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jueves, 11 de abril de 2013

El Señor de las Moscas - Capítulo V - William Golding


Viene de "El Señor de las Moscas - Capítulo IV - William Golding"


El monstruo del mar

La marea subía y sólo quedaba una estrecha faja de playa firme entre el agua y el área blanca y pedregosa que bordeaba la terraza de palmeras. Ralph escogió la playa firme como camino porque necesitaba pensar, y aquél era el único lugar donde sus pies podían moverse libremente sin tener él que vigilarlos. De súbito, al pasar junto al agua, se sintió sobrecogido. Advirtió que al fin se explicaba por qué era tan desalentadora aquella vida, en la que cada camino resultaba una improvisación y había que gastar la mayor parte del tiempo en vigilar cada paso que uno daba. Se detuvo frente a la faja de playa, y, al recordar el entusiasmo de la primera exploración, que ahora parecía pertenecer a una niñez más risueña, sonrió con ironía. Dio media vuelta y caminó hacia la plataforma con el sol en el rostro. Había llegado la hora de la asamblea y mientras se adentraba en las cegadoras maravillas de la luz del sol, repasó detalladamente cada punto de su discurso. No había lugar para equívocos de ninguna clase ni para escapadas tras imaginarias... Se perdió en un laberinto de pensamientos que resultaban oscuros por no acertar a expresarlos con palabras. Molesto, lo intentó de nuevo. Esa reunión debía ser cosa seria, nada de juegos.

Decidido, caminó más deprisa, captando a la vez lo urgente del asunto, el ocaso del sol y la ligera brisa que su precipitado paso levantaba en torno suyo. Aquel vientecillo le apretaba la camisa gris contra el pecho y lo hizo advertir - gracias a aquella nueva lucidez de su mente - la desagradable rigidez de los pliegues, tiesos como el cartón. También se fijó en los bordes raídos de los pantalones, cuyo roce estaba formando una zona rosa y molesta en sus muslos. Con una convulsión de la mente, Ralph halló suciedad y podredumbre por doquier; comprendió lo mucho que le desagradaba tener que apartarse continuamente de los ojos los cabellos enmarañados y descansar, cuando por fin el sol desaparecía, envuelto en hojas secas y ruidosas. Pensando en todo aquello, echó a correr.

La playa, junto a la poza, aparecía salpicada de grupos de muchachos que aguardaban el comienzo de la reunión. Le abrieron paso en silencio, conscientes todos ellos de su malhumor y de la torpeza cometida con la hoguera.

El lugar de la asamblea donde él estaba ahora tenía más o menos la forma de un triángulo, pero irregular y tosco como todo lo que hacían en la isla. Estaba en primer lugar el tronco sobre el cual él se sentaba: un árbol muerto que debía de haber tenido un tamaño extraordinario para aquella plataforma. Quizá llegase hasta allí arrastrado por una de esas legendarias tormentas del Pacífico. Aquel tronco de palmera yacía paralelo a la playa, de manera que al sentarse Ralph se encontraba de cara a la isla, pero los muchachos lo veían como una oscura figura contra el resplandor de la laguna. Los dos lados del triángulo, cuya base era aquel tronco, se recortaban de modo menos preciso. A la derecha había un tronco, pulido en su cara superior por haber servido ya mucho de inquieto asiento, más pequeño que el del jefe y menos cómodo. A la izquierda se hallaban cuatro troncos pequeños, el más alejado de los cuales parecía tener un molesto resorte.

Innumerables asambleas se habían visto interrumpidas por las risas cuando, al inclinarse alguien demasiado hacia atrás, el tronco había sacudido a media docena de muchachos lanzándolos a la hierba. Sin embargo, según podía reflexionar ahora, no se le había ocurrido aún a nadie - ni a él mismo, ni a Jack, ni a Piggy - traer una piedra y calzarlo. Seguirían así, aguantando el caprichoso balanceo de aquel columpio, porque, porque...

De nuevo se vio perdido en aguas profundas.

La hierba estaba agostada junto a cada tronco, pero crecía alta y virgen en el centro del triángulo. En el vértice, la hierba recobraba su espesor, pues nadie se sentaba allí.

Alrededor del área de la asamblea se alzaban los troncos grises, derechos o inclinados, sosteniendo el bajo techo de hojas. A ambos lados se hallaba la playa; detrás, la laguna; enfrente, la oscuridad de la isla.

Ralph se dirigió al asiento del jefe. Nunca habían tenido una asamblea a hora tan tardía. Por eso tenía el lugar un aspecto tan distinto. El verde techo solía estar alumbrado desde abajo por una red de dorados reflejos y sus rostros se encendían al revés, como cuando se sostiene una linterna eléctrica en las manos, pensó Ralph. Pero ahora el sol caía de costado y las sombras estaban donde debían estar.

Se entregó una vez más a aquel nuevo estado especulativo, tan ajeno a él. Si los rostros cambiaban de aspecto, según les diese la luz desde arriba o desde abajo, ¿qué era en realidad un rostro? ¿Qué eran las cosas?

Ralph se movió impaciente. Lo malo de ser jefe era que había que pensar, había que ser prudente. Y las ocasiones se esfumaban tan rápidamente que era necesario aferrarse en seguida a una decisión. Eso lo hacía a uno pensar; porque pensar era algo valioso que lograba resultados...

Sólo que no sé pensar, decidió Ralph al encontrarse junto al asiento del jefe. No como lo hace Piggy.

Por segunda vez en aquella noche tuvo Ralph que reajustar sus valores. Piggy sabía pensar. Podía proceder paso a paso dentro de aquella cabezota suya, pero no servía para jefe. Sin embargo, tenía un buen cerebro a pesar de aquel ridículo cuerpo. Ralph se había convertido ya en un especialista del pensamiento y era capaz de reconocer inteligencia en otro.

Al sentir el sol en los ojos, recordó que el tiempo pasaba. Cogió del árbol la caracola y examinó su superficie. La acción del aire había borrado sus amarillos y rosas hasta volverles casi blancos y transparentes. Ralph sentía una especie de afectuoso respeto hacia la caracola, aunque fuese él mismo quien la pescó en la laguna. Se colocó frente a la asamblea y llevó la caracola a sus labios.

Los demás aguardaban aquella señal y en seguida se acercaron. Los que sabían que un barco había pasado junto a la isla cuando la hoguera se encontraba apagada, permanecían en sumiso silencio ante el enfado de Ralph, mientras que los que nada sabían, como era el caso de los pequeños, se sentían impresionados por el ambiente general de solemnidad. Pronto se llenó el lugar de la asamblea. Jack, Simon, Maurice y la mayoría de los cazadores se colocaron a la derecha de Ralph; los demás a su izquierda, bajo el sol. Llegó Piggy y se quedó fuera del triángulo. Con eso quería indicar que estaba dispuesto a escuchar, pero no a hablar, dando a conocer, con tal gesto, su desaprobación.

- La cosa es que necesitábamos una asamblea.

Nadie habló, pero todos los rostros, vueltos hacia Ralph, miraban atentamente. Ondeó la caracola en el aire. Para entonces sabía ya por experiencia que había que repetir, al menos una vez, declaraciones fundamentales como aquélla, para que todos acabaran por comprender. Debía uno sentarse, atrayendo todas las miradas hacia la caracola, y dejar caer las palabras como si fuesen pesadas piedras redondas en medio de los pequeños grupos agachados o en cuclillas.

Buscaba palabras sencillas para que incluso los pequeños comprendiesen de qué trataba la asamblea. Quizá después, polemistas entrenados, como Jack, Maurice o Piggy, usasen sus artes para dar un giro distinto a la reunión; pero ahora, al principio, el tema del debate debía quedar bien claro.

- Necesitábamos una asamblea. Y no para divertirnos. Tampoco para echarse a reír y que alguien se caiga del tronco - el grupo de pequeños sentados en el trampolín lanzó unas risitas y se miraron unos a otros -, ni para hacer chistes, ni para que alguien - alzó la caracola en un esfuerzo por encontrar la palabra precisa - presuma de listo. Para nada de eso, sino para poner las cosas en orden.

Calló durante un momento.

- He estado andando por ahí. Me quedé solo para pensar en nuestros problemas. Y ahora sé lo que necesitamos: una asamblea para poner las cosas en orden. Y lo primero de todo: el que va a hablar ahora soy yo.

Volvió a guardar silencio por un momento y se echó el pelo hacia atrás instintivamente.

Piggy, una vez formulada su ineficaz protesta, se acercó de puntillas hasta el triángulo y se unió a los demás.

Ralph continuó:

- Hemos tenido muchísimas asambleas. A todos nos divierte hablar y estar aquí juntos. Decidimos cosas, pero nunca se hacen, íbamos a traer agua del arroyo y a guardarla en los cocos cubiertos con hojas frescas. Se hizo unos cuantos días. Ahora ya no hay agua. Los cocos están vacíos. Todo el mundo va a beber al río.

Hubo un murmullo de asentimiento.

- No es que haya nada malo en beber del río. Quiero decir que yo también prefiero beber agua en ese sitio, ya sabéis, en la poza bajo la catarata de agua, en vez de hacerlo en una cáscara de coco vieja. Sólo que habíamos quedado en traer el agua aquí. Y ahora ya no se hace. Esta tarde sólo quedaban dos cocos llenos.

Se pasó la lengua por los labios.

- Y luego, las cabañas. Los refugios.

El murmullo volvió a extenderse y apagarse.

- Casi todos dormimos siempre en los refugios. Esta noche todos vais a dormir allí menos Sam y Eric, que tienen que quedarse junto a la hoguera. ¿Y quién construyó los refugios?

Inmediatamente surgió un gran bullicio. Todos habían construido los refugios. Ralph tuvo que agitar la caracola de nuevo.

- ¡Un momento! Quiero decir, ¿quién construyó los tres? Todos ayudamos al primero; sólo cuatro hicimos el segundo, y yo y Simón hemos hecho ese último de ahí. Por eso se tambalea tanto. No, no os riáis. Ese refugio se va a caer si vuelve a llover. Entonces sí que vamos a necesitar los refugios.

Hizo una pausa y se aclaró la garganta.

- Y otra cosa. Escogimos esas piedras al otro lado de la poza para retrete. Eso también fue una cosa sensata. Con la marea se limpian solas. Vosotros los peques sabéis muy bien lo que quiero decir.

Se oyeron risitas aquí y allá; se vieron furtivas miradas.

- Ahora cada uno usa el primer sitio que encuentra. Incluso al lado de los refugios y la plataforma. Vosotros los peques, cuando estáis cogiendo fruta, si de repente os entran ganas...

La asamblea entera estalló en carcajadas.

- Decía que si de repente os entran ganas, por lo menos tenéis que apartaros de la fruta. Eso es una porquería.

Volvió a estallar la risa.

- ¡He dicho que eso es una porquería!

Se pellizcó la tiesa camisa.

- Es una verdadera porquería. Si os entran de pronto las ganas os vais por la playa hasta las rocas, ¿entendido?

Piggy alargó la mano hacia la caracola, pero Ralph negó con la cabeza. Había preparado su discurso punto por punto.

- Tenemos que volver a usar las rocas. Todos. Este sitio se está poniendo perdido.

Hizo una pausa. La asamblea, presintiendo una crisis, aguardaba atentamente.

- Y luego, lo de la hoguera.

Ralph, al respirar, emitió un suspiro que toda la asamblea recogió como si fuese su eco. Jack se dedicó a pelar una astilla con su cuchillo y murmuró algo a Robert, que miró hacia otro lado.

- La hoguera es la cosa más importante en esta isla. ¿Cómo nos van a rescatar, a no ser por pura suerte, si no tenemos un fuego encendido? ¿Tan difícil es mantener una hoguera?

Alzó un brazo al aire.

- ¡Vamos a ver! ¿Cuántos somos? Bueno, pues ni siquiera somos capaces de conservar vivo un fuego para que haya humo. ¿Es que no os dais cuenta? ¿No veis que debíamos... debíamos morir antes de permitir que se apague el fuego?

Se oyeron risitas en el grupo de cazadores. Ralph se dirigió a ellos acalorado:

- ¡Vosotros! ¡Reíd todo lo queráis! Pero os digo que ese humo es mucho más importante que el jabalí, por muchos que matéis. ¿Lo entendéis?

Hizo un gesto con el brazo que abarcaba a la asamblea entera y pasó su mirada por todo el triángulo.

- Tenemos que conseguir ese humo allá arriba... o morir.

Aguardó un momento, esbozando el próximo punto a tratar.

- Y otra cosa.

- Son demasiadas cosas - gritó alguien. Hubo un murmullo de asentimiento. Ralph impuso el silencio.

- Y otra cosa. Por poco prendemos fuego a toda la isla. Y perdemos demasiado tiempo rodando piedras y haciendo fueguecitos para guisar. Ahora os voy a decir una cosa, y va a ser una regla, porque para eso soy jefe. No habrá más hogueras que la de la montaña. Jamás.

Al instante se produjo un tumulto. Algunos muchachos se pusieron de pie a gritar mientras Ralph les contestaba con otros gritos.

- Porque si queréis una hoguera para cocer pescado o cangrejos no os va a pasar nada por subir hasta la montaña. Así podremos estar seguros.

A la luz del sol poniente, una multitud de manos reclamaban la caracola. Ralph la apretó contra su cuerpo y de un brinco se subió al tronco.

- Eso era todo lo que os quería decir. Y ya está dicho. Me votasteis para jefe, así que tenéis que hacer lo que yo diga.

Se fueron calmando poco a poco hasta volver por fin a sus asientos. Ralph saltó al suelo y les habló con su voz normal.

- Así que no lo olvidéis. Las rocas son los retretes. Hay que mantener vivo el fuego para que el humo sirva de señal. No se puede bajar lumbre de la montaña; subid allí la comida.

Jack, con semblante ceñudo bajo la penumbra, se levantó y tendió los brazos.

- Todavía no he terminado.
- ¡Pero si no has hecho más que hablar y hablar!
- Tengo la caracola.

Jack se sentó refunfuñando.

- Y ya lo último. Esto lo podemos discutir si queréis.

Aguardó hasta que en la plataforma reinó un silencio total.

- Las cosas no marchan bien. No sé por qué. Al principio estábamos bien; estábamos contentos. Luego...

Movió la caracola suavemente, mirando hacia lo lejos, sin fijarse en nada, acordándose de la fiera, de la serpiente, de la hoguera, de las alusiones al miedo.

- Luego la gente empezó a asustarse.

Un murmullo, casi un gemido, surgió y desapareció. Jack había dejado de afilar el palo. Ralph continuó bruscamente:

- Pero esas cosas son chiquilladas. Eso ya lo arreglaremos. Así que, lo último, la parte que podemos discutir, es ver si decidimos algo sobre el miedo.

El pelo le volvía a caer sobre los ojos.

- Tenemos que hablar de ese miedo y convencernos de que no hay motivo. Yo también me asusto a veces, ¡pero ésas son tonterías! Como los fantasmas. Luego, cuando nos hayamos convencido, podremos empezar de nuevo y tener cuidado de cosas como la hoguera.

La imagen de tres muchachos paseando por la alegre playa cruzó su mente.

- Y ser felices.

Con gran ceremonia colocó Ralph la caracola sobre el tronco como señal de que el discurso había acabado. La escasa luz solar les llegaba horizontalmente.

Jack se levantó y cogió la caracola.

- De modo que ésta es una reunión para arreglar las cosas. Pues yo os diré lo que hay que arreglar. Los peques sois los que habéis empezado todo esto, con tanto hablar del miedo. ¡Fieras! ¿De dónde iban a venir? Pues claro que nos entra miedo a veces, pero nos aguantamos. Ralph dice que chilláis durante la noche. Eso no son más que pesadillas. Además, ni cazáis, ni construís refugios, ni ayudáis..., sois un montón de llorones y miedosos. Eso es lo que sois. Y en cuanto al miedo... os aguantáis igual que hacemos todos.

Ralph miraba boquiabierto a Jack, pero Jack no le prestó atención.

- Tenéis que daros cuenta que el miedo no os puede hacer más daño que un sueño. No hay bestias feroces en esta isla.

Recorrió con la mirada la fila de peques que cuchicheaban entre sí.

- Merecéis que venga de verdad una fiera a asustaros; sois una pandilla de llorones inútiles. ¡Pero da la casualidad que no hay ningún animal...!

Ralph interrumpió malhumorado:

- ¿De qué estás hablando? ¿Quién ha dicho nada de animales?

- Tú, el otro día. Dijiste que soñaban y que empezaban a gritar. Ahora todo el mundo habla... y no sólo los peques, a veces también mis cazadores... hablan de algo, de una cosa oscura, de una fiera o algo que se parece a un animal. Los he oído. ¿No lo sabías, a que no? Ahora escuchadme. No hay anímales grandes en las islas pequeñas. Sólo cerdos salvajes. Los leones y tigres sólo se ven en los países grandes, como África y la India...

- Y en el zoológico...

- La caracola la tengo yo. Ahora no estoy hablando del miedo; hablo de la fiera. Podéis tener miedo si queréis. Pero en cuanto a esa fiera...

Jack calló, meciendo la caracola, y se volvió a los cazadores, que seguían portando las sucias gorras negras.

- ¿Soy cazador o no?

Asintieron, sin más. Pues claro que era un cazador. Nadie lo dudaba.

- Pues bien... he recorrido toda la isla. Yo solo. Si hubiese una fiera ya la habría visto. Seguiréis con el miedo porque sois así... pero no hay ninguna fiera en el bosque.

Jack devolvió la caracola y se sentó. Toda la asamblea prorrumpió en aplausos de alivio.

Entonces alzó Piggy el brazo.

- No estoy de acuerdo con todo lo que ha dicho Jack; sólo con una parte. Claro que no hay una fiera en el bosque. ¿Cómo iba a haberla? ¿Qué comería una fiera?
- Cerdo.
- El cerdo lo comemos nosotros.
- ¡Cerdito! (Piggy)
- ¡Tengo la caracola! - dijo Piggy indignado - Ralph, tienen que callarse, ¿a que sí? ¡Vosotros, los peques, a callar! Lo que quiero decir es que no estoy de acuerdo con eso del miedo. Claro que no hay nada para asustarse en el bosque. ¡Yo también he estado en el bosque! Luego empezaréis a hablar de fantasmas y cosas así. Sabemos todo lo que pasa en la isla y, si pasa algo malo, ya lo arreglará alguien.

Se quitó las gafas y guiñó los ojos. El sol había desaparecido como si alguien lo hubiese apagado.

Se dispuso a explicarles:

- Si os entra dolor de vientre, aunque sea pequeño o grande...
- El tuyo sí que es bien grande.
- Cuando acabéis de reír, a lo mejor podemos seguir con la reunión. Y si esos peques se vuelven a subir al columpio se van a caer en un periquete. Así que ya pueden sentarse en el suelo y escuchar. No. Hay médicos para todos, hasta para dentro de la mente. No me vais a decir que tenemos que pasarnos la vida asustados por nada. La vida - dijo Piggy animadamente - es una cosa científica, eso es lo que es. Dentro de un año o dos, cuando acabe la guerra, ya se estará viajando a Marte y volviendo. Sé que no hay una fiera... con garras y todo eso, quiero decir, y también sé que no hay que tener miedo.

Hubo una pausa.

- A no ser que...

Ralph se movió inquieto.

- A no ser que, ¿qué?
- Que nos dé miedo la gente.

Se oyó un rumor, mitad risa y mitad mofa, entre los muchachos. Piggy agachó la cabeza y continuó rápidamente:

- Así que vamos a preguntar a ese peque que habló de una fiera y a lo mejor lo podemos convencer de que son tonterías suyas.

Los peques se pusieron a charlar entre sí, hasta que uno de ellos se adelantó unos pasos.

- ¿Cómo te llamas?
- Phil.

Tenía bastante aplomo para ser uno de los peques; tendió los brazos y meció la caracola al estilo de Ralph, mirando en torno suyo antes de hablar, para atraerse la atención de todos.

- Anoche tuve un sueño..., un sueño terrible..., luchaba con algo. Estaba yo solo, fuera del refugio, y luchaba con algo, con esas cosas retorcidas de los árboles.

Se detuvo y los otros peques rieron con aterrado compañerismo.

- Entonces me asusté y me desperté. Y estaba solo fuera del refugio en la oscuridad y las cosas retorcidas se habían ido.

El intenso horror de lo que contaba, algo tan posible y tan claramente aterrador, los mantenía a todos en silencio. La voz del niño siguió trinando desde el otro lado de la blanca caracola.

- Y me asusté, y empecé a llamar a Ralph, y entonces vi que se movía algo entre los árboles, una cosa grande y horrible.

Calló, medio asustado por aquel recuerdo, pero orgulloso de la sensación que iba causando en los demás.

- Eso fue una pesadilla - dijo Ralph -; caminaba dormido.

La asamblea murmuró en tímido acuerdo. El pequeño movió la cabeza obstinadamente.

- Estaba dormido cuando esas cosas retorcidas luchaban, y cuando se fueron estaba despierto y vi una cosa grande y horrible que se movía entre los árboles.

Ralph recogió la caracola y el peque se sentó.

- Estabas dormido. No había nadie allí. ¿Cómo iba a haber alguien rondando por la selva en la noche? ¿Fue alguno de vosotros? ¿Salió alguien?

Hubo una larga pausa mientras la asamblea sonreía ante la idea de alguien paseándose en la oscuridad. Entonces se levantó Simón, y Ralph lo miró estupefacto.

- ¡Tú! ¿Qué tenías que husmear en la oscuridad?

Simón, deseoso de acabar de una vez, arrebató la caracola.

- Quería... ir a un sitio..., a un sitio que conozco.
- ¿Qué sitio?
- A un sitio que conozco. Un sitio en la jungla.

Dudó.

Jack resolvió para ellos la duda con aquel desprecio en su voz capaz de expresar tanta burla y resolución a la vez:

- Se estaba haciendo. (taken short: sudden need to urinate or defecate).

Sintiendo la humillación de Simón, Ralph cogió de nuevo la caracola, y al hacerlo lo miró a la cara con severidad.

- No vuelvas a hacerlo. ¿Me oyes? No vuelvas a hacer eso de noche. Ya tenemos bastantes tonterías con lo de las fieras para que los peques te vean deslizándote por ahí como un...

La risa burlona que se produjo indicaba miedo y censura. Simón abrió la boca para decir algo, pero Ralph tenía la caracola, de modo que se retiró a su asiento. Cuando la asamblea se apaciguó, Ralph se volvió hacia Piggy

- ¿Qué más, Piggy?

- Había otro. Ese.

Los peques empujaron a Percival hacia adelante y lo dejaron solo. Estaba en el centro, con la hierba hasta las rodillas, y miraba a sus ocultos pies, tratando de hacerse la ilusión de hallarse dentro de una tienda de campaña. Ralph se acordó de otro niño que había adoptado aquella misma postura y apartó rápidamente aquel recuerdo. Había alejado de sí aquel pensamiento, había conseguido retirarlo de su vista, pero ante un recuerdo tan rotundo como este volvía a la superficie. No habían vuelto a hacer recuento de los niños, en parte porque no había manera de asegurarse que en él quedaran todos incluidos, y en parte porque Ralph conocía la respuesta a una, por lo menos, de las preguntas que Piggy formulase en la cima de la montaña. Había niños pequeños, rubios, morenos, con pecas, y todos ellos sucios, pero observaba siempre con espanto que ninguno de esos rostros tenía un defecto especial. Nadie había vuelto a ver la mancha de nacimiento morada. Pero Piggy había estado tan insistente aquel día, había estado tan dominante al interrogar... Admitiendo tácitamente que recordaba aquello que no podía mencionarse.

Ralph hizo un gesto a Piggy.

- Venga. Pregúntale.

Piggy se arrodilló con la caracola en las manos.

- Vamos a ver, ¿cómo te llamas?

El niño se fue acurrucando en su tienda de campaña. Piggy, derrotado, se volvió hacia Ralph, que dijo con severidad:

- ¿Cómo te llamas?

Aburrida por el silencio y la negativa, la asamblea prorrumpió en un sonsonete:

- ¿Cómo te llamas? ¿Cómo te llamas?
- ¡A callar!

Ralph contempló al muchacho en el crepúsculo.

- Ahora dinos, ¿cómo te llamas?
- Percival Wemys Madison, La Vicaría, Harcourt St. Anthony, Hants, teléfono, teléfono, telé...

El pequeño, como si aquella información estuviese profundamente enraizada en las fuentes del dolor, se echó a llorar. Empezó con pucheros, después las lágrimas le saltaron a los ojos y sus labios se abrieron mostrando un negro agujero cuadrado. Pareció al principio una imagen muda del dolor, pero después dejó salir un lamento fuerte y prolongado como el de la caracola.

- ¿Te quieres callar? ¡Cállate!

Pero Percival Wemys Madison no quería callar. Habían perforado un manantial que no cedía ni a la autoridad ni a la presión física. Gemido tras gemido continuó su llanto, que parecía haber clavado al niño, derecho como una estaca, al suelo.

- ¡Cállate! ¡Cállate!

Los peques habían roto el silencio. Recordaban también sus propias penas y quizá sintiesen que compartían un dolor universal. Se unieron en simpatía a Percival en su llanto; dos de ellos, sollozando casi tan fuerte.

Maurice fue la salvación. Gritó:

- ¡Miradme!

Fingió caerse. Se frotó el trasero y se sentó en el tronco columpio hasta conseguir caerse sobre la hierba. No era un gran payaso, pero logró que Percival y los otros se fijaran en él, suspirasen y empezaran a reírse. Al cabo de un rato reían tan cómicamente que hasta los mayores se unieron a ellos.

Jack fue el primero en hacerse oír. No tenía la caracola y, por tanto, rompía las reglas, pero a nadie le importó.

- ¿Y qué hay de esa fiera?

Algo raro le ocurría a Percival. Bostezó y se tambaleó de tal modo que Jack lo agarró por los brazos y le sacudió.

- ¿Dónde vive la fiera?

El cuerpo de Percival se escurría inerme.

- Tiene que ser una fiera muy lista - dijo Piggy en guasa - si puede esconderse en esta isla.
- Jack ha estado por todas partes...
- ¿Dónde podría vivir una fiera?
- ¿Qué fiera ni que ocho cuartos?

Percival masculló algo y la asamblea volvió a reír.

Ralph se inclinó.

- ¿Qué dice?

Jack escuchó la respuesta de Percival y después le soltó. El niño, al verse libre y rodeado de la confortable presencia de otros seres humanos, se dejó caer sobre la tupida hierba y se durmió:

Jack se aclaró la garganta y les comunicó tranquilamente:

- Dice que la fiera sale del mar.

Se desvaneció la última risa. Ralph, a quien veían como una forma negra y encorvada frente a la laguna, se volvió sin querer. Toda la asamblea siguió la dirección de su mirada; contemplaron la vasta superficie de agua y la alta mar detrás, la misteriosa extensión añil de infinitas posibilidades; escucharon en silencio los murmullos y el susurro del arrecife.

Habló Maurice, en un tono tan alto que se sobresaltaron.

- Papá me ha dicho que todavía no se conocen todos los animales que viven en el mar.

Comenzó de nuevo la polémica. Ralph ofreció la centellante caracola a Maurice, quien la recibió obedientemente. La reunión se apaciguó.

- Quiero decir que lo que nos ha dicho Jack, que uno tiene miedo porque la gente siempre tiene miedo, es verdad. Pero eso de que sólo hay cerdos en esta isla supongo que será cierto, pero nadie puede saberlo, no lo puede saber del todo. Quiero decir que no se puede estar seguro - Maurice tomó aliento -. Papá dice que hay cosas, esas cosas que echan tinta, los calamares, que miden cientos de metros y se comen ballenas enteras.

De nuevo guardó silencio y rió alegremente.

- Yo no creo que exista esa fiera, claro que no. Como dice Piggy, la vida es una cosa científica, pero no se puede estar seguro de nada, ¿verdad? Quiero decir, no de todo.

Alguien gritó:

- ¡Un calamar no puede salir del agua!
- ¡Sí que puede!
- ¡No puede!

Pronto se llenó la plataforma de sombras que discutían y se agitaban. Ralph, que aún permanecía sentado, temió que todo aquello fuese el comienzo de la locura. Miedo y fieras... pero no se reconocía que lo esencial era la hoguera, y cuando uno trataba de aclarar las cosas la discusión se desgarraba hacia un asunto nuevo y desagradable. Logró ver algo blanco en la oscuridad, cerca de él. Le arrebató la caracola a Maurice y sopló con todas sus fuerzas. La asamblea, sobresaltada, quedó en silencio. Simón estaba a su lado, extendiendo las manos hacia la caracola. Sentía una arriesgada necesidad de hablar, pero hablar ante una asamblea le resultaba algo aterrador.

- Quizá - dijo con vacilación -, quizá haya una fiera.

La asamblea lanzó un grito terrible y Ralph se levantó asombrado.

- ¿Tú, Simón? ¿Tú crees en eso?
- No lo sé - dijo Simón. Los latidos del corazón lo ahogaban -. Pero...

Estalló la tormenta.

- ¡Siéntate!
- ¡Cállate la boca!
- ¡Coge la caracola!
- ¡Vete a la...!
- ¡Cállate! 
Ralph gritó:

- ¡Escuchadle! ¡Tiene la caracola!
- Lo que quiero decir es que... a lo mejor somos nosotros.
- ¡Tonterías!

Era Piggy, a quien el asombro lo había hecho olvidarse de todo decoro. Simón prosiguió:

- Puede que seamos algo...

A pesar de su esfuerzo por expresar la debilidad fundamental de la humanidad, Simón no encontraba palabras. De pronto, se sintió inspirado.

- ¿Cuál es la cosa más sucia que hay?

Como respuesta, Jack dejó caer en el turbado silencio que siguió una palabra tan vulgar como expresiva. La sensación de alivio que todos sintieron fue como un paroxismo.

Los pequeños, que se habían vuelto a sentar en el columpio, se cayeron de nuevo, sin importarles. Los cazadores gritaban divertidos.

El vano esfuerzo de Simón se desplomó sobre él en ruinas; las risas lo herían como golpes crueles y, acobardado e indefenso, regresó a su asiento.

Por fin reinó de nuevo el silencio.

Alguien habló fuera de turno.

- A lo mejor quiere decir que es algún fantasma.

Ralph alzó la caracola y escudriñó en la penumbra..El lugar más alumbrado era la pálida playa. ¿Estarían los peques con ellos? Sí, no había duda, se habían acurrucado en el centro, sobre la hierba, formando un apretado nudo de cuerpos. Una ráfaga de aire sacudió las palmeras, cuyo murmullo se agigantó ahora en la oscuridad y el silencio. Dos troncos grises rozaron uno contra otro, con un agorero crujido que nadie había percibido durante el día.

Piggy le quitó la caracola. Su voz parecía indignada.

- ¡Nunca he creído en fantasmas..., nunca!

También Jack se había levantado, absolutamente furioso.

- ¿Qué nos importa lo que tú creas? ¡Gordo!
- ¡Tengo la caracola!

Se oyó el ruido de una breve escaramuza y la caracola cruzó de un lado a otro.

- ¡Devuélveme la caracola!

Ralph se interpuso y recibió un golpe en el pecho. Logró recuperar la caracola, sin saber cómo, y se sentó sin aliento.

- Ya hemos hablado bastante de fantasmas. Debíamos haber dejado todo esto para la mañana.

Una voz apagada y anónima le interrumpió.

- A lo mejor la fiera es eso..., un fantasma.

La asamblea se sintió como sacudida por un fuerte viento.

- Estáis hablando todos fuera de turno - dijo Ralph -, y no se puede tener una asamblea como es debido si no se guardan las reglas.

Calló una vez más. Su cuidadoso programa para aquella asamblea se había venido a abajo.

- ¿Qué puedo deciros? Hice mal en convocar una asamblea a estas horas. Pero podemos votar sobre eso; sobre los fantasmas, quiero decir. Y después nos vamos todos a los refugios, porque estamos cansados. No... Jack, ¿no?... espera un minuto. Os voy a decir aquí y ahora que no creo en fantasmas. Por lo menos eso me parece. Pero no me gusta pensar en ellos. Digo ahora, en la oscuridad. Bueno, pero íbamos a arreglar las cosas.

Alzó la caracola.

- Y supongo que una de esas cosas que hay que arreglar es saber si existen fantasmas o no...

Se paró un momento a pensar y después formuló la pregunta:

- ¿Quién cree que pueden existir fantasmas?

Hubo un largo silencio y aparente inmovilidad. Después, Ralph contó en la penumbra las manos que se habían alzado. Dijo con sequedad:

- Ya.

El mundo, aquel mundo comprensible y racional, se escapaba sin sentir. Antes se podía distinguir una cosa de otra, pero ahora... y, además, el barco se había ido.

Alguien le arrebató la caracola de las manos y la voz de Piggy chilló.

- ¡Yo no voté por ningún fantasma!

Se volvió hacia la asamblea.

- ¡Ya podéis acordaros de eso!

Lo oyeron patalear.

- ¿Qué es lo que somos? ¿Personas? ¿O animales? ¿O salvajes? ¿Qué van a pensar de nosotros los mayores? Corriendo por ahí..., cazando cerdos..., dejando que se apague la hoguera..., ¡y ahora!

Una sombra tempestuosa se le enfrentó.

- ¡Cállate ya, gordo asqueroso!

Hubo un momento de lucha y la caracola brilló en movimiento.

Ralph saltó de su asiento.

- ¡Jack! ¡Jack! ¡Tú no tienes la caracola! Déjalo hablar.

El rostro de Jack flotaba junto al suyo.

- ¡Y tú también te callas! ¿Quién te has creído que eres? Ahí sentado... diciéndole a la gente lo que tiene que hacer. No sabes cazar, ni cantar.
- Soy el jefe. Me eligieron.
- ¿Y qué más da que te elijan o no? No haces más que dar órdenes estúpidas...
- Piggy tiene la caracola.
- ¡Eso es, dale la razón a Piggy, como siempre!
- ¡Jack!

La voz de Jack sonó con amarga mímica:

- ¡Jack! ¡Jack!
- ¡Las reglas! - gritó Ralph - ¡Estás rompiendo las reglas!
- ¿Y qué importa?

Ralph apeló a su propio buen juicio.

- ¡Las reglas son lo único que tenemos!

Jack rebatía a gritos.

- ¡Al cuerno las reglas! ¡Somos fuertes..., cazamos! ¡Si hay una fiera, iremos por ella! ¡La cercaremos, y con un golpe, y otro, y otro...!

Con un alarido frenético saltó hacia la pálida arena. Al instante se llenó la plataforma de ruido y animación, de brincos, gritos y risas. La asamblea se dispersó; todos salieron corriendo en alocada desbandada desde las palmeras en dirección a la playa y después a lo largo de ella, hasta perderse en la oscuridad de la noche. Ralph, sintiendo la caracola junto a su mejilla, se la quitó a Piggy.

- ¿Qué van a decir las personas mayores? - exclamó Piggy de nuevo -. ¡Mira esos!

De la playa llegaba el ruido de una fingida cacería, de risas histéricas y de auténtico terror.

- Que suene la caracola, Ralph.

Piggy se encontraba tan cerca que Ralph pudo ver el destello de su único cristal.

- Tenemos que cuidar del fuego, ¿es que no se dan cuenta? Ahora tienes que ponerte duro. Oblígalos a hacer lo que mandas.

Ralph respondió con el indeciso tono de quien está aprendiéndose un teorema.

- Si toco la caracola y no vuelven, entonces sí que se acabó todo. Ya no habrá hoguera. Seremos igual que los animales. No nos rescatarán jamás.

- Si no llamas vamos a ser como animales de todos modos, y muy pronto. No puedo ver lo que hacen, pero los oigo.

Las dispersas figuras se habían reunido de nuevo en la arena y formaban una masa compacta y negra en continuo movimiento. Canturreaban algo, pero los pequeños, cansados ya, se iban alejando con pasos torpes y llorando a viva voz. Ralph se llevó la caracola a los labios, pero en seguida bajó el brazo.

- Lo malo es que... ¿Existen los fantasmas, Piggy? ¿O los monstruos?
- Pues claro que no.
- ¿Por qué estás tan seguro?
- Porque si no las cosas no tendrían sentido. Las casas, y las calles, y... la tele..., nada de eso funcionaría.

Los muchachos se habían alejado bailando y cantando, y las palabras de su cántico se perdían con ellos en la lejanía.

- ¡Pero suponte que no tengan sentido! ¡Que no tengan sentido aquí en la isla! ¡Suponte que hay cosas que nos están viendo y que esperan!

Ralph, sacudido por un temblor, se arrimó a Piggy y ambos se sobresaltaron al sentir el roce de sus cuerpos.

- ¡Deja de hablar así! Ya tenemos bastantes problemas, Ralph, y ya no aguanto más. Si hay fantasmas...
- Debería renunciar a ser jefe. Tú escúchalos.
- ¡No, Ralph! ¡Por favor!

Piggy apretó el brazo de Ralph.

- Si Jack fuese jefe no haríamos otra cosa que cazar, y no habría hoguera. Tendríamos que quedarnos aquí hasta la muerte.

Su voz se elevó en un chillido.

- ¿Quién está ahí sentado?
- Yo, Simón.
- Pues vaya un grupo que hacemos - dijo Ralph -. Tres ratones ciegos. Voy a renunciar.
- Si renuncias - dijo Piggy en un aterrado murmullo -, ¿qué me va a pasar a mí?
- Nada.
- Me odia. No sé por qué; pero si se lo deja hacer lo que quiere... A ti no te pasaría nada, te tiene respeto. Además, tú le pegarías.
- Tú tampoco te quedaste corto hace un momento en esa pelea.
- Yo tenía la caracola - dijo Piggy sencillamente -. Tenía derecho a hablar.

Simón se agitó en la oscuridad.

- Sigue de jefe.
- ¡Cállate, Simón! ¿Por qué no fuiste capaz de decirles que no había ningún monstruo?
- Le tengo miedo - dijo Piggy - y por eso lo conozco. Si tienes miedo de alguien lo odias, pero no puedes dejar de pensar en él. Te engañas diciéndote que de verdad no es tan malo, pero luego, cuando vuelves a verlo... es como el asma, no te deja respirar. Te voy a decir una cosa. A tí también te odia, Ralph.
- ¿A mí? ¿Por qué a mí?
- No lo sé. Lo regañaste por lo de la hoguera; además, tú eres jefe y él no.
- ¡Pero él es... él es Jack Merridew!
- He estado tanto tiempo en cama que he podido meditar algo. Conozco a la gente. Y me conozco. Y a él también. A ti no te puede hacer daño, pero si te echas a un lado, le hará daño al que tienes más cerca. Y ese soy yo.
- Piggy tiene razón, Ralph. Estáis tú y Jack. Tienes que seguir siendo jefe.
-Estamos todos a la deriva y las cosas se están pudriendo. En casa siempre había alguna persona mayor. Por favor, señor; por favor, señorita, y te daban una respuesta. ¡Cómo me gustaría...!
- Me gustaría que estuviese aquí mi tía.
- Me gustaría que mi padre... ¡Bueno, esto es perder el tiempo!
- Hay que mantener vivo el fuego.

La danza había terminado y los cazadores regresaban ahora a los refugios.

- Los mayores saben cómo son las cosas - dijo Piggy -. No tienen miedo de la oscuridad. Aquí se habrían reunido a tomar el té y hablar. Así lo habrían arreglado todo.
- No prenderían fuego a la isla. Ni perderían...
- Habrían construido un barco...

Los tres muchachos, en la oscuridad, se esforzaban en vano por expresar la majestad de la edad adulta.

- No regañarían...
- Ni me romperían las gafas...
- Ni hablarían de fieras...
- Si pudieran mandarnos un mensaje - gritó Ralph desesperadamente -. Si pudieran mandarnos algo suyo..., una señal o algo.

Un gemido tenue salido de la oscuridad les heló la sangre y los arrojó a los unos en brazos de los otros. Entonces el gemido aumentó, remoto y espectral, hasta convertirse en un balbuceo incomprensible. Percival Wemys Madison, de La Vicaría, en Hartcourt St. Anthony, tumbado en la espesa hierba, vivía unos momentos que ni el conjuro de su nombre y dirección podía aliviar.


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