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miércoles, 1 de agosto de 2012

El último unicornio - Cap I - Peter S. Beagle

"El último unicornio" de Peter S. Beagle, se publicó por primera vez en 1968. Es una novela del género fantástico donde hacen aparición la magia, los unicornios y varios seres míticos; cuenta la historia de Amalthea, una unicornio que comienza a preguntarse si no será el último unicornio con vida en esa tierra. Tras dudar un tiempo, decide ir en busca de sus semejantes. Así conoce al mago Schmendick y a Molly Grue, y juntos, los tres, se encaminan al tenebroso país del rey Haggard, el hombre que controla al Toro Rojo, una criatura mística que caza y aprisiona unicornios...
La novela tiene 14 capítulos por lo que llevará 14 entradas del blog. 
Espero que les guste y que la compartan :D

 CAPÍTULO I


La unicornio vivía en un bosque de lilas, completamente sola. Era muy vieja, aunque no lo supiera, y ya no tenía el negligente color de la espuma del mar, sino más bien el de la nieve que cae en las noches iluminadas por la luna. Pero sus ojos todavía eran límpidos e inquietos, y se movía como una sombra sobre el mar. 

No se parecía en nada a un caballo astado, tal como suelen pintar a los unicornios. Era más pequeña, con las patas hendidas, y poseía esa gracia antigua y salvaje que los caballos nunca han tenido, que los ciervos intentan imitar tímidamente y que las cabras parodian en sus brincos burlones. El cuello, largo y esbelto, producía la impresión de que la cabeza era de menor tamaño, y la crin que le llegaba casi hasta la mitad del lomo era suave como la pelusa del diente de león, fina como los cirros. Tenía las orejas puntiagudas y las patas delgadas, con plumas de pelo blanco en los tobillos, y el cuerno que se alzaba entre sus ojos brillaba y se estremecía con su propia luz perlina aun en la más profunda de las noches. Con él había matado dragones, sanado la herida envenenada y sin cicatrizar de un rey y derribado castañas maduras para alimento de los oseznos.

Los unicornios son inmortales. Su naturaleza exige que vivan solos en un único lugar, por lo general un bosque donde haya un estanque de agua lo bastante clara como para mirarse en ella; pues son un poco vanidosos y saben perfectamente que son los seres más bellos del mundo..., y mágicos, además. Se aparean con escasa frecuencia, y no hay lugar más encantado que aquel en el que ha nacido un unicornio. La última vez que ella había visto a otro unicornio, las doncellas que aún venían en su busca de vez en cuando, le habían llamado en una lengua diferente; pero entonces no tenía idea de meses, años o siglos, ni siquiera de estaciones. Siempre era primavera en su bosque, dado que ella vivía allí, y se pasaba el día vagabundeando entre las grandes hayas, velando por los animales que vivían en el suelo y bajo los matorrales, en nidos y en cuevas, en madrigueras y en las copas de los árboles. Generación tras generación, lobos y conejos por igual cazaban, amaban, criaban y morían. Y como ella no hacía ninguna de estas cosas, jamás se cansaba de observarlos.
Sucedió un día que dos hombres armados con grandes arcos penetraron en su bosque. Eran cazadores de ciervos. La unicornio les siguió, moviéndose con tal cautela que ni los caballos olfatearon su presencia. La visión de los hombres le avivó una vieja, lenta y extraña sensación en la que ternura y terror se mezclaban. Procuró que no la vieran, pero le gustaba verles cabalgar y escuchar su conversación. 

—Hay algo que no me gusta en este bosque —gruñó el más viejo de los dos cazadores—. Los animales que viven en tierra de unicornios aprenden algo de magia con el tiempo, sobre todo en lo que se refiere a desaparecer. No encontraremos buena caza aquí.
—Los unicornios se marcharon hace mucho tiempo —dijo el segundo—, suponiendo que existieran alguna vez. Este es un bosque como otro cualquiera.
—Entonces, ¿por qué aquí no se marchitan nunca las hojas, ni nieva? Yo te lo diré: sólo queda un unicornio en el mundo, viejo y solitario, y al que le deseo mucha suerte, y mientras viva en este bosque no habrá cazador que se lleve a casa ni un triste pajarillo. Anda, sigue, ya lo verás. Conozco las costumbres de los unicornios.
—Por los libros —replicó el otro—. Sólo por los libros, los cuentos y las canciones. Nadie ha visto un unicornio en los últimos tres reinados, ya sea en este país o en cualquier otro. No sabes de unicornios más que yo, que he leído los mismos libros y escuchado las mismas historias, sin haber visto jamás ni uno. 

El primer cazador se mantuvo callado un rato, mientras el otro silbaba para sí mismo, malhumorado. Al cabo, dijo el primero: 

—Mi bisabuela vio una vez a un unicornio. Solía hablarme de ello cuando era pequeño.
—¿De veras? ¿Y lo capturó con una brida de plata?
—No. No tenía ninguna. No es necesaria una brida de plata para atrapar a un unicornio; eso forma parte de la leyenda. Sólo necesitas ser puro de corazón.
—Ya, ya. —Se mofó el más joven—. ¿Montó en el unicornio después? ¿A pelo, bajo los árboles, como una ninfa en los albores del mundo?
—A mi bisabuela la atemorizaban los animales grandes —dijo el primer cazador—. No lo montó, sino que se sentó con mucha serenidad y el unicornio apoyó la cabeza en su regazo y se quedó dormido. Mi bisabuela no se movió hasta que despertó.
—¿A qué se parecía? Plinio describe a los unicornios como animales muy feroces, similares en el resto de su cuerpo al caballo, pero con cabeza de ciervo, pies de elefante y cola de oso, voz profunda y ronca, con un solo cuerno negro de dos codos de largo. Y los chinos...
—Mi bisabuela únicamente dijo que el unicornio olía muy bien. Nunca pudo soportar el olor de las bestias, ni siquiera de los gatos o las vacas; mucho menos de un animal salvaje. Sin embargo, le gustó el olor del unicornio. Hablando de ello una vez se puso a llorar. Claro que ya era muy vieja entonces, y lloraba por algo que le recordaba su juventud.
—Demos media vuelta y vayamos a cazar a otra parte —dijo bruscamente el segundo cazador.

La unicornio se introdujo en la espesura sin hacer ruido mientras hacían girar a los caballos, y sólo volvió a seguirles cuando estuvieron delante. Los hombres cabalgaron en silencio hasta que se aproximaron a la orilla del bosque. Entonces el segundo cazador preguntó en voz baja:

—¿Por qué piensas que se marcharon? Si alguna vez hubo tales cosas...
—¿Quién sabe? Los tiempos cambian. ¿Dirías que ésta es una buena época para los unicornios?
—No, pero me pregunto si ha existido alguien antes de nosotros que se planteara esta cuestión. Y ahora que lo pienso, me parece haber oído historias sobre el particular..., pero estaba borracho o distraído. Bien, no importa. Todavía hay luz suficiente para cazar, si nos damos prisa. ¡Vamos! 

Al salir del bosque pusieron los caballos al galope y se alejaron rápidamente. Pero antes de perderse de vista, el primer cazador miró por encima del hombro y gritó, como si pudiera ver a la unicornio oculta en las sombras: 

—Quédate donde estás, pobre bestia. Tú no eres de este mundo. Quédate en tu bosque, cuida de tus árboles y de tus amigos. No prestes atención a las jovencitas, todas acaban siendo necias ancianas. Y buena suerte. 

La unicornio permaneció inmóvil en el límite del bosque y dijo en voz alta:

—Soy el único unicornio que existe.
Eran las primeras palabras que pronunciaba, incluso para sí, en más de cien años.

No puede ser, pensó. Nunca le había importado estar sola, sin ver a otros unicornios, pues siempre supo que otros como ella estaban diseminados por el mundo, y esto le basta a un unicornio para sentirse acompañado. 

—Pero si todos los demás se hubieran ido yo lo sabría. De hecho, yo me habría ido también. Nada puede sucederles a ellos que no me suceda a mí. 

El sonido de su voz la atemorizó y la impulsó a huir. Atravesó como un rayo los oscuros senderos de su bosque, en que los claros de un verde intensísimo se alternaban con otros tamizados por las sombras, consciente de cuanto la rodeaba, desde la maleza que arañaba sus tobillos a los veloces centelleos azules y plateados que producía el viento al agitar las hojas. 

—Oh, nunca podría dejar esto, nunca, ni aunque fuera el único unicornio del mundo. Sé cómo vivir aquí, conozco todos los olores, todos los sabores, absolutamente todo. ¿Qué podría buscar en el mundo, sino esto de nuevo? 

Pero cuando por fin cesó de correr y se quedó quieta, escuchando a los cuervos y el alboroto de las ardillas en lo alto, reflexionó: 

—¿Podría ser que estuvieran en algún lugar muy lejano, cabalgando juntos? ¿Y si están ocultos, esperándome? 

Desde ese primer instante de duda no hubo paz para ella; la idea de abandonar su bosque la inquietaba hasta el punto de no sentirse a gusto en ninguna parte. Los unicornios no están hechos para elegir. Decía que no, decía que sí, y que no otra vez, día y noche, y por primera vez percibió el paso de los minutos, arrastrándose sobre su piel como gusanos.

—No me iré. El que los hombres no hayan visto unicornios en mucho tiempo no significa que se hayan extinguido. No me iría ni aunque fuera cierto. Yo vivo aquí.


Pero, al fin, despertó en medio de una cálida noche y dijo:
—Sí, pero ahora.
Corrió a través de su bosque, tratando de no ver nada, de no oler nada, de no sentir la tierra que pisaban sus patas hendidas. Los animales que merodean en la oscuridad, búhos, zorros y venados, alzaron la cabeza a su paso, pero ella no los miró.

Debo darme prisa, pensaba, y regresar lo antes posible. Tal vez no tendré que ir muy lejos. Pero, tanto si los encuentro como si no, volveré muy pronto, lo más pronto posible.

El camino que se iniciaba en la linde del bosque brillaba como agua bajo la luna, pero al entrar en él, lejos de los árboles, notó su dureza y su extensión. Estuvo tentada de volver, pero, en cambio, aspiró una profunda bocanada del aire de los bosques y lo retuvo en su boca como una flor todo el rato que pudo. 

El camino era largo, conducía a ninguna parte y no tenía fin. Serpenteaba a través de aldeas y pueblos, llanuras y montañas, eriales pedregosos y praderas inmaculadas, pero a ninguno pertenecía y no se concedía reposo. Arrastró a la unicornio consigo, tirando de sus patas como la marea, agotando sus fuerzas, sin concederle tiempo para escuchar el viento como antes. El polvo cegaba sus ojos, y su
crin colgaba sucia y enredada. 

El tiempo siempre había pasado de largo en su bosque, pero ahora era ella quien viajaba a través del tiempo. El color de los árboles cambiaba, el pelaje de los animales se hacía más espeso y desaparecía de nuevo. Las nubes se deslizaban perezosamente o ganaban velocidad, según la potencia del viento; el sol las pintaba de púrpura y oro, y palidecían al arribar la tormenta. Buscaba a sus iguales allá donde iba, pero no halló rastro de ellos, y no había palabra para describirlos en ninguna de las lenguas que oyó a lo largo de la ruta. 


Una mañana, temprano, cuando estaba a punto de apartarse del camino para dormir, vio a un hombre trabajando en su jardín. Aunque sabía que era preferible ocultarse, permaneció inmóvil y le observó afanarse, hasta que él se irguió y la vio.

Era gordo, y sus mejillas temblaban a cada paso que daba. 

— ¡Oh! — exclamó—. Vaya, qué cosa tan bonita.

Cuando se quitó el cinturón, hizo un lazo y se aproximó cautelosamente, la unicornio se sintió más complacida que asustada. El hombre sabía qué era ella y lo que él era capaz de hacer: plantar nabos y perseguir algo maravilloso que podía correr más rápido que cualquiera. Ella evitó su primera embestida tan velozmente como si el aire desplazado la hubiera empujado lejos de su alcance.

—En mis tiempos, trataban de cazarme con campanas y estandartes —le dijo —. Los hombres sabían que la única forma de atraparme era hacer la cacería tan fascinante que me acercara para verla. Y aun así, nunca me capturaron.
—Lo que pasa es que he resbalado —dijo el hombre—. Ahora no te muevas, preciosidad.
—Lo que nunca he comprendido —reflexionó en voz alta la unicornio mientras el hombre recobraba el aliento— es qué pensáis hacer conmigo después de cogerme.
—El hombre cargó de nuevo y ella se escabulló ágilmente—. No creo que os conozcáis bien a vosotros mismos.
—Ah, quieta, quieta, tranquila. —El rostro sudoroso del hombre estaba cubierto de suciedad, y no conseguía recobrar el aliento—. Bonita —jadeó—, yegua bonita...
—¿Yegua? —La unicornio repitió la palabra con una voz tan estridente que el hombre cesó de perseguirla y se tapó las orejas con las manos—. ¿Yo, una yegua? —preguntó—. ¿Eso es lo que crees que soy? ¿Eso es lo que ves?
—Una buena yegua —farfulló el hombre. Se apoyó en la cerca y se limpió la cara—. Después de una buena somanta y un buen cepillado serás la más hermosa de las yeguas. — Enarboló el cinturón de nuevo—. Te llevaré a la feria —dijo—. ¡Arre, caballo!
—Un caballo —dijo la unicornio—. Eso es lo que todos intentabais capturar: una yegua blanca de fuertes crines. 

Cuando el hombre se aproximó, pasó el cuerno a través del lazo del cinturón, le dio una fuerte sacudida y lo arrojó al otro lado de la carretera, al interior de un macizo de margaritas.

—Así que un caballo —resopló—. ¡Es increíble! Por un momento los grandes ojos de la unicornio estuvieron muy cerca de los pequeños, cansados y asombrados del hombre. Entonces se apartó y huyó hacia la carretera, corriendo con tal ligereza que quienes la vieron pasar exclamaron:

— ¡Mira ese caballo! ¡Ése sí que es un buen caballo!
Un anciano comentó en voz baja a su mujer:
—Es un caballo de Ayrab. Una vez viajé en barco con un caballo de Ayrab.

Desde aquel día la unicornio evitó las ciudades, incluso de noche, aunque no hubiera senda que las rodeara. Aun así, hubo quien intentó darle caza, pero siempre pensando que era una yegua blanca vagabunda. Por desgracia, no hacían gala de aquellas maneras elegantes y respetuosas adecuadas a la caza de unicornios. Venían provistos de cuerdas, redes y cebos de azúcar, silbaban y la llamaban Bess o Nellie. A veces, se retrasaba lo suficiente para que los caballos percibieran su olor, y los veía retroceder, girar locamente y salir huyendo con sus aterrorizados jinetes. Los caballos siempre la reconocían. 

—¿Qué es lo que sucede? —se preguntaba—. Podría comprender que los hombres hubieran olvidado a los unicornios, o que los odiaran de tal forma que trataran de matarlos nada más verlos. Pero lo cierto es que no ven a ninguno, y cuando lo ven no lo reconocen... ¿Cómo se ven entre sí? ¿Cómo ven los árboles, las casas, los caballos de verdad y a sus propios hijos?

Otras veces pensaba:
—Si los hombres ya no reconocen lo que miran, es muy posible que todavía existan unicornios en el mundo, ignorados y felices.

Pero sabía, más allá de toda esperanza y vanidad, que los hombres habían cambiado, y el mundo con ellos, porque los unicornios ya no existían. Aun así, continuó su camino, a pesar de que cada día deseaba un poco más no haber abandonado su bosque.

Cierto atardecer, una mariposa se desprendió de la brisa y fue a posarse en el extremo de su cuerno. Estaba recubierta de un vello aterciopelado, oscuro y polvoriento, con las alas tachonadas de oro y el cuerpo tan fino como el pétalo de una flor. Bailó alrededor de su cuerno y la saludó con las antenas rizadas.

—Soy un jugador errante. ¿Cómo estás?

La unicornio rió por primera vez desde que iniciara el viaje.
—Mariposa, ¿qué estás haciendo en un día tan ventoso? —le preguntó—. Cogerás un resfriado y te morirás mucho antes de tu día.
—La muerte toma lo que el hombre guarda —dijo la mariposa— y desprecia lo que el hombre malgasta. Sopla, viento, y agrieta tus mejillas. Me caliento las manos ante el fuego de la vida y encuentro alivio de cuatro maneras distintas. 

Brilló como una mota de crepúsculo en su cuerno.

—¿Sabes lo que soy, mariposa? —preguntó la unicornio, esperanzadamente.
—Lo sé perfectamente, eres un vendedor de pescado. Eres todo lo que deseo, eres el sol que me alumbra, eres viejo, gris y somnoliento, eres mi tísica y avinagrada Mary Jane. —Hizo una pausa, agitando las alas en el viento, y añadió con toda naturalidad— : Tu nombre es una campana de oro que pende en mi corazón. Me rompería en pedazos si te llamara una sola vez por tu nombre.
—Entonces, di mi nombre, —suplicó la unicornio—. Si sabes mi nombre, dímelo.
—Rumpelstiltskin —respondió alegremente la mariposa—. ¡Te pillé! Te has quedado sin medalla.—Bailó y centelleó sobre su cuerno, cantando—. Ven a casa, Bill Bailey, ven a casa, de donde te echaron una vez. No cejes, Winsocki, ve en pos de una estrella fugaz. El cuerpo yace en reposo, pero la sangre es vagabunda, de modo que seré llamado matademonios en toda la región.

Sus ojos lanzaban destellos escarlata sobre la superficie del cuerno. La unicornio suspiró y siguió caminando, divertida y disgustada al mismo tiempo. Te está bien empleado, murmuró para sí misma. Es absurdo esperar que una mariposa sepa tu nombre. Todo lo que saben son canciones y poesías, y cualquier cosa que oigan. Tienen buenas intenciones, pero no perseveran. ¿Y por qué deberían hacerlo? Su vida es demasiado corta.
La mariposa se pavoneó ante sus ojos, cantando:
—Un, dos, tres, al hoyo —siguió dando vueltas, mientras salmodiaba—. No, yo no, consuelo de la inmundicia, bajaré los ojos hacia esa senda solitaria. Pues, oh, malditos minutos, repite aquel que adora, aún dudando. Apresúrate, Alegría, y trae contigo un puñado de fantasías de las que soy dueño, que serán puestas a la venta sólo por tres días, a precio de rebaja. Te quiero, te quiero, oh, el horror, el horror, y levántate, bruja, levántate, ciertamente has elegido un mal sitio para lastimarte el pie, sauce, sauce, sauce. 

Su voz tintineó en la cabeza de la unicornio, como monedas al caer. 

Viajó con ella hasta declinar el día, pero cuando el sol se ocultó y el cielo se tiño de rosa, voló de su cuerno y revoloteó ante la unicornio.

—Debo tomar el tren A —dijo educadamente.

En contraste con las nubes, sus alas se veían ribeteadas de delicadas venas negras.
— Hasta la vista —dijo la unicornio—. Espero que oigas muchas más canciones.— Consideró que era la manera más adecuada para despedirse de una mariposa.

Pero, en lugar de marcharse, revoloteó sobre su cabeza, parecía menos atrevida y un poco nerviosa a la triste luz del anochecer—. Márchate —le urgió—. Hace mucho frío para ti.

Pero la mariposa seguía perdiendo el tiempo, canturreando para sí misma.
— Cabalgan ese caballo que llamas Macedonio —tarareó distraídamente, para luego añadir con toda nitidez—: Unicornio. En francés antiguo, unicorne. En latín, unicornis. Literalmente, con un solo cuerno; unus, uno, y cornu, un cuerno. Oh, soy un cocinero y un capitán audaz y el primer oficial de la brigada Nancy. ¿Alguien ha visto a Kelly? 

Se contoneó gozosamente en el aire ante el asombro de las primeras luciérnagas, que la contemplaron admiradas y algo escépticas. 

La unicornio estaba tan estupefacta y feliz de haber oído su nombre por primera vez, que no tomó en cuenta el comentario acerca del caballo. 

— ¡Oh, me conoces de verdad! —gritó, y expiró el aliento con tanta fuerza que la mariposa fue a parar veinte pasos más allá. Cuando volvió, no sin ciertas dificultades, le rogó—: Mariposa, si realmente sabes quien soy, dime si viste alguna vez alguien como yo, dime adonde debo ir para encontrarle. ¿Adonde se fueron los míos? 
—Mariposa, mariposa, ¿dónde he de esconderme? —cantó, mientras la luz se desvanecía rápidamente—. El dulce y amargo loco aparecerá de un momento a otro. Cristo, ojalá estuviera mi amor entre mis brazos y yo en la cama de nuevo. 

Se posó en el cuerno de la unicornio, que la sintió temblar.

—Por favor —dijo la unicornio—, sólo quiero saber si hay otros unicornios en el mundo. Mariposa, dime que todavía queda alguno y te creeré. Volveré a mi bosque. Hace mucho que me fui y prometí que no tardaría en regresar.
—Sobre las montañas de la Luna —empezó a decir la mariposa—, por el Valle de las Sombras cabalga, cabalga temerariamente. —Entonces se detuvo y dijo con voz extraña—: No, no, escúchame, no me escuches, escúchame. Encontrarás a tu gente si eres valiente. Hace mucho tiempo que rebasaron todos los caminos. El Toro Rojo los siguió de cerca y borró sus huellas. No desmayes ante nada, pero no te descuides.

Sus alas rozaron la piel de la unicornio.
—¿El Toro Rojo? —preguntó—. ¿Qué es el Toro Rojo?
La mariposa empezó a cantar.
—Sígueme abajo. Sígueme abajo. Sígueme abajo. Sígueme abajo. —Pero entonces sacudió la cabeza con energía y recitó—: Este toro posee majestad sin igual y sus cuernos son los cuernos de un buey salvaje, y con ellos empujará a todos los pueblos hacia los confines del mundo. Escucha, escucha con atención.
—Ya te escucho —exclamó la unicornio—. ¿Dónde está mi pueblo y qué es el Toro Rojo? 

Pero la mariposa planeó cerca de su oreja y rió. 

—Tengo pesadillas en las que me arrastro sobre la tierra —cantó—. Los cachorros, Tray, Blanche, Sue, me ladran, las serpientes me silban, los mendigos están llegando a la ciudad. Y al final llegan las
almejas. 

Aún bailó un poco más en el crepúsculo. Luego se adentró tiritando en las sombras violáceas del borde del camino, cantando de modo provocativo. 

— ¡O tú o yo, mariposa! Mano a mano a mano a mano a mano... 

Lo último que la unicornio vio de ella fue un tenue aleteo entre los árboles, pero sus ojos debían de haberla engañado porque, la noche se había llenado de alas. 

Al menos me reconoció, pensó con tristeza. Eso significa algo. Pero en seguida se respondió: no, no significa nada en absoluto, excepto que alguien compuso una vez una canción o un poema sobre unicornios. Pero el Toro Rojo... ¿Qué habrá querido decir? Tal vez sea otra canción.

Siguió caminando a paso lento y la noche se cerró a su alrededor. El cielo parecía estar muy bajo, de un color negro intenso, salvo por una mancha de plata allí donde la luna se asomaba a través de las delgadas nubes. La unicornio cantó suavemente una canción, que había oído mucho tiempo atrás, de labios de una joven:

Gorriones y gatos vivirán en mi zapato
antes de que tú y yo juntos lo hagamos.
El pez caminará fuera del agua
antes de que tú regreses a casa. 

No comprendió la letra, pero la canción hizo que sintiera nostalgia de su hogar. Tenía la impresión de haber oído al otoño, que sacudía las hayas en el preciso momento que empezó a caminar.

Por fin, se acostó sobre la fría hierba y durmió. Los unicornios constituyen la especie más cautelosa de los animales salvajes, pero duermen profundamente cuando lo hacen. Por ello, de no haber estado soñando en su casa, probablemente habría despertado nada más oír el sonido de ruedas y cascabeles acercándose al amparo de la noche, por más que las ruedas estuvieran cubiertas con trapos y las campanillas forradas de lana. Pero se encontraba muy lejos, en un lugar donde las campanillas no podían oírse y no despertó. 

Había nueve carretas, todas negras, cada una de ellas tirada por un flaco caballo negro, todas con los flancos erizados de rejas, que parecían dientes cuando el viento agitaba las colgaduras negras. Conducía la primera carreta una anciana rechoncha. A cada lado del vehículo unas grandes letras anunciaban: EL CARNAVAL DE LA MEDIANOCHE DE MAMÁ FORTUNA. Y más abajo, en letras más pequeñas: Criaturas de la noche devueltas a la luz. 

Cuando la primera carreta pasó por donde dormía la unicornio, la anciana tiró súbitamente de las riendas y detuvo la marcha. Lo mismo hizo el resto de la caravana, mientras la mujer saltaba a tierra con muy poca gracia. Se acercó a la unicornio, la observó detenidamente durante largo rato y luego dijo: 

—Bien, bien, bendita sea mi corazonada. Creo que acabo de ver al último de ellos.

Su voz dejó en el aire un aroma a miel y pólvora.

Sonrió y dejó al descubierto sus dientes carcomidos. 

—Si lo supiera..., pero no creo que se lo diga.

Miró hacia las negras carretas y chasqueó los dedos dos veces. Los conductores de la segunda y la tercera descendieron y se aproximaron. Uno era bajo, moreno y robusto, como la mujer; el otro, alto, delgado y con aspecto de estar completamente confuso. Se cubría con una raída capa negra y tenía los ojos verdes.

—¿Qué es lo que ves? —preguntó la anciana al más bajo—. Rukh, ¿qué es lo que ves ahí, dormido?
—Un caballo muerto... No, no está muerto. —Emitió una risita sofocada, como el sonido de una cerilla al ser rascada—. Dáselo a la mantícora, o al dragón.
—Estás loco —dijo Mamá Fortuna. Luego preguntó al otro—: ¿Qué opinas tú, mago, profeta, taumaturgo? ¿Qué es lo que ves con tu mirada de brujo?

La mujer y el hombre llamado Rukh lanzaron grandes carcajadas, que se interrumpieron cuando ella vio al hombre alto examinando todavía a la unicornio con suma atención.

— ¡Contéstame, payaso! —rugió la anciana, pero el otro no volvió la cabeza.

Ella le obligó a hacerlo de un fuerte manotazo en la barbilla. El hombre inclinó los ojos ante la feroz mirada biliosa.

—Un caballo —murmuró—. Un potro blanco.
—Tú también eres un imbécil, mago —respondió la anciana después de guardar silencio un rato—, pero un imbécil peor que Rukh. Él sólo miente por avaricia, pero tú lo haces por miedo. ¿O acaso es por bondad?

El hombre no dijo nada y Mamá Fortuna rió entre dientes.

—De acuerdo; es un potro blanco. Lo quiero para el Carnaval. La novena jaula está vacía.
—Necesitaré una soga —indicó Rukh.

Antes de que pudiera dar un paso, la mujer lo detuvo.

—La única cuerda que puede sujetarlo es aquella con la que los antiguos dioses inmovilizaron al lobo Fenris. Estaba hecho de aliento de peces, baba de pájaro, barba de mujer, maullido de gato, nervios de oso y algo más. Ya me acuerdo..., raíz de montaña. Al no tener a mano ninguno de estos elementos, ni duendes para conseguirlos, haremos lo que podamos con barrotes de acero. Le sumiré en un profundo sueño, así.

Las manos de Mamá Fortuna dibujaron jeroglíficos en el aire de la noche, mientras susurraba desagradables palabras. Una vez terminado el conjuro, un aroma similar al del rayo se propagó alrededor de la unicornio.

—Ahora, encerradlo —dijo a los dos hombres—. Dormirá hasta el amanecer, por más estrépito que arméis, a menos que, con vuestra estupidez habitual, lo toquéis con las manos. Desmontad la novena jaula y volvedla a montar a su alrededor, pero cuidado..., la mano que roce apenas su crin instantáneamente en pezuña de burro se convertirá. —Miró burlonamente al hombre alto—. Así que aún te costaría más de hacer tus truquitos de lo que ahora te cuesta, mago. Ve a trabajar. Pronto será de día.

Cuando estuvo lejos del alcance de sus oídos, confundida con la sombra que proyectaba la carreta, el hombre llamado Rukh escupió y dijo:

—Me pregunto qué le preocupa a esa vieja foca. ¿Qué importa si tocamos al animal con la mano?
—El simple roce de una mano humana le despertaría del sueño más profundo que el mismísimo diablo le hubiera impuesto. Y Mamá Fortuna no es el diablo —respondió el mago, con voz apenas audible. 
—Eso es lo que a ella le gustaría que pensáramos —rezongó el hombre moreno—. ¡Pezuñas de burro...!

Sin embargo, hundió las manos en los bolsillos.

—¿Por qué se rompería el conjuro? No es más que una vieja yegua blanca.

Pero el mago ya se alejaba en dirección a la última carreta negra.

—Date prisa — le apremió—. Falta poco para el amanecer.

Emplearon el resto de la noche en desmontar los elementos de la novena jaula (barrotes, techo y piso) y disponerlos de nuevo alrededor de la dormida unicornio.

Rukh estaba forcejeando con la puerta para comprobar que cerraba bien, cuando los árboles grisáceos empezaron a vislumbrarse hacia el este y la unicornio abrió los ojos.

Los dos hombres se ocultaron con rapidez, pero el mago miró hacia atrás, justo a tiempo para ver a la unicornio ponerse en pie y contemplar fijamente los barrotes de hierro, balanceando la cabeza, como un viejo caballo blanco.



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