Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

sábado, 20 de octubre de 2012

El Bien Peinado

"El Bien Peinado" es una leyenda mapuche, y toca varios puntos interesantes; la ambición material y el miedo a lo desconocido... entre otros tantos... pero sobretodo nos relata el origen de aquella florecilla amarilla tan común en la cordillera que se conoce como "Topa-topa". Algunos la llaman también "Zapatitos de duende" porque su forma nos recuerda un par de botitas o zuecos, pero según este relato, podríamos relacionarlas con otro tipo de ser. Los dejo con el cuento, así descubren ustedes con cual. 
La versión es la recopilada y adaptada por Miguel Angel Palermo, escritor, antropólogo e investigador argentino. 
:D

El Bien Peinado

Cuentan que una vez, cerca del lago Lácar, un hombre que estaba cuidando ovejas se encontró con la entrada de una caverna; nunca la había visto antes y nunca había oído a nadie hablar de que por ahí hubiera una gruta.

Como era muy curioso, se metió adentro; era una cueva muy pero muy honda. Caminó y caminó y caminó y al rato de andar caminando ya no se veía nada porque hasta allí no llegaba la luz del día: había una oscuridad total. Así que anduvo un rato tanteando y así fue como con la mano tocó algo que le parecieron piedritas. Como no podía mirarlas, sacó un puñado y salió. Al sol, ?vio que tenía la mano llena de pepitas de oro!

Entonces, pensó que lo mejor era volver a entrar pero con gente que lo ayudara y luz para revisar bien esa cueva oscura que parecía que no se terminaba más.

Juntó sus animales y volvió a su pueblo. Cuando ahí se enteraron de la cueva con pepitas de oro, todos se entusiasmaron, prepararon antorchas, montaron a caballo y allá fueron. Era un montón de gente.

Pero cuando llegaron a la boca de la caverna, se pararon en seco y muchos caballos se asustaron, se encabritaron y hasta tiraron a sus dueños al suelo: junto a la entrada había un hombre sentado. Eso no sería nada raro, pero es que el hombre era negro como el carbón; esto tampoco sería tan raro, pero es que el hombre estaba muy bien peinado... Pero lo raro de veras y lo que hizo que todos se pararan en seco y que los caballos se espantaran no fue que hubiera un hombre negro bien peinado sentado junto a la cueva, sino que tenía medio cuerpo de hombre y el resto - desde el ombligo hacia abajo - era una enorme culebra, gruesísima y enroscada. Cuando la gente ve cosas que no conoce, muchas veces se asusta, y cuando se asusta muchas veces se pone mala. Así que todos se enojaron mucho con el hombre mitad hombre y mitad culebra; se enojaron porque iban contentos a buscar oro y se habían encontrado con algo feo, se enojaron porque se habían asustado y a ellos no les gustaba asustarse.

Así que lo rodearon, amenazándolo con palos, y lo cargaron en una carreta tirada por dos bueyes y se lo llevaron para el pueblo, para decidir qué hacían con él, aunque la verdad es que nadie tenía buenas intenciones.

El monstruo ni se inmutó; acomodó, bastante pachorriento, su medio cuerpo de culebra en el carro, se arregló un poco el peinado y esperó con paciencia a que los bueyes - más pachorrientos que él - llegaran al pueblo. Ahí se bajó y habló:

- Yo soy el Bien Peinado, así me llamo. No me hagan nada. Si me dejan tranquilo, les voy a dar mucho oro, que parece que les gusta tanto; se me hacen mal, soy capaz de hacer que venga un terremoto o una inundación, o mejor, un terremoto y una inundación juntos.
- ¿Y cuándo nos vas a dar el oro y cuánto oro nos vas a dar? - quiso saber uno, al que le gustaban los negocios claros.
- Ahora les voy a dar bastante, para que vean que es cierto; pero después me tienen que llevar enseguida de vuelta para la cueva adonde vivo. Ahí les voy a dar muchísimo más: van a ver amarillo todo el suelo - contestó el Bien Peinado.

Y entonces empezó a poner unos huevos iguales a los huevos de las culebras (que son más chiquitos que los de las gallinas) pero ¡de oro!. El suelo se llenó enseguida; la gente se amontonaba y se pegaba empujones por agarrar esas pepitas de oro, y las guardaban en frazadas o en ollas o en bolsas o en canastos, según lo que cada uno tenía a mano.

Sólo una viejita, que tenía fama de sabia, no se agachó a juntar ese oro; miró fijo al Bien Peinado, sonrió un poco, se le acercó y le dio la mano. El monstruo le dio la suya y también sonrió un poco.

Entonces hicieron subir al hombre-culebra de nuevo a la carreta y lo volvieron a llevar a la cueva. Pero ahora no podían encontrar la entrada; había llegado al lugar pero la caverna no estaba. Y ahí oyeron otra vez hablar al Bien Peinado:

- ¡Como les dije! ¡Van a ver amarillo todo el suelo! ¡Todo el suelo amarillo! ¡Ja, ja, ja!

En ese momento, el campo se puso dorado, pero cuando se agacharon para agarrar las pepitas, vieron que no era oro, sino unas florcitas amarillas que nunca había habido antes. Se dieron vuelta para preguntarle al Bien Peinado qué era eso, pero el Bien Peinado ya no estaba. Había desaparecido. Buscaron y buscaron y buscaron, pero ya no pudieron encontrar ni a la cueva, ni al monstruo, ni una sola pepita de oro.

Volvieron a su pueblo, y cuando fueron a buscar los huevitos de oro que habían conseguido antes, se encontraron con que todas esas frazadas, esas ollas, esas bolsas o esos canastos que habían llenado estaban ahora repletas de estas florcitas amarillas. Y la viejita aquella, que era sabia y por eso sabía qué iba a pasar, se reía despacito.

Al poco tiempo hubo un terremoto, aunque no muy fuerte, y el agua del lago creció bastante y después volvió a bajar.

- ¡Esto es cosa del Bien Peinado! - comentaban todos.

Desde entonces, nunca más pudo encontrarse la caverna del hombre-culebra, y en realidad nadie tenía ya muchas ganas de toparse con él; había resultado mucho más poderoso de lo que creían, y tenían la impresión de que si no lo hubieran agarrado en un día de buen humor, la cosa hubiera sido bastante más peliaguda.

Oro no tuvieron, pero desde ese día les quedaron esas florcitas amarillas que crecen todos los años en la zona. Muchos les dicen "Topa-topa", pero los mapuches, que se acuerdan de cómo aparecieron por primera vez, las llaman kuram filú, que en su idioma quiere decir "huevo de culebra".

No hay comentarios:

Publicar un comentario