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sábado, 5 de enero de 2013

El viento en los sauces - Cap II - Kenneth Grahame

Viene de "El viento en los sauces - Cap I - Kenneth Grahame"



CAPÍTULO II

Por los caminos de Dios

-Ratita, ¿me harías un favor? -dijo de repente el Topo una mañana de verano.

La Rata estaba sentada a la orilla del río, cantando una cancioncilla. La había compuesto ella misma, así que estaba muy orgullosa de ella, y no prestaba atención alguna ni al Topo ni a nada. Desde muy temprano había estado nadando en el río en compañía de sus amigos los patos. Y cuando de repente los patos hundían la cabeza, como hacen los patos, ella se sumergía y les hacía cosquillas en el cuello, justo debajo de la barbilla, suponiendo que los patos tuvieran barbilla. Y ellos tenían que sacar a toda prisa la cabeza del agua, muy enfadados y sacudiéndose las plumas, ya que es imposible expresar exactamente todo lo que se siente cuando uno tiene la cabeza debajo del agua. Al fin le rogaron que se marchara, y que no se metiera con ellos, ya que ellos tampoco se metían con ella. Así que la Rata se marchó, y se sentó al sol a orillas del río, e inventó una canción que se llamaba:

ROMANCE DE LOS PATOS 

Por entre los grandes juncos 
los patos van chapoteando 
a lo largo del arroyo 
con la cola bien en alto. 

Colas y colas de patos, 
pies amarillos bogando, 
el pico amarillo hundido
 en el río rebuscando. 

Entre la verde maleza, 
por donde nada el escarcho, 
fresca despensa repleta 
tenemos a buen recaudo. 

Cada uno con su gusto: 
a nosotros, chapoteando, 
nos gusta la cola arriba 
y tener el pico abajo. 

Mientras los vencejos pasan 
por el cielo azul volando, 
la cola en alto nosotros 
en el agua chapoteamos.

-La verdad, Ratita, a mí no me parece que esa cancioncilla sea demasiado buena -dijo el Topo con cautela. Él no era ningún poeta, y no le importaba reconocerlo; además, era sincero por naturaleza.
-Tampoco a los patos les gusta-contestó con buen humor la Rata-. Me han dicho: «Pero bueno, ¿por qué la gente no puede hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera, en vez de tener que aguantar a otros mientras sentados en la orilla cantan versitos y hacen comentarios ridículos? ¡Pero qué estupidez!» Eso es lo que dicen los patos.
-Y tienen razón; sí, señor -dijo el Topo, completamente de acuerdo.
-¡No la tienen! -gritó indignada la Rata.
-Bueno, no la tienen, no la tienen - contestó el Topo, intentando calmarla-. Pero el favor que quería pedirte era que me llevaras a ver al señor Sapo. He oído tantas cosas sobre él, que me encantaría conocerlo.
-Por supuesto -dijo la Rata, que tenía buen corazón, poniéndose de pie y olvidándose por aquel día de la poesía-. Saca la barca, y enseguida vamos remando hasta allá. Siempre es buen momento de ir a visitar al Sapo. ¡A cualquier hora que aparezcas, siempre lo encuentras de buen humor, siempre está contento de verte, y siempre se pone triste cuando te marchas!
-Debe de ser un animalito muy simpático -dijo el Topo mientras se metía en la barca y empuñaba los remos, y la Rata se sentaba en la popa.
-La verdad, es el mejor de todos - contestó la Rata-. Es tan sencillo, y tan cariñoso, y tiene tan buen carácter... Acaso no sea demasiado listo (no podemos ser todos genios) y es bastante vanidoso y fanfarrón. Pero tiene grandes cualidades el bueno del Sapito...


Bordeando un recodo del río, divisaron una casa antigua de ladrillo rojo pálido, hermosa y majestuosa, con un césped muy bien cuidado, que llegaba hasta la orilla.


-Ahí está la Mansión del Sapo -dijo la Rata-, y aquel remanso a la izquierda, donde hay un cartel que dice «Privado. Se prohíbe desembarcar», conduce al cobertizo donde dejaremos la barca. Las cuadras quedan a la derecha. Y aquello que estás mirando ahora es el salón de banquetes, muy antiguo, por cierto. Sabes, el Sapo es bastante rico, y la verdad es que esta mansión es una de las más bonitas de estos lugares, aunque nunca se lo decimos al Sapo.

Se deslizaron por el remanso, y el Topo metió los remos mientras se adentraban en la oscuridad del gran cobertizo. Allí, colgados de las vigas o levantados en una grada, vieron muchos barcos bonitos, pero ninguno en el agua; aquel lugar tenía cierto aire de abandono. La Rata miró a su alrededor.

-Vaya -dijo-, los barcos se han pasado de moda. Se ha hartado de ellos, y los ha dejado. Me pregunto qué se le habrá antojado ahora. Vamos a buscarlo. Ya verás cómo nos lo cuenta todo.

Desembarcaron y caminaron por el césped bordado de arriates de alegres flores en busca del Sapo, al que pronto vieron descansando en un sillón de mimbre, con cara de preocupación, y un enorme mapa desdoblado encima de las rodillas.

-¡Hurra! -gritó poniéndose en pie de un salto en cuanto los vio-. ¡Fenómeno! -y les estrechó afectuosamente la mano a ambos sin esperar a que el Topo le fuese presentando-. ¡Qué amables sois! -añadió bailando a su alrededor-. Ahora mismo iba a mandar un barco a buscarte, Ratita, con órdenes estrictas de traerte inmediatamente, sea lo que fuere que estuvieras haciendo. Os necesito a los dos. ¿Qué queréis tomar? ¿Por qué no entráis y tomáis algo? ¡No os lo podéis imaginar! ¡Menuda suerte que hayáis llegado en este momento!
-¡Por qué no descansamos un poco, Sapo, amigo mío! -dijo la Rata mientras se dejaba caer en una mecedora; el Topo se sentó junto a ella e hizo algunos comentarios corteses sobre la deliciosa residencia del Sapo.
-¡Es la mejor mansión de todo el río! - exclamó con vanidad el Sapo, y añadió sin poder contenerse-, o sea, del mundo entero.

La Rata dio un codazo al Topo. Desgraciadamente el Sapo lo vio, y se puso muy colorado. Hubo un silencio embarazoso. Por fin, el Sapo se echó a reír y dijo:

-Está bien, Ratita, ya sabes que es mi modo de hablar. Y al fin y al cabo, la casa no está tan mal, ¿verdad? Y a ti te gusta bastante. Pero hablando de otra cosa. Vosotros sois los animalitos que necesito. Tenéis que ayudarme. ¡Es muy importante!
-Es sobre tu forma de remar, me supongo- dijo la Rata con cara de inocencia-. Vas mejorando mucho, aunque aún salpicas bastante. Con mucha paciencia y un poco de entrenamiento, ya verás...
-¡Bah! ¡Remar! -le interrumpió el Sapo con desdén-. Jueguecitos de niños. Yo ya lo dejé hace mucho tiempo. Total, era una pérdida de tiempo. La verdad, me da pena veros gastar tantas energías de una manera tan tonta. No, yo he descubierto algo verdaderamente bueno, lo único que vale la pena hacer en la vida. Por lo menos, yo pienso dedicar toda la mía a ello, y lo único que siento son los años malgastados en trivialidades. Ven conmigo, mi querida Ratita, y que venga también tu amable amigo, si no le importa. Vamos hasta las caballerizas, y vais a ver lo que es bueno.

Y los llevó hasta el patio. La Rata le seguía con una expresión de desconfianza; y allí, a la puerta de las cuadras, vieron una carreta de gitanos, toda nuevecita, pintada de amarillo canario, con adornos verdes y ruedas rojas.

-¡Ahí lo tenéis! -gritó el Sapo todo orgulloso-. Aquí, encerrada en este carrito, está la auténtica vida. Todos los caminos, las carreteras polvorientas, los descampados, los ejidos, el seto vivo, los montes ondulados... ¡Caseríos, aldeas, pueblos, ciudades! ¡Hoy aquí, mañana un poco más allá! ¡Viajes, cambio, interés, emoción! ¡El mundo entero a tu alcance y un horizonte siempre nuevo! Y además esta carreta es la más bonita que se haya construido jamás, sin excepción alguna. Entrad, y mirad cómo es por dentro. ¡La diseñé yo solito!

El Topo estaba muy interesado y emocionado, y entró con el Sapo en la carreta. Pero la Rata se quedó donde estaba, con las manos bien metidas en los bolsillos. Verdaderamente, todo era muy confortable, y el espacio estaba muy bien aprovechado. Había unas pequeñas literas, una mesita que se podía doblar contra la pared, un hornillo, armarios, estanterías, una jaula con un pajarito; y jarros, cacharros, cazuelas y pucheros de todos los tamaños y variedades.

-¡Tiene de todo! -dijo triunfalmente el Sapo, mientras abría un armario-. Ves: galletas, langosta en conserva, sardinas, todo lo que se te pueda antojar. El sifón está aquí, el tabaco allí, papel de escribir, jamón ahumado, mermelada, la baraja y un dominó. Ya verás -continuó mientras bajaban por la escalerilla-, ya verás esta tarde cuando nos marchemos cómo no se me ha olvidado nada.
-Perdona -dijo lentamente la Rata mientras chupaba una pajita-, pero me ha parecido oír algo como «nos marchemos» y «esta tarde»...
-Vamos, mi querida y vieja amiga Ratita -dijo zalamero el Sapo-, no empieces a hablar tan tiesa y desdeñosa, porque sabes que tienes que venir. Ya sabes que no me las puedo arreglar sin ti, así que dejemos el tema, y no le des más vueltas; es lo único que no aguanto. ¿No querrás quedarte toda la vida en el viejo y aburrido río, y vivir en un agujero en la orilla, y remar? ¡Te quiero enseñar el mundo! ¡Voy a hacer de ti todo un animal, amiga!
-Me da igual -dijo la Rata-. No voy a ir contigo, y ahí se acaba la discusión. Y voy a quedarme con mi viejo río, y a vivir en un agujero, y a remar, como he hecho toda mi vida. Y además, el Topo se va a quedar conmigo, y a hacer lo que yo haga, ¿verdad, Topo?
-¡Pues claro! -dijo el Topo siempre tan leal-. Nunca te abandonaré, Ratita, y se hará lo que tú digas. Aunque de todos modos, hubiera sido..., pues eso, muy divertido, ¿no te parece? -añadió pensativo.

¡Pobre Topo! La Vida Aventurera era para él una cosa tan nueva y tan apasionante; y este nuevo aspecto tan tentador; y se había enamorado a primera vista de la carreta color canario y de todo lo que llevaba dentro.

La Rata se dio cuenta de lo que estaba pensando el Topo y vaciló. No le gustaba desilusionar a la gente, y se había encariñado con el Topo, y hubiera hecho casi cualquier cosa para complacerlo. El Sapo los observaba con atención.

-¿Por qué no pasáis y comemos algo? -dijo con diplomacia-. Y ya hablaremos. Tampoco tenemos que tomar una decisión ahora mismo. Por supuesto, a mí me da igual lo que hagáis. Yo sólo lo hacía por complaceros. «¡Vivir para los demás!» Ese es mi lema.

Durante el almuerzo -que por supuesto era tan excelente como todo en la Mansión del Sapo- el Sapo no pudo contenerse. Ignorando a la Rata, empezó a manejar a su antojo al inexperto Topo. Animal voluble por naturaleza y dominado siempre por su imaginación, describió las perspectivas del viaje, y los gozos de la vida al aire libre, y los caminos, con unos colores tan vivos, que apenas si el Topo podía quedarse quieto de la emoción. Y no tardaron mucho en hablar del viaje como cosa aceptada. La Rata, que aún no estaba muy convencida, accedió por pura generosidad a olvidar sus propias objeciones.

No quería desilusionar a sus dos amigos, que ya se habían metido a fondo en planes y proyectos y tenían distribuidas las ocupaciones de cada día para las próximas semanas.

Cuando estuvieron listos, el victorioso Sapo condujo a sus compañeros hasta el prado y les encargó que capturasen al viejo caballo gris, al cual, sin que nadie le hubiera consultado y muy a pesar suyo, le había tocado la tarea más polvorienta en aquella polvorienta expedición. La verdad era que él hubiera preferido quedarse en el prado, y costó mucho agarrarlo. Mientras tanto, el Sapo llenó aún más los armarios con cosas necesarias, y colgó morrales, redes de cebollas, haces de heno y cestos por debajo de la carreta. Por fin consiguieron enganchar el caballo y se pusieron de camino, hablando todos al mismo tiempo, ora caminando al lado de la carreta, ora sentados en la vara, según les apetecía. Era una tarde dorada. El olor del polvo que levantaban era agradable; desde los vergeles que bordeaban el camino los pájaros silbaban y los llamaban con alegría; algunos caminantes afables les daban los buenos días cuando se cruzaban, o se paraban y decían cosas agradables sobre la preciosa carreta; y los conejos, sentados en el umbral de sus madrigueras, exclamaban con las patas delanteras levantadas: «¡Caramba! ¡Caramba!»

Al anochecer, cuando ya estaban cansados y felices y muy lejos de casa, se metieron en un ejido distante de todo lugar habitado, soltaron el caballo que se fue a pastar, y cenaron sentados en la hierba junto a la carreta. El Sapo no paró de hablar de todo lo que iba a hacer los próximos días, mientras a su alrededor las estrellas se fueron encendiendo y de repente una luna amarilla apareció silenciosa, sin que se supiera de donde, para hacerles compañía y escuchar lo que contaban. Por fin se metieron en sus literas en la carreta; y el Sapo, estirándose, dijo ya medio dormido:

-¡Buenas noches, amiguitos! ¡Esto sí que es vida para un caballero! ¡No me habléis de vuestro viejo río!
-Yo no hablo de mi río -contestó la Rata con paciencia-.Ya sabes que no lo hago, Sapo. Pero pienso en él -y añadió tristemente, en tono más bajo-. Pienso en él... ¡todo el rato!

El Topo sacó la pata por debajo de la manta, buscó en la oscuridad la mano de la Rata, y le dio un fuerte apretón, y susurró:

-Haré lo que tú quieras, Ratita. ¿Por qué no nos escapamos mañana por la mañana, temprano... muy temprano... y regresamos a nuestro querido agujerito en el río?
-No, no, mejor aguantar hasta el final - murmuró la Rata-. Te lo agradezco, pero tengo que quedarme con el Sapo hasta que acabe el viaje. No me fío demasiado de él. No te preocupes, que no durará. Sus antojos nunca duran. ¡Buenas noches!

El final del viaje estaba mucho más cerca de lo que la misma Rata se sospechaba. Después de tanto aire libre y emoción, el Sapo durmió como un tronco, y por más que le sacudieron no hubo manera de sacarlo de la cama a la mañana siguiente. Así que el Topo y la Rata se levantaron, silenciosos y decididos y, mientras la Rata enjaezaba el caballo, encendía una hoguera, lavaba las tazas y platos de la cena y preparaba el desayuno, el Topo fue hasta el pueblo más cercano (que estaba bastante lejos) por leche y huevos y otras cosas de primera necesidad, que, por supuesto, se le habían olvidado al Sapo. Cuando acabaron el trabajo duro, y los dos animalitos agotados se sentaban a descansar un poco, apareció el Sapo, descansado y alegre, y comentó lo agradable que era aquella vida, comparada con las preocupaciones y cuidados que exige el llevar una casa.

Aquel día dieron un agradable paseo por los verdes montes y por estrechos senderos y acamparon en un ejido, como la noche anterior, pero esta vez los dos invitados se aseguraron de que el Sapo hiciera su parte del trabajo. Así que, cuando se tuvieron que levantar a la mañana siguiente, el Sapo no estaba tan entusiasmado con la sencillez de la vida primitiva, y hasta intentó volverse a meter en la cama, de donde lo sacaron a la fuerza. El camino, como en los días anteriores, recorría campos y hasta el atardecer no llegaron a la carretera, su primera carretera; y entonces les sobrevino, veloz e imprevisto, un desastre decisivo para la expedición y que dejaría gran impacto en la carrera posterior del Sapo.

Caminaban tranquilamente por la carretera, el Topo al lado del caballo y hablándole, ya que el caballo se había quejado de que nadie le hacía ni caso, ni contaban con él para nada; el Sapo y la Rata de Agua iban charlando detrás de la carreta -o por lo menos el

Sapo hablaba y la Rata de vez en cuando decía: «Sí, claro»... «¿Y tú qué dijiste?»,

mientras pensaba en cosas muy distintas-, cuando detrás de ellos, en la distancia, oyeron un débil zumbido de aviso, como el de una abeja lejana. Miraron hacia atrás y vieron una nubecita de polvo con un punto negro que avanzaba hacia ellos a una velocidad increíble, y del polvo salía un «pop-pop» como el quejido de un animal herido. Sin hacerle ningún caso, continuaron su conversación y de repente (o eso les pareció) cambió la pacífica escena, y con un golpe de viento y un remolino de ruido que los hizo saltar hacia la cuneta más próxima ¡los alcanzó! El «poppop» sonó en sus oídos como un grito, vislumbraron un reluciente interior de cristal y rico tafilete y un magnífico, inmenso e impresionante automóvil, conducido por un piloto aferrado al volante, dominó toda la tierra y el aire durante una fracción de segundo. Levantó una nube de polvo que los cegó, envolviéndolos por completo, y luego fue desapareciendo en la distancia hasta quedar de nuevo reducido a una pequeña mancha que zumbaba como una abeja.

El viejo caballo gris que iba soñando, mientras caminaba, con su tranquilo prado, en una situación tan nueva como ésta, se dejó sencillamente llevar por sus instintos naturales. Se encabritó, corcoveó y retrocedió rápidamente y, a pesar de los esfuerzos del Topo y de los ánimos que intentó darle, empujó la carreta hacia la profunda cuneta. Esta se balanceó un momento..., se oyó un tremendo crujido... y la carreta color canario, que había sido el orgullo y la alegría del Sapo, quedó volcada en la cuneta completamente destrozada.

La Rata se puso a pegar saltos de un lado al otro de la carretera, gritando furiosa y sacudiendo los puños:

-¡Salvajes! ¡Criminales, canallas..., bandidos! ¡Me las vais a pagar! ¡Os denunciaré! ¡Os llevaré a los tribunales!

Su nostalgia había casi desaparecido, y por un momento se imaginó ser el capitán del barco color canario que había sido empujado hacia un banco de arena por la imprudente maniobra de unos marineros rivales. Intentaba acordarse de todos los comentarios sutiles y mordaces que solía decir a los patronos de barcos de vapor cuando pasaban demasiado cerca de la orilla y sus estelas inundaban la alfombra del salón de su casa.

El Sapo estaba sentado muy tieso en medio de la carretera polvorienta con las patas estiradas, y miraba fijamente hacia el punto por donde desaparecía el automóvil. Respiraba jadeante y su cara tenía una expresión de plácida satisfacción, y de vez en cuando susurraba «¡pop-pop!».

El Topo consiguió al cabo de un buen rato tranquilizar al caballo. Luego fue a echar un vistazo a la carreta, que estaba volcada en la cuneta. Daba pena verla. Los paneles de las ventanas estaban destrozados, los ejes doblados sin remedio, una rueda se había caído, las sardinas se habían esparcido por el ancho mundo, y el pájaro se lamentaba en su jaula y pedía que lo liberasen.

La Rata se acercó a ayudarle, pero sus esfuerzos no eran suficientes para poner la carreta derecha.

-¡Eh! ¡Sapo! -gritaron-. ¡Échanos una mano!, ¿quieres? El Sapo ni les contestó, ni se movió de su sitio en medio de la carretera, así que fueron a ver qué le pasaba. Lo encontraron como hipnotizado, con una sonrisa de felicidad en la cara y los ojos aún fijos en la polvorienta estela de su destructor. De vez en cuando susurraba: «¡pop-pop!».

La Rata lo sacudió por los hombros.

-Sapo, ¿vas a ayudarnos sí o no? -le preguntó con firmeza.
-¡Oh, visión gloriosa y emocionante! - musitó el Sapo sin moverse-. ¡La poesía del movimiento! ¡La verdadera forma de viajar! ¡La única forma de viajar! ¡Hoy, aquí; mañana..., muchísimo más allá! Pasar de largo aldeas, pueblos y ciudades..., ¡y un nuevo horizonte cada día! ¡Oh maravilla! ¡Oh pop-pop! ¡Oh! ¡Ah!
-¡Deja ya de hacer el tonto, Sapo! -gritó el Topo desesperado.
-¡Y pensar que no lo sabrá! -añadió el Sapo con monotonía-. ¡Tantos años derrochados, y yo sin saber, sin imaginar siquiera! ¡Pero ahora..., pero ahora que lo sé, ahora que me he dado cuenta! ¡Oh, qué camino florido se extiende ante mí de ahora en adelante! ¡Qué de nubes de polvo iré dejando detrás cuando acelere por la carretera! ¡Cuántos carros volcaré en las cunetas sin que me importe..., carritos feísimos, carros vulgares..., carretas color canario!
-¿Qué hacemos con él? -preguntó el Topo a la Rata de Agua.
-Nada -contestó con firmeza la Rata-, porque no hay nada que hacer. Lo conozco desde hace mucho tiempo. Ahora está hechizado. Se le ha antojado algo nuevo, y siempre le pasa lo mismo al principio. Seguirá así durante algunos días, como un animal que camina en un sueño feliz, totalmente inútil para cualquier propósito práctico. Déjalo.Vamos a ver qué se puede hacer con la carreta.

Cuando la hubieron inspeccionado cuidadosamente, se dieron cuenta de que, aunque consiguieran enderezarla, la carreta no podría rodar. Los ejes no tenían arreglo, y la rueda que se había salido estaba destrozada. 


La Rata ató las riendas del caballo sobre su lomo, y lo condujo por la cabeza, llevando en la otra mano la jaula con su histérico inquilino.

-¡Venga! -le dijo malhumorado al Topo-. Sólo hay unas cinco o seis millas hasta el pueblo más cercano, y tendremos que ir hasta allí andando. Cuanto antes nos pongamos de camino, mejor.
-¿Y el Sapo? -preguntó preocupado el Topo mientras se echaban a andar-. No podemos dejarlo ahí, solo en medio de la carretera, en el estado en que se encuentra. Podría ser peligroso. ¡Suponte que viene otra Cosa!
-¡Que se vaya al diablo!-dijo la Rata furiosa-. ¡Estoy harta de él!

No habían avanzado mucho cuando oyeron detrás de ellos unos pasos, y el Sapo los alcanzó, y los agarró del brazo, jadeante y con la mirada perdida.

-¡Escucha, Sapo! -le dijo la Rata enfadada-. En cuanto lleguemos al pueblo, te vas a la comisaría a ver si ahí saben a quién pertenece el automóvil y presentas una denuncia contra él. Y luego tendrás que ir al herrero o al carretero para que vayan a buscar el carro y lo arreglen. Tardarán, pero tiene remedio. Mientras tanto, el Topo y yo iremos a un albergue a buscar habitaciones para quedarnos hasta que hayan arreglado la carreta, y hasta que te recuperes del susto.
-¡Comisaría! ¡Denuncia! -murmuró el Sapo ensimismado-. ¡Yo, denunciar esa visión

hermosa y celestial que me ha sido otorgada! ¡Arreglar la carreta! Estoy harto de carretas. No quiero ver ni un carro más, ni oír hablar de ellos en mi vida. ¡Ay, Ratita! ¡No te puedes imaginar lo agradecido que os estoy por haber accedido a hacer conmigo este viaje! No hubiera ido sin vosotros, y entonces nunca hubiera visto aquel..., ¡aquel cisne,, aquel rayo de sol, aquel trueno! ¡Nunca hubiera oído aquel fascinante ruido, ni olido aquel hechicero olor! ¡Os lo debo todo a vosotros, que sois mis mejores amigos!

La Rata se volvió hacia el Topo desesperada.

-¿Ves lo que te decía? -le dijo por encima de la cabeza del Sapo-. No tiene remedio. Me rindo. Cuando lleguemos al pueblo, iremos a la estación, y con un poco de suerte tomaremos un tren que nos lleve esta misma noche a la Orilla del Río. ¡Y no vuelvo a irme por ahí con un animal como éste.

Estaba tan enfadada, que durante el resto de la caminata sólo se dirigió al Topo. Cuando llegaron al pueblo, fueron directamente a la estación y dejaron al Sapo en la sala de espera de segunda clase, y dieron dos peniques a un empleado para que no lo perdiera de vista. Luego dejaron el caballo en la cuadra de un albergue, y dieron algunas instrucciones sobre la carreta y su contenido.

Por fin un tren les dejó en una estación no muy lejos de la Mansión del Sapo, acompañaron a su hechizado compañero hasta su puerta, lo metieron en casa y ordenaron al ama de llaves que le diera de cenar, lo desvistiera y lo metiera en la cama. Luego sacaron la barca del cobertizo y fueron remando hasta casa. Ya era muy tarde cuando se sentaron a cenar en el saloncito a orillas del río; y la Rata no cabía en sí de alegría.

A la tarde siguiente, el Topo, que se había levantado muy tarde y se había tomado las cosas con calma, estaba pescando sentado en la orilla, cuando la Rata, que había ido a visitar a sus amigos y a contarles todo, vino a su encuentro.

-¿Te has enterado de la noticia?-le preguntó-. No se habla de otra cosa en todo el río. El Sapo se fue a la ciudad en tren a primera hora de la mañana. ¡Y ha encargado un automóvil muy grande y muy caro! 

Continúa leyendo esta historia en "El viento en los sauces - Cap III -  Kenneth Grahame"

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