me entretenía dibujando garabatos sobre una hoja de papel doblada.

—¿Qué ha visto, profesor? ¿Un nuevo cometa?
—No estoy seguro de saberlo —repuso Abramson— y aún estoy menos seguro que desee averiguarlo. Pero sea lo que sea, es por completo desusado y lo bastante importante, creo, para autorizarme a dar este paso. Con el fin de obtener confirmación lo antes posible de mis observaciones y de mis temores, me creo en el deber de apelar a los servicios de prensa para difundir esta noticia.
—Todo cuanto valga la pena divulgar y mucho que no merece ser divulgado, ése es el género con que comerciamos —dije—. ¿Qué es lo que ha visto, profesor?

Él me dirigió una mirada sombría que duró un largo minuto. Luego dijo:

—Un pájaro.

Yo lo miré sin ocultar mi sorpresa.

—¿Un pájaro?

Me venían ganas de sonreír, pero la expresión de su mirada no alentaba precisamente al júbilo.

—Un pájaro —repitió—, perdido en las profundidades del espacio. Mi telescopio estaba dirigido hacia Plutón, el planeta más alejado de nuestro Sistema Solar. Este cuerpo celeste gravita a más de seis mil millones de kilómetros de la Tierra.

»Y a esta distancia —dijo con dolorosa decisión—, a esa increíble distancia... ¡He visto un pájaro! Apercibiéndose de mi expresión de incredulidad, abrió el cajón superior de su mesa, extrajo de él un mazo de copias fotográficas de 18 x 24 centímetros y las extendió ante mí.

—Véalo usted mismo.

La primera fotografía nada me dijo. Mostraba una sección de espacio cubierta de estrellas..., la típica fotografía que aparece en los manuales de astronomía. Pero en ella se había trazado un rectángulo de líneas blancas. La segunda foto era una ampliación de aquel cuadrado, mostrando la zona escogida. El campo visual era mayor y más brillante; miríadas de estrellas relucientes difundían un resplandor plateado sobre toda la placa. Sobre aquella nebulosa radiante se destacaba con gran precisión de líneas la negra silueta de un ser que tenía la apariencia de un pájaro en pleno vuelo.

Aventuré una indecisa explicación racional: 

—Muy interesante. Aunque, según creo, doctor Abramson, se han fotografiado muchas zonas oscuras en el espacio. El Saco de Carbón, por ejemplo. Y la nebulosa negra de...

—Es cierto —reconoció—. ¿Pero quiere mirar la siguiente fotografía?

Examiné la tercera fotografía y sentí por primera vez el frío de aquel terror helado que ya no me habría de abandonar durante las semanas siguientes. La foto mostraba otra parte de la zona comprendida en la segunda fotografía. Pero la silueta negra había cambiado. Lo que aparecía sobre el fondo de estrellas seguía siendo el perfil de un pájaro..., pero su forma era distinta. Un ala que antes estaba alzada aquí se había abatido; las posturas del cuello, cabeza y pico habían sufrido una alteración sutil pero definida.

—Esta fotografía —dijo Abramson con voz desprovista de emoción— fue tomada cinco minutos después de la primera. Sin tener en cuenta el cambio en la apariencia de la... imagen y considerando únicamente la posición relativa del objeto en el espacio, indicada por el paralaje, he calculado que el objeto que produce esta imagen debe viajar a una velocidad aproximada de doscientos mil kilómetros por minuto.
—¡Cómo! —exclamé—. Eso es imposible. En la Tierra no hay nada que pueda viajar a tal velocidad.
—En la Tierra, no —convino Abramson—. Pero los cuerpos cósmicos sí pueden. Y aunque presente el aspecto de un ser vivo, este objeto o lo que sea no deja de ser un cuerpo cósmico.

»Por eso —prosiguió con displicencia—, le he pedido que viniese. Esto es lo que quiero que cuente. ¿Comprende ahora por qué no podemos perder ni un minuto?

—Puedo escribir un artículo —dije—, pero nadie lo creerá.
—Quizás no lo crean... por un tiempo. Sin embargo, hay que divulgarlo. De momento, el público quizá se ría. Pero otros observatorios comprobarán mi descubrimiento y llegarán a las mismas conclusiones que yo. Esto es lo importante. Sin miedo a las consecuencias, sean éstas las que sean, debemos saber la verdad. El mundo tiene derecho a saber la amenaza que se cierne sobre él.
—¿Amenaza? ¿Cree usted que existe una amenaza?

Él asintió lenta y deliberadamente.

—Sí, Flaherty; sé que existe. Es esas fotografías hay algo que usted no ha visto, pero que cualquier matemático deduciría instantáneamente: que esa cosa..., pájaro, bestia, máquina o lo que sea..., sigue un rumbo previsible. Y este rumbo la lleva directamente hacia...: ¡el Sol!

Mi entrevista con el sabio dejó completamente desconcertado a Smitty. La leyó con rapidez, refunfuñó, volvió a leerla, más despacio y con la frente arrugada. Luego cayó como una tromba sobre mi mesa. 

—Vamos, Flaherty —me dijo con tono quejoso e indignado—. ¿Qué es todo esto? ¿Qué demonios significa?
—Es una noticia —le dije—. Usted me envió por ella. Es lo que me contó Abramson. —Ya lo sé. Pero..., ¡un pájaro! ¿Qué historia es ésa?

Yo me encogí de hombros.

—Francamente, no lo sé. El doctor Abramson la consideró importante. ¿Y si el pobre se hubiese vuelto loco? Quizá tiene un roc en la cabeza.

Esto último era demasiado sutil para Smitty. Se rascó la nariz con la punta de un lápiz mientras mascullaba algo muy poco cortés respecto a los astrónomos en general y Abramson en particular.

—Supongo que no tendremos más remedio que publicarlo —dijo—. Pero no tengo el menor deseo de hacer el ridículo. Así es que dele usted un tono festivo y ligero. Así estaremos a salvo si intentan tomarnos el pelo.

Esto es lo que hicimos. Lo publicamos en una página interior sin omitir nada y con las fotografías de Abramson, como un artículo especial, de tono ligeramente humorístico, aunque sin burlarnos abiertamente de él. Después de todo, era el director del Observatorio. Pero tocamos con sordina todo el lado científico. Redacté de nuevo aquel cuento increíble en el estilo que solemos utilizar para dar informes sobre platillos volantes y hablar de la serpiente de mar.

Desde luego, este tono no era el más adecuado para que se lo tomasen en serio. Mas, para ser justos con Smitty, ¿cómo podía él saber que aquel cuento acabaría con todos los cuentos? ¿Que sería el mayor notición periodístico de su vida o de la de cualquier otro periodista?

Que el lector piense en la primera vez que lo leyó y sea sincero. ¿Se imaginaba, entonces, que aquello era cierto y que había que aceptarlo como el evangelio?

Pronto comprobamos nuestro error. La reacción producida por aquella disparatada historia fue rápida y sorprendente. Apenas llevaba una hora el Informativo en las calles cuando nuestros teléfonos comenzaron a sonar.

Esto, en sí, no era raro. Cualquier artículo fuera de lo corriente destapa una docena de chiflados. Debemos descontar la confirmación aportada por un astrónomo aficionado local que nos comunicó haber comprobado la veracidad de la observación de Abramson. Esta información, posiblemente seria, se vio sepultada bajo una docena de informes igualmente sinceros, pero a los que había que prestar mucho menos crédito, procedentes de otros tantos «testigos» visuales que también aseguraban haber visto un ave gigantesca que cruzaba los cielos durante la noche. La mitad de estos comunicantes describían las características del ave; uno de ellos aseguraba incluso haber oído su llamado.

Dos antiguos localizadores de aviones pertenecientes a la defensa civil nos llamaron para identificar el objeto como un B-29 y un super-reactor ruso. Aunque ambas identificaciones no coincidían, sus autores las presentaban con igual aplomo. Un miembro de la Sociedad Audubon identificó el pájaro con una figura de color rubí que, en su opinión, alguien había situado ante el telescopio cuando funcionó la cámara fotográfica. Un predicador ambulante de un oscuro culto se presentó en nuestra redacción para informarnos con gozo salvaje que aquél era el auténtico pájaro profetizado en el Libro de las Revelaciones y que el fin del mundo sonaría de un momento a otro.

Estos eran los chiflados. Pero lo que resulta extraño es que las llamadas que llegaron a nuestra redacción durante las próximas veinticuatro horas no proviniesen de desequilibrados ni fanáticos. Algunas eran de gran importancia, no sólo para sus instigadores, sino para el mundo científico y la Humanidad en general.

Habíamos enviado un extracto de la noticia a la Associated Press. Con gran asombro por nuestra parte, esa agencia nos solicitó inmediatamente más material informativo, incluyendo copias de las fotografías de Abramson. Las grandes revistas nacionales se mostraban aún más ansiosas. Enviaron por avión a sus redactores a la capital y habían pedido a Abramson una segunda versión de su relato, antes que nosotros pudiésemos darnos cuenta que habíamos lanzado la noticia más sensacional del año.

Entretanto, y lo que es aún más importante, los astrónomos esparcidos por todo el mundo enfocaron sus telescopios a la zona donde el Doctor Abramson había localizado el extraño objeto. Y antes de veinticuatro horas, para gran consternación de aquellos que, como Smitty y yo, habíamos considerado aquello como una broma descomunal, empezaron a llegar confirmaciones de todos los observatorios que gozaban de buenas condiciones para la observación. Por si aún fuese poco, los matemáticos comprobaron los cálculos de Abramson acerca de la velocidad y trayectoria del objeto. El pájaro, cuyo tamaño, según los cálculos, era mayor que el de cualquier planeta del Sistema Solar, se hallaba en la proximidades de Plutón..., y se acercaba al Sol a una velocidad de más de doscientos millones de kilómetros por día.

A fines de la primera semana, el pájaro era visible a través de un telescopio mediano. La historia fue creciendo como una bola de nieve que al rodar se llevaba todo cuanto encontraba a su paso. Un sujeto que se presentó como miembro de la Sociedad Forteana se presentó a nuestra redacción blandiendo un mamotreto en el que nos señaló una docena de párrafos que, según él, demostraban que objetos similares se habían visto en el cielo sobre diversos lugares del mundo, en un período que abarcaba varios centenares de años.

El Comité central de la P.T.A. publicó un quejumbroso manifiesto en el que lamentaba la existencia del periodismo sensacionalista y su funesto efecto sobre la juventud de nuestra patria. Las Hijas de la Revolución Americana aprobaron una resolución según la cual se calificaba a la extraña imagen como una nueva arma secreta de los dirigentes del Kremlin, pidiendo que se tomasen medidas inmediatas — indefinidas pero drásticas— por parte de las autoridades. Una junta especial de la Asociación local de Clérigos nos visitó para advertirnos que la patraña que habíamos puesto en circulación minaba la fe religiosa de la comunidad; nos pidieron que publicásemos una retractación completa en nuestro próximo número.

A aquellas alturas, esto constituía ya una completa imposibilidad. Antes de terminar la segunda semana, bastaban unos gemelos para ver aquella mancha negra en el cielo. A medianoche de la tercera semana se la podía distinguir a simple vista. En las calles se formaron compactos grupos cuando esto se supo y, los que estaban dotados de una vista de lince, aseguraban distinguir el rítmico batir de aquellas tremendas alas, que entonces eran ya familiares a todos debido a las docenas de fotografías que se habían publicado en todos los periódicos y revistas de alguna importancia.

El cadencioso batir de aquellas alas monstruosas era uno más de los misterios inexplicables —o inexplicables por el momento— que rodeaban a aquel ser del más allá. Por más que se esforzaban los físicos por asegurar que de nada sirven las alas en el vacío y que el vuelo alado sólo es posible donde existen corrientes aéreas sustentadoras, el hecho es que el pájaro volaba. Si aquellas alas colosales se agitaban, como algunos creían, en una atmósfera interestelar desconocida para la ciencia terrestre, o si batían sobre rayos de luz o haces de cuantos, como otros pretendían, esto no eran más que bagatelas ante aquel único hecho firme e incontrovertible: el pájaro volaba.

Al comenzar la cuarta semana, el ave del espacio alcanzó Júpiter y lo empequeñeció... Era un siniestro intruso negro, igual en tamaño a cualquiera de los vecinos cósmicos que el hombre conocía.
Abramson y yo estábamos a solas en su despacho. El astrónomo estaba fatigado y me pareció que algo enfermo. Su sonrisa era precaria y sus palabras habían perdido su viveza y animación.

—Bueno; ya tengo lo que quería, Flaherty —admitió—. Quería una acción pronta e inmediata..., y ya la tengo. Aunque no puedo imaginar para qué nos servirá. El mundo reconoce el peligro en que se halla, pero se ve impotente para conjurarlo.
—Ha atravesado el cinturón de asteroides —dije— y ahora se aproxima a Marte, sin dejar de avanzar hacia el Sol. Todos se preguntan por qué su presencia en el interior del Sistema Solar no altera las leyes de la mecánica celeste. Según dichas leyes, debiera haber producido un verdadero cataclismo. Un ser de ese tamaño, con su fuerza de atracción...
—Desecha los viejos conceptos, muchacho. Ahora nos enfrentamos con algo nuevo y extraño. ¿Quién conoce las leyes que gobiernan al Pájaro del Tiempo?
—¿El Pájaro del Tiempo? Me parece recordar esa frase.
—Claro. — Con voz lúgubre citó—: «El Ave del Tiempo apenas tiene luz para el vuelo y, ¡mira!..., ya sus alas está tendiendo al cielo».
—Eso es de los versos del Rubáiyát —dije, acordándome de pronto.
—Sí. Como usted sabe, Omar era astrónomo además de poeta. Debió de saber, o conjeturar, algo de esto. — Abramson indicó el cielo con un gesto—. A decir verdad, muchos antiguos parecían saber algo sobre esto. Durante estas últimas semanas he realizado muchas averiguaciones, Flaherty. Es sorprendente el número de referencias que se hallan en antiguos textos acerca de una enorme ave del espacio..., referencias que hasta hace poco no parecían tener mucha importancia, pero ahora encierran un significado muy grave.
—¿Puede citarme algunas?
—Son principalmente mitos y leyendas. Existieron en un centenar de razas desaparecidas. El mito maya de la golondrina del espacio, el Quetzalcoalt tolteca, el pájaro de fuego ruso, el fénix de los griegos.
—Aún no sabemos si es un pájaro —argüí.

Él se encogió de hombros.

—Poco importa que sea un pájaro, un mamífero gigante, un pterodáctilo o cualquier otro ser semejante construido a escala cósmica. Quizá sea una forma biológica ajena a todo cuanto conocemos, algo que sólo podemos intentar describir en términos terrestres mediante analogías conocidas. Los antiguos lo llamaron pájaro. Los fenicios rendían culto «al pájaro que era y volverá a ser». Los persas se refirieron al fabuloso roc. Existe una leyenda aramea sobre el ave gigantesca que gobierna y engendra mundos.
—¿Engendra a los mundos?
—¿Qué otra cosa podría motivar su venida? —inquirió el sabio—. ¿Es qué no le dice nada su enorme tamaño? —Me dirigió una pensativa mirada antes de añadir—. ¿Flaherty, qué es la Tierra?

La extraña pregunta me sorprendió.

—Pues el mundo en que vivimos. Un planeta.
—Sí. Pero, ¿qué es un planeta?
—Una unidad del Sistema Solar. Un miembro de la familia del Sol.
—¿Está usted seguro? ¿O se limita a repetir de memoria lo que le enseñaron en la escuela? 
—Sí, repito lo que me enseñaron. ¿Pero qué otra cosa podría ser?
—Nuestro globo —me respondió él a regañadientes— pudiera no formar parte de la familia solar. Se han esbozado muchas teorías, Flaherty, para explicar la existencia de la Tierra en este minúsculo segmento del universo que llamamos Sistema Solar. Ninguna de ellas puede demostrarse que sea falsa. Mas por otra parte, tampoco puede demostrarse que sean ciertas.

»Para empezar, tenemos la hipótesis nebular; la teoría según la cual la Tierra y sus planetas hermanos nacieron al contraerse el Sol. En realidad, eran pequeños glóbulos de materia solar que se enfriaron en órbitas abandonadas por su progenitor, que al condensarse se contraían. Un último retoque de esta teoría nos convierte en el producto de materiales procedentes de un sol gemelo al nuestro.

»Las teorías planetesimales y de las mareas están basadas en la presunción que, en tiempos remotísimos, otro sol pasó rozando al nuestro y que los planetas sólo son los retoños de aquel antiguo y ardiente encuentro en el espacio.

»Cada una de estas teorías tiene sus partidarios y sus detractores; cada una tiene sus comprobantes y sus dificultades. Ninguna de ellas puede demostrarse o refutarse totalmente.

»Pero... —y se agitó inquieto— existe otra posibilidad que, por cuanto he podido saber, nunca ha sido abordada, pese a que es tan válida como una cualquiera de las que he mencionado. Y a la luz de lo que ahora sabemos, me parece más probable que cualquier otra.

»Según esta teoría, ni la Tierra ni los restantes planetas tendrían algo que ver con el Sol. Ni forman ni han formado parte jamás de su familia. El Sol no sería más que una comodidad puesta en el espacio.

—¿Una comodidad? —pregunté con el ceño fruncido—. ¿Una comodidad para quién?
 —Para el pájaro —respondió Abramson sin la menor alegría—. Para el gran pájaro que es nuestro progenitor. Imagínese usted, Flaherty, que el Sol no es más que una incubadora cósmica. Y que el mundo sobre el que vivimos no es más que... un huevo.

Lo miré de hito a hito.

—¿Un huevo? ¡Qué cosa tan fantástica!
—¿Le parece fantástica? Pues mire esas fotografías, lea los artículos de los periódicos, vea con sus propios ojos cómo se aproxima el pájaro y después de esto diga: ¿puede existir algo más increíble aún que lo que nos está sucediendo?
—¡Pero un huevo! Los huevos tienen una forma característica, ovoide.
—Los huevos de algunos pájaros, sí. Pero los del chorlito tienen forma de pera, los de la ganga son cilíndricos y los del somormujo son bicónicos. Hay huevos en forma de huso y de lanza. Los huevos de los búhos y de los mamíferos son generalmente esferoides. Como lo es la Tierra.
—¡Pero los huevos tienen cáscara!
—La Tierra también. La corteza terrestre sólo tiene un espesor de sesenta y cinco kilómetros..., grosor que, para un cuerpo de su tamaño, es comparable totalmente al que tiene el cascarón de un huevo. Además, es un cascarón liso. La mayor altura terrestre está constituida por el Monte Everest, con ocho mil metros y algo más; su mayor profundidad es la fosa de las Carolinas en el Pacífico, con cerca de once mil. Una variación máxima de menos de veinte kilómetros. Para notar estas irregularidades en un modelo a escala reducida de la Tierra se requeriría el tacto delicadísimo de un ciego, pues ni la mayor altura ni la mayor profundidad serían apenas perceptibles.
—Sin embargo —dije con desesperación— no es posible que tenga usted razón. Ha pasado por alto el hecho más importante. ¡Los huevos contienen vida! Los huevos albergan los embriones del ser que los engendró. Los huevos se resquebrajan y...

Me interrumpí súbitamente. Abramson asintió, balanceándose en su vieja y crujiente silla giratoria, que crujía al compás de su monótono ademán de asentimiento. Había tristeza en su mirada y en su voz cuando dijo cansadamente:

—Aun así. Aun así...

Así fue como lancé mi segundo artículo sensacional. Aún fui lo bastante estúpido como para tratar de quitarle importancia; ahora no lo hubiera hecho. Aunque ahora todo me parece distinto. Creo que el lector me comprenderá. La llegada del pájaro fue algo tan extraordinario, tan descomunal, que empequeñeció e hizo parecer insignificante todo lo que antes nos parecía grande, importante y capaz de hacer temblar al mundo.

¡Capaz de hacer temblar al mundo!

Seré breve. Ya sé que relatar esta historia es perder el tiempo. Sin embargo, es posible que en ella existan algunos hechos aislados que el lector no conozca. Y, además, tengo que hacer algo, lo que sea, para dejar de pensar.

El lector recordará aquella fúnebre cuarta semana y la manera como el pájaro se iba acercando inexorablemente. Entonces fue cuando se resolvió llamarlo pájaro. Nadie estaba seguro de si era un ave u otro tipo de animal alado, pero los hombres están acostumbrados a dar nombres familiares a las cosas. Y aquella esbelta forma negra de tremendas alas, patas provistas de espolones y un pico largo, cruel y encorvado, parecía más un pájaro que otro animal cualquiera.

Además, había que tener en cuenta la teoría de Abramson sobre el mundo-huevo. El público, al conocerla, la puso en duda con la furiosa esperanza que fuese falsa..., pero temiendo en el fondo que fuera cierta. Importantes personajes preguntaron qué se podía hacer. Consultaron a Abramson y éste les dio su consejo, reconociendo que podía equivocarse. Pero si tenía razón, sólo había una esperanza de salvación: la vida que albergaba la Tierra en su seno debía ser extinguida.

Ante un comité especial nombrado por el presidente para hacer frente a la situación, Abramson dijo:
—Es mi creencia que el pájaro ha venido para buscar su cría, encerrada en el huevo que depositó Dios sabe cuántos millones de años hace, junto a esa cálida incubadora que es nuestro Sol. Su sabiduría o su instinto le dice que ha llegado el momento en que el polluelo debe romper el cascarón, y ha venido para ayudar a su cría a salir de su encierro.

»Pero sabemos que las hembras de los pájaros no rompen por sí solas el cascarón de sus huevos. Se limitan a ayudar al polluelo a salir de su cascarón, pero ellas nunca iniciarán la acción liberadora. Provistas de un curioso sentido, parecen saber cuáles son los huevos que no albergan vida en su interior, para apartarse de ellos sin tocarlos.

»Aquí, señores, reside nuestra única esperanza. La corteza terrestre tiene un espesor de sesenta y cinco kilómetros. Disponemos de nuestros ingenieros y técnicos; tenemos también la bomba atómica. Si la Humanidad tiene que vivir, el huésped del que nosotros solamente somos unos parásitos debe morir. Ésta es la solución que ofrezco. El resto os compete a vosotros.

Los dejó enzarzados en sus discusiones en el Capitolio de Washington y regresó a su casa. Según me dijo al día siguiente, abrigaba pocas esperanzas en que se llegase a un acuerdo concreto con tiempo suficiente. Creo que Abramson, por lo que pude ver, ya se había resignado a lo inevitable, entregando la Humanidad a su suerte con una triste sonrisa. Una vez me dijo que la burocracia había llegado a su final, sentenciándose a muerte con su propio papeleo.

Entretanto, el pájaro seguía avanzando hacia el Sol. Al día vigésimoctavo alcanzó su mayor proximidad con la Tierra y pasó de largo. Ni yo sé ni los científicos pudieron explicar por qué nuestro globo no saltó en pedazos a consecuencia de la atracción de aquella masa gigantesca. Quizás porque la ley de Newton no pasa de ser una teoría, sin aplicación práctica. No lo sé. Si hubiese tiempo, valdría la pena examinar de nuevo los hechos y descubrir la verdad acerca de ésta y otras cosas. Sea como fuere, la verdad es que sufrimos muy poco a causa de su proximidad. Hubo grandes mareas y fortísimos vendavales; las partes de la Tierra propensas a terremotos experimentaron algunos ligeros temblores. Y ahí terminó todo.

Entonces conseguimos una especie de tregua. Todo el mundo se acuerda de cómo el pájaro se detuvo en su vuelo inalterable para cernerse durante dos días enteros sobre el menor de los planetas de nuestro sistema..., el que llamamos Mercurio. En realidad, parecía como si buscase algo, volando en amplio círculo entre Mercurio y el Sol.

Abramson opinaba que buscaba algo, algo que no podía encontrar porque ya no se encontraba allí. Según dijo Abramson, unos astrónomos creían que en otros tiempos hubo un planeta que giraba entre Mercurio y el Sol. Algunos observadores del cielo lo vieron hasta fecha tan reciente como el siglo XVIII, llamándolo Vulcano. Este planeta había desaparecido; quizás cayó en el Sol, según opinaba Abramson. Y ésta es también la conclusión a que pareció llegar el pájaro, porque tras una inútil búsqueda, se alejó del Sol para acercarse al más próximo de sus retoños que aún permanecía intacto.
¿Debo recordar aquí lo que sucedió aquel día espantoso? Creo que no, pues ningún hombre viviente olvidará jamás lo que vio entonces. El pájaro se aproximó a Mercurio, deteniéndose para cernerse inmóvil sobre un planeta que parecía una simple mota bajo la sombra de aquellas alas gigantescas. En las calles, los hombres lo vieron. Yo lo vi con mayor detalle, porque estaba junto a Abramson en el observatorio de la Universidad, observando la escena con ayuda de un telescopio.

Vi la primera y delgada grieta que corrió por la superficie de Mercurio, y el curioso licor fluido que rezumaba de aquel mundo moribundo. Observé la espeluznante eclosión de aquel ser pequeño, húmedo y huesudo —grosero simulacro de su monstruosa madre—, del huevo en el que había permanecido durante un período de tiempo incalculable, pues tan largo era el período de gestación de un ser tan vasto como el espacio y tan antiguo como el tiempo. Vi como la madre tendía su gigantesco pico para ayudar a su cría a librarse de su cascarón, ya innecesario; me quedé horrorizado al ver salir de él al monstruoso engendro que agitó tímidamente sus alas aún inseguras, secándolas bajo los rayos abrasadores del astro que fue su incubadora.

Y vi como los desgarrados jirones de un mundo caían en espiral hacia el sol, que se convirtió en su pira mortuoria.

Fue entonces cuando finalmente la Humanidad se decidió a entrar en acción. Los que aún dudaban terminaron por convencerse, los que ponían objeciones al plan de Abramson, so pretexto de «gastos innecesarios» y proyectos disparatados, fueron reducidos al silencio. Quedaron olvidados egoísmos y ambiciones, diferencias políticas y luchas internas. El mundo condenado tembló al borde del abismo..., y una raza de parásitos decidió vender caras sus vidas.

En las grandes llanuras desérticas de Norteamérica se erigió frenéticamente el complicado mecanismo que debía realizar el más grande proyecto de la Humanidad: la Operación Vida. Llegaron hasta aquel desierto mineros, ingenieros, constructores, físicos nucleares, técnicos en operaciones de perforación y sondeo. Todos juntos comenzaron su tarea, trabajando noche y día con una celeridad que hasta entonces se había considerado imposible. Allí siguen trabajando en estos momentos, en este preciso instante, mientras yo escribo estas líneas. Luchan con desesperación para ganar un segundo, se esfuerzan por todos sus medios y recursos para alcanzar y destruir, antes que venga el pájaro, la vida que alberga nuestro mundo.

Hace una semana el pájaro se trasladó a Venus. Durante estos siete días hemos observado su progreso. No podemos ver gran cosa a través del velo de brumas eternas que rodea a nuestro planeta hermano, así que no sabemos en qué ha estado ocupado el pájaro durante un tiempo que nos ha sido precioso. Sea lo que sea lo que le ha retenido, estamos contentos con su demora. Esperamos y vigilamos. Y mientras vigilamos, no dejamos de trabajar. Y mientras trabajamos, elevamos nuestros ruegos al Cielo...

Así es que no puedo hablar propiamente de un fin de este relato. Como ya he dicho más arriba, no sé por qué me molesto en escribirlo. La solución aún no está preparada. Si triunfamos en nuestro empeño, habrá tiempo más que suficiente para referirlo todo con detalle..., el relato completo y bien documentado de la batalla que actualmente se libra en los cálidos arenales de Arizona. Y si fracasamos..., entonces este relato ya no tendrá ninguna razón de ser, pues no habrá nadie para leerlo.
Lo que más inquietud nos causa no es precisamente el pájaro. Si cuando venga desde Venus encuentra aquí un cascarón silencioso e inanimado, pasará de largo, según creemos y esperamos, en dirección a Marte, a Júpiter y los mundos exteriores.

Esperamos que así todo termine felizmente. Muy pronto nuestros taladros atravesarán la corteza terrestre, para penetrar más allá de ella y clavarse en los tegumentos del monstruo que dormita en el seno de nuestro mundo.

Mas otra inquietud nos atormenta. ¿Y si, antes que la madre se aproxime, su cría se despierta y trata de liberarse del cascarón que lo aprisiona? Si tal cosa ocurriese, nos ha advertido Abramson, nuestro trabajo debe proseguirse con la celeridad del rayo. En cuanto la cría comience a golpear, hay que matarla..., o de lo contrario la suerte de la Humanidad está echada.

Y he aquí la otra razón que me impele a escribir: evitar que me asedien pensamientos que no quiero oír. Porque...

Porque a primeras horas de esta mañana se han empezado a escuchar golpes en la tierra...


lunes, 22 de julio de 2013

El tigre - William Blake

Anoche estaba viendo una serie nueva por televisión y recitaban este poema de William Blake en inglés; me pareció bonito para compartirlo. Ya había publicado un trabajo suyo hace tiempo: Cantos de Inocencia (1789). "El tigre" aparece en "Cantos de Experiencia" (1794) que subiré completo en algún momento. 
A continuación de la traducción al español incluí el poema en idioma original.


El tigre

¡Tigre!, ¡Tigre!, brillo ardiente
En los bosques de la noche,
¿Qué inmortal mano, qué ojo
Forjó tu atroz simetría?

¿En qué abismos, en qué cielos
Ardió el fuego de tus ojos?
¿En qué alas osó alzarse?
¿Qué mano osó el fuego asir?

¿Y qué hombro, y qué arte,
Torció fibras de tu pecho?
Y al latir tu corazón,
¿Qué atroz mano, qué atroz pie?

¿Qué martillo, qué cadena?
¿Qué horno forjó tu seso?
¿En qué yunque?, ¿qué atroz puño
Su terror mortal ciñó?

Cuando los astros lanzaron a la tierra sus saetas
Anegando el cielo en lágrimas,
¿Él sonrió al ver su obra?
¿Aquel que hizo al Cordero, a ti te hizo también?

¡Tigre!, ¡Tigre!, brillo ardiente
En los bosques de la noche,
¿Qué inmortal mano, qué ojo
Fraguó tu atroz simetría?
   

The tiger

TIGER, tiger, burning bright In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry?

In what distant deeps or skies
Burnt the fire of thine eyes?
On what wings dare he aspire?
What the hand dare seize the fire?

And what shoulder and what art
Could twist the sinews of thy heart?
And when thy heart began to beat,
What dread hand and what dread feet?

What the hammer? what the chain?
In what furnace was thy brain?
What the anvil? What dread grasp
Dare its deadly terrors clasp?

When the stars threw down their spears,
And water'd heaven with their tears,
Did He smile His work to see?
Did He who made the lamb make thee?

Tiger, tiger, burning bright
In the forests of the night,
What immortal hand or eye
Dare frame thy fearful symmetry?

domingo, 21 de julio de 2013

Noches lúgubres - José Cadalso y Vázquez de Andrade

José Cadalso y Vázquez de Andrade fue un escritor español que vivió entre 1741 y 1782. También dedicó gran parte de su vida a la carrera militar.
"Noches lúgubres" fue escrita en 1775 pero se publicó de manera póstuma y por partes en un diario de Madrid entre 1789 y 1790. El manuscrito original y las primeras ediciones incluyen tres noches, la tercera sin terminar. Sin embargo, en algún momento de 1815 se publicó la tercera noche completa y más adelante una cuarta noche. Por supuesto, se trata de "noches" no escritas por el autor original.
Si bien fue un escritor del SXVIII y representante de la ilustración, sus obras fueron muy valoradas dentro del movimiento romántico (SXIX). El romanticismo surgió como contraposición al racionalismo de la ilustración; los románticos priorizaban los sentimientos - me atrevo a decir que de manera un tanto exagerada -, los racionalistas los despreciaban - también de manera exagerada... -. Algunos lo consideran el iniciador del romanticismo en España.  
No les voy a adelantar el argumento de "Noches lúgubres", sólo les diré que los temas que toca alimentaron un mito urbano: ¡que Cadalso era profanador de tumbas!.
La edición que les traigo corresponde a la de 1789-1790
 


Noches lúgubres


PERSONAJES


TEDIATO.
LORENZO.
NIÑO.
LA JUSTICIA.
SEPULTURERO.
CARCELERO.


Noche primera
 
TEDIATO y un SEPULTURERO

               
Diálogo
TEDIATO.-  ¡Qué noche! La oscuridad, el silencio pavoroso, interrumpido por los lamentos que se oyen en la vecina cárcel, completan la tristeza de mi corazón. El cielo también se conjura contra mi quietud, si alguna me quedara. El nublado crece. La luz de esos relámpagos..., ¡qué horrorosa! Ya truena. Cada trueno es mayor que el que le antecede, y parece producir otro más cruel. El sueño, dulce intervalo en las fatigas de los hombres, se turba. El lecho conyugal, teatro de delicias; la cuna en que se cría la esperanza de las casas; la descansada cama de los ancianos venerables; todo se inunda en llanto..., todo tiembla. No hay hombre que no se crea mortal en este instante... ¡Ay, si fuese el último de mi vida, cuán grato sería para mí! ¡Cuán horrible ahora! ¡Cuán horrible! Más lo fue el día, el triste día que fue causa de la escena en que ahora me hallo.
Lorenzo no viene. ¿Vendrá, acaso? ¡Cobarde! ¿Le espantará este aparato que Naturaleza le ofrece? No ve lo interior de mi corazón... ¡Cuánto más se horrorizaría! ¿Si la esperanza del premio le traerá? Sin duda..., el dinero... ¡Ay, dinero, lo que puedes! Un pecho sólo se te ha resistido... Ya no existe... Ya tu dominio es absoluto... Ya no existe el solo pecho que se te ha resistido.
Las dos están al caer... Ésta es la hora de cita para Lorenzo... ¡Memoria! ¡Triste memoria! ¡Cruel memoria! Más tempestades formas en mi alma que nubes en el aire. También ésta es la hora en que yo solía pisar estas mismas calles en otros tiempos muy diferentes de éstos. ¡Cuán diferentes! Desde aquélla a éstos todo ha mudado en el mundo; todo, menos yo.
¿Si será de Lorenzo aquella luz trémula y triste que descubro? Suya será. ¿Quién sino él, y en este lance, y por tal premio, saldría de su casa? Él es. El rostro pálido, flaco, sucio, barbado y temeroso; el azadón y pico que trae al hombro, el vestido lúgubre, las piernas desnudas, los pies descalzos, que pisan con turbación; todo me indica ser Lorenzo, el sepulturero del templo, aquel bulto, cuyo encuentro horrorizaría a quien le viese. Él es, sin duda; se acerca; desembózome, y le enseño mi luz. Ya llega. ¡Lorenzo! ¡Lorenzo!
LORENZO.-   Yo soy. Cumplí mi palabra. Cumple ahora tú la tuya: ¿el dinero que me prometiste?
TEDIATO.-  Aquí está. ¿Tendrás valor para proseguir la empresa, como me lo has ofrecido?
LORENZO.-  Sí; porque tú también pagas el trabajo.
TEDIATO.-  ¡Interés, único móvil del corazón humano! Aquí tienes el dinero que te prometí. Todo se hace fácil cuando el premio es seguro; pero el premio es justo una vez ofrecido.
LORENZO.-  ¡Cuán pobre seré cuando me atreví a prometerte lo que voy a cumplir! ¡Cuánta miseria me oprime! Piénsala tú, y yo... harto haré en llorarla. Vamos.
TEDIATO.-  ¿Traes la llave del templo?
LORENZO.-  Sí; ésta es.
TEDIATO.-  La noche es tan oscura y espantosa.
LORENZO.-  Y tanto, que tiemblo y no veo.
TEDIATO.-  Pues dame la mano y sigue; te guiaré y te esforzaré.
LORENZO.-  En treinta y cinco años que soy sepulturero, sin dejar un solo día de enterrar alguno o algunos cadáveres, nunca he trabajado en mi oficio hasta ahora con horror.
TEDIATO.-  Es que en ella me vas a ser útil; por eso te quita el cielo la fuerza del cuerpo y del ánimo. Ésta es la puerta.
LORENZO.-  ¡Que tiemble yo!
TEDIATO.-  Anímate... Imítame.
LORENZO.-  ¿Qué interés tan grande te mueve a tanto atrevimiento? Paréceme cosa difícil de entender.
TEDIATO.-  Suéltame el brazo. Como me lo tienes asido con tanta fuerza, no me dejas abrir con esta llave... Ella parece también resistirse a mi deseo... Ya abre, entremos.
LORENZO.-  Sí..., entremos... ¿He de cerrar por dentro?
TEDIATO.-  No; es tiempo perdido y nos pudieran oír. Entorna solamente la puerta porque la luz no se vea desde afuera si acaso pasa alguno..., tan infeliz como yo, pues de otro modo no puede ser.
LORENZO.-  He enterrado por mis manos tiernos niños, delicias de sus mayores; mozos robustos, descanso de sus padres ancianos; doncellas hermosas, y envidiadas de las que quedaban vivas; hombres en lo fuerte de su edad, y colocados en altos empleos; viejos venerables, apoyos del Estado... Nunca temblé. Puse sus cadáveres entre otros muchos ya corruptos, rasgué sus vestiduras en busca de alguna alhaja de valor; apisoné con fuerza y sin asco sus fríos miembros, rompiles las cabezas y huesos; cubrilos de polvo, ceniza, gusanos y podre, sin que mi corazón palpitase..., y ahora, al pisar estos umbrales, me caigo..., al ver el reflejo de esa lámpara me deslumbro..., al tocar esos mármoles me hielo..., me avergüenzo de mi flaqueza. No la refieras a mis compañeros. ¡Si lo supieran, harían mofa de mi cobardía!
TEDIATO.-  Más harían de mí los míos, al ver mi arrojo. ¡Insensatos, qué poco saben!... ¡Ah! Me serían tan odiosas por su dureza como yo sería necio en su concepto por mi pasión.
LORENZO.-  Tu valor me alienta. Mas ¡ay, nuevo espanto! ¿Qué es aquello? Presencia humana tiene... Crece conforme nos acercamos... Otro fantasma más le sigue... ¿Qué será? Volvamos mientras podemos; no desperdiciemos las pocas fuerzas que aún nos quedan... Si aún conservamos algún valor, válganos para huir.
TEDIATO.-  ¡Necio! Lo que te espanta es tu misma sombra con la mía, que nacen de la postura de nuestros cuerpos respecto de aquella lámpara. Si el otro mundo abortase esos prodigiosos entes, a quienes nadie ha visto, y de quienes todos hablan, sería el bien o el mal que nos traerían siempre inevitables. Nunca los he hallado; los he buscado.
LORENZO.-  ¡Si los vieras!
TEDIATO.-  Aún no creería a mis ojos. Juzgara tales fantasmas monstruos producidos por una fantasía llena de tristeza. ¡Fantasía humana, fecunda sólo en quimeras, ilusiones y objetos de terror! La mía me los ofrece tremendos en estas circunstancias... Casi bastan a apartarme de mi empresa.
LORENZO.-  Eso dices porque no los has visto; si los vieras, temblaras aún más que yo.
TEDIATO.-  Tal vez en aquel instante, pero en el de la reflexión me aquietara. Si no tuviese miedo de malgastar estas pocas horas, las más preciosas de mi vida, y tal vez las últimas de ella, te contara con gusto cosas capaces de sosegarte...; pero dan las dos... ¡Qué sonido tan triste el de esa campana! El tiempo urge. Vamos, Lorenzo.
LORENZO.-  ¿Adónde?
TEDIATO.-  A aquella sepultura; sí, a abrirla.
LORENZO.-  ¿A cuál?
TEDIATO.-  A aquélla.
LORENZO.-  ¿A cuál? ¿A aquella humilde y baja? Pensé que querías abrir aquel monumento alto y ostentoso, donde enterré pocos días ha al duque de Faustotimbrado, que había sido muy hombre de palacio y, según sus criados me dijeron, había tenido en vida el manejo de cosas grandes. Figuróseme que la curiosidad o interés te llevaba a ver si encontrabas algunos papeles ocultos, que tal vez se enterrasen con su cuerpo. He oído, no sé dónde, que ni aun los muertos están libres de las sospechas y aun envidias de los cortesanos.
TEDIATO.-  Tan despreciables son para mí muertos como vivos, en el sepulcro como en el mundo, podridos como triunfantes, llenos de gusanos como rodeados de aduladores... No me distraigas... Vamos, te digo otra vez, a nuestra empresa.
LORENZO.-  No; pues al túmulo inmediato a ése, y donde yace el famoso indiano, tampoco tienes que ir; porque aunque en su muerte no se le halló la menor parte de caudal que se le suponía, me consta que no enterró nada consigo, porque registré su cadáver: no se halló siquiera un doblón en su mortaja.
TEDIATO.-  Tampoco vendría yo de mi casa a su tumba por todo el oro que él trajo de la infeliz América a la tirana Europa.
LORENZO.-  Sí será, pero no extrañaría yo que vinieses en busca de su dinero. Es tan útil en el mundo...
TEDIATO.-  Poca cantidad, sí, es útil, pues nos alimenta, nos viste y nos da las pocas cosas necesarias a la breve y mísera vida del hombre; pero mucha es dañosa.
LORENZO.-  ¡Hola! ¿Y por qué?
TEDIATO.-  Porque fomenta las pasiones, engendra nuevos vicios y a fuerza de multiplicar delitos invierte todo el orden de la Naturaleza; y lo bueno se sustrae de su dominio sin el fin dichoso... Con él no pudieron arrancarme mi dicha. ¡Ay! Vamos.
LORENZO.-  Sí, pero antes de llegar allá hemos de tropezar en aquella otra sepultura, y se me eriza el pelo cuando paso junto a ella.
TEDIATO.-  ¿Por qué te espanta esa más que cualquiera de las otras?
LORENZO.-  Porque murió de repente el sujeto que en ella se enterró. Estas muertes repentinas me asombran.
TEDIATO.-  Debiera asombrarte el poco número de ellas. Un cuerpo tan débil como el nuestro, agitado por tantos humores, compuesto de tantas partes invisibles, sujeto a tan frecuentes movimientos, lleno de tantas inmundicias, dañado por nuestros desórdenes y, lo que es más, movido por una alma ambiciosa, envidiosa, vengativa, iracunda, cobarde y esclava de tantos tiranos..., ¿qué puede durar? ¿Cómo puede durar? No sé cómo vivimos. No suena campana que no me parezca tocar a muerto. A ser yo ciego, creería que el color negro era el único de que se visten... ¿Cuántas veces muere un hombre de un aire que no ha movido la trémula llama de una lámpara? ¿Cuántas de una agua que no ha mojado la superficie de la tierra? ¿Cuántas de un sol que no ha entibiado una fuente? ¡Entre cuántos peligros camina el hombre el corto trecho que hay de la cuna al sepulcro! Cada vez que siento el pie, me parece hundirse el suelo, preparándome una sepultura... Conozco dos o tres hierbas saludables; las venenosas no tienen número. Sí, sí..., el perro me acompaña, el caballo me obedece, el jumento lleva la carga..., ¿y qué? El león, el tigre, el leopardo, el oso, el lobo e innumerables otras fieras nos prueban nuestra flaqueza deplorable.
LORENZO.-  Ya estamos donde deseas.
TEDIATO.-  Mejor que tu boca, me lo dice mi corazón. Ya piso la losa, que he regado tantas veces con mi llanto y besado tantas veces con mis labios. Ésta es. ¡Ay, Lorenzo! Hasta que me ofreciste lo que ahora me cumples, ¡cuántas tardes he pasado junto a esta piedra, tan inmóvil como si parte de ella fuesen mis entrañas! Más que sujeto sensible, parecía yo estatua, emblema del dolor. Entre otros días, uno se me pasó sobre ese banco. Los que cuidan de este templo, varias veces me habían sacado del letargo, avisándome ser la hora en que se cerraban las puertas. Aquel día olvidaron su obligación y mi delirio: fuéronse y me dejaron. Quedé en aquellas sombras, rodeado de sepulcros, tocando imágenes de muerte, envuelto en tinieblas, y sin respirar apenas, sino los cortos ratos que la congoja me permitía, cubierta mi fantasía, cual si fuera con un negro manto de densísima tristeza. En uno de estos amargos intervalos, yo vi, no lo dudes, yo vi salir de un hoyo inmediato a ése un ente que se movía, resplandecían sus ojos con el reflejo de esa lámpara, que ya iba a extinguirse. Su color era blanco, aunque algo ceniciento. Sus pasos eran pocos, pausados y dirigidos a mí... Dudé... Me llamé cobarde... Me levanté..., y fui a encontrarle... El bulto proseguía, y al ir a tocarle yo, y él a mí..., óyeme...
LORENZO.-  ¿Qué hubo, pues?
TEDIATO.-  Óyeme... Al ir a tocarle yo y él horroroso vuelto a mí, en aquel lance de tanta confusión... apagose del todo la luz.
LORENZO.-  ¿Qué dices? ¿Y aún vives?
TEDIATO.-  Sí; y con grande atención.
LORENZO.-  En aquel apuro, ¿qué hiciste? ¿Qué pudiste hacer?
TEDIATO.-  Me mantuve en pie, sin querer perder el terreno que había ganado a costa de tanto arrojo y valentía. Era invierno. Las doce serían cuando se esparció la oscuridad por el templo; oí la una..., las dos..., las tres..., las cuatro... Siempre haciendo el oído el mismo oficio de la vista.
LORENZO.-  ¿Qué oíste? Acaba, que me estremezco.
TEDIATO.-  Una especie de resuello no muy libre. Procurando tentar, conocí que el cuerpo del bulto huía de mi tacto. Mis dedos parecían mojados en sudor frío y asqueroso; y no hay especie de monstruo, por horrendo, extravagante e inexplicable que sea, que no se me presentase. Pero ¿qué es la razón humana si no sirve para vencer a todos los objetos y aun a sus mismas flaquezas? Vencí todos estos espantos. Pero la primera impresión que hicieron, el llanto derramado antes de la aparición, la falta de alimento, la frialdad de la noche y el dolor que tantos días antes rasgaba mi corazón, me pusieron en tal estado de debilidad, que caí desmayado en el mismo hoyo de donde había salido el objeto terrible. Allí me hallé por la mañana en brazos de muchos concurrentes piadosos que habían acudido a dar al Criador las alabanzas y cantar los himnos acostumbrados. Lleváronme a mi casa, de donde volví en breve al mismo puesto. Aquella misma tarde hice conocimiento contigo y me prometiste lo que ahora va a finalizar.
LORENZO.-  Pues esa misma tarde eché menos en casa (poco te importará lo que voy a decirte, pero para mí es el asunto de más importancia), eché menos un mastín que suele acompañarme, y no pareció hasta el día siguiente. ¡Si vieras qué ley me tiene! Suele entrarse conmigo en el templo, y mientras hago la sepultura, ni se aparta un instante de mí. Mil veces, tardando en venir los entierros, le he solido dejar echado sobre mi capa, guardando la pala, el azadón y demás trastos de mi oficio.
TEDIATO.-  No prosigas, me basta lo dicho. Aquella tarde no se hizo el entierro. Te fuiste, el perro se durmió dentro del hoyo mismo. Entrada ya la noche se despertó, nos encontramos solos él y yo en la iglesia (mira qué causa tan trivial para un miedo tan fundado al parecer), no pudo salir entonces, y lo ejecutaría al abrir las puertas y salir el sol, lo que yo no pude ver por causa de mi desmayo.
LORENZO.-  Ya he empezado a alzar la losa de la tumba. Pesa infinito. ¡Si verás en ella a tu padre! Mucho cariño le tienes cuando por verle pasas una noche tan dura... Pero ¡el amor de hijo! Mucho merece un padre.
TEDIATO.-  ¡Un padre! ¿Por qué? Nos engendran por su gusto, nos crían por obligación, nos educan para que los sirvamos, nos casan para perpetuar sus nombres, nos corrigen por caprichos, nos desheredan por injusticia, nos abandonan por vicios suyos.
LORENZO.-  Será tu madre... Mucho debemos a una madre.
TEDIATO.-  Aún menos que al padre. Nos engendran también por su gusto, tal vez por su incontinencia. Nos niegan el alimento de la leche, que Naturaleza las dio para este único y sagrado fin, nos vician con su mal ejemplo, nos sacrifican a sus intereses, nos hurtan las caricias que nos deben y las depositan en un perro o en un pájaro.
LORENZO.-  ¿Algún hermano tuyo te fue tan unido que vienes a visitar los huesos?
TEDIATO.-  ¿Qué hermano conocerá la fuerza de esta voz? Un año más de edad, algunas letras de diferencia en el nombre, igual esperanza de gozar un bien de dudoso derecho y otras cosas semejantes imprimen tal odio en los hermanos que parecen fieras de distintas especies y no frutos de un vientre mismo.
LORENZO.-  Ya caigo en lo que puede ser: aquí yace sin duda algún hijo que se te moriría en lo más tierno de su edad.
TEDIATO.-  ¡Hijos! ¡Sucesión! Éste que antes era tesoro con que Naturaleza regalaba a sus favorecidos, es hoy un azote con que no debiera castigar sino a los malvados. ¿Qué es un hijo? Sus primeros años..., un retrato horrendo de la miseria humana. Enfermedad, flaqueza, estupidez, molestia y asco... Los siguientes años..., un dechado de los vicios de los brutos, poseídos en más alto grado..., lujuria, gula, inobediencia... Más adelante, un pozo de horrores infernales..., ambición, soberbia, envidia, codicia, venganza, traición y malignidad; pasando de ahí... Ya no se mira el hombre como hermano de los otros, sino como a un ente supernumerario en el mundo. Créeme, Lorenzo, créeme. Tú sabrás cómo son los muertos, pues son el objeto de tu trato...; yo sé lo que son los vivos... Entre ellos me hallo con demasiada frecuencia... Éstos son..., no..., no hay otros; todos a cual peor... Yo sería peor que todos ellos si me hubiera dejado arrastrar de sus ejemplos.
LORENZO.-  ¡Qué cuadro el que pintas!
TEDIATO.-  La Naturaleza es el original; no adulo, pero tampoco la agravio. No te canses, Lorenzo. Nada significan esas voces que oyes de padre, madre, hermano, hijo y otras tales; y si significan el carácter que vemos en los que así se llaman, no quiero ser ni tener hijo, hermano, padre, madre, ni me quiero a mí mismo, pues algo he de ser de todo esto.
LORENZO.-  No me queda que preguntarte más que una cosa; y es, a saber, si buscas el cadáver de algún amigo.
TEDIATO.-  ¿Amigo? ¿Eh? ¿Amigo? ¡Qué necio eres!
LORENZO.-  ¿Por qué?
TEDIATO.-  Sí; necio eres, y mereces compasión, si crees que esa voz tenga el menor sentido. ¡Amigos! ¡Amistad! Esa virtud sola haría feliz a todo el género humano. Desdichados son los hombres desde el día que la desterraron o que ella los abandonó. Su falta es el origen de todas las turbulencias de la sociedad. Todos quieren parecer amigos; nadie lo es. En los hombres, la apariencia de la amistad es lo que en las mujeres el afeite y composturas. Belleza fingida y engañosa... Nieve que cubre un muladar... Darse las manos y rasgarse los corazones; ésta es la amistad que reina. No te canses; no busco el cadáver de persona alguna de los que puedes juzgar. Ya no es cadáver.
LORENZO.-  Pues si no es cadáver, ¿qué buscas? Acaso tu intento sería hurtar las alhajas del templo, que se guardan en algún soterráneo, cuya puerta te se figura ser la losa que empiezo a levantar.
TEDIATO.-  Tu inocencia te sirva de excusa. Queden en buena hora esas alhajas establecidas por la piedad y trabaja con más brío.
LORENZO.-  Ayúdame; mete ese otro pico por allí y haz fuerza conmigo.
TEDIATO.-  ¿Así?
LORENZO.-  Sí, de este modo. Ya va en buen estado.
TEDIATO.-  ¿Quién me diría dos meses ha que me había de ver en este oficio? Pasáronse más aprisa que el sueño, dejándome tormento al despertar, desapareciéronse como humo que deja las llamas abajo y se pierde en el aire. ¿Qué haces, Lorenzo?
LORENZO.-  ¡Qué olor! ¡Qué peste sale de la tumba! No puedo más.
TEDIATO.-  No me dejes; no me dejes, amigo. Yo solo no soy capaz de mantener esta piedra.
LORENZO.-  La abertura que forma ya da lugar para que salgan esos gusanos que se ven con la luz de mi farol.
TEDIATO.-  ¡Ay, qué veo! Todo mi pie derecho está cubierto de ellos. ¡Cuánta miseria me anuncian! En éstos, ¡ay!, ¡en éstos se ha convertido tu carne! ¡De tus hermosos ojos se han engendrado estos vivientes asquerosos! ¡Tu pelo, que en lo fuerte de mi pasión llamé mil veces no sólo más rubio, sino más precioso que el oro, ha producido esta podre! ¡Tus blancas manos, tus labios amorosos se han vuelto materia y corrupción! ¡En qué estado estarán las tristes reliquias de tu cadáver! ¡A qué sentido no ofenderá la misma que fue el hechizo de todos ellos!
LORENZO.-  Vuelvo a ayudarte, pero me vuelca ese vapor... Ahora empieza. Más, más, más; ¿qué lloras? No pueden ser sino lágrimas tuyas las gotas que me caen en las manos... ¡Sollozas! ¡No hablas! Respóndeme.
TEDIATO.-  ¡Ay! ¡Ay!
LORENZO.-  ¿Qué tienes? ¿Te desmayas?
TEDIATO.-  No, Lorenzo.
LORENZO.-  Pues habla. Ahora caigo en quién es la persona que se enterró aquí... ¿Eras pariente suyo? No dejes de trabajar por eso. La losa está casi vencida, y por poco que ayudes, la volcaremos, según vemos. Ahora, ahora, ¡ay!
TEDIATO.-  Las fuerzas me faltan.
LORENZO.-  Perdimos lo adelantado.
TEDIATO.-  Ha vuelto a caer.
LORENZO.-  Y el sol va saliendo, de modo que estamos en peligro de que vayan viniendo las gentes y nos vean.
TEDIATO.-  Ya han saludado al Criador algunas campanas de los vecinos templos en el toque matutino. Sin duda lo habrán ya ejecutado los pájaros en los árboles con música más natural y más inocente y, por tanto, más digna. En fin, ya se habrá desvanecido la noche. Sólo mi corazón aún permanece cubierto de densas y espantosas tinieblas. Para mí nunca sale el sol. Las horas todas se pasan en igual oscuridad para mí. Cuantos objetos veo en lo que llaman día, son a mi vista fantasmas, visiones y sombras cuando menos...; algunos son furias infernales.
Razón tienes. Podrán sorprendernos. Esconde ese pico y ese azadón. No me faltes mañana a la misma hora y en el propio puesto. Tendrás menos miedo, menos tiempo se perderá. Vete, te voy siguiendo.
Objeto antiguo de mis delicias... ¡Hoy objeto de horror para cuantos te vean! Montón de huesos asquerosos... ¡En otros tiempos conjunto de gracias! ¡Oh tú, ahora imagen de lo que yo seré en breve! Pronto volveré a tu tumba, te llevaré a mi casa, descansarás en un lecho junto al mío; morirá mi cuerpo junto a ti, cadáver adorado, y expirando incendiaré mi domicilio, y tú y yo nos volveremos ceniza en medio de las de la casa.
 


 
Noche segunda

 TEDIATO, la JUSTICIA y después un CARCELERO

               
Diálogo
TEDIATO.-  ¡Qué triste me ha sido ese día! Igual a la noche más espantosa me ha llenado de pavor, tedio, aflicción y pesadumbre. ¡Con qué dolor han visto mis ojos la luz del astro, a quien llaman benigno los que tienen el pecho menos oprimido que yo! El sol, la criatura que dicen menos imperfecta imagen del Criador, ha sido objeto de mi melancolía. El tiempo que ha tardado en llevar sus luces a otros climas me ha parecido tormento de duración eterna... ¡Triste de mí! Soy el solo viviente a quien sus rayos no consuelan. Aun la noche, cuya tardanza me hacía tan insufrible la presencia del sol, es menos gustosa, porque en algo se parece al día. No está tan oscura como yo quisiera. ¡La luna! ¡Ah, luna! Escóndete, no mires en este puesto al más infeliz mortal.
¡Que no se hayan pasado más que dieciséis horas desde que dejé a Lorenzo! ¿Quién lo creyera? ¡Tales han sido para mí! Llorar, gemir, delirar... Los ojos fijos en su retrato, las mejillas bañadas en lágrimas, las manos juntas pidiendo mi muerte al cielo, las rodillas flaqueando bajo el peso de mi cuerpo, así desmayado; sólo un corto resuello me distinguía de un cadáver. ¡Qué asustado quedó Virtelio, mi amigo, al entrar en mi cuarto y hallarme de esa manera! ¡Pobre Virtelio! ¡Cuánto trabajaste para hacerme tomar algún alimento! Ni fuerza en mis manos para tomar el pan, ni en mis brazos para llevarlo a la boca, si alguna vez llegaba. ¡Cuán amargos son bocados mojados con lágrimas! Instante..., me mantuve inmóvil. Se fue sin duda cansado... ¿Quién no se cansa de un amigo como yo, triste, enfermo, apartado del mundo, objeto de la lástima de algunos, del menosprecio de otros, de la burla de muchos? ¡Qué mucho me dejase! Lo extraño es que me mirase alguna vez. ¡Ah, Virtelio! ¡Virtelio! Pocos instantes más que hubieses permanecido mío, te hubieran dado fama de amigo verdadero. Pero ¿de qué te serviría? Hiciste bien en dejarme; también te hubiera herido la mofa de los hombres. Dejar a un amigo infeliz, conjurarte con la suerte contra un triste, aplaudir la inconstancia del mundo, imitar lo duro de las entrañas comunes, acompañar con tu risa la risa universal, que es eco de los llantos de un mísero... Sigue, sigue... Éste es el camino de la fortuna... Adelántate a los otros: admirarán tu talento. Yo le vi salir... Murmuraba de la flaqueza de mi ánimo. La Naturaleza sin duda murmuraba de la dureza del suyo. Éste es el menos pérfido de todos mis amigos; otros ni aun eso hicieron. Tediato se muere, dirían unos; otros repetirían: se muere Tediato. De mi vida y de mi muerte hablarían como del tiempo bueno o malo suelen hablar los poderosos, no como los pobres a quien tanto importa el tiempo. La luz del sol, que iba faltando, me sacó del letargo cruel. La tiniebla me traía el consuelo que arrebata a todo el mundo. Todo el consuelo que siente toda la naturaleza al parecer el sol, le sentí todo junto al ponerse. Dije mil veces preparándome a salir: bienvenida seas, noche, madre de delitos, destructora de la hermosura, imagen del caos de que salimos. Duplica tus horrores; mientras más densas, más gustosas me serán tus tinieblas. No tomé alimento; no enjugué las lágrimas; púseme el vestido más lúgubre; tomé este acero, que será..., ¡ay!, sí; será quien consuele de una vez todas mis cuitas. Vine a este puesto; espero a Lorenzo.
Desengañado de las visiones y fantasmas, duendes, espíritus y sombras, me ayudará con firmeza a levantar la losa; haré el robo... ¡El robo! ¡Ay! Era mía; sí, mía; yo, suyo. No, no, la agravio; me agravio: éramos uno. Su alma, ¿qué era sino la mía? La mía, ¿qué era sino la suya? Pero ¿qué voces se oyen? Muere, muere, dice una de ellas. ¡Qué me matan!, dice otra voz. Hacia mí vienen corriendo varios hombres. ¿Qué haré? ¿Qué veo? El uno cae herido al parecer... Los otros huyen retrocediendo por donde han venido. Hasta mis plantas viene batallando con las ansias de la muerte. ¿Quién eres? ¿Quién eres? ¿Quiénes son los que te siguen? ¿No respondes? El torrente de sangre que arroja por boca y por herida me mancha todo... Es muerto, ha expirado asido de mi pierna. Siento pasos a este otro lado. Mucha gente llega; el aparato es de ser comitiva de la justicia.
JUSTICIA.-  Pues aquí está el cadáver, y ese hombre está ensangrentado, tiene la espada en la mano, y con la otra procura desasirse del muerto, parece indicar no ser otro el asesino. Prended a ese malvado. Ya sabéis lo importante de este caso. El muerto es un personaje cuyas calidades no permiten el menor descuido de nuestra parte. Sabéis los antecedentes de este asesinato que se proponían. Atadle. Desde esta noche te puedes contar por muerto, infame. Sí, ese rostro, lo pálido de su semblante, su turbación, todo indica, o aumenta los indicios que ya tenemos... En breve tendrás muerte ignominiosa y cruel.
TEDIATO.-  Tanto más gustosa... Por extraño camino me concede el cielo lo que le pedí días ha con todas mis veras...
JUSTICIA.-  ¡Cuál se complace con su delito!
TEDIATO.-  ¡Delito! Jamás le tuve. Si lo hubiera tenido, él mismo hubiera sido mi primer verdugo, lejos de complacerme en él. Lo que me es gustosa es la muerte... Dádmela cuanto antes, si os merezco alguna misericordia. Si no sois tan benigno, dejadme vivir; ése será mi mayor tormento. No obstante, si alguna caridad merece un hombre, que la pide a otro hombre, dejadme un rato llegar más cerca de ese templo, no por valerme de su asilo, sino por ofrecer mi corazón a...
JUSTICIA.-  Tu corazón en que engendras maldades.
TEDIATO.-  No injuries a un infeliz; mátame sin afrentarme. Atormenta mi cuerpo, en quien tienes dominio, no insultes una alma que tengo más noble..., un corazón más puro..., sí, más puro, más digna habitación del Ser Supremo, que el mismo templo en que yo quería... Ya nada quiero... Haz lo que quieras de mí... No me preguntes quién soy, cómo vine aquí, qué hacía, qué intentaba hacer, y apuren los verdugos sus crueldades en mí; las verás todas vencidas por mi fineza.
JUSTICIA.-  Llevadle aprisa, no salgan al encuentro sus compañeros.
TEDIATO.-  Jamás los tuve: ni en la maldad, porque jamás fui malo; ni en la bondad, porque ninguno me ha igualado en lo bueno. Por eso soy el más infeliz de los hombres. Cargad más prisiones sobre mí. Ministros feroces: ligad más esos cordeles con que me arrastráis cual víctima inocente. Y tú, que en ese templo quedas, únete a tu espíritu inmortal, que exhalaste entre mis brazos, si lo permite quien puede, y ven a consolarme en la cárcel, o a desengañar a mis jueces. Salga yo valeroso al suplicio o inocente al mundo. ¡Pero no! Agraviado o vindicado, muera yo, muera yo y en breve.
JUSTICIA.-  Su delito le turba los sentidos; andemos, andemos.
TEDIATO.-  ¿Estamos ya en la cárcel?
JUSTICIA.-  Poco falta.
TEDIATO.-  Quien encuentre la comitiva de la justicia llevando a un preso ensangrentado, pálido, mal vestido, cargado de cadenas que le han puesto y de oprobios que le dicen, ¿qué dirá? Allá va un delincuente. Pronto lo veremos en el patíbulo; su muerte será horrorosa, pero saludable espectáculo. ¡Viva la justicia! Castíguense los delitos. Arránquese de la sociedad los que turben su quietud. De la muerte de un malvado se asegura la vida de muchos buenos. Así irán diciendo de mí; así irán diciendo. En vano les diría mi inocencia. No me creerían; si la jurara, me llamarían perjuro sobre malvado. Tomaría por testigos de mi virtud a esos astros; darían su giro sin cuidarse del virtuoso que padece ni del inicuo que triunfa.
JUSTICIA.-  Ya estamos en la cárcel.
TEDIATO.-  Sepulcro de vivos, morada de horror, triste descanso en el camino del suplicio, depósito de malhechores, abre tus puertas; recibe a este infeliz.
JUSTICIA.-  Este hombre quede asegurado; nadie le hable. Ponedle en el calabozo más apartado y seguro; doblad el número y peso de los grillos acostumbrados. Los indicios que hay contra él son casi evidentes. Mañana se le examinará. Prepáresele el tormento por si es tan obstinado como inicuo. Eres responsable de este preso, tú, carcelero. Te aconsejo que no le pierdas de vista. Mira que la menor compasión que para con él puedes tener es tu perdición.
CARCELERO.-  Compasión yo, ¿de quién? ¿De un preso que se me encarga? No me conocéis. Años ha que soy carcelero, y en el discurso de ese tiempo he guardado los presos que he tenido como si guardara fieras en las jaulas. Pocas palabras, menos alimento, ninguna lástima, mucha dureza, mayor castigo y continua amenaza. Así me temen. Mi voz entre las paredes de esta cárcel es como el trueno entre montes. Asombra a cuantos la oyen. He visto llegar facinerosos de todas las provincias, hombres a quienes los dientes y las canas habían salido entre muertes y robos... Los soldados, al entregármelos, se aplaudían más que de una batalla que hubiesen ganado. Se alegraban de dejarlos en mis manos más que si de ellas sacaran el más precioso saqueo de una plaza sitiada muchos meses; y todo esto no obstante..., a pocas horas de estar bajo mi dominio han temblado los hombres más atroces.
JUSTICIA.-  Pues ya queda asegurado; adiós otra vez.
CARCELERO.-  Sí, sí; grillos, cadenas, esposas, cepo, argolla, todo le sujetará.
TEDIATO.-  Y más que todo mi inocencia.
CARCELERO.-  Delante de mí no se habla; y si el castigo no basta a cerrarte la boca, mordazas hay.
TEDIATO.-  Haz lo que quieras; no abriré mis labios. Pero la voz de mi corazón..., aquella voz que penetra el firmamento, ¿cómo me privarás de ella?
CARCELERO.-  Éste es el calabozo destinado para ti. En breve volveré.
TEDIATO.-  No me espantan sus tinieblas, su frío, su humedad, su hediondez; no el ruido que han hecho los cerrojos de esa puerta, no el peso de mis cadenas. Peor habitación ocupa ahora... ¡Ay, Lorenzo! Habrás ido al señalado puesto, no me habrás hallado. ¡Qué habrás juzgado de mí! Acaso creerás que miedo, inconstancia... ¡Ay! No, Lorenzo; nada de este mundo ni del otro me parece espantoso, y constancia no me puede faltar, cuando no me ha faltado ya sobre la muerte de quien vimos ayer cadáver medio corrompido. Me acometieron mil desdichas: ingratitud de mis amigos, enfermedad, pobreza, odio de poderosos, envidia de iguales, mofa de parte de mis inferiores... La primera vez que dormí, figuróseme que veía el fantasma que llaman fortuna. Cual suele pintarse la muerte con una guadaña que despuebla el universo, tenía la fortuna una vara con que volvía a todo el globo. Tenía levantado el brazo contra mí. Alcé la frente, la miré. Ella se irritó; o me sonreí, y me dormí; segunda vez se venga de mi desprecio. Me pone, siendo yo justo y bueno, entre facinerosos hoy; mañana tal vez entre las manos del verdugo; éste me dejará entre los brazos de la muerte. ¡Oh muerte!, ¿por qué dejas que te llamen daño, el mayor de ellos, el último de todos? ¡Tú, daño! Quien así lo diga, no ha pasado lo que yo.
¡Qué voces oigo (¡ay!) en el calabozo inmediato! Sin duda hablan de morir. ¡Lloran! ¡Van a morir, y lloran! ¡Qué delirio! Oigamos lo que dice el mísero insensato que teme burlar de una vez todas sus miserias. No, no escuchemos. Indignas voces de oírse son las que articula el miedo al aparato de la muerte.
¡Ánimo, ánimo, compañero! Si mueres dentro del breve plazo que te señalan, poco tiempo estarás expuesto a la tiranía, envidia, orgullo, venganza, desprecio, traición, ingratitud... Esto es lo que dejas en el mundo. Envidiables delicias dejas por cierto a los que se queden en él; te envidio el tiempo que me ganas; el tiempo que tardaré en seguirte.
Ha callado el que sollozaba, y también dos voces que le acompañaban, una hablándole de... Sin duda fue ejecución secreta. ¿Si se llegarán ahora los ejecutores a mí? ¡Qué gozo! Ya se disipan todas las tinieblas de mi alma. Ven, muerte, con todo tu séquito. Sí, ábrase esa puerta; entren los verdugos feroces manchados aún con la sangre que acaban de derramar a una vara de mí. Si el ser infeliz es culpa, ninguno más reo que yo. ¡Qué silencio tan espantoso ha sucedido a los suspiros del moribundo! Las pisadas de los que salen de su calabozo, las voces bajas con que se hablan, el ruido de las cadenas que sin duda han quitado al cadáver, el ruido de la puerta estremece lo sensible de mi corazón, no obstante lo fuerte de mi espíritu. Frágil habitación de una alma superior a todo lo que Naturaleza puede ofrecer, ¿por qué tiemblas? ¿Ha de horrorizarme lo que desprecio? ¡Si será sueño esta debilidad que siento! Los ojos se me cierran, no obstante la debilidad que en ellos ha dejado el llanto. Sí; reclínome. Agradable concurso, música deliciosa, espléndida mesa, delicado lecho, gustoso sueño encantarán a estas horas a alguno en el tropel del mundo. No se envanezca, lo mismo tuve yo; y ahora... una piedra es mi cabecera, una tabla mi cama, insectos mi compañía. Durmamos. Quizá me despertará una voz que me diga. Ven al tormento; u otra que me diga: Ven al suplicio. Durmamos. ¡Cielos! Si el sueño es imagen de la muerte... ¡Ay! Durmamos.
¡Qué pasos siento! Una corta luz parece que entra por los resquicios de la puerta. La abren; es el carcelero, y le siguen dos hombres. ¿Qué queréis? ¿Llegó por fin la hora inmediata a la de mi muerte? ¡Me la vais a anunciar con semblante de debilidad y compasión o con rostro de entereza y dominio!
CARCELERO.-  Muy diferente es el objeto de nuestra venida. Cuando me aparté de ti, juzgué que a mi vuelta te llevarían al tormento, para que en él declarases los cómplices del asesinato que se te atribuía; pero se han descubierto los autores y ejecutores de aquel delito. Vengo con orden de soltarte. Ea, quítenle las cadenas y grillos: libre estás.
TEDIATO.-  Ni aun en la cárcel puedo gozar del reposo que ella me ofrece en medio de sus horrores. Ya iba yo acomodando los cansados miembros de mi cuerpo sobre esta tarima, ya iba tolerando mi cabeza lo duro de esa piedra, y me vienes a despertar, ¿y para qué? Para decirme que no he de morir. Ahora sí que turbas mi reposo... Me vuelves a arrojar otra vez al mundo, al mundo de donde se ausentó lo poco bueno que había en él. ¡Ay! Decidme, ¿es de día?
CARCELERO.-  Aún faltará una hora de noche.
TEDIATO.-  Pues voyme. Con tantas contingencias como ofrece la suerte, ¿qué sé yo si mañana nos volveremos a ver?
CARCELERO.-  Adiós.
TEDIATO.-  Adiós. Una hora de noche aún falta. ¡Ay! Si Lorenzo estuviese en el paraje de la cita, tendríamos tiempo para concluir nuestra empresa; se habrá cansado de esperarme.
Mañana, ¿dónde le hallaré? No sé su casa. Acudir al templo parece más seguro. Pasareme ahora por el atrio. ¡Noche!, dilata tu duración; importa poco que te esperen con impaciencia el caminante para continuar su viaje y el labrador para seguir su tarea. Domina, noche, domina, y más y más sobre un mundo que por sus delitos se ha hecho indigno del sol. Quede aquel astro alumbrando a hombres mejores que los de estos climas. Mientras más dure tu oscuridad, más tiempo tendré de cumplir la promesa que hice al cadáver encima de su tumba, en medio de otros sepulcros, al pie de los altares y bajo la bóveda sagrada del templo. Si hay alguna cosa más santa en la tierra, por ella juro no apartarme de mi intento; si a ello faltase yo, si a ello faltase... ¿Cómo había de faltar?
Aquella luz que descubro será..., será acaso la que arde alumbrando a una imagen que está fija en la pared exterior del templo. Adelantemos el paso. Corazón, esfuérzate, o saldrás en breve victorioso de tanto susto, cansancio, terror, espanto y dolor, o en breve dejarás de palpitar en ese miserable pecho. Sí, aquélla es la luz; el aire la hace temblar de modo que tal vez se apagará antes que yo llegue a ella. Pero ¿por eso he de temer la oscuridad? Antes debe serme más gustosa. Las tinieblas son mi alimento. El pie siente algún obstáculo... ¿Qué será? Tentemos. Un bulto, y bulto de hombre. ¿Quién es? Parece como que sale de un sueño. ¡Amigo! ¿Quién es? Si eres algún mendigo necesitado que de flaqueza has caído, y duermes en la calle por faltarte casa en que recogerte y fuerzas para llegarte a un hospital, sígueme; mi casa será tuya; no te espanten tus desdichas; muchas y grandes serán, pero te habla quien las pasa mayores. Respóndeme, amigo... Desahóguese en mi pecho el tuyo; tristes como tú busco yo; sólo me conviene la compañía de los míseros; harto tiempo viví con los felices. Tratar con el hombre en la prosperidad es tratarle fuera del mismo. Cuando está cargado de penas, entonces está cual es: cual Naturaleza lo entrega a la vida, y cual la vida le entregará a la muerte; cual fueron sus padres, y cuales serán sus hijos. Amigo, ¿no respondes? Parece joven de corta edad. Niño, ¿quién eres? ¿Cómo has venido aquí?
NIÑO.-  ¡Ay, ay, ay!
TEDIATO.-  No llores; no quiero hacerte mal. Dime, ¿quién eres? ¿Dónde viven tus padres? ¿Sabes tu nombre? ¿Y el de la calle en que vives?
NIÑO.-  Yo soy... Mire usted... Vivo... Venga usted conmigo para que mi padre no me castigue. Me mandó quedar aquí hasta las dos, y ver si pasaba alguno por aquí muchas veces, y que fuera a llamarle. Me he quedado dormido.
TEDIATO.-  Pues no temas; dame la manita, toma ese pedazo de pan que me he hallado, no sé cómo, en el bolsillo y llévame a casa de tu padre.
NIÑO.-  No está lejos.
TEDIATO.-  ¿Cómo se llama tu padre? ¿Qué oficio tiene? ¿Tienes madre y hermanos? ¿Cuántos años tienes tú y cómo te llamas?
NIÑO.-  Me llamo Lorenzo, como mi padre. Mi abuelo murió esta mañana. Tengo ocho años, y seis hermanos más chicos que yo. Mi madre acaba de morir de sobreparto. Dos hermanos tengo muy malos con viruelas, otro está en el hospital, mi hermana se desapareció desde ayer de casa. Mi padre no ha comido en todo hoy un bocado de la pesadumbre.
TEDIATO.-  ¿Lorenzo dices que se llama tu padre?
NIÑO.-  Sí, señor.
TEDIATO.-  ¿Y qué oficio tiene?
NIÑO.-  No sé cómo se llama.
TEDIATO.-  Explícame lo que es.
NIÑO.-  Cuando uno se muere, y lo llevan a la iglesia, mi padre es quien...
TEDIATO.-  Ya te entiendo; sepulturero, ¿no es verdad?
NIÑO.-  Creo que sí, pero aquí estamos ya en casa.
TEDIATO.-  Pues llama, y recio.
SEPULTURERO.-  ¿Quién es?
NIÑO.-  Abra usted, padre; soy yo y un señor.
SEPULTURERO.-  ¿Quién viene contigo?
TEDIATO.-  Abre, que soy yo.
SEPULTURERO.-  Ya conozco la voz. Ahora bajaré a abrir.
TEDIATO.-  ¡Qué poco me esperabas aquí! Tu hijo te dirá dónde le he hallado. Me ha contado el estado de tu familia. Mañana nos veremos en el mismo puesto para proseguir nuestro intento, y te diré por qué no nos hemos visto esta noche hasta ahora. Te compadezco tanto como a mí mismo, Lorenzo, pues la suerte te ha dado tanta miseria y te la multiplica en tus deplorables hijos... Eres sepulturero... Haz un hoyo muy grande, entiérralos todos ellos vivos, y sepúltate con ellos. Sobre tu losa me mataré y moriré diciendo: Aquí yacen unos niños tan felices ahora como eran infelices poco ha, y dos hombres, los más míseros del mundo.

 


Noche tercera
TEDIATO y el SEPULTURERO


      

Diálogo
TEDIATO.-  Aquí me tienes, fortuna, tercera vez expuesto a tus caprichos. Pero ¿quién no lo está? ¿Dónde, cuándo, cómo sale el hombre de tu imperio? Virtud, valor, prudencia, todo lo atropellas. No está más seguro de tu rigor el poderoso en su trono, el sabio en su estudio, que el mendigo en su muladar, que yo en esta esquina lleno de aflicciones, privado de bienes, con mil enemigos por fuera y un tormento interior, capaz por sí solo de llenarme de horrores, aunque todo el orbe procura mi felicidad.
¿Si será esta noche la que ponga fin a mis males? La primera, ¿de qué me sirvió? Truenos, relámpagos, conversación con un ente que apenas tenía la figura humana, sepulcros, gusanos y motivos de cebar mi tristeza en los delitos y flaqueza de los hombres. Si más hubiera sido mi mansión al pie de la sepultura, ¿cuál sería el éxito de mi temeridad? Al acudir al templo el concurso religioso, y hallarme en aquel estado, creyendo que... ¿Qué hubieran creído? Gritarían: Muera ese bárbaro que viene a profanar el templo con molestia de los difuntos y desacato a quien los crió.
La segunda noche.... ¡ay!, vuelve a correr mi sangre por las venas con la misma turbación que anoche. Si no has de volver a mi memoria para mi total aniquilación, huye de ella, ¡oh, noche infausta! Asesinato, calumnia, oprobios, cárcel, grillos, cadenas, verdugos, muerte y gemidos... Por no sentir mi último aliento, huya de mí un instante la tristeza; pero apenas se me concede gozar el aire, que está libre para las aves y brutos, cuando me vuelve a cubrir con su velo la desesperación. ¿Qué vi? Un padre de familias, pobre, con su mujer moribunda, hijos parvulillos y enfermos, uno perdido, otro muerto aun antes de nacer, y que mata a su madre aun antes de que ésta le acabe de producir. ¿Qué más vi? ¡Qué corazón el mío, qué inhumano, si no se partió al ver tal espectáculo!... Excusa tiene... Mayores son sus propios males, y aún subsiste. ¡Oh Lorenzo! ¡Oh! Vuélveme a la cárcel, Ser Supremo, si sólo me sacaste de ella para que viese tal miseria en las criaturas.
Esta noche, ¿cuál será? ¡Lorenzo, Lorenzo infeliz! Ven, si ya no te detiene la muerte de tu padre, la de tu mujer, la enfermedad de tus hijos, la pérdida de tu hija, tu misma flaqueza. Ven: hallarás en mí un desdichado que padece no sólo sus infortunios propios, sino los de todos los infelices a quienes conoce, mirándolos a todos como hermanos; ninguno lo es más que tú. ¿Qué importa que nacieras en la mayor miseria y yo en cuna más delicada? Hermanos nos hace un superior destino, corrigiendo los caprichos de la suerte que divide en arbitrarias clases a los que somos de una misma especie: todos lloramos..., todos enfermamos..., todos morimos.
El mismo horroroso conjunto de cosas de la noche antepasada vuelve a herir mi vista con aquella dulce melancolía... Aquel que allí viene es Lorenzo... Sí, Lorenzo. ¡Qué rostro! Siglos parece haber envejecido en pocas horas; tal es el objeto del pesar, semejante al que produce la alegría o destruye nuestra débil máquina en el momento que la hiere o la debilita para siempre al herirnos en un instante.
LORENZO.-  ¿Quién eres?
TEDIATO.-  Soy el mismo a quien buscas... El cielo te guarde.
LORENZO.-  ¿Para qué? ¿Para pasar cincuenta años de vida como la que he pasado lleno de infortunios..., y cuando apenas tengo fuerzas para ganar un triste alimento... hallarme con tantas nuevas desgracias en mi mísera familia, expuesta toda a morir con su padre en las más espantosas infelicidades? Amigo, si para eso deseas que me guarde el cielo, ¡ah!, pídele que me destruya.
TEDIATO.-  El gusto de favorecer a un amigo debe hacerte la vida apreciable, si se conjuraran en hacértela odiosa todas las calamidades que pasas. Nadie es infeliz si puede hacer a otro dichoso. Y, amigo, más bienes dependen de tu mano que de la magnificencia de todos los reyes. Si fueras emperador de medio mundo..., con el imperio de todo el universo, ¿qué podrías darme que me hiciese feliz? ¿Empleos, dignidades, rentas? Otros tantos motivos para mi propia inquietud y para la malicia ajena. Sembrarías en mi pecho zozobras, recelos, cuidados, tal vez ambición y codicia..., y en los de mis amigos..., envidia. No te deseo con corona y cetro para mi bien... Más contribuirás a mi dicha con ese pico, ese azadón..., viles instrumentos a otros ojos..., venerables a los míos... Andemos, amigo, andemos.