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sábado, 12 de enero de 2013

El viento en los sauces - Cap VII - Kenneth Grahame

Viene de "El viento en los sauces - Cap VI - Kenneth Grahame"


 CAPÍTULO VII


El flautista en el umbral del alba


El reyezuelo del sauce, escondido en la orilla oscura del río, silbaba su cancioncilla. Aunque ya eran las diez de la noche pasadas, el cielo retenía algunos tardíos jirones de la luz del día; el tórrido calor de la tarde se disipaba bajo los fríos dedos de la corta noche de verano. El Topo estaba tumbado en la orilla, agotado por el ardor de un día sin una sola nube desde el amanecer hasta la tardía puesta del sol. Estaba esperando a su amiga.

Mientras él había pasado un rato en el río con unos compañeros, la Rata de Agua tenía un compromiso pendiente con la Nutria. Cuando el Topo regresó a casa, la encontró oscura y vacía. Sin duda, la Rata se había entretenido con su vieja amiga. Hacía demasiado calor para quedarse en casa, así que se tumbó sobre unas hojas frescas de acedera y se puso a pensar en todo lo que había hecho aquel día, y lo bien que se lo había pasado.

Pronto oyó el paso ligero de la Rata, que se acercaba sobre la hierba seca.

-¡Bendito frescor! -dijo mientras se sentaba, mirando pensativa hacia el río, silenciosa y preocupada.
-Supongo que te quedaste a cenar-dijo el Topo.
-No tuve más remedio -contestó la Rata-. No querían que me marchara antes de cenar. Ya sabes lo acogedores que son. Y se esforzaron por entretenerme todo el rato que estuve con ellos. Pero me sentí muy incómoda, porque me daba cuenta de que estaban muy disgustados, aunque trataban de ocultarlo.
- Me temo que están en dificultades, Topo. El pequeño Portly ha vuelto a desaparecer. Y ya sabes lo mucho que lo quiere su padre, aunque nunca hable del tema.
-¿Ese crío? -dijo el Topo, sin darle importancia-. Bueno, ¿y por qué preocuparse? Siempre está vagando por ahí y perdiéndose, pero siempre regresa. ¡Es tan aventurero! Pero nunca le ocurre nada malo. Todo el mundo lo conoce y lo quiere mucho, tanto como a la vieja Nutria, y estoy seguro de que algún animal lo encontrará y lo traerá de vuelta. ¡Si hasta nosotros mismos lo hemos encontrado varias veces a muchos kilómetros de casa tan alegre y confiado!
-Sí, pero esta vez es más serio -dijo la Rata-. Hace ya varios días que se marchó, y las Nutrias lo han buscado por todas partes, sin encontrar el menor rastro. Y han preguntado a todos los animales de los alrededores, y nadie lo ha visto. La Nutria está más preocupada de lo que parece. Acabó por confesarme que el pequeño Portly todavía no ha aprendido a nadar muy bien, y me imagino que estaba pensando en la presa. Aún baja mucha agua, teniendo en cuenta la época del año, y aquel lugar siempre ha tenido una gran fascinación para el niño. Y además hay..., bueno, trampas y otras cosas, ya sabes. La Nutria no es el tipo de animal que se preocupa por sus hijos sin razón. Y ahora está preocupada. Cuando me despedí, me acompañó fuera..., dijo que necesitaba un poco de aire fresco y que quería estirar las patas. Pero me di cuenta de que le pasaba algo, así que le pedí que me acompañara, y se lo fui sacando todo poco a poco. Dijo que iba a pasar la noche vigilando el vado. ¿Te acuerdas del lugar donde solía estar el vado en tiempos cuando aún no habían construido el puente?
-Claro que sí -dijo el Topo-. ¿Pero por qué se le ha ocurrido a la Nutria ir a vigilar aquel lugar?
-Parece ser que fue allí donde le dio a Portly su primera clase de natación –contestó la Rata-. Desde aquel bajío arenoso que hay a la orilla. Y era allí donde le solía enseñar a pescar, y donde el pequeño Portly atrapó su primer pez, de lo cual estaba muy orgulloso. Al chiquillo le encantaba aquel lugar, y la Nutria cree que, si regresa de sus vagabundeos por donde quiera que esté (si es que aún está en algún lugar el pobre animalito), es probable que se dirija hacia el vado que tanto le gustaba; o si por casualidad llegara hasta allí, lo reconocería, y se quedaría allí jugando. Así que cada noche la Nutria va allí, a vigilar... por si acaso, ya sabes, ¡sólo por si acaso!

Se quedaron callados un momento, ambos pensando en lo mismo..., en el pobre animal desconsolado, agazapado junto al vado, vigilando y esperando, durante toda la noche..., sólo por si acaso.

-Bueno -dijo al fin la Rata-, me supongo que es hora de irnos a casa.

Pero no se movió.

-Mira, Rata -dijo el Topo-. Yo no podría irme a casa y acostarme, sin hacer nada, aunque me temo que no hay mucho que podamos hacer. Vamos a sacar la barca y a remar corriente arriba. La luna saldrá dentro de una o dos horas, y entonces nos pondremos a buscar..., por lo menos, será mejor que irnos a la cama y no hacer nada.
-Eso mismo estaba pensando yo -dijo la Rata-. Además, la noche no está como para irse a la cama. Falta poco para que amanezca y, a lo mejor, algún animal madrugador tiene noticias que darnos.

Sacaron la barca, y la Rata se puso a remar con cuidado. En medio de la corriente había una estrecha franja de agua mansa que reflejaba tenuemente el cielo. Pero las aguas del borde, donde caían las sombras del talud o de los árboles, tenían un aspecto tan denso y oscuro como la orilla misma, y el Topo tenía que gobernar la barca con mucha prudencia. Tan oscura y desierta, la noche estaba plagada, sin embargo, de ruiditos, cantos, charloteos y susurros de todos aquellos bichitos que pululaban por allí, dedicados a sus negocios y aficiones durante toda la noche, hasta que los primeros rayos del sol los mandaran a descansar, que bien merecido se lo tenían. Y también los ruidos del agua se oían mejor que durante el día, sus gorgoteos más inesperados y cercanos. Los dos animalitos se sobresaltaban constantemente ante lo que les parecía la clara y repentina llamada de una voz articulada.

La línea del horizonte se destacaba clara contra el cielo, aunque en un punto determinado aparecía negra contra una fosforescencia plateada cada vez más intensa. Al fin, por detrás del borde de la tierra, la luna salió lenta y majestuosa, y fue despegándose del horizonte hasta rodar por el cielo, libre de amarras. Y una vez más vislumbraron las superficies..., los amplios prados, los jardines tranquilos, y hasta el mismo río, de orilla a orilla... Todo se descubría poco a poco, limpio de misterio y miedo, todo radiante, como de día. Y sin embargo, con una diferencia. Las antiguas guaridas de los dos animales los volvían a saludar, ataviadas de otro modo, como si se hubieran escapado y ahora regresaran despacito, engalanadas de pureza, sonriendo tímidamente, esperando a que las reconocieran.

Amarraron la barca a un sauce. Los dos amigos desembarcaron en aquel reino silencioso y plateado, y exploraron cuidadosamente los setos, los troncos huecos, los arroyos y sus desagües, las acequias y los riachuelos secos. Luego se embarcaron de nuevo, cruzaron a la otra orilla, y de este modo subieron corriente arriba, mientras la luna, destacándose serena sobre un cielo sin nubes, los ayudaba cuanto podía, a pesar de la distancia; hasta que llegó su hora, y se hundió por detrás del horizonte y, muy a pesar suyo, los abandonó. El misterio cubrió de nuevo los campos y el río. Entonces, a su alrededor, todo empezó a cambiar. El horizonte empezó a clarear, el campo y los árboles se hicieron más visibles. Todo parecía diferente, y perdía su misterio. Un pajarillo silbó y se calló, y una suave brisa susurró a través de los juncos y carrizos. La Rata, que estaba a la popa de la barca mientras el Topo remaba, se irguió de repente y escuchó con atención. El Topo, que apenas movía la barca mientras exploraba las orillas, la miró con sorpresa.

-Se ha ido -suspiró la Rata, hundiéndose de nuevo en su asiento-. ¡Tan hermoso, y extraño, y nuevo! Para que acabara tan pronto, casi hubiera preferido no oírlo. Porque ha despertado en mí un anhelo casi doloroso, y nada vale la pena, excepto oír de nuevo aquel sonido, y seguir oyéndolo para siempre. ¡No! ¡Ahí está otra vez! -gritó irguiéndose de nuevo.

Cautivada, se quedó en silencio un buen rato, como bajo un hechizo.

-Ahora se aleja, casi no lo oigo -dijo al fin-. ¡Oh, Topo! ¡Qué belleza! ¡La delicada, clara y alegre llamada de una flauta distante! Nunca había soñado con una música semejante y, sin embargo, su atracción es mayor que su dulzura. ¡Sigue remando, Topo! ¡La música y la llamada son para nosotros!

El Topo, muy intrigado, obedeció.

-Yo no oigo nada -dijo-, sólo el viento que juega con los juncos, los carrizos y las mimbreras.

La Rata no contestó; ni siquiera lo oyó. Arrebatada, embelesada, estaba hechizada por aquel sonido divino que había prendido en su alma indefensa y la mecía y la arrullaba, criatura desamparada y feliz en aquel fuerte y prolongado abrazo. El Topo siguió remando en silencio, y pronto llegaron a un punto donde el río se abría a un remanso. Con un leve movimiento de cabeza, la Rata, que hacía rato había soltado el timón, indicó al Topo que se metiera por el remanso. La marea de luz crecía, y pronto pudieron ver el color de las flores que adornaban como piedras preciosas el borde del agua.

-¡Nos vamos acercando! -gritó alegre la Rata-. Seguro que ahora puedes oírlo. ¡Ah..., por fin..., veo que tú también lo oyes!

El Topo, inmóvil y sin aliento, dejó de remar mientras el sonido acuático de aquella flauta lo cubría como una ola y lo hechizaba. Vio las lágrimas correr por las mejillas de su compañera, inclinó la cabeza y comprendió. Permanecieron así durante un rato, acariciados por las primaveras violetas que bordeaban la orilla. Luego la clara y autoritaria llamada que acompañaba la melodía embriagadora impuso su voluntad sobre el Topo, y éste se inclinó de nuevo mecánicamente sobre los remos. Y la luz se hizo más fuerte, pero los pájaros no cantaban, como suelen hacerlo al alba; todo se había paralizado menos aquella música divina.

A ambos lados, los fértiles prados parecían más frescos y verdes que de costumbre. Nunca habían visto tan vivo el color de las rosas, ni las adelfas tan alborotadas, ni la reina de los prados tan olorosa y penetrante. Entonces el susurro de la presa cercana llenó el aire, y los dos animalitos se dieron cuenta de que se aproximaban a la desconocida meta de su búsqueda. Con un amplio semicírculo de luces centelleantes y brazos de agua verde, la gran presa cerraba el remanso de orilla a orilla, agitando la superficie tranquila con remolinos y espuma, y cubría los otros ruidos con su suave y solemne rumor. En medio de la corriente, envuelta en el abrazo de la presa, había una islita bordeada de sauces, abedules plateados y alisos. Tímida y reservada, pero llena de significado, se escondía detrás de aquel velo, esperando la hora exacta y con ella a los elegidos.

Lentamente, pero sin dudar ni vacilar y en solemne expectativa, los dos animales atravesaron las aguas tumultuosas y amarraron la barca a la margen florida de la isla. Desembarcaron en silencio y avanzaron por las hierbas olorosas y las flores hasta que llegaron a un pequeño prado de un verde maravilloso, que la Naturaleza misma había adornado con árboles frutales: manzanas bravías, cerezas silvestres y endrinas.

-Este es el lugar de mis sueños, el lugar que me describió la música -susurró la Rata como en trance-. ¡Si lo hemos de encontrar en algún sitio, será en este lugar bendito!

Entonces el Topo sintió un gran temor reverencial, un temor que le paralizaba los músculos, le hacía inclinar la cabeza y le ataba los pies al suelo. No era pánico lo que sentía -en realidad se sentía feliz y en paz-, sino un temor que lo golpeaba y retenía y, aun sin verlo, sabía que aquello significaba que alguna augusta Presencia estaba muy, muy cerca. A duras penas se volvió a mirar a su amiga, y la vio a su lado, intimidada, agobiada y temblorosa. Y a su alrededor, la multitud de pájaros seguía silenciosa, mientras la luz aumentaba.

Quizá nunca se hubiera atrevido a levantar la mirada. Pero, aunque cesó el sonido de la flauta, la llamada aún les parecía imperiosa. No podía negarse, aunque fuese la mismísima Muerte quien lo estuviera esperando para acabar con él una vez que sus ojos mortales hubieran desvelado los secretos tan celosamente guardados. Temblando, obedeció y alzó humildemente la cabeza. Y entonces, en aquella claridad del inminente amanecer, mientras la Naturaleza, rebosante de color, parecía contener el aliento ante semejante acontecimiento, el Topo miró a los ojos mismos del Amigo y Protector. Vio la curva de los cuernos que brillaban a la luz del alba, vio la nariz aguileña entre los ojos bondadosos, que lo miraban burlones, y la boca, rodeada de barba, esbozaba una media sonrisa; vio los músculos perfectos del brazo cruzado sobre el ancho pecho; la mano larga y flexible que aún sostenía la flauta recién apartada de sus labios; vio las curvas perfectas de sus miembros velludos tendidos con majestuosa desenvoltura sobre el césped; y, por último, vio, acurrucada entre sus pezuñas, profundamente dormida, la infantil, pequeña y redonda figura del bebé Nutria. Todo aquello lo vio en un momento sobrecogedor e intenso en el cielo de la mañana. Y sin embargo, mientras miraba, aún vivía; y mientras vivía, se maravillaba.

-¡Rata! -susurró tembloroso, recuperando por fin el aliento-. ¿Tienes miedo?
-¿Miedo? -murmuró la Rata, con los ojos brillando de amor-. ¡Miedo! ¿De Él? ¡Nunca! Y..., y sin embargo... ¡Oh Topo, tengo miedo!

Entonces los dos animalitos se arrodillaron, inclinaron la cabeza y lo adoraron. De repente, el gran disco dorado del sol se mostró frente a ellos en el horizonte, y los primeros rayos, disparándose por encima del nivel de las vegas, deslumbraron a los dos animales. Cuando recuperaron la vista, la
Visión había desaparecido, y el aire rebosaba con los cantos de los pájaros que saludaban el amanecer. Miraban sin comprender, y su tristeza se fue haciendo mayor cuando se fueron dando cuenta de lo que habían visto y perdido. Entonces una brisa caprichosa subió de la superficie del agua, estremeciendo los álamos y las rosas húmedas de rocío, y les acarició suavemente el rostro. Con aquella caricia vino también el olvido. Porque éste es el último y el mejor regalo que el generoso semidiós tiene a bien otorgar a aquellos ante quienes se ha revelado para ayudarlos: el regalo del olvido. Para que el triste recuerdo no pueda perdurar y crecer y así impedir la risa y el placer, para que la obsesionante memoria no pueda estropear las vidas de los animalitos a quienes ayudó en momentos difíciles y para que, de este modo, todos vuelvan a ser felices.

El Topo se frotó los ojos y observó a la Rata, que miraba, intrigada, a su alrededor.

-Perdona, Rata, ¿qué has dicho? - preguntó.
-Creo que sólo decía-contestó lentamente la Rata-que éste es el lugar donde lo encontraremos, si es que vamos a encontrarlo. ¡Mira! ¡Pero si ahí está el chiquillo! -Y con un grito de alegría corrió hacia el soñoliento Portly.

Pero el Topo se quedó un momento perdido en sus pensamientos, como quien, despertándose bruscamente de un sueño maravilloso, intenta recordarlo y sólo consigue captar un vago sentido de su belleza. ¡Su belleza! Hasta que incluso aquello se desvanece, y el soñador tiene que aceptar amargamente el duro y frío despertar; así que, después de luchar un momento con su memoria, el Topo meneó tristemente la cabeza y siguió a la Rata.

Portly se despertó con un grito de alegría, y se puso a saltar de felicidad a la vista de los amigos de sus padres, que habían jugado tantas veces con él. Sin embargo la alegría desapareció de repente de su cara, y se puso a buscar a su alrededor con un quejido suplicante. Como un niño que se ha quedado dormido en brazos de su niñera, y al despertar se encuentra solo y en un lugar desconocido, y busca en cada rincón y en cada armario, y corre de habitación en habitación, y el desaliento le crece en el corazón; así Portly buscaba y rebuscaba por la isla, obstinado e incansable. Al fin tuvo que darse por vencido, y, sentándose en el suelo, se echó a llorar amargamente.

El Topo corrió a consolar al animalito; pero la Rata, retrasándose, observó con atención e incertidumbre unas profundas huellas de cascos.

-Algún... animal... ha estado aquí - musitó lenta y pensativa. Y se quedó meditando. Algo se agitó en su mente.
-¡Vamos, Rata! -gritó el Topo-. Piensa en la pobre Nutria, que espera angustiada en el vado.

Portly se consoló rápidamente con la promesa de un obsequio: ¡un paseo en la barca de verdad de la señora Rata! Así que los dos amigos lo llevaron a la orilla, lo sentaron entre ellos en el fondo de la barca y se pusieron a remar por el remanso. El sol ya había salido, y empezaba a calentar, los pájaros llenaban el aire con sus cantos, y las flores les sonreían desde las orillas, y sin embargo -o eso les parecía- con menos riqueza y color que las que recordaban haber visto en algún lugar... y no sabían dónde.

Cuando llegaron al cauce principal, subieron corriente arriba hacia el lugar donde sabían que su solitaria amiga estaba vigilando. Al acercarse al conocido vado, el Topo llevó la barca hasta la orilla, sacaron a Portly y lo pusieron de pie en el sendero. Le indicaron el camino que tenía que seguir y, dándole una palmadita en la espalda para despedirse, alejaron la barca de la orilla. Se quedaron mirando al animalito que andaba por el camino, orgulloso y satisfecho. Lo estuvieron vigilando hasta que lo vieron levantar el hocico y apresurar torpemente el paso, dando saltitos de alegría. Un poco más allá vieron a la Nutria, que se levantaba de un salto, desde el hoyo donde había estado esperando con paciencia, y oyeron su grito de sorpresa y alegría mientras saltaba a través de las mimbreras hasta el sendero. Entonces el Topo metió el remo a fondo, giró la barca y dejó que la corriente los llevara río abajo, sin rumbo, ahora que su búsqueda había llegado a un final tan feliz.

-Me siento cansadísimo, Ratita -dijo el Topo, inclinándose sobre los remos mientras dejaba que la barca siguiera su curso-. Quizá sea por haber estado levantados toda la noche, pero no lo creo. Lo hacemos a menudo, en esta época del año. No, me siento como si acabase de vivir un momento emocionante, y que todo acaba de terminar. Y sin embargo, no nos ha sucedido nada de particular.
-O algo sorprendente y maravilloso - susurró la Rata, inclinándose hacia atrás y cerrando los ojos-. Me siento igual que tú, Topo; estoy muerta de cansancio, aunque no tengo el cuerpo cansado. Menos mal que la corriente sola nos lleva a casa. ¡Qué agradable es sentir de nuevo el sol hasta en los huesos! ¡Y escucha el viento, que juega entre los juncos!
-Es como una música, una música lejana – asintió el Topo soñoliento.
-Eso mismo estaba pensando yo –susurró la Rata-. Música para bailar... un ritmo sin pausa... y además con palabras... se convierte en palabras, y luego otra vez en música... A ratos las oigo claramente... y luego se vuelven a convertir en música para bailar, y luego nada, sólo el suave susurro de los juncos.

-Tienes mejor oído que yo -dijo el Topo con tristeza-; yo no oigo las palabras.
-Yo te las repito-dijo suavemente la Rata, con los ojos aún cerrados-. Ahora vuelven las palabras... lejanas pero claras... Para que el temor no habite / y convierta tu alegría / en ansiedad, / cuando ayuda necesites / me buscarás, pero luego / olvidarás... Ahora cantan los juncos... olvidarás, olvidarás, suspiran, y todo vuelve a ser un susurro. Entonces vuelve la voz. Para que tu piel no sangre / ni te hiera, el cepo oculto /hago saltar. /Acaso mientras lo suelte /puedas verme, pero luego / olvidarás..., ¡Más cerca, Topo, acércate a los juncos! Ya casi no se oye, la voz se va atenuando. Ayudo y cuido al cachorro, / en el bosque lo saludo /y, además, / encuentro al perdido, curo / al herido y hago a todos / olvidar. ¡Más cerca, Topo, más cerca! No, es inútil; la canción se ha vuelto el susurro de los juncos.
-¿Pero qué quieren decir las palabras? - preguntó asombrado el Topo.
-No tengo ni idea -dijo sencillamente la Rata-. Te las repetí tal y como llegaron hasta mí. ¡Ah! ¡Ya vuelven, y esta vez bien claras! Esta vez son verdaderas, inconfundibles, sencillas... apasionadas... perfectas...
-Entonces, cuéntamelas-dijo el Topo, tras unos minutos de paciente espera y medio adormecido por el calor.

Pero no tuvo respuesta. Miró y comprendió el silencio. Con una gran sonrisa de felicidad y un gesto de atenta escucha la pobre Rata se había quedado profundamente dormida.

Continúa leyendo esta historia en "El viento en los sauces - Cap VIII -  Kenneth Grahame

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