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viernes, 23 de septiembre de 2016

Canek - Ermilio Abreu Gómez - La doctrina (capítulo 3)

Viene de Canek - Ermilio Abreu Gómez - La Intimidad (capítulo 2)


La doctrina

El que haya entendido podrá alcanzar
el principado de los pueblos.
DEL LIBRO DE LAS PRUEBAS DE LOS MAYAS

Canek dijo:

—Hoy día los blancos celebran la fiesta de la fundación de su ciudad principal, edificada entre los cerros de la antigua T-HÓ. Nosotros debemos de recordar también las historias de nuestras ciudades ocultas. Así debemos de recordar, en la intimidad de nuestro corazón, que cuando vino el tiempo bueno fue revelado el misterio de la ciudad de Chichén Itzá: abandonada después de muchos KATUNES.

Canek dijo:

—Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar los maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que producen la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender, cómo y en qué tiempo debemos de librarnos de este mal.

Canek dijo:

—Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el viento que respira. Por esto va el indio, fantasma de sí mismo, por los caminos que no tienen fin, seguro de que la meta, la única meta posible, la que le libra y le permite encontrar la huella perdida, está donde está la muerte.

Canek dijo:

—Es bueno saber cuán diferente es la necesidad del indio y la necesidad del blanco. Al indio le basta para su sustento un cuartillo de maíz; al blanco no le basta un ALMUD. Se debe esto a que el indio come y bendice su tranquilidad, mientras el blanco come y, desasosegado, guarda todo lo que puede para mañana. El blanco no sabe que una jícara no lleva más agua que el agua que señalan sus bordes. La demás se derrama y se desperdicia.

Canek dijo:

—Si te fijas puedes conocer la naturaleza y la intención de los caminantes. El blanco parece que mea;
el indio respira. El blanco avanza; el indio se aleja. El blanco quiere poder; el indio descanso.

Canek dijo:

—Nosotros somos la tierra; ellos son el viento. En nosotros maduran las semillas; en ellos se orean las ramas. Nosotros alimentamos las raíces; ellos alimentan las hojas. Bajo nuestras plantas caminan las aguas de los cenotes, olorosas a las manos de las vírgenes muertas. Sobre ellas se despeñan las voces de los guerreros que las ganaron. Nosotros somos la tierra. Ellos son el viento.

Canek dijo:

—El futuro de estas tierras depende de la fusión de lo que está dormido en nuestras manos y de lo que está despierto en las de ellos. Mira a ese niño: tiene sangre india y cara española. Míralo bien: fíjate que habla maya y escribe castellano. En él viven las voces que se dicen y las palabras que se escriben. No es ni de la tierra ni del viento. En él la razón y el sentimiento se trenzan. No es de abajo ni de arriba. Está donde debe estar. Es como el eco que funde, con nuevo nombre en la altura del espíritu, las voces que se dicen y las voces que se callan.

Canek dijo:

—Los DZULES son rojos. Ellos dicen que son blancos. Los dzules son rojos. Son rojos como la mancha del Oriente que los trajo; como el fuego que brota de sus manos; como el oro que se enciende y se arisca en sus barbas; como la palabra que estalla en sus bocas; como las llagas de sus dioses; y como el grito de las vírgenes que desgarran sin advertir que son avecillas ciegas. Los dzules son rojos.

Canek dijo:

—Todo depende del lugar que el hombre ocupa en la tierra. Las discordias y los aciertos de los hombres se explican si recordamos cuál es la posición que tienen cerca de la tierra. Así vemos que los salvajes se someten a la tierra; viven enterrados en ella. Son tierra. Los indios —de madura infancia— viven al lado de la tierra. Duermen en paz sobre el pecho de la tierra: ellos conocen las voces de la tierra; y la tierra siente el valor de sus lágrimas. Son olor de tierra; olor que enriquece los caminos. Los blancos, en la madurez de sus años, han olvidado lo que es la tierra. Pasan sobre ella aplastando el dolor de su entraña y la gracia de sus rosas. Son el viento que se quiebra y salta sobre el rostro de las piedras.

Canek dijo:

—Todo depende del espíritu. Hay hombres de espíritu levantado, impaciente. Para estos una mañana es ya el principio de una tarde. Hay hombres de espíritu lento, como dormido. Para estos una tarde es apenas la continuidad de una mañana. También hay hombres de espíritu recio para quienes todas las horas están llenas del día. Para estos se hizo, justo, el descanso de la noche.

Canek dijo:

—¿Por qué nos enseñan a querer a un dios que permite que los blancos nos peguen y nos maten? ¿Por qué hemos de cantar de rodillas un canto de contrición que no sentimos? No lo digamos más porque, aun diciéndolo con los labios, cometemos falta en nuestro espíritu.

Canek dijo:

—¿Cuál es la diferencia que separa al hombre del bruto? Unos dicen que el alma. Pero esto es parecer
de los devotos que tienen orgullo. Otros dicen que la razón. Pero esta es creencia de los filósofos engreídos. Diré que más creo en otra diferencia. La diferencia que más separa al hombre del bruto es la facultad que tiene el primero para reprimir y hasta para matar su apetito. Tal vez no se advierta esta facultad. Se debe esto a que nosotros los indios la ejercitamos de modo tan frecuente que la olvidamos o la vemos pequeña y sin importancia.

Canek dijo:

—Una misma comida puede tener diferente significado entre los hombres. Este puñado de maíz, por ejemplo: para el blanco es lujo; para el indio es necesidad. El blanco hace de él un manjar; el indio lo convierte en pan.

Canek dijo:

—Piensa que en los tiempos que corren, en estas tierras de Yucatán, existen ciudades que se ven y ciudades que no se ven. En las que se ven viven los blancos que mandan y los indios que obedecen. Son ciudades de guerra y de escándalo. Huye de ellas. Si entras en ellas renegarás de los tuyos, de tu nombre, y vivirás con holgura de maldad. En las ciudades que no se ven, pero que existen, nadie sabe dónde, viven los que fueron y los hombres que han merecido licencia para franquear sus puertas.

Canek dijo:

—No preguntes por los que se van y no vuelven. Es cierto que algunos vuelven, pero no saben que han vuelto. Si los miras en los ojos verás que tienen una como alucinación oculta vertida en lo profundo. Viven como ensoñados. Merecen nuestra simpatía porque poseen el espíritu de lo que fue; y saben de la vida ciega de los hombres de aquí.

Canek dijo:

—Es verdad: la palabra nació por sí misma dentro de lo oscuro. Aquí es necesario declarar el sentido de esa oración. La palabra no es la voz que se dice y se oye. La palabra es cuna del espíritu creador. El espíritu creador que siempre fue, en las tinieblas del tiempo, vio su conciencia, y de ella nació la palabra. Por esto toda palabra debe ser sentida adentro de lo oscuro del pecho, para que sea imagen de esa otra que nació del ser, espejo de sí mismo.

Canek dijo:

—Cuando vino la palabra, no vino sola; vino acompañada de su eco derramado por el espacio de la tierra. Y la palabra y su eco crearon todas las cosas: desde las cosas mínimas de aquí abajo, hasta las cosas infinitas de allá arriba. Se juntaron, en el tiempo, el gusano, el hombre y la estrella. Y se vio que los tres seres tenían luz que era emanación de lo profundo puesto en ellos. Esto pocos lo saben; y casi ninguno lo siente. ¡Dichoso de aquel que, al menos, adivina este misterio!

Canek dijo:

—Las cosas no vienen ni van. Las cosas no se mueven. Las cosas duermen. Somos nosotros los que vamos a ellas. Por esto la memoria no es un arma del espíritu dispuesta para evocar el pasado. Es más bien una facultad que nos permite, en un instante, ver lo que es, en su esencialidad, fuera del tiempo. La memoria nos permite subir a un estadio, inexplicable para nuestra conciencia, en el cual todo está presente. Esto que les digo me lo explicaba con razones y palabras buenas mi padrino —que era hombre de mucho saber y de pocos libros—. Es cosa que nunca entendí, pero que me agrada recordar
aquí dentro de mi corazón.

Canek dijo:

—Los dioses nacen cuando los hombres mueren. Mientras los hombres se tuvieron confianza no hubo
necesidad de dioses; los hombres podían confiar su corazón y su mente a los otros hombres; podían decir su palabra a los otros hombres sin miedo ni engaño. Pero cuando los hombres se ocultaron de los hombres para comer la fruta que a todos dio el campo; cuando los hombres acecharon a los hombres por el gusto de la mujer; cuando los hombres hicieron secreto de la oración que se dice en público, entonces nacieron los dioses. Por eso los dioses son tanto más poderosos, más crueles y más lejanos, cuanto mayor es la desconfianza que separa a los hombres de los hombres.

Canek dijo:

—No se ha de olvidar lo que se lee en un pasaje de la crónica que escribió el señor antiguo que se llamaba Nabuk Pech. En ella se explica cómo los blancos buscaron en el norte, en el lugar de los CHELES, hombres que les sirvieron como esclavos. Fue así porque en aquellos parajes los indios, sin
agua, sin tierra ni animales, perecían de hambre y se daban, llenos de flaqueza de ánimo, al que primero los tomaba. Otra fue la furia que tenían para defenderse los indios del sur, porque aquí encontraban alimento para vivir y para cobrar poder de conciencia. No se diga nunca entonces que aquellos indios eran cobardes, antes se piense que eran muertos que hablaban al borde de las zanjas en que habían de caer. Entiéndase así porque es de justicia entenderlo así.

Canek dijo:

—En un libro leí algo acerca de qué cosa era la mayor del mundo. Unos filósofos dijeron que el agua; otros que los montes; otros que el sol; y no sé quiénes que el menosprecio que el hombre podía tener por las riquezas. ¿No les parece mejor —continuó Canek— que lo más grande no es despreciarlas, sino saber hacer buen uso de ellas, para que sus beneficios no se pudran en las manos de los ricos ni se desperdicien en las manos de los incapaces? 

Canek dijo:

—En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que fueron. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien.

Canek dijo:

—En un libro leí que allá por los tiempos viejos, los señores quisieron juntar ejércitos para defender las tierras que gobernaban. Primero convocaron a los hombres más sanguinarios porque suponían que estos estaban familiarizados con la sangre; y así concertaron sus ejércitos entre las gentes de las prisiones y de los rastros. Pero a poco sucedió que cuando estas gentes se vieron frente al enemigo, empalidecieron y arrojaron las armas. Pensaron entonces en los más fuertes: en los canteros y en los mineros. A estos les dieron armaduras y armas pesadas. De este modo fueron despachados para pelear. Mas sucedió que la sola presencia del contrario puso flaqueza en sus brazos y desmayo en sus corazones. Acudieron después, con buen consejo, a los que sin ser sanguinarios ni fuertes, fueran de coraje y tuvieran algo que defender en justicia: tales como la tierra en que trabajan, la mujer con que duermen y los hijos con cuyas gracias se recrean. Fue así como, llegada la ocasión, estos hombres lucharon con tanta furia que dispersaron a sus contrarios y para siempre se vieron libres de sus amenazas y discordias. Y así pienso y digo que entre nosotros sucede lo mismo. ¿Cómo quieren los señores blancos que usemos las armas con energía, si las tenemos que usar tan solo en beneficio de ellos y de sus haciendas y nunca en favor de nuestro espíritu?

Canek dijo:

—Hace años que leí libros donde se contaba la historia de estas tierras. Yo los leía con placer y me entretenía en el conocimiento de los sucesos antiguos y en el razonar de las gentes que fueron. Una vez mi padrino me dijo: «Los libros que lees fueron escritos por los hombres que ganaron estos lugares. Mira con cuidado las razones puestas en sus páginas, porque si te entregas desprevenido, no entenderás la verdad de la tierra sino la verdad de los hombres. Léelos, sin embargo, para que aprendas a odiar la mentira que se dice dentro de los pensamientos de los filósofos y dentro de la oración de los devotos».

Y así aprendí —concluyó Canek— a leer no la letra sino el espíritu de la letra de todas esas historias.

Canek dijo:

–Luis de Villalpando, Juan de Albalate, Ángel Maldonado, Lorenzo de Bienvenida, Melchor de Benavente y Juan de Herrera, fueron los hombres buenos de San Francisco, que llegaron a estas tierras en épocas remotas para predicar el bien y desterrar el mal. Lucharon, no contra los indios que los recibieron con alma cándida y les dieron posada en su corazón y en su choza , sino contra el blanco que era duro de corazón y sordo de espíritu. Digamos los nombres de esos hombres buenos como se dice una oración.

Los indios en voz baja repitieron los nombres: Villalpando, Albalate, Maldonado, Bienvenida, Benavente, Herrera.

Canek dijo:

—Para el espíritu del hombre vale más un vicio limpio que una virtud sucia. El vicio limpio puede ser una energía redimible. Hay en él, guardado, un acto de valor. En cambio, la virtud sucia supone siempre un ánimo débil. Con seguridad un acto de cobardía.

Canek dijo:

—Unos prefieren el ideal: otros la realidad. De esto resulta una discordia que encona los espíritus. Nunca los hombres concilian sus opiniones. A lo más que llegan es a soñar la realidad o a vivir el ideal. Y la diferencia del apetito subsiste. Pero el hombre de estas tierras debe ser más exigente y más humano, debe querer la mejor realidad; la posible, la que madura y crece en sus manos. Esto será como vivir el ideal de la realidad.

Canek dijo:

—Una vez, allá en los años que fueron, enterraron juntos a un niño y a un venado. Los enterraron juntos porque habían vivido como amigos. Cerca del lugar pasaba, en silencio y soledad, un pedazo de río: de esos que ahora caminan, tímidos, debajo de la tierra.

Así nació un árbol blanco, verde y tierno, como hecho de plata y lluvia. Debajo de sus ramas las madres oían las voces de sus hijos muertos, y junto a sus raíces los viejos sentían el aliento de sus animales perdidos.

Este árbol respiraba dulzura. Los indios lo llamaban el árbol bueno de la ceiba.

Canek dijo:

—Todos los seres, por el hecho mismo de serlo, tienen atributos, expresiones de su esencialidad, voces que revelan su origen y condición. El atributo de los seres no es un adorno ni una cualidad que viene de fuera al acaso. El atributo es como la emancipación del agua que hierve: es agua y no es agua. Así el atributo del mar es el orgullo; el atributo del sol, la autoridad; el atributo del hombre, cuando es hombre, la dignidad; cuando no es hombre, la bestialidad.

Canek dijo:

—Nunca te enorgullezcas de los frutos de tu inteligencia. Solo eres dueño del esfuerzo que pusiste en su cultivo; de lo que logra, nada más eres un espectador. La inteligencia es como una flecha: una vez que se aleja del arco ya no la gobierna nadie. Su vuelo depende de tu fuerza pero también del viento y, ¿por qué no decirlo?, del destino que camina detrás de ella.

Canek dijo:

—Dicen que el cuerpo es como el armario donde se guarda el alma. Está bien. Sin embargo, a veces,
el alma es tan grande, que el cuerpo, como grano de anís, se guarda en el alma.

Canek dijo:

—Nunca tengas miedo de tus lágrimas. Ningún cobarde llora. Solo los hombres lloran. Además, hijo, las lágrimas siempre caen de rodillas.

Canek dijo:

—En la fe el espíritu descansa; en la razón vive; en el amor goza; solo en el dolor adquiere conciencia.

Canek dijo:

—¿Qué edad tienes?

El indio contestó:

—Cuando nací no había pasado la langosta.

Canek volvió a preguntar:

—¿Cuándo pasó la langosta?

El indio contestó:

—Después de que nací.

Canek dijo:

—Zamná se durmió sobre una rosa; Kukulkan se deshizo, como una nube, en el horizonte. El nombre de Zamná lo dice la luna; el de Kukulkan lo dice el sol.

Canek dijo:

—Zamná representa el agua; Kukulkan, el viento. Zamná tiene entraña de madre; Kukulkan osadía
de padre. Zamná juntó con sus manos el regazo de la tierra; Kukulkan sembró en ella las semillas.

Canek dijo:

—Dame tu mano, métela en este LEC y dime qué sientes.

El indio contestó:

—Frío.
—Es que tocaste la espalda del profeta.

Otra vez Canek dijo:

—¿Qué sientes?

El indio contestó:

—Caliente.
—Es que tocaste el pecho del profeta.

Y cuando Canek se iba, los hombres se quedaban con la lumbre del espíritu que fue, encendida en
sus pupilas.

Canek dijo:

—¿Y para qué quieren la libertad si no saben ser libres? La libertad no es gracia que se recibe ni derecho que se conquista. La libertad es un estado del espíritu. Cuando se ha creado, entonces se es libre aunque se carezca de libertad. Los hierros y las cárceles no impiden que un hombre sea libre, al contrario: hacen que lo sea más en la entraña de su ser. La libertad del hombre no es como la libertad de los pájaros. La libertad de los pájaros se satisface en el vaivén de una rama; la libertad del hombre se cumple en su conciencia.

Canek dijo:

—Y no faltará enemigo que me oiga y viéndome despellejado piense que mis palabras son cosa de loco o de hombre que copia razones caídas. Al tal diré que no sabe conocer el espíritu de esta tierra que mucho tiene aprendido de los astros y mucho más olvidado de los hombres. Y le diré también un verso viejo que cierto día oí decir a mi padrino: no vale el azor menos porque en vil nido siga; ni los ejemplos buenos porque judío los diga.


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Canek - Ermilio Abreu Gómez - La injusticia (capítulo 4)

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