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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. XV y XVI - Roald Dahl

Viene de "Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. XIII y XIV - Roald Dahl"

NOTA IMPORTANTE: En estos capítulos de "Charlie y la fábrica de chocolate" aparecen por primera vez los Oompas-Loompas. En la edición bilingüe que tengo, la traducción en español difiere  de la inglesa bastante. De hecho, incluye diálogos y descripciones que en la inglesa no aparecen sobre el origen de los Oompas-Loompas, su raza, su color de piel, cómo Wonka los lleva a la fábrica y la función que cumplen en la misma... 
Busqué en internet y encontré en wikipedia (fuente que no es necesariamente confiable) que esta escena del libro fue marcada como "cuestinable" por algunas personas luego de su primera edición y se ha ido modificando en las sucesivas ediciones. 
Así los Oompa-Loompas se convirtieron en una especie de duendecillos venidos de Oompalandia...
Estimo que la versión en español que tengo es una traducción de la versión original, y que la inglesa es la ya modificada... Sinceramente no sé que decir... 
Lo he pensado un poco, y decidí subir los capítulos tal como están en español... No me siento con derecho de ejercer la censura, y sacar aquellas partes que no aparecen o que fueron modificadas, en la versión en inglés... 







 XV

El recinto de chocolate

—¡Esta es una estancia muy importante! — exclamó el señor Wonka, extrayendo un manojo de llaves de su bolsillo —e introduciendo una de ellas en la cerradura de la puerta—. ¡Este es el centro neurálgico de la fábrica entera, el corazón de todo el sistema! ¡Y es tan hermoso! ¡Yo insisto en que mis habitaciones sean hermosas! ¡No puedo soportar la fealdad en las fábricas! ¡Vamos adentro! ¡Pero tened cuidado, mis queridos niños! ¡No perdáis la cabeza! ¡No os excitéis demasiado! ¡Mantened la calma! 

El señor Wonka abrió la puerta. Cinco niños y nueve adultos se apresuraron a entrar, y ¡qué espectáculo más asombroso se presentó ante sus ojos!  

Lo que veían desde allí era un magnífico valle.


Había verdes colinas a ambos lados del valle, y en el fondo del mismo fluía un ancho río de color marrón.
Es más, había una enorme cascada en el río, un escarpado acantilado sobre el que el agua rodaba y ondulaba en una sólida capa, y luego se estrellaba en un hirviente, espumoso remolino de salpicaduras.

Debajo de la cascada (y éste era el espectáculo más maravilloso de todos) una masa de enormes tubos de vidrio colgaba sobre el río desde algún sitio del techo, a gran altura. Eran realmente enormes estos tubos. Debía haber al menos una docena, y lo que hacían era succionar el agua oscura y barrosa del río para llevársela a Dios sabe dónde. Y como estaban hechos de vidrio, podía verse fluir el líquido a
borbotones en su interior, y por encima del ruido de la cascada podía oírse el interminable sonido de succión de los tubos a medida que hacían su trabajo.

Gráciles árboles y arbustos crecían a lo largo de las orillas del río, sauces llorones y alisos y altos rododendros llenos de capullos violetas y rosados. En las colinas crecían miles de botones de oro.

—¡Mirad!—exclamó el señor Wonka, bailando excitadamente y señalando el río de color marrón con su bastón de puño dorado—. ¡Es todo de chocolate! Hasta la última gota de ese río es chocolate derretido caliente de la mejor calidad. De una calidad insuperable. Hay ahí chocolate suficiente para llenar todas las bañeras del país entero! ¡Y todas las piscinas también! ¿No es fantástico? ¡Mirad esos tubos! Succionan el chocolate y lo llevan a todas las demás dependencias de la fábrica, donde haga falta. ¡Miles de litros por hora, mis queridos niños! ¡Miles y miles de litros!

Los niños y sus padres estaban demasiado atónitos para responder. Estaban aturdidos. Estaban alucinados. Estaban admirados y maravillados. Estaban completamente desconcertados por el tamaño de todo ello.

Miraban todo con los ojos muy abiertos, sin hablar.

—¡La cascada es muy importante! —prosiguió el señor Wonka—. ¡Mezcla el chocolate! ¡Lo bate! ¡Lo tritura y lo desmenuza! ¡Lo hace ligero y espumoso! ¡Ninguna otra fábrica del mundo mezcla su chocolate por medio de una cascada! ¡Pero es la única manera de hacerlo! ¡La única manera! ¿Y os gustan mis árboles?—exclamó, señalándolos con su bastón—. ¿Y mis hermosos arbustos? ¿No os parece que son muy bonitos? ¡Ya os dije que detestaba la fealdad! ¡Y, por supuesto, son todos comestibles! ¡Todos ellos están hechos de algo diferente y delicioso! ¿Y os gustan mis colinas? ¿Os gustan la hierba y los botones de oro? ¡La hierba que pisáis, mis queridos niños, está hecha de una nueva clase de azúcar mentolado que acabo de inventar! ¡La llamo mintilla! ¡Probad una brizna! ¡Por favor! ¡Es deliciosa! 

Automaticamente, todo el mundo se agachó y cogió una brizna de hierba; todos, excepto Augustus Gloop, que cogió un enorme puñado. 

Y Violet Beauregarde, antes de probar su brizna de hierba, se quitó de la boca el chicle con el que había batido el récord mundial y se lo pegó cuidadosamente detrás de la oreja.

—¿No es maravilloso? —susurró Charlie—. ¿No es verdad que tiene un sabor maravilloso, abuelo?
—¡Podría comerme el campo entero! —dijo el abuelo Joe, sonriendo de placer—. ¡Podría ponerme a cuatro patas como una vaca y comerme toda la hierba que hay,  en el campo!
—¡Probad un botón de oro! —dijo el señor Wonka—. ¡Son aun mejores!

De pronto, el aire se llenó de gritos excitados.
Los gritos provenían de Veruca Salt. Esta señalaba frenéticamente el otro lado del río.

—¡Mirad! ¡Mirad allí! —chilló—. ¿Qué es? ¡Se está moviendo! ¡Está caminando! ¡Es una personita! ¡Es un hombrecito! ¡Allí, debajo de la cascada!

Todos dejaron de coger botones de oro y miraron hacia el río.

—¡Tiene razón, abuelo! —gritó Charlie—. ¡Es un hombrecito! ¿Lo ves?
—¡Lo veo, Charlie! —dijo excitadamente el abuelo Joe.

Y ahora todo el mundo empezó a gritar a la vez.

—¡Hay dos!
—¡Dios mío, es verdad!
—¡Hay más de dos! ¡Hay uno, dos, tres, cuatro, cinco!
—¿Qué están haciendo?
—¿De dónde salen?
—¿Quiénes son?

Niños y grandes corrieron a la orilla del río para verlos de cerca.

—¿No son fantásticos?
—¡No son más altos que mi rodilla!
—¡Su piel es casi negra!
—¡Es verdad!
—¿Sabes lo que creo, abuelo? —exclamó Charlie—. ¡Creo que el señor Wonka los ha hecho él mismo, de chocolate!



Los diminutos hombrecillos —no eran más grandes que muñecas de tamaño mediano— habían dejado lo que estaban haciendo y ahora contemplaban desde el otro lado del río a los visitantes. Uno de ellos señaló a los niños, susurró algo a los otros cuatro, y los cinco estallaron en sonoras carcajadas. 

—¿Es verdad que están hechos de chocolate, señor Wonka? —preguntó Charlie.
—¿Chocolate? —gritó el señor Wonka—. ¡Qué tontería! ¡Son personas de verdad! ¡Son algunos de mis obreros!
—¡Eso es imposible! —dijo Mike Tevé—. ¡No hay gente en el mundo tan pequeña como ésa! 

XVI

Los Oompa-Loompas


—¿Dices que no hay gente en el mundo tan pequeña como ésa? —dijo riendo el señor Wonka—. Pues déjame decirte algo. ¡Hay más de tres mil aquí mismo, en mi fábrica!
—¡Deben ser pigmeos! —dijo Charlie.
—¡Exacto! —exclamó el señor Wonka—. ¡Son pigmeos! ¡Importados directamente de Africa! ¡Pertenecen a una tribu de diminutos pigmeos conocidos como los Oompa-Loompas! Yo mismo los descubrí. Yo mismo los traje de Africa, la tribu entera, tres mil en total. Los encontré en la parte más intrincada y profunda de la jungla africana, donde el hombre blanco no ha estado jamás. Vivían en casas en los árboles. Tenían que vivir en los árboles; de otro modo, siendo tan pequeños hubieran sido devorados por todos los animales de la selva. Y cuando los encontré estaban prácticamente muriéndose de hambre. Vivían de orugas verdes, y las orugas tenían un sabor repulsivo, y los Oompa-Loompas pasaban todas las horas del día trepando a los árboles, buscando otras cosas para mezclar con las orugas y darle un mejor sabor —escarabajos rojos, por ejemplo, y hojas de eucaliptos, y la corteza del árbol bong-bong, todas ellas de un sabor repugnante, pero no tan repugnante como el de las orugas—. ¡Pobres pequeños OompaLoompas! Lo que les gustaba más que ninguna otra cosa eran los granos de cacao. Pero no podían obtenerlos. Un Oompa-Loompa tenía suerte si encontraba tres o cuatro granos de cacao al año. Pero, ¡cómo les gustaban! Soñaban toda la noche con los granos de cacao y hablaban de ellos durante todo el día. 

Con sólo mencionar la palabra «cacao» a un Oompa-Loompa se le hacía la boca agua. Los granos de cacao —continuó el señor Wonka—, que crecen en el árbol del cacao, son los ingredientes que se necesitan para hacer chocolate. No se puede hacer chocolate sin los granos de cacao. Los granos de cacao son el chocolate. Yo mismo utilizo billones de granos de cacao a la semana en esta fábrica. Y entonces, mis queridos niños, cuando descubrí que los Oompa-Loompas enloquecían por esta comida en particular, trepé a lo alto de su aldea en los árboles y metí la cabeza por la puerta de la casa del jefe de la tribu. El pobre hombrecillo, de aspecto famélico, estaba allí sentado intentando comerse un cuenco de orugas aplastadas sin vomitar. «Escucha», le dije (hablando no en español, por supuesto, sino en Oompa-Loompas), «escucha, si tú y toda tu gente venís conmigo a mi país y vivís en mi fábrica, podréis obtener todos los granos de cacao que queráis, ¡Tengo montañas de ellos en mis almacenes! ¡Podréis comer granos de cacao en todas las comidas! ¡Podréis empacharos con ellos! ¡Hasta os pagaré vuestros salarios en granos de cacao si queréis!»

«¿Lo dices de verdad?», preguntó el jefe de los Oompas-Loompas, saltando de su silla.  «Claro que lo digo de verdad», dije yo. «Y también podréis comer chocolate. El chocolate tiene aun mejor sabor que los granos de cacao, porque lleva leche y azúcar.» El hombrecillo dio un brinco de alegría y arrojó su cuenco de orugas aplastadas por la ventana de la casa en el árbol. «¡Trato hecho!», gritó «¡Vámonos ya!»

De modo que los traje a todos aquí, a todos los hombres, mujeres y niños de la tribu de los Oompa-Loompas. Fue fácil. Los traje metidos en grandes cajones donde había practicado algunos agujeros y todos llegaron a salvo. Son estupendos trabajadores. Ahora todos ellos hablan español. Les encanta la música y el baile. Siempre están inventando canciones. Supongo que hoy les oiréis cantar a menudo. Debo preveniros, sin embargo, que son bastante traviesos. Les encantan las bromas. Aún siguen llevando la misma ropa que llevaban en la jungla. Insisten en ello. Los hombres, como podéis ver, sólo llevan pieles de ciervo. Las mujeres se cubren con hojas, y los niños van desnudos. Las mujeres se ponen hojas frescas todos los días...

—¡Papá!—gritó Veruca Salt (la niña que obtenía todo lo que quería)— ¡Papá! ¡Quiero un Oompa-Loompa! ¡Quiero que me des un Oompa-Loompa! ¡Quiero un Oompa-Loompa ahora mismo! ¡Quiero llevármelo a casa conmigo! ¡Anda papá! ¡Dame un Oompa-Loompa!
—Vamos, vamos, tesoro —le dijo su padre—. No debemos interrumpir al señor Wonka.
—¡Pero yo quiero, un Oompa-Loompa! —chilló Veruca.
—Está bien, Veruca, está bien. Pero no puedo dártelo en este mismísimo momento. Ten paciencia, por favor. Me ocuparé de conseguirte uno antes de que acabe el día. 
—¡Augustus! —gritó la señora Gloop—. Augustus, cariño, no creo que debas hacer eso. 

Augustus Gloop, como habréis podido adivinar, se había deslizado silenciosamente hasta el borde del río y ahora estaba arrodillado junto a la orilla bebiendo chocolate derretido lo más de prisa que podía.


Continúa leyendo esta historia en "Charlie y la fábrica de chocolate - Cap XVII y XVIII - Roald Dahl.

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