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domingo, 9 de marzo de 2014

La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo II

 Viene de La reina de las nieves - Hans Christian Andersen - Capítulo I



SEGUNDO EPISODIO
Un Niño y una Niña

En una gran ciudad - uno de esos lugares tan llenos de casas y de gentes, donde no hay suficiente espacio para que todos puedan tener un pequeño jardín y donde, en consecuencia, los que allí viven deben contentarse con unas cuantas macetas -, había dos pobres niños que, sin embargo, tenían un jardín algo más grande que un simple tiesto de flores.

No eran hermanos, pero se querían tanto como si lo fueran. Las familias vivían en sendas buhardillas, justo enfrente una de otra; allí donde el tejado de una casa tocaba casi al de la otra, se abrían un par de pequeñas ventanas, una en cada buhardilla; bastaba dar un pequeño salto sobre los canalones que corrían junto a los aleros para pasar de una ventana a otra.

Cada familia tenía delante de su correspondiente ventana un cajón grande de madera en el que cultivaban hortalizas, que más tarde pasarían a la mesa, y en que crecía también un pequeño rosal; los dos rosales, uno en cada cajón, crecían fuertes y hermosos. Un día, los padres tuvieron la idea de colocarlos perpendicularmente a los canalones, de modo que casi llegaban de ventana a ventana, ofreciendo el aspecto de dos verdaderos jardines. Los tallos de los guisantes colgaban a ambos lados y los rosales alargaban sus ramas enmarcando las ventanas e inclinándose cada uno hacia el otro; parecían dos arcos de triunfo de hojas y de flores. Como los cajones estaban situados muy altos, los niños sabían que no debían trepar hasta ellos, aunque a veces les daban permiso para subir y reunirse, sentándose bajo las rosas en sus pequeños taburetes. jugar allí era una verdadera delicia.

Pero esta diversión les estaba vedada durante el invierno. Con frecuencia las ventanas se cubrían de escarcha y entonces los niños calentaban en la estufa una moneda de cobre, poniéndola a continuación sobre el helado cristal de la ventana; conseguían así una magnífica mirilla perfectamente redonda; detrás, espiaba un ojo afectuoso, uno en cada mirilla. El niño se llamaba Kay, y la niña, Gerda.

Durante el verano podían reunirse con sólo dar un salto, en invierno había que bajar muchos pisos y subir otros tantos; afuera, los copos de nieve revoloteaban en el aire.

- Son abejas blancas que juegan en el aire - decía la abuela.
- ¿También ellas tienen una reina? - preguntaba el niño, sabiendo que las verdaderas abejas tienen.
- ¡Claro que si!- decía la abuela-. Vuela en medio del grupo más denso, es la más grande de todas y jamás se queda en tierra, pues, en cuanto toca el suelo, vuelve a partir enseguida hacia las nubes. A menudo, en las noches de invierno, recorre las calles de la ciudad, mira por las ventanas y entonces los cristales se hielan de forma extraña como si se cubrieran de flores.
- ¡Sí, sí, yo lo he visto! - dijeron a la vez los niños, comprobando así que la abuela no mentía.
- ¿Puede venir aquí al Reina de las Nieves? - Preguntó la niña.
- ¡Que venga! - dijo el niño - La pondré sobre la estufa y se derretirá.

La abuela le acarició los cabellos y le contó otras historias. Por la noche, cuando el pequeño Kay estaba a medio desnudarse, se subió a la silla que había junto a la ventana y cerrando un ojo miró por su pequeña mirilla redonda. En la calle, caían algunos copos de nieve; uno de ellos, el más grande, quedó al borde del cajón de flores; el copo creció y creció y acabó por convertirse en una mujer, vestida con un maravilloso manto blanco que parecía estar hecho de millones de copos estrellados. Era de una belleza cautivadora, aunque de un hielo brillante y enceguecedor y , sin embargo, tenía vida; sus ojos centelleaban como estrellas, mas no había en ellos ni calma ni sosiego. Hizo una seña con la cabeza y, mirando hacia la ventana, levantó su mano. El niño se llevó tal susto que cayó de la silla; le pareció entonces que un gran pájaro pasaba volando delante de su ventana.

El día siguiente fue frío y seco... luego vino el deshielo... y, por fin, llegó la primavera. Brillaba cálido el sol, comenzaban las yemas a despuntar en los árboles, construían sus nidos las golondrinas, se abrían las ventanas en las casas y los dos niños se sentaban de nuevo en su pequeño jardín, allá arriba, junto al canalón que discurría a lo largo del tejado.

Las rosas florecieron aquel año en todo su esplendor; la niña había aprendido un salmo que hacía referencia a las rosas y que le hacía pensar en las suyas cada vez que lo cantaba; se lo enseñó a su amigo y los dos cantaron juntos: 

Las rosas en el valle crecen, el Niño Jesús les habla y ellas al viento se mecen.

Los niños se cogían de la mano, besaban los capullos acariciados por la luz pura del sol de Dios y les hablaban como si el Niño Jesús hubiera estado allí. ¡Qué maravillosos, aquellos días de verano! ¡Qué delicia estar junto a los hermosos rosales que parecían no cansarse nunca de dar flores!

Kay y Greda estaban sentados, mirando un álbum de animales y pájaros... sonaron las cinco en el reloj del campanario... De repente Kay exclamó:

- ¡Ay, me ha dado un pinchazo el corazón! ¡Y algo me ha entrado en el ojo!

La pequeña Greda tomó entre sus manos la cabeza da Kay; él parpadeó; no, no se veía nada.

- Me parece que ya ha salido - dijo Kay.

Pero no, no había salido. Era precisamente una mota de polvo del cristal procedente del espejo; lo recordáis ¿verdad? El espejo del duende, el horrible espejo que hacía pequeño y feo todo lo que era bueno y hermoso, mientras que lo bajo y lo vil, cualquier defecto por pequeño que fuera, lo agrandaba de inmediato. Al pobre Kay se le había clavado una esquirla de cristal en su corazón, que pronto se convertiría en un bloque de hielo. No sentía ya ningún dolor, pero el cristal seguía allí.

- ¿Por que lloras? - Preguntó Kay a su amiguita- Estás muy fea cuando lloras. ¡Bah! ¡Mira: esa rosa está agusanada y aquella otra crece torcida! ¡Son feas, tan feas como el cajón en el que crecen!

Y de una patada arrancó las dos rosas.

- ¡Kay! ¿Qué haces ...? - gritó la niña mirándolo asustada.

Kay arrancó aún otra rosa y rápidamente se metió por la ventana dejando allí sola a la pequeña Gerda.

Cuando poco después la niña volvió a su lado con el álbum, Kay le dijo que aquello estaba bien para los bebés, pero no para él. Si la abuela les contaba cuentos, él siempre encontraba algún motivo para burlarse y en cuanto podía la imitaba a sus espaldas ridiculizando sus palabras y sus gestos; la verdad es que lo hacía a la perfección y todo el mundo se reía a carcajadas. Pronto se acostumbró a imitar y a burlarse de cualquiera que pasara por la calle. Todo lo que en los demás había de singular o de poco agradable era ridiculizado por el muchacho. La gente decía de él:

- ¡ Qué inteligente es este chico!

Se dedicaba incluso a mortificar a la pequeña Gerda, que lo quería con toda su alma. El cristal que le había entrado en el ojo y el que se había alojado en su corazón eran la causa de todo.

Sus juegos fueron muy diferentes de lo que eran, demasiado razonables para un chiquillo. Un día de invierno que caía una fuerte nevada, Kay sacó una lupa y extendió una punta de su chaqueta azul para que cayeran sobre ella algunos copos.

- Mira a través de la lupa, Gerda - le dijo.

Los copos aparecían mucho más grandes y tenían el aspecto de flores magníficas o de estrella de diez puntas; era realmente precioso.

- Fíjate que curioso- continuó Kay - Es más interesante que las flores de verdad.No hay en ellos el menor defecto; mientras no se funden, los copos son absolutamente perfectos.

Unos días después, se acercó a Gerda con las manos enfundadas en unos gruesos guantes y con su trineo a la espalda; gritándole al oído, le dijo:

- ¡Me han dado permiso para ir a jugar a la Plaza Mayor con los chicos! He de dejarte.

Y hacia allí se marchó.

En la plaza Mayor, los chicos más traviesos solían atar sus trineos a los carros de los campesinos para ser remolcados por ellos un gran trecho. Aquello era la mar de divertido.

Cuando estaban en pleno juego, llegó un gran trineo, completamente blanco, conducido por una persona envuelta en un abrigo de piel blanco y con un gorro de piel igualmente blanco en la cabeza; dio dos vueltas a la plaza y Kay enganchó rápidamente su pequeño trineo al que acababa de llegar; juntos, comenzaron a deslizarse por la nieve. Cogieron más velocidad y salieron de la plaza por una calle lateral; la persona que conducía el trineo grande volvió la cabeza e hizo a Kay una seña amistosa, como si ya se conocieran de antes. Cada vez que Kay intentaba desenganchar su trineo, el desconocido volvía la cabeza y Kay se quedaba inmóvil en su asiento. Así llegaron a las puertas de la ciudad y se alejaron. La nieve empezó a caer tan copiosamente que el niño apenas podía ver a un palmo por delante de su nariz; intentó aflojar la cuerda que lo mantenía unido al trineo grande, pero no lo consiguió: estaban bien enganchados y corrían tan veloces como el viento. Gritó con todas sus fuerzas, mas nadie lo oyó. La nieve seguía cayendo y el trineo avanzaba tan rápido que parecía volar, aunque a veces daba brincos, como si saltase sobre zanjas y piedras. Kay estaba tremendamente asustado, quiso rezar el Padrenuestro y sólo consiguió recordar la tabla de multiplicar.

Los copos caían cada vez más gruesos y parecían ya gallinas blancas; de pronto, se hicieron a un lado, el gran trineo se detuvo y la persona que lo conducía se levantó. Su abrigo y su gorro eran tan sólo de nieve. Se trataba de una mujer alta y esbelta, de blancura deslumbrante: La Reina de las Nieves.

- Hemos hecho un largo camino - dijo ella - ¿Tienes frío? Ven, métete bajo mi abrigo de piel de oso.

Le montó en su trineo, extendió su abrigo sobre él y Kay creyó desaparecer entre un montón de nieve.

- ¿Todavía tienes frío? - le preguntó, besándolo en la frente.

¡Ay!, aquel beso era más frío que el hielo y le penetró hasta el corazón que, por otra parte, era ya casi un bloque de hielo. Le pareció que iba a morir... pero esa sensación no duró más que un instante, después dejó de sentir el frío intenso que lo rodeaba.

- ¡Mi trineo! ¡No olvides mi trineo!

Eso fue lo primero en que pensó. La Reina de las Nieves lo ató a la espalda de una de las gallinas blancas que volaban tras ellos y a continuación besó a Kay una vez más y esté olvidó a la pequeña Gerda, a la abuela y a todos los que habían quedado en su casa.

- No te volveré a besar - le dijo ella- Un beso más te mataría. 

Kay la miró; era hermosa, no podía imaginar un rostro que irradiara una inteligencia y un encanto semejantes; no tenía aquel aspecto de hielo, como cuando le hizo una seña a través de la ventana; a sus ojos, era perfecta y no le inspiraba ya ningún temor: Le contó que sabía calcular de memoria, incluso con fracciones, que conocía perfectamente la geografía del país y el número de sus habitantes. Mientras todo eso le contaba, ella no dejaba de sonreír. No obstante, Kay tenía la impresión de que todo cuanto sabía no era suficiente. Miró hacia arriba, el espacio infinito. La Reina de las Nieves lo tomó en sus brazos y juntos ascendieron por el aire; atravesaron oscuros nubarrones, donde el rugir del huracán evocaba en su mente el recuerdo de antiguas canciones. Volaron por encima de bosques y de lagos, de mares y montañas; debajo, silbaba el viento, graznaban las cornejas y aullaban los lobos sobre un fondo de resplandeciente nieve. Arriba, en lo alto, una luna grande y fulgurante iluminaba el cielo y Kay la contempló durante toda aquella larga noche de invierno. Al llegar el día, se durmió a los pies de la Reina de las Nieves.


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