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viernes, 12 de abril de 2013

El Señor de las Moscas - Capítulo VI - William Golding

Viene de "El Señor de las Moscas - Capítulo V - William Golding"


El monstruo del aire 


No quedaba otra luz que la estelar. Cuando comprendieron de donde provenía aquel fantasmal ruido y Percival se hubo tranquilizado de nuevo, Ralph y Simón le levantaron como pudieron y lo llevaron a uno de los refugios. Piggy, a pesar de sus valientes palabras, siguió pegado a los otros y, juntos los tres muchachos, se dirigieron al refugio inmediato. Se tumbaron, inquietos, sobre las ruidosas hojas secas, observando el grupo de estrellas enmarcadas por la entrada que daba sobre la laguna. De cuando en cuando, uno de los pequeños gritaba en otros refugios, y en una ocasión uno de los mayores habló en la oscuridad. Por fin, también ellos se durmieron.

Sobre el horizonte se alzaba una cinta curva de luna, tan estrecha que creaba un reguero finísimo de luz, apenas visible aun al posarse sobre el agua. Pero había otras luces en el cielo, que se movían velozmente, que chispeaban o se apagaban; y, sin embargo, no les llegó a los muchachos ni el más leve eco de la batalla que se libraba a quince kilómetros de altura. Y del mundo adulto

- Por lo de...
-...la hoguera y el cerdo.
- Menos mal que la tomó con Jack y no con nosotros.
- Sí. ¿Te acuerdas del viejo «Cascarrabias» en el colegio?
- «¡Muchacho... me estás volviendo loco poco a poco!».

Los mellizos compartieron su idéntica risa; se acordaron después de la oscuridad y otras cosas, y miraron con inquietud en torno suyo. Las llamas, activas en torno a la pila de leña, atrajeron de nuevo la mirada de los muchachos. Eric observaba los gusanos de la madera, que se agitaban desesperadamente, pero nunca lograban escapar de las llamas, y recordó aquella primera hoguera, allá abajo, en el lado de mayor pendiente de la montaña, donde ahora reinaba completa oscuridad. Pero aquel recuerdo lo molestaba y volvió la vista hacia la cima.

Ahora emanaba de la hoguera un calor que les acariciaba agradablemente. Sam se entretuvo arreglando las ramas de la hoguera tan cerca del fuego como le era posible.

Eric extendió los brazos para averiguar a qué distancia se hacía insoportable el calor. Mirando distraídamente a lo lejos, iba restituyendo los contornos diurnos de las rocas aisladas que en aquel momento no eran más que sombras planas. Allí mismo estaba la roca grande y las tres piedras, y la roca partida, y más allá un hueco..., allí mismo...

- Sam.
- ¿Eh?
- Nada.

Las llamas se iban apoderando de las ramas; la corteza se enroscaba y desprendía; la madera estallaba. Se desplomó la pila y arrojó un amplio círculo de luz sobre la cima de la montaña.

- Sam...
- ¿Eh?
- ¡Sam! ¡Sam!

Sam miró irritado a Eric. La intensidad de la mirada de Eric hizo temible el lugar hacia donde dirigía su vista, lugar que quedaba a espaldas de Sam. Se arrastró alrededor del fuego, se acurrucó junto a Eric y miró. Se quedaron inmóviles, abrazados uno al otro: cuatro ojos, bien despejados, fijos en algo, y dos bocas abiertas.

Bajo ellos, a lo lejos, los árboles del bosque suspiraron y luego rugieron. Los cabellos se agitaron sobre sus frentes y nuevas llamas brotaron de los costados de la hoguera. A menos de quince metros de ellos sonó el aleteo de un tejido al desplegarse y henchirse.

Ninguno de los dos muchachos gritó, pero se apretaron los brazos con más fuerza y sus labios se fruncieron. Permanecieron así agachados quizá diez segundos más, mientras el avivado fuego lanzaba humo y chispas y olas de variable luz sobre la cumbre de la montaña.

Después, como si entre los dos sólo tuviesen una única y aterrorizada mente, saltaron sobre las rocas y huyeron.

Ralph soñaba. Se había quedado dormido tras lo que le parecieron largas horas de agitarse y dar vueltas sobre las crujientes hojas secas. No le alcanzaba ya ni el sonido de las pesadillas en los otros refugios; estaba de regreso en casa, ofreciendo terrones de azúcar a los potros desde la valla del jardín.

Pero alguien le tiraba del brazo y le decía que era la hora del té.

- ¡Ralph! ¡Despierta!

Las hojas rugían como el mar.

- ¡Ralph! ¡Despierta!
- ¿Qué pasa?
- ¡Hemos visto...
-...la fiera...
-...bien claro!
- ¿Quiénes sois? ¿Los mellizos?
- Hemos visto a la fiera...
- Callaos. ¡Piggy!

Las hojas seguían rugiendo. Piggy tropezó con él, y uno de los mellizos lo sujetó cuando se disponía a correr, hacia el oblongo espacio que encuadraba la luz decadente de las estrellas.

- ¡No vayas... es horrible!
- Piggy, ¿dónde están las lanzas?
- Oigo el...
- Entonces cállate. No os mováis.

Allí tendidos escucharon con duda al principio y después con terror, la narración que los mellizos les susurraban entre pausas de extremo silencio. Pronto la oscuridad se llenó de garras, se llenó del terror de lo desconocido y lo amenazador. Un alba interminable borró las estrellas, y por fin la luz, triste y gris, se filtró en el refugio. Empezaron a agitarse, aunque fuera del refugio el mundo seguía siendo insoportablemente peligroso.

Se podía ya percibir en el laberinto de oscuridad lo cercano y lo lejano, y en un punto elevado del cielo las nubéculas se calentaban en colores. Una solitaria ave marina aleteó hacia lo alto con un grito ronco cuyo eco pronto resonó, y el bosque respondió con graznidos. Flecos de nubes, cerca del horizonte, empezaron a resplandecer con tintes rosados, y las copas plumadas de las palmeras se hicieron verdes.

Ralph se arrodilló en la entrada del refugio y miró con cautela a su alrededor.

- Sam y Eric, llamad a todos para una asamblea. Con calma. Venga.

Los mellizos, agarrados temblorosamente uno al otro, se arriesgaron a atravesar los pocos metros que les separaban del refugio próximo y difundieron la terrible noticia.

Ralph, por razón de dignidad, se puso en pie y caminó hasta el lugar de la asamblea, aunque por la espalda le corrían escalofríos. Lo siguieron Piggy y Simón y detrás los otros chicos, cautelosamente.

Ralph tomó la caracola, que yacía sobre el pulimentado asiento, y la acercó a sus labios; pero dudó un momento y, en lugar de hacerla sonar, la alzó mostrándola a los demás y todos comprendieron.

Los rayos del sol, que asomando sobre el horizonte se desplegaban en alto como un abanico, giraron hacia abajo, al nivel de los ojos. Ralph observó durante unos instantes la creciente lámina de oro que los alumbraba por la derecha y parecía permitirles hablar.

Delante de él, las lanzas de caza se erizaban sobre el círculo de muchachos. Cedió la caracola a Eric, el mellizo más próximo a él.

- Hemos visto la fiera con nuestros propios ojos. No..., no estábamos dormidos...

Sam continuó el relato. Era ya costumbre que la caracola sirviese a la vez para ambos mellizos, pues todos reconocían su sustancial unidad.

- Era peluda. Algo se movía detrás de su cabeza... unas alas. Y ella también se movía...
- Era horrible. Parecía que se iba a sentar...
- El fuego alumbraba todo...
- Acabábamos de encenderlo...
-...habíamos echado más leña...
- Tenía ojos...
- Dientes...
- Garras...
- Salimos corriendo con todas nuestras fuerzas...
- Tropezamos muchas veces...
- La fiera nos siguió...
- La vi escondiéndose detrás de los árboles...
- Casi me tocó...

Ralph señaló temeroso a la cara de Eric, cruzada por los arañazos de los matorrales en que había tropezado.

- ¿Cómo te hiciste eso?

Eric se llevó una mano a la cara.

- Está llena de rasguños. ¿Estoy sangrando?

El círculo de muchachos se apartó con horror. Johnny, bostezando aún, rompió en ruidoso llanto, pero recibió unas bofetadas de Bill que lograron callarlo. La luminosa mañana estaba llena de amenazas y el círculo comenzó a deformarse. Se orientaba hacia fuera más que hacia dentro y las lanzas de afilada madera formaban como una empalizada. Jack les ordenó volver hacia el centro.

- ¡Esta será una cacería de verdad! ¿Quién viene?

Ralph accionó con impaciencia.

- Esas lanzas son de madera. No seas tonto.

Jack se rió de él.

- ¿Tienes miedo?
- Pues claro que tengo miedo, ¿quién no lo iba a tener?

Se volvió hacia los mellizos, anhelante, pero sin esperanzas.

- Supongo que no nos estaréis tomando el pelo.

La respuesta fue demasiado firme para que alguien la dudase.

Piggy cogió la caracola.

- ¿No podríamos... quedarnos aquí... y nada más? A lo mejor la fiera no se acerca a nosotros.

Sólo la sensación de tener algo observándolos evitó que Ralph le gritase.

- ¿Quedarnos aquí? ¿Y estar enjaulados en este trozo de isla, siempre vigilando? ¿Cómo íbamos a conseguir comida? ¿Y la hoguera, qué?
- Vamos - dijo Jack, inquieto -, que estamos perdiendo el tiempo.
- No es verdad. Y además, ¿qué vamos a hacer con los peques?
- ¡Que les den el biberón!
- Alguien se tiene que ocupar de ellos.
- Nadie lo ha hecho hasta ahora.
- ¡Porque no hacía falta! Pero ahora sí. Piggy se ocupará de ellos.
- Eso es. Que Piggy no corra peligro.
- Piensa un poco. ¿Qué puede hacer con un solo ojo?

Los demás muchachos miraban de Jack a Ralph con curiosidad.

- Y otra cosa. No puede ser una cacería como las demás, porque la fiera no deja huellas. Si lo hiciese ya la habríais visto. No sabemos si saltará por los árboles igual que hace el animal ese...

Asintieron todos.

- Así que hay que pensar.

Piggy se quitó sus rotas gafas y limpió el único cristal.

- ¿Y qué hacemos nosotros, Ralph?
- No tienes la caracola. Tómala.
- Quiero decir... ¿qué hacemos nosotros si viene la fiera cuando todos os habéis ido? No veo bien y si me entra el miedo...

Jack le interrumpió desdeñosamente.

- A ti siempre te entra el miedo.
- La caracola la tengo yo...
- ¡Caracola! ¡Caracola! - gritó Jack -. Ya no necesitamos la caracola. Sabemos quiénes son los que deben hablar. ¿Para qué ha servido que hable Simón, o Bill, o Walter? Ya es hora de que se enteren algunos que tienen que callarse y dejar que el resto de nosotros decida las cosas...

Ralph no podía seguir ignorando aquel discurso. Sintió la sangre calentar sus mejillas.

- Tú no tienes la caracola - dijo -. Siéntate.

Jack empalideció de tal modo que sus pecas parecieron verdaderos lunares. Se pasó la lengua por los labios y permaneció de pie.

- Esta es una tarea para cazadores.

Los demás muchachos observaban atentamente. Piggy, ante la embarazosa situación, dejó la caracola sobre las piernas de Ralph y se sentó. El silencio se hizo opresivo y Piggy contuvo la respiración.

- Esto es más que una tarea para cazadores - dijo por fin Ralph -, porque no podéis seguir las huellas de la fiera. Y, además, ¿es que no queréis que nos rescaten?

Se volvió a la asamblea.

- ¿No queréis todos que nos rescaten?

Miró a Jack.

- Ya dije antes que lo más importante es la hoguera. Y ahora ya debe estar apagada.

Lo salvó su antigua exasperación, que le dio energías para atacar.

- ¿Es que no hay nadie aquí con un poco de sentido común? Tenemos que volver a encender esa hoguera. ¿Nunca piensas en eso, verdad Jack? ¿O es que no queréis que nos rescaten?

Sí, todos querían ser rescatados, no había que dudarlo, y con un violento giro en favor de Ralph pasó la crisis. Piggy expulsó el aliento con un ahogo; luego quiso aspirar aire y no pudo. Se apoyó contra un tronco, abierta la boca, mientras unas sombras azules circundaban sus labios. Nadie le hizo caso.

- Piensa ahora, Jack. ¿Queda algún lugar en la isla que no hayas visto?

Jack contestó de mala gana:

- Sólo... ¡pues claro! ¿No te acuerdas? El rabo donde acaba la isla, donde se amontonan las rocas. He estado cerca. Las piedras forman un puente. Sólo se puede llegar por un camino.

- Quizá viva ahí la fiera.

Toda la asamblea hablaba a la vez.

- ¡Bueno! De acuerdo. Allí es donde buscaremos. Si la fiera no está allí subiremos a buscarla a la montaña, y a encender la hoguera.
- Vámonos...
- Primero tenemos que comer. Luego iremos - Ralph calló un momento -. Será mejor que llevemos las lanzas.

Después de comer, Ralph y los mayores se pusieron en camino a lo largo de la playa.

Dejaron a Piggy sentado en la plataforma. El día prometía ser, como todos los demás, un baño de sol bajo una cúpula azul. Frente a ellos, la playa se alargaba en una suave curva que la perspectiva acababa uniendo a la línea del bosque; porque era aún demasiado pronto para que el día se viera enturbiado por los cambiantes velos del espejismo. Bajo la dirección de Ralph siguieron prudentemente por la terraza de palmeras para evitar la arena ardiente junto al agua. Dejó que Jack guiase, y Jack caminaba con teatral cautela, aunque habrían divisado a cualquier enemigo a veinte metros de distancia. Ralph iba detrás, contento de eludir la responsabilidad por un rato.

Simón, que caminaba delante de Ralph, sintió un brote de incredulidad: una fiera que arañaba con sus garras, que estaba allá sentada en la cima de la montaña, que nunca dejaba huellas y, sin embargo, no era lo bastante rápida como para atrapar a Sam y Eric.

De cualquier modo que Simon imaginase a la fiera, siempre se alzaba ante su mirada interior como la imagen de un hombre, heroico y doliente a la vez. Suspiró. Para otros resultaba fácil levantarse y hablar ante una asamblea, al parecer, sin sentir esa terrible presión de la personalidad; podían decir lo que tenían que decir como si hablasen ante una sola persona. Se echó a un lado y miró hacia atrás. Ralph venía con su lanza al hombro. Tímidamente, Simón retardó el paso hasta encontrarse junto a Ralph. Lo miró a través de su lacio pelo negro, que ahora le caía hasta los ojos.

Ralph miró de soslayo; sonrió ligeramente, como si hubiese olvidado que Simón se había puesto en ridículo, y volvió la mirada al vacío. Simón, por unos momentos, sintió la alegría de ser aceptado y dejó de pensar en sí mismo. Cuando tropezó contra un árbol, Ralph miró a otro lado con impaciencia y Robert no disimuló su risa. Simón se sintió vacilar y una mancha blanca que había aparecido en su frente enrojeció y empezó a sangrar.

Ralph se olvidó de Simón para volver a su propio infierno. Tarde o temprano llegarían al castillo y el jefe tendría que ponerse a la cabeza. Vio a Jack retroceder hacia él con paso ligero.

- Estamos ya a la vista.
- Bueno, nos acercaremos lo más que podamos.

Siguió a Jack hacia el castillo, donde el terreno se elevaba ligeramente. Cerraba el lado izquierdo una maraña impenetrable de trepadoras y árboles.

- ¿No podría haber algo ahí dentro?
- Ya lo ves. No hay nada que entre ni salga por ahí.
- Bueno, ¿y en el castillo?
- Mira.

Ralph abrió un hueco en la pantalla de hierba y miró a través. Quedaban sólo unos metros más de terreno pedregoso y después los dos lados de la isla llegaban casi a juntarse, de modo que la vista esperaba encontrar el pico de un promontorio. Pero en su lugar, un estrecho arrecife, de unos cuantos metros de anchura y unos quince de longitud, prolongaba la isla hacia el mar. Allí se encontraba otro de aquellos grandes bloques rosados que constituían la estructura de la isla. Este lado del castillo, de unos treinta metros de altura, era el baluarte rosado que habían visto desde la cima de la montaña. El peñón del acantilado estaba partido y su cima casi cubierta de grandes piedras sueltas que parecían a punto de desplomarse.

A espaldas de Ralph la alta hierba estaba poblada de silenciosos cazadores.

- Tú eres el cazador.

- Ya lo sé. Está bien.

Algo muy profundo en Ralph lo obligó a decir:

- Yo soy el jefe. Iré yo. No discutas. Se volvió a los otros. Vosotros escondeos ahí y esperadme.

Advirtió que su voz tendía o a desaparecer o a salir con demasiada fuerza. Miró a Jack.

- ¿Tú... crees?

Jack balbuceó.

- He estado por todas partes. Tiene que estar aquí.
- Bien.

Simón murmuró confuso:

- Yo no creo en esa fiera.

Ralph le contestó cortésmente, como si hablasen del tiempo:

- No, claro que no.

Tenía los labios pálidos y apretados. Despacio, se echó el pelo hacia atrás.

- Bueno, hasta luego.

Obligó a sus pies a impulsarlo hasta llegar al angosto paso. Se encontró con un abismo a ambos lados. No había dónde esconderse, aunque no se tuviese que seguir avanzando. Se detuvo sobre el estrecho paso rocoso y miró hacia abajo. Pronto, en unos cuantos siglos, el mar transformaría el castillo en isla. A la derecha estaba la laguna, turbada por el mar abierto, y a la izquierda...

Ralph tembló. La laguna les había protegido del Pacífico y por alguna razón sólo Jack había descendido hasta el agua por el otro lado. Tenía ante sí el oleaje del mar, tal como lo ve el hombre de tierra, como la respiración de un ser fabuloso. Lentamente, las aguas se hundían entre las rocas, dejando al descubierto rosadas masas de granito, extrañas floraciones de coral, pólipos y algas. Bajaban las aguas, bajaban murmurando como el viento entre las alturas del bosque. Había allí una roca lisa, que se alargaba como una mesa, y las aguas, al ser absorbidas entre la vegetación de sus cuatro costados, daban a estos el aspecto de acantilados. Respiró entonces el adormecido leviatán: las aguas subieron, removieron las algas y el agua hirvió sobre el tablero con un bramido. No se sentía el paso de las olas; sólo aquel prolongado, minuto a minuto, bajar y subir.

Ralph se volvió hacia el rojo acantilado. Allí, entre la alta hierba, esperaban todos, esperaban a ver qué hacía él. Notó que el sudor de sus manos era frío ahora; con sorpresa advirtió que en realidad no esperaba encontrar ninguna fiera y que no sabría qué hacer si la encontraba.

Vio que le sería fácil escalar el acantilado, pero no era necesario. La estructura vertical del macizo había dejado una especie de zócalo a su alrededor, de manera que a la derecha del lado de la laguna se podía avanzar, palmo a palmo, por un saliente hasta volver la esquina y perderse de vista. Era un camino fácil y pronto se halló al otro lado del macizo. Era lo que esperaba y nada más: rosadas peñas dislocadas, cubiertas como una tarta por una capa de guano, y una cuesta empinada que subía hasta las rocas sueltas que coronaban el bastión. Un ruido a sus espaldas le hizo volverse. Jack se acercaba por el zócalo.

- No podía dejar que lo hicieses tú solo.

Ralph no dijo nada. Siguió adelante y avanzó entre las rocas; inspeccionó una especie de semicueva que no contenía nada más temible que un montón de huevos podridos y por fin se sentó, mirando a su alrededor y golpeando la roca con el extremo de su lanza.

Jack estaba excitado.

- ¡Menudo lugar para un fuerte!

Una columna de rocío mojó sus cuerpos.

- No hay agua para beber.
- Entonces, ¿qué es aquello?

Había, en efecto, una alargada mancha verde a media altura del macizo. Treparon hasta allí y probaron el hilo de agua.

- Podríamos colocar un casco de coco ahí para que estuviese siempre lleno.
- Yo no. Este sitio es un asco.

Uno junto al otro, escalaron el último tramo hasta llegar al sitio donde las rocas apiladas terminaban en una gran piedra partida. Jack golpeó con el puño la que tenía más cerca, que rechinó ligeramente.

- Te acuerdas...

Pero el recuerdo de los malos tiempos que habían vivido entre aquellas dos ocasiones dominó a los dos. Jack se apresuró a hablar:

- Si metiéramos un tronco de palmera por debajo, cuando el enemigo se acercase... ¡mira!

Debajo de ellos, a unos treinta metros, se encontraba el estrecho paso, después el terreno pedregoso, después la hierba salpicada de cabezas y detrás de todo aquello el bosque.

- ¡Un empujón - gritó Jack exultante - y... zas...! Hizo un gesto amplio con la mano.

Ralph miró hacia la montaña.

- ¿Qué te pasa?

Ralph se volvió.

- ¿Por qué lo dices?
- Mirabas de una manera... que no sé.
- No hay ninguna señal ahora. Nada que se pueda ver.
- Qué manía con la señal.

Los cercaba el tenso horizonte azul, roto sólo por la cumbre de la montaña.

- Es lo único que tenemos.

Descansó la lanza contra la piedra oscilante y se echó hacia atrás dos mechones de pelo.

- Vamos a tener que volver y subir a la montaña. Allí es donde vieron la fiera.
- No va a estar allí.
- ¿Y qué más podemos hacer?

Los otros, que aguardaban en la hierba, vieron a Jack y Ralph ilesos y salieron de su escondite hacia la luz del sol. La emoción de explorar les hizo olvidarse de la fiera.

Cruzaron como un enjambre el puente y pronto se hallaron trepando y gritando. Ralph descansaba ahora con una mano contra un enorme bloque rojo, un bloque tan grande como una rueda de molino, que se había partido y colgaba tambaleándose. Observaba la montaña con expresión sombría. Golpeó la roja muralla a su derecha con el puño cerrado, como un martillo. Tenía los labios muy apretados y sus ojos, bajo el fleco de pelo, parecían anhelar algo.

- Humo.

Se chupó el puño lastimado.

- ¡Jack! Vamos.

Pero Jack no estaba allí. Un grupo de muchachos, produciendo un gran ruido que no había percibido hasta entonces, hacía oscilar y empujaba una roca. Al volverse él, la base se cuarteó y toda aquella masa cayó al mar, haciendo saltar una columna de agua ensordecedora que subió hasta media altura del acantilado.

- ¡Quietos! ¡Quietos!

Su voz produjo el silencio de los demás.

- Humo.

Una cosa extraña le pasaba en la cabeza. Algo revoloteaba allí mismo, ante su mente, como el ala de un murciélago enturbiando su pensamiento.

- Humo.

De pronto, le volvieron las ideas y la ira.

- Necesitamos humo. Y vosotros os ponéis a perder el tiempo rodando piedras.

Roger gritó:

- Tenemos tiempo de sobra.

Ralph movió la cabeza.

- Hay que ir a la montaña.

Estalló un griterío. Algunos de los muchachos querían regresar a la playa. Otros querían rodar más piedras. El sol brillaba y el peligro se había disipado con la oscuridad.

- Jack. A lo mejor la fiera está al otro lado. Guía otra vez. Tú ya has estado allí.
- Podemos ir por la orilla. Allí hay fruta.

Bill se acercó a Ralph.

- ¿Por qué no nos podemos quedar aquí un rato?
- Eso.
- Vamos a hacer una fortaleza...
- Aquí no hay comida - dijo Ralph - ni refugios. Y poca agua dulce.
- Esto sería una fortaleza fantástica.
- Podemos rodar piedras...
- Hasta el puente...
- ¡Digo que vamos a seguir! - gritó Ralph enfurecido -. Tenemos que estar seguros.

Ahora vámonos.

- Era mejor quedarnos aquí.
- Vámonos al refugio...
- Estoy cansado...
- ¡No!

Ralph se despellejó los nudillos. No parecieron dolerle.

- Yo soy el jefe. Tenemos que estar bien seguros. ¿Es que no veis la montaña? No hay ninguna señal. Puede haber un barco allá afuera. ¿Es que estáis todos chiflados?

Con aire levantisco, los muchachos guardaron silencio o murmuraron entre sí. Jack los siguió camino abajo hasta cruzar el puente.

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