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viernes, 5 de abril de 2013

El Señor de las Moscas - Capítulo II - William Golding

Viene de "El Señor de las Moscas - Capítulo I - William Golding"



Fuego en la montaña

Cuando Ralph cesó de sonar la caracola, la plataforma estaba atestada, pero aquella reunión era bastante diferente de la que había tenido lugar por la mañana. El sol vespertino entraba oblicuo por el otro lado de la plataforma y la mayoría de los muchachos, aunque demasiado tarde, al sentir el escozor del sol, se habían vestido; el coro, menos compacto como grupo, había abandonado sus capas. Ralph se sentó en un tronco caído, dando su costado izquierdo al sol. A su derecha se encontraba casi todo el coro; a su izquierda, los chicos mayores, que antes de la evacuación no se conocían; frente a él, los más pequeños se habían acurrucado en la hierba.

Ahora, silencio. Ralph dejó la caracola marfileña y rosada sobre sus rodillas; una repentina brisa esparció luz sobre la plataforma. No sabía qué hacer, si ponerse en pie o permanecer sentado. Miró de reojo a la poza, que quedaba a su izquierda. Piggy estaba sentado cerca, pero no ofrecía ayuda alguna.

Ralph carraspeó.

- Bien.

De pronto descubrió que le era difícil hablar con soltura y explicar lo que tenía que decir. Se paso una mano por el rubio pelo y dijo:

- Estamos en una isla. Subimos hasta la cima de la montaña y hemos visto que hay agua por todos lados. No vimos ninguna casa, ni fuego, ni huellas de pasos, ni barcos, ni gente. Estamos en una isla desierta, sin nadie más.

Jack lo interrumpió.

- Pero sigue haciendo falta un ejército... para cazar. Para cazar cerdos...
- Sí. Hay cerdos en esta isla.

Los tres intentaron trasmitir a los demás la sensación de aquella cosa rosada y viva que luchaba entre las lianas.

- Vimos...
- Chillando...
- Se escapó...
- Y no me dio tiempo a matarlo... pero... ¡la próxima vez!

Jack clavó la navaja en un tronco y miró a su alrededor con cara de desafío.

La reunión recobró la tranquilidad.

- Como veis - dijo Ralph -, necesitamos cazadores para que nos consigan carne. Y otra cosa.

Levantó la caracola de sus rodillas y observó en torno suyo aquellas caras quemadas por el sol.

- No hay gente mayor. Tendremos que cuidarnos nosotros mismos.

Hubo un murmullo y el grupo volvió a guardar silencio.

- Y otra cosa. No puede hablar todo el mundo a la vez. Habrá que levantar la mano como en el colegio.

Sostuvo la caracola frente a su rostro y se asomó por uno de sus bordes.

- Y entonces le daré la caracola.
- ¿La caracola?
- Se llama así esta concha. Daré la caracola a quien le toque hablar. Podrá sostenerla mientras habla.
- Pero...
- Mira...
- Y nadie podrá interrumpirlo. Sólo yo.

Jack se había puesto de pie.

- ¡Tendremos reglas! - gritó animado -. ¡Muchísimas! Y cuando alguien no las cumpla...
- ¡Uayy!
- ¡Zas!
- ¡Bong!
- ¡Bam!

Ralph sintió a alguien levantar la caracola de sus rodillas. Cuando se dio cuenta, ya estaba Piggy de pie, meciendo en sus brazos el gran caracol blanquecino, y el griterío fue apagándose poco a poco. Jack, todavía de pie, miró perplejo a Ralph, que sonrió y le señaló el tronco con una palmada. Jack se sentó. Piggy se quitó las gafas y, mientras las limpiaba con la camisa, miró parpadeante a la asamblea.

- Estáis distrayendo a Ralph. No le dejáis llegar a lo más importante.

Se detuvo.

- ¿Sabe alguien que estamos aquí? ¿Eh?
- Lo saben en el aeropuerto.
- El hombre de la trompeta...
- Mi papá.
Piggy se puso las gafas.

- Nadie sabe que estamos aquí - dijo. Estaba más pálido que antes y falto de aliento -. A lo mejor sabían a dónde íbamos; y a lo mejor, no. Pero no saben dónde estamos porque no llegamos a dónde íbamos a ir.

Los miró fijamente durante unos instantes, luego giró y se sentó. Ralph cogió la caracola de sus manos.

- Eso es lo que yo iba a decir - siguió -, cuando todos vosotros, cuando todos... - observó sus caras atentas -. El avión cayó en llamas por los disparos. Nadie sabe dónde estamos y a lo mejor tenemos que estar aquí mucho tiempo.

Hubo un silencio tan completo que podía oírse el angustioso subir y bajar de la respiración de Piggy. El sol entraba oblicuamente y doraba media plataforma. Las brisas, que se habían entretenido en la laguna persiguiéndose la cola, como los gatos, se abrían ahora camino a través de la plataforma en dirección a la selva. Ralph se echó hacia atrás la maraña de pelo rubio que le cubría la frente.

- Así que a lo mejor tenemos que estar aquí mucho tiempo.

Todos permanecieron callados. De repente, Ralph sonrió.

- Pero esta es una isla estupenda. Nosotros... Jack, Simon y yo..., nosotros escalamos la montaña. Es fantástico. Hay comida, y bebida, y...
- Rocas...
- Flores azules...

Piggy, a medio recuperarse, señaló a la caracola que Ralph tenía en sus manos, y Jack y Simón se callaron. Ralph continuó.

- Podemos pasarlo bien aquí, mientras esperamos.

Hizo un amplio gesto con las manos.

- Es como lo que cuentan en los libros.

Surgió un clamor.

- La Isla del Tesoro...
- Golondrinas y Amazonas...
- La Isla de Coral...

Ralph agitó la caracola.

- Es nuestra isla. Es una isla estupenda. Podemos divertirnos muchísimo hasta que los mayores vengan por nosotros.

Jack alargó el brazo hacia la caracola.

- Hay cerdos - dijo -. Hay comida y agua para bañarnos ahí en ese arroyo pequeño... y de todo. ¿Alguno de vosotros ha encontrado algo más?

Devolvió la caracola a Ralph y se sentó. Al parecer, nadie había encontrado nada. Los chicos mayores se fijaron por primera vez en el niño, al tratar éste de resistirse. Un grupo de chiquillos le empujaban hacia delante, pero no quería avanzar. Era un pequeñuelo, de unos seis años, con una mancha de nacimiento morada que cubría un lado de su cara. Estaba de pie ante ellos, combado su cuerpo ahora por la rabiosa luz de la publicidad, y frotaba la hierba con la punta de un pie. Balbuceaba algo y parecía a punto de llorar.

Los otros pequeños, hablando en voz baja, pero muy serios, lo empujaron hacia Ralph.

- Bueno - dijo Ralph - venga de una vez.

El niño miró a todos con pánico.

- ¡Habla!

El pequeño alargó el brazo hacia la caracola y el grupo rompió en carcajadas; rápidamente retiró las manos y rompió a llorar.

- ¡Dale la caracola! - gritó Piggy -. ¡Dásela!

Por fin, Ralph logró que la cogiese, mas para entonces el golpe de risas había dejado sin voz al niño. Piggy se arrodilló junto a él, con una mano sobre la gran caracola, para escucharle y hacer de intérprete ante la asamblea.

- Quiere saber qué vais a hacer con esa serpiente.

Ralph se echó a reír y los otros mayores rieron con él. Cada vez se encorvaba más el pequeño.

- Cuéntanos cómo era esa serpiente.
- Ahora dice que era una fiera.
- ¿Una fiera?
- Se parecía a una serpiente. Pero grandísima. La vio él.
- ¿Dónde?
- En el bosque.

Las brisas errantes, o tal vez el ocaso del sol, dejaron posarse cierto frescor bajo los árboles. Los muchachos lo advirtieron y se agitaron inquietos.

- No puede haber ni fieras salvajes ni tampoco serpientes en una isla de este tamaño - explicó Ralph amablemente -. Sólo se encuentran en países grandes como África o la India.

Murmullos, y el serio asentir de las cabezas.

- Dice que la bestia vino por la noche.
- ¡Entonces no pudo verla!

Risas y aplausos.

- ¿Habéis oído? Dice que vio esa cosa de noche...
- Sigue diciendo que la vio. Vino, y luego se fue, y volvió, y quería comerlo...
- Estaba soñando.

Ralph, entre risas, recorrió con su mirada el anillo de rostros en busca de asentimiento. Los mayores estaban de acuerdo; pero aquí y allá, entre los pequeños, quedaba el resto de duda que necesita algo más que una garantía racional.

- Tuvo una pesadilla por haber andado entre todas esas trepadoras.

De nuevo, un serio asentir; sabían muy bien lo que eran las pesadillas.

- Dice que vio esa fiera, como una serpiente, y quiere saber si esta noche va a volver.
- ¡Pero si no hay ninguna fiera!
- Dice que por la mañana se transformó en una de esas cosas de los árboles que son como cuerdas y que se cuelga de las ramas. Pregunta si volverá está noche.
- ¡Pero si no hay ninguna fiera!

Ya no había rastro alguno de risas, sino una atención más preocupada. Ralph, divertido y exasperado a la vez, se pasó ambas manos por el pelo y miró al niño.

Jack asió la caracola.

- Ralph tiene razón, eso desde luego. No hay ninguna serpiente. Pero si hay una serpiente la cazaremos y la mataremos. Vamos a cazar cerdos para traer carne a todos. Y también buscaremos la serpiente esa...
- ¡Pero si no hay ninguna serpiente!
- Lo sabremos seguro cuando vayamos a cazar.

Ralph se sintió molesto y, por un momento, vencido. Sintió que se había enfrentado con algo inasequible. Los ojos que le miraban con tanta atención habían perdido su alegría.

- ¡Pero si no hay ninguna fiera!

Una reserva de energía que no sospechaba escondida en él se avivó y le forzó a insistir de nuevo y con más fuerza.

- ¡Pero si os digo que no hay ninguna fiera!

La asamblea permaneció en silencio. Ralph alzó la caracola una vez más y recobró el buen humor al pensar en lo que aún tenía que decir.

- Ahora llegamos a lo más importante. He estado pensando. Pensaba mientras escalábamos la montaña - lanzó a los otros dos una mirada de connivencia - y ahora aquí, en la playa. Esto es lo que he pensado. Queremos divertirnos. Y queremos que nos rescaten.

El apasionado rumor de conformidad que brotó de la asamblea le golpeó con la fuerza de una ola y él se perdió. Pensó de nuevo.

- Queremos que nos rescaten; y, desde luego, nos van a rescatar.

Creció el murmullo. Aquella declaración tan sencilla, sin otro respaldo que la fuerza de la nueva autoridad de Ralph, les trajo claridad y dicha. Tuvo que agitar la caracola en el aire para hacerse oír.

- Mi padre está en la Marina. Dice que ya no quedan islas desconocidas. Dice que la Reina tiene un cuarto enorme lleno de mapas y que todas las islas del mundo están dibujadas allí. Así que la Reina tiene dibujada esta isla.

De nuevo se oyó el rumor de la alegría y el optimismo.

- Y antes o después pasará por aquí algún barco. Hasta podría ser el barco de papá. Así que ya lo sabéis. Antes o después vendrán a rescatarnos.

Tras aclarar su argumento, se detuvo. La asamblea se vio alzada a un lugar seguro por sus palabras. Sentían simpatía y ahora respeto hacia él. Le aplaudieron espontáneamente y pronto la plataforma entera resonó con los aplausos. Ralph se sonrojó al observar de costado la abierta admiración de Piggy y al otro lado a Jack, que sonreía con afectación y demostraba que también él sabía aplaudir.

Ralph agitó la caracola en el aire.

- ¡Basta! ¡Esperad! ¡Escuchadme!

Prosiguió cuando hubo silencio, alentado por el triunfo.

- Hay algo más. Podemos ayudarles para que nos encuentren. Si se acerca un barco a la isla, puede que no nos vea. Así que tenemos que lanzar humo desde la cumbre de la montaña. Tenemos que hacer una hoguera,
- ¡Una hoguera! ¡Vamos a hacer una hoguera!

Al instante, la mitad de los muchachos estaban ya en pie. Jack vociferaba entre ellos, olvidada por todos la caracola.

- ¡Venga! ¡Seguidme!

El espacio bajo las palmeras se llenó de ruido y movimiento. Ralph estaba también de pie, gritando que se callasen, pero nadie le oía. En un instante el grupo entero corría hacia el interior de la isla y todos, tras Jack, desaparecieron. Hasta los más pequeños se pusieron en marcha, luchando contra la hojarasca y las ramas partidas como mejor pudieron. Ralph, sosteniendo la caracola en las manos, se había quedado solo con Piggy.

Piggy respiraba ya casi con normalidad.

- ¡Igual que unos críos! - dijo con desdén -. ¡Se portan como una panda de críos!

Ralph lo miró inseguro y colocó la caracola sobre un tronco.

- Te apuesto a que ya han pasado las cinco - dijo Piggy -. ¿Qué crees que van a hacer en la montaña?

Acarició la caracola con respeto, luego se quedó quieto y alzó los ojos.

- ¡Ralph! ¡Oye! ¿A dónde vas?

Ralph trepaba ya por las primeras huellas de vegetación aplastada que marcaban la desgarradura del terreno. Las risas y el ruido de pisadas sobre el ramaje se oían a lo lejos.

Piggy lo miró disgustado.

- Igual que una panda de críos...

Suspiró, se agachó y se ató los cordones de los zapatos. El ruido de la errática asamblea se alejaba hacia la montaña. Piggy, con la expresión sufrida de un padre que se ve obligado a seguir la loca agitación de sus hijos, asió la caracola y se dirigió hacia la selva, abriéndose paso a lo largo de la franja destrozada.

En la ladera opuesta de la montaña había una plataforma cubierta por el boscaje. Ralph, una vez más, se vio esbozando el mismo gesto circular con las manos.

- Podemos coger toda la leña que queramos allá abajo.

Jack asintió con la cabeza y dio un tirón a su labio. La arboleda que se ofrecía a unos treinta metros bajo ellos, en el lado más pendiente de la montaña, parecía ideada para proveer de combustible. Los árboles crecían fácilmente bajo el húmedo calor, pero disponían de insuficiente tierra para crecer plenamente y pronto se desplomaban para desintegrarse; las trepadoras los envolvían y nuevos retoños buscaban camino hacia lo alto.

Jack se volvió a los muchachos del coro, que aguardaban preparados a obedecer. Llevaban las gorras negras inclinadas sobre una oreja, como boinas.

- Venga. Vamos a formar una pila.

Buscaron el camino más cómodo de descenso y, una vez allí, comenzaron a recoger leña. Los chicos más pequeños lograron alcanzar la cima y se deslizaron también hacia aquel lugar; pronto todos excepto Piggy estaban ocupados en algo. La mayor parte de la madera estaba tan podrida que cuando tiraban de ella se deshacía en una lluvia de astillas, gusanos y residuos; pero lograron sacar algunos troncos en una sola pieza. Los mellizos, Sam y Eric, fueron los primeros en conseguir un buen leño, pero no pudieron hacer nada con él hasta que Ralph, Jack, Simon, Roger y Maurice se abrieron sitio para echar una mano. Subieron aquella cosa grotesca y muerta monte arriba y la dejaron caer en la cima. Cada grupo de chicos añadía su parte, grande o pequeña, y la pila crecía. Al regresar, Ralph se encontró con Jack, queriendo hacerse con un tronco; ambos se sonrieron y compartieron aquella carga. De nuevo la brisa, los gritos y la oblicua luz del sol sobre la alta montaña infundieron aquel encanto, aquella extraña e invisible luz de amistad, aventura y dicha.

- Casi imposible moverla. Jack le devolvió la sonrisa.
- Si lo hacemos entre los dos, no.

Juntos, unidos en un mismo esfuerzo por aquella carga, subieron tambaleándose hasta escalar el último saliente. Cantaron juntos, ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! y arrojaron el leño sobre la gran pila. Al apartarse, estaban tan alegres por aquel triunfo que Ralph no tuvo más remedio que dar una voltereta inmediatamente. Más abajo los chicos seguían trabajando, aunque algunos de los más pequeños habían perdido interés y buscaban fruta en aquel nuevo bosque. Llegaron ahora a la cima los mellizos, que, con inteligencia no sospechada, traían brazadas de hojas secas que vertieron sobre el montón. Uno a uno, los muchachos fueron abandonando la tarea al comprender que ya tenían bastante para la hoguera; allí esperaron, en la cima quebrada y rosa de la montaña. La respiración se había vuelto tranquila y el sudor se secaba.

Ralph y Jack se miraron mientras el grupo aguardaba en torno suyo. La vergonzosa verdad iba creciendo en ellos y no sabían cómo comenzar la confesión.

Ralph fue el primero en hablar; su cara estaba roja como el carmín.

- ¿Quieres...?

Tosió y siguió.

- ¿Quieres encender el fuego?

Ahora que la absurda situación estaba al descubierto, Jack se sonrojó también. Murmuró vagamente:

- Frotas dos palos. Se frotan...

Lanzó una ojeada a Ralph, que acabó por hacer confesión final de su impotencia.

- ¿Alguien tiene cerillas?
- Se hace un arco y se da vueltas a la flecha - dijo Roger. Frotó las manos en imitación - Psss. Psss.

Corría un airecillo sobre la montaña. Y con él llegó Piggy, en camisa y calzoncillos, en un lento esfuerzo para acabar de salir al claro; la luz del atardecer se reflejaba en sus gafas.

Llevaba la caracola bajo el brazo.

Ralph le gritó:

- ¡Piggy! ¿Tienes cerillas?

Los demás muchachos repitieron el grito hasta que resonó el eco en la montaña. Piggy contestó que no con un gesto y se acercó hasta la pila.

- ¡Vaya! Menudo montón habéis hecho.

Jack señaló, rápido, con la mano.

- Sus gafas... vamos a usarlas como una lente.

Piggy se encontró rodeado antes de poder escapar.

- ¡Oye... déjame en paz! - Su voz se convirtió en un grito de terror cuando Jack le arrebató las gafas. - ¡Ten cuidado! ¡Devuélvemelas! ¡No veo casi! ¡Vais a romper la caracola!

Ralph le empujó a un lado de un codazo y se arrodilló junto a la pila.

- Quitaos de la luz.

Se empujaban, se daban tirones unos a otros y gritaban oficiosos. Ralph acercaba y retiraba las gafas y las movía de un lado a otro, hasta que una brillante imagen blanca del sol declinante apareció sobre un trozo de madera podrida. Casi inmediatamente se alzó un fino hilo de humo que le hizo toser. También Jack se arrodilló y sopló suavemente, impulsando el humo, cada vez más espeso, hacia lo lejos, hasta que apareció por fin una llama diminuta. La llama, casi invisible al principio a la brillante luz del sol, rodeó una ramita, creció, se enriqueció en color y alcanzó a otra rama que estalló con un agudo chasquido. La llama aleteó hacia lo alto y los chicos rompieron en vítores.

- ¡Mis gafas! - chilló Piggy -. ¡Dame mis gafas!

Ralph se apartó de la pila y puso las gafas en las manos de Piggy, que buscaba a tientas. Su voz bajó hasta no ser más que un murmullo.

- Sólo cosas borrosas, nada más. Casi no veo ni mis manos...

Los muchachos bailaban. La madera estaba tan podrida y ahora tan seca que las ramas enteras, como yesca, se entregaban a las impetuosas llamas amarillas; una gran barba roja, de más de cinco metros, surgió en el aire El calor que despedía la hoguera sacudía a varios metros como un golpe, y la brisa era un río de chispas. Los troncos se deshacían en polvo blanco.

Ralph gritó:

- ¡Más leña! ¡Todos por más leña!

Era una carrera del tiempo contra el fuego, y los muchachos se esparcieron por la selva alta. El objetivo inmediato era mantener en la montaña una bandera de pura llama ondeante y nadie había pensado en otra cosa. Incluso los más pequeños, a no ser que se sintiesen reclamados por los frutales, traían trocitos de leña que arrojaban al fuego. El aire se movía más ligero y pasó a convertirse en un viento suave, y así sotavento y barlovento se hallaban bien diferenciados. El aire era fresco en un lado, pero en el otro el fuego alargaba un colérico brazo de calor que rizaba inmediatamente el pelo. Los muchachos, al sentir el viento de la tarde en sus rostros empapados, se pararon a disfrutar del fresco y advirtieron entonces que estaban agotados. Se tumbaron en las sombras escondidas entre las despedazadas rocas. La barba flamígera disminuyó rápidamente; la pila se desplomó con un ruido suave de cenizas, y lanzó al aire un gran árbol de chispas que se dobló hacia un costado y se alejó en el viento. Los chicos permanecieron tumbados, jadeando como perros.

Ralph levantó la cabeza, que había descansado en los brazos.

- No ha servido para nada.

Roger escupió con tino a la arena caliente.

- ¿Qué quieres decir?
- Que no había humo, sólo llamas.

Piggy se había instalado en el ángulo de dos piedras, y estaba allí sentado con la caracola sobre las rodillas.

- Hemos hecho una hoguera para nada - dijo - No se puede sostener ardiendo un fuego así, por mucho que hagamos.
- Pues sí que tú has hecho mucho - dijo Jack con desprecio -. Te quedaste ahí sentado.
- Hemos usado sus gafas - dijo Simón manchándose de negro una mejilla con el antebrazo -. Nos ayudó así.
- ¡La caracola la tengo yo - dijo Piggy indignado -, déjame hablar a mí!
- La caracola no vale en la cumbre de la montaña - dijo Jack -, así que cierra la boca.
- Tengo la caracola en la mano.
- Hay que echar ramas verdes - dijo Maurice -. Esa es la mejor manera de hacer humo.
- Tengo la caracola...
- ¡Tú te callas!

Piggy se acobardó. Ralph le quitó la caracola y se dirigió al círculo de muchachos.

- Tiene que formarse un grupo especial que cuide del fuego. Cualquier día puede llegar un barco - dirigió la mano hacia la tensa cuerda del horizonte -, y si tenemos puesta una señal vendrán y nos sacarán de aquí. Y otra cosa. Necesitamos más reglas. Donde esté la caracola, hay una reunión. Igual aquí que abajo.

Dieron todos su asentimiento. Piggy abrió la boca para hablar, se fijó en los ojos de Jack y volvió a cerrarla. Jack tendió los brazos hacia la caracola y se puso en pie, sosteniendo con cuidado el delicado objeto en sus manos llenas de hollín.

- Estoy de acuerdo con Ralph. Necesitamos más reglas y hay que obedecerlas. Después de todo, no somos salvajes. Somos ingleses, y los ingleses somos siempre los mejores en todo. Así que tenemos que hacer lo que es debido.

Se volvió a Ralph.

- Ralph, voy a dividir el coro... mis cazadores, quiero decir, en grupos, y nos ocuparemos de mantener vivo el fuego...

Tal generosidad produjo una rociada de aplausos entre los muchachos que obligó a Jack a sonreírles y luego a agitar la caracola para demandar silencio.

- Ahora podemos dejar que se apague el fuego. Además, ¿quién iba a ver el humo de noche? Y cuando queramos podemos encenderlo otra vez. Contraltos, esta semana os encargáis vosotros de mantener el fuego, y los sopranos la semana que viene...

La asamblea, gravemente, asintió.

- Y también nos ocuparemos de montar una guardia.
- Si vemos un barco allá afuera - siguieron con la vista la dirección de su huesudo brazo -, echaremos ramas verdes. Así habrá más humo.

Observaron fijamente el denso azul del horizonte, como si una pequeña silueta fuese a aparecer en cualquier momento.

Al oeste, el sol era una gota de oro ardiente que se deslizaba con rapidez hacia el alféizar del mundo. En ese mismo momento comprendieron que el ocaso significaba el fin de la luz y el calor.

Roger cogió la caracola y lanzó a su alrededor una mirada entristecida.

- He estado mirando al mar y no he visto ni una señal de un barco. Quizá no vengan nunca por nosotros.

Un murmullo se alzó y se apagó alejándose. Ralph cogió de nuevo la caracola.

- Ya os he dicho que algún día vendrán por nosotros. Hay que esperar, eso es todo.

Envalentonado, a causa de su indignación, Piggy cogió la caracola.

- ¡Eso es lo que yo dije! Estaba hablando de las reuniones y cosas así y me decís que cierre la boca...

Su voz se elevó en un tono de justificado reproche. Los demás se agitaron y empezaron a gritarle que se callase.

- Habéis dicho que queríais un fuego pequeño y vais y hacéis un montón como un almiar. Si digo algo - gritó Piggy con amargo realismo -, me decís que me calle, pero si es Jack o Maurice o Simón...

Se detuvo en medio del alboroto, de pie y mirando por encima de ellos hacia el lado hostil de la montaña, hacia el amplio espacio oscuro donde habían encontrado la leña. Se echó entonces a reír de una manera tan extraña que los demás se quedaron silenciosos, observando con atención el destello de sus gafas. Siguieron la dirección de sus ojos hasta descubrir el significado del amargo chiste.

- Ahí tenéis vuestra fogata.

Se veía salir humo aquí y allá entre las trepadoras que festoneaban los árboles muertos o moribundos. Mientras observaban, un destello de fuego apareció en la base de unos tallos y el humo fue haciéndose cada vez más espeso. Llamas pequeñas se agitaron junto al tronco de un árbol y se arrastraron entre las hojas y el ramaje seco, dividiéndose y creciendo. Un brote rozó el tronco de un árbol y trepó por él como una ardilla brillante. El humo creció, osciló y rodó hacia fuera. La ardilla saltó sobre las alas del viento y se asió a otro de los árboles en pie, devorándolo desde la copa. Bajo el oscuro dosel de hojas y humo, el fuego se apoderó de la selva y empezó a roer cuanto encontraba. Hectáreas de amarillo y negro humo rodaron implacables hacia el mar. Al ver las llamas y el curso incontenible del fuego, los muchachos rompieron en chillidos y vítores excitados. Las llamas, como un animal salvaje, se arrastraron, lo mismo que se arrastra un jaguar sobre su vientre, hacia una fila de retoños con aspecto de abedules que adornaban un crestón de la rosada roca. Aletearon sobre el primero de los árboles, y de las ramas brotó un nuevo follaje de fuego. El globo de llamas saltó ágilmente sobre el vacío entre los árboles y después recorrió la fila entera columpiándose y despidiendo llamaradas. Allá abajo, más de cincuenta hectáreas de bosque se convertían furiosamente en humo y llamas. Los diversos ruidos del fuego se fundieron en una especie de redoble de tambores que sacudió la montaña.

- Ahí tenéis vuestra fogata.

Alarmado, Ralph advirtió que los muchachos se quedaban paralizados y silenciosos, sintiéndose invadir por el temor ante el poder desencadenado a sus pies. El conocimiento de ello y el temor le hicieron brutal.

- ¡Cállate ya!
- Tengo la caracola - dijo Piggy con lastimada voz -. Tengo derecho a hablar.

Lo miraron con ojos indiferentes a lo que veían y oídos atentos al tomborilear del fuego. Piggy volvió una nerviosa mirada hacia aquel infierno y apretó contra sí la caracola.

- Ahora hay que dejar que todo eso se queme. Y era nuestra leña.

Se pasó la lengua por los labios.

- No podemos hacer nada. Hay que tener más cuidado. Estoy asustado...

Jack hizo un esfuerzo para separar la vista del fuego.

- Tú siempre tienes miedo. ¡Eh! ¡Gordo!
- La caracola la tengo yo - dijo Piggy desalentado. Se volvió a Ralph -. La caracola la tengo yo, ¿verdad Ralph?

Ralph se apartó con dificultad del espléndido y temible espectáculo.

- ¿Qué dices?
- La caracola. Tengo derecho a hablar.

Los mellizos se rieron a la vez.

- Queríais humo...
- Y ahora mira...

Un telón de varios kilómetros de anchura se alzaba sobre la isla. Todos los muchachos, excepto Piggy, empezaron a reír; segundos después no podían dominar las carcajadas.

Piggy perdió la paciencia.

- ¡Tengo la caracola! ¡A ver si me escucháis! Lo primero que teníamos que haber hecho era construir refugios allá abajo, junto a la playa. Hacía buen frío allá abajo de noche. Pero en cuanto Ralph dice «una hoguera» salís corriendo y chillando hasta la montaña. ¡Como una panda de críos!

Todos escuchaban ahora su diatriba.

- ¿Cómo queréis que nos rescaten si no hacéis las cosas por su orden y no os portáis como es debido?

Se quitó las gafas y pareció que iba a soltar la caracola, pero cambió de parecer al ver que casi todos los mayores se abalanzaban sobre ella. Cobijó la caracola bajo el brazo y se acurrucó junto a la roca.

- Luego, cuando llegáis aquí hacéis una hoguera que no sirve para nada. Ahora mirar lo que habéis hecho, prender fuego a toda la isla. Tendrá mucha gracia que se queme toda la isla. Fruta cocida, eso es lo que vamos a tener de comida, y cerdo asado. ¡Y eso no es para reírse! Dijisteis que Ralph es el jefe y no le dais ni tiempo para pensar. Luego, en cuanto dice algo, salís pitando como, como...

Se detuvo para tomar aliento y oyeron al fuego rugirles.

- Y eso no es todo. Esos niños. Los peques. ¿Quién se ha ocupado de ellos? ¿Quién sabe cuántos tenemos?

Ralph dio un rápido paso adelante.

- Te dije a ti que lo hicieses. ¡Te dije que hicieses una lista con sus nombres!
- ¿Cómo iba a hacerlo - gritó Piggy indignado - yo solo? Esperaron dos minutos y se lanzaron al mar; se metieron en el bosque, se fueron por todas partes. ¿Cómo iba a saber cuál era cuál?

Ralph se mojó sus pálidos labios.

- ¿Entonces no sabes cuántos deberíamos estar aquí?
- ¿Cómo iba a saberlo con todos esos pequeños corriendo de un lado a otro como insectos? Y cuando volvisteis vosotros tres, en cuanto dijiste «hacer una hoguera», todos se largaron y no pude...
- ¡Ya basta! - dijo Ralph con dureza, y le arrebató la caracola.
- Si no lo has hecho, pues no lo has hecho.
-...luego subís aquí y me birláis las gafas.

Jack se volvió hacia él.

- ¡A callar!
-...y esos pequeños andaban por ahí, donde está el fuego. ¿Cómo sabéis que no están por ahí todavía?

Piggy se levantó y señaló al humo y las llamas. Se alzó entre los muchachos un murmullo que fue apagándose poco a poco. Algo raro le ocurría a Piggy porque apenas podía respirar.

- Aquel peque - jadeó Piggy -, el de la mancha en la cara; no le veo. ¿Dónde está?

El grupo estaba tan callado como la muerte.

- El que hablaba de las serpientes. Estaba allí abajo...

Un árbol estalló en el fuego como una bomba. Las trepadoras, como largas mechas, se alzaron por un momento ante la vista, agonizaron y volvieron a caer. Los muchachos más pequeños gritaron:

- ¡Serpientes! ¡Serpientes! ¡Mira las serpientes!

Al oeste, olvidado, el sol yacía a unos centímetros tan sólo sobre el mar. Los rostros estaban iluminados de rojo desde abajo.

Piggy tropezó en una roca y a ella se agarró con ambas manos.

- El chico con la mancha en la... cara... ¿dónde está... ahora? Yo no lo veo.

Los muchachos se miraron unos a otros atemorizados, incrédulos.

-...¿dónde está ahora?

Ralph murmuró la respuesta como avergonzado:

- A lo mejor volvió hacia el... el...

Abajo, en el lado hostil de la montaña, seguía el redoble de tambores.



Continúa leyendo esta historia en "El Señor de las Moscas - Capítulo III - William Golding

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