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viernes, 6 de julio de 2012

La Primera Apuesta

"La primera apuesta" es uno de los tantos cuentos populares cordilleranos que enfrenta al Suri con el Sapo. Como todo cuento folklórico regional, fue transmitido de boca en boca por generaciones y existen varias versiones. Su lectura recuerda ciertas fábulas como las de Esopo - la apuesta, entre otras cosas, a mi me recordó "La liebre y la tortuga" - donde el uso de animales busca transmitir una moraleja o enseñanza.
La versión que publico a continuación, la encontré en "Cuentos del sapo", una recopilación realizada por Graciela Montes para la colección "Cuentos de mi país" editada por la Secretaria de Cultura de La Nación en 1986.


La Primera Apuesta

Del sapo se cuentan muchas cosas. Se dice que es un bocón, que como buen bocón es muy charlatán y que - aunque chiquito - no se deja atropellar por nadie. Se dice también que le encantan las apuestas, y que, además, suele ganarlas.

Y, entre las muchas cosas que se cuentan, también se cuenta ésta.

Parece ser que éste era un sapo catamarqueño, que vivía en algún huequito perdido entre los cerros y que todas las tardes, en cuanto el sol empezaba a ponerse, se iba a parar cerca del camino y ahí se quedaba, escondido entre los yuyos, quietito, quietito, esperando que pasara alguna mosca para atraparla al vuelo con la lengua.

Y parece ser que por ahí mismito fue a pasar Suri, el ñandú, a los trancos largos como es su costumbre, siempre apurado y siempre mirando a lo lejos desde lo alto de su cuello.

Y bueno, un ñandú que anda corriendo por el suelo de Catamarca no va a pararse a ver si pisa algún sapo, así que el sapo de pronto sintió la para del ñandú sobre su lomo y se dio cuenta de que, de buenas a primeras, había quedado bastante más chatito que antes.

- ¡Epa, amigo! ¿Por qué no mira dónde pisa? - gritó muy enojado.

El ñandú se paró en seco, miró hacia abajo, vio al sapo y largó una carcajada.

- Perdón, hermanito, pero usted no es de los que se ven a simple vista... ¡Mire que había sido petiso!
- Bueno - se defendió el sapo -, no es para tanto.
- Petiso lo que se dice petiso - siguió riéndose el ñandú -, más petiso no puede ser... ¡Qué petiso!

El sapo miraba de reojo y, poco a poco, empezaba a hincharse con la rabia. Y como petiso era, pero no sonso, en seguida pensó en el modo de desquitarse de Suri y de todas sus carcajadas.

- Seré petiso - dijo de pronto -, pero petiso y todo, veo más lejos que usted, no crea.
- ¿Qué ve más lejos que yo, hermanito? - repitió el ñandú -. ¡No me haga reír que se me despeinan las plumas! ¿Usted dice que ve más lejos que yo... que yo, nada menos, que tengo estas patas largas, tan espléndidas, y este cuello de maravillas? Pero, hermanito, usted no puede ver más lejos que yo... ¡Ni subido a una escalera!
- Usted dice que no y yo digo que sí... ¡Hagamos una apuesta!
- ¿Y qué quiere apostar?
- Le apuesto a que mañana a la mañana veo la luz del sol antes que usted... Y no va a ser difícil, como yo veo más lejos...
- Está bien, hermanito, aceptado. Mañana aquí mismo ¡y bien tempranito!

Al día siguiente llegaron los dos bien temprano. Era noche todavía; los cerros estaban negros, el cielo estaba sin luna y brillaban las estrellas en lo oscuro.

- Bueno, vamos a prepararnos - dijo el sapo.
- A prepararnos - dijo el ñandú.

El ñandú entonces se subió a una lomita, estiró el cogote y clavó los ojos en la llanura. Miraba hacia el este porque bien sabía que por ahí sale el sol.

El sapo mientras tanto se subió a una piedrita, se sentó cómodamente y miró al oeste, sin sacar los ojos de los picos de la cordillera.

"¡Pobre sapito, si será ignorante!", pensó el ñandú, "¡ni siquiera sabe por dónde se asoma el sol a la mañana!" Y, sin sacar los ojos del horizonte, con el cogote endurecido de tanto estirarlo, se rió para sus adentros.

Clareaba apenas cuando de pronto se oyó la voz del sapo:

- ¡El sol! ¡El sol! ¡Ya lo vi! ¡Lo vi primero!

El ñandú se dio vuelta de golpe y vio, allá en lo alto y a lo lejos, las cumbres de la Cordillera, brillantes de sol, rosadas y luminosas.

- ¡No puede ser! - murmuraba mientras se frotaba contra una mata de pasto el cuello dolorido - ¡No puede ser!
- Pero es - dijo el sapito mientras se alejaba a los saltos.

Y durante años y años, en ronda de sapos, siguió contando esta aventura.

- ¡Parece mentira! - decía - ¡Tantos años viviendo en Catamarca y no sabe que el sol, antes de amanecer, primero alumbra la Cordillera!.


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