Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

sábado, 26 de enero de 2013

El Cascanueces y el rey de los ratones - Cap XII, XIII y XIV - FIN - E. T. A. Hoffmann

Viene de "El Cascanueces y el rey de los ratones - Cap X y XI - E. T. A. Hoffmann"




Capítulo XII

El reino de las muñecas



Me parece a mí, queridos lectores, que ninguno de vosotros habría vacilado en seguir al buen Cascanueces, que no era fácil tuviese propósitos de causaros mal alguno. María lo hizo así, con tanta mayor gana cuanto que sabía podía contar con el agradecimiento de Cascanueces y estaba convencida de que cumpliría su palabra haciéndole ver multitud de cosas bellas. Por lo tanto dijo:

—Iré con usted, señor Drosselmeier, pero no muy lejos ni por mucho tiempo, pues no he dormido nada.
—Entonces tomaremos el camino más corto, aunque sea el más difícil —respondió Cascanueces.

Y echó a andar delante, lo siguió María, hasta que se detuvieron frente al gran armario del recibimiento. María se quedó asombrada al ver que las puertas del armario, habitualmente cerradas, estaban abiertas de par en par, dejando al descubierto el abrigo de piel de zorra que el padre usaba en los viajes y que colgaba en primer término. Cascanueces trepó con mucha agilidad por los adornos y molduras, hasta que pudo alcanzar el hermoso hopo que, sujeto por un grueso cordón, colgaba de la parte de atrás del abrigo de piel. En cuanto Cascanueces se apoderó del hopo, echó abajo una escala monísima de madera de cedro a través de la manga de piel.

—Haga el favor de subir, señorita —exclamó Cascanueces.

María lo hizo así; pero apenas había comenzado a subir por la manga, casi en el mismo momento en que empezaba a mirar por encima del cuello, quedó deslumbrada por una luz cegadora y se encontró de repente en una pradera perfumada, de la que brotaban millones de chispas como piedras preciosas.

—Estamos en la pradera de Cande —dijo Cascanueces— y tenemos que pasar por aquella puerta.

Entonces advirtió María la hermosa puerta que no viera hasta aquel momento, y que se elevaba a pocos pasos de la pradera. Parecía edificada de mármol blanco, pardo y color Corinto; pero mirándola despacio descubrió que los materiales de construcción eran almendras garapiñadas y pasas, por cuya razón, según le dijo Cascanueces, aquella puerta por la que iban a penetrar se llamaba la "puerta de las Almendras y de las Pasas". La gente vulgar la llamaba la "puerta de los Mendigos", con muy poca propiedad. En una galería exterior de esta puerta, al parecer de azúcar de naranja, seis monitos, vestidos con casaquitas rojas, tocaban una música turca de lo más bonito que se puede oír, y María apenas si advirtió que seguían avanzando por un pavimento de lajas de mármol que, sin embargo, no eran otra cosa que pastillas muy bien hechas.

A poco se oyeron unos acordes dulcísimos, procedentes de un bosquecillo maravilloso que se extendía a ambos lados. Entre el follaje verde había tal claridad que se veían perfectamente los frutos dorados y plateados colgando de las ramas, de colores vivos, y éstas y los troncos aparecían adornados con cintas y ramos de flores, que semejaban novios alegres y recién casados llenos de felicidad. Y de vez en cuando el aroma de los naranjos era esparcido por el blando céfiro, que resonaba en las ramas y en las hojas, las cuales, al entrechocarse, producían un ruido semejante a la más melodiosa música, a cuyos acordes bailaban y danzaban las brillantes lucecillas.

—¡Qué bonito es todo esto! —exclamó María, encantada y loca de contento.
—Estamos en el bosque de Navidad, querida señorita —dijo Cascanueces.
—¡Ay! —continuó María—, si pudiera permanecer aquí! ¡Es tan bonito!

Cascanueces dio una palmada y aparecieron unos pastores y pastoras, cazadores y cazadoras, tan lindos y blancos que hubiera podido creerse estaban hechos de azúcar, y a los cuales no había visto María a pesar de que se paseaban por el bosque. Llevaban una preciosa butaca de oro; colocaron en ella un almohadón de malvavisco y, muy corteses, invitaron a María a tomar asiento en ella. Apenas lo hizo, empezaron pastores y pastoras a bailar una danza artística, mientras los cazadores tocaban en sus cuernos de caza; luego desaparecieron todos en la espesura.

—Perdone, señorita de Stahlbaum —dijo Cascanueces—, que el baile haya resultado tan pobre; pero los personajes pertenecen a los de los bailes de alambre y no saben ejecutar sino los mismos movimientos siempre. También hay una razón para que la música de los cazadores sea tan monótona. El cesto del azúcar está colgado en los árboles de Navidad encima de sus narices, pero un poco alto. ¿Quiere usted que sigamos adelante?
—Todo es precioso y me gusta muchísimo —dijo María levantándose para seguir a Cascanueces, que había echado a andar.

Pasaron a lo largo de un arroyo cantarín y alegre, en el que se advertía el mismo aroma delicioso del resto del bosque.

—Es el arroyo de las Naranjas —respondió Cascanueces a la pregunta de María—; pero, aparte su aroma, no tiene comparación en tamaño y belleza con el torrente de los Limones, que, como él, vierte en el mar de las Almendras.

En seguida escuchó María un ruido sordo y vio el torrente de los limones, que se precipitaba en ondas color perla entre arbustos verdes chispeantes como carbunclos. Del agua murmuradora emanaba una frescura reconfortante para el pecho y el corazón. Un poco más allá corría un agua amarillenta, más espesa, de un aroma penetrante y dulce, y a su orilla jugueteaban una multitud de chiquillos, que pescaban con anzuelo, comiéndose al momento los pececillos que cogían. Al acercarse, observó María que los tales pececillos parecían avellanas. A cierta distancia se divisaba un pueblecito a orillas del torrente; las casas, la iglesia, la rectoral, las alquerías, todo era pardusco, aunque cubierto con tejados dorados; también se veían algunos muros tan bonitamente pintados como si estuviesen sembrados de corteza de limón y de almendras.

—Es la patria del Alajú —dijo Cascanueces—, que está situada a orillas del arroyo de la Miel; ahí habita gente muy guapa, pero casi siempre están descontentas porque padecen de dolores de muelas. No los visitaremos por esta razón.

Luego divisó María una ciudad pequeña, compuesta de casitas transparentes y claras, que resultaba muy linda. Cascanueces se dirigió decididamente a ella y María escuchó un gran estrépito, viendo que miles de personajes diminutos se disponían a descargar una infinidad de carros muy cargados que estaban en el mercado. Lo que sacaban aparecía envuelto en papeles de colores y semejaba pastillas de chocolate.

—Estamos en el país de los Bombones —dijo Cascanueces—, y acaba de llegar un envío del país del Papel y del rey del Chocolate. Las casas del país de los Bombones estaban seriamente amenazadas por el ejército que manda el almirante de las Moscas, y por esta causa las cubren con los dones del país del Papel y construyen fortificaciones con los envíos del rey del Chocolate. Pero en este país no nos hemos de conformar con ver los pueblos, sino que debemos ir a la capital.

Y Cascanueces guió hacia la capital a la curiosa María. Al poco tiempo notó un pronunciado olor a rosas y todo apareció como envuelto en una niebla rosada. María observó que aquello era el reflejo de un agua de ese color que en ondas armoniosas y murmuradoras corría ante sus ojos. En aquel lago encantador, que se ensanchaba hasta adquirir las proporciones de un inmenso mar, nadaban unos cuantos hermosos cisnes plateados, a cuyos cuellos estaban atadas cintitas de oro y cantaban a porfía las canciones más lindas; y en las rosadas ondas, los pececillos diamantinos iban de un lado para otro, como danzando a compás.

—¡Ah! —exclamó María entusiasmada—. Este es un lago como el que me quería hacer el padrino Drosselmeier en una ocasión, y yo soy la niña que acariciaría a los cisnes.

Cascanueces sonrió de un modo más burlón que nunca y dijo:

—El tío no sabría hacer una cosa semejante; usted quizá sí, querida señorita de Stahlbaum... Pero no discutiremos por esto, vamos a embarcarnos y nos dirigiremos, por el lago de las Rosas, a la capital.




Capítulo XIII

La capital



Cascanueces dio una palmada: el lago de las Rosas comenzó a agitarse más, las olas se hicieron mayores y María vio que a lo lejos se dirigió hacia donde estaban ellos un carro de conchas de marfil, claro y resplandeciente, tirado por dos delfines de escamas doradas. Doce negritos monísimos, con monteritas y delantalitos tejidos de plumas de colibrí, saltaron a la orilla y trasladaron a María y luego a Cascanueces, deslizándose suavemente sobre las olas, al carro, que en el mismo instante se puso en movimiento. ¡Qué hermosura verse en el carro de concha, embalsamado de aroma de rosas y conducido por encima de las olas rosadas! Los dos delfines de escamas doradas levantaban sus fauces, y al resoplar brotaban de ellas brillantes cristales que alcanzaban a gran altura, volviendo a caer en ondas espumosas y chispeantes. Luego pareció como si cantaran multitud de vocecillas. "¿Quién boga por el lago de las Rosas?... ¡El hada!... Mosquitas, ¡sum, sum, sum! Pececillos, ¡sim, sim, sim! Cisnes, ¡cua, cua, cua! Pajaritos, ¡pi, pi, pi! Ondas del torrente, agitaos, cantad, observad... El hada viene. Ondas rosadas, agitaos, refrescad, bañad.” Pero los doce negritos, que habían descendido del carro de conchas, tomaron muy a mal aquel canto y sacudieron sus sombrillas con tal fuerza que las hojas de palmera de que estaban hechas empezaron a sonar y castañetear, y ellos al tiempo acompañaban con los pies, haciendo una cadencia extraña y cantando: "¡Clip, clap, clip, clap!"

—Los negros son muy alegres —dijo Cascanueces un poco sorprendido—, pero alborotan todo el lago.

Con efecto, en seguida se oyó un gran murmullo de voces extraordinarias que parecía como si saliesen del agua y flotasen en el aire.

María no se fijó en las últimas, sino que miró a las ondas rosadas, en las cuales vio reflejarse el rostro de una muchacha encantadora que le sonreía.

—¡Ah! —exclamó muy contenta palmoteando—. Mire, señor Drosselmeier, allá abajo está la princesa Pirlipat, que me sonríe de un modo admirable. ¿No la ve usted, señor Drosselmeier?

Cascanueces suspiró tristemente y dijo:

—Querida señorita de Stahlbaum, no es la princesa Pirlipat; es su mismo rostro el que le sonríe en las ondas de rosa.

María volvió la cabeza, avergonzada, y cerró los ojos. En aquel instante se encontró trasladada por los mismos negros a la orilla, y en un matorral casi tan bello como el bosque de Navidad, con mil cosas admirables y, sobre todo, con unas frutas raras que colgaban de los árboles y las cuales no sólo tenían los colores más lindos, sino que olían divinamente.

—Estamos en el bosque de las Confituras —dijo Cascanueces—; pero ahí está la capital.

Entonces vio María algo verdaderamente inesperado. No sé como lograría yo, queridos niños, explicarles la belleza y las maravillas de la ciudad que se extendía ante los ojos de María en una pradera florida. Los muros y las torres estaban pintados de colores preciosos; la forma de los edificios no tenía igual en el mundo. En vez de tejados, lucían las casas coronas lindamente tejidas, y las torres, guirnaldas de hojas verdes de lo más bonito que se puede ver. Al pasar por la puerta, que parecía edificada de macarrones y de frutas escarchadas, siete soldados les presentaron armas, y un hombrecillo con una bata de brocado se echó al cuello de Cascanueces, saludándolo con las siguientes palabras:

—Bien venido seáis, querido príncipe; bien venido al pueblo de Mermelada.

María se admiró no poco al ver que Drosselmeier era considerado y tratado como príncipe por un hombre distinguido. Luego oyó un charlar confuso, un parloteo, unas risas, una música y unos cánticos que la distrajeron de todo lo demás, y sólo pensó en averiguar que era todo aquello.

—Querida señorita de Stahlbaum —respondió Cascanueces—, no tiene nada de particular. Mermelada es una ciudad alegre; siempre es lo mismo. Pero tenga la bondad de seguirme un poco más adelante.

Apenas anduvieron unos pasos, llegaron a la plaza del Mercado que presentaba un aspecto hermoso. Todas las casas de alrededor eran de azúcar trabajada con calados y galerías superpuestas; en el centro se alzaba un ramillete a modo de obelisco; cerca de él lanzaban a gran altura sus juegos de agua cuatro fuentes muy artísticas de grosella, limonada y otras bebidas dulces, y en las tazas remansaba la crema, que se podía coger a cucharadas. Y lo más bonito de todo eran los miles de lucecillas que colocadas encima de otras tantas cabezas, iban de un lado para otro gritando, riendo, bromeando, cantando..., en una palabra, armando el alboroto que María oyera desde lejos.

Se veía gente bellamente ataviada: armenios, griegos, judíos y tiroleses, oficiales y soldados, sacerdotes, pastores y bufones; en fin, todos los personajes que se pueden hallar en el mundo. En una de las esquinas era mayor el tumulto; la gente se atropellaba, pues pasaba el Gran Mogol en su palanquín, acompañado por noventa y tres grandes del reino y ciento siete esclavos. En la esquina opuesta tenía su fuerte el cuerpo de pescadores, que sumaban quinientas cabezas; y lo peor fue que el Gran Señor turco tuvo la ocurrencia de irse a pasear a la plaza, a caballo, con tres mil jenízaros, yendo a interrumpir el cortejo que se dirigía al ramillete central cantando el himno “Alabemos al poderoso Sol”. Hubo gran revuelta y muchos tropezones y gritos.

A poco se escuchó un lamento: era que un pescador había cortado la cabeza a un bracmán, y al Gran Mogol por poco lo atropella un bufón. El ruido se hacía más ensordecedor a cada instante, y ya empezaba la gente a venir a las manos cuando hizo su aparición en la plaza el individuo de la bata de damasco que saludara a Cascanueces en la puerta de la ciudad dándole el título de príncipe, y subiéndose al ramillete tocó tres veces una campanilla y gritó al tiempo:

—¡Confitero!.. ¡Confitero!... ¡Confitero!...

Instantáneamente cesó el tumulto; cada cual procuró arreglárselas como pudo, y, después que se hubo desenredado el lío de coches, se limpió el Gran Mogol y se volvió a colocar la cabeza al bracmán, continuó la algazara.

—¿Qué ha querido decir con la palabra confitero, señor Drosselmeier? —preguntó María.
—Señorita —respondió Cascanueces—, confitero se llama aquí a una potencia desconocida de la que se supone puede hacer con los hombres lo que le viene en gana; es la fatalidad que pesa sobre este alegre pueblo, y le temen tanto que sólo con nombrarlo se apaga el tumulto más grande, como lo acaba de hacer el burgomaestre. Nadie piensa más en lo terreno, en romperse los huesos o en cortarse la cabeza, sino que todo el mundo se reconcentra y dice para sí: "¿Qué será ese hombre y qué es lo que haría con nosotros?

María no pudo contener una exclamación de asombro y de admiración al verse delante de un palacio iluminado por los rojos rayos del sol, con cien torrecillas alegres. En los muros había sembrados ramilletes de violetas, narcisos, tulipanes, alhelíes, cuyos tonos oscuros hacían resaltar más y más el fondo rojo. La gran cúpula central del edificio, lo mismo que los tejados piramidales de las torrecillas, estaban sembrados de miles de estrellas doradas y plateadas.

—Estamos en el palacio de Mazapán —dijo Cascanueces.

María se perdía en la contemplación del maravilloso palacio; pero no se le escapó que a una de las torres grandes le faltaba el tejado. A lo que se podía presumir, unos hombrecillos encaramados en un andamiaje armado con ramas de cinamomo trataban de repararlo. Antes de que preguntase nada a Cascanueces, explicó éste:

—Hace poco amenazó al hermoso palacio un hundimiento serio, que bien pudo haber llegado a la destrucción total. El gigante Coloso pasó por aquí, se comió el tejado de esa torre y dio un bocado a la gran cúpula; los ciudadanos de Mermelada le dieron como tributo un barrio entero y una parte considerable del bosque de confituras, con lo cual se satisfizo y se marchó.

En aquel momento se oyó una música agradable y dulce; las puertas del palacio se abrieron, dando paso a doce pajecillos con tallos de girasol encendidos, que llevaban a modo de hachas. Su cabeza consistía en una perla; los cuerpos, de rubíes y esmeraldas, y marchaban sobre piececillos diminutos de oro puro. Los seguían cuatro damas de un tamaño aproximado a la muñeca Clarita de María, pero tan maravillosamente vestidas que María reconoció en seguida en ellas a las princesas. Abrazaron muy cariñosas a Cascanueces diciéndole:

—¡Oh, príncipe! ¡Oh, hermano mío!

Cascanueces, muy conmovido, se limpió las lágrimas que inundaban sus ojos, tomó a María de la mano y dijo en tono patético.

—Esta señorita es María Stahlbaum, hija de un respetable consejero de Sanidad y la que me ha salvado la vida. Si ella no tira a tiempo su zapatilla, si no me proporciona el sable del coronel retirado, estaría en la sepultura, mordido por el maldito rey de los ratones. ¿Puede compararse con esta señorita la princesa Pirlipat, a pesar de su nacimiento, en belleza, bondad y virtud? No, digo yo; no. 

Todas las damas dijeron asimismo "no", y echaron los brazos al cuello de María, exclamando entre sollozos:

—¡Oh, noble salvadora de nuestro querido hermano el príncipe!... ¡Oh, bonísima señorita de Stahlbaum!

Las damas acompañaron a María y al Cascanueces al interior del palacio, conduciéndolos a un salón cuyas paredes eran de pulido cristal de tonos claros. Lo que más le gustó a María fueron las lindas sillitas, las cómodas, los escritorios, etc., etc., que estaban diseminados por el salón, y que eran de cedro o de madera del Brasil con incrustaciones de oro semejando flores. Las princesas hicieron sentar a María y a Cascanueces, diciéndoles que iban a prepararles la comida. Presentaron una colección de pucheritos y tacitas de la más fina porcelana española, cucharas, tenedores, cuchillos, ralladores, cacerolas y otros utensilios de cocina de oro y plata. Luego sacaron las frutas y golosinas más hermosas que María viera en su vida, y comenzaron, con sus manos de nieve, a prensar las frutas, a preparar la sazón, a rallar la almendra; en una palabra, trabajaron de tal manera, que María pudo ver que eran muy buenas cocineras y comprendió que preparaban una comida exquisita. En lo íntimo de su ser deseaba saber algo de aquellas cosas para ayudar a las princesas. La más hermosa de ellas, como si hubiese adivinado su deseo, alargó a María un mortero de oro, diciéndole:

—Dulce amiguita, salvadora de mi hermano, machaca un poco de azúcar cande.

Mientras María machacaba afanosa y el ruido que hacía en el mortero sonaba como una linda canción, Cascanueces comenzó a contar a sus hermanas la terrible batalla entre sus tropas y las del rey de los ratones, la cobardía de su ejército, que quedó casi batido por completo, y la intención del rey de los ratones de acabar con él, y el sacrificio que María hizo de muchos de sus ciudadanos, etc., etc. María estaba cada momento mas lejos del relato y del ruido del mortero, llegando al fin a levantarse una gasa plateada a modo de neblina en la que flotaban las princesas, los pajes, Cascanueces y ella misma, escuchando al tiempo un canto dulcísimo y un murmullo extraño, que se desvanecía a lo lejos y subía y subía cada vez más alto.

Capítulo XIV



Conclusión


¡Brr.... ¡pum!... María cayó de una altura inconmensurable... ¡Qué sacudida!... Pero abrió los ojos y se encontró en su camita; era muy de día, y su madre estaba a su lado, diciendo:

—Vamos, ¿cómo puedes dormir tanto? Ya hace mucho tiempo que está el desayuno.

Comprenderás, público respetable, que María, entusiasmada con las maravillas que viera, concluyó por dormirse en el salón del palacio de Mazapán, y que los negros, los pajes o quizá las princesas mismas la trasladaron a su casa y la metieron en la cama.

—Madre, querida madre, no sabes dónde me ha llevado esta noche el señor Drosselmeier y las cosas tan lindas que me ha enseñado.

Y contó a su madre todo lo que yo acabo de referir; y la buena señora se maravilló no poco. Cuando María acabó su relación, dijo su madre:

—Has tenido un sueño largo y bonito, pero procura que se te quiten esas ideas de la cabeza.

María, testaruda, insistía en que no había soñado y que en realidad vio todo lo que contaba. Entonces su madre la tomó de la mano y la condujo ante el armario, donde enseñándole el Cascanueces, que, como de costumbre, estaba en la tercera tabla, le
dijo:

—¿Cómo puedes creer, criatura, que este muñeco de madera de Nuremberg pueda tener vida y movimiento?
—Pero, querida madre —repuso María—, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del magistrado.

El consejero de Sanidad y su mujer soltaron la carcajada.

—¡Ah! —dijo María casi llorando—. No te rías de mi Cascanueces, querido padre, que ha hablado muy bien de ti; precisamente cuando me presentó a sus hermanas las princesas en el palacio de Mazapán dijo que eras un consejero de Sanidad muy respetable.

Mayores fueron aún las carcajadas de los padres, a las que se unieron las de Luisa y Federico. María se metió en su cuarto, sacó de una cajita las siete coronas del rey de los ratones y se las enseñó a su madre, diciendo:

—Mira, querida madre, aquí están las siete coronas del rey de los ratones que me entregó anoche el joven Drosselmeier como trofeo de su victoria.

Muy asombrada contempló la madre las siete coronitas, tan primorosamente trabajadas en un metal desconocido que no era posible estuviesen hechas por manos humanas. El consejero de Sanidad no podía apartar la vista de aquella maravilla, y ambos, el padre y la madre, insistieron con María en que les dijese de dónde había sacado aquellas coronas. La niña sólo pudo responder lo que ya había dicho, y como quiera que su padre no la creyese y le dijera que era una mentirosa, comenzó a llorar amargamente, diciendo:

—¡Pobre de mí! ¿Qué puedo decir yo?

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso al magistrado, que exclamó:

—¿Qué es eso, qué es eso? ¿Por qué llora mi ahijadita? ¿Qué pasa?

El consejero de Sanidad lo enteró de todo lo ocurrido, enseñándole las coronitas. En cuanto el magistrado las vio se echó a reír, diciendo:

—¡Qué tontería, qué tontería! Esas son las coronitas que hace años llevaba yo en la cadena del reloj que le regalé a María el día que cumplió los dos años. ¿No os acordáis?

Ni el consejero de Sanidad, ni su mujer, se acordaban de aquello; pero María, observando que sus padres desarrugaban el ceño, se echó en brazos de su padrino y dijo:

—Padrino, tú lo sabes todo. Diles que Cascanueces es tu sobrino, el joven de Nuremberg, y que él es quien me ha dado las coronitas.

El magistrado se puso muy serio y murmuró:

—¡Tonterías, extravagancias!

Entonces el padre tomó a María en brazos y la sermoneó:

—Escucha, María: a ver si te dejas de imaginaciones y de bromas; si vuelves a decir que el insignificante y contrahecho Cascanueces es el sobrino del magistrado Drosselmeier, lo tiro por el balcón, y con él todas tus demás muñecas, incluso a la señorita Clara.

La pobre María no tuvo más remedio que callarse y no hablar de lo que llenaba su alma, pues podéis comprender perfectamente que no era fácil olvidar todas las bellezas que viera. El mismo Federico volvía la espalda cuando su hermana quería hablarle del reino maravilloso en que fue tan feliz, llegando algunas veces a murmurar entre dientes:

—¡Qué estúpida!

Trabajo me cuesta creer esto último conociendo su buen natural; pero de lo que sí estoy seguro es de que, como ya no creía nada de lo que su hermana le contaba, desagravió a sus húsares de la ofensa que les hiciera con una parada en toda regla; les puso unos pompones de pluma de ganso en vez de la divisa, y les permitió que tocasen la marcha de los húsares de la Guardia. Nosotros sabemos muy bien cómo se portaron los húsares cuando recibieron en sus chaquetillas rojas las manchas de las asquerosas balas... A María no se le permitió volver a hablar de su aventura; pero la imagen de aquel reino encantador la rodeaba como de un susurro dulcísimo y de una armonía deliciosa; lo veía todo de nuevo en cuanto se lo proponía, y así, algunas veces, en vez de jugar como antes, se quedaba quieta y callada, ensimismada, como si la acometiera un sueño repentino. Un día, el magistrado estaba arreglando uno de los relojes de la casa. María, sentada ante el armario de cristales y sumida en sus sueños, contemplaba al Cascanueces; sin advertirlo, comenzó a decir:

—Querido Drosselmeier: si vivieses, yo no haría como la princesa Pirlipat; yo no te despreciaría por haber dejado de ser por causa mía un joven apuesto.

El magistrado exclamó:

—Vaya, vaya, ¡qué tonterías!...

Y en el mismo momento se sintió una sacudida y un gran ruido, y María cayó al suelo desmayada. Cuando volvió en sí su madre, que la atendía, dijo:

—¿Cómo te has caído de la silla siendo ya tan grande? Aquí tienes al sobrino del magistrado, que ha venido de Nuremberg...; a ver si eres juiciosa.

María levantó la vista. El magistrado se había puesto la peluca y su gabán amarillo y sonreía satisfecho; en la mano tenía un muñequito pequeño, pero muy bien hecho: su rostro parecía de leche y sangre; llevaba un traje rojo adornado de oro, medias de seda blanca y zapatos y en la chorrera un ramo de flores; iba muy rizado y empolvado, y a la espalda le colgaba una trenza; la espada, colgada de su cinto, brillaba constelada de joyas, y el sombrerillo, que sostenía debajo del brazo, era de pura seda. A Federico también le traía un sable. En la mesa partió con mucha soltura nueces para todos; no se le resistían ni las más duras; con la mano derecha se las metía en la boca, con la izquierda levantaba las trenzas y... ¡crac!..., la nuez se hacía pedazos.

María se puso roja cuando vio al joven, y más roja aún cuando, después de comer, el joven Drosselmeier la invitó a salir con él y a colocarse junto al armario de cristales.

—Jugad tranquilos, hijos míos —dijo el magistrado—; como todos mis relojes marchan bien, no me opongo a ello.

En cuanto el joven Drosselmeier estuvo solo con María se hincó de rodillas y exclamó:

—Distinguidísima señorita, de Stahlbaum: aquí tiene a sus pies al feliz Drosselmeier, cuya vida salvó usted en este mismo sitio. Usted, con su bondad característica, dijo que no sería como la princesa Pirlipat y que no me despreciaría si por su causa hubiera perdido mi apostura. En el mismo momento dejé de ser un vulgar Cascanueces y recobré mi antigua figura. Distinguida señorita, hágame feliz concediéndome su mano; comparta conmigo reino y corona; reine conmigo en el palacio de Mazapán, pues allí soy el rey.

María levantó al joven y dijo en voz baja:

—Querido señor Drosselmeier; es usted un hombre amable y bueno, y como además posee usted un reino simpático en el que la gente es muy amable y alegre, lo acepto como prometido.

Desde aquel momento fue María la prometida de Drosselmeier. Al cabo de un año dicen que fue a buscarla en un coche de oro tirado por caballos plateados. En las bodas bailaron veintiún mil personajes adornados con perlas y diamantes, y María se convirtió en reina de un país en el que sólo se ven, si se tienen ojos, alegres bosques de Navidad, transparentes palacios de Mazapán, en una palabra, toda clase de cosas asombrosas.

Este es el cuento de “el cascanueces y el rey de los ratones”.

 



FIN



2 comentarios:

  1. ¡Maravilloso! lo leí por primera vez cuando era niño y sigue transportandome al mundo de la fantasía.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. :) ES MUY BELLO!!!! Gracias por releerlo y gracias por comentar! Me alegra siempre saber cuando la gente pasa por aquí y lo disfruta

      Eliminar