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domingo, 9 de septiembre de 2012

Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. XI y XII - Roald Dahl

Viene de "Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. IX y X - Roald Dahl"

 XI

El milagro

Charlie entró en la tienda y depositó la húmeda moneda de cincuenta peniques sobre el mostrador.

—Una Delicia de Chocolate y Caramelo Batido de Wonka —dijo, recordando cuánto le había gustado la que recibiera por su cumpleaños.
El hombre que estaba detrás del mostrador parecía robusto y bien alimentado. Tenía gruesos labios y redondas mejillas y un cuello muy gordo. La grasa de su papada rebosaba el cuello de su camisa como un anillo de goma. Se volvió y alargó el brazo para coger la chocolatina, luego se volvió otra vez y se la entregó a Charlíe.

Charlie se la arrebató de las manos y rápidamente desgarró el envoltorio y le dio un enorme mordisco. Luego le dio otro... y otro... y, ¡qué alegría de poder llevarse a la boca grandes trozos de algo dulce y sólido! ¡Qué maravilloso placer poder llenarse la boca de exquisita y sustanciosa comida!  

—Me parece a mí que necesitabas eso, hijo — dijo amablemente el tendero.

Charlie afirmó con la cabeza, la boca llena de chocolate. El tendero puso el cambio sobre el mostrador. 

—Calma —dijo—. Puede venirte un dolor de estómago si te lo tragas así, sin masticar.

Charlie siguió devorando la chocolatina. No podía detenerse. Y en menos de medio minuto la golosina entera había desaparecido. Charlie estaba sin aliento, pero se sentía maravillosa, extraordinariamente feliz. Alargó una mano para coger el cambio. Entonces hizo una pausa. Sus ojos estaban justamente a ras del mostrador.

Miraban fijamente las monedas de plata. Las monedas eran todas de cinco peniques. Había nueve en total. Ciertamente no importaría que se gastase una más...

—Creo —elijo en voz baja—, creo que... me comeré otra chocolatina. De la misma clase que la anterior, por favor.
—¿Por qué no? —dijo el tendero, alargando el brazo y cogiendo otra Delicia de Chocolate y Caramelo Batido del estante. La colocó sobre el mostrador.

Charlie la recogió y rasgó el envoltorio... Y de pronto... debajo del papel... vio un brillante destello de oro.  

El corazón de Charlie se detuvo.

—¡Es un Billete Dorado! —gritó el tendero, saltando medio metro en el aire—. ¡Tienes un Billete Dorado! ¡Has encontrado el último Billete Dorado! Eh, ¿qué te parece? ¡Vengan todos a ver esto! ¡El chico ha encontrado el último Billete Dorado de Wonka! ¡Ahí está! ¡Lo tiene en la mano!

Parecía que al tendero le iba a dar un ataque.
—¡Y en mi tienda, además! —gritó—. ¡Lo encontró aquí mismo, en mi propia tienda! ¡Que alguien llame a los periódicos, de prisa y se lo haga saber! ¡Ten cuidado, hijo! ¡No lo rompas al desenvolverlo! ¡Eso es un tesoro!
En pocos segundos, había un grupo de unas veinte personas apiñadas alrededor de Charlie, y muchas más se abrían camino a empujones para entrar en la tienda. Todo el mundo quería ver el Billete Dorado y a su afortunado descubridor. 
—¿Dónde está? —gritó alguien—. ¡Levántalo, así todos podremos verlo!
—¡Allí está, allí! —gritó otro—. ¡Lo tiene en la mano! ¡Mirad cómo brilla el oro!
—Me gustaría saber cómo se las arregló para encontrarlo —gritó un niño, furioso—. ¡Yo llevo semanas enteras comprando veinte chocolatinas al día!
—¡Piensa en todas las golosinas que podrá comer gratis! —dijo otro niño, envidiosamente— . ¡Durante toda la vida!
—¡Ese pobre flacucho lo necesitará! —dijo una niña, riendo.

Charlie no se había movido. Ni siquiera había extraído el Billete Dorado que envolvía a la chocolatina. Estaba inmóvil, sosteniéndola apretadamente con ambas manos mientras la multitud gritaba y se apretujaba a su alrededor.

Se sentía mareado, invadido por una extraña sensación de ligereza, igual que si estuviera flotando en el aire como un globo. Sus pies no parecían tocar el suelo. Podía oír los fuertes latidos de su corazón en algún sitio cerca de su garganta.

En ese momento, se percató de que una mano se había posado livianamente sobre su hombro, y cuando levantó la vista, vio que había un hombre junto a él.

—Escucha —susurró éste—. Te lo compraré. Te daré cincuenta libras por él. ¿Eh? ¿Qué te parece? Y también te daré una nueva bicicleta. ¿De acuerdo?
—¿Está loco? —gritó una mujer que estaba cerca de ellos—. ¡Vaya, yo le daría doscientas libras por ese billete! ¿Quieres vender ese billete por doscientas libras, jovencito?
—¡Ya es suficiente! —gritó el gordo tendero, abriéndose paso entre la multitud y cogiendo a Charlie firmemente por un brazo—. Dejen en paz al muchacho, ¿quieren? ¡Abran paso! ¡Déjenle salir! —Y a Charlie, mientras le conducía a la puerta, le susurró—: ¡No dejes que nadie se lo quede! ¡Llévatelo a casa, de prisa, antes de que lo pierdas! Corre todo el camino y no te detengas hasta llegar allí, ¿has entendido? 

Charlie asintió.

—¿Sabes una cosa? —dijo el tendero, haciendo una pausa y sonriendo a Charlie—. Tengo la sensación de que necesitabas un golpe de suerte como éste. Me alegro mucho de que lo hayas conseguido. Buena suerte, hijo.
—Gracias —dijo Charlie, y salió a la calle, echando a correr sobre la nieve lo más de prisa que sus piernas se lo permitían. Y cuando pasó frente a la fábrica del señor Willy Wonka, se volvió y agitó la mano y cantó—: ¡Ya nos veremos! ¡Nos veremos muy pronto! —Y cinco minutos más tarde llegaba a su casa. 

XII

Lo que decía el billete dorado

Charlie entró corriendo por la puerta delantera, gritando:

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!

La señora Bucket estaba en la habitación de los abuelos, sirviéndoles la sopa de la cena.

—¡Mamá! —gritó Charlie, entrando como una tromba— ¡Mira! ¡Lo tengo! ¡Mira, mamá, mira! ¡El último Billete Dorado! ¡Es mío! ¡Encontré una moneda en la calle y compré dos chocolatinas y la segunda tenía el Billete Dorado y había montones de gente a mi alrededor que querían verlo y el tendero me rescató y he venido corriendo a casa y aquí estoy! ¡ES EL QUINTO BILLETE DORADO, MAMA, Y YO LO HE ENCONTRADO!

La señora Bucket se quedó muda, mirándole, y los cuatro abuelos, que estaban sentados en la cama balanceando sendos cuencos de sopa sobre sus rodillas, dejaron caer de golpe sus cucharas y se quedaron inmóviles contra las almohadas. 

Durante diez segundos aproximadamente reinó un absoluto silencio en la habitación. Nadie se atrevía a moverse o a hablar. Fue un momento mágico.

Entonces, muy suavemente, el abuelo Joe dijo:
—Nos estás gastando una broma, Charlie, ¿verdad? ¿Te estás burlando de nosotros?
—¡No! —gritó Charlie, corriendo hacia la cama y enseñándole el hermoso Billete Dorado para que lo viese. 

El abuelo Joe se inclinó hacia adelante y lo miró atentamente, tocando casi el billete con la nariz. Los otros le miraban, esperando el veredicto. Entonces, muy lentamente, mientras una lenta y maravillosa sonrisa se extendía por su cara, el abuelo Joe levantó la cabeza y miró directamente a Charlie. El color se le había subido a las mejillas, y tenía los ojos muy abiertos, brillantes de alegría, y en el centro de cada ojo, en el mismísimo centro, en la negra pupila, danzaba lentamente una pequeña chispa de fogoso entusiasmo. Entonces el anciano tomó aliento y de pronto, sin previo aviso, una explosión pareció tener lugar en su interior. Arrojó sus brazos al aire y gritó:

—¡Yiiipiiiii!
Y al mismo tiempo, su largo cuerpo huesudo se alzó de la cama y su cuenco de sopa salió volando en dirección a la cara de la abuela Josephine, y en un fantástico brinco, este anciano señor de noventa y seis años y medio, que no había salido de la cama durante los últimos veinte años, saltó al suelo y empezó a bailar en pijama una danza de victoria.

—¡Yiiipiiii! —gritó—. ¡Tres vivas para Charlie! ¡Hurrah! 

En ese momento, la puerta se abrió, y el señor Bucket entró en la habitación. Tenía frío y estaba cansado, y se le notaba. Llevaba todo el día limpiando la nieve de las calles.

—¡Caramba! —gritó—. ¿Qué sucede aquí?

No les llevó mucho tiempo contarle lo que había ocurrido.

—¡No puedo creerlo! —dijo el señor Bucket—. ¡No es posible!
—¡Enséñale el billete, Charlie! —gritó el abuelo Joe, que aún seguía bailando por la habitación como un derviche con su pijama a rayas—. ¡Enséñale a tu padre el quinto y último Billete Dorado del mundo!
—Déjame ver, Charlie —dijo el señor Bucket, desplomándose en una silla y extendiendo la mano. 

Charlie se acercó con el precioso documento. Era muy hermoso este Billete Dorado; había sido hecho, o así lo parecía, de una hoja de oro puro trabajada hasta conseguir la finura del papel. En una de sus caras, impresa en letras negras con un curioso método, estaba la invitación del señor Wonka.

—Léela en voz alta —dijo el abuelo Joe, volviéndose a meter por fin en la cama—. Oigamos exactamente lo que dice. 

El señor Bucket acercó a sus ojos el precioso Billete Dorado. Sus manos temblaban ligeramente, y parecía estar muy emocionado. 

Tomó aliento varias veces. Luego se aclaró la garganta y dijo:

—Muy bien, lo leeré. Allá va:
«¡Cordiales saludos para ti, el afortunado descubridor de este Billete Dorado, de parte del señor Willy Wonka! ¡Estrecho efusivamente tu mano! ¡Te esperan cosas espléndidas! ¡Sorpresas maravillosas! De momento, te invito a venir a mi fábrica y a ser mi huésped durante un día entero —tú y todos los demás que tengan la suerte de encontrar mis billetes dorados—. Yo, Willy Wonka, te conduciré en persona por mi fábrica, enseñándote todo lo que haya que ver, y luego, cuando llegue la hora de partir, serás escoltado hasta tu casa por una procesión de grandes camiones. Puedo prometerte que estos camiones estarán cargados de deliciosos comestibles que os durarán a ti y a tu familia muchos años. Si, en algún momento, se te acabasen las provisiones, lo único que tienes que hacer es volver a mi fábrica y enseñar este Billete Dorado, y yo estaré encantado de volver a llenar tu despensa con todo lo que te apetezca. De este modo, podrás tener la despensa llena de sabrosas golosinas durante el resto de tu vida. 

Pero esto no es, de ningún modo, lo más emocionante que ocurrirá el día de tu visita. Estoy preparando otras sorpresas que serán aun más maravillosas y fantásticas para ti y para todos mis queridos poseedores de Billetes Dorados —sorpresas místicas y maravillosas que te extasiarán, te encantarán, te intrigarán, te asombrarán y te maravillarán más allá de lo imaginable—. ¡Ni siquiera en tus más fantásticos sueños podrías jamás imaginar que te ocurrirían tales cosas! ¡Espera y verás! 

Y ahora, aquí están tus instrucciones: el día que he seleccionado para la visita es el primer día del mes de febrero. En este día, y ningún otro, deberás presentarte a las puertas de la fábrica a las diez de la mañana. ¡No llegues tarde! Y puedes traer contigo a uno o a dos miembros de tu familia para que cuiden de ti y se aseguren de que no hagas ninguna travesura. Una cosa más, asegúrate de llevar
contigo este billete, de lo contrario, no serás admitido.

(Firmado) WILLY WONKA.»


—¡El primer día de febrero! —exclamó la señora Bucket—. ¡Pero eso es mañana! ¡Hoy es el último día de enero, lo sé!
—¡Caramba! —dijo el señor Bucket—. Creo que tienes razón.
—¡Llegas justo a tiempo! —gritó el abuelo Joe—. No hay momento que perder. ¡Debes empezar a prepararte ahora mismo! ¡Lávate la cara, péinate, lávate las manos, cepíllate los dientes, suénate la nariz, córtate las uñas, límpiate los zapatos, plánchate la camisa, y, en nombre del Cielo, límpiate el barro de los pantalones! ¡Debes prepararte, muchacho! ¡Debes prepararte para el día más grande de tu vida!
—Bueno, no te excites demasiado, abuelo —dijo la señora Bucket—. Y no pongas nervioso al pequeño Charlie. Todos debemos intentar mantener la calma. Y ahora, lo primero que tenemos que decidir es esto: ¿quién acompañará a Charlie a la fábrica?
—¡Yo lo haré! —gritó el abuelo Joe, saltando otra vez de la cama—. ¡Yo le llevaré! ¡Yo cuidaré de él! ¡Déjalo en mis manos! 

La señora Bucket sonrió al anciano, y luego se volvió a su marido y dijo:

—¿Y tú, querido? ¿No crees que tú deberías ir?
—Bueno... —dijo el señor Bucket, haciendo una pausa para meditarlo—. No... No estoy tan seguro de ello.
—Pero debes hacerlo.
—No se trata de un deber, cariño —dijo suavemente el señor Bucket—. Claro que me encantaría ir. Será muy emocionante. Pero por otra parte... Creo que la persona que realmente merece acompañar a Charlie es el abuelo Joe. Parece saber mucho más sobre el asunto que nosotros. Siempre, por supuesto, que se sienta lo bastante bien como para...
—¡Yiiipiii! —gritó el abuelo Joe, cogiendo a Charlie de las manos y bailando con él por la habitación.
—Lo cierto es que parece sentirse muy bien — dijo riendo la señora Bucket—. Sí..., quizá tengas razón. Quizá el abuelo Joe sea la persona más indicada para acompañarle. Está claro que yo no puedo ir con él dejando a los otros abuelos solos en la cama durante todo el día.
—¡Aleluya! —gritó el abuelo Joe—. ¡Bendito sea el Señor!

En ese momento se oyeron fuertes golpes en la puerta de la calle. El señor Bucket fue a abrir, y en un segundo, oleadas de periodistas y fotógrafos invadieron la casa. Habían averiguado dónde vivía el descubridor del quinto Billete Dorado, y ahora todos querían obtener la historia completa para las primeras páginas de los periódicos matutinos. Durante varias horas reinó un total caos en la pequeña casita, y hasta casi medianoche la señora Bucket no pudo librarse de ellos para que Charlie se fuese a la cama. 

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