Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

miércoles, 30 de enero de 2013

El flautista de Hamelin - Robert Browning


Todos conocemos la historia: las ratas han invadido Hamelin, un desconocido aparece y ofrece deshacerse de ellas. Para sorpresa de todos, este extranjero comienza a tocar la flauta y las ratas, encantadas, abandonan el pueblo siguiendo sus pasos hasta el río donde se ahogan… pero la trama se complica cuando la gente de Hamelin le niega al flautista el pago por sus servicios y el flautista se venga llevándose a sus niños…
El flautista de Hamelin” es una leyenda o cuento popular alemán. Al ser un cuento popular, existen varias versiones dando vueltas donde más que nada varía el desenlace (feliz o trágico…). Una versión es la de los hermanos Grimm aunque, según encontré en la web, las primeras alusiones al flautista son de aproximadamente el año 1300, es decir, algo así como 500 años antes de la versión recopilada por los Grimm. Incluso hay quienes la relacionan a hechos históricos y aún hoy se discute su origen.
En Wikipedia encontré estos versos que les comparto:



En el año de 1284 en el día de Juan y Pablo
siendo el 26 de junio
por un flautista vestido con muchos colores,
fueron seducidos 130 niños nacidos en Hamelin
y se perdieron en el lugar del calvario, cerca de “koppen“(colinas).

Dichos versos fueron encontrados por, y pego textual de wikipedia, “un individuo llamado Decan Lude, originario de Hamelín” en un libro coral que pertenecía a su abuela. El afirmaba era el testimonio de alguien que “había visto con sus propios ojos el suceso”.
Tal vez no sepamos a ciencia cierta nunca si la historia del flautista de Hamelin noveliza hechos reales o no, pero sin dudas sigue vigente, y hoy lo que traigo para compartir con ustedes es el poema escrito por el inglés Robert Browning en 1845. Encontré dos traducciones, una en verso que me despertó algunas dudas (pocas pero dudas al fin), y otra en prosa con un léxico más bello. Cuesta traducir los poemas y que mantengan su musicalidad original... Me decidí por la traducción acomodada a prosa... pero no olvidemos que es, en su origen, un poema. Busqué la versión en inglés para compararlas -
no puedo con mi curiosidad - así que para curiosos como yo, va pegado al final de la versión en español.
:D
Nota: la imagen que elegí para acompañar el texto es un fragmento del vitró de la iglesia de Hamelin que es mencionado en el texto de Browning. 



 El flautista de Hamelin

El pueblito de Hamelin está en Brunswick, cerca de la famosa ciudad de Hanover, y el profundo y anchuroso Weser baña su flanco sur. Jamás se vio un lugar tan placentero pero, para la época en que comienza nuestra historia -hace casi cinco siglos-, los pobladores soportaban una horrible peste.

¡Ratas! Desafiaban a los perros y mataban a los gatos; mordían a los bebitos en sus cunas; se comían los quesos de los moldes y sorbían la sopa del mismísimo cucharón del cocinero; abrían los toneles de sardinas en salmuera, anidaban en los sombreros de paseo de los hombres y hasta estropeaban las charlas de las mujeres, ahogando las voces con chillidos estridentes que cubrían una gama de cincuenta sostenidos y bemoles.

Finalmente la gente acudió en manifestación a la alcaldía.

-Es evidente que nuestro alcalde es un papanatas -gritaban-. Para no hablar de la Corporación. ¡Pensar que gastamos en trajes de armiño para unos bobos que no son capaces de librarnos de esta peste! ¿Acaso esperan ampararse en sus pieles de magistrados, sólo porque son viejos y gordos? De pie, señores. Exprímanse los cerebros para encontrar una solución, o no les quepa duda de que los vamos a echar.

Al oír esto el alcalde y la Corporación se pusieron a temblar, muy preocupados.

Estuvieron reunidos en consejo durante una hora y por fin el alcalde rompió el silencio.

-Remato mi investidura al mejor postor. Querría estar bien lejos de aquí. Es fácil pedir que uno se exprima el cerebro. Ya me duele la cabeza de tanto rascarla. Y nada. ¡Si se nos ocurriera alguna buena trampa!

Mientras decía esto tocaron suavemente a la puerta del recinto

-¡Santo cielo! -exclamó el alcalde-. ¿Qué es eso?

(Allí sentado con la Corporación parecía pequeño pero asombrosamente gordo. Su mirada no era más lúcida ni más húmeda que la de una ostra muerta, aunque hay que admitir que cobraba un poco de vida al mediodía, cuando la panza clamaba por un guiso de tortuga verde y gelatinosa.)

-¿Alguien se está sacudiendo los pies en el felpudo? -preguntó, y agregó-: Cualquier ruidito que me recuerde el de las ratas y el corazón me da un vuelco.
-¡Adelante! -gritó finalmente el alcalde, y pareció que había crecido.

Entonces hizo su entrada el tipo más raro que pueda uno imaginar, con un extravagante abrigo que lo cubría de pies a cabeza, mitad amarillo y mitad rojo. Era un hombre alto y muy delgado, con ojos azules y penetrantes, chiquitos como dos alfileres, cabellos claros y lacios pero tez morena, sin bozo en las mejillas ni barba en el mentón pero con muchas sonrisas en tos labios. Nadie imaginaba quién era ni de dónde venía y todos contemplaban absortos al hombre altísimo y su extraño atavío.

Uno dijo:

-Es como si mi tatarabuelo hubiese vuelto de la tumba al oír las trompetas del día del Juicio.

El hombre avanzó hasta la mesa de deliberaciones y dijo:

-Con su permiso, honorables. Por obra de un poder secreto, estoy en condiciones de hacer que me sigan todas las criaturas vivientes, las que se arrastran, las que nadan, las que vuelan y las que corren. Suelo utilizar mi poder sobre los bichos perjudiciales al hombre, como los topos, los sapos, los tritones y las víboras. La gente me llama el Flautista.

Y sólo entonces notaron que alrededor del cuello tenía una banda roja y amarilla (para hacer juego con el saco), de cuyo extremo colgaba una flauta. También notaron que los dedos se le escapaban, como si estuvieran ansiosos por tocar esa flauta que se bamboleaba sobre el anticuado traje.

-A pesar de ser sólo un pobre flautista -dijo-, en junio pasado liberé al Chan de Tartaria de unas gigantescas nubes de mosquitos y en Asia le quité de encima a Nizam una ola monstruosa de murciélagos vampiros. Y en cuanto a lo que les preocupa a ustedes ¿me darían mil florines si libero a la ciudad de las ratas?
-¿Mil? ¡Cincuenta mil! -exclamaron sorprendidos el alcalde y la Corporación.

Entonces el Flautista salió a la calle, algo sonriente, como si supiese qué magia dormía en su flauta, y, como un músico experto, frunció los labios para soplar el instrumento. Los ojos despedían destellos azules y verdes, como cuando se arroja sal sobre la llama de una vela. Y antes de que la flauta hubiese emitido tres notas agudas, se oyó algo que recordaba un ejército en marcha. El murmullo se convirtió en gruñido, el gruñido en rugido y las ratas comenzaron a precipitarse atropelladamente a la calle.

Ratas grandes, ratas chicas, ratas enclenques, ratas robustas, ratas marrones, ratas grises, ratas negras, ratas rubias, viejas ratas solemnes y rengas, ratitas alegres y juguetonas, padres, madres, tías, primos, colas en alto y bigotes en punta, decenas y docenas de familias, hermanos, hermanas, esposas y esposos, todas detrás del Flautista.

El Flautista tocaba y caminaba y las ratas lo seguían bailoteando, hasta que llegaron a orillas del Weser, donde todas se zambulleron y murieron. Todas salvo una, intrépida como Julio César, que atravesó el río a nado y vivió para llevar sus comentarios al País de las Ratas, tan cuidadosa como el conquistador romano de preservar el manuscrito.

Su historia decía así:

"En cuanto sonaron las primeras notas agudas en la flauta, me pareció oír que cortaban lebrillo, que colocaban manzanas, maravillosamente maduras, en la prensa de hacer sidra, que corrían barriles de embutidos, que dejaban entreabiertos armarios con conservas y que quitaban los corchos a los frascos de aceite, que hacían saltar los flejes de los toneles
de manteca. Era como si una voz (más dulce que el arpa o el salterio) gritase: "¡Alégrense, ratas! El mundo se convirtió en una enorme despensa. Así que masquen, tasquen, desayunen, almuercen, merienden y cenen." Y cuando me pareció ver un gran barril de azúcar, ya abierto, brillante como el sol, a pocos centímetros de mis narices, como diciéndome: "Ven a perforarme", me encontré revolcándome en el Weser".

Tendrían que haber escuchado a los pobladores de Hamelin haciendo repicar las campanas hasta doblar los campanarios.

-¡Vamos! -gritaba el alcalde-. ¡Agarren palos largos y arranquen los nidos; tapen los agujeros! ¡Consulten con carpinteros y albañiles y no dejen ni rastros de las ratas en el pueblo!

De pronto asomó la cara del Flautista en el mercado y se oyó:

-¡Primero páguenme mis mil florines, por favor!

¡Mil florines! El alcalde se puso verde y también, los miembros de la Corporación. Las cenas del Concejo hacían estragos con las reservas de Clarete, de Mosela, de Vinde Grave y de vino del Rin, y la mitad de ese dinero bastaría para volver a llenar con vino el tonel más grande de la bodega. ¿Cómo iban a pagarle esa suma a un vagabundo vestido de amarillo y rojo, como un gitano?

-Además -dijo el alcalde con un guiño malicioso-, fue obra del río. Todos vimos con nuestros propios ojos cómo se hundían las ratas. Y lo que está muerto no resucita, según creo. Así que, amigo, no somos gente que vaya a negarle un vaso de vino ni tampoco algún dinerito, pero en cuanto a los florines, lo que dijimos lo dijimos en broma. Por otra parte, hay que tener en cuenta que sufrimos graves pérdidas y que debemos ahorrar. ¡Mil florines! ¡Por favor! Conténtese con cincuenta.

El Flautista cambió de cara y gritó:

-No acepto regateos y, además, estoy muy apurado. Prometí estar en Bagdad para la hora de la cena: tengo que probar la primicia de un guiso del cocinero en jefe, un hombre muy rico, que está agradecido de que haya exterminado los escorpiones de la cocina del califa. No regateé con él y no voy a ceder ni un centavo con ustedes. Además, tengan en cuenta que tengo otro modo de tocar la flauta para la gente que me pone furioso.
-¿Cómo dice? -gritó el alcalde-. ¿Cree usted que puedo permitir que me trate peor que a un cocinero? ¿Que me insulte un asqueroso haragán, un flautista vagabundo vestido de todos colores? ¿Es eso una amenaza? Adelante, entonces, y sople su flauta hasta reventar.

El Flautista salió una vez más a la calle y una vez más acercó a sus labios la larga flauta de caña lisa y recta. Y antes de que hubiese sonado la tercera de esas notas dulces y suaves como no había emitido hasta entonces ningún músico en el mundo, se oyó un murmullo de bullicio, de muchedumbres alegres que se empujaban y se atropellaban, piecitos que pataleaban y zuecos que golpeteaban, manitos que aplaudían y lengüitas que parloteaban y, como las aves del corral cuando les tiran el alpiste, salieron corriendo los chicos. Todos los chicos y las chicas de mejillas sonrosadas y rulos rubios, de ojos brillantes y dientes de perlas, tropezándose y brincando corrían en pos de la música maravillosa entre gritos y carcajadas.

El alcalde se quedó mudo y los consejeros se quedaron duros como estacas. Incapaces de dar un paso o de gritarles a los chicos que pasaban saltando alegremente, sólo podían seguir con los ojos a esa multitud gozosa que perseguía al Flautista. Pero ¡qué angustia sintió el alcalde y cómo palpitaron los corazones de los consejeros cuando el Flautista se desvió de la calle principal y se dirigió hacia el Weser, que les saldría al paso a sus hijos y sus hijas!

Sin embargo, el Flautista cambió de rumbo y, en lugar de dirigirse hacia el sur, se dirigió hacia el oeste y rumbeó hacia la colina de Koppelberg, con los chicos siempre pegados a la espalda. Todos se sintieron aliviados.

-Nunca podrá atravesar ese pico. Tendrá que dejar de tocar y nuestros hijos se detendrán.

Pero sucedió que, al llegar al pie de la montaña, se abrió de par en par un portal maravilloso, como si de pronto hubiese surgido una caverna. El Flautista avanzó y los niños lo siguieron. Y cuando habían entrado todos, hasta el último, la puerta se cerró de
golpe.

¿Dije todos? Me equivoco. Uno de ellos era rengo y no había podido bailotear como los otros. Cuando, muchos años después, le reprochaban su tristeza, solía decir: "Es muy sombrío el pueblo desde que se fueron mis compañeros. Y no puedo olvidar que estoy privado de contemplar todos esos maravillosos espectáculos que también a mí me prometió el Flautista. Decía que nos conducía a una tierra de gozo, que estaba muy cerquita del pueblo, allí nomás, donde brotaban fuentes y crecían árboles frutales y las flores desplegaban matices más hermosos y todo era extraño y nuevo, donde los gorriones eran más brillantes que los pavos reales y los perros más veloces que las corzas, y las abejas habían perdido sus aguijones y los caballos nacían con alas de águila. Y justo cuando me sentí seguro de que en ese lugar iba a curarme de mi renguera, la música se detuvo y yo me quedé allí parado, del lado de afuera de la montaña, abandonado muy a pesar mío y obligado a seguir rengueando en este mundo y a no volver a oír nunca más hablar del hermoso país".

¡Desdichado Hamelin! A muchos vecinos les vino a la mente eso de que es más fácil que un camello pase por el ojo de un aguja que un rico entre en el cielo.

El alcalde mandó mensajeros hacia los cuatro puntos cardinales para ofrecerle al Flautista, donde quiera que se lo hallase, todo el oro y toda la plata que pidiera si regresaba como se había ido y traía con él a los niños. Pero cuando vieron que todo era en vano y que el Flautista y los niños que bailoteaban a sus espaldas se habían ido para siempre, lanzaron un decreto por el cual los abogados debían fechar sus documentos según esta fórmula: "A tantos años, meses y días de lo que sucedió aquí el 27 de julio de 1366". Y para no olvidarse jamás de la calle por donde habían desaparecido los niños la
llamaron Calle del Flautista y cualquiera que pasase por ella tocando la flauta o el tamboril podía estar seguro de que no volvería a encontrar trabajo en Hamelin. Tampoco permitieron que ninguna hostería ni ninguna taberna perturbase con el bullicio una calle tan solemne. Y frente al lugar en que se había abierto la caverna levantaron una columna y en ella escribieron esta historia y también la pintaron en el gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase de que les hablan robado sus hijos. Todavía hoy están allí esos recuerdos.

Me olvidaba de mencionar que en Transilvania hay una tribu de gente muy especial que asegura que las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la atención de sus vecinos, son una herencia de sus antepasados, surgidos de una prisión subterránea en la que se los había sepultado hacía largo tiempo después de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin, en el condado de Brunswick, sin que supieran decir cómo o por qué.
 

Así que, Guille, saldemos nuestras deudas con todos los hombres... ¡sobre todo con los flautistas! Y sí llegan a liberarnos con su música de ratas o de ratones cumplamos nuestra promesa y paguémosles lo que hayamos convenido.


THE PIED PIPER OF HAMELIN

I.

1 Hamelin Town's in Brunswick,
2 By famous Hanover city;
3 The river Weser, deep and wide,
4 Washes its wall on the southern side;
5 A pleasanter spot you never spied;
6 But, when begins my ditty,
7 Almost five hundred years ago,
8 To see the townsfolk suffer so
9 From vermin, was a pity. 

II.

10 Rats!
11 They fought the dogs and killed the cats,
12 And bit the babies in the cradles,
13 And ate the cheeses out of the vats,
14 And licked the soup from the cooks' own ladles,
15 Split open the kegs of salted sprats,
16 Made nests inside men's Sunday hats,
17 And even spoiled the women's chats,
18 By drowning their speaking
19 With shrieking and squeaking
20 In fifty different sharps and flats. 

III.

21 At last the people in a body
22 To the Town Hall came flocking:
23 ``Tis clear,'' cried they, ``our Mayor's a noddy;
24 ``And as for our Corporation -- shocking
25 ``To think we buy gowns lined with ermine
26 ``For dolts that can't or won't determine
27 ``What's best to rid us of our vermin!
28 ``You hope, because you're old and obese,
29 ``To find in the furry civic robe ease?
30 ``Rouse up, sirs! Give your brains a racking
31 ``To find the remedy we're lacking,
32 ``Or, sure as fate, we'll send you packing!''
33 At this the Mayor and Corporation
34 Quaked with a mighty consternation. 

IV.

35 An hour they sat in council,
36 At length the Mayor broke silence:
37 ``For a guilder I'd my ermine gown sell;
38 ``I wish I were a mile hence!
39 ``It's easy to bid one rack one's brain --
40 ``I'm sure my poor head aches again,
41 ``I've scratched it so, and all in vain
42 ``Oh for a trap, a trap, a trap!''
43 Just as he said this, what should hap
44 At the chamber door but a gentle tap?
45 ``Bless us,'' cried the Mayor, ``what's that?''
46 (With the Corporation as he sat,
47 Looking little though wondrous fat;
48 Nor brighter was his eye, nor moister
49 Than a too-long-opened oyster,
50 Save when at noon his paunch grew mutinous
51 For a plate of turtle green and glutinous)
52 `Only a scraping of shoes on the mat?
53 ``Anything like the sound of a rat
54 ``Makes my heart go pit-a-pat!'' 

V.

55 ``Come in!'' -- the Mayor cried, looking bigger
56 And in did come the strangest figure!
57 His queer long coat from heel to head
58 Was half of yellow and half of red,
59 And he himself was tall and thin,
60 With sharp blue eyes, each like a pin,
61 And light loose hair, yet swarthy skin
62 No tuft on cheek nor beard on chin,
63 But lips where smile went out and in;
64 There was no guessing his kith and kin:
65 And nobody could enough admire
66 The tall man and his quaint attire.
67 Quoth one: ``It's as my great-grandsire,
68 ``Starting up at the Trump of Doom's tone,
69 ``Had walked this way from his painted tombstone!'' 

VI.

70 He advanced to the council-table:
71 And, ``Please your honours,'' said he, ``I'm able,
72 ``By means of a secret charm, to draw
73 ``All creatures living beneath the sun,
74 ``That creep or swim or fly or run,
75 ``After me so as you never saw!
76 ``And I chiefly use my charm
77 ``On creatures that do people harm,
78 ``The mole and toad and newt and viper;
79 ``And people call me the Pied Piper.''
80 (And here they noticed round his neck
81 A scarf of red and yellow stripe,
82 To match with his coat of the self-same cheque;
83 And at the scarf's end hung a pipe;
84 And his fingers, they noticed, were ever straying
85 As if impatient to be playing
86 Upon this pipe, as low it dangled
87 Over his vesture so old-fangled.)
88 ``Yet,'' said he, ``poor piper as I am,
89 ``In Tartary I freed the Cham,
90 ``Last June, from his huge swarms of gnats,
91 ``I eased in Asia the Nizam
92 ``Of a monstrous brood of vampyre-bats:
93 ``And as for what your brain bewilders,
94 ``If I can rid your town of rats
95 ``Will you give me a thousand guilders?''
96 ``One? fifty thousand!'' -- was the exclamation
97 Of the astonished Mayor and Corporation. 

VII.

98 Into the street the Piper stept,
99 Smiling first a little smile,
100 As if he knew what magic slept
101 In his quiet pipe the while;
102 Then, like a musical adept,
103 To blow the pipe his lips he wrinkled,
104 And green and blue his sharp eyes twinkled,
105 Like a candle-flame where salt is sprinkled;
106 And ere three shrill notes the pipe uttered,
107 You heard as if an army muttered;
108 And the muttering grew to a grumbling;
109 And the grumbling grew to a mighty rumbling;
110 And out of the houses the rats came tumbling.
111 Great rats, small rats, lean rats, brawny rats,
112 Brown rats, black rats, grey rats, tawny rats,
113 Grave old plodders, gay young friskers,
114 Fathers, mothers, uncles, cousins,
115 Cocking tails and pricking whiskers,
116 Families by tens and dozens,
117 Brothers, sisters, husbands, wives --
118 Followed the Piper for their lives.
119 From street to street he piped advancing,
120 And step for step they followed dancing,
121 Until they came to the river Weser
122 Wherein all plunged and perished!
123 -- Save one who, stout as Julius Caesar,
124 Swam across and lived to carry
125 (As he, the manuscript he cherished)
126 To Rat-land home his commentary:
127 Which was, ``At the first shrill notes of the pipe,
128 ``I heard a sound as of scraping tripe,
129 ``And putting apples, wondrous ripe,
130 ``Into a cider-press's gripe:
131 ``And a moving away of pickle-tub-boards,
132 ``And a leaving ajar of conserve-cupboards,
133 ``And a drawing the corks of train-oil-flasks,
134 ``And a breaking the hoops of butter-casks:
135 ``And it seemed as if a voice
136 ``(Sweeter far than by harp or by psaltery
137 ``Is breathed) called out, `Oh rats, rejoice!
138 ```The world is grown to one vast drysaltery!
139 ```So munch on, crunch on, take your nuncheon,
140 ```Breakfast, supper, dinner, luncheon!'
141 ``And just as a bulky sugar-puncheon,
142 ``All ready staved, like a great sun shone
143 ``Glorious scarce an inch before me,
144 ``Just as methought it said, `Come, bore me!'
145 `` -- I found the Weser rolling o'er me.'' 

VIII.

146 You should have heard the Hamelin people
147 Ringing the bells till they rocked the steeple
148 ``Go,'' cried the Mayor, ``and get long poles,
149 ``Poke out the nests and block up the holes!
150 ``Consult with carpenters and builders,
151 ``And leave in our town not even a trace
152 ``Of the rats!'' -- when suddenly, up the face
153 Of the Piper perked in the market-place,
154 With a, ``First, if you please, my thousand guilders!''
IX.

155 A thousand guilders! The Mayor looked blue;
156 So did the Corporation too.
157 For council dinners made rare havoc
158 With Claret, Moselle, Vin-de-Grave, Hock;
159 And half the money would replenish
160 Their cellar's biggest butt with Rhenish.
161 To pay this sum to a wandering fellow
162 With a gipsy coat of red and yellow!
163 ``Beside,'' quoth the Mayor with a knowing wink,
164 ``Our business was done at the river's brink;
165 ``We saw with our eyes the vermin sink,
166 ``And what's dead can't come to life, I think.
167 ``So, friend, we're not the folks to shrink
168 ``From the duty of giving you something to drink,
169 ``And a matter of money to put in your poke;
170 ``But as for the guilders, what we spoke
171 ``Of them, as you very well know, was in joke.
172 ``Beside, our losses have made us thrifty.
173 ``A thousand guilders! Come, take fifty!'' 

X.

174 The Piper's face fell, and he cried,
175 ``No trifling! I can't wait, beside!
176 ``I've promised to visit by dinner-time
177 ``Bagdad, and accept the prime
178 ``Of the Head-Cook's pottage, all he's rich in,
179 ``For having left, in the Caliph's kitchen,
180 ``Of a nest of scorpions no survivor:
181 ``With him I proved no bargain-driver,
182 ``With you, don't think I'll bate a stiver!
183 ``And folks who put me in a passion
184 ``May find me pipe after another fashion.''
XI.

185 ``How?'' cried the Mayor, ``d'ye think I brook
186 ``Being worse treated than a Cook?
187 ``Insulted by a lazy ribald
188 ``With idle pipe and vesture piebald?
189 ``You threaten us, fellow? Do your worst,
190 ``Blow your pipe there till you burst!'' 

XII.

191 Once more he stept into the street,
192 And to his lips again
193 Laid his long pipe of smooth straight cane;
194 And ere he blew three notes (such sweet
195 Soft notes as yet musician's cunning
196 Never gave the enraptured air)
197 There was a rustling that seemed like a bustling
198 Of merry crowds justling at pitching and hustling,
199 Small feet were pattering, wooden shoes clattering,
200 Little hands clapping and little tongues chattering,
201 And, like fowls in a farm-yard when barley is scattering,
202 Out came the children running.
203 All the little boys and girls,
204 With rosy cheeks and flaxen curls,
205 And sparkling eyes and teeth like pearls,
206 Tripping and skipping, ran merrily after
207 The wonderful music with shouting and laughter. 

XIII.

208 The Mayor was dumb, and the Council stood
209 As if they were changed into blocks of wood,
210 Unable to move a step, or cry
211 To the children merrily skipping by,
212 -- Could only follow with the eye
213 That joyous crowd at the Piper's back.
214 But how the Mayor was on the rack,
215 And the wretched Council's bosoms beat,
216 As the Piper turned from the High Street
217 To where the Weser rolled its waters
218 Right in the way of their sons and daughters!
219 However he turned from South to West,
220 And to Koppelberg Hill his steps addressed,
221 And after him the children pressed;
222 Great was the joy in every breast.
223 ``He never can cross that mighty top!
224 ``He's forced to let the piping drop,
225 ``And we shall see our children stop!''
226 When, lo, as they reached the mountain-side,
227 A wondrous portal opened wide,
228 As if a cavern was suddenly hollowed;
229 And the Piper advanced and the children followed,
230 And when all were in to the very last,
231 The door in the mountain-side shut fast.
232 Did I say, all? No! One was lame,
233 And could not dance the whole of the way;
234 And in after years, if you would blame
235 His sadness, he was used to say, --
236 ``It's dull in our town since my playmates left!
237 ``I can't forget that I'm bereft
238 ``Of all the pleasant sights they see,
239 ``Which the Piper also promised me.
240 ``For he led us, he said, to a joyous land,
241 ``Joining the town and just at hand,
242 ``Where waters gushed and fruit-trees grew,
243 ``And flowers put forth a fairer hue,
244 ``And everything was strange and new;
245 ``The sparrows were brighter than peacocks here,
246 ``And their dogs outran our fallow deer,
247 ``And honey-bees had lost their stings,
248 ``And horses were born with eagles' wings;
249 ``And just as I became assured
250 ``My lame foot would be speedily cured,
251 ``The music stopped and I stood still,
252 ``And found myself outside the hill,
253 ``Left alone against my will,
254 ``To go now limping as before,
255 ``And never hear of that country more!''
XIV.

256 Alas, alas for Hamelin!
257 There came into many a burgher's pate
258 A text which says that heaven's gate
259 Opes to the rich at as easy rate
260 As the needle's eye takes a camel in!
261 The mayor sent East, West, North and South,
262 To offer the Piper, by word of mouth,
263 Wherever it was men's lot to find him,
264 Silver and gold to his heart's content,
265 If he'd only return the way he went,
266 And bring the children behind him.
267 But when they saw 'twas a lost endeavour,
268 And Piper and dancers were gone for ever,
269 They made a decree that lawyers never
270 Should think their records dated duly
271 If, after the day of the month and year,
272 These words did not as well appear,
273 ``And so long after what happened here
274 ``On the Twenty-second of July,
275 ``Thirteen hundred and seventy-six:''
276 And the better in memory to fix
277 The place of the children's last retreat,
278 They called it, the Pied Piper's Street --
279 Where any one playing on pipe or tabor,
280 Was sure for the future to lose his labour.
281 Nor suffered they hostelry or tavern
282 To shock with mirth a street so solemn;
283 But opposite the place of the cavern
284 They wrote the story on a column,
285 And on the great church-window painted
286 The same, to make the world acquainted
287 How their children were stolen away,
288 And there it stands to this very day.
289 And I must not omit to say
290 That in Transylvania there's a tribe
291 Of alien people who ascribe
292 The outlandish ways and dress
293 On which their neighbours lay such stress,
294 To their fathers and mothers having risen
295 Out of some subterraneous prison
296 Into which they were trepanned
297 Long time ago in a mighty band
298 Out of Hamelin town in Brunswick land,
299 But how or why, they don't understand. 

XV.

300 So, Willy, let me and you be wipers
301 Of scores out with all men -- especially pipers!
302 And, whether they pipe us free from rats or from mice,
303 If we've promised them aught, let us keep our promise!

2 comentarios:

  1. Gracias ,Por Haber publicado este articulo me ayudo para estudiar para la prueba

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